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domingo, 16 de noviembre de 2008

Mexicano en Buenos Aires: Diálogos con los Taxistas

Taxis y Taxistas en Buenos Aires

Taxista 1: Laura Avellaneda “Reloaded”

Detuve el taxi al caer la tarde en la Plaza de Cortázar, en Palermo. Me había tomado varias cervezas en una agradable terraza al aire libre. Estuve a punto de preguntarle si el conocía bares “de chicas”. Lo analicé bien, las gafas, las canas y las arrugas y lo imaginé un día domingo en familia rodeado de sus nietos y preferí decir:

-Anoche estuve por acá. En un bar de chicas.

Noté su sorpresa y no dije más.

Dos calles más adelante me preguntó:

-¿Y las chicas de esos bares, salen con uno?

-Algunas sí y otras no. Depende de su grado de moralidad.

-Pero no puede haber moralidad en esos lugares, por favor…

-Pues sí. Algunas no salen. Bailan nomás. Aunque pensándolo bien no es cuestión de moralidad sino de precio.

El taxista me miraba con curiosidad, estudiándome. Por fin se animó a decir:

-Quiero que me diga cuál es su opinión con toda sinceridad.

-Adelante. Faltaba más.

-Me divorcié de mi primera mujer y soy viudo de la segunda. Un año después que ella murió, miré los anuncios en los diarios, y llamé a una chica joven, de 22 años. Desde entonces la veo todos los domingos. La llevo a mi casa, hacemos el amor, y después la llevo a que haga sus compras, lo que ella vaya necesitando. No es precisamente un pago pero si una compensación. Pienso que ella no es mala, sino que tan solo escogió un mal camino.

-Óigame no, interrumpí. Imagine cómo sería la sociedad si no hubiese chicas de esas. Los viudos, los soldados, los hombres solitarios…Sin esas chicas seríamos una sociedad de desquiciados. Ellas cumplen una función social muy importante.

-¿De verdad piensa que esas chicas no son malas?

-Al contrario. Son una bendición. A Usted le gustan las chicas jóvenes, por lo que veo. Si tratara de enamorar a una perdería el tiempo, el taxi, y vaya Usted a saber qué más. Es mejor así, salir con esas chicas. Además solo las ve cuando Usted quiera. Pienso que tiene Usted un buen arreglo con ella y mucha energía para su edad.

Íbamos en animada charla cuando llegamos a Florida y Viamonte. Le pagué y dije:

- Sobra un peso para su chica.

Soltó la carcajada. Nos despedimos como dos grandes amigos.

Taxista 2. “Por una Nariz”

Era mi última noche en Buenos Aires. Tenía cierta idea de por dónde quedaba el bar dónde trabajaba una hermosísima chica paraguaya a la que había conocido algunos días atrás. Pero no estaba dispuesto a que el taxista me llevara de paseo y al final no encontrásemos el lugar.

-Mire amigo, yo no soy ningún experto, pero tengo cierta idea. Quiero ir a un bar de chicas. Usted recomiéndeme el que le parezca mejor.

Me dijo que me llevaría a uno, que muy bueno, que excelente personal.

-OK. Pero solo si queda por el rumbo de La Recoleta.

Al llegar al bar le dije que ese ya lo conocía, y que sin ser un experto, había en Buenos Aires otro mucho mejor.

-¿Cómo cuál?

-Se llama “López”.

-Acá no hay ningún bar que se llame “López”.

Noté que al taxista le entró curiosidad pero era evidente que no conocía ningún bar con ese nombre. O le ponía yo cerebro al asunto o era claro que no volvería a ver a la paraguaya.

-Si no hay un bar “López” en La Recoleta te pago el doble de lo que diga el taxímetro. Y si hay un bar “López” no te pago nada. Pero no quiero que te pongas a dar vueltas y esquives ese bar.

-Créame. Voy a buscar el bar “López” y le tomo la apuesta tan solo por conocer. Pero le advierto que va a perder.

Reconocí Madajoz. Reconocí la barda del cementerio. Dimos vuelta en la calle López y el bar no aparecía. Pero yo sabía que estábamos cerca, y el taxista cada vez más confiado de que no.

-Voy a doblar en aquella calle. Si no está ahí honestamente no sé en donde más buscar.

Dobló y a media cuadra las luces de neón: “Mr. López”. Le pagué los 20 pesos que marcaba el taxímetro. Y añadí:

-Pero me los debes.

Le costó trabajo pero reconoció:

-OK. Me ganó la apuesta. Tome su billete.

-No. Es tu trabajo. Bien merecido el dinero además. Y te voy a confesar algo: No buscaba el bar “López”. El bar que busco es un after- hour que está un poco más acá.

Entré y la paraguaya me recibió con una gran sonrisa. Pero no quiero salirme del tema de este relato…

Taxista 3. “El Cártel de la Efedrina”

Subí al taxi ya de noche. Venía del aeropuerto de Ezeiza proveniente del Paraguay, y en todo el día solo había comido un sándwich infame de la compañía TAM. Supongo que venía de mal humor.

-Lléveme a cenar a Puerto Madero a algún restaurante de carnes, le dije al conductor, un caballero de la tercera edad.

-¿Carnes? ¿Cómo carnes? No entiendo.

O no entendía o no le daba la gana de entender. Me quedé callado y fue él quien rompió el silencio.

-¿Empanadas de carne?

-No. Cortes de carne, dije cortante.

Me recomendó un lugar y trató de hacer conversación.

-México. La tierra de Jorge Negrete, de María Félix… Y ahora recién, la tierra de los Cárteles de la Efedrina.

No me simpatizó su comentario e hirió el orgullo nacional.

– ¿Por qué lo dice?

- Acaban de detener a unos mexicanos acá en Buenos Aires. Se habla ya de la “Ruta de la Efedrina”…

-La efedrina la controlan los chinos, lo interrumpí molesto. No dudo que haya mexicanos en el negocio pero le aseguro que operan con la complicidad de los gobiernos, el argentino incluido. ¿Ó usted piensa que los mexicanos operamos solos? Tenemos socios en todos los países. No le quepa la menor duda.

Deliberadamente utilicé el plural. Le daba fuerza escénica a mis palabras aunque yo en ese negocio no tenga nada que ver.

Pude haber dicho que en México tenemos un grave problema con el narcotráfico y que está destruyendo a nuestra sociedad. Eso pienso pero no me dio la gana reconocerlo. Preferí explicar con aires de gran conocedor cómo se articula el tráfico de la coca desde los campos bolivianos hasta los laboratorios colombianos y destaqué a los cárteles mexicanos y a las mafias de Nueva York en el ámbito de la comercialización.

Al llegar a Puerto Madero, el taxímetro marcó siete pesos.

–Cóbrese ocho.

Le pasé un billete de veinte. Me entregó dos pesos de cambio.

-Me falta dinero, le dije áspero.

El taxista se deshacía en disculpas. Que no había visto bien el billete, que qué descuido, que una disculpa una vez más.

Al bajar, le dije:

-Tenemos bien identificado al “Cártel de los Taxistas”. Cuídese.

De reojo, ví que el viejo temblaba. No sé si de miedo ó de coraje. El hecho es que tardó en arrancar.