Tomé la pata de la res y comencé a rasparle todos los residuos de carne, cartílagos, nervios y tendones. El hueso casi limpio lo herví por media hora y luego lo dejé sumergido en agua con mucho cloro. Lavé los trastos y pedí una pizza.
jueves, 21 de julio de 2016
domingo, 15 de mayo de 2016
Santa María La Ribera
Crónicas Urbanas
A unas pocas cuadras
del majestuoso edificio que aloja al Museo del Chopo, una estructura
metálica traída de Alemania a principios del siglo XX, con dimensiones de
catedral y apariencia de instalación
fabril, se ubica una casa bastante común, de dos pisos, tal vez tres, pintada
de verde oscuro, que llamó la atención del caminante. Por la
pequeña entrada peatonal que estaba entreabierta, vio un patio estrecho,
de menos de dos pasos de ancho, muy largo, tan largo que aparentaba no tener
final, con muchas plantas, bien regadas, frondosas, enérgicas. Pequeñas
ventanas daban al patio, con un remate triangular típicamente francés. Alcanzó
a percibir un letrerito que decía “Se rentan cuartos amueblados”. Lo venció la
curiosidad, así que decidió preguntar. Cruzó el pequeño umbral, vio una puerta
al interior y entró a un vestíbulo pequeño, donde cabían dos máquinas
surtidoras de refrescos y botanas, y al fondo vio una ventana de lo que supuso
sería la recepción. Una señora de edad imposible de determinar, pudiera tener
entre treinta y cincuenta años, le salió al paso con un seco ‘qué se le ofrece’
a lo que respondió con un igualmente seco ‘informes’ a lo que siguió una rápida
respuesta ‘ochocientos cincuenta pesos a la semana’. -¿Me enseña uno? –Venga.
Recorrieron la mitad
de un largo pasillo, al cual daban muchas puertas y pequeñas ventanas; doblaron
a la izquierda a la mitad, caminaron otro buen tramo por otro pasillo idéntico
y de pronto, la mujer abrió una de las tantas puertas, y dijo: -Mire. Había una
cama individual, y muy pocos centímetros entre la cama y las paredes
laterales. Aparte de la cama, solo había
una repisa de concreto a media altura que corría a lo largo de las paredes. La
primera sensación fue agradable, la limpieza de la habitación. La sensación
siguiente fue de pánico, al ver la pequeña ventana que daba al pasillo e
imaginar la puerta cerrada. –¿Habrá suficiente ventilación? –Si. Le mostraron
el área de regaderas, lavabos y W.C. al final del pasillo, también muy limpios.
Volvió a la calle y
tomó rumbo hacia la Alameda, donde se ubica el Kiosko Morisco, también traído
de Europa por las mismas épocas que la estructura del Museo del Chopo. Esas estructuras metálicas le
fascinaban. Cada una de ellas, no solo
cubría espacios generosos, sino que además producían una gratificante sensación
de amplitud y una impactante impresión de fuerza. Recargado en el barandal de
hierro exquisitamente labrado, con vista a los jardines en diagonal de la
Alameda, vinieron a su mente las
imágenes de la pensión que acababa de visitar. La sensación de frescura y
limpieza le atraían a regresar, pero, ¿podría en realidad vivir en un espacio
tan pequeño? ¿Quiénes más vivirían ahí?
¿Qué sonidos se escucharían por las noches? ¿Qué olores habría? ¿Le permitirían
meter a una de las mujeres que había visto horas antes en las calles de atrás
del Monumento de la Revolución? ¿Y si le daban ganas de ir al baño por la
madrugada, se encontraría con otras gentes a lo largo del pasillo interminable?
Ya tendría tiempo para pensar en todo esto. Bajó del Kiosko y caminó por entre
los puestos de productos orgánicos que se ofrecían en la Alameda ese día.
Volvió a su buhardilla no lejos de ahí, durmió una larga
siesta, fue a visitar a su madre anciana, cenó espléndidamente y por la noche
tuvo tiempo de volver a las preguntas que se hizo en el Kiosko. Solo encontró
respuesta para una de ellas, pues era evidente que el no sería el único que se
levantase a orinar a la medianoche. Recordó que los cuartos no tenían televisión,
lo cual eliminaba una posible fuente de contaminación sonora, pero el tema de
los ruidos y los olores seguían sin poderse responder. Imaginaba que vivirían
ahí comerciantes de provincia, viajeros de pocos recursos, y personas que por
alguna causa tuvieran que pasar algunos días en la gran capital. Había muchas
posibilidades… extranjeros sin papeles, muchachas botadas de sus casas por mala
conducta, esposos infieles a quienes hubiesen cambiado la cerradura de sus
casas o departamentos, sacerdotes, monjas, prostitutas…en fin, podría
clasificar a los inquilinos de esos cuartos por oficio, por origen, o por
circunstancias personales.
