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sábado, 2 de abril de 2011

La Única Ilusión es el Olvido

Escuela en Chernobyl. 25 años después.




LA ÚNICA ILUSIÓN ES EL OLVIDO

Bajé al garage de la casa. Tenía tiempo deshabitada y yo quería hacerla funcionar. Para ese entonces ya habían sido varios los arreglos que había hecho ó mandado a hacer. Comencé con la cerrajería. Checar que cada chapa funcionara y tuviera su llave. La esencia de una casa es el sentido de seguridad que brinda y sin cerraduras no cumple bien con su función. Luego seguí con el zaguán. Contraté un “maistro” que lo raspó, le quitó el óxido y lo pintó. Una casa es una fachada antes que nada y por lo mismo hay que tenerla presentable. Me sentía a disgusto al ver los nombres de los niños de la señora que va a hacer el aseo marcados en el óxido de la puerta del acceso principal. En una de esas visitas de supervisión de los trabajos de mantenimiento entré a la cocina a prepararme un café y vi que las hiedras trepaban por la pared de afuera hasta llegar al voladizo del techo, y que las raíces con las que se adhieren las hiedras a las paredes se estaban metiendo entre el vidrio y el marco de aluminio, con riesgo de reventarlo. Estuve hasta el anochecer arrancando y podando hiedra. Cuando volví, de mañana y con buena la luz, me di cuenta que otra nueva tarea había quedado al descubierto. Las hiedras al trepar habían dejado su rastro de polvo y mugre en todas las paredes. Había que raspar, lavar y volver a pintar.

La estufa no prendió ese día por falta de gas. En la compañía a la que hablé se comprometieron a surtirme al día siguiente muy temprano. Por esa razón fue que después de mucho tiempo volví a pasar una noche en esa casa. Todo bien…hasta que me levanté, pasé al baño, hice lo que tenía que hacer y abrí la ventana para ventilar. Balanceándose con suavidad se metieron al baño unas ramas de un verde tierno del piracanto que está plantado abajo. Contemplé con gusto las ramas y me deleité con las tonalidades cambiantes de verde que producían los rayos del sol de mañana de invierno…hasta que racionalicé que esas ramas no estaban bien ahí. No eran un peligro inminente como las hiedras pero sencillamente no estaba bien que las plantas del jardín se metieran por la ventana. A la espera del gas tomé el machete y me puse a cortar el piracanto. Derribé la rama más grande y después la partí en trozos más pequeños que se podían acarrear fácilmente hasta el área en la que algún día estuvo el hoyo de la composta y que ahora era un montón de ramas, hojas secas, pedazos de ladrillo, trozos de cemento y cascajo en general. Qué curioso es todo esto, pensé, entre más trabajo, más trabajos quedan pendientes de realizar.

Ese fue el día que bajé al garage en busca de un pico y una pala para despejar un poco el hoyo de la composta. No estaban en el lugar dónde yo recordaba que se guardaban, así que los busqué por los costados, entre el material que sobró de la última remodelación. Eran varias cajas de mosaico de baño y loseta de piso que me aconsejaron que guardara por si alguno, algún día, se llegase a romper. En diez años no se había roto ninguno pero ahí estaban esas cajas, estorbando en el garage. Preferible sería remendar un baño con un mosaico de color ligeramente diferente a tener apilado ahí ese material durante todo el periodo de vida útil de la casa, pensé, mientras continuaba la búsqueda del pico y la pala debajo de una escalera externa.

Si en los costados del garage predominaban las cajas de cartón, por esta sección predominaban los botes de pintura, botes de impermeabilizante, botes de barniz, botes y más botes. Abrí uno grande de Comex para determinar si sería basura o habría material que se pudiese aprovechar y pintar la pared manchada por las hiedras. La tapa se rompió por los bordes al tratar de quitarla. Era más óxido que tapa y en el fondo percibí una mezcla gelatinosa color ladrillo de aspecto nada agradable. Fue impermeabilizante, deduje. En algún momento dejé de buscar el pico y la pala. Estaba profundamente inmerso examinando aquellos materiales y rememorando la época en que habrían sido utilizados. Detrás de los botes, entre los botes, debajo de los botes, había bolsas de plástico endurecidas por el paso del tiempo, ennegrecidas por lo mismo, algunas con clavos, otras con tornillos y tuercas, y otras con herrajes diversos como cerraduras y bisagras. Claramente habían comprado kilos de clavo de más cuando construyeron la casa pero la cantidad de tornillos y tuercas que estaban ahí no hacía ningún sentido. Las cimbras se hacen con clavos, no con tornillos. De entre las bolsas y los botes apareció de pronto una caja de triplay pintada de color marrón. Primero el descontrol. ¿Será? Después el regocijo. ¡Es! Finalmente la ansiedad. Me abalancé para abrirla y ver que es lo que tendría adentro. Era mi caja de herramientas. La que utilicé cuando viví ahí, cuando era joven. Antes de que tuviera que irme por causas de fuerza mayor. Desarmadores. Llaves de tuercas. Cinceles de albañil. Escuadra metálica para carpintería. Cuchillo de acero de piel roja en funda negra. Lo avientan de tal forma que hace piruetas en el aire y cae con la punta firmemente clavada en el suelo para intimidar al enemigo. Toda la herramienta estaba oxidada pero no faltaba ninguna.

Al contrario. Había herramientas que no podía recordar, como las prensas ó una sierra caladora eléctrica Black&Decker que apareció después, junto a la caja de madera, en su empaque original. Entonces recordé a Uriel, un peón que trabajó durante la construcción de la casa y que además era el velador en la obra. Nunca terminé de construir la casa. El puesto de velador se transformó gradualmente en uno de mayordomo. Cuando yo viví ahí Uriel me hacía los mandados y lavaba los carros. Pero le sobraba tiempo y el era quien me proponía hacer tal o cual mueble, tal o cual obra, o sembrar tal o cual planta. Hizo mesas para el radio y para la televisión, repisas y libreros; hizo los rodetes de piedra que rodean a los eucaliptos; y sembró casi todas las plantas que hay ahora. Fue Uriel quien me pedía dinero para comprar tal o cual herramienta. Por aquella época fue que tuve que salir de esa casa y Uriel todavía se quedó algunos años más antes de emigrar hacia un puerto en Texas. Dicen que se dedicó a desmantelar barcos y tiempo después murió de cáncer pulmonar.

Uriel se fue porque necesitaba mandar más dinero para sus hijos y su mujer, una enfermera que nunca lo quiso. Cuando Uriel iba a su casa en la localidad de Taxquillo en el estado de Hidalgo, la mujer le aceptaba el dinero pero no lo dejaba pasar a la casa, mucho menos a la habitación, según me contaba él.

Hoy pienso que Uriel ha de haber tranquilizado el alma con esas herramientas que quedaron desafiando al tiempo debajo de la escalera. Cuando yo utilizo mis herramientas y me dedico a podar, a escarbar, a cortar, a pulir, a lijar, a taladrar, se va la noción del tiempo, desaparece la ansiedad, no hay crisis existencial, no hay rencor, no hay envidia, no hay miseria, no hay nada. Es el olvido. Con los años la mayor y única ilusión es el olvido.