domingo, 29 de mayo de 2011

Tiempos de Recesión

Bodegón en Tiempos de Recesión

Me quedaban tan solo veinte pesos en el bolsillo y medio tanque de gasolina así que tomé la carretera libre. Me ahorré los 200 pesos de los peajes y pasé por lugares que hacía tiempo no recorría. El paisaje es el mismo pero se notan cambios, algunos carriles de rebase en ciertos tramos, muros de contención para prevenir deslaves en otros, más casas y más caseríos. No es mi idea de progreso; lo que veía empalma mejor con mi concepto de sobrepoblación. Al salir de una curva vi un restaurante rústico en cuyo frente había un montón de cocos. Compré dos con mis veinte pesos. Al llegar a la carpintería los taladré y les saqué el jugo. Darles un machetazo como hacen en la costa me pareció innecesario para el caso de personas que cuentan con herramienta. Saqué el cerrote y partí mi coco. Con la navaja le saqué la pulpa, salí al huerto y corté los últimos naranjos de la temporada, bastante raquíticos, y le eché el jugo a la pulpa. Abrí mi botellita de vino chileno puesto que las cervezas se habían acabado y ya no había capital para reposición. El coco apenas dio para espantar el hambre, y el vino para imaginar las cosas desde una perspectiva diferente. Me quedé observando los restos del almuerzo. Pulí por un buen rato el hueso del coco. Listo. Ahí estaba mi bodegón de tiempos de crisis, sin pierna de jamón serrano, sin quesos, sin hogaza de pan, sin cuenco de arroz, sin nada. El olote de maíz lo coloqué nada más para reforzar el tema de mentarle la madre al partido PAN.

martes, 24 de mayo de 2011

Espejismo en el Desierto

Cactácea. Realidad en el Desierto






Joe Lopes pasó el día tratando de comprender el fenómeno de los espejismos en el desierto. Desde el punto de vista de un observador externo, hay un tipo que camina entre las dunas bajo un sol abrasador. Delira y corre hacia lo que percibe como palmeras de un verde esplendoroso. Imagina unos manantiales de aguas cristalinas en los cuales sacia su sed y se limpia todo el sudor y la mugre acumulada. Hay dátiles al alcance de la mano y con suerte hasta un rastrillo para afeitarse. Curioso, pensó Joe. Sería más realista imaginar el desierto por la noche, cuando el ambiente se torna templado, y frío un poco más tarde. El caminante encendería una fogata a las tres de la tarde en lugar de correr despavorido. Estaría echado en unas alfombras persas mientras unas bailarinas le sirven el té. Soñar o alucinar no cuestan nada.

Pero igual, la versión estandar del espejismo ilustraba bien lo que Joe estaba buscando, es decir, lo que carecía. Siempre fue un pragmático compulsivo y nunca se dio el lujo de soñar. No alcanzaba ni siquiera a vislumbrar una manera en la que él podría ser feliz. Tener una acompañante fija, tener dinero, tener trabajo… todo venía acompañado de una minuciosa lista de pros y contras que Joe elaboraba a lo largo de todos los días. Por eso le fascinaba el espejismo en el desierto. Resolvía de manera eficaz las cuestiones que cobraban importancia a medida que Joe seguía acumulando inviernos...sus cumpleaños eran en enero y comenzaron a correr en el año de 1960.

Primer tema: El para qué de la existencia, o el anhelo. Saciar la sed y quitarse la mugre. Segundo, el cómo. Correr hacia el oasis. Tercero, correr con una convicción y una fé ciegas, tanto en el oasis como en sus propias fuerzas, sin margen para la duda reflexiva y paralizante. La implicación operacional para Joe estaba clara: sus dudas existenciales terminarían si fuese capaz de colocarse en una situación extrema, ya fuese de pobreza, ya fuese de soledad. Los espejismos operarían en automático. Si pobre, soñaría con pan. Si solo, encontraría compañía. Pero recapacitando Joe recordó que en la versión estándar del espejismo, el caminante se pierde, se extravía. No se coloca en una situación extrema por puro placer, mucho menos como una solución a algún problema. La versión con moraleja del espejismo no le hacía ningún sentido.

