domingo, 10 de julio de 2011

Caracola Marina





Caracola marina


Hola Caracola, hoy repetí mil veces tu nombre, caracola, caracola... cola cara. Nombre de bailarina rusa de club nocturno. Karakola Kourtisanova. Hace tiempo que tu caparazón se quedó vacío. Me lo regalaron y hasta hoy lo lijé con un roto motor. Salió un polvito blanco, como si fuera arena caliza, y aparecía su auténtico color rosa de nácar y blanco perla en tonos salmón. Caracola marina. Nadie hace poemas a las caracolas terrestres. Pobres. La diferencia no es ni agua dulce ni agua salada sino el caparazón. Igual, debe ser más divertido vivir en el mar que en un estanque. Ahí solo hay sapos, ajolotes y lombrices. Ni modo. Cada quien dónde le toca. Caracola marina: Leí que desde pequeña comienzas a hacer tu caparazón. Lo haces cada vez más grande, hasta que mueres. En vida te hace lenta. Te aísla del mundo. Solo te sirve para la posteridad. Las madrigueras de los animales y los nidos de los pájaros se hacen sin tanta inversión. Piénsalo. Ya sé que tu vida nunca fue fácil y que te la pasaste sumergida en el fondo del mar. Ya sé que siempre fuiste esquizoide y que tenías delirios de persecución. ¿Qué se siente que todos te hayan olvidado y que solo te recuerden por tu caparazón? Te pregunto porque necesito saber, si dejo que me liquide una bailarina de un solo bocado, o me compro otro caparazón.

Alguien en el futuro estará lijando.

domingo, 26 de junio de 2011

Maderas no Maderables

Mundo pirograbado en cirián con proyección a través de dígitos móviles



Guaje sobre guadua


Coco cortado y pulido






domingo, 29 de mayo de 2011

Tiempos de Recesión

Bodegón en Tiempos de Recesión

Me quedaban tan solo veinte pesos en el bolsillo y medio tanque de gasolina así que tomé la carretera libre. Me ahorré los 200 pesos de los peajes y pasé por lugares que hacía tiempo no recorría. El paisaje es el mismo pero se notan cambios, algunos carriles de rebase en ciertos tramos, muros de contención para prevenir deslaves en otros, más casas y más caseríos. No es mi idea de progreso; lo que veía empalma mejor con mi concepto de sobrepoblación. Al salir de una curva vi un restaurante rústico en cuyo frente había un montón de cocos. Compré dos con mis veinte pesos. Al llegar a la carpintería los taladré y les saqué el jugo. Darles un machetazo como hacen en la costa me pareció innecesario para el caso de personas que cuentan con herramienta. Saqué el cerrote y partí mi coco. Con la navaja le saqué la pulpa, salí al huerto y corté los últimos naranjos de la temporada, bastante raquíticos, y le eché el jugo a la pulpa. Abrí mi botellita de vino chileno puesto que las cervezas se habían acabado y ya no había capital para reposición. El coco apenas dio para espantar el hambre, y el vino para imaginar las cosas desde una perspectiva diferente. Me quedé observando los restos del almuerzo. Pulí por un buen rato el hueso del coco. Listo. Ahí estaba mi bodegón de tiempos de crisis, sin pierna de jamón serrano, sin quesos, sin hogaza de pan, sin cuenco de arroz, sin nada. El olote de maíz lo coloqué nada más para reforzar el tema de mentarle la madre al partido PAN.

martes, 24 de mayo de 2011

Espejismo en el Desierto

Cactácea. Realidad en el Desierto






Joe Lopes pasó el día tratando de comprender el fenómeno de los espejismos en el desierto. Desde el punto de vista de un observador externo, hay un tipo que camina entre las dunas bajo un sol abrasador. Delira y corre hacia lo que percibe como palmeras de un verde esplendoroso. Imagina unos manantiales de aguas cristalinas en los cuales sacia su sed y se limpia todo el sudor y la mugre acumulada. Hay dátiles al alcance de la mano y con suerte hasta un rastrillo para afeitarse. Curioso, pensó Joe. Sería más realista imaginar el desierto por la noche, cuando el ambiente se torna templado, y frío un poco más tarde. El caminante encendería una fogata a las tres de la tarde en lugar de correr despavorido. Estaría echado en unas alfombras persas mientras unas bailarinas le sirven el té. Soñar o alucinar no cuestan nada.

