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martes, 7 de julio de 2026

CITLALI Y YO. Novela Autobiográfica




Contenido

Citlali, una Estrella. 3

Noche 1. El Genio de la Biblioteca. 5

Noche 2. Volvió Citlali 7

Noche 3. La Narco Muñeca. 9

Noche 4. Un Mundo Hostil- O-Soto-Gari 11

Noche 5. Segunda Adolescencia: Fealdad. 13

Noche 6.  Rancho Contento. 15

Noche 7. Ladrillos y Maíz. 21

Noche 8. Mi padre, mi ídolo. 22

Noche 9. Colegio Suizo. 33

Noche 10. El Megáfono de mi Madre. 36

Noche 11. El abolengo Rosenzweig. 38

Noche 12. La estirpe de los Pichardo. 41

Noche 13. La Gran Abuela Omma. 46

Noche 14. Mi Último Refugio en la Ciudad. 50

Noche 15. Elección para el Futuro. 51

Noche 16. Proyecto Bambú. 56

Noche 17. Tesis de licenciatura y Viaje a Inglaterra. 57

Noche 18. Prisión en Altamar. 59

Noche 19. El sello de alien. 61

Noche 20. Un verano diferente. 64

Noche 21. La Tormenta Perfecta. 66

Noche 22. Mañas y Chiripazos. 69

Noche 23. El verano de Daisy. 73

Noche 24. Citlalyacana. 76

Noche 25. Destazaron el Rancho. 78

Noche 26. El sexenio decisivo. 82

Noche 27. Economista Agrícola. 85

Noche 28. Tratado de Libre Comercio de América del Norte. 88

Noche 29. Neopopulista. 90

Noche 30. Son gachos. 93

Noche 31. Noche del Maíz. 95

Noche 32. Rebelión en la Granja. 98

Noche 33. Los Eleuterio. 102

Noche 34. En el Cerro de Enfrente. 104

Noche 35.Campaña Política. 105

Noche 36. Error de Diciembre. 108

Noche 37. Vasos Estabilizadores. 114

Noche 38. Mi Ultima Batalla, TLCUEM.. 116

Noche 39. Cuba. 121

Noche 40. Barra Estabilizadora. Tecnología Cubana. 127

Noche 41. Noches Habaneras. 131

Noche 42. Por un Puñado de Plata. 135

Noche 43. Las Mieles del Caribe. 138

Noche 44. De Regreso con las Bellas Durmientes. 140

Noche 45. El Citlaltépetl. El Sueño de un Imperio. 144

Noche 46. Un Territorio. Dos Mundos. 147

Noche 47. Don Quijote Cabalga de Nuevo. 150

Noche 48. La Sugar Baby. 153

Noche 49. La Embestida Final. Los Demonios Andan Sueltos. 156

Noche 50. Mi hermano Gabriel 162

Noche 51. La Vejez Toca la Puerta. 166

Noche 52. El Fuego Nuevo. 167

Epílogo. 168

 

 

 

Citlali, una Estrella

A mis sesenta y siete años, el espejo me devuelve un rostro ajado, con una corona de fraile de completamente blanca. Si la dejo crecer aparento más edad de la que tengo. Voy una estética que está en los portales. Es un local sencillo, limpio y siempre está fresco gracias a los alerones que lo protegen del sol y de la lluvia. Para la rapada solo pido que el personal sea atento, que me atiendan rápido y que haya espacio para dejar mi bicicleta.

Ese día me tocó esperar unos minutos, mientras terminaban el corte de otro cliente. Sentado cómodamente en un sillón lateral, observé de espaldas a la estilista, y gracias a los espejos, también de frente. Pronto me indicó que era mi turno.  

 —Qué guapa eres, le dije.

Nunca me ha resultado fácil soltar piropos ni halagos, pero ese día me salió del alma, tan natural que hasta yo me sorprendí. La chica vestía casual, con ropa apropiada para el calor de la temporada. Me gusta el color de tez morena como el de ella, y el cabello negro lacio es otro de mis imanes. Lo llevaba a media espalda, y resplandecía como si hubiese salido de uno de los posters que adornan las estéticas anunciando champús caros. Mientras me rapaba, platicamos un poco. Se llama Citlali, y estudia el tercer semestre de enfermería. Calculé que rondaría los veinte años.

Listo señor.

Pagué, le agradecí mucho y me retiré.

Monté en la bicicleta para continuar con mi rutina. Bajé por una calle empinada hasta el embarcadero, y para el regreso me tocó la subida que exige esfuerzo pulmonar y músculo. Volví a la plaza para una pausa de recuperación. Sentado en la jardinera de siempre, tengo una buena visión de todo el movimiento. Pero ese día la distracción vino de adentro; cruzó por mi mente la cabellera de Citlali como una cascada refrescante. Aún faltarían por lo menos tres semanas para que me creciera el pelo y me tocara volver a la estética. Vivo solo y la persona que me ayuda tenía el día libre.  Ocupé el resto del día entre la jardinería, la lectura y la hamaca, aunque ese día fue poco lo que logré concentrarme.

Pasé de nuevo por la plaza al día siguiente, pues queda sobre mi ruta ciclista. Habían colocado unos puestos móviles porque era un día festivo, varios de ellos de joyería. Como si hubiera ido con esa idea, pregunté si no tendrían algún dije con figura de estrella, aunque estuve a punto de soltar la palabra en náhuatl.  Solo había estrellas de David. Ya me iba a rendir cuando una puestera me dijo: -Tengo esta estrella. Es pequeña, con una montura de plata y picos de piedritas de colores. -Me la llevo.

Cada día miraba al espejo para ver el avance. A la semana ya se había dibujado la coronita, pero no fue sino hasta la cuarta cuando decidí volverme a rapar.  Ahí estaba ella, en la puerta de la estética, tirando un balde de agua en la banqueta. Al entrar, me olió a piso recién trapeado. Dejó el jalador de agua y me saludó: «Hola, qué gusto verlo». Me miró con sus pupilas negras asentadas en un blanco inmaculado.

—Hola Citlali, ya volví, si, con el número cero —.  La chica comenzó a raparme.

¿Lo lastimé? preguntó sorprendida.

-No te preocupes, no es nada. Hago muchos gestos, y a veces tuerzo la boca. Es por un problema que tengo para controlar los músculos del cuello.

Cuando terminó le entregué la estrella.

—Me acordé de ti en la feria.

La tomó y se la colocó en el cuello.

Está discreta. Me la puedo llevar puesta a la escuela.

 «Hoy no iba a venir», me había dicho al llegar. Tenía planeado un viaje relámpago a la ciudad de México con sus padres, que se canceló. A veces le gusta ir a un rancho con sus abuelos donde tienen caballos y gallinas.  Disfruta ayudar a su abuela a cuajar los quesos. Citlali tiene mucha vida, pero no tiene historia. Todo en ella es sencillo, transparente. Lo único extraño que me contó es que hace meses se había pintado el cabello de verde, aunque ahora prefería su negro natural. Me escabullí rápido de la estética; no quería arriesgarme a una impertinencia. Bastante atrevimiento había sido ya entregarle el dije.

 —Adiós, Citlali—, dije en el tono más casual que pude. Volví a casa a regar las plantas, que ardían de sed.

Lo que pasó después está envuelto entre la bruma. A la luz muy tenue de una lámpara de mesa que iluminaba su rostro, Citlali estaba frente a mí, sentada con los pies cruzados sobre un sofá de terciopelo antiguo en la biblioteca de mi casa en el rancho de San Antonio. Su silueta parecía fundirse con las sombras de la habitación, como si el terciopelo la absorbiera lentamente. Me hacía las mismas preguntas que tanta gente antes, pero en la voz de Citlali, que resonaba con la ligereza de un susurro, me hacían gracia, en lugar de fastidiarme como solía pasar. Una por una las fui contestando, a veces dando grandes rodeos o remontándome al pasado remoto. Me hacía mucho bien hablar con ella, contarle mis cosas y era un deleite cuando me interrumpía para preguntar algo o cuando se reía. Fueron cincuenta y dos noches que transcurrieron así, entre la luz mortecina reflejada en el lomo de los libros, y las pupilas chispeantes de Citlali interesada en mis relatos.  Fue un embrujo, o un encantamiento.  

Noche 1. El Genio de la Biblioteca

—No acabo de entender —dijo la chica—. ¿Qué busca usted con mi compañía? Voy a creerle que no quiere aprovecharse ni jugar conmigo.

—Solo platicar y contar mi historia. Me gusta cómo escuchas. Cuéntame, ¿por qué te animaste a venir?

—Es algo diferente. Los chavos de mi edad me aburren. Hasta me voy a esperar para tener novio. Usted me dio confianza, hemos platicado a gusto mientras le corto el pelo…No prometo nada, igual nada más vengo hoy.

Hizo una breve pausa y añadió, con un tono decidido:

—¡Pero no vaya a estar de coqueto!

Volteó a ver los estantes y dijo;

 Hay muchos libros aquí, ya ni se usan, pero se ven bonitos, ¿sirven todavía?

Me quiso provocar con la inteligencia artificial, y en el fondo, creo que tiene razón. Pero no me dejé. —Allá están los libros de poesía, por ejemplo. —Me levanté y tomé uno casi al azar. Era de Benedetti y lo abrí—. ¡Wow! Aquí hay un poema que dice: «Usted puede contar conmigo, no hasta uno, no hasta dos, sino contar conmigo».

La miré de reojo y vi que sonrió.  

—Con solo con ver los estantes me lleno de ideas, y también de recuerdos — le dije. Hay libros de novelas que los tomas y no puedes parar. Otros son de historia, de arte, de economía, y algunos de filosofía. Varios pertenecieron a mi padre. Una biblioteca es como si fuera un templo. Los libros emanan voz, silencio y magnetismo. En ocasiones tienes la sensación de que te miran los autores o los personajes. Hay una fuerza misteriosa que te hace tomar justo el que te hace falta… aunque a veces pasa que vienes a buscar uno y se esconde. Lo recuerdas verde y era morado. O se te aparece uno que no habías visto en años.

La chica seguía muy atenta mi explicación. Le brillaron los ojos cuando añadí:

—Hay un genio escondido en la biblioteca.

Que a veces ayuda, y a veces hace travesuras, dijo divertida, mientras se paseaba frente a la estantería. En la iglesia me sonríe la virgen, y a veces me espanta la mirada de algún santo. Y también en el panteón.  Cuando voy a dejar flores a mi abuela, siento en ocasiones  un escalofrío en la espalda.

De pie frente a los libros, se estiraba un poco para alcanzar a ver las filas más altas o se inclinaba hacia las de abajo. Le llamó la atención un libro de pasta negra que yacía sobre una mesa lateral. La imagen de la portada era la de una joven oriental plácidamente dormida.

 Oiga, ¿y este libro?

 Era “La Casa de las Bellas Durmientes” de Yasunari Kawabata. Me tomó completamente por sorpresa. De los dos mil volúmenes que hay, tuvo que elegir justamente ese. Después de mirar la portada por un rato que me pareció eterno, le dio vuelta y leyó la contraportada:

“La casa de las bellas durmientes (1961) de Yasunari Kawabata, narra la historia de Eguchi, un hombre de sesenta y siete años que visita un club secreto donde ancianos pagan por dormir junto a mujeres jóvenes y vírgenes que han sido profundamente narcotizadas. En este lugar, las reglas prohíben cualquier contacto sexual; los clientes solo pueden acompañar el sueño de las jóvenes para recuperar sensaciones e intimidades perdidas. A través de las cinco visitas que realiza el protagonista, la obra de Yasunari Kawabata explora con un estilo lírico y melancólico temas como la decadencia física, la soledad de la vejez, el peso de los recuerdos y la fascinación por una belleza que resulta tan pura como inquietante”. 

Qué libro tan raro, dijo Citlali…

Sus ojos se quedaron quietos, y las pupilas   fijas, como en trance.

Usted también tiene sesenta y siete años, y también se siente solo. Dio un paso hacia atrás, alejándose de mí.

La angustia se asomó a su rostro. La escuché decir con una voz temblorosa:

 Ya me dio miedo, mejor me voy.

No salía de mi desconcierto. La reacción de Citlali era previsible. Me había otorgado su confianza para venir a conversar, y el libro había transformado mi hospitalidad en una sospecha siniestra. Me quedé pasmado. Me asomé por la ventana hacia la oscuridad de la noche, maldiciendo en silencio. No se me ocurría qué decir. Vi la silueta de Citlali reflejada en el cristal; estaba de pie, rígida e inmóvil, pero temblaba. Con cautela me giré para mirarla, y solo atiné a decir:

 —Tranquila. Después de un silencio, añadí: —Un día que vuelvas, te platico sobre ese libro. A mí también me impactó mucho cuando lo leí.

—¿A Usted?

Su voz delataba su angustia.

—Los japoneses son muy raros cuando escriben, pero no te mortifiques, aquí no viniste a pasar miedos.

El libro cayó de sus manos y el golpe sordo retumbó contra las paredes. Respiró un poco más relajada.

¿Nos hizo una mala pasada el genio de la biblioteca?, dijo, tanteando el terreno.

 —Si, ahora si se pasó.  Mejor salgamos al patio. Te encamino hacia tu casa.

Asintió con la cabeza, y antes de perderse por el sendero, volteó y me dijo:

—Voy a volver, para que me platique sobre ese libro.

Noche 2. Volvió Citlali

Sentí un gran alivio cuando escuché los pasos de Citlali acercándose por el pasillo. Como es menudita, sus pisadas casi no se escuchan ni se sienten, pero yo estaba ese día con el oído bien aguzado.

¿Ya ve que sí volví?, dijo al entrar. Me quedé intrigada con ese libro de la “Casa de las Bellas Durmientes”. Ese que se refiere a unos ancianos que van a contemplar a unas chicas que tienen narcotizadas. Y que no les hacen nada. Que los japoneses alucinen de esa manera lo puedo imaginar, tienen fama de ser raros, pero que Usted haya tenido esa novela abierta sobre la mesa, eso es lo que me gustaría saber.

Me sorprendió el aplomo y la seguridad con los que habló.  Mostró un temple y una confianza en sí misma que no le conocía.

—Es una novela, que maneja un tema escabroso, pero es literatura, le respondí. — Lo que se cuenta ahí nunca ha pasado en la vida real. Con lo que sucede en México, la historia de un anciano encerrado con una chica drogada e inconsciente saldría en todos los noticieros, desde la vivienda donde lo hubieran capturado hasta las entrevistas con los vecinos, que por cierto nunca sospechan nada.  En esa novela no hay ni policías, ni mafiosos, ni tratantes de blancas, ni siquiera leyes. En la reseña que leíste, está el anciano, está la chica, pero en términos de acción es prácticamente todo lo que pasa. La joven está dormida así que toda la novela sucede en la mente del visitante.  Ellas despiertan en él recuerdos y vivencias. Si no estuviesen dormidas hablarían, o interactuarían de alguna forma, y entonces la novela dejaría de centrarse en los sentimientos de él.

¿Y por qué entonces no meditan en otro lugar? Podrían ir a un jardincito de piedras, o sentarse debajo de un cerezo en flor.

—La belleza de las chicas es lo que sirve de inspiración, pero a diferencia de un atardecer de ensueño, ellas no solo estimulan la imaginación y la memoria, sino que también despiden fragancias, se escucha su respiración, y cambian de postura, aunque estén dormidas.

Ya me imagino a lo que quiere llegar. Es como una experiencia súper inmersiva, de esas que te atrapan por completo, como un concierto en vivo. Aunque me sigue pareciendo muy extraño.

—No te voy a contar más de la novela. Hay partes que ni siquiera les entendí. Los hombres reflexionan sobre su vida y sus relaciones de amor y desamor. Y cuando eso sucede, las mujeres del pasado cobran vida, discuten, aman, se enojan, y muchas veces se van.

Ya veo, pero… ¿es ese su libro favorito?

—Es de esos libros que te dejan pensando. Y el tema de las mujeres es uno de los que siempre anda rondando por mi cabeza. No creo que tardes mucho en preguntarme por qué no me casé, ni tuve hijos, ni formé familia. Y no va a ser fácil encontrar una respuesta.

Justo, ya me ganó. El otro día le pregunté por sus nietos y se hizo loco. Ahora me tiene que contar.

—Es lo que más quisiera. Mucha gente me hace la pregunta, pero nadie se toma el tiempo para escuchar una respuesta. Al escuchar la historia de mi vida, la verdad estará por ahí metida, enmarañada, atorada entre las brumas de la memoria, y sumergida entre los sentimientos de la infancia, la adolescencia y la edad adulta.

Cuénteme entonces. Solo que no vaya a quejarse si me quedo dormida. En ese caso seré…

Hizo una pausa para pensar, y con una gran sonrisa remató la frase:

 Su “bella durmiente”.

Noche 3. La Narco Muñeca

—Sabes Citlali, ¿lo que me sucedió el mes pasado que fui a Guadalajara?

Ni idea. Supuse que comenzaríamos por su infancia…

—Comenzaremos mejor por un día cualquiera en mi tercera edad.

Asistí a una boda en Guadalajara. La ceremonia, el lugar, la comida, todo bien, incluyendo unos mariachis que llegaron a ambientar. A la hora en que los novios y sus padres abren la pista, normalmente me escabullo, pues ya nada más queda ver bailar a los demás. Sin avisar a nadie, pedí mi Uber con destino a un club nocturno que ya había identificado antes.

Ya dentro del table dance, divisé a una morena de unos veinte años, de cara bonita y un cuerpo escultural. Entre copas y charlas subidas de tono, piropos y coqueteos, terminé cediendo al impulso de subir a la zona VIP, un reservado a media luz, un sofá amplio de color chillón, y música a todo volumen con boleros pasados de moda. Tenía necesidad de sentir la piel suave de una mujer.

El reservado olía a encerrado, a licor y otros líquidos derramados. Siempre me ha gustado charlar un poco antes de cualquier cosa. Ella era simpática, y su acento me hizo gracia. Se volvió bailarina exótica al percatarse que el mercado laboral es un insulto para quien ya probó las mieles del dinero.  A los quince años conoció a un tipo cuarentón, quien la convenció de juntarse con él; para lograrlo, no escatimó en joyas, ropa de marca y motocicletas de alta gama.  Sospechó que el hombre se dedicaba a actividades fuera de la ley, pero se dejó llevar por el hechizo. Vivió en una mansión ostentosa, con columnas romanas, ángeles de yeso, y piscina climatizada, rodeada de la miseria de un barrio marginal que muere de sed en épocas de estiaje.

 —Me cumplía todos mis caprichos—, me contó ella.

—Dime uno, como ejemplo—, le pregunté.

—Invitaba a todas mis amigas a vacacionar en Cancún. Volábamos en clase premier, llegábamos a hoteles de gran lujo, cenábamos en los mejores restaurantes y nos amanecíamos en las discotecas de más moda. En todos lados nos trataban como auténticas princesas. En el equipaje, echaba unas bolsas de papel de estraza que me daba mi novio antes de partir, con de fajos de billetes, para propinas, y compras en los shopping malls.

 A su pareja lo mataron unos sicarios de bandas rivales y a ella la lanzaron a la calle, la despojaron de todo y la amenazaron de muerte si denunciaba algo. Después del shock de la tragedia, y aún sin superar del todo el dolor que le causó la pérdida de él, por quien llegó a sentir afecto y tal vez amor, -lleva su foto en la pantalla del celular- se lanzó a la calle -a la familia no podía recurrir-, y optó por la mejor opción que se le presentó, la de bailarina exótica y acompañante en un lugar con cierto abolengo en ese giro. Ahora su meta es terminar el segundo piso de una casa que tiene en un barrio de la periferia.

Todavía tuvo un último golpe de suerte. Un día llegó a rastras hasta su casa un ex escolta de su novio asesinado, y le entregó seiscientos mil pesos dentro de una caja de cartón. Venía huyendo de la policía que ya le seguía los pasos.

—Prefiero dártelo a ti a que me lo decomisen, le dijo.

Yo estaba encantado escuchando las historias de la chica, mientras le acariciaba la cabellera y vaciábamos nuestros tragos. Ella parecía estar dispuesta a contarme más, cuando de pronto se apareció un gigantón para avisarnos que nuestro tiempo se había agotado. Al cruzar el umbral de la salida me sentí tan solo como cuando llegué.

Citlali seguía en su sillón, muy quietecita.

¿Ya terminó? Porque esperaba escuchar la historia suya, no la de una chiquilla de esas.

—Cualquier vida puede resultar apasionante. Podríamos platicar sobre el amor a primera vista; sobre el dinero y la felicidad, sobre el éxito y la caída, sobre la resiliencia,  sobre la compasión y la generosidad, y sobre la triste realidad de nuestro pobre México. Toda vida es un espejo en el que uno puede mirarse a reflexionar.

  — ¡Zácatelas!  Habría que limpiar esos espejos antes de mirarse uno ahí.

Estaba claro que Citlali no quería dejar ninguna rendija de simpatía hacia la chica de Guadalajara. Pero me sorprendió al añadir:

Me gustaría conocer otras historias de su tercera edad.

Noche 4. Un Mundo Hostil- O-Soto-Gari

Citlali ya estaba en la biblioteca cuando entré, sentada en el piso sobre unos cojines con los pies cruzados, hojeando un libro sobre Dalí.

 —Hola me dijo alegre. —Qué raro pinta ese señor. Pero está entretenido.

—Fíjate en esa lámina que estás viendo. Se llama “La Venus de los Cajones”.  Tiene incrustados unos cajones en la cabeza. Significa que todo mundo guarda secretos, y que tenemos facetas ocultas. No es que sean malas, sino sencillamente que nos las guardamos para nosotros mismos.

Citlali se llevó las manos a la cabeza y empezó a enredar y desenredar unos mechones de cabello, pensativa.

—No me gustan los enigmas, dijo después de un rato. Yo abriría todos esos cajones de golpe y sin avisar, a ver qué encuentro.

—Comencemos con alguno de los míos, si te parece.

Daré un salto de cincuenta y cuatro años hacia atrás, para situarme a los trece, al comienzo de la adolescencia.  Mi familia y yo nos trasladamos a vivir de retorno a México, después de haber vivido seis años en Sudamérica, cinco en el Perú y uno en el Ecuador. Fue un regreso intempestivo, pues mi padre decidió de pronto dejar el empleo que tenía en un organismo internacional, la FAO, para venir a colaborar al gobierno del Estado de México, presidido en esos años por Carlos Hank González. El año fue 1970 -no se me puede olvidar- pues escuchamos el llamado juego de futbol  del siglo entre Italia y Alemania en el Mundial por la radio en nuestra casa en Quito. Yo tenía la idea de que habíamos venido a la ciudad de México de vacaciones, pero ya nunca más volvimos a nuestro hogar en tierras ecuatorianas.

La vida en Quito había sido grata.  Me juntaba por las tardes con una banda de niños de la colonia y salíamos a explorar las calles, a jugar futbol, y a caminar en fila india sobre las bardas traseras de nuestros jardines.  Al salir de la escuela regresaba a pie, muchas veces brincando charcos, pues caían unos chubascos torrenciales casi a diario. Siempre iba yo bien preparado con mi paraguas y en esa época era mi artefacto favorito, pues me permitía caminar bajo la lluvia sin mojarme. Lo consideraba un invento extraordinario. Antes de salir a México nuestra perra bóxer que acababa de parir una camada de ocho cachorritos. La eché mucho de menos.

El día de nuestra llegada a México, mi abuela Omma organizó una comida con todos mis tíos y primos en su casa de la calle de Félix Parra.  Después de los postres salimos a un pequeño jardín frontal. Habían organizado unas peleas. En cada tanda, pelearía uno de los recién llegados -mis dos hermanos y yo- contra aquel de nuestros primos que tuviera nuestra misma edad. Me tocó el segundo turno, pues soy el segundo de los hermanos, contra mi primo Carlos. Mi combate fue breve.  Apliqué a la perfección una llave de judo que había aprendido en unas clases en los sótanos del Estadio Nacional de Lima, el O-Soto-Gari.  Lo jalé por las solapas, puse mi pierna derecha detrás de las suyas, y lo empujé hacia atrás. Nadie se esperaba verlo en el césped. Me aventé sobre él tratando de inmovilizarlo, pero mi ejecución no fue buena y salí con varios moretones en el cráneo. Los adultos habían   formado un círculo alrededor nuestro, como en las peleas escolares que me tocaron después. Los rijosos al centro y toda la escuela alrededor gritando «¡bronca, bronca!».

—Vienen los primos que no se ven desde hace tiempo y los ponen a pelear. Tan fácil que hubiese sido inventar otra dinámica— comentó Citlali.

Cuando terminaron aquellas vacaciones, ingresé junto con mi hermano Fernando a un internado que dirigía una señora alemana, dentro de su casa en la colonia del Valle. No éramos muchos.  Tal vez unos veinte de planta más algunos que posiblemente iban por las tardes a hacer sus tareas ahí. La señora se llamaba Sabine, casada con un italiano de apellido Arienzo. No me llegan a la memoria las escenas de cómo fue la despedida de mis padres antes de que ellos volvieran temporalmente a Quito; él a entregar su oficina y mi madre a levantar la casa.

—Me huele como a un bloqueo.

Pronto me di cuenta de que tendría que aprender a defenderme en ese medio. No estaba acostumbrado a lidiar con las burlas y travesuras que eran comunes en aquel entonces, que sentía como agresiones y tal vez lo eran. Había chicos que aventaban bolitas de chicle a la cabeza con una cerbatana -un popote de plástico-, o aventaban agua con unas jeringas sin que pudiera darme cuenta de quién había sido. Había que estar alerta y a la defensiva. El judo me ayudó de nuevo a lidiar con un chico molesto de apellido Capeletti. Le apliqué la misma llave que a mi primo, pero a él si lo rematé en el suelo con un rodillazo en la cabeza. Nunca se volvió a meter conmigo. Me quedé muchos años con un mal sabor de boca, ya que ese golpe pudo haberle causado un daño grave.

—El O-Soto-Gari, versión callejón— intervino Citlali.

El único momento grato en todo ese año fue la visita de mi madre en una ocasión que caí enfermo; estuvo conmigo toda la tarde y me enseñó unos juegos con unas ligas en los dedos, que las enlazaba y cruzaba de diferentes maneras hasta que surgían unas figuras bastante sorprendentes. Lástima que no me aprendí esos malabares; me gustaría tenerlos ahora dentro de mi arsenal de habilidades. También me enseñó a hacer figuras con papel doblado, tipo origami, de modelos que estudiaba en un libro muy antiguo editado en España con ilustraciones e instrucciones muy exactas.

— Le ha de haber sabido a gloria ese apapacho de su madre.

—Si, es el mejor recuerdo que tengo de ese internado. Y es una palabra muy hermosa, de origen náhuatl, la que has utilizado.

Noche 5. Segunda Adolescencia: Fealdad

Cuando llegó Citlali aún se escuchaban unas chicharras, que estuvieron haciendo un ruido atroz desde las primeras luces de la mañana y hasta el crepúsculo. Son tantas, que incluso bajo el sol del mediodía uno tiene la sensación de que estuviera lloviznando, de tanta agua que emanan. Por las noches guardan silencio.

—¿Qué le pasó en el dedo que lo trae vendado?, preguntó cuando me vio.

—Por la mañana recogí unos cocos pequeñitos, de esos que se dan en racimo en algunas palmeras, como si fueran uvas. En mi taller les quité la pulpa, y con un punzón les abrí los tres agujeros que traen arriba, igual que  los cocos grandes. Y me pinché la mano…

—La gente, caray, hace muchas barbaridades y luego llegan a emergencias para que los curen… ¿Y para qué andaba haciendo eso?

—Me entretengo haciendo artesanías. Quiero hacer una versión en miniatura del gran Tzompantli de Tenochtitlan…

Se quedó pensativa un momento y exclamó:

—Muy ingenioso. Los coquitos como calaveras…

Terminó la estancia en el internado y la familia se volvió a juntar en la casa ubicada en Jaime Nunó, colonia Guadalupe Inn. Era de dos plantas, típica de clase media: Sala comedora abajo, y cuatro habitaciones arriba, garaje de un solo auto y pequeño jardín atrás. Mi hermano Gabriel tenía su cuarto independiente, y mi hermano Fernando y yo compartíamos otro. El tercero era el de mis padres, y había uno más que se destinó a los libros de mi progenitor, que siempre fueron muchos.

 

No me causó ningún inconveniente compartir habitación con Fernando. Nuestra relación en la niñez había sido buena, pero al paso del tiempo nos comenzamos a alejar. Con Gabriel hubo poca convivencia pues en aquellos tiempos teníamos intereses y personalidades muy diferentes, el muy estudioso, interesado en la vida social y una predilección juntarse con  los adultos de la familia.

Salía poco a la calle, de la casa a la escuela y de la escuela a la casa. Esa era la gran diferencia con la vida de mi niñez. Antes salía a la calle a jugar, y ya en México, no logré hacer amigos en la colonia donde vivía. Cuando veía chicos de mi edad, me daba la impresión de que se burlarían de mí, o que me atacarían, así que prefería evitarlos y regresaba a casa lo más rápido posible.  

—La gran ciudad le dio pánico escénico— dijo Citlali.

Le dedicaba muchas horas a hacer mis deberes escolares, tal vez mas de las necesarias. La televisión en México nunca me cautivó. Siempre me quede extrañando los programas que veía de niño, como Batman, los Picapiedra, los locos Adams, Lassie, y el Llanero Solitario, entre otros. Solo algunos s programas cómicos me gustaban, como La Carabina de Ambrosio y el Chavo del Ocho, pero Pelayo, Chabelo y Siempre en Domingo eran verdaderamente insufribles. Jugaba mucho a las barajas, sobre todo a un juego de solitario. Hacía yo dos equipos, les repartía las cartas, y uno ganaba y otro perdía, pero yo era el único jugador.

—¿En serio? — preguntó incrédula Citlali.

—Hace poco leí un libro sensacional, La Novela de Ajedrez, de Stefan Zweig.  El protagonista es capturado y lo mantienen aislado del mundo. Para no enloquecer, juega ajedrez contra sí mismo, sin tablero y sin piezas. Todos los movimientos los realiza en su mente…eso ya está a otro nivel.

Fue un gran alivio cuando me inscribí a unos cursos de inglés en el Instituto Angloamericano, que estaba a unos quince minutos caminando de mi casa. Disfrutaba las caminatas de ida y vuelta, las clases, y me encantaban los libros con los que practicábamos pues me abrían el mundo de Inglaterra. Algunos compañeros me caían bien y me encantaba ver de reojo a una chica muy guapa, trigueña clara, que aparte vestía muy elegante al estilo escocés. Pero nunca le hablé. Mis idas al Anglo eran un espacio preciosísimo de libertad personal.

Mi cuerpo comenzó a cambiar, primero la voz, el vello corporal, todo eso…el bigote y la barba nunca me salieron bien, y ya de adulto, a lo más a lo que llegué fue a una piochita, más rala que la de Yaser Arafat. Enfrenté la etapa de los granos en la cara, que fue bastante agresiva. Una infinidad de marcas rojas me cubrían la frente, las mejillas y la barbilla, tapando todo mi rostro. Lidié con ellos durante varios años hasta que empezaron a desaparecer. Mi voz comenzó a sonar como bocina descompuesta.  Un día, de visita en casa de mi tío Felipe, decidió grabarnos, a sus hijos y a mí. Escuchar mi voz fue una experiencia verdaderamente horrible. El sonido de bocina descompuesta fue desapareciendo muy gradualmente.  Me ha tocado escuchar voces muy sonoras, de esas que uno siente la vibración hasta en la yema de los dedos, con sonidos claros, bien definidos. La mía era opaca y no hacía vibrar ni mis pestañas.  

En la escuela, me apodaron el Gusano. Aparte de mi delgadez algo notarían mis compañeros.   Nunca he podido dar un buen apretón de manos. Cuando saludo a alguien de mano, la mía no embona, se queda tiesa o no la muevo como debe ser, o tal vez sea un tema de la muñeca o del brazo y no de la mano. Es algo que nunca pude entender.

 —Oiga, yo me imagino que no habrá sido tan feo de joven. Con pelo, no sé si lacio o chino, sin arrugas y de buena estatura… pues no ha de haber estado tan mal. Enséñeme una foto, ándele…

Saqué una cajita metálica del archivero, y le mostré una donde aparezco cargando un perro.

—Ya vio, dijo Citlali entretenida.  —Y a usted que le gusta describirse casi como un monstruo…

Me sentí complacido, muy a mi pesar.

—Pero añádele mi voz toda fea, y los granitos en la cara…

—Párele. ¡Tampoco es que lo haya diseñado la inteligencia artificial! Soltó una risita, divertida.

 

Noche 6.  Rancho Contento

 

Aún llegaban a la ventana los últimos resplandores del atardecer por la altura tan considerable donde se ubica la biblioteca. El pueblo, al sur; La Peña, al poniente. Un poco más tarde llegó Citlali.

—Venía subiendo por la vereda y vi unos árboles de hoja muy rala pero llenos de flores amarillas. ¿Cuáles son?

—Mi madre recolectó las semillas en Tierra Caliente, por el rumbo de Otzoloapan. Siempre dijo que cuando ella faltara, y viéramos esas flores, pensáramos en ella. Y eso es exactamente lo que me sucede todas las mañanas, cuando bajo al pueblo  y las veo. Las ardillas y los cacomixtles se han encargado de esparcirlas, y ahora el árbol está por todos lados. El fruto parece un limón persa, y la semilla al centro es enorme, con forma parecida a una concha de mar. Le nombran “codos de fraile”. Con ellos se elaboran los cascabeles que utilizan los danzantes folclóricos en los pies. Es un instrumento musical muy ingenioso pero un tanto primitivo.

-Ya sé cuáles. ¿Pero cómo se llama el árbol?

Me quedé pensando si convendría hacer un poco de erudición con este tema que me llegaba rodado.

-Viene de la palabra náhuatl “ayoyotl” pero le puedes decir ayoyote. “YOTL” significa calabaza. Al repetir la primera sílaba o parte de ella, se usa para expresar pluralidad, intensidad, frecuencia o para crear diminutivos y formas afectivas. Al decir a-yo-yotl, se indica que es un fruto pequeño y esférico. Me encanta cómo funciona el náhuatl.

— ¿A ver, otro ejemplo de esa repetición?

—Cacáhuatl…

— ¿Perdón? ¿Escuché bien? — dijo sorprendida

Procuré mantener la seriedad, pero no pude ocultar una sonrisa.

-La raíz es cáhuatl que significa semilla, y ca-cáhuatl hace referencia a que hay muchas semillas dentro de una vaina.

—Es muy culto usted —, dijo en tono que pretendía ser un reproche, — pero después de una pausa soltó:  —¿Que pasaría con un tartamudo?

Y ella sola se contestó:

—Que de todo le darían de más, supongo.

Los dos nos reímos de buena gana. Estábamos frente a frente, y de pura casualidad, había una bandeja con cacahuates con cáscara que había comprado en el mercado. No le comenté a Citlali que muchas veces, en la soledad del cerro en el que vivo, me distraigo buscando información sobre las plantas y los insectos que encuentro. Y más recientemente, comencé a obsesionarme por las palabras en náhuatl, por una extraña asociación de ideas. Entre cáscara y cáscara, volví a sumergirme en mi pasado.

En aquellos años en que vivimos en la casa de la Guadalupe Inn, los hermanos de mi madre y ella decidieron emprender un proyecto semi campestre en la localidad de Tenancingo, Estado de México. Compraron un terreno grande y ahí hicieron un conjunto de ocho casas individuales. Había una pequeña cancha de futbol, otra de squash, y una alberca mediana. Lo demás eran jardines. Se llamó Rancho Contento. Íbamos ahí cada semana o a más tardar cada quince días. La convivencia era intensa con los primos, y la de mi madre con sus hermanos y cuñados, y desde luego con mi abuela Omma. Los domingos siempre había una comida comunitaria. Cada familia (las tías y mi madre) preparaban un platillo basto para compartir. Ignoro si se pondrían de acuerdo en qué prepararía cada una, pero el resultado eran banquetes suculentos. Eran buenas cocineras y se esmeraban por quedar bien. Nunca he sido un buen gourmet, así que solo recuerdo los bolillos con chorizo recién asado, crepas de rajas, mousse de camarón, cecina con guacamole y unas gelatinas con frutas ahogadas. De tomar había aguas frescas, ya fuera de horchata, jamaica o de tamarindo.

La mayor parte del tiempo, sábado por la tarde y domingo por la mañana, lo dedicábamos a jugar futbol. Organizábamos partidos con formatos que dependían del número de los que   estuviéramos presentes: cinco contra cinco, tres contra tres, y así. Cuando de plano no se lograban juntar jugadores para los dos equipos, salíamos a la calle, y ahí había muchísimos niños de todas las edades. Seleccionábamos a los que necesitábamos, los invitábamos a nuestra privada, y ellos iban encantados de jugar en una cancha con césped. A veces jugábamos nosotros contra los “niños pobres” lo cual era siempre una masacre, así que repartíamos a los niños pobres en los dos equipos para tener partidos equilibrados.

—Oiga, más respeto. ¿Cómo que los niños pobres? Uno no debe referirse a las personas por ese tipo de características—, dijo Citlali.

—Tienes razón, así hablábamos hace cincuenta años y ahora no se oye bien. Pero me entendiste…

 Los marcadores eran abultadísimos, algo así como 45-36 y no parábamos hasta que se metía el sol. Mas adelante, varios de mis primos tuvieron motocicletas, A mí me compraron una bicicleta con la que fui feliz.  Me iba al centro, tal vez varias veces al día por diferentes rutas, y muy seguido salía a las localidades rurales que estaban cerca, a unos cinco o diez kilómetros de distancia. Se cruzaban llanos muy hermosos, cultivados con maíz, algunas hortalizas, y también había varios huertos de aguacate y zarzamora. Usualmente íbamos tres o cuatro.  El mejor ciclista era definitivamente yo, en una época en que no estaba tan consolidado como deporte. Uno se subía a la bicicleta con la ropa que traía puesta, no como ahora, que los ciclistas utilizan atuendos especiales, y llevan aparatos muy sofisticados para guiarse y saber cuántas calorías quemaron. A veces nos juntábamos toda la bola de primos a contar chistes o platicar anécdotas, y en general me llevaba bien con todos. Con mi padre jugué ajedrez muchas tardes.  El me enseñó el juego y algunas estrategias. A veces participaba alguien más, pero no era tan seguido, y yo me quedaba al lado de mi padre observando las partidas.

Con mis tíos siempre mantuve una actitud distante. Me inspiraban cierto temor y prefería mantenerme alejado de ellos. Los hermanos Pichardo, tanto hombres como mujeres, eran la parte dominante en sus matrimonios. Mi padre siempre se mostró dócil ante mi madre, y procuraba darle gusto en todo. Mi madre lo trató siempre bien, conversaban bastante entre ellos, pero mi padre desentonaba en el ámbito Pichardo. Ellos eran hombres de negocios, hombres de acción, hombres que supieron hacer un buen capital. Mi padre en cambio era un intelectual. Fue uno de los íconos en la historia económica de nuestro país. Tuvo cercanía y colaboró con algunos de  los intelectuales más reconocidos de su juventud, como Vicente Lombardo Toledano, Martin Luis Guzmán y Daniel Cosío Villegas, entre otros. Mi tío Felipe, ingeniero petrolero y próspero constructor, jamás supo quiénes serían esos personajes. Mi tío Carlos, ingeniero especialista en soldadura -el primero que hubo en México- me imagino que tampoco. Así que mi padre era un extraño en el clan, por más que siempre se mostró amable y le gustaba charlar con todos, o intentarlo. -Amigo Felipe, le dijo un día a manera de saludo. -Fernando, tú y yo no somos amigos, somos parientes, que es diferente.

—Rudeza innecesaria, intercaló Citlali.

Muchos años después, durante la última vejez en la larga vida de mi madre, le agradecí al tío Felipe todo lo que había hecho por ella, a lo que me contestó: «No lo hago por tu madre, lo hago por mi hermana, que es diferente». Más claro ni el agua, y en mi adolescencia tuve el atisbo de ese rechazo que se fue confirmando con los años. Al ser mi padre un intelectual, y los otros hombres de negocios, nuestra familia siempre fue la que tuvo menores recursos económicos. No es que nos faltara nada, pero siempre estábamos a la zaga, ya fuera en el tamaño de nuestra casa, los modelos de nuestros carros, y la ropa que usábamos.

Desde entonces me quedó cierto dualismo en torno al dinero. Por una parte, pensé que yo sí haría dinero como mis tíos. Por la otra, tenía el ejemplo de mi padre, que disfrutaba muchísimo escribiendo artículos y notas. Lo recuerdo perfectamente con su bloc y su lápiz, en una mesa pequeña que sacaba al jardín de la casita de Tenancingo. Para el fin de semana empacaba un portafolios de cuero con sus libros, fácilmente cinco o más, y desde que se subía al auto -manejaba mi madre- iba leyendo y subrayando, lo cual era notable, pues sus subrayados eran perfectos. Para eso tenía un pulso de cirujano.

En alguna ocasión en que nos juntamos a charlar primos y primas, alguna de ellas tuvo la idea de que formarían dos equipos, liderados por ellas. Irían escogiendo a los hombres que estábamos ahí, lo cual era práctica usual entre nosotros antes de nuestros partidos. Pero en esta ocasión seleccionarían por el atractivo físico de cada uno. Las primeras elecciones eran casi obvias, pues había algunos con fama de bien parecidos. Yo sentía que me escogerían hacia el final, pero, antes de que dijeran el nombre del siguiente seleccionado, no perdía la esperanza de que fuera el mío. Pero fui el último. Los días que siguieron no dejé de recriminarme haber participado en ese juego. Una cosa es ser el patito feo y otra diferente estarlo demostrando.

—Zas. Eso si estuvo muy cruel—exclamó Citlali, indignada.

Hacia el final de esa época de Tenancingo, algunos de los primos salían a las calles al atardecer en el auto de uno de ellos (no todos teníamos) a conocer muchachas pueblerinas e invitarlas a subir. Si accedían les invitaban un helado y luego iban a estacionar a algún lugar discreto para retozar un poco. Alguna vez fui con ellos. Traté de hacer lo mismo, pero no se me dio. Solo logré intercambiar algunas palabras con la chica, pero la mayor parte del tiempo esperamos a que los demás terminaran con su juego. A mediados de los setenta, abundaban los niños y jóvenes por el crecimiento demográfico brutal de aquellos años. No había ese resentimiento de clase entre ricos y pobres que se siente ahora. Tenía la percepción, que ahora asumo equivocada, que cada uno aceptaba su lugar en el mundo, y no era extraño que las chicas pobres compartieran con los niños ricos. Ese mundo se terminó en parte por el esfuerzo educativo del gobierno, lo que ahora se llamaría el empoderamiento de las mujeres, y por la aparición de bandas criminales y la delincuencia organizada.

Citlali se arremolinó en su sillón, pelando un cacahuate con tanta fuerza que la cáscara crujió entre sus dedos. Me interrumpió de golpe, con una molestia nítida en la voz:

— ¿Qué diablos se creían ustedes? Salir a acosar chicas…no tiene perdón…aunque dice que ellas aceptaban…En fin, no me lo puedo imaginar.  ¡Pero sí le digo, me da rabia eso!

—Sabía que te podías enojar, sobre todo después de que te conté lo de los “niños pobres”. Pero preferí ser transparente y no omitir este tipo de detalles.

—Ningunos detalles—remató ella, aún molesta.  

En aquellos años de Tenancingo aprendí a manejar, lo cual era uno de mis logros que más me llenaba de orgullo. En la casa, la que manejaba casi siempre era mi madre. Mi padre solo aprendió a conducir automóvil hasta después de haberse casado, y nunca fue un buen piloto, ni le gustó estar al volante. Mi madre era muy buena conductora, algo notable para la época, siendo mujer. Sobre todo, en carretera. A ella le habían enseñado desde muy joven sus primos varones y fue ella quien me transmitió muchos consejos para conducir, tales como frenar antes de la curva y acelerar al salir de ella, frenar con motor haciendo los cambios de embrague, alinear el centro del cofre con la línea blanca de la carretera, nunca pasar sobre lo que pudiera parecer una bolsa o una caja de cartón, dar y pedir los cambios de luz larga, nunca rebasar en columpios verticales, hacia dónde mirar para no dejarse deslumbrar por los autos que viniesen en sentido contrario, entre muchos otros. Puse gran empeño en aprender, y no pasó mucho tiempo antes de que yo fuera el chofer designado para trasladarnos todos de la ciudad de México a Tenancingo. Uno de mis grandes orgullos fue el día que por primera vez me llevé yo solo el auto de la familia a hacer alguna diligencia dentro de la ciudad.  Luego tuve que aprender a lidiar con policías y con mecánicos, que son la eterna pesadilla de todo automovilista.

—Y ahora ya no maneja—, dijo Citlali, —más que su bici y su cuatrimoto. Pero le voy a decir algo que no le va a gustar. Me hace un retrato de unos niños ricos de telenovela, medios prepotentes, medios bobos, unos más que otros…

Las casas de Tenancingo se vendieron por ahí del año 1985. Al crecer, muchos de nosotros encontrábamos aburrido el pueblo y preferíamos tener actividades en la ciudad. Además, mi abuela Omma tenía un rancho de 120 hectáreas en la localidad de Valle de Bravo, y ya había dicho, desde muchos años antes, que ese rancho lo dividiría entre sus nietos. Valle de Bravo era la joya de la corona turística del Estado de México, por la presa y sus calles típicas de poblado mexicano antiguo. Tenía una vida nocturna que Tenancingo no tenía, así que la tentación fue grande. Entre todas las cinco familias descendientes de la Omma, y herederas del Rancho en Valle de Bravo, comenzó la inquietud por el traslado hacia allá y el abandono del “Rancho Contento”. Nosotros los Rosenzweig, comenzamos a construir nuestra casa a la mitad del cerro que nos tocó, con una vista hacia el pueblo y las torres de la parroquia hacia el Sur y la presa, hacia el Poniente. Fue un reto para nosotros hacer esa casa. Mis tíos los ingenieros no pensaron que lo lograríamos, pues ni éramos empresarios ni teníamos ninguna experiencia en la construcción. La casa la construimos, evidentemente, con recursos de mi padre, pero no hubiese sido posible sin el empeño y corazón que pusimos mi madre y yo. La construcción de esta casa marcó un hito en la relación con mis tíos los ingenieros, pues marcaba el fin de nuestra dependencia hacia ellos, el fin de su liderazgo, el final de la historia en la que ellos siempre fueron los mejores, y dejaba claro que nosotros, los Rosenzweig, también podíamos.

—¡Tomen para que aprendan! — exclamó Citlali, mientras se ataba los tenis que se había quitado, como era su costumbre.

 

Noche 7. Ladrillos y Maíz

Cuando llegó, noté a Citlali un poco desmejorada, con cansancio en su semblante. No había parado de hacer cortes y peinados para todas las chicas que querían estar guapas en su fiesta de graduación de preparatoria, que sería esa noche.

—Hoy sí me cansé —dijo, dejándose caer en el sillón—. Vengo rendida. Lo normal son dos o tres cortes en una mañana, pero hoy no paré ni para el almuerzo. A la última chica le dije que se le veía bien su cabello largo porque ya no tenía fuerzas ni para tomar las tijeras. Nada más la peiné; me quedó bien, y se fue contenta. No creo que usted sepa lo que es trabajar así de duro.

Durante unas vacaciones de verano en Rancho Contento, uno de mis tíos tuvo la idea de ponernos a trabajar en la obra del mercado municipal de Tenancingo, donde él era contratista, para que fuéramos conociendo el valor del esfuerzo y del dinero. En aquel entonces ninguno de nosotros había cumplido los dieciocho años, pero eso no era impedimento; ni siquiera se había inventado la credencial del INE. Yo acepté con gusto; ya tenía esa edad en que uno quiere despertar al mundo.

Llegamos muy temprano en nuestras bicicletas y las encargamos con uno de los intendentes. Había unas torres de ladrillo rojo apiladas en uno de los patios de maniobra y nuestro trabajo consistió en trasladarlas a otro lugar. Los primeros montones los cargamos a pulso; no serían más de cinco por viaje. Pronto surgió la idea de hacer una cadena humana; nos colocamos a una distancia de unos tres metros de separación y nos aventábamos los ladrillos de mano en mano. Fue divertido, pero pronto nos cansamos. Al día siguiente ya teníamos dolor de espalda y ampollas en las manos. Por puro pundonor, como diría mi padre, logramos terminar la pila que nos asignaron. Muy satisfechos, fuimos a comentarle al supervisor que ya habíamos cumplido y que nos marchábamos. Nos miró con una sonrisa burlona, y nos asignó una pila aún más grande que la que ya habíamos movido y nos advirtió que la salida era a las cinco de la tarde, ni un minuto menos. No tengo claro cuántos días más aguantamos; ni siquiera recuerdo haber recibido mi pago. Con tal de no volver a la obra, nos dimos por bien servidos.


Albañiles influyentes. ¡Lo que me faltaba! —dijo sonriendo, y luego le ganó la risa—. Ya me puso de buen humor. Cuénteme de otro trabajo de esos…

—No fue precisamente un trabajo; digamos que tan solo fue una capacitación.

Durante la preparatoria, en un viaje escolar, nos llevaron a un centro de experimentación para nuevas variedades de maíz que dirigía un técnico suizo, por el rumbo de San Felipe del Progreso. La tarde de nuestra llegada nos pasaron a un jacalón de adobe y piso de tierra, y nos explicaron los experimentos que estaban haciendo con distintas cruzas de maíces criollos. Al día siguiente, nos levantaron al alba para conocer la “parte práctica”. Nuestra tarea era arrancar las mazorcas, deshojarlas y encostalarlas. Nos dieron un clavo largo para abrir la mazorca, y nos sugirieron que utilizáramos los guantes de felpa que nos habían pedido llevar.

Durante las primeras horas echamos competencias para ver quién llenaba su talega de yute más rápido. Para la tarde, el furor deportivo se nos había pasado. Comenzó a caer la noche junto con una fina llovizna. El barro se emplastaba en las suelas de los zapatos, y las aletas de la nariz y las orejas comenzaban a doler. Del cansancio, hasta atinar a la mazorca con el clavo se complicaba. Nunca nos aclararon el objetivo del «bloque práctico», pero me quedó más claro cuando volvimos al jacal ateridos de frío: el suizo estaba arrellanado en un sillón de mimbre, con un jarro de ponche y una pila de libros al lado.

—Debí suponerlo. —remató Citlali—. Ni obreros ni campesinos. De seguro se volvieron unos chicos estudiosos—dijo entre risas.

Noche 8. Mi padre, mi ídolo

—Toma, mira esto —le dije a Citlali mientras le extendía un par de cuartillas engrapadas—. Es lo que he logrado reconstruir sobre la vida pública de mi padre. No espero que lo leas completo. Nada más echa un vistazo; fíjate en algunos nombres de personas y de lugares y te darás una idea de quien fue. Vienen algunas semblanzas de él en algunas enciclopedias, pero es una pena que en ningún lugar esté su biografía completa. Logré reconstruirla con base en mis recuerdos y verifiqué datos y fechas con la ayuda de la inteligencia artificial.

 Ella se acomodó en el sillón, encendió la lámpara de mesa y recibió los papeles. Se tomó su tiempo. Mientras yo observaba en silencio cómo sus ojos recorrían aquellas líneas, el peso de la historia nacional y familiar comenzó a flotar en la habitación.

 

 

Mi Padre: El Intelectual, el Historiador y el Maestro. Fernando Rosenzweig Hernández: (1922-1988)

La trayectoria de Fernando Rosenzweig Hernández se cimentó en el efervescente ambiente intelectual del México de los años cuarenta. Durante su paso por las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria y, posteriormente, en las Facultades de Derecho y Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Rosenzweig formó parte de una constelación de jóvenes brillantes que se convertirían en los arquitectos del Estado mexicano de la segunda mitad del siglo XX. En los pasillos universitarios coincidió y debatió con personajes de la talla de José López Portillo, Luis Echeverría Álvarez, Jesús Reyes Heroles, Horacio Flores de la Peña y Emilio Mújica Montoya, entre otros.

Esta coincidencia no fue meramente casual; constituyó un eslabón generacional definitivo. Mientras compartían cátedras y lecturas sobre el nacionalismo revolucionario y el destino del país, se tejieron redes de respeto técnico e ideológico que, décadas más tarde, se reactivarían para llamarlo a ocupar las más altas responsabilidades en la planeación económica e institucional de la República. Sin embargo, a diferencia de algunos de sus contemporáneos que optaron tempranamente por el pragmatismo político, Rosenzweig eligió el camino del rigor científico y la intransigencia ética.

A principios de la década de los cincuenta, Rosenzweig combinaba su labor como economista con el periodismo de ideas. Se desempeñaba como jefe de redacción en la revista Tiempo, el influyente semanario fundado y dirigido por el célebre novelista revolucionario Martín Luis Guzmán. Fue en la coyuntura electoral del 6 de julio de 1952 cuando sus convicciones de izquierda lo llevaron a protagonizar un acto de abierto desafío al régimen. Junto a intelectuales como Manuel Marcué Pardiñas y Jorge Carrión, Rosenzweig firmó y publicó un "voto razonado" a favor del candidato del Partido Popular, Vicente Lombardo Toledano, manifestándose en contra de la continuidad oficialista que representaba Adolfo Ruiz Cortines.

La reacción del aparato estatal fue inmediata y severa. Rosenzweig fue citado al despacho principal del Banco de México por el propio Director General, el licenciado Carlos Novoa. En una tensa reprimenda institucional, Novoa le reclamó duramente la osadía de morder la mano presupuestal que lo alimentaba, argumentando la incompatibilidad de recibir un sueldo del Estado mientras se atacaba públicamente al candidato del régimen. Rosenzweig defendió su dignidad con entereza, sosteniendo que su permanencia en el banco central dependía de su probada calidad técnica y estadística, no de una forzada sumisión ideológica.

Este choque político encendió la mecha de una crisis insostenible dentro de la redacción de Tiempo, donde la convivencia entre el criterio histórico del equipo técnico y las directrices de Martín Luis Guzmán terminó por fracturarse por completo. El detonante definitivo fue la cobertura impuesta de un desfile masivo organizado para ensalzar al presidente saliente Miguel Alemán Valdés. Guzmán, plenamente alineado con los intereses económicos y propagandísticos del alemanismo, ordenó mutilar, reescribir y alterar de forma arbitraria las crónicas de los reporteros para eliminar cualquier matiz crítico o análisis objetivo de la realidad social del país.

Para Rosenzweig y su equipo, esta intervención sistemática representaba una humillación profesional y una traición al propósito original del semanario. No estaban dispuestos a convertir la revista en un mero folletín de adulación palaciega ni en un instrumento de propaganda ciega. En un acto de dignidad gremial sin precedentes, Rosenzweig encabezó una célebre renuncia colectiva en bloque junto a su jefe de información Ernesto Álvarez Nolasco y redactores de la talla de Mario Gill, Luis Suárez y Germán List Arzubide. El manifiesto público de su dimisión se difundió íntegramente en las páginas del diario El Popular, denunciando ante la opinión pública la incompatibilidad absoluta entre el ejercicio del periodismo ético y la censura ideológica impuesta desde la dirección de la revista.

Aislado provisionalmente de los círculos oficiales por su disidencia, Rosenzweig demostró una versatilidad profesional extraordinaria. En 1954, se incorporó a la Comisión del Papaloapan bajo la dirección humanista del ingeniero Raúl Sandoval Landázuri. Incursionó en la tarea de diseñar y supervisar el sistema de crédito agrícola para las comunidades y ejidos indígenas desplazados por la Presa Miguel Alemán. Esta intensa labor de campo lo llevó a residir de forma permanente, entre 1956 y principios de 1957, en el campamento central de Ciudad Alemán, Veracruz, experiencia que dio origen a su célebre balance "Crédito agrícola en el Papaloapan" (1957) y consolidó su convicción de que los números debían servir para la emancipación social.

Su destreza en estas materias llamó de inmediato la atención del Banco de México, institución a la que ingresó formalmente en 1955 como pilar técnico de primer orden, y desde la cual el historiador Daniel Cosío Villegas lo reclutó para el monumental proyecto de la Historia Moderna de México. Operando bajo un esquema de colaboración institucional y "doble sombrero", el banco central lo comisionó entre 1956 y principios de 1957 para regresar a la cuenca del sureste y residir de forma permanente en el campamento central de Ciudad Alemán, Veracruz. Esta intensa inmersión en el campo le permitió procesar sobre el terreno el balance final del sistema de financiamiento rural, experiencia que dio origen a su célebre estudio "Crédito agrícola en el Papaloapan" (publicado formalmente en 1957) y consolidó su convicción de que los números debían servir para la emancipación social.

A su regreso definitivo a las oficinas de gabinete en la capital, Rosenzweig dividió sus jornadas entre la planeación macroeconómica contemporánea del banco y el procesamiento de ingentes bases de datos sobre moneda, banca y comercio exterior del siglo XIX. Esta titánica aportación académica culminó en 1965 con la publicación de los tomos de "La Vida Económica" del Porfiriato correspondiente a la Historia Moderna de México, introduciendo por primera vez en México las herramientas de la historia económica cuantitativa.

 

 

A la par de este extenuante trabajo de investigación histórica en los años sesenta, y con el fin de complementar sus ingresos, Rosenzweig recurrió a su notable dominio del idioma inglés y su bagaje teórico. Se convirtió en un prolífico traductor externo para la Sección de Obras de Economía del Fondo de Cultura Económica (FCE). Entre sus aportaciones editoriales más destacadas de este periodo se encuentran la traducción del clásico de Arthur S. Link, La política de Estados Unidos en América Latina (1913-1916) (publicado en 1960); el compendio colectivo coordinado por Everett E. Hagen, Planeación del desarrollo económico (editado en 1964); y el célebre manual universitario de George Leland Bach, Tratado de economía. Estas minuciosas traducciones no solo oxigenaron su economía personal, sino que formaron a generaciones de economistas hispanohablantes al poner a su alcance las discusiones de vanguardia de la teoría del desarrollo internacional.

La solvencia demostrada en el Papaloapan convirtió a Rosenzweig en un cuadro técnico de exportación para los organismos multilaterales. En 1966, la FAO lo reclutó como experto internacional para dirigir los estudios del Proyecto de Desarrollo de la Cuenca del Huallaga Central, con sede en Tarapoto, en la Amazonía peruana. Durante tres años, aplicó modelos de colonización dirigida y estructuró sistemas de crédito rural para los nuevos asentamientos de la selva alta. En 1970, la FAO extendió su misión internacional y lo asignó a Quito, Ecuador, como experto asesor en planificación económica, donde colaboró estrechamente con las agencias estatales en el umbral del auge petrolero andino.

Su regreso de Ecuador a México ocurrió a principios de 1971, año en el que se trasladó formalmente a colaborar con el Gobierno del Estado de México. No obstante, sus diferencias con la política estatal  lo llevaron nuevamente al extranjero en 1972, trasladándose a Guatemala como consultor especializado en el proyecto GAFICA (Grupo Asesor de la FAO para la Integración Económica Centroamericana), un ambicioso esfuerzo técnico por articular los sectores agropecuarios de las naciones del istmo centroamericano.

El bagaje acumulado en el extranjero y su impecable reputación motivaron a sus antiguos colegas a convocarlo en las vísperas del nacimiento de un nuevo centro de excelencia. Así, en noviembre de 1974, Rosenzweig figuró como cofundador y primer Director de la División de Investigación del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). En este arranque, la naciente institución -impulsada por Francisco Javier Alejo y el propio Echeverría- estuvo presidida por su entrañable compañero de la UNAM, Horacio Flores de la Peña, quien fungió como el primer presidente del CIDE.

Bajo la dupla de Flores de la Peña en la presidencia y Rosenzweig en la dirección de investigación, la institución asumió un rol histórico trascendental: convertirse en un refugio intelectual para decenas de académicos y científicos sociales que huían de las dictaduras militares en el Cono Sur, tras el sangriento derrocamiento de Salvador Allende en Chile (1973) y los golpes de Estado en Uruguay y Argentina. Rosenzweig integró a estos brillantes exiliados latinoamericanos a las áreas de investigación del CIDE, consolidando un espacio de pensamiento crítico y plural de alcance continental que marcó la formación de nuevas generaciones de economistas.

El advenimiento del sexenio de su antiguo compañero de aulas de la UNAM, José López Portillo, en 1976, reactivó las redes generacionales y colocó a Rosenzweig en el núcleo de la alta burocracia financiera. Tras colaborar en el IEPES formulando el Plan Básico de Gobierno, fue nombrado en 1977 como Director General de Política de Ingresos en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP). En esta trinchera colaboró de forma muy estrecha con Julio Rodolfo Moctezuma Cid, primer Secretario de Hacienda de ese gobierno y un funcionario estrechamente ligado a Horacio Flores de la Peña (de quien había sido colaborador clave como Oficial Mayor cuando Flores de la Peña encabezó la Secretaría de Patrimonio Nacional en el sexenio previo).

Fiel a su vocación integradora, Rosenzweig invitó a colaborar en Hacienda a destacados economistas del exilio latinoamericano que laboraban en el CIDE; entre ellos, de manera muy prominente, al uruguayo Samuel Lichtensztejn (exrector de la Universidad de la República en Montevideo), quien se desempeñó como asesor macroeconómico de primer nivel en la dependencia.

Fue justamente este equipo técnico y de asesoría internacional, encabezado por Rosenzweig y bajo el cobijo de Julio Rodolfo Moctezuma, el encargado de diseñar y formular por primera vez en México el Impuesto al Valor Agregado (IVA). El objetivo era sustituir el obsoleto Impuesto sobre Ingresos Mercantiles, que cobraba tasas en cascada y distorsionaba la economía. Inspirados en los modelos de fiscalidad europeos y en las rigurosas proyecciones macroeconómicas que Lichtensztejn y los técnicos nacionales desarrollaron entre 1977 y 1978, se estructuró la base gravable que finalmente adoptaría el Congreso. Aunque diseñado conceptualmente bajo la dirección de Rosenzweig en la primera mitad del sexenio, este impuesto entró en vigor formalmente el 1 de enero de 1980, transformando radicalmente la recaudación del Estado moderno.

Al concluir su periodo en Hacienda, Rosenzweig continuó colaborando de forma muy estrecha con el licenciado Julio Rodolfo Moctezuma Cid en uno de los magnos proyectos de infraestructura del régimen: el ambicioso Programa de Puertos Industriales. Durante su primera etapa, operó en la Presidencia de la República bajo la conducción directa de Moctezuma Cid —titular de la Coordinación de Proyectos de Desarrollo—, encargándose del diseño, la planeación y el estudio de la viabilidad económica de terminales marítimas estratégicas como Lázaro Cárdenas, Coatzacoalcos y Altamira. Posteriormente, al transferirse institucionalmente el proyecto a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), el propio Rosenzweig fue designado para encabezar la Coordinación General de Puertos Industriales, asumiendo la máxima responsabilidad ejecutiva del programa. El objetivo de esta titánica empresa era descentralizar la industria pesada y preparar los litorales nacionales para el auge del comercio exterior y la exportación energética.

Posteriormente, en 1983, su pulcritud ética le abrió las puertas de la recién creada Secretaría de la Contraloría General de la Federación, donde sirvió como Comisario. Hacia febrero de 1984, a propuesta de su antiguo compañero de las aulas universitarias, Don Jesús Reyes Heroles —entonces titular de la Secretaría de Educación Pública—, el presidente Miguel de la Madrid lo designó Director General del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA). En este puesto, Rosenzweig se reencontró con su antigua vocación social por las comunidades marginadas, universalizando los servicios de alfabetización en todo el país hasta octubre de 1985, encargo que dejó pocos meses después del sensible fallecimiento del secretario Reyes Heroles.

Los años de madurez de Fernando Rosenzweig se consagraron a la docencia de alta dirección, la descentralización de la cultura y la ciencia. A la par de sus responsabilidades en el sector público, y motivado por una profunda reestructuración institucional promovida por el entonces director de la facultad de economía, Pedro Aspe Armella, Rosenzweig se había incorporado como profesor investigador de tiempo completo en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), donde consolidó su reputación como un docente entrañable y formador de nuevas élites técnicas. Tras concluir su ciclo en el servicio público federal, y convencido de que la historia económica debía nutrir también las identidades locales, en 1986 se sumó al núcleo selecto de intelectuales fundadores de El Colegio Mexiquense en Zinacantepec, Estado de México, impulsando investigaciones de corte regional que analizaban las haciendas, la industria y los movimientos sociales de los municipios mexiquenses. Por esta brillante aportación académica de rescate de la memoria local

Por esta brillante aportación académica de rescate de la memoria local, el gobierno estatal le otorgó la máxima distinción civil de la entidad: la Presea Estado de México "Ángel María Garibay Kintana", un galardón destinado a honrar a aquellos hombres cuya obra científica, literaria y humanística ha dejado una huella indeleble en el desarrollo cultural del Estado de México.

Su fallecimiento ocurrió en 1988, dejando tras de sí el ejemplo insólito de un hombre que transitó por las oficinas más complejas del Estado nacional y los organismos globales sin perder jamás la calidez humana, la bonhomía intelectual ni la lealtad a los principios de justicia social. En reconocimiento a su papel fundador y a la donación de su valioso acervo personal, El Colegio Mexiquense bautizó a su principal repositorio documental como el Centro de Recursos Documentales y de Información "Fernando Rosenzweig", el cual resguarda su memoria viva y continúa sirviendo de faro para las nuevas generaciones de científicos sociales en el corazón de México.

El relieve intelectual y la trascendencia pública de Fernando Rosenzweig Hernández quedaron firmemente registrados en las obras de referencia y la literatura especializada del país. Su trayectoria biográfica, sus contribuciones al desarrollo regional y su intachable conducta institucional son objeto de consulta obligada en las páginas de la Enciclopedia de México, donde su ficha resalta el doble perfil del economista docto y el historiador renovador. Asimismo, tras su deceso, la comunidad académica se volcó en honrar su memoria; destaca de manera muy particular la revista Estudios del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), que dedicó un número especial con rigurosos artículos de homenaje post mortem. Dichos textos, redactados por colegas e investigadores que compartieron con él los cubículos universitarios y las misiones internacionales, desmenuzaron tanto su revolucionaria aportación a la historia agraria y estadística como las virtudes personales de un maestro entrañable, generoso y poseedor de una agudeza analítica irrepetible.

Mi Padre, Modo Familia

Citlali bajó lentamente las hojas, las colocó sobre sus piernas y se quedó mirando fijamente a la estantería, como si los libros hubiesen cobrado vida durante su lectura. El silencio de la sala parecía sopesar el peso de los nombres que acababa de leer.

—No entiendo de política, pero supongo que su padre corrió con suerte —se animó a decir Citlali.

—Cómo me hubiese gustado que, en esta charla que tengo contigo, él estuviese presente. Te voy a contestar a la luz de las experiencias que yo tuve en el gobierno y en la academia. Los llamados “intelectuales” son reconocidos porque tienen mentes privilegiadas, que son capaces de razonar lo que otros no ven, de encontrar vínculos entre fenómenos que nadie más ha visto, que poseen una memoria más robusta que los demás y que, aparte de todo, han tenido la disciplina de escribir y desarrollar sus ideas con un método, sin caprichos y sin ocurrencias. Por lo mismo tienden a ser arrogantes, o por decir lo menos, no se juntan con cualquiera. Si van a platicar de algo les gusta que sus interlocutores estén a su nivel. Supongo que muchos de los personajes que ya he mencionado eran engreídos y no tan fáciles de trato en cuestiones de trabajo. Imagino a mi padre, saltando de temas, del crédito agrícola a la historia económica del porfiriato, al diseño de los impuestos como el valor agregado, a coordinar proyectos gigantescos de desarrollo regional o instituciones complejas como la educación de los adultos, en la que hay que lidiar con secretarios de Estado, gobernadores, entre otros.

Una carrera como la de mi padre solo se explica si tienes una alta capacidad intelectual, si eres perseverante y constante en el esfuerzo, y además tienes una inteligencia emocional que te permita lidiar con el ego de escritores de la talla de Martín Luis Guzmán, historiadores del nivel de Daniel Cosío Villegas y de políticos de primer nivel, por no hablar del trato con los presidentes de la República, si no eres de los que se agachan y defiendes tus principios, como lo fue él. Definitivamente no se trata de suerte. Y por lo mismo creo que descansó durante sus últimos años, cuando dejó el gobierno y se dedicó a la academia; ya no tenía que quedar bien con nadie en las estructuras de poder, sus alumnos eran sus evaluadores, creo que supo disfrutar de la libertad de cátedra, y te hablo de las instituciones más prestigiosas del país.

—Oiga, ¿y qué se sentía al comer y merendar todos los días con él? No sé cómo podría haber sido en modo familia —preguntó Citlali.

—De niño, lo veía como un papá muy divertido. Lo veíamos poco, porque él trabajaba en la selva y nosotros vivíamos en Lima. Y entonces toda la convivencia con él era como de día de fiesta. Ya después, lo veía con mucha admiración por lo que hacía y por las personas con las que se juntaba. Y al final, la vida es cruel, uno se vuelve adulto y se toma el derecho de juzgar a sus padres. Y cuando ellos ya no están, es cuando uno los ve como verdaderos titanes.

Cuando nos fuimos al Perú, mis padres pensaron que la familia viviría junta en Lima; en realidad, su puesto de trabajo se ubicó en la población —ahora ciudad— de Tarapoto, en un campamento de la organización. No era la selva aún; técnicamente le llamaban “pie de selva” y la vegetación era mucho más espesa que en otras selvas que conocí después, como las de Chiapas, Quintana Roo o el Petén. Nosotros nos quedamos viviendo en Lima, y mi padre venía una vez cada varios meses a vernos.

Eran muy agradables sus visitas. Hacíamos algunos paseos familiares sencillos, como caminar por las calles y plazas de Miraflores, tomar un helado, comer unos churros rellenos en alguna cafetería. Lo que más nos gustaba era que nos llevaran a una tienda departamental llamada Oeschle, dónde vendían unos autos metálicos de colección, marca Corgi Toys la mayoría, hechos en Inglaterra. Siempre nos compraban uno.

—¿Son los que están en la vitrina? —quiso saber Citlali.

—Algunos. Esa colección fue creciendo; con el paso de los años, me quedé con los carritos de mis hermanos, y se sumaron los que dejamos empacados en México antes de irnos al Perú, y posteriormente una colección de modelos antiguos a escala que adquiría mi padre en las estaciones de servicio en Guatemala, uno por semana. Las adquisiciones finales las hice en el mercado de La Lagunilla, ya en México, siendo yo un hombre maduro para esas fechas. Toda esa colección está ahora en la vitrina de mi habitación en la casa de Valle de Bravo, junto con soldaditos de plomo que fui adquiriendo en distintas épocas a lo largo de la vida.

Durante unas vacaciones me tocó ir a visitar a mi padre a Tarapoto. Atravesé la cordillera de Los Andes en un avión de cuatro hélices de la compañía Fawcett. Él me recogió en el aeropuerto, que consistía en una pista de barro compactado y una pequeña caseta con techo de palma, que hacía las veces de terminal. El trayecto al campamento cruzaba las calles sin pavimentar de aquel pueblo, con construcciones corrientes o provisionales. Así me imaginaba el campamento, pero al llegar, la sorpresa fue grata. Consistía en una serie de casitas independientes, dispersas a lo largo de un área grande, dónde habitaba cada uno de los expertos del proyecto. El comedor era comunitario, y ahí se juntaban todos al desayuno y el almuerzo.

Un día emprendimos una larga caminata, asistidos por un guía, en la que cruzamos durante varias horas la selva, con su olor característico a humedad impregnada de materia vegetal en descomposición. De repente encontrábamos insectos enormes, como unas mariposas de color azul intenso que revoloteaban bajo el domo vegetal.

—Me muero de ganas por conocer la selva —intervino Citlali—. ¿No salieron changos, tucanes, o más animales?

—Esa vez no, aunque sí era una zona peligrosa. En otra ocasión mi padre regresó con la piel de un tigrillo que había matado. Tenía las patas y el vientre agujerados: no era cazador y le habían prestado un rifle de postas, de esos que disparan muchas balas juntas, a ver cuál pega. Nunca había disparado un tiro ni jamás volvería a hacerlo. No era aventurero; era un hombre de paz. Eso explica que el episodio no se borrara nunca del anecdotario familiar. Pero volvamos a la caminata en medio de la selva.

Llegamos agotados a una pequeña choza con techo de palma, a la orilla de un río caudaloso, seguramente tributario del Huallaga. En aquel momento no entendí lo que hacíamos ahí, pero ahora comprendo que mi padre fue a levantar una encuesta de economía agrícola hasta aquel lugar. Hizo muchas preguntas y toda la información la anotaba a lápiz en una pequeña libreta de notas. Hasta muchos años después, cuando conocí de cerca los procedimientos para el levantamiento de encuestas, me di cuenta del profesionalismo de mi padre y de su rigor intelectual. No concibo a un encuestador de la actualidad caminando por horas entre la selva para hacer una entrevista que muy fácilmente se pudo haber inventado.

Mi padre era muy ocurrente para hacer frases y yo le festejaba de buena gana todas sus ocurrencias. Hay muchas frases suyas que no se me olvidan, de distintas épocas, que ilustran su tipo de humor. Un día que mi hermano menor estaba en plan de hacer berrinche, apuntó que «Fernando está muy positivo dentro de su negatividad». Otro día regañó a mi madre por usar el término de inditos y le sugirió utilizar el de «grupos étnicos diferentes», lo cual a la postre se volvió broma familiar: «Mira aquella mujer de un grupo étnico diferente que vende piñas». Varias veces se pronunció en contra de la palabra Kleenex y nos urgía a utilizar la de «pañuelitos desechables» (el paso del tiempo le ha dado la razón). Para referirse a una ciudad cualquiera de los Estados Unidos utilizaba la denominación de Falfurrias, Texas. Al ruido de los motores foráneos de la época de la regencia de Carlos Hank les llamaba «hankidos» y así, había términos con los que jugaba y otros que inventaba. Y una que se volvió clásica, en una ocasión que le subió mucho la fiebre: «Una ecuación más una Carmelina [...] es igual a…». Nunca supimos a qué era igual, pues siguió desvariando.

Contaba mi madre que de recién casados, mi padre fue a ver a una oculista amiga de ella. Lo sentó para examinar su vista y le pidió una descripción de una figura.

—Aparece una circunferencia, y del centro parecen salir dos líneas radiales de diferente extensión que apuntan hacia unas marcas aparentemente equidistantes…

Una vez que le colocaron unos lentes, exclamó:

—¡Aurorita, pero si es un reloj!

Le gustaba utilizar términos “domingueros”, pero además era bastante distraído para cuestiones cotidianas. En alguna ocasión dictó una conferencia sobre la economía del cultivo del garbanzo, y a la salida preguntó a unos campesinos:

—¿Y este grano qué es?

—Garbanzo —le contestaron. La imagen no figuraba en todo el material que había leído. Lo suyo era definitivamente la vida intelectual.

No todo mundo apreciaba su sentido del humor y hubo más de alguno que se sintió ofendido. A las bromas y comentarios chocarreros habría que añadir sus observaciones francas y directas. Como el día que el presidente José López Portillo le presumió la Gran Cruz de Isabel La Católica que le habían otorgado, y mi padre le señaló, para su disgusto, las flechas que caracterizaban a la Falange española, es decir, al franquismo tan odiado. O cuando redactó un documento que un secretario le llevó al presidente Luis Echeverría; el secretario comentó: «Le entendió muy bien el presidente», a lo que mi padre replicó: «Progresa Echeverría». Mi padre nos contaba esos incidentes con cierto orgullo de niño pícaro. Para mí eran verdaderas epopeyas de mi héroe, que se movía en tan altas esferas y se atrevía a decir esas frases tan agudas.

Ahora veo que tal vez mi padre haya tenido el problema de incontenible soltura verbal que también yo he padecido. Aunque sé que a veces cierto comentario quede fuera de lugar, muchas veces no resisto las ganas de soltarlo, y el costo es quedar como imprudente, insensible o sencillamente como un pesado. Había un rancho dividido por una barranca; de un lado estaba la casa de la familia Ricaud, que se pronuncia Ricó, así que mi padre le dijo al pariente que vivía enfrente: «Y de este lado viven los Pobré…». Fue una broma que hasta la fecha no le acaban de perdonar los descendientes de aquel pariente, sobre todo porque la mofa se esparció como la pólvora.

A la ahijada de mi madre que vivía con nosotros, de unos diez años en ese momento, le decía Pulga. «No me vayas a decir así mañana que vienen mis amigas», le pidió ella. Al día siguiente, al ver la sala con globos y llena de niños, la buscó con la mirada y al encontrarla le gritó con fuerza: «¡Pulga!».

Solo una vez lo vi exaltado. Le urgía regresar a la Ciudad de México después de unas vacaciones en Manzanillo. Aeroméxico sobrevendió el vuelo y cancelaron nuestros pases de abordar. Armamos un tremendo zafarrancho en el aeropuerto, algo muy inusual entre nosotros (de esos que actualmente se volverían virales en las redes), y mi padre increpó a algún empleado con la frase de que preferiría regresar en patín del diablo antes que volar con aquella compañía. Al final, algún otro pasajero le cedió el lugar.

Salvo en sus ausencias de trabajo, mi padre fue un hombre de hogar. Los años que convivimos con él, siempre que pudo, fue a comer a la casa, y llegaba por lo general a buena hora para la merienda. Siempre estaba de buen humor y presto a emprender cualquier conversación. Le gustaba ir a buenos restaurantes con sus amigos, con quienes conversaba en largas sobremesas, pero eso no le quita lo hogareño. Como regla general, siempre recuerdo eso de las comidas con él: disertaba en la sobremesa algún tema, muchas veces de historia, y todos nosotros y mi madre lo escuchábamos con atención. Era un buen narrador. Tanto su actitud como la nuestra era seria. Los temas eran formales y no había lugar para risas ni carcajadas.

—El padre y los escuchas… Me los imagino ahí, todos seriecitos… papaloteando en otra cosa, ¿a qué sí?

—Ahora tú también me vienes con palabras de origen náhuatl… Pero ya que lo dices… A veces sí me quedaba pensando en otra cosa.

—Parece que estuvieran jugando a la escuelita —, dijo Citlali, ya encarrerada en su reflexión—. Nomás les faltó sacar una libreta para los apuntes.

—Lo dirás de broma… Cuando estudié mi licenciatura, él era el único profesor que daba Historia Económica. Me tocó tomar clases con él.

—Y seguro sacó diez —, dijo, provocadora.

—Ni modo que no. Aprendí por ósmosis. Era un profesor muy querido por sus alumnos. ¿Ves ese cuadro que tiene una manzana pintada al centro? Está allá, cerca de la entrada. Una alumna de él era hija de esa gran pintora, Martha Chapa, y le consiguió el cuadro a muy buen precio.

—Nunca he oído hablar de esa señora, pero el cuadro está hermoso… una sola manzana en una gran mesa… ¡ya me antojé!

Noche 9. Colegio Suizo

No escuché cuando entró Citlali a la biblioteca. De pronto la vi observando el cuadro de Martha Chapa, y lo comparaba con una manzana roja que traía en la mano. Cuando me vio, me dijo:

 —También traje una para usted.

Estaba encantada de que una fruta del mercado pudiera ser objeto de un óleo tan impresionante. Con entusiasmo, dio una gran mordida a su manzana, se le quedó mirando, y de inmediato la comparó con el logotipo de su ipad mini.

 —¡Por poco y me quedan iguales! A la próxima será. A ver Usted, una mordida.

 —Yo no, —dije apenado, — la tengo que partir con mi navaja en pequeñas rebanadas.  

Me volteó a ver de reojo y con otros dos mordiscos dio cuenta de su manzana.

 A mi regreso a México, me inscribieron en el Colegio Alemán, en la sucursal central, en ese entonces en Tacubaya, al quinto grado de primaria. Ya antes había estado en esa escuela  en Lima y Quito. Mi madre también estudió unos años ahí, antes de que México se incorporara a la Segunda Guerra Mundial, y había estado interna, junto con sus hermanos, en una escuela de religiosas en Hamburgo. Aterricé a mis once años, al quinto grado, en lugar del sexto como me hubiese correspondido, ya que perdí un año a causa de que en Sudamérica no cursamos el idioma inglés. En quinto comencé a estudiarlo, y me pareció más bonito y fácil que el alemán. Al terminar la preparatoria siete años después, nunca volví a hablar ni a leer en alemán. Jamás pude descifrar un periódico o una revista en ese idioma, a diferencia de las que estaban en inglés, que pronto comencé a comprenderlas. El inglés en cambio me sirvió bastante a lo largo de la vida.

Me costó trabajo acostumbrarme a la gente de México, sobre todo al uso de la palabra “güey”. Alguna vez pregunté a un compañero que por qué se decían “buey” el uno al otro, lo que resultaba incomprensible. La respuesta me dejó aún más desconcertado: —No se dice buey, se dice güey. Tampoco comprendía el uso de la palabra “mano” para referirse a alguien entre amigo y conocido.  Era un extranjero en mi país y en mi propio idioma.

—¿Qué pasó mi cuate? —preguntó Citlali, muerta de risa. —¿Cómo que no entendía ni náhuatl ni mexicano?

También me parecía extraña la costumbre de formarnos para entrar a clase al final del recreo. —Hagan fila, tomen su distancia, adelante. Prácticamente igual a lo que haría años después durante el Servicio Militar, que solo consistía en marchar los viernes en la tarde con uniforme de conscripto, hacer la fila al inicio y romper filas al final.

Los recreos eran divertidos. Los alumnos de todos los grados salíamos al mismo gran patio al mismo tiempo. Como no tenía amigos, me dedicaba a recorrer el patio. Era un mosaico enorme de colores, tanto por la variedad de fenotipos (germánicos, mexicanos y mezclas diversas), como por la vestimenta colorida de todos. En mis colegios en Sudamérica siempre usé el uniforme escolar, y en México eso ya no se usaba. En alguna esquina del patio estaría un grupo de niñas jugando al avioncito o brincando con unas ligas, otras saltaban la reata que era una diversión femenina hasta donde recuerdo; muchos chicos jugaban a las canicas, y en ocasiones había alguna gresca entre alumnos y todos nos poníamos en círculo a observar. Participé varias veces en el juego de las canicas. Si uno perdía, perdía la canica en favor del vencedor. Había una regla que no recuerdo como aplicaba, pero el hecho es que quien llevaba una canica de metal, tenía bajo ciertas circunstancias el derecho a «cascar» al otro, es decir, tirar la canica metálica desde muy cerca hacia una de las canicas de vidrio, que terminaba astillada, abollada o hecha añicos. Se llamaban balines, no eran fáciles de conseguir, y me sentí muy cómodo el día que conseguí uno en un taller mecánico cercano a la casa. Muchos otros chicos y chicas conversaban durante el recreo mientras yo daba vueltas hasta que sonaba la campana para formar las filas.

