
EL YUMA DE EVITA
Vine a esta ciudad de La Habana por primera vez hace ocho años. La ciudad ha cambiado poco. Lo más notorio es el número de vehículos circulando por las calles, y una mayor abundancia de carros de modelos recientes con respecto a los carros americanos de los años cincuenta, emblemáticos de la ciudad. Sigue siendo un flujo al que no se le puede llamar tráfico, viniendo de México. En apariencia, la gente vive igual. Los niños y las niñas de los primeros grados siguen con sus uniformes rojos; los de grados intermedios con sus uniformes amarillos; y los de las carreras terminales, profesionales ó técnicas, con uniformes color azul ó carmelita. Este último significa marrón. Se ven más unidades de transporte público, pero pedir “botella”, que significa aventón, sigue siendo un medio muy socorrido.
Hoy le di botella a Iris, que vestía una saya color carmelita, es decir, falda marrón muy cortita, no más larga que lo estrictamente indispensable. Hace ocho años le di botella a una muchacha muy parecida físicamente. Llamémosla Leidis. En aquel tiempo habría usado una saya carmelita como la de Iris, y hoy tal vez use el uniforme de alguna empresa: Traje sastre con camisa blanca, medias y zapatos de tacón. Hace ocho años, Iris habrá usado una saya roja, ya que la amarilla no se usa más que seis. Más sencillamente expresado: Iris, que hoy tiene 19 años, en aquel tiempo tenía once. Pude habérmela topado en la Plaza de Armas; ella podría haber ido junto con un grupo de colegialas a conocer el Museo Nacional, y yo, pude haber estado en la terraza de algún café.
Al igual que el Malecón, la gente no ha cambiado, como lo ilustra la similitud entre Iris y Leidis, al momento en el que yo las conocí. Pero en realidad, cambiaron mucho las dos, y no sólo en el color de la saya. En el caso concreto de Iris, pasó de 11 a 19 años, lapso en el cual tuvo una primera convivencia conyugal durante la cual nació Evita, se separó, se juntó con otro muchacho, y nació la bebé que ahora tiene tres meses. El papá de Evita quiere quitarle sus apellidos porque no se los merece, dice, y el papá de la bebé, que no es el mismo que el de Evita, ni siquiera se enteró de su nacimiento. Leidis pasó de 19 a 27 años.
Si Iris tuvo tiempo de vivir todos estos acontecimientos, con mayor razón Leidis. Estará en lo suyo, como ama de casa, resolviendo las dificultades de la vida diaria, ó incorporada en algún “centro de trabajo”, que puede ser empresa, fábrica ó oficina pública. Un cambio radical en su vida solo podría consistir en que haya emigrado ilegal ó legalmente. Lo primero, como balsera, lo cual constituiría una odisea, ó lo segundo, como esposa de algún extranjero que se la haya llevado.
En cierta forma yo no he cambiado. Sigo siendo un señor que va manejando un carro con chapa roja, es decir, con placa de turista, que usa una gorra biesbolera, y lentes oscuros. Lo mismo que hice con Leidis hace ocho años, subirla, traerla a mi habitación y hacerle el amor, lo haré con Iris. Ahora tengo más canas, menos pelo, y estoy un poco más barrigón.
No hay muchas cosas que tenga yo en común con Iris, y muy pocos temas sobre los que podamos conversar. Hay uno que por lo general desemboca en una plática fluida y muy dinámica. Es más o menos así: - Oye, tu tienes el pelo ondulado. Viene de parte de madre ó de parte de padre? La muchacha se anima de inmediato y comienza a dar detalles raciales de sus antecesores: - Mi madre es de piel blanca como yo; pero tiene el pelo rubio. Lo tiene chino –lo que significa que lo tiene lacio, como la gente del país llamado China. En cambio mi padre tiene el cabello ondulado, pero no lo tiene malo. Así que yo tengo el pelo bueno por parte de madre y el color trigueño viene de parte de padre. Para que se entienda, el “pelo malo” corresponde al cabello propio de la raza negra. Cuando se refieren a que el cabello de alguien es “malísimo, “no tan malo” ó “un poco bueno”, nada más es cuestión de grado, pero la muchacha procura llegar a la descripción más detallada posible. –El cabello no es malo, pero es ondulado, son rizos pequeñitos, pero no tan pequeñitos como los de un mulato. Si el hermanito de Iris, por decir de padre, pero no de madre, tiene características raciales diferentes a las de ella, la plática se puede extender más, para abarcar cuestiones tales como si los labios son gruesos, ó si son más bien carnositos; si tiene pocas pecas en la espalda y muchas en la cara, que vienen del abuelo; si el color de ojos es negro ó carmelita; si la nariz es ancha, pero no chata, ó bien si es afilada, como la del marido de su madre.
