lunes, 25 de abril de 2011

Cultura Ni-ni

Frutero de Guadua


Cultura Ni-ni

El frutero de guadua que hice no es muy normal pero es poco extravagante comparado con la conversación que tuve con un joven intelectual. Es el mismo que utiliza un matraz para cocinar porque según su dicho la preparación de los alimentos es la ciencia de generar reacciones químicas entre los ingredientes y su transformación en deliciosos platillos a través de la aplicación de calor, o frío, como en el caso de las gelatinas. En treinta años de existencia no ha logrado nada, es decir nada tangible, es decir nada que se pueda observar por terceras personas. Yo no soy nadie para cuestionar el mundo interior que, en su caso, haya edificado, ni las potencialidades que pueda estar acumulando para llegar a ser un personaje de trascendencia mundial. Sé que no tiene empleo fijo, ni novia fija, ni ingresos fijos, ni apartamento independiente, ni automóvil propio... sé que duerme en un futón original traído del Asia, que se inclina por los comentarios políticos y sociales en lugar de las banalidades, que hace deporte por las mañanas, y que cocina en un matraz.

-¿A qué te dedicas? Es mi pregunta recurrente. -Tengo varios proyectos, es su respuesta habitual. Nunca especifica qué proyectos, ni de qué, ni con quién ni para quien. Las últimas veces que lo he visto ya no le pregunto nada, total, han sido encuentros fortuitos motivados por alguien más. Le da por hablar...o disertar.-Viviré 105 años, dijo con tono doctoral. Desarrolló un argumento estadístico, haciendo uso de la longevidad de la abuela paterna y de uno de sus cuatro bisabuelos. Omitió las muertes a temprana edad del abuelo materno y a una edad más temprana aún, de dos de sus tíos, pero tuvo el mérito de ubicar los datos dentro de la tendencia general al aumento en las expectativas de vida de la población mundial. En promedio, le faltó decir. Declaró en base a sus lecturas y búsquedas en internet la cura próxima de todos los tipos de cáncer, anunció la inminencia de la vacuna contra las caries, y aludió a los rápidos avances en la medicina.

-Por eso me tengo que cuidar, porque quiero llegar a esa edad en plenitud. No lo dijo él, es cierto, pero su argumento me pareció espléndido para justificar la cultura nini (ni estudia ni trabaja). A sus treinta años, no ha vivido ni la tercera parte de su vida, le quedan setenta y cinco por vivir, o sea va bien el chavo, tal vez hasta sea precoz... Yo lo que pienso es que tanta cultura de internet le está haciendo daño, que es un güevón, que se pasa de arrogante y que es bastante mamón.

lunes, 11 de abril de 2011

Anclajes Físicos

Anclajes Físicos

Joe Lopes cerró el e-book sobre Julian Assange, el fundador de Wikileaks, y apagó su ipad. Estaba ansioso por poner en práctica algunas ideas que se le vinieron a la mente durante la lectura. Le provocó algo de envidia que Assange pudiera moverse de una ciudad a otra intempestivamente y dejar abandonada su lap top si fuera necesario, sin tener que preocuparse por su información. Ni los expertos en informática podrían haber hurgado en sus archivos pues estaban encriptados con grado militar. Y recuperar su información tampoco era un problema pues la tenía cargada en internet en sitios seguros.

A Joe Lopes nadie le venía pisando los talones como a Assange, pero le pareció una buena idea no tener que preocuparse por respaldar la información de su computadora, ya fuera en un disco duro externo, dispositivo usb o dvd, como le sugería el programa Norton con terca insistencia. Los respaldos en "la nube" no eran algo nuevo para él puesto que muchos teléfonos ya los tenía en skype, textos personales en su página de blogger y cuestiones de trabajo en su gmail. Algunas de sus fotos favoritas estaban en facebook, otras en picassa y las menos, en flirck. Solo había que sistematizar el esfuerzo y podría viajar libre por el mundo como el buen Julian, con toda su información y todo su dinero. Crearía nuevas contraseñas que fueran potencialmente invulnerables a través de una secuencia larga de caracteres. Estimaba que entre quince y veinte, utilizando letras mayúsculas, minúsculas y números, intercalados sin un patron identificable, lo cual podría lograrse con un algoritmo aleatorio. Podría digitalizar su tarjeta de banca electrónica en formato de imagen. Todos los Nips los encriptaría con el método alemán utilizado durante la Segunda Guerra. El libro de referencia para encriptar sería Cien Años de Soledad, el cual según él podría conseguirse en español en todo el mundo con relativa facilidad.