Desde luego, no habría familias. Cuando más, algunas
parejas, pero también era improbable la capacidad de soportarse el genio
durante 24 horas en un espacio tan reducido…ahí estaba la clave, la gente
llegaría ahí tan solo a dormir. Podría ser gente muy ocupada, poco probable,
puesto que la gente ocupada por lo general tiene ingresos para darse un mínimo
grado de confort, salvo que fueran
estudiantes, pero los cuartos no tenían un aire estudiantil en lo absoluto como
era visible por la ausencia total de mobiliario… No había forma de hallar las
respuestas en abstracto, así que decidió ausentarse por unos días de su rutina
diaria e ir a alquilar un cuarto por una semana en ese lugar. Sería una buena
forma de irse de vacaciones a un extraño y exótico lugar.
Unos días después se volvió a topar con el vagabundo que
duerme por las noches en la acera de enfrente de su casa, debajo de las
marquesinas de unos comercios. Coloca
unos cartones, luego unos plásticos y al final se tiende envuelto en una
cobija. En la tendencia megalopolitana hacia viviendas cada vez mas pequeñas,
más céntricas, el paradigma habitacional podrían ser los cuartos en renta
de la colonia Santa María, o
alternativamente, la banqueta donde duerme, en apariencia plácidamente,
el vagabundo. ¿Dónde comería, iría al baño? ¿Qué afectos
cultivaría? No había duda que afectos, ninguno. Y
entonces volvió a la tesis sociológica de toda su vida, que los espacios
físicos determinan la forma de la convivencia familiar.
Pero él, de alguna manera, era la excepción que confirma la
regla, como ya tendría oportunidad de relatar.
lunes, 1 de octubre de 2012
Por la Amazonía Peruana
Prólogo
En aquellos tiempos, sabía yo del Amazonas y de la ciudad de Iquitos pero nunca fui. Mas bien, nunca me llevaron, si se toma en cuenta mi corta edad en aquel entonces. Ahora fui, por primera vez, al Iquitos de hoy. La primera sensación es que está uno dentro de un enjambre de mosquitos. No de insectos, sino de mototaxis, que pululan por todos lados y no paran de zumbar durante todo el día y hasta bien entrada la noche. Decepción. Iquitos parece una ciudad tercermundista bastante estándar, con aire contaminado, comercio barato por todos lados, baches, y sin planificación de ninguna especie. Todo ello se olvida al entrar a navegar en el río Amazonas. Es imponente la gran cantidad de agua que hay por ahí, y eso que fui en el mes de septiembre, época de estiaje y de retroceso de los caudalosos ríos. El deslizador, como le nombra el guía a la canoa con techo y motor fuera de borda que contraté para mis paseos, avanzaba rápido por las aguas aparentemente apacibles del caudaloso río. A las orillas se observan playas de fina arena, vegetación exuberante, y todo tipo de troncos y restos de materiales vegetales varios arrasados por el río. Ahí están las pruebas tangibles de que el río no es siempre tan apacible. Desembarcamos. Había que subir aproximadamente unos treinta escalones, algunos de tierra apisonada, otros con troncos, otros más con tablas de madera, hasta llegar a la enorme planicie amazónica y salir del cauce del río. Caminamos por un agradable corredor bien pavimentado, con chozas con techos de palma en las orillas, hasta llegar a un rancho o granja, en la cual sus propietarios tienen cocodrilos, lagartos, boas, monos, tucanes y otros animales de por esos rumbos. Avanza uno entre los estanques y senderos, con los sentidos exaltados por la belleza de la naturaleza y la cercanía con esos animales que uno suele ver solamente en las revistas o en los documentales. Es inútil, me parece, intentar una descripción de las maravillas naturales que vi, toda vez que hace tiempo que se masificó la fotografía digital y los medios para reproducirla a través del internet. Búsqueda "google animales del amazonas imágenes" y listo. Mi texto se quedaría corto, tal vez ridículo, ante la fuerza de la imagen. Pero la sensación entre contemplar una boa en una pantalla de computadora y sentirla en los hombros no es comparable, así se trate de la más vulgar de todas las boas. Una cosa es ver un cocodrilo en la televisión y otra muy distinta retroceder, asustado, ante el brinco del reptil para alcanzar el bocado de carne que colocó el guía en una varita. Si, ahí si puede uno darle de comer a los animales, y a diferencia de los zoologícos, no están detrás de mallas ciclónicas, sino que solamente una barda de madera separa al visitante del peligroso animal.