Hombre de obsesiones, Joe continuó con sus cavilaciones después de una siesta, más bien somnolencia o modorra, provocada por el consumo de un six pack de cerveza bien helada. En sentido figurado, se dijo, estoy perdido en un desierto, y no me coloqué en esta situación por elección conciente. Prueba de que aún no deliro, es que razono, o eso creo. Recordó entonces la biznaga que recién había llevado a su invernadero. Es una planta acostumbrada a las condiciones extremas, para lo cual absorbe y acumula la poca humedad que le proporciona el desierto de cuando en cuando. Curioso, pensó Joe. Un régimen de lluvias constante y predecible acabaría con las biznagas, pudriéndolas. Ni siquiera haría falta una inundación. Las biznagas cuentan con dos sistemas defensivos frente a sus depredadores. Más curioso aún. Las plantas del desierto también tienen enemigos. La simulación, adoptar la forma de una roca, es la primer arma de defensa. La segunda es menos sutil pero se utiliza tan solo en casos de ataques frontales. Espinar al enemigo. Joe podía identificarse con la biznaga. Su vida era austera, sus riquezas ocultas, su actitud defensiva, su trato arisco. Joe Lopes se identificó con las biznagas pero...el gran pero, no les encontraba los ángulos motivacionales que tanto necesitaba. Se sirvió el último trago de la botella de vino tinto que había descorchado para inspirarse. Se apoderó de él un sentimiento de bienestar y concluyó que el sibaritismo sería su fuerza motivacional. Tenía ahora una buena explicación para los espejismos en el desierto. Y con moraleja. El caminante no busca sobrevivir en el oasis. Sería un alivio pasajero en su infierno sin fin. El caminante busca deleitarse y gozar de los placeres terrenales.

Tres días después Joe Lopes asistió a la feria de la salud que organizó la empresa de seguros que tenía contratada. Le detectaron niveles de colesterol altos. Los problemas de salud son situaciones extremas, de vida o muerte, sin dramatizar, y Joe Lopes tuvo que olvidarse de su sibaritismo y volver a arar en el desierto, en círculos.

lunes, 25 de abril de 2011

Cultura Ni-ni

Frutero de Guadua


Cultura Ni-ni

El frutero de guadua que hice no es muy normal pero es poco extravagante comparado con la conversación que tuve con un joven intelectual. Es el mismo que utiliza un matraz para cocinar porque según su dicho la preparación de los alimentos es la ciencia de generar reacciones químicas entre los ingredientes y su transformación en deliciosos platillos a través de la aplicación de calor, o frío, como en el caso de las gelatinas. En treinta años de existencia no ha logrado nada, es decir nada tangible, es decir nada que se pueda observar por terceras personas. Yo no soy nadie para cuestionar el mundo interior que, en su caso, haya edificado, ni las potencialidades que pueda estar acumulando para llegar a ser un personaje de trascendencia mundial. Sé que no tiene empleo fijo, ni novia fija, ni ingresos fijos, ni apartamento independiente, ni automóvil propio... sé que duerme en un futón original traído del Asia, que se inclina por los comentarios políticos y sociales en lugar de las banalidades, que hace deporte por las mañanas, y que cocina en un matraz.

-¿A qué te dedicas? Es mi pregunta recurrente. -Tengo varios proyectos, es su respuesta habitual. Nunca especifica qué proyectos, ni de qué, ni con quién ni para quien. Las últimas veces que lo he visto ya no le pregunto nada, total, han sido encuentros fortuitos motivados por alguien más. Le da por hablar...o disertar.-Viviré 105 años, dijo con tono doctoral. Desarrolló un argumento estadístico, haciendo uso de la longevidad de la abuela paterna y de uno de sus cuatro bisabuelos. Omitió las muertes a temprana edad del abuelo materno y a una edad más temprana aún, de dos de sus tíos, pero tuvo el mérito de ubicar los datos dentro de la tendencia general al aumento en las expectativas de vida de la población mundial. En promedio, le faltó decir. Declaró en base a sus lecturas y búsquedas en internet la cura próxima de todos los tipos de cáncer, anunció la inminencia de la vacuna contra las caries, y aludió a los rápidos avances en la medicina.