Nunca he sabido si estas descripciones físicas tan detalladas son una forma de racismo, ó un reflejo de la diversidad racial de Cuba y la riqueza de sus mezclas. Me parece que es una forma de entretenimiento, de las pocas que hay. Contrario a lo que pudiese pensarse de una ciudad caribeña, la gente de La Habana casi no sale de sus casas por las noches, por la falta de dinero y la falta de transporte. Las horas más hermosas que pasé en la isla fueron al lado de Iris, escuchando y bailando el reggeaton a todo volumen, ella con un ritmo sensacional, en el departamento que alquilé en Playa, cerca de la Rotonda de la Muñeca.
El extranjero no se escapa a los experimentados observadores cubanos de las razas del mundo. Pude percibir que hay dos grupos básicos de extranjeros: Los “yumas” y los demás. El apelativo de yuma tiene alguna raíz etimológica en los “Yunaited Esteits”, de acuerdo a la fonética castellana del nombre en inglés de los Estados Unidos. El prototipo es blanco, ó rubio. Si el extranjero viene de los Estados Unidos pero es negro, no es un yuma, sencillamente es un negro que vino del “Yuma”. Si es blanco y vino de Suiza ó Alemania, es un “yuma” hecho y derecho.
A menor nivel cultural de las personas, aumenta la probabilidad de que piensen de que existe una región del mundo con extraordinarias riquezas llamada “El Yuma”, dónde toda la gente viste bien, tiene dinero a manos llenas, cámaras digitales, celulares y otras maravillas tecnológicas fuera del alcance para la inmensa mayoría de los cubanos. Tratándose de latinoamericanos, es más probable que se hable de un mexicano, venezolano ó colombiano, por haber un mayor conocimiento sobre estos países. Sin embargo no se trata de ninguna deferencia. Iris me dijo un día: La gente de esos países es fea, pero los más feos son los mexicanos y los peruanos. Son como indios, pero feos, con las narices chatas, los pelos parados, barrigoncitos…Yo, físicamente, no tengo el aspecto del mexicano común, por lo cual ha sido motivo de discusión si soy ó no soy un yuma. Todo cubano sabe que la mayoría de los mexicanos somos pobres y tenemos que brincarnos la barda hacia los Estados Unidos, país al que sí se ubican geográficamente dentro de esa masa confusa de los territorios que conforman “El Yuma”.
Dejando de lado las cuestiones conceptuales sobre la extranjería, siempre habrá muchísimas jovencitas que desearán irse con el extranjero para complacerlo a cambio de una propina, ó si se llega a entablar una amistad, a cambio de regalos que puede ser en efectivo, no necesariamente en ropa u otros artículos. Iris no piensa en un empleo formal, por un salario de alrededor de diez dólares mensuales.
Hace ocho años, Leidis no permitió que la llevase hasta la puerta de su casa, para evitar el chismerío del barrio de que fulanita está de jinetera, término cubano que se utiliza en lugar de uno más fuerte que existe en la lengua castellana. Con el paso del tiempo la sociedad ha dejado de juzgarlas con esa severidad. Es frecuente decir que fulanita tiene que “resolver” de alguna manera sus necesidades económicas, y si contribuye al hogar, tanto mejor. Siempre se sospecha de jineterismo de toda muchacha que se vista bien, pero bajarse de un carro de turista, de chapa roja, implica confirmar esas sospechas y Leidis, en aquella ocasión, prefirió evitarlo.
Iris no es muy alta y usa sandalias bordadas, tipo árabe. No utiliza tacones altos, como la mayoría, para aparentar ser más alta de lo que es. Se ve auténtica así. Si no finge con los zapatos, mucho menos finge en su casa. Me llevó a conocer a su familia, en el reparto de Santa Fé. La casa se ubica a media cuadra del mar. Dónde me parqueo, pregunté. En el pórtico de la casa, dónde más? No le preocupa que vean el carro con la chapa roja, pensé. Me trataron como a un viejo amigo de la familia, pero no hubo nada que ofrecerme, más que cortesías. La radio no funcionaba, así que pronto decidimos irnos hacia una playa cercana, en Baracoa, a tomar unas cervezas. Evita se trepó al carro, sin más.