Para generar la contraseña necesitaría consultar la opción de ayuda del Excel. Estaba seguro de que no era algo tan difícil. El problema mayor era como memorizar esa clave. La pérdida de la memoria era una contingencia posible que no podía descartar. Parecía inevitable tener que hacer un anclaje en el mundo físico pero eso desvirtuaba toda la estrategia. Assange se habría enfrentado al mismo problema pero la respuesta no venía en el libro. El anclaje físico podría consistir en un pedacito de papel con la clave manuscrita, escondido en algún lugar. Pero entonces no tendría la movilidad de Assange. Una posibilidad es que Assange hubiese confiado en alguien de su primer círculo para respaldar la clave maestra, o tal vez en dos personas que no se conocieran mutuamente, y la anotación en masking tape en su pasaporte solo diría "diez de laura y seis de mateo". Sería mucho mas seguro que anotar la clave completa de dieciséis caracteres o confiársela íntegra a una sola persona.

Después de enfrentar un intenso tráfico provocado por las obras del segundo piso del Periférico, Joe Lopes llegó a su casa. Como siempre tocó el claxon. Luego recordó que esa semana no habría nadie y lo peor... no tenía las llaves. La vecina que tenía copia tampoco estaba. Ni con el i-phone podría resolver este problema. Decidió esperar en el carro, reclinó el asiento y maldijo los anclajes físicos que eran tan necesarios para sostener su mundo digital.

sábado, 2 de abril de 2011

La Única Ilusión es el Olvido

Escuela en Chernobyl. 25 años después.




LA ÚNICA ILUSIÓN ES EL OLVIDO

Bajé al garage de la casa. Tenía tiempo deshabitada y yo quería hacerla funcionar. Para ese entonces ya habían sido varios los arreglos que había hecho ó mandado a hacer. Comencé con la cerrajería. Checar que cada chapa funcionara y tuviera su llave. La esencia de una casa es el sentido de seguridad que brinda y sin cerraduras no cumple bien con su función. Luego seguí con el zaguán. Contraté un “maistro” que lo raspó, le quitó el óxido y lo pintó. Una casa es una fachada antes que nada y por lo mismo hay que tenerla presentable. Me sentía a disgusto al ver los nombres de los niños de la señora que va a hacer el aseo marcados en el óxido de la puerta del acceso principal. En una de esas visitas de supervisión de los trabajos de mantenimiento entré a la cocina a prepararme un café y vi que las hiedras trepaban por la pared de afuera hasta llegar al voladizo del techo, y que las raíces con las que se adhieren las hiedras a las paredes se estaban metiendo entre el vidrio y el marco de aluminio, con riesgo de reventarlo. Estuve hasta el anochecer arrancando y podando hiedra. Cuando volví, de mañana y con buena la luz, me di cuenta que otra nueva tarea había quedado al descubierto. Las hiedras al trepar habían dejado su rastro de polvo y mugre en todas las paredes. Había que raspar, lavar y volver a pintar.

La estufa no prendió ese día por falta de gas. En la compañía a la que hablé se comprometieron a surtirme al día siguiente muy temprano. Por esa razón fue que después de mucho tiempo volví a pasar una noche en esa casa. Todo bien…hasta que me levanté, pasé al baño, hice lo que tenía que hacer y abrí la ventana para ventilar. Balanceándose con suavidad se metieron al baño unas ramas de un verde tierno del piracanto que está plantado abajo. Contemplé con gusto las ramas y me deleité con las tonalidades cambiantes de verde que producían los rayos del sol de mañana de invierno…hasta que racionalicé que esas ramas no estaban bien ahí. No eran un peligro inminente como las hiedras pero sencillamente no estaba bien que las plantas del jardín se metieran por la ventana. A la espera del gas tomé el machete y me puse a cortar el piracanto. Derribé la rama más grande y después la partí en trozos más pequeños que se podían acarrear fácilmente hasta el área en la que algún día estuvo el hoyo de la composta y que ahora era un montón de ramas, hojas secas, pedazos de ladrillo, trozos de cemento y cascajo en general. Qué curioso es todo esto, pensé, entre más trabajo, más trabajos quedan pendientes de realizar.

