viernes, 25 de julio de 2008

CARTA A LA CIUDAD DE MÉXICO

El Polyforum Siqueiros

CARTA A LA CIUDAD DE MÉXICO

Nunca te había escrito una carta. Tu sabes que diario reniego de ti por el tráfico aborrecible que me haces padecer. Acuérdate de lo que me hiciste hace seis meses: Llovió un poco más de lo normal, es cierto, y se inundaron algunas de tus principales arterias. Yo no lo sabía, aunque debí intuirlo. Ingenuamente tomé mi carro por la noche después de cumplir con mi jornada laboral, crucé con toda normalidad la Colonia del Valle, recorrí unas callecitas de Mixcoac que desembocan a Patriotismo, más adelante di vuelta en San Antonio y tomé Periférico, dirección norte. Ahí comenzó mi sufrimiento. Tardé casi media hora en avanzar los dos kilómetros que hay para llegar a la altura del Viaducto, otra media hora en avanzar los 500 metros para llegar a la salida de Periférico y Reforma, y dos horas más, sí, dos horas más, para llegar a mi casa. Hice casi cuatro horas en un trayecto en el que, tu lo sabes bien, no debí haber demorado más de media hora a una velocidad promedio de 40 km/hr.

Recuerda también que por poco me conviertes en un delincuente, cuando me bajé fúrico de mi auto en medio de la lluvia para reclamarle a una señora que me había dado un recargón con su campera por segunda vez consecutiva. –Deje de darle de golpes a mi carro, le grité. –Avanza y mueve tu carro, me gritó a su vez. Fuera de mí, le volví a gritar, qué como quería que lo moviera, que por esa maldita calle no se podía avanzar, y que llevaba tres horas tratando de avanzar y nada más no avanzaba nada. –Apaga tu cigarro que te va a dar cáncer, me dijo burlonamente. En ese instante sentí el impulso de aventarle el cigarro en su cara, ó sacar mi llave de cruz para aporrearle el cofre a garrotazos. Por fortuna los carros adelante del mío se movieron unos metros, serían tres o cuatro, pero suficientes para que todo el río de carros que venían detrás de mi y de la señora hiciera sonar sus bocinas. Yo solo, desafiando un río de luz que provenía de miles de vehículos que en la oscuridad no percibía, entré en razón, me subí a mi carro, y avancé dócilmente los cuatro metros que tenía libres…Ya después medité sobre cómo había sido posible que yo, siendo una persona tan tranquila, hubiese estado a punto de romperle la cara a una señora a varillazos. Cuando llegué al Puente de Tecamachalco, me di cuenta que ahí estaba la causa del atorón: El Puente estaba inundado.

Si, leíste bien, mi querida Ciudad de México. El Puente estaba inundado. Tu sabes bien que no tienes ningún río que te atraviese y mucho menos uno que aumente tanto su caudal como para llegar a inundar un puente. Tu sabes que los ríos que dicen los historiadores que tuviste alguna vez cuando eras Valle de México, están todos entubados. Tu sabes que ese puente que se inundó es nada más para cruzar una barranca, bastante profunda, por cierto. Tu sabes que ese Puente se inunda porque tiene las coladeras tapadas con la basura que tiramos todos tus habitantes…Yo a veces tiro mis colillas a la calle, pero sigo sin asimilar como es posible que se te inunden los Puentes: Debería bastar con hacerle más hoyitos en el piso para que drenaran, pero no, nadie se los hace, porque en el caso de ese Puente, la mitad queda en el Distrito Federal y la otra mitad en el Estado de México, o sea que una mitad es gobernada por el PRD y la otra mitad por el PRI, y evidentemente la barranca que está abajo es gobernada por el Gobierno Federal, porque se trata de un cauce de agua que por definición constitucional es propiedad de la Nación.