Hace 43 años - año de 1969 para dejar el dato a la historia- salí de Lima Perú, ciudad en la que viví de niño y que me trae gratos recuerdos. Ahora al volver no pude ubicar la casa de Lola Pardo Vargas. Ó la derribaron o la remodelaron. La Playa de la Herradura me dijeron que se echó a perder y que se la comió el mar y no queda nada de su pasada gloria. El aristocrático barrio de Miraflores, de mansiones amplísimas con jardines al frente y bellas fachadas, se llenó de edificios modernos de apartamentos, oficinas y corporativos. De los antíquisimos modelos Ford, de los primeros que hubo, que circulaban profusamente por la Lima de los sesenta, no queda ninguno. Los chinos se han ido de su barrio. Quedan los restaurantes chinos, llamados Chifas, pero chinos no vi a ninguno. Me dijeron que ya dejaron sus pequeños negocios de antes, como panaderías, ferreterías y abarrotes, y se dedicaron a los grandes negocios con la China resurgida, la China aún políticamente comunista y económicamente capitalista. Los chinos ya no viven en su ghetto de antes, ni se ven sus periódicos en las calles, ni están sus niños en las trastiendas haciendo cuentas en su ábaco. Ahora son dueños de edificios y corporaciones y viven en las zonas más exclusivas de Lima en lujosas mansiones. El Estadio Nacional, a dónde acudía a mis clases de judo que tanto me sirvieron en la vida, fue demolido y en su lugar se construyó uno nuevo. Muchos de los lugares de mis recuerdos ya no existen. La gastronomía peruana es tal vez la conexión más directa entre la Lima de hoy y la de mis recuerdos. Se sigue preparando la papa a la huancaína, el ají de gallina, los anticuchos de corazón de filete y la mazamorra morada. Tampoco han cambiado los nombres de las calles ni el de los barrios. Solo permanece la esencia de los pueblos. Eso que los legos llaman cultura, supongo yo. Otro ejemplo: en una tienda de artesanía fina en Miraflores, vi unos espejos con forma de sol y rayos dorados en finas tallas en madera, similares a uno que hay en la casa de mi madre. También, unas charolas de vidrio, elaboradas con pequeños pedazos, pintados por detrás con tinta china y coloridos múltiples. Artesanías que hizo mi madre y que aprendió en Lima en aquellos años y que hoy siguen en los mercados. Las personas pasan. Las culturas, los pueblos, permanecen. Por eso solo son verdaderamente inmortales quienes hayan contribuido a formar, transformar o enriquecer las culturas de sus pueblos.
Por la Amazonía
En aquellos tiempos, sabía yo del Amazonas y de la ciudad de Iquitos pero nunca fui. Mas bien, nunca me llevaron, si se toma en cuenta mi corta edad en aquel entonces. Ahora fui, por primera vez, al Iquitos de hoy. La primera sensación es que está uno dentro de un enjambre de mosquitos. No de insectos, sino de mototaxis, que pululan por todos lados y no paran de zumbar durante todo el día y hasta bien entrada la noche. Decepción. Iquitos parece una ciudad tercermundista bastante estándar, con aire contaminado, comercio barato por todos lados, baches, y sin planificación de ninguna especie. Todo ello se olvida al entrar a navegar en el río Amazonas. Es imponente la gran cantidad de agua que hay por ahí, y eso que fui en el mes de septiembre, época de estiaje y de retroceso de los caudalosos ríos. El deslizador, como le nombra el guía a la canoa con techo y motor fuera de borda que contraté para mis paseos, avanzaba rápido por las aguas aparentemente apacibles del caudaloso río. A las orillas se observan playas de fina arena, vegetación exuberante, y todo tipo de troncos y restos de materiales vegetales varios arrasados por el río. Ahí están las pruebas tangibles de que el río no es siempre tan apacible. Desembarcamos. Había que subir aproximadamente unos treinta escalones, algunos de tierra apisonada, otros con troncos, otros más con tablas de madera, hasta llegar a la enorme planicie amazónica y salir del cauce del río. Caminamos por un agradable corredor bien pavimentado, con chozas con techos de palma en las orillas, hasta llegar a un rancho o granja, en la cual sus propietarios tienen cocodrilos, lagartos, boas, monos, tucanes y otros animales de por esos rumbos. Avanza uno entre los estanques y senderos, con los sentidos exaltados por la belleza de la naturaleza y la cercanía con esos animales que uno suele ver solamente en las revistas o en los documentales. Es inútil, me parece, intentar una descripción de las maravillas naturales que vi, toda vez que hace tiempo que se masificó la fotografía digital y los medios para reproducirla a través del internet. Búsqueda "google animales del amazonas imágenes" y listo. Mi texto se quedaría corto, tal vez ridículo, ante la fuerza de la imagen. Pero la sensación entre contemplar una boa en una pantalla de computadora y sentirla en los hombros no es comparable, así se trate de la más vulgar de todas las boas. Una cosa es ver un cocodrilo en la televisión y otra muy distinta retroceder, asustado, ante el brinco del reptil para alcanzar el bocado de carne que colocó el guía en una varita. Si, ahí si puede uno darle de comer a los animales, y a diferencia de los zoologícos, no están detrás de mallas ciclónicas, sino que solamente una barda de madera separa al visitante del peligroso animal.