Pero igual, la versión estandar del espejismo ilustraba bien lo que Joe estaba buscando, es decir, lo que carecía. Siempre fue un pragmático compulsivo y nunca se dio el lujo de soñar. No alcanzaba ni siquiera a vislumbrar una manera en la que él podría ser feliz. Tener una acompañante fija, tener dinero, tener trabajo… todo venía acompañado de una minuciosa lista de pros y contras que Joe elaboraba a lo largo de todos los días. Por eso le fascinaba el espejismo en el desierto. Resolvía de manera eficaz las cuestiones que cobraban importancia a medida que Joe seguía acumulando inviernos...sus cumpleaños eran en enero y comenzaron a correr en el año de 1960.

Primer tema: El para qué de la existencia, o el anhelo. Saciar la sed y quitarse la mugre. Segundo, el cómo. Correr hacia el oasis. Tercero, correr con una convicción y una fé ciegas, tanto en el oasis como en sus propias fuerzas, sin margen para la duda reflexiva y paralizante. La implicación operacional para Joe estaba clara: sus dudas existenciales terminarían si fuese capaz de colocarse en una situación extrema, ya fuese de pobreza, ya fuese de soledad. Los espejismos operarían en automático. Si pobre, soñaría con pan. Si solo, encontraría compañía. Pero recapacitando Joe recordó que en la versión estándar del espejismo, el caminante se pierde, se extravía. No se coloca en una situación extrema por puro placer, mucho menos como una solución a algún problema. La versión con moraleja del espejismo no le hacía ningún sentido.

Hombre de obsesiones, Joe continuó con sus cavilaciones después de una siesta, más bien somnolencia o modorra, provocada por el consumo de un six pack de cerveza bien helada. En sentido figurado, se dijo, estoy perdido en un desierto, y no me coloqué en esta situación por elección conciente. Prueba de que aún no deliro, es que razono, o eso creo. Recordó entonces la biznaga que recién había llevado a su invernadero. Es una planta acostumbrada a las condiciones extremas, para lo cual absorbe y acumula la poca humedad que le proporciona el desierto de cuando en cuando. Curioso, pensó Joe. Un régimen de lluvias constante y predecible acabaría con las biznagas, pudriéndolas. Ni siquiera haría falta una inundación. Las biznagas cuentan con dos sistemas defensivos frente a sus depredadores. Más curioso aún. Las plantas del desierto también tienen enemigos. La simulación, adoptar la forma de una roca, es la primer arma de defensa. La segunda es menos sutil pero se utiliza tan solo en casos de ataques frontales. Espinar al enemigo. Joe podía identificarse con la biznaga. Su vida era austera, sus riquezas ocultas, su actitud defensiva, su trato arisco. Joe Lopes se identificó con las biznagas pero...el gran pero, no les encontraba los ángulos motivacionales que tanto necesitaba. Se sirvió el último trago de la botella de vino tinto que había descorchado para inspirarse. Se apoderó de él un sentimiento de bienestar y concluyó que el sibaritismo sería su fuerza motivacional. Tenía ahora una buena explicación para los espejismos en el desierto. Y con moraleja. El caminante no busca sobrevivir en el oasis. Sería un alivio pasajero en su infierno sin fin. El caminante busca deleitarse y gozar de los placeres terrenales.

Tres días después Joe Lopes asistió a la feria de la salud que organizó la empresa de seguros que tenía contratada. Le detectaron niveles de colesterol altos. Los problemas de salud son situaciones extremas, de vida o muerte, sin dramatizar, y Joe Lopes tuvo que olvidarse de su sibaritismo y volver a arar en el desierto, en círculos.

lunes, 25 de abril de 2011

Cultura Ni-ni

Frutero de Guadua


Cultura Ni-ni

El frutero de guadua que hice no es muy normal pero es poco extravagante comparado con la conversación que tuve con un joven intelectual. Es el mismo que utiliza un matraz para cocinar porque según su dicho la preparación de los alimentos es la ciencia de generar reacciones químicas entre los ingredientes y su transformación en deliciosos platillos a través de la aplicación de calor, o frío, como en el caso de las gelatinas. En treinta años de existencia no ha logrado nada, es decir nada tangible, es decir nada que se pueda observar por terceras personas. Yo no soy nadie para cuestionar el mundo interior que, en su caso, haya edificado, ni las potencialidades que pueda estar acumulando para llegar a ser un personaje de trascendencia mundial. Sé que no tiene empleo fijo, ni novia fija, ni ingresos fijos, ni apartamento independiente, ni automóvil propio... sé que duerme en un futón original traído del Asia, que se inclina por los comentarios políticos y sociales en lugar de las banalidades, que hace deporte por las mañanas, y que cocina en un matraz.

-¿A qué te dedicas? Es mi pregunta recurrente. -Tengo varios proyectos, es su respuesta habitual. Nunca especifica qué proyectos, ni de qué, ni con quién ni para quien. Las últimas veces que lo he visto ya no le pregunto nada, total, han sido encuentros fortuitos motivados por alguien más. Le da por hablar...o disertar.-Viviré 105 años, dijo con tono doctoral. Desarrolló un argumento estadístico, haciendo uso de la longevidad de la abuela paterna y de uno de sus cuatro bisabuelos. Omitió las muertes a temprana edad del abuelo materno y a una edad más temprana aún, de dos de sus tíos, pero tuvo el mérito de ubicar los datos dentro de la tendencia general al aumento en las expectativas de vida de la población mundial. En promedio, le faltó decir. Declaró en base a sus lecturas y búsquedas en internet la cura próxima de todos los tipos de cáncer, anunció la inminencia de la vacuna contra las caries, y aludió a los rápidos avances en la medicina.

-Por eso me tengo que cuidar, porque quiero llegar a esa edad en plenitud. No lo dijo él, es cierto, pero su argumento me pareció espléndido para justificar la cultura nini (ni estudia ni trabaja). A sus treinta años, no ha vivido ni la tercera parte de su vida, le quedan setenta y cinco por vivir, o sea va bien el chavo, tal vez hasta sea precoz... Yo lo que pienso es que tanta cultura de internet le está haciendo daño, que es un güevón, que se pasa de arrogante y que es bastante mamón.

lunes, 11 de abril de 2011

Anclajes Físicos

Anclajes Físicos

Joe Lopes cerró el e-book sobre Julian Assange, el fundador de Wikileaks, y apagó su ipad. Estaba ansioso por poner en práctica algunas ideas que se le vinieron a la mente durante la lectura. Le provocó algo de envidia que Assange pudiera moverse de una ciudad a otra intempestivamente y dejar abandonada su lap top si fuera necesario, sin tener que preocuparse por su información. Ni los expertos en informática podrían haber hurgado en sus archivos pues estaban encriptados con grado militar. Y recuperar su información tampoco era un problema pues la tenía cargada en internet en sitios seguros.

A Joe Lopes nadie le venía pisando los talones como a Assange, pero le pareció una buena idea no tener que preocuparse por respaldar la información de su computadora, ya fuera en un disco duro externo, dispositivo usb o dvd, como le sugería el programa Norton con terca insistencia. Los respaldos en "la nube" no eran algo nuevo para él puesto que muchos teléfonos ya los tenía en skype, textos personales en su página de blogger y cuestiones de trabajo en su gmail. Algunas de sus fotos favoritas estaban en facebook, otras en picassa y las menos, en flirck. Solo había que sistematizar el esfuerzo y podría viajar libre por el mundo como el buen Julian, con toda su información y todo su dinero. Crearía nuevas contraseñas que fueran potencialmente invulnerables a través de una secuencia larga de caracteres. Estimaba que entre quince y veinte, utilizando letras mayúsculas, minúsculas y números, intercalados sin un patron identificable, lo cual podría lograrse con un algoritmo aleatorio. Podría digitalizar su tarjeta de banca electrónica en formato de imagen. Todos los Nips los encriptaría con el método alemán utilizado durante la Segunda Guerra. El libro de referencia para encriptar sería Cien Años de Soledad, el cual según él podría conseguirse en español en todo el mundo con relativa facilidad.