-Por eso me tengo que cuidar, porque quiero llegar a esa edad en plenitud. No lo dijo él, es cierto, pero su argumento me pareció espléndido para justificar la cultura nini (ni estudia ni trabaja). A sus treinta años, no ha vivido ni la tercera parte de su vida, le quedan setenta y cinco por vivir, o sea va bien el chavo, tal vez hasta sea precoz... Yo lo que pienso es que tanta cultura de internet le está haciendo daño, que es un güevón, que se pasa de arrogante y que es bastante mamón.

lunes, 11 de abril de 2011

Anclajes Físicos

Anclajes Físicos

Joe Lopes cerró el e-book sobre Julian Assange, el fundador de Wikileaks, y apagó su ipad. Estaba ansioso por poner en práctica algunas ideas que se le vinieron a la mente durante la lectura. Le provocó algo de envidia que Assange pudiera moverse de una ciudad a otra intempestivamente y dejar abandonada su lap top si fuera necesario, sin tener que preocuparse por su información. Ni los expertos en informática podrían haber hurgado en sus archivos pues estaban encriptados con grado militar. Y recuperar su información tampoco era un problema pues la tenía cargada en internet en sitios seguros.

A Joe Lopes nadie le venía pisando los talones como a Assange, pero le pareció una buena idea no tener que preocuparse por respaldar la información de su computadora, ya fuera en un disco duro externo, dispositivo usb o dvd, como le sugería el programa Norton con terca insistencia. Los respaldos en "la nube" no eran algo nuevo para él puesto que muchos teléfonos ya los tenía en skype, textos personales en su página de blogger y cuestiones de trabajo en su gmail. Algunas de sus fotos favoritas estaban en facebook, otras en picassa y las menos, en flirck. Solo había que sistematizar el esfuerzo y podría viajar libre por el mundo como el buen Julian, con toda su información y todo su dinero. Crearía nuevas contraseñas que fueran potencialmente invulnerables a través de una secuencia larga de caracteres. Estimaba que entre quince y veinte, utilizando letras mayúsculas, minúsculas y números, intercalados sin un patron identificable, lo cual podría lograrse con un algoritmo aleatorio. Podría digitalizar su tarjeta de banca electrónica en formato de imagen. Todos los Nips los encriptaría con el método alemán utilizado durante la Segunda Guerra. El libro de referencia para encriptar sería Cien Años de Soledad, el cual según él podría conseguirse en español en todo el mundo con relativa facilidad.


Para generar la contraseña necesitaría consultar la opción de ayuda del Excel. Estaba seguro de que no era algo tan difícil. El problema mayor era como memorizar esa clave. La pérdida de la memoria era una contingencia posible que no podía descartar. Parecía inevitable tener que hacer un anclaje en el mundo físico pero eso desvirtuaba toda la estrategia. Assange se habría enfrentado al mismo problema pero la respuesta no venía en el libro. El anclaje físico podría consistir en un pedacito de papel con la clave manuscrita, escondido en algún lugar. Pero entonces no tendría la movilidad de Assange. Una posibilidad es que Assange hubiese confiado en alguien de su primer círculo para respaldar la clave maestra, o tal vez en dos personas que no se conocieran mutuamente, y la anotación en masking tape en su pasaporte solo diría "diez de laura y seis de mateo". Sería mucho mas seguro que anotar la clave completa de dieciséis caracteres o confiársela íntegra a una sola persona.

Después de enfrentar un intenso tráfico provocado por las obras del segundo piso del Periférico, Joe Lopes llegó a su casa. Como siempre tocó el claxon. Luego recordó que esa semana no habría nadie y lo peor... no tenía las llaves. La vecina que tenía copia tampoco estaba. Ni con el i-phone podría resolver este problema. Decidió esperar en el carro, reclinó el asiento y maldijo los anclajes físicos que eran tan necesarios para sostener su mundo digital.

sábado, 2 de abril de 2011

La Única Ilusión es el Olvido

Escuela en Chernobyl. 25 años después.




LA ÚNICA ILUSIÓN ES EL OLVIDO

Bajé al garage de la casa. Tenía tiempo deshabitada y yo quería hacerla funcionar. Para ese entonces ya habían sido varios los arreglos que había hecho ó mandado a hacer. Comencé con la cerrajería. Checar que cada chapa funcionara y tuviera su llave. La esencia de una casa es el sentido de seguridad que brinda y sin cerraduras no cumple bien con su función. Luego seguí con el zaguán. Contraté un “maistro” que lo raspó, le quitó el óxido y lo pintó. Una casa es una fachada antes que nada y por lo mismo hay que tenerla presentable. Me sentía a disgusto al ver los nombres de los niños de la señora que va a hacer el aseo marcados en el óxido de la puerta del acceso principal. En una de esas visitas de supervisión de los trabajos de mantenimiento entré a la cocina a prepararme un café y vi que las hiedras trepaban por la pared de afuera hasta llegar al voladizo del techo, y que las raíces con las que se adhieren las hiedras a las paredes se estaban metiendo entre el vidrio y el marco de aluminio, con riesgo de reventarlo. Estuve hasta el anochecer arrancando y podando hiedra. Cuando volví, de mañana y con buena la luz, me di cuenta que otra nueva tarea había quedado al descubierto. Las hiedras al trepar habían dejado su rastro de polvo y mugre en todas las paredes. Había que raspar, lavar y volver a pintar.

