Hace 43 años - año de 1969 para dejar el dato a la historia- salí de Lima Perú, ciudad en la que viví de niño y que me trae gratos recuerdos. Ahora al volver no pude ubicar la casa de Lola Pardo Vargas. Ó la derribaron o la remodelaron. La Playa de la Herradura me dijeron que se echó a perder y que se la comió el mar y no queda nada de su pasada gloria. El aristocrático barrio de Miraflores, de mansiones amplísimas con jardines al frente y bellas fachadas, se llenó de edificios modernos de apartamentos, oficinas y corporativos. De los antíquisimos modelos Ford, de los primeros que hubo, que circulaban profusamente por la Lima de los sesenta, no queda ninguno. Los chinos se han ido de su barrio. Quedan los restaurantes chinos, llamados Chifas, pero chinos no vi a ninguno. Me dijeron que ya dejaron sus pequeños negocios de antes, como panaderías, ferreterías y abarrotes, y se dedicaron a los grandes negocios con la China resurgida, la China aún políticamente comunista y económicamente capitalista. Los chinos ya no viven en su ghetto de antes, ni se ven sus periódicos en las calles, ni están sus niños en las trastiendas haciendo cuentas en su ábaco. Ahora son dueños de edificios y corporaciones y viven en las zonas más exclusivas de Lima en lujosas mansiones. El Estadio Nacional, a dónde acudía a mis clases de judo que tanto me sirvieron en la vida, fue demolido y en su lugar se construyó uno nuevo. Muchos de los lugares de mis recuerdos ya no existen. La gastronomía peruana es tal vez la conexión más directa entre la Lima de hoy y la de mis recuerdos. Se sigue preparando la papa a la huancaína, el ají de gallina, los anticuchos de corazón de filete y la mazamorra morada. Tampoco han cambiado los nombres de las calles ni el de los barrios. Solo permanece la esencia de los pueblos. Eso que los legos llaman cultura, supongo yo. Otro ejemplo: en una tienda de artesanía fina en Miraflores, vi unos espejos con forma de sol y rayos dorados en finas tallas en madera, similares a uno que hay en la casa de mi madre. También, unas charolas de vidrio, elaboradas con pequeños pedazos, pintados por detrás con tinta china y coloridos múltiples. Artesanías que hizo mi madre y que aprendió en Lima en aquellos años y que hoy siguen en los mercados. Las personas pasan. Las culturas, los pueblos, permanecen. Por eso solo son verdaderamente inmortales quienes hayan contribuido a formar, transformar o enriquecer las culturas de sus pueblos.
Por la Amazonía
En aquellos tiempos, sabía yo del Amazonas y de la ciudad de Iquitos pero nunca fui. Mas bien, nunca me llevaron, si se toma en cuenta mi corta edad en aquel entonces. Ahora fui, por primera vez, al Iquitos de hoy. La primera sensación es que está uno dentro de un enjambre de mosquitos. No de insectos, sino de mototaxis, que pululan por todos lados y no paran de zumbar durante todo el día y hasta bien entrada la noche. Decepción. Iquitos parece una ciudad tercermundista bastante estándar, con aire contaminado, comercio barato por todos lados, baches, y sin planificación de ninguna especie. Todo ello se olvida al entrar a navegar en el río Amazonas. Es imponente la gran cantidad de agua que hay por ahí, y eso que fui en el mes de septiembre, época de estiaje y de retroceso de los caudalosos ríos. El deslizador, como le nombra el guía a la canoa con techo y motor fuera de borda que contraté para mis paseos, avanzaba rápido por las aguas aparentemente apacibles del caudaloso río. A las orillas se observan playas de fina arena, vegetación exuberante, y todo tipo de troncos y restos de materiales vegetales varios arrasados por el río. Ahí están las pruebas tangibles de que el río no es siempre tan apacible. Desembarcamos. Había que subir aproximadamente unos treinta escalones, algunos de tierra apisonada, otros con troncos, otros más con tablas de madera, hasta llegar a la enorme planicie amazónica y salir del cauce del río. Caminamos por un agradable corredor bien pavimentado, con chozas con techos de palma en las orillas, hasta llegar a un rancho o granja, en la cual sus propietarios tienen cocodrilos, lagartos, boas, monos, tucanes y otros animales de por esos rumbos. Avanza uno entre los estanques y senderos, con los sentidos exaltados por la belleza de la naturaleza y la cercanía con esos animales que uno suele ver solamente en las revistas o en los documentales. Es inútil, me parece, intentar una descripción de las maravillas naturales que vi, toda vez que hace tiempo que se masificó la fotografía digital y los medios para reproducirla a través del internet. Búsqueda "google animales del amazonas imágenes" y listo. Mi texto se quedaría corto, tal vez ridículo, ante la fuerza de la imagen. Pero la sensación entre contemplar una boa en una pantalla de computadora y sentirla en los hombros no es comparable, así se trate de la más vulgar de todas las boas. Una cosa es ver un cocodrilo en la televisión y otra muy distinta retroceder, asustado, ante el brinco del reptil para alcanzar el bocado de carne que colocó el guía en una varita. Si, ahí si puede uno darle de comer a los animales, y a diferencia de los zoologícos, no están detrás de mallas ciclónicas, sino que solamente una barda de madera separa al visitante del peligroso animal.