| Lagarto amazónico |
Volvimos al deslizador, ahora río arriba, con destino a una comunidad de indígenas amazónicos auténticos. Nuevamente, a subir los treinta escalones, avanzar por un sendero de tierra hasta llegar a una enorme palapa y ser recibidos por una mujer de mediana edad, con los pechos un tanto caídos, que nos informa que el jefe de la tribu nos obsequiará con un bailable de sus gentes, y que uno debe corresponder a esa gentileza con 20 soles por persona, unos 8 dólares aproximadamente. Me pusieron mi penacho de plumas, me pintaron unas rayas en los cachetes, y me sentaron en un tronco a ver el bailable, ejecutado por personal mayoritariamente femenino, en topless y pequeñas faldas hechas con papel madera. Situación bastante privilegiada para observar los pechos amazónicos jóvenes, generosos desde la adolecencia, con grandes pezones que apuntan ligeramente hacia abajo en lugar de los 15 grados hacia arriba con los que deben apuntar los senos supuestamente perfectos. Los pechos amazónicos son más pesados, posiblemente tengan una composición diferente que los pechos occidentales. Las muchachas se acercan después del bailable a ofrecer pulseras hechas con todo tipo de semillas de la selva de rico y variado colorido. Uno compra tanto por el souvenir como por la experiencia de la compra misma. De regreso comenté al guía que el jefe de la tribu sabía de marketing y que inclusive el espectáculo no dejaba de tener su toque pornográfico. Ni modo que él, ni ellas, no lo supieran, después de observar todos los días los ojos lujuriosos de los turistas que acuden a aquel lugar.
| Bailable en la Selva del Amazonas |
Tarde y noche libres para actividades personales. Me fue muy bien por el Malecón de Iquitos. Al día siguiente, la visita del mercado de la ciudad. Uno piensa en encontrar lo inesperado y se sorprende cuando lo encuentra. Más allá de la dialéctica, no es posible esperar lo inesperado, como puede serlo una gallina partida en canal, con todos sus órganos colocados nuevamente en su lugar después de haber sido descuartizada. Es un pollo entero, pero entero de verdad, con pico, patas, hígado, piernas, muslos y pechugas. Todo completo, pero sin intestinos ni plumas, hasta donde me pude yo percatar. Se rió de mi la vendedora, cuando le tomé una foto a la gallina. Los puestos de medicina alternativa están bien surtidos con pócimas, hierbas en sus bolsitas, y líquidos embotellados que curan cualquier enfermedad, o al menos la previenen, o al menos la retrasan. Interesante. Así nunca podrán fallar. Pero de pronto me percato de que venden cráneos de cocodrilo, cráneos de boa, cráneos de mono, y dentaduras de piraña entre otras curiosidades por el estilo. La magia del Amazonas hace nuevamente su aparición. Vi plátanos, muchos plátanos, al igual que palmitos, que allá los acarrean en vagonetas y los ofrecen al público consumidor desenrollados, como si se tratase de tallarines cocidos, mientras que acá en México los venden en trocitos debidamente colocados en su lata de importación. Lo simple es tal vez lo grandioso del Amazonas. Un lago no impacta. Un río tampoco. Los caudales del Amazonas sí. Agua dulce en abundancia, pero sin caer en los extremos del mar, donde destacan las islas, no el agua. No quiero decir que no impresionen unos gusanos vivos que se ofrecen en el mercado pero a mí me impresionó el palmito y el pollo. Vi las colas de lagarto sin que me llamaran la atención. Fue a media tarde que probé un bocado de lagarto a la plancha y me encantó el sabor, tanto, que después pedí la orden completa y después otra más. Resignado a pasar la tarde con el sentimiento de pesadez que provoca haber comido demasiado, me entró de pronto una sensación de bienestar y ligereza y fue entonces que me puse a pensar en las colas de los cocodrilos del mercado y en la cantidad que es necesario matar para saciar el apetito de los habitantes y los turistas de la Amazonía. Los cocodrilos: Suave carne y fieros rostros.