La estufa no prendió ese día por falta de gas. En la compañía a la que hablé se comprometieron a surtirme al día siguiente muy temprano. Por esa razón fue que después de mucho tiempo volví a pasar una noche en esa casa. Todo bien…hasta que me levanté, pasé al baño, hice lo que tenía que hacer y abrí la ventana para ventilar. Balanceándose con suavidad se metieron al baño unas ramas de un verde tierno del piracanto que está plantado abajo. Contemplé con gusto las ramas y me deleité con las tonalidades cambiantes de verde que producían los rayos del sol de mañana de invierno…hasta que racionalicé que esas ramas no estaban bien ahí. No eran un peligro inminente como las hiedras pero sencillamente no estaba bien que las plantas del jardín se metieran por la ventana. A la espera del gas tomé el machete y me puse a cortar el piracanto. Derribé la rama más grande y después la partí en trozos más pequeños que se podían acarrear fácilmente hasta el área en la que algún día estuvo el hoyo de la composta y que ahora era un montón de ramas, hojas secas, pedazos de ladrillo, trozos de cemento y cascajo en general. Qué curioso es todo esto, pensé, entre más trabajo, más trabajos quedan pendientes de realizar.

Ese fue el día que bajé al garage en busca de un pico y una pala para despejar un poco el hoyo de la composta. No estaban en el lugar dónde yo recordaba que se guardaban, así que los busqué por los costados, entre el material que sobró de la última remodelación. Eran varias cajas de mosaico de baño y loseta de piso que me aconsejaron que guardara por si alguno, algún día, se llegase a romper. En diez años no se había roto ninguno pero ahí estaban esas cajas, estorbando en el garage. Preferible sería remendar un baño con un mosaico de color ligeramente diferente a tener apilado ahí ese material durante todo el periodo de vida útil de la casa, pensé, mientras continuaba la búsqueda del pico y la pala debajo de una escalera externa.

Si en los costados del garage predominaban las cajas de cartón, por esta sección predominaban los botes de pintura, botes de impermeabilizante, botes de barniz, botes y más botes. Abrí uno grande de Comex para determinar si sería basura o habría material que se pudiese aprovechar y pintar la pared manchada por las hiedras. La tapa se rompió por los bordes al tratar de quitarla. Era más óxido que tapa y en el fondo percibí una mezcla gelatinosa color ladrillo de aspecto nada agradable. Fue impermeabilizante, deduje. En algún momento dejé de buscar el pico y la pala. Estaba profundamente inmerso examinando aquellos materiales y rememorando la época en que habrían sido utilizados. Detrás de los botes, entre los botes, debajo de los botes, había bolsas de plástico endurecidas por el paso del tiempo, ennegrecidas por lo mismo, algunas con clavos, otras con tornillos y tuercas, y otras con herrajes diversos como cerraduras y bisagras. Claramente habían comprado kilos de clavo de más cuando construyeron la casa pero la cantidad de tornillos y tuercas que estaban ahí no hacía ningún sentido. Las cimbras se hacen con clavos, no con tornillos. De entre las bolsas y los botes apareció de pronto una caja de triplay pintada de color marrón. Primero el descontrol. ¿Será? Después el regocijo. ¡Es! Finalmente la ansiedad. Me abalancé para abrirla y ver que es lo que tendría adentro. Era mi caja de herramientas. La que utilicé cuando viví ahí, cuando era joven. Antes de que tuviera que irme por causas de fuerza mayor. Desarmadores. Llaves de tuercas. Cinceles de albañil. Escuadra metálica para carpintería. Cuchillo de acero de piel roja en funda negra. Lo avientan de tal forma que hace piruetas en el aire y cae con la punta firmemente clavada en el suelo para intimidar al enemigo. Toda la herramienta estaba oxidada pero no faltaba ninguna.