Después de ese año en el Colegio Alemán, me pasaron al Colegio Suizo de México, que según mi madre proporcionaba mejor educación al ser una escuela mucho más pequeña. En efecto, en sexto año en el Colegio Suizo éramos alrededor de treinta estudiantes; a secundaria pasamos menos; por las exigencias académicas cada año quedaban menos compañeros; tal vez hayamos sido quince al iniciar la preparatoria y al terminarla éramos solamente trece. En quinto año en el Colegio Alemán, éramos treinta en cada grupo, pero había quinto A, B, C, y D. Así dieron inicio siete años en el Colegio Suizo, uno de primaria, más la secundaria, y la preparatoria. Comenzaríamos tal vez equilibrados en el número de hombres y mujeres, pero en los últimos años, la proporción de mujeres fue bajando. En el séptimo año, éramos diez hombres y tres mujeres. Una de las consideraciones de mis padres a favor del Colegio Suizo es que era mixto (muchos en aquella época no lo eran, como los de los Legionarios) pero la dinámica del tiempo retorció aquella ventaja.

Al igual que en el Colegio Alemán, los recreos eran la oportunidad para conocer y ver a chicos y chicas de otros grupos, en este caso, los más grandes que nosotros y los más chicos, pues éramos grupos únicos. En los primeros años, jugábamos futbol en los recreos, a veces sin balón, pateando una lata de refresco vacía. Ya después, muchos recreos eran para conversar con los compañeros, muchas veces sobre el futbol, o para comentar sobre la belleza de alguna chica, o sobre alguno de sus atributos que nos llamara la atención. Algunas de las chicas eran verdaderamente guapas. Recuerdo a la chica morena clara con muslos exquisitos en sus shorts de deportes, con un cabello lacio trigueño que le cubría parte del rostro; aquella otra de senos enormes pero perfectamente proporcionados; la muñequita que llegó de España, delgadita, pecosa y de pelo rizado; la hermana menor de un compañero suizo, que tenía  unos ojos verdes encantadores; y muchas otras que hacían nuestras delicias en los recreos, con sus atuendos ajustados,  en colores muy vivos de las marcas cotizadas de la época.

—Qué gracioso — dijo Citlali — ¡era una escuela mixta, pero con esos números, las chicas estarían ahí para antojar! Y añadió —¡Ya veo que era medio fijado, pero nada lanzado! Los típicos mirones— dijo meneando la cabeza.

Novia nunca tuve, amigas con las que platicara mucho tampoco. Ya desde entonces era yo más espectador que protagonista. Hacia el final de la preparatoria, sufría yo muchísimo cuando alguien organizaba alguna reunión en su casa, con parejas. Yo no tenía; en ocasiones me presentaron algunas, pero fueron encuentros que no prosperaron.

Había una dinámica peculiar entre los alumnos del Colegio Suizo, al menos en mi grupo. Por un lado, estaban los que provenían de hogares extranjeros o germanoparlantes. Por otro lado, estábamos los que hablábamos español nativo. Nos veíamos con cierta distancia unos a otros. Convivíamos en viajes, en reuniones sociales y en los recreos, pero hay ciertos comportamientos y códigos en los clanes que se reconocen, pero son difíciles de explicar. Había diferencias culturales, de idioma y  de costumbres, que hacían que uno perteneciera a una tribu y no a la otra. De las tres chicas que quedaron al final de la preparatoria en nuestro grupo, todas eran de idioma alemán nativo. El sentido del humor de cada clan era muy distinto. —De que se ríen? Ni modo de explicar el chiste.

—O sea que iba a una escuela extranjera, y sólo se juntaba con la raza. Cómo que no cuadraba mucho Usted por ningún lado.

—Y sigo sin cuadrar.

Noche 10. El Megáfono de mi Madre

Mi madre siempre fue muy unida con sus hermanos. Ella fue la mayor seguida por Carlos, Felipe, Susana, e Ignacio. Mi madre le llevaba a Ignacio ocho años. Siempre vio a sus hermanos con respeto, y siempre les pedía consejos. Son los hermanos que hicieron fortuna a temprana edad. «Yo sí sé cómo forjar un patrimonio», dicen que decía Carlos. Susana se casó muy joven con un próspero empresario toluqueño, quien luego quebró, y fue ella quien realizó un emprendimiento con el negocio de las flores y así hizo mucho dinero. Ignacio, el menor, fue un político prominente. A los treinta y un años fue diputado federal, y tuvo una carrera política ascendente hasta llegar a gobernador del Estado de México, dos veces secretario de estado en el gabinete federal, y dos veces embajador de México ante países europeos. Mi madre tuvo con Ignacio una relación particular. Habían vivido un año en un internado en Alemania, entre 1937 y 1938, justo al inicio de la gran guerra, y mi madre fungió como su madre sustituta, ya que él tenía tan solo dos o tres años en aquel momento. Forjaron una relación entre ellos similar a la de madre e hijo que duró toda la vida.


— Perdón por la interrupción. ¿Sabe con qué palabra me topé el otro día, que fuimos a unas prácticas a una comunidad allá lejos? “Chichigua”. Dicen que viene del náhuatl “chichi”, que es una repetición onomatopéyica para el pecho o el acto de mamar, y que significa nodriza. O sea, una mamá sustituta.

—Wow. Creo que no me hubiera servido mucho estudiar náhuatl, pero sin duda es mucho más divertido que el alemán.

Mi madre consultaba muchas decisiones con sus hermanos: «Necesitamos la opinión de tu tío Carlos, o de tu tío Felipe, o de tu tío Nacho». Esa práctica hizo que yo, deliberadamente, las esquivara. Sentía que era una actitud de menosprecio a nuestras propias capacidades como familia. También pedía la opinión de mi abuela Omma, pero con ella no era tan notoria la consulta, pues se pasaba un buen rato todos los días conversando con ella por teléfono. En la casa de Jaime Nunó, ella se sentaba en el descanso de la escalera, en la parte alta, en el pasillo que daba a los cuartos, y su voz se escuchaba clara y fuerte en toda la casa. En ocasiones, hablaba de nosotros con la abuela Omma, así que durante esas charlas muchas veces estaba yo inquieto, a la espera de escuchar mi nombre y lo que dijera de mí, muchas veces crítico.

Esa costumbre de indiscreción telefónica la mantuvo hasta los últimos años de su vida. Algunos comentarios que escuché en ciertas ocasiones si me calaron. —Andrés ahora lleva una vida de peón…

—Era el típico «te lo digo Chana para que lo oigas, Juana» —intercaló Citlali, o el «radio pasillo» que tan bien funciona en la escuela. En mi casa le decimos el chismógrafo; todas las familias tienen uno.

—A mí me lo vendían como virtud: «Qué bueno que en las familias nos podamos comunicar, así somos más fuertes». Lo curioso es que, por andar comunicándose con sus hermanos, a veces no se comunicaba con nosotros.

Yo prestaba mucha atención al megáfono telefónico de mi madre, y no solo a las palabras, sino también a las inflexiones de voz y a los silencios… «Quién sabe qué estará diciendo mi abuela Omma sobre ese particular». Había que estar siempre atentos y alertas y, por lo mismo, vivía algo atemorizado. A diferencia de lo que ocurría con los abusadores del internado, en casa no podía hacer nada frente a una agresión verbal. «Es que mis hijos son tan tímidos, Nacho». Y luego esos comentarios pasaban al dominio de la comunidad de primos en Rancho Contento.

—O sea que, del megáfono, pasaban al perifoneo, para que todos se enteraran. ¡Qué horror!

Mi madre fue compañera de escuela de la hermana menor de mi padre en el Colegio Alemán, por ahí de 1938, cuando regresaron de Alemania. En algún momento mi padre comenzó a interesarse por ella. Muchas veces escuché la misma versión: que mi padre le escribía unas cartas muy bonitas y que seguido le mandaba flores y chocolates. Durante sus últimos años de vida en Valle de Bravo, soltó algunas confesiones que rompían con la narrativa anterior: que en su momento le pareció muy extraño que «ese señor», hermano de su amiga, le mandara flores.

Hubo un encuentro fortuito en San Andrés Tuxtla. Mi padre había ido allá con un grupo de amigos; mi madre con sus amigas. Se encontraron en la plaza, se reconocieron, comenzaron a platicar más, y al regresar a la ciudad de México el encuentro derivó en noviazgo. Mi madre guardó durante muchos años esas cartas “tan bonitas” que le escribía él.  Se casaron el 24 de febrero den 1956, día de la bandera y del onomástico de mi madre, en la iglesia de San Jacinto, en San Ángel.

De soltero su mayor atractivo no fue su físico y mucho menos su dinero, pero era un personaje interesante dentro de la política y el periodismo mexicano. Su atractivo radicaba en su cultura amplísima, su honestidad, su franqueza personal y su sentido del humor. Llegó al matrimonio sin saber manejar un vehículo automotor. Mi madre fue quien lo enseñó, pero él nunca disfrutó de su puesto al volante, aunque sí aprendió. De niños, en carretera manejaba él; ya después, en la adolescencia, mi madre. De joven «noviaba» en transporte público, y no sé hasta qué grado ello haya sido un inconveniente para mi madre, que vivía con hermanos amantes de la mecánica y de los automóviles.

La relación de mis padres era buena. Cada uno tenía su rol, al cual siempre le fueron fieles. Mi padre trabajaba y entregaba todo su sueldo en la casa. Mi madre siempre administró todo y, gracias a ella y su austeridad, lograron algunos ahorros y forjaron un patrimonio que generosamente nos dejaron a los hijos. Mi madre a veces se quejaba de que mi padre no se involucraba en las cuestiones prácticas del día a día, incluyendo el patrimonio y el dinero. Dónde vivir, qué casa comprar, qué vehículo adquirir, a qué escuelas inscribirnos, eran decisiones del ámbito de mi madre. Mi padre era feliz con tal de que pudiera tener tranquilidad para leer y escribir; fue un hombre extraordinariamente paciente, al menos con la familia.

Ya en la vejez, en sus últimos meses, escuché a mi madre conversar con una sobrina que relataba que se iba a casar muy enamorada, a quien le dijo de golpe:

—Yo no. Me sorprendió mucho la confesión, pero no dejó de hacerme cierto sentido.

—¡Zas!— exclamó Citlali —. Esa sí que no me la esperaba. Antes se juraban amor eterno y yo pensé que lo sentían…

—Yo creo que, si lo sentían, pero más que nada, lo construían. Seguro que su amor terminó más fuerte que como comenzó.

—Dígame, ¿del uno al diez, ¿cómo calificaría el matrimonio de sus padres?

—Mi padre diez. Mi madre diez. En promedio ocho.

Citlali cerró los ojos, ponderando las cifras. De pronto dijo:

—¡Qué remedio! La aritmética del corazón.

Noche 11. El abolengo Rosenzweig

Entré a la biblioteca y ya estaba Citlali, con los audífonos puestos, oyendo música. Me dijo hola con la mano, y ya después se levantó y me dio un beso en el cachete.

—Ahora se le hizo tarde —me dijo—. Me puse a curiosear un rato y vi la placa que tiene ahí, con un reconocimiento que le hicieron unos ganaderos por una charla que dio. ¿A poco sabe de ganado?

 —En realidad, casi nada, pero esa vez les expliqué cómo funciona la exportación de becerros. Trabajaba en eso, en comercio exterior…

Citlali estaba mirando la placa cuando me interrumpió:

 —Qué apellido tan raro tiene. ¿Por qué me dijo que se apellidaba Pichardo? Así lo anoto cuando va a la estética, Pichardo, una rapada, 100 pesos, pero tiene otro apellido, Rosen, Rosen algo, el que sale ahí.

—Es para despistar al enemigo —dije, y me sonreí un poco. — Me senté en el sillón de respaldo alto para apoyar la cabeza y controlar mejor el cuello; me serví un vaso de agua mineral y le exprimí un limón.

Mis antepasados llegaron a México de Austria, aunque lo correcto es decir de Austria-Hungría, pues vinieron con el ejército de Maximiliano a fundar el Segundo Imperio Mexicano. Primero llegó un Fernando de Rosenzweig; después su hijo, de idéntico nombre. Ambos eran cartógrafos muy calificados y posiblemente ejercían su profesión al servicio del ejército de Napoleón III. Cuando cayó el Imperio y Maximiliano fue fusilado, Juárez decretó un indulto amplio que les permitió quedarse. Hicieron muchos levantamientos de haciendas en el Estado de México, principalmente en el sur. Hay un plano hecho por alguno de ellos de la Meseta del Anáhuac que ganó una medalla de oro en la Gran Exposición de París en 1889[1]. Y en algún momento, ya con fortuna hecha, se radicaron en Toluca, donde fueron dueños del mejor hotel de aquella época: el Gran Sociedad. Mi abuelo Guillermo pertenece a la generación siguiente.

Muchos de mis parientes Rosenzweig tienen una verdadera fascinación por la historia familiar. Un antepasado de los que llegaron, de nombre Joseph, recibió un título nobiliario del Imperio austrohúngaro, expedido por el káiser Francisco José por servicios destacados prestados al ejército. El título le permitía llamarse Joseph Edler von Rosenzweig, algo así como un rango de caballero. En México solo se tropicalizó el von, así que todos ellos eran de apellido «de Rosenzweig».

Mi padre nació con ese apellido, pero en algún momento se quitó el de para quedar nada más como Fernando Rosenzweig. Él tenía ideas de izquierda, era profundamente humanista y le irritaban esos residuos de una nobleza y de un Imperio ya liquidados desde el fin de la Primera Guerra Mundial. Así que habemos parientes Rosenzweig y otros «de Rosenzweig». Si les sirve o les agrada esa preposición de, qué bueno; a mí no me ha hecho falta.

Para muchos, el apellido es motivo de orgullo; para mí ciertamente lo es, sobre todo por mi padre. Pero el apellido ha sido muchas veces un pequeño obstáculo cotidiano. En México a la gente le cuesta mucho trabajo pronunciarlo. La mayoría de la gente hace una lectura fonética en español, que produce un sonido muy distinto a la pronunciación en alemán, idioma al que corresponde. Otros tratan de pronunciarlo como si fuera inglés y la doble u se convierte en ge. Así, hay todo tipo de variantes: desde Rosensuai, Rosensweg, Rosengüey  y muchas otras. Siempre me ha incomodado explicar la pronunciación: «Rosenzwaig, sería en español» así que contesto que si soy yo, lo pronuncien como lo pronuncien. Por eso, desde joven comencé a utilizar mi apellido materno en situaciones cotidianas, como la nota de una ferretería o la reservación en un restaurante. Me convertí en Andrés Pichardo en las situaciones del día a día, a pesar del orgullo que siento de ser hijo de mi padre. No es un tema que tenga que ver con ningún conflicto de identidad, pero sí contribuye a veces a sentirme un extranjero en mi propia tierra.

Citlali se quedó callada un momento, asimilando la genealogía y el peso de ese apellido que cruzó el océano. Dejó la placa sobre la mesa y me miró con una sonrisa apenas insinuada.

—Así que caballero del Imperio —dijo Citlali en un tono festivo, sin llegar a ser burlón.

—No sé para qué les haya servido el título a mis antepasados. Una vez me mostraron el original: estaba en una caja con tapas metálicas y sellos de lacre con el escudo del emperador Francisco José. Pero eso no les daba de comer; por eso se vinieron con el ejército de Maximiliano a ganarse la vida acá. Las tierras que tengo vienen de los Pagaza, y esos nada más tenían el título de «don».

—Lo seguiré anotando como Pichardo. No me voy a aprender su otro apellido y seguramente lo escribiría mal.

—Si viviéramos en los tiempos de los aztecas, ni el Pichardo habrías podido registrar.

Ella se quitó un audífono, intrigada:

—¿Por qué? ¿A poco los aztecas tenían prohibido su apellido?

—El náhuatl es una lengua limpia, económica; le faltan casi todas las letras fuertes del español o del alemán. No tiene la be, ni la de, ni la efe, ni la ge, ni la ere, ni la ese, ni la uve.

Citlali se quedó mirando las vigas de la biblioteca. Trató de arrastrar las letras en la boca y luego soltó un destello de pura picardía:

—A ver, déjeme hacer el intento… Sin la «de» de Pichardo… ¿Entonces cómo le dirían? ¿Sería Pitzarto?

—Casi… —le sonreí, saboreando el momento—. Al náhuatl también le falta la ere.

—¡Lo tengo! —gritó entusiasmada—. ¡Pitzalto! Sin albur.

Antes de cerrar la puerta, volteó a verme:

—Además, me acaba de dar una gran idea. No sabía qué nombre ponerle al cachorrito que me regalaron. Se llamará el Edler.

Y se atacó de risa.

Noche 12. La estirpe de los Pichardo

—Tuve un día pesadísimo, dijo Citlali cuando entró.

Tuviste muchas prácticas, de seguro.

—No fue eso. Otra vez no hubo paso del Arco hacia el pueblo. Se volteó otro trailer en la misma curva de siempre, y ya sabe, estaba llenísimo de gente, estaban las cajas de cerveza tiradas en el asfalto, y todos llevándose las que podían, felices, y nosotros en el colectivo, acalorados, sin poder avanzar. Ojalá que no robaran tanto los políticos, remató.

—Híjole, me da pena eso que te pasó. Si los polis no hacen nada, mal, pero si llegaran a arrestar a los que se robaban las cajas, ¡imagínate! Los políticos también sufren. Así fue la vida de mi abuelo Carlos…

—Venga, ¡écheme ese cuento! Pero conste, lo que dije no fue por él, dijo sin llegar a estar muy apenada.

Mi abuelo Carlos Pichardo Cruz es una figura familiar pero también histórica [2]. Fue diputado constituyente del Estado de México y diputado federal, pero su cargo más importante fue el de secretario general de Gobierno. Durante su gestión le tocó lidiar con algunos aspectos delicados de la política anticlerical del gobierno federal, legado de Calles, en una ciudad conservadora y eminentemente católica, como Toluca. Su esposa, mi abuela Omma, siempre fue una creyente católica fervorosa, formó a sus hijos en el catolicismo, e hizo todas las ceremonias correspondientes en la vida de ellos, bautizos y primeras comuniones, en una época en la cual los ritos públicos estaban prohibidos y había que hacer esas ceremonias en la clandestinidad. Mi madre relata que, en su primera comunión, la niña de atrás le prendió fuego accidentalmente a su velo que le dejó una quemadura en el cuello. Mi abuela enfrentó el doble agobio de la quemadura de su hija y el posible regaño del marido: —No le vayas a decir a tu papá que te quemaste, se va a enojar. A pesar de ser libre pensador confeso, tuvo el tacto para no implementar a rajatabla las disposiciones anticlericales y anticatólicas que impulsaba el gobierno federal.

Fue un hombre que siempre buscó su superación personal. Tuvo una biblioteca amplísima, según me cuenta mi madre. Era autodidacta en varias disciplinas, en adición a su formación como abogado. Fue tenaz en entrenar su voz. En la época que el hacía su proselitismo político en busca del voto popular, no se utilizaban megáfonos ni equipos de sonido en los mítines públicos[3]. El orador tenía que hilar bien sus ideas con claridad y sobre todo, con voz potente, que resonara entre todos los asistentes. Mandó construir en el patio de su casa en Toluca un cuarto forrado de corcho, en el que se encerraba a hacer vocalizaciones y otros ejercicios de voz y oratoria.  Casó con mi abuela, a quien conoció en una de sus giras proselitistas en Valle de Bravo, durante su campaña para diputado local. Desde lo alto del presídium en el mitin, divisó a una muchacha que le gustó y le causó buena impresión. Indagó por ella, le dijeron que estaba emparentada con el obispo Joaquin Arcado Pagaza, poeta vallesano. Con algún pretexto se hizo invitar a la casa de la familia, y así inició un rápido noviazgo que derivó en matrimonio.

Fue un jefe de familia que impuso una disciplina férrea. Tenía un huerto grande en las afueras de la ciudad de Toluca, en el que había una alberca al descubierto con temperatura ambiente —prácticamente helada por las mañanas, al estar a las faldas del Xinantecátl, o Nevado de Toluca. Obligaba a sus hijos pequeños a darse un chapuzón para que forjaran su carácter. Mi madre y mis tíos hablaban poco de él, y cuando lo hacían era con bastante respeto, y refiriéndose a él como un personaje lejano. De lo poco que me contaron de él, me imagino que sentiría miedo si alguna vez tuviese a mi abuelo enfrente.

Y recuerdo ahora la frase de uno de mis tíos: —¡Los Pichardo somos unos enanos emocionales!

—¡Enanos emocionales! Buenísimo ese término. Conozco varios.

Por algún motivo, en 1936 dejó la actividad política. En 1937 emprendió un viaje a Alemania, con la intención de instalarse y trabajar allá. Ignoro que antecedentes haya tenido de la situación política antes de partir allá, pero el nazismo ya estaba en su apogeo. Su decisión es un enigma para mí. Mi madre relató que la explicación era sencilla, que no había que buscarle tres pies al gato, que mi abuelo era un admirador de la cultura germana y que tenía la intención de que sus hijos se educaran en ella. Hay quien dice que se desilusionó al no haber sido postulado para gobernador; para otros, tuvo algunas diferencias serias con algunas personalidades políticas de la época.

Había aprendido el idioma alemán el solo, en su biblioteca en Toluca, tal vez con la ayuda de algún profesor ocasional. Al llegar a Hamburgo, en una gasolinera, el dependiente no lo entendió, para su desconcierto. Alguien le explicó después su alemán era ultra culto  (Hochdeutsch) y que los empleados de la gasolinera hablaban un slang , casi un dialecto.[4] No encontró trabajo en la Alemania nazi — así que colocó a los hijos en un internado en Hamburgo, el Kinderheim St. Elisabeth. Este centro formaba parte de la infraestructura de asistencia de la comunidad católica en la ciudad. No deja de ser paradójico, que un funcionario de alto rango encargado de la implementación de políticas anticlericales en México haya optado por un internado católico en Alemania para sus hijos. Mi madre y sus hermanos, la pasaron francamente mal. No hablaban el idioma, venían de otra cultura, de otro clima, y enfrentaron además la austeridad de la vida en Alemania de la preguerra. Mi madre recuerda la escasez de pan o huevo ciertos días a la semana, y la nula disponibilidad de agua caliente para bañarse o lavarse las manos.

 Mientras tanto, mi abuelo Carlos con mi abuela Omma se dedicaron un año a viajar por toda Europa, en un automóvil que llevó desde México —muy llamativo como todo buen carro de origen americano de la época.  Tenía una posición económica desahogada, toda vez que alternó su actividad política con la práctica privada de la abogacía.  Para mi abuela ha de haber sido difícil disfrutar de ese viaje, con el pendiente de haber dejado a sus hijos en Hamburgo. En aquella época ha de haber sido difícil para las mujeres confrontar a sus maridos.

La estancia en el internado dejó una huella que perduró a lo largo de toda la vida de mi madre, que tendría unos 15 años. Recordaba bien los desfiles de   las brigadas juveniles, las llamadas “Hitlerjugend”; el saludo nazi con el brazo en alto a sus profesores todas las mañanas, e inclusive, haber visto, muy a lo lejos, al mismísimo Hitler saludar a las multitudes desde su convertible Mercedes—Benz. También recuerda las estrellas amarillas que pegaban en las mangas a los niños judíos, sin que s imaginaran el horror que siguió después. Mi madre, quien siempre tuvo una memoria prodigiosa, recordaba bien la letra de las canciones de la época, ahora proscritas. En un viaje posterior que hizo a Alemania, ya en la edad madura, se reencontró con una amiga. Iban en un automóvil y de pronto comenzaron a cantar las canciones de su infancia. —Esto esta prohibidísimo, Carmen. Más allá de la ideología y la historia, fue lo que aprendió de niña.

Mi madre siempre tuvo una memoria prodigiosa, no solo para aquellas canciones alemanas, sino también podía recitar párrafos enteros de la poesía de Joaquin Arcadio Pagaza, de la Suave Patria de López Velarde, de Renato Leduc, entre muchos otros.

El proyecto educativo de la familia Pichardo Pagaza abortó una vez que el abuelo Carlos atisbó el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La familia salió de Alemania con destino a Veracruz en el último vapor que pudo hacerlo, de la Hamburg Amerika Line. A los pocos años mi abuelo falleció de cáncer a los 52 años.  y dejó huérfanos a unos hijos pequeños y otros recién entrados en su adolescencia. Mi madre tenía 17 años.

—Vaya historia. Me parece personaje de novela, dijo Citlali. —Pero mire, cuando yo tenga hijos, no los pienso educar así, vaya salvajada de aventarlos al agua helada del Nevado. Y ese viaje a Alemania…me lo imagino dentro de esos documentales que a veces pasan por la tele…Hizo una breve pausa, y continuó: —¡Pero la que debió haber sufrido horrible fue su abuela!

Citlali tomó sus cosas, dio un trago a su botella de agua, y cuando iba de salida, descubrió en una de las paredes el título de mi madre: Universidad Femenina de México. Título: Laboratorista Médico.

—Se ve muy guapa su madre, con su pelo chino. ¿O sea que era profesionista? preguntó sorprendida.

—Si. Ella tenía el intelecto para haber desarrollado cualquier carrera profesional. Solo obtuvo un grado de laboratorista médica en la entonces Universidad Femenina de México, un centro escolar exclusivo para señoritas. Es la época en la que las puertas de la educación superior apenas se abrían a las mujeres, y me parece que en su elección de una carrera técnica también tuvo que ver la pérdida de su padre a una temprana edad. La “Femenina”, como la nombraba ella, con los años perdería su razón de ser. Se graduó y trabajó muy contenta durante varios años, en el llamado Hospital de la Ceguera[5], en apoyo de los oculistas y oftalmólogos más connotados del país, ganándose su aprecio. Tenía una gran facilidad para relacionarse con los demás, se interesaba verdaderamente por ellos, y siempre estuvo dispuesta a brindar su ayuda desinteresada a quien le hiciera falta, así fuera tan solo su tiempo, su consejo y su compañía.

—Qué bonita historia, la de su mamá. Así me gustaría ser a mi cuando termine enfermería. Que me llamen los doctores y les digan a los familiares: «Miren, a su enfermito lo cuidará nuestra enfermera estrella, Citlali…».  Sacó el pecho con orgullo y su rostro se adornó con una sonrisa.

Noche 13. La Gran Abuela Omma

Llegó Citlali muy contenta esa noche, Había aprobado con sobresaliente su examen final de Anatomía.

 —Y cuénteme, ¿a Usted como le fue hoy?

Le dije que muy bien; por lo general siempre contesto eso. Pero le conté que, por la noche, el perro de la casa mató a un tlacuache, y lo dejó tirado en la rampa de piedra.

 — Lo metí en una bolsa, lo puse en la parrilla de la moto y lo subí a la palapa que está a medio cerro para que se lo comieran los zopilotes. Ya muerto, que sirva de algo.

Citlali me echó una mirada de esas que matan.

—Pobre tlacuachito! Mínimo lo hubiera ido a enterrar. Y con eso que me cuenta, más odio a los perros.

—A mí también me duele. Pero cuando veo planear los zopilotes por las tardes, les agradezco el espectáculo que dan, y también que limpien de carroña el cerro. Sin ellos los olores serían insoportables.

—Mejor cuénteme de su abuela Omma.

Mi abuela materna, la abuela Omma, tiene lo suyo en su biografía. Le decíamos simplemente Omma, término que tomó del alemán pues se resistió a que le dijeran abuela a una edad en que ella aún se sentía fuerte y plena, por ahí de sus cincuenta años. José Gilberto Pagaza, su padre, era un agricultor muy próspero e innovador en la región de Valle de Bravo. Tenía cultivos de trigo y maíz y también se dedicaba al ganado, que compraba barato en Tierra Caliente, engordaba en Valle de Bravo y lo vendía ya finalizado, en Toluca. Era una logística innovadora para la época. Su casa principal estaba en el pueblo, en la calle del Vergel, y su rancho principal era San Gaspar. Para facilitar sus operaciones ganaderas, compró lo que ahora es el Rancho San Antonio, que pasó a ser parte de la herencia de mi abuela Omma y tuvo grandes repercusiones en las generaciones posteriores, especialmente en la mía.

Era un hombre práctico, parece que de pocas palabras. Cuando un alemán amigo suyo le pidió la mano de su hija Carmen para casarla con su hijo, tuvo el buen tino de escucharla a ella, quien se negó rotunda. Cuando conoció a mi abuelo, el entonces joven abogado Pichardo, mi abuela decidió que se casaría con él. Pidió autorización a su padre, don José Gilberto, pero él le negó el permiso; tal vez hubiese preferido un ranchero como él. Padre e hija se aferraron, el a que no y ella a que sí.  Con ayuda de muchas amistades de ella, que la querían por su carisma y alegría, organizaron una boda casi furtiva. Al final se enteró del enlace don José Gilberto y aceptó los hechos ya prácticamente consumados con resignación. Pero se mantuvo firme y no asistió a la fiesta. Pasó el día cuidando de sus plantas en el huerto del Rancho de San Gaspar. Años después, con la llegada de la primera nieta -mi madre-, llegaría la reconciliación.

El pueblo de Valle de Bravo siempre le pareció pequeño a mi abuela Omma. Oía historias de gente que iba y venía de la ciudad y soñaba con salir pronto de aquí. En muy pocas ocasiones llegaba un vehículo automotor, y ella contaba que, después de verlo pasar, cerraba las ventanas de la casa para guardar «el olor de ciudad», que ella asociaba con el humo de los escapes. Independientemente del enamoramiento que hubiese sentido por el joven abogado, el matrimonio le permitió salir del pueblo. Muchos años los pasó en Toluca, con todas las comodidades que brindaba el abuelo Carlos, prominente político y abogado.

En su vejez, cuando hijos y nietos redescubrimos Valle de Bravo y el Rancho San Antonio como un refugio paradisiaco, ella se negó a volver a radicarse acá: «Tanto trabajo que me costó salir del pueblo, dejar esas calles llenas de barro y ese olor a humedad en épocas de lluvia «. Vivió sus últimos años muy feliz en un departamento amplio y elegante, en un séptimo piso, en Polanco.

Su fe católica siempre la acompañó. Recuerdo bien los trayectos en carro después de los fines de semana con ella. Casi al tomar carretera, empezábamos a rezar el rosario… Hasta hace poco comprendí que el momento del rezo significaba cesar cualquier otra conversación; que el estar alerta para responder con las segundas partes del padre nuestro y el ave maría era una forma de terapia de relajación. Siempre estuvo atenta a las ceremonias de Semana Santa, incluyendo todas las estaciones que rezábamos en el jardín los jueves santos, y después el imperdible desayuno de Pascua, que era un verdadero deleite gastronómico en las épocas del Rancho Contento. A diario asistía a misa, arreglada impecablemente, y hacía las oraciones que correspondían a la mañana, tarde y noche.

Al enviudar heredó bastantes propiedades, que supo administrar con atino. Algunas las fue vendiendo para costear la educación de sus hijos, en lo que nunca escatimó. Había austeridad en su hogar, pero no carencias y sí algunos lujos. Siempre hubo un vehículo en casa para salir a pasear con toda la familia, en una época en la que poseer uno era un símbolo de estatus. Tuvo una amiga entrañable con la que se iba seguido a Acapulco y a nado se internaban bastante en la bahía. Después hizo varios viajes a Tierra Santa, como ella la llamaba, y muchos otros tours por todo el mundo: a Rusia, a Japón y a Sudamérica, entre los que recuerdo.

Una de sus decisiones de mayor trascendencia para la vida de nosotros, sus nietos, fue la herencia del Rancho San Antonio, con una extensión de ciento veinte hectáreas muy cerca del centro de Valle de Bravo, en una época en que ya despuntaba como destino turístico después de la construcción de la presa Miguel Alemán. Lo pudo haber vendido, pero su visión fue otra. El Rancho San Antonio perteneció a su padre, José Gilberto Pagaza, y después a un hermano de ella, un tal Ignacio, que murió muy joven, aparentemente por ingesta excesiva de alcohol. En la sucesión testamentaria de Ignacio figuraban dos hermanas, y tuvieron que ponerse de acuerdo en cómo dividir el rancho. Había que escoger entre la parte alta, con muchos cerros y colinas, y la parte baja, con unas tierras de labor de primera calidad. Mi abuela dijo al albacea que ella prefería el cerro. Le hicieron ver que era mejor la otra parte, pero ella se mantuvo en su elección, según cuenta, porque le gustó. A los pocos años se inició la construcción de la presa, luego comenzó la inundación de lo que ahora es el vaso y las tierras bajas quedaron sumergidas, mientras que las tierras altas ganaron unas vistas espectaculares. La abuela Omma siempre fue muy intuitiva; ella misma decía que tenía ciertas facultades extrasensoriales y que presentía acontecimientos que estaban por ocurrir.

En algún momento alrededor del año 1965, cuando yo tendría unos seis o siete años, organizó una cena donde repartiría el Rancho San Antonio entre sus cinco hijos y sus familias. Ella trazó a ojo cinco fracciones sobre un plano antiguo, hecho con técnicas topográficas no muy precisas. Las numeró, hizo unos papelitos y los rifó entre las cinco familias. El hijo menor de cada una fue el encargado de tomar un papelito; esa asignación, con la cual unos quedaron más conformes que otros, perduraría por muchos años hasta que se hicieron nuevas escrituras. Las fracciones no serían de sus hijos, sino de sus veintitrés nietos, entre ellos yo. El reparto entre cinco familias implicó que a quienes pertenecíamos a las familias menos numerosas nos tocara un mayor número de hectáreas, lo cual despertó envidias desde entonces. Éramos todos menores de edad, así que nuestros padres asumieron el cuidado y la preservación del rancho hasta que pasara a nuestras manos. Fue una de las decisiones de la abuela Omma que reforzó su autoridad no solo sobre sus hijos, sino también sobre todos sus nietos. En una carta que nos dirigió a todos escribió: «Esta es mi voluntad: que seas propietario de un pedazo de terreno; me ha costado esfuerzo cuidarlo y mantenerlo, ojalá que algún día hagas tu casa. Y con letra mayúscula, añadía: —«No lo vendas «.

La abuela Omma murió tres meses antes de cumplir los 100 años, y se mantuvo lúcida hasta el final, y siempre con los cuidados y atenciones de sus hijos, especialmente mi madre. Con frecuencia había reuniones de toda la familia en su departamento de Polanco, por diversos motivos. El centro de la familia no era el Rancho San Antonio; el centro era ella.

—¿Y su abuela Omma, con quién vivía? — quiso saber Citlali.

—Hasta pasados los noventa años, vivía sola en Polanco, y tenía una señora que la atendía.

Nunca quiso dejar de ser independiente. A la edad de noventa y dos años se operó de la cadera pues no se resignaba a dejar de caminar. Solo en sus últimos años iba mi madre, casi a diario, a dormir con ella. A la hora de la comida, pasaba al comedor, siempre muy bien arreglada, se sentaba en la cabecera, y le servían su comida de tres cursos, sopa, plato fuerte y postre, en unas vajillas de porcelana antigua, y cubiertos de acero macizo, de esos que pesan y nunca se doblan. Muchas veces tenía como invitado a alguno de sus hijos o algún nieto, y siempre sacaba buena conversación. Mientras la vista se lo permitió, no dejó de leer el periódico. Su vida fue una combinación entre la elegancia y el refinamiento, su profunda fe religiosa y sus orígenes rancheros, de los que nunca se olvidó. De pocas personas puede uno hablar tan bien, como de ella. Aun buscándole, no encuentro nada en su vida que pudiera criticársele. Son de esas personas que nace una cada cien años.

—Oiga, entre tantos lujos, ¿a su abuela nunca le salía lo vallesana?  ¿Algún dicho ranchero, por ejemplo?

—Claro que sí. Cuando alguien no estaba conforme con sus decisiones, o cuando nosotros nos poníamos difíciles, soltaba uno que no admitía réplica:

 — ¡Al que no le guste el fuste, que se baje y monte a pelo! 

Citlali bajó la vista y un poco la cabeza, como si también hubiese salido regañada. Por eso rematé:

—¡Más vale una  colorada que cien descoloridas!

Citlali pestañeó un poco y tras un breve silencio pausa comentó:

— Viene Usted de una estirpe de grandes mujeres; y de grandes hombres. Me parece que, aunque buenísimos todos, había de sal, de chile y de manteca.

Noche 14. Mi Último Refugio en la Ciudad

Cuando desperté de mi siesta de la tarde, Citlali ya estaba en la biblioteca, de pie frente a la vitrina.

—Hay soldaditos, carritos, figuritas… Mire —dijo entusiasmada—, ahí está el Ángel, Bellas Artes, el Monumento a la Revolución… Todo eso lo conocí ahora que fui.

—Es una ciudad que sufrí por muchos años, sobre todo por el tráfico. Pero ahora que vivo en Valle de Bravo, me gusta ir. Tomo el Zinabus y en dos horas estoy en una de las capitales más grandes del mundo. Hay de todo; yo con ir allá dejo de pensar en viajes al extranjero. Ahí encuentro todo lo que me gusta y, además, tengo un refugio al que le tengo mucho cariño.

—Cuénteme, ¿eso cómo está?

—Un día, ya estando jubilado, me fui a cuidar el jardín de una casa que tuve en Cuajimalpa, y que por aquellas fechas no rentaba pues mis inquilinos la dejaron después de una noche en que se les metieron a robar cuatro asaltantes… Vivía con mi madre en un pequeño departamento en Tlatelolco, por situaciones que por el momento voy a omitir. El tráfico de regreso de Cuajimalpa estaba insoportable. Dos horas y no había llegado ni al Periférico; tres horas y apenas iba por el Paseo de la Reforma. Al llegar a la glorieta de Colón, me di la vuelta hacia una de las calles aledañas porque ya no podía manejar más. De pura suerte encontré un lugar donde estacionarme. Me bajé y me eché a andar por unas calles a medio alumbrar. Los edificios no eran muy altos, de unos cinco pisos, muchos de ellos descuidados. También había algunas casonas de cantera de estilo porfiriano, vistosas pero algo decadentes. Daba la impresión de que en esa colonia el paso del tiempo se hubiese suspendido; los ríos de carros que atascaban todas las avenidas no pasaban por ahí. Mi humor fue mejorando con el aire fresco de la noche.

De pronto vi a una señora de pelo rubio y de buen ver que estaba terminando de colocar una manta en la entrada de una privada, con el letrero de «Se vende». Ya tenía ganas de dejar Cuajimalpa y tampoco estaba a gusto en Tlatelolco, así que me quedé mirando…

—¿Le interesa? —me preguntó la dama.

Dije que sí, y gentilmente me invitó a pasar. Se entraba por un corredor angosto con unas pequeñas casas, todas iguales, a cada lado del pasillo. Parecía el andador de una vecindad, pero con cierto estilo. Al entrar, la casita me fascinó. Tenía detalles que dejaban adivinar sus mejores épocas, como los mosaicos antiguos en el corredor, los plafones en el techo estilo art déco y un lavabo de hierro porcelanizado. También se advertía a primera vista un estado ruinoso: puertas apolilladas, paredes ensalitradas e instalaciones hidráulicas aparentes en el baño, fruto de muchos remiendos y composturas. Tenía un cubo de luz y una escalera de fierro que daba a la azotea, donde solo había un pequeño cuarto de servicio.

—¿Cuánto? —le pregunté.

—Un millón —fue la respuesta.

—Lo compro —dije sin dudar, pues con esa cantidad no adquiriría nada ni en una zona de la periferia. Y esta pequeña joya deteriorada estaba en el corazón de la colonia Juárez, a pocos pasos del Paseo de la Reforma.

—¿Quito el letrero?

—Sí, quítelo, mañana tiene depositado el anticipo.

Me llevó varios meses y algún dinero remodelar esa casita, pero lo hice con cariño. Revisaba los avances y luego me iba a reconocer la zona. El Museo de Cera y el Museo de Ripley eran colindancia de la parte posterior de la privada y cerca había restaurantes de todo tipo. Pronto me compré una bicicleta y mis reconocimientos abarcaron un perímetro mayor. Un día en que me dirigía a Tlatelolco a saludar a mi madre, descubrí un restaurante-bar con una buena dotación de hostess bastante guapas. Ellas atendían y también estaban autorizadas a sentarse en las mesas. No quiero entrar en detalles, pero, desde entonces, ese bar y otros que descubrí después se convirtieron, junto con la casita, en mi «Palacio de las Bellas Durmientes».

—Otra vez salen a relucir esas chicuelas —dijo Citlali con algo de ironía—. Pero mejor sígame contando, de su adolescencia.

Noche 15. Elección para el Futuro

Cuando yo era niño la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiún años. En 1978, cuando tuve que elegir carrera, a los dieciocho ya era mayor de edad. Siempre me ha parecido que a esa edad uno no está preparado para nada, le comenté a Citlali cuando llegó.

—Afirmativo, asintió, sin darle ninguna importancia al asunto.

Al terminar la preparatoria en el Colegio Suizo, no tenía una verdadera pasión por ninguna materia. Tenía predilección por las clases de Historia, Literatura y Filosofía, mientras que las ciencias duras, como Física y Química, no se me daban. Con las matemáticas me las arreglaba bastante bien. Estaba claro que iría a las ciencias sociales, aunque no tenía claro ni a cuál, ni en dónde.

Se juntaron varios factores que me hicieron decidirme por Economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, el ITAM . Mi padre asistió a la universidad, pero nunca concluyó una carrera; tomó cursos de Derecho y de Economía. Mientras fui niño siempre escuché que papá era economista agrícola o bien que era historiador económico. Así que mi elección de carrera fue en gran parte influencia suya. Nos habían dado unos cursos en preparatoria sobre economía que me agradaron: estudiamos sobre todo la ley de la oferta y la demanda, una disciplina curiosa que combinaba la teoría con unas matemáticas no demasiado sofisticadas. El profesor también me cayó bien, a diferencia de los pesados que daban Física o Química, y había estudiado en esa universidad. Mi hermano Gabriel también me habló con entusiasmo de ella. Así que, sin más trámite, fui un día a Río Hondo número 1, pedí los requisitos, hice mi examen de admisión y me inscribí.

Por las pláticas con mi padre me había formado la idea de que las universidades serían un centro de gran actividad intelectual y política; pensaba que al salir del Suizo me esperarían gestas casi heroicas en el debate de las ideas, sin tener mucha claridad de cuáles. Estábamos en 1978; aún no terminaba la Guerra Fría, había muchos seguidores de los modelos de izquierda, por llamarlos de alguna forma, aun cuando ya parecía evidente la superioridad de los Estados Unidos frente a la Unión Soviética. En América Latina aún brillaba la Revolución Cubana y sus logros en salud y educación. Estaba fresco el golpe de Estado de 1973 contra Salvador Allende; las brutalidades del régimen de Pinochet eran conocidas y funcionaban como uno de los estandartes del antiimperialismo de la época. La Revolución Sandinista, también con tintes de izquierda, había ganado las simpatías del mundo entero al haber derrocado un régimen dictatorial corrupto al servicio de los Estados Unidos. En un viaje de mochileros que hicimos a Europa un buen amigo de la preparatoria, mi hermano Gabriel y yo, tuvimos la oportunidad de pasear por algunas de las sedes de La Sorbona y me llamaban la atención los muros pintarrajeados con consignas a favor de la independencia de otros pueblos, y leyendas antiyanquis y antiimperialistas, entre otras.

—¿Ese viaje de mochileros usted se lo pagó? —preguntó Citlali.

—No, fueron mis padres. Yo comencé a trabajar hasta los veintitrés años.

—Sí que tuvo suerte. Yo llevo dos años en la estética. Desde que salí de la «secu» me gustaba hojear las revistas de belleza y, cuando estuve en la prepa, tomé unos cursos de estilista. ¡No gano mucho, pero si viera cómo lo disfruto! Tanto el trabajo como el dinero. Un viaje estaría bien, pero ya llegará el momento.

—Nunca tuve una afición como la tuya. Y créeme que me hubiera gustado.

—Anímese. Aunque sea escriba una novela.

En mi mente juvenil tenía la idea de que en la universidad habría un ambiente politizado que parecería casi festivo, entre gorras del Che Guevara y las canciones de Mercedes Sosa, Violeta Parra, Silvio Rodríguez y otros apologistas de las luchas de nuestros hermanos obreros, campesinos y mineros en contra de la opresión y del Imperio. Pero el ITAM era un centro enfocado en su excelencia académica y, por aquella época, vinculado a las corrientes más conservadoras. Muchos de sus maestros venían de la Universidad de Chicago —los llamados Chicago Boys—, que eran muy conocidos por su papel protagónico en la instrumentación del programa económico de la dictadura chilena. Por pragmatismo, retiré de mi cabeza el casete con las ideas de izquierda, me olvidé del folclorismo revolucionario y de las luchas de clases, y me dediqué al estudio de la ciencia económica químicamente pura [INDEX]. El ITAM era el mejor centro de preparación para los jóvenes en busca de un buen futuro profesional y económico. A partir de la debacle económica de México de 1982, el modelo viró hacia posiciones neoliberales (de derecha, si se quiere simplificar) y los profesores de la institución, así como las generaciones de egresados, vivieron una época dorada que se prolongaría hasta el año 2018, el fin del neoliberalismo.

Fue un alivio entrar a un universo de estudiantes mucho mayor que el del Colegio Suizo. Me hice pronto de un grupo de amigos con los que conviví bastante. Entre clase y clase había tiempo para pasar a la cafetería a jugar dominó; era nuestro punto de reunión y se armaban las retadoras en un ambiente jovial y divertido. Se fue uniendo más gente con otros compañeros que se acercaban y de ahí surgieron muchas ideas. Formamos un equipo de futbol, el Oporto. Algunos de los jugadores eran buenos, sobre todo tenían condición física; muchos otros jugábamos un rato pequeño y pedíamos nuestro cambio pues teníamos una resistencia fatal por fumar demasiado.

Yo me comencé a enviciar con el cigarrillo desde el último año de la preparatoria; en la universidad, donde se permitía fumar dentro de los salones, mi vicio cobró mucha fuerza. Por aquel entonces ya fumaba una cajetilla al día; si había alguna fiesta, borrachera o reunión, me fumaba el doble. En aquella época creía disfrutar del tabaco; al menos no sentía la repugnancia que experimenté después, a partir de los treinta años, al tener la garganta siempre irritada, los dedos amarillos de nicotina y aliento de alquitrán. No fue sino hasta los cincuenta años cumplidos que logré dejar el vicio. Fue repentino, de un día para el otro, una vez que terminé la lectura de un libro fascinante: Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo, de Allen Carr. La información y la manera de presentarla es contundente; nunca pensé que un texto fuera más potente que la fuerza de voluntad o que los parches de nicotina. El autor explica cómo funciona la dependencia psicológica del cigarrillo y, al comprenderlo, es fácil darle la vuelta.

Aparte del futbol y del dominó, organizábamos recurrentemente borracheras. A veces nos juntábamos dos o tres amigos, pasábamos a la miscelánea, comprábamos un six-pack de cervezas o una caguama familiar para cada uno y bebíamos en el carro, entre los chistes y el anecdotario. A veces nos juntábamos en casa de algún amigo y la reunión se armaba ahí. «Fuera del alcohol toda felicidad es ficticia», solía decir alguno. Muchas veces, a media borrachera, nos íbamos a algún restaurante o bar a tratar de conocer muchachas; algunas veces, no muchas, teníamos éxito y llegamos a hacer algunas amigas ocasionales. Con el tiempo, algunos del grupo fueron encontrando su pareja o novia, pero quedamos algunos que hasta el final de la carrera no nos enganchamos con ninguna. Y en una ciudad como lo era México en la década de los ochenta, con una vida nocturna inigualable, la parranda terminaba muchas veces en los bares de chicas, casas de citas o prostíbulos diversos.

—¿Y no agarró el vicio del alcohol? —preguntó Citlali—. Ya ve que al pueblo le apodan «Valle de Briago». Y para salir de eso… Solo he visto algunos que van a los grupos de AA y otros conocidos de mi mamá que se unieron a los Testigos de Jehová. Lo bueno es que ya lo dejaron.

—Como dicen los chinos: «No importa de qué color sea el gato, siempre y cuando cace ratones». Pero no, yo no me envicié con el alcohol; a ese sí lo domino.

En los últimos años de la carrera, todos comenzamos a ganar dinero con nuestros primeros trabajos. El ser estudiante del ITAM funcionó muy bien pues ninguno enfrentó mayores dificultades en encontrar empleo. Solteros y sin compromisos, mucho de nuestro dinero se nos fue de esa manera. El futuro parecía prometedor y había que disfrutar el presente. Los lugares que había para encontrar chicas de la vida alegre eran muchos y sensacionales, especialmente en la colonia Roma, la zona Rosa, y la colonia Juárez. Eran lugares amplios, bien puestos, con una abundancia de chicas guapas que no he vuelto a ver en mi vida.. El ambiente era distendido; se sentía uno seguro. Uno se iba de farra, y al terminar, manejaba uno tranquilo hacia su casa. Aún no estallaba la crisis financiera de 1982 y sin darnos cuenta, brindamos felices en la borrachera del modelo económico del Presidente José López Portillo. Uno se sentía el sultán de Persia, rodeado de tanta belleza al alcance de la mano.

—Las Bellas Durmientes… como que tiene obsesión con ellas.

—Había chicas muy guapas, que venían de Culiacán, de Guadalajara, de toda la República…

Ellas conversaban y tomaban, y se iban si querían y cuando querían y con quien querían, no como ahora, que están todas controladas por las mafias… digamos que uno era como el anciano del cuento de Kawabata, pero en su juventud… y ellas eran como las bellas durmientes, pero a veces se pasaban de vivas…

—Ya, me paró Citlali en seco. —No le adorne…

Noté que Citlali se levantaba de su sillón. Se puso de puntillas y alzó los brazos estirándose a fondo, con las palmas hacia el techo y la espalda arqueada. Tras tallarse los ojos con fuerza, volvió a dejarse caer en el asiento, se encogió sobre sí misma cruzando las piernas y, con una mirada muy viva, preguntó:

—Oiga, ¿y en esas borracheras, ¿cómo hacían para librar el alcoholímetro? Ya ve que se instalan por todos lados

—No había.

 —¿Y el SIDA qué?

—Tampoco había.

—¿Y los secuestros, y la inseguridad?, preguntó ya con más cautela. Y se contestó solita: De seguro tampoco había.

En aquellos años de juventud, no había tiempo para pensar en soledades, había muchas cosas que hacer y mucho mundo por descubrir. Con mi grupo de amigos, también organizamos muchos viajes, la mayoría de ellos en automóvil, ya fuera a Cuernavaca, Acapulco y Zihuatanejo, o a las ferias mexicanas del Bajío, la de Querétaro y la de León, así como la feria de San Marcos en Aguascalientes. Íbamos a cenar y tomar, tratar de conocer algunas chicas, a veces lo lográbamos y a veces no, luego ir a la discoteca, o la plaza de toros, o las peleas de gallos y presenciar los espectáculos que presentaban en los palenques. Recuerdo, por ejemplo, a la cantante Yuri en la feria de León. También eso se lo tragó el tiempo. Los animales adquirieron derechos, incluyendo toros, gallos y pericos.

Esa época correspondió a la de mi primer trabajo, en Banco Mexicano Somex, también desaparecido.

Noche 16. Proyecto Bambú

Estaba terminando de leer un capítulo más de la novela de Stefan Zweig, El Mundo de Ayer, que es una mezcla de sus vivencias entremezcladas con los acontecimientos que le tocaron vivir: el derrumbe del Imperio austrohúngaro y la destrucción de Europa con la Primera Guerra Mundial.   Muchas veces siento que yo también pertenezco al mundo del ayer. El México que conocí ya no existe; la ciudad ya es otra; el pueblo igual. El concepto de familia nuclear y ampliada en el que crecí ya es obsoleto. Ni quien conviva con sus tíos y primos; muchas veces ni siquiera con los hermanos. Vivo en un anacronismo, yo solo en una casa enorme en un terreno de dieciocho hectáreas. En eso llegó Citlali, con buñuelos y unos vasos de unicel con atole de guayaba.

 — ¿Se le antoja?

Estaban buenísimos.

—¿Aparte de El Palomo, nunca tuvo Usted algún otro emprendimiento? Me quedé con esa duda el otro día, comentó ella, acomodándose en su sitio.

Pues sí. Fue una mezcla de hobbie y emprendimiento. Tengo un ranchito por aquí cerca, por el barrio de Otumba. Ese es solo mío. No es copropiedad con nadie, a diferencia de este cerro en el que estamos, que se llama San Antonio. En un viaje que hice a Colombia, con motivo de mis cincuenta años, me llamaron la atención unos manchones de un verde muy luminoso que se aparecían en las llanuras, o al borde de algunos ríos. Fue un enamoramiento a primera vista. Me dijeron que esas plantas se llaman guaduas, que son una especie de bambú gigante. Luego me llevaron a conocer varias construcciones que se elaboran con la guadua seca, y me fascinaron. Es como armar construcciones con palillos. Se van uniendo los trozos entre sí en formas que pueden ser bastante caprichosas, ya que es un material muy ligero. Luego hice otro viaje posterior a ese país, para aprender a hacer las uniones de la guadua. Como el material es redondo, y hueco por dentro, las uniones se hacen igual que en las tuberías, solo que sin soldadura. Los cortes deben embonar perfecto. Se pueden hacer con una broca circular, pero si los diámetros no son idénticos, no quedan bien y hay que ajustar a mano. Aprendí a hacerlos con puras gurvias y martillo, como allá. Lo más difícil es calcular el tipo de corte en función del ángulo que desee uno para la unión. Luego aprendí a meter los herrajes por dentro para detener las piezas, pero bueno, acá en la biblioteca tengo muchos libros que tratan de eso.  En México localicé un vivero en Huatusco, Veracruz, que ya había adoptado varias variedades de bambú al clima de allá, y tenían a la venta tanto planta como guadua seca lista para construir. Traje material con el que hice una palapa en el jardín, y sembré toda la barranca que atraviesa mi predio con las variedades que me recomendaron. Tenía la ilusión de vender guadua cuando creciera. Mis plantas ganaron  diámetro  año con año pero al cortarlas, vi que las paredes internas eran muy delgadas, y no servían para la construcción.

Pero me sirvieron para hacer algunos muebles y una que otra artesanía. Hice una repisa, pequeña. Las patas laterales tienen una forma de “K” y arriba les puse una tabla de palma, que traje de la costa de Michoacán. Se llama la repisa “Katy”.

—A ver cómo está eso, ¿una repisa con nombre de mujer? — preguntó Citlali, con una sonrisa pícara.

—En esos viajes a Colombia, no iba nada más a ver la guadua…

El emprendimiento falló, pero hay veces que me meto a caminar en el guadual. La frescura de la sombra, y la visión de los tallos juntándose unos con otros a unos veinte metros de altura, refresca el cuerpo y eleva el espíritu. Me gustaría poner un vivero ahí, en ese terreno, no solo con bambús sino también con muchas otras variedades de plantas que tengo en este cerro, más otras que vaya a comprar a Zitácuaro, Tuxpan o Atlacomulco, para que sea negocio.

—Está bonito ese negocio, dijo Citlali. Sobre todo, si le gustan las plantas. No creo que le vaya a dejar mucho dinero, pero los hobbies cuestan, como Usted ya vio.

—A lo que le tengo más fe para financiar mis últimos años es la lotificación que estoy haciendo. Ya pusimos drenaje, contraté unas tomas de agua, ya estamos empedrando el camino de acceso y ojalá, pronto podamos mostrar los terrenos del Rancho Las Amelinas a los clientes.

—¿Así se llama? No lo había escuchado.

—Una herencia de mi madre. Ella le puso ese nombre, por una buganvilia enorme que hay en la entrada.

Noche 17. Tesis de licenciatura y Viaje a Inglaterra

Citlali sacó de su morralito una bolsa de pistaches y otra de garrapiñados y me ofreció:


—No vaya a creer que hoy traje mi «itacate». Solo son unos antojos para espantar el hambre.

—Se aceptan de buena gana —le contesté, tomando un puñado de garrapiñados mientras el aroma dulce invadía el espacio—. Al paso que vamos, terminaremos hablando en náhuatl. Y por cierto, te contaré las dificultades que enfrenté para salir airoso del ITAM, mi  «Calmécac».»

Me demoré bastante en terminar mi tesis de licenciatura. Me embarqué en un tema que me dio mucho trabajo desarrollar, a sugerencia de uno de mis profesores. Citlali ya estaba en su sillón, escuchando atenta.

—Ni me hable de eso —intervino—. Ya me advirtieron en la escuela que tendremos que hacer una tesis para graduarnos. Todos dicen que es de lo más aburrido, sobre todo si el asesor se pone pesado.

—Justo eso fue lo que me pasó. Es una flojera, pero es la primera gran prueba por la que uno pasa en la vida profesional. O aprendes a ponerte firme o nunca te van a respetar.

Después de la crisis al final del gobierno de López Portillo estábamos por entrar en la época del liberalismo triunfante, pero aún había alguna oposición. El marxismo-leninismo todavía no terminaba de caer; faltaban tres años para que se derrumbara el Muro de Berlín en 1989 y colapsara la Unión Soviética en 1991. Mi tema era La teoría de Cambridge y la intervención gubernamental en la economía; en retrospectiva, nada nuevo: había argumentos a favor y en contra de la participación estatal en los mercados. Traté de ser lo más objetivo posible y ese fue el motivo de mi tardanza. Es más fácil abrazar un credo que ponerse a comparar a Cristo con Mahoma.

Por ese entonces mi padre era profesor-investigador en El Colegio de México y tenía asignado un cubículo soberbio, con un gran ventanal al patio central del edificio. Él solo iba de vez en cuando, así que me entregó las llaves para que fuera cuando quisiera. Así lo hice. Muchas veces bajaba a la cafetería y me quedaba observando el barullo de los distintos grupos de estudiantes; luego me subía a mi encierro del segundo piso. Me sentía un usurpador ocupando ese espacio de mi padre.

Mi asesor tenía dudas sobre el equilibrio del texto, aunque no me lo decía con claridad. Un día, después de muchas versiones, me soltó:

—¡Lo que sucede es que el pensamiento es matricial y el lenguaje es lineal!

Llevaba ya más de dos años desde que había iniciado; me parecía que mi trabajo ya era bueno y no estaba dispuesto a hacer más borradores. Lo encaré y le respondí que efectivamente el lenguaje es lineal, pero que si se entendía o no lo que había escrito, y si mis conclusiones eran válidas o no. Con algo de desgano me firmó el trabajo, busqué a unos profesores para que fueran mis sinodales y me gradué con mención honorífica. Era la condición que me habían puesto en el banco para concederme una beca para irme a estudiar. El título de cualquier manera lo tenía que sacar: era un compromiso con mis padres y conmigo mismo.

No estaba tan convencido de seguir estudiando Economía. En la teoría económica, como se dice una cosa, se dice la otra; todo depende de los supuestos que se hagan. Pero para que me consideraran un economista calificado debía tener un título de posgrado en el extranjero. Recuerdo bien el símil que traía en la cabeza: «Es como ser un buen chofer y no tener licencia». La beca del banco no era una oportunidad que se pudiera desechar tan fácilmente y fue el factor que inclinó la balanza a favor de que continuara en la disciplina.

También mi padre me convenció. Él había sido un autodidacta sin título; le decían doctor y, cuando le preguntaban por cuál universidad se había doctorado, contestaba que por una de Sudamérica. Y efectivamente, cuando vivimos allá, decirle a alguien doctor es como decirle aquí a alguien licenciado. Leyó bien los tiempos y me hizo ver que, sin un posgrado en el extranjero, mis posibilidades en el mercado laboral no serían buenas. Opté por el pragmatismo. Me enteré de que en Inglaterra las maestrías se obtenían en tan solo un año  —mientras que en los Estados Unidos se requerían dos—, que era más fácil ser aceptado allá y que los estudios eran menos pesados. «Es el sistema inglés —me decían—, cada uno avanza al ritmo que quiere». Me aceptaron en la Universidad de Warwick para comenzar clases en octubre de 1986.

—Oiga, yo tengo ganas de irme a Estados Unidos —dijo Citlali—. Tengo unos parientes allá.

—¿A estudiar? — le pregunté.

—¡Nooo! A ganar dólares, despelucando a los gringos.

Noche 18. Prisión en Altamar

Entró Citlali y colgó su rompevientos en el respaldo de una silla. Se quedó un rato de pie mirando hacia la vitrina.

—Oiga, ese barco que tiene unas grúas y unas cajitas en la cubierta desentona con los carritos. ¿Qué hace ahí?

—Se llama  Toluca, hermano del Monterrey: cargueros de contenedores de la extinta Transportación Marítima Mexicana, construidos en la también extinta Yugoslavia…

Me interrumpió:

—Todo está extinto en sus relatos. No me lo tome a mal, pero usted también está en peligro de extinción.

No me hizo mucha gracia el comentario pero me aguanté.

 —No todo, dije, mientras la memoria no se extinga… Pero te voy a contar la historia del barco.

 Me faltaba un año para salir de la preparatoria. Mi padre, por ese entonces, tenía que ver con los puertos que estaba desarrollando el gobierno, por ahí de 1978, y conocía a los directivos de las principales navieras de México. Se enteró de que, en ocasiones, admitían a unos pocos pasajeros en los cargueros; que algunos jóvenes aprovechaban eso para conocer el mundo y que, en el trayecto, para no aburrirse, los ponían a trabajar. Me entusiasmé cuando me lo contó y, poco después, me presenté en el muelle de Tampico, dentro del recinto fiscal. Ahí estaba atracado el Monterrey, y me subí. Me asignaron el mejor camarote que tenían libre: tenía baño privado, muebles cómodos para ser barco —atornillados al piso— y unas escotillas que daban al mar, protegidas con sólidas barras de metal. «Este va a ser tu lugar, a menos que se presente un incidente», me dijeron. «¿Como cuál?», pregunté. «Que tengamos que arrestar a algún compañero por mal comportamiento o conducta antisocial. No pasa muy seguido, pero a veces sí. Algunos no aguantan las travesías y desvarían; cuando hace falta, los encerramos aquí. Este camarote es la cárcel del barco».

El buque iba con destino a tres puertos brasileños: Recife, Río de Janeiro y Santos. Diario llegaban tráileres con contenedores y los subían con las grúas del barco; primero se llenaron las bodegas interiores y después comenzaron a apilarlos en cubierta. Había otros dos jóvenes que viajarían de pasajeros igual que yo; los primeros días fue interesante ver las maniobras, pero como demoraba la carga, nos hicimos amigos y nos fuimos a conocer la ciudad y el puerto de Tampico. A veces tomábamos en los bares de nota roja del puerto, a veces nos adentrábamos más. Una vez nos metimos a tomar al panteón municipal: pusimos la botana y los vasos sobre una tumba y brindamos por el difunto con el que compartíamos la instalación.

Un día de esos, tomando cerveza afuera de un expendio, nos levantó una patrulla: «Está prohibido tomar en la vía pública, jóvenes». Nos condujeron a una comisaría; para pasar a ver al juez atravesamos varias rejas y la última la cerraron detrás de nosotros. Quedamos encerrados en una celda común. Había muchísima gente adentro, todos de mal aspecto, sucios, harapientos y sin rasurar. El olor a orines y excremento era insoportable; el baño era una esquina designada sin ninguna instalación. Del susto y la impresión saqué un cigarrillo y el encendedor; no había echado la primera bocanada de humo cuando se me abalanzaron todos los presos, me arrebataron la cajetilla y luego se pelearon entre ellos por el botín. Fue una noche espantosa, con el agravante de que la borrachera se comenzaba a bajar y entraba la resaca al cuerpo. Cuando amaneció pasó un guardia, aventó tortillas duras a la celda y los presos las tomaron casi al vuelo; no fue sino hasta después de unas horas que nos llamaron y, ahora sí, nos llevaron con el juez. «Son mil pesos por cada uno», dictaminó. «No traemos», respondimos. «Voy a dejar a uno libre, los otros dos se quedan a consignación». Mi compañero no demoró demasiado, pagamos y llegué al mediodía al barco, feliz de estar de nuevo en la prisión.

La travesía por el golfo de México fue un gozo. Pegaba un aire muy sabroso en la cubierta y el espectáculo cambiaba a lo largo del día, desde el amanecer hasta la noche. No me cansaba de mirar la estela que dejaba el buque. De pronto, junto a la estela comenzaron a nadar delfines que nos seguían, pues ya estaban acostumbrados a comer los desperdicios de cocina que arrojaba el barco. Días después aparecieron los peces voladores, que salían del agua, volaban bajito unos diez metros, se volvían a sumergir y así sucesivamente. Por las noches contemplábamos las fosforescencias del golfo: pequeños puntos verdes y amarillos que brillaban en la oscuridad del mar. La bóveda celestial se veía majestuosa, sin ningún resplandor que la opacara; y también puse gran atención en el silencio de la noche en el mar: un silencio absoluto, solo rasgado por algunas olas que reventaban en el casco. Una maravilla de la creación.

De día trabajábamos en cualquier cosa. Tardamos varios días en lijar y barnizar unas bancas; otros días más en limpiar unas paredes de lámina. Vimos desfilar los faros que anunciaban Cuba y después los de una infinidad de islas que hay en el camino. Salimos al Atlántico Sur, poco después atracamos en Recife por un día, luego en Río de Janeiro por varios más… Adoptamos las costumbres de los marineros: en tierra no se podía desaprovechar un solo momento, había que vivir y gozar, pues después seguirían más días de navegación en la soledad del mar. Cerca del puerto de Río había infinidad de bares, ya sabrás de qué tipo… Fueron varias desveladas, varias borracheras, mucho más agradables que en Tampico, a ritmo de samba, licor de maracuyá y muchas mulatas que hablaban portugués. «Yo, en navío…», era lo más que logré comunicar. Mientras el barco siguió a Santos, nosotros nos fuimos por tierra a la Argentina: noventa horas de autobús, una paliza, pero así llegué a Buenos Aires la primera vez…

—¡Ajajá! —exclamó Citlali—. «Yo, navío…», ¡y seguro las mulatas le dijeron «yo, canoa»! Pero ni mi cuente más; me imagino que la Casa de las Bellas Durmientes también tendría sucursales en Brasil. ¡Hombres!

Noche 19. El sello de alien

—¿Hola, Citlali, todo bien hoy? ¡Llegaste muy tarde! Ya iba a ponerme a platicar con ChatGPT.

—Pues si quiere —me contestó de bote pronto—, pero me quedé con las ganas de saber cómo fue que llegó a Inglaterra cuando se fue a estudiar allá. Nada más falta que lo hayan metido preso.

—Pues preso, precisamente, no. En el aeropuerto de Gatwick me plantaron un sello en el pasaporte que decía: «Presentarse en la estación de policía de Birmingham en un plazo máximo de tres días». Así que fui; revisaron el pasaporte hoja por hoja y le plantaron otro sello, ahora enorme y de color rojo, que decía: ALIEN. Significa que era yo un extranjero…

Le volvió a ganar la risa.

—Sí que está chistoso. Alien, como en la película… Y sí se parece…

—Ya, Citlali, hoy vienes muy chistosita… Volé directo de México a Londres. El aeropuerto de Gatwick se sentía impersonal, había pocas tiendas y poca gente, tal vez por la hora. Caminé por pasillos muy largos hasta encontrar la salida hacia los autobuses que me llevarían al centro de Londres, y de ahí tomaría el tren a Coventry, en el corazón de Inglaterra. La salida conectaba con una rampa en espiral que descendía varios niveles; sentí en la cara el aire de Inglaterra, húmedo y frío, y eso que aún era verano. Ya había ido a Europa varias veces, así que no me costó trabajo movilizarme y llegar a mi destino.

Me alojé en una casa de huéspedes y, al día siguiente, un taxista con turbante me llevó al campus de la Universidad de Warwick. «Perdone, pero no entendí, ¿a dónde lo llevo?», me preguntó. «Warwick University». La primera repetición la hice con tranquilidad, «Guar-güik»; la segunda me impacientó un poco y, cuando íbamos por la tercera, preferí mostrarle un folleto en donde venía escrito el nombre. «¡Ah, Warwick!». En el año que estuve ahí nunca logré pronunciarlo bien. Y la otra palabra que me dio muchísimos problemas fue la marca de mi tabaco: «A packet of Marlboro, please». No me entendían, hasta que señalé la cajetilla roja con su triángulo blanco. Ya después, en la tienda de la universidad los pedía y me los daban, y comencé a sentirme orgulloso de mi acento inglés. Hasta el día en que hice un paseo fuera del campus y se repitió la escena: «A packet of what?».

Esa mañana de mi llegada a la universidad fue decepcionante. La institución acababa de entrar en vacaciones de verano, detalle que ya sabía, pero al que no le había prestado importancia. «Ni modo que no haya nadie», era mi hipótesis. Después de preguntar en varios lugares, entendí que no me atendería nadie sino hasta dentro de dos semanas y, gracias a que insistí, me otorgaron la llave de un dormitorio en uno de los edificios para estudiantes de la universidad, previo pago del semestre por adelantado. Serían como quinientos metros desde la oficina hasta aquel edificio, y había que atravesar unos campos intensamente verdes, de césped bien cortado, que parecían infinitos, pues se perdían entre la neblina. Iba jalando unas maletas, empujando otras, hasta que llegué.

Era un edificio de ladrillo precocido, de tres pisos. No tuve que subir escaleras, me tocó en planta baja; abrí la puerta del cuarto que me correspondía y me quedé paralizado. La habitación tenía dimensiones mínimas: tendría unos dos metros de fondo por tres de ancho. Había una cama, un librero, una tabla de madera a la altura de la ventana que hacía de repisa o escritorio, y una silla. Jalé las maletas, que ocuparon todo el espacio sobrante, me senté en el catre y, antes de que cualquier otro pensamiento se adueñara de mí, saqué del equipaje una muda de ropa y los artículos básicos de limpieza, los empaqué en una mochila que llevaba y salí disparado de ese lugar. Tomé mi double-decker, me bajé en la estación de trenes y me quedé mirando el tablero de salidas. «Un boleto redondo para Edimburgo, por favor». Aunque el nombre de esa ciudad también tiene una pronunciación casi imposible: Edinbro, algo así.

Ya sentado en el tren, volví a repasar una y otra vez la imagen de esa habitación que sería mi hogar por los próximos doce meses. El paisaje era tranquilizador: primero, campos de trigo aún sin cosechar, con las espigas meciéndose al viento; después, más al norte, las pequeñas colinas escocesas, no muy altas, ondulantes, con rebaños de ovejas aquí y allá. Me fui tranquilizando. Me fui haciendo a la idea de que no era tan malo el dormitorio, que tendría un lugar para mí solo, que sería un año nada más y que ya me acostumbraría a ese nuevo entorno. Bajé en Edimburgo ya más tranquilo, aunque probablemente todavía bastante inquieto. Ya había estado en esa ciudad dos años antes con mi padre, un verano en que él trabajó en Londres y yo, gracias a sus conocidos, me había embarcado en Coatzacoalcos en un buque de Azufrera Panamericana con destino a Immingham, un puerto en el Mar del Norte.

En esa ocasión nos juntamos mi padre, mi hermano Fernando y yo, e hicimos esa visita a Escocia que resultó muy agradable. En esta nueva estancia, pasear solo por ahí no estuvo mal, pero fue menos divertido que la vez anterior. Conocí Glasgow, que me pareció una ciudad desolada. Di con un punto en la costa, en una entrada de mar no muy lejos de Edimburgo, y di un paseo en barco sensacional. Recuerdo el aire fresco que soplaba en cubierta, que llenaba los pulmones de vida, daba energías al corazón y, sobre todo, paz y serenidad a la mente al contemplar la majestuosidad de las olas, del cielo, de las nubes y del mar. Sin mayores incidentes regresé al campus de la Universidad de Warwick, ya mentalizado, reconciliado con mi decisión de haber ido para allá.

—No conozco el mar todavía —dijo Citlali—. Pronto iré. Cuando estoy ansiosa me subo hasta la mera punta de La Peña y me siento a ver el lago, las nubes, las montañas… Aunque prefiero subir con mis amigas.

Noche 20. Un verano diferente

Regresé a Warwick con buena mentalidad para comenzar el curso introductorio que ofrecía la universidad, que tendría una duración de tres semanas. Había algunos talleres de redacción en inglés, de comprensión oral y escrita y, lo más complicado para mí, de pronunciación. Un día fuimos a un set de grabación de sonido donde practicamos la expresión oral frente a los micrófonos. [1]

—¿Me va a hablar ahora de su «Calmécac» del extranjero?

—Te diría que sí, pero no. Del «Calmécac» los nobles obtenían el «Tlamatiniyotl». Que proviene de tlamatini —'sabio, erudito o el que sabe cosas'— y el sufijo -yotl, que vuelve el término un concepto abstracto: 'sabiduría profunda' o 'el estado de ser un erudito'.

—¡Sácatelas! Ese título sí que estaría de diez. «Erudita en enfermería» —dijo, en tono jocoso—. Ahora un posgrado es poco más que un papel pegado en la pared.

—Por lo mismo lo evité. La belleza del náhuatl es que no designa cosas, sino que se refiere a conceptos. Y aún no conozco de ninguna institución que nos instruya en la sabiduría profunda.

 

 

Al salir de las clases se armaba una «cascarita» de futbol con los compañeros; había varios japoneses y muchos otros asiáticos, italianos y de diversas nacionalidades europeas. Los campos de césped bien cuidado eran de ensueño, y seguido me venía a la mente que ya me había «internacionalizado» en el futbol. También se organizaban partidos de squash con retadora de todos contra todos. Algunos días jugué tenis con una compañera española que llegó un poco después, de nombre Sara, originaria del País Vasco. Ella era buenísima, me barría literalmente con sus swings, pero tenía paciencia conmigo y peloteábamos un rato bastante a gusto. Yo tenía veintisiete años en ese entonces y ella veintitrés; me hacía notar esa diferencia como si hubiese sido mucha. Ahora esa distancia me parece ridícula, hasta poca.

Le brillaron los ojos a Citlali y, con una sonrisa pícara, preguntó:

—¿Quiere que hagamos unas cuentas? Digo, para practicar matemáticas.

Había otra muchacha ecuatoriana y por las noches nos juntábamos los tres en la cocina común del edificio donde ellas vivían. Ellas preparaban la cena y yo ayudaba en lo que podía, pues nunca aprendí a cocinar. Resultaba muy agradable esa convivencia. A veces llegaba algún otro compañero; después hacíamos largas sobremesas conversando sobre nuestras vidas y nuestros países, y muchas veces Sara sacaba una guitarra y nos ponía a todos a cantar. Yo nada más movía los labios para no desentonar. Me sentía muy acogido en esa pequeñísima comunidad latina que habíamos formado. También se presentaba con relativa frecuencia una compañera alemana, muy joven, y conversaba con ella intercalando el inglés y el alemán, que fue una de las poquísimas ocasiones en la vida en que lo llegué a utilizar. Me gustaba esa chica y, de haber evolucionado las cosas de manera distinta, tal vez me hubiera ennoviado con ella.

Tenía la impresión de recibir una bocanada de aire fresco en mi vida, después de la aridez en el banco. Por primera vez vivía fuera de mi casa y era una sensación muy grata, de libertad. A veces, por las noches, salía a caminar por los senderos del campus que conectaban después con unos campos de trigo y, un día, descubrí una salida a la carretera que iba a una localidad cercana, Kenilworth. Regresaba relajado y contento a mi pequeña habitación. Había colocado un mapamundi gigante que abarcaba toda la pared, el cual resaltaba por el color azul turquesa de los océanos.

Un día por semana tocaba ir a una lavandería de monedas cerca de mi edificio; esperaba a que terminara la lavadora, la cambiaba a la secadora, doblaba mis cosas y regresaba a acomodar. Otros días eran de supermercado: hacía compras muy básicas como jamón, pan, cereales de maíz, leche, plátano, espaguetis y salsa de tomate. Es lo único que llegué a cocinar: hervía el agua, echaba la pasta, enjuagaba y en la misma olla vertía la salsa, rallaba el queso y me lo comía ahí mismo. Al paso de los meses esas comidas se volvieron insoportables, pero al principio estaba muy a gusto con mi nueva cotidianidad. Clases de inglés, nuevos amigos, deporte, reunión social en la cocina y mis actividades diarias del hogar. Mi espacio físico se redujo muchísimo, pero mi ámbito de acción se amplió bastante al haber salido de la casa.

A veces, en los senderos que cruzaban el campus, me topaba con algunos conocidos e intercambiábamos el saludo apache: «Hi», y cada uno seguía por donde iba. Un día que tenía ganas de charlar, le pregunté a dos morenos de Sri Lanka —de una tez muy oscura, tipo hindúes, pero más morenos— cómo les iba la vida con las chicas en Inglaterra. Y les hice una seña con las manos que es universal. «Nada», me dijeron. «¿Por el tema del SIDA?», les pregunté. «Bueno, también por eso», y los tres nos reímos un buen rato.

La amistad con Sara se volvió cada día más íntima, más intensa. Me contaba muchas de sus historias personales y recurrentemente me hablaba del novio que había dejado en España, a veces como extrañándolo, muchas otras quejándose de él; daba la impresión de que lo consideraba un hombre sin futuro y que estaba con él por inercia o por costumbre. Yo, en cambio, me sentí de pronto muy confiado de mí mismo, me formé expectativas de un porvenir muy halagador una vez que regresara a México, y sentía que mi país tenía muchísimo más que ofrecer que la España de Sara, que aún no despegaba al desarrollo vertiginoso que siguió después. Muchas veces me formé la imagen de Sara en México, conmigo, siendo felices.

Faltaban pocos días para el comienzo formal de las clases de maestría a principios de octubre, del fin de nuestro curso propedéutico y del verano. Los días comenzaron a hacerse ligeramente más cortos, aunque de pronto se formaron unos nubarrones hacia el final de mi verano idílico que nada tenían que ver con la meteorología.

Noche 21. La Tormenta Perfecta

Al día siguiente, Citlali llegó más temprano que de costumbre, pues el sol se acababa de poner y aún se advertían destellos rojizos en el horizonte. Se sentó en su sillón de siempre, cruzando las piernas. Pronto comencé a narrar mi historia en el punto en que la había dejado.

Cuando recién la conocí, noté que Sara tenía una ampolla en el labio superior, a lo que no presté importancia; ni sabía de lo que se trataba, ni impactaba tanto, y Sara era nada más una chica a la que acababa de conocer, como a otras más. La imagen regresó a mi mente cuando ya éramos amigos cercanos y nuestros encuentros pasaban de un acercamiento emocional a un distanciamiento, tal vez en un mismo día. Me desconcertaba bastante, pero esa relación era fascinante, pues nuestras percepciones de cualquier situación eran muy distintas: la de ella como española, la mía como mexicano. Además, tenía mucha gracia para decir las cosas.

—Los ingleses comen pez —me dijo un día, casi indignada—. Sí, fish and chips, pez con patatas.

Ella venía del País Vasco, de una pequeña localidad costera cerca de Bilbao donde descargaban a diario la pesca del golfo de Vizcaya.

—Allá comemos merluza, lubina, anchoas, verdel, besugo… —y se siguió con una lista casi interminable de diferentes variedades de pescado.

Me contaba de sus paseos por la ría, sus escapadas a comer tapas con los amigos y muchas actividades que en la Ciudad de México no se podían hacer. Yo, en cambio, le hablaba de nuestras grandes casas comparadas con sus pisos, de las comidas en casa de los amigos en lugar de sus idas de tapas, de los viajes a Acapulco y Puerto Vallarta, y cosas así. En Europa la vida era mucho más «social» por las limitaciones de espacio, según yo, mientras que en México la vida era más «individualista» por nuestra extensión territorial. Ahora reconozco que eran nociones muy distorsionadas de mi patria, que provenían de la burbuja en la que me crie.

Entre estas pláticas se deslizaban algunas confesiones personales, hasta que surgió lo que ella llamó «un error de juventud», que no era tan grave, pero ciertamente le preocupaban «esas pupas que me salen». Me desconcertó. Escuché, pero no acusé recibo. Antes de partir para Inglaterra, en la revista Time había salido una portada con el dibujo de una pareja dándose un beso, y la lengua de uno de ellos tenía forma de serpiente. El reportaje era sobre el herpes, una enfermedad de transmisión sexual que proliferó o saltó a la luz por aquellos años. Me atemorizó mucho ese reportaje y me prometí a mí mismo cuidarme en esa aventura inglesa, pero nunca imaginé la forma en que se me aparecería esa condición. Ya para aquel entonces, mi conexión sentimental o dependencia de Sara era total y no estaba en condiciones de terminarla.

Los estudios formales comenzaron en octubre. Un día, al salir de la primera clase después del almuerzo, vi con desconcierto que estaba anocheciendo. No eran ni siquiera las cinco de la tarde y comenzaba a calar el frío y el viento. Cada día había menos día y más noche. Había muchas lecturas por hacer, ocupaciones no faltaban, pero el encierro en mi pequeña habitación comenzó a hacerse opresivo: quince horas de oscuridad y nueve horas de penumbra, de una luz tenue y un sol que nunca llegaba a salir. Salvo muy ocasionalmente, se abría un espacio entre las nubes y por minutos caía el sol. Eran los famosos sunny spells, que muchos aprovechaban para dejar lo que estuvieran haciendo y salir un rato a sentir el calor.

No supe manejar mi horario por aquellos días. Al llegar de noche al cuarto me daba sueño; me despertaba con hambre y a las ocho o nueve salía a la cocina común a prepararme un sándwich; me aplicaba un rato a mi estudio y pronto tenía que suspender porque se llenaba de humo la habitación y tenía que abrir la ventana al viento gélido del otoño. Mi ciclo vital se trastornó; las mañanas se confundían con las tardes, que no eran tales, y las noches parecían extenderse por todo el día. Siempre estaban encendidas unas farolas que indicaban el sendero que conducía a nuestros dormitorios.

Al entrar al pasillo, había un teléfono de pared con un cartelito arriba que decía: «Para las personas que estén pasando por una crisis —o simplemente necesiten hablar con alguien» .

—Oiga —intervino Citlali—, ese letrero estaba de terror. Caminar a oscuras con el azote del viento y que al llegar se encontrara con ese cartel… Me imagino que con solo leerlo me darían ganas de llorar.

—Algo así me sucedía, hasta que dejé de voltear.