Yo sé que no es tu culpa, mi querida Ciudad de México, que tengas divisiones administrativas tan absurdas, que la democracia te haya generado problemas adicionales de coordinación entre lo que se dice que eres, la Ciudad de México, y lo que supuestamente no eres pero también eres: La Zona Conurbada del Estado de México. Yo sé que somos 20 millones de habitantes en total y que tu nos das abrigo a todos, que todos queremos manejar un auto, que a nadie nos gusta pagar impuestos, que por lo mismo no hay dinero para limpiarte los drenajes y que por eso una lluvia más fuerte de lo normal te desquicia a ti la circulación y a mi me crispa los nervios.


viernes, 18 de julio de 2008

HOTEL EN PANAMÁ: UN TIPO CON UNA PISTOLA JUNTO A UN CADÁVER NO ES UNA PRUEBA DE NADA

Ciudad de Panamá vista desde el Causeway


HOTEL EN PANAMÁ: UN TIPO CON UNA PISTOLA JUNTO A UN CADÁVER NO ES UNA PRUEBA DE NADA

“El Hotel Graná aplicará una multa de 150 dólares a quien fume dentro de sus instalaciones”. Así decía una hoja que me entregaron al llegar al hotel en la Ciudad de Panamá.

Si hubiera sabido lo que decía la hubiera leído, pero como no sabía, no la leí.

La habitación no tenía caja de seguridad así que hablé a recepción y me ofrecieron cambiarme a otra. Encendí un cigarrillo mientras esperaba al botones y cuando llegó, me recordó que el hotel era de no fumadores.

A los diez minutos, el teléfono:

-Para informarle que le hemos hecho un cargo de 150 dólares por fumar en la habitación. Tiró la colilla en el basurero, y además el botones está de testigo. Tenemos las pruebas.

-Gracias, señorita. Qué amable es Usted.

Eso dije. Pero por dentro le proferí el más grave de todos los insultos.

Salí a la calle a fumar y a pensar en lo que procedería hacer. La multa me pareció desproporcionada. Nunca antes me habían multado en ningún lugar del mundo. Recordé el día en que un gigante de dos metros me sacó a empellones de una cafetería en Seattle, Washington, EUA, tan solo por haberme llevado a la boca un cigarrillo que ni siquiera me dio tiempo de encender. Procuré olvidarme del incidente y hacer mi día de turismo y compras con toda tranquilidad.

-Ya me tocaba, pensé.

Disfruté mi día. Retraté chicas hermosas. También otras que no tanto, pero a esas les di “delete”. O sea que las borré.

-Hay dos tipos de clientes, me había dicho el vendedor de cámaras digitales. Los fanáticos del zoom y todos los demás.

En el “Causeway” tuve la oportunidad de estrenar mi nuevo portento tecnológico. Esa cámara habría sido el sueño de todo papparazzi o espía profesional hace tan solo unos pocos años. El rifle que compré iba empacado, así que no llamó la atención ahí, pero en el aeropuerto, me obligaron a dispararlo al aire después de una cuidadosa inspección por parte de las autoridades civiles y militares.

Un grupo de chicas posó para sus familiares o amigos -quien sabe que serían- a una distancia de no más de cinco metros. Yo pude haber captado la misma escena a una distancia de cincuenta metros con un zoom óptico de diez. Las olas del mar, las gaviotas revoloteando sobre los veleros, y el “skyline” de ciudad de Panamá al fondo, se apreciarían mejor con una linda turista latina como objeto de primer plano.

Dejo deliberadamente ambigua la cuestión. No diré si tomé esa foto, porque en la vida no hay que comprometerse a nada a menos que sea estrictamente necesario.

Volví al hotel por la noche y no hubo agua, lo cual me contrarió. Contuve el impulso de encender un cigarrillo por la posibilidad de sufrir una nueva multa. En eso mi humor cambió. Me imaginé la escena. Frente a la contundencia de mis argumentos el gerente accedería a quitarme la multa. Tenía la convicción de triunfo que requiere todo negociador, ya sea de bienes raíces, aranceles al comercio exterior, o de multas en hoteles para no fumadores.

Salí de nuevo a disfrutar la exquisitez de la vida nocturna en la ciudad de Panamá. No pienso escribir que hice ni a dónde fui. Ya dije cuál es mi principio rector.

El taxista fue el que dijo:

-No hay como las mujeres colombianas.

Yo venía muy, muy relajado, pensando en ellas, y por lo mismo no le presté mucha atención.

Antes del check-out, la chica del mostrador me permitió pasar a hablar con el gerente.

¿Así de fácil? No, pero ni por equivocación. Ningún hotel del mundo funcionaría si le permitiesen a todos los huéspedes hablar con los gerentes. No faltarían las señoras quejándose de la calidad del papel higiénico ni los jóvenes audaces buscando empleo con brillantes ideas para elevar el servicio a categoría de clase mundial.