| Lagarto amazónico |
Volvimos al deslizador, ahora río arriba, con destino a una comunidad de indígenas amazónicos auténticos. Nuevamente, a subir los treinta escalones, avanzar por un sendero de tierra hasta llegar a una enorme palapa y ser recibidos por una mujer de mediana edad, con los pechos un tanto caídos, que nos informa que el jefe de la tribu nos obsequiará con un bailable de sus gentes, y que uno debe corresponder a esa gentileza con 20 soles por persona, unos 8 dólares aproximadamente. Me pusieron mi penacho de plumas, me pintaron unas rayas en los cachetes, y me sentaron en un tronco a ver el bailable, ejecutado por personal mayoritariamente femenino, en topless y pequeñas faldas hechas con papel madera. Situación bastante privilegiada para observar los pechos amazónicos jóvenes, generosos desde la adolecencia, con grandes pezones que apuntan ligeramente hacia abajo en lugar de los 15 grados hacia arriba con los que deben apuntar los senos supuestamente perfectos. Los pechos amazónicos son más pesados, posiblemente tengan una composición diferente que los pechos occidentales. Las muchachas se acercan después del bailable a ofrecer pulseras hechas con todo tipo de semillas de la selva de rico y variado colorido. Uno compra tanto por el souvenir como por la experiencia de la compra misma. De regreso comenté al guía que el jefe de la tribu sabía de marketing y que inclusive el espectáculo no dejaba de tener su toque pornográfico. Ni modo que él, ni ellas, no lo supieran, después de observar todos los días los ojos lujuriosos de los turistas que acuden a aquel lugar.
| Bailable en la Selva del Amazonas |
Tarde y noche libres para actividades personales. Me fue muy bien por el Malecón de Iquitos. Al día siguiente, la visita del mercado de la ciudad. Uno piensa en encontrar lo inesperado y se sorprende cuando lo encuentra. Más allá de la dialéctica, no es posible esperar lo inesperado, como puede serlo una gallina partida en canal, con todos sus órganos colocados nuevamente en su lugar después de haber sido descuartizada. Es un pollo entero, pero entero de verdad, con pico, patas, hígado, piernas, muslos y pechugas. Todo completo, pero sin intestinos ni plumas, hasta donde me pude yo percatar. Se rió de mi la vendedora, cuando le tomé una foto a la gallina. Los puestos de medicina alternativa están bien surtidos con pócimas, hierbas en sus bolsitas, y líquidos embotellados que curan cualquier enfermedad, o al menos la previenen, o al menos la retrasan. Interesante. Así nunca podrán fallar. Pero de pronto me percato de que venden cráneos de cocodrilo, cráneos de boa, cráneos de mono, y dentaduras de piraña entre otras curiosidades por el estilo. La magia del Amazonas hace nuevamente su aparición. Vi plátanos, muchos plátanos, al igual que palmitos, que allá los acarrean en vagonetas y los ofrecen al público consumidor desenrollados, como si se tratase de tallarines cocidos, mientras que acá en México los venden en trocitos debidamente colocados en su lata de importación. Lo simple es tal vez lo grandioso del Amazonas. Un lago no impacta. Un río tampoco. Los caudales del Amazonas sí. Agua dulce en abundancia, pero sin caer en los extremos del mar, donde destacan las islas, no el agua. No quiero decir que no impresionen unos gusanos vivos que se ofrecen en el mercado pero a mí me impresionó el palmito y el pollo. Vi las colas de lagarto sin que me llamaran la atención. Fue a media tarde que probé un bocado de lagarto a la plancha y me encantó el sabor, tanto, que después pedí la orden completa y después otra más. Resignado a pasar la tarde con el sentimiento de pesadez que provoca haber comido demasiado, me entró de pronto una sensación de bienestar y ligereza y fue entonces que me puse a pensar en las colas de los cocodrilos del mercado y en la cantidad que es necesario matar para saciar el apetito de los habitantes y los turistas de la Amazonía. Los cocodrilos: Suave carne y fieros rostros.
Tarde y noche libres para actividades personales. Me fue muy bien por el Malecón de Iquitos. Al día siguiente, la visita del mercado de la ciudad. Uno piensa en encontrar lo inesperado y se sorprende cuando lo encuentra. Más allá de la dialéctica, no es posible esperar lo inesperado, como puede serlo una gallina partida en canal, con todos sus órganos colocados nuevamente en su lugar después de haber sido descuartizada. Es un pollo entero, pero entero de verdad, con pico, patas, hígado, piernas, muslos y pechugas. Todo completo, pero sin intestinos ni plumas, hasta donde me pude yo percatar. Se rió de mi la vendedora, cuando le tomé una foto a la gallina. Los puestos de medicina alternativa están bien surtidos con pócimas, hierbas en sus bolsitas, y líquidos embotellados que curan cualquier enfermedad, o al menos la previenen, o al menos la retrasan. Interesante. Así nunca podrán fallar. Pero de pronto me percato de que venden cráneos de cocodrilo, cráneos de boa, cráneos de mono, y dentaduras de piraña entre otras curiosidades por el estilo. La magia del Amazonas hace nuevamente su aparición. Vi plátanos, muchos plátanos, al igual que palmitos, que allá los acarrean en vagonetas y los ofrecen al público consumidor desenrollados, como si se tratase de tallarines cocidos, mientras que acá en México los venden en trocitos debidamente colocados en su lata de importación. Lo simple es tal vez lo grandioso del Amazonas. Un lago no impacta. Un río tampoco. Los caudales del Amazonas sí. Agua dulce en abundancia, pero sin caer en los extremos del mar, donde destacan las islas, no el agua. No quiero decir que no impresionen unos gusanos vivos que se ofrecen en el mercado pero a mí me impresionó el palmito y el pollo. Vi las colas de lagarto sin que me llamaran la atención. Fue a media tarde que probé un bocado de lagarto a la plancha y me encantó el sabor, tanto, que después pedí la orden completa y después otra más. Resignado a pasar la tarde con el sentimiento de pesadez que provoca haber comido demasiado, me entró de pronto una sensación de bienestar y ligereza y fue entonces que me puse a pensar en las colas de los cocodrilos del mercado y en la cantidad que es necesario matar para saciar el apetito de los habitantes y los turistas de la Amazonía. Los cocodrilos: Suave carne y fieros rostros.
| Pollo entero. Mercado de Iquitos. |
Tarde y noche libres para actividades personales. No me fue bien por el Malecón. Mismo lugar, pero ahora no. Enigmas de la suerte. Al día siguiente, visita al Barrio Belén. Fui, pero no pensaba sorprenderme en nada. Ya había visto chozas con techos de palma a las orillas de los ríos. Pero en el barrio de Belén es diferente. Como el agua del Amazonas, no llama la atención una choza, sino que son muchas distribuidas a lo largo de ese tramo de río. Algunas son chozas flotantes, y otras se levantan sobre altos postes de madera. Son dos métodos distintos para enfrentar la creciente del río en la época de lluvias, sin que me fuera dado enterarme de las ventajas de cada uno, pero el conjunto es bastante peculiar. Casas altas, casas bajas, casas flotantes, algunas tapiadas con madera, otras sin tapiar, por lo que se puede observar la vida de los habitantes. Mujeres y niños que juegan a la ruleta para pasar el día, mujeres que lavan ropa, que preparan alimentos, que se mecen en sus hamacas. Hombres y mujeres que caminan entre las lanchas motorizadas y las canoas sin un orden aparente, sin un objetivo claro. El guía, bien entrenado para observar aquel aparente caos, me dio explicaciones precisas. Aquellos de allá, se embarcan en una lancha de pasajeros que los irá dejando en sus respectivas comunidades a lo largo del río; aquellos de acá, están acarreando el carbón vegetal que trajeron a vender a Iquitos; los de por allá están preparando todo lo necesario para emprender su viaje en su propia canoa. Alquilé una canoa para conocer un poco más, y resulta que el río es todo un centro comercial. La canoa con la sombrilla es un restaurante donde venden tamales de plátano; la palapa de allá es un expendio de gasolina ribereña; la lancha de allá ofrece productos a los pasajeros del pequeño barco que recorre las comunidades; la palapa de allá es un bar ilegal donde por las noches se ejercen actividades ilícitas y alejadas de las buenas costumbres, y las canoas atracadas allá sirven por las noches de nido de amor en movimiento para las parejas que las alquilan por hora. Y si no pagan los avientan al río, me explicó mi guía. También explicó que las estructuras flotantes cubiertas con plásticos eran letrinas, que los habitantes de Belén se negaron a ser reacomodados en modernas viviendas cerca de la carretera, que los niños que mas cuidados reciben son los que más se enferman porque no desarrollan anticuerpos...Todo tiene una razón de ser en el caótico Barrio de Belén, la Venecia del Amazonas. No atino a decir si vi pobreza. No vi niños con barrigas inflamadas ni con la piel dañada por las infecciones y las enfermedades. Vi calles polvorientas con mucha basura. Vi paisajes de ensueño. Belén. Me parece una versión muy "cool" de la pobreza. No es lo mismo ser pobre, que pobre en Belén.
| Barrio de Belén. Iquitos Perú |
Traslado al aeropuerto. Retraso de una hora del vuelo de Starperú.