A eso se sumaba el asunto de Sara. Ella era una estudiante excepcional. Tenía una auténtica pasión por la estadística y la econometría. Disfrutaba de las clases optativas que tomaba: «Una gozada las explicaciones de ese profesor», me contaba. Las materias que tomábamos juntos no se le dificultaban, pues las acababa de ver en su último año de universidad. Yo tenía cuatro años de haber egresado y muchas asignaturas nunca las vi, precisamente las que estaban de moda en aquella época: Teoría de juegos y economía de la incertidumbre. Sara se metió de lleno a los estudios e hizo nuevas amistades con compañeros que, al igual que ella, disfrutaban aquellos temas. Para mí era una tortura escuchar aquellas clases de las que no comprendía nada; ni siquiera, bien a bien, lo que decían los profesores, ni el chiste que soltaban de vez en cuando y que hacía carcajear a mis compañeros.

Durante la semana nos veíamos poco, pero los fines de semana por lo general teníamos algo de tiempo para convivir y nuestro afecto mutuo seguía creciendo. Muy pocas veces volvimos a hablar del tema del herpes; a veces nos íbamos de paseo al lago, a veces al súper y algunas veces hicimos el viaje a Londres de un día completo. Allá no faltaban cosas de qué platicar ni de qué emocionarse, desde la gente de todo tipo —ingleses y extranjeros, ejecutivos y vagabundos, nerds, punks y otras tribus que en aquellos años solo había allá— hasta la magnificencia de los museos. Pero lo más atractivo de ir con Sara eran los detalles pequeños. En una tienda vio unas tazas de cerámica, bastante comerciales, con alguna figura o dibujo. Entró como niña chiquita a verlas y salió con una buena dotación: «Me encantan las tazas», me confió con una sonrisa de gusto y mucha satisfacción. Disfrutábamos una taza de chocolate caliente en cualquier local como si hubiésemos entrado a un restaurante de lujo.

Volvía a las interminables noches de mi habitación. El tema del herpes no me dejaba tranquilo; repasaba todas las situaciones y todas las posibilidades. ¿Debía yo aceptarla como era? No había mucha información y solo sabía lo que decían los artículos de la revista Time, que debieron de haber sido bastante sensacionalistas. Un día fui a ver al médico del campus, un tipo de muy pocas palabras. «En este país, tantas de cada diez personas tienen el virus del herpes», dictaminó, y dio por terminada la consulta. Me figuraba que haría yo un sacrificio muy grande por amor, pero estaba dispuesto. Un día me armé de valor e intenté formalizar algo con ella durante una caminata nocturna.

—No. Me canso de estar contigo —dijo de tajo.

El semestre avanzaba, había que entregar trabajos y la relación fue perdiendo intensidad. Un día, o una noche de insomnio, me vino a la mente que, frente a mi acto heroico de sacrificio por amor, ella cometería una gran traición hacia su novio de aquellos meses, del que a veces hablaba. Tal vez haya sido una autojustificación mía ante nuestro alejamiento, o para la cobardía que a veces sentí que tuve para afrontar la situación.

—A las tortillas, cuando mucho, se les dan tres vueltas —dijo Citlali—. Más vueltas y se secan. Para mí que eso pasó.

Con esa nebulosa mental terminó el primer trimestre. Salimos de vacaciones: ella a Bilbao y yo a Madrid, donde por aquel entonces radicaba mi hermano Gabriel, el diplomático. Nunca dejamos de ser amigos Sara y yo, pero la conexión sentimental se perdió hacia el segundo trimestre de nuestro año de maestría. En Madrid pasé unas semanas muy agradables; primero, agradecí a la vida el sol radiante de la meseta castellana, así fuera en el invierno; segundo, fue un bálsamo hablar y conversar en español, así me topara de repente con modismos extraños.

Me hizo muchísimo bien coincidir con una de mis primas, que había ido a pasar una temporada a España en lo que decidía qué hacer con su vida. Mi prima era pura frivolidad, pero sabrosa. Su estancia en Madrid consistía en ver la moda, descubrir lugares buenos para comer y conocer chicos, a ver si se enamoraba de alguno, como le había pasado a su hermana. Su plática de banalidades fue ese bálsamo que necesitaba para olvidar las penurias, los sinsabores y los desamores de Inglaterra. Regresé a la universidad con el ánimo bien firme de no dejarme derrotar.

—Bien por su prima. Y un tache a la chica esa que lo bateó —dijo Citlali.

Noche 22. Mañas y Chiripazos

Estábamos a mediados de marzo. En la biblioteca, en la parte más alta de la casa que va creciendo escalonada sobre el cerro, pegaba el viento con furia. Me levanté varias veces a checar que todo estuviera bien cerrado, pero aun así el viento se colaba por algunas rendijas y golpeteaba puertas y ventanas.

—Este viento espanta —dijo Citlali.

—Es verdad. A mí también me causa inquietud; pueden caer ramas, a veces se va la luz, el internet…

Y en eso se fue la luz. Prendí unas velas que guardo para estas ocasiones, las cuales amenazaban con apagarse con las pequeñas ráfagas que se nos colaban.

—Ehécatl no nos deja tranquilos —añadí—. Lo mejor es olvidarnos de él hasta que se canse. Vamos a pensar en la nieve, como la que me tocó cuando volví a Inglaterra en pleno invierno.

—A ver, espéreme… Si el frío estaba horrible, en las clases no entendía nada, ni la mitad de los chistes, y la española ya no le hacía caso… ¿Cómo es que no tiró la toalla y se regresó?

—Es lo que se llama orgullo o casta. Lo único que tenía claro es que no quería regresar a México derrotado. Si la meta ya está fija, uno saca las antenas, te ajustas, desarrollas un olfato que te dice por dónde sí o por dónde no…

—Y ese «olfato» del que habla, ¿es como una capacidad de moverse en otra dimensión? ¿En la cuarta dimensión? —preguntó curiosa.

—Ya me la pusiste muy difícil. No sé qué libros estés leyendo, pero estás en un terreno en el que todo puede ser.

En mi maestría no había exámenes regulares; solo había unos exámenes finales después del segundo trimestre. El que aprobaba tenía derecho a elaborar su tesis, presentarla y, de ser aprobada, recibir el título. Así que ese segundo periodo era crítico y crucial. Durante el verano había conocido a dos muchachos mexicanos que habían cursado la maestría el año anterior y se habían quedado a hacer su doctorado. Me cayeron bien, pero yo estaba demasiado entretenido conociendo el mundo universitario al que recién había llegado y no los frecuenté. Durante el primer trimestre nos encontrábamos seguido por los pasillos de la facultad o en el comedor. A veces comíamos juntos y poco a poco se fue consolidando una amistad. Después de unas semanas de tratar a puros extranjeros, fui sintiendo la comodidad del estar con mis compatriotas. El paisanaje es una fuerza poderosa; hay muchos valores y cultura compartidos. Más allá del chisme de la universidad, con los paisanos uno puede hablar de la comida favorita, de futbol, de la política y de la vida en México en general, a diferencia del trato con los extranjeros, con quienes hay que tejer una red de intereses mutuos prácticamente desde cero.

Así que, una vez que perdió combustión la relación con la española, me acerqué mucho a ellos, especialmente a Horacio, que, a diferencia de Ricardo, no estaba casado. Él tenía un Mini Cooper clásico que compró allá y vivía fuera del campus, en Kenilworth. Los viernes salíamos de clase y nos íbamos a los pubs de los alrededores. Era agradable cambiar la monotonía del campus por lugares adonde iba la gente normal. En la universidad todos andaban con cara de estar muy ocupados y siempre a la carrera; en el pub, en cambio, uno veía grupos de jóvenes platicar, reír y emborracharse. Las chicas iban muy arregladas, con vestidos llamativos; por sus atuendos no se imaginaría uno que estaba nevando afuera. A veces intentábamos hacer amistad con algunas, pero no era fácil; la mayoría ya iba en grupo. En una ocasión trabamos buena conversación con una chica que resultó ser policía, y siempre recordamos con gusto esa pequeña anécdota. Me llevaba muy bien con Horacio; hicimos la costumbre de que, después de pedir nuestro café al final del almuerzo, echábamos un volado para ver quién pagaría. Por pura probabilidad acabaríamos pagando lo mismo cada uno al final del trimestre, pero era un momento del día jovial y divertido. Después de eso, cada uno a sus estudios.

Mis compatriotas mexicanos fueron los que me explicaron cómo era la dinámica de los exámenes finales. Ellos habían revisado las preguntas que venían en el examen de cada materia de distintos años y, según ellos, había unos cuantos temas que siempre venían; otros a veces sí, a veces no. La estrategia consistía en aprenderse bien esos temas, así fuera de memoria, aun sin comprenderlos del todo, y con eso se lograría responder a un buen porcentaje de las preguntas. No era una estrategia para aprender mucho ni para ser el mejor del salón, pero era la forma de no reventar y sacar adelante la maestría. En la cafetería, después del tradicional volado, hice el listado de temas y me enfoqué de tiempo completo en esos.

Iba a las clases y la verdad ya no me interesaba mucho si entendía o no; tenía confianza ciega en mis manejadores. Había variantes en las preguntas dentro de esos temas. «Ni te fijes —me dijeron—. Así no venga completamente al caso, tú contestas con una descripción detallada del modelo tal, o con la argumentación del autor cual». «Perfecto, compañero, así le haré». Tampoco es que no entendiera nada; en algunos temas sí aprendí mucho, con la ayuda de los libros más que con las clases. La estrategia para matemáticas era distinta: era una calificación global para matemáticas y econometría. «Todos los mexicanos que hemos pasado por aquí sacamos cero en matemáticas —me revelaron—. Lo que hay que hacer es entregar todos los trabajos de econometría para no perder los puntos, que son críticos para el marcador global». Las matemáticas que nos daban eran ecuaciones dinámicas que yo nunca había estudiado; traté de comprenderlas con bastante esfuerzo. El día del examen iba muy tranquilo a obtener mi cero; comencé a hacer mis despejes, sustituciones, sumatorias y hamiltonianos y llegaba a un resultado extraño. Lo taché y volví a comenzar para llegar nuevamente a lo mismo; lo taché de nuevo. Después supe que ese resultado que borré dos veces era el correcto y hubiese hecho historia para los mexicanos en esa materia.

—Como la selección nacional en los Mundiales. Jugaron como nunca; perdieron como siempre —dijo Citlali, meneando la cabeza.

La estrategia general funcionó muy bien. Había otra particularidad en el sistema de aprobación en mi curso de maestría que me hicieron notar mis compatriotas: la cuota de reprobados. Cada año escolar, el número de reprobados era de tres, no más, pues aplicaban el método de la «campana de Gauss». Conforme avanzaba el trimestre y se acercaban los exámenes finales, la información sobre la cuota se fue haciendo del dominio de todos e, inevitablemente, los compañeros hicieron su lista mental de quiénes podrían ser los tres reprobados del curso. En todas las listas figuraba un italiano bastante mayor que todos los demás, dos italianos más o menos de mi edad o algo más jóvenes, un alemán que nunca supo qué hacía ahí y, desde luego, yo. No por no participar en clase se disimulaba mi falta de comprensión de muchas cosas. Era, además, el único candidato del llamado «tercer mundo». Con mis manejadores mexicanos diseñamos también la estrategia de guerra psicológica: «Se te van a acercar los otros candidatos; tú siempre diles que vas muy bien. Procura desaparecerte algunos días antes de los exámenes, así te quedes encerrado en tu cuarto; hazles creer que ya tiraste la toalla y que preferiste dedicarte a pasear. Hay que hacer que se confíen de que tú vas a reprobar, y que otros sientan que los que van a reprobar son ellos, que tiren la toalla». La guerra psicológica funcionó de maravilla; reprobaron dos italianos y el alemán.

—¡Wow! —exclamó Citlali—. El ingenio del mexicano. El clásico «todo se lo debo a mi mánager» —añadió.

Los jueves, porque los ingleses tienen un día para cada cosa, había un pequeño convivio entre los estudiantes y algún profesor. Un día me acerqué con el que nos daba Macroeconomía, un tal Marcus Miller[6], y le pregunté: «Oiga, ¿y de verdad esos modelos que nos enseña en la clase, de teoría de juegos con matemáticas complicadísimas, los aplican en la vida real para decidir algunas cosas?». Se llevó la mano a la barbilla, se rascó un poco y me dijo: «En realidad no. Esos modelos son lo que yo llamo un divertimento intelectual». O sea, que, si Marcus se divertía con eso, yo también me divertí a mi manera, y así diseñé mi juego.

—Ese Marco Miller hacía como que enseñaba y Usted hacía como que aprendía… Por eso nos dejaron un mundo de cabeza —dijo Citlali.

Noche 23. El verano de Daisy

Después de los exámenes tomé unos días de vacaciones a la Costa del Sol con mi amigo Horacio. Los veranos en España son fantásticos. Estuvimos en una discoteca al aire libre que tenía las mesas alrededor de una piscina; tal vez sería un club de playa, pero ciertamente era de noche y servían bien las bebidas con alcohol. Chicas de todas las edades corrían topless y se aventaban una y otra vez del trampolín y de la resbaladilla, entre sonrisas y carcajadas. Ni en Las Vegas me ha tocado ver un espectáculo tan bien montado, con artistas amateurs y sin guion…

—Ya, no se emocione —interrumpió Citlali—. De seguro es la versión mediterránea de La casa de las bellas durmientes. Me los imagino, a usted y a su amigo, ahí de mirones… ¡Qué horror!

Al regresar a Warwick me dirigí de inmediato a las oficinas de la facultad de economía, al muro de los anuncios, donde pegarían el papel con los resultados de los exámenes. No había internet ni WhatsApp; era la época del «papelito habla». Con temor y curiosidad me acerqué: «Aprobado». Busqué a Horacio en su cubículo y nos fuimos a brindar con unas cervezas; después iríamos al pub y tal vez remataríamos en su casa con algún tequila.

Al día siguiente, ya recuperado de la resaca, me puse a pensar en el tema de la tesis. Solo había tres meses para elaborarla y no tenía ningún tema en mente. Muchos compañeros ya habían elegido el suyo desde antes de comenzar la maestría, pero yo no, pues los últimos meses había estado con una sola idea fija en la cabeza: aprobar los exámenes. No tuve mucho tiempo para preocuparme. Después de mi almuerzo pasé al estand de revistas y compré la revista Time, que hacía tiempo no leía pues mi presupuesto de la beca era bastante magro. Di unos sorbos al café y de pronto leí una frase que cambiaría mi vida: «Debt equity swaps are the height of financial fashion in the indebted Third World…»  Yo venía becado por el Banco BCH  y conocía el tema de los castigos que aplicaban los mercados a la deuda de los países que, como México, tenían una alta probabilidad de no ser capaces de cumplir con sus obligaciones con los acreedores internacionales. Los swaps a los que se refería el artículo eran un intercambio de deuda por inversiones en otro tipo de activos que pudiera ofrecer el país deudor, lo cual era especialmente atractivo en procesos en marcha de privatización de empresas públicas, como el que se gestaba en México. «¡Ese es mi tema! ¡Los swaps!». Al terminar mi café supe con toda certeza que ese era mi tema. Cualquier angustia que hubiera albergado se disipó; me llené de confianza y me sentía feliz.

Las últimas veces que vi a Sara me miraba con una mezcla de admiración por haber aprobado —con una sonrisa de quien sabe «cómo le harías»— y algo de conmiseración por no tener tema de tesis a esas alturas. Me la encontré un día por un sendero del campus y le dije radiante:

—¡Ya tengo tema!

Me miró con algo de suspicacia, pero no me importó. Lo demás se fue dando muy fácilmente. Con un buen tema es sencillo conseguir un asesor de tesis que coopere con simpatía. No tuve que buscar mucho en la biblioteca para encontrar un marco teórico que me sirviera de base; el tema de la deuda era el principal obstáculo al crecimiento y ya había artículos académicos hechos por mexicanos al respecto. Encontré uno muy bien estructurado, de fácil comprensión, de Guillermo Ortiz y Jaime Serra Puche. Lo demás fue sumar y restar términos en la ecuación del crecimiento: menos deuda, más ahorro; menos deuda, más inversión. Para que la deuda bajara había que comprarla, así fuera con descuento, lo que debilitaba las finanzas públicas en un año determinado, aunque las fortaleciera a largo plazo.

La versión ambiciosa de la tesis hubiese sido un modelo de equilibrio general. La versión que se me ocurrió fue la construcción de cuatro escenarios distintos, todos dentro de la ecuación estática de equilibrio parcial. Otra posibilidad —la que me echarían en cara después mis sinodales— hubiese sido calcular econométricamente los parámetros pertinentes, pero yo los tomé como predeterminados del paper de Ortiz y Serra Puche, que eran economistas que ya brillaban. Cuando comenté con Sara mi idea de tesis, ella, que era una econometrista  brillante, nada más movía la cabeza:

—¡Qué clase de chapuza vas a hacer!

Nadie imaginó que una idea tan sencilla pudiera funcionar. ¡Y funcionó! Ayudó muchísimo la relevancia del tema de la deuda externa, que los swaps estuviesen de moda y la claridad con la que construí mis escenarios.

Una de las ventajas de mi tesis era precisamente que no necesitaba generar ningún tipo de evidencia de base de datos. Yo no tenía ni idea de cómo utilizar una computadora. Alguna vez me senté frente a una en la sala de cómputo, la encendí, vi parpadear una rayita verde en la esquina inferior de la pantalla y no supe más qué hacer. Para mi buena fortuna, mi amigo Horacio tenía una computadora en su cubículo y él me capacitó para aprender a usarla como máquina de escribir. No existía el Windows ni el programa Word; había un procesador de textos que se llamaba Daisy.

Fueron jornadas largas —tampoco es tan sencillo escribir una tesis en inglés— y ya solo tenía el interés en terminarla. Descuidé mi alimentación. Me recuerdo disgustado, por las noches, cenando nuevamente una hamburguesa con papas y un vaso de refresco; la cohesión con los compañeros se había roto, pues la tesis ya era un ejercicio cien por ciento individualista y, lo peor, es que nuevamente perdí el control del tiempo y de mi ritmo biológico. A diferencia del verano anterior, cuando llegué, el nuevo verano tenía los días interminables: eran las cinco de la mañana y ya había luz; eran las de la noche y media y seguía la luz. Perdí la noción de a qué hora desayunar, comer y asearme. Toda mi vida era la fijación de terminar y ya.

Me faltaba muy poco cuando, un día, mi documento con la tesis desapareció de la computadora. La pantalla decía algo así como: «Daisy no ha podido guardar ni recuperar el documento». Entré en pánico. Alguien me comentó que tal vez lo podrían recuperar en el centro de cómputo, pero sería hasta el día siguiente. Me lancé a caminar hacia el lago que había en el campus, crucé unos trigales, brinqué una cerca y me topé con la carretera que iba a Kenilworth. Caminé por horas hasta que vi las luces del poblado, que acababan de encender, me di media vuelta y emprendí el regreso. De pronto comencé a gritar, o tal vez solo a mascullar, un estribillo de una canción gitana que había escuchado recién en España, y la repetí toda la noche:

—Campesinos tristes de mi Andalucía… De mi Andalucía…

—Fue un mantra —dijo Citlali—. Yo sé que hacen mucho bien. ¡Pero ha de haber parecido un fantasma medio loco! —Y le ganó la risa.

Recuperé la tesis y la pude terminar; la entregué, sellaron de recibido y no había nada más que hacer. No hubo ceremonia de fin de cursos, no hubo fiestas; todos estábamos hartos del lugar. Unos se fueron antes a hacer sus tesis en otro lado, otros se marchaban sin mayor trámite; yo hice lo propio. Fijé la fecha del vuelo y me regresé a México. No tenía dudas de que la tesis me la aprobarían, pero tampoco me fui eufórico. Fue un año de luchas intensas: primero conmigo mismo, después por aprobar y presentar la tesis; y de repente todo concluyó, como si no hubiese habido un final. La película se cortó, paró en seco. Me subí al avión desconcertado; el final fue tan abrupto que ni siquiera tuve tiempo de saborear mi regreso, que tanto anhelaba o idealizaba.

Durante el vuelo me quedó una reflexión un tanto amarga. Había ido a Inglaterra con la idea consciente de obtener mi título de maestría y lo logré. Haya sido como haya sido, el esfuerzo intelectual fue muy intenso y fue una experiencia nueva para mí. Mi amistad con Sara, mi viaje a España y los paseos a Londres me habían abierto los ojos a nuevos horizontes, pero de alguna forma sentía que era un regreso sin gloria. Me bajaría del avión y sería el mismo que cuando salí: con más experiencias, pero solo, y con un desgaste físico brutal.

—Me tiene que explicar eso último —comentó Citlali.

—Ni te lo imaginas.

Noche 24. Citlalyacana

Me recibió mi madre en el aeropuerto. Nos reencontramos como si no me hubiese ido.

—¿Cómo te fue?

—Bien.

Nos dio gusto vernos, pero en la familia nunca fuimos muy expresivos: ni en abrazos, caricias y contacto físico, ni con las palabras, ni con el tono de voz. Regresé a vivir a casa de mis padres. Veintitantos años.

Citlali sacó unos lápices y la libretita que llevaba en su morral, y comenzó a trazar unas figuritas de anime con diferentes estilos de peinado.

—Me acordé de los enanos emocionales que mencionó su tío —comentó sin levantar la mirada.

Desde los últimos días en Inglaterra me sucedió un fenómeno muy extraño, que esperaba desapareciera al llegar a México, pero no fue así. Cuando entraba a algún lugar, me daba la impresión de que yo era la causa de que la gente se tocara la nariz y se la sobara. No pasó una vez, sino muchas. Las primeras veces no entendía lo que pasaba; solo eso, veía a la gente tocándose la nariz. Después comencé a creer que yo era el que provocaba esos gestos, nada más con mi presencia. Más adelante ya no tenía duda: yo era la causa de los toques de nariz.

Después de todas las angustias por las que había pasado, y que había superado, ahora venía esa nueva pesadilla. Pensé que mi cuerpo estaría sobrecargado de energía y que la emanaría a diestra y siniestra provocando malestar. Y de cada toque de nariz que observaba, sentía un pequeño latigazo en algún lugar del cuerpo, sin saber precisar dónde. Nunca consulté a ningún especialista, ni médico ni psicólogo, pues me parecía absurdo lo que me sucedía, más allá de cualquier imaginación muy fantasiosa.

Lo enfrenté con aislamiento; nada más tenía el contacto mínimo necesario con las personas. Regresó un año más al Banco BCH, ya que tenía ese compromiso con ellos por haber tenido la beca. El trabajo seguía igual de aburrido y, en mi condición, real o imaginaria, aquello era una ventaja. Pensé que el fenómeno se iría atenuando con el tiempo, y así fue; no podría precisar cuánto duró, pero fácilmente rebasó el año. Mis familiares solo notaron que yo había regresado «raro» de Inglaterra, pero nunca lo hablamos. De mi pandilla de amigos que dejé al irme, varios se habían casado y otros se fueron a vivir a otras ciudades; ese grupo se diluyó, aunque esporádicamente vi a alguno de ellos. Pero el espíritu de aventura y de jolgorio de los años anteriores nunca volvió.

Mientras hablaba, Citlali sacó su tableta y comenzó a teclear con rapidez. A veces hacía eso. Es una mala costumbre de la gente joven a la que hace tiempo me acostumbré, y no le presté importancia. De repente, elevó la mirada con los ojos encendidos:

—Mire lo que encontré, me lo dijo la inteligencia artificial…

—Tranquila, internet dice muchas burradas…

—No, espérese —dijo toda emocionada—. Dice que, si usted andaba estresado, su mente se pudo haber clavado en eso y empezar a ver toques de nariz por todos lados, y a creer que era por usted. Y lo de los latigazos, dice que puede ser psicosomático, porque el cuerpo somatiza la ansiedad y el trauma. Mire, aquí dice «trastorno de estrés postraumático» …

Me quedé mirando a Citlali con perplejidad. No capté todo lo que leyó; estaba exaltada y se saltaba algunas palabras, pero al final su voz se aclaró:

—Aquí dice: «Un quiebre en el procesamiento de estímulos, provocado por altos niveles de estrés y agotamiento, puede llevar al individuo a percibir patrones donde no los hay, generando asociaciones erróneas entre conductas ajenas y la propia presencia. Esto no es locura, sino una respuesta somatosensorial exacerbada».

Una vez que Citlali hubo partido —«Mañana toca madrugar, nos llevan a una práctica a Toluca, al Hospital General», me había dicho—, hice mis propias búsquedas en internet y no había duda: ese fenómeno tan raro no fue un principio de locura ni un desvarío, sino una condición psicosomática de tipo postraumático, como le sucede a algunos soldados después de una guerra. Algunos años después consulté a varios neurólogos por un problema mucho más serio que se me presentó -distonía cervical idiopática- pero nunca se me ocurrió contar los toques de nariz como antecedente. Busqué también noticias recientes sobre esa enfermedad. Encontré que en los años recientes han avanzado mucho en su comprensión y tratamiento, y me hice el propósito de consultar nuevamente algunos neurólogos después de más de treinta años.

«Vaya», pensé, y yo que tenía dudas de contarle eso a Citlali. La franqueza que ella me inspiraba dio resultados prácticos, totalmente inesperados.

Antes de dormir y, tal vez por gratitud, no lo sé, navegué por algunas páginas dedicadas al idioma náhuatl hasta que encontré el término preciso que mi inconsciente ya buscaba: Citlalyacana, la estrella que guía.

Noche 25. Destazaron el Rancho

Antes de que llegara Citlali, estuve hojeando varios libros que se refieren a la conquista de México y la caída de Tenochtitlan, que siempre me han parecido episodios apasionantes en la historia del mundo: la interpretación errónea de las señales cósmicas y las informaciones tangibles; las dudas de Moctezuma en un escenario de incertidumbre; y la fragilidad estructural del imperio mexica por la política de sometimiento al poder central de los pueblos periféricos. Cuando entró, tomó uno de los libros ilustrados para niños.

—«El gran tlatoani sabía de unos individuos desconocidos con "palos que escupen fuego", casas que flotan y perros gigantescos que los acompañan. No logró anticipar lo que esa información significaría para su imperio» —leyó Citlali en voz baja pero audible.

—Eso sucede a menudo. Es difícil interpretar las cosas en tiempo real.

—Es el clásico: O ya pasó lo que estaba yo entendiendo, o no entiendo lo que está pasando— añadió ella, en su particular manera de darme la razón.

Me quedé pensando en sus palabras. Tenía toda la razón: Al regresar de Inglaterra, me encontré con algunas novedades desagradables, relacionadas con el rancho de Valle de Bravo, que me sorprendieron, me confundieron y no tuve claridad sobre lo que habría que hacer.  Me puse a capear el temporal sin pensar en cómo alejarme de él.

Para entonces ya habíamos fincado nuestra casa en los terrenos que nos tocaron: sencilla, pero con estilo, con paredes de sillar, vigas de madera, tejamanil en el techo y mosaico de talavera pequeño en cocina y baños, entre otros detalles. También habíamos hecho una rifa entre mis hermanos y yo para ver cómo nos dividiríamos la fracción que nos tocó; esa fue poco antes de mi partida hacia Inglaterra. Teníamos un plano muy burdo, trazado a mano, dividiendo entre tres la fracción con la idea de que los predios resultantes tuvieran acceso a los servicios que ya habíamos puesto, particularmente agua, luz y el camino de acceso. Yo estaba emocionado de tener mi predio individual; tanto así que pegué ese plano en mi pequeña habitación en Inglaterra para tener siempre presente lo que había dejado en México y que era el mayor de mis afectos.

—Hay varias novedades que debes saber —me dijo mi madre en el trayecto del aeropuerto a la casa.

Mi madre recurrió a un ingeniero local que hizo la subdivisión entre nosotros. Lo primero que me saltó fue que, en lugar de tres fracciones, lo habían dividido en siete: una para cada uno de nosotros tres y cuatro fracciones de propiedad colectiva para toda la familia, incluyendo a mis padres y hermanos. Esas zonas comunes estaban en los parajes más interesantes. Una era la cima del cerro, con unas vistas impresionantes hacia el pueblo y la presa; otra, una zona más pegada a la presa, con mejores vistas hacia ella; la tercera, el lugar donde se ubica la casa y las laderas adyacentes; la cuarta, el terreno que da a la carretera, que sirve de acceso a todos los demás predios y donde se ubica una construcción rústica de lo que fue el casco del antiguo Rancho San Antonio. Aun así, me quedaron seis hectáreas de propiedad individual, suficientes en principio para desarrollar cualquier idea que se me pudiese ocurrir en el futuro.

Con un análisis un poco más detallado me di cuenta de los problemas serios que tenía mi predio. Me diseñaron un triángulo; el vértice inferior no estaba definido físicamente en el terreno, así que lo mío comenzaba en un punto casi imaginario y de ahí se iba abriendo cerro arriba, sin llegar hasta la cima, que había sido mi expectativa cuando hicimos el sorteo. Mi madre me dijo, por decir algo, que el vértice era el hoyo de la composta; cuando le comenté que ahí no había acceso, dijo que era más abajo, sin precisar dónde.

Sobre las áreas comunes, ya sabía desde entonces que las copropiedades son siempre de difícil manejo, pues tienen que estar de acuerdo todos los copropietarios en cualquier cosa que se quiera emprender. Y mi relación con mis dos hermanos no era fluida por aquel entonces. El mayor, Gabriel, nunca mostró interés por este tipo de cuestiones prácticas, le daba pereza el tema y era un lector asiduo al que no era muy prudente interrumpir. Con Fernando ya había tenido algunas fricciones, aún nada serio, pero ya se había roto la complicidad de la niñez y quedaba el alejamiento de la adolescencia. No éramos, por así decirlo, los copropietarios ideales.

Y finalmente, había una sección del rancho que habíamos desarrollado con esfuerzo: habíamos vendido algunos terrenos a terceros y nuestra ganancia había sido la infraestructura de acceso a los terrenos sobrantes por esa zona. Resulta que esos terrenos, que eran nuestra ganancia en lo que ahora colinda con Villa Florencia, los cedió mi madre a una sobrina suya, prima segunda nuestra. El padre de ella era un primo de mi madre al que consideraban casi hermano, y lo quisieron incluir de esa manera en el reparto que hizo mi abuela Omma. La evaluación en conjunto de todo ese reparto arrojaba un escenario complejo.

En Inglaterra yo presumía con mis compañeros de mi rancho: «Wow, Mexican Andrés owns a mountain». Y yo me reía muy complacido. La realidad es que me quedó una sección de montaña que ni comenzaba abajo ni terminaba arriba. Fue un desencanto conforme me fui dando cuenta de la realidad que estaba detrás del plano topográfico con la subdivisión elaborada por el ingeniero Ricardo Ballesteros, que en paz descanse.

Citlali dejó de hojear un librito de manga que rescató de una estantería.

—La verdad, no me cabe en la cabeza que un terreno enorme, de veintitrés hectáreas, no lo pudieran haber repartido armoniosamente entre tres hermanos.

—Nunca he entendido por qué mi madre decidió hacer tantas áreas comunes. Ella pensaría ingenuamente que los hermanos nos llevaríamos siempre bien, como fue el caso de ella con mis tíos, y que, al ser las mejores partes del predio una copropiedad en la que estaríamos todos, quedaría un reparto muy equitativo. Es como si destazáramos una vaca: el filete, el lomo y el rib eye son de todos; a un hermano le quedaron tres costillas, el solomillo y un poco de sesos; al otro, la rabadilla y la lengua; y al otro, las tripas, los cuernos y todos los huesos.

—¡Ya me antojó! Unos tacos de tuétano con mucho limón; tripitas en salsa verde, deliciosas; y una sopita de cola, ¡me mata! ¡O esquites con tuétano, uff!

Me hizo gracia verla caer tan fácil en el garlito, pues algo sabía de sus preferencias gastronómicas.

—A lo que yo me refiero —añadí— es que el filete es lo que más vale, nadie se lo puede comer; y el que tiene todas esas cosas para los antojitos del mercado, pues casi los tiene que ir a regalar.

—Sí… pero igual se me antojó. Sígame explicando, pues.

—Mi madre no tenía idea de topografía ni experiencia en dividir terrenos. Mi padre no se metió porque se plegaba a lo que dispusiera ella. El ingeniero trazó todo en su restirador, aún no había computadoras, y no se tomó la molestia de ver sus trazos en el terreno. Mi hermano Gabriel estaba en España trabajando, yo en Inglaterra, dizque estudiando, y mi hermano Fernando creo que no se metió. De cualquier forma, a él le tocó un terreno con excelentes características, con muchos planos y algo de bosques. ¡Cómo he lamentado haber estado fuera precisamente el año del reparto! Gané la maestría, pero el mal reparto quedó ahí, porque no tuve la oportunidad de modificarlo y así, con los planos mal hechos, se hizo la escrituración.

—¿Iban en piloto automático? ¿O por qué?

—El reparto no estuvo malintencionado, sencillamente estuvo mal hecho. Pero ya todos mis primos y tíos, a quienes había heredado mi abuela Omma, tenían prisa por escriturar. No me queda claro si fue por la edad de ella o porque varios habíamos fincado ya nuestras casas y todos queríamos seguridad. Me convencí de que lo mejor para nosotros era escriturar así, como estaba el plano, y que después lo podríamos arreglar. Mi tío Felipe había hecho unos caminos que atravesaban los terrenos de todos, lo que sin duda fue una gran mejora, e hizo también unos bordos de captación de agua. Eso le dio mucho ascendiente sobre sus hermanos y mi abuela Omma. Tenía la idea de que a nosotros no solamente nos había tocado más, sino también lo mejor. Recuerdo bien un día que me vio en la plataforma del estacionamiento de mi casa; bajó el vidrio eléctrico de su automóvil de lujo y me dijo con su voz fuerte, sonora, característica de él: «Andrés, recuerda que la donación que hizo la Omma a tu favor es reversible». Lo bueno es que ya escrituramos, pensé.

Me imagino que esa era una de las señales que el tlatoani no supo interpretar, señaló Citlali.

—Y yo creo a Cortés se le fueron muchas también, pero las supo ir acomodando a su favor.

Una lluviosa tarde de verano, mientras estudiaba la maestría, coincidí en Londres con mi hermano Gabriel, que venía de España, y mi padre, que llegó de México para algún asunto. Nos contó que mis tíos habían tenido la pretensión de que el terreno donde se ubica el casco antiguo del rancho fuera un área común para hacer las convivencias de toda la familia Pichardo; es decir, una especie de expropiación a nosotros en aras del beneficio colectivo. Decían que era necesario tener una capilla donde todos los tíos y primos pudiéramos hacer nuestras celebraciones religiosas y el convivio posterior.

Mis padres se opusieron a esa idea, pero para mi sorpresa, mi padre nos contó que él, con sus propios recursos, había mandado construir una especie de capilla dentro del casco del rancho. No lo podía creer. Mi padre nunca fue creyente; mi madre sí, pero poco practicante de las formas. Ella tenía una profunda convicción de ayuda hacia los demás y así actuó toda su vida. No era concebible que mis padres, con sus maneras de pensar, hubiesen mandado levantar una capilla.

—Lo tuvimos que hacer —nos dijo mi padre— para no perder ese terreno.

Las pretensiones territoriales de mis tíos eran tan reales como la bóveda que sigue ahí.

—¿Y qué ha pasado con esa capilla? —preguntó Citlali.

—Solo alguna vez hubo una ceremonia ahí; después todos la ignoraron.

—Vaya líos con las herencias —dijo ella, meneando la cabeza.

Hay un detalle en la capilla que, a pesar de todo, me permite mirarla con cariño. Es como un buen digestivo que disipa el mal sabor de boca de un platillo anterior. Mi padre, de niño, vivió en un rancho por el rumbo de Zinacantepec al que llamaban El Ejido. Las tierras las expropió el general Lázaro Cárdenas; mi abuelo Guillermo, que era agricultor, vendió el casco poco tiempo después y, entre los pocos objetos que rescataron, estaba la campana de El Ejido, la cual hacían sonar para congregar a los jornaleros o para señalar alguna celebración.

Nunca supe por qué bautizó su rancho con un nombre que advertía su perdición. Es probable que el término viniera de la antigua España: la palabra latina exitus indicaba tierras que se encontraban en las afueras, a la salida de una ciudad, y que eran de uso común para todos. Con el tiempo, exitus se convirtió en exito y, después, la te se suavizó en de, igual que pasó de vita a vida; como buenos españoles, cambiaron la equis por la jota, dando lugar a «ejido», tal como sucedió de luxo a «lujo». En español antiguo la equis se pronunciaba como «sh». Ya en el Virreinato, ese ejido español se mezcló con las tierras comunes de los pueblos de indios. Y esa campana está ahí, en la capilla del Rancho San Antonio, que es precisamente en el que estamos.

—Híjole, está emocionante eso —dijo Citlali—. En algún momento la tendrán que hacer sonar de nuevo…

Noche 26. El sexenio decisivo

—Hola, Citlaltzin —la saludé con gusto cuando la vi entrar, con su paso liviano y un morralito con motivos mazahuas colgado al hombro.

Se me quedó mirando, sorprendida:

—¿Por qué me dijo así?

—Significa pequeña estrella.

—Eso ya lo sé. Es el diminutivo de mi nombre, pero solo mi abuela lo utiliza.

—El náhuatl no deja de sorprenderme —dije para superar ese trance, pues me pareció haber invadido un terreno privado—. Se parece al alemán, ¿sabes? A base de juntar palabras se van construyendo las nuevas. También hay declinaciones y los vocablos cambian de terminación según sea el caso.

No me pude aguantar esa pedantería discursiva. Citlali sonrió de medio lado.

—No me vaya a explicar ahora lo del Citlaltépetl… Eso se lo saben todos.

Me quedé mirándola, fascinado.

—¡Qué idea me acabas de dar! Tanto que hablo contigo del cerro y hasta ahorita se me ocurre. Se llamará el Citlaltépetl 2.0. Pero bueno, otro día seguiremos con ese cuento.

—Bueno, ¡usted no cambia! —exclamó acomodándose.

Tenía el compromiso de trabajar por lo menos un año más en el Banco BCH, pues ellos habían pagado mi maestría, aunque creo que no les hubiera importado demasiado si hubiese incumplido. Era el año 1988, el último del sexenio de Miguel de la Madrid. Las oportunidades laborales se abrirían hasta el cambio de gobierno, así que no había otra alternativa más que esperar.

En el verano de ese año murió mi padre en forma intempestiva. Tuvo algunos mareos que su cardiólogo no supo interpretar; fue una trombosis cerebral que primero le quitó el habla y los movimientos, y pocos días después, la vida. Fueron días de estrés y congoja, pues sabíamos que ya tenía muerte cerebral. Lo trasladamos a un hospital público donde le dieron cuidados paliativos y le permitieron partir. Lo enterramos en el Panteón del Tepeyac, atrás de la Basílica de Guadalupe, en una tumba que pertenecía a parientes lejanos de mi madre, en contra esquina del sepulcro del general Antonio López de Santa Anna. Aún en esas horas aciagas, recordé una frase que dijo mi padre cuando fuimos a conocer el cementerio: «Ya tendré oportunidad de charlar largamente sobre todas sus andanzas con el general». Fue una tarde de mucha lluvia y, durante el sepelio, el cielo relampagueó con gran estruendo. Parecía que la naturaleza se sumaba a la despedida del gran hombre que fue mi padre.

Poco antes del cambio de administración, me entrevisté con Luis Téllez, un conocido del ITAM que tenía una posición muy cercana al titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Pedro Aspe, quien ya había sido ratificado; sin mayor conversación, me ofreció colaborar con él. Acepté de inmediato. El primero de diciembre de 1988 iniciaría la etapa profesional más intensa de mi vida.

Yo estaba encargado de la llamada «planeación financiera» del sector público federal. En la práctica nunca ejercí dicha función, pues mi jefe me tomaba de comodín para muchísimas otras tareas. Tenía mucha facilidad para escribir, así que pronto me convertí en el redactólogo oficial de notas de análisis y de prensa, y de discursos y presentaciones de mi jefe, así como de otros mandos de la Secretaría. La planeación financiera la tomó uno de mis subordinados —quien siempre me echó en cara mi supuesta irresponsabilidad—, pero, fundamentalmente, ese espacio se lo cedimos a los funcionarios del Banco de México. Ese año en la SHCP fue muy intenso, pues correspondió a la renegociación de la deuda externa de México bajo el nuevo gobierno. Mi tesis sobre los swaps me ayudó a entrar a esa institución, aunque después ya no me pidieron mayor opinión sobre ese tema. Eran jornadas larguísimas que comenzaban por la mañana y terminaban hasta pasada la medianoche. Varias veces escuché el toque de diana en la guarnición de Palacio Nacional, casi en la madrugada, y el cambio de la guardia de honor muy temprano en la mañana. «Tienen toda la noche para hacer ese trabajo», nos decía nuestro jefe. Era cansado, de mucho estrés, pero me ponía orgulloso de mis capacidades; por primera vez en mi vida profesional me sentía útil.

Después de unos meses me tocó hacer mi primer viaje de trabajo a Washington D. C., para reunirnos con los expertos del Banco Mundial en políticas agropecuarias.

—No sea presumido. Su primer viaje de trabajo fue para recoger un camión de volteo usado en Santo Tomás de los Plátanos —dijo Citlali, divertida—. Pero sígale.

Desde la Secretaría de Hacienda habían instruido a mi jefe para que diseñara un nuevo programa de desarrollo agropecuario, alineado con el nuevo paradigma de la política económica del presidente Carlos Salinas. Fuimos unas ocho personas de México, cada una con un tema en específico, y el mío era el comercio externo del sector agropecuario. Fue una experiencia de mucho aprendizaje. A diferencia de Warwick, en el Banco Mundial todo enfoque teórico tiene que aterrizar en políticas y programas concretos. No todos nuestros interlocutores estaban en la misma oficina, así que nos movíamos siempre en taxis, inclusive para trayectos cortos, pues el tiempo era escaso y había que aprovecharlo al máximo.

Por las noches nos íbamos a cenar a algún restaurante de la zona de Georgetown, que es animadísima, con una mezcla muy especial de estudiantes, funcionarios de instituciones multilaterales, personal de embajadas y muchísimos otros, de todas las edades, que van a Washington al cabildeo con el Congreso o a las oficinas del Ejecutivo, entre otras muchas actividades. Solo hay que imaginar la cantidad de gente que puede moverse en torno al Pentágono, por ejemplo. Washington no es una ciudad grande, pero deja sentir en su ambiente que es la capital del imperio norteamericano. Yo no conocía esa ciudad y prácticamente no había visitado los Estados Unidos, salvo un verano que estuve de intercambio en la ciudad de Pittsburgh, en algún momento de la adolescencia. Mis viajes juveniles a Europa habían sido de mochilero, siempre con un presupuesto ajustado, al igual que los viajes que hice en mi época de estudiante de maestría.

Me sentía bastante bien, con una buena dotación de dólares diarios que nos habían entregado en efectivo antes de partir. El hotel era elegante, la movilidad siempre en taxis, los restaurantes con muy buena cocina sin ser lujosos. Recuerdo bien los platillos a base de pastas y mariscos a los que me aficionaría unos años más adelante. Mi carrera iba despegando. El intenso ritmo de trabajo de los últimos meses rindió sus frutos; el mayor de todos, en el campo de la satisfacción personal. No había tiempo ni disposición mental para atender los problemas personales como el del Rancho San Antonio, ni ningún otro. En Washington conocí, por primera vez, los table dance que llegarían después a México en una versión mucho menos glamorosa y que, al paso del tiempo, se degradó inclusive en algo bastante sórdido.

—Y yo que pensaba que la «Casa de las Bellas Durmientes» venía de Japón —dijo Citlali, divertida.

—Tal vez, pero a México nos llegó por los Estados Unidos.

 

Noche 27. Economista Agrícola

Cuando llegó, Citlali se quedó mirándome fijamente de pies a cabeza.


—Oiga, trae los pantalones manchados de barro. Y vea nada más el piso; se ve que las suelas de sus zapatos fueron el molde para esas figuritas que están tiradas por todos lados.

—Ya no me dio tiempo de cambiarme —dije a manera de excusa—. Lo que sucede es que estuve arriba, en la primera palapa que tengo en el cerro, practicando la “agricultura natural”. El método lo inventó Masanobu Fukuoka y lo describe en su libro La revolución de una brizna de paja. Se basa en el principio de imitar fielmente los procesos de la naturaleza interviniendo lo menos posible, lo que implica no arar ni voltear la tierra, no usar pesticidas ni fertilizantes químicos, controlar las malas hierbas con cubiertas vegetales y dejar que las semillas de los campos germinen por sí solas cuando maduren. Inventó unas bombas de semillas, que es la semilla envuelta en barro; la tira y, con las primeras lluvias, germina un naranjo, un tamarindo o lo que sea. Un tema central es mejorar las tierras; las compostas ayudan pero son muy laboriosas. Lo mejor es buscar troncos, aventarlos y dejar que se pudran; en pocos años uno tiene un suelo maravilloso sin hacer nada.


—¿Y se ensució haciendo las bombas? Porque el método consiste en no hacer nada… —exclamó incrédula, con algo de sarcasmo.

—No. Subí al cerro a buscar troncos caídos; las variedades de aquí no son muy gruesas. Los jalo, los bajo a un camino, los troceo con mi machete y los llevo en la cuatrimoto a una terraza que espero que, en unos diez años, quede completamente reforestada.


—¡Wow! Me gustó ese método japonés. Usted se entretiene y hace algo por el planeta… Ya voy entendiendo más la vida de los jubilados que viven en un cerro —concluyó Citlali, ahora sí con una sonrisa sincera.

—Ya me puedo dar ese tipo de lujos. Y a propósito de la agricultura, te contaré mi paso por el gobierno en la dependencia que se encargaba de ella. Ahora sí que fue mera coincidencia.

 Mi jefe fue nombrado subsecretario de Planeación en la entonces Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, y nos llevó con él a varios de sus colaboradores: casi todos, jóvenes brillantes recién egresados de las universidades norteamericanas de mayor prestigio. El arranque en Agricultura fue difícil; primero como «asesor», que es sinónimo de limbo en la burocracia, y después como director de Comercio Exterior Agropecuario, un puesto que resultó ser clave en virtud de lo que sucedería después.

Tenía una pequeña estructura burocrática a mi disposición, incluyendo secretarias y chofer, así como vales de gasolina y algún vehículo. En aquel entonces se estilaba que los carros que decomisaba la dirección de aduanas se asignaran a funcionarios del gobierno. Me tocó un Grand Marquis enorme, todo eléctrico. Tenía sus años de antigüedad, pero estaba de un excelente ver. Sin embargo, era muy poco el tiempo que quedaba libre, ni siquiera los fines de semana.

Yo vivía solo en una casa muy pequeña que me construí en un terreno que me donaron mis padres en Cuajimalpa el último año que estuve en el banco, antes de comenzar mi extraordinaria aventura en el sector público federal. Tenía pocos muebles, solamente lo básico: primero por falta de recursos y después por falta de tiempo. A Cuajimalpa llegaba por las noches, me cenaba un sándwich, unos fideos precocidos y unas bananas que compraba a veces en alguna tienda de conveniencia que me quedara sobre mi ruta. Al día siguiente, temprano, iba a la barra de una cafetería que me quedara de paso para desayunar. Ocasionalmente, los domingos, había tiempo para trabajar un poco en el jardín, deshierbando o desramando algunos pinos. A lo lejos escuchaba los gritos de mi vecina, que llamaba a sus hijos para sentarse a comer.

Todos abrazábamos el proyecto modernizador del presidente Salinas. En el caso de la Secretaría de Agricultura, la apertura comercial se había rezagado. Ese retraso no se debía exclusivamente a una mentalidad proteccionista —que sí la había cuando llegamos—, sino a que el comercio de productos agropecuarios tiene que ver con materia viva, ya sean animales, carnes o vegetales, que pueden portar enfermedades, plagas, microbios y bacterias. La eliminación de aranceles no siempre tenía efectos reales, pues subsistían las «medidas sanitarias y fitosanitarias». Recuerdo una discusión entre un joven economista del sector financiero y un veterano funcionario del área de ganadería de la Secretaría sobre un manual para la importación de animales que establecía el requisito de que las vacas fueran «vírgenes». Ambos defendían candorosamente su punto de vista: a uno el requisito le parecía grotesco; para el otro, era la única medida segura.

Citlali soltó una risita.

—Usted iba a unas reuniones bien importantes, discutían sobre las vacas vírgenes y todo eso —dijo con un tono ligeramente burlón—, ¿y luego llegaba por las noches a calentarse unas Maruchan en una casa a medio amueblar? No me imagino a un político haciendo fila en el Oxxo para no dormir con el estómago vacío.

—Yo no era político.

Muchas veces me tocó ir a defender la aplicación de ciertas medidas sanitarias. Me convertí así, poco a poco, en una especie de «bicho raro» dentro de la gran congregación de los economistas liberales que dominaban todo el gobierno. Esa metamorfosis me dio prestigio al interior de toda la Secretaría. Siempre tuvimos a nuestros malquerientes, pues desplazamos a los cuadros técnicos tradicionales, pero gracias a ese cascabeleo logramos profundizar la apertura comercial.

Varias veces me tocó ir por semanas enteras a Ginebra, Suiza, a la sede del GATT, que se alojaba en un castillo a las orillas del lago Lemán. La Ronda Uruguay buscaba la liberalización integral de todo el comercio agropecuario internacional. Yo iba como representante de la Secretaría de Agricultura, pero la representación del gobierno mexicano le correspondía a la Secretaría de Comercio. Recuerdo haberle preguntado a mi colega: «Oye, ¿si todos están a favor de liberalizar el comercio agropecuario, por qué no avanzamos?». No me contestó, pero me dio pistas para que me fijara en los detalles y los matices de los discursos. Todos hablaban de liberalizar «casi todo» y de un «monto significativo» de reducción en los subsidios internos. Ese casi y ese monto significativo escondían diferencias abismales. En general, Estados Unidos estaba a favor de fuertes reducciones en aranceles y en subsidios; en contraste, quienes se oponían eran la Unión Europea, Japón, la India… un grupo al que el embajador del gobierno mexicano bautizó como «los países satánicos».

En no pocas ocasiones, por la fatiga y el cansancio acumulado que traía de México, dormitaba en las sesiones con los audífonos puestos de la traducción simultánea. A veces me despertaba mi colega con unos toques en el hombro: «¿Qué ha pasado, colega?». «Nada, lo mismo de siempre». Y así era, en efecto. Las decisiones no se tomaban en el salón en el que estábamos, por más banderas y personalizadores de países que hubiera. Era común escuchar antes de las reuniones comentarios del tipo: «Esto ya se va a mover; leí por la mañana en el Financial Times que el presidente francés se reunirá con el vicepresidente norteamericano…».

De vuelta a México aprendí a acomodar las posiciones de la Secretaría de Agricultura con un lenguaje «aperturista», tal y como lo hacía la Unión Europea. Además, por aquel entonces nuestro subsecretario, un estratega brillante, ya había profundizado mucho en el tema de los subsidios con un grupo de consultores que contrató, y yo emboné muy bien con la experiencia adquirida en el GATT. Aun así, había colegas de otras dependencias que insistían en acelerar la apertura en el sector, a pesar de los subsidios. Aunque todos partimos de una misma filosofía y doctrina, nosotros nos convertimos en una especie de proteccionistas de nuevo cuño.

De pronto me di cuenta de que Citlali estaba muy quieta, con los ojos cerrados. Me acerqué, le toqué suavemente el hombro… Estaba profundamente dormida.

Noche 28. Tratado de Libre Comercio de América del Norte

Nuevamente, al llegar Citlali, estaba sobre la mesa el libro de Miguel León-Portilla, Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares. Leyó:

«El comerciante a larga distancia, el pochteca, era el verdadero motor de la opulencia material. Su audacia para cruzar fronteras geográficas y políticas no tenía como fin el tributo bélico, sino la expansión del mercado y la introducción de nuevos elementos que dinamizaban la economía y elevaban la prosperidad de la metrópoli» leyó, sin demasiado entusiasmo.

—Mira qué interesante, le dije. Uno que piensa que las cosas son nuevas porque las escucha por primera vez. La idea de crecer a través del comercio es milenaria, no solo en Occidente, sino también en las civilizaciones antiguas de América. Y en su momento, yo mismo caí en ese error.

Una tarde en que fui a ver a mi Subsecretario a sus oficinas del sexto piso del edificio de la SARH en la glorieta de Chilpancingo, nos relató brevemente que se negociaría un Tratado de Libre Comercio entre México y los Estados Unidos de América [7]. De inmediato formó un grupo de trabajo interno, al que desde el principio se sumaron los consultores externos de su confianza. Yo contaba con la información del comercio exterior, y la experiencia en las negociaciones del GATT. Los contactos de alto nivel con la Secretaría de Comercio los tenía mi jefe, y yo tenía la relación institucional con los funcionarios de nivel medio. Me enteré de detalles importantes en ocasiones antes que él, lo que fortalecía mi posición.

En esos meses posteriores a junio de 1990, me tocó supervisar la homologación de la información de comercio exterior agropecuario, entre la nomenclatura que se había utilizado hasta ese momento, y el llamado Sistema Armonizado. Las cifras históricas estaban codificadas con las claves viejas, y las cifras recientes ya se reportaban con el sistema nuevo. Además, había confusión para identificar productos específicos.

Citlali se talló los ojos para despejarse; se estaba quedando dormida, como la noche anterior. Con voz todavía medio apagada preguntó:

—A ver, explíqueme ese Sistema Armonizado.

—Muy fácil: el comercio exterior también tiene su anatomía. El Sistema Armonizado clasifica todo lo que cruza una aduana, desde un caballo vivo hasta un costal de frijol o una caja de mangos. Cada producto tiene una clave, y con esa clave se decide qué arancel paga, qué permiso necesita y cómo se registra en las estadísticas.

—O sea que ustedes también tenían músculos, huesos y nervios, pero de mercancías —dijo, ya más despierta—. En enfermería tenemos que aprendernos seiscientos cincuenta músculos, doscientos seis huesos, nervios craneales y espinales, y luego encontrarlos, porque unos están escondidos debajo de otros. Cerebro ordena a nervio, nervio mueve músculo, músculo mueve hueso… y de pronto ya no sabes ni por dónde empezar.

Ahora fui yo quien se sintió abrumado.

—Por algo no estudié enfermería. En lo mío bastaba con saber que una vaca viva no era lo mismo que un corte de carne, y que una caja de manzanas no podía perderse en la misma categoría que una de duraznos.

La conversión de un sistema a otro se hacía casi a mano, aunque ya había computadoras. Las cifras históricas estaban en las claves viejas y las nuevas llegaban con otra lógica. Durante algunos meses, quien entendiera ese mapa tenía ventaja. Los cuadros estadísticos que generábamos en mi oficina se convirtieron en oro molido para preparar la negociación. Después, el Banco de México y la Secretaría de Comercio homologaron las estadísticas profesionalmente, pero por un tiempo yo tuve la ventaja de haber llegado primero a esa anatomía secreta del comercio.

En esos meses, comenzaron a gestarse ciertas tensiones internas. El grupo de consultores que apoyaba a mi jefe tenía sus ideas de cómo proceder con la Secretaría de Comercio en la prenegociación del TLCAN y en las negociaciones del GATT. Ellos estaban a favor de que México se declarara, sin ambages ni ambigüedades, como un país decididamente a favor de la liberalización del comercio mundial. Los que operábamos dentro del gobierno veíamos las cosas diferentes. Yo aprendí mucho de mis colegas de Ginebra, que me enseñaron el valor de un posicionamiento estratégico en una negociación. En nuestro caso concreto, había que esconder nuestros puntos débiles: nos refugiamos en la figura de los llamados «países importadores netos de alimentos «, que bien a bien nunca se supo lo que pretendíamos, salvo que nos dieran un trato diferente. Lo mismo para el TLCAN. Una frase de un alto funcionario negociador de la Secretaría de Comercio se volvió célebre: «Hay que tirarles bombas de humo», nos decía.

—A ver, —dijo Citlali—, póngame un ejemplo de cómo se debe negociar bien. —Como si estuviéramos en el mercado comprando fruta.

—Me la pusiste difícil, para eso si soy malísimo. Pero bueno, a ver a qué llegamos con tu ejemplo. Quieres naranjas. En un puesto hay naranjas y mandarinas. Preguntas por las mandarinas…No me dejó terminar. Soltó una sonora carcajada.

 —Nada más le va a quitar el tiempo a la marchanta.

También me reí. Luego traté de explicarle que toda negociación depende de las circunstancias. Comenzamos a jugar un ping -Pong muy divertido:

—Si no es temporada de naranjas y las quieres, hay que pagar caro…

 —Y si ya es noche y la marchanta no ha vendido, las dará baratas.

— Pero si te esperas a que sea de noche para comprarlas, igual ya no sobra ninguna y te quedas con las ganas.

—Y si deja encargado del puesto al escuincle por un rato, puede llegar alguien y aprovecharse con el cambio.

— O puede llegar una clienta de toda la vida y a esa le dará buenos precios para no perderla.

Nos reímos bastante. Aún no sé si toda mi experiencia le haya servido de algo la siguiente vez que fue al mercado.

Noche 29. Neopopulista

—Oiga, cuando venía entrando vi salir a un coche rojo, con dos personas. ¿Los conoce?

—Si. Se llama Lencho. Me pidió permiso para poner sus cajones de abejas por allá arriba en el cerro. A veces viene a raspar y sacar algo de miel; y otras veces, a traer a una nueva reina para formar otra colmena. Ese hombre es el último apicultor que queda aquí en el pueblo; gentrificaron a las abejas, por decirlo de alguna manera.

—¿Qué pasó con las abejas? — preguntó desconcertada.

—Quise decir que ya no hay terreno suficiente para ellas.

—Pues así dígalo. Usted ni adornado se ve bien.

Su enfado me cayó en gracia y me reí. Citlali también, pues no tuvo empacho en devolverme el golpe. Pronto retomamos el tema de la negociación del libre comercio, del que me sentía yo muy orgulloso.

Los preparativos para el inicio de las negociaciones formales del TLCAN fueron frenéticos. Uno de los aspectos clave en el diseño de la estrategia por parte de los máximos estrategas del lado mexicano fueron las consultas que se hicieron a los miembros destacados del sector privado, sector por sector. No solo eso: participaron en las rondas de negociación en el llamado «cuarto de junto». Viajaban con la delegación mexicana, se reunían en una sala y estaban disponibles para cualquier consulta. En esos encuentros, había que traducir los problemas y retos de la vida real en conceptos de negociación. Por ejemplo, nos decían: «Si abrimos el café a los Estados Unidos, nos inundarán con producto brasileño y africano barato». «Entonces es un tema que debemos llevar a la mesa de reglas de origen »—respondíamos—.  Mientras que a alto nivel se hablaba mucho de los «ganadores y perdedores» en el Tratado, en mis pláticas con ellos siempre encontrábamos un ángulo interesante de lo que había que defender y de lo que había que pedir en términos de apertura de los mercados de nuestros nuevos socios en potencia.

 Dentro de la metodología del GATT, había que calcular un arancel inicial que sustituyera al permiso previo de importación y que brindara un nivel de protección similar (la llamada tarificación). La metodología tradicional consistía en comparar los precios internos con los internacionales. Parecía un ejercicio estadístico sencillo, pero no fue así. ¿Qué series de precios utilizar, en caso de que existiesen? Por ejemplo, en el frijol existen dos grandes familias —los negros y los claros— y, dentro de ellas, una enorme variedad como el negro Jamapa, el negro Michigan, los pintos, el peruano, el mayocoba, entre otras muchas.

—¿Y el frijol con gorgojo? —preguntó Citlali con ganas de divertirse un poco.

—Ese no se comercia; si lleva plagas, está prohibido.

En algunos casos los patrones de consumo eran muy distintos y daban resultados extraños. En el pollo, por ejemplo, el muslo y la pierna son muy apreciados por el consumidor mexicano, mientras que los americanos se inclinan por la pechuga. ¿Había que comparar el pollo entero, muslo a muslo y pechuga a pechuga?  Se abría así un abanico de negociación insospechado en un principio.

—A ver, ¿el pollo orgánico dónde lo dejaron?

—Pues como pollo, ¿dónde más? Solo que eso lo especificas en el etiquetado…

—A ver si ahora sí lo agarro en curva —retó ella—. ¿Los tamales con pollo por dónde tienen que pasar?

—No se negocian recetas de cocina. Digamos que solo los ingredientes… Habría que ver si son más masa o más pollo.

Estaba dispuesta a divertirse a mis costillas:

—¿Y los chiles en nogada?

—Ahí sí va a depender de qué humor esté el agente aduanal[8].  Lo meterá como nuez, como chile o como carne, según vea.

Citlali se desconcertó un poco… Pero captó rápido:

—Sin albur.

El nacionalismo se coló por la puerta de la tarificación. El TLCAN era un marco para reducir aranceles y, de pronto, el juego se convirtió en ver cómo podíamos llegar a los aranceles iniciales más altos posibles, los cuales se reducirían hasta llegar a cero en un plazo máximo de quince años, pero estética y políticamente nos ayudaron bastante.

Al finalizar la negociación del TLCAN me tocó asistir a una reunión de organizaciones campesinas para explicarles lo obtenido. Me citaron por la mañana en la Casa del Agrarista, en la colonia San Rafael. La calle estaba llena de autobuses estacionados, que son los que trajeron a los asistentes desde muchos estados. Cuando me tocó mi turno, me acerqué al podio para dar mi arenga. Lo primero que hay que hacer es descubrir algún rostro en el público y fijarnos mucho en él. Su reacción nos va indicando cómo va el ánimo general, y además, es una forma de controlar los nervios. Cuando esa persona baja la vista, uno ya sintió que derrotó al auditorio, si lo sentía hostil. Alcé la vista, y lo que vi fue un patio lleno de sombreros de paja que cubrían cabezas a las que no se les veía el rostro. Fue triste darme cuenta de que podría decir lo que quisiera, al percibir su incomodidad de estar tanto tiempo de pie bajo el sol, con ganas de irse pronto a la sombra a comer su torta y regresar al autobús.  «Logramos un arancel de los doscientos quince por ciento para el maíz y de los doscientos setenta por ciento para la papa», dije ante el micrófono, como si hubiésemos cerrado y no abierto la economía. Era la «venta política» del Tratado, concepto que nos explicaron bien los colegas norteamericanos. Esa venta se tuvo que complementar, acertadamente, con un esquema de política pública que canalizó muchos millones de pesos a los productores. Los hombres sin rostro cobran vida cuando se trata de dinero.  Así nació el programa Procampo.

—Hace falta la gallina, los huevos y el cacareo —apuntó Citlali. Guardó su botella de agua y el tupper de su ensalada y, cuando se disponía a irse, me preguntó:

—Dígame, cuando regresaba a México después de discutir todo eso, ¿volvía a cenar las Maruchan que venden en el Oxxo o extrañaba los espaguetis con mariscos que cenaba allá?

—Una sensación extraña. De regreso de Washington, sentado en el avión, comenzábamos a volar en círculos sobre la Ciudad de México esperando turno para aterrizar. Después de varias horas de vuelo ya iba fastidiado y cansado de tanto leer y escuchar música; de pronto me vi en mi casa de Cuajimalpa, sin otra cosa más que hacer que tomar un libro y poner algún CD. A la llegada, a muchos de mis colegas los esperaban sus novias o esposas. Solo a mí no me esperaba nadie. Hacía la fila para el taxi y, al llegar a casa, me tumbaba a ver algo de televisión sin prestarle atención. Al día siguiente procuraba hacer algo que me gustara, como ir a caminar al Desierto de los Leones, que por cierto es uno de los bosques más bellos de coníferas y pinos de toda la ciudad. Y contestando a tu pregunta, allá vendían unos tlacoyos muy sabrosos; mis preferidos eran los de haba o de frijol.

—¿No se dio algún gusto, algo que le compensara por tanta friega?

—Me compré un carro deportivo, muy potente, del año. Una vez llevé a una fiesta a una chica guapísima de Culiacán; tenía un cuerpazo, hacía trescientas abdominales al día, según me contó. Bajamos del deportivo sintiéndonos como actores de Hollywood, pero al poco rato le dolió la cabeza, me pidió que la llevara a su casa y, en el camino, se fue organizando para irse a otra reunión.

Me sentí un poco torpe al haberle confiado eso. Y ella no lo dejó pasar.

—¡Ay, usted! —dijo al final—. Se compró un carro para apantallar y esa chica nada más lo trajo de chofer. Pero las bellas durmientes no le fallarían, ¿verdad?

Noche 30. Son gachos.

—En resumen, dígame de que se trata ese famoso libre comercio del que tanto habla. Ya sé que se trata de importar cosas. Vea nada más las calles; están llenas de tienditas que tienen su letrero de “abrimos paca de ropa americana”; o los autos chocolate que traen todos los que vienen de Michoacán; o unos productos en el super que la verdad no me encantan. Unos quesos carísimos con etiquetas en inglés, pero que no le llegan en sabor a un buen queso de tierra caliente. Pero no entiendo que es lo que hace el gobierno en todo esto.

—Muy fácil. Si nosotros dejamos que cualquiera importe cosas de Estados Unidos, allá también dejan que sus ciudadanos importen de México todo lo que quieran.

—¿Y tanta vuelta para decir eso?

—Acuérdate que el diablo está en los detalles.

La primera reunión formal de negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) se llevó a cabo en Toronto, Canadá, el 12 de junio de 1991. Ahí asistimos; fue emocionante por ser la primera. Se trató principalmente de la mecánica y metodología que se seguirían para atender los tres grandes temas: acceso a mercados, subsidios internos y medidas sanitarias y fitosanitarias.

La siguiente reunión fue en Dallas, en agosto de 1991. Esa vez nos acompañó un contingente enorme del sector privado. El negociador de la Secretaría de Comercio lanzó la bomba de humo de que excluiríamos el maíz del Tratado —una posición claramente insostenible, siendo la principal exportación de los Estados Unidos a México—. No se avanzó todo lo que se tenía previsto, pero la expectativa del sector privado era enorme. Se resistían a creernos que no habíamos negociado el producto de cada uno de ellos de forma individual: «¿Negociaron papa? ¿Negociaron flores? ¿Negociaron cerveza?». A la salida del salón de conferencias, donde se habían llevado a cabo las pláticas con americanos y canadienses, así como las reuniones informativas con el sector privado, cuando me dirigía hacia el hotel me percaté de que me seguía una verdadera caravana de líderes empresariales y directivos gremiales que querían platicar conmigo. Logré desaparecer y entrar a la soledad y tranquilidad de mi habitación. Ese día me sentí muy importante.

Siguieron otras rondas negociadoras en distintas sedes en Canadá, Estados Unidos y México. La recta final fue sesiones casi ininterrumpidas en Washington D. C. Entrábamos temprano al edificio neoclásico del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos mi subsecretario, el funcionario encargado del tema por la Secretaría de Comercio y yo, con pesadas carpetas bajo el brazo; nos registrábamos como unos visitantes más y caminábamos por unos pasillos interminables de mármoles relucientes hasta llegar al despacho del negociador americano. Se revisaban los temas una y otra vez y, en particular, el del azúcar, que fue el último en resolverse. Poco a poco se fueron afinando las listas de desgravación de cada país y el texto del articulado del Tratado.

En alguna ocasión, ya hacia el final, las organizaciones ganaderas nos hicieron saber su inconformidad con el tratamiento de desgravación que estábamos dando a los llamados «despojos y desperdicios de animales», que es como se clasifican en el comercio internacional la pancita, el buche, la lengua, los sesos y otras exquisiteces que comemos los mexicanos, y que para los americanos son meros desperdicios, aunque el volumen de comercio era grande. Llegó el momento de intercambiar las listas finales entre los tres países; les expliqué a los colegas que nuestra única opción para superar el tema de los ganaderos era modificar la lista que presentaríamos, con ese pequeño cambio, y que yo estaba seguro de que no se darían cuenta. Ya había visto que, por el lado americano, la lista la revisaba una muchacha desaliñada con unas gafas enormes, que no parecía estar muy entretenida con ese trabajo. A nadie le gustó la idea, pero procedimos y funcionó. Tiempo después, ya inicializado el Tratado por los negociadores en jefe, nos lo echaron en cara; y a mí más que a nadie.

Conforme avanzaba la negociación y se acercaba el cierre, mi influencia comenzó a decrecer notablemente. No dejaban de verse “feos” los aranceles que calculé para muchos productos, dentro de un círculo dominado por los economistas liberales.

Unos meses antes mi jefe había decidido cambiar al que supuestamente era mi superior jerárquico, aunque nunca lo fue en la realidad; yo esperaba que me ascendieran a ese puesto, lo cual no sucedió.

El cierre oficial de las negociaciones del TLCAN original se anunció el 12 de agosto de 1992 en Washington D. C., tras catorce meses de intensas sesiones. Al día siguiente, todos los que participamos en la negociación fuimos citados para una foto oficial de la delegación mexicana. Yo no asistí.

—Para mí que sus jefes fueron malas personas, nada más lo usaron —señaló Citlali. Clavó la mirada en el suelo, como pensativa—. Son… Son gachos —dijo al final, al no encontrar un adjetivo que los pudiese describir mejor.

Al escuchar eso, «son gachos», mis ojos se llenaron de lágrimas y comencé a llorar, algo que no me sucedía desde muy niño. Nos quedamos en silencio durante un buen rato.

—¿Oiga, y sus familiares, su madre, al menos ellos, no se sintieron muy orgullosos de lo que hizo usted?

—En ese entonces ni cuenta se dieron; solo con los años percibieron que yo había estado metido en algo muy importante. Mi madre había enviudado hacía pocos años; el destino la compensó dos años después con el nombramiento de mi tío Ignacio como gobernador del Estado de México. Se portó bien con ella: la invitaba a varios eventos públicos, le facilitó la entrada al voluntariado del estado en cuestiones de salud y ella se dedicó con entusiasmo a supervisar hospitales, platicar con el personal médico y ayudar a solucionar problemas. Ella era así, se desvivía por ayudar a «los demás». Ese fue uno de los traumas que me acompañaron durante un buen tiempo: yo no formaba parte de «los demás». Y dada la relación especial que siempre tuvo con su hermano menor, al que cuidó de niño en Alemania, me daba el sentimiento de que nosotros, sus hijos, estábamos en un segundo lugar. Mis méritos, los que tuviese, se opacaban totalmente por la sombra gigantesca del gobernador. La gubernatura de su hermano Nacho coincidió con la negociación del TLCAN, de 1989 a 1993.

Noche 31. Noche del Maíz

Citlali llegó un poco ojerosa. Comentó que la noche anterior una pregunta no le dejó de rondar por la cabeza.

—Seguido escucho a mis tíos y a mi abuelo quejarse de ese Tratado en el que usted trabajó. Dicen que desde entonces no les ha ido bien, que ahora muchos campos están abandonados.

—Te voy a dar mi explicación, sin tratar de convencerte. Con que me escuches es suficiente.

El maíz es uno de los principales productos de importación de México. Se cultiva en todo el país: en las llanuras áridas del noroeste que cuentan con irrigación; en las sierras de Guerrero y Oaxaca, en laderas con gran pendiente; en los valles del Altiplano, de climas templados o fríos; en las selvas de Chiapas; en las costas… En algunos lugares hay riego; en otros, solo dependen del agua de la lluvia. Hay empresas que tienen grandes extensiones y mucha maquinaria; hay rancheros pequeños y medianos; y la gran mayoría son campesinos que tienen poca tierra, muchas veces menos de dos hectáreas, y en algunas zonas hasta miden sus parcelas por el número de surcos, de tan pequeñas que son. Y estos campesinos, que son la mayoría, no producen el suficiente maíz para hacer sus tortillas o engordar sus animales. Tienen que comprar lo que les hace falta, en la tortillería o en alguna bodega, aunque esté caro, y quienes les venden son las grandes empresas que controlan miles de hectáreas, o los que lo importan y lo distribuyen en la Central de Abastos.

También pasa que la familia puede tener varias hectáreas, incluso con riego, pero no las cultivan. Antes toda la familia ayudaba a la siembra, al deshierbe, a echar fertilizante, a cosechar y a desgranar. Ahora los jóvenes ya no quieren trabajar en las milpas; prefieren dedicarse a otra cosa que sea menos pesada y que les deje más dinero. Y también los hombres ganan mucho más como albañiles o peones. Todo esto —la fragmentación de la tierra, la escasez de agua, la falta de mano de obra— no es consecuencia del Tratado de Libre Comercio; este permite que la importación de todos los productos sea a menor costo porque se les quitaron los aranceles, y eso beneficia a la mayoría. Para que a todos los agricultores de México les vaya bien, hace falta que haya buenos programas para apoyarlos y eso no siempre se ha logrado. Depende de cada gobierno, no del Tratado.

—Por una cosa o por la otra, los campesinos siempre salen fastidiados —afirmó Citlali.

—Yo también sufro al ver lo que pasa en el campo, aunque esté convencido de que hicimos lo correcto.

Mi padre me hablaba de cuando era niño y salía a «besanear» por las milpas con mi abuelo. Caminaban entre los surcos; revisaban si la semilla ya había germinado, el crecimiento de las matas, la humedad de la tierra, si había que limpiar o deshierbar, o si había evidencia de alguna plaga, entre otras cosas. Ya después checaban si el maíz estaba jiloteando, si habían salido las mazorcas y si iban llenando bien. Decía que el premio mayor era encontrar los huitlacoches, y desde que los recogían se deleitaban con el taco que les prepararía la abuela. Evocaba a las mujeres del rancho moliendo el grano en sus metates, torteando a mano las bolitas de masa y echándolas al comal, y el gusto supremo: ¡comérselas infladas con tantita sal!

Siempre me habló con admiración de la «milpa». Es un predio donde se entrevera el maíz con frijol y calabaza, y a veces otros cultivos. El frijol abraza el tallo del maíz y le aporta nitrógeno a la tierra; la calabaza extiende sus hojas grandes para proteger el suelo del sol y mantener la humedad; el chile ahuyenta a las plagas. Los cultivos no compiten entre sí; al contrario, se complementan. Si al maíz le cae el chahuistle o lo tira el viento, el agricultor recoge una espléndida cosecha de frijol o calabaza. El modelo de la milpa es el opuesto a la agricultura comercial a gran escala, donde se cultiva un solo producto y se generan artificialmente las condiciones para obtener altos rendimientos por hectárea: fertilizantes inorgánicos, plaguicidas químicos, semillas mejoradas y, más recientemente, transgénicos.

—Prefiero mil veces la milpa —sentenció Citlali.

—De preferir, yo también. El problema es que con lo que se obtiene no se produce lo suficiente; tendríamos que importar muchísimo más maíz del que se trae ahora.

Me levanté y me acerqué a unos estantes donde estaban los libros que pertenecieron a mi abuelo Guillermo. Tomé el   Nuevo Diccionario de Agricultura, Teórico-Práctica y Económica y de Medicina Doméstica y Veterinaria, por el Excmo. Sr. D. Juan Álvarez Guerra. Madrid, 1844. Un bello volumen empastado en cuero con letras doradas grabadas en el lomo.

—Aquí se documentaba él para trabajar sus tierras —añadí—. Y luego le mostré un libro  con todas las variedades de maíces que hay en México… los blancos, los cacahuazintles, los azules, los morados, cada uno con sus características únicas de sabor y de aclimatación biológica.

Me quedé un rato pensativo y añadí:

—Hay un libro que me falta, que no he conseguido: La filosofía náhuatl, de Miguel León-Portilla, Y otro, que es el que me gustaría escribir…

—¿Y ese cuál es? —preguntó Citlali.

—¿Te has fijado en todas las palabras de origen náhuatl que nos han brincado esta noche, y muchas otras más que ha adoptado el español? La milpa, el jilote, el chahuistle, el metate, el tamal, el cuate, el chicle, el tocayo, la jícara, el ayoyote…

—¡Lotería! —gritó Citlali, en broma.

—¡Exacto! Me leíste el pensamiento. Quiero hacer un homenaje al idioma náhuatl; uno que no sea una simple recopilación de vocablos adoptados por el español, sino un rescate de su esencia. Es una lengua que conecta directamente con las cosas. El ahuehuete no es solo el nombre de un árbol: es el «viejo del agua», una evocación de la alianza entre el hombre, los elementos y el árbol como un ecosistema vivo.

Al unir in atl e in tepetl («el agua, el cerro») para significar «pueblo» o «comunidad», el náhuatl establece una condición ecológica insalvable: no puede existir sociedad humana sin el resguardo de la montaña y la pureza del acuífero. El concepto mismo de civilización depende de la salud de los elementos.

Por eso, hacer una apología del náhuatl hoy no es un ejercicio de nostalgia folclórica; es reconocer que en sus metáforas floridas reside una racionalidad ambiental más avanzada que la de nuestros modelos económicos actuales. Esta lengua nos recuerda que la verdadera sustentabilidad no consiste en mitigar los daños del progreso, sino en restaurar el cordón umbilical que nos une a todo lo que respira. Salvar el náhuatl es, en última instancia, salvar la posibilidad de volver a escuchar a la Tierra.

—A todo esto, ¿de dónde le viene el interés por el náhuatl? No es algo que sea bastante común.

—Desde el día que conocí a una Estrella.

Noche 32. Rebelión en la Granja.

Antes del final del TLCAN, en la fase más intensa del proceso, mi subsecretario tuvo que sustituir al director general de Asuntos Internacionales, quien era mi jefe formal y directo, aun cuando ya casi todos mis asuntos los viera con el subsecretario. Es lo que en la burocracia se llama «estar puenteado». Yo no tenía el perfil diplomático que requería el puesto; era un luchador de trinchera, un «peleador callejonero», como nos bautizó un día uno de nuestros colegas. Pero en esos momentos mi función era una de las más importantes de toda la Secretaría.

Mi subsecretario se inclinó por un joven que no alcanzaría los treinta años, prácticamente sin ningún fogueo ni experiencia. Era hijo de un alto funcionario de la administración del presidente Salinas, y mi jefe tenía esa concepción de la política: la de tejer redes de amistad y lealtad. Varios juniors del gobierno y de los negocios entraron a trabajar con él, a quienes el resto del equipo apodamos los golden boys. Una mañana mi subsecretario me mandó llamar; me informó que ese joven sería el elegido y que había pensado que yo y mi grupo formaríamos una unidad administrativa aparte, a lo que llamó un relaunching de la Secretaría. Le encantaba mezclar en sus conversaciones términos en inglés. Le pregunté si tendría mis oficinas aparte. Me dijo que sí, pero que por lo pronto no.

No era ingenuo y sabía cómo se movían los hilos de la burocracia. Esa nueva unidad difícilmente vería la luz. Al llegar a mi oficina, en aquel entonces en la avenida Benjamín Franklin, me reuní con mis colaboradores cercanos, analizamos la situación y alguno dijo: «Vámonos». Hablé con un amigo mío que dirigía el organismo que canalizaba todos los subsidios, le pedí prestados espacios de oficinas y me los concedió. Era una sala no muy grande donde cabrían dos o tres escritorios más un mezanine abierto. Sin pensarlo mucho empacamos papeles y computadoras, escritorios y archiveros, conseguimos unas camionetas pick-up prestadas de la dirección de estadística e hicimos la mudanza. Cuando se enteraron mi subsecretario y el nuevo titular de la dirección general a la que habíamos pertenecido, ya eran hechos consumados. Fue un golpe de audacia; una clara insubordinación institucional. Nos pudieron haber fincado responsabilidades graves por haber sustraído material y equipo de esa manera, sin ningún tipo de autorización. Las consecuencias no pasaron a mayores; en retrospectiva, creo que fue una falta grave que mi jefe dejó pasar.

Citlali dejó de trazar en su libreta, levantando las cejas con genuino asombro:

—Wow. Eso sí que fue un golpe de audacia. ¿Pero a ver, los polis no les dijeron nada cuando sacaban las cajas?

—No. Les dije que era por instrucciones mías. Mi rebelión fue timbre de orgullo, pero me generó grandes incomodidades e hizo patente a todos los demás que, si bien éramos importantes, tampoco lo éramos tanto.

El tema de los subsidios internos y a la exportación no se resolvió en el TLCAN, sino hasta el final de la Ronda Uruguay del GATT. El 15 de diciembre de 1993 se alcanzó el acuerdo final en Ginebra, Suiza. Yo me trasladé algunos meses antes para allá. Vivía en el hotel Holiday Inn pegado al aeropuerto, que tenía unas ventanas fantásticas de tecnología europea que aislaban totalmente el ruido de los aviones. El hotel tenía una piscina climatizada subterránea y un pequeño gimnasio bastante bien equipado, a donde comencé a ir para desestresarme. Los desayunos eran una delicia en un restaurante con alfombras y barras relucientes: me tomaba mi chocolate caliente acompañado de los típicos croissants y leía los periódicos, cortesía de la casa.

—Otra vez los periódicos. Les hubieran inventado antes las tabletas y el internet.

—Pues eso sí era bonito: tomar el periódico y leer los titulares. Lo complicado era pasarte las horas tratando de mandar un telefax; era como una fotocopiadora conectada al teléfono que iba transmitiendo las páginas con los informes. Tomaba un autobús después de cruzar unos llanos yermos por los rigores del otoño y llegaba a la oficina de la representación de México. Era el representante de agricultura, no era de los de casa, y muchas veces notaba que los colegas de comercio bajaban la voz cuando pasaba. El tema principal de la Ronda era la agricultura y era el mío.

Llegó la fase final: todos los países presentaron sus listas definitivas para que las conocieran todos los demás y pudieran revisarlas. Elaboré la que correspondía a México, detallando todos nuestros compromisos en materia de subsidios y acceso a mercados. Me tomó horas de estudio de las listas previas que habían presentado otros países, de manera particular la Unión Europea. Ellos eran unos magos para presentar sus cifras: ofrecían, por ejemplo, una cuota muy atractiva de acceso a su mercado de azúcar —uno de los más codiciados del mundo por los diferenciales de precio—, pero le ponían un pequeño asterisco que decía algo así como que esa azúcar podría estar incorporada a productos que contuviesen azúcar, seguido de otro asterisco que remitía a otra página muy lejana de la lista, donde se mencionaban cuáles podrían ser esos productos, como chocolates, chicles y refrescos, y otro asterisco que llevaba a otra página perdida donde decía qué porcentaje de la cuota correspondía a cada uno de esos productos. Todo eso para decir que no darían ninguna cuota de azúcar al resto del mundo, pero que les podríamos mandar ciertos volúmenes de dulces, galletas azucaradas, refrescos y bombones de chocolate.

Sabía que Citlali me interrumpiría y, en efecto, así fue:

—¿Como por ejemplo chamoys?

—Así es, porque llevan pulpa, chile y algo de azúcar, pero no me imagino a un inglés comiéndose uno.

