jueves, 21 de julio de 2016

Anti Cocina

Anti cocina

Tomé la pata de la res y comencé a rasparle todos los residuos de carne, cartílagos, nervios y tendones. El hueso casi limpio lo herví por media hora y luego lo dejé sumergido en agua con mucho cloro. Lavé los trastos y pedí una pizza.

domingo, 15 de mayo de 2016

Santa María La Ribera



Crónicas Urbanas

A unas pocas cuadras  del majestuoso edificio que aloja al Museo del Chopo, una estructura metálica traída de Alemania a principios del siglo XX, con dimensiones de catedral  y apariencia de instalación fabril, se ubica una casa bastante común, de dos pisos, tal vez tres, pintada de verde oscuro, que llamó la atención del caminante.  Por la  pequeña entrada peatonal que estaba entreabierta, vio un patio estrecho, de menos de dos pasos de ancho, muy largo, tan largo que aparentaba no tener final, con muchas plantas, bien regadas, frondosas, enérgicas. Pequeñas ventanas daban al patio, con un remate triangular típicamente francés. Alcanzó a percibir un letrerito que decía “Se rentan cuartos amueblados”. Lo venció la curiosidad, así que decidió preguntar. Cruzó el pequeño umbral, vio una puerta al interior y entró a un vestíbulo pequeño, donde cabían dos máquinas surtidoras de refrescos y botanas, y al fondo vio una ventana de lo que supuso sería la recepción. Una señora de edad imposible de determinar, pudiera tener entre treinta y cincuenta años, le salió al paso con un seco ‘qué se le ofrece’ a lo que respondió con un igualmente seco ‘informes’ a lo que siguió una rápida respuesta ‘ochocientos cincuenta pesos a la semana’.  -¿Me enseña uno? –Venga.

 Recorrieron la mitad de un largo pasillo, al cual daban muchas puertas y pequeñas ventanas; doblaron a la izquierda a la mitad, caminaron otro buen tramo por otro pasillo idéntico y de pronto, la mujer abrió una de las tantas puertas, y dijo: -Mire. Había una cama individual, y muy pocos centímetros entre la cama y las paredes laterales.  Aparte de la cama, solo había una repisa de concreto a media altura que corría a lo largo de las paredes. La primera sensación fue agradable, la limpieza de la habitación. La sensación siguiente fue de pánico, al ver la pequeña ventana que daba al pasillo e imaginar la puerta cerrada. –¿Habrá suficiente ventilación? –Si. Le mostraron el área de regaderas, lavabos y W.C. al final del pasillo, también muy limpios.

 Volvió a la calle y tomó rumbo hacia la Alameda, donde se ubica el Kiosko Morisco, también traído de Europa por las mismas épocas que la estructura del Museo  del Chopo. Esas estructuras metálicas le fascinaban.  Cada una de ellas, no solo cubría espacios generosos, sino que además producían una gratificante sensación de amplitud y una impactante impresión de fuerza. Recargado en el barandal de hierro exquisitamente labrado, con vista a los jardines en diagonal de la Alameda,  vinieron a su mente las imágenes de la pensión que acababa de visitar. La sensación de frescura y limpieza le atraían a regresar, pero, ¿podría en realidad vivir en un espacio tan pequeño?  ¿Quiénes más vivirían ahí? ¿Qué sonidos se escucharían por las noches? ¿Qué olores habría? ¿Le permitirían meter a una de las mujeres que había visto horas antes en las calles de atrás del Monumento de la Revolución? ¿Y si le daban ganas de ir al baño por la madrugada, se encontraría con otras gentes a lo largo del pasillo interminable? Ya tendría tiempo para pensar en todo esto. Bajó del Kiosko y caminó por entre los puestos de productos orgánicos que se ofrecían en la Alameda ese día.

Volvió a su buhardilla no lejos de ahí, durmió una larga siesta, fue a visitar a su madre anciana, cenó espléndidamente y por la noche tuvo tiempo de volver a las preguntas que se hizo en el Kiosko. Solo encontró respuesta para una de ellas, pues era evidente que el no sería el único que se levantase a orinar a la medianoche. Recordó que los cuartos no tenían televisión, lo cual eliminaba una posible fuente de contaminación sonora, pero el tema de los ruidos y los olores seguían sin poderse responder. Imaginaba que vivirían ahí comerciantes de provincia, viajeros de pocos recursos, y personas que por alguna causa tuvieran que pasar algunos días en la gran capital. Había muchas posibilidades… extranjeros sin papeles, muchachas botadas de sus casas por mala conducta, esposos infieles a quienes hubiesen cambiado la cerradura de sus casas o departamentos, sacerdotes, monjas, prostitutas…en fin, podría clasificar a los inquilinos de esos cuartos por oficio, por origen, o por circunstancias personales. 

Desde luego, no habría familias. Cuando más, algunas parejas, pero también era improbable la capacidad de soportarse el genio durante 24 horas en un espacio tan reducido…ahí estaba la clave, la gente llegaría ahí tan solo a dormir. Podría ser gente muy ocupada, poco probable, puesto que la gente ocupada por lo general tiene ingresos para darse un mínimo grado de confort,  salvo que fueran estudiantes, pero los cuartos no tenían un aire estudiantil en lo absoluto como era visible por la ausencia total de mobiliario… No había forma de hallar las respuestas en abstracto, así que decidió ausentarse por unos días de su rutina diaria e ir a alquilar un cuarto por una semana en ese lugar. Sería una buena forma de irse de vacaciones a un extraño y exótico lugar.

Unos días después se volvió a topar con el vagabundo que duerme por las noches en la acera de enfrente de su casa, debajo de las marquesinas de unos comercios. Coloca  unos cartones, luego unos plásticos y al final se tiende envuelto en una cobija. En la tendencia megalopolitana hacia viviendas cada vez mas pequeñas, más céntricas, el paradigma habitacional podrían ser los cuartos en renta de  la colonia Santa María, o alternativamente, la banqueta donde duerme, en apariencia  plácidamente,  el vagabundo. ¿Dónde comería, iría al baño? ¿Qué afectos cultivaría?  No había duda que afectos, ninguno. Y entonces volvió a la tesis sociológica de toda su vida, que los espacios físicos determinan la forma de la convivencia familiar.

Pero él, de alguna manera, era la excepción que confirma la regla, como ya tendría oportunidad de relatar.