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viernes, 18 de julio de 2008

HOTEL EN PANAMÁ: UN TIPO CON UNA PISTOLA JUNTO A UN CADÁVER NO ES UNA PRUEBA DE NADA

Ciudad de Panamá vista desde el Causeway


HOTEL EN PANAMÁ: UN TIPO CON UNA PISTOLA JUNTO A UN CADÁVER NO ES UNA PRUEBA DE NADA

“El Hotel Graná aplicará una multa de 150 dólares a quien fume dentro de sus instalaciones”. Así decía una hoja que me entregaron al llegar al hotel en la Ciudad de Panamá.

Si hubiera sabido lo que decía la hubiera leído, pero como no sabía, no la leí.

La habitación no tenía caja de seguridad así que hablé a recepción y me ofrecieron cambiarme a otra. Encendí un cigarrillo mientras esperaba al botones y cuando llegó, me recordó que el hotel era de no fumadores.

A los diez minutos, el teléfono:

-Para informarle que le hemos hecho un cargo de 150 dólares por fumar en la habitación. Tiró la colilla en el basurero, y además el botones está de testigo. Tenemos las pruebas.

-Gracias, señorita. Qué amable es Usted.

Eso dije. Pero por dentro le proferí el más grave de todos los insultos.

Salí a la calle a fumar y a pensar en lo que procedería hacer. La multa me pareció desproporcionada. Nunca antes me habían multado en ningún lugar del mundo. Recordé el día en que un gigante de dos metros me sacó a empellones de una cafetería en Seattle, Washington, EUA, tan solo por haberme llevado a la boca un cigarrillo que ni siquiera me dio tiempo de encender. Procuré olvidarme del incidente y hacer mi día de turismo y compras con toda tranquilidad.

-Ya me tocaba, pensé.

Disfruté mi día. Retraté chicas hermosas. También otras que no tanto, pero a esas les di “delete”. O sea que las borré.

-Hay dos tipos de clientes, me había dicho el vendedor de cámaras digitales. Los fanáticos del zoom y todos los demás.

En el “Causeway” tuve la oportunidad de estrenar mi nuevo portento tecnológico. Esa cámara habría sido el sueño de todo papparazzi o espía profesional hace tan solo unos pocos años. El rifle que compré iba empacado, así que no llamó la atención ahí, pero en el aeropuerto, me obligaron a dispararlo al aire después de una cuidadosa inspección por parte de las autoridades civiles y militares.

Un grupo de chicas posó para sus familiares o amigos -quien sabe que serían- a una distancia de no más de cinco metros. Yo pude haber captado la misma escena a una distancia de cincuenta metros con un zoom óptico de diez. Las olas del mar, las gaviotas revoloteando sobre los veleros, y el “skyline” de ciudad de Panamá al fondo, se apreciarían mejor con una linda turista latina como objeto de primer plano.

Dejo deliberadamente ambigua la cuestión. No diré si tomé esa foto, porque en la vida no hay que comprometerse a nada a menos que sea estrictamente necesario.

Volví al hotel por la noche y no hubo agua, lo cual me contrarió. Contuve el impulso de encender un cigarrillo por la posibilidad de sufrir una nueva multa. En eso mi humor cambió. Me imaginé la escena. Frente a la contundencia de mis argumentos el gerente accedería a quitarme la multa. Tenía la convicción de triunfo que requiere todo negociador, ya sea de bienes raíces, aranceles al comercio exterior, o de multas en hoteles para no fumadores.

Salí de nuevo a disfrutar la exquisitez de la vida nocturna en la ciudad de Panamá. No pienso escribir que hice ni a dónde fui. Ya dije cuál es mi principio rector.

El taxista fue el que dijo:

-No hay como las mujeres colombianas.

Yo venía muy, muy relajado, pensando en ellas, y por lo mismo no le presté mucha atención.

Antes del check-out, la chica del mostrador me permitió pasar a hablar con el gerente.

¿Así de fácil? No, pero ni por equivocación. Ningún hotel del mundo funcionaría si le permitiesen a todos los huéspedes hablar con los gerentes. No faltarían las señoras quejándose de la calidad del papel higiénico ni los jóvenes audaces buscando empleo con brillantes ideas para elevar el servicio a categoría de clase mundial.

El día anterior había bajado a recepción a armar escándalo. No bajé el rifle, aunque ganas no me faltaban. Hablé fuerte para que me oyeran todos los huéspedes que estuvieran o pasaran por ahí, que cómo era posible que me cobraran 250 dólares por el hospedaje en un hotel carente de agua, que por lo mismo debería estar cerrado por motivos de insalubridad.

-Un hotel sin agua es como un buque en un naufragio, dije, inspirado en los hermosos paisajes marinos que había visto durante esos días.

-El servicio de agua ya se restableció. Y a Usted se le cobran 100 dólares nada más.

-Mas 150 adicionales por una acusación sin fundamento.

-Usted fumó.

-Eso que lo diga un juez. Y por cierto, llame a un policía y dígale que hay un señor aquí que dice que no se retirará hasta que no hable con el gerente de este hotel.

Dicho eso, me retiré. Me quedé un rato en la habitación leyendo el manual de operación del rifle.

Al entrar a la oficina del gerente un día después, no había más alternativa que apelar a su buena voluntad. Podía haber negado que había fumado, pero el podía seguir firme en su postura de multarme.

-Mire, si fumé, pero es una multa excesiva, y si fuese más alta aún, de mil dólares por decir algo, me obligaría Usted a decirle que no fumé, y que las colillas no eran mías. Pienso que si debe multarme. Me gusta hablar con franqueza. Pero también pienso que debe compensarme por el hecho de que no haya habido agua el sábado por la noche.

El mismo fue quien me dijo:

-Tiene razón. Un tipo con una pistola junto a un cadáver no prueba nada. Pero vea, mi decisión de perdonarlo la verían mal mis empleados y si se enteran, también mis superiores. La única salida que veo es que suba la supervisora a oler la habitación, y si no huele a cigarrillo, no habrá multa.

-Le agradezco. Siempre y cuando ella huela la habitación y no huela la ropa que dejé ahí.

Le ganó la carcajada y a mi también.

Jamás, jamás, volveré a fumar en un lugar prohibido. Es más fuerte la presión social que el peso de la ley, al menos en esta materia. Pero si vuelve a surgir la oportunidad de negociar algo, créanme que la tomaré. Es algo que uno trae en la sangre. El vendedor del rifle de municiones había dicho:- Qué buena compra hizo. El tiro al blanco es una terapia excelente para combatir a la ansiedad, y es posible que le ayude a dejar de fumar.