Tarde y noche libres para actividades personales. Me fue muy bien por el Malecón de Iquitos. Al día siguiente, la visita del mercado de la ciudad. Uno piensa en encontrar lo inesperado y se sorprende cuando lo encuentra. Más allá de la dialéctica, no es posible esperar lo inesperado, como puede serlo una gallina partida en canal, con todos sus órganos colocados nuevamente en su lugar después de haber sido descuartizada. Es un pollo entero, pero entero de verdad, con pico, patas, hígado, piernas, muslos y pechugas. Todo completo, pero sin intestinos ni plumas, hasta donde me pude yo percatar. Se rió de mi la vendedora, cuando le tomé una foto a la gallina. Los puestos de medicina alternativa están bien surtidos con pócimas, hierbas en sus bolsitas, y líquidos embotellados que curan cualquier enfermedad, o al menos la previenen, o al menos la retrasan. Interesante. Así nunca podrán fallar. Pero de pronto me percato de que venden cráneos de cocodrilo, cráneos de boa, cráneos de mono, y dentaduras de piraña entre otras curiosidades por el estilo. La magia del Amazonas hace nuevamente su aparición. Vi plátanos, muchos plátanos, al igual que palmitos, que allá los acarrean en vagonetas y los ofrecen al público consumidor desenrollados, como si se tratase de tallarines cocidos, mientras que acá en México los venden en trocitos debidamente colocados en su lata de importación. Lo simple es tal vez lo grandioso del Amazonas. Un lago no impacta. Un río tampoco. Los caudales del Amazonas sí. Agua dulce en abundancia, pero sin caer en los extremos del mar, donde destacan las islas, no el agua. No quiero decir que no impresionen unos gusanos vivos que se ofrecen en el mercado pero a mí me impresionó el palmito y el pollo. Vi las colas de lagarto sin que me llamaran la atención. Fue a media tarde que probé un bocado de lagarto a la plancha y me encantó el sabor, tanto, que después pedí la orden completa y después otra más. Resignado a pasar la tarde con el sentimiento de pesadez que provoca haber comido demasiado, me entró de pronto una sensación de bienestar y ligereza y fue entonces que me puse a pensar en las colas de los cocodrilos del mercado y en la cantidad que es necesario matar para saciar el apetito de los habitantes y los turistas de la Amazonía. Los cocodrilos: Suave carne y fieros rostros.
| Pollo entero. Mercado de Iquitos. |
Tarde y noche libres para actividades personales. No me fue bien por el Malecón. Mismo lugar, pero ahora no. Enigmas de la suerte. Al día siguiente, visita al Barrio Belén. Fui, pero no pensaba sorprenderme en nada. Ya había visto chozas con techos de palma a las orillas de los ríos. Pero en el barrio de Belén es diferente. Como el agua del Amazonas, no llama la atención una choza, sino que son muchas distribuidas a lo largo de ese tramo de río. Algunas son chozas flotantes, y otras se levantan sobre altos postes de madera. Son dos métodos distintos para enfrentar la creciente del río en la época de lluvias, sin que me fuera dado enterarme de las ventajas de cada uno, pero el conjunto es bastante peculiar. Casas altas, casas bajas, casas flotantes, algunas tapiadas con madera, otras sin tapiar, por lo que se puede observar la vida de los habitantes. Mujeres y niños que juegan a la ruleta para pasar el día, mujeres que lavan ropa, que preparan alimentos, que se mecen en sus hamacas. Hombres y mujeres que caminan entre las lanchas motorizadas y las canoas sin un orden aparente, sin un objetivo claro. El guía, bien entrenado para observar aquel aparente caos, me dio explicaciones precisas. Aquellos de allá, se embarcan en una lancha de pasajeros que los irá dejando en sus respectivas comunidades a lo largo del río; aquellos de acá, están acarreando el carbón vegetal que trajeron a vender a Iquitos; los de por allá están preparando todo lo necesario para emprender su viaje en su propia canoa. Alquilé una canoa para conocer un poco más, y resulta que el río es todo un centro comercial. La canoa con la sombrilla es un restaurante donde venden tamales