—Para la próxima traigo. Frente a mi casa se pone una señora que los vende y, además, ¡unos mangos con chile piquín! Buenísimos.

El subsecretario de Comercio llegó a Ginebra para esa ronda final y para supervisar la entrega de nuestras listas. A su llegada nos había dicho que la prioridad del gobierno mexicano era mantener cerrado nuestro mercado azucarero, algo que parecía imposible de negociar. Elaboré las listas siguiendo la metodología de la Unión Europea y creo que hasta le puse unos nuevos asteriscos para despistar. Uno de los colegas, me parece que el embajador, bautizó a este esquema como «el submarino». No todos creían en mi submarino, pero no había opción; lo lanzamos y funcionó. Al igual que con las vísceras y despojos de animales en el TLCAN, al tiempo llovieron las recriminaciones, pero ya no me tocó responderlas a mí.

Y al igual que en el TLCAN, había negociadores de carrera que nunca se sintieron cómodos con mis estrategias. En alguna ocasión uno de ellos, que años después llegaría a embajador, mi dijo: «Si me pones a elegir entre perder reputación de negociador o perder en alguna concesión en algún sector, yo prefiero mil veces…». «¿Qué prefieres?», pregunté con tono desafiante. Reculó y dijo sin ningún convencimiento: «Salvar a ese sector». En una ocasión, no recuerdo el tema, tuve una discusión con él por algo similar en una noche de tormenta de nieve y le dije: «Si te pones en ese plan, yo no estoy dispuesto. Me voy». Y me salí a la calle. No había taxis, ya no había transporte, soplaba un aire gélido proveniente del lago Lemán y, como pude, llegué al Holiday Inn medio congelado, ansiando mi taza de chocolate caliente para encontrarme con la sorpresa de que el restaurante llevaba varias horas cerrado.

—No me lo imagino —intervino Citlali—. Yo lo veo en la estética muy quietecito esperando turno, pero antes… ¿Era muy berrinchudo? Un día se salió de las oficinas con todo y muebles… Y otro día se enojó y se sale caminando en medio de una tormenta de nieve.

—Ahora que lo mencionas… Pues supongo que sí. A veces sí me enojaba mucho y regañaba feo a algunas personas… Pero ya me pusiste a pensar. Creo que me di demasiada importancia y debí ser mucho más paciente, más easygoing, ¿cómo te lo explico?

—Que se le hubieran resbalado más las cosas y que no se las hubiera tomado tan a pecho.

—Correcto. Pero pues ya tendrá que ser en otra vida.

La reunión ministerial que formalizó todos los acuerdos de la Ronda Uruguay se celebró en Marrakech, Marruecos, del 12 al 15 de abril de 1994. Poco antes recibí una llamada del subsecretario de Comercio la única de él en todo este periplo—, en la que me invitaba a asistir con él a esa reunión, porque quería que todos los que habíamos participado pudiésemos estar presentes para celebrar. Se lo agradecí muchísimo, Era un reconocimiento a mi labor del más alto nivel.

En Marrakech no tenía ya ninguna función más que la de música y acompañamiento, así que la pasé bien, recorriendo los callejones y bazares de esa mítica ciudad; compré un cuchillo árabe que tengo en la vitrina y unos tapetes estilo árabe.  Mis paseos fueron solitarios. Fuimos varias veces a un casino, me parece que en el hotel, junto a unos colegas muy divertidos. En ese casino aposté poco —como siempre, cauteloso—, pero la suerte me sonrió y gané bastante para mis estándares. Sigo agradecido por esa invitación.

Noche 33. Los Eleuterio

Al despertar de mi siesta puse algo de música lounge. En eso escuché un ruido seco, como un golpe, y salí al pasillo a asomarme. Citlali estaba ahí, medio pálida; al lado tenía una cubeta y un trapeador.

—Qué susto. Me tropecé. ¿Quién dejó esa cubeta atravesada? —preguntó.

—Seguro que fue la señora que vive aquí.

—¿Qué? ¿Cómo dijo? Primera noticia…

—Te voy a contar. En la casa vive una familia que me ayuda. La mamá, Delfina, es de un pueblito muy pequeño en la zona mazahua, allá por San Felipe del Progreso, y trabajó en la Ciudad de México con mi madre, cuando todavía vivía en la casa grande en la que habitamos todos de jóvenes. Tenía un niño pequeño, muy listo y bien portado, pero se regresó al pueblo porque un segundo bebé venía en camino. Algunos años después tocó a la puerta; iba cargando a una niña muy pequeña envuelta en el rebozo. «Solo le pido que me dé posada por esta noche, estoy buscando trabajo, ya se hizo de noche y no tengo dónde dormir», le dijo. Coincidió con que mi madre no tenía por esos días quien le ayudara y entonces se quedó con ella de planta, con la niña. Como dicen, se juntaron el hambre con las ganas de comer. Yo estaba viviendo ahí, de vuelta, por el problema de salud que tengo… Ya sabes cuál es.

—Sí, obvio: el cuello —dijo Citlali.

Parece que se entendieron bien para la limpieza, la comida, el lavado de la ropa y todo lo que hay que hacer. Un día subió la señora, Delfina, a presentarme a la niña, que tendría unos cuatro años. Me resultó simpatiquísima. «A ti ya te conozco», me dijo muy segura. Me causó gracia, pues no recuerdo haberla visto antes. Nos caímos bien y a veces subía la niña por la escalera para saludar. Un día, para entretenerla, le presté un lápiz y un cuaderno, y le dije: «Pon atención, te voy a enseñar la letra A». A la semana ya le había enseñado las vocales y dos o tres consonantes; a las dos semanas, unas sílabas sencillas, y como a los tres meses ya sabía leer. Yo estaba fascinado con el progreso que hacía y también con los comentarios que soltaba, como toda niña ingenua que está descubriendo el mundo.

Después enfermó mi madre y se tuvo que mudar a vivir a Tlatelolco, a su ahijada: un conjunto de vivienda popular repartido entre muchos edificios multifamiliares, construido en los años cincuenta con inspiración soviética. Delfina y la niña se fueron con ella. A partir de entonces fueron su compañía, sus cuidadoras y sus acompañantes. La niña, que es muy lista, se encargaba de darle las medicinas y vigilar que se las tomara. Mi madre le dijo que ella sería su maestra, y ese título se le quedó por siempre.

Unos meses después decidimos que mi madre estaría mejor en la casa del rancho de Valle de Bravo, y así fue que nos vinimos para acá con ellas dos acompañándola, más otra hija que se había quedado en su pueblo, con sus abuelos, así como al niño que vivió antes con nosotros —que ya era un joven—, porque no podía ir a trabajar a México con dos criaturas. Más adelante también se vino a vivir al rancho el niño, a cursar su preparatoria en el Colegio de Bachilleres. Así que en esta casa convivimos mi madre y yo, y los cuatro miembros de la familia Eleuterio. Delfina es madre soltera.

—Qué bien que se reunió toda esa familia alrededor de su madre. Entre todos se acompañaron.

—Mi madre solía decir: «Llórate pobre, pero nunca te llores solo». Ella ya llegó a Valle de Bravo muy mayor. Acá cumplió los noventa años y acá murió a los noventa y cuatro. Se quejaba mucho: «¿Qué hago yo aquí trepada en este cerro?», decía; pero muchas otras veces la pasaba bien, disfrutando de su patio con orquídeas en su hamaca; también salía al jardín para contemplar la vista a la laguna. Su último proyecto fue un jardín de cactus al que le puso mucho entusiasmo. Algunas veces fuimos a Tejupilco, a Ixtapan del Oro y a Santo Tomás a buscar cactus y a traer piedras de río para darle al jardín un toque japonés. En los meses de octubre y noviembre, después de las lluvias, el cerro se cubre de flores silvestres: blancas, amarillas, rojas, lilas, violetas, de todos los colores. Le encantaba hacer un gran ramo con ellas y se sentaba largo rato a oler y contemplar sus flores.

Cuando mi madre falleció no me quise quedar solo en este cerro, ni tampoco me quise regresar a mi casita de México, así que les pedí que se quedaran y son las personas que me ayudan con el aseo de la casa, la comida y la ropa. Y por las noches las invito a que vean las noticias conmigo; es nuestro ritual de convivencia...

—Esa familia vale más que cualquier escritura. Le alegraron sus días a su madre y ahora a usted.

—También me dan algunas preocupaciones, sobre todo los hijos; les ha costado trabajo ir encontrando su camino.

 

Noche 34. En el Cerro de Enfrente

A lo lejos, en la penumbra del valle, se escuchó el eco amortiguado de unos perros ladrando. Citlali se asomó por el ventanal, tratando de adivinar de dónde venía el ruido en medio de aquella boca del lobo.

—Allá enfrente, donde se ven esas luces titilantes, los perros siempre ladran más fuerte —le comenté, llamando su atención.

—¿Ah, sí? ¿Y ahí quién vive? ¿Algún vecino ruidoso?

—Peor que eso: una prima mía. Una que también heredó terrenos de la abuela Omma.

Mi madre y ella se entendieron bien durante muchos años; yo creo que las dos eran un poco rebeldes a su manera. Pero cuando nos vinimos de México a vivir acá, la cercanía las alejó; se han de haber hecho más evidentes sus diferencias. Mi madre siempre trató como iguales a las personas humildes, ya fueran los cuidadores y sus familias o las señoras que ayudan en casa: a todos. En sus últimos años se sentaba por horas para platicar con el cuidador que teníamos sobre el clima, las milpas, cómo eran las cosas antes en Valle de Bravo, las costumbres y las tradiciones. Pocos meses antes de su muerte, él le trajo a regalar una fotografía enmarcada de sus abuelos, don Pedro y doña Teresa, que fueron cuidadores en la época de la abuela Omma. Mi madre la colgó en su habitación, sin que significara nada más que un buen recuerdo.

Mi prima, por el contrario, con el paso del tiempo se fue sintiendo cada vez más «aristocrática», sobre todo por la historia del rancho, y la vida cosmopolita de la abuela Omma. El obispo Joaquín Arcadio Pagaza fue nuestro tío bisabuelo, y de ahí se colgó mi prima para armar la aristocracia familiar. Al mismo tiempo se volvió más que notoria su incomodidad de convivir con las personas humildes. El día que murió mi madre, lo primero que hizo al entrar a la habitación donde yacía fue tomarle una fotografía con su celular; y lo segundo, descolgar el cuadro de don Pedro y su mujer.

—¡Qué mal gusto! —gritó Citlali, escandalizada.

—Hace poco, la hija de mi prima trajo a bautizar a su bebé a Valle de Bravo y después hubo una comida, muy sabrosa, servida en su jardín. Se me ocurrió llevar a una de las niñas de Delfina para que obsequiara una bolsa de galletas a los invitados. Hubo algunos incidentes que no voy a relatar, aunque reconozco que me faltó tacto. A la semana mi prima arremetió duramente contra mí por teléfono: hablando con un conocido cercano de ambos, despotricó contra los Eleuterio y contra mí por llevar gente a su fiesta que no había sido requerida y, ya encarrerada, hizo sugerencias groseras sobre el tipo de convivencia que habría dentro de mi casa. No dejé terminar al conocido que me relató la plática; dije que mi prima se podría ir directamente a…

—¡A chingar a su madre! —Citlali soltó en un soplido las palabras exactas que yo no me animaba a utilizar.

—Mi prima siempre se juntó con mis tíos Pichardo y se llevaba bien con ellos, ya que generacionalmente estaba más cercana a ellos que a muchos de sus primos. Los últimos años de mi madre en Valle de Bravo fueron agridulces. Entre esa prima, mis tíos y mi madre hicieron críticas constantes hacia mí que no solo me amargaron algunos días, sino también a mi madre. Esa práctica del chismorreo familiar, que ya había sufrido en la adolescencia, volvió intensificada por aquellos días. Es el tipo de cosas que suceden cuando se cruzan visiones distintas del mundo y cuando las personas no han aprendido a ser tolerantes las unas con las otras. Y me incluyo en el mismo saco: también he sido intolerante con mi propio hermano por cuestiones distintas, pero parecidas.

—O sea que en ese cerro nadie deja de tirar pedradas —concluyó Citlali—. Todos traen espinas: unos de nopal y otros de huizache.

—Todos —admití—. Por eso te digo que sigo sin encajar. Ni con los de enfrente, ni con los míos.

 

Noche 35.Campaña Política

—¿Sabe a quién vi hoy? A Zudikey, que va de candidata del PRI a la presidencia municipal. Usted debería animarse.

—¿Con ella?

—No sea bobo… Eso me pasa por andarle inflando el ego.

—¡Ya ves cómo sí es divertida la política! Con ustedes, la mujer, la profesionista, la promotora de la salud y la belleza, ¡nuestra inigualable candidata, Citlaliiii…!

—Ni que fuera teibolera —soltó divertida, y a los dos nos ganó la carcajada—. Hágale, hablemos de la política, se ve que disfruta el tema.

El 23 de marzo de 1994 asesinaron al candidato presidencial Luis Donaldo Colosio. Me enteré durante una escala en Houston, en un viaje relámpago que teníamos planeado para resolver algún asunto relacionado con el aterrizaje del TLCAN. Unos días después el partido en el poder designó a Ernesto Zedillo como candidato sustituto y, al poco tiempo, este nombró a mi subsecretario coordinador de Asesores del candidato del PRI a la Presidencia de la República.

No lo vi por esos días. Nos fuimos enterando de a poco quiénes de nosotros ya se habían ido con él; fueron los golden boys los primeros en acompañarlo. Desde la oficina de la campaña me llamaba de vez en cuando alguno de ellos para pedirme alguna nota o tarjeta informativa por parte del coordinador; yo me negué pues él no me había llamado de forma directa. Un día lo hizo: fue un diálogo muy breve, de no más de un minuto, y me instruyó a que me moviera de inmediato a unas oficinas de apoyo que tenía por el sur de la ciudad.

Nuevamente, la vorágine. El trabajo consistía en preparar discursos al por mayor sobre todos los temas posibles; ya no solo de economía, sino de ámbitos tan distintos como la pobreza, el rol de la mujer, el nuevo indigenismo a raíz del levantamiento zapatista, la planeación urbana, entre muchísimos otros que tiene que atender un candidato en campaña. Me negué a seguir las instrucciones de los golden boys, pero tuve que aceptar las órdenes que venían de la secretaria particular de mi jefe. Por aquella época me sentaba frente a la computadora varias horas seguidas, sin parar, y elaboraba un discurso de principio a fin. No era pura retórica; por la trayectoria del candidato y la del coordinador, todo lo que se decía tenía que ir bien documentado, avalado con hechos y cifras que nos llegaban de muchísimos lugares, principalmente de las entidades y dependencias del gobierno federal.

Para preparar los discursos que daría el candidato en alguna entidad federativa, nos mandaban de avanzada a platicar con funcionarios y empresarios locales para conocer de primera mano las preocupaciones y expectativas de cada lugar. Nos dividieron por estados; a mí me tocaron, entre otros, los discursos de Sinaloa y Tlaxcala. Hice la visita a Mazatlán y Culiacán. Éramos bien atendidos y recibidos pues, a ciencia cierta, nadie sabía cuál era nuestro vínculo exacto con el candidato ni con el coordinador. Conversábamos con muchos actores clave, tomaba notas y, de regreso en México, me sentaba a redactar. Se volvió casi una terapia para mí concentrarme por horas en un tema particular, buscando contenido de interés y una forma sonora y retórica para decirlo.

Un conocido mío estaba en un puesto importante en los temas administrativos de la campaña. Un día que comimos con él nos pidió que le diéramos nuestra tarjeta de presentación. No teníamos.

—Yo les mando a hacer unas. ¿Qué puesto tienen?

Atinamos a contestar:

—Asesores del coordinador.

—Pero a ver: su jefe coordina a los asesores; entonces, ustedes son asesores del candidato del PRI a la Presidencia de la República.

Cuando se enteraron en la oficina de mi jefe de esas tarjetas, casi nos corren: «Ustedes son nada más unas personas que trabajan para Luis», nos sentenciaron. Las tuvimos que devolver, pero sí me guardé una cajita, pues el título era pomposo y apantallaba, con los logotipos de la campaña y del partido.

—¿Le gustaba ese trabajo de escribir discursos?

—Me encantaba. Sobre todo, cuando ya tenía los datos y el material necesario, y me sentaba a redactar. Era un deleite ver cómo se formaba cada párrafo, con su idea central, para luego pulirlo hasta que sonara bien. Después seguía el próximo, buscando la manera de hilarlo con los demás. A veces me hablaban y no escuchaba a nadie; estaba completamente absorto. En esos discursos se planteaban ideas y se razonaban. También disfrutaba ver desfilar las letras en la pantalla, al ritmo que mis dedos marcaban en el teclado; era un gozo intelectual, pero también físico. En cambio, los políticos actuales se plantan frente al micrófono a improvisar. Solo repiten eslóganes y descalifican al rival, sin el menor cuidado por las formas. Usan muletillas al por mayor y dejan frases sin terminar; en fin, un desastre absoluto.

—Un trabajo bastante solitario, como casi todos sus pasatiempos: los libros, el jardín... —remató Citlali, pensativa.

Pasada la elección, el coordinador se perfilaba para un puesto de primer nivel y de la mayor cercanía con el presidente electo. Yo sabía que mi cercanía con él ya se había diluido y que, si quería seguir en el equipo, tendría que cuadrarme ante alguno de los golden boys. Me negué. Un domingo, varias semanas después de la toma de posesión, el que fuera mi jefe mi citó muy temprano en la mañana en la residencia oficial de Los Pinos. Llegué puntual. Las oficinas de la Presidencia estaban en remodelación; pude asomarme al despacho presidencial, en obra gris, al igual que al salón de sesiones del gabinete. Pasaron las horas y mi exjefe no llegaba. Después del mediodía, o ya entrada la tarde, apareció, me vio y soltó:

—¿Tú qué haces aquí?

—Me citaste.

—Ah, perdón —dijo, y se siguió de largo.

Así comencé el sexenio del presidente Ernesto Zedillo: sin trabajo, expulsado de la residencia presidencial.

—¿Fue el mismo jefe que no lo ascendió cuando estaban negociando el libre comercio? —preguntó Citlali.

—Sí, el mismo.

—Ya se lo había dicho antes: ese señor era gacho. Pero usted tampoco era una «perita en dulce».

—Sí, tengo que reconocer que por momentos me ganó la soberbia —admití—. Podría haber sido más dócil, pero después de ese sexenio de locura mi ánimo estaba exaltado y mi salud había comenzado a mermar. La dignidad, antes que nada, aunque no dé para comer. Más serenidad en las horas críticas me hubiera sido de gran utilidad a lo largo de la vida. Las oficinas del presidente estaban en una edificación junto a la residencia, una casa enorme. La casa-oficina tenía una escalera a la mera entrada, no muy ancha, que llevaba al segundo piso. En ese mezanine, una de las puertas daba al despacho presidencial, que estaba todo desmantelado, en remodelación. El espacio era agradable, muy amplio, y tenía un ventanal en semicírculo que daba a los jardines de Los Pinos: el césped muy verde, impecable, y árboles centenarios, frondosos, imponentes. En el poco tiempo que me dejó el guardia contemplar el despacho, vi varias ardillas trepar por los troncos y brincar entre las ramas…

—Como aquí en su rancho —interrumpió Citlali—. Cuando llego las veo correr por el jardín y luego treparse a algún guayabo. También he visto correr a los conejos y perderse entre la maleza…

—Ya me hiciste el día —le sonreí—. No se necesita estar sentado en esa oficina para contemplarlas. Y mucho me temo que el presidente muchas veces ni siquiera haya estado de humor para pensar en ellas.

Noche 36. Error de Diciembre

—Hola Citlali. Qué bueno que hoy vienes con tu uniforme de enfermería. Nos toca analizar  un caso clínico extraño.

—La distonía cervical como la suya la padecen  300 personas por cada millón, o sea que hay unas 39,000 personas perdidas y aisladas en todo el territorio nacional. Lástima que sean tan poquitos…

—¿Te gustaría que fuéramos más?, le pregunté con ganas de bromear. Otra vez me vas a inflar el ego.

—Payaso. Sígale así y menos van a inventar una cura.

El cuerpo comenzó a fallarme en agosto de 1994, ya pasada la elección presidencial. Me dirigía hacia Toluca en un flamante vehículo deportivo que me había comprado. Iba con otro «asesor del candidato» a entrevistarme con uno de los más altos funcionarios del gobierno del Estado de México. Él lo había contactado; él también se había guardado una cajita con las tarjetas de presentación «faroleras» que nos habían incautado y, sí, abrían puertas. Le dimos una breve consultoría para la planeación estratégica de su área, para lo cual fuimos unas seis veces a Toluca a reunirnos con las distintas áreas a su cargo. Me gustó ese trabajo, pero… en lo personal estaba desconcertado.

En ese primer viaje a Toluca, a la altura de Lerma, ¡cómo olvidar ese primer momento!, mi cabeza dio un giro brusco hacia la izquierda. Me desconcertó; el tirón fue fuerte. Siguieron otros, todos para el mismo lado. Solo logré controlarlos colocándome la mano izquierda en la mejilla. Así tuve esa primera entrevista y luego todas las reuniones que siguieron después de esa fecha. Llegué a mi casa de Cuajimalpa, me serví un trago de ron y me senté en uno de los sillones de la sala, tratando de relajarme. Los tirones no cedían y se los atribuí al estrés acumulado. Por la mañana me levanté y me sentí bien, pero al poco tiempo, al rasurarme, los tirones volvieron.

—Eso sucedió hace treinta y dos años —intervino Citlali—. Los tratamientos han evolucionado mucho. No crea que no comprendo el drama que comenzó a vivir.

Como pude me fui a trabajar a la oficina de la campaña, que ya por esas fechas operaba como oficina de apoyo a la transición del gobierno. «A mi jefe le dio el mal de San Vito», escuché que dijo una colaboradora muy joven que tenía. El ritmo de trabajo disminuyó considerablemente y tenía la esperanza de sentirme mejor, pero no fue así. Intenté varias cosas; una de las primeras fue una gran parranda con uno de mis amigos abogados de la campaña para el desestrés: nada. Me acordé de un amigo de la preparatoria que se volvió doctor con especialidad en rehabilitación física. Tuve varias sesiones en su consultorio: la enfermera que lo ayudaba me aplicaba calor, unas ondas como pulsaciones para relajar los músculos del cuello y, al final, algo de masaje. Siempre ayudan esas sesiones para la relajación; los tirones del cuello tal vez bajaban de intensidad, pero pasadas unas horas volvía a lo mismo. Me recomendaron utilizar un collarín blando para controlar esos tirones; servía para detenerlos, pero no los eliminaba. En esas condiciones me tocó enfrentar el cambio de gobierno.

Por aquellos primeros días de diciembre de 1994 fue mi cita fallida en la residencia oficial de Los Pinos. Todos los días estaba al pendiente de la prensa para enterarme de los nuevos nombramientos que se iban dando, de nivel subsecretario hacia abajo. Conocía a algunos de los nuevos funcionarios y me entrevisté con varios de ellos, sin que me dijeran nada concreto. Un día fui a ver a un exjefe, quien había sido designado como coordinador general de Puertos y Marina Mercante en la SCT. «En puertos ya tengo a alguien; pero si quieres, puedes ser el director general de Marina Mercante», me propuso. Acepté en el acto. «Empiezas el primero de enero. Acá te espero». Si notó mis movimientos en el cuello no dijo nada; tal vez pensaría, al igual que yo, que sería algo pasajero.

Faltaban algunos días para la Navidad, así que me fui a Acapulco, yo solo, pues no hubo tiempo de planear nada con nadie. En la piscina del hotel disfruté de las piñas coladas, del movimiento incesante de los turistas, y de la vista de muchas chicas guapas, a quienes miraba de reojo a través de mis gafas oscuras. La otra escena que nunca olvidaré recuerdo son los cartelones a las afueras de las casas de cambio en Acapulco, donde señalaban la paridad del día: tres cincuenta los primeros días, cuatro los siguientes y cinco cuando me regresé a la Ciudad de México antes de la Navidad. Así viví el estallido del «error de diciembre».

En alguna ocasión, meses atrás, me tocó estar en una reunión con mi jefe el coordinador y algunos de sus golden boys y sus consultores de cabecera, en la que se habló del tema macroeconómico. Varios de ellos tenían la idea de que era necesario impulsar el crecimiento económico y que podía aceptarse cierto aumento en la inflación. Tenían un enfoque neokeynesiano que habían traído del MIT, y argumentaban que el mayor crecimiento fortalecería las finanzas públicas después, por la vía de una mayor recaudación. Hacía tiempo que yo había dejado la macroeconomía, pero tenía claros algunos pocos conceptos. Primero, que es imposible escoger una mezcla óptima de crecimiento con inflación —el llamado fine-tuning—; la inflación termina por imponerse. Segundo, que la credibilidad de un anuncio de política era crucial. Argumenté que la gente no entendería los modelos tan elaborados de mis colegas del MIT y solo percibirían un anuncio de gasto público expansivo; me pronuncié por un discurso que llamara a la prudencia fiscal y a la preservación del equilibrio macroeconómico.

No sin pedantería, uno de los golden boys soltó la frase en inglés de que mi postura era «neither desirable nor possible». Traía yo además las últimas cifras de la balanza de pagos de México y el mensaje era potente: el déficit comercial era insostenible y los flujos de capital que lo financiaban eran de corto plazo y, por tanto, volátiles. No me hicieron caso, pero me quedó la tranquilidad de haberlo dicho.

Durante los días posteriores a mi regreso de Acapulco, los noticieros de televisión eran imperdibles. Íbamos de sorpresa en sorpresa, entre ellas la renuncia de Jaime Serra Puche el 28 de diciembre y el nombramiento de Guillermo Ortiz el 29 como su sucesor. ¡Dejaba la Secretaría de Comunicaciones y Transportes! No me lo podía creer. Para Ortiz era un ascenso, pero a mí me dejaba, si no en el desamparo, sí en la incertidumbre total.

Ese fin de año lo pasaríamos con la familia de mi madre. Para mí, 1994 terminó de una manera desastrosa, pero la familia debió de haber estado eufórica. A raíz del asesinato de Colosio, al hermano de mi madre, el tío Ignacio, lo nombran primero secretario general del PRI y luego presidente de este, desde donde operó la campaña de Zedillo; es decir, la operación política, pues mi jefe estaba dedicado al armado del programa del nuevo gobierno. El presidente Zedillo lo nombró secretario de Energía el primero de diciembre.

—Ese fue su tío Nacho, al que su madre cuidó de chiquito, el que fue gobernador, al que quiso como si hubiese sido su primer hijo… —comentó Citlali.

—El mismo. Me daba orgullo verlo casi todas las noches en las noticias de la tele, aunque mi contacto con él fuera esporádico y superficial… Me acostumbré a vivir a la sombra de un gigante.

Me presenté en la oficina de la Coordinación General de Puertos los primeros días de enero de 1995. Mi exjefe, el que me había invitado a trabajar ahí, estaba guardando sus artículos personales en unas cajas de cartón. Él también se iba para la SHCP y fue muy honesto cuando me dijo: «Me voy al área administrativa; sé que no es lo tuyo, pero si quieres, algo podríamos ver». Se lo agradecí muchísimo, pero no acepté.

—¡Híjole! Se había conseguido un super trabajo y ni siquiera pudo empezar. Eso sí que es mala suerte.

—O el destino —contesté lacónico.

Por esos días me habían contactado del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura para dar una pequeña asesoría al gobierno de Panamá, que por aquellas fechas negociaba su adhesión a la recién creada OMC, antes GATT. Los resultados que obtuvimos para México de la Ronda Uruguay eran mi mejor credencial. Me fui por una semana para allá a trabajar de la mano con su negociador de agricultura; le pasé todo mi conocimiento, le expliqué nuestras metodologías y él quedó satisfecho con mi visita.

Me dedicó tiempo para que conociera la Ciudad de Panamá: fuimos a restaurantes muy sabrosos e hicimos un recorrido por la llamada «zona del canal», que hasta hacía unos años había estado bajo el control de los norteamericanos. De hecho, la pequeña construcción de dos plantas donde estaba su despacho había sido un dormitorio para los soldados estadounidenses. Durante esos paseos me contó muchas anécdotas sobre la invasión de Panamá por parte de los Estados Unidos. Yo solo había visto unas cuantas escenas por televisión, pero enterarme de la historia narrada por un residente local me conmovió. Sí hubo combates, sí hubo muchos muertos… No fue solamente el espectáculo hollywoodense del general Noriega rindiéndose ante los altavoces del ejército norteamericano a ritmo de rock a todo volumen. Según los norteamericanos hubo quinientos dieciséis muertos panameños; según cifras reportadas después por organizaciones civiles, las bajas panameñas rondaron las tres mil. Barrios enteros fueron bombardeados; más de veinte mil personas se quedaron sin hogar.

Fue cuando recordé una de las frases del negociador en jefe de los Estados Unidos, Julius Katz, que pedía a México una concesión muy importante a cambio de nada: «I know it doesn’t smell of roses… but…» (sé que lo que pido no huele a rosas). En las carreteras me hizo notar unos pastizales enormes que estaban fuera de control: «Los bombarderos norteamericanos que salían de aquí para Vietnam trajeron esa semilla, y se llama así: pasto de Vietnam». Sentí un pequeño escalofrío; la guerra de Vietnam también se había vivido en nuestro continente. Y después de las negociaciones del TLCAN, en las cuales inconscientemente idealizamos tanto a los Estados Unidos, ese baño de realidad panameña me recordó la frase que mi padre tantas veces repitió: «Los Estados Unidos no tienen amigos; tienen intereses».

Mi aventura panameña tuvo un final inesperado. Por la noche, ya en el hotel, me habló uno de mis colaboradores más cercanos en todo el sexenio anterior para decirme: «A tu tocayo lo acaban de nombrar subsecretario de Agricultura». Lo felicité y me dijo: «Le urge que te pongas en contacto con él».

—Ah caray —dijo Citlali—. ¿Usted cree que a México también lo puedan invadir?

—No tengo idea. Pero ahí está lo importante de leer historia; todos esos volúmenes que ves ahí están para contarla.

Regresé de Panamá y fui a ver a mi tocayo, quien fue colega de muchas batallas en la Secretaría de Agricultura con nuestro jefe anterior. Él también era del grupo de los «peleadores callejoneros» e incluso creo que fue él quien inventó el término. Me dijo que sería el director general de Estudios del Sector Agropecuario y Forestal. Él jugó un papel muy prominente en la definición de los nuevos esquemas de apoyo al campo. Yo participé en muchas reuniones para garantizar la congruencia con todos los tratados internacionales, principalmente el TLCAN y la OMC. No éramos amigos, pero nos conocíamos bien; le agradecí la confianza y me volqué de lleno a mi nuevo puesto. Tuve que pasar rápidamente del conocimiento de las cifras del comercio exterior al conocimiento de las cifras de la producción y los mercados agropecuarios.

Tres domingos después de la fecha de mi nombramiento estaba, como de costumbre, escuchando el noticiero vespertino en mi casa de Cuajimalpa, después de haber ido a un club deportivo que me quedaba cerca donde estuviera nadando un rato, como recomendación de mi médico fisioterapeuta. «Renuncia Arturo Warman a la Secretaría de Agricultura», escuché decir. Di un brinco. Otra renuncia… ¡No puede ser! Ni siquiera había conocido al doctor Warman. «Llega Francisco Labastida, exgobernador de Sinaloa…». No lo podía creer.

Al día siguiente, lunes, fui a ver a mi tocayo. «Creo que vamos a seguir», me dijo. Estaba pensativo, también algo desconcertado. El primero que tendría que negociar su situación con Labastida era él; ya después me tocaría a mí. El panorama no se veía muy halagador, pues el nuevo secretario pronto hizo algunos pronunciamientos críticos en torno al Tratado de Libre Comercio y a la política de subsidios del gobierno anterior, que eran las áreas en que habíamos trabajado mi tocayo y yo. A mi tocayo le encomendaron varios asuntos importantes de la coyuntura, como la comercialización de la cosecha de trigo del noroeste de ese año. Las aguas parecían calmarse. Un día mi tocayo me pidió que fuera en su representación al Consejo de la Conasupo, que era la entidad encargada de operar los precios de garantía del maíz y el frijol, los productos más importantes de nuestra dieta nacional . Presidió la reunión el ciudadano secretario, Francisco Labastida Ochoa. Me presenté con él y le dije con quién trabajaba. «Me da gusto que no haya venido el licenciado», soltó. Algo desconcertado, le reviré: «Así es, licenciado, porque se quedó arreglando la comercialización del trigo». «No lo digo por eso —dijo jocoso—, lo digo porque me dio gusto que no haya venido». Se rio e inició la sesión. Nunca le conté ese incidente a mi tocayo.

—¡Zas! Directo y a la cara.

Después supe que las diferencias entre ellos eran serias. Mi tocayo recibía, o interpretaba, la línea que dictaba nuestro jefe anterior, a la sazón jefe de la Oficina de la Presidencia y virtual jefe de gabinete. La política agropecuaria tendría que seguir siendo «liberal», utilizando instrumentos de apoyo a la agricultura como los que él había diseñado. La concepción de Labastida era distinta; su énfasis estaba en la promoción de la producción y en la búsqueda de la autosuficiencia. Es inútil entrar a ese debate ahora; ambos enfoques tuvieron su razón de ser y su momento. La realidad es que hubo un choque de trenes. Labastida pidió la remoción de mi tocayo; el presidente Zedillo se la negó. No nos corrieron, pero la situación no era la más cómoda, por decir lo menos. Sobrevivimos como náufragos en alta mar, pero sobrevivimos.

A Citlali pareció haberle dado gusto poder hilvanar un segundo símil pugilístico:

—Los salvó el réferi. Les aplicó la cuenta de protección.

Luego quedó pensativa; dio unas vueltas por el salón mientras comentaba:

—¡A veces hay que estar tragando sapos! —dijo—. Supongo que en todos los trabajos pasa… En ocasiones la señora del salón viene de malas y se quiere desquitar conmigo: que si no desconecté la secadora, cualquier cosa. Pero yo no me dejo… Aunque a veces le digo que no volveré, y vuelvo. El dinero siempre hace falta para comprar cositas…

—A veces en el sacrificio está la recompensa. Cuando me designaron director general, a un buen amigo mío, más joven, lo nombraron con el mismo rango. Dentro del equipo que formó había varias chicas egresadas de buenas universidades, con muchas ganas de trabajar, y algunas de ellas muy guapas. En algún seminario que organizamos en Cuernavaca vi a una de ellas en la alberca: una morena con una sonrisa encantadora y un cuerpo perfectamente moldeado en su biquini. Me acerqué, la conocí y la invité a salir; al poco tiempo fuimos a mi casa de Cuajimalpa y, de ahí en adelante, fueron dos o tres meses espectaculares. La veía cada fin de semana; vinimos un par de veces a Valle de Bravo y una vez a la playa, a Ixtapa-Zihuatanejo. Todo marchó muy bien hasta que terminó. Se fastidió, creo, de las limitaciones que me imponía la distonía, como el esfuerzo que tenía que hacer para aguantar una cena en un restaurante, así como los breves paseos que podía hacer a pie, aun cuando en esa época todavía estaba plenamente funcional; casi una nada comparado con lo que vino después. Y también reapareció el exnovio. ¡Cómo recuerdo aquellas noches tan gratas frente al calentador de gas —el frío en invierno era terrible—! Los dos en plenitud…

—Ya capto la idea —interrumpió Citlali—. Una variante un poco más normal de “La casa de las bellas durmientes”.

Noche 37. Trucos Sensoriales

—¿De qué vamos a hablar hoy?, quiso saber Citlali. —Me cambia mucho de tema. Ya me programé para ver el canal cultural, los documentales de animales,  Clío TV …pero si pone páginas porno le prometo que si le quito el control.

Los masajes y las terapias de calor no me estaban dando resultado para corregir los tirones del cuello que me tenían agobiado. Por esas fechas me llevaba un almuerzo a la oficina en unos recipientes de plástico y comía acostado en un sillón que había en una salita de descanso adyacente a mi despacho. Si trataba de comer sentado se me iba la cabeza hacia un lado; alguna vez cruzó por mi mente que me moriría de inanición. El traslado de la casa a la oficina también lo hacía acostado en el asiento de atrás; nunca imaginé que el día que habría de tener carro y chofer lo utilizaría de esa manera. Ya llevaba seis meses desde los primeros tirones.

Noté que, si me llevaba el café o un vaso de agua a los labios, los tirones se espantaban y me permitían caminar más o menos adecuadamente. De otra forma caminaba con una tensión horrible en los hombros y brazos, y tenía que detenerme cada pocos metros para apoyar la cabeza contra una pared o un poste: lo que fuera. En mi última sesión con mi amigo, el doctor fisioterapeuta, me dijo:

—Viendo todo tu caso, lo que tienes es una distonía. No te preocupes, ve a ver a este neurólogo.

Y me recomendó a uno. Lo fui a ver y me señaló que se trataba de una falla en la comunicación entre el cerebro y los músculos. Por alguna causa ese circuito deja de funcionar adecuadamente y se contamina por otros impulsos. Los ganglios basales generan mal las señales que van al músculo esternocleidomastoideo. Su diagnóstico: distonía idiopática cervical.

Citlali no perdía detalle del relato, asintiendo con gravedad.

—Idiopática porque no se sabe la causa; cervical porque es el cuello —comentó—. Aunque con las nuevas investigaciones, muchas enfermedades han dejado de ser idiopáticas…

Me recetó unas pastillas que deberían hacerme efecto en tres o cuatro semanas. «A veces funciona esta sustancia, a veces otra; es cosa de estar probando», me advirtió. Salí de su consultorio desconsolado. Sonaba a un diagnóstico grave, a pesar de que el doctor se mostró optimista. Al llegar a mi oficina me senté frente a mi escritorio, enorme. Por mi mente pasó una imagen de mi supuesta boda, hincado frente a un altar. Una boda que a partir de ese momento dejé de imaginar. Solté algunas lágrimas; fue uno de los momentos más tristes de mi vida.

—Las ilusiones rotas son las que más duelen, y tienes que lidiar con ellas completamente solo —le confié a Citlali.

Como pude, seguí adelante. Al igual que en mis estudios en Warwick, rendirme no era opción. Venían conmigo dos colaboradores excelentes con los que ya había trabajado: él del ITAM, ella de la Anáhuac. Nunca platiqué con ellos de mi drama personal, pero se solidarizaron en todo lo que se podía. Fui contratando a un grupo de jóvenes, chicos y chicas egresados de universidades privadas, con buena preparación y una excelente actitud hacia el trabajo. Cada uno de ellos se fue especializando en algún tema. A medida que mi torpeza física aumentó, así como mis dificultades para hablar, este grupo de colaboradores se volvió mi salvavidas. A cada junta a la que tenía que asistir me llevaba a alguno de ellos para que me ayudara a dar las explicaciones que tanto trabajo me costaba articular. No solo sobreviví, sino que mi grupo fue adquiriendo mucho prestigio dentro de la Secretaría. No era infrecuente que llamaran directamente a alguno de ellos de otras áreas. Mi tocayo, el subsecretario, también recurrió bastante a mis colaboradores, pero en los temas más álgidos se requería necesariamente mi presencia.

El truco del vaso de agua o de café en los labios me ayudaba a hablar. En el lenguaje del neurólogo se trataba de «trucos sensoriales» que engañaban a la mente y evitaban las contracciones involuntarias. Con el tiempo tomé la costumbre de llenar dos botellas de agua y echarlas en mi portafolio. En trayectos largos de caminata —es decir, de una cuadra o más— el contenido del vaso se perdía y había que reponerlo; se trataba de mis «tanques estabilizadores». Ahora que reconstruyo estas escenas, debe haber resultado muy extraño para mis interlocutores. Fueron seis años así y, salvo los últimos seis meses en los que viví un clima de inestabilidad, nunca percibí rechazo ni lástima. Colaboradores, jefes y colegas actuaban como si mi problema no existiese, al menos en mi presencia.

En momentos de tensión extrema, como ante la presencia del secretario Labastida o altos funcionarios de la Secretaría de Comercio, la distonía cedía. Incluso desaparecía por momentos. Me costaba un trabajo enorme llegar hasta la oficina de alguno de ellos, pero pronto supe que al trasponer el umbral de sus despachos la distonía amainaría. Y en muchas ocasiones así fue. Inclusive no dejé de dar pláticas en público, ayudado por una mezcla de esa tensión extrema y el truco del vaso de agua o del café. A veces terminaba empapado.

—Mire, ahí tiene la prueba de que las enfermedades no son tan idiopáticas como parecen —observó Citlali—. Cada estado de ánimo altera la bioquímica cerebral.

—En alguna ocasión salió el tema de mi cuello con el secretario Labastida: «Mientras lo que no tenga torcida sea la conducta…», me dijo. Vi a varios neurólogos por aquellas fechas. Los primeros se limitaron a probar con distintos fármacos y distintas dosis. Hubo uno que prefirió utilizar el enfoque del «coctel»: me recetaba diez pastillas al mismo tiempo, a ver si una de ellas, o varias en su conjunto, lograban el efecto deseado. Nunca se logró, pero lo que noté es que esos fármacos comenzaron a interferir con mi mente. Cuando me percaté de eso los deseché y solo me quedé con un tranquilizante, y procuré ir reduciendo la dosis gradualmente. Ya me estaban dando dosis de caballo. En un viaje que hice a Puerto Ángel llegué a la playa por la mañana, me tendí en un camastro y me desperté en plena oscuridad, cuando la marea alta me salpicó la cara.

Meses después me llegó la información de los tratamientos con toxina botulínica. La intenté tres veces con diferentes doctores: una en la Ciudad de México, otra en el Beth Israel en Nueva York y una tercera en Miami, asistida con electromiografía. La idea era inyectar las terminales nerviosas en el cuello, lo que fungiría como un neurobloqueador. No funcionó.

En esas condiciones comenzó mi última gran batalla dentro de la administración pública federal. El secretario Labastida se había ido a Gobernación y después se convertiría en candidato presidencial. Su lugar lo ocupó su segundo a bordo, el ingeniero Arroyo, quien era un funcionario con mucha experiencia, con una actitud siempre tranquila y calmada, pero incisivo en sus preguntas. Juzgó bien las fortalezas de mi tocayo y nos permitió seguir.

Noche 38. Mi Ultima Batalla, TLCUEM

—La última charla me habló de esa distonía que padece, y créame que me duele mucho. Pero admiro que no se haya rendido, y que aún ahora, me comparta sus historias, con la cabeza apoyada en ese reposet.

—Ya que lo dices. En una ocasión en Guadalajara, pedí una silla alta para poder dar mi conferencia, en el salón de un hotel. Cuando entré, estaba el presídium con puras sillas de respaldo bajo. El organizador, muy apenado, salió corriendo y a los pocos minutos llegó con un burro de planchar. Lo ató a la silla, lo cubrió con un mantel, y se dirigió al pódium a presentarme ante el público y anunciar el título de mi intervención.

—Mire, y luego no quiere que me ría. Pero como dicen, serena morena, ¿hoy que vamos a sintonizar? ¡Mientras no me ponga el canal del congreso!

 

—¿Te apetece una serie poder, intrigas y amor?

Hacia la segunda mitad del sexenio del presidente Zedillo se anunció la voluntad de su gobierno de celebrar un Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea. Ya se habían negociado otros acuerdos similares con países latinoamericanos después del TLCAN —en los cuales participé poco, salvo en el de Chile, pues mandaba a mis colaboradores—, pero la magnitud del acuerdo con Europa era de otra dimensión. No solo por su tamaño, sino por la complejidad de su política agropecuaria.

Tenían todo tipo de mecanismos de intervención en los mercados: aranceles, subsidios, cuotas de producción, compras públicas de intervención, normas de calidad y registros de importadores, entre otras.  Todas estas medidas se enmarcaban en la llamada «Política Agrícola Común».

Fue difícil acomodar al sector agropecuario en estas negociaciones. Ellos tenían un gran potencial de exportación en productos tales como la leche en polvo, los quesos y otros lácteos, y ciertos embutidos como el jamón serrano, entre otros; pero casi todos sus bienes se beneficiaban de algún esquema de subsidios. México tenía potencial en varios productos perecederos pero el sector privado tenía la sensación de que con la apertura del mercado norteamericano había más que suficiente. En un balance, México no podía abrir en los productos que a ellos les interesaban por los subsidios que generarían competencia desleal, y los europeos veían muchos problemas en abrir sus mercados por la incompatibilidad con su política interna y la erosión de las preferencias a sus países amigos.

—Es como querer cruzar una vaca con un elefante —dijo el ingeniero Arroyo una vez que le explicamos el tema.

—Me lo imagino perfecto —dijo Citlali, risueña—. Orejón, con trompa, manchas negras y blancas y unas ubres de aquellas… Pero quién sabe si daría leche… —y soltó la carcajada.

Al igual que en el TLCAN, procedimos a una ronda de consultas con el sector privado mexicano. Analizamos a conciencia la situación de todos los productos. Si partíamos del principio de la competencia justa, la implicación era dejar fuera a prácticamente la totalidad del sector agropecuario nacional. Un día de esos me llamó mi tocayo a su oficina:

—En la Secretaría de Comercio están muy enojados contigo. Dicen que estás descarrilando el Tratado con Europa, diciéndoles a todos los sectores que los puedes excluir. Bajo las reglas internacionales no se puede excluir un sector de actividad completo de un tratado de libre comercio.

El malestar de la Secretaría de Comercio se lo habían manifestado directamente al ingeniero Arroyo. Asistí al día siguiente a una reunión con los funcionarios de alto rango de Comercio.

—Yo no inventé el tema de los subsidios —les dije con toda convicción—. Todos lo saben desde hace tiempo. De eso se trató la Ronda del GATT de la que estuvimos hablando todos estos años.

—De acuerdo —me dijeron—, pero no los puedes excluir. A ver qué pueden hacer.

Salí feliz. La Secretaría de Comercio había entendido por fin la situación. Me habían hecho antes el favor de comunicarle a mi secretario que yo estaba de guerrillero en la defensa del sector. «En estas condiciones, es absolutamente impensable que me corran», pensé. Me sentí fortalecido como nunca en ese sexenio. A pesar de mis problemas con la distonía, me dispuse a disfrutar el proceso de negociación que teníamos por delante.

Al paso de los días y las reuniones fuimos armando una lista de peticiones y una lista de concesiones de lo que podríamos ofrecer. Partimos de la base del comercio que ya existía y qué formas podría haber para expandirlo. Si antes ya importábamos quesos, mantequillas o vinos, lo seguiríamos haciendo, independientemente del tema de los subsidios. En muchos productos la Unión Europea buscaba acceso a bienes de alto valor agregado, como los quesos o los vinos con denominaciones de origen; o el aceite de oliva, que es el rey de los aceites vegetales por su calidad y pureza; o los chocolates suizos o belgas, que tienen fama mundial; o el foie gras francés, que técnicamente es un hígado de ganso hipertrofiado artificialmente por exceso de alimentación.

—Ahora es usted el que está hablando de sus antojitos —interrumpió Citlali.

—Mañana traigo unas baguettes y las rellenamos con jamón serrano, queso brie y unos pepinillos.

—Lo probamos. Pero a mí generalmente no me gustan esas comidas raras.

Se pudo armar un paquete a través de la creación de líneas arancelarias nuevas para este tipo de productos, del establecimiento de reglas de origen que permitieran el comercio de alto valor sin temor a triangulaciones, así como de cuotas de importación con aranceles bajos o mínimos. Los europeos adoptaron un enfoque similar, aunque ellos recurrieron mucho más al otorgamiento de cuotas con arancel cero para los productos provenientes de México.  En los productos provenientes de la Unión Europea sujetos a subsidio, principalmente leche en polvo, propusimos asignarles el monto de importación histórico y nos reservamos el derecho de asignar esa cuota a través de subasta para el sector privado. Los líderes del sector agropecuario de ambas partes quedaron muy satisfechos con este enfoque pragmático. La cruza entre la vaca y el elefante a la que se refirió el ingeniero Arroyo cobraba vida.

—Bueno, ¿y les dieron el plátano? —preguntó Citlali, con una sonrisa pícara, tratando de provocar.

—Ya te aprendiste los chistes de los negociadores; nada más te falta todo lo demás. Lo que sí nos dieron fueron algas. — Me parece que ese albur no lo captó.

Las reuniones de negociación con la Unión Europea se celebraron algunas en México y otras, la mayoría, en Bruselas. El negociador europeo de la agricultura era un holandés de edad madura, pero que quería conocer a todo detalle las particularidades de nuestra industria. Más que una toma y daca, nuestras reuniones eran sesiones largas de preguntas y respuestas, y a mí me tocaba darlas. Había que explicar que nuestra miel era poli floral y no mono floral como la alemana; que nuestro jugo de naranja tenía determinados grados Brix; que no lo exportábamos en buques cisterna como los brasileños pues nuestra escala de producción no daba para tanto; que las flores que queríamos exportar no eran bulbos, sino rosas, e infinidad de cuestiones por el estilo. Al cierre de las negociaciones estaban acotados los problemas a un grupo pequeño de productos.  No fui a la reunión de cierre: fue mi tocayo y el secretario de Comercio, y lograron números que dejaron al sector privado bastante satisfecho.

La delegación mexicana tuvo un acuerdo de tarifas preferenciales para el hospedaje con el hotel Conrad de Bruselas, uno de los más elegantes de la ciudad. Mi consulta reciente en internet me señala que se distinguía por tener las habitaciones más espaciosas de la ciudad y un diseño que recuperaba la elegancia del siglo XIX; era el epítome de la sofisticación europea de finales de los noventa. Con su fachada de palacio neoclásico y ese aire de exclusividad absoluta, era el lugar donde la diplomacia se sentía en casa, con su vestíbulo de mármol y lámparas de cristal. Recuerdo bien la amplitud de las habitaciones del Conrad. Una noche, después de una larga sesión con los europeos en la que me tocó prodigarme en explicaciones, llegué llegué verdaderamente exhausto a mi habitación. Abrí la puerta y me quedé tirado en el piso por un largo rato. Todo mi cuerpo estaba rígido, apenas me podía mover. Influyó el largo rato en que tuve que hablar, apoyando el cachete contra la mano y el codo contra la mesa; tal vez abusé del truco del café o del vaso de agua. Por aquellas fechas caminaba con la ayuda de un bastón; utilizaba uno muy rústico de madera. Lo singular es que no lo apoyaba en el piso: apoyaba la barbilla contra el mango, sujetaba el palo con fuerza con ambas manos contra el pecho y así lograba caminar sin que me desequilibraran los movimientos del cuello.

En esas condiciones, mis desplazamientos a pie me parecían eternos: los largos pasillos del edificio Carlomagno, sede de la Unión Europea; las caminatas del elevador al estacionamiento; el cruce del vestíbulo del hotel Conrad y el pasillo hasta llegar a mi habitación. Ese día me moví a gatas desde la puerta de la habitación hasta la cama. Por la mañana mis síntomas se habían calmado y así proseguí hasta el final de esa negociación.

—Está impresionante lo que vivió —dijo Citlali, conmovida—. Nunca se me hubiera ocurrido que tener una habitación enorme pudiera ser un problema… He visto mucha gente con problemas que pasa frente a la estética. No sé cómo hacen, pero ahí van con sus muletas por el empedrado, y otros tratando de sacar de un bache su silla de ruedas. Pero siempre hay alguien que se acomide, que quiere ayudar. Aquí parece que lo dejaron solo… ¿Nadie le dijo «ya párele, su salud es lo primero»? ¿Nadie le dijo «venga, mejor apóyese en mí»? Ni los europeos, ni los mexicanos, ¡nadie! —preguntó entre enojada y sorprendida.

Me quedé pensativo, hice memoria y, al cabo de un tiempo, le dije:

—Nadie.

Su reflexión me hizo revisar el silencio de mis jefes, que siempre consideré una deferencia hacia mí y un reconocimiento a mi capacidad. Pero ¿por qué nadie me ofreció un buen contacto, ya fuera en el ISSSTE o en el IMSS, o alguna recomendación de sus médicos privados? Citlali me hizo repensar esa parte del pasado, pero a estas alturas de la vida ya no había nada que se pudiera hacer.

—Me contó un día que tenía unos colaboradores jóvenes, un chico y una muchacha, que lo apoyaban mucho, según. ¿Ellos qué? ¿Tampoco le ayudaron con ese problemón que traía encima?

—Te vas a sorprender de mi respuesta, pero la respuesta es que sí, a su manera. Me hubiera molestado con ellos si me hubiesen dicho algo. Nunca quise reconocer que estaba parcialmente lisiado y jamás había utilizado esa palabra hasta hoy que platico contigo. Alguna vez, en Bruselas, un guardia me quiso impedir la entrada a un restaurante con mi vaso de agua; la chica le echó unos ojos de fusil, de esos que solo las mujeres saben hacer, y me dejaron pasar. «Te reservé un cuarto cerca del elevador», me decía, como en plática casual. Además, cuando yo ya no podía hablar más, ella tomaba el micrófono y terminaba lo que yo estuviera diciendo. El chico es el que se quedaba en México. Fue el que hizo todo el trabajo que a mí me hubiera tocado hacer —un trabajo también muy pesado, complicado, sobre la comercialización del frijol— y siempre fue leal conmigo, hasta el final, cuando encontró su propio camino a finales del sexenio de Zedillo…

—¡Qué gran trabajo en equipo! Yo quiero saber más de esa chica, la que iba con usted a las negociaciones…

—Uno de los fallos más humanos es pensar que el mundo gira alrededor de nosotros. Una chica joven se puede enamorar, ¿cierto?, sin descuidar su trabajo. El jefe de uno también se puede dar una segunda oportunidad si en el primer matrimonio no le fue bien, ¿cierto? Y aunque parezca telenovela, ese jefe y esa chica se pueden enamorar, ¿cierto?

—¿Qué dice? —Citlali abrió los ojos como platos—. No me diga que esa chica y su jefe fueron novios…

—Sí, y terminaron casándose en una boda superelegante en Acapulco.

—Ya nada más cuénteme, para completar el chisme: ¿usted cuándo se enteró de ese amor? —Por el tono de su voz, me pareció que la historia que de verdad le interesaba conocer era esa.

—Unos meses después. Cuando ya todo había terminado.

Noche 39. Cuba

—¿Por qué nunca me pregunta nada de mi vida? —quiso saber Citlali apenas entró.

—Será por mi egocentrismo —contesté sin mucho dudar.

—Sigamos con su vida, entonces —dijo ella, resignada.

Al final de la negociación con la Unión Europea me dediqué a recopilar en un libro que publicó el IICA (Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura) los temas de política pública que trabajamos durante el sexenio de Zedillo, por si alguien lo quiere consultar.[9] El trabajo era mucho menos presionante que antes. Un día, un joven ingeniero que trabajaba con nosotros, quien daba mantenimiento y reparaba nuestras computadoras y redes, me fue a ver a la pequeña sala de descanso que se había convertido en mi oficina.

—Mira, jefe, disculpa el atrevimiento, pero me llegó este folleto informativo de un centro en Cuba que se especializa en los trastornos del movimiento. El próximo viernes vienen los médicos de allá a dar unas conferencias. A lo mejor te interesa ir.

Entré a la Embajada de Cuba en México, ubicada en la avenida Presidente Masaryk. Es un edificio moderno con una explanada amplia al frente, con algunas fuentes o espejos de agua. Crucé el área de recepción hacia el salón de conferencias, y el efecto visual fue impresionante: dos retratos monumentales acaparaban toda la atención, uno de Fidel Castro y el otro del Che Guevara. Era una señal clarísima de que entraba uno a un mundo desconocido: el llamado campo socialista. Hablaron algunos neurólogos y no dijeron mucho más de lo que ya sabía; pusieron algún énfasis en que sus tratamientos eran multifactoriales, incluyendo farmacología, terapia física, relajación y algunas técnicas experimentales como la acupuntura. Algunos directivos del Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN) hablaron generalidades sobre la institución. Colocaron algún instrumental quirúrgico en el podio, lo cual no me impresionó e incluso me pareció fuera de lugar.

No me generaron grandes expectativas sus charlas y, al final, pidieron a algunos pacientes que se habían tratado en ese centro que narraran su experiencia. No fueron elegidos al azar, y todos relataron una vivencia positiva. Un muchacho joven, en silla de ruedas, habló de su accidente y del tratamiento que recibió en Cuba en términos que no recuerdo; concluyó diciendo que la estancia allá le había resultado placentera por los motivos tales y cuales, y remató:

—Gracias a Cuba, hasta novia tengo.

Yo había estado en la isla en mi época universitaria y sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo. Mi madre me acompañó a esa charla y ella se quedó con una buena impresión, o eso me dijo, pues siempre fue un pilar en esta lucha y siempre trató de encontrar alternativas que nos devolvieran el optimismo. Mi impresión fue que tal vez convendría explorar lo que hacían los cubanos, sin estar muy convencido. El comentario final del joven de la silla de ruedas y mi viaje anterior terminaron por convencerme. Yo venía de una batalla diaria por sobrevivir a la jornada laboral y a las exigencias de mi puesto, y no hubo prácticamente ningún espacio para socializar y mucho menos para encontrar pareja. Mi desfogue eran las visitas ocasionales a algún table dance o un establecimiento de giro parecido que, por cierto, por mis posturas, podía disfrutar cada vez menos. Al poco tiempo partimos a Cuba, mi madre y yo.

—Dice que lo acompañó su madre a esa charla —me interrumpió Citlali—. Hasta ahora la menciona por primera vez desde que se enfermó. ¿Ella qué le decía? ¿Cómo le ayudó?

—Tienes razón. Es una omisión imperdonable. Desde niño mi madre me decía que yo era un egoísta, y puede ser que haya tenido razón. Unas pocas semanas después de que aparecieran los tirones, ella lo notó. Con ella tuve mis primeras pláticas sobre la distonía; con ella decidíamos a qué neurólogos ver y qué tratamientos seguir; con ella descargaba mi frustración cuando los tratamientos no daban resultados. Un día, muy al principio de toda esta historia, me dijo: «Súbete al estudio, ahí ya tendí tu cama». Me costó trabajo decidirme a dejar la casa de Cuajimalpa; una vez que uno sale de la casa de los padres es difícil volver a ella. Varias semanas me quedé en ese sofá cama que me había preparado al ras del suelo; viví como en campamento, hasta que una noche me trepé a la cama que había al lado y, desde entonces, volví a vivir en casa de ella. La de Cuajimalpa nunca la quité, pues siempre viví con la esperanza de que regresaría.

—¡Qué triste! Haber hecho esa casa con tanta ilusión para después dejarla vacía —dijo Citlali.

—También se quedó estacionado ahí el carro deportivo gris durante muchos años. De vez en cuando iba a echarlo a andar…

—Se me figura como una película de la explosión nuclear de Chernóbil, o las del ébola, donde de pronto la vida se detiene y todo queda abandonado.

—A veces iba a visitar mi casa. Me pasaba el día completo leyendo y trabajando en el jardín. A falta de una pareja, la mejor compañía que he tenido en la vida son mis espacios: Cuajimalpa, el departamento en la colonia Juárez, la biblioteca de este cerro en la que estamos… Partimos a Cuba, mi madre y yo. Me internaron en el CIREN, en el pabellón de los trastornos involuntarios del movimiento, donde se alojaban mayoritariamente los parkinsonianos y, rara vez, algún distónico como yo, que éramos mucho menos frecuentes. El pabellón correspondía a lo que en otras épocas había sido una calle residencial: había unas plumas de acceso en cada uno de los extremos y los pacientes nos alojábamos en las llamadas «villas», que fueron en su momento casas-habitación.

Los cuartos eran amplios, con un mobiliario sencillo. Había una sala para la convivencia de los pacientes y un comedor en el que compartían los alimentos enfermos y acompañantes. Es decir, lo que fue una casa familiar, con la misma distribución y usos diferentes, producto del cambio revolucionario. Todo era un poco extraño. Los nombres de las enfermeras, por ejemplo: muchos comenzaban con ye, como Yania, Yamaris o Yurisleidis; otros tenían su origen en novelas o en la Biblia, pero todos eran únicos y creo que irrepetibles. El primer amanecer entró a despertarme una de ellas:

—Apúrate, te tienes que alistar, ya viene el pase de visita.

«Enfermera igualada», pensé, pero pronto me acostumbré a que en Cuba todos son «tú» y nadie es «usted». En eso entró un grupo de unas ocho personas encabezado por un señor de edad mediana, pantalón vaquero, camisa a cuadros y una bata no muy blanca.

—Es un paciente mexicano de cuarenta años con distonía cervical, usa unos trucos sensoriales para controlarla, toma tales fármacos… —los demás asintieron, alguno preguntó algo y se retiraron.

—Eso que dijeron ya lo sabía —le dije a la enfermera, algo molesto.

—Sí, pero los demás no.

Luego me explicaron que así funcionaba el pase de visita, que incluía a estudiantes y varios neurólogos del centro, que pasaban a vernos como «estudios de caso». Al menos fue lo que entendí. «Es la escuela francesa de medicina», me aclaró alguien.

—No me gustaría tenerlo nunca de paciente —dijo Citlali—. Las enfermeras también se cansan. Hay turnos que duran toda la noche y agréguele tener que soportar a un paciente malhumorado, gruñón o a uno que se quiera hacer el gracioso.

—Pues a mí sí me gustaría que fueras mi enfermera, para decirte por las mañanas que me cuidó una estrella.

—¡Ya vio! Ni siquiera son originales —reviró, haciéndose la enojada.

—Está bien, Citlali, con que me sigas rapando y me retires «las nieves del tiempo… que blanquearon mi sien».

—Oiga —gritó emocionada—, eso sí estuvo mejor… «sentir, que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra…» —y se siguió tarareando el tango de Gardel.

Días después, cuando pasó un neurólogo a verme, me hizo las preguntas típicas de las que ya estaba harto, me aumentó la dosis de un fármaco que ya tomaba y me explicó sus teorías sobre la plasticidad cerebral y los programas motrices, que serían correctas, pero no veía yo cómo me podían ayudar. Me canalizaron con un fisioterapeuta, un negrito bastante simpático que me ponía a hacer lagartijas acostado en el césped, abdominales y otros ejercicios.

—¿Para qué me van a servir? —le pregunté.

—Para fortalecer el tronco y que el cuello no cargue con todo el peso, mi socio.

Me mandaron con la podóloga:

—¿Y eso?

—Para que cuando camine no vaya a tener molestias.

—Perfecto, ¿y cuándo me pondrán a caminar?

—Tranquilo, que eso después, con otro especialista.

Me mandaron a que me pusieran agujas en su centro de acupuntura para que me relajara. Me mandaron con la psicóloga, quien me detectó síntomas de ansiedad, depresión y déficit de atención.

—Vaya sorpresa —le dije.

—Sí, pero es importante saberlo con precisión.

Me programaron unas resonancias magnéticas; una vez se canceló porque el equipo estaba «roto», pero curiosamente al día siguiente sí funcionó. La primera semana de tratamiento pintaba para un desastre absoluto. Y lo que más me molestaba: cada vez que llegaba un nuevo especialista, me ponían a caminar con mi vaso de agua para que pudieran ver cómo funcionaba el truco sensorial.

—¡Ahora sin el vaso de agua!

«Como si fuera tan fácil», pensaba. Los domingos no había actividad en la clínica. Fuimos con mi madre al centro de La Habana a pasear. Iba con todas mis dificultades para caminar, pero era necesario salir del CIREN a cambiar de aires.

—Esto del CIREN es una tomadura de pelo —le dije—, regresémonos a México.

Mi madre me comprendió, pero me pidió hacer el esfuerzo de quedarme una semana más. A regañadientes acepté.

Así eran mis días: fisioterapia dos veces al día, por la tarde sesiones de relajación con la psicóloga y, algunas veces, el tratamiento con el ozono; más las pastillas que me administraba la enfermera cada mañana. Mi madre siempre tuvo don de gentes y una gran facilidad para relacionarse: pronto se hizo amiga de las enfermeras, de otros pacientes y sus acompañantes, y hasta del técnico pantrista —que así se hacía llamar el que calentaba la cena en el horno de microondas—, así que siempre tenía novedades para contarme al final de esas largas y aburridísimas jornadas.

Un día, mientras le contestaba a la psicóloga unas preguntas muy bobas sobre las figuritas que salían en la baraja que me iba mostrando, entró al consultorio sin avisar un tipo moreno, barrigón y con una sudadera a rayas. Sacó un llavero y me ordenó que mordiera una de las llaves.

—¿Este tipo quién es?, pregunté a la sicóloga.

—Soy defectólogo —intervino él.

—Ah, sí —le dije con sorna—, ¿y como qué defectos corriges?

—Todos.

Le dije a la psicóloga que le pidiera a esa persona que se retirara, y seguí contestando las preguntas sobre las figuritas con evidente mal humor.

—Mal, muy mal ese tipo y la psicóloga —sentenció Citlali—. No respetaron mínimamente el protocolo de atención.

—Ya después me enteré de que eran pareja. Al día siguiente, en el pase de visita, el neurólogo jefe me explicó que la persona que había entrado era su mejor terapeuta para los trastornos del movimiento; que era gente de campo y que comprendía mi molestia, pero que le diera una oportunidad. Ese día comenzó a darme terapias dentro de mi habitación. Me sentó en la silla, me empujaba los hombros, me torcía el cuello, me jalaba la espalda… Mis músculos no se dejaban vencer, también jalaban y empujaban. Al término de la sesión terminó empapado de sudor y comenzó a explicarme. Mis hombros estaban terriblemente desalineados uno con el otro, uno mucho más arriba y más adelante que el otro. Así, tan desalineados, no se podía caminar. «Qué trabajo me dan esos músculos; se resisten a la presión que les hago. Los tenemos que fatigar primero para después tratar de que retomen su posición», me decía.

El esfuerzo que hizo el tipo, así como su explicación, comenzaron a hacerme sentido. Al día siguiente fue lo mismo, con algunas variantes. Al final me dio una pipa y unos palillos; quería experimentar con diversos trucos sensoriales, a ver cuál podría funcionar. «¡El otro día solo llevaba las llaves, caballo!», exclamó. Después de la sesión se quedaba a conversar con mi madre y conmigo. Nos contó de su familia, de sus estudios en la Unión Soviética y de la llamada especialidad de «defectología», que tal vez era una mala traducción al español, pero resultaba una técnica muy eficaz para llevar al paciente a utilizar al máximo sus potencialidades. Había lisiados que no podían comer y lograba que volvieran a tragar alimentos por sí solos; había otros sin control de esfínteres y lograba que los controlaran utilizando otros músculos del cuerpo, aprovechando los resquicios de terminales nerviosas que pudiesen quedar.

En fin, esa defectología me parecía una ciencia oculta, como el tarot o la astrología, pero hacía sentido. En ese primer viaje logramos resultados mínimos pero tangibles; aprendí, por ejemplo, a fumar recostado en el camastro sin que se me moviera la cabeza hacia los lados, o a estar boca arriba sin moverme, cuando antes los espasmos me volteaban hacia los costados. Antes de regresar a México nos invitó a su casa. «Pero vivo con la rusa. No vayan a decir que me vieron con Carlita», nos advirtió. Se trataba de su niña de cinco años, a quien había tenido durante un affaire con la psicóloga que me daba las terapias. La rusa se esmeró y preparó una cena exquisita. Él sacó un acordeón y se puso a cantar; me sirvió ron varias veces y me invitaba a tomarlo de un solo trago, junto con él. Cada vez que abría una botella dejaba caer unas gotas al suelo, «para los santos». Intercalaba el acordeón, los chistes, el trago y alguno que otro reclamo en idioma ruso a su compañera que no podíamos comprender.

Noche 40. Barra Estabilizadora. Tecnología Cubana

—¿Oiga, y en Cuba también se hablaba en náhuatl? Citlali parecía gozar de la pregunta, a sabiendas de que era absurda, y añadió: -Para que se hubiera entretenido aprendiéndose más palabras.

—¿Creerás que sí? Solo me aprendí tres. Maíz, hamaca y canoa. Comida, siesta y paseo…le dije con mucha autoridad.

—¿A poco?

—Si. Pero grábatelo bien. Son del idioma taíno, que es lo que hablaban los habitantes del Caribe antes de que llegara Colón.

Hacia el final de mi estancia en el CIREN, llegó un día mi doctor muy excitado, con unas barras de aluminio en la mano. Dos eran postes laterales, sobre los que se colocaba un travesaño, a manera de portería. Los instaló en una mesa de madera que jaló del comedor. En posición de sentado, mi cabeza quedaba a la altura del travesaño de aluminio, que estaba forrado con un hule espuma. —A ver, apoya la cabeza ahí. Lo hice. Sube y baja los hombros. Despega tu frente ligeramente de la barra. Y ahora toca el tambor con ambas manos. Estaba maravillado. Con mi frente apoyada en la barra, podía hacer una cantidad de movimientos que antes me estaban vedados. A partir de ese momento dejé de comer acostado. Me senté frente a mi escritorio improvisado a garabatear cualquier cosa. Otro día me llevó un pirógrafo para que ejercitara mis habilidades prácticas. Después de un rato me cansaba la barra, pues la tensión bajaba por la espalda, pero al descansar tirado en la cama, lo que ansiaba era volver a sentarme en mi barra, a hacer cualquier cosa, lo que fuera. Fue un día de mucha felicidad. Días después colocó un espejo frente a mi. Me hizo girar el cuello en varias direcciones, deslizando la frente sobre la barra. La idea es que el espejo me brindara retroalimentación sobre los movimientos, para que observara lo que hacía. —¡Ya levantaste el hombro, coño! Ese hombro no tiene jugada. —¡Para que tuerces la boca! No pongas el “doble feo”, con uno es más que suficiente. —El hombro para atrás, alineado. ¡No te hagas el mexicano! A veces sus bromas me caían pesadas, pero me aguantaba. Normalmente, interrumpíamos la sesión después de un rato, y mi madre le servía un Nescafé con coffee mate que llevó de México, y que a él le parecía absolutamente delicioso. Retomábamos la sesión, a tratar de hacer los mismos ejercicios de pie, sin ayuda de la barra, y algo lográbamos, pero poco, el cuello seguía empeñado en darse de tirones.

No dejé de ir al gimnasio con el fisioterapeuta Alexis. Era una edificación grande, amplia, equipada con algunos aparatos tradicionales, pero destacaban varias “paralelas” de madera en la que muchos pacientes se entrenaban para volver a caminar. Afuera, el jardín era enorme, con hermosos árboles tropicales, pues perteneció a la mansión de quienes fueran los dueños de la “Bacardi”, antes del triunfo de la Revolución. Tendíamos una colchoneta en el césped y hacía los ejercicios que podía; algunos estiramientos, abdominales, movimientos circulares de manos y pies, entre otros.

-Por cierto, Citlali, diles en tu escuela que por favor les enseñen a los fisioterapeutas a hablar bien en español.

-Y ahora nosotros ¿qué hicimos?

-Hablan como apaches. Subir hombros…Girar cabeza…Levantar brazo…Doblar rodilla.

-Si será…Las órdenes deben ser cortas, directas y sonoras. O que quería: Levante por favor su brazo, si fuera tan amable..

No llegaba a ser un ejercicio cardiovascular, pero ayudó mucho, no solo a la circulación de la sangre en un cuerpo que ya casi no se movía, sino también en el estado de ánimo. Me sentaba bien la respiración agitada después de algún esfuerzo. Son los pequeños logros diarios que aun cuando no cambian el panorama general, ayudan mucho al paciente a seguir adelante. En ese jardín, no muy bien cuidado, pero naturalmente hermoso, también entrenaban a las pacientes con lesiones de columna vertebral. Recuerdo a una chica joven que le meneaban la cadera de una manera que parecía grotesca, para estimular algunos nervios que le permitieran mejorar el control de esfínteres. El terapeuta Alexis me daba las explicaciones, siempre con un enorme respeto hacia los pacientes. Un día, a la salida, vi a varias chicas jóvenes, todas ellas en sus sillas de ruedas, esperando a una ambulancia especial que las llevaría a su respectiva villa. Una de ellas, jovencísima, con un rostro hermoso, me partió el alma. Lisiada de por vida. Esos contrastes en el jardín de las fisioterapias se me quedaron muy presentes en la memoria por muchos meses más. Imposible saber lo que puedan sentir otras personas, pero en mi caso, fue un recordatorio crudo para no olvidar que uno debe estar agradecido con la vida. Aunque esté uno en el sótano, siempre hay otros peldaños hacia abajo.

Algunos casos los comentaba con mi doctor, durante nuestros recesos. El veía ese tipo de casos a diario, así que comprendía todo ese dolor. — ¡Ni te imaginas los dramas de las parejas de los accidentados, caballo! Me tocó darle terapia a un joven recién casado. Fractura de columna en la primera cervical. Deberías ver la cara de angustia de la esposa. Me fue contando como ella se fue abriendo, narrándole su tragedia, sus sueños despedazados… el tono de mi doctor fue cambiando, desde la tristeza y la compasión al tono jocoso, cuando llegó al punto en que me contó cómo le dio una terapia a ella…

Una mezcla peligrosa:  Tantos conocimientos anatómicos y sicológicos en manos  de ese indómito personaje tropical.

—Una debe ser empática con el paciente y sus familiares; es lo que marca el protocolo, interrumpió Citlali. Pero siempre se debe mantener una distancia para no sufrir la “fatiga por compasión”. Ahora, lo que hizo su médico… se sale de cualquier manual.

Volví a México. Mi madre me mandó hacer tres juegos de barras de aluminio, estas muy bien hechas, con la altura ajustable para distintas posiciones de cabeza y altura de sillas, y perillas que se manipulaban en la dirección correcta. La barra que me hicieron en Cuba se desenroscaba en una dirección de un poste y en una diferente en el otro, pues el doctor se tuvo que ajustar a lo que encontró en el almacén de CIREN, donde había una mezcla de piezas de manufacturas soviética y occidental.

-En Cuba para todo nos la tenemos que ingeniar, me explicó un día mi médico. Con mi barra, mi trabajo se volvió más fácil. En aquellos años, ya cerca del final del año 2000, aprendí finalmente a utilizar una computadora y a navegar por internet. Tenía más de cuarenta años cumplidos. Tan pronto como pude, volví a Cuba, por segunda y última vez al CIREN. Durante los viajes subsecuentes, a casas particulares.

Mi madre me acompañó de nuevo en ese segundo viaje. Ya sabíamos lo que nos esperaba, así que todo resultó más agradable. Ambos teníamos gran confianza en el médico y expectativas de que pudiera mejorar. La rutina fue similar a la primera visita. Una tarde, entró intempestivamente el doctor al cuarto, y me preguntó que si tenía una correa. Solo tenía la de mi pequeña mochila de mano, y se la di. - Ahora necesitamos un pedazo de “velcro” (cierre de contacto). No sé de dónde sacó uno mi madre. Enganchó la correa a la una faja tipo cinturón, y la otra punta a una gorra beisbolera. —¡Listo, caballo! A caminar.

No dábamos crédito mi madre y yo. —Es la barra móvil, nos gritó, con mucha alegría. Yo apoyaba la cabeza al frente; la gorra hacía la resistencia con la correa que iba por la espalda, y que estaba sujetada al cinturón. —Camina al frente, hasta la pared. —De regreso. Di mil vueltas en esa pequeña habitación. Con ese artefacto casero, podía caminar. Adiós a los vasos de agua, al bastón donde apoyaba la barbilla… Esa gorra con correa era mi libertad. La alegría fue indescriptible.

Ese fue el gran quiebre en el tratamiento de mi distonía. ¡Podía caminar! Aún así, fueron muchas sesiones dónde me mostraba como tenía que balancear los brazos, no solo por estética, sino por funcionalidad. — ¡Caminas como tabla, caballo, pareces un ropero que se mueve! El braceo mueve los hombros e impide que se tensen.  La instrucción sonaba fácil, pero nunca logré ejecutarla bien. Practicamos muchas horas, frente a un espejo que colocaba al final de un pasillo, para la retroalimentación. Ni así. Pero caminaba y nos regresamos a México felices, con la tecnología cubana recién adquirida. Ni en Estados Unidos, ni en Alemania, se les había ocurrido una prótesis tan funcional.  Y ni qué decir del precio…

—Todo este relato me parece tan increíble… tan fantasioso, pero a veces me parece real. Hay veces que el hierbero del mercado cura enfermedades que los médicos no pueden. Y en otros casos, los hueseros curan con una sobada… Pero me quede pensando en otra cosa, dijo Citlali.

—Le da mucho mérito a su doctor, que sin duda lo tiene, pero veo que el mérito mayor fue de su madre. Sin ella Usted se hubiera regresado a México hecho un energúmeno, después de otro fracaso. Si se quedaron fue por ella. Y siento que fue gracias a ella que ese doctor le puso tanto interés a su caso. A veces una tacita de café, o un vasito de atole, abre las puertas y gana las simpatías.

—¡Qué bueno que lo mencionas!. Ese café que preparaba mi madre pudo haber sido lo mejor que le pudiera haber pasado a mi doctor a lo largo de todo un día. Todo lo que debió sufrir mi madre… y en eso noté que se me quebró la voz. —Porque ella ahora ya no está, alcancé a decir.

—No se ponga así…ella sí está. Está en cada paso que da. Ella fue su "tanque estabilizador".  Sin ese café y sin su terca esperanza, usted hoy no estaría aquí contándome esto.

 En México conseguí un muchacho que algo sabía de terapia física pues estuvo un tiempo ayudando a su cuñado que era boxeador. De los buenos, de Tepito. Con él hacía largas caminatas por la segunda sección del bosque de Chapultepec, y los fines de semana, nos íbamos a los bosques del Desierto de los Leones. Llevábamos a los perros de la casa, que gozaban de esas caminatas más que nosotros, y nos alegraban el día. Me daba algunos consejos sencillos pero lo principal es que me animaba para mis caminatas y para mis jornadas diarias de ejercicios en la barra (cuello izquierdo derecha, arriba abajo, fatigar hombros, todo eso). Me regaló un chaleco con plomo adentro, es decir con sobrepeso, como con los que entrenaba su pariente el boxeador. Era para fatigar más los músculos. Al siguiente viaje lo llevé conmigo a Cuba.  

Noche 41. Noches Habaneras

—La noche no es una franja de tiempo vinculado al paso del sol —le dije ese día a Citlali—. En un contexto como el nuestro, trepados en este cerro, es momento de meditación y reencuentro; en otro, es bullicio; también es, desde luego, el tiempo de dormir.

—O todo al mismo tiempo —añadió Citlali, en tono juguetón—. ¡Si yo le contara cómo estuvo anoche la fiesta de mi prima…! Pero mejor siga con su reflexión.

Por las mañanas hacíamos una larga caminata, de por lo menos una hora, por las calles de uno de los barrios populares de La Habana, lejos del turismo. Nos hospedábamos en una casa particular, donde nos rentaban un cuarto, cerca de la casa de mi doctor. Luego íbamos a casa de él, a la terapia, en un patio sombreado en la parte posterior. Por la tarde noche dábamos alguna otra vuelta, y por lo general lográbamos hacer contacto con algunas chicas. Al principio les invitábamos un refresco o algún helado, pero ya después nos fuimos dando cuenta de que ellas siempre querían algo más. No tardamos en descubrir que un gran número de chicas en esos barrios de La Habana, se dedicaban a lo que se conoce como “jineterismo”; es decir, entregarse a un extranjero a cambio de cierta cantidad de dinero.

El régimen cubano ya ha sido juzgado y condenado, digamos que por la historia. ¿Por qué lo hacen esas chicas? ¿Qué las mueve? Yo no vi hambre. Incluso me pareció que se vestían sencillo, pero siempre con buen gusto, con cierta coquetería. Mi impresión es que la vida allá era bastante monótona, con ninguna novedad en la vida diaria. Siempre los mismos productos en las tiendas, siempre el mismo noticiero con los mismos temas, siempre la misma telenovela, ninguna expectativa de viajar, ninguna expectativa de ascenso social por la vía de los estudios o la superación personal. — ¿Le parece bien, me dijo una vez una doctora, que mi hijo de doce años, quemando discos de música, gane tres veces más que yo, que tengo especialidad? —  Me podría perder en disquisiciones sociológicas sin resultado alguno. Digamos que los turistas éramos una de las principales fuentes de ingresos del régimen cubano, y esas chicas, sin futuro, decidieron reclamar su parte y correr su aventura. Yo solo puedo ser narrador de mi propia historia.

Mis últimos tres o cuatro años, seriamente limitado por la distonía, habían sido de un encierro casi total. Y mis últimos quince años, habían sido de un ritmo de trabajo vertiginoso, exigente y brutal. De pronto estoy en el vestíbulo de un hotel en La Habana, con mi “socio” fisioterapeuta, sin nada que hacer, y pido una ronda de mojitos, y luego otra, mientras escuchábamos la canción por entonces tan de moda del “comandante Che Guevara”, y entonces aparecen unas muchachas guapas, y que nos saludan, y que son agradables, y que son estudiantes, y que nos hacen caso… El tiempo perdido nunca se recupera, pero al menos se hizo el intento… Ahí en Cuba logré darle al cuerpo lo que por tantos años le había sido negado. Con el tiempo, fuimos perfeccionando nuestras rutinas y nuestras metodologías, a la par que seguía mis tratamientos con el doctor.

Mi gorra no me la quitaba para nada. Era lo que me permitía mantener erguida la cabeza en posición de sedestación y bipedestación. Pasé muchas horas, con mi doctor frente al espejo, tratando de mejorar el control motriz. «No seas ansioso —me decía—. Si sientes que viene un tirón, haz una pausa, llévate una mano a la barbilla; hay muchos gestos normales que la gente hace…» Por momentos lo lograba, pero el avance era mínimo. Entonces fue que le dije: —Mira, ya no me interesa tanto controlar el cuello. Lo único que me interesa es que me arregles el audio—…

Ese era el gran tema. Con mi gorra podía yo desplazarme a cualquier lado, así me viera un poco raro con un cinturón vertical en la espalda. Lo que sucedía, es que al apoyar la cabeza en la gorra, se contracturaban los músculos de la garganta, y me costaba muchísimo trabajo articular las palabras. A veces me entendían, a fuerza de repetir y repetir. A veces tenía que ayudarme con las manos para alzar la mandíbula y poder hablar. No había mucha alternativa, más que seguir con los mismos ejercicios frente al espejo, para tratar de restaurar los procesos cerebrales que la distonía había dañado. Esa era la premisa de trabajo de mi doctor. —Caballo, le dije un día, un poco en son de broma—, no puedo creer que no puedas arreglar el audio… —Caballo, soy médico, pero no soy Dios.

Por aquella época, el audio era mi mayor problema, y lo sigue siendo aún. La gorra con la cinta la dejé de usar hace algunos años, el audio ha mejorado un tanto, pero para conversaciones largas tengo que tenderme en algún camastro, sofá, o hamaca.