Al contrario. Había herramientas que no podía recordar, como las prensas ó una sierra caladora eléctrica Black&Decker que apareció después, junto a la caja de madera, en su empaque original. Entonces recordé a Uriel, un peón que trabajó durante la construcción de la casa y que además era el velador en la obra. Nunca terminé de construir la casa. El puesto de velador se transformó gradualmente en uno de mayordomo. Cuando yo viví ahí Uriel me hacía los mandados y lavaba los carros. Pero le sobraba tiempo y el era quien me proponía hacer tal o cual mueble, tal o cual obra, o sembrar tal o cual planta. Hizo mesas para el radio y para la televisión, repisas y libreros; hizo los rodetes de piedra que rodean a los eucaliptos; y sembró casi todas las plantas que hay ahora. Fue Uriel quien me pedía dinero para comprar tal o cual herramienta. Por aquella época fue que tuve que salir de esa casa y Uriel todavía se quedó algunos años más antes de emigrar hacia un puerto en Texas. Dicen que se dedicó a desmantelar barcos y tiempo después murió de cáncer pulmonar.

Uriel se fue porque necesitaba mandar más dinero para sus hijos y su mujer, una enfermera que nunca lo quiso. Cuando Uriel iba a su casa en la localidad de Taxquillo en el estado de Hidalgo, la mujer le aceptaba el dinero pero no lo dejaba pasar a la casa, mucho menos a la habitación, según me contaba él.

Hoy pienso que Uriel ha de haber tranquilizado el alma con esas herramientas que quedaron desafiando al tiempo debajo de la escalera. Cuando yo utilizo mis herramientas y me dedico a podar, a escarbar, a cortar, a pulir, a lijar, a taladrar, se va la noción del tiempo, desaparece la ansiedad, no hay crisis existencial, no hay rencor, no hay envidia, no hay miseria, no hay nada. Es el olvido. Con los años la mayor y única ilusión es el olvido.

lunes, 21 de marzo de 2011

POEMA DE LOS ÁRBOLES

POEMA DE LOS
A R B O L E S

Amem silvas inglorius ……


ANGEL MARIA GARIBAY K.






Mexico, d.f.
1932

POEMA DE LOS
A R B O L E S

Amem silvas inglorius ……
VIRGILIO, GEÓRGICAS



ANGEL MARIA GARIBAY K.






Mexico, d.f.
1932














A Luis Humberto Navarrete D.
con el afecto de maestro de ayer
y amigo de la eternidad.







A QUIEN LEYERE

He separado del resto de un libro mío que estuvo en prensa en 1930 y no llegó a ver la luz pública por causas enteramente ajenas al gusto del autor, los siguientes Sonetos.
Mi edición tiene el carácter de enteramente privada: precisamente por serlo, nada tendrán que ver con la alta literatura, ni tampoco con la baja: ni con la antigua, ni con la novísima. Son pura y exclusivamente manifestación de mis aficiones muy personales. Por ello, igualmente, llevan la dedicatoria que en la proyectada edición se había suprimido.
Escritos bajo la paz sublimadora de las selvas de Huizquilucan, los doy a la prensa en la extática paz de Tenancingo.


Julio de 1932.
ANGEL MARIA GARIBAY K.



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I.- PRELUDIO

En la vega las sombras se agigantan,
el sol al tramontar, el hueco río
va murmurando en el boscaje umbrío,
los glaucos sauces en sus frondas cantan.

De Vésper rubescente se adelantan
los resplandores, gime el viento frío,
de cada hogar, lejano ya y sombrío,
nébulas de humo azules se levantan.

Vamos al bosque: la penumbra verde
la paz infunde y el amor destila
y su contacto al dolorido sana.

Allí el recuerdo del dolor se pierde
y una fuente de luz, casta y tranquila,
del alma dentro, deleitosa mana.







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II.- EL OCOTE


A la borrasca imperturbable asiste
tu fronda hirsuta que poemas teje,
en la alba niebla su verdor protege
y al rayo iridescente hostil resiste.

Traigo mi corazón, sediento y triste,
a que al abrigo de tu paz se queje:
haz que impregnado de tu olor se aleje,
henchido del vigor que te reviste.

Tú siempre lloras, rumoroso ocote,
mas en perlas tus lágrimas se mudan,
al resbalar del desgarrado brote,

y esas gotas lumínicas que sudan
de la cruel segur a cada azote,
¡quién lo creyera! fuego y arte escudan.