Ese fue el día que bajé al garage en busca de un pico y una pala para despejar un poco el hoyo de la composta. No estaban en el lugar dónde yo recordaba que se guardaban, así que los busqué por los costados, entre el material que sobró de la última remodelación. Eran varias cajas de mosaico de baño y loseta de piso que me aconsejaron que guardara por si alguno, algún día, se llegase a romper. En diez años no se había roto ninguno pero ahí estaban esas cajas, estorbando en el garage. Preferible sería remendar un baño con un mosaico de color ligeramente diferente a tener apilado ahí ese material durante todo el periodo de vida útil de la casa, pensé, mientras continuaba la búsqueda del pico y la pala debajo de una escalera externa.

Si en los costados del garage predominaban las cajas de cartón, por esta sección predominaban los botes de pintura, botes de impermeabilizante, botes de barniz, botes y más botes. Abrí uno grande de Comex para determinar si sería basura o habría material que se pudiese aprovechar y pintar la pared manchada por las hiedras. La tapa se rompió por los bordes al tratar de quitarla. Era más óxido que tapa y en el fondo percibí una mezcla gelatinosa color ladrillo de aspecto nada agradable. Fue impermeabilizante, deduje. En algún momento dejé de buscar el pico y la pala. Estaba profundamente inmerso examinando aquellos materiales y rememorando la época en que habrían sido utilizados. Detrás de los botes, entre los botes, debajo de los botes, había bolsas de plástico endurecidas por el paso del tiempo, ennegrecidas por lo mismo, algunas con clavos, otras con tornillos y tuercas, y otras con herrajes diversos como cerraduras y bisagras. Claramente habían comprado kilos de clavo de más cuando construyeron la casa pero la cantidad de tornillos y tuercas que estaban ahí no hacía ningún sentido. Las cimbras se hacen con clavos, no con tornillos. De entre las bolsas y los botes apareció de pronto una caja de triplay pintada de color marrón. Primero el descontrol. ¿Será? Después el regocijo. ¡Es! Finalmente la ansiedad. Me abalancé para abrirla y ver que es lo que tendría adentro. Era mi caja de herramientas. La que utilicé cuando viví ahí, cuando era joven. Antes de que tuviera que irme por causas de fuerza mayor. Desarmadores. Llaves de tuercas. Cinceles de albañil. Escuadra metálica para carpintería. Cuchillo de acero de piel roja en funda negra. Lo avientan de tal forma que hace piruetas en el aire y cae con la punta firmemente clavada en el suelo para intimidar al enemigo. Toda la herramienta estaba oxidada pero no faltaba ninguna.

Al contrario. Había herramientas que no podía recordar, como las prensas ó una sierra caladora eléctrica Black&Decker que apareció después, junto a la caja de madera, en su empaque original. Entonces recordé a Uriel, un peón que trabajó durante la construcción de la casa y que además era el velador en la obra. Nunca terminé de construir la casa. El puesto de velador se transformó gradualmente en uno de mayordomo. Cuando yo viví ahí Uriel me hacía los mandados y lavaba los carros. Pero le sobraba tiempo y el era quien me proponía hacer tal o cual mueble, tal o cual obra, o sembrar tal o cual planta. Hizo mesas para el radio y para la televisión, repisas y libreros; hizo los rodetes de piedra que rodean a los eucaliptos; y sembró casi todas las plantas que hay ahora. Fue Uriel quien me pedía dinero para comprar tal o cual herramienta. Por aquella época fue que tuve que salir de esa casa y Uriel todavía se quedó algunos años más antes de emigrar hacia un puerto en Texas. Dicen que se dedicó a desmantelar barcos y tiempo después murió de cáncer pulmonar.

Uriel se fue porque necesitaba mandar más dinero para sus hijos y su mujer, una enfermera que nunca lo quiso. Cuando Uriel iba a su casa en la localidad de Taxquillo en el estado de Hidalgo, la mujer le aceptaba el dinero pero no lo dejaba pasar a la casa, mucho menos a la habitación, según me contaba él.

Hoy pienso que Uriel ha de haber tranquilizado el alma con esas herramientas que quedaron desafiando al tiempo debajo de la escalera. Cuando yo utilizo mis herramientas y me dedico a podar, a escarbar, a cortar, a pulir, a lijar, a taladrar, se va la noción del tiempo, desaparece la ansiedad, no hay crisis existencial, no hay rencor, no hay envidia, no hay miseria, no hay nada. Es el olvido. Con los años la mayor y única ilusión es el olvido.