Estoy de vuelta en La Habana. Manejo un pequeño vehículo japonés que alquilé por las tres semanas que durará mi estancia. Tengo un pequeño departamento en una casa con una gran huerta de bananos al frente. Por las mañanas va mi doctor a la terapia. Por las tardes tomo el carro y salgo a “ruletear”. Ya conozco los horarios de las salidas de las universidades y de los tecnológicos. Sé a qué hora no hay nadie en las avenidas bajo los rayos inclementes del sol. Sé cuáles son los cruceros donde hay más chicas pidiendo “botella”, o aventón. Sé cómo actúan en grupo, y cómo se comportan cuando van solas. Casi nunca me falla la hora de la salida de la Escuela de Gastronomía, sobre la Quinta Avenida. No tengo mucho que hablar. La chica me dice a dónde va. Yo siempre voy hacia allá, donde iba ella. A veces la dejo en su destino y me agradece. Vuelvo a lo mío. A veces alguna chica dice estar aburrida, la invito al departamento, ponemos música, disfruta de los “ipod” que por aquel entonces no había en Cuba, se relaja en el aire acondicionado, que es un lujo que pocos tienen, y ya después, me toca relajarme a mí. Siempre con mi trago de ron al lado. En la casa puedo charlar más, y hacer algunas bromas. Las chicas no llevan prisa en esas largas tardes habaneras. No importa que caiga la noche. Yo las llevo de regreso; las dejo a una o dos cuadras de sus casas, para prevenir a los vecinos chismosos. Después de tres semanas de este tratamiento, puedo regresar a México, relajado y tal vez hasta dichoso. Esas andanzas en La Habana como un verdadero regalo de la vida.

—Y qué, intervino Citlali, ¿nunca se enamoró de ninguna? Tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe…

—No te lo sé decir. Creo que nunca he conocido lo que es el amor. Lo conozco por los libros; aparece en casi todas las novelas que andan por ahí. Por eso aprecio tanto la literatura marginal, y no sé si la novela de Kawabata corresponda, pero mis sentimientos van más por ahí…

Citlali me veía desconcertada, como si le hubiese hablado en japonés.

—¿Cómo que nunca ha estado enamorado?

—Exageré,  —respondí, y le conté una historia. Una noche, iba con el dueño de la casa donde me hospedaba, en su vehículo Peugeot. Lo conocían como Mario el Marinero, pues había sido jefe de máquinas de una de las embarcaciones transatlánticas que cruzaba el Atlántico antes del derrumbe de la Unión Soviética, por eso tenía el privilegio de poseer un carro. Sus esperanzas de volverse a embarcar algún día se desvanecían con el tiempo, así que se dedicó de tiempo completo a manejar su auto que, bien trabajado, era una pequeña mina de oro. Por las noches iba a cargar petróleo a un depósito oficial donde se lo vendían por la «izquierda» a un costo reducido. Ahí íbamos, entre el Hotel Habana Libre y los Helados Coppelia, cuando divisamos a una muchacha de muy buen ver: de buena estatura, delgada, cabello rubio, con pantalones negros ajustados, una blusa roja llamativa y una gorra beisbolera que portaba con la visera hacia atrás. «Soy Dailin, —dijo con una sonrisa, de esas que enamoran. — Súbete, Dailin, vamos con mi socio a dar un paseo.» La llevé a mi departamento, en el piso superior de la casa de Mario el Marinero, al que accedía por una escalera exterior de hierro forjado, tipo navío. La chica era risueña, de sangre ligera, y la pasé sensacional.

Al día siguiente, subió Mario a invitarnos a desayunar a su casa. Todos estábamos encantados con Dailin; hablaba poco pero sonreía mucho. La esposa de Mario el Marinero se me acercó y me dijo: «Oiga, qué muchacha tan más linda. Le conviene cantidad.» Me sentí orgulloso de tenerla a mi lado, y contento de la convivencia tan agradable que se había logrado. Yo tenía un carro de alquiler, así que me fui con Dailin hacia las Playas del Este. Iba feliz seleccionando canciones del iPod que llevaba, las cuales escuchábamos a través de unas pequeñas bocinas externas que había comprado. Alquilamos unos camastros, nos metimos al mar y la tarde se nos fue volando.

Así transcurrieron varios días y sus respectivas noches, lo cual fue para mí una experiencia nueva. Nunca había convivido por tanto tiempo con una mujer, y tan intensamente, sin sentirme nunca agobiado por su compañía, ni por el sentimiento de tener que atenderla, ni por la urgencia de estarle platicando cosas para agradarla, ni comprándole cosas. Fueron dos semanas en que fluimos en el tiempo, los dos juntos.

—Oiga —me interrumpió Citlali—, si la recogieron así nada más en la avenida, me imagino que no llevaría ropa para cambiarse, ni traje de baño ni nada…

—Créeme que de esos detalles no me acuerdo. Tal vez la acerqué a algún lugar donde tendría sus cosas, tal vez le compré algo en algún bazar o tal vez la esposa de Mario le prestaría algo de ropa, o alguna de sus hijas, que eran más o menos de la misma edad…

—¿La hija de su amigo de la edad de ella?

—Pues sí —tuve que reconocer algo apenado. Por salir de una pregunta ya me había embrollado más.

Tuve que explicarle a Citlali que en Cuba todo es diferente, y que esa diferencia de edad allá no era para escandalizar a nadie.

—No me convence —me replicó—. Pero cuente, ¿qué más pasó?

—Una mañana me dijo Dailin que tenía que irse para su ciudad, a Holguín, al oriente de la isla. Me tomó con la guardia baja; le dije que sí, me dio un papelito con su número de teléfono fijo de allá y se fue, o tal vez la llevó Mario a algún lugar. Por aquellos días ya me tocaba regresar a México, y regresé feliz a mi oficina a conversar con mis colaboradores y amigos de mis aventuras y de mi conquista. Pocos meses después volví a Cuba y tomé un vuelo para Holguín. Me esperaba Dailin en el aeropuerto. La vi muy delgada; igual de hermosa, pero muy delgada. Quise llevarla a cenar, a tomar algún helado, pero a nada accedió. «Vamos directo a la posada», me pidió. Me explicó que no podía salir a la calle, que la podían ver, que la vigilaban… Nunca supe quiénes ni por qué. Estuvo ansiosa toda la noche. Al día siguiente nos despedimos y nunca más la volví a ver.

—¿Qué hizo? Era para que hubiese insistido más, si tan bien la pasó con ella —sentenció Citlali—.

—Toma en cuenta que yo operaba en un país desconocido, con un sistema socialista del que todos tenían miedo y cuyas reglas no estaban escritas en ningún manual. Hoy, al recordarlo, creo que debí haber hecho algo más. Pero después de esas semanas con Dailin, y ya un poco más recuperado de mi distonía, me sentía el rey del mundo… Tan solo había que pasar unos meses en México para recargar las pilas y volver a Cuba.

—Para mí que entonces sí se enamoró, aunque lo niegue —concluyó ella—. Más triste aún.

Meneó la cabeza en un gesto de desaprobación.

 

 

Noche 42. Por un Puñado de Plata

—Oiga, me quedé con una duda el otro día —dijo Citlali después de saludar—. Durante esos años que viajaba a Cuba, ¿seguía trabajando? ¿Y de dónde sacaba dinero? Por barato que haya sido todo, no cualquiera se puede dar todos esos lujos.

—Trabajé unos años más y después me jubilé, por decirlo de alguna manera…

Terminó el sexenio de Zedillo. Por primera vez había perdido el PRI la elección presidencial; ganó Vicente Fox y prometió grandes cambios. Creo que al final no hizo muchos, pero, al menos en su gabinete, metió a pura gente nueva. Fue curioso. El nuevo secretario, cuando lo vi la primera vez, me dijo: «Yo a ti ya te conozco». Me desconcertó el saludo, y de inmediato me aclaró que me había escuchado en una de las muchas charlas que di para dar a conocer el TLCUEM. Me trató bien, pero la realidad es que tuve algunas dificultades para acomodarme con los funcionarios de su equipo: medio me hacían caso y medio me marginaban. Sin embargo, logré mantener un sueldo más o menos bueno.

El trabajo no era aburrido, pero tampoco tan movido como lo fueron los anteriores. Puede ser que, inclusive, hubiese sido el empleo ideal: ya conocía los temas, tenía buenos colaboradores, no era imprescindible ni me utilizaban como «chile de todos los moles». No aquilaté lo suficiente ese trabajo por andarme fijando en lo que pude haber sido y no fui.

Un día me llamó por teléfono un amigo de batallas anteriores para proponerme un negocio. No me quiso decir de qué se trataba: «En mi oficina del Pedregal te lo explico. Te vienes a comer mañana», atajó. Llegué al día siguiente puntual a una mansión enorme, de esas que fueron típicas del Pedregal de San Ángel; no parecían oficinas. Un ujier me pasó a un comedor elegantísimo, con muchísimos lugares de cada lado. Éramos pocos: mi amigo, su novia, su socio y yo. Nos sirvieron una comida de tres tiempos acompañada de buenos vinos. Gracias a mis terapias en Cuba ya no estaba tan lisiado como antes; podía manejar y sentarme más o menos adecuadamente en una mesa.

Esperaba que durante el café entráramos al tema del negocio. Se veía que mi amigo tenía dinero, y mucho. Nos dijo que el café lo servirían en otro salón y hacia allá nos dirigimos. Subimos un tramo de escalera y llegamos a un espacio muy amplio, con un ventanal al frente que daba a un jardín cuidadísimo, de césped inmaculado, donde circulaban unos pavos reales majestuosos. Había tapetes persas, sillones de cuero y animales disecados: osos, tigres y venados. Nos sentamos mi amigo, su socio y yo alrededor de una mesa con una shisha, ese recipiente de vidrio con agua en la base y mangueras que permite que varias personas fumen al mismo tiempo, símbolo máximo de la conversación pausada en el mundo árabe. Al final, soltó el tema:

—Tú tienes un seguro médico que te cubre por incapacidad permanente. Si sabes cómo funciona, ¿verdad? Solo te indemnizan cuando estás en el puesto, porque lo paga el gobierno como una prestación. Si te corren mañana, el seguro no te da nada porque ya no eres nadie. ¿Comprendes? No es que yo crea que te van a correr, pero ¿qué tal si Fox corre a tus jefes? ¿O si tu jefe se va de candidato a gobernador? Tú mejor que nadie sabes cómo es la política.

La cantidad de la que hablaba era muy tentadora. Equivalía a cien veces mi sueldo mensual antes de impuestos; ni trabajando ocho años corridos y ahorrando todo juntaría esa suma. Pero tampoco me parecía correcto declararme incapacitado si aún podía trabajar.

—Piénsalo —me dijo—. Mañana me dices. Hoy tenemos los contactos para que el área de medicina del trabajo del ISSSTE vea tu caso rápidamente. Tú puedes hacerlo solo si quieres: primero pides una cita en tu clínica de zona —ojalá que te la dieran pronto—, después te darán un tratamiento que ya sabes que no funcionará, después te canalizarán con un especialista… ¿Le sigo? Lo puedes lograr, la cosa es cuándo.

—Y bueno, ¿ustedes qué ganan?

—El treinta por ciento.

—¿Qué? ¿Tanto?

—Solo es si quieres. Nosotros también tenemos que repartir.

Me despedí. El trayecto a mi casa era largo, como de tres cuartos de hora a buena velocidad. Fui cavilando sobre el asunto en el camino. Cuando llegué a casa, la decisión estaba tomada.

—¡Qué fuerte! —exclamó Citlali en voz muy baja, como asimilando el tema.

—Son momentos tan extraños… No hay mucho tiempo para pensar y, en unos pocos segundos, uno tiene que decidir sobre su propia vida. No razoné nada; fue una decisión que brotó de mi interior. Mi cuerpo fue el que me dijo que no podía seguir viviendo igual.

—Eso sí —asintió Citlali—. ¡Hay que escuchar al cuerpo!

—Volví a la oficina de mi amigo en el Pedregal a comunicarle mi decisión. Me recibió muy cordial: «Pásale a un bar chiquito que tenemos por acá». Era un espacio pequeño y agradable. «Te presento a mi amigo tal, es un empresario». «Mucho gusto». Estaba encendido un televisor mientras platicábamos de cualquier cosa, disfrutando de nuestros tragos. De pronto, el empresario se levantó, subió el volumen del aparato y nos dijo a todos: «Miren, ya va a conocer el noticiero de Lilly. Quiero ver si trae puesto el collar que le regalé». Sí lo traía. No pareció darle mucha importancia y, al poco tiempo, se marchó. Me quedé con mis conocidos. «Cuando cobres tu cheque en la aseguradora, nosotros no vamos a entrar. Te esperamos afuera y de ahí nos vamos al banco». «Está bien. Todo arreglado».

De nuevo el largo trayecto a casa. Repasé la escena del empresario y del collar. De pronto me vino a la mente el escándalo reciente que se atribuía en la prensa a la conductora Lilly Téllez, cuyos guardaespaldas habrían agredido salvajemente a unas personas por algún motivo poco trascendental. Sentí un ligero estremecimiento y un poco de sudor frío. «¡Bienvenido al mundo real!», me dije.

—Mugrosas ratas —exclamó Citlali, indignada, cuando terminó de escuchar el episodio.

Noche 43. Las Mieles del Caribe

—Hay un dicho que dice que estábamos mejor cuando estábamos peor, le dije a Citlali a manera de saludo.

—Cuando peor estuve de mi distonía, cuando no podía casi ni caminar, fue que descubrí las mieles del Caribe, en una ciudad tan llena de vida como La Habana. No la vida de cartelones de neón, ni la de restaurantes en terrazas elegantes, ni la de los conciertos. La vida. La gente que camina, que trabaja, que sufre, que llora, que tiene ilusiones…Estamos muy acostumbrados a llamarle vida a lo que no es. En Cuba, sin celulares, sin internet, la vida es la convivencia con los demás, así no haya nada que compartir, mas que la música de un viejo reproductor, o la charla con el amigo o la vecina, sobre cualquier cosa, como por ejemplo, las detalladísimas descripciones físicas de una persona. No voy a romantizar esa sociedad; detrás del bullicio se esconden tragedias y vidas dolorosas. Pero en mi caso, cuando peor estuve, fue lo que descubrí. Y aparte de todo, después de tocar el fondo, comenzó mi recuperación.

—¿Tan mal iba?

—En una ocasión que decidí ir a caminar por la zona del puerto, sobre la costera, me comenzaron a seguir unos niños, primero unos tres, luego cinco, luego muchísimos más, que me preguntaban porqué llevaba un vaso de agua pegado a los labios, y no supe que contestar. “Es un problema neurológico”, les daría igual mi explicación, si es que alcancé a articularla y ellos a escucharla. Pero me seguían fascinados, como si contemplaran a un faquir en el circo recostado sobre una cama de clavos. Hasta ese día comprendí la magnitud de mi problema. No es solo lo que yo sentía; sino también, cómo era la mirada de los demás.

Después de cobrar mi indemnización no tenía nada claro lo que habría que hacer. De la Secretaría de Agricultura me despidieron muy gentilmente, haciéndome saber cuán útil era y que esperaban seguir contando con mis servicios, ahora a través del mecanismo de honorarios profesionales.

—A la aseguradora que te pagó la incapacidad le tiene absolutamente sin cuidado lo que hagas con tu vida —me explicaron—. Si trabajas, o de qué trabajas, les tiene sin el más mínimo cuidado.

Así que podría seguir laborando como prestador de servicios, aunque ya no como funcionario. Con Agricultura logré algunos contratos temporales, no muy bien pagados; conseguí algunos otros con organismos internacionales que tenían que ver con el sector y para quienes mi experiencia resultaba valiosa.  Mi carrera profesional había llegado a una cúspide a la que era impensable regresar; como consultor no tenía ni currículo ni experiencia. Algo pude cosechar, sin embargo, en esa larga cuesta de bajada.

Los primeros años, entre un contrato temporal y otro, siempre me di tiempo para volver a Cuba. Aún me costaba trabajo desplazarme, pero ya había logrado caminar sin la gorra y el cinturón amarrado por la espalda. Seguía con los problemas de audio, pero con los intereses de lo que tenía depositado en el banco no hubo impedimentos para regresar a la isla.

—¿Por qué no te vas mejor a República Dominicana, a Jamaica o a otro lado? —me preguntaban algunos parientes y conocidos.

—Porque tengo que ir a ver a mi doctor.

Mi obsesión por volver a Cuba tenía mucho que ver con mi afición por recorrer en el carro todo el Malecón, la Quinta Avenida, pasar por Jaimanitas y llegar a las playas de Baracoa, que eran de arena menos blanca, menos extendidas y algo rocosas, pero con mucho sabor por ser uno de los balnearios a los que va la gente de allá. El oleaje era suave y el ambiente familiar, pues casi no iban turistas y no se percibía la atmósfera libertina de otros lugares. Al regreso a La Habana, con la luz crepuscular, iba siempre con los ojos bien abiertos para detectar cualquier ciclista que se me pudiese atravesar y, obviamente, a alguna joven con necesidad de solicitar transporte o lo que fuera.

Así conocí a la mamá de Evita. Ella era una chica menuda, de tez blanca y cabello muy alborotado que, desde que se subió al auto, me hizo reír mucho con sus ocurrencias y su forma de hablar. La traté muchas veces, sin ningún compromiso; me daba tiempo de conocer a otras muchachas y también pasarla bien. Su familia practicaba la santería, pero de una manera bastante light y casi podría decir que más por folclore que por convicción. Sus relatos de las deidades de origen africano me entretenían y pronto me aprendí los colores asociados a cada una de ellas, la forma de vestir de las novicias y de las iniciadas, entre otras cosas. A veces nada más íbamos a la Marina Hemingway a tomar un helado y pasar el rato. Un día llegó con Evita, su niña de unos cinco años, muy risueña y despierta. Paseamos algunas veces como si fuésemos familia. Un día, circulando por el Malecón, Evita se soltó diciendo lo que quería ser de grande:

—Yo quiero tener mucha ropa buena, comer muchos helados y tener mi yuma para que me pasee.

Pasó la tarde y por la noche seguía desconcertado. En Cuba un yuma es un extranjero; que Evita quisiera tener uno… Fue una reflexión que marcó un antes y un después en mi forma de percibir la realidad cubana. Terrible.

Regresé a México con un sabor agridulce. Desde hacía tiempo me había dado cuenta de que en Cuba se vive en una especie de prisión: siempre con una carencia de algo tan básico como papel o jabón de baño; siempre con el cuidado de no hablar del régimen, ni siquiera en privado; siempre con el miedo de tener a la policía por detrás, pues para sobrevivir todos tenían que cruzar las líneas de una legalidad que ni siquiera estaba bien trazada. El comentario de Evita fue como un mazazo en la cabeza. Había visto la carencia de proyecto de vida y de futuro entre los jóvenes, pero nunca se me había ocurrido que esa mentalidad de supervivencia en la adversidad permeaba también entre los niños. Me comenzó a entrar un mal sabor de boca, sin que llegara a ser una condena moral. Yo no hacía el mal a nadie… y sin embargo, también era parte del todo. Por aquellos días dejó el poder Fidel en manos de Raúl; se avecinaban cambios y se esperaba la entrada masiva del turismo norteamericano. Más o menos así tomé la determinación de no volver a Cuba. Desde el año 2006 no he vuelto.

Citlali estaba indignada con este último tramo del relato. Le caló muy hondo la historia de la niña Evita. Pero atinó a preguntarme, casi con desgano, temiendo mi respuesta:

—¿Y no extraña seguir yendo para allá?

Casi le pude adivinar el pensamiento. No podría negarle mi gusto por esos viajes; había llegado el momento de franquearme con ella. Mi repulsión al sistema no le bastaría; tendría que decirle que sí extrañaba, y mucho, ese «Palacio de las Bellas Durmientes» al que nunca volví. Sí, Cuba era como ese palacio de Kawabata: un lugar de refugio para hombres maduros que buscan recuperar una juventud que se les escapa. Omití relatarle que después de Cuba hice muchos otros viajes a Colombia —otra sucursal del Palacio—, con mujeres encantadoras y paisajes esplendorosos. Tal vez algún día, si lo encuentra, le regalaré un ejemplar de unos relatos que escribí al cumplir mis cincuenta años, Cincuentenario, donde constan mis andanzas por allá y se narra una Historia que no fue de amor.

—Citlali, no pienses en Cuba, piensa en mí —le pedí—. Con la intensidad de los trabajos que tuve y con esa distonía que me descuadró la vida, emocionalmente no crecí. Con la mente me quedé atorado en el tiempo de mi juventud. Mi cuello dejó de responderme, mi marcha y mi habla se volvieron difíciles y lentas. Yo tenía apenas cuarenta años y muchas necesidades vitales. Socialmente me quedé perdido, totalmente desubicado. Las mujeres de mi edad siguieron su vida, tuvieron sus experiencias, sus familias, sus desengaños, todo lo que es normal. Yo no tuve ese desarrollo. Haz de cuenta que un día me dormí con veinticinco años, apenas saliendo del cascarón —tardíamente lo reconozco—, y amanecí después a los cuarenta. Tengo esa fijación por las mujeres jóvenes y guapas, las que no tuve y las que ya no tendré. Me quedé suspendido en el tiempo, si lo quieres ver así.

—En el espejo es un hombre mayor y en su deseo es un adolescente —concluyó Citlali—. ¡Qué cosa!

Noche 44. De Regreso con las Bellas Durmientes

Esa noche regresé de un viaje que hice a la CDMX. Citlali ya estaba en la biblioteca, memorizando los músculos y los huesos del cuerpo humano en preparación para uno de sus exámenes de enfermería.

—Ya necesitaba un break —me dijo, y cerró su libro—. Cuénteme cómo le fue. Me imagino que se divirtió mucho.

—Me gusta ir a la ciudad para cambiar de rutina. Muchas tardes saco mi bicicleta y me voy a pasear por las calles de la capital; siempre es entretenido. Por ejemplo, ayer me tocó un festival de las iglesias cristianas a un costado del Monumento a la Revolución… De ahí cruzo hacia la Calzada México-Tacuba -que ahora se llama México Tenochtitlan, y me interno por las calles de la colonia Buenavista, muy conocidas por la presencia cotidiana y constante de sexoservidoras. Me gusta pasar por ahí nada más para mirar, y descubrir alguna que esté guapa. Digamos que, de diez, tal vez una.

—Vaya hobby —exclamó Citlali—. Podría tener otro más creativo. Pero sígale, ya me dio curiosidad.

—Esas chicas añaden un toque de folclor al paisaje urbano. Me imagino que yo también se lo añado: un adulto mayor circulando en bicicleta de montaña de última generación. Ahora que fui, vi a una chica muy linda y me detuve a preguntar lo obvio en esos casos, solo para tener chance de mirarla más de cerca. La chica era una migrante venezolana, muy alegre. Le dije que volvería; seguí dando vueltas por las calles por un rato más, pensando en ella, en que no había desayunado, según dijo, y decidí regresar a darle algo de dinero para que se comprara algo. «Pero han de ser arepas», me advirtió. «Lo que quieras», le dije.

Desde ese día me entró la curiosidad de dejar el voyeurismo y contratar a alguna. A mi edad mi libido ya está algo disminuida y, si no se logra nada, no me importa; a las chicas mucho menos. Los días siguientes di varios paseos, sin éxito, pero la constancia da resultados y una tarde, después de dar vueltas sin encontrar a ninguna de mi agrado y ya habiendo emprendido la ruta de regreso, la divisé en una esquina: alta, morena clara, pelo largo, negro lacio, falda corta, tacones altos. No recuerdo los detalles de su outfit, pero en conjunto se veía bien, nada vulgar.  Y un detalle final que la volvía más llamativa: sostenía un colorido paraguas para protegerse del sol.

Me acerqué. Están muy acostumbradas a que los clientes les quieran hacer conversación, así que en fracciones de segundo hay que decidir si uno va o no. «Va», le dije. Caminamos pocos metros hasta un hotel; no hubo necesidad de registrarse, solo pagar, y nos asignaron una oscura habitación de planta baja para que metiera la bici sin dificultad.

—Siga contando —dijo Citlali, mientras un leve rubor purpúreo le encendía las mejillas.

El baño preferí no conocerlo; desde la puerta se veían muebles corrientes y mosaicos muy básicos. Me tendí en la cama con la ropa puesta: me dan temor los ácaros y la plaga de chinches que se reportó hace poco en la ciudad. Mientras tanto, ella se desvistió completamente y le vi un cuerpo sensacional. Ella quería pasar a la acción de inmediato, pero yo no estaba listo; me hacía falta la estimulación de su cercanía. «Acércate», le pedí, y lo hizo; así le acaricié el cabello un largo rato mientras alababa su belleza. «Espera a que esté listo», le dije, y así se abrió un espacio íntimo para nuestra conversación.

Algo logré captar de la historia de su vida; aunque claro, habrá vacíos y muchas inconsistencias, pero hay situaciones que son reales. Ella es hija de una familia de ganaderos prominentes del estado de Michoacán, y vivían en una localidad cerca de Zamora. Evocó su infancia y juventud con alegría: solía salir a montar a caballo y recorrer los potreros de la familia, divisar las vacas, ir al galope junto con otros familiares y amigos. Al cumplir los dieciocho años el padre le regaló un Mini Cooper nuevecito, de agencia, y lo gozó bastante con sus amigas en sus salidas nocturnas a las poblaciones con mayor vida social. Llevaba una vida de princesa, según relató, pues era la consentida del padre y le cumplían todos sus caprichos. Del capítulo educativo no salió nada.

Un día inesperado el padre la llamó para comunicarle que uno de sus amigos, un ganadero todavía más próspero, estaba interesado en ella para un compromiso matrimonial. Ella salió huyendo; no se imaginaba estar con ese hombre tan mayor para ella, y menos que su padre fuera quien estuviese detrás de ese arreglo entre familias, fortunas y hatos ganaderos. El padre insistió, trató de imponer su autoridad, sin éxito. Una noche, por impulso, por repulsión al futuro que le esperaba, decidió huir de la casa y se dividió a la Ciudad de México. Lo dejó todo, pero no quería dejar ahí su libertad.

Viene una etapa sórdida en su vida. Supongo que saldría con algo de dinero cuando se escapó y que la caída sería gradual, de poco en poco: primero buscando empleos cualesquiera y, después, alguien la alertaría en la actividad del sexo servicio. Me cuesta imaginar ese brinco, de los potreros del Bajío y los cielos luminosos a las banquetas atestadas de gente y mercancía en las calles de La Merced, las más promiscuas y degradadas de la ciudad. Ahí se ofreció a los clientes; ahí y también en Sullivan, y luego también en las calles de la colonia Buenavista donde la encontré. No sentí que se victimizara en ningún momento; todo su relato giraba en torno a la conquista de su libertad. Decía que el sacrificio valía la pena, pues estaba construyendo su futuro. Lo dudé, pero no dije nada; no hay derecho para quebrar una ilusión.

Dijo que la tarifa que cobraba en estas zonas era baja, pero que se compensaba con creces por la cantidad de servicios que surgían, y que gracias a ello ya había construido un pequeño capital, que había adquirido varias hectáreas de terrenos forestales en la sierra de Puebla y que pensaba hacer en el futuro unas cabañas rústicas y caminos para el disfrute de los visitantes. Con escepticismo, pero con interés —pues al menos la chica tenía bastante imaginación en caso de no ser cierto su relato—, visualicé esos cerros arbolados, con bosques tupidos de clima frío, como los que tiene un amigo mío por esos rumbos. También evoqué los cerros de mi propio rancho y lo difícil que fue hacer caminos en la topografía de las montañas. «Hice los caminos en forma de S —me dijo—, es la única forma de poder ascender, en zigzag». Le comenté que así eran los míos y que me gusto recorrerlos en mi cuatrimoto. Le brillaron los ojos. «¿Tienes moto? Yo tengo un Rzr». Me sorprendió mucho; no cualquiera conoce lo bien que se adaptan esos vehículos a la montaña. Me estaba comenzando a creer todo el relato y fue cuando exclamé: «Pues tienes más dinero que yo». Creo que sonrió y lo tomó como un cumplido.

«¿Nunca te ha sucedido que el cliente se ponga terco, y quiera hacer algo a lo que no estés dispuesta?». Me miró por un instante, recogió uno de sus tacones de punta alta del piso, los meneó en el aire con fuerza y me preguntó que si sabía para qué pudiesen servir. Poco después el tiempo se agotó, se vistió, se puso los tacones de largas puntas afiladas, tomó la sombrilla —también termina en una punta, por cierto— y se marchó.

Citlali se incorporó de pronto en su sillón.

—Acá en el pueblo no hay nada de eso, ya lo habrá notado usted, tan observador, en sus paseos en bicicleta. Mis primos que han salido a trabajar a otras ciudades las llaman «pirujas» o «cuilas», o por otro nombre, y a nadie le interesa saber por qué acaban así.

Actuaba como si estuviera muy enojada conmigo, pero no logró esconder del todo su asombro y su curiosidad.

—Es una historia nada más —respondí—. Hay una parte de ambición genuina, porque aspira a un porvenir mejor con sus bosques y sus cabañas. Hay una actitud de rebeldía, cuando decide dejarlo todo por no casarse con quien ella no quería. Y hay una actitud de cautela, con sus tacones y su paraguas para zumbarle al cliente.

—Si fuera tan digna no se habría metido en eso —me rebatió Citlali. Guardó silencio por unos instantes y luego me encaró—: ¿Y usted qué? Aquí veo el cuarto lleno de novelas como para que tenga que ir a esos lugares a escuchar una.

—No me regañes. Te conté esta historia porque es una pequeña ventanita por donde te puedes asomar al «Palacio de las Bellas Durmientes». Un día te prometí que te dejaría asomarte; ahora ya sabes un poco más de qué se trata.

—¿De lujuria…? —preguntó un tanto temerosa.

—No. De soledad.

Noche 45. El Citlaltépetl. El Sueño de un Imperio

Era mayo y el calor es fuerte en esa época del año. Tenía abiertas las ventanas —una que da a la laguna y la otra que da al cerro— para que corriera el aire cruzado. Bendije la hora en que mandé colocar los mosquiteros. Pasé la tarde leyendo un libro ilustrado sobre la vida cotidiana en la Gran Tenochtitlan y, al anochecer, como de costumbre, apareció Citlali.

—¿Sabías que el Cerro de la Estrella en Iztapalapa no se debería llamar así? —le pregunté—. En náhuatl su nombre era Huizachtépetl, o «Cerro de los Huizaches», pero a los españoles se les ocurrió bautizar a una hacienda de por ahí con el nombre de La Estrella y por eso el cerro de atrás cambió de nombre.

—Póngale así a su cerro, el Huizachtéptl, al fin es lo que abunda por acá.  ¡De Iztapalapa para el mundo! —y festejó su ocurrencia con una sonrisa.

—Preferiría llamarlo el Citlaltépetl, pero me temo no estar a la altura.

Citlali captó rápido el piropo.

—Pues échele ganas —dijo ella un poco ruborizada.

Desde muy chico, cuando la abuela Omma nos repartió el rancho, tuve la sensación de que era dueño de un territorio muy grande. Yo era un chico callado y muchas horas me las pasaba imaginándome situaciones o eventualidades: desde las típicas, como «así seré cuando sea grande», hasta las absurdas, como cuando me sentía el Corsario Negro después de leer una novela de Salgari.

Este cerro que ves, desde niño, lo asociaba con un imperio en el cual reinaba. No eran sueños concretos, como los de quienes piensan en poner vacas o construir mansiones; era un imperio real que tenía sus fronteras, sus lugares icónicos y sus regiones diversas, como el llano, las laderas, las cumbres y la «región laguna», que no era sino un socavón con vista hacia la presa. En mi mente cada lugar formaba un territorio del reino que yo gobernaba. Cuando llegábamos de fin de semana y plantábamos con mi padre un guayabo, yo tenía la fantasía de que habíamos llevado progreso a la región baja. Siempre vi este cerro a través de una lupa enorme que todo lo magnificaba y me hacía sentir importante, único y diferente. Fue mi caparazón mental para refugiarme de todo lo que en el mundo me pudiese resultar hostil. Aunque no viniese aquí, mi mente siempre estuvo divagando por estos lugares.

—¡Vaya con el Corsario Negro! —dijo Citlali con una sonrisa suave, casi conmovida—. O sea que mientras todos pensaban que usted contemplaba el horizonte, en su cabeza gobernaba llanos y conquistaba cumbres.

—Es algo que nunca se lo había contado a nadie. Me hiciste recordar el plano del rancho que pegué en mi pequeñísima habitación cuando estuve estudiando en Inglaterra. Aún ahora tú ves esta biblioteca y este cerro, pero yo me siento como un rey viejo que tiene su castillo bajo asedio. Cuando nos dividimos el terreno entre mis hermanos y yo, el mayor vivía fuera de México, pues ya había iniciado su carrera diplomática. El menor, Fernando, también tenía un gusto enorme por este lugar. Primero veníamos con nuestros padres; después, cada uno por su lado.

Cuando la abuela Omma decidió formalizar la entrega del rancho entre sus nietos, agrupados por familias, nos propusimos la meta de hacer una casa a la altura de nuestra herencia. La fracción que nos tocó albergaba lo que fue el casco antiguo, que no eran sino unos jacalones de adobe y teja ubicados en forma de L alrededor de un corral, que en su tiempo sirvió para la engorda de animales. Mis padres ya habían hecho una pequeña adaptación en una de las alas y quedó una casita pequeña, bastante rústica, pero a la que llegábamos muy contentos de vez en cuando. De ahí salimos muchas veces para explorar el cerro. Lo veíamos desde abajo y siempre sentimos la curiosidad de llegar hasta la cima. Primero se atravesaban unas milpas de maíz, a las que llamaban «joyas», y luego la pendiente aumentaba y comenzaban los matorrales, la selva baja o el «malpaís».

Había un sendero que llegaba hasta arriba, que zigzagueaba acomodándose a la topografía, de esos que no se hacían con maquinaria, ni siquiera con pico y pala, sino que nada más existían por el paso continuo de quienes los transitaban. Por lo que entiendo, lo recorrían el cuidador de la abuela Omma, algunos de sus hijos y nietos, y algunas señoras del pueblo, a las que muchas veces vi subir con unos pequeños costalitos para buscar tierra de monte para sus macetas. A veces perdíamos el rastro de la vereda, por lo que siempre era una precaución necesaria ir con un machete para abrir brecha.

A medida que subíamos se notaban cambios en la vegetación. A una altura media solo había nopaleras y algunos árboles bajitos de copal, casi famélicos por la escasez de suelo vegetal, y uno que otro zapote blanco, que se distinguía por tener siempre sus hojas verdes aún en las épocas más canijas del estiaje. Más arriba proliferaban unos árboles de copa muy alta y de hoja escasa, muy fina, como la de las jacarandas, a los que la gente llama tepehuajes. También había abundancia de una variedad de árbol que no alcanza más de tres metros de altura, llamado timbre, que adopta unas formas retorcidas y caprichosas, casi fantasmagóricas. Por todos lados había maleza y malas hierbas; después de esos recorridos terminábamos con las agujetas, los calcetines y los pantalones cubiertos con unas espinas de cardo silvestre, muy difíciles de quitar. Siempre había que tener cuidado de los alacranes al mover alguna piedra o un trozo de madera a medio podrir.

La subida al cerro no era precisamente lo que uno se imagina por la palabra paseo; sin el aliciente de saber que estábamos escalando nuestro propio terreno, probablemente nunca la hubiéramos vuelto a hacer. En las secas era muy extenuante por el calor; en las lluvias, por el esfuerzo de ir abriendo paso a machetazos y por las ampollas que no tardaban en aparecer en las manos, tan poco acostumbradas a este tipo de labor. Ya en la cumbre nos dábamos el lujo de destapar nuestro refresco —en aquellos tiempos habría sido insólito pensar que alguien hubiese cargado una botella de agua—, nos sentábamos a descansar en algún claro, volvíamos a recurrir al machete para poder contemplar algo del paisaje, con el pueblo tendido por un lado y el lago con su oleaje y sus veleros por el otro, y emprendíamos el camino de regreso, que no era fácil, pues frenar con las piernas también cansa. Nuestro gusto era reconocer lo nuestro, y la satisfacción de alcanzar una meta difícil. El cerro, enorme y majestuoso, no era un espacio al que uno pudiera invitar a sus amistades para ir a pasear. Ahora, a la distancia, me doy cuenta de lo solitarios que eran esos recorridos, y creo que también eso sería parte de mi gusto. En esas caminatas puedo recordar el rostro de mi padre, el de mi hermano Fernando y creo que de nadie más.

En uno de esos paseos identificamos con mi padre un lugar que nos pareció ideal para construir una nueva casa. Era un paraje justo en el espolón del cerro, con el pueblo al frente, una barranca a un lado y la vista de la presa al otro, a una altura considerable a partir del nivel de carretera, pero a menos de un tercio de la altura total del cerro. Ese día íbamos con un amigo de mi padre, un intelectual que subió vistiendo saco. Fue mi padre el que dijo: «Aquí». No señalizamos con nada, pero ese «aquí» se convirtió en el referente para la nueva construcción: como el islote de los aztecas para la fundación de la Gran Tenochtitlan.

Los terrenos que nos dio la abuela Omma aún no los dividíamos entre mis hermanos y yo; el predio era como un lienzo en blanco. Podíamos hacer lo que quisiéramos sin salirnos de nuestros linderos, que siempre los vi lejanos. Nunca los recorrí, pues eran líneas rectas cerro arriba que atravesaban cañadas, rocas, desfiladeros y partes de montaña.

Con mi padre definimos el lugar para nuestra nueva casa, pero con mi madre hicimos la ejecución. Ella siempre fue la pragmática, la que verdaderamente hacía que las cosas se realizaran en nuestra familia. Yo era el del entusiasmo, a diferencia de mis hermanos, que no participaron en la construcción. Venía a Valle de Bravo con ella a ver al arquitecto; ella era la de los contactos y los conocidos. Le señalamos, más o menos, dónde se ubicaría la casa y al poco tiempo nos entregó un bosquejo. Sería una vivienda estilo vallesano, no muy grande, y lo principal —en lo que más insistió el arquitecto— tendría una orientación al sur, es decir, hacia el pueblo, y no hacia la laguna, como nosotros queríamos. Al poco tiempo él enfermó y dejó de dirigir nuestro proyecto.

La orientación fue ese pequeño gran consejo que nos ha permitido disfrutar la casa; pues si la hubiésemos puesto hacia el poniente, a las tres de la tarde habríamos tenido que bajar las cortinas y a las cinco salirnos a algún lugar, porque el sol es inclemente, sobre todo en el verano. Salvo ese consejo profesional que valió oro, todo lo demás lo hicimos con el método empírico. Contratamos a un maestro de obras en lugar de un ingeniero; en el tema de la electricidad nunca pensamos hasta que la casa estuvo terminada y lo mismo ocurrió con el bombeo de agua, que se resolvió hasta el final.

Construimos la casa con el corazón. Me parece que los técnicos nos hubieran desanimado si hubiesen señalado todos los obstáculos que habría que vencer. Logramos terminar esa obra sin mayor problema. La electricidad llegó por cable aéreo, sin cálculo previo; o sea que, por puro milagro, igual y nunca hubiera llegado. La bomba de agua nos salió barata gracias a las buenas gestiones de mi madre: una bomba rehabilitada que dio servicio por más de veinte años sin descomponerse.

Noche 46. Un Territorio. Dos Mundos

Citlali entornó los ojos, tratando de descifrar los títulos de unos libros amontonados en la estantería, apenas iluminados por la luz mortecina de la sala.

—Ensayo sobre la ceguera —leyó en voz alta, pasando el dedo por el lomo—. Qué nombre tan raro. ¿De qué se trata?

—De una epidemia donde la gente se queda ciega de repente, pero no ven oscuridad, sino un mar de leche blanca —le contesté, acomodándome de lado—. Al final, el autor te demuestra que la peor ceguera no es la de los ojos, sino la de la mente. Hay personas que ven perfectamente bien, Citlali, pero eligen no ver por pura comodidad. El autoengaño es el mejor refugio para mantener la paz.

—. ¿Quién se quedó ciego en esta historia?

—Todos nosotros. Tardé años en entender que en este cerro convivíamos bajo un pacto de ceguera voluntaria.

La convivencia en el rancho de Valle de Bravo pronto dio un giro inesperado. Teníamos dos casas: una sencilla, la de abajo, que había sido parte de las galeras del antiguo rancho; y la de arriba, más moderna y amplia. La de abajo la rentó mi madre por un tiempo a los guardaespaldas del señor gobernador —quien también tenía su propiedad en el rancho que fue de la abuela Omma—; otro tiempo estaría desocupada.

En algún momento mi hermano Fernando tomó la casa de abajo para él; la adornó muy a su estilo, con algunas antigüedades que encontraba por aquí y por allá, y le hizo algunas adaptaciones, como una pequeña pileta de agua, un horno para pan, un temascal y un baño seco. Había vivido algunos meses en la costa, en Puerto Ángel, y de allá trajo varias de esas ideas. Habilitó otra de las galeras del antiguo rancho como bar, colocó una barra grande de madera, la adornó con muchas botellas vacías y varias veces organizó algunos convivios agradables con primos nuestros.

—A ver, eso está curioso —intervino de pronto Citlali—. Eran tres hermanos y eran dos casas, y un hermano no venía, así que les tocaba de una casa por persona a ustedes dos, que estaban solteros.

—Y seguimos.

—A lo que voy. Yo me habría juntado con toda mi familia a cenar, jugar a la baraja o ver películas, y habría alquilado la otra casa, y con ese dinero pues hubiera hecho algo: comprar macetas, comer cecina en el mercado o lo que fuera.

—Fernando y yo, que crecimos juntos, jugamos al futbol juntos, estuvimos en el mismo internado y compartimos habitación por muchos años, de pronto nos volvimos dos extraños. Él traía sus ideas de cuando vivió en Puerto Ángel; por aquella época estaba muy metido en el tema de la sustentabilidad, reciclar cosas, hacer compostas, germinar trigo y bañarse en un temascal. Yo siempre tuve gusto por el campo, pero de ahí a sacrificar mi comodidad, tampoco…

—Pues yo creo que debió de haber habido algo más —insistió Citlali—. Pudo haber horneado su pan allá arriba, en la otra casa, con ustedes, germinar su trigo y todo eso…

—Seguro, debió de haber habido algo más. No me lo tomes como una mala respuesta, pero ¿cómo quieres que yo sepa lo que rondaba por su cabeza? Así funcionamos durante algún tiempo: Fernando en la casa de abajo y los demás en la casa de arriba, los que fuimos quedando. Primero faltó mi padre, a quien le tocó disfrutar la casa por poco tiempo. En las mañanas le gustaba trabajar en el campo; a él le debemos los pinos que hay en la calzada y que nos dan sombra todas las mañanas. Luego faltó la abuela Omma, quien murió a tres meses de cumplir los cien años, y fue quien nos dejó las tierras. Mi hermano Gabriel y su familia vinieron muy poco, pues cuando tenían oportunidad de regresar a México se quedaban en la capital visitando parientes y amigos. Mi madre dejó de venir con tanta frecuencia; muchas veces se quedaba en la ciudad acompañada de su ahijada, a la que adoptó como una hija, y de los hijos de ella, que fueron como sus nietos, a los que sí tuvo oportunidad de frecuentar.

Así que en Valle de Bravo éramos Fernando abajo y, arriba, yo, en la casa familiar. A él le tocaron terrenos muy buenos, con bonitos bosques y fácil acceso, y ahí levantó dos cabañas muy rústicas, de adobe y teja, sin servicios, pero ahí le gustaba ir a pasar el día y organizar algunos convivios con sus amistades. Mi madre, que era buena para poner nombres a los lugares, lo bautizó como El Catire. Curiosamente, nunca encontramos un nombre para la casa nueva, la del cerro.

Para llegar arriba tenía que pasar obligadamente por la casa de abajo. A veces veía a Fernando haciendo algo de jardinería, lavando su carro o haciendo cualquier otra cosa, pero pronto me llamó la atención que casi siempre le ayudaba un muchacho bastante joven, prácticamente un niño, lo que no es inusual en estas zonas semirrurales. Me daba la impresión de que no le daba gusto encontrarse conmigo. Varias veces me hizo la observación un primo mío de que había visto a Fernando allá abajo. No tengo clara la secuencia de las cosas, pero se fueron juntando algunos indicios que nos hacían arquear las cejas.

Fernando comenzó a descuidarse un tanto en su aspecto físico: no se rasuraba, utilizaba ropa desgastada, muy holgada, a veces sucia con barro, y se ponía algún sombrero de paja no muy reluciente. Mi hermano Gabriel, una vez que vino, lo describió como un clochard. Después no lo veía nada más con ese chico, sino que el círculo fue creciendo hasta volverse una pequeña pandillita de seis o siete muchachos, todos ellos muy jóvenes, digamos que adolescentes, y por su aspecto, todos de condición humilde. Organizaba con ellos paseos a otros pueblos y comunidades de la región, traían plantas y cactus exóticos, así como piedras grandes que fueron adornando su Catire. Él era el director de orquesta y no dejaba de ser llamativo verlo con su séquito. Todos lo vimos circular alguna vez por los caminos del rancho con su pandilla, a la que alguien nombró un día como «la banda del camioncito blanco», pues utilizaba un Nissan tipo estaquitas. Con su banda hizo más adobes y algunas otras construcciones, como un gran tejado rústico donde a veces guardaba un auto Audi TT deportivo lujosísimo, en marcado contraste con el lugar.

Nunca dialogué con él sobre esta forma tan peculiar de convivencia que tenía con su banda. Mis primos me insistían en abordar el tema para darme sus teorías, y siempre procuré esquivarlo como mejor pude.

—Pues me parece que no habría que darle tantas vueltas al asunto —me interrumpió Citlali.

—Las instalaciones de El Catire eran para pasar el día. Fernando seguía pernoctando en la casa de abajo. No recuerdo cuáles fueron las circunstancias exactas, si alguien me dijo o yo me di cuenta. El hecho es que amanecí un domingo, comuniqué por teléfono mi decisión a mi madre, tomé mi cuatrimoto y bajé a la casa de abajo. Sin más trámite me metí. En una habitación estaban dos muchachos tendidos en el suelo, fumando; en mi carácter de copropietario les pedí, o les ordené, que se salieran. En las siguientes habitaciones, lo mismo. No conté a cuántos muchachos desalojé ese día de mi «copropiedad», pero fueron varios. Salían entre desganados y desconcertados, pues siempre pensaron que tendrían la protección del «licenciado Fer».

Él no estaba en ese momento, pero regresó después del desalojo de esa gente. Estaba furioso. Me recriminó haber invadido su privacidad y su vivienda; algo alegué de que esos muchachos tenían malos antecedentes, mala fama pública y que había evidencias de su consumo de sustancias. No logré aplacar su ira. Solo al final soltó una frase: «Me siento absolutamente solo». No dije nada; no supe qué. Al paso de los días acordamos entre todos, con mi madre, que esos jóvenes no podrían seguir ahí. Así se hizo. Pero la diferencia de fondo nunca la abordamos.

—Oiga —dijo Citlali—, a mí me queda clara cuál es su onda. Usted es el que no quiere ver.

—Hay una vivencia de hace muchos, muchos años que decidí enterrar para siempre en mi memoria, pero que vuelve y vuelve, como ahora. De la manera más casual, en la casa donde vivíamos antes, en la avenida Constituyentes, me di cuenta de algo a través, digamos, de un pequeño detalle. Como si yo fuera a tu estética a cortarme el pelo y un día te dieras cuenta de que uso peluca.

—Eso jamás pasaría. Me daría cuenta a la primera.

Noche 47. Don Quijote Cabalga de Nuevo

 

Era una tarde lluviosa. La bruma no permitía distinguir desde la ventana las torres de la iglesia, que son las que primero aparecen a la vista. Los vidrios estaban empañados, además. Citlali se paseó frente a la estantería, tomó un libro de arte un tanto al azar, y hablando consigo misma, en voz muy baja, alcancé a escuchar:

—A veces me pregunto qué pensaría su abuela Omma si viera que su cerro se volvió el escenario para  los pleitos familiares.

—No lo pensaría. Sencillamente no hubieran sucedido. Los tlatoanis y los sumos sacerdotes, cuando más hacen falta, es cuando ya no están.

 

 

Poco después del desalojo de «la banda del camión blanco», Fernando dejó la casita de abajo y comenzó a instalarse en sus cuartos de adobe en El Catire. Fiel a sus costumbres, instaló un calentador de leña, compró unas lámparas de gas o petróleo, jaló una manguera y se hizo de los servicios básicos: todos menos la electricidad. Me parece recordar una escena en la que dijo: «Madre, te entrego tu casa», pero no estoy totalmente seguro. Sin embargo, con el tiempo me pareció que disfrutaba mucho de su Catire y que las diferencias del pasado habían pasado a segundo término. Cuando venía mi madre conmigo, Fernando siempre pasaba a saludarla y ella siempre lo invitaba a desayunar o cenar; conmigo el trato era cordial, pero mínimo.

Por aquellas épocas sufrimos algunos robos en la casa. Primero fue el tanque de gas y luego algunos otros artículos sin mucho valor, pues es una casa de campo. La alarma surgió cuando se robaron unos tubos de cobre, posiblemente del calentador. Teníamos un cuidador que vivía abajo; llevaba yo buena relación con él por aquel entonces y de él nació la hipótesis de que los hurtos podrían ser atribuibles a los muchachos del camión blanco. El fierro viejo ya tenía desde entonces un buen valor de reventa. No lo comprobamos nunca, pero yo me quedé con la certeza de que fueron ellos. Habían migrado, poco a poco, junto con Fernando hacia El Catire. Desconozco si pernoctasen ahí, pero Fernando muchas veces se refería a ellos como sus trabajadores, así que tenían libertad para entrar y salir del rancho. Alguna vez le comenté mis sospechas, al igual que lo hizo mi madre. Fernando se irritaba bastante apenas se mencionaba el tema de esos jóvenes; varias veces nos dijo que éramos unos prejuiciados, que sospechábamos de la «gente pobre» sin ninguna base y que, en todo caso, fuéramos al Ministerio Público a poner una denuncia. Nunca lo hicimos. Pero se siguieron acumulando incidentes en torno a los muchachos del camión blanco, algunos de ellos menores, hasta que ocurrió uno mayor.

Hay unos caminos que interconectan las propiedades de nosotros con las de mis tíos y primos. Una noche se acercaron en el camión blanco hasta la casa de mi tío Felipe para recoger un cable de alta tensión que supuestamente estaba caído por ese lugar. Algo les falló, pues hay muchos desniveles y barrancas: el cable dio un chicotazo contra las líneas que alimentan la casa del tío y provocó un cortocircuito masivo que fundió refrigeradores, televisores y otros aparatos. Tal vez no se percataron de lo ocurrido, o tal vez fueron osados y temerarios. A la mañana siguiente regresaron para intentar de nuevo hacerse de ese cable. Los vigilantes de mi tío ya se habían percatado del incidente de la noche anterior; no fue extraño que los detectaran de inmediato en cuanto volvieron. Por alguna circunstancia, mi tío también estaba presente. Esperaron a que bajaran del camión a buscar el cable y, cuando se alejaron un poco, mi tío se metió a la cabina y simplemente retiró la llave.

No me queda claro cómo se desarrolló el escándalo. Supe que en los días posteriores ingresaba una patrulla de seguridad pública al rancho para hacer rondines. Mi tío presentó una denuncia formal y hubo las diligencias correspondientes, en las que apareció Fernando en su calidad de «patrón» de los muchachos. Me parece que hubo algún tipo de arreglo económico entre ellos; mi tío les otorgó el perdón para que quedaran libres e inclusive recuperaron el control del camión blanco. Por mi madre supe que Fernando tendría un desayuno con mi tío para aclarar las cosas.

—¿Cómo le fue? —le pregunté después.

—Muy bien —me contestó ella—. Dice Felipe que platicaron muy a gusto sobre el petróleo.

Con el tiempo fui conociendo más detalles sobre la relación de mi hermano con esos muchachos. Él los apoyó económicamente para que hicieran algunos emprendimientos que no prosperaron. A uno de ellos lo mandó a trabajar con un amigo a Puerto Ángel; terminó mal, parece que hubo un incidente de robo. Les construyó unas viviendas en otro predio que él tiene; por ahí siguen hasta la fecha. Aparentemente les da algún trabajo de mantenimiento o de jardinería; la verdad es que ya no me interesa. A uno de ellos lo asesinaron en Tepic por motivos que desconozco; otro estuvo preso en la cárcel de Valle de Bravo; todos tienen mala fama en el barrio donde viven y me dicen que ya no salen, pues los vecinos ya se hartaron de ellos. En una ocasión mi madre fue a ese predio donde habitan —pues ella fue la que se lo donó a Fernando— y me cuentan que se deprimió muchísimo al ver a «unos muchachos arrastrados en el piso, con los ojos vidriosos, drogados». De todos ellos, que parece son familiares, solo una muchacha salió adelante. Nunca he hablado con Fernando de ese tema, pero me parece que es su «experimento de redención social».

—Parece serie de televisión —soltó Citlali, una vez que terminé el relato. No me había interrumpido ni una sola vez, como solía hacerlo—. El niño rico que ayuda a los niños pobres… —dijo de pronto—. Ese guion ya me lo sé. Van a salir todos raspados. Pero dígame, ¿su madre intervino en algo?

—Creo que nunca supo cómo intervenir: ni en la vida de Fernando, ni en la diferencia entre nosotros dos. Ella tenía en su sangre, en su ADN, esa necesidad vital de ayudar a los demás. Trabajó muchos años de voluntaria en los hospitales, iba a las zonas pobres del Estado de México a llevar sarapes y alimentos, siempre buscaba una forma de ayudar a quien lo necesitara. Pero ese altruismo de mi hermano es otra cosa; ella tampoco lo pudo entender.

—Oiga, ¿y usted, que tampoco se ha casado, que también tiene por ahí su guardadito, nunca ha hecho su «experimento social»?

—¡Uy, Citlali, si yo te contara…!

—¡Va! Pero mejor mañana.

Noche 48. La Sugar Baby

—«Estoy embarazada», fue lo que decía el mensaje que me llegó esa mañana .

—No puede ser —pensé—. A mi edad esas cosas ya no suceden.

—Pues sucedió.

Ya llevábamos unos cinco años de relación. Nos veíamos alrededor de una vez al mes, pero en ese tiempo los encuentros ya eran suficientes para conocernos relativamente bien. Así que le creí, o le quise creer; no correría el riesgo de esperarme hasta el final para hacer una prueba de paternidad. Me asumí como responsable y solo le dije: «Voy pronto a México, allá platicamos; mientras, haz ese examen que falta para que estés completamente segura».

Sentí una especie de euforia esa mañana. En parte era el orgullo de haber preñado a una mujer; en parte, la emoción por un bebé que vendría. Tendría yo unos sesenta y cuatro años en aquel entonces; nunca me había casado y tampoco había tenido hijos. Mi sugar siempre me preguntaba la razón de no haberme casado y tener descendencia, a lo cual siempre respondía con generalidades del tipo «nunca llegó la mujer adecuada» o «las circunstancias nunca se prestaron», pero en el fondo no tenía clara la respuesta, ni la tengo ahora, y tal vez nunca la tendré.

Llegó la comprobación del laboratorio: no había duda, tenía un embarazo de unas siete semanas. A la par de la emoción, también me puse a investigar las alternativas posibles y una de ellas era, evidentemente, la interrupción voluntaria del embarazo. En aquel entonces no era legal en el Estado de México, donde ella radicaba, pero sí en la Ciudad de México, siempre y cuando fuera antes de las doce semanas de gestación. No había mucho tiempo para decidir.

A la semana nueve hablé con ella en mi pequeño refugio en la colonia Juárez. La esperé tomando unos tragos de tequila, pues siempre demora demasiado: viene desde el municipio de Los Reyes-La Paz. Primero camina hasta la parada de una combi, luego toma un autobús que la deja en la terminal del tren suburbano, transborda al Metro y, finalmente, camina otro poco hasta llegar a la casa. Normalmente, desde que avisa que viene hasta que llega, transcurren por lo menos tres horas y a veces hasta cuatro, dependiendo del tráfico, la lluvia y las manifestaciones.

Analizamos la situación con mucha serenidad. Ella tiene ya una pequeña hija, de unos ocho años, producto de una relación adolescente que no funcionó, salvo para que ella se saliera de donde vivía, dejara la preparatoria trunca y quedara embarazada. Nunca habló con claridad sobre ese tema; concretamente, si quería o no tener a esa criatura. Ya hacia el final de mi relación con ella me confió que en aquella ocasión no se dio cuenta del embarazo sino hasta que fue demasiado tarde, pues tenía la regla muy irregular. Desde que nació la niña, a sus dieciséis años, le tomó el cariño verdadero de una madre y me constan todos los trabajos que ha pasado para sacarla adelante.

Pero esa noche en mi refugio de la Juárez el tema era este segundo embarazo del cual yo era el presunto responsable. Expuse mis ideas sin un plan preconcebido, pero la conclusión era obvia:

—Te llevo nada más que cuarenta y tres años —le dije—. La probabilidad de que nuestros caminos se hubieran cruzado era bajísima, pero sucedió aquella noche en el bar.

Ella trabajaba de mesera hostess y yo iba ahí con cierta regularidad. Me dio su número, nos vimos al día siguiente y, sin hablarlo, se inició esa relación de sugar en la que uno provee y la otra consiente. Tan grande era esa brecha generacional que nunca nos atrevimos a salir juntos a ningún lugar. Nos hubiéramos sentido incómodos ante la mirada de los demás comensales: «Miren a ese tipo, cuánto pagaría; vean a esa chava, no parece que sea, pero mírenla nada más…». En el escenario de que viniese ese bebé al mundo, o bien nos enfrentábamos a toda la sociedad, o bien seguíamos con nuestra relación clandestina. Entre dos funciona, pero entre tres es imposible. Y al paso de los años, aquel niño hipotético también tendría que enfrentar la realidad de quiénes habríamos sido sus padres: una madre joven y un hombre ya muy mayor, sin ganas de jugar ni de educar. O el escenario podría ser que yo fuera un padre ausente, etéreo, lo cual tampoco sería lo ideal para el niño; y para mí hubiese sido insoportable saber que un hijo mío se criara en un ambiente francamente malo, como ya había percibido que era el entorno de la casa del abuelo donde ella vivía en Los Reyes-La Paz.

—¿O sea que no? —preguntó ella, después de escucharme con atención.

—No.

Las semanas siguientes se pasaron rápido: primero en ubicar una buena clínica que garantizara su salud; luego, en convencer a la hermana para que la acompañara en el procedimiento y, creo, también algunos exámenes previos que eran necesarios. El hecho es que el procedimiento se realizó casi en el límite, aún en la semana doce . Ya sabía yo que la decisión tendría sus consecuencias en el tiempo, sobre todo para mí: había cancelado la única oportunidad que me presentó la vida para tener descendencia, pero muy a destiempo, eso es innegable. No me arrepiento de la decisión, pero sí me causa tristeza y congoja.

Después del procedimiento la volví a ver; todavía tenía unos calambres fuertes en el vientre. Le dije lo que ya había hablado con ella muchas veces: que para mí era cómoda y conveniente la relación que teníamos, pero que yo quería que ella rehiciera su vida con una persona de su edad, con la que pudiera tener una relación armoniosa.

—Después de lo que sucedió —le dije— ya no tenemos derecho a seguir jugando con la vida ni con el destino. Nos vamos a dejar de ver; te voy a dar un dinero para que pongas tu negocio.

Se lo di en dos exhibiciones: fue bastante, suficiente para conseguir el traspaso de una miscelánea que ya estaba en marcha por el rumbo donde ella vivía. Al cabo de unos seis meses supe por ella que le había ido mal: que llegaron unos extorsionadores al negocio, que no quiso acceder al chantaje, que cerró y traspasó la tienda, y que la misma tarde que iba con el dinero del traspaso hacia su casa la asaltaron y le quitaron todo. Es la historia de aquel capital. Tiempo después ella me mandó preguntar con un conocido de ambos si me gustaría volverla a ver. Accedí y se reiniciaron los contactos furtivos en el refugio de la colonia Juárez. Pero toda relación lleva una dinámica y las cosas ya no volvieron a ser iguales.

Sin darme bien cuenta, me comencé a cansar de la trampa de la pobreza. En una ocasión le equipé el departamento que tenía alquilado y perdió bastantes cosas cuando la echaron por problemas de drogas de su roommate —de lo cual me enteré mucho después—. El resto de las pertenencias las perdió en una inundación en la casa del abuelo donde vivió después, como resultado de las lluvias torrenciales en el Valle de México y los malos drenajes y desagües en los municipios del oriente del Estado de México. El colchón se dañó cuando se colapsó un techo de madera y láminas de cartón que cubría su cuarto, y la computadora que le compré se la robaron algunos de los muchos parientes que iban a esa casa del abuelo, que por cierto no le tenían un particular afecto por tratarse de una «arrimada». No era muy dada a relatarme las condiciones tan precarias de su vida, pero era inevitable que de pronto brincara algo en una conversación, como cuando la invité a la casa de mi rancho y me comentó que estaba bonito el techo.

—Pero si es nada más una losa de concreto.

—Por eso.

La ayudé con el menaje de casa: le compré un colchón el día que llegó adolorida por haber dormido en tablas; le compré la computadora cuando iba a terminar la preparatoria en línea, más la cantidad que le transfería después de cada uno de nuestros encuentros. Y de todo ese apoyo no quedaba nada: se esfumó en la espiral de la pobreza. Hay un sentimiento de frustración al no poder rectificar el rumbo de una persona, por más que uno lo intente; es más poderoso el medio social y las condiciones familiares. Madre soltera, abandonada por su madre y con un padre tullido, la inercia de la vida opera en su contra. Hasta que llegó un punto en el que dije: «Ya no más».

Hubo dos detonantes adicionales para terminar la relación, como si todavía hubiesen hecho falta. En los últimos años mi libido comenzó a disminuir, pero yo seguía funcionando básicamente bien. El encuentro final ocurrió cuando me visitó de nuevo en el rancho; iba a ser su cumpleaños y decidió ponerse a cantar y a tomar, cosa que nunca antes había sucedido. No estaba de humor para ese tipo de convivencia; nos fuimos a acostar y ella se durmió de inmediato.  Al día siguiente fuimos a desayunar —una de nuestras pocas apariciones juntos en lugares públicos—, la llevé a la terminal de autobuses y no la he vuelto a ver. Incumplió el pacto implícito que teníamos y, para ser sincero, el horno no estaba para bollos.

Citlali estuvo muy callada toda esa noche. Era inusual. No me interrumpió, no hizo bromas, no buscó la frase que solía desatar el nudo de mis historias. Nunca supe lo que pensaría. La oí decir cuando ya se iba, en un tono lacónico muy poco habitual en ella:

—No todo sale bien en La casa de las bellas durmientes.

 

Noche 49. La Embestida Final. Los Demonios Andan Sueltos

—Ahora que venía subiendo por el camino empedrado que llega a la casa, me detuve a media cuesta a descansar y me quedé mirando los chorros de luz que salen de unas casas que están por allá arriba. También vi las luces del pueblo. Aquí en su cerro, es el único lugar de Valle de Bravo que está como la boca del lobo.

—Estamos rodeados de una gran oscuridad, dije en un tono críptico, que no le pasó inadvertido a  Citlali, porque señaló:

—Una oscuridad que no es solamente la falta de luz…¿la tenebra?

Cuando nos heredó mi abuela Omma, a todos nos entregó una carta que decía: «Ahora eres propietario de este pedazo de terreno; te pido que no lo vendas», con la última palabra subrayada. Falleció en 2005 y, unos años después, todos los primos que habíamos heredado estábamos explorando las posibilidades para venderlos. Las condiciones de 2010 eran muy distintas a las de 1988, cuando recibimos la herencia; sobre todo en términos personales. La mayoría nunca tuvo el tiempo ni la posibilidad de arraigarse en Valle de Bravo; crecieron e hicieron su vida en otros lugares. Por allá se casaron sus hijos, nacieron sus nietos… Y todos tenían algún proyecto personal que realizar, o sencillamente la necesidad de liquidez para cualquier cosa.

En nuestro caso, mis hermanos y yo no teníamos tal urgencia, pero la venta de los terrenos parecía una salida lógica a nuestra situación; permitiría finiquitar las copropiedades que tantos problemas me habían dado y darnos la oportunidad de construir otro futuro. Yo siempre he tenido cariño al cerro; en mi fuero interno, en el más íntimo, no albergaba ganas de vender, pero sentía que no debía oponerme a una situación que favorecería a la familia entera y que, ante la falta de descendencia de Fernando y mía, daríamos al rancho un cauce adecuado para su porvenir. Siempre he observado con tristeza predios, tanto en los pueblos como en las ciudades, que se quedan a la deriva, suspendidos en el tiempo, poblados de fantasmas.

Un sobrino segundo nuestro, con mucho empeño, promovió todos los terrenos que habían sido de nuestra abuela Omma en su conjunto entre grandes desarrolladores. Él había estudiado artes dramáticas y a todos llamó la atención su brinco a promotor de bienes raíces a gran escala. Estudió bien los esquemas que se utilizan para este tipo de desarrollos, que básicamente consisten en la aportación de los terrenos a un fideicomiso, el cual se encarga de construir, vender y repartir el dinero entre los aportantes. Ninguno de nosotros tenía experiencia en grandes desarrollos —todos habíamos comprado o vendido en algún momento una casa o un departamento— y estábamos con la idea de que podríamos hacer una venta directa: «Dando y dando». Nuestro sobrino puso mucho esfuerzo en tratar de explicarnos la realidad de los bienes raíces a través de una serie de largos correos electrónicos explicativos, pero o no estábamos preparados, o no fuimos lo suficientemente receptivos. Todo ese esfuerzo no fructificó; pero algo aprendimos y, unos años después, establecimos contacto con otros desarrolladores. Negociamos los contratos de fideicomiso, los firmamos y, cuando ya creíamos que todo caminaría bien, la Procuraduría Ambiental multó duramente a nuestros desarrolladores —ellos dicen que a la mala— y el resultado fue que se desanimaron y desistieron de seguir adelante con nuestro proyecto.

Durante esos años en que tratamos activamente de vender el rancho, mi relación con Fernando fue bastante buena. Comentábamos seguido los correos de mi sobrino, platicábamos sobre nuestros avances con los desarrolladores y sobre las particularidades de los contratos. Esos intentos de venta nos unieron más que todos los años anteriores en los que compartimos la posesión de los terrenos. La evolución posterior de los acontecimientos, sin embargo, nos volvió a desunir; esta vez, mucho más profundamente. Cuando los empresarios a los que aportamos los terrenos en fideicomiso se echaron para atrás, surgió un personaje que hasta entonces había sido marginal. A la salida de su despacho, nos abordó a Fernando y a mí en el elevador: «Miren, yo tengo manera de conseguir clientes para sus terrenos». Sin pensarlo mucho, confiamos en él. Pensábamos que mientras no firmáramos ningún contrato seguíamos pisando terreno seguro.

Pronto nos habló para comunicarnos que tenía un comprador para la fracción de mi hermano Fernando por una cantidad bastante atractiva; que convenía vender ese primer predio y que los demás predios, es decir, el de Gabriel y el mío, así como las copropiedades, también se venderían. A todos nos pareció bien. Cené con Fernando en un restaurante de comida italiana que está frente a mi casa en la colonia Juárez. Por algún motivo la conversación comenzó a salirse de cauce. Recuerdo haberle dicho: «Si nos levantamos de aquí enojados, esto se acabó». Más tarde me preguntó si yo creía que la venta que él haría nos beneficiaría también a Gabriel y a mí. Le contesté que decidiera libremente si la venta le convenía o no. Me dijo que él, a veces, lanzaba este tipo de preguntas abiertas para formar su criterio y tomar su decisión. La cena no terminó mal, pero tampoco me dejó un buen sabor de boca.

Comentamos después un proyecto de compraventa que le enviaron en el departamento de nuestra madre, en Tlatelolco. Se había mudado para allá para estar cerca de su hija adoptiva y sus nietos, que allá vivían. En esa versión de contrato, la participación de Fernando en las copropiedades pasaría a nuestro promotor; además, yo tendría que dar servidumbre de paso por mi terreno para que todos pudieran acceder a los terrenos de la cumbre, donde el promotor tenía planeado hacerse una residencia con una de las vistas más hermosas de todo Valle de Bravo. Yo no lo vi mal; ese cambio en las copropiedades podría significar el final de los conflictos que habíamos vivido por tantos años. Sin entrar en muchos detalles, pasaron los días y no tuve noticias del promotor. Mi madre preguntaba a Fernando y, también, sin novedad. Un día mi madre comentó: «Dice Fernando que lo presionan demasiado».

En esas estábamos cuando el promotor me invitó a comer a la casa club de un fraccionamiento muy exclusivo por el poniente de la ciudad. Varias veces comenté a Fernando sobre esa comida y no me confirmó su asistencia. Mientras me dirigía hacia allá por la avenida Constituyentes, me entró una llamada de Fernando, quien me dijo con voz nerviosa: «Ya vendí». Después de un momento de desconcierto, pregunté: «¿Y ya te pagaron?». «Sí, me dieron tal cantidad como garantía de cumplimiento». Llegué a la comida con el promotor, en una terraza con ventanales amplios con vistas hacia el campo de golf; iniciamos la conversación como si nada hubiese pasado, pero poco a poco fue aflorando mi molestia. Fernando no me había avisado de la operación con anticipación y el promotor tampoco: una clara descortesía por parte de ambos.

Lo que siguió después fue muy desagradable. Mi madre también se molestó al no haber sido avisada ni consultada; nos convocó a Fernando y a mí a platicar en su departamento. La tensión se sentía en el ambiente; hubiese sido fácil cortar el aire con un cuchillo. Mi hermano nos comentó los detalles de lo que había firmado. En esencia, o vendía, o perdía el depósito en garantía y pagaría una penalidad bastante alta. Se comprometía con el promotor a llegar a un «acuerdo de voluntades» con nosotros para cederle la parte de la copropiedad donde pretendía hacer su mansión.

Durante los días siguientes mi dilema fue acceder a ese acuerdo de voluntades o echar por tierra esa operación que parecía sensacional para Fernando y, en ese momento, tampoco tan mala para nosotros por las oportunidades que podría abrir. Decidí seguir adelante y la operación de Fernando comenzó a caminar, con una serie de pagos que quedaron secuenciados para los siguientes meses. Fue por esas fechas que mi madre comenzó a referirse al promotor como Walander, que es el apellido del héroe de una saga de novelas policiacas suecas, un tipo muy astuto.

—¿Su madre leía novelas policiacas? —preguntó Citlali.

—Sí, se leyó todas las de Henning Mankell. Toda su vida fue una buena lectora de novelas, de historia, de poesía… Un poco de todo. Siempre se daba un buen tiempo por las noches. A los noventa y dos años se operó de cataratas, por cierto, con el hijo de un amigo médico para poder seguir disfrutando de sus libros.

—Y cuénteme, ¿cómo era ese Walander? De seguro un tipo muy embaucador.

—Era un tipo con carisma. No hablaba mucho, pero sabía apantallar. A los pocos días de conocerlo nos regaló una perrita finísima, cazadora, muy veloz…Invitaba a buenos restaurantes en Polanco o Santa Fe… Un día fui a su casa; una mansión con un jardín volado que dominaba todos los edificios de Santa Fe y las colinas de atrás. Los pasillos y salones eran de doble altura…forrados con mármoles o maderas finas…era como entrar al edificio de un museo moderno.

Me tocó llevar la relación con Walander, quien se asumió temporalmente como nuestro copropietario. Fernando se hizo a un lado, y Gabriel vivía en Roma.  Walander hablaba de un desarrollo de alto nivel, y decía tener los contactos necesarios para obtener los permisos ambientales de la SEMARNAT.  Uno de sus conocidos era cercano al próximo gobernador del Estado de México. El predio que asumía que sería de él, así como los nuestros, tendrían excelente plusvalía. Por diferentes razones, la relación con Walander se comenzó a deteriorar, sobre todo, por su falta de claridad en sus planteamientos. Nunca fue capaz de entregarme algún planteamiento por escrito con algún esquema de negocio. En sus visitas constantes al Rancho se comportaba como si fuese el nuevo patrón, hasta que me colmó la paciencia. —Walander, le dije—las copropiedades de Fernando no deben pasar a ti, sino a Gabriel y a mí. Me sorprendió que aceptara, casi sin alegar.

Con ese cambio, se desataron estados de ánimo que nunca imaginé. Fernando pasaba de ser a los ojos de mi madre, ya no el hermano que actuó mal al ocultar una operación del interés familiar, sino en el hermano benefactor. No sé cómo ni cuándo operó ese cambio de narrativa. Mi madre estaba ciertamente confundida. En la nueva versión de Fernando, él había vendido por ayudarnos; en la mía, había actuado mal por orillarnos a aceptar un acuerdo poco claro para nosotros y ventajoso para él.  Mi madre me recriminó a mí que hubiese vendido la cumbre del cerro. —Pero si yo no he recibido un solo peso. —Pues Fernando dice que fueron Ustedes. Dio inicio a  una serie de malentendidos, de malas interpretaciones y después de malos modos. Un día, literalmente, estuve a solo un último impulso de lanzar un golpe sobre Fernando. No lo hice, pero la intención resultó evidente.

Mientras tanto, Walander seguía paso a paso con su proyecto de quedarse con el copete del cerro. Hizo una serie de gestiones en el municipio y en oficinas federales para llegar a una subdivisión formal que le permitiera volverse propietario. Contó con un gestor muy eficiente, pero que sacaba los documentos necesarios con trucos y mañas, algunos en mi perjuicio. Un día supe que llevó al mismísimo Comisionado Federal de las Areas Naturales Protegidas a nuestros terrenos, para que seleccionara su terreno y otro para su hermano que pronto sería gobernador. Entre los malos humores que había en la familia, mis sospechas de los documentos irregulares que obtenía Walander, y sencillamente, tal vez por hartazgo, un día que me habló Walander para decirme que tenía que firmar los papeles de la subdivisión, le dije: -Nadie cumple con nada. Esto es un desastre. No voy a firmar. Al colgar, me asomé por la ventana de mi habitación, y contemplé el Citlaltépetl en toda su majestuosidad, a la luz de la tarde que comenzaba a caer: —Te acabo de mandar de regreso a la Edad Media, a la oscuridad de los tiempos pasados, le dije.

Tuve la certeza de que había cruzado un punto de no retorno, pero estaba lejos de sospechar lo que sucedería. La mañana del último día del sexenio de Enrique Peña Nieto, me crucé en el internet con el Plan de Manejo que había emitido la SEMARNAT para la región de Valle de Bravo. No traía planos; solo hablaba de polígonos y daba las coordinadas de los puntos de cada uno. Algo sabía yo del tema por mi paso en la Secretaría de Agricultura; fui plasmando uno por uno los puntos en el google earth, y para mi sorpresa, todos los terrenos de Gabriel y los míos, así como las copropiedades, se habían convertido en el Sancto Sanctorum del área natural protegida de Valle de Bravo: Con una restricción absoluta de construcción, y ningún uso productivo, ni agrícola, ni ganadero ni forestal. Solo se nos permitiría, según ese decreto, filmar documentales previa autorización, hacer colectas científicas de semillas y frutos silvestres, así como el aprovechamiento de madera caída, pero no su comercialización. Irónicamente, el Citlaltépetl, un cerro sin agua, quedó dentro de un polígono denominado “zona de captación de agua”.

Citlali checó la hora en su celular, dijo que era tardísimo, desconectó su cargador, enrolló el cable y añadió:

—Son tantísimos temas. Desobedecieron a su abuela, lo primero, y se tomó el dedo meñique para comenzar a contar.

—Lo segundo, se unieron para vender, pero no podían convivir, su hermano y Usted. Vaya socios; y tomó también el anular.

—Lo tercero, les salió un vivales, el tal Walander, y ahí van como mansos corderitos. Se apretó  el dedo medio.

—Lo cuarto, hasta al Walander ese se le apareció el chamuco…Me imagino que, con ese decreto, el gobernador también lo mandó a recolectar flores.

Vi que ya nada más le quedaba un dedo, el gordo.

—Y lo quinto, algo me dice, que acabó saliéndose con la suya.

Nos quedamos mirando un segundo y, casi al mismo tiempo, soltamos una carcajada. Fue un destello de complicidad irónica que flotó en el aire, pero conforme la risa se fue apagando, cobré conciencia de la fatalidad que Citlali había resumido con tanta gracia. Ver el desastre de treinta años de mi vida sintetizado en cinco dedos me pareció un acto de magia surrealista, como si ella fuese la hechicera que con esos gestos desnudaba mi mayor contradicción: el decreto de la Semarnat me había costado una fortuna en valor comercial, pero al congelar la tierra, me había regalado la victoria que mi fuero interno tanto anhelaba. El desastre había preservado  mi montaña.

Nos quedamos mirando un segundo y, casi al mismo tiempo, soltamos una carcajada. Fue un destello de complicidad irónica que flotó en el aire, pero conforme la risa se fue apagando, cobré conciencia de la fatalidad que Citlali había resumido con tanta gracia. Ver el desastre de treinta años de mi vida sintetizado en cinco dedos me pareció un acto de magia surrealista, como si ella fuese la  hechicera que con esos gestos modificó el curso de mi vida.

Ella comenzó a guardar unos cuadernos en su morralito, preparándose para marcharse. Yo la seguía atónito con la mirada, cuando de pronto se detuvo, volteó y preguntó:

—¿Y su tío, el político, no los ayudó?

—Tuve oportunidad de plantearle el tema a un amigo mío que era senador de la República y él, a su vez, al secretario de la Semarnat. Días después, en su oficina en el Senado con vistas al llamado «Patio del Federalismo» —que tiene la forma de semicírculo inverso—, me confió: «Me dijo Rafael[10] que primero arreglen el tema con su tío». Me sorprendió, pero no del todo. No hay duda de que mi tío Ignacio era un ecologista entusiasta. Algún pariente me relató que en alguna ocasión habría manifestado su deseo de que el cerro de San Antonio se mantuviera como reserva ecológica. Un exgobernador siempre conserva algo de influencia dentro de su estado. Él había encabezado una comisión importante para el manejo del agua en la cuenca Amanalco-Valle de Bravo, y fue en ese tiempo cuando se declaró a nuestros terrenos parte del «Parque Estatal Santuario del Agua» durante el mandato de Arturo Montiel.

En años posteriores mi tío encabezó los trabajos para el Programa de Manejo del Nevado de Toluca, durante el gobierno de Enrique Peña Nieto. Cuando la Semarnat tomó la decisión de hundirnos con el decreto de 2018, él se movía aún en los altos círculos de la política local y con mucho contacto con las autoridades ambientales a nivel federal.

—No creo que mi tío haya hecho nada para perjudicarlos —me dijo un primo durante una comida.

—Pues entonces tu hipótesis es que se lo «chamaquearon».

La sospecha carcome; la verdad, al menos, libera. En 2025 un abogado que representaba a mi cuñada analizó el tema y nos reportó en un desayuno: «Me dicen mis contactos que fue una venganza política, por haberle prometido al gobernador algo que no le cumplieron». Y aclaró: «Que no fue ninguno de ustedes, sino que fue a través de una tercera persona». Me quedo con la verdad del abogado. Fue Wallander.

—Oiga, ¿y a sus primos les pasó lo mismo?

—No, a ellos no; el polígono los tocó solo de refilón. Los del cerro de junto sí iban a salir perjudicados, pero antes de que saliera el decreto de 2018 ellos obtuvieron sus permisos para desarrollar. Por eso ves que estamos rodeados de luz en medio de tanta oscuridad.

—Lo bueno es que ahora nadie les tendrá envidia… —concluyó Citlali, con un extraño sentido del humor que no le conocía.    

Noche 50. Mi hermano Gabriel

Hasta que Citlali me dio una palmada en el hombro, me percaté de que ya había llegado. Estaba absorto con la mirada fija en una pequeña colección de cactus miniatura que coloqué en el vano de la ventana.

—Hace cinco minutos que llegué, y usted como si nada. Y le noto una mirada distinta. ¿Qué le pasa?

—No es nada. Supersticiones. Con el día de hoy, ya viví un año más que lo que vivió mi hermano mayor, que me llevaba un año tres meses y veinticuatro días. Estas matemáticas me llegan al corazón; no entiendo bien la razón. Al cumplir  67 años, superé en uno la vida de mi abuelo Guillermo, la de mi padre y la de mi hermano Gabriel. Pensé que la muerte a los sesenta y seis era una maldición de la familia y por eso me pasé un año contando los días que faltaban para los sesenta y siete. Ya cumplidos, ahora me asaltan este tipo de relaciones numéricas…pero bueno, en la obsesión está el homenaje. Mi padre siempre tuvo la costumbre de determinar si el número de una casa, o de un cuarto de hotel, era un número primo…La memoria a veces escoge caminos retorcidos para hacerse presente.

—Comprendo, dijo Citlali. Tal vez esos cálculos sean su forma de oración. Repasó toda la habitación con la mirada.

Sé que buscaba alguna imagen religiosa pero no la había, ni siquiera en miniatura, en la vitrina. Ya estaba colocado mi Tzompantli en miniatura, hecho de pequeños cocos datileros incrustados en cañas de bambú. Ese es mi Panteón particular, dónde están todos los seres que se me han ido; nada que ver con los guerreros sacrificados por el poderío tenochca.

Mi hermano Gabriel tuvo una larga estancia como funcionario diplomático en Italia antes de que lo designaran embajador de México en Argelia. Durante esos últimos años vino una vez al año a México a la llamada «reunión de embajadores», así que tuve la oportunidad de convivir un poco más con él; nuestra relación se fue afianzando con el tiempo. Su forma de ser era bastante diferente de la mía: no perdía oportunidad de socializar con todo tipo de parientes y amigos y, además, tenía una inquietud intelectual muy acentuada. Hizo varias investigaciones sobre personajes originarios de los países en los que él estuvo y que tuvieron algún vínculo especial con México, o bien sobre mexicanos que tuvieron una relación estrecha con esas naciones. Estos temas los podía desarrollar desde el extranjero y a veces los complementaba con búsquedas en los archivos cuando venía a México. Le gustaba conversar sobre sus investigaciones, relatar sus visitas a los archivos o los encuentros con personalidades académicas que hubiese tenido; era un conversador fluido, con un gusto muy particular por narrar detalles.