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III.- LA ENCINA


Ser fecundo y eterno, cual la encina
que con su negra ramazón descuella,
rotunda, altiva, rumorosa y bella,
y entre todos los árboles domina;

prodigar sus bellotas, ser vecina
del rayo y nunca conservar su huella;
en el hacha crüel dejar la mella
por cada golpe que le da la inquina.

Tal el resumen de mis sueños era
cuando en mi sangre ardía la primavera
y en mis entrañas ebullía la vida.

Hoy… me acurruco, pensativo y manso,
por el dolor deshecho, en el descanso
de su fronda, del aura estremecida.










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IV.- EL OYAMEL


GLAUCA en las cumbres tu ojival cabeza,
cual arpa al viento, sin cesar se mece;
mitos ocultos murmurar parece,
o que, piadosa, sin cansarse reza.

Del huracán se burla tu firmeza,
tu plumígera fronda se estremece,
y, ni al invierno, ni al ardor perece,
azul e inmóvil, muere como empieza.

Todo eres bello: por ti sube el alma
a otras alturas y en la paz reposa
que tu frondoso tremular destila.

Pero es más bella la profunda calma
de un ataúd, hecho de ti, en la fosa
que el dolor abre y el amor vigila.








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V.- EL ALAMO


No al reverbero del radioso día
fuiste forjado: de la noche santa
tú eres el árbol, tu follaje canta
con un tremer de azul melancolía.

A tus hojas de plata se confía
de la luna el fulgor y en ti se encanta
del ruiseñor la trémula garganta
en tus brazos derrocha su armonía.

Ama el arroyo reflejar tu fronda
que, trepidante en plácido aleteo,
cual níveos copos, sin cesar se agita,

y en los temblores de la inquieta onda,
lucir, vibrar y esfumarse veo
tu belleza en la sombra que palpita.






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VI.- EL LAUREL


De Dafne aun en tu corteza treme
el casto corazón que se aprisiona,
y Febo te entreteje a su corona
y su aljaba y laúd tu amor no teme.

Aunque el invierno los follajes queme
de la undívaga selva, no abandona
jamás tu brillo el bosque, que blasona
gozar vida de un dios, sin que blasfeme.

El rojo tinte de tus frondas trémulas,
del rosicler y de las llamas émulas,
en mi frente ceñir jamás anhelo:

una gota de láudano quisiera,
—de esa tu sangre,— que el sopor trajera
a mi ansia inquieta y a mi estéril celo.





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VII.- EL OLIVO

TENGO una deuda con tu fruto, olivo,
olivo de la paz y la victoria;
quemé el placer y olvidé la gloria
y al olor de tus ungüentos vivo.

Tuya es la unción con que poder recibo,
tuyo el germen que guarda mi memoria:
al llegar a la vida transitoria,
o al partir, unjo al hombre fugitivo.

Hojas, espadas que besó la luna,
copia florida, que a la abeja mieles
das y al doliente, trepidante abrigo,

amo la suavidad de tu aceituna
más que palmas y mirtos y laureles,
árbol de Palas y de Cristo amigo.










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VIII.- EL FRESNO

TIENES silencio y paz, tienes frescura,
tienes modestia: juntos, raros dones;
con tu solemne majestad impones
y al corazón deleita tu figura.

Juegos y amores a tu sombra pura
mil veces viste, y oyes las canciones
del poeta que sueña, o amargos sones
del fúnebre tropel que se apresura.

Arbol de la provincia y los hogares
con su paz, su silencio, su apacible
vida serena que diluye suave:

a tus ramas, a veces seculares,
con infinita calma intraducible,
pasta el cordero y se adormece el ave.





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IX.- EL CIPRES

CIPRÉS doliente que la paz pregonas
de los sepulcros que amoroso escudas,
vibrar yo siento las plegarias mudas
del himno augusto que a la muerte entonas.

Ni epitafios, ni cirios, ni coronas
valen sobre las lápidas ceñudas
cual las que tú, de tus cortezas rudas,
lágrimas perfumadas desmoronas.

Ciprés, yo envidio la suprema calma
con que la muerte y el dolor protejes
mientras se agita rumorando el viento,

y, al contemplarte tan erguido, siento
ansias inmensas de que tú me dejes
entre tus frondas exhalar el alma.