El día anterior había bajado a recepción a armar escándalo. No bajé el rifle, aunque ganas no me faltaban. Hablé fuerte para que me oyeran todos los huéspedes que estuvieran o pasaran por ahí, que cómo era posible que me cobraran 250 dólares por el hospedaje en un hotel carente de agua, que por lo mismo debería estar cerrado por motivos de insalubridad.

-Un hotel sin agua es como un buque en un naufragio, dije, inspirado en los hermosos paisajes marinos que había visto durante esos días.

-El servicio de agua ya se restableció. Y a Usted se le cobran 100 dólares nada más.

-Mas 150 adicionales por una acusación sin fundamento.

-Usted fumó.

-Eso que lo diga un juez. Y por cierto, llame a un policía y dígale que hay un señor aquí que dice que no se retirará hasta que no hable con el gerente de este hotel.

Dicho eso, me retiré. Me quedé un rato en la habitación leyendo el manual de operación del rifle.

Al entrar a la oficina del gerente un día después, no había más alternativa que apelar a su buena voluntad. Podía haber negado que había fumado, pero el podía seguir firme en su postura de multarme.

-Mire, si fumé, pero es una multa excesiva, y si fuese más alta aún, de mil dólares por decir algo, me obligaría Usted a decirle que no fumé, y que las colillas no eran mías. Pienso que si debe multarme. Me gusta hablar con franqueza. Pero también pienso que debe compensarme por el hecho de que no haya habido agua el sábado por la noche.

El mismo fue quien me dijo:

-Tiene razón. Un tipo con una pistola junto a un cadáver no prueba nada. Pero vea, mi decisión de perdonarlo la verían mal mis empleados y si se enteran, también mis superiores. La única salida que veo es que suba la supervisora a oler la habitación, y si no huele a cigarrillo, no habrá multa.

-Le agradezco. Siempre y cuando ella huela la habitación y no huela la ropa que dejé ahí.

Le ganó la carcajada y a mi también.

Jamás, jamás, volveré a fumar en un lugar prohibido. Es más fuerte la presión social que el peso de la ley, al menos en esta materia. Pero si vuelve a surgir la oportunidad de negociar algo, créanme que la tomaré. Es algo que uno trae en la sangre. El vendedor del rifle de municiones había dicho:- Qué buena compra hizo. El tiro al blanco es una terapia excelente para combatir a la ansiedad, y es posible que le ayude a dejar de fumar.








miércoles, 9 de julio de 2008

EL NIÑO DE LA CALLE

Una Calle de Hoy

EL NIÑO DE LA CALLE

Cuida de tu ambiente, que tu ambiente cuidará de ti, dijo un día un señor ya mayor, asesor del Secretario de Agricultura, con quien charlaba de vez en cuando. Me gustó la frase porque pienso que el ambiente en que vivimos determina mucho quiénes somos y cómo somos.

En todas las ciudades del mundo hay casas pequeñas y otras grandes, y apartamentos de lujo y apartamentos de interés social. Está demostrado que el hacinamiento es perjudicial para la salud mental, tanto entre los humanos como entre los animales. Es claro que no puede haber casas o apartamentos grandes para todos, con balcones o jardines, como sería deseable.

De lo anterior se desprende una cuestión bastante obvia pero no por ello menos fundamental: Tenemos que procurar que la CALLE sea un lugar amigable para todos. Si mi casa es chica, puedo salirme a la CALLE. Si mi casa es grande y estoy aburrido, también me puedo salir a la CALLE.

La tragedia de las grandes ciudades es que la CALLE ha dejado de ser un lugar agradable, y ahora es un obstáculo que hay que librar para llegar del punto A al punto B, y la vida siempre transcurre de la puerta de la CALLE hacia los interiores de las viviendas, oficinas, edificios, restaurantes o lo que sea. La máxima ironía son los centros comerciales. Llega uno de la CALLE, para entrar a un centro comercial, que no es sino una imitación de lo que debería ser una CALLE de verdad. Al centro comercial se va a comprar algo, pero muchas veces uno va a tomar un helado, a caminar por los pasillos ó ver pasar a la gente. Muchas familias van al centro comercial para que los niños pequeños se columpien o se tiren de las resbaladillas en el patio del McDonald´s. Ahora nos ponen dentro de los centros comerciales palmeras y fuentes artificiales, para que no nos sintamos encerrados, y hay un restaurante muy de moda en el centro comercial de Santa Fé, que tiene como atractivo principal que el piso es de asfalto, igualito al de la CALLE, y hay semáforos a la entrada de los baños para saber si tenemos turno para orinar. El restaurante se llama “La Calle”.

¿Cómo es posible que hayamos cedido lo que ya teníamos, que son nuestras CALLES, y ahora las queramos reemplazar por CALLES artificiales?

Algo está funcionando mal en el urbanismo moderno.

Puestos a elegir, todo mundo preferiría un parque de verdad, en lugar del área de juegos del McDonalds. Todo el mundo preferiría una CALLE de verdad para hacer su caminata, o el paseo dominical de la familia, en lugar de los pasillos de luz blanca de los centros comerciales. Vean la diferencia: Saldré a caminar a la CALLE hasta que se haga de noche, o bien, Saldré a caminar hasta que me cierren el centro comercial. Está la opción de un centro deportivo o un gimnasio, pero ello no altera la esencia del argumento. Si quisiera hacer una caminata sin tener el deseo ver gente, me puedo ir al sótano último del área de estacionamientos del centro comercial.

Es absurdo haber perdido nuestras CALLES, y es trágica la pérdida tan irrecuperable que hay detrás. Son múltiples e infinitos los pequeños gozos que uno encuentra en una CALLE, siempre y cuando se cumpla una condición que no debería ser tan difícil de lograr: Que recorramos las CALLES sin miedo de que algo malo nos vaya a pasar. Que nos asalten o nos arrolle un vehículo.

Vean la vida dentro de un parque: Según la estación del año vemos los árboles de distintos colores, y vemos pequeños oleajes en las fuentes, dependiendo de si sopla el viento o no. Vemos una anciana que cruza con afanes un prado, y puede darnos compasión o podemos admirar sus ganas de vivir. Detrás nuestro, puede estar llorando un niño que se cayó del columpio y su madre lo riñe porque ensució su pantalón limpio. Al frente puede venir una parvada de colegialas con sus calcetas blancas bien estiradas que casi les llegan a las rodillas, con aires de irse contando confidencias, y se detienen de pronto para no espantar a las palomas. Mas allá, podemos observar un grupo de niños que va jugando a las carreras en sus bicicletas. Y más allá, podemos ver una pareja sentada en un banco, de manita sudada, o de beso en el piquito, o de besotes apasionados con intercambio de chicle y todo.

En el centro comercial ningún niño se ensucia el pantalón, ni cruza ninguna vieja con afanes, ni hay palomas que detengan la marcha de las colegialas, ni hay bancos de tanto romanticismo. ¿Por qué va tanta gente a los centros comerciales? Por la sencilla razón de que a los fraccionadores no les ha dado la gana hacer parques, y las CALLES ahora son automovilísticas y no peatonísticas. Vean la gravedad del asunto. Antes había PUENTES VEHICULARES, ahora lo que hay son PUENTES PEATONALES.

Salgámonos del parque. Ya es noche y vamos bien acompañados de una dama. Vemos la luna, en ocasiones también las estrellas, y notamos como van encendiendo las farolas de las CALLES. El estado de ánimo cambia. No hace falta ni charlar ni nada para sentirse bien. En el centro comercial, no hay ni día ni noche, ni atardecer que nos haga cambiar de estado de ánimo. Pensemos en los niños. ¿Qué margen les dejamos a los niños en los centros comerciales? El margen de decir: -Papá, cómprame esto, cómprame lo otro, págame media hora en el brincolín. Les matamos la imaginación y los volvemos dependientes y peticionarios.

Cómo buen adulto, no resisto la tentación de decirles a los niños del mundo, por si acaso llegan a leer mi blog: –Miren niños, los niños de antes teníamos mucha imaginación. No teníamos ni computadora, ni ipod, ni jueguitos en los celulares. Pero saben qué, inventábamos nuestros juegos. No necesitábamos el software de Mario BROS para vivir aventuras más divertidas y no menos peligrosas. Claro que en lugar de toda la tecnología de la que ustedes disponen ahora, nosotros teníamos algo muy hermoso que se llamaba CALLE.

El mejor regalo que tuve de niño fue una bicicleta azul. Vivía en aquel entonces en Lima, Perú, Barrio de Miraflores, calle de Lola Pardo Vargas. Los detalles son siempre necesarios para ganar credibilidad, según me dijo algún día un jefe mío. Mi padre era en los años sesenta una especie de exiliado político, y yo un niño tímido de seis años recién llegado a un país extraño. Ellos iban a comprar adornos navideños a un bazar de segunda mano, y cuando vi la bicicleta, insistí, me encapriché, berreé y chillé, hasta que me la compraron, porque lo único que extrañaba de México era mi triciclo que no me habían llevado.

La bicicleta tenía doble estrella en la llanta de atrás, y una palanca para hacer los cambios. Las primeras veces salía con mi bicicleta sin alejarme mucho de la casa, después un poco más, y así fui descubriendo parques, atajos y CALLES. Pasó tiempo antes de que me atreviera a cruzar una avenida y me adentrara a conocer otros barrios distintos al mío. Me levantaba temprano con muchos ánimos, no tanto para ir a la escuela que me aburría muchísimo, sino para subirme cuanto antes a mi bicicleta. Salía prácticamente a oscuras y las primeras luces del día me daban en la carretera que iba hacia el Colegio Alemán, viendo las dunas del desierto peruano. De ida no desviaba la ruta, pero de regreso sí.

Había un álbum en el que se iban pegando estampas de las banderas de todos los países del mundo, que se compraban en sobrecitos cerrados sin saber cuáles irían a tocar. Era divertido cambiar las estampas repetidas por otras a la hora del recreo. De regreso hacía escala en el Colegio Pestalozzi y seguía intercambiando mis estampas con mucha desinhibición. Se dice fácil pero fue una gran osadía: Yo, con mi uniforme azul, metido entre las filas enemigas de uniformes marrones del colegio rival. Después de algunos cambios de ruta llegaba a la casa. Mi bicicleta me hacía olvidar los ratos de aburrimiento de todas las asignaturas de la mañana.

En mis primeros años fui mal estudiante: Recuerdo bien a las niñas aplicadas del salón frente al pizarrón, de esas que siempre se sentaban en la primera fila, escribiendo letras que sumaban y multiplicaban, sin que yo entendiera nada, de lo que después supe que era álgebra elemental. Lo bueno del día siempre estaba asociado con la bicicleta, que se quedaba afuera, en un parqueadero. Por las tardes hacía mis deberes escolares y en cuanto podía, tomaba la bicicleta y salía a la CALLE sin rumbo fijo, por el puro placer de pedalear.

Casi de forma imperceptible se formaba una pequeña caravana de bicicletas, dando vueltas por el barrio, haciendo acrobacias: Manejar sin las manos al volante, hacer caballitos, recostar la bici al máximo en las curvas del circuito del parque sin perder el control, saltar obstáculos como troncos y banquetas, y cosas así. En cierta ocasión detecté una banqueta alta, prácticamente imposible de saltar, y el reto era ver quien se acercaba más a ella a toda velocidad, antes de frenar. Gané yo, pero mi cálculo me falló por centésimas y me estrellé contra el muro, de lo que resultaron lesiones leves para mi y graves para mi bicicleta. No recuerdo ni los nombres ni los rostros de mi banda de bicicleteros. No hacía falta decir nada, si todos teníamos ese gusto y ese placer de montar sobre dos ruedas. Esos son los más amigos, con los que uno se reúne sin saber ni quienes son ni como se llaman, porque la camaradería infantil se basa en los gustos y en las aficiones y no en convencionalismos ni tratos convenencieros.

Me sentía importante llevando mi bicicleta al taller. –Engrásele la cadena, cámbiele las gomas de los frenos, enderézele los pedales... Con la bicicleta puesta a punto, regresaba a casa relajado, recordando las aventuras del día. Tendría yo unos ocho años cuando mis padres me pusieron la primera elección de mi vida sobre la mesa: Acompañarlos a un viaje a Machu Pichu, o quedarme en Lima con una cantidad de soles que jamás antes me había imaginado. Ni lo pensé: Tomé los soles y tuve cinco días de libertad para circular por donde me viniera en gana, comprando helados, refrescos y estampas para intercambiar. Uno de los tantos lugares a donde me gustaba ir era a la Huaca Juliana, que era una especie de cerrito escalonado, o mas bien dicho, lo que quedaba de una pirámide inca en el corazón de Miraflores. Subía cuestas empinadas y bajaba por algún sendero a toda velocidad.

Cuando nos mudamos a Quito, me resultó muy fácil acomodarme en esa nueva ciudad. No tuve bicicleta, pero ya sabía lo hermoso que era la CALLE. Salía con un balón a jugar yo solo, o a veces con mi hermano, y en cosa de minutos ya se había organizado el partido con todos los niños que vivían en la misma CALLE, en el barrio de El Batán. Eran partidos que nunca terminaban sino que se diluían con el atardecer, conforme los niños regresaban a sus casas de acuerdo con las reglas y permisos que cada quien tuviera, dejando el marcador en cifras tales como 47-39, o sea, una verdadera orgía de goles. Cada quien salía muy satisfecho con su cuota de goles anotados, independientemente de cual hubiese sido el marcador.

A veces nos quedábamos hasta noche a comentar las vicisitudes de los partidos: Cómo uno había engañado a la defensa del adversario para anotar su gol, ó como otro había prendido la pelota con la cara interna del pie para imprimir aquel tremendo disparo frente al cual el portero ni siquiera las manos había podido meter. El éxtasis de mi pasión futbolera se dio en el Estadio Atahualpa. Ahí estaba sobre el césped la selección de la URSS, con su uniforme rojo, enfrentando a la del Ecuador, en un juego amistoso previo al Mundial de México 70. Trazos potentes y precisos los de los soviéticos, que tenían replegado al Ecuador. La angustia en todos los rostros; los corazones de todos latiendo al doble de lo normal. Y cuando parecía inminente el primer gol soviético, vimos volar al portero Yamandú Solimando, el nombre no se me olvida, hasta el ángulo superior izquierdo de la portería, atajando el balón. ¿Qué tenía ese partido en particular? Nada, con la única salvedad que por aquel entonces el fútbol no se veía en la televisión…Y un estadio es una parte importantísima de la CALLE, según opino yo.

En el camino de la escuela, me divertía brincar los charcos que dejaban las torrenciales lluvias que caían sobre Quito, lo cual era una gran novedad para un niño que venía de Lima, donde nunca llovía. Mucha burla me hicieron mis padres cuando un día dije: -El paraguas fue un gran invento! Lo dije entonces y lo sostengo ahora.

Recolectaba insectos que veía en los lotes baldíos, y ya casi para llegar, la diversión era ver a cuantos niños y niñas podía yo rebasar sin echar carrera, antes de llegar a la Puerta del Colegio. Una vez se nos ocurrió ir a hacer equilibrismos a las bardas posteriores de las casas, caminando sobre el filo. Empezábamos en la casa de cualquiera de nosotros y podíamos recorrer por encima de las bardas prácticamente la totalidad de la manzana. Al principio íbamos temerosos de que algún vecino nos fuera a reclamar la invasión de su propiedad, pero eso nunca sucedió. Cuando nos llegaban a ver, cinco o diez niños caminando en fila india sobre las bardas, nos saludaban. No había sobre las bardas ni picos de hierro, ni alambres de púas, ni cercos eléctricos, ni pedazos de botellas rotas clavados en el cemento.

Si esos juegos hubiesen sido virtuales, como ahora, nosotros hubiésemos sido excelentes diseñadores de software. En otra ocasión, la prueba consistía en ver quien se atrevía a brincar al suelo desde lo más alto posible. Comenzamos con bardas pequeñas y luego con otras más altas. Llegó el día inevitable: Una barda que tendría el doble de altura que las normales, alrededor de cuatro metros, y no había ningún valiente que se animara a saltar. Me preparé mentalmente. Me figuré el salto antes de darlo. Las piernas medio dobladas para tener con qué amortiguar el golpe. Salté. Sentí el golpe del suelo en los pies. Sentí como amortiguaron las rodillas y los muslos. Pero también sentí un intenso dolor en la rabadilla. Un dolor seco. Me asusté. Me fui a la casa. No dije nada. A los tres días ya no había dolor pero tampoco ninguna gana de seguir brincando desde las alturas.

Como a los doce años volví a México. Vivía en una colonia transitada, Guadalupe Inn. Tenía un parque, pero con el más suave de los tiros el balón salía rodando a la avenida y acababa aplastado por un carro. Bicicletas, dijeron mis padres, ni por error. Para ir a la escuela, que estaba lejos, nos llevaba mi madre en automóvil. Nos recogía también, y en lugar de regresar divertido a casa, como antes, iba montado en el carro, viendo carros y más carros. Aprovechando el viaje, ella hacía escala en el supermercado y a mí me ponía a formarme en la fila del pan. Llegábamos, abría el garage, y ya, encierro eterno hasta el día siguiente.