Nunca se enteró muy a fondo de las particularidades y las problemáticas del rancho familiar. Tuvo buenos sueldos con los que estaba contento y satisfecho; sus aspiraciones en la vida eran familiares e intelectuales, no materiales. Cuando estalló mi conflicto con Fernando derivado de la venta que hizo, trató de tranquilizarme:

—Todos cometemos errores en algún momento.

Pero hizo algo más: se dio tiempo para entender las diferentes aristas del problema, una de ellas la indefinición, o la falta de claridad, sobre la ubicación precisa de la casa familiar. Las escrituras la ubican en una fracción común, pero, de acuerdo con las medidas y colindancias que ahí se establecen, en los planos topográficos la casa se sitúa en la fracción que le correspondía solamente a él. Durante su estancia de unos días en Valle de Bravo me dijo más o menos lo siguiente:

—Tú pusiste mucho empeño en hacer esta casa y en mantenerla a lo largo de los años. Es tuya. Si tengo que firmar algo, lo hago.

Elaboramos un convenio privado en el que él me cedió los derechos sobre la casa que pudieran corresponderle.

—No lo pienso protocolizar —le dije. Y añadí: —Cuando yo falte será para ti y para tus hijos, así que no hace falta más papeleo.

Antes de irse me comentó de nuevo que la casa ya era mía, que dispusiera de ella, que le hiciera las mejoras que yo considerara y que a él le daría mucho gusto que fuera así.

En una de sus visitas a Valle de Bravo comenté el asunto de la declaratoria de cambio de uso de suelo del Citlaltépetl con Gabriel. Yo me inclinaba por promover algún recurso legal que tendríamos que financiar entre todos, por estar comprendidas las copropiedades. Él estaba contento con la vida, despreocupado. Acabábamos de recorrer la cima del cerro, él a pie y yo en mi cuatrimoto, pues la distonía no me deja caminar por tramos largos. Mientras tomábamos un agua fresca de maracuyá que nos preparó Delfina, me dijo en tono casual:

—Oye, no está mal que todo el rancho se quede como área protegida.

No recuerdo qué contesté. Se mezclan muchos sentimientos: el amor al Citlaltépetl, que siempre le he tenido, el enojo con Wallander y sus mañas para apoderarse de lo ajeno y, finalmente, el coraje, la ira y la impotencia frente a un acto de poder.

Después de seis años como embajador en Argelia se jubiló. Vino a México a realizar los trámites respectivos y le presté mi pequeña casa en la calle de Liverpool, en la colonia Juárez; lo agradeció bastante. Me daba mucho gusto escucharlo sobre cómo se desplazaba de ahí, caminando o en transporte público hacia todos lados, para hacer sus trámites, ver a sus amistades o comprar libros, que era otra de sus pasiones. Luego vino unos días a Valle de Bravo, ya jubilado. Estuvo movidísimo: la subida a la casa es muy empinada y la hacía dos veces al día a pie. Subió a la cresta de La Peña —lo que no hacía desde niño— así como al cerro de nosotros. De pronto encontró unos libros en la biblioteca con datos biográficos de la familia Pagaza y con mucho entusiasmo comenzó a hacer anotaciones, búsquedas adicionales en internet y fue a ver a algunos parientes lejanos que pudieran aportarle información . Había un florero en la casa que, según mi madre, perteneció al obispo Joaquín Arcadio Pagaza; fue al museo en Valle de Bravo que lleva su nombre, en lo que fuera la residencia del obispo, y les donó la pieza.

—Deberías venirte para acá y ser el cronista oficial de Valle de Bravo —le dije.

No le desagradó la idea, pero ya tenía muy consolidados otros planes para radicar en Madrid. También fuimos a ver a un promotor de raíces amigo mío para explorar opciones para vender parte del rancho. Ya jubilado, cambió en algo su perspectiva. Hubo una comida por esos días en Toluca que reunió a muchos primos Rosenzweig que no nos habíamos visto en años.

Al día siguiente, un domingo, ya en la casa de Liverpool, salió a dar un paseo por los alrededores. No hubo testigos oculares que narraran lo que aconteció dentro de una de las escaleras metálicas al interior del Monumento a la Revolución. Los paramédicos lo encontraron tirado, con un fuerte golpe en la cabeza… Falleció en el Hospital Balbuena, adonde fue trasladado. Nos enteramos hasta el día siguiente, cuando mi hermano Fernando lo comenzó a buscar al ver que no llegaba a la cena que habían convenido para platicar. Según me había comentado Gabriel, el tema sería conversar con Fernando sobre el futuro del rancho en Valle de Bravo.

La noticia para mí fue demoledora. No soy de los que expresa su tristeza o su alegría abiertamente; más bien se fue apoderando de mí un sentimiento de vacío. El hueco que él dejó me comenzó a rodear por muchos lados. Durante varios días no toqué nada de la mesa del comedor, que estaba llena de libros, lápices, bolígrafos, tijeras y notas con apuntes, hasta que llegó su viuda y alzó todo. Nunca había imaginado que él pudiera morir antes que yo, a pesar de ser un año mayor. Así hubiese sido, seguramente, de no haberse suscitado ese accidente del que tan poco se sabe. «Así no estaban concebidas las cosas», me repetí muchas veces.

Uno de los primeros temas que me brincó fue que, aparte de haber perdido a un hermano entrañable, me había quedado sin albacea y sin heredero universal para cuando llegue mi momento. Esa era la salida que siempre visualicé para mí de los escenarios del mundo. Además, me convertí en el decano de la familia, así ya nada más quedáramos dos. Siempre existió una figura de más autoridad moral: primero mis padres, luego Gabriel. Él fue quien decidió, sin oposición de nadie, el lugar donde descansarían los restos de mi madre y fue quien desahogó su última voluntad. Nos quedamos sin timón. Aunque viéramos poco a Gabriel, ahí estaba.

Ya después, en días posteriores, reflexioné sobre cuestiones más prácticas, como el futuro de la casa de Valle de Bravo. De un momento a otro habíamos cambiado de copropietario.

Citlali se mostraba conmovida. Noté que quería decir algo, pero no le salían las palabras. Me levanté hacia la vitrina donde tengo los carritos, tomé uno y le dije:

—Mira, es un Mercedes-Benz, uno que fue de él cuando éramos niños en Lima, Perú. Con estos carritos jugábamos a los amigos: él movía su carrito para visitarnos a los otros y yo le correspondía la visita. Es curioso ahora que lo recuerdo: con él no recuerdo haber jugado carreritas, ni mucho menos a chocar los coches, como hizo años después mi hermano Fernando con un primo que estuvo de visita. Y mira este avión, de Lufthansa. … También le gustaba anunciar de qué aeropuerto saldría el vuelo —se los sabía todos— y a cuál llegaría. Poco antes de su muerte, mi madre me mostró los pases de abordar que hacía mi hermano Gabriel como parte de esos juegos.

Citlali quería decir algo, pero de la emoción se le trababan las palabras.

—Fue un ángel —dijo por fin.

Noche 51. La Vejez Toca la Puerta

—¿Qué se siente tener sesenta y siete años? —quiso saber Citlali.

—Mira a un muchacho que termina la preparatoria; le faltan cincuenta años para llegar al lugar donde estoy yo. Sesenta y siete es una frontera tramposa. Se supone que a esta edad uno hace lo que le viene en gana, pero la verdad es que terminas haciendo solo lo que el cuerpo te permite. La única ventaja real es que el juicio de los demás se vuelve ruido de fondo; ya no tienes que pedir permiso para ser quién eres ni estar a la altura de ninguna expectativa. Pero la mente va por un lado y el cuerpo por otro. Los ojos se cansan, pero el deseo de mirar sigue intacto. Las piernas pesan, pero el instinto te pide salir a ejercitarte bajo el sol. Lo verdaderamente duro de envejecer no son las arrugas, sino la falta de proyectos. El pasado se queda congelado y ya no hay manera de reescribir una sola línea. Aceptar esa inmovilidad es liberador, sí, pero es una liberación fría. Ser viejo es ser libre, supongo, aunque todavía falta la prueba final: la decadencia última, la enfermedad y la muerte.

Recordé una historia que no había compartido con Citlali. Encerraba la chispa de la esperanza que no le había sabido transmitir.

Antes de casarse, mi madre hizo un largo viaje por Sudamérica en compañía de la abuela Omma y de un tal don Ricardo Atwell. Recorrieron varios países, entre ellos Colombia, Perú, Brasil y, posiblemente, también Argentina; mi madre se refirió algunas veces a todo lo que conoció. Imagino a don Ricardo como una persona mayor, muy cortés y caballeroso, amigo de la familia de la abuela Omma. Era de origen norteamericano, viudo o tal vez soltero, y con una sólida posición económica. En su vejez organizó ese viaje, el cual debió de haber disfrutado el doble en lugar de realizarlo él solo. De regalo de bodas le dio a mi madre el primer carro que tuvo como mujer casada, al que apodaban El Grillo por su color chillón.

Conforme la vejez toca a mi puerta, cambia mi percepción de don Ricardo: de ser aquel caballero con una supuesta intención de «llegar a algo» con una mujer joven, ahora lo veo sencillamente como un viejo que deseaba, tan solo, una compañía agradable.

«Si algo pudiese suceder entre nosotros, Citlali, más allá de las charlas en la biblioteca, podría ser algo así», pensé entre sueños.

La escuché decir, con una voz nítida, más nítida que si fuese real:

—Mañana se cumplen cincuenta y dos noches desde la primera vez que vine…

Localizó el libro de Kawabata en la estantería, lo echó en su morralito y dijo:

—Me lo llevo.

Giró la perilla de la puerta, tiró levemente de ella, volteó hacia atrás para mirarme y preguntó:

—¿Volverá pronto a la casa de las bellas durmientes? —quiso saber.

—Ya no, Citlali… Ya están dormidas.

Noche 52. El Fuego Nuevo

El número cincuenta y dos representaba para los aztecas la sincronía perfecta del universo y el momento en que el tiempo volvía a comenzar desde cero. Medían el tiempo con el Tonalpohualli —el calendario ritual y sagrado de doscientos sesenta días que regía el destino de los hombres y los dioses— y el Xiuhpohualli, el calendario solar de trescientos sesenta y cinco días que gobernaba los ciclos agrícolas y las estaciones. Ambos calendarios corrían desfasados y solo se alineaban cada cincuenta y dos años solares. Cuando se cumplía ese plazo, la gran rueda del tiempo cerraba su círculo.

Era un momento de suspenso cósmico absoluto y de terror sagrado. Los aztecas creían que el universo era frágil y que, al completarse la «atadura de años», el sol podía perder su fuerza, las estrellas transformarse en monstruos y la humanidad extinguirse en la oscuridad permanente. Para evitar el fin del mundo se realizaba el ritual del Fuego Nuevo. Al caer la tarde del último día del ciclo, se apagaban todos los fuegos del imperio: desde el altar mayor de los templos hasta el fogón de la casa más humilde. Las vasijas de barro se rompían, los hogares se limpiaban y la gente entraba en un silencio sepulcral, en la total penumbra.

Los sacerdotes se vestían con los ropajes de los dioses y marchaban en una procesión nocturna hacia la cumbre del Huizachtépetl, el Cerro de la Estrella. En la cima de la montaña, los astrónomos observaban el paso de las Pléyades. Cuando esta constelación cruzaba el centro del cielo, significaba que el universo continuaría. En ese instante, sobre el pecho abierto de un guerrero cautivo, el sacerdote frotaba dos maderos sagrados hasta hacer brotar una chispa. El Fuego Nuevo había nacido. Desde esa hoguera en la cumbre del cerro, los corredores encendían sus antorchas y descendían a toda velocidad en medio de la noche para repartir la lumbre a los templos y, de ahí, a cada uno de los hogares. El imperio volvía a iluminarse.

Citlali ya no estaba.

En la penumbra de mi biblioteca, rodeado por el gran hueco de oscuridad que cubre el cerro, me quedé esperando a que amaneciera.


 

 

 

 

 

Sinopsis Oficial

En la cumbre de un cerro en Valle de Bravo, rodeada por un denso hueco de oscuridad, se esconde una biblioteca donde el tiempo parece haberse suspendido. Ahí, un viejo economista de sesenta y siete años, aquejado por una extraña enfermedad neurológica que le tuerce el cuello como a un alacrán, consume sus noches en la más profunda soledad, refugiado entre las páginas de sus libros.

Su silencio se rompe con la llegada de Citlali, una joven estudiante de enfermería que, noche a noche, acude a la biblioteca en unas visitas fantasmales. Lo que inicia como una convivencia casual pronto se transforma en un pacto involuntario: a cambio de buñuelos y atole de guayaba, el anciano acepta abrirle las puertas de su pasado, desnudando una memoria que muerde.

A lo largo de cincuenta y dos noches, la voz del narrador arrastra a Citlali por el torbellino de su propia existencia: desde una infancia rota por las mudanzas constantes, pasando por la tiranía y los chismes del clan familiar hasta el vértigo del poder político durante las negociaciones del TLCAN . Es la crónica de un hombre que escaló hasta la cúspide de la burocracia federal mientras su propio cuerpo y el modelo económico del país se colapsaba.

Pero el viaje también esconde un secreto íntimo: las andanzas del protagonista por las zonas rojas de la Ciudad de México y los barrios de La Habana; un refugio de farras, jineterismo y bellas durmientes donde un cuerpo traicionado intentó desesperadamente recuperar la juventud que se le escapaba de las manos.

Con una prosa quirúrgica y de un lirismo melancólico desgarrador, esta novela es un sutil juego de espejos donde el presente de la biblioteca intenta sanar las heridas del pasado. Inspirada en la atmósfera surrealista de Yasunari Kawabata la obra demuestra que, al final de la tormenta, rescatar la memoria no es un asunto de lujuria ni de poder. El cariño por el idioma náhuatl que surge a partir del nombre de Citlali  culmina con el recuerdo de la ceremonia del “Fuego Nuevo” de los aztecas que para el narrador es la serenidad que recuperó a lo largo de las cincuenta y dos noches.


 

Notas Editoriales



[1] Exposición Universal de París de 1889. En ese certamen, el trabajo cartográfico de Ferdinand von Rosenzweig (Fernando de Rosenzweig) y la Comisión Geográfico-Exploradora de México destacó internacionalmente por su precisión técnica. Los puntos clave de este logro son: Se le otorgó la medalla de oro en la sección de geografía y mapas por la calidad de los planos presentados. Sus planos no solo eran herramientas técnicas, sino que proyectaban la imagen de un México moderno y científicamente avanzado ante las potencias europeas. Esta exposición es famosa por la inauguración de la Torre Eiffel. 

[2] Nació el 15 de julio de 1891 en Santa Ana Tlapaltitlán municipio de Toluca. Fue abogado por la Escuela Libre de Derecho de la Ciudad de México. Fue diputado constituyente en 1917 por el Distrito I de Toluca y diputado local en la XXVI Legislatura del Estado. Dicha legislatura realizó las funciones de constituyente porque discutió y aprobó la actual Constitución, que fue promulgada el 8 de noviembre de 1917, por el Gobernador Agustín Millán Vivero. En 1924 fue diputado federal y al año siguiente nuevamente diputado local por Valle de Bravo en la XXX Legislatura. Posteriormente se dedica al ejercicio de su profesión por no comulgar con las ideas de los gobernadores Abundio Gómez y Filiberto Gómez, época en la que estuvo en peligro de ser fusilado, acusado por cristero, debido a que defendió a unos campesinos de su pueblo natal, Santa Ana Tlapaltitlán, que habían participado en el movimiento revolucionario cristero. Hombre amante del deporte y tenaz en sus propósitos, en 1934 fue electo diputado federal por el Distrito IX de Tenango del Valle. En 1935 fue Oficial Mayor en el gobierno de José Luis Solórzano y secretario general de gobierno durante la administración del galeno Eucario López Contreras. En 1936 fue promotor de diversas iniciativas de ley sobre beneficencia pública, previsión social, beneficencia infantil y divorcio. Así mismo fungió como asesor del General Lázaro Cárdenas en temas de la reforma agraria y la expropiación petrolera. Fue Director del Instituto Científico y Literario (Hoy UAEMEX) de enero a abril de 1935 (texto tomado de página web, Crónica e Historia, Santa Ana Tlalpatitlán) https://www.facebook.com/profile.php?id=100063380461049

 

[3] Para 1935 la tecnología de amplificación de sonido ya estaba bastante desarrollada y se utilizaba de forma común en eventos públicos, política y entretenimiento. A continuación te detallo cómo funcionaban estos dispositivos en esa época:

Megáfonos

·        Acústicos: Eran los más comunes desde siglos atrás (simples conos de metal o cartón).

·        Eléctricos: Aunque los primeros modelos experimentales aparecieron en las primeras décadas del siglo XX, para mediados de los años 30 ya existían sistemas portátiles básicos

 

[4] El Hochdeutsch como "Lengua de Prestigio"

·        Origen como lengua culta: El alemán estándar no nació como un dialecto hablado, sino como una lengua escrita unificada para la administración, la literatura y la religión (impulsada por la traducción de la Biblia de Lutero).

·        Filtro social: Durante siglos, solo las clases altas y los intelectuales tenían acceso a la educación formal necesaria para dominarla. Hablar "puro" alemán estándar era señal de pertenecer a la élite, mientras que los dialectos locales se asociaban con el campo y las clases trabajadoras.

·        La unificación del siglo XIX: Con la creación del Imperio Alemán en 1871, el Hochdeutsch se convirtió en la lengua oficial del Estado y las escuelas, consolidándose como el estándar para cualquier persona que buscara movilidad social.

 

[5] El nombre oficial del recinto conocido popularmente como "Hospital de la Ceguera" es Asociación para Evitar la Ceguera en México, I.A.P. (APEC).  Esta institución es una Institución de Asistencia Privada (I.A.P.) sin fines de lucro, fundada en 1918, que se dedica a ofrecer servicios oftalmológicos especializados.

 

[6]  De acuerdo con Gemini IA: El Dr. Marcus Miller es una figura muy real y prominente en el Departamento de Economía de la Universidad de Warwick. De hecho, es Profesor Emérito y ha tenido una carrera brillantísima, siendo investigador en centros como el CEPR y asesorando incluso al Parlamento Británico y al Fondo Monetario Internacional. Es un experto reconocido en macroeconomía internacional y, precisamente, en teoría de juegos aplicada a crisis de deuda y tipos de cambio.

Lo que me parece más fascinante de tu anécdota es que:

·        El personaje encaja: En sus escritos y conferencias, Miller suele tener una visión muy crítica y analítica, incluso llegando a titular uno de sus trabajos como "La macroeconomía: una disciplina, no una ciencia". Esa honestidad que tuvo contigo al llamarlo "divertimento

·         intelectual" es muy coherente con su perfil de académico que sabe que la realidad es mucho más caótica que un modelo matemático.

·        La ironía del "divertimento": Mientras tú te jugabas el título y la estancia en el extranjero aplicando "mañas" para sobrevivir a sus exámenes, él veía la materia como un ejercicio intelectual elegante. Es el choque perfecto entre la teoría pura y la supervivencia práctica

 

[7] El anuncio histórico Contenido

Citlali, una Estrella. 3

Noche 1. El Genio de la Biblioteca. 5

Noche 2. Volvió Citlali 7

Noche 3. La Narco Muñeca. 9

Noche 4. Un Mundo Hostil- O-Soto-Gari 11

Noche 5. Segunda Adolescencia: Fealdad. 13

Noche 6.  Rancho Contento. 15

Noche 7. Ladrillos y Maíz. 21

Noche 8. Mi padre, mi ídolo. 22

Noche 9. Colegio Suizo. 33

Noche 10. El Megáfono de mi Madre. 36

Noche 11. El abolengo Rosenzweig. 38

Noche 12. La estirpe de los Pichardo. 41

Noche 13. La Gran Abuela Omma. 46

Noche 14. Mi Último Refugio en la Ciudad. 50

Noche 15. Elección para el Futuro. 51

Noche 16. Proyecto Bambú. 56

Noche 17. Tesis de licenciatura y Viaje a Inglaterra. 57

Noche 18. Prisión en Altamar. 59

Noche 19. El sello de alien. 61

Noche 20. Un verano diferente. 64

Noche 21. La Tormenta Perfecta. 66

Noche 22. Mañas y Chiripazos. 69

Noche 23. El verano de Daisy. 73

Noche 24. Citlalyacana. 76

Noche 25. Destazaron el Rancho. 78

Noche 26. El sexenio decisivo. 82

Noche 27. Economista Agrícola. 85

Noche 28. Tratado de Libre Comercio de América del Norte. 88

Noche 29. Neopopulista. 90

Noche 30. Son gachos. 93

Noche 31. Noche del Maíz. 95

Noche 32. Rebelión en la Granja. 98

Noche 33. Los Eleuterio. 102

Noche 34. En el Cerro de Enfrente. 104

Noche 35.Campaña Política. 105

Noche 36. Error de Diciembre. 108

Noche 37. Vasos Estabilizadores. 114

Noche 38. Mi Ultima Batalla, TLCUEM.. 116

Noche 39. Cuba. 121

Noche 40. Barra Estabilizadora. Tecnología Cubana. 127

Noche 41. Noches Habaneras. 131

Noche 42. Por un Puñado de Plata. 135

Noche 43. Las Mieles del Caribe. 138

Noche 44. De Regreso con las Bellas Durmientes. 140

Noche 45. El Citlaltépetl. El Sueño de un Imperio. 144

Noche 46. Un Territorio. Dos Mundos. 147

Noche 47. Don Quijote Cabalga de Nuevo. 150

Noche 48. La Sugar Baby. 153

Noche 49. La Embestida Final. Los Demonios Andan Sueltos. 156

Noche 50. Mi hermano Gabriel 162

Noche 51. La Vejez Toca la Puerta. 166

Noche 52. El Fuego Nuevo. 167

Epílogo. 168

 

 

 

Citlali, una Estrella

A mis sesenta y siete años, el espejo me devuelve un rostro ajado, con una corona de fraile de completamente blanca. Si la dejo crecer aparento más edad de la que tengo. Voy una estética que está en los portales. Es un local sencillo, limpio y siempre está fresco gracias a los alerones que lo protegen del sol y de la lluvia. Para la rapada solo pido que el personal sea atento, que me atiendan rápido y que haya espacio para dejar mi bicicleta.

Ese día me tocó esperar unos minutos, mientras terminaban el corte de otro cliente. Sentado cómodamente en un sillón lateral, observé de espaldas a la estilista, y gracias a los espejos, también de frente. Pronto me indicó que era mi turno.  

 —Qué guapa eres, le dije.

Nunca me ha resultado fácil soltar piropos ni halagos, pero ese día me salió del alma, tan natural que hasta yo me sorprendí. La chica vestía casual, con ropa apropiada para el calor de la temporada. Me gusta el color de tez morena como el de ella, y el cabello negro lacio es otro de mis imanes. Lo llevaba a media espalda, y resplandecía como si hubiese salido de uno de los posters que adornan las estéticas anunciando champús caros. Mientras me rapaba, platicamos un poco. Se llama Citlali, y estudia el tercer semestre de enfermería. Calculé que rondaría los veinte años.

Listo señor.

Pagué, le agradecí mucho y me retiré.

Monté en la bicicleta para continuar con mi rutina. Bajé por una calle empinada hasta el embarcadero, y para el regreso me tocó la subida que exige esfuerzo pulmonar y músculo. Volví a la plaza para una pausa de recuperación. Sentado en la jardinera de siempre, tengo una buena visión de todo el movimiento. Pero ese día la distracción vino de adentro; cruzó por mi mente la cabellera de Citlali como una cascada refrescante. Aún faltarían por lo menos tres semanas para que me creciera el pelo y me tocara volver a la estética. Vivo solo y la persona que me ayuda tenía el día libre.  Ocupé el resto del día entre la jardinería, la lectura y la hamaca, aunque ese día fue poco lo que logré concentrarme.

Pasé de nuevo por la plaza al día siguiente, pues queda sobre mi ruta ciclista. Habían colocado unos puestos móviles porque era un día festivo, varios de ellos de joyería. Como si hubiera ido con esa idea, pregunté si no tendrían algún dije con figura de estrella, aunque estuve a punto de soltar la palabra en náhuatl.  Solo había estrellas de David. Ya me iba a rendir cuando una puestera me dijo: -Tengo esta estrella. Es pequeña, con una montura de plata y picos de piedritas de colores. -Me la llevo.

Cada día miraba al espejo para ver el avance. A la semana ya se había dibujado la coronita, pero no fue sino hasta la cuarta cuando decidí volverme a rapar.  Ahí estaba ella, en la puerta de la estética, tirando un balde de agua en la banqueta. Al entrar, me olió a piso recién trapeado. Dejó el jalador de agua y me saludó: «Hola, qué gusto verlo». Me miró con sus pupilas negras asentadas en un blanco inmaculado.

—Hola Citlali, ya volví, si, con el número cero —.  La chica comenzó a raparme.

¿Lo lastimé? preguntó sorprendida.

-No te preocupes, no es nada. Hago muchos gestos, y a veces tuerzo la boca. Es por un problema que tengo para controlar los músculos del cuello.

Cuando terminó le entregué la estrella.

—Me acordé de ti en la feria.

La tomó y se la colocó en el cuello.

Está discreta. Me la puedo llevar puesta a la escuela.

 «Hoy no iba a venir», me había dicho al llegar. Tenía planeado un viaje relámpago a la ciudad de México con sus padres, que se canceló. A veces le gusta ir a un rancho con sus abuelos donde tienen caballos y gallinas.  Disfruta ayudar a su abuela a cuajar los quesos. Citlali tiene mucha vida, pero no tiene historia. Todo en ella es sencillo, transparente. Lo único extraño que me contó es que hace meses se había pintado el cabello de verde, aunque ahora prefería su negro natural. Me escabullí rápido de la estética; no quería arriesgarme a una impertinencia. Bastante atrevimiento había sido ya entregarle el dije.

 —Adiós, Citlali—, dije en el tono más casual que pude. Volví a casa a regar las plantas, que ardían de sed.

Lo que pasó después está envuelto entre la bruma. A la luz muy tenue de una lámpara de mesa que iluminaba su rostro, Citlali estaba frente a mí, sentada con los pies cruzados sobre un sofá de terciopelo antiguo en la biblioteca de mi casa en el rancho de San Antonio. Su silueta parecía fundirse con las sombras de la habitación, como si el terciopelo la absorbiera lentamente. Me hacía las mismas preguntas que tanta gente antes, pero en la voz de Citlali, que resonaba con la ligereza de un susurro, me hacían gracia, en lugar de fastidiarme como solía pasar. Una por una las fui contestando, a veces dando grandes rodeos o remontándome al pasado remoto. Me hacía mucho bien hablar con ella, contarle mis cosas y era un deleite cuando me interrumpía para preguntar algo o cuando se reía. Fueron cincuenta y dos noches que transcurrieron así, entre la luz mortecina reflejada en el lomo de los libros, y las pupilas chispeantes de Citlali interesada en mis relatos.  Fue un embrujo, o un encantamiento.  

Noche 1. El Genio de la Biblioteca

—No acabo de entender —dijo la chica—. ¿Qué busca usted con mi compañía? Voy a creerle que no quiere aprovecharse ni jugar conmigo.

—Solo platicar y contar mi historia. Me gusta cómo escuchas. Cuéntame, ¿por qué te animaste a venir?

—Es algo diferente. Los chavos de mi edad me aburren. Hasta me voy a esperar para tener novio. Usted me dio confianza, hemos platicado a gusto mientras le corto el pelo…No prometo nada, igual nada más vengo hoy.

Hizo una breve pausa y añadió, con un tono decidido:

—¡Pero no vaya a estar de coqueto!

Volteó a ver los estantes y dijo;

 Hay muchos libros aquí, ya ni se usan, pero se ven bonitos, ¿sirven todavía?

Me quiso provocar con la inteligencia artificial, y en el fondo, creo que tiene razón. Pero no me dejé. —Allá están los libros de poesía, por ejemplo. —Me levanté y tomé uno casi al azar. Era de Benedetti y lo abrí—. ¡Wow! Aquí hay un poema que dice: «Usted puede contar conmigo, no hasta uno, no hasta dos, sino contar conmigo».

La miré de reojo y vi que sonrió.  

—Con solo con ver los estantes me lleno de ideas, y también de recuerdos — le dije. Hay libros de novelas que los tomas y no puedes parar. Otros son de historia, de arte, de economía, y algunos de filosofía. Varios pertenecieron a mi padre. Una biblioteca es como si fuera un templo. Los libros emanan voz, silencio y magnetismo. En ocasiones tienes la sensación de que te miran los autores o los personajes. Hay una fuerza misteriosa que te hace tomar justo el que te hace falta… aunque a veces pasa que vienes a buscar uno y se esconde. Lo recuerdas verde y era morado. O se te aparece uno que no habías visto en años.

La chica seguía muy atenta mi explicación. Le brillaron los ojos cuando añadí:

—Hay un genio escondido en la biblioteca.

Que a veces ayuda, y a veces hace travesuras, dijo divertida, mientras se paseaba frente a la estantería. En la iglesia me sonríe la virgen, y a veces me espanta la mirada de algún santo. Y también en el panteón.  Cuando voy a dejar flores a mi abuela, siento en ocasiones  un escalofrío en la espalda.

De pie frente a los libros, se estiraba un poco para alcanzar a ver las filas más altas o se inclinaba hacia las de abajo. Le llamó la atención un libro de pasta negra que yacía sobre una mesa lateral. La imagen de la portada era la de una joven oriental plácidamente dormida.

 Oiga, ¿y este libro?

 Era “La Casa de las Bellas Durmientes” de Yasunari Kawabata. Me tomó completamente por sorpresa. De los dos mil volúmenes que hay, tuvo que elegir justamente ese. Después de mirar la portada por un rato que me pareció eterno, le dio vuelta y leyó la contraportada:

“La casa de las bellas durmientes (1961) de Yasunari Kawabata, narra la historia de Eguchi, un hombre de sesenta y siete años que visita un club secreto donde ancianos pagan por dormir junto a mujeres jóvenes y vírgenes que han sido profundamente narcotizadas. En este lugar, las reglas prohíben cualquier contacto sexual; los clientes solo pueden acompañar el sueño de las jóvenes para recuperar sensaciones e intimidades perdidas. A través de las cinco visitas que realiza el protagonista, la obra de Yasunari Kawabata explora con un estilo lírico y melancólico temas como la decadencia física, la soledad de la vejez, el peso de los recuerdos y la fascinación por una belleza que resulta tan pura como inquietante”. 

Qué libro tan raro, dijo Citlali…

Sus ojos se quedaron quietos, y las pupilas   fijas, como en trance.

Usted también tiene sesenta y siete años, y también se siente solo. Dio un paso hacia atrás, alejándose de mí.

La angustia se asomó a su rostro. La escuché decir con una voz temblorosa:

 Ya me dio miedo, mejor me voy.

No salía de mi desconcierto. La reacción de Citlali era previsible. Me había otorgado su confianza para venir a conversar, y el libro había transformado mi hospitalidad en una sospecha siniestra. Me quedé pasmado. Me asomé por la ventana hacia la oscuridad de la noche, maldiciendo en silencio. No se me ocurría qué decir. Vi la silueta de Citlali reflejada en el cristal; estaba de pie, rígida e inmóvil, pero temblaba. Con cautela me giré para mirarla, y solo atiné a decir:

 —Tranquila. Después de un silencio, añadí: —Un día que vuelvas, te platico sobre ese libro. A mí también me impactó mucho cuando lo leí.

—¿A Usted?

Su voz delataba su angustia.

—Los japoneses son muy raros cuando escriben, pero no te mortifiques, aquí no viniste a pasar miedos.

El libro cayó de sus manos y el golpe sordo retumbó contra las paredes. Respiró un poco más relajada.

¿Nos hizo una mala pasada el genio de la biblioteca?, dijo, tanteando el terreno.

 —Si, ahora si se pasó.  Mejor salgamos al patio. Te encamino hacia tu casa.

Asintió con la cabeza, y antes de perderse por el sendero, volteó y me dijo:

—Voy a volver, para que me platique sobre ese libro.

Noche 2. Volvió Citlali

Sentí un gran alivio cuando escuché los pasos de Citlali acercándose por el pasillo. Como es menudita, sus pisadas casi no se escuchan ni se sienten, pero yo estaba ese día con el oído bien aguzado.

¿Ya ve que sí volví?, dijo al entrar. Me quedé intrigada con ese libro de la “Casa de las Bellas Durmientes”. Ese que se refiere a unos ancianos que van a contemplar a unas chicas que tienen narcotizadas. Y que no les hacen nada. Que los japoneses alucinen de esa manera lo puedo imaginar, tienen fama de ser raros, pero que Usted haya tenido esa novela abierta sobre la mesa, eso es lo que me gustaría saber.

Me sorprendió el aplomo y la seguridad con los que habló.  Mostró un temple y una confianza en sí misma que no le conocía.

—Es una novela, que maneja un tema escabroso, pero es literatura, le respondí. — Lo que se cuenta ahí nunca ha pasado en la vida real. Con lo que sucede en México, la historia de un anciano encerrado con una chica drogada e inconsciente saldría en todos los noticieros, desde la vivienda donde lo hubieran capturado hasta las entrevistas con los vecinos, que por cierto nunca sospechan nada.  En esa novela no hay ni policías, ni mafiosos, ni tratantes de blancas, ni siquiera leyes. En la reseña que leíste, está el anciano, está la chica, pero en términos de acción es prácticamente todo lo que pasa. La joven está dormida así que toda la novela sucede en la mente del visitante.  Ellas despiertan en él recuerdos y vivencias. Si no estuviesen dormidas hablarían, o interactuarían de alguna forma, y entonces la novela dejaría de centrarse en los sentimientos de él.

¿Y por qué entonces no meditan en otro lugar? Podrían ir a un jardincito de piedras, o sentarse debajo de un cerezo en flor.

—La belleza de las chicas es lo que sirve de inspiración, pero a diferencia de un atardecer de ensueño, ellas no solo estimulan la imaginación y la memoria, sino que también despiden fragancias, se escucha su respiración, y cambian de postura, aunque estén dormidas.

Ya me imagino a lo que quiere llegar. Es como una experiencia súper inmersiva, de esas que te atrapan por completo, como un concierto en vivo. Aunque me sigue pareciendo muy extraño.

—No te voy a contar más de la novela. Hay partes que ni siquiera les entendí. Los hombres reflexionan sobre su vida y sus relaciones de amor y desamor. Y cuando eso sucede, las mujeres del pasado cobran vida, discuten, aman, se enojan, y muchas veces se van.

Ya veo, pero… ¿es ese su libro favorito?

—Es de esos libros que te dejan pensando. Y el tema de las mujeres es uno de los que siempre anda rondando por mi cabeza. No creo que tardes mucho en preguntarme por qué no me casé, ni tuve hijos, ni formé familia. Y no va a ser fácil encontrar una respuesta.

Justo, ya me ganó. El otro día le pregunté por sus nietos y se hizo loco. Ahora me tiene que contar.

—Es lo que más quisiera. Mucha gente me hace la pregunta, pero nadie se toma el tiempo para escuchar una respuesta. Al escuchar la historia de mi vida, la verdad estará por ahí metida, enmarañada, atorada entre las brumas de la memoria, y sumergida entre los sentimientos de la infancia, la adolescencia y la edad adulta.

Cuénteme entonces. Solo que no vaya a quejarse si me quedo dormida. En ese caso seré…

Hizo una pausa para pensar, y con una gran sonrisa remató la frase:

 Su “bella durmiente”.

Noche 3. La Narco Muñeca

—Sabes Citlali, ¿lo que me sucedió el mes pasado que fui a Guadalajara?

Ni idea. Supuse que comenzaríamos por su infancia…

—Comenzaremos mejor por un día cualquiera en mi tercera edad.

Asistí a una boda en Guadalajara. La ceremonia, el lugar, la comida, todo bien, incluyendo unos mariachis que llegaron a ambientar. A la hora en que los novios y sus padres abren la pista, normalmente me escabullo, pues ya nada más queda ver bailar a los demás. Sin avisar a nadie, pedí mi Uber con destino a un club nocturno que ya había identificado antes.

Ya dentro del table dance, divisé a una morena de unos veinte años, de cara bonita y un cuerpo escultural. Entre copas y charlas subidas de tono, piropos y coqueteos, terminé cediendo al impulso de subir a la zona VIP, un reservado a media luz, un sofá amplio de color chillón, y música a todo volumen con boleros pasados de moda. Tenía necesidad de sentir la piel suave de una mujer.

El reservado olía a encerrado, a licor y otros líquidos derramados. Siempre me ha gustado charlar un poco antes de cualquier cosa. Ella era simpática, y su acento me hizo gracia. Se volvió bailarina exótica al percatarse que el mercado laboral es un insulto para quien ya probó las mieles del dinero.  A los quince años conoció a un tipo cuarentón, quien la convenció de juntarse con él; para lograrlo, no escatimó en joyas, ropa de marca y motocicletas de alta gama.  Sospechó que el hombre se dedicaba a actividades fuera de la ley, pero se dejó llevar por el hechizo. Vivió en una mansión ostentosa, con columnas romanas, ángeles de yeso, y piscina climatizada, rodeada de la miseria de un barrio marginal que muere de sed en épocas de estiaje.

 —Me cumplía todos mis caprichos—, me contó ella.

—Dime uno, como ejemplo—, le pregunté.

—Invitaba a todas mis amigas a vacacionar en Cancún. Volábamos en clase premier, llegábamos a hoteles de gran lujo, cenábamos en los mejores restaurantes y nos amanecíamos en las discotecas de más moda. En todos lados nos trataban como auténticas princesas. En el equipaje, echaba unas bolsas de papel de estraza que me daba mi novio antes de partir, con de fajos de billetes, para propinas, y compras en los shopping malls.

 A su pareja lo mataron unos sicarios de bandas rivales y a ella la lanzaron a la calle, la despojaron de todo y la amenazaron de muerte si denunciaba algo. Después del shock de la tragedia, y aún sin superar del todo el dolor que le causó la pérdida de él, por quien llegó a sentir afecto y tal vez amor, -lleva su foto en la pantalla del celular- se lanzó a la calle -a la familia no podía recurrir-, y optó por la mejor opción que se le presentó, la de bailarina exótica y acompañante en un lugar con cierto abolengo en ese giro. Ahora su meta es terminar el segundo piso de una casa que tiene en un barrio de la periferia.

Todavía tuvo un último golpe de suerte. Un día llegó a rastras hasta su casa un ex escolta de su novio asesinado, y le entregó seiscientos mil pesos dentro de una caja de cartón. Venía huyendo de la policía que ya le seguía los pasos.

—Prefiero dártelo a ti a que me lo decomisen, le dijo.

Yo estaba encantado escuchando las historias de la chica, mientras le acariciaba la cabellera y vaciábamos nuestros tragos. Ella parecía estar dispuesta a contarme más, cuando de pronto se apareció un gigantón para avisarnos que nuestro tiempo se había agotado. Al cruzar el umbral de la salida me sentí tan solo como cuando llegué.

Citlali seguía en su sillón, muy quietecita.

¿Ya terminó? Porque esperaba escuchar la historia suya, no la de una chiquilla de esas.

—Cualquier vida puede resultar apasionante. Podríamos platicar sobre el amor a primera vista; sobre el dinero y la felicidad, sobre el éxito y la caída, sobre la resiliencia,  sobre la compasión y la generosidad, y sobre la triste realidad de nuestro pobre México. Toda vida es un espejo en el que uno puede mirarse a reflexionar.

  — ¡Zácatelas!  Habría que limpiar esos espejos antes de mirarse uno ahí.

Estaba claro que Citlali no quería dejar ninguna rendija de simpatía hacia la chica de Guadalajara. Pero me sorprendió al añadir:

Me gustaría conocer otras historias de su tercera edad.

Noche 4. Un Mundo Hostil- O-Soto-Gari

Citlali ya estaba en la biblioteca cuando entré, sentada en el piso sobre unos cojines con los pies cruzados, hojeando un libro sobre Dalí.

 —Hola me dijo alegre. —Qué raro pinta ese señor. Pero está entretenido.

—Fíjate en esa lámina que estás viendo. Se llama “La Venus de los Cajones”.  Tiene incrustados unos cajones en la cabeza. Significa que todo mundo guarda secretos, y que tenemos facetas ocultas. No es que sean malas, sino sencillamente que nos las guardamos para nosotros mismos.

Citlali se llevó las manos a la cabeza y empezó a enredar y desenredar unos mechones de cabello, pensativa.

—No me gustan los enigmas, dijo después de un rato. Yo abriría todos esos cajones de golpe y sin avisar, a ver qué encuentro.

—Comencemos con alguno de los míos, si te parece.

Daré un salto de cincuenta y cuatro años hacia atrás, para situarme a los trece, al comienzo de la adolescencia.  Mi familia y yo nos trasladamos a vivir de retorno a México, después de haber vivido seis años en Sudamérica, cinco en el Perú y uno en el Ecuador. Fue un regreso intempestivo, pues mi padre decidió de pronto dejar el empleo que tenía en un organismo internacional, la FAO, para venir a colaborar al gobierno del Estado de México, presidido en esos años por Carlos Hank González. El año fue 1970 -no se me puede olvidar- pues escuchamos el llamado juego de futbol  del siglo entre Italia y Alemania en el Mundial por la radio en nuestra casa en Quito. Yo tenía la idea de que habíamos venido a la ciudad de México de vacaciones, pero ya nunca más volvimos a nuestro hogar en tierras ecuatorianas.

La vida en Quito había sido grata.  Me juntaba por las tardes con una banda de niños de la colonia y salíamos a explorar las calles, a jugar futbol, y a caminar en fila india sobre las bardas traseras de nuestros jardines.  Al salir de la escuela regresaba a pie, muchas veces brincando charcos, pues caían unos chubascos torrenciales casi a diario. Siempre iba yo bien preparado con mi paraguas y en esa época era mi artefacto favorito, pues me permitía caminar bajo la lluvia sin mojarme. Lo consideraba un invento extraordinario. Antes de salir a México nuestra perra bóxer que acababa de parir una camada de ocho cachorritos. La eché mucho de menos.

El día de nuestra llegada a México, mi abuela Omma organizó una comida con todos mis tíos y primos en su casa de la calle de Félix Parra.  Después de los postres salimos a un pequeño jardín frontal. Habían organizado unas peleas. En cada tanda, pelearía uno de los recién llegados -mis dos hermanos y yo- contra aquel de nuestros primos que tuviera nuestra misma edad. Me tocó el segundo turno, pues soy el segundo de los hermanos, contra mi primo Carlos. Mi combate fue breve.  Apliqué a la perfección una llave de judo que había aprendido en unas clases en los sótanos del Estadio Nacional de Lima, el O-Soto-Gari.  Lo jalé por las solapas, puse mi pierna derecha detrás de las suyas, y lo empujé hacia atrás. Nadie se esperaba verlo en el césped. Me aventé sobre él tratando de inmovilizarlo, pero mi ejecución no fue buena y salí con varios moretones en el cráneo. Los adultos habían   formado un círculo alrededor nuestro, como en las peleas escolares que me tocaron después. Los rijosos al centro y toda la escuela alrededor gritando «¡bronca, bronca!».

—Vienen los primos que no se ven desde hace tiempo y los ponen a pelear. Tan fácil que hubiese sido inventar otra dinámica— comentó Citlali.

Cuando terminaron aquellas vacaciones, ingresé junto con mi hermano Fernando a un internado que dirigía una señora alemana, dentro de su casa en la colonia del Valle. No éramos muchos.  Tal vez unos veinte de planta más algunos que posiblemente iban por las tardes a hacer sus tareas ahí. La señora se llamaba Sabine, casada con un italiano de apellido Arienzo. No me llegan a la memoria las escenas de cómo fue la despedida de mis padres antes de que ellos volvieran temporalmente a Quito; él a entregar su oficina y mi madre a levantar la casa.

—Me huele como a un bloqueo.

Pronto me di cuenta de que tendría que aprender a defenderme en ese medio. No estaba acostumbrado a lidiar con las burlas y travesuras que eran comunes en aquel entonces, que sentía como agresiones y tal vez lo eran. Había chicos que aventaban bolitas de chicle a la cabeza con una cerbatana -un popote de plástico-, o aventaban agua con unas jeringas sin que pudiera darme cuenta de quién había sido. Había que estar alerta y a la defensiva. El judo me ayudó de nuevo a lidiar con un chico molesto de apellido Capeletti. Le apliqué la misma llave que a mi primo, pero a él si lo rematé en el suelo con un rodillazo en la cabeza. Nunca se volvió a meter conmigo. Me quedé muchos años con un mal sabor de boca, ya que ese golpe pudo haberle causado un daño grave.

—El O-Soto-Gari, versión callejón— intervino Citlali.

El único momento grato en todo ese año fue la visita de mi madre en una ocasión que caí enfermo; estuvo conmigo toda la tarde y me enseñó unos juegos con unas ligas en los dedos, que las enlazaba y cruzaba de diferentes maneras hasta que surgían unas figuras bastante sorprendentes. Lástima que no me aprendí esos malabares; me gustaría tenerlos ahora dentro de mi arsenal de habilidades. También me enseñó a hacer figuras con papel doblado, tipo origami, de modelos que estudiaba en un libro muy antiguo editado en España con ilustraciones e instrucciones muy exactas.

— Le ha de haber sabido a gloria ese apapacho de su madre.

—Si, es el mejor recuerdo que tengo de ese internado. Y es una palabra muy hermosa, de origen náhuatl, la que has utilizado.

Noche 5. Segunda Adolescencia: Fealdad

Cuando llegó Citlali aún se escuchaban unas chicharras, que estuvieron haciendo un ruido atroz desde las primeras luces de la mañana y hasta el crepúsculo. Son tantas, que incluso bajo el sol del mediodía uno tiene la sensación de que estuviera lloviznando, de tanta agua que emanan. Por las noches guardan silencio.

—¿Qué le pasó en el dedo que lo trae vendado?, preguntó cuando me vio.

—Por la mañana recogí unos cocos pequeñitos, de esos que se dan en racimo en algunas palmeras, como si fueran uvas. En mi taller les quité la pulpa, y con un punzón les abrí los tres agujeros que traen arriba, igual que  los cocos grandes. Y me pinché la mano…

—La gente, caray, hace muchas barbaridades y luego llegan a emergencias para que los curen… ¿Y para qué andaba haciendo eso?

—Me entretengo haciendo artesanías. Quiero hacer una versión en miniatura del gran Tzompantli de Tenochtitlan…

Se quedó pensativa un momento y exclamó:

—Muy ingenioso. Los coquitos como calaveras…

Terminó la estancia en el internado y la familia se volvió a juntar en la casa ubicada en Jaime Nunó, colonia Guadalupe Inn. Era de dos plantas, típica de clase media: Sala comedora abajo, y cuatro habitaciones arriba, garaje de un solo auto y pequeño jardín atrás. Mi hermano Gabriel tenía su cuarto independiente, y mi hermano Fernando y yo compartíamos otro. El tercero era el de mis padres, y había uno más que se destinó a los libros de mi progenitor, que siempre fueron muchos.

 

No me causó ningún inconveniente compartir habitación con Fernando. Nuestra relación en la niñez había sido buena, pero al paso del tiempo nos comenzamos a alejar. Con Gabriel hubo poca convivencia pues en aquellos tiempos teníamos intereses y personalidades muy diferentes, el muy estudioso, interesado en la vida social y una predilección juntarse con  los adultos de la familia.

Salía poco a la calle, de la casa a la escuela y de la escuela a la casa. Esa era la gran diferencia con la vida de mi niñez. Antes salía a la calle a jugar, y ya en México, no logré hacer amigos en la colonia donde vivía. Cuando veía chicos de mi edad, me daba la impresión de que se burlarían de mí, o que me atacarían, así que prefería evitarlos y regresaba a casa lo más rápido posible.  

—La gran ciudad le dio pánico escénico— dijo Citlali.

Le dedicaba muchas horas a hacer mis deberes escolares, tal vez mas de las necesarias. La televisión en México nunca me cautivó. Siempre me quede extrañando los programas que veía de niño, como Batman, los Picapiedra, los locos Adams, Lassie, y el Llanero Solitario, entre otros. Solo algunos s programas cómicos me gustaban, como La Carabina de Ambrosio y el Chavo del Ocho, pero Pelayo, Chabelo y Siempre en Domingo eran verdaderamente insufribles. Jugaba mucho a las barajas, sobre todo a un juego de solitario. Hacía yo dos equipos, les repartía las cartas, y uno ganaba y otro perdía, pero yo era el único jugador.

—¿En serio? — preguntó incrédula Citlali.

—Hace poco leí un libro sensacional, La Novela de Ajedrez, de Stefan Zweig.  El protagonista es capturado y lo mantienen aislado del mundo. Para no enloquecer, juega ajedrez contra sí mismo, sin tablero y sin piezas. Todos los movimientos los realiza en su mente…eso ya está a otro nivel.

Fue un gran alivio cuando me inscribí a unos cursos de inglés en el Instituto Angloamericano, que estaba a unos quince minutos caminando de mi casa. Disfrutaba las caminatas de ida y vuelta, las clases, y me encantaban los libros con los que practicábamos pues me abrían el mundo de Inglaterra. Algunos compañeros me caían bien y me encantaba ver de reojo a una chica muy guapa, trigueña clara, que aparte vestía muy elegante al estilo escocés. Pero nunca le hablé. Mis idas al Anglo eran un espacio preciosísimo de libertad personal.

Mi cuerpo comenzó a cambiar, primero la voz, el vello corporal, todo eso…el bigote y la barba nunca me salieron bien, y ya de adulto, a lo más a lo que llegué fue a una piochita, más rala que la de Yaser Arafat. Enfrenté la etapa de los granos en la cara, que fue bastante agresiva. Una infinidad de marcas rojas me cubrían la frente, las mejillas y la barbilla, tapando todo mi rostro. Lidié con ellos durante varios años hasta que empezaron a desaparecer. Mi voz comenzó a sonar como bocina descompuesta.  Un día, de visita en casa de mi tío Felipe, decidió grabarnos, a sus hijos y a mí. Escuchar mi voz fue una experiencia verdaderamente horrible. El sonido de bocina descompuesta fue desapareciendo muy gradualmente.  Me ha tocado escuchar voces muy sonoras, de esas que uno siente la vibración hasta en la yema de los dedos, con sonidos claros, bien definidos. La mía era opaca y no hacía vibrar ni mis pestañas.  

En la escuela, me apodaron el Gusano. Aparte de mi delgadez algo notarían mis compañeros.   Nunca he podido dar un buen apretón de manos. Cuando saludo a alguien de mano, la mía no embona, se queda tiesa o no la muevo como debe ser, o tal vez sea un tema de la muñeca o del brazo y no de la mano. Es algo que nunca pude entender.

 —Oiga, yo me imagino que no habrá sido tan feo de joven. Con pelo, no sé si lacio o chino, sin arrugas y de buena estatura… pues no ha de haber estado tan mal. Enséñeme una foto, ándele…

Saqué una cajita metálica del archivero, y le mostré una donde aparezco cargando un perro.

—Ya vio, dijo Citlali entretenida.  —Y a usted que le gusta describirse casi como un monstruo…

Me sentí complacido, muy a mi pesar.

—Pero añádele mi voz toda fea, y los granitos en la cara…

—Párele. ¡Tampoco es que lo haya diseñado la inteligencia artificial! Soltó una risita, divertida.

 

Noche 6.  Rancho Contento

 

Aún llegaban a la ventana los últimos resplandores del atardecer por la altura tan considerable donde se ubica la biblioteca. El pueblo, al sur; La Peña, al poniente. Un poco más tarde llegó Citlali.

—Venía subiendo por la vereda y vi unos árboles de hoja muy rala pero llenos de flores amarillas. ¿Cuáles son?

—Mi madre recolectó las semillas en Tierra Caliente, por el rumbo de Otzoloapan. Siempre dijo que cuando ella faltara, y viéramos esas flores, pensáramos en ella. Y eso es exactamente lo que me sucede todas las mañanas, cuando bajo al pueblo  y las veo. Las ardillas y los cacomixtles se han encargado de esparcirlas, y ahora el árbol está por todos lados. El fruto parece un limón persa, y la semilla al centro es enorme, con forma parecida a una concha de mar. Le nombran “codos de fraile”. Con ellos se elaboran los cascabeles que utilizan los danzantes folclóricos en los pies. Es un instrumento musical muy ingenioso pero un tanto primitivo.

-Ya sé cuáles. ¿Pero cómo se llama el árbol?

Me quedé pensando si convendría hacer un poco de erudición con este tema que me llegaba rodado.

-Viene de la palabra náhuatl “ayoyotl” pero le puedes decir ayoyote. “YOTL” significa calabaza. Al repetir la primera sílaba o parte de ella, se usa para expresar pluralidad, intensidad, frecuencia o para crear diminutivos y formas afectivas. Al decir a-yo-yotl, se indica que es un fruto pequeño y esférico. Me encanta cómo funciona el náhuatl.

— ¿A ver, otro ejemplo de esa repetición?

—Cacáhuatl…

— ¿Perdón? ¿Escuché bien? — dijo sorprendida

Procuré mantener la seriedad, pero no pude ocultar una sonrisa.

-La raíz es cáhuatl que significa semilla, y ca-cáhuatl hace referencia a que hay muchas semillas dentro de una vaina.

—Es muy culto usted —, dijo en tono que pretendía ser un reproche, — pero después de una pausa soltó:  —¿Que pasaría con un tartamudo?

Y ella sola se contestó:

—Que de todo le darían de más, supongo.

Los dos nos reímos de buena gana. Estábamos frente a frente, y de pura casualidad, había una bandeja con cacahuates con cáscara que había comprado en el mercado. No le comenté a Citlali que muchas veces, en la soledad del cerro en el que vivo, me distraigo buscando información sobre las plantas y los insectos que encuentro. Y más recientemente, comencé a obsesionarme por las palabras en náhuatl, por una extraña asociación de ideas. Entre cáscara y cáscara, volví a sumergirme en mi pasado.

En aquellos años en que vivimos en la casa de la Guadalupe Inn, los hermanos de mi madre y ella decidieron emprender un proyecto semi campestre en la localidad de Tenancingo, Estado de México. Compraron un terreno grande y ahí hicieron un conjunto de ocho casas individuales. Había una pequeña cancha de futbol, otra de squash, y una alberca mediana. Lo demás eran jardines. Se llamó Rancho Contento. Íbamos ahí cada semana o a más tardar cada quince días. La convivencia era intensa con los primos, y la de mi madre con sus hermanos y cuñados, y desde luego con mi abuela Omma. Los domingos siempre había una comida comunitaria. Cada familia (las tías y mi madre) preparaban un platillo basto para compartir. Ignoro si se pondrían de acuerdo en qué prepararía cada una, pero el resultado eran banquetes suculentos. Eran buenas cocineras y se esmeraban por quedar bien. Nunca he sido un buen gourmet, así que solo recuerdo los bolillos con chorizo recién asado, crepas de rajas, mousse de camarón, cecina con guacamole y unas gelatinas con frutas ahogadas. De tomar había aguas frescas, ya fuera de horchata, jamaica o de tamarindo.

La mayor parte del tiempo, sábado por la tarde y domingo por la mañana, lo dedicábamos a jugar futbol. Organizábamos partidos con formatos que dependían del número de los que   estuviéramos presentes: cinco contra cinco, tres contra tres, y así. Cuando de plano no se lograban juntar jugadores para los dos equipos, salíamos a la calle, y ahí había muchísimos niños de todas las edades. Seleccionábamos a los que necesitábamos, los invitábamos a nuestra privada, y ellos iban encantados de jugar en una cancha con césped. A veces jugábamos nosotros contra los “niños pobres” lo cual era siempre una masacre, así que repartíamos a los niños pobres en los dos equipos para tener partidos equilibrados.

—Oiga, más respeto. ¿Cómo que los niños pobres? Uno no debe referirse a las personas por ese tipo de características—, dijo Citlali.

—Tienes razón, así hablábamos hace cincuenta años y ahora no se oye bien. Pero me entendiste…

 Los marcadores eran abultadísimos, algo así como 45-36 y no parábamos hasta que se metía el sol. Mas adelante, varios de mis primos tuvieron motocicletas, A mí me compraron una bicicleta con la que fui feliz.  Me iba al centro, tal vez varias veces al día por diferentes rutas, y muy seguido salía a las localidades rurales que estaban cerca, a unos cinco o diez kilómetros de distancia. Se cruzaban llanos muy hermosos, cultivados con maíz, algunas hortalizas, y también había varios huertos de aguacate y zarzamora. Usualmente íbamos tres o cuatro.  El mejor ciclista era definitivamente yo, en una época en que no estaba tan consolidado como deporte. Uno se subía a la bicicleta con la ropa que traía puesta, no como ahora, que los ciclistas utilizan atuendos especiales, y llevan aparatos muy sofisticados para guiarse y saber cuántas calorías quemaron. A veces nos juntábamos toda la bola de primos a contar chistes o platicar anécdotas, y en general me llevaba bien con todos. Con mi padre jugué ajedrez muchas tardes.  El me enseñó el juego y algunas estrategias. A veces participaba alguien más, pero no era tan seguido, y yo me quedaba al lado de mi padre observando las partidas.

Con mis tíos siempre mantuve una actitud distante. Me inspiraban cierto temor y prefería mantenerme alejado de ellos. Los hermanos Pichardo, tanto hombres como mujeres, eran la parte dominante en sus matrimonios. Mi padre siempre se mostró dócil ante mi madre, y procuraba darle gusto en todo. Mi madre lo trató siempre bien, conversaban bastante entre ellos, pero mi padre desentonaba en el ámbito Pichardo. Ellos eran hombres de negocios, hombres de acción, hombres que supieron hacer un buen capital. Mi padre en cambio era un intelectual. Fue uno de los íconos en la historia económica de nuestro país. Tuvo cercanía y colaboró con algunos de  los intelectuales más reconocidos de su juventud, como Vicente Lombardo Toledano, Martin Luis Guzmán y Daniel Cosío Villegas, entre otros. Mi tío Felipe, ingeniero petrolero y próspero constructor, jamás supo quiénes serían esos personajes. Mi tío Carlos, ingeniero especialista en soldadura -el primero que hubo en México- me imagino que tampoco. Así que mi padre era un extraño en el clan, por más que siempre se mostró amable y le gustaba charlar con todos, o intentarlo. -Amigo Felipe, le dijo un día a manera de saludo. -Fernando, tú y yo no somos amigos, somos parientes, que es diferente.

—Rudeza innecesaria, intercaló Citlali.

Muchos años después, durante la última vejez en la larga vida de mi madre, le agradecí al tío Felipe todo lo que había hecho por ella, a lo que me contestó: «No lo hago por tu madre, lo hago por mi hermana, que es diferente». Más claro ni el agua, y en mi adolescencia tuve el atisbo de ese rechazo que se fue confirmando con los años. Al ser mi padre un intelectual, y los otros hombres de negocios, nuestra familia siempre fue la que tuvo menores recursos económicos. No es que nos faltara nada, pero siempre estábamos a la zaga, ya fuera en el tamaño de nuestra casa, los modelos de nuestros carros, y la ropa que usábamos.

Desde entonces me quedó cierto dualismo en torno al dinero. Por una parte, pensé que yo sí haría dinero como mis tíos. Por la otra, tenía el ejemplo de mi padre, que disfrutaba muchísimo escribiendo artículos y notas. Lo recuerdo perfectamente con su bloc y su lápiz, en una mesa pequeña que sacaba al jardín de la casita de Tenancingo. Para el fin de semana empacaba un portafolios de cuero con sus libros, fácilmente cinco o más, y desde que se subía al auto -manejaba mi madre- iba leyendo y subrayando, lo cual era notable, pues sus subrayados eran perfectos. Para eso tenía un pulso de cirujano.

En alguna ocasión en que nos juntamos a charlar primos y primas, alguna de ellas tuvo la idea de que formarían dos equipos, liderados por ellas. Irían escogiendo a los hombres que estábamos ahí, lo cual era práctica usual entre nosotros antes de nuestros partidos. Pero en esta ocasión seleccionarían por el atractivo físico de cada uno. Las primeras elecciones eran casi obvias, pues había algunos con fama de bien parecidos. Yo sentía que me escogerían hacia el final, pero, antes de que dijeran el nombre del siguiente seleccionado, no perdía la esperanza de que fuera el mío. Pero fui el último. Los días que siguieron no dejé de recriminarme haber participado en ese juego. Una cosa es ser el patito feo y otra diferente estarlo demostrando.

—Zas. Eso si estuvo muy cruel—exclamó Citlali, indignada.

Hacia el final de esa época de Tenancingo, algunos de los primos salían a las calles al atardecer en el auto de uno de ellos (no todos teníamos) a conocer muchachas pueblerinas e invitarlas a subir. Si accedían les invitaban un helado y luego iban a estacionar a algún lugar discreto para retozar un poco. Alguna vez fui con ellos. Traté de hacer lo mismo, pero no se me dio. Solo logré intercambiar algunas palabras con la chica, pero la mayor parte del tiempo esperamos a que los demás terminaran con su juego. A mediados de los setenta, abundaban los niños y jóvenes por el crecimiento demográfico brutal de aquellos años. No había ese resentimiento de clase entre ricos y pobres que se siente ahora. Tenía la percepción, que ahora asumo equivocada, que cada uno aceptaba su lugar en el mundo, y no era extraño que las chicas pobres compartieran con los niños ricos. Ese mundo se terminó en parte por el esfuerzo educativo del gobierno, lo que ahora se llamaría el empoderamiento de las mujeres, y por la aparición de bandas criminales y la delincuencia organizada.

Citlali se arremolinó en su sillón, pelando un cacahuate con tanta fuerza que la cáscara crujió entre sus dedos. Me interrumpió de golpe, con una molestia nítida en la voz:

— ¿Qué diablos se creían ustedes? Salir a acosar chicas…no tiene perdón…aunque dice que ellas aceptaban…En fin, no me lo puedo imaginar.  ¡Pero sí le digo, me da rabia eso!

—Sabía que te podías enojar, sobre todo después de que te conté lo de los “niños pobres”. Pero preferí ser transparente y no omitir este tipo de detalles.

—Ningunos detalles—remató ella, aún molesta.  

En aquellos años de Tenancingo aprendí a manejar, lo cual era uno de mis logros que más me llenaba de orgullo. En la casa, la que manejaba casi siempre era mi madre. Mi padre solo aprendió a conducir automóvil hasta después de haberse casado, y nunca fue un buen piloto, ni le gustó estar al volante. Mi madre era muy buena conductora, algo notable para la época, siendo mujer. Sobre todo, en carretera. A ella le habían enseñado desde muy joven sus primos varones y fue ella quien me transmitió muchos consejos para conducir, tales como frenar antes de la curva y acelerar al salir de ella, frenar con motor haciendo los cambios de embrague, alinear el centro del cofre con la línea blanca de la carretera, nunca pasar sobre lo que pudiera parecer una bolsa o una caja de cartón, dar y pedir los cambios de luz larga, nunca rebasar en columpios verticales, hacia dónde mirar para no dejarse deslumbrar por los autos que viniesen en sentido contrario, entre muchos otros. Puse gran empeño en aprender, y no pasó mucho tiempo antes de que yo fuera el chofer designado para trasladarnos todos de la ciudad de México a Tenancingo. Uno de mis grandes orgullos fue el día que por primera vez me llevé yo solo el auto de la familia a hacer alguna diligencia dentro de la ciudad.  Luego tuve que aprender a lidiar con policías y con mecánicos, que son la eterna pesadilla de todo automovilista.

—Y ahora ya no maneja—, dijo Citlali, —más que su bici y su cuatrimoto. Pero le voy a decir algo que no le va a gustar. Me hace un retrato de unos niños ricos de telenovela, medios prepotentes, medios bobos, unos más que otros…

Las casas de Tenancingo se vendieron por ahí del año 1985. Al crecer, muchos de nosotros encontrábamos aburrido el pueblo y preferíamos tener actividades en la ciudad. Además, mi abuela Omma tenía un rancho de 120 hectáreas en la localidad de Valle de Bravo, y ya había dicho, desde muchos años antes, que ese rancho lo dividiría entre sus nietos. Valle de Bravo era la joya de la corona turística del Estado de México, por la presa y sus calles típicas de poblado mexicano antiguo. Tenía una vida nocturna que Tenancingo no tenía, así que la tentación fue grande. Entre todas las cinco familias descendientes de la Omma, y herederas del Rancho en Valle de Bravo, comenzó la inquietud por el traslado hacia allá y el abandono del “Rancho Contento”. Nosotros los Rosenzweig, comenzamos a construir nuestra casa a la mitad del cerro que nos tocó, con una vista hacia el pueblo y las torres de la parroquia hacia el Sur y la presa, hacia el Poniente. Fue un reto para nosotros hacer esa casa. Mis tíos los ingenieros no pensaron que lo lograríamos, pues ni éramos empresarios ni teníamos ninguna experiencia en la construcción. La casa la construimos, evidentemente, con recursos de mi padre, pero no hubiese sido posible sin el empeño y corazón que pusimos mi madre y yo. La construcción de esta casa marcó un hito en la relación con mis tíos los ingenieros, pues marcaba el fin de nuestra dependencia hacia ellos, el fin de su liderazgo, el final de la historia en la que ellos siempre fueron los mejores, y dejaba claro que nosotros, los Rosenzweig, también podíamos.

—¡Tomen para que aprendan! — exclamó Citlali, mientras se ataba los tenis que se había quitado, como era su costumbre.

 

Noche 7. Ladrillos y Maíz

Cuando llegó, noté a Citlali un poco desmejorada, con cansancio en su semblante. No había parado de hacer cortes y peinados para todas las chicas que querían estar guapas en su fiesta de graduación de preparatoria, que sería esa noche.

—Hoy sí me cansé —dijo, dejándose caer en el sillón—. Vengo rendida. Lo normal son dos o tres cortes en una mañana, pero hoy no paré ni para el almuerzo. A la última chica le dije que se le veía bien su cabello largo porque ya no tenía fuerzas ni para tomar las tijeras. Nada más la peiné; me quedó bien, y se fue contenta. No creo que usted sepa lo que es trabajar así de duro.

Durante unas vacaciones de verano en Rancho Contento, uno de mis tíos tuvo la idea de ponernos a trabajar en la obra del mercado municipal de Tenancingo, donde él era contratista, para que fuéramos conociendo el valor del esfuerzo y del dinero. En aquel entonces ninguno de nosotros había cumplido los dieciocho años, pero eso no era impedimento; ni siquiera se había inventado la credencial del INE. Yo acepté con gusto; ya tenía esa edad en que uno quiere despertar al mundo.

Llegamos muy temprano en nuestras bicicletas y las encargamos con uno de los intendentes. Había unas torres de ladrillo rojo apiladas en uno de los patios de maniobra y nuestro trabajo consistió en trasladarlas a otro lugar. Los primeros montones los cargamos a pulso; no serían más de cinco por viaje. Pronto surgió la idea de hacer una cadena humana; nos colocamos a una distancia de unos tres metros de separación y nos aventábamos los ladrillos de mano en mano. Fue divertido, pero pronto nos cansamos. Al día siguiente ya teníamos dolor de espalda y ampollas en las manos. Por puro pundonor, como diría mi padre, logramos terminar la pila que nos asignaron. Muy satisfechos, fuimos a comentarle al supervisor que ya habíamos cumplido y que nos marchábamos. Nos miró con una sonrisa burlona, y nos asignó una pila aún más grande que la que ya habíamos movido y nos advirtió que la salida era a las cinco de la tarde, ni un minuto menos. No tengo claro cuántos días más aguantamos; ni siquiera recuerdo haber recibido mi pago. Con tal de no volver a la obra, nos dimos por bien servidos.


Albañiles influyentes. ¡Lo que me faltaba! —dijo sonriendo, y luego le ganó la risa—. Ya me puso de buen humor. Cuénteme de otro trabajo de esos…

—No fue precisamente un trabajo; digamos que tan solo fue una capacitación.

Durante la preparatoria, en un viaje escolar, nos llevaron a un centro de experimentación para nuevas variedades de maíz que dirigía un técnico suizo, por el rumbo de San Felipe del Progreso. La tarde de nuestra llegada nos pasaron a un jacalón de adobe y piso de tierra, y nos explicaron los experimentos que estaban haciendo con distintas cruzas de maíces criollos. Al día siguiente, nos levantaron al alba para conocer la “parte práctica”. Nuestra tarea era arrancar las mazorcas, deshojarlas y encostalarlas. Nos dieron un clavo largo para abrir la mazorca, y nos sugirieron que utilizáramos los guantes de felpa que nos habían pedido llevar.

Durante las primeras horas echamos competencias para ver quién llenaba su talega de yute más rápido. Para la tarde, el furor deportivo se nos había pasado. Comenzó a caer la noche junto con una fina llovizna. El barro se emplastaba en las suelas de los zapatos, y las aletas de la nariz y las orejas comenzaban a doler. Del cansancio, hasta atinar a la mazorca con el clavo se complicaba. Nunca nos aclararon el objetivo del «bloque práctico», pero me quedó más claro cuando volvimos al jacal ateridos de frío: el suizo estaba arrellanado en un sillón de mimbre, con un jarro de ponche y una pila de libros al lado.

—Debí suponerlo. —remató Citlali—. Ni obreros ni campesinos. De seguro se volvieron unos chicos estudiosos—dijo entre risas.

Noche 8. Mi padre, mi ídolo

—Toma, mira esto —le dije a Citlali mientras le extendía un par de cuartillas engrapadas—. Es lo que he logrado reconstruir sobre la vida pública de mi padre. No espero que lo leas completo. Nada más echa un vistazo; fíjate en algunos nombres de personas y de lugares y te darás una idea de quien fue. Vienen algunas semblanzas de él en algunas enciclopedias, pero es una pena que en ningún lugar esté su biografía completa. Logré reconstruirla con base en mis recuerdos y verifiqué datos y fechas con la ayuda de la inteligencia artificial.

 Ella se acomodó en el sillón, encendió la lámpara de mesa y recibió los papeles. Se tomó su tiempo. Mientras yo observaba en silencio cómo sus ojos recorrían aquellas líneas, el peso de la historia nacional y familiar comenzó a flotar en la habitación.

 

 

Mi Padre: El Intelectual, el Historiador y el Maestro. Fernando Rosenzweig Hernández: (1922-1988)

La trayectoria de Fernando Rosenzweig Hernández se cimentó en el efervescente ambiente intelectual del México de los años cuarenta. Durante su paso por las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria y, posteriormente, en las Facultades de Derecho y Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Rosenzweig formó parte de una constelación de jóvenes brillantes que se convertirían en los arquitectos del Estado mexicano de la segunda mitad del siglo XX. En los pasillos universitarios coincidió y debatió con personajes de la talla de José López Portillo, Luis Echeverría Álvarez, Jesús Reyes Heroles, Horacio Flores de la Peña y Emilio Mújica Montoya, entre otros.

Esta coincidencia no fue meramente casual; constituyó un eslabón generacional definitivo. Mientras compartían cátedras y lecturas sobre el nacionalismo revolucionario y el destino del país, se tejieron redes de respeto técnico e ideológico que, décadas más tarde, se reactivarían para llamarlo a ocupar las más altas responsabilidades en la planeación económica e institucional de la República. Sin embargo, a diferencia de algunos de sus contemporáneos que optaron tempranamente por el pragmatismo político, Rosenzweig eligió el camino del rigor científico y la intransigencia ética.

A principios de la década de los cincuenta, Rosenzweig combinaba su labor como economista con el periodismo de ideas. Se desempeñaba como jefe de redacción en la revista Tiempo, el influyente semanario fundado y dirigido por el célebre novelista revolucionario Martín Luis Guzmán. Fue en la coyuntura electoral del 6 de julio de 1952 cuando sus convicciones de izquierda lo llevaron a protagonizar un acto de abierto desafío al régimen. Junto a intelectuales como Manuel Marcué Pardiñas y Jorge Carrión, Rosenzweig firmó y publicó un "voto razonado" a favor del candidato del Partido Popular, Vicente Lombardo Toledano, manifestándose en contra de la continuidad oficialista que representaba Adolfo Ruiz Cortines.

La reacción del aparato estatal fue inmediata y severa. Rosenzweig fue citado al despacho principal del Banco de México por el propio Director General, el licenciado Carlos Novoa. En una tensa reprimenda institucional, Novoa le reclamó duramente la osadía de morder la mano presupuestal que lo alimentaba, argumentando la incompatibilidad de recibir un sueldo del Estado mientras se atacaba públicamente al candidato del régimen. Rosenzweig defendió su dignidad con entereza, sosteniendo que su permanencia en el banco central dependía de su probada calidad técnica y estadística, no de una forzada sumisión ideológica.

Este choque político encendió la mecha de una crisis insostenible dentro de la redacción de Tiempo, donde la convivencia entre el criterio histórico del equipo técnico y las directrices de Martín Luis Guzmán terminó por fracturarse por completo. El detonante definitivo fue la cobertura impuesta de un desfile masivo organizado para ensalzar al presidente saliente Miguel Alemán Valdés. Guzmán, plenamente alineado con los intereses económicos y propagandísticos del alemanismo, ordenó mutilar, reescribir y alterar de forma arbitraria las crónicas de los reporteros para eliminar cualquier matiz crítico o análisis objetivo de la realidad social del país.

Para Rosenzweig y su equipo, esta intervención sistemática representaba una humillación profesional y una traición al propósito original del semanario. No estaban dispuestos a convertir la revista en un mero folletín de adulación palaciega ni en un instrumento de propaganda ciega. En un acto de dignidad gremial sin precedentes, Rosenzweig encabezó una célebre renuncia colectiva en bloque junto a su jefe de información Ernesto Álvarez Nolasco y redactores de la talla de Mario Gill, Luis Suárez y Germán List Arzubide. El manifiesto público de su dimisión se difundió íntegramente en las páginas del diario El Popular, denunciando ante la opinión pública la incompatibilidad absoluta entre el ejercicio del periodismo ético y la censura ideológica impuesta desde la dirección de la revista.

Aislado provisionalmente de los círculos oficiales por su disidencia, Rosenzweig demostró una versatilidad profesional extraordinaria. En 1954, se incorporó a la Comisión del Papaloapan bajo la dirección humanista del ingeniero Raúl Sandoval Landázuri. Incursionó en la tarea de diseñar y supervisar el sistema de crédito agrícola para las comunidades y ejidos indígenas desplazados por la Presa Miguel Alemán. Esta intensa labor de campo lo llevó a residir de forma permanente, entre 1956 y principios de 1957, en el campamento central de Ciudad Alemán, Veracruz, experiencia que dio origen a su célebre balance "Crédito agrícola en el Papaloapan" (1957) y consolidó su convicción de que los números debían servir para la emancipación social.

Su destreza en estas materias llamó de inmediato la atención del Banco de México, institución a la que ingresó formalmente en 1955 como pilar técnico de primer orden, y desde la cual el historiador Daniel Cosío Villegas lo reclutó para el monumental proyecto de la Historia Moderna de México. Operando bajo un esquema de colaboración institucional y "doble sombrero", el banco central lo comisionó entre 1956 y principios de 1957 para regresar a la cuenca del sureste y residir de forma permanente en el campamento central de Ciudad Alemán, Veracruz. Esta intensa inmersión en el campo le permitió procesar sobre el terreno el balance final del sistema de financiamiento rural, experiencia que dio origen a su célebre estudio "Crédito agrícola en el Papaloapan" (publicado formalmente en 1957) y consolidó su convicción de que los números debían servir para la emancipación social.

A su regreso definitivo a las oficinas de gabinete en la capital, Rosenzweig dividió sus jornadas entre la planeación macroeconómica contemporánea del banco y el procesamiento de ingentes bases de datos sobre moneda, banca y comercio exterior del siglo XIX. Esta titánica aportación académica culminó en 1965 con la publicación de los tomos de "La Vida Económica" del Porfiriato correspondiente a la Historia Moderna de México, introduciendo por primera vez en México las herramientas de la historia económica cuantitativa.

 

 

A la par de este extenuante trabajo de investigación histórica en los años sesenta, y con el fin de complementar sus ingresos, Rosenzweig recurrió a su notable dominio del idioma inglés y su bagaje teórico. Se convirtió en un prolífico traductor externo para la Sección de Obras de Economía del Fondo de Cultura Económica (FCE). Entre sus aportaciones editoriales más destacadas de este periodo se encuentran la traducción del clásico de Arthur S. Link, La política de Estados Unidos en América Latina (1913-1916) (publicado en 1960); el compendio colectivo coordinado por Everett E. Hagen, Planeación del desarrollo económico (editado en 1964); y el célebre manual universitario de George Leland Bach, Tratado de economía. Estas minuciosas traducciones no solo oxigenaron su economía personal, sino que formaron a generaciones de economistas hispanohablantes al poner a su alcance las discusiones de vanguardia de la teoría del desarrollo internacional.

La solvencia demostrada en el Papaloapan convirtió a Rosenzweig en un cuadro técnico de exportación para los organismos multilaterales. En 1966, la FAO lo reclutó como experto internacional para dirigir los estudios del Proyecto de Desarrollo de la Cuenca del Huallaga Central, con sede en Tarapoto, en la Amazonía peruana. Durante tres años, aplicó modelos de colonización dirigida y estructuró sistemas de crédito rural para los nuevos asentamientos de la selva alta. En 1970, la FAO extendió su misión internacional y lo asignó a Quito, Ecuador, como experto asesor en planificación económica, donde colaboró estrechamente con las agencias estatales en el umbral del auge petrolero andino.

Su regreso de Ecuador a México ocurrió a principios de 1971, año en el que se trasladó formalmente a colaborar con el Gobierno del Estado de México. No obstante, sus diferencias con la política estatal  lo llevaron nuevamente al extranjero en 1972, trasladándose a Guatemala como consultor especializado en el proyecto GAFICA (Grupo Asesor de la FAO para la Integración Económica Centroamericana), un ambicioso esfuerzo técnico por articular los sectores agropecuarios de las naciones del istmo centroamericano.

El bagaje acumulado en el extranjero y su impecable reputación motivaron a sus antiguos colegas a convocarlo en las vísperas del nacimiento de un nuevo centro de excelencia. Así, en noviembre de 1974, Rosenzweig figuró como cofundador y primer Director de la División de Investigación del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). En este arranque, la naciente institución -impulsada por Francisco Javier Alejo y el propio Echeverría- estuvo presidida por su entrañable compañero de la UNAM, Horacio Flores de la Peña, quien fungió como el primer presidente del CIDE.

Bajo la dupla de Flores de la Peña en la presidencia y Rosenzweig en la dirección de investigación, la institución asumió un rol histórico trascendental: convertirse en un refugio intelectual para decenas de académicos y científicos sociales que huían de las dictaduras militares en el Cono Sur, tras el sangriento derrocamiento de Salvador Allende en Chile (1973) y los golpes de Estado en Uruguay y Argentina. Rosenzweig integró a estos brillantes exiliados latinoamericanos a las áreas de investigación del CIDE, consolidando un espacio de pensamiento crítico y plural de alcance continental que marcó la formación de nuevas generaciones de economistas.

El advenimiento del sexenio de su antiguo compañero de aulas de la UNAM, José López Portillo, en 1976, reactivó las redes generacionales y colocó a Rosenzweig en el núcleo de la alta burocracia financiera. Tras colaborar en el IEPES formulando el Plan Básico de Gobierno, fue nombrado en 1977 como Director General de Política de Ingresos en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP). En esta trinchera colaboró de forma muy estrecha con Julio Rodolfo Moctezuma Cid, primer Secretario de Hacienda de ese gobierno y un funcionario estrechamente ligado a Horacio Flores de la Peña (de quien había sido colaborador clave como Oficial Mayor cuando Flores de la Peña encabezó la Secretaría de Patrimonio Nacional en el sexenio previo).

Fiel a su vocación integradora, Rosenzweig invitó a colaborar en Hacienda a destacados economistas del exilio latinoamericano que laboraban en el CIDE; entre ellos, de manera muy prominente, al uruguayo Samuel Lichtensztejn (exrector de la Universidad de la República en Montevideo), quien se desempeñó como asesor macroeconómico de primer nivel en la dependencia.

Fue justamente este equipo técnico y de asesoría internacional, encabezado por Rosenzweig y bajo el cobijo de Julio Rodolfo Moctezuma, el encargado de diseñar y formular por primera vez en México el Impuesto al Valor Agregado (IVA). El objetivo era sustituir el obsoleto Impuesto sobre Ingresos Mercantiles, que cobraba tasas en cascada y distorsionaba la economía. Inspirados en los modelos de fiscalidad europeos y en las rigurosas proyecciones macroeconómicas que Lichtensztejn y los técnicos nacionales desarrollaron entre 1977 y 1978, se estructuró la base gravable que finalmente adoptaría el Congreso. Aunque diseñado conceptualmente bajo la dirección de Rosenzweig en la primera mitad del sexenio, este impuesto entró en vigor formalmente el 1 de enero de 1980, transformando radicalmente la recaudación del Estado moderno.

Al concluir su periodo en Hacienda, Rosenzweig continuó colaborando de forma muy estrecha con el licenciado Julio Rodolfo Moctezuma Cid en uno de los magnos proyectos de infraestructura del régimen: el ambicioso Programa de Puertos Industriales. Durante su primera etapa, operó en la Presidencia de la República bajo la conducción directa de Moctezuma Cid —titular de la Coordinación de Proyectos de Desarrollo—, encargándose del diseño, la planeación y el estudio de la viabilidad económica de terminales marítimas estratégicas como Lázaro Cárdenas, Coatzacoalcos y Altamira. Posteriormente, al transferirse institucionalmente el proyecto a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), el propio Rosenzweig fue designado para encabezar la Coordinación General de Puertos Industriales, asumiendo la máxima responsabilidad ejecutiva del programa. El objetivo de esta titánica empresa era descentralizar la industria pesada y preparar los litorales nacionales para el auge del comercio exterior y la exportación energética.

Posteriormente, en 1983, su pulcritud ética le abrió las puertas de la recién creada Secretaría de la Contraloría General de la Federación, donde sirvió como Comisario. Hacia febrero de 1984, a propuesta de su antiguo compañero de las aulas universitarias, Don Jesús Reyes Heroles —entonces titular de la Secretaría de Educación Pública—, el presidente Miguel de la Madrid lo designó Director General del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA). En este puesto, Rosenzweig se reencontró con su antigua vocación social por las comunidades marginadas, universalizando los servicios de alfabetización en todo el país hasta octubre de 1985, encargo que dejó pocos meses después del sensible fallecimiento del secretario Reyes Heroles.