de plátano; la palapa de allá es un expendio de gasolina ribereña; la lancha de allá ofrece productos a los pasajeros del pequeño barco que recorre las comunidades; la palapa de allá es un bar ilegal donde por las noches se ejercen actividades ilícitas y alejadas de las buenas costumbres, y las canoas atracadas allá sirven por las noches de nido de amor en movimiento para las parejas que las alquilan por hora. Y si no pagan los avientan al río, me explicó mi guía. También explicó que las estructuras flotantes cubiertas con plásticos eran letrinas, que los habitantes de Belén se negaron a ser reacomodados en modernas viviendas cerca de la carretera, que los niños que mas cuidados reciben son los que más se enferman porque no desarrollan anticuerpos...Todo tiene una razón de ser en el caótico Barrio de Belén, la Venecia del Amazonas. No atino a decir si vi pobreza. No vi niños con barrigas inflamadas ni con la piel dañada por las infecciones y las enfermedades. Vi calles polvorientas con mucha basura. Vi paisajes de ensueño. Belén. Me parece una versión muy "cool" de la pobreza. No es lo mismo ser pobre, que pobre en Belén.
| Barrio de Belén. Iquitos Perú |
Traslado al aeropuerto. Retraso de una hora del vuelo de Starperú.
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crónica de viaje a Iquitos Perú
martes, 11 de septiembre de 2012
Al Perú
Destino Lima. Septiembre de 2012. A ver a las kinesiólogas. Dice wikipedia que " la kinesiología o quinesiología1 (del griego kínesis, 'movimiento', y logos, 'tratado, estudio') es el estudio científico del movimiento humano. El entendimiento de la kinesiologia es fundamental para el análisis y tratamiento de problemas en el sistema músculo-esquelético. El kinesiólogo es especialista en el mantenimiento de la capacidad fisiológica del individuo y en la prevención de sus alteraciones. Su formación le permite intervenir en la recuperación y rehabilitación psicomotora, mediante la aplicación de técnicas y procedimientos de naturaleza física, bajo indicación médica". Eso necesito. Kinesiólogas. De noche y de día.
lunes, 16 de julio de 2012
Angel Roberto Arriaga Alvarez
Lic. Ángel Roberto Arriaga Álvarez
Presenté aquí el convenio que Usted firmó. Veo que tiene título de derecho emitido por la Universidad Autónoma del Estado de México y cédula profesional número 48440083 del año 2006, por lo cual pienso que hay razones muy poderosas que le orillaron a Usted a firmar esa aberración jurídica. Ahora le digo que la "comerciante" ya lo violó. Hizo un evento el día sábado 14 que terminó a la 1.30 am del día siguiente y no a las once como establece el convenio; obstaculizó el tránsito en vía pública al estacionar los vehículos de los invitados en lugar prohibido; y los niveles del sonido fueron elevados y molestos, tal y como debe constar en la bitácora de quejas de Seguridad Municipal recibidas ese día.
Para la cuenta que Usted me corrigió: en tres años llevamos cuatro Presidentes Municipales (uno cuenta por dos) y cuatro Directores de Gobernación Municipal. ¿Así como?
lunes, 9 de julio de 2012
Convenio en lo Oscurito
Convenio en lo Oscurito, que firman por una parte el Lic. Angel Roberto Arriaga Director de Gobernación Municipal, Valle de Bravo, y por la otra la Señora Laura Cristina Enríquez Alegría con objeto de mantener en funcionamiento el Jardín de Eventos La Mora, ubicado en Avenida Toluca, Valle de Bravo, mismo que no cuenta con licencia de funcionamiento y opera desde hace tres años bajo la modalidad de establecimiento tolerado, es decir, ilegal pero con el visto bueno de las autoridades. Podrá verse en la cláusula primera que el uso de la vía y espacios públicos quedan sujetos a un convenio con una particular. Podrá verse en la cláusula séptima que la señora se compromete a no generar ruido en perjuicio de los vecinos, sin que se especifique cómo habrá de vigilarse este compromiso; podrá verse en la cláusula novena como el convenio queda sujeto, para su interpretación y cumplimiento, al Tribunal Administrativo que corresponda.
