Me quedaban tan solo veinte pesos en el bolsillo y medio tanque de gasolina así que tomé la carretera libre. Me ahorré los 200 pesos de los peajes y pasé por lugares que hacía tiempo no recorría. El paisaje es el mismo pero se notan cambios, algunos carriles de rebase en ciertos tramos, muros de contención para prevenir deslaves en otros, más casas y más caseríos. No es mi idea de progreso; lo que veía empalma mejor con mi concepto de sobrepoblación. Al salir de una curva vi un restaurante rústico en cuyo frente había un montón de cocos. Compré dos con mis veinte pesos. Al llegar a la carpintería los taladré y les saqué el jugo. Darles un machetazo como hacen en la costa me pareció innecesario para el caso de personas que cuentan con herramienta. Saqué el cerrote y partí mi coco. Con la navaja le saqué la pulpa, salí al huerto y corté los últimos naranjos de la temporada, bastante raquíticos, y le eché el jugo a la pulpa. Abrí mi botellita de vino chileno puesto que las cervezas se habían acabado y ya no había capital para reposición. El coco apenas dio para espantar el hambre, y el vino para imaginar las cosas desde una perspectiva diferente. Me quedé observando los restos del almuerzo. Pulí por un buen rato el hueso del coco. Listo. Ahí estaba mi bodegón de tiempos de crisis, sin pierna de jamón serrano, sin quesos, sin hogaza de pan, sin cuenco de arroz, sin nada. El olote de maíz lo coloqué nada más para reforzar el tema de mentarle la madre al partido PAN.
1 comentario:
Hecho de menos los cocos! Buenisimo bodegón!
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