LA SERENDIPIDAD Y EL CHIPÁ
Cuando despertó, la chica todavía estaba allí…
El hombre respiró aliviado. Se propuso no volver a dormir hasta que ella no se hubiese marchado.
Tenía sueño y no quería correr el riesgo de que ella se llevara sus tarjetas de crédito, el dinero en efectivo y sus documentos de viaje, como le sucedió una vez en La Habana. Así que al liquidarle sus servicios le dio una propina generosa. Para ella sería un “bono por honestidad” y para él, un “impuesto por reincidencia en los mismos errores”. No le explicó nada de esto. Solo notó que ella se puso contenta.
Al avanzar hacia las cataratas de Iguazú, otro susto: Retén policial. El hombre, de nacionalidad mexicana, había entrado a Brasil sin visa, proveniente del Paraguay. El guardia miraba atentamente todos los vehículos, sin detenerlos. Pero le marcó el alto justo al taxi en el que viajaba él. Cruzaron tres muchachas a las que el guardia sonrió. Miró de nuevo al taxi y le hizo la señal de que siguiera. El hombre respiró aliviado.
Al llegar a la entrada del parque en Foz de Iguazú miró el reloj y dijo: -En siete horas debo estar en el aeropuerto de Asunción. Quedan dos horas y media para recorrer las cataratas. Hizo el recorrido. Quedó maravillado y con ganas de volver. Solo en Machu Pichu, en la represa de El Peñol en Antioquia y en el mirador del Nido del Águila en Berchtesgaden había contemplado paisajes equiparables. Recordó que a esos lugares había llegado también por accidente y no les dedicó más de las dos horas y media que ahora correspondían a Foz de Iguazú.
De nuevo había que cruzar todo el Paraguay, desde Ciudad del Este hasta Asunción. No había tiempo para almorzar. El chofer se detuvo tan solo para comprar cuatro piezas de "chipá", unos panecillos típicos que les mitigaron el hambre, y reservó dos para su hija menor porque ella siempre espera que él le lleve algo cuando vuelve a casa.
El hombre llegó a tiempo al aeropuerto. En emigración lo detuvieron.
-¿A qué vino?
–A las cataratas.
-¿Cuánto tiempo estuvo allá?
-Dos horas.
-¿Viaja solo?
–Sí.
–No es común que los turistas vengan solos.
–No. No lo es.
Ninguna respuesta parecía convencer al inspector. Revisó entonces todo el equipaje de mano. No encontró nada. El hombre lo miraba divertido. Solo él sabía que su historia era inverosímil pero cierta. Cuando lo dejaron pasar respiró aliviado.
Así fue como llegó a Buenos Aires, a los bares de allá, a contar una historia verosímil pero falsa.
–Soy traqueto, dijo.
-Sós qué, preguntó la chica.
–Traficante.
–Invitáme una copa.
–OK.
El hombre respiró aliviado. Se propuso no volver a dormir hasta que ella no se hubiese marchado.
Tenía sueño y no quería correr el riesgo de que ella se llevara sus tarjetas de crédito, el dinero en efectivo y sus documentos de viaje, como le sucedió una vez en La Habana. Así que al liquidarle sus servicios le dio una propina generosa. Para ella sería un “bono por honestidad” y para él, un “impuesto por reincidencia en los mismos errores”. No le explicó nada de esto. Solo notó que ella se puso contenta.
Al avanzar hacia las cataratas de Iguazú, otro susto: Retén policial. El hombre, de nacionalidad mexicana, había entrado a Brasil sin visa, proveniente del Paraguay. El guardia miraba atentamente todos los vehículos, sin detenerlos. Pero le marcó el alto justo al taxi en el que viajaba él. Cruzaron tres muchachas a las que el guardia sonrió. Miró de nuevo al taxi y le hizo la señal de que siguiera. El hombre respiró aliviado.
Al llegar a la entrada del parque en Foz de Iguazú miró el reloj y dijo: -En siete horas debo estar en el aeropuerto de Asunción. Quedan dos horas y media para recorrer las cataratas. Hizo el recorrido. Quedó maravillado y con ganas de volver. Solo en Machu Pichu, en la represa de El Peñol en Antioquia y en el mirador del Nido del Águila en Berchtesgaden había contemplado paisajes equiparables. Recordó que a esos lugares había llegado también por accidente y no les dedicó más de las dos horas y media que ahora correspondían a Foz de Iguazú.
De nuevo había que cruzar todo el Paraguay, desde Ciudad del Este hasta Asunción. No había tiempo para almorzar. El chofer se detuvo tan solo para comprar cuatro piezas de "chipá", unos panecillos típicos que les mitigaron el hambre, y reservó dos para su hija menor porque ella siempre espera que él le lleve algo cuando vuelve a casa.
El hombre llegó a tiempo al aeropuerto. En emigración lo detuvieron.
-¿A qué vino?
–A las cataratas.
-¿Cuánto tiempo estuvo allá?
-Dos horas.
-¿Viaja solo?
–Sí.
–No es común que los turistas vengan solos.
–No. No lo es.
Ninguna respuesta parecía convencer al inspector. Revisó entonces todo el equipaje de mano. No encontró nada. El hombre lo miraba divertido. Solo él sabía que su historia era inverosímil pero cierta. Cuando lo dejaron pasar respiró aliviado.
Así fue como llegó a Buenos Aires, a los bares de allá, a contar una historia verosímil pero falsa.
–Soy traqueto, dijo.
-Sós qué, preguntó la chica.
–Traficante.
–Invitáme una copa.
–OK.
Ella es paraguaya. Morocha. Cabello negro y tez blanca. El le relató su viaje. Escuchaba como escuchan ellas, fingiendo interés, hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas cuando oyó que él había comido chipá. Añora su país.
Iniciaron una amistad que duró hasta que él se fue.
¿A qué fue el hombre a Paraguay? Ahora recuerda que la serendipidad es la “capacidad para hacer descubrimientos deseables por accidente…” ó “encontrar algo magnífico mientras se busca otra cosa”, definición que ahora le es útil para no quedar como un tarugo. Fue a Paraguay porque conocía los cuentos de Horacio Quiroga y los de Hugo Wasp, y porque había visto las fotos de una dama muy hermosa que compitió en las Olimpiadas de Beijing representando a ese país. Fue a Iguazú porque en Asunción no había nada que le llamara la atención con la salvedad de que los paraguayos hablan entre ellos el idioma guaraní y siendo las cosas así es lógico que no llevara visa del Brasil.
Ahora él dice que fue al Paraguay a conocer Iguazú y a comer chipá.
Iniciaron una amistad que duró hasta que él se fue.
¿A qué fue el hombre a Paraguay? Ahora recuerda que la serendipidad es la “capacidad para hacer descubrimientos deseables por accidente…” ó “encontrar algo magnífico mientras se busca otra cosa”, definición que ahora le es útil para no quedar como un tarugo. Fue a Paraguay porque conocía los cuentos de Horacio Quiroga y los de Hugo Wasp, y porque había visto las fotos de una dama muy hermosa que compitió en las Olimpiadas de Beijing representando a ese país. Fue a Iguazú porque en Asunción no había nada que le llamara la atención con la salvedad de que los paraguayos hablan entre ellos el idioma guaraní y siendo las cosas así es lógico que no llevara visa del Brasil.
Ahora él dice que fue al Paraguay a conocer Iguazú y a comer chipá.