Si logré conmover a alguien con este relato, sepan Ustedes que a mis padres no:

-Alcides, tu no haces ejercicio, te vamos a inscribir en la YMCA. Y así se hizo. Mientras daba vueltas y mas vueltas en una piscina, formado en una fila interminable de gorros anónimos, recordaba yo los tiempos gloriosos de mi bicicleta, y de aquellas nobles CALLES de Sudamérica que los permitieron.

MUERAN LOS CENTROS COMERCIALES.
MUERAN LOS GIMNASIOS Y LOS DEPORTIVOS.
VIVA LA CALLE.


domingo, 6 de julio de 2008

GOOGLE EARTH: LOS OJOS DE DIOS





GOOGLE EARTH: “LOS OJOS DE DIOS”, O LA PARÁBOLA DEL BRINCOLÍN DEL HIJO DEL DOCTOR ELÍAS




No fue sino hasta esta semana que recordé al doctor Elías. Entré a google.earth y vi la imagen del pueblo dónde están las cabañas que tengo para alquilar. Identifiqué la calle, los techos y el jardín. Me llamó la atención una figura circular dentro del césped que no debería estar ahí puesto que no tengo jacuzzi ni piscina. Entonces se me vino a la memoria que el Día de los Santos Reyes el doctor Elías compró un brincolín para sus hijos.

Espero que pronto manden al satélite para actualizar las fotos. En un año cambian muchas cosas. No aparece el SuperChe, el primer supermercado en este pueblo, y en cambio, sí aparece el brincolín que se llevó el doctor Elías junto con el resto de los artículos de su propiedad cuando dejó la casa.

No pasarán muchos años antes de que pueda ver imágenes satelitales en tiempo real.

Llegará el día en el cual no solo veré los brincolines sino también los balones de futbol, que son mucho más pequeñitos.

Inventarán un software que grabará toda la sucesión de imágenes que se generen en un solo punto y algún día me llegará un correo electrónico invitándome a bajar el google.earth.video.

Inventarán un método para que los satélites puedan ver lo que sucede por debajo de los techos de las casas. Esta misma semana se dio a conocer que el ejército colombiano le daba seguimiento a los secuestrados por las FARC mientras éstos se movían por debajo de las copas de los árboles de las selvas del Guaviare.

Alguna empresa generará una macro-base de datos con todas las escenas que sucedan en el mundo. Las aplicaciones abarcan desde asuntos de celos, rescates de secuestrados, triángulos amorosos, movimientos de narcotraficantes y fraudes en las elecciones constitucionales y en las internas del PRD.

La Humanidad camina por un sendero que ya imaginó Isaac Asimov: Un hombre descubre una pintura que vuelve invisible a quien se la aplique. La difusión de esa noticia acaba al instante con la familia y la sociedad tal y como las conocemos hoy. Nadie supo a partir de esa noche si sería espiado por un hombre o una mujer invisible, y si el espía contaría a alguien más todo lo que viera. Fulanita podría saber con quien se acostó su mejor amiga, sin tener que esperar a que ella se lo platique hasta el día siguiente.

Sin vida privada todos nos convertiríamos en cínicos por el módico precio de terminar con los mentirosos. Hacia allá nos lleva la supercarretera de la información.

El día en que aparezca el google.earth.video, “Como los ojos de Dios”, será el slogan, habrá un clamor general para que el Estado regule el mercado de las imágenes. Tendría que crearse el “Código General de los Usos Debidos e Indebidos de las Imágenes Satelitales”.

Caso 1: (Volviendo al ejemplo anterior)
-Quiero saber que hizo anoche mi mejor amiga.
-Petición rechazada. Numeral 014: “Morbo”.

Caso 2:
-Mi hijo está enfermo. ¿Fue el quien se comió los tamales que estaban en la nevera?
- Petición aprobada. Numeral 062: “Uso altruista de imagen para el cuidado de la salud”.

Habría fugas de información provocadas por los “hackers” y por los empleados poco escrupulosos. Todos tendríamos el temor de que alguien utilizara nuestro pasado para destruir nuestro presente y futuro. En mi caso, las imágenes habrían mostrado que utilicé un “acordeón” para aprobar los exámenes de maestría, con la consecuencia de que el que fue mi jefe no se habría dejado impresionar por mi título académico y yo no habría conseguido empleo.

