MINUTO 45.94 SEGUNDO TIEMPO
-Llevo un año sin fumar, le dijo el octagenario a su compadre, un fumador empedernido.
-¿Crees que llegarás a vivir cien años?
-En realidad ni siquiera creo que me interese. Ni tampoco creo que mi decisión altere en nada los momios. Desde hace años llegué a la fase en que puedo morir por cualquier causa.
-Entonces no veo el sentido de tu decisión.
-Fumar me da asco. Es por eso.
-¿Después de setenta años de fumador descubres eso?
-No es algo que haya descubierto. Es algo que sabía pero que no reconocía.
-No pretenderás que te felicite.
-No, no hace falta. Me voy. Daré una vuelta por el parque para disfrutar de este hermoso día de primavera.
-Espero que además hagas condición física y ganes el Maratón de la Cuarta Edad.
-Mi decisión es extemporánea, lo sé. Pero su extemporaneidad no implica que no sea una decisión correcta.
-Pues a mí me parece una decisión irrelevante.
-Una decisión correcta no puede ser irrelevante.
-Falta que a los noventa años me vengas a decir que quieres ser bombero. No seas ridículo.
-No he dicho eso. Solo dije que he dejado de fumar. Pero si, me vienen a la cabeza todas las cosas que he hecho en mi vida y que no debí hacer, y todas las cosas que debí hacer y que no hice. Dejar el tabaco es una especie de reflexión final. Lo más irónico, es que dejar de fumar, que parecía tan difícil, ha sido bastante fácil. Siniestramente fácil. Imagina todas las cosas que uno no hizo porque las veía difíciles…
-Interesante reflexión. Como para suicidarse. Pero ya no estamos en edad.
-Leí, hace poco, que un instante de felicidad puede justificar toda una vida.
-Si de esa manera eres feliz, anota la frase para que no la olvides.
Minutos después de haberse despedido el octagenario olió el perfume más exquisito del que se hubiera percatado jamás. Provenía del parque. Su recuperada capacidad olfativa, de eso hacía menos de un año, no le permitió determinar si ese olor tan sublime provendría de una planta o de una muchacha. Pero le produjo una sensación de placidez que duró toda la tarde.
Al día siguiente apareció muerto. –No hay nada qué hacer, dijeron los paramédicos.
-Llevo un año sin fumar, le dijo el octagenario a su compadre, un fumador empedernido.
-¿Crees que llegarás a vivir cien años?
-En realidad ni siquiera creo que me interese. Ni tampoco creo que mi decisión altere en nada los momios. Desde hace años llegué a la fase en que puedo morir por cualquier causa.
-Entonces no veo el sentido de tu decisión.
-Fumar me da asco. Es por eso.
-¿Después de setenta años de fumador descubres eso?
-No es algo que haya descubierto. Es algo que sabía pero que no reconocía.
-No pretenderás que te felicite.
-No, no hace falta. Me voy. Daré una vuelta por el parque para disfrutar de este hermoso día de primavera.
-Espero que además hagas condición física y ganes el Maratón de la Cuarta Edad.
-Mi decisión es extemporánea, lo sé. Pero su extemporaneidad no implica que no sea una decisión correcta.
-Pues a mí me parece una decisión irrelevante.
-Una decisión correcta no puede ser irrelevante.
-Falta que a los noventa años me vengas a decir que quieres ser bombero. No seas ridículo.
-No he dicho eso. Solo dije que he dejado de fumar. Pero si, me vienen a la cabeza todas las cosas que he hecho en mi vida y que no debí hacer, y todas las cosas que debí hacer y que no hice. Dejar el tabaco es una especie de reflexión final. Lo más irónico, es que dejar de fumar, que parecía tan difícil, ha sido bastante fácil. Siniestramente fácil. Imagina todas las cosas que uno no hizo porque las veía difíciles…
-Interesante reflexión. Como para suicidarse. Pero ya no estamos en edad.
-Leí, hace poco, que un instante de felicidad puede justificar toda una vida.
-Si de esa manera eres feliz, anota la frase para que no la olvides.
Minutos después de haberse despedido el octagenario olió el perfume más exquisito del que se hubiera percatado jamás. Provenía del parque. Su recuperada capacidad olfativa, de eso hacía menos de un año, no le permitió determinar si ese olor tan sublime provendría de una planta o de una muchacha. Pero le produjo una sensación de placidez que duró toda la tarde.
Al día siguiente apareció muerto. –No hay nada qué hacer, dijeron los paramédicos.