Los años de madurez de Fernando Rosenzweig se consagraron a la docencia de alta dirección, la descentralización de la cultura y la ciencia. A la par de sus responsabilidades en el sector público, y motivado por una profunda reestructuración institucional promovida por el entonces director de la facultad de economía, Pedro Aspe Armella, Rosenzweig se había incorporado como profesor investigador de tiempo completo en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), donde consolidó su reputación como un docente entrañable y formador de nuevas élites técnicas. Tras concluir su ciclo en el servicio público federal, y convencido de que la historia económica debía nutrir también las identidades locales, en 1986 se sumó al núcleo selecto de intelectuales fundadores de El Colegio Mexiquense en Zinacantepec, Estado de México, impulsando investigaciones de corte regional que analizaban las haciendas, la industria y los movimientos sociales de los municipios mexiquenses. Por esta brillante aportación académica de rescate de la memoria local

Por esta brillante aportación académica de rescate de la memoria local, el gobierno estatal le otorgó la máxima distinción civil de la entidad: la Presea Estado de México "Ángel María Garibay Kintana", un galardón destinado a honrar a aquellos hombres cuya obra científica, literaria y humanística ha dejado una huella indeleble en el desarrollo cultural del Estado de México.

Su fallecimiento ocurrió en 1988, dejando tras de sí el ejemplo insólito de un hombre que transitó por las oficinas más complejas del Estado nacional y los organismos globales sin perder jamás la calidez humana, la bonhomía intelectual ni la lealtad a los principios de justicia social. En reconocimiento a su papel fundador y a la donación de su valioso acervo personal, El Colegio Mexiquense bautizó a su principal repositorio documental como el Centro de Recursos Documentales y de Información "Fernando Rosenzweig", el cual resguarda su memoria viva y continúa sirviendo de faro para las nuevas generaciones de científicos sociales en el corazón de México.

El relieve intelectual y la trascendencia pública de Fernando Rosenzweig Hernández quedaron firmemente registrados en las obras de referencia y la literatura especializada del país. Su trayectoria biográfica, sus contribuciones al desarrollo regional y su intachable conducta institucional son objeto de consulta obligada en las páginas de la Enciclopedia de México, donde su ficha resalta el doble perfil del economista docto y el historiador renovador. Asimismo, tras su deceso, la comunidad académica se volcó en honrar su memoria; destaca de manera muy particular la revista Estudios del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), que dedicó un número especial con rigurosos artículos de homenaje post mortem. Dichos textos, redactados por colegas e investigadores que compartieron con él los cubículos universitarios y las misiones internacionales, desmenuzaron tanto su revolucionaria aportación a la historia agraria y estadística como las virtudes personales de un maestro entrañable, generoso y poseedor de una agudeza analítica irrepetible.

Mi Padre, Modo Familia

Citlali bajó lentamente las hojas, las colocó sobre sus piernas y se quedó mirando fijamente a la estantería, como si los libros hubiesen cobrado vida durante su lectura. El silencio de la sala parecía sopesar el peso de los nombres que acababa de leer.

—No entiendo de política, pero supongo que su padre corrió con suerte —se animó a decir Citlali.

—Cómo me hubiese gustado que, en esta charla que tengo contigo, él estuviese presente. Te voy a contestar a la luz de las experiencias que yo tuve en el gobierno y en la academia. Los llamados “intelectuales” son reconocidos porque tienen mentes privilegiadas, que son capaces de razonar lo que otros no ven, de encontrar vínculos entre fenómenos que nadie más ha visto, que poseen una memoria más robusta que los demás y que, aparte de todo, han tenido la disciplina de escribir y desarrollar sus ideas con un método, sin caprichos y sin ocurrencias. Por lo mismo tienden a ser arrogantes, o por decir lo menos, no se juntan con cualquiera. Si van a platicar de algo les gusta que sus interlocutores estén a su nivel. Supongo que muchos de los personajes que ya he mencionado eran engreídos y no tan fáciles de trato en cuestiones de trabajo. Imagino a mi padre, saltando de temas, del crédito agrícola a la historia económica del porfiriato, al diseño de los impuestos como el valor agregado, a coordinar proyectos gigantescos de desarrollo regional o instituciones complejas como la educación de los adultos, en la que hay que lidiar con secretarios de Estado, gobernadores, entre otros.

Una carrera como la de mi padre solo se explica si tienes una alta capacidad intelectual, si eres perseverante y constante en el esfuerzo, y además tienes una inteligencia emocional que te permita lidiar con el ego de escritores de la talla de Martín Luis Guzmán, historiadores del nivel de Daniel Cosío Villegas y de políticos de primer nivel, por no hablar del trato con los presidentes de la República, si no eres de los que se agachan y defiendes tus principios, como lo fue él. Definitivamente no se trata de suerte. Y por lo mismo creo que descansó durante sus últimos años, cuando dejó el gobierno y se dedicó a la academia; ya no tenía que quedar bien con nadie en las estructuras de poder, sus alumnos eran sus evaluadores, creo que supo disfrutar de la libertad de cátedra, y te hablo de las instituciones más prestigiosas del país.

—Oiga, ¿y qué se sentía al comer y merendar todos los días con él? No sé cómo podría haber sido en modo familia —preguntó Citlali.

—De niño, lo veía como un papá muy divertido. Lo veíamos poco, porque él trabajaba en la selva y nosotros vivíamos en Lima. Y entonces toda la convivencia con él era como de día de fiesta. Ya después, lo veía con mucha admiración por lo que hacía y por las personas con las que se juntaba. Y al final, la vida es cruel, uno se vuelve adulto y se toma el derecho de juzgar a sus padres. Y cuando ellos ya no están, es cuando uno los ve como verdaderos titanes.

Cuando nos fuimos al Perú, mis padres pensaron que la familia viviría junta en Lima; en realidad, su puesto de trabajo se ubicó en la población —ahora ciudad— de Tarapoto, en un campamento de la organización. No era la selva aún; técnicamente le llamaban “pie de selva” y la vegetación era mucho más espesa que en otras selvas que conocí después, como las de Chiapas, Quintana Roo o el Petén. Nosotros nos quedamos viviendo en Lima, y mi padre venía una vez cada varios meses a vernos.

Eran muy agradables sus visitas. Hacíamos algunos paseos familiares sencillos, como caminar por las calles y plazas de Miraflores, tomar un helado, comer unos churros rellenos en alguna cafetería. Lo que más nos gustaba era que nos llevaran a una tienda departamental llamada Oeschle, dónde vendían unos autos metálicos de colección, marca Corgi Toys la mayoría, hechos en Inglaterra. Siempre nos compraban uno.

—¿Son los que están en la vitrina? —quiso saber Citlali.

—Algunos. Esa colección fue creciendo; con el paso de los años, me quedé con los carritos de mis hermanos, y se sumaron los que dejamos empacados en México antes de irnos al Perú, y posteriormente una colección de modelos antiguos a escala que adquiría mi padre en las estaciones de servicio en Guatemala, uno por semana. Las adquisiciones finales las hice en el mercado de La Lagunilla, ya en México, siendo yo un hombre maduro para esas fechas. Toda esa colección está ahora en la vitrina de mi habitación en la casa de Valle de Bravo, junto con soldaditos de plomo que fui adquiriendo en distintas épocas a lo largo de la vida.

Durante unas vacaciones me tocó ir a visitar a mi padre a Tarapoto. Atravesé la cordillera de Los Andes en un avión de cuatro hélices de la compañía Fawcett. Él me recogió en el aeropuerto, que consistía en una pista de barro compactado y una pequeña caseta con techo de palma, que hacía las veces de terminal. El trayecto al campamento cruzaba las calles sin pavimentar de aquel pueblo, con construcciones corrientes o provisionales. Así me imaginaba el campamento, pero al llegar, la sorpresa fue grata. Consistía en una serie de casitas independientes, dispersas a lo largo de un área grande, dónde habitaba cada uno de los expertos del proyecto. El comedor era comunitario, y ahí se juntaban todos al desayuno y el almuerzo.

Un día emprendimos una larga caminata, asistidos por un guía, en la que cruzamos durante varias horas la selva, con su olor característico a humedad impregnada de materia vegetal en descomposición. De repente encontrábamos insectos enormes, como unas mariposas de color azul intenso que revoloteaban bajo el domo vegetal.

—Me muero de ganas por conocer la selva —intervino Citlali—. ¿No salieron changos, tucanes, o más animales?

—Esa vez no, aunque sí era una zona peligrosa. En otra ocasión mi padre regresó con la piel de un tigrillo que había matado. Tenía las patas y el vientre agujerados: no era cazador y le habían prestado un rifle de postas, de esos que disparan muchas balas juntas, a ver cuál pega. Nunca había disparado un tiro ni jamás volvería a hacerlo. No era aventurero; era un hombre de paz. Eso explica que el episodio no se borrara nunca del anecdotario familiar. Pero volvamos a la caminata en medio de la selva.

Llegamos agotados a una pequeña choza con techo de palma, a la orilla de un río caudaloso, seguramente tributario del Huallaga. En aquel momento no entendí lo que hacíamos ahí, pero ahora comprendo que mi padre fue a levantar una encuesta de economía agrícola hasta aquel lugar. Hizo muchas preguntas y toda la información la anotaba a lápiz en una pequeña libreta de notas. Hasta muchos años después, cuando conocí de cerca los procedimientos para el levantamiento de encuestas, me di cuenta del profesionalismo de mi padre y de su rigor intelectual. No concibo a un encuestador de la actualidad caminando por horas entre la selva para hacer una entrevista que muy fácilmente se pudo haber inventado.

Mi padre era muy ocurrente para hacer frases y yo le festejaba de buena gana todas sus ocurrencias. Hay muchas frases suyas que no se me olvidan, de distintas épocas, que ilustran su tipo de humor. Un día que mi hermano menor estaba en plan de hacer berrinche, apuntó que «Fernando está muy positivo dentro de su negatividad». Otro día regañó a mi madre por usar el término de inditos y le sugirió utilizar el de «grupos étnicos diferentes», lo cual a la postre se volvió broma familiar: «Mira aquella mujer de un grupo étnico diferente que vende piñas». Varias veces se pronunció en contra de la palabra Kleenex y nos urgía a utilizar la de «pañuelitos desechables» (el paso del tiempo le ha dado la razón). Para referirse a una ciudad cualquiera de los Estados Unidos utilizaba la denominación de Falfurrias, Texas. Al ruido de los motores foráneos de la época de la regencia de Carlos Hank les llamaba «hankidos» y así, había términos con los que jugaba y otros que inventaba. Y una que se volvió clásica, en una ocasión que le subió mucho la fiebre: «Una ecuación más una Carmelina [...] es igual a…». Nunca supimos a qué era igual, pues siguió desvariando.

Contaba mi madre que de recién casados, mi padre fue a ver a una oculista amiga de ella. Lo sentó para examinar su vista y le pidió una descripción de una figura.

—Aparece una circunferencia, y del centro parecen salir dos líneas radiales de diferente extensión que apuntan hacia unas marcas aparentemente equidistantes…

Una vez que le colocaron unos lentes, exclamó:

—¡Aurorita, pero si es un reloj!

Le gustaba utilizar términos “domingueros”, pero además era bastante distraído para cuestiones cotidianas. En alguna ocasión dictó una conferencia sobre la economía del cultivo del garbanzo, y a la salida preguntó a unos campesinos:

—¿Y este grano qué es?

—Garbanzo —le contestaron. La imagen no figuraba en todo el material que había leído. Lo suyo era definitivamente la vida intelectual.

No todo mundo apreciaba su sentido del humor y hubo más de alguno que se sintió ofendido. A las bromas y comentarios chocarreros habría que añadir sus observaciones francas y directas. Como el día que el presidente José López Portillo le presumió la Gran Cruz de Isabel La Católica que le habían otorgado, y mi padre le señaló, para su disgusto, las flechas que caracterizaban a la Falange española, es decir, al franquismo tan odiado. O cuando redactó un documento que un secretario le llevó al presidente Luis Echeverría; el secretario comentó: «Le entendió muy bien el presidente», a lo que mi padre replicó: «Progresa Echeverría». Mi padre nos contaba esos incidentes con cierto orgullo de niño pícaro. Para mí eran verdaderas epopeyas de mi héroe, que se movía en tan altas esferas y se atrevía a decir esas frases tan agudas.

Ahora veo que tal vez mi padre haya tenido el problema de incontenible soltura verbal que también yo he padecido. Aunque sé que a veces cierto comentario quede fuera de lugar, muchas veces no resisto las ganas de soltarlo, y el costo es quedar como imprudente, insensible o sencillamente como un pesado. Había un rancho dividido por una barranca; de un lado estaba la casa de la familia Ricaud, que se pronuncia Ricó, así que mi padre le dijo al pariente que vivía enfrente: «Y de este lado viven los Pobré…». Fue una broma que hasta la fecha no le acaban de perdonar los descendientes de aquel pariente, sobre todo porque la mofa se esparció como la pólvora.

A la ahijada de mi madre que vivía con nosotros, de unos diez años en ese momento, le decía Pulga. «No me vayas a decir así mañana que vienen mis amigas», le pidió ella. Al día siguiente, al ver la sala con globos y llena de niños, la buscó con la mirada y al encontrarla le gritó con fuerza: «¡Pulga!».

Solo una vez lo vi exaltado. Le urgía regresar a la Ciudad de México después de unas vacaciones en Manzanillo. Aeroméxico sobrevendió el vuelo y cancelaron nuestros pases de abordar. Armamos un tremendo zafarrancho en el aeropuerto, algo muy inusual entre nosotros (de esos que actualmente se volverían virales en las redes), y mi padre increpó a algún empleado con la frase de que preferiría regresar en patín del diablo antes que volar con aquella compañía. Al final, algún otro pasajero le cedió el lugar.

Salvo en sus ausencias de trabajo, mi padre fue un hombre de hogar. Los años que convivimos con él, siempre que pudo, fue a comer a la casa, y llegaba por lo general a buena hora para la merienda. Siempre estaba de buen humor y presto a emprender cualquier conversación. Le gustaba ir a buenos restaurantes con sus amigos, con quienes conversaba en largas sobremesas, pero eso no le quita lo hogareño. Como regla general, siempre recuerdo eso de las comidas con él: disertaba en la sobremesa algún tema, muchas veces de historia, y todos nosotros y mi madre lo escuchábamos con atención. Era un buen narrador. Tanto su actitud como la nuestra era seria. Los temas eran formales y no había lugar para risas ni carcajadas.

—El padre y los escuchas… Me los imagino ahí, todos seriecitos… papaloteando en otra cosa, ¿a qué sí?

—Ahora tú también me vienes con palabras de origen náhuatl… Pero ya que lo dices… A veces sí me quedaba pensando en otra cosa.

—Parece que estuvieran jugando a la escuelita —, dijo Citlali, ya encarrerada en su reflexión—. Nomás les faltó sacar una libreta para los apuntes.

—Lo dirás de broma… Cuando estudié mi licenciatura, él era el único profesor que daba Historia Económica. Me tocó tomar clases con él.

—Y seguro sacó diez —, dijo, provocadora.

—Ni modo que no. Aprendí por ósmosis. Era un profesor muy querido por sus alumnos. ¿Ves ese cuadro que tiene una manzana pintada al centro? Está allá, cerca de la entrada. Una alumna de él era hija de esa gran pintora, Martha Chapa, y le consiguió el cuadro a muy buen precio.

—Nunca he oído hablar de esa señora, pero el cuadro está hermoso… una sola manzana en una gran mesa… ¡ya me antojé!

Noche 9. Colegio Suizo

No escuché cuando entró Citlali a la biblioteca. De pronto la vi observando el cuadro de Martha Chapa, y lo comparaba con una manzana roja que traía en la mano. Cuando me vio, me dijo:

 —También traje una para usted.

Estaba encantada de que una fruta del mercado pudiera ser objeto de un óleo tan impresionante. Con entusiasmo, dio una gran mordida a su manzana, se le quedó mirando, y de inmediato la comparó con el logotipo de su ipad mini.

 —¡Por poco y me quedan iguales! A la próxima será. A ver Usted, una mordida.

 —Yo no, —dije apenado, — la tengo que partir con mi navaja en pequeñas rebanadas.  

Me volteó a ver de reojo y con otros dos mordiscos dio cuenta de su manzana.

 A mi regreso a México, me inscribieron en el Colegio Alemán, en la sucursal central, en ese entonces en Tacubaya, al quinto grado de primaria. Ya antes había estado en esa escuela  en Lima y Quito. Mi madre también estudió unos años ahí, antes de que México se incorporara a la Segunda Guerra Mundial, y había estado interna, junto con sus hermanos, en una escuela de religiosas en Hamburgo. Aterricé a mis once años, al quinto grado, en lugar del sexto como me hubiese correspondido, ya que perdí un año a causa de que en Sudamérica no cursamos el idioma inglés. En quinto comencé a estudiarlo, y me pareció más bonito y fácil que el alemán. Al terminar la preparatoria siete años después, nunca volví a hablar ni a leer en alemán. Jamás pude descifrar un periódico o una revista en ese idioma, a diferencia de las que estaban en inglés, que pronto comencé a comprenderlas. El inglés en cambio me sirvió bastante a lo largo de la vida.

Me costó trabajo acostumbrarme a la gente de México, sobre todo al uso de la palabra “güey”. Alguna vez pregunté a un compañero que por qué se decían “buey” el uno al otro, lo que resultaba incomprensible. La respuesta me dejó aún más desconcertado: —No se dice buey, se dice güey. Tampoco comprendía el uso de la palabra “mano” para referirse a alguien entre amigo y conocido.  Era un extranjero en mi país y en mi propio idioma.

—¿Qué pasó mi cuate? —preguntó Citlali, muerta de risa. —¿Cómo que no entendía ni náhuatl ni mexicano?

También me parecía extraña la costumbre de formarnos para entrar a clase al final del recreo. —Hagan fila, tomen su distancia, adelante. Prácticamente igual a lo que haría años después durante el Servicio Militar, que solo consistía en marchar los viernes en la tarde con uniforme de conscripto, hacer la fila al inicio y romper filas al final.

Los recreos eran divertidos. Los alumnos de todos los grados salíamos al mismo gran patio al mismo tiempo. Como no tenía amigos, me dedicaba a recorrer el patio. Era un mosaico enorme de colores, tanto por la variedad de fenotipos (germánicos, mexicanos y mezclas diversas), como por la vestimenta colorida de todos. En mis colegios en Sudamérica siempre usé el uniforme escolar, y en México eso ya no se usaba. En alguna esquina del patio estaría un grupo de niñas jugando al avioncito o brincando con unas ligas, otras saltaban la reata que era una diversión femenina hasta donde recuerdo; muchos chicos jugaban a las canicas, y en ocasiones había alguna gresca entre alumnos y todos nos poníamos en círculo a observar. Participé varias veces en el juego de las canicas. Si uno perdía, perdía la canica en favor del vencedor. Había una regla que no recuerdo como aplicaba, pero el hecho es que quien llevaba una canica de metal, tenía bajo ciertas circunstancias el derecho a «cascar» al otro, es decir, tirar la canica metálica desde muy cerca hacia una de las canicas de vidrio, que terminaba astillada, abollada o hecha añicos. Se llamaban balines, no eran fáciles de conseguir, y me sentí muy cómodo el día que conseguí uno en un taller mecánico cercano a la casa. Muchos otros chicos y chicas conversaban durante el recreo mientras yo daba vueltas hasta que sonaba la campana para formar las filas.

Después de ese año en el Colegio Alemán, me pasaron al Colegio Suizo de México, que según mi madre proporcionaba mejor educación al ser una escuela mucho más pequeña. En efecto, en sexto año en el Colegio Suizo éramos alrededor de treinta estudiantes; a secundaria pasamos menos; por las exigencias académicas cada año quedaban menos compañeros; tal vez hayamos sido quince al iniciar la preparatoria y al terminarla éramos solamente trece. En quinto año en el Colegio Alemán, éramos treinta en cada grupo, pero había quinto A, B, C, y D. Así dieron inicio siete años en el Colegio Suizo, uno de primaria, más la secundaria, y la preparatoria. Comenzaríamos tal vez equilibrados en el número de hombres y mujeres, pero en los últimos años, la proporción de mujeres fue bajando. En el séptimo año, éramos diez hombres y tres mujeres. Una de las consideraciones de mis padres a favor del Colegio Suizo es que era mixto (muchos en aquella época no lo eran, como los de los Legionarios) pero la dinámica del tiempo retorció aquella ventaja.

Al igual que en el Colegio Alemán, los recreos eran la oportunidad para conocer y ver a chicos y chicas de otros grupos, en este caso, los más grandes que nosotros y los más chicos, pues éramos grupos únicos. En los primeros años, jugábamos futbol en los recreos, a veces sin balón, pateando una lata de refresco vacía. Ya después, muchos recreos eran para conversar con los compañeros, muchas veces sobre el futbol, o para comentar sobre la belleza de alguna chica, o sobre alguno de sus atributos que nos llamara la atención. Algunas de las chicas eran verdaderamente guapas. Recuerdo a la chica morena clara con muslos exquisitos en sus shorts de deportes, con un cabello lacio trigueño que le cubría parte del rostro; aquella otra de senos enormes pero perfectamente proporcionados; la muñequita que llegó de España, delgadita, pecosa y de pelo rizado; la hermana menor de un compañero suizo, que tenía  unos ojos verdes encantadores; y muchas otras que hacían nuestras delicias en los recreos, con sus atuendos ajustados,  en colores muy vivos de las marcas cotizadas de la época.

—Qué gracioso — dijo Citlali — ¡era una escuela mixta, pero con esos números, las chicas estarían ahí para antojar! Y añadió —¡Ya veo que era medio fijado, pero nada lanzado! Los típicos mirones— dijo meneando la cabeza.

Novia nunca tuve, amigas con las que platicara mucho tampoco. Ya desde entonces era yo más espectador que protagonista. Hacia el final de la preparatoria, sufría yo muchísimo cuando alguien organizaba alguna reunión en su casa, con parejas. Yo no tenía; en ocasiones me presentaron algunas, pero fueron encuentros que no prosperaron.

Había una dinámica peculiar entre los alumnos del Colegio Suizo, al menos en mi grupo. Por un lado, estaban los que provenían de hogares extranjeros o germanoparlantes. Por otro lado, estábamos los que hablábamos español nativo. Nos veíamos con cierta distancia unos a otros. Convivíamos en viajes, en reuniones sociales y en los recreos, pero hay ciertos comportamientos y códigos en los clanes que se reconocen, pero son difíciles de explicar. Había diferencias culturales, de idioma y  de costumbres, que hacían que uno perteneciera a una tribu y no a la otra. De las tres chicas que quedaron al final de la preparatoria en nuestro grupo, todas eran de idioma alemán nativo. El sentido del humor de cada clan era muy distinto. —De que se ríen? Ni modo de explicar el chiste.

—O sea que iba a una escuela extranjera, y sólo se juntaba con la raza. Cómo que no cuadraba mucho Usted por ningún lado.

—Y sigo sin cuadrar.

Noche 10. El Megáfono de mi Madre

Mi madre siempre fue muy unida con sus hermanos. Ella fue la mayor seguida por Carlos, Felipe, Susana, e Ignacio. Mi madre le llevaba a Ignacio ocho años. Siempre vio a sus hermanos con respeto, y siempre les pedía consejos. Son los hermanos que hicieron fortuna a temprana edad. «Yo sí sé cómo forjar un patrimonio», dicen que decía Carlos. Susana se casó muy joven con un próspero empresario toluqueño, quien luego quebró, y fue ella quien realizó un emprendimiento con el negocio de las flores y así hizo mucho dinero. Ignacio, el menor, fue un político prominente. A los treinta y un años fue diputado federal, y tuvo una carrera política ascendente hasta llegar a gobernador del Estado de México, dos veces secretario de estado en el gabinete federal, y dos veces embajador de México ante países europeos. Mi madre tuvo con Ignacio una relación particular. Habían vivido un año en un internado en Alemania, entre 1937 y 1938, justo al inicio de la gran guerra, y mi madre fungió como su madre sustituta, ya que él tenía tan solo dos o tres años en aquel momento. Forjaron una relación entre ellos similar a la de madre e hijo que duró toda la vida.


— Perdón por la interrupción. ¿Sabe con qué palabra me topé el otro día, que fuimos a unas prácticas a una comunidad allá lejos? “Chichigua”. Dicen que viene del náhuatl “chichi”, que es una repetición onomatopéyica para el pecho o el acto de mamar, y que significa nodriza. O sea, una mamá sustituta.

—Wow. Creo que no me hubiera servido mucho estudiar náhuatl, pero sin duda es mucho más divertido que el alemán.

Mi madre consultaba muchas decisiones con sus hermanos: «Necesitamos la opinión de tu tío Carlos, o de tu tío Felipe, o de tu tío Nacho». Esa práctica hizo que yo, deliberadamente, las esquivara. Sentía que era una actitud de menosprecio a nuestras propias capacidades como familia. También pedía la opinión de mi abuela Omma, pero con ella no era tan notoria la consulta, pues se pasaba un buen rato todos los días conversando con ella por teléfono. En la casa de Jaime Nunó, ella se sentaba en el descanso de la escalera, en la parte alta, en el pasillo que daba a los cuartos, y su voz se escuchaba clara y fuerte en toda la casa. En ocasiones, hablaba de nosotros con la abuela Omma, así que durante esas charlas muchas veces estaba yo inquieto, a la espera de escuchar mi nombre y lo que dijera de mí, muchas veces crítico.

Esa costumbre de indiscreción telefónica la mantuvo hasta los últimos años de su vida. Algunos comentarios que escuché en ciertas ocasiones si me calaron. —Andrés ahora lleva una vida de peón…

—Era el típico «te lo digo Chana para que lo oigas, Juana» —intercaló Citlali, o el «radio pasillo» que tan bien funciona en la escuela. En mi casa le decimos el chismógrafo; todas las familias tienen uno.

—A mí me lo vendían como virtud: «Qué bueno que en las familias nos podamos comunicar, así somos más fuertes». Lo curioso es que, por andar comunicándose con sus hermanos, a veces no se comunicaba con nosotros.

Yo prestaba mucha atención al megáfono telefónico de mi madre, y no solo a las palabras, sino también a las inflexiones de voz y a los silencios… «Quién sabe qué estará diciendo mi abuela Omma sobre ese particular». Había que estar siempre atentos y alertas y, por lo mismo, vivía algo atemorizado. A diferencia de lo que ocurría con los abusadores del internado, en casa no podía hacer nada frente a una agresión verbal. «Es que mis hijos son tan tímidos, Nacho». Y luego esos comentarios pasaban al dominio de la comunidad de primos en Rancho Contento.

—O sea que, del megáfono, pasaban al perifoneo, para que todos se enteraran. ¡Qué horror!

Mi madre fue compañera de escuela de la hermana menor de mi padre en el Colegio Alemán, por ahí de 1938, cuando regresaron de Alemania. En algún momento mi padre comenzó a interesarse por ella. Muchas veces escuché la misma versión: que mi padre le escribía unas cartas muy bonitas y que seguido le mandaba flores y chocolates. Durante sus últimos años de vida en Valle de Bravo, soltó algunas confesiones que rompían con la narrativa anterior: que en su momento le pareció muy extraño que «ese señor», hermano de su amiga, le mandara flores.

Hubo un encuentro fortuito en San Andrés Tuxtla. Mi padre había ido allá con un grupo de amigos; mi madre con sus amigas. Se encontraron en la plaza, se reconocieron, comenzaron a platicar más, y al regresar a la ciudad de México el encuentro derivó en noviazgo. Mi madre guardó durante muchos años esas cartas “tan bonitas” que le escribía él.  Se casaron el 24 de febrero den 1956, día de la bandera y del onomástico de mi madre, en la iglesia de San Jacinto, en San Ángel.

De soltero su mayor atractivo no fue su físico y mucho menos su dinero, pero era un personaje interesante dentro de la política y el periodismo mexicano. Su atractivo radicaba en su cultura amplísima, su honestidad, su franqueza personal y su sentido del humor. Llegó al matrimonio sin saber manejar un vehículo automotor. Mi madre fue quien lo enseñó, pero él nunca disfrutó de su puesto al volante, aunque sí aprendió. De niños, en carretera manejaba él; ya después, en la adolescencia, mi madre. De joven «noviaba» en transporte público, y no sé hasta qué grado ello haya sido un inconveniente para mi madre, que vivía con hermanos amantes de la mecánica y de los automóviles.

La relación de mis padres era buena. Cada uno tenía su rol, al cual siempre le fueron fieles. Mi padre trabajaba y entregaba todo su sueldo en la casa. Mi madre siempre administró todo y, gracias a ella y su austeridad, lograron algunos ahorros y forjaron un patrimonio que generosamente nos dejaron a los hijos. Mi madre a veces se quejaba de que mi padre no se involucraba en las cuestiones prácticas del día a día, incluyendo el patrimonio y el dinero. Dónde vivir, qué casa comprar, qué vehículo adquirir, a qué escuelas inscribirnos, eran decisiones del ámbito de mi madre. Mi padre era feliz con tal de que pudiera tener tranquilidad para leer y escribir; fue un hombre extraordinariamente paciente, al menos con la familia.

Ya en la vejez, en sus últimos meses, escuché a mi madre conversar con una sobrina que relataba que se iba a casar muy enamorada, a quien le dijo de golpe:

—Yo no. Me sorprendió mucho la confesión, pero no dejó de hacerme cierto sentido.

—¡Zas!— exclamó Citlali —. Esa sí que no me la esperaba. Antes se juraban amor eterno y yo pensé que lo sentían…

—Yo creo que, si lo sentían, pero más que nada, lo construían. Seguro que su amor terminó más fuerte que como comenzó.

—Dígame, ¿del uno al diez, ¿cómo calificaría el matrimonio de sus padres?

—Mi padre diez. Mi madre diez. En promedio ocho.

Citlali cerró los ojos, ponderando las cifras. De pronto dijo:

—¡Qué remedio! La aritmética del corazón.

Noche 11. El abolengo Rosenzweig

Entré a la biblioteca y ya estaba Citlali, con los audífonos puestos, oyendo música. Me dijo hola con la mano, y ya después se levantó y me dio un beso en el cachete.

—Ahora se le hizo tarde —me dijo—. Me puse a curiosear un rato y vi la placa que tiene ahí, con un reconocimiento que le hicieron unos ganaderos por una charla que dio. ¿A poco sabe de ganado?

 —En realidad, casi nada, pero esa vez les expliqué cómo funciona la exportación de becerros. Trabajaba en eso, en comercio exterior…

Citlali estaba mirando la placa cuando me interrumpió:

 —Qué apellido tan raro tiene. ¿Por qué me dijo que se apellidaba Pichardo? Así lo anoto cuando va a la estética, Pichardo, una rapada, 100 pesos, pero tiene otro apellido, Rosen, Rosen algo, el que sale ahí.

—Es para despistar al enemigo —dije, y me sonreí un poco. — Me senté en el sillón de respaldo alto para apoyar la cabeza y controlar mejor el cuello; me serví un vaso de agua mineral y le exprimí un limón.

Mis antepasados llegaron a México de Austria, aunque lo correcto es decir de Austria-Hungría, pues vinieron con el ejército de Maximiliano a fundar el Segundo Imperio Mexicano. Primero llegó un Fernando de Rosenzweig; después su hijo, de idéntico nombre. Ambos eran cartógrafos muy calificados y posiblemente ejercían su profesión al servicio del ejército de Napoleón III. Cuando cayó el Imperio y Maximiliano fue fusilado, Juárez decretó un indulto amplio que les permitió quedarse. Hicieron muchos levantamientos de haciendas en el Estado de México, principalmente en el sur. Hay un plano hecho por alguno de ellos de la Meseta del Anáhuac que ganó una medalla de oro en la Gran Exposición de París en 1889[1]. Y en algún momento, ya con fortuna hecha, se radicaron en Toluca, donde fueron dueños del mejor hotel de aquella época: el Gran Sociedad. Mi abuelo Guillermo pertenece a la generación siguiente.

Muchos de mis parientes Rosenzweig tienen una verdadera fascinación por la historia familiar. Un antepasado de los que llegaron, de nombre Joseph, recibió un título nobiliario del Imperio austrohúngaro, expedido por el káiser Francisco José por servicios destacados prestados al ejército. El título le permitía llamarse Joseph Edler von Rosenzweig, algo así como un rango de caballero. En México solo se tropicalizó el von, así que todos ellos eran de apellido «de Rosenzweig».

Mi padre nació con ese apellido, pero en algún momento se quitó el de para quedar nada más como Fernando Rosenzweig. Él tenía ideas de izquierda, era profundamente humanista y le irritaban esos residuos de una nobleza y de un Imperio ya liquidados desde el fin de la Primera Guerra Mundial. Así que habemos parientes Rosenzweig y otros «de Rosenzweig». Si les sirve o les agrada esa preposición de, qué bueno; a mí no me ha hecho falta.

Para muchos, el apellido es motivo de orgullo; para mí ciertamente lo es, sobre todo por mi padre. Pero el apellido ha sido muchas veces un pequeño obstáculo cotidiano. En México a la gente le cuesta mucho trabajo pronunciarlo. La mayoría de la gente hace una lectura fonética en español, que produce un sonido muy distinto a la pronunciación en alemán, idioma al que corresponde. Otros tratan de pronunciarlo como si fuera inglés y la doble u se convierte en ge. Así, hay todo tipo de variantes: desde Rosensuai, Rosensweg, Rosengüey  y muchas otras. Siempre me ha incomodado explicar la pronunciación: «Rosenzwaig, sería en español» así que contesto que si soy yo, lo pronuncien como lo pronuncien. Por eso, desde joven comencé a utilizar mi apellido materno en situaciones cotidianas, como la nota de una ferretería o la reservación en un restaurante. Me convertí en Andrés Pichardo en las situaciones del día a día, a pesar del orgullo que siento de ser hijo de mi padre. No es un tema que tenga que ver con ningún conflicto de identidad, pero sí contribuye a veces a sentirme un extranjero en mi propia tierra.

Citlali se quedó callada un momento, asimilando la genealogía y el peso de ese apellido que cruzó el océano. Dejó la placa sobre la mesa y me miró con una sonrisa apenas insinuada.

—Así que caballero del Imperio —dijo Citlali en un tono festivo, sin llegar a ser burlón.

—No sé para qué les haya servido el título a mis antepasados. Una vez me mostraron el original: estaba en una caja con tapas metálicas y sellos de lacre con el escudo del emperador Francisco José. Pero eso no les daba de comer; por eso se vinieron con el ejército de Maximiliano a ganarse la vida acá. Las tierras que tengo vienen de los Pagaza, y esos nada más tenían el título de «don».

—Lo seguiré anotando como Pichardo. No me voy a aprender su otro apellido y seguramente lo escribiría mal.

—Si viviéramos en los tiempos de los aztecas, ni el Pichardo habrías podido registrar.

Ella se quitó un audífono, intrigada:

—¿Por qué? ¿A poco los aztecas tenían prohibido su apellido?

—El náhuatl es una lengua limpia, económica; le faltan casi todas las letras fuertes del español o del alemán. No tiene la be, ni la de, ni la efe, ni la ge, ni la ere, ni la ese, ni la uve.

Citlali se quedó mirando las vigas de la biblioteca. Trató de arrastrar las letras en la boca y luego soltó un destello de pura picardía:

—A ver, déjeme hacer el intento… Sin la «de» de Pichardo… ¿Entonces cómo le dirían? ¿Sería Pitzarto?

—Casi… —le sonreí, saboreando el momento—. Al náhuatl también le falta la ere.

—¡Lo tengo! —gritó entusiasmada—. ¡Pitzalto! Sin albur.

Antes de cerrar la puerta, volteó a verme:

—Además, me acaba de dar una gran idea. No sabía qué nombre ponerle al cachorrito que me regalaron. Se llamará el Edler.

Y se atacó de risa.

Noche 12. La estirpe de los Pichardo

—Tuve un día pesadísimo, dijo Citlali cuando entró.

Tuviste muchas prácticas, de seguro.

—No fue eso. Otra vez no hubo paso del Arco hacia el pueblo. Se volteó otro trailer en la misma curva de siempre, y ya sabe, estaba llenísimo de gente, estaban las cajas de cerveza tiradas en el asfalto, y todos llevándose las que podían, felices, y nosotros en el colectivo, acalorados, sin poder avanzar. Ojalá que no robaran tanto los políticos, remató.

—Híjole, me da pena eso que te pasó. Si los polis no hacen nada, mal, pero si llegaran a arrestar a los que se robaban las cajas, ¡imagínate! Los políticos también sufren. Así fue la vida de mi abuelo Carlos…

—Venga, ¡écheme ese cuento! Pero conste, lo que dije no fue por él, dijo sin llegar a estar muy apenada.

Mi abuelo Carlos Pichardo Cruz es una figura familiar pero también histórica [2]. Fue diputado constituyente del Estado de México y diputado federal, pero su cargo más importante fue el de secretario general de Gobierno. Durante su gestión le tocó lidiar con algunos aspectos delicados de la política anticlerical del gobierno federal, legado de Calles, en una ciudad conservadora y eminentemente católica, como Toluca. Su esposa, mi abuela Omma, siempre fue una creyente católica fervorosa, formó a sus hijos en el catolicismo, e hizo todas las ceremonias correspondientes en la vida de ellos, bautizos y primeras comuniones, en una época en la cual los ritos públicos estaban prohibidos y había que hacer esas ceremonias en la clandestinidad. Mi madre relata que, en su primera comunión, la niña de atrás le prendió fuego accidentalmente a su velo que le dejó una quemadura en el cuello. Mi abuela enfrentó el doble agobio de la quemadura de su hija y el posible regaño del marido: —No le vayas a decir a tu papá que te quemaste, se va a enojar. A pesar de ser libre pensador confeso, tuvo el tacto para no implementar a rajatabla las disposiciones anticlericales y anticatólicas que impulsaba el gobierno federal.

Fue un hombre que siempre buscó su superación personal. Tuvo una biblioteca amplísima, según me cuenta mi madre. Era autodidacta en varias disciplinas, en adición a su formación como abogado. Fue tenaz en entrenar su voz. En la época que el hacía su proselitismo político en busca del voto popular, no se utilizaban megáfonos ni equipos de sonido en los mítines públicos[3]. El orador tenía que hilar bien sus ideas con claridad y sobre todo, con voz potente, que resonara entre todos los asistentes. Mandó construir en el patio de su casa en Toluca un cuarto forrado de corcho, en el que se encerraba a hacer vocalizaciones y otros ejercicios de voz y oratoria.  Casó con mi abuela, a quien conoció en una de sus giras proselitistas en Valle de Bravo, durante su campaña para diputado local. Desde lo alto del presídium en el mitin, divisó a una muchacha que le gustó y le causó buena impresión. Indagó por ella, le dijeron que estaba emparentada con el obispo Joaquin Arcado Pagaza, poeta vallesano. Con algún pretexto se hizo invitar a la casa de la familia, y así inició un rápido noviazgo que derivó en matrimonio.

Fue un jefe de familia que impuso una disciplina férrea. Tenía un huerto grande en las afueras de la ciudad de Toluca, en el que había una alberca al descubierto con temperatura ambiente —prácticamente helada por las mañanas, al estar a las faldas del Xinantecátl, o Nevado de Toluca. Obligaba a sus hijos pequeños a darse un chapuzón para que forjaran su carácter. Mi madre y mis tíos hablaban poco de él, y cuando lo hacían era con bastante respeto, y refiriéndose a él como un personaje lejano. De lo poco que me contaron de él, me imagino que sentiría miedo si alguna vez tuviese a mi abuelo enfrente.

Y recuerdo ahora la frase de uno de mis tíos: —¡Los Pichardo somos unos enanos emocionales!

—¡Enanos emocionales! Buenísimo ese término. Conozco varios.

Por algún motivo, en 1936 dejó la actividad política. En 1937 emprendió un viaje a Alemania, con la intención de instalarse y trabajar allá. Ignoro que antecedentes haya tenido de la situación política antes de partir allá, pero el nazismo ya estaba en su apogeo. Su decisión es un enigma para mí. Mi madre relató que la explicación era sencilla, que no había que buscarle tres pies al gato, que mi abuelo era un admirador de la cultura germana y que tenía la intención de que sus hijos se educaran en ella. Hay quien dice que se desilusionó al no haber sido postulado para gobernador; para otros, tuvo algunas diferencias serias con algunas personalidades políticas de la época.

Había aprendido el idioma alemán el solo, en su biblioteca en Toluca, tal vez con la ayuda de algún profesor ocasional. Al llegar a Hamburgo, en una gasolinera, el dependiente no lo entendió, para su desconcierto. Alguien le explicó después su alemán era ultra culto  (Hochdeutsch) y que los empleados de la gasolinera hablaban un slang , casi un dialecto.[4] No encontró trabajo en la Alemania nazi — así que colocó a los hijos en un internado en Hamburgo, el Kinderheim St. Elisabeth. Este centro formaba parte de la infraestructura de asistencia de la comunidad católica en la ciudad. No deja de ser paradójico, que un funcionario de alto rango encargado de la implementación de políticas anticlericales en México haya optado por un internado católico en Alemania para sus hijos. Mi madre y sus hermanos, la pasaron francamente mal. No hablaban el idioma, venían de otra cultura, de otro clima, y enfrentaron además la austeridad de la vida en Alemania de la preguerra. Mi madre recuerda la escasez de pan o huevo ciertos días a la semana, y la nula disponibilidad de agua caliente para bañarse o lavarse las manos.

 Mientras tanto, mi abuelo Carlos con mi abuela Omma se dedicaron un año a viajar por toda Europa, en un automóvil que llevó desde México —muy llamativo como todo buen carro de origen americano de la época.  Tenía una posición económica desahogada, toda vez que alternó su actividad política con la práctica privada de la abogacía.  Para mi abuela ha de haber sido difícil disfrutar de ese viaje, con el pendiente de haber dejado a sus hijos en Hamburgo. En aquella época ha de haber sido difícil para las mujeres confrontar a sus maridos.

La estancia en el internado dejó una huella que perduró a lo largo de toda la vida de mi madre, que tendría unos 15 años. Recordaba bien los desfiles de   las brigadas juveniles, las llamadas “Hitlerjugend”; el saludo nazi con el brazo en alto a sus profesores todas las mañanas, e inclusive, haber visto, muy a lo lejos, al mismísimo Hitler saludar a las multitudes desde su convertible Mercedes—Benz. También recuerda las estrellas amarillas que pegaban en las mangas a los niños judíos, sin que s imaginaran el horror que siguió después. Mi madre, quien siempre tuvo una memoria prodigiosa, recordaba bien la letra de las canciones de la época, ahora proscritas. En un viaje posterior que hizo a Alemania, ya en la edad madura, se reencontró con una amiga. Iban en un automóvil y de pronto comenzaron a cantar las canciones de su infancia. —Esto esta prohibidísimo, Carmen. Más allá de la ideología y la historia, fue lo que aprendió de niña.

Mi madre siempre tuvo una memoria prodigiosa, no solo para aquellas canciones alemanas, sino también podía recitar párrafos enteros de la poesía de Joaquin Arcadio Pagaza, de la Suave Patria de López Velarde, de Renato Leduc, entre muchos otros.

El proyecto educativo de la familia Pichardo Pagaza abortó una vez que el abuelo Carlos atisbó el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La familia salió de Alemania con destino a Veracruz en el último vapor que pudo hacerlo, de la Hamburg Amerika Line. A los pocos años mi abuelo falleció de cáncer a los 52 años.  y dejó huérfanos a unos hijos pequeños y otros recién entrados en su adolescencia. Mi madre tenía 17 años.

—Vaya historia. Me parece personaje de novela, dijo Citlali. —Pero mire, cuando yo tenga hijos, no los pienso educar así, vaya salvajada de aventarlos al agua helada del Nevado. Y ese viaje a Alemania…me lo imagino dentro de esos documentales que a veces pasan por la tele…Hizo una breve pausa, y continuó: —¡Pero la que debió haber sufrido horrible fue su abuela!

Citlali tomó sus cosas, dio un trago a su botella de agua, y cuando iba de salida, descubrió en una de las paredes el título de mi madre: Universidad Femenina de México. Título: Laboratorista Médico.

—Se ve muy guapa su madre, con su pelo chino. ¿O sea que era profesionista? preguntó sorprendida.

—Si. Ella tenía el intelecto para haber desarrollado cualquier carrera profesional. Solo obtuvo un grado de laboratorista médica en la entonces Universidad Femenina de México, un centro escolar exclusivo para señoritas. Es la época en la que las puertas de la educación superior apenas se abrían a las mujeres, y me parece que en su elección de una carrera técnica también tuvo que ver la pérdida de su padre a una temprana edad. La “Femenina”, como la nombraba ella, con los años perdería su razón de ser. Se graduó y trabajó muy contenta durante varios años, en el llamado Hospital de la Ceguera[5], en apoyo de los oculistas y oftalmólogos más connotados del país, ganándose su aprecio. Tenía una gran facilidad para relacionarse con los demás, se interesaba verdaderamente por ellos, y siempre estuvo dispuesta a brindar su ayuda desinteresada a quien le hiciera falta, así fuera tan solo su tiempo, su consejo y su compañía.

—Qué bonita historia, la de su mamá. Así me gustaría ser a mi cuando termine enfermería. Que me llamen los doctores y les digan a los familiares: «Miren, a su enfermito lo cuidará nuestra enfermera estrella, Citlali…».  Sacó el pecho con orgullo y su rostro se adornó con una sonrisa.

Noche 13. La Gran Abuela Omma

Llegó Citlali muy contenta esa noche, Había aprobado con sobresaliente su examen final de Anatomía.

 —Y cuénteme, ¿a Usted como le fue hoy?

Le dije que muy bien; por lo general siempre contesto eso. Pero le conté que, por la noche, el perro de la casa mató a un tlacuache, y lo dejó tirado en la rampa de piedra.

 — Lo metí en una bolsa, lo puse en la parrilla de la moto y lo subí a la palapa que está a medio cerro para que se lo comieran los zopilotes. Ya muerto, que sirva de algo.

Citlali me echó una mirada de esas que matan.

—Pobre tlacuachito! Mínimo lo hubiera ido a enterrar. Y con eso que me cuenta, más odio a los perros.

—A mí también me duele. Pero cuando veo planear los zopilotes por las tardes, les agradezco el espectáculo que dan, y también que limpien de carroña el cerro. Sin ellos los olores serían insoportables.

—Mejor cuénteme de su abuela Omma.

Mi abuela materna, la abuela Omma, tiene lo suyo en su biografía. Le decíamos simplemente Omma, término que tomó del alemán pues se resistió a que le dijeran abuela a una edad en que ella aún se sentía fuerte y plena, por ahí de sus cincuenta años. José Gilberto Pagaza, su padre, era un agricultor muy próspero e innovador en la región de Valle de Bravo. Tenía cultivos de trigo y maíz y también se dedicaba al ganado, que compraba barato en Tierra Caliente, engordaba en Valle de Bravo y lo vendía ya finalizado, en Toluca. Era una logística innovadora para la época. Su casa principal estaba en el pueblo, en la calle del Vergel, y su rancho principal era San Gaspar. Para facilitar sus operaciones ganaderas, compró lo que ahora es el Rancho San Antonio, que pasó a ser parte de la herencia de mi abuela Omma y tuvo grandes repercusiones en las generaciones posteriores, especialmente en la mía.

Era un hombre práctico, parece que de pocas palabras. Cuando un alemán amigo suyo le pidió la mano de su hija Carmen para casarla con su hijo, tuvo el buen tino de escucharla a ella, quien se negó rotunda. Cuando conoció a mi abuelo, el entonces joven abogado Pichardo, mi abuela decidió que se casaría con él. Pidió autorización a su padre, don José Gilberto, pero él le negó el permiso; tal vez hubiese preferido un ranchero como él. Padre e hija se aferraron, el a que no y ella a que sí.  Con ayuda de muchas amistades de ella, que la querían por su carisma y alegría, organizaron una boda casi furtiva. Al final se enteró del enlace don José Gilberto y aceptó los hechos ya prácticamente consumados con resignación. Pero se mantuvo firme y no asistió a la fiesta. Pasó el día cuidando de sus plantas en el huerto del Rancho de San Gaspar. Años después, con la llegada de la primera nieta -mi madre-, llegaría la reconciliación.

El pueblo de Valle de Bravo siempre le pareció pequeño a mi abuela Omma. Oía historias de gente que iba y venía de la ciudad y soñaba con salir pronto de aquí. En muy pocas ocasiones llegaba un vehículo automotor, y ella contaba que, después de verlo pasar, cerraba las ventanas de la casa para guardar «el olor de ciudad», que ella asociaba con el humo de los escapes. Independientemente del enamoramiento que hubiese sentido por el joven abogado, el matrimonio le permitió salir del pueblo. Muchos años los pasó en Toluca, con todas las comodidades que brindaba el abuelo Carlos, prominente político y abogado.

En su vejez, cuando hijos y nietos redescubrimos Valle de Bravo y el Rancho San Antonio como un refugio paradisiaco, ella se negó a volver a radicarse acá: «Tanto trabajo que me costó salir del pueblo, dejar esas calles llenas de barro y ese olor a humedad en épocas de lluvia «. Vivió sus últimos años muy feliz en un departamento amplio y elegante, en un séptimo piso, en Polanco.

Su fe católica siempre la acompañó. Recuerdo bien los trayectos en carro después de los fines de semana con ella. Casi al tomar carretera, empezábamos a rezar el rosario… Hasta hace poco comprendí que el momento del rezo significaba cesar cualquier otra conversación; que el estar alerta para responder con las segundas partes del padre nuestro y el ave maría era una forma de terapia de relajación. Siempre estuvo atenta a las ceremonias de Semana Santa, incluyendo todas las estaciones que rezábamos en el jardín los jueves santos, y después el imperdible desayuno de Pascua, que era un verdadero deleite gastronómico en las épocas del Rancho Contento. A diario asistía a misa, arreglada impecablemente, y hacía las oraciones que correspondían a la mañana, tarde y noche.

Al enviudar heredó bastantes propiedades, que supo administrar con atino. Algunas las fue vendiendo para costear la educación de sus hijos, en lo que nunca escatimó. Había austeridad en su hogar, pero no carencias y sí algunos lujos. Siempre hubo un vehículo en casa para salir a pasear con toda la familia, en una época en la que poseer uno era un símbolo de estatus. Tuvo una amiga entrañable con la que se iba seguido a Acapulco y a nado se internaban bastante en la bahía. Después hizo varios viajes a Tierra Santa, como ella la llamaba, y muchos otros tours por todo el mundo: a Rusia, a Japón y a Sudamérica, entre los que recuerdo.

Una de sus decisiones de mayor trascendencia para la vida de nosotros, sus nietos, fue la herencia del Rancho San Antonio, con una extensión de ciento veinte hectáreas muy cerca del centro de Valle de Bravo, en una época en que ya despuntaba como destino turístico después de la construcción de la presa Miguel Alemán. Lo pudo haber vendido, pero su visión fue otra. El Rancho San Antonio perteneció a su padre, José Gilberto Pagaza, y después a un hermano de ella, un tal Ignacio, que murió muy joven, aparentemente por ingesta excesiva de alcohol. En la sucesión testamentaria de Ignacio figuraban dos hermanas, y tuvieron que ponerse de acuerdo en cómo dividir el rancho. Había que escoger entre la parte alta, con muchos cerros y colinas, y la parte baja, con unas tierras de labor de primera calidad. Mi abuela dijo al albacea que ella prefería el cerro. Le hicieron ver que era mejor la otra parte, pero ella se mantuvo en su elección, según cuenta, porque le gustó. A los pocos años se inició la construcción de la presa, luego comenzó la inundación de lo que ahora es el vaso y las tierras bajas quedaron sumergidas, mientras que las tierras altas ganaron unas vistas espectaculares. La abuela Omma siempre fue muy intuitiva; ella misma decía que tenía ciertas facultades extrasensoriales y que presentía acontecimientos que estaban por ocurrir.

En algún momento alrededor del año 1965, cuando yo tendría unos seis o siete años, organizó una cena donde repartiría el Rancho San Antonio entre sus cinco hijos y sus familias. Ella trazó a ojo cinco fracciones sobre un plano antiguo, hecho con técnicas topográficas no muy precisas. Las numeró, hizo unos papelitos y los rifó entre las cinco familias. El hijo menor de cada una fue el encargado de tomar un papelito; esa asignación, con la cual unos quedaron más conformes que otros, perduraría por muchos años hasta que se hicieron nuevas escrituras. Las fracciones no serían de sus hijos, sino de sus veintitrés nietos, entre ellos yo. El reparto entre cinco familias implicó que a quienes pertenecíamos a las familias menos numerosas nos tocara un mayor número de hectáreas, lo cual despertó envidias desde entonces. Éramos todos menores de edad, así que nuestros padres asumieron el cuidado y la preservación del rancho hasta que pasara a nuestras manos. Fue una de las decisiones de la abuela Omma que reforzó su autoridad no solo sobre sus hijos, sino también sobre todos sus nietos. En una carta que nos dirigió a todos escribió: «Esta es mi voluntad: que seas propietario de un pedazo de terreno; me ha costado esfuerzo cuidarlo y mantenerlo, ojalá que algún día hagas tu casa. Y con letra mayúscula, añadía: —«No lo vendas «.

La abuela Omma murió tres meses antes de cumplir los 100 años, y se mantuvo lúcida hasta el final, y siempre con los cuidados y atenciones de sus hijos, especialmente mi madre. Con frecuencia había reuniones de toda la familia en su departamento de Polanco, por diversos motivos. El centro de la familia no era el Rancho San Antonio; el centro era ella.

—¿Y su abuela Omma, con quién vivía? — quiso saber Citlali.

—Hasta pasados los noventa años, vivía sola en Polanco, y tenía una señora que la atendía.

Nunca quiso dejar de ser independiente. A la edad de noventa y dos años se operó de la cadera pues no se resignaba a dejar de caminar. Solo en sus últimos años iba mi madre, casi a diario, a dormir con ella. A la hora de la comida, pasaba al comedor, siempre muy bien arreglada, se sentaba en la cabecera, y le servían su comida de tres cursos, sopa, plato fuerte y postre, en unas vajillas de porcelana antigua, y cubiertos de acero macizo, de esos que pesan y nunca se doblan. Muchas veces tenía como invitado a alguno de sus hijos o algún nieto, y siempre sacaba buena conversación. Mientras la vista se lo permitió, no dejó de leer el periódico. Su vida fue una combinación entre la elegancia y el refinamiento, su profunda fe religiosa y sus orígenes rancheros, de los que nunca se olvidó. De pocas personas puede uno hablar tan bien, como de ella. Aun buscándole, no encuentro nada en su vida que pudiera criticársele. Son de esas personas que nace una cada cien años.

—Oiga, entre tantos lujos, ¿a su abuela nunca le salía lo vallesana?  ¿Algún dicho ranchero, por ejemplo?

—Claro que sí. Cuando alguien no estaba conforme con sus decisiones, o cuando nosotros nos poníamos difíciles, soltaba uno que no admitía réplica:

 — ¡Al que no le guste el fuste, que se baje y monte a pelo! 

Citlali bajó la vista y un poco la cabeza, como si también hubiese salido regañada. Por eso rematé:

—¡Más vale una  colorada que cien descoloridas!

Citlali pestañeó un poco y tras un breve silencio pausa comentó:

— Viene Usted de una estirpe de grandes mujeres; y de grandes hombres. Me parece que, aunque buenísimos todos, había de sal, de chile y de manteca.

Noche 14. Mi Último Refugio en la Ciudad

Cuando desperté de mi siesta de la tarde, Citlali ya estaba en la biblioteca, de pie frente a la vitrina.

—Hay soldaditos, carritos, figuritas… Mire —dijo entusiasmada—, ahí está el Ángel, Bellas Artes, el Monumento a la Revolución… Todo eso lo conocí ahora que fui.

—Es una ciudad que sufrí por muchos años, sobre todo por el tráfico. Pero ahora que vivo en Valle de Bravo, me gusta ir. Tomo el Zinabus y en dos horas estoy en una de las capitales más grandes del mundo. Hay de todo; yo con ir allá dejo de pensar en viajes al extranjero. Ahí encuentro todo lo que me gusta y, además, tengo un refugio al que le tengo mucho cariño.

—Cuénteme, ¿eso cómo está?

—Un día, ya estando jubilado, me fui a cuidar el jardín de una casa que tuve en Cuajimalpa, y que por aquellas fechas no rentaba pues mis inquilinos la dejaron después de una noche en que se les metieron a robar cuatro asaltantes… Vivía con mi madre en un pequeño departamento en Tlatelolco, por situaciones que por el momento voy a omitir. El tráfico de regreso de Cuajimalpa estaba insoportable. Dos horas y no había llegado ni al Periférico; tres horas y apenas iba por el Paseo de la Reforma. Al llegar a la glorieta de Colón, me di la vuelta hacia una de las calles aledañas porque ya no podía manejar más. De pura suerte encontré un lugar donde estacionarme. Me bajé y me eché a andar por unas calles a medio alumbrar. Los edificios no eran muy altos, de unos cinco pisos, muchos de ellos descuidados. También había algunas casonas de cantera de estilo porfiriano, vistosas pero algo decadentes. Daba la impresión de que en esa colonia el paso del tiempo se hubiese suspendido; los ríos de carros que atascaban todas las avenidas no pasaban por ahí. Mi humor fue mejorando con el aire fresco de la noche.

De pronto vi a una señora de pelo rubio y de buen ver que estaba terminando de colocar una manta en la entrada de una privada, con el letrero de «Se vende». Ya tenía ganas de dejar Cuajimalpa y tampoco estaba a gusto en Tlatelolco, así que me quedé mirando…

—¿Le interesa? —me preguntó la dama.

Dije que sí, y gentilmente me invitó a pasar. Se entraba por un corredor angosto con unas pequeñas casas, todas iguales, a cada lado del pasillo. Parecía el andador de una vecindad, pero con cierto estilo. Al entrar, la casita me fascinó. Tenía detalles que dejaban adivinar sus mejores épocas, como los mosaicos antiguos en el corredor, los plafones en el techo estilo art déco y un lavabo de hierro porcelanizado. También se advertía a primera vista un estado ruinoso: puertas apolilladas, paredes ensalitradas e instalaciones hidráulicas aparentes en el baño, fruto de muchos remiendos y composturas. Tenía un cubo de luz y una escalera de fierro que daba a la azotea, donde solo había un pequeño cuarto de servicio.

—¿Cuánto? —le pregunté.

—Un millón —fue la respuesta.

—Lo compro —dije sin dudar, pues con esa cantidad no adquiriría nada ni en una zona de la periferia. Y esta pequeña joya deteriorada estaba en el corazón de la colonia Juárez, a pocos pasos del Paseo de la Reforma.

—¿Quito el letrero?

—Sí, quítelo, mañana tiene depositado el anticipo.

Me llevó varios meses y algún dinero remodelar esa casita, pero lo hice con cariño. Revisaba los avances y luego me iba a reconocer la zona. El Museo de Cera y el Museo de Ripley eran colindancia de la parte posterior de la privada y cerca había restaurantes de todo tipo. Pronto me compré una bicicleta y mis reconocimientos abarcaron un perímetro mayor. Un día en que me dirigía a Tlatelolco a saludar a mi madre, descubrí un restaurante-bar con una buena dotación de hostess bastante guapas. Ellas atendían y también estaban autorizadas a sentarse en las mesas. No quiero entrar en detalles, pero, desde entonces, ese bar y otros que descubrí después se convirtieron, junto con la casita, en mi «Palacio de las Bellas Durmientes».

—Otra vez salen a relucir esas chicuelas —dijo Citlali con algo de ironía—. Pero mejor sígame contando, de su adolescencia.

Noche 15. Elección para el Futuro

Cuando yo era niño la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiún años. En 1978, cuando tuve que elegir carrera, a los dieciocho ya era mayor de edad. Siempre me ha parecido que a esa edad uno no está preparado para nada, le comenté a Citlali cuando llegó.

—Afirmativo, asintió, sin darle ninguna importancia al asunto.

Al terminar la preparatoria en el Colegio Suizo, no tenía una verdadera pasión por ninguna materia. Tenía predilección por las clases de Historia, Literatura y Filosofía, mientras que las ciencias duras, como Física y Química, no se me daban. Con las matemáticas me las arreglaba bastante bien. Estaba claro que iría a las ciencias sociales, aunque no tenía claro ni a cuál, ni en dónde.

Se juntaron varios factores que me hicieron decidirme por Economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, el ITAM . Mi padre asistió a la universidad, pero nunca concluyó una carrera; tomó cursos de Derecho y de Economía. Mientras fui niño siempre escuché que papá era economista agrícola o bien que era historiador económico. Así que mi elección de carrera fue en gran parte influencia suya. Nos habían dado unos cursos en preparatoria sobre economía que me agradaron: estudiamos sobre todo la ley de la oferta y la demanda, una disciplina curiosa que combinaba la teoría con unas matemáticas no demasiado sofisticadas. El profesor también me cayó bien, a diferencia de los pesados que daban Física o Química, y había estudiado en esa universidad. Mi hermano Gabriel también me habló con entusiasmo de ella. Así que, sin más trámite, fui un día a Río Hondo número 1, pedí los requisitos, hice mi examen de admisión y me inscribí.

Por las pláticas con mi padre me había formado la idea de que las universidades serían un centro de gran actividad intelectual y política; pensaba que al salir del Suizo me esperarían gestas casi heroicas en el debate de las ideas, sin tener mucha claridad de cuáles. Estábamos en 1978; aún no terminaba la Guerra Fría, había muchos seguidores de los modelos de izquierda, por llamarlos de alguna forma, aun cuando ya parecía evidente la superioridad de los Estados Unidos frente a la Unión Soviética. En América Latina aún brillaba la Revolución Cubana y sus logros en salud y educación. Estaba fresco el golpe de Estado de 1973 contra Salvador Allende; las brutalidades del régimen de Pinochet eran conocidas y funcionaban como uno de los estandartes del antiimperialismo de la época. La Revolución Sandinista, también con tintes de izquierda, había ganado las simpatías del mundo entero al haber derrocado un régimen dictatorial corrupto al servicio de los Estados Unidos. En un viaje de mochileros que hicimos a Europa un buen amigo de la preparatoria, mi hermano Gabriel y yo, tuvimos la oportunidad de pasear por algunas de las sedes de La Sorbona y me llamaban la atención los muros pintarrajeados con consignas a favor de la independencia de otros pueblos, y leyendas antiyanquis y antiimperialistas, entre otras.

—¿Ese viaje de mochileros usted se lo pagó? —preguntó Citlali.

—No, fueron mis padres. Yo comencé a trabajar hasta los veintitrés años.

—Sí que tuvo suerte. Yo llevo dos años en la estética. Desde que salí de la «secu» me gustaba hojear las revistas de belleza y, cuando estuve en la prepa, tomé unos cursos de estilista. ¡No gano mucho, pero si viera cómo lo disfruto! Tanto el trabajo como el dinero. Un viaje estaría bien, pero ya llegará el momento.

—Nunca tuve una afición como la tuya. Y créeme que me hubiera gustado.

—Anímese. Aunque sea escriba una novela.

En mi mente juvenil tenía la idea de que en la universidad habría un ambiente politizado que parecería casi festivo, entre gorras del Che Guevara y las canciones de Mercedes Sosa, Violeta Parra, Silvio Rodríguez y otros apologistas de las luchas de nuestros hermanos obreros, campesinos y mineros en contra de la opresión y del Imperio. Pero el ITAM era un centro enfocado en su excelencia académica y, por aquella época, vinculado a las corrientes más conservadoras. Muchos de sus maestros venían de la Universidad de Chicago —los llamados Chicago Boys—, que eran muy conocidos por su papel protagónico en la instrumentación del programa económico de la dictadura chilena. Por pragmatismo, retiré de mi cabeza el casete con las ideas de izquierda, me olvidé del folclorismo revolucionario y de las luchas de clases, y me dediqué al estudio de la ciencia económica químicamente pura [INDEX]. El ITAM era el mejor centro de preparación para los jóvenes en busca de un buen futuro profesional y económico. A partir de la debacle económica de México de 1982, el modelo viró hacia posiciones neoliberales (de derecha, si se quiere simplificar) y los profesores de la institución, así como las generaciones de egresados, vivieron una época dorada que se prolongaría hasta el año 2018, el fin del neoliberalismo.

Fue un alivio entrar a un universo de estudiantes mucho mayor que el del Colegio Suizo. Me hice pronto de un grupo de amigos con los que conviví bastante. Entre clase y clase había tiempo para pasar a la cafetería a jugar dominó; era nuestro punto de reunión y se armaban las retadoras en un ambiente jovial y divertido. Se fue uniendo más gente con otros compañeros que se acercaban y de ahí surgieron muchas ideas. Formamos un equipo de futbol, el Oporto. Algunos de los jugadores eran buenos, sobre todo tenían condición física; muchos otros jugábamos un rato pequeño y pedíamos nuestro cambio pues teníamos una resistencia fatal por fumar demasiado.

Yo me comencé a enviciar con el cigarrillo desde el último año de la preparatoria; en la universidad, donde se permitía fumar dentro de los salones, mi vicio cobró mucha fuerza. Por aquel entonces ya fumaba una cajetilla al día; si había alguna fiesta, borrachera o reunión, me fumaba el doble. En aquella época creía disfrutar del tabaco; al menos no sentía la repugnancia que experimenté después, a partir de los treinta años, al tener la garganta siempre irritada, los dedos amarillos de nicotina y aliento de alquitrán. No fue sino hasta los cincuenta años cumplidos que logré dejar el vicio. Fue repentino, de un día para el otro, una vez que terminé la lectura de un libro fascinante: Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo, de Allen Carr. La información y la manera de presentarla es contundente; nunca pensé que un texto fuera más potente que la fuerza de voluntad o que los parches de nicotina. El autor explica cómo funciona la dependencia psicológica del cigarrillo y, al comprenderlo, es fácil darle la vuelta.

Aparte del futbol y del dominó, organizábamos recurrentemente borracheras. A veces nos juntábamos dos o tres amigos, pasábamos a la miscelánea, comprábamos un six-pack de cervezas o una caguama familiar para cada uno y bebíamos en el carro, entre los chistes y el anecdotario. A veces nos juntábamos en casa de algún amigo y la reunión se armaba ahí. «Fuera del alcohol toda felicidad es ficticia», solía decir alguno. Muchas veces, a media borrachera, nos íbamos a algún restaurante o bar a tratar de conocer muchachas; algunas veces, no muchas, teníamos éxito y llegamos a hacer algunas amigas ocasionales. Con el tiempo, algunos del grupo fueron encontrando su pareja o novia, pero quedamos algunos que hasta el final de la carrera no nos enganchamos con ninguna. Y en una ciudad como lo era México en la década de los ochenta, con una vida nocturna inigualable, la parranda terminaba muchas veces en los bares de chicas, casas de citas o prostíbulos diversos.

—¿Y no agarró el vicio del alcohol? —preguntó Citlali—. Ya ve que al pueblo le apodan «Valle de Briago». Y para salir de eso… Solo he visto algunos que van a los grupos de AA y otros conocidos de mi mamá que se unieron a los Testigos de Jehová. Lo bueno es que ya lo dejaron.

—Como dicen los chinos: «No importa de qué color sea el gato, siempre y cuando cace ratones». Pero no, yo no me envicié con el alcohol; a ese sí lo domino.

En los últimos años de la carrera, todos comenzamos a ganar dinero con nuestros primeros trabajos. El ser estudiante del ITAM funcionó muy bien pues ninguno enfrentó mayores dificultades en encontrar empleo. Solteros y sin compromisos, mucho de nuestro dinero se nos fue de esa manera. El futuro parecía prometedor y había que disfrutar el presente. Los lugares que había para encontrar chicas de la vida alegre eran muchos y sensacionales, especialmente en la colonia Roma, la zona Rosa, y la colonia Juárez. Eran lugares amplios, bien puestos, con una abundancia de chicas guapas que no he vuelto a ver en mi vida.. El ambiente era distendido; se sentía uno seguro. Uno se iba de farra, y al terminar, manejaba uno tranquilo hacia su casa. Aún no estallaba la crisis financiera de 1982 y sin darnos cuenta, brindamos felices en la borrachera del modelo económico del Presidente José López Portillo. Uno se sentía el sultán de Persia, rodeado de tanta belleza al alcance de la mano.

—Las Bellas Durmientes… como que tiene obsesión con ellas.

—Había chicas muy guapas, que venían de Culiacán, de Guadalajara, de toda la República…

Ellas conversaban y tomaban, y se iban si querían y cuando querían y con quien querían, no como ahora, que están todas controladas por las mafias… digamos que uno era como el anciano del cuento de Kawabata, pero en su juventud… y ellas eran como las bellas durmientes, pero a veces se pasaban de vivas…

—Ya, me paró Citlali en seco. —No le adorne…

Noté que Citlali se levantaba de su sillón. Se puso de puntillas y alzó los brazos estirándose a fondo, con las palmas hacia el techo y la espalda arqueada. Tras tallarse los ojos con fuerza, volvió a dejarse caer en el asiento, se encogió sobre sí misma cruzando las piernas y, con una mirada muy viva, preguntó:

—Oiga, ¿y en esas borracheras, ¿cómo hacían para librar el alcoholímetro? Ya ve que se instalan por todos lados

—No había.

 —¿Y el SIDA qué?

—Tampoco había.

—¿Y los secuestros, y la inseguridad?, preguntó ya con más cautela. Y se contestó solita: De seguro tampoco había.

En aquellos años de juventud, no había tiempo para pensar en soledades, había muchas cosas que hacer y mucho mundo por descubrir. Con mi grupo de amigos, también organizamos muchos viajes, la mayoría de ellos en automóvil, ya fuera a Cuernavaca, Acapulco y Zihuatanejo, o a las ferias mexicanas del Bajío, la de Querétaro y la de León, así como la feria de San Marcos en Aguascalientes. Íbamos a cenar y tomar, tratar de conocer algunas chicas, a veces lo lográbamos y a veces no, luego ir a la discoteca, o la plaza de toros, o las peleas de gallos y presenciar los espectáculos que presentaban en los palenques. Recuerdo, por ejemplo, a la cantante Yuri en la feria de León. También eso se lo tragó el tiempo. Los animales adquirieron derechos, incluyendo toros, gallos y pericos.

Esa época correspondió a la de mi primer trabajo, en Banco Mexicano Somex, también desaparecido.

Noche 16. Proyecto Bambú

Estaba terminando de leer un capítulo más de la novela de Stefan Zweig, El Mundo de Ayer, que es una mezcla de sus vivencias entremezcladas con los acontecimientos que le tocaron vivir: el derrumbe del Imperio austrohúngaro y la destrucción de Europa con la Primera Guerra Mundial.   Muchas veces siento que yo también pertenezco al mundo del ayer. El México que conocí ya no existe; la ciudad ya es otra; el pueblo igual. El concepto de familia nuclear y ampliada en el que crecí ya es obsoleto. Ni quien conviva con sus tíos y primos; muchas veces ni siquiera con los hermanos. Vivo en un anacronismo, yo solo en una casa enorme en un terreno de dieciocho hectáreas. En eso llegó Citlali, con buñuelos y unos vasos de unicel con atole de guayaba.

 — ¿Se le antoja?

Estaban buenísimos.

—¿Aparte de El Palomo, nunca tuvo Usted algún otro emprendimiento? Me quedé con esa duda el otro día, comentó ella, acomodándose en su sitio.

Pues sí. Fue una mezcla de hobbie y emprendimiento. Tengo un ranchito por aquí cerca, por el barrio de Otumba. Ese es solo mío. No es copropiedad con nadie, a diferencia de este cerro en el que estamos, que se llama San Antonio. En un viaje que hice a Colombia, con motivo de mis cincuenta años, me llamaron la atención unos manchones de un verde muy luminoso que se aparecían en las llanuras, o al borde de algunos ríos. Fue un enamoramiento a primera vista. Me dijeron que esas plantas se llaman guaduas, que son una especie de bambú gigante. Luego me llevaron a conocer varias construcciones que se elaboran con la guadua seca, y me fascinaron. Es como armar construcciones con palillos. Se van uniendo los trozos entre sí en formas que pueden ser bastante caprichosas, ya que es un material muy ligero. Luego hice otro viaje posterior a ese país, para aprender a hacer las uniones de la guadua. Como el material es redondo, y hueco por dentro, las uniones se hacen igual que en las tuberías, solo que sin soldadura. Los cortes deben embonar perfecto. Se pueden hacer con una broca circular, pero si los diámetros no son idénticos, no quedan bien y hay que ajustar a mano. Aprendí a hacerlos con puras gurvias y martillo, como allá. Lo más difícil es calcular el tipo de corte en función del ángulo que desee uno para la unión. Luego aprendí a meter los herrajes por dentro para detener las piezas, pero bueno, acá en la biblioteca tengo muchos libros que tratan de eso.  En México localicé un vivero en Huatusco, Veracruz, que ya había adoptado varias variedades de bambú al clima de allá, y tenían a la venta tanto planta como guadua seca lista para construir. Traje material con el que hice una palapa en el jardín, y sembré toda la barranca que atraviesa mi predio con las variedades que me recomendaron. Tenía la ilusión de vender guadua cuando creciera. Mis plantas ganaron  diámetro  año con año pero al cortarlas, vi que las paredes internas eran muy delgadas, y no servían para la construcción.

Pero me sirvieron para hacer algunos muebles y una que otra artesanía. Hice una repisa, pequeña. Las patas laterales tienen una forma de “K” y arriba les puse una tabla de palma, que traje de la costa de Michoacán. Se llama la repisa “Katy”.

—A ver cómo está eso, ¿una repisa con nombre de mujer? — preguntó Citlali, con una sonrisa pícara.

—En esos viajes a Colombia, no iba nada más a ver la guadua…

El emprendimiento falló, pero hay veces que me meto a caminar en el guadual. La frescura de la sombra, y la visión de los tallos juntándose unos con otros a unos veinte metros de altura, refresca el cuerpo y eleva el espíritu. Me gustaría poner un vivero ahí, en ese terreno, no solo con bambús sino también con muchas otras variedades de plantas que tengo en este cerro, más otras que vaya a comprar a Zitácuaro, Tuxpan o Atlacomulco, para que sea negocio.

—Está bonito ese negocio, dijo Citlali. Sobre todo, si le gustan las plantas. No creo que le vaya a dejar mucho dinero, pero los hobbies cuestan, como Usted ya vio.

—A lo que le tengo más fe para financiar mis últimos años es la lotificación que estoy haciendo. Ya pusimos drenaje, contraté unas tomas de agua, ya estamos empedrando el camino de acceso y ojalá, pronto podamos mostrar los terrenos del Rancho Las Amelinas a los clientes.

—¿Así se llama? No lo había escuchado.

—Una herencia de mi madre. Ella le puso ese nombre, por una buganvilia enorme que hay en la entrada.

Noche 17. Tesis de licenciatura y Viaje a Inglaterra

Citlali sacó de su morralito una bolsa de pistaches y otra de garrapiñados y me ofreció:


—No vaya a creer que hoy traje mi «itacate». Solo son unos antojos para espantar el hambre.

—Se aceptan de buena gana —le contesté, tomando un puñado de garrapiñados mientras el aroma dulce invadía el espacio—. Al paso que vamos, terminaremos hablando en náhuatl. Y por cierto, te contaré las dificultades que enfrenté para salir airoso del ITAM, mi  «Calmécac».»

Me demoré bastante en terminar mi tesis de licenciatura. Me embarqué en un tema que me dio mucho trabajo desarrollar, a sugerencia de uno de mis profesores. Citlali ya estaba en su sillón, escuchando atenta.

—Ni me hable de eso —intervino—. Ya me advirtieron en la escuela que tendremos que hacer una tesis para graduarnos. Todos dicen que es de lo más aburrido, sobre todo si el asesor se pone pesado.

—Justo eso fue lo que me pasó. Es una flojera, pero es la primera gran prueba por la que uno pasa en la vida profesional. O aprendes a ponerte firme o nunca te van a respetar.

Después de la crisis al final del gobierno de López Portillo estábamos por entrar en la época del liberalismo triunfante, pero aún había alguna oposición. El marxismo-leninismo todavía no terminaba de caer; faltaban tres años para que se derrumbara el Muro de Berlín en 1989 y colapsara la Unión Soviética en 1991. Mi tema era La teoría de Cambridge y la intervención gubernamental en la economía; en retrospectiva, nada nuevo: había argumentos a favor y en contra de la participación estatal en los mercados. Traté de ser lo más objetivo posible y ese fue el motivo de mi tardanza. Es más fácil abrazar un credo que ponerse a comparar a Cristo con Mahoma.

Por ese entonces mi padre era profesor-investigador en El Colegio de México y tenía asignado un cubículo soberbio, con un gran ventanal al patio central del edificio. Él solo iba de vez en cuando, así que me entregó las llaves para que fuera cuando quisiera. Así lo hice. Muchas veces bajaba a la cafetería y me quedaba observando el barullo de los distintos grupos de estudiantes; luego me subía a mi encierro del segundo piso. Me sentía un usurpador ocupando ese espacio de mi padre.

Mi asesor tenía dudas sobre el equilibrio del texto, aunque no me lo decía con claridad. Un día, después de muchas versiones, me soltó:

—¡Lo que sucede es que el pensamiento es matricial y el lenguaje es lineal!

Llevaba ya más de dos años desde que había iniciado; me parecía que mi trabajo ya era bueno y no estaba dispuesto a hacer más borradores. Lo encaré y le respondí que efectivamente el lenguaje es lineal, pero que si se entendía o no lo que había escrito, y si mis conclusiones eran válidas o no. Con algo de desgano me firmó el trabajo, busqué a unos profesores para que fueran mis sinodales y me gradué con mención honorífica. Era la condición que me habían puesto en el banco para concederme una beca para irme a estudiar. El título de cualquier manera lo tenía que sacar: era un compromiso con mis padres y conmigo mismo.

No estaba tan convencido de seguir estudiando Economía. En la teoría económica, como se dice una cosa, se dice la otra; todo depende de los supuestos que se hagan. Pero para que me consideraran un economista calificado debía tener un título de posgrado en el extranjero. Recuerdo bien el símil que traía en la cabeza: «Es como ser un buen chofer y no tener licencia». La beca del banco no era una oportunidad que se pudiera desechar tan fácilmente y fue el factor que inclinó la balanza a favor de que continuara en la disciplina.

También mi padre me convenció. Él había sido un autodidacta sin título; le decían doctor y, cuando le preguntaban por cuál universidad se había doctorado, contestaba que por una de Sudamérica. Y efectivamente, cuando vivimos allá, decirle a alguien doctor es como decirle aquí a alguien licenciado. Leyó bien los tiempos y me hizo ver que, sin un posgrado en el extranjero, mis posibilidades en el mercado laboral no serían buenas. Opté por el pragmatismo. Me enteré de que en Inglaterra las maestrías se obtenían en tan solo un año  —mientras que en los Estados Unidos se requerían dos—, que era más fácil ser aceptado allá y que los estudios eran menos pesados. «Es el sistema inglés —me decían—, cada uno avanza al ritmo que quiere». Me aceptaron en la Universidad de Warwick para comenzar clases en octubre de 1986.

—Oiga, yo tengo ganas de irme a Estados Unidos —dijo Citlali—. Tengo unos parientes allá.

—¿A estudiar? — le pregunté.

—¡Nooo! A ganar dólares, despelucando a los gringos.

Noche 18. Prisión en Altamar

Entró Citlali y colgó su rompevientos en el respaldo de una silla. Se quedó un rato de pie mirando hacia la vitrina.

—Oiga, ese barco que tiene unas grúas y unas cajitas en la cubierta desentona con los carritos. ¿Qué hace ahí?

—Se llama  Toluca, hermano del Monterrey: cargueros de contenedores de la extinta Transportación Marítima Mexicana, construidos en la también extinta Yugoslavia…

Me interrumpió:

—Todo está extinto en sus relatos. No me lo tome a mal, pero usted también está en peligro de extinción.

No me hizo mucha gracia el comentario pero me aguanté.

 —No todo, dije, mientras la memoria no se extinga… Pero te voy a contar la historia del barco.

 Me faltaba un año para salir de la preparatoria. Mi padre, por ese entonces, tenía que ver con los puertos que estaba desarrollando el gobierno, por ahí de 1978, y conocía a los directivos de las principales navieras de México. Se enteró de que, en ocasiones, admitían a unos pocos pasajeros en los cargueros; que algunos jóvenes aprovechaban eso para conocer el mundo y que, en el trayecto, para no aburrirse, los ponían a trabajar. Me entusiasmé cuando me lo contó y, poco después, me presenté en el muelle de Tampico, dentro del recinto fiscal. Ahí estaba atracado el Monterrey, y me subí. Me asignaron el mejor camarote que tenían libre: tenía baño privado, muebles cómodos para ser barco —atornillados al piso— y unas escotillas que daban al mar, protegidas con sólidas barras de metal. «Este va a ser tu lugar, a menos que se presente un incidente», me dijeron. «¿Como cuál?», pregunté. «Que tengamos que arrestar a algún compañero por mal comportamiento o conducta antisocial. No pasa muy seguido, pero a veces sí. Algunos no aguantan las travesías y desvarían; cuando hace falta, los encerramos aquí. Este camarote es la cárcel del barco».

El buque iba con destino a tres puertos brasileños: Recife, Río de Janeiro y Santos. Diario llegaban tráileres con contenedores y los subían con las grúas del barco; primero se llenaron las bodegas interiores y después comenzaron a apilarlos en cubierta. Había otros dos jóvenes que viajarían de pasajeros igual que yo; los primeros días fue interesante ver las maniobras, pero como demoraba la carga, nos hicimos amigos y nos fuimos a conocer la ciudad y el puerto de Tampico. A veces tomábamos en los bares de nota roja del puerto, a veces nos adentrábamos más. Una vez nos metimos a tomar al panteón municipal: pusimos la botana y los vasos sobre una tumba y brindamos por el difunto con el que compartíamos la instalación.

Un día de esos, tomando cerveza afuera de un expendio, nos levantó una patrulla: «Está prohibido tomar en la vía pública, jóvenes». Nos condujeron a una comisaría; para pasar a ver al juez atravesamos varias rejas y la última la cerraron detrás de nosotros. Quedamos encerrados en una celda común. Había muchísima gente adentro, todos de mal aspecto, sucios, harapientos y sin rasurar. El olor a orines y excremento era insoportable; el baño era una esquina designada sin ninguna instalación. Del susto y la impresión saqué un cigarrillo y el encendedor; no había echado la primera bocanada de humo cuando se me abalanzaron todos los presos, me arrebataron la cajetilla y luego se pelearon entre ellos por el botín. Fue una noche espantosa, con el agravante de que la borrachera se comenzaba a bajar y entraba la resaca al cuerpo. Cuando amaneció pasó un guardia, aventó tortillas duras a la celda y los presos las tomaron casi al vuelo; no fue sino hasta después de unas horas que nos llamaron y, ahora sí, nos llevaron con el juez. «Son mil pesos por cada uno», dictaminó. «No traemos», respondimos. «Voy a dejar a uno libre, los otros dos se quedan a consignación». Mi compañero no demoró demasiado, pagamos y llegué al mediodía al barco, feliz de estar de nuevo en la prisión.

