martes, 18 de noviembre de 2008

Que Veinte Años No es Nada. No Mames, Gardel.

Músicos en la Boca.

¿QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA? NO MAMES, GARDEL.

Estuve en Buenos Aires por tres días en el año de 1976; por tres más en el año 1992 y finalmente tres más ahora en noviembre de 2008. Es decir, que vuelvo a Buenos Aires cada 16 años. Para este tercer viaje y segundo retorno “las nieves del tiempo blanquearon mi sien”, como dice el tango. En 1992 tan solo iba con calvicie incipiente y en 1976 tenía yo mucha melena y nada de barba. “No llores por mí, Argentina”.

En los tres viajes recorrí las calles de Florida, Lavalle y Corrientes. Siguen aparentemente igual hasta que uno se da cuenta de que han cambiado.

¿Los cines, dónde quedaron los cines, uno junto al otro, otro enfrente del otro, con sus marquesinas iluminadas de neón que anunciaban las funciones a cualquier hora del día, de la noche, de la madrugada y del amanecer?

En 1976 yo fui al cine emocionado con una linda chica. Ahora quedarán dos o tal vez tres cines, pero a la calle de los cines se la devoraron los DVD´s.

¿Las bancas, dónde quedaron las bancas dónde se sentaba uno a ver pasear a las muchachas o a leer el diario?

Ya no hay bancas en la calle Florida. Según un vendedor las retiraron porque en las madrugadas llegaban los vagos y los malvivientes a dormir en ellas. Pienso más bien que las quitaron dar más espacio al flujo peatonal, hipótesis que elaboré al tercer día del último viaje cuando al llegar a la calle Florida para comprar los sweaters del cashmere patagónico que me encargaron en casa, sentí que me tragaba la muchedumbre en movimiento, una sensación que no experimentaba desde hacía muchos años, cuando me metí a las ciudades amuralladas de Tánger, Fez y Marrakesh.

El flujo peatonal se incrementó por el abundantísimo número de turistas. El turista tiene algo de mezquino en su fuero interno y mucho de estorbo en su fuero externo: Nada más anda viendo que país tiene su moneda devaluada para irse a pasear allá. Tristemente es el caso de casi toda la América Latina y ni modo: Elegantes hombres y mujeres de negocios tienen que caminar codo a codo con turistas de short, gorra, T-shirt, mapa y cámara fotográfica. A veces hay que esquivarlos pues se plantan a media calle para retratar ventanas, puertas, letreros y hasta alcantarillas.

En el año de 1976 y todavía en el 1992, al recorrer la zona Centro por las noches me topaba con alguna elegante dama de vestido negro, guantes de encaje y largas uñas bien pintadas de color carmesí fumándose un cigarrillo con mucha coquetería, invitándome a pasar a acompañarla a un interior finamente decorado con terciopelos y discretos espejos. Ahora las damas no se aparecen así en medio de la noche sino que están dentro de algún night club. No hay nada que uno pueda observar desde la acera. Ya no existen aquellos vestidos largos con escotes y encajes. Ahora están de shorts, minifaldas y “tops”. Tampoco se conversa con ellas al son del tango. Hay que quedarse estoicamente sentado en lo que la chica se toma sus dos bebidas correspondientes al consumo mínimo procurando no ensordecer con Ricky Martin a todo volumen ni quedar ciego de tantos rayos de luz que revientan en todos los espejos o lo que es lo mismo, en todo el lugar.

¿El tango? ¿En dónde se quedó el tango? Ó me lo movieron de lugar o se acabó el tango.

En San Telmo había unos bares arrabaleros, con mesas de madera, sin manteles pero con empanadas y mucho vino, en los cuales se cantaba el tango a viva voz. Como en España las colillas de los cigarrillos volaban al suelo. De pronto se paraba una pareja, luego otra y así se consumía la noche, bebiendo y bailando, conocidos con conocidas y desconocidos con desconocidas. Con esos recuerdos volví a San Telmo. Cené en una mesita lateral alrededor de una pequeñísima pista de baile en la cual una pareja contratada por el establecimiento bailaba piezas de tango con duración de un minuto y una frecuencia de cada quince. Llegó la cuenta con la advertencia de que el show del tango se cobraba aparte.



