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viernes, 19 de junio de 2009

EL MENSAJERO


EL MENSAJERO

Releyó una vez más el texto. Le pareció bueno. Mantuvo suspendido el dedo en el aire unos segundos y dio click en el botón de enviar. Sintió la misma emoción de siempre. Antes del click había un archivo en una computadora. Después del click ya era una carta al alcance de Carla Paola. Antes del click, las dudas de qué poner, qué contar, qué preguntar. Después del click pasó a la especulación. ¿Le gustará la carta? ¿Le parecerá buena, le llegará al corazón? Salió del cibercafé, montó en la moto, dobló por la calle principal del pueblo, tomó un tramo de la carretera federal, se desvió en un camino empedrado y comenzó a ascender. Primera, segunda, tercera… la moto perdió potencia… segunda… primera… la Yamaha logró ascender una vez más la empinada cuesta…segunda, tercera…Dobló un poco a la izquierda y frenó. Estaba de nuevo en casa pero no quiso entrar. Se quedó en la terraza, viendo el pueblo desde arriba, tomando el fresco. Solo las torres de la iglesia destacan dentro de esa mancha de luz. Luz amarilla de bombilla eléctrica, luz blanca de alumbrado público, pequeñas luces rojas de torres retransmisoras de radio o televisión colocadas en los cerros, cuyos contornos apenas se adivinaban a esa hora de la noche. Arriba las estrellas, la oscuridad, el infinito…y Carla Paola.

Así concibe el ciberespacio. De no ser por las analogías no entendería nada. Luz amarilla: Si no hubiera habido luz en el cibercafé no habría podido mandar el mensaje. Su mensaje transitó por aquel mar de luces, por entre los cables. En algún momento tuvo que subir al aire, alcanzar alguna de aquellas luces rojas, llegar a alguna de esas torres, atravesar la oscuridad de la noche y aterrizar, como de milagro, en la computadora de Carla Paola, al otro lado del mar y en un valle rodeado de otras montañas. El mensaje para Carla Paola estaba aún abajo en el cibercafé, pero también estaba ya en la casa de ella a miles de kilómetros de distancia. Si a esa hora ella aún no hubiese leído el mensaje estaría flotando todavía en la noche, imaginaba él, hasta que ella quisiera atraparlo, cuando abriera su correo y lo leyera. Entonces habría llegado. Por esa razón es que tenía la costumbre de mandar los correos a Carla Paola siempre de noche.

Carla Paola, el Internet, el infinito… las ideas eran tan confusas como la forma en que habría viajado el mensaje, pero al mismo tiempo, tan serenas. Le era imposible imaginar a Carla Paola en algún punto definido. No en su casa porque nunca la conoció, no en una oficina porque ella no tiene rutina, no en una ciudad porque ella también es forastera. Carla Paola podía estar en cualquier lugar, como el mensaje.

Estaba confundido. En su último mensaje Carla Paola no contó nada. Nada de nada, y había muchas cosas que podía contar. Se iba a mudar de casa y de ciudad, iba a cambiar de empleo, iba a dejar muchas cosas e ir al encuentro de otras nuevas. Pero no contó nada. Solo algunas frases, verbos en primera persona, te quiero, te extraño, te pienso, acompañados de algunos adjetivos, siempre, seguido, mucho, salpicados con alguna circunstancia de tiempo y lugar, al llegar a casa, por las noches, acá dónde yo estoy.

La noche refrescaba al punto de que comenzó a hacer frío. Pero el seguía contemplando el pueblo, las luces, y el mensaje surcando el cielo. El le había escrito que ese amor debería ser sin tiempo, sin metas ni objetivos, sin lugares de costumbre, sin costumbres, sin anillos, sin amigos comunes, sin país, sin familiares a quienes visitar, un amor sin nada, solo amor….Sí, el había escrito eso. Sonrió. Carla Paola había comprendido. Lo mejor sería que ella no le contara nada. Lo mejor sería que él se convirtiera en el mensaje y dejara de ser el mensajero.