Numeral 5040 del Código General: “Información estratégica para no errar en la selección de empleados al servicio del Estado Mexicano”.

“La parábola del brincolín del hijo del doctor Elías”, se leerá en las Iglesias del Cuarto Milenio, para explicar por qué Dios envió a los hombres un virus mortífero que se transmite a través del contacto físico o visual con los teclados y las pantallas de las computadoras que contengan en sus CPU´s imágenes satelitales de alta resolución.


martes, 1 de julio de 2008

Chicas Latinas

¿Cómo es una chica latina?

Primer respuesta: Es una chica nacida en algún país latinoamericano.

OK. Pero la respuesta no ayuda mucho a imaginarnos como es ella.

Segunda respuesta: Habla español o portugués.

OK. Pero esta respuesta contradice un poco a la primera. Tenemos chicas que solo hablan mazahua, otomí, quechua o aymará. Faltaría explicar por qué no englobamos aquí a las chicas que hablan francés, español o italiano, que también son lenguas latinas. No las englobamos porque no, porque va en contra del concepto de “chica latina”.

Tercer respuesta: Es trigueña o apiñonada.

Tampoco es muy convincente. Hay chicas muy “latinas” que son rubias. ¿Dónde me dejarían a Shakira? No, esta respuesta no pasa la prueba del ácido.

Cuarta y última respuesta: Es un concepto.

Felicidades. Ya acerté. ¿Pero qué concepto? Bueno, pues el que quiera Usted. Imagine una chica latina y así son las chicas latinas. Sencillo.




La empresa “La Zona Entertainment”, afirma en su página en Internet: “Simply stated La Zona Modelos has the most beautiful latinas on the net”.

Tienen muy claro el concepto que quieren transmitir. Analicen bien la foto. Ya sé que las nalgas es lo primero que les llamará la atención. A mi también, pero una primera impresión no debe nublar nuestra mente ni mermar nuestras capacidades analíticas. También hay chicas nalgonas en Rusia o en Australia, según entiendo y el que tenga dinero lo puede ir a constatar. Es fundamental observar bien: De lo contrario nunca se hubiese descifrado el Código da Vinci, ni José Saramago hubiese podido escribir su “Evangelio según Jesucristo”.

La blusa es de alguna fibra sintética y la faldita de algodón. Miren que sencillo es: Dos prendas ya nos situaron en contexto. El clima deberá ser templado o caluroso. De lo contrario la chica no estaría posando en el exterior. La ropa le queda bien, está lucidora, pero no se podría decir que se ve fina. Con dos lavadas más y la faldita quedará lista para ser utilizada como trapo de cocina. Ahora observen el toque maestro del director de escena: Hay unas tejas rotas tiradas en el piso, justo en el lugar donde está posando la modelo. Denle click encima de la foto,para checar los detalles, que para algo sirve la tecnología. ¿Qué significan las tejas? Nadie pensará que en América Latina somos tan desidiosos como para que no le demos una barrida al piso donde se realizará una sesión fotográfica con una reina de belleza.

¿Entonces, para qué están las tejas rotas? Para dar una idea de que en el barrio donde vive ella hay necesidades materiales y carencias. Pero por lo demás todo está muy limpio. Muy pulcra ella.

Supongo yo: El gringo que vea la foto, se imaginará a sí mismo comprándole ropita nueva a la niña y ayudándole con lo del arriendo de la casa en lo que se la lleva a vivir a los “United States”. Con el detalle de las tejas, el observador pasará de la contemplación a la imaginación, y de la imaginación al plan de acción. ¡Me iré a buscar una chica latina y me caso con ella!

- Porque mire Usted, la chica se ve de muy buenos principios.

-Y por qué lo dice?

El caballero no contesta, porque ni modo que dijera lo que está pensando. “Porque en todas las fotos, la chica siempre se cubre el busto con el brazo”. Cuestiones de mercadotecnia. Como no vio los pezones el hombre ya se estará imaginando que la chica le será fiel y que sabrá cocinar muy bien.

La chica se llama Dora. Y ya que terminé de escribir el post, les seré franco: Yo si me casaría con ella.

¿Acepta, Dorita?