Tango para Turistas en la Boca

En la Boca, en Caminito, lo mismo: Tango para los amigos de Noruega, tango para los amigos de Panamá, tango para cada mesa. Tango para el turista, lo cual deja de ser tango.

Puerto Madero. Puente. Pierna de Mujer Bailando Tango

Para disfrutar Buenos Aires 2008 hay que dejarse de tangos, nostalgias y recuerdos. Hay que ir a pasear a los muelles de Puerto Madero, el invento del siglo XXI, admirar una estructura de acero que supuestamente corresponde a la pierna de una mujer bailando tango, escuchar música lounge, y entrar a cenar. Degustar las exquisiteces del lugar, pedir el vino por copa, catarlo como si uno supiera, procurar no ensuciar la servilleta y mucho menos el mantel, dar sorbitos de agua sin manchar la copa, dejar propina y actuar como persona civilizada, puesto que los restaurantes en Puerto Madero no son ningún arrabal. Procurar no escuchar las conversaciones de las mesas contiguas de los juniors argentinos en torno a la sintonía con sus socios, clientes y empleados en sus negocios de exportación. Admirar la belleza de las chicas argentinas como quien mira una obra de arte en el silencio sepulcral de los museos. Solicitar un radio taxi ó mejor aún, un “remis”, pagar lo que señale el taxímetro y de preferencia no fumar.

Comportarme como el cincuentón que soy y no como el adolescente que alguna vez fui.

-¿Qué veinte años no es nada?
-No mames, Gardel!!!

domingo, 16 de noviembre de 2008

Mexicano en Buenos Aires: Diálogos con los Taxistas

Taxis y Taxistas en Buenos Aires

Taxista 1: Laura Avellaneda “Reloaded”

Detuve el taxi al caer la tarde en la Plaza de Cortázar, en Palermo. Me había tomado varias cervezas en una agradable terraza al aire libre. Estuve a punto de preguntarle si el conocía bares “de chicas”. Lo analicé bien, las gafas, las canas y las arrugas y lo imaginé un día domingo en familia rodeado de sus nietos y preferí decir:

-Anoche estuve por acá. En un bar de chicas.

Noté su sorpresa y no dije más.

Dos calles más adelante me preguntó:

-¿Y las chicas de esos bares, salen con uno?

-Algunas sí y otras no. Depende de su grado de moralidad.

-Pero no puede haber moralidad en esos lugares, por favor…

-Pues sí. Algunas no salen. Bailan nomás. Aunque pensándolo bien no es cuestión de moralidad sino de precio.

El taxista me miraba con curiosidad, estudiándome. Por fin se animó a decir:

-Quiero que me diga cuál es su opinión con toda sinceridad.

-Adelante. Faltaba más.

-Me divorcié de mi primera mujer y soy viudo de la segunda. Un año después que ella murió, miré los anuncios en los diarios, y llamé a una chica joven, de 22 años. Desde entonces la veo todos los domingos. La llevo a mi casa, hacemos el amor, y después la llevo a que haga sus compras, lo que ella vaya necesitando. No es precisamente un pago pero si una compensación. Pienso que ella no es mala, sino que tan solo escogió un mal camino.

-Óigame no, interrumpí. Imagine cómo sería la sociedad si no hubiese chicas de esas. Los viudos, los soldados, los hombres solitarios…Sin esas chicas seríamos una sociedad de desquiciados. Ellas cumplen una función social muy importante.

-¿De verdad piensa que esas chicas no son malas?

-Al contrario. Son una bendición. A Usted le gustan las chicas jóvenes, por lo que veo. Si tratara de enamorar a una perdería el tiempo, el taxi, y vaya Usted a saber qué más. Es mejor así, salir con esas chicas. Además solo las ve cuando Usted quiera. Pienso que tiene Usted un buen arreglo con ella y mucha energía para su edad.

Íbamos en animada charla cuando llegamos a Florida y Viamonte. Le pagué y dije:

- Sobra un peso para su chica.

Soltó la carcajada. Nos despedimos como dos grandes amigos.

Taxista 2. “Por una Nariz”

Era mi última noche en Buenos Aires. Tenía cierta idea de por dónde quedaba el bar dónde trabajaba una hermosísima chica paraguaya a la que había conocido algunos días atrás. Pero no estaba dispuesto a que el taxista me llevara de paseo y al final no encontrásemos el lugar.

-Mire amigo, yo no soy ningún experto, pero tengo cierta idea. Quiero ir a un bar de chicas. Usted recomiéndeme el que le parezca mejor.

Me dijo que me llevaría a uno, que muy bueno, que excelente personal.

-OK. Pero solo si queda por el rumbo de La Recoleta.

Al llegar al bar le dije que ese ya lo conocía, y que sin ser un experto, había en Buenos Aires otro mucho mejor.

-¿Cómo cuál?

-Se llama “López”.

-Acá no hay ningún bar que se llame “López”.

Noté que al taxista le entró curiosidad pero era evidente que no conocía ningún bar con ese nombre. O le ponía yo cerebro al asunto o era claro que no volvería a ver a la paraguaya.

-Si no hay un bar “López” en La Recoleta te pago el doble de lo que diga el taxímetro. Y si hay un bar “López” no te pago nada. Pero no quiero que te pongas a dar vueltas y esquives ese bar.

-Créame. Voy a buscar el bar “López” y le tomo la apuesta tan solo por conocer. Pero le advierto que va a perder.

Reconocí Madajoz. Reconocí la barda del cementerio. Dimos vuelta en la calle López y el bar no aparecía. Pero yo sabía que estábamos cerca, y el taxista cada vez más confiado de que no.

-Voy a doblar en aquella calle. Si no está ahí honestamente no sé en donde más buscar.

Dobló y a media cuadra las luces de neón: “Mr. López”. Le pagué los 20 pesos que marcaba el taxímetro. Y añadí:

-Pero me los debes.

Le costó trabajo pero reconoció:

-OK. Me ganó la apuesta. Tome su billete.

-No. Es tu trabajo. Bien merecido el dinero además. Y te voy a confesar algo: No buscaba el bar “López”. El bar que busco es un after- hour que está un poco más acá.

Entré y la paraguaya me recibió con una gran sonrisa. Pero no quiero salirme del tema de este relato…

Taxista 3. “El Cártel de la Efedrina”

Subí al taxi ya de noche. Venía del aeropuerto de Ezeiza proveniente del Paraguay, y en todo el día solo había comido un sándwich infame de la compañía TAM. Supongo que venía de mal humor.

-Lléveme a cenar a Puerto Madero a algún restaurante de carnes, le dije al conductor, un caballero de la tercera edad.

-¿Carnes? ¿Cómo carnes? No entiendo.

O no entendía o no le daba la gana de entender. Me quedé callado y fue él quien rompió el silencio.

-¿Empanadas de carne?

-No. Cortes de carne, dije cortante.

Me recomendó un lugar y trató de hacer conversación.

-México. La tierra de Jorge Negrete, de María Félix… Y ahora recién, la tierra de los Cárteles de la Efedrina.

No me simpatizó su comentario e hirió el orgullo nacional.

– ¿Por qué lo dice?

- Acaban de detener a unos mexicanos acá en Buenos Aires. Se habla ya de la “Ruta de la Efedrina”…

-La efedrina la controlan los chinos, lo interrumpí molesto. No dudo que haya mexicanos en el negocio pero le aseguro que operan con la complicidad de los gobiernos, el argentino incluido. ¿Ó usted piensa que los mexicanos operamos solos? Tenemos socios en todos los países. No le quepa la menor duda.

Deliberadamente utilicé el plural. Le daba fuerza escénica a mis palabras aunque yo en ese negocio no tenga nada que ver.

Pude haber dicho que en México tenemos un grave problema con el narcotráfico y que está destruyendo a nuestra sociedad. Eso pienso pero no me dio la gana reconocerlo. Preferí explicar con aires de gran conocedor cómo se articula el tráfico de la coca desde los campos bolivianos hasta los laboratorios colombianos y destaqué a los cárteles mexicanos y a las mafias de Nueva York en el ámbito de la comercialización.

Al llegar a Puerto Madero, el taxímetro marcó siete pesos.

–Cóbrese ocho.

Le pasé un billete de veinte. Me entregó dos pesos de cambio.

-Me falta dinero, le dije áspero.

El taxista se deshacía en disculpas. Que no había visto bien el billete, que qué descuido, que una disculpa una vez más.

Al bajar, le dije:

-Tenemos bien identificado al “Cártel de los Taxistas”. Cuídese.

De reojo, ví que el viejo temblaba. No sé si de miedo ó de coraje. El hecho es que tardó en arrancar.