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X.- EL MADROÑO

MADROÑO grácil de granate y seda,
émulo del laurel, en ti reposa
del sol gentil la clámide radiosa
y tu ramaje rojiglauco enreda.

Labios abiertos a besar remeda
de tus corimbos trémulos la rosa,
y es una móvil dulce mariposa
cada hoja sutil que de ti rueda.

Si un alma tiene cada sér, la tuya
es tan limpia, tan dúctil, tan discreta,
que al mal hechiza y al dolor arrulla.

En ti se agita, pávida e inquieta
y, ¿quién dirá si otro vivir no intuya?
Tu alma, madroño, es alma de poeta.





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XI.- EL SAUCE

ONDULA, ondula, sauce, junto al lago,
en él refleja tu gentil follaje
que se revuelve, movedizo y vago,
de las brisas en casto maridaje.

Viviente huella de guerrero estrago,
o amparador del recibido ultraje,
a tu sombra el poeta dio por pago
el arpegio mejor de su cordaje.

¡Tumbas y lagos! ¿Qué mejor pudiera
feudo escoger tu frente encanecida
para que a tus murmullos se adurmiera?

En ambos germen misterioso anida:
el lago es tumba de la linfa austera
y la tumba es un lago de la vida.






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XII.- EL PIRUL

Tú, del estéril páramo belleza
única, sólo plácido reposo
del tostado viajero, vagoroso
tu follaje sutil murmura o reza.

Eres nota solemne de tristeza
en la ruinas, tu manto rumoroso
verde clámide finge; silencioso
llora el lento vaivén de tu cabeza.

Al penetrante olor de tus resinas
quien te busca se queda embebecido,
y al trepidar tus bayas purpurinas,

sus congojas y amores da al olvido.
Tú en la infecunda soledad dominas
como la huella de un amor perdido.






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XIII.- EL AILE

Yo soy el árbol que a la orilla crece
del ondulante querelloso río;
yo, sin cesar, mi imagen le confío,
él, sin cesar, la copia y desparece.

Cuando el sol meridiano lo adormece,
bajo a besarlo y sufro su desvío,
cuanto más a mis pies atarlo ansío,
tanto mejor fugaz se desvanece.

¡Así la vida es! Eterna lucha
del amante al amado dura estalla:
cuanto más le persigue, más se aleja.

Cuando el ardor de su pasión escucha,
del amado en el fondo apenas halla
que ama su imagen que el amor refleja.






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XIV.- EL TEPOZAN

ENFELPADAS de nieve y de verdura
nigricante tus hojas, que trepidan
a cualquier viento, a reposar convidan
bajo la oliente paz de tu frescura.

Algo robas, tal vez, a la ternura
de los gorriones que en tu fronda anidan:
si el viejo nido en tu ramaje olvidan,
algo también te dejan de amargura.

Solitario, a la orilla del sendero,
o, en los eriales, lánguido y sombrío;
junto al arroyo, sin cesar parlero,

o, al borde de la mies, amable y pío,
siempre invitando estás al pasajero
y él te desprecia, como al canto mío.






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XV.- EL TEJOCOTE

Tu rígido ramaje se amortaja,
del gélido sopor a los rigores,
con mil nevadas trepidantes flores,
o de aurirrojas gemas mil se alhaja..

Tu leve poma a un mismo tiempo cuaja
acritud y dulzor, cual los amores
en el alma se alían con los dolores,
cuando el sueño su ideal trabaja.

Fruto y tristura por el campo riegas
cuando, muerto el otoño, se estremece
todo a una flava irradiación de oro.

Nunca del sol ante el fulgor doblegas
tu verde fronda que entre espinas crece
y es tu rudeza tu mejor tesoro.






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XVI.- EL CAPULIN

Si de frutos tu fronda se empurpura,
pámpanos finge de una vid extraña,
o en el almíbar de tu flor se baña
la abeja grácil que al libar murmura.

Es fama que envenena tu dulzura
y que tu sombra al que se acoje daña,
cual si guardara la indomable saña
del caudillo poeta tu frescura.

Nezahualcóyotl de tu fronda inquieta
en el refugio se acogió fiado
y tú le diste ritmos de poeta.

De su tristeza te cuajó: agobiado
al recuerdo pareces y en secreta
melancólica paz estás bañado.






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XVII.- EL AHUEHUETE

PATRIARCA de los árboles, tus frondas
sacudidas por vientos milenarios,
asemejan girones de sudarios,
o nupciales, deshechas, blancas blondas.

¿Quién dirá los recuerdos que tú escondas?
¿quién los archivos hallará en tus varios
enormes troncos? ¿quién en los santuarios
penetrará de tus raíces hondas?

Tú guardas el silencio de los siglos,
de mil razas repites el lenguaje
y, año tras año, inconmovible avanzas.

Fingen tus ramas lúgubres vestiglos,
mas tu florido trémulo follaje
es un pulmón cuajado de esperanzas.

1927







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jueves, 24 de febrero de 2011

El Reloj

El Reloj, de Carmen Rosenzweig




EL RELOJ

Se tapó una vez más el desagüe de la regadera y se formó una pequeña alberca en esa área. Las aguas derramaron y escurrieron por el piso hacia el lavabo y el escusado. Caray, definitivamente tengo una atracción fatal hacia lo prosaico. La tapazón era lógica...los caños se tapan, no es necesario dar mayor explicación...pero, ¿Y la inundación? Todas las llaves estaban perfectamente cerradas. Por eso abrí las puertecitas de madera de debajo del lavabo, tontamente debo reconocer, ya que aún cuando hubiese una fuga por ahí era imposible que las aguas hubiesen brincado el pequeño muro que delimita el área de la regadera. En ese caso las aguas hubiesen avanzado hacia la habitación.

Seco, impresionantemente seco, encontré en el compartimento cerrado de debajo del lavabo un ejemplar perfectamente conservado de El Reloj, de Carmen Rosenzweig. Lo abrí. Es una colección de cuentos breves. Primera edición de 1956. Ejemplar dedicado a quien sabe quien, "con mi ternura constante". Firma de la autora. ¿Cómo llegó el libro ahí? Lo ignoro. Mi padre ocupó esa habitación hasta 1986, año de su muerte, y hasta dónde sé, tenía a la autora en alta estimación. Durante una época mi padre fue lector de baño pero en sus últimos años abandonó esa costumbre. Lo recuerdo leyendo en el automóvil, en el comedor, en su cama, en todos lados pero evidentemente en el baño no. Subrayando siempre lo que le parecía interesante, con lápiz y plumón, sin que las líneas le salieran chuecas o torcidas. Su pulso era excelente para subrayar e inclusive, cuando se dormía, mantenía el libro abierto con una mano y con la otra sostenía el plumón o lápiz justo en el punto donde había dejado, o comenzado, el subrayado. En sus últimos años mi padre no leyó literatura. Leía historia, sobre todo historia de México, historia económica, y filosofía: de la ciencia, del conocimiento, del lenguaje, de la vida, de la historia...en fin, sus horizontes culturales eran amplios y bastos. De joven si leyó literatura pero según me confesó en alguna ocasión, se deshizo de esos libros para poder mantener en los estantes su creciente colección de libros de las disciplinas de su interés y pasión.

¿Qué hacía ahí, pues, ese volumen de El Reloj, de Carmen Rosenzweig? Sin subrayar. Los primeros cuentos son costumbristas. Los cuentos intermedios, y hablo exclusivamente de su ubicación en el volumen, son confusos, y los cuentos finales son magistrales. Todo evidentemente según yo. Un tratamiento lúcido, desapasionado, a los temas de la muerte, de la soledad, de las razones de la existencia humana -no de la raza sino de la vida de cada quien-. Pienso que es un error sacar la moraleja de los cuentos -vive la vida porque de todos modos te vas a morir-. El género cuentístico es hermoso porque aunque breve no admite reduccionismos ramplones. Vivo la vida intensamente, OK, pero donde quedan mis temores, mis indecisiones, mis cálculos precisos o fallidos, mis herencias de infante, mis traumas de adolescencia, mis espejismos de la primera juventud, mis condicionantes de entorno? Si, todos nos vamos a morir pero aún la existencia más gris es única e irrepetible. Bienvenidos mis éxitos. Bienvenidos mis fracasos. A fin de cuentas vale tanto lo que pensé como lo que hice.

Tal vez la vida sea una oportunidad de venir a soñar en tercera dimensión con audio, video, tacto, olfato y gusto.

Un libro muy recomendable para quien lo pueda conseguir. “Se tiraron seiscientos ejemplares sobre papel Continental bond de 60 kilos”, dice el pie de imprenta.