La travesía por el golfo de México fue un gozo. Pegaba un aire muy sabroso en la cubierta y el espectáculo cambiaba a lo largo del día, desde el amanecer hasta la noche. No me cansaba de mirar la estela que dejaba el buque. De pronto, junto a la estela comenzaron a nadar delfines que nos seguían, pues ya estaban acostumbrados a comer los desperdicios de cocina que arrojaba el barco. Días después aparecieron los peces voladores, que salían del agua, volaban bajito unos diez metros, se volvían a sumergir y así sucesivamente. Por las noches contemplábamos las fosforescencias del golfo: pequeños puntos verdes y amarillos que brillaban en la oscuridad del mar. La bóveda celestial se veía majestuosa, sin ningún resplandor que la opacara; y también puse gran atención en el silencio de la noche en el mar: un silencio absoluto, solo rasgado por algunas olas que reventaban en el casco. Una maravilla de la creación.

De día trabajábamos en cualquier cosa. Tardamos varios días en lijar y barnizar unas bancas; otros días más en limpiar unas paredes de lámina. Vimos desfilar los faros que anunciaban Cuba y después los de una infinidad de islas que hay en el camino. Salimos al Atlántico Sur, poco después atracamos en Recife por un día, luego en Río de Janeiro por varios más… Adoptamos las costumbres de los marineros: en tierra no se podía desaprovechar un solo momento, había que vivir y gozar, pues después seguirían más días de navegación en la soledad del mar. Cerca del puerto de Río había infinidad de bares, ya sabrás de qué tipo… Fueron varias desveladas, varias borracheras, mucho más agradables que en Tampico, a ritmo de samba, licor de maracuyá y muchas mulatas que hablaban portugués. «Yo, en navío…», era lo más que logré comunicar. Mientras el barco siguió a Santos, nosotros nos fuimos por tierra a la Argentina: noventa horas de autobús, una paliza, pero así llegué a Buenos Aires la primera vez…

—¡Ajajá! —exclamó Citlali—. «Yo, navío…», ¡y seguro las mulatas le dijeron «yo, canoa»! Pero ni mi cuente más; me imagino que la Casa de las Bellas Durmientes también tendría sucursales en Brasil. ¡Hombres!

Noche 19. El sello de alien

—¿Hola, Citlali, todo bien hoy? ¡Llegaste muy tarde! Ya iba a ponerme a platicar con ChatGPT.

—Pues si quiere —me contestó de bote pronto—, pero me quedé con las ganas de saber cómo fue que llegó a Inglaterra cuando se fue a estudiar allá. Nada más falta que lo hayan metido preso.

—Pues preso, precisamente, no. En el aeropuerto de Gatwick me plantaron un sello en el pasaporte que decía: «Presentarse en la estación de policía de Birmingham en un plazo máximo de tres días». Así que fui; revisaron el pasaporte hoja por hoja y le plantaron otro sello, ahora enorme y de color rojo, que decía: ALIEN. Significa que era yo un extranjero…

Le volvió a ganar la risa.

—Sí que está chistoso. Alien, como en la película… Y sí se parece…

—Ya, Citlali, hoy vienes muy chistosita… Volé directo de México a Londres. El aeropuerto de Gatwick se sentía impersonal, había pocas tiendas y poca gente, tal vez por la hora. Caminé por pasillos muy largos hasta encontrar la salida hacia los autobuses que me llevarían al centro de Londres, y de ahí tomaría el tren a Coventry, en el corazón de Inglaterra. La salida conectaba con una rampa en espiral que descendía varios niveles; sentí en la cara el aire de Inglaterra, húmedo y frío, y eso que aún era verano. Ya había ido a Europa varias veces, así que no me costó trabajo movilizarme y llegar a mi destino.

Me alojé en una casa de huéspedes y, al día siguiente, un taxista con turbante me llevó al campus de la Universidad de Warwick. «Perdone, pero no entendí, ¿a dónde lo llevo?», me preguntó. «Warwick University». La primera repetición la hice con tranquilidad, «Guar-güik»; la segunda me impacientó un poco y, cuando íbamos por la tercera, preferí mostrarle un folleto en donde venía escrito el nombre. «¡Ah, Warwick!». En el año que estuve ahí nunca logré pronunciarlo bien. Y la otra palabra que me dio muchísimos problemas fue la marca de mi tabaco: «A packet of Marlboro, please». No me entendían, hasta que señalé la cajetilla roja con su triángulo blanco. Ya después, en la tienda de la universidad los pedía y me los daban, y comencé a sentirme orgulloso de mi acento inglés. Hasta el día en que hice un paseo fuera del campus y se repitió la escena: «A packet of what?».

Esa mañana de mi llegada a la universidad fue decepcionante. La institución acababa de entrar en vacaciones de verano, detalle que ya sabía, pero al que no le había prestado importancia. «Ni modo que no haya nadie», era mi hipótesis. Después de preguntar en varios lugares, entendí que no me atendería nadie sino hasta dentro de dos semanas y, gracias a que insistí, me otorgaron la llave de un dormitorio en uno de los edificios para estudiantes de la universidad, previo pago del semestre por adelantado. Serían como quinientos metros desde la oficina hasta aquel edificio, y había que atravesar unos campos intensamente verdes, de césped bien cortado, que parecían infinitos, pues se perdían entre la neblina. Iba jalando unas maletas, empujando otras, hasta que llegué.

Era un edificio de ladrillo precocido, de tres pisos. No tuve que subir escaleras, me tocó en planta baja; abrí la puerta del cuarto que me correspondía y me quedé paralizado. La habitación tenía dimensiones mínimas: tendría unos dos metros de fondo por tres de ancho. Había una cama, un librero, una tabla de madera a la altura de la ventana que hacía de repisa o escritorio, y una silla. Jalé las maletas, que ocuparon todo el espacio sobrante, me senté en el catre y, antes de que cualquier otro pensamiento se adueñara de mí, saqué del equipaje una muda de ropa y los artículos básicos de limpieza, los empaqué en una mochila que llevaba y salí disparado de ese lugar. Tomé mi double-decker, me bajé en la estación de trenes y me quedé mirando el tablero de salidas. «Un boleto redondo para Edimburgo, por favor». Aunque el nombre de esa ciudad también tiene una pronunciación casi imposible: Edinbro, algo así.

Ya sentado en el tren, volví a repasar una y otra vez la imagen de esa habitación que sería mi hogar por los próximos doce meses. El paisaje era tranquilizador: primero, campos de trigo aún sin cosechar, con las espigas meciéndose al viento; después, más al norte, las pequeñas colinas escocesas, no muy altas, ondulantes, con rebaños de ovejas aquí y allá. Me fui tranquilizando. Me fui haciendo a la idea de que no era tan malo el dormitorio, que tendría un lugar para mí solo, que sería un año nada más y que ya me acostumbraría a ese nuevo entorno. Bajé en Edimburgo ya más tranquilo, aunque probablemente todavía bastante inquieto. Ya había estado en esa ciudad dos años antes con mi padre, un verano en que él trabajó en Londres y yo, gracias a sus conocidos, me había embarcado en Coatzacoalcos en un buque de Azufrera Panamericana con destino a Immingham, un puerto en el Mar del Norte.

En esa ocasión nos juntamos mi padre, mi hermano Fernando y yo, e hicimos esa visita a Escocia que resultó muy agradable. En esta nueva estancia, pasear solo por ahí no estuvo mal, pero fue menos divertido que la vez anterior. Conocí Glasgow, que me pareció una ciudad desolada. Di con un punto en la costa, en una entrada de mar no muy lejos de Edimburgo, y di un paseo en barco sensacional. Recuerdo el aire fresco que soplaba en cubierta, que llenaba los pulmones de vida, daba energías al corazón y, sobre todo, paz y serenidad a la mente al contemplar la majestuosidad de las olas, del cielo, de las nubes y del mar. Sin mayores incidentes regresé al campus de la Universidad de Warwick, ya mentalizado, reconciliado con mi decisión de haber ido para allá.

—No conozco el mar todavía —dijo Citlali—. Pronto iré. Cuando estoy ansiosa me subo hasta la mera punta de La Peña y me siento a ver el lago, las nubes, las montañas… Aunque prefiero subir con mis amigas.

Noche 20. Un verano diferente

Regresé a Warwick con buena mentalidad para comenzar el curso introductorio que ofrecía la universidad, que tendría una duración de tres semanas. Había algunos talleres de redacción en inglés, de comprensión oral y escrita y, lo más complicado para mí, de pronunciación. Un día fuimos a un set de grabación de sonido donde practicamos la expresión oral frente a los micrófonos. [1]

—¿Me va a hablar ahora de su «Calmécac» del extranjero?

—Te diría que sí, pero no. Del «Calmécac» los nobles obtenían el «Tlamatiniyotl». Que proviene de tlamatini —'sabio, erudito o el que sabe cosas'— y el sufijo -yotl, que vuelve el término un concepto abstracto: 'sabiduría profunda' o 'el estado de ser un erudito'.

—¡Sácatelas! Ese título sí que estaría de diez. «Erudita en enfermería» —dijo, en tono jocoso—. Ahora un posgrado es poco más que un papel pegado en la pared.

—Por lo mismo lo evité. La belleza del náhuatl es que no designa cosas, sino que se refiere a conceptos. Y aún no conozco de ninguna institución que nos instruya en la sabiduría profunda.

 

 

Al salir de las clases se armaba una «cascarita» de futbol con los compañeros; había varios japoneses y muchos otros asiáticos, italianos y de diversas nacionalidades europeas. Los campos de césped bien cuidado eran de ensueño, y seguido me venía a la mente que ya me había «internacionalizado» en el futbol. También se organizaban partidos de squash con retadora de todos contra todos. Algunos días jugué tenis con una compañera española que llegó un poco después, de nombre Sara, originaria del País Vasco. Ella era buenísima, me barría literalmente con sus swings, pero tenía paciencia conmigo y peloteábamos un rato bastante a gusto. Yo tenía veintisiete años en ese entonces y ella veintitrés; me hacía notar esa diferencia como si hubiese sido mucha. Ahora esa distancia me parece ridícula, hasta poca.

Le brillaron los ojos a Citlali y, con una sonrisa pícara, preguntó:

—¿Quiere que hagamos unas cuentas? Digo, para practicar matemáticas.

Había otra muchacha ecuatoriana y por las noches nos juntábamos los tres en la cocina común del edificio donde ellas vivían. Ellas preparaban la cena y yo ayudaba en lo que podía, pues nunca aprendí a cocinar. Resultaba muy agradable esa convivencia. A veces llegaba algún otro compañero; después hacíamos largas sobremesas conversando sobre nuestras vidas y nuestros países, y muchas veces Sara sacaba una guitarra y nos ponía a todos a cantar. Yo nada más movía los labios para no desentonar. Me sentía muy acogido en esa pequeñísima comunidad latina que habíamos formado. También se presentaba con relativa frecuencia una compañera alemana, muy joven, y conversaba con ella intercalando el inglés y el alemán, que fue una de las poquísimas ocasiones en la vida en que lo llegué a utilizar. Me gustaba esa chica y, de haber evolucionado las cosas de manera distinta, tal vez me hubiera ennoviado con ella.

Tenía la impresión de recibir una bocanada de aire fresco en mi vida, después de la aridez en el banco. Por primera vez vivía fuera de mi casa y era una sensación muy grata, de libertad. A veces, por las noches, salía a caminar por los senderos del campus que conectaban después con unos campos de trigo y, un día, descubrí una salida a la carretera que iba a una localidad cercana, Kenilworth. Regresaba relajado y contento a mi pequeña habitación. Había colocado un mapamundi gigante que abarcaba toda la pared, el cual resaltaba por el color azul turquesa de los océanos.

Un día por semana tocaba ir a una lavandería de monedas cerca de mi edificio; esperaba a que terminara la lavadora, la cambiaba a la secadora, doblaba mis cosas y regresaba a acomodar. Otros días eran de supermercado: hacía compras muy básicas como jamón, pan, cereales de maíz, leche, plátano, espaguetis y salsa de tomate. Es lo único que llegué a cocinar: hervía el agua, echaba la pasta, enjuagaba y en la misma olla vertía la salsa, rallaba el queso y me lo comía ahí mismo. Al paso de los meses esas comidas se volvieron insoportables, pero al principio estaba muy a gusto con mi nueva cotidianidad. Clases de inglés, nuevos amigos, deporte, reunión social en la cocina y mis actividades diarias del hogar. Mi espacio físico se redujo muchísimo, pero mi ámbito de acción se amplió bastante al haber salido de la casa.

A veces, en los senderos que cruzaban el campus, me topaba con algunos conocidos e intercambiábamos el saludo apache: «Hi», y cada uno seguía por donde iba. Un día que tenía ganas de charlar, le pregunté a dos morenos de Sri Lanka —de una tez muy oscura, tipo hindúes, pero más morenos— cómo les iba la vida con las chicas en Inglaterra. Y les hice una seña con las manos que es universal. «Nada», me dijeron. «¿Por el tema del SIDA?», les pregunté. «Bueno, también por eso», y los tres nos reímos un buen rato.

La amistad con Sara se volvió cada día más íntima, más intensa. Me contaba muchas de sus historias personales y recurrentemente me hablaba del novio que había dejado en España, a veces como extrañándolo, muchas otras quejándose de él; daba la impresión de que lo consideraba un hombre sin futuro y que estaba con él por inercia o por costumbre. Yo, en cambio, me sentí de pronto muy confiado de mí mismo, me formé expectativas de un porvenir muy halagador una vez que regresara a México, y sentía que mi país tenía muchísimo más que ofrecer que la España de Sara, que aún no despegaba al desarrollo vertiginoso que siguió después. Muchas veces me formé la imagen de Sara en México, conmigo, siendo felices.

Faltaban pocos días para el comienzo formal de las clases de maestría a principios de octubre, del fin de nuestro curso propedéutico y del verano. Los días comenzaron a hacerse ligeramente más cortos, aunque de pronto se formaron unos nubarrones hacia el final de mi verano idílico que nada tenían que ver con la meteorología.

Noche 21. La Tormenta Perfecta

Al día siguiente, Citlali llegó más temprano que de costumbre, pues el sol se acababa de poner y aún se advertían destellos rojizos en el horizonte. Se sentó en su sillón de siempre, cruzando las piernas. Pronto comencé a narrar mi historia en el punto en que la había dejado.

Cuando recién la conocí, noté que Sara tenía una ampolla en el labio superior, a lo que no presté importancia; ni sabía de lo que se trataba, ni impactaba tanto, y Sara era nada más una chica a la que acababa de conocer, como a otras más. La imagen regresó a mi mente cuando ya éramos amigos cercanos y nuestros encuentros pasaban de un acercamiento emocional a un distanciamiento, tal vez en un mismo día. Me desconcertaba bastante, pero esa relación era fascinante, pues nuestras percepciones de cualquier situación eran muy distintas: la de ella como española, la mía como mexicano. Además, tenía mucha gracia para decir las cosas.

—Los ingleses comen pez —me dijo un día, casi indignada—. Sí, fish and chips, pez con patatas.

Ella venía del País Vasco, de una pequeña localidad costera cerca de Bilbao donde descargaban a diario la pesca del golfo de Vizcaya.

—Allá comemos merluza, lubina, anchoas, verdel, besugo… —y se siguió con una lista casi interminable de diferentes variedades de pescado.

Me contaba de sus paseos por la ría, sus escapadas a comer tapas con los amigos y muchas actividades que en la Ciudad de México no se podían hacer. Yo, en cambio, le hablaba de nuestras grandes casas comparadas con sus pisos, de las comidas en casa de los amigos en lugar de sus idas de tapas, de los viajes a Acapulco y Puerto Vallarta, y cosas así. En Europa la vida era mucho más «social» por las limitaciones de espacio, según yo, mientras que en México la vida era más «individualista» por nuestra extensión territorial. Ahora reconozco que eran nociones muy distorsionadas de mi patria, que provenían de la burbuja en la que me crie.

Entre estas pláticas se deslizaban algunas confesiones personales, hasta que surgió lo que ella llamó «un error de juventud», que no era tan grave, pero ciertamente le preocupaban «esas pupas que me salen». Me desconcertó. Escuché, pero no acusé recibo. Antes de partir para Inglaterra, en la revista Time había salido una portada con el dibujo de una pareja dándose un beso, y la lengua de uno de ellos tenía forma de serpiente. El reportaje era sobre el herpes, una enfermedad de transmisión sexual que proliferó o saltó a la luz por aquellos años. Me atemorizó mucho ese reportaje y me prometí a mí mismo cuidarme en esa aventura inglesa, pero nunca imaginé la forma en que se me aparecería esa condición. Ya para aquel entonces, mi conexión sentimental o dependencia de Sara era total y no estaba en condiciones de terminarla.

Los estudios formales comenzaron en octubre. Un día, al salir de la primera clase después del almuerzo, vi con desconcierto que estaba anocheciendo. No eran ni siquiera las cinco de la tarde y comenzaba a calar el frío y el viento. Cada día había menos día y más noche. Había muchas lecturas por hacer, ocupaciones no faltaban, pero el encierro en mi pequeña habitación comenzó a hacerse opresivo: quince horas de oscuridad y nueve horas de penumbra, de una luz tenue y un sol que nunca llegaba a salir. Salvo muy ocasionalmente, se abría un espacio entre las nubes y por minutos caía el sol. Eran los famosos sunny spells, que muchos aprovechaban para dejar lo que estuvieran haciendo y salir un rato a sentir el calor.

No supe manejar mi horario por aquellos días. Al llegar de noche al cuarto me daba sueño; me despertaba con hambre y a las ocho o nueve salía a la cocina común a prepararme un sándwich; me aplicaba un rato a mi estudio y pronto tenía que suspender porque se llenaba de humo la habitación y tenía que abrir la ventana al viento gélido del otoño. Mi ciclo vital se trastornó; las mañanas se confundían con las tardes, que no eran tales, y las noches parecían extenderse por todo el día. Siempre estaban encendidas unas farolas que indicaban el sendero que conducía a nuestros dormitorios.

Al entrar al pasillo, había un teléfono de pared con un cartelito arriba que decía: «Para las personas que estén pasando por una crisis —o simplemente necesiten hablar con alguien» .

—Oiga —intervino Citlali—, ese letrero estaba de terror. Caminar a oscuras con el azote del viento y que al llegar se encontrara con ese cartel… Me imagino que con solo leerlo me darían ganas de llorar.

—Algo así me sucedía, hasta que dejé de voltear.

A eso se sumaba el asunto de Sara. Ella era una estudiante excepcional. Tenía una auténtica pasión por la estadística y la econometría. Disfrutaba de las clases optativas que tomaba: «Una gozada las explicaciones de ese profesor», me contaba. Las materias que tomábamos juntos no se le dificultaban, pues las acababa de ver en su último año de universidad. Yo tenía cuatro años de haber egresado y muchas asignaturas nunca las vi, precisamente las que estaban de moda en aquella época: Teoría de juegos y economía de la incertidumbre. Sara se metió de lleno a los estudios e hizo nuevas amistades con compañeros que, al igual que ella, disfrutaban aquellos temas. Para mí era una tortura escuchar aquellas clases de las que no comprendía nada; ni siquiera, bien a bien, lo que decían los profesores, ni el chiste que soltaban de vez en cuando y que hacía carcajear a mis compañeros.

Durante la semana nos veíamos poco, pero los fines de semana por lo general teníamos algo de tiempo para convivir y nuestro afecto mutuo seguía creciendo. Muy pocas veces volvimos a hablar del tema del herpes; a veces nos íbamos de paseo al lago, a veces al súper y algunas veces hicimos el viaje a Londres de un día completo. Allá no faltaban cosas de qué platicar ni de qué emocionarse, desde la gente de todo tipo —ingleses y extranjeros, ejecutivos y vagabundos, nerds, punks y otras tribus que en aquellos años solo había allá— hasta la magnificencia de los museos. Pero lo más atractivo de ir con Sara eran los detalles pequeños. En una tienda vio unas tazas de cerámica, bastante comerciales, con alguna figura o dibujo. Entró como niña chiquita a verlas y salió con una buena dotación: «Me encantan las tazas», me confió con una sonrisa de gusto y mucha satisfacción. Disfrutábamos una taza de chocolate caliente en cualquier local como si hubiésemos entrado a un restaurante de lujo.

Volvía a las interminables noches de mi habitación. El tema del herpes no me dejaba tranquilo; repasaba todas las situaciones y todas las posibilidades. ¿Debía yo aceptarla como era? No había mucha información y solo sabía lo que decían los artículos de la revista Time, que debieron de haber sido bastante sensacionalistas. Un día fui a ver al médico del campus, un tipo de muy pocas palabras. «En este país, tantas de cada diez personas tienen el virus del herpes», dictaminó, y dio por terminada la consulta. Me figuraba que haría yo un sacrificio muy grande por amor, pero estaba dispuesto. Un día me armé de valor e intenté formalizar algo con ella durante una caminata nocturna.

—No. Me canso de estar contigo —dijo de tajo.

El semestre avanzaba, había que entregar trabajos y la relación fue perdiendo intensidad. Un día, o una noche de insomnio, me vino a la mente que, frente a mi acto heroico de sacrificio por amor, ella cometería una gran traición hacia su novio de aquellos meses, del que a veces hablaba. Tal vez haya sido una autojustificación mía ante nuestro alejamiento, o para la cobardía que a veces sentí que tuve para afrontar la situación.

—A las tortillas, cuando mucho, se les dan tres vueltas —dijo Citlali—. Más vueltas y se secan. Para mí que eso pasó.

Con esa nebulosa mental terminó el primer trimestre. Salimos de vacaciones: ella a Bilbao y yo a Madrid, donde por aquel entonces radicaba mi hermano Gabriel, el diplomático. Nunca dejamos de ser amigos Sara y yo, pero la conexión sentimental se perdió hacia el segundo trimestre de nuestro año de maestría. En Madrid pasé unas semanas muy agradables; primero, agradecí a la vida el sol radiante de la meseta castellana, así fuera en el invierno; segundo, fue un bálsamo hablar y conversar en español, así me topara de repente con modismos extraños.

Me hizo muchísimo bien coincidir con una de mis primas, que había ido a pasar una temporada a España en lo que decidía qué hacer con su vida. Mi prima era pura frivolidad, pero sabrosa. Su estancia en Madrid consistía en ver la moda, descubrir lugares buenos para comer y conocer chicos, a ver si se enamoraba de alguno, como le había pasado a su hermana. Su plática de banalidades fue ese bálsamo que necesitaba para olvidar las penurias, los sinsabores y los desamores de Inglaterra. Regresé a la universidad con el ánimo bien firme de no dejarme derrotar.

—Bien por su prima. Y un tache a la chica esa que lo bateó —dijo Citlali.

Noche 22. Mañas y Chiripazos

Estábamos a mediados de marzo. En la biblioteca, en la parte más alta de la casa que va creciendo escalonada sobre el cerro, pegaba el viento con furia. Me levanté varias veces a checar que todo estuviera bien cerrado, pero aun así el viento se colaba por algunas rendijas y golpeteaba puertas y ventanas.

—Este viento espanta —dijo Citlali.

—Es verdad. A mí también me causa inquietud; pueden caer ramas, a veces se va la luz, el internet…

Y en eso se fue la luz. Prendí unas velas que guardo para estas ocasiones, las cuales amenazaban con apagarse con las pequeñas ráfagas que se nos colaban.

—Ehécatl no nos deja tranquilos —añadí—. Lo mejor es olvidarnos de él hasta que se canse. Vamos a pensar en la nieve, como la que me tocó cuando volví a Inglaterra en pleno invierno.

—A ver, espéreme… Si el frío estaba horrible, en las clases no entendía nada, ni la mitad de los chistes, y la española ya no le hacía caso… ¿Cómo es que no tiró la toalla y se regresó?

—Es lo que se llama orgullo o casta. Lo único que tenía claro es que no quería regresar a México derrotado. Si la meta ya está fija, uno saca las antenas, te ajustas, desarrollas un olfato que te dice por dónde sí o por dónde no…

—Y ese «olfato» del que habla, ¿es como una capacidad de moverse en otra dimensión? ¿En la cuarta dimensión? —preguntó curiosa.

—Ya me la pusiste muy difícil. No sé qué libros estés leyendo, pero estás en un terreno en el que todo puede ser.

En mi maestría no había exámenes regulares; solo había unos exámenes finales después del segundo trimestre. El que aprobaba tenía derecho a elaborar su tesis, presentarla y, de ser aprobada, recibir el título. Así que ese segundo periodo era crítico y crucial. Durante el verano había conocido a dos muchachos mexicanos que habían cursado la maestría el año anterior y se habían quedado a hacer su doctorado. Me cayeron bien, pero yo estaba demasiado entretenido conociendo el mundo universitario al que recién había llegado y no los frecuenté. Durante el primer trimestre nos encontrábamos seguido por los pasillos de la facultad o en el comedor. A veces comíamos juntos y poco a poco se fue consolidando una amistad. Después de unas semanas de tratar a puros extranjeros, fui sintiendo la comodidad del estar con mis compatriotas. El paisanaje es una fuerza poderosa; hay muchos valores y cultura compartidos. Más allá del chisme de la universidad, con los paisanos uno puede hablar de la comida favorita, de futbol, de la política y de la vida en México en general, a diferencia del trato con los extranjeros, con quienes hay que tejer una red de intereses mutuos prácticamente desde cero.

Así que, una vez que perdió combustión la relación con la española, me acerqué mucho a ellos, especialmente a Horacio, que, a diferencia de Ricardo, no estaba casado. Él tenía un Mini Cooper clásico que compró allá y vivía fuera del campus, en Kenilworth. Los viernes salíamos de clase y nos íbamos a los pubs de los alrededores. Era agradable cambiar la monotonía del campus por lugares adonde iba la gente normal. En la universidad todos andaban con cara de estar muy ocupados y siempre a la carrera; en el pub, en cambio, uno veía grupos de jóvenes platicar, reír y emborracharse. Las chicas iban muy arregladas, con vestidos llamativos; por sus atuendos no se imaginaría uno que estaba nevando afuera. A veces intentábamos hacer amistad con algunas, pero no era fácil; la mayoría ya iba en grupo. En una ocasión trabamos buena conversación con una chica que resultó ser policía, y siempre recordamos con gusto esa pequeña anécdota. Me llevaba muy bien con Horacio; hicimos la costumbre de que, después de pedir nuestro café al final del almuerzo, echábamos un volado para ver quién pagaría. Por pura probabilidad acabaríamos pagando lo mismo cada uno al final del trimestre, pero era un momento del día jovial y divertido. Después de eso, cada uno a sus estudios.

Mis compatriotas mexicanos fueron los que me explicaron cómo era la dinámica de los exámenes finales. Ellos habían revisado las preguntas que venían en el examen de cada materia de distintos años y, según ellos, había unos cuantos temas que siempre venían; otros a veces sí, a veces no. La estrategia consistía en aprenderse bien esos temas, así fuera de memoria, aun sin comprenderlos del todo, y con eso se lograría responder a un buen porcentaje de las preguntas. No era una estrategia para aprender mucho ni para ser el mejor del salón, pero era la forma de no reventar y sacar adelante la maestría. En la cafetería, después del tradicional volado, hice el listado de temas y me enfoqué de tiempo completo en esos.

Iba a las clases y la verdad ya no me interesaba mucho si entendía o no; tenía confianza ciega en mis manejadores. Había variantes en las preguntas dentro de esos temas. «Ni te fijes —me dijeron—. Así no venga completamente al caso, tú contestas con una descripción detallada del modelo tal, o con la argumentación del autor cual». «Perfecto, compañero, así le haré». Tampoco es que no entendiera nada; en algunos temas sí aprendí mucho, con la ayuda de los libros más que con las clases. La estrategia para matemáticas era distinta: era una calificación global para matemáticas y econometría. «Todos los mexicanos que hemos pasado por aquí sacamos cero en matemáticas —me revelaron—. Lo que hay que hacer es entregar todos los trabajos de econometría para no perder los puntos, que son críticos para el marcador global». Las matemáticas que nos daban eran ecuaciones dinámicas que yo nunca había estudiado; traté de comprenderlas con bastante esfuerzo. El día del examen iba muy tranquilo a obtener mi cero; comencé a hacer mis despejes, sustituciones, sumatorias y hamiltonianos y llegaba a un resultado extraño. Lo taché y volví a comenzar para llegar nuevamente a lo mismo; lo taché de nuevo. Después supe que ese resultado que borré dos veces era el correcto y hubiese hecho historia para los mexicanos en esa materia.

—Como la selección nacional en los Mundiales. Jugaron como nunca; perdieron como siempre —dijo Citlali, meneando la cabeza.

La estrategia general funcionó muy bien. Había otra particularidad en el sistema de aprobación en mi curso de maestría que me hicieron notar mis compatriotas: la cuota de reprobados. Cada año escolar, el número de reprobados era de tres, no más, pues aplicaban el método de la «campana de Gauss». Conforme avanzaba el trimestre y se acercaban los exámenes finales, la información sobre la cuota se fue haciendo del dominio de todos e, inevitablemente, los compañeros hicieron su lista mental de quiénes podrían ser los tres reprobados del curso. En todas las listas figuraba un italiano bastante mayor que todos los demás, dos italianos más o menos de mi edad o algo más jóvenes, un alemán que nunca supo qué hacía ahí y, desde luego, yo. No por no participar en clase se disimulaba mi falta de comprensión de muchas cosas. Era, además, el único candidato del llamado «tercer mundo». Con mis manejadores mexicanos diseñamos también la estrategia de guerra psicológica: «Se te van a acercar los otros candidatos; tú siempre diles que vas muy bien. Procura desaparecerte algunos días antes de los exámenes, así te quedes encerrado en tu cuarto; hazles creer que ya tiraste la toalla y que preferiste dedicarte a pasear. Hay que hacer que se confíen de que tú vas a reprobar, y que otros sientan que los que van a reprobar son ellos, que tiren la toalla». La guerra psicológica funcionó de maravilla; reprobaron dos italianos y el alemán.

—¡Wow! —exclamó Citlali—. El ingenio del mexicano. El clásico «todo se lo debo a mi mánager» —añadió.

Los jueves, porque los ingleses tienen un día para cada cosa, había un pequeño convivio entre los estudiantes y algún profesor. Un día me acerqué con el que nos daba Macroeconomía, un tal Marcus Miller[6], y le pregunté: «Oiga, ¿y de verdad esos modelos que nos enseña en la clase, de teoría de juegos con matemáticas complicadísimas, los aplican en la vida real para decidir algunas cosas?». Se llevó la mano a la barbilla, se rascó un poco y me dijo: «En realidad no. Esos modelos son lo que yo llamo un divertimento intelectual». O sea, que, si Marcus se divertía con eso, yo también me divertí a mi manera, y así diseñé mi juego.

—Ese Marco Miller hacía como que enseñaba y Usted hacía como que aprendía… Por eso nos dejaron un mundo de cabeza —dijo Citlali.

Noche 23. El verano de Daisy

Después de los exámenes tomé unos días de vacaciones a la Costa del Sol con mi amigo Horacio. Los veranos en España son fantásticos. Estuvimos en una discoteca al aire libre que tenía las mesas alrededor de una piscina; tal vez sería un club de playa, pero ciertamente era de noche y servían bien las bebidas con alcohol. Chicas de todas las edades corrían topless y se aventaban una y otra vez del trampolín y de la resbaladilla, entre sonrisas y carcajadas. Ni en Las Vegas me ha tocado ver un espectáculo tan bien montado, con artistas amateurs y sin guion…

—Ya, no se emocione —interrumpió Citlali—. De seguro es la versión mediterránea de La casa de las bellas durmientes. Me los imagino, a usted y a su amigo, ahí de mirones… ¡Qué horror!

Al regresar a Warwick me dirigí de inmediato a las oficinas de la facultad de economía, al muro de los anuncios, donde pegarían el papel con los resultados de los exámenes. No había internet ni WhatsApp; era la época del «papelito habla». Con temor y curiosidad me acerqué: «Aprobado». Busqué a Horacio en su cubículo y nos fuimos a brindar con unas cervezas; después iríamos al pub y tal vez remataríamos en su casa con algún tequila.

Al día siguiente, ya recuperado de la resaca, me puse a pensar en el tema de la tesis. Solo había tres meses para elaborarla y no tenía ningún tema en mente. Muchos compañeros ya habían elegido el suyo desde antes de comenzar la maestría, pero yo no, pues los últimos meses había estado con una sola idea fija en la cabeza: aprobar los exámenes. No tuve mucho tiempo para preocuparme. Después de mi almuerzo pasé al estand de revistas y compré la revista Time, que hacía tiempo no leía pues mi presupuesto de la beca era bastante magro. Di unos sorbos al café y de pronto leí una frase que cambiaría mi vida: «Debt equity swaps are the height of financial fashion in the indebted Third World…»  Yo venía becado por el Banco BCH  y conocía el tema de los castigos que aplicaban los mercados a la deuda de los países que, como México, tenían una alta probabilidad de no ser capaces de cumplir con sus obligaciones con los acreedores internacionales. Los swaps a los que se refería el artículo eran un intercambio de deuda por inversiones en otro tipo de activos que pudiera ofrecer el país deudor, lo cual era especialmente atractivo en procesos en marcha de privatización de empresas públicas, como el que se gestaba en México. «¡Ese es mi tema! ¡Los swaps!». Al terminar mi café supe con toda certeza que ese era mi tema. Cualquier angustia que hubiera albergado se disipó; me llené de confianza y me sentía feliz.

Las últimas veces que vi a Sara me miraba con una mezcla de admiración por haber aprobado —con una sonrisa de quien sabe «cómo le harías»— y algo de conmiseración por no tener tema de tesis a esas alturas. Me la encontré un día por un sendero del campus y le dije radiante:

—¡Ya tengo tema!

Me miró con algo de suspicacia, pero no me importó. Lo demás se fue dando muy fácilmente. Con un buen tema es sencillo conseguir un asesor de tesis que coopere con simpatía. No tuve que buscar mucho en la biblioteca para encontrar un marco teórico que me sirviera de base; el tema de la deuda era el principal obstáculo al crecimiento y ya había artículos académicos hechos por mexicanos al respecto. Encontré uno muy bien estructurado, de fácil comprensión, de Guillermo Ortiz y Jaime Serra Puche. Lo demás fue sumar y restar términos en la ecuación del crecimiento: menos deuda, más ahorro; menos deuda, más inversión. Para que la deuda bajara había que comprarla, así fuera con descuento, lo que debilitaba las finanzas públicas en un año determinado, aunque las fortaleciera a largo plazo.

La versión ambiciosa de la tesis hubiese sido un modelo de equilibrio general. La versión que se me ocurrió fue la construcción de cuatro escenarios distintos, todos dentro de la ecuación estática de equilibrio parcial. Otra posibilidad —la que me echarían en cara después mis sinodales— hubiese sido calcular econométricamente los parámetros pertinentes, pero yo los tomé como predeterminados del paper de Ortiz y Serra Puche, que eran economistas que ya brillaban. Cuando comenté con Sara mi idea de tesis, ella, que era una econometrista  brillante, nada más movía la cabeza:

—¡Qué clase de chapuza vas a hacer!

Nadie imaginó que una idea tan sencilla pudiera funcionar. ¡Y funcionó! Ayudó muchísimo la relevancia del tema de la deuda externa, que los swaps estuviesen de moda y la claridad con la que construí mis escenarios.

Una de las ventajas de mi tesis era precisamente que no necesitaba generar ningún tipo de evidencia de base de datos. Yo no tenía ni idea de cómo utilizar una computadora. Alguna vez me senté frente a una en la sala de cómputo, la encendí, vi parpadear una rayita verde en la esquina inferior de la pantalla y no supe más qué hacer. Para mi buena fortuna, mi amigo Horacio tenía una computadora en su cubículo y él me capacitó para aprender a usarla como máquina de escribir. No existía el Windows ni el programa Word; había un procesador de textos que se llamaba Daisy.

Fueron jornadas largas —tampoco es tan sencillo escribir una tesis en inglés— y ya solo tenía el interés en terminarla. Descuidé mi alimentación. Me recuerdo disgustado, por las noches, cenando nuevamente una hamburguesa con papas y un vaso de refresco; la cohesión con los compañeros se había roto, pues la tesis ya era un ejercicio cien por ciento individualista y, lo peor, es que nuevamente perdí el control del tiempo y de mi ritmo biológico. A diferencia del verano anterior, cuando llegué, el nuevo verano tenía los días interminables: eran las cinco de la mañana y ya había luz; eran las de la noche y media y seguía la luz. Perdí la noción de a qué hora desayunar, comer y asearme. Toda mi vida era la fijación de terminar y ya.

Me faltaba muy poco cuando, un día, mi documento con la tesis desapareció de la computadora. La pantalla decía algo así como: «Daisy no ha podido guardar ni recuperar el documento». Entré en pánico. Alguien me comentó que tal vez lo podrían recuperar en el centro de cómputo, pero sería hasta el día siguiente. Me lancé a caminar hacia el lago que había en el campus, crucé unos trigales, brinqué una cerca y me topé con la carretera que iba a Kenilworth. Caminé por horas hasta que vi las luces del poblado, que acababan de encender, me di media vuelta y emprendí el regreso. De pronto comencé a gritar, o tal vez solo a mascullar, un estribillo de una canción gitana que había escuchado recién en España, y la repetí toda la noche:

—Campesinos tristes de mi Andalucía… De mi Andalucía…

—Fue un mantra —dijo Citlali—. Yo sé que hacen mucho bien. ¡Pero ha de haber parecido un fantasma medio loco! —Y le ganó la risa.

Recuperé la tesis y la pude terminar; la entregué, sellaron de recibido y no había nada más que hacer. No hubo ceremonia de fin de cursos, no hubo fiestas; todos estábamos hartos del lugar. Unos se fueron antes a hacer sus tesis en otro lado, otros se marchaban sin mayor trámite; yo hice lo propio. Fijé la fecha del vuelo y me regresé a México. No tenía dudas de que la tesis me la aprobarían, pero tampoco me fui eufórico. Fue un año de luchas intensas: primero conmigo mismo, después por aprobar y presentar la tesis; y de repente todo concluyó, como si no hubiese habido un final. La película se cortó, paró en seco. Me subí al avión desconcertado; el final fue tan abrupto que ni siquiera tuve tiempo de saborear mi regreso, que tanto anhelaba o idealizaba.

Durante el vuelo me quedó una reflexión un tanto amarga. Había ido a Inglaterra con la idea consciente de obtener mi título de maestría y lo logré. Haya sido como haya sido, el esfuerzo intelectual fue muy intenso y fue una experiencia nueva para mí. Mi amistad con Sara, mi viaje a España y los paseos a Londres me habían abierto los ojos a nuevos horizontes, pero de alguna forma sentía que era un regreso sin gloria. Me bajaría del avión y sería el mismo que cuando salí: con más experiencias, pero solo, y con un desgaste físico brutal.

—Me tiene que explicar eso último —comentó Citlali.

—Ni te lo imaginas.

Noche 24. Citlalyacana

Me recibió mi madre en el aeropuerto. Nos reencontramos como si no me hubiese ido.

—¿Cómo te fue?

—Bien.

Nos dio gusto vernos, pero en la familia nunca fuimos muy expresivos: ni en abrazos, caricias y contacto físico, ni con las palabras, ni con el tono de voz. Regresé a vivir a casa de mis padres. Veintitantos años.

Citlali sacó unos lápices y la libretita que llevaba en su morral, y comenzó a trazar unas figuritas de anime con diferentes estilos de peinado.

—Me acordé de los enanos emocionales que mencionó su tío —comentó sin levantar la mirada.

Desde los últimos días en Inglaterra me sucedió un fenómeno muy extraño, que esperaba desapareciera al llegar a México, pero no fue así. Cuando entraba a algún lugar, me daba la impresión de que yo era la causa de que la gente se tocara la nariz y se la sobara. No pasó una vez, sino muchas. Las primeras veces no entendía lo que pasaba; solo eso, veía a la gente tocándose la nariz. Después comencé a creer que yo era el que provocaba esos gestos, nada más con mi presencia. Más adelante ya no tenía duda: yo era la causa de los toques de nariz.

Después de todas las angustias por las que había pasado, y que había superado, ahora venía esa nueva pesadilla. Pensé que mi cuerpo estaría sobrecargado de energía y que la emanaría a diestra y siniestra provocando malestar. Y de cada toque de nariz que observaba, sentía un pequeño latigazo en algún lugar del cuerpo, sin saber precisar dónde. Nunca consulté a ningún especialista, ni médico ni psicólogo, pues me parecía absurdo lo que me sucedía, más allá de cualquier imaginación muy fantasiosa.

Lo enfrenté con aislamiento; nada más tenía el contacto mínimo necesario con las personas. Regresó un año más al Banco BCH, ya que tenía ese compromiso con ellos por haber tenido la beca. El trabajo seguía igual de aburrido y, en mi condición, real o imaginaria, aquello era una ventaja. Pensé que el fenómeno se iría atenuando con el tiempo, y así fue; no podría precisar cuánto duró, pero fácilmente rebasó el año. Mis familiares solo notaron que yo había regresado «raro» de Inglaterra, pero nunca lo hablamos. De mi pandilla de amigos que dejé al irme, varios se habían casado y otros se fueron a vivir a otras ciudades; ese grupo se diluyó, aunque esporádicamente vi a alguno de ellos. Pero el espíritu de aventura y de jolgorio de los años anteriores nunca volvió.

Mientras hablaba, Citlali sacó su tableta y comenzó a teclear con rapidez. A veces hacía eso. Es una mala costumbre de la gente joven a la que hace tiempo me acostumbré, y no le presté importancia. De repente, elevó la mirada con los ojos encendidos:

—Mire lo que encontré, me lo dijo la inteligencia artificial…

—Tranquila, internet dice muchas burradas…

—No, espérese —dijo toda emocionada—. Dice que, si usted andaba estresado, su mente se pudo haber clavado en eso y empezar a ver toques de nariz por todos lados, y a creer que era por usted. Y lo de los latigazos, dice que puede ser psicosomático, porque el cuerpo somatiza la ansiedad y el trauma. Mire, aquí dice «trastorno de estrés postraumático» …

Me quedé mirando a Citlali con perplejidad. No capté todo lo que leyó; estaba exaltada y se saltaba algunas palabras, pero al final su voz se aclaró:

—Aquí dice: «Un quiebre en el procesamiento de estímulos, provocado por altos niveles de estrés y agotamiento, puede llevar al individuo a percibir patrones donde no los hay, generando asociaciones erróneas entre conductas ajenas y la propia presencia. Esto no es locura, sino una respuesta somatosensorial exacerbada».

Una vez que Citlali hubo partido —«Mañana toca madrugar, nos llevan a una práctica a Toluca, al Hospital General», me había dicho—, hice mis propias búsquedas en internet y no había duda: ese fenómeno tan raro no fue un principio de locura ni un desvarío, sino una condición psicosomática de tipo postraumático, como le sucede a algunos soldados después de una guerra. Algunos años después consulté a varios neurólogos por un problema mucho más serio que se me presentó -distonía cervical idiopática- pero nunca se me ocurrió contar los toques de nariz como antecedente. Busqué también noticias recientes sobre esa enfermedad. Encontré que en los años recientes han avanzado mucho en su comprensión y tratamiento, y me hice el propósito de consultar nuevamente algunos neurólogos después de más de treinta años.

«Vaya», pensé, y yo que tenía dudas de contarle eso a Citlali. La franqueza que ella me inspiraba dio resultados prácticos, totalmente inesperados.

Antes de dormir y, tal vez por gratitud, no lo sé, navegué por algunas páginas dedicadas al idioma náhuatl hasta que encontré el término preciso que mi inconsciente ya buscaba: Citlalyacana, la estrella que guía.

Noche 25. Destazaron el Rancho

Antes de que llegara Citlali, estuve hojeando varios libros que se refieren a la conquista de México y la caída de Tenochtitlan, que siempre me han parecido episodios apasionantes en la historia del mundo: la interpretación errónea de las señales cósmicas y las informaciones tangibles; las dudas de Moctezuma en un escenario de incertidumbre; y la fragilidad estructural del imperio mexica por la política de sometimiento al poder central de los pueblos periféricos. Cuando entró, tomó uno de los libros ilustrados para niños.

—«El gran tlatoani sabía de unos individuos desconocidos con "palos que escupen fuego", casas que flotan y perros gigantescos que los acompañan. No logró anticipar lo que esa información significaría para su imperio» —leyó Citlali en voz baja pero audible.

—Eso sucede a menudo. Es difícil interpretar las cosas en tiempo real.

—Es el clásico: O ya pasó lo que estaba yo entendiendo, o no entiendo lo que está pasando— añadió ella, en su particular manera de darme la razón.

Me quedé pensando en sus palabras. Tenía toda la razón: Al regresar de Inglaterra, me encontré con algunas novedades desagradables, relacionadas con el rancho de Valle de Bravo, que me sorprendieron, me confundieron y no tuve claridad sobre lo que habría que hacer.  Me puse a capear el temporal sin pensar en cómo alejarme de él.

Para entonces ya habíamos fincado nuestra casa en los terrenos que nos tocaron: sencilla, pero con estilo, con paredes de sillar, vigas de madera, tejamanil en el techo y mosaico de talavera pequeño en cocina y baños, entre otros detalles. También habíamos hecho una rifa entre mis hermanos y yo para ver cómo nos dividiríamos la fracción que nos tocó; esa fue poco antes de mi partida hacia Inglaterra. Teníamos un plano muy burdo, trazado a mano, dividiendo entre tres la fracción con la idea de que los predios resultantes tuvieran acceso a los servicios que ya habíamos puesto, particularmente agua, luz y el camino de acceso. Yo estaba emocionado de tener mi predio individual; tanto así que pegué ese plano en mi pequeña habitación en Inglaterra para tener siempre presente lo que había dejado en México y que era el mayor de mis afectos.

—Hay varias novedades que debes saber —me dijo mi madre en el trayecto del aeropuerto a la casa.

Mi madre recurrió a un ingeniero local que hizo la subdivisión entre nosotros. Lo primero que me saltó fue que, en lugar de tres fracciones, lo habían dividido en siete: una para cada uno de nosotros tres y cuatro fracciones de propiedad colectiva para toda la familia, incluyendo a mis padres y hermanos. Esas zonas comunes estaban en los parajes más interesantes. Una era la cima del cerro, con unas vistas impresionantes hacia el pueblo y la presa; otra, una zona más pegada a la presa, con mejores vistas hacia ella; la tercera, el lugar donde se ubica la casa y las laderas adyacentes; la cuarta, el terreno que da a la carretera, que sirve de acceso a todos los demás predios y donde se ubica una construcción rústica de lo que fue el casco del antiguo Rancho San Antonio. Aun así, me quedaron seis hectáreas de propiedad individual, suficientes en principio para desarrollar cualquier idea que se me pudiese ocurrir en el futuro.

Con un análisis un poco más detallado me di cuenta de los problemas serios que tenía mi predio. Me diseñaron un triángulo; el vértice inferior no estaba definido físicamente en el terreno, así que lo mío comenzaba en un punto casi imaginario y de ahí se iba abriendo cerro arriba, sin llegar hasta la cima, que había sido mi expectativa cuando hicimos el sorteo. Mi madre me dijo, por decir algo, que el vértice era el hoyo de la composta; cuando le comenté que ahí no había acceso, dijo que era más abajo, sin precisar dónde.

Sobre las áreas comunes, ya sabía desde entonces que las copropiedades son siempre de difícil manejo, pues tienen que estar de acuerdo todos los copropietarios en cualquier cosa que se quiera emprender. Y mi relación con mis dos hermanos no era fluida por aquel entonces. El mayor, Gabriel, nunca mostró interés por este tipo de cuestiones prácticas, le daba pereza el tema y era un lector asiduo al que no era muy prudente interrumpir. Con Fernando ya había tenido algunas fricciones, aún nada serio, pero ya se había roto la complicidad de la niñez y quedaba el alejamiento de la adolescencia. No éramos, por así decirlo, los copropietarios ideales.

Y finalmente, había una sección del rancho que habíamos desarrollado con esfuerzo: habíamos vendido algunos terrenos a terceros y nuestra ganancia había sido la infraestructura de acceso a los terrenos sobrantes por esa zona. Resulta que esos terrenos, que eran nuestra ganancia en lo que ahora colinda con Villa Florencia, los cedió mi madre a una sobrina suya, prima segunda nuestra. El padre de ella era un primo de mi madre al que consideraban casi hermano, y lo quisieron incluir de esa manera en el reparto que hizo mi abuela Omma. La evaluación en conjunto de todo ese reparto arrojaba un escenario complejo.

En Inglaterra yo presumía con mis compañeros de mi rancho: «Wow, Mexican Andrés owns a mountain». Y yo me reía muy complacido. La realidad es que me quedó una sección de montaña que ni comenzaba abajo ni terminaba arriba. Fue un desencanto conforme me fui dando cuenta de la realidad que estaba detrás del plano topográfico con la subdivisión elaborada por el ingeniero Ricardo Ballesteros, que en paz descanse.

Citlali dejó de hojear un librito de manga que rescató de una estantería.

—La verdad, no me cabe en la cabeza que un terreno enorme, de veintitrés hectáreas, no lo pudieran haber repartido armoniosamente entre tres hermanos.

—Nunca he entendido por qué mi madre decidió hacer tantas áreas comunes. Ella pensaría ingenuamente que los hermanos nos llevaríamos siempre bien, como fue el caso de ella con mis tíos, y que, al ser las mejores partes del predio una copropiedad en la que estaríamos todos, quedaría un reparto muy equitativo. Es como si destazáramos una vaca: el filete, el lomo y el rib eye son de todos; a un hermano le quedaron tres costillas, el solomillo y un poco de sesos; al otro, la rabadilla y la lengua; y al otro, las tripas, los cuernos y todos los huesos.

—¡Ya me antojó! Unos tacos de tuétano con mucho limón; tripitas en salsa verde, deliciosas; y una sopita de cola, ¡me mata! ¡O esquites con tuétano, uff!

Me hizo gracia verla caer tan fácil en el garlito, pues algo sabía de sus preferencias gastronómicas.

—A lo que yo me refiero —añadí— es que el filete es lo que más vale, nadie se lo puede comer; y el que tiene todas esas cosas para los antojitos del mercado, pues casi los tiene que ir a regalar.

—Sí… pero igual se me antojó. Sígame explicando, pues.

—Mi madre no tenía idea de topografía ni experiencia en dividir terrenos. Mi padre no se metió porque se plegaba a lo que dispusiera ella. El ingeniero trazó todo en su restirador, aún no había computadoras, y no se tomó la molestia de ver sus trazos en el terreno. Mi hermano Gabriel estaba en España trabajando, yo en Inglaterra, dizque estudiando, y mi hermano Fernando creo que no se metió. De cualquier forma, a él le tocó un terreno con excelentes características, con muchos planos y algo de bosques. ¡Cómo he lamentado haber estado fuera precisamente el año del reparto! Gané la maestría, pero el mal reparto quedó ahí, porque no tuve la oportunidad de modificarlo y así, con los planos mal hechos, se hizo la escrituración.

—¿Iban en piloto automático? ¿O por qué?

—El reparto no estuvo malintencionado, sencillamente estuvo mal hecho. Pero ya todos mis primos y tíos, a quienes había heredado mi abuela Omma, tenían prisa por escriturar. No me queda claro si fue por la edad de ella o porque varios habíamos fincado ya nuestras casas y todos queríamos seguridad. Me convencí de que lo mejor para nosotros era escriturar así, como estaba el plano, y que después lo podríamos arreglar. Mi tío Felipe había hecho unos caminos que atravesaban los terrenos de todos, lo que sin duda fue una gran mejora, e hizo también unos bordos de captación de agua. Eso le dio mucho ascendiente sobre sus hermanos y mi abuela Omma. Tenía la idea de que a nosotros no solamente nos había tocado más, sino también lo mejor. Recuerdo bien un día que me vio en la plataforma del estacionamiento de mi casa; bajó el vidrio eléctrico de su automóvil de lujo y me dijo con su voz fuerte, sonora, característica de él: «Andrés, recuerda que la donación que hizo la Omma a tu favor es reversible». Lo bueno es que ya escrituramos, pensé.

Me imagino que esa era una de las señales que el tlatoani no supo interpretar, señaló Citlali.

—Y yo creo a Cortés se le fueron muchas también, pero las supo ir acomodando a su favor.

Una lluviosa tarde de verano, mientras estudiaba la maestría, coincidí en Londres con mi hermano Gabriel, que venía de España, y mi padre, que llegó de México para algún asunto. Nos contó que mis tíos habían tenido la pretensión de que el terreno donde se ubica el casco antiguo del rancho fuera un área común para hacer las convivencias de toda la familia Pichardo; es decir, una especie de expropiación a nosotros en aras del beneficio colectivo. Decían que era necesario tener una capilla donde todos los tíos y primos pudiéramos hacer nuestras celebraciones religiosas y el convivio posterior.

Mis padres se opusieron a esa idea, pero para mi sorpresa, mi padre nos contó que él, con sus propios recursos, había mandado construir una especie de capilla dentro del casco del rancho. No lo podía creer. Mi padre nunca fue creyente; mi madre sí, pero poco practicante de las formas. Ella tenía una profunda convicción de ayuda hacia los demás y así actuó toda su vida. No era concebible que mis padres, con sus maneras de pensar, hubiesen mandado levantar una capilla.

—Lo tuvimos que hacer —nos dijo mi padre— para no perder ese terreno.

Las pretensiones territoriales de mis tíos eran tan reales como la bóveda que sigue ahí.

—¿Y qué ha pasado con esa capilla? —preguntó Citlali.

—Solo alguna vez hubo una ceremonia ahí; después todos la ignoraron.

—Vaya líos con las herencias —dijo ella, meneando la cabeza.

Hay un detalle en la capilla que, a pesar de todo, me permite mirarla con cariño. Es como un buen digestivo que disipa el mal sabor de boca de un platillo anterior. Mi padre, de niño, vivió en un rancho por el rumbo de Zinacantepec al que llamaban El Ejido. Las tierras las expropió el general Lázaro Cárdenas; mi abuelo Guillermo, que era agricultor, vendió el casco poco tiempo después y, entre los pocos objetos que rescataron, estaba la campana de El Ejido, la cual hacían sonar para congregar a los jornaleros o para señalar alguna celebración.

Nunca supe por qué bautizó su rancho con un nombre que advertía su perdición. Es probable que el término viniera de la antigua España: la palabra latina exitus indicaba tierras que se encontraban en las afueras, a la salida de una ciudad, y que eran de uso común para todos. Con el tiempo, exitus se convirtió en exito y, después, la te se suavizó en de, igual que pasó de vita a vida; como buenos españoles, cambiaron la equis por la jota, dando lugar a «ejido», tal como sucedió de luxo a «lujo». En español antiguo la equis se pronunciaba como «sh». Ya en el Virreinato, ese ejido español se mezcló con las tierras comunes de los pueblos de indios. Y esa campana está ahí, en la capilla del Rancho San Antonio, que es precisamente en el que estamos.

—Híjole, está emocionante eso —dijo Citlali—. En algún momento la tendrán que hacer sonar de nuevo…

Noche 26. El sexenio decisivo

—Hola, Citlaltzin —la saludé con gusto cuando la vi entrar, con su paso liviano y un morralito con motivos mazahuas colgado al hombro.

Se me quedó mirando, sorprendida:

—¿Por qué me dijo así?

—Significa pequeña estrella.

—Eso ya lo sé. Es el diminutivo de mi nombre, pero solo mi abuela lo utiliza.

—El náhuatl no deja de sorprenderme —dije para superar ese trance, pues me pareció haber invadido un terreno privado—. Se parece al alemán, ¿sabes? A base de juntar palabras se van construyendo las nuevas. También hay declinaciones y los vocablos cambian de terminación según sea el caso.

No me pude aguantar esa pedantería discursiva. Citlali sonrió de medio lado.

—No me vaya a explicar ahora lo del Citlaltépetl… Eso se lo saben todos.

Me quedé mirándola, fascinado.

—¡Qué idea me acabas de dar! Tanto que hablo contigo del cerro y hasta ahorita se me ocurre. Se llamará el Citlaltépetl 2.0. Pero bueno, otro día seguiremos con ese cuento.

—Bueno, ¡usted no cambia! —exclamó acomodándose.

Tenía el compromiso de trabajar por lo menos un año más en el Banco BCH, pues ellos habían pagado mi maestría, aunque creo que no les hubiera importado demasiado si hubiese incumplido. Era el año 1988, el último del sexenio de Miguel de la Madrid. Las oportunidades laborales se abrirían hasta el cambio de gobierno, así que no había otra alternativa más que esperar.

En el verano de ese año murió mi padre en forma intempestiva. Tuvo algunos mareos que su cardiólogo no supo interpretar; fue una trombosis cerebral que primero le quitó el habla y los movimientos, y pocos días después, la vida. Fueron días de estrés y congoja, pues sabíamos que ya tenía muerte cerebral. Lo trasladamos a un hospital público donde le dieron cuidados paliativos y le permitieron partir. Lo enterramos en el Panteón del Tepeyac, atrás de la Basílica de Guadalupe, en una tumba que pertenecía a parientes lejanos de mi madre, en contra esquina del sepulcro del general Antonio López de Santa Anna. Aún en esas horas aciagas, recordé una frase que dijo mi padre cuando fuimos a conocer el cementerio: «Ya tendré oportunidad de charlar largamente sobre todas sus andanzas con el general». Fue una tarde de mucha lluvia y, durante el sepelio, el cielo relampagueó con gran estruendo. Parecía que la naturaleza se sumaba a la despedida del gran hombre que fue mi padre.

Poco antes del cambio de administración, me entrevisté con Luis Téllez, un conocido del ITAM que tenía una posición muy cercana al titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Pedro Aspe, quien ya había sido ratificado; sin mayor conversación, me ofreció colaborar con él. Acepté de inmediato. El primero de diciembre de 1988 iniciaría la etapa profesional más intensa de mi vida.

Yo estaba encargado de la llamada «planeación financiera» del sector público federal. En la práctica nunca ejercí dicha función, pues mi jefe me tomaba de comodín para muchísimas otras tareas. Tenía mucha facilidad para escribir, así que pronto me convertí en el redactólogo oficial de notas de análisis y de prensa, y de discursos y presentaciones de mi jefe, así como de otros mandos de la Secretaría. La planeación financiera la tomó uno de mis subordinados —quien siempre me echó en cara mi supuesta irresponsabilidad—, pero, fundamentalmente, ese espacio se lo cedimos a los funcionarios del Banco de México. Ese año en la SHCP fue muy intenso, pues correspondió a la renegociación de la deuda externa de México bajo el nuevo gobierno. Mi tesis sobre los swaps me ayudó a entrar a esa institución, aunque después ya no me pidieron mayor opinión sobre ese tema. Eran jornadas larguísimas que comenzaban por la mañana y terminaban hasta pasada la medianoche. Varias veces escuché el toque de diana en la guarnición de Palacio Nacional, casi en la madrugada, y el cambio de la guardia de honor muy temprano en la mañana. «Tienen toda la noche para hacer ese trabajo», nos decía nuestro jefe. Era cansado, de mucho estrés, pero me ponía orgulloso de mis capacidades; por primera vez en mi vida profesional me sentía útil.

Después de unos meses me tocó hacer mi primer viaje de trabajo a Washington D. C., para reunirnos con los expertos del Banco Mundial en políticas agropecuarias.

—No sea presumido. Su primer viaje de trabajo fue para recoger un camión de volteo usado en Santo Tomás de los Plátanos —dijo Citlali, divertida—. Pero sígale.

Desde la Secretaría de Hacienda habían instruido a mi jefe para que diseñara un nuevo programa de desarrollo agropecuario, alineado con el nuevo paradigma de la política económica del presidente Carlos Salinas. Fuimos unas ocho personas de México, cada una con un tema en específico, y el mío era el comercio externo del sector agropecuario. Fue una experiencia de mucho aprendizaje. A diferencia de Warwick, en el Banco Mundial todo enfoque teórico tiene que aterrizar en políticas y programas concretos. No todos nuestros interlocutores estaban en la misma oficina, así que nos movíamos siempre en taxis, inclusive para trayectos cortos, pues el tiempo era escaso y había que aprovecharlo al máximo.

Por las noches nos íbamos a cenar a algún restaurante de la zona de Georgetown, que es animadísima, con una mezcla muy especial de estudiantes, funcionarios de instituciones multilaterales, personal de embajadas y muchísimos otros, de todas las edades, que van a Washington al cabildeo con el Congreso o a las oficinas del Ejecutivo, entre otras muchas actividades. Solo hay que imaginar la cantidad de gente que puede moverse en torno al Pentágono, por ejemplo. Washington no es una ciudad grande, pero deja sentir en su ambiente que es la capital del imperio norteamericano. Yo no conocía esa ciudad y prácticamente no había visitado los Estados Unidos, salvo un verano que estuve de intercambio en la ciudad de Pittsburgh, en algún momento de la adolescencia. Mis viajes juveniles a Europa habían sido de mochilero, siempre con un presupuesto ajustado, al igual que los viajes que hice en mi época de estudiante de maestría.

Me sentía bastante bien, con una buena dotación de dólares diarios que nos habían entregado en efectivo antes de partir. El hotel era elegante, la movilidad siempre en taxis, los restaurantes con muy buena cocina sin ser lujosos. Recuerdo bien los platillos a base de pastas y mariscos a los que me aficionaría unos años más adelante. Mi carrera iba despegando. El intenso ritmo de trabajo de los últimos meses rindió sus frutos; el mayor de todos, en el campo de la satisfacción personal. No había tiempo ni disposición mental para atender los problemas personales como el del Rancho San Antonio, ni ningún otro. En Washington conocí, por primera vez, los table dance que llegarían después a México en una versión mucho menos glamorosa y que, al paso del tiempo, se degradó inclusive en algo bastante sórdido.

—Y yo que pensaba que la «Casa de las Bellas Durmientes» venía de Japón —dijo Citlali, divertida.

—Tal vez, pero a México nos llegó por los Estados Unidos.

 

Noche 27. Economista Agrícola

Cuando llegó, Citlali se quedó mirándome fijamente de pies a cabeza.


—Oiga, trae los pantalones manchados de barro. Y vea nada más el piso; se ve que las suelas de sus zapatos fueron el molde para esas figuritas que están tiradas por todos lados.

—Ya no me dio tiempo de cambiarme —dije a manera de excusa—. Lo que sucede es que estuve arriba, en la primera palapa que tengo en el cerro, practicando la “agricultura natural”. El método lo inventó Masanobu Fukuoka y lo describe en su libro La revolución de una brizna de paja. Se basa en el principio de imitar fielmente los procesos de la naturaleza interviniendo lo menos posible, lo que implica no arar ni voltear la tierra, no usar pesticidas ni fertilizantes químicos, controlar las malas hierbas con cubiertas vegetales y dejar que las semillas de los campos germinen por sí solas cuando maduren. Inventó unas bombas de semillas, que es la semilla envuelta en barro; la tira y, con las primeras lluvias, germina un naranjo, un tamarindo o lo que sea. Un tema central es mejorar las tierras; las compostas ayudan pero son muy laboriosas. Lo mejor es buscar troncos, aventarlos y dejar que se pudran; en pocos años uno tiene un suelo maravilloso sin hacer nada.


—¿Y se ensució haciendo las bombas? Porque el método consiste en no hacer nada… —exclamó incrédula, con algo de sarcasmo.

—No. Subí al cerro a buscar troncos caídos; las variedades de aquí no son muy gruesas. Los jalo, los bajo a un camino, los troceo con mi machete y los llevo en la cuatrimoto a una terraza que espero que, en unos diez años, quede completamente reforestada.


—¡Wow! Me gustó ese método japonés. Usted se entretiene y hace algo por el planeta… Ya voy entendiendo más la vida de los jubilados que viven en un cerro —concluyó Citlali, ahora sí con una sonrisa sincera.

—Ya me puedo dar ese tipo de lujos. Y a propósito de la agricultura, te contaré mi paso por el gobierno en la dependencia que se encargaba de ella. Ahora sí que fue mera coincidencia.

 Mi jefe fue nombrado subsecretario de Planeación en la entonces Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, y nos llevó con él a varios de sus colaboradores: casi todos, jóvenes brillantes recién egresados de las universidades norteamericanas de mayor prestigio. El arranque en Agricultura fue difícil; primero como «asesor», que es sinónimo de limbo en la burocracia, y después como director de Comercio Exterior Agropecuario, un puesto que resultó ser clave en virtud de lo que sucedería después.

Tenía una pequeña estructura burocrática a mi disposición, incluyendo secretarias y chofer, así como vales de gasolina y algún vehículo. En aquel entonces se estilaba que los carros que decomisaba la dirección de aduanas se asignaran a funcionarios del gobierno. Me tocó un Grand Marquis enorme, todo eléctrico. Tenía sus años de antigüedad, pero estaba de un excelente ver. Sin embargo, era muy poco el tiempo que quedaba libre, ni siquiera los fines de semana.

Yo vivía solo en una casa muy pequeña que me construí en un terreno que me donaron mis padres en Cuajimalpa el último año que estuve en el banco, antes de comenzar mi extraordinaria aventura en el sector público federal. Tenía pocos muebles, solamente lo básico: primero por falta de recursos y después por falta de tiempo. A Cuajimalpa llegaba por las noches, me cenaba un sándwich, unos fideos precocidos y unas bananas que compraba a veces en alguna tienda de conveniencia que me quedara sobre mi ruta. Al día siguiente, temprano, iba a la barra de una cafetería que me quedara de paso para desayunar. Ocasionalmente, los domingos, había tiempo para trabajar un poco en el jardín, deshierbando o desramando algunos pinos. A lo lejos escuchaba los gritos de mi vecina, que llamaba a sus hijos para sentarse a comer.

Todos abrazábamos el proyecto modernizador del presidente Salinas. En el caso de la Secretaría de Agricultura, la apertura comercial se había rezagado. Ese retraso no se debía exclusivamente a una mentalidad proteccionista —que sí la había cuando llegamos—, sino a que el comercio de productos agropecuarios tiene que ver con materia viva, ya sean animales, carnes o vegetales, que pueden portar enfermedades, plagas, microbios y bacterias. La eliminación de aranceles no siempre tenía efectos reales, pues subsistían las «medidas sanitarias y fitosanitarias». Recuerdo una discusión entre un joven economista del sector financiero y un veterano funcionario del área de ganadería de la Secretaría sobre un manual para la importación de animales que establecía el requisito de que las vacas fueran «vírgenes». Ambos defendían candorosamente su punto de vista: a uno el requisito le parecía grotesco; para el otro, era la única medida segura.

Citlali soltó una risita.

—Usted iba a unas reuniones bien importantes, discutían sobre las vacas vírgenes y todo eso —dijo con un tono ligeramente burlón—, ¿y luego llegaba por las noches a calentarse unas Maruchan en una casa a medio amueblar? No me imagino a un político haciendo fila en el Oxxo para no dormir con el estómago vacío.

—Yo no era político.

Muchas veces me tocó ir a defender la aplicación de ciertas medidas sanitarias. Me convertí así, poco a poco, en una especie de «bicho raro» dentro de la gran congregación de los economistas liberales que dominaban todo el gobierno. Esa metamorfosis me dio prestigio al interior de toda la Secretaría. Siempre tuvimos a nuestros malquerientes, pues desplazamos a los cuadros técnicos tradicionales, pero gracias a ese cascabeleo logramos profundizar la apertura comercial.

Varias veces me tocó ir por semanas enteras a Ginebra, Suiza, a la sede del GATT, que se alojaba en un castillo a las orillas del lago Lemán. La Ronda Uruguay buscaba la liberalización integral de todo el comercio agropecuario internacional. Yo iba como representante de la Secretaría de Agricultura, pero la representación del gobierno mexicano le correspondía a la Secretaría de Comercio. Recuerdo haberle preguntado a mi colega: «Oye, ¿si todos están a favor de liberalizar el comercio agropecuario, por qué no avanzamos?». No me contestó, pero me dio pistas para que me fijara en los detalles y los matices de los discursos. Todos hablaban de liberalizar «casi todo» y de un «monto significativo» de reducción en los subsidios internos. Ese casi y ese monto significativo escondían diferencias abismales. En general, Estados Unidos estaba a favor de fuertes reducciones en aranceles y en subsidios; en contraste, quienes se oponían eran la Unión Europea, Japón, la India… un grupo al que el embajador del gobierno mexicano bautizó como «los países satánicos».

En no pocas ocasiones, por la fatiga y el cansancio acumulado que traía de México, dormitaba en las sesiones con los audífonos puestos de la traducción simultánea. A veces me despertaba mi colega con unos toques en el hombro: «¿Qué ha pasado, colega?». «Nada, lo mismo de siempre». Y así era, en efecto. Las decisiones no se tomaban en el salón en el que estábamos, por más banderas y personalizadores de países que hubiera. Era común escuchar antes de las reuniones comentarios del tipo: «Esto ya se va a mover; leí por la mañana en el Financial Times que el presidente francés se reunirá con el vicepresidente norteamericano…».

De vuelta a México aprendí a acomodar las posiciones de la Secretaría de Agricultura con un lenguaje «aperturista», tal y como lo hacía la Unión Europea. Además, por aquel entonces nuestro subsecretario, un estratega brillante, ya había profundizado mucho en el tema de los subsidios con un grupo de consultores que contrató, y yo emboné muy bien con la experiencia adquirida en el GATT. Aun así, había colegas de otras dependencias que insistían en acelerar la apertura en el sector, a pesar de los subsidios. Aunque todos partimos de una misma filosofía y doctrina, nosotros nos convertimos en una especie de proteccionistas de nuevo cuño.

De pronto me di cuenta de que Citlali estaba muy quieta, con los ojos cerrados. Me acerqué, le toqué suavemente el hombro… Estaba profundamente dormida.

Noche 28. Tratado de Libre Comercio de América del Norte

Nuevamente, al llegar Citlali, estaba sobre la mesa el libro de Miguel León-Portilla, Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares. Leyó:

«El comerciante a larga distancia, el pochteca, era el verdadero motor de la opulencia material. Su audacia para cruzar fronteras geográficas y políticas no tenía como fin el tributo bélico, sino la expansión del mercado y la introducción de nuevos elementos que dinamizaban la economía y elevaban la prosperidad de la metrópoli» leyó, sin demasiado entusiasmo.

—Mira qué interesante, le dije. Uno que piensa que las cosas son nuevas porque las escucha por primera vez. La idea de crecer a través del comercio es milenaria, no solo en Occidente, sino también en las civilizaciones antiguas de América. Y en su momento, yo mismo caí en ese error.

Una tarde en que fui a ver a mi Subsecretario a sus oficinas del sexto piso del edificio de la SARH en la glorieta de Chilpancingo, nos relató brevemente que se negociaría un Tratado de Libre Comercio entre México y los Estados Unidos de América [7]. De inmediato formó un grupo de trabajo interno, al que desde el principio se sumaron los consultores externos de su confianza. Yo contaba con la información del comercio exterior, y la experiencia en las negociaciones del GATT. Los contactos de alto nivel con la Secretaría de Comercio los tenía mi jefe, y yo tenía la relación institucional con los funcionarios de nivel medio. Me enteré de detalles importantes en ocasiones antes que él, lo que fortalecía mi posición.

En esos meses posteriores a junio de 1990, me tocó supervisar la homologación de la información de comercio exterior agropecuario, entre la nomenclatura que se había utilizado hasta ese momento, y el llamado Sistema Armonizado. Las cifras históricas estaban codificadas con las claves viejas, y las cifras recientes ya se reportaban con el sistema nuevo. Además, había confusión para identificar productos específicos.

Citlali se talló los ojos para despejarse; se estaba quedando dormida, como la noche anterior. Con voz todavía medio apagada preguntó:

—A ver, explíqueme ese Sistema Armonizado.

—Muy fácil: el comercio exterior también tiene su anatomía. El Sistema Armonizado clasifica todo lo que cruza una aduana, desde un caballo vivo hasta un costal de frijol o una caja de mangos. Cada producto tiene una clave, y con esa clave se decide qué arancel paga, qué permiso necesita y cómo se registra en las estadísticas.

—O sea que ustedes también tenían músculos, huesos y nervios, pero de mercancías —dijo, ya más despierta—. En enfermería tenemos que aprendernos seiscientos cincuenta músculos, doscientos seis huesos, nervios craneales y espinales, y luego encontrarlos, porque unos están escondidos debajo de otros. Cerebro ordena a nervio, nervio mueve músculo, músculo mueve hueso… y de pronto ya no sabes ni por dónde empezar.

Ahora fui yo quien se sintió abrumado.

—Por algo no estudié enfermería. En lo mío bastaba con saber que una vaca viva no era lo mismo que un corte de carne, y que una caja de manzanas no podía perderse en la misma categoría que una de duraznos.

La conversión de un sistema a otro se hacía casi a mano, aunque ya había computadoras. Las cifras históricas estaban en las claves viejas y las nuevas llegaban con otra lógica. Durante algunos meses, quien entendiera ese mapa tenía ventaja. Los cuadros estadísticos que generábamos en mi oficina se convirtieron en oro molido para preparar la negociación. Después, el Banco de México y la Secretaría de Comercio homologaron las estadísticas profesionalmente, pero por un tiempo yo tuve la ventaja de haber llegado primero a esa anatomía secreta del comercio.

En esos meses, comenzaron a gestarse ciertas tensiones internas. El grupo de consultores que apoyaba a mi jefe tenía sus ideas de cómo proceder con la Secretaría de Comercio en la prenegociación del TLCAN y en las negociaciones del GATT. Ellos estaban a favor de que México se declarara, sin ambages ni ambigüedades, como un país decididamente a favor de la liberalización del comercio mundial. Los que operábamos dentro del gobierno veíamos las cosas diferentes. Yo aprendí mucho de mis colegas de Ginebra, que me enseñaron el valor de un posicionamiento estratégico en una negociación. En nuestro caso concreto, había que esconder nuestros puntos débiles: nos refugiamos en la figura de los llamados «países importadores netos de alimentos «, que bien a bien nunca se supo lo que pretendíamos, salvo que nos dieran un trato diferente. Lo mismo para el TLCAN. Una frase de un alto funcionario negociador de la Secretaría de Comercio se volvió célebre: «Hay que tirarles bombas de humo», nos decía.

—A ver, —dijo Citlali—, póngame un ejemplo de cómo se debe negociar bien. —Como si estuviéramos en el mercado comprando fruta.

—Me la pusiste difícil, para eso si soy malísimo. Pero bueno, a ver a qué llegamos con tu ejemplo. Quieres naranjas. En un puesto hay naranjas y mandarinas. Preguntas por las mandarinas…No me dejó terminar. Soltó una sonora carcajada.

 —Nada más le va a quitar el tiempo a la marchanta.

También me reí. Luego traté de explicarle que toda negociación depende de las circunstancias. Comenzamos a jugar un ping -Pong muy divertido:

—Si no es temporada de naranjas y las quieres, hay que pagar caro…

 —Y si ya es noche y la marchanta no ha vendido, las dará baratas.

— Pero si te esperas a que sea de noche para comprarlas, igual ya no sobra ninguna y te quedas con las ganas.

—Y si deja encargado del puesto al escuincle por un rato, puede llegar alguien y aprovecharse con el cambio.

— O puede llegar una clienta de toda la vida y a esa le dará buenos precios para no perderla.

Nos reímos bastante. Aún no sé si toda mi experiencia le haya servido de algo la siguiente vez que fue al mercado.

Noche 29. Neopopulista

—Oiga, cuando venía entrando vi salir a un coche rojo, con dos personas. ¿Los conoce?

—Si. Se llama Lencho. Me pidió permiso para poner sus cajones de abejas por allá arriba en el cerro. A veces viene a raspar y sacar algo de miel; y otras veces, a traer a una nueva reina para formar otra colmena. Ese hombre es el último apicultor que queda aquí en el pueblo; gentrificaron a las abejas, por decirlo de alguna manera.

—¿Qué pasó con las abejas? — preguntó desconcertada.

—Quise decir que ya no hay terreno suficiente para ellas.

—Pues así dígalo. Usted ni adornado se ve bien.

Su enfado me cayó en gracia y me reí. Citlali también, pues no tuvo empacho en devolverme el golpe. Pronto retomamos el tema de la negociación del libre comercio, del que me sentía yo muy orgulloso.

Los preparativos para el inicio de las negociaciones formales del TLCAN fueron frenéticos. Uno de los aspectos clave en el diseño de la estrategia por parte de los máximos estrategas del lado mexicano fueron las consultas que se hicieron a los miembros destacados del sector privado, sector por sector. No solo eso: participaron en las rondas de negociación en el llamado «cuarto de junto». Viajaban con la delegación mexicana, se reunían en una sala y estaban disponibles para cualquier consulta. En esos encuentros, había que traducir los problemas y retos de la vida real en conceptos de negociación. Por ejemplo, nos decían: «Si abrimos el café a los Estados Unidos, nos inundarán con producto brasileño y africano barato». «Entonces es un tema que debemos llevar a la mesa de reglas de origen »—respondíamos—.  Mientras que a alto nivel se hablaba mucho de los «ganadores y perdedores» en el Tratado, en mis pláticas con ellos siempre encontrábamos un ángulo interesante de lo que había que defender y de lo que había que pedir en términos de apertura de los mercados de nuestros nuevos socios en potencia.

 Dentro de la metodología del GATT, había que calcular un arancel inicial que sustituyera al permiso previo de importación y que brindara un nivel de protección similar (la llamada tarificación). La metodología tradicional consistía en comparar los precios internos con los internacionales. Parecía un ejercicio estadístico sencillo, pero no fue así. ¿Qué series de precios utilizar, en caso de que existiesen? Por ejemplo, en el frijol existen dos grandes familias —los negros y los claros— y, dentro de ellas, una enorme variedad como el negro Jamapa, el negro Michigan, los pintos, el peruano, el mayocoba, entre otras muchas.

—¿Y el frijol con gorgojo? —preguntó Citlali con ganas de divertirse un poco.

—Ese no se comercia; si lleva plagas, está prohibido.

En algunos casos los patrones de consumo eran muy distintos y daban resultados extraños. En el pollo, por ejemplo, el muslo y la pierna son muy apreciados por el consumidor mexicano, mientras que los americanos se inclinan por la pechuga. ¿Había que comparar el pollo entero, muslo a muslo y pechuga a pechuga?  Se abría así un abanico de negociación insospechado en un principio.

—A ver, ¿el pollo orgánico dónde lo dejaron?

—Pues como pollo, ¿dónde más? Solo que eso lo especificas en el etiquetado…

—A ver si ahora sí lo agarro en curva —retó ella—. ¿Los tamales con pollo por dónde tienen que pasar?

—No se negocian recetas de cocina. Digamos que solo los ingredientes… Habría que ver si son más masa o más pollo.

Estaba dispuesta a divertirse a mis costillas:

—¿Y los chiles en nogada?

—Ahí sí va a depender de qué humor esté el agente aduanal[8].  Lo meterá como nuez, como chile o como carne, según vea.

Citlali se desconcertó un poco… Pero captó rápido:

—Sin albur.

El nacionalismo se coló por la puerta de la tarificación. El TLCAN era un marco para reducir aranceles y, de pronto, el juego se convirtió en ver cómo podíamos llegar a los aranceles iniciales más altos posibles, los cuales se reducirían hasta llegar a cero en un plazo máximo de quince años, pero estética y políticamente nos ayudaron bastante.

Al finalizar la negociación del TLCAN me tocó asistir a una reunión de organizaciones campesinas para explicarles lo obtenido. Me citaron por la mañana en la Casa del Agrarista, en la colonia San Rafael. La calle estaba llena de autobuses estacionados, que son los que trajeron a los asistentes desde muchos estados. Cuando me tocó mi turno, me acerqué al podio para dar mi arenga. Lo primero que hay que hacer es descubrir algún rostro en el público y fijarnos mucho en él. Su reacción nos va indicando cómo va el ánimo general, y además, es una forma de controlar los nervios. Cuando esa persona baja la vista, uno ya sintió que derrotó al auditorio, si lo sentía hostil. Alcé la vista, y lo que vi fue un patio lleno de sombreros de paja que cubrían cabezas a las que no se les veía el rostro. Fue triste darme cuenta de que podría decir lo que quisiera, al percibir su incomodidad de estar tanto tiempo de pie bajo el sol, con ganas de irse pronto a la sombra a comer su torta y regresar al autobús.  «Logramos un arancel de los doscientos quince por ciento para el maíz y de los doscientos setenta por ciento para la papa», dije ante el micrófono, como si hubiésemos cerrado y no abierto la economía. Era la «venta política» del Tratado, concepto que nos explicaron bien los colegas norteamericanos. Esa venta se tuvo que complementar, acertadamente, con un esquema de política pública que canalizó muchos millones de pesos a los productores. Los hombres sin rostro cobran vida cuando se trata de dinero.  Así nació el programa Procampo.

—Hace falta la gallina, los huevos y el cacareo —apuntó Citlali. Guardó su botella de agua y el tupper de su ensalada y, cuando se disponía a irse, me preguntó:

—Dígame, cuando regresaba a México después de discutir todo eso, ¿volvía a cenar las Maruchan que venden en el Oxxo o extrañaba los espaguetis con mariscos que cenaba allá?

—Una sensación extraña. De regreso de Washington, sentado en el avión, comenzábamos a volar en círculos sobre la Ciudad de México esperando turno para aterrizar. Después de varias horas de vuelo ya iba fastidiado y cansado de tanto leer y escuchar música; de pronto me vi en mi casa de Cuajimalpa, sin otra cosa más que hacer que tomar un libro y poner algún CD. A la llegada, a muchos de mis colegas los esperaban sus novias o esposas. Solo a mí no me esperaba nadie. Hacía la fila para el taxi y, al llegar a casa, me tumbaba a ver algo de televisión sin prestarle atención. Al día siguiente procuraba hacer algo que me gustara, como ir a caminar al Desierto de los Leones, que por cierto es uno de los bosques más bellos de coníferas y pinos de toda la ciudad. Y contestando a tu pregunta, allá vendían unos tlacoyos muy sabrosos; mis preferidos eran los de haba o de frijol.

—¿No se dio algún gusto, algo que le compensara por tanta friega?

—Me compré un carro deportivo, muy potente, del año. Una vez llevé a una fiesta a una chica guapísima de Culiacán; tenía un cuerpazo, hacía trescientas abdominales al día, según me contