Me quedaban tan solo veinte pesos en el bolsillo y medio tanque de gasolina así que tomé la carretera libre. Me ahorré los 200 pesos de los peajes y pasé por lugares que hacía tiempo no recorría. El paisaje es el mismo pero se notan cambios, algunos carriles de rebase en ciertos tramos, muros de contención para prevenir deslaves en otros, más casas y más caseríos. No es mi idea de progreso; lo que veía empalma mejor con mi concepto de sobrepoblación. Al salir de una curva vi un restaurante rústico en cuyo frente había un montón de cocos. Compré dos con mis veinte pesos. Al llegar a la carpintería los taladré y les saqué el jugo. Darles un machetazo como hacen en la costa me pareció innecesario para el caso de personas que cuentan con herramienta. Saqué el cerrote y partí mi coco. Con la navaja le saqué la pulpa, salí al huerto y corté los últimos naranjos de la temporada, bastante raquíticos, y le eché el jugo a la pulpa. Abrí mi botellita de vino chileno puesto que las cervezas se habían acabado y ya no había capital para reposición. El coco apenas dio para espantar el hambre, y el vino para imaginar las cosas desde una perspectiva diferente. Me quedé observando los restos del almuerzo. Pulí por un buen rato el hueso del coco. Listo. Ahí estaba mi bodegón de tiempos de crisis, sin pierna de jamón serrano, sin quesos, sin hogaza de pan, sin cuenco de arroz, sin nada. El olote de maíz lo coloqué nada más para reforzar el tema de mentarle la madre al partido PAN.
domingo, 29 de mayo de 2011
martes, 24 de mayo de 2011
Espejismo en el Desierto
Joe Lopes pasó el día tratando de comprender el fenómeno de los espejismos en el desierto. Desde el punto de vista de un observador externo, hay un tipo que camina entre las dunas bajo un sol abrasador. Delira y corre hacia lo que percibe como palmeras de un verde esplendoroso. Imagina unos manantiales de aguas cristalinas en los cuales sacia su sed y se limpia todo el sudor y la mugre acumulada. Hay dátiles al alcance de la mano y con suerte hasta un rastrillo para afeitarse. Curioso, pensó Joe. Sería más realista imaginar el desierto por la noche, cuando el ambiente se torna templado, y frío un poco más tarde. El caminante encendería una fogata a las tres de la tarde en lugar de correr despavorido. Estaría echado en unas alfombras persas mientras unas bailarinas le sirven el té. Soñar o alucinar no cuestan nada.
Pero igual, la versión estandar del espejismo ilustraba bien lo que Joe estaba buscando, es decir, lo que carecía. Siempre fue un pragmático compulsivo y nunca se dio el lujo de soñar. No alcanzaba ni siquiera a vislumbrar una manera en la que él podría ser feliz. Tener una acompañante fija, tener dinero, tener trabajo… todo venía acompañado de una minuciosa lista de pros y contras que Joe elaboraba a lo largo de todos los días. Por eso le fascinaba el espejismo en el desierto. Resolvía de manera eficaz las cuestiones que cobraban importancia a medida que Joe seguía acumulando inviernos...sus cumpleaños eran en enero y comenzaron a correr en el año de 1960.
Primer tema: El para qué de la existencia, o el anhelo. Saciar la sed y quitarse la mugre. Segundo, el cómo. Correr hacia el oasis. Tercero, correr con una convicción y una fé ciegas, tanto en el oasis como en sus propias fuerzas, sin margen para la duda reflexiva y paralizante. La implicación operacional para Joe estaba clara: sus dudas existenciales terminarían si fuese capaz de colocarse en una situación extrema, ya fuese de pobreza, ya fuese de soledad. Los espejismos operarían en automático. Si pobre, soñaría con pan. Si solo, encontraría compañía. Pero recapacitando Joe recordó que en la versión estándar del espejismo, el caminante se pierde, se extravía. No se coloca en una situación extrema por puro placer, mucho menos como una solución a algún problema. La versión con moraleja del espejismo no le hacía ningún sentido.
Hombre de obsesiones, Joe continuó con sus cavilaciones después de una siesta, más bien somnolencia o modorra, provocada por el consumo de un six pack de cerveza bien helada. En sentido figurado, se dijo, estoy perdido en un desierto, y no me coloqué en esta situación por elección conciente. Prueba de que aún no deliro, es que razono, o eso creo. Recordó entonces la biznaga que recién había llevado a su invernadero. Es una planta acostumbrada a las condiciones extremas, para lo cual absorbe y acumula la poca humedad que le proporciona el desierto de cuando en cuando. Curioso, pensó Joe. Un régimen de lluvias constante y predecible acabaría con las biznagas, pudriéndolas. Ni siquiera haría falta una inundación. Las biznagas cuentan con dos sistemas defensivos frente a sus depredadores. Más curioso aún. Las plantas del desierto también tienen enemigos. La simulación, adoptar la forma de una roca, es la primer arma de defensa. La segunda es menos sutil pero se utiliza tan solo en casos de ataques frontales. Espinar al enemigo. Joe podía identificarse con la biznaga. Su vida era austera, sus riquezas ocultas, su actitud defensiva, su trato arisco. Joe Lopes se identificó con las biznagas pero...el gran pero, no les encontraba los ángulos motivacionales que tanto necesitaba. Se sirvió el último trago de la botella de vino tinto que había descorchado para inspirarse. Se apoderó de él un sentimiento de bienestar y concluyó que el sibaritismo sería su fuerza motivacional. Tenía ahora una buena explicación para los espejismos en el desierto. Y con moraleja. El caminante no busca sobrevivir en el oasis. Sería un alivio pasajero en su infierno sin fin. El caminante busca deleitarse y gozar de los placeres terrenales.
Tres días después Joe Lopes asistió a la feria de la salud que organizó la empresa de seguros que tenía contratada. Le detectaron niveles de colesterol altos. Los problemas de salud son situaciones extremas, de vida o muerte, sin dramatizar, y Joe Lopes tuvo que olvidarse de su sibaritismo y volver a arar en el desierto, en círculos.
Pero igual, la versión estandar del espejismo ilustraba bien lo que Joe estaba buscando, es decir, lo que carecía. Siempre fue un pragmático compulsivo y nunca se dio el lujo de soñar. No alcanzaba ni siquiera a vislumbrar una manera en la que él podría ser feliz. Tener una acompañante fija, tener dinero, tener trabajo… todo venía acompañado de una minuciosa lista de pros y contras que Joe elaboraba a lo largo de todos los días. Por eso le fascinaba el espejismo en el desierto. Resolvía de manera eficaz las cuestiones que cobraban importancia a medida que Joe seguía acumulando inviernos...sus cumpleaños eran en enero y comenzaron a correr en el año de 1960.
Primer tema: El para qué de la existencia, o el anhelo. Saciar la sed y quitarse la mugre. Segundo, el cómo. Correr hacia el oasis. Tercero, correr con una convicción y una fé ciegas, tanto en el oasis como en sus propias fuerzas, sin margen para la duda reflexiva y paralizante. La implicación operacional para Joe estaba clara: sus dudas existenciales terminarían si fuese capaz de colocarse en una situación extrema, ya fuese de pobreza, ya fuese de soledad. Los espejismos operarían en automático. Si pobre, soñaría con pan. Si solo, encontraría compañía. Pero recapacitando Joe recordó que en la versión estándar del espejismo, el caminante se pierde, se extravía. No se coloca en una situación extrema por puro placer, mucho menos como una solución a algún problema. La versión con moraleja del espejismo no le hacía ningún sentido.
Hombre de obsesiones, Joe continuó con sus cavilaciones después de una siesta, más bien somnolencia o modorra, provocada por el consumo de un six pack de cerveza bien helada. En sentido figurado, se dijo, estoy perdido en un desierto, y no me coloqué en esta situación por elección conciente. Prueba de que aún no deliro, es que razono, o eso creo. Recordó entonces la biznaga que recién había llevado a su invernadero. Es una planta acostumbrada a las condiciones extremas, para lo cual absorbe y acumula la poca humedad que le proporciona el desierto de cuando en cuando. Curioso, pensó Joe. Un régimen de lluvias constante y predecible acabaría con las biznagas, pudriéndolas. Ni siquiera haría falta una inundación. Las biznagas cuentan con dos sistemas defensivos frente a sus depredadores. Más curioso aún. Las plantas del desierto también tienen enemigos. La simulación, adoptar la forma de una roca, es la primer arma de defensa. La segunda es menos sutil pero se utiliza tan solo en casos de ataques frontales. Espinar al enemigo. Joe podía identificarse con la biznaga. Su vida era austera, sus riquezas ocultas, su actitud defensiva, su trato arisco. Joe Lopes se identificó con las biznagas pero...el gran pero, no les encontraba los ángulos motivacionales que tanto necesitaba. Se sirvió el último trago de la botella de vino tinto que había descorchado para inspirarse. Se apoderó de él un sentimiento de bienestar y concluyó que el sibaritismo sería su fuerza motivacional. Tenía ahora una buena explicación para los espejismos en el desierto. Y con moraleja. El caminante no busca sobrevivir en el oasis. Sería un alivio pasajero en su infierno sin fin. El caminante busca deleitarse y gozar de los placeres terrenales.
Tres días después Joe Lopes asistió a la feria de la salud que organizó la empresa de seguros que tenía contratada. Le detectaron niveles de colesterol altos. Los problemas de salud son situaciones extremas, de vida o muerte, sin dramatizar, y Joe Lopes tuvo que olvidarse de su sibaritismo y volver a arar en el desierto, en círculos.
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