Para generar la contraseña necesitaría consultar la opción de ayuda del Excel. Estaba seguro de que no era algo tan difícil. El problema mayor era como memorizar esa clave. La pérdida de la memoria era una contingencia posible que no podía descartar. Parecía inevitable tener que hacer un anclaje en el mundo físico pero eso desvirtuaba toda la estrategia. Assange se habría enfrentado al mismo problema pero la respuesta no venía en el libro. El anclaje físico podría consistir en un pedacito de papel con la clave manuscrita, escondido en algún lugar. Pero entonces no tendría la movilidad de Assange. Una posibilidad es que Assange hubiese confiado en alguien de su primer círculo para respaldar la clave maestra, o tal vez en dos personas que no se conocieran mutuamente, y la anotación en masking tape en su pasaporte solo diría "diez de laura y seis de mateo". Sería mucho mas seguro que anotar la clave completa de dieciséis caracteres o confiársela íntegra a una sola persona.

Después de enfrentar un intenso tráfico provocado por las obras del segundo piso del Periférico, Joe Lopes llegó a su casa. Como siempre tocó el claxon. Luego recordó que esa semana no habría nadie y lo peor... no tenía las llaves. La vecina que tenía copia tampoco estaba. Ni con el i-phone podría resolver este problema. Decidió esperar en el carro, reclinó el asiento y maldijo los anclajes físicos que eran tan necesarios para sostener su mundo digital.

sábado, 2 de abril de 2011

La Única Ilusión es el Olvido

Escuela en Chernobyl. 25 años después.




LA ÚNICA ILUSIÓN ES EL OLVIDO

Bajé al garage de la casa. Tenía tiempo deshabitada y yo quería hacerla funcionar. Para ese entonces ya habían sido varios los arreglos que había hecho ó mandado a hacer. Comencé con la cerrajería. Checar que cada chapa funcionara y tuviera su llave. La esencia de una casa es el sentido de seguridad que brinda y sin cerraduras no cumple bien con su función. Luego seguí con el zaguán. Contraté un “maistro” que lo raspó, le quitó el óxido y lo pintó. Una casa es una fachada antes que nada y por lo mismo hay que tenerla presentable. Me sentía a disgusto al ver los nombres de los niños de la señora que va a hacer el aseo marcados en el óxido de la puerta del acceso principal. En una de esas visitas de supervisión de los trabajos de mantenimiento entré a la cocina a prepararme un café y vi que las hiedras trepaban por la pared de afuera hasta llegar al voladizo del techo, y que las raíces con las que se adhieren las hiedras a las paredes se estaban metiendo entre el vidrio y el marco de aluminio, con riesgo de reventarlo. Estuve hasta el anochecer arrancando y podando hiedra. Cuando volví, de mañana y con buena la luz, me di cuenta que otra nueva tarea había quedado al descubierto. Las hiedras al trepar habían dejado su rastro de polvo y mugre en todas las paredes. Había que raspar, lavar y volver a pintar.

La estufa no prendió ese día por falta de gas. En la compañía a la que hablé se comprometieron a surtirme al día siguiente muy temprano. Por esa razón fue que después de mucho tiempo volví a pasar una noche en esa casa. Todo bien…hasta que me levanté, pasé al baño, hice lo que tenía que hacer y abrí la ventana para ventilar. Balanceándose con suavidad se metieron al baño unas ramas de un verde tierno del piracanto que está plantado abajo. Contemplé con gusto las ramas y me deleité con las tonalidades cambiantes de verde que producían los rayos del sol de mañana de invierno…hasta que racionalicé que esas ramas no estaban bien ahí. No eran un peligro inminente como las hiedras pero sencillamente no estaba bien que las plantas del jardín se metieran por la ventana. A la espera del gas tomé el machete y me puse a cortar el piracanto. Derribé la rama más grande y después la partí en trozos más pequeños que se podían acarrear fácilmente hasta el área en la que algún día estuvo el hoyo de la composta y que ahora era un montón de ramas, hojas secas, pedazos de ladrillo, trozos de cemento y cascajo en general. Qué curioso es todo esto, pensé, entre más trabajo, más trabajos quedan pendientes de realizar.

Ese fue el día que bajé al garage en busca de un pico y una pala para despejar un poco el hoyo de la composta. No estaban en el lugar dónde yo recordaba que se guardaban, así que los busqué por los costados, entre el material que sobró de la última remodelación. Eran varias cajas de mosaico de baño y loseta de piso que me aconsejaron que guardara por si alguno, algún día, se llegase a romper. En diez años no se había roto ninguno pero ahí estaban esas cajas, estorbando en el garage. Preferible sería remendar un baño con un mosaico de color ligeramente diferente a tener apilado ahí ese material durante todo el periodo de vida útil de la casa, pensé, mientras continuaba la búsqueda del pico y la pala debajo de una escalera externa.

Si en los costados del garage predominaban las cajas de cartón, por esta sección predominaban los botes de pintura, botes de impermeabilizante, botes de barniz, botes y más botes. Abrí uno grande de Comex para determinar si sería basura o habría material que se pudiese aprovechar y pintar la pared manchada por las hiedras. La tapa se rompió por los bordes al tratar de quitarla. Era más óxido que tapa y en el fondo percibí una mezcla gelatinosa color ladrillo de aspecto nada agradable. Fue impermeabilizante, deduje. En algún momento dejé de buscar el pico y la pala. Estaba profundamente inmerso examinando aquellos materiales y rememorando la época en que habrían sido utilizados. Detrás de los botes, entre los botes, debajo de los botes, había bolsas de plástico endurecidas por el paso del tiempo, ennegrecidas por lo mismo, algunas con clavos, otras con tornillos y tuercas, y otras con herrajes diversos como cerraduras y bisagras. Claramente habían comprado kilos de clavo de más cuando construyeron la casa pero la cantidad de tornillos y tuercas que estaban ahí no hacía ningún sentido. Las cimbras se hacen con clavos, no con tornillos. De entre las bolsas y los botes apareció de pronto una caja de triplay pintada de color marrón. Primero el descontrol. ¿Será? Después el regocijo. ¡Es! Finalmente la ansiedad. Me abalancé para abrirla y ver que es lo que tendría adentro. Era mi caja de herramientas. La que utilicé cuando viví ahí, cuando era joven. Antes de que tuviera que irme por causas de fuerza mayor. Desarmadores. Llaves de tuercas. Cinceles de albañil. Escuadra metálica para carpintería. Cuchillo de acero de piel roja en funda negra. Lo avientan de tal forma que hace piruetas en el aire y cae con la punta firmemente clavada en el suelo para intimidar al enemigo. Toda la herramienta estaba oxidada pero no faltaba ninguna.

Al contrario. Había herramientas que no podía recordar, como las prensas ó una sierra caladora eléctrica Black&Decker que apareció después, junto a la caja de madera, en su empaque original. Entonces recordé a Uriel, un peón que trabajó durante la construcción de la casa y que además era el velador en la obra. Nunca terminé de construir la casa. El puesto de velador se transformó gradualmente en uno de mayordomo. Cuando yo viví ahí Uriel me hacía los mandados y lavaba los carros. Pero le sobraba tiempo y el era quien me proponía hacer tal o cual mueble, tal o cual obra, o sembrar tal o cual planta. Hizo mesas para el radio y para la televisión, repisas y libreros; hizo los rodetes de piedra que rodean a los eucaliptos; y sembró casi todas las plantas que hay ahora. Fue Uriel quien me pedía dinero para comprar tal o cual herramienta. Por aquella época fue que tuve que salir de esa casa y Uriel todavía se quedó algunos años más antes de emigrar hacia un puerto en Texas. Dicen que se dedicó a desmantelar barcos y tiempo después murió de cáncer pulmonar.

Uriel se fue porque necesitaba mandar más dinero para sus hijos y su mujer, una enfermera que nunca lo quiso. Cuando Uriel iba a su casa en la localidad de Taxquillo en el estado de Hidalgo, la mujer le aceptaba el dinero pero no lo dejaba pasar a la casa, mucho menos a la habitación, según me contaba él.

Hoy pienso que Uriel ha de haber tranquilizado el alma con esas herramientas que quedaron desafiando al tiempo debajo de la escalera. Cuando yo utilizo mis herramientas y me dedico a podar, a escarbar, a cortar, a pulir, a lijar, a taladrar, se va la noción del tiempo, desaparece la ansiedad, no hay crisis existencial, no hay rencor, no hay envidia, no hay miseria, no hay nada. Es el olvido. Con los años la mayor y única ilusión es el olvido.