En la playa Evita se desató. Corrió en la arena, cogió un cangrejo, trepó en un árbol y de pronto dijo: “El que se meta conmigo, se mete con Changó”.
Sucede que el tío de Iris practica la Santería. Ella también es una creyente convencida. Utiliza una pulsera y un collar elaborados con bolitas de plástico, unas blancas, otras amarillas. Dice que los espíritus le dan protección. No me gusta hablar de la religión de las personas, y mucho menos de una que no conozco. Por interés, y por cortesía hacia Iris y sus familiares, los invité a visitar el Museo de la Santería en Guanabacoa, que ellos solo conocían por un programa cultural de la televisión cubana. Una mampara ilustra al visitante: “La Regla de Ocha o Santería, creada por los esclavos pertenecientes a la cultura Yoruba, está basada en la creencia y adoración de un grupo de entidades, Orichas o Santos devenidos en seres que representan y simbolizan las fuerzas de la naturaleza y las actividades, rituales, pasiones y sentimientos de los seres humanos”. Los espíritus o deidades más importantes son Obatalá, simbolizada por el color blanco, dueña de la paz y la pureza; Changó, simbolizado por el color rojo, es dueño de la guerra, el fuego, los truenos y los tambores; Ochún, simbolizada por el color amarillo, es dueña den los ríos, el amor y el dinero; y Yemayá, simbolizada por el color azul, es la dueña de los mares y de la maternidad.
Los ritos de iniciación de Iris le costarán una buena cantidad de dinero de la que no dispone pero está dispuesta a juntarla, ya podremos imaginarnos cómo, con tal de recibir la protección correspondiente. Tiene que comprar un carnero y un gallo vivos, que serán degollados en la ceremonia, y tiene que comprarse ropa y zapatos nuevos, todo de color amarillo, y tendrá que portar prendas de ese color durante todo un año. Necesita un nuevo guardarropa. Iris me contó un día que para contar con mayor protección de los espíritus, tendría que tener un hijo varón. –Pero si apenas puedes mantener a las dos niñas, le dije. –Está vez me fijaré bien con quien encargo al niño, y si el marido no me sale bueno, tendré de cualquier forma más protección.
Aquel día en la playa, se nos acercó Evita a Iris y a mí, y con toda naturalidad y mucha gracia dijo: Yo quiero tener mi yuma para que me compre perfumes, regalos, fotos, y que tenga fulas, muchos fulas…término que significa dinero. Solté una carcajada al escucharla. – Y cómo es eso de que quieres tener tu yuma, Evita? -Sí, pero mi yuma tiene que ser bonito, como mi vecino. –Y dónde lo vas a conseguir? -En el malecón.
Iris estaba orgullosa de la desenvoltura de Evita, lo cual habla de la inocencia de Iris. O habrá madre que esté preparando a una niñita de cuatro años para ser jinetera? Yo pienso que no. Pero Iris sabrá que el yuma con el que sueña Evita no será ningún príncipe azul. En qué mundo vive, para no sentir escalofríos con el sueño de Evita? Además, la niña casi siempre la acompaña. No hay secretos entre ellas. Yo pienso que Iris es de esas mujeres que no lucha contra su entorno, y mejor se deja llevar por él con suavidad. Como las esclavas del Sultán de la Antigua Persia.
Vi por última vez a Iris al bajarse del carro en el Hospital Materno-Infantil de La Habana. La bebé había cogido un resfriado que se convirtió en bronquitis aguda. Estaban suministrándole oxígeno. No la vi preocupada, ni despreocupada. Había cenado conmigo, y llevaba sándwiches para el desayuno. Bajé la rampa del hospital, me incorporé a la avenida, crucé la Rotonda del Obelisco, tomé hacia Marianao y después hacia La Lisa.
Durante el trayecto, en mi reproductor de MP3 comenzó a sonar una canción en la voz de Guadalupe Pinea:
Todo cambia,
Cambia lo superficial,
Cambia también lo profundo….
Qué es lo que ha cambiado en Cuba? No lo sé. Mi mejor respuesta es narrar el cuento del yuma con el que sueña Evita.
La Habana, enero de 2007