No hay cláusula alguna que indique que el jardín de eventos cuente con las instalaciones adecuadas; que esté legalmente constituido como sociedad mercantil; que esté dado de alta para el pago de impuestos; que respete el uso del suelo de la zona; que cumpla con la normatividad ambiental federal, estatal y municipal; entre otras omisiones.
Lea Usted el convenio y saque su propia conclusión. Imagine nada más que frente a la puerta de su casa, hay una bodega con techo de lámina, pomposamente llamada salón, y que colocan unas bocinas con potentes amplificadores en la entrada de la bodega, es decir, le ponen bocinas a 7 metros de su vivienda, de lunes a domingo de 1 a 11 pm, diez horas nada más, tan solo siete días a la semana...Si Usted se queja, la autoridad se compromete a llevar el caso a un Tribunal, vea nada más la agilidad de este procedimiento. Para cuando eso suceda, si es que sucede, probablemente Usted ya se haya vuelto loco/a.
Don A-R-A se molestó mucho con unos "tweets" que lo invitaban a no negociar la ley. Borré los tweets para complacerlo, y luego, él se animó a hacer este convenio. Le llamo "Convenio en lo Oscurito" pues solo lo firman el como autoridad y la comerciante; no firma nadie más, ni vecinos, ni testigos, ni se marca copia para nadie, ni para la Presidente Muncipal que es su Jefa, ni para el Cabildo, ni para nadie. Si don A-R-A se molesta de nuevo ya ni modo; peor no podemos estar. Le sugerimos nulificar su convenio y aplicar la ley.
No seré tan bruto de comentarle ahora los nuevos pasos que puedo dar. Este blog es totalmente inocuo; la gente llega aquí solo por equivocación.
No hay difamación ni calumnia. Reproduzco con nitidez fotográfica el convenio que el firmó.
martes, 15 de noviembre de 2011
Pachemú...Patamú
¿Почему? Потому...
Detuvo su marcha para analizar con detenimiento la artesanía que había visto solo de reojo. Era una iglesia, de eso no había duda, pero el estilo y los materiales utilizados lo pusieron a reflexionar. La estructura era de bambú, las cúpulas eran jícaras partidas a la mitad y doradas con spray, y las cruces eran de metal, del tipo de las que utilizan los niños en las primeras comuniones. Los vitrales, pintados con esmalte de uñas, tenían estampas de vírgenes y cristos. Correspondían al culto ortodoxo. Algunas de ellas eran ucranianas o rusas, y otras definitivamente griegas, como el inconfundible Cristo Pantocrátor con su biblia bajo el brazo. La concepción arquitectónica le recordaba alguna catedral famosa pero no podía recordar cual, hasta que se le vino a la mente la Catedral de Cristo el Salvador, en Moscú, ciudad a la que había ido como turista años atrás. Sacó del chaleco su teléfono inteligente y buscó imágenes en internet. En Cristo el Salvador predomina el color blanco en las fachadas, mientras que en la artesanía, dominaba un tono entre marrón y amarillo, característico del bambú. Los arcos dorados en la parte alta de los vitrales coincidían con algunos elementos que había visto en las catedrales del Kremlin. Era probable que el artesano hubiese hecho un viaje similar al suyo y que hubiese plasmado en esa pieza los distintos elementos arquitectónicos que le llamaron la atención. Pero aún quedaba la incógnita de por qué la pieza estaba hecha con bambú de una pulgada y media de diámetro, un material que si bien no era desconocido en México, tampoco era usual. El tipo de uniones entre losdistintos tramos de bambú requerían de una destreza que solo había visto en Sudamérica, pero en estructuras monumentales de bambú guadua, y jamás en maquetas o artesanías como la que tenía a la vista. Los ensambles en ángulos de 90 grados eran del tipo "bocas de pescado" y los ángulos de 45 grados eran del tipo "picos de flauta", bastante bien ejecutados. Lo más curioso de todo era que pareciera que el artesano se hubiese esmerado en presentar su pieza con defectos premeditados.
No podía ser fruto de la casualidad que hubiese cortes de bambú tan bien hechos y al mismo tiempo, defectos evidentes en el corte y colocación de los vitrales. Había vidrios de 2 milímetros, una elección acertadísima, pero también vidrios de 4 milímetros muy mal cortados. Su confusión fue en aumento al percatarse de que para decorar las fachadas posteriores se habían utilizado técnicas clásicas que solo conocían los artistas y restauradores italianos. Las imágenes parecían frescos, y no estampas pegadas con resistol. Las paredes lucían un recubrimiento deslavado por los años, y era difícil imaginar que en algún momento fueron tablas de triplay y que se les recubrió con una mezcla de yeso y blanco de España.
Ahí atrás, por ejemplo, estaba representada la sesión final del Séptimo Concilio Ecuménico, presidida por la Emperatriz Irene, en el cual se marcó la distinción entre la adoración de los ídolos y la veneración de los íconos, no por lo que eran unos y otros, sino por lo que representaban. La Asunción de María en la pared de al lado no habría visto nunca la luz de no haber sido por aquellas históricas sesiones en Nicea y Constantinopla que marcaron la derrota final de los iconoclastas.
Preguntó por el precio. Le pareció elevado pero no fue eso lo que lo detuvo. Pensó en qué lugar dentro de su casa podría colocar semejante pieza y no se le ocurrió ninguno. Fue entonces que pidió permiso para retratar la iglesia y al concedérsele, procedió con la cámara de su smart phone.
Ese día ya había atendido todos sus asuntos y había realizado todos sus quehaceres. Por la noche descargó las fotos del iphone y las analizó con distintos programas de edición de fotografía. Agrandó algunas, en otras subió el contraste, en otras más ajustó los semi-tonos, y en otras quitó ó subió el brillo. Experto penalista como era, vio con nitidez que en las doradas cúpulas había por lo menos cuatro juegos diferentes de huellas dactilares, tal vez hasta cinco. De pronto aclaró muchas de sus dudas al darse cuenta de que la maqueta fue una obra colectiva. Dedujo que en el equipo hubo un carpintero bastante bueno y una dama de gran cultura y refinado gusto, quien habría diseñado y dirigido todos los acabados. Era claro que había participado al menos otra persona más, -las huellas mostraban empeño y buena voluntad- y se advertía la presencia de un niño, pero no era posible determinar qué tanto habría ayudado.
Una serie de pequeñas imperfecciones, como vidrios mal cortados, columnas canteadas, rebabas de yeso, manchas de pintura y remanentes de pegamento, mostraban más entusiasmo que oficio, más ganas que conocimientos, más voluntad que sabiduría, más ímpetu que destreza, más deseos que posibilidades. Estaba inmerso en esta reflexión cuando vio, mas bien imaginó, que Cristo Pantocrátor le guiñaba un ojo y María Ortodoxa, siempre severa, hacía lo mismo. Recordó una frase de su padre: "Lo mejor es enemigo de lo bueno".
Antes de apagar la computadora, le dio un zoom casi instintivo a uno de los extremos del bambú. Le habían colocado unas tapas para que no se vieran las oquedades interiores. Los tramos de bambú tienen mucho volumen y poca materia, mientras que sucede lo contrario con el triplay y los conglomerados. ¿Habría un mensaje oculto? ¿Una especie de representación dialéctica de la unión de los contrarios? O bien, ¿no serían las fastuosas catedrales ortodoxas expresiones de un formalismo desprovisto de sustancia? O por el contrario, ¿no simbolizaría el bambú el poder de la ligereza? ¿No sucedía que los elementos más pesados eran en ocasiones los más vulnerables? ¿No es común que las personas más afortunadas son aquellas que caminan con más ligereza?
Concluyó que la esencia del arte, de la religión y de la vida es el misterio. Desde el lado poniente de la cúpula más alta de la iglesia, Dimitri de Uglich asintió con la cabeza. Fue hijo de Iván el Terrible y de su décima esposa, María Nagaya. Murió en 1591 a los siete años de edad. Algunos creen que se clavó accidentalmente un cuchillo en el vientre durante una crisis epiléptica, pero es más aceptada la tesis del asesinato. Con su muerte acabó la dinastía Rûrika e inició el llamado "Período Tumultuoso" el cual concluye con el ascenso de la familia Románov al trono de los zares, después de muchas intrigas y encarnizadas luchas. La nueva dinastía promovió ante la Iglesia Ortodoxa Rusa la beatificación de Dimitri para ganar legitimidad, prerrogativa que solo tienen quienes ya han ganado la guerra.
Dejó de reflexionar sobre la artesanía y cerró los ojos. Como siempre había mas preguntas que respuestas, situación que se puede clasificar como misterio. En una mente inquieta siempre habrá una sucesión interminable de porqués. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Rebasado cierto límite de cansancio, conocimiento o capacidad mental, y todos tenemos uno, la mejor respuesta es un único, definitivo, autocrático e irreflexivo: ¡Porque sí! Lo invadió un sentimiento de serenidad y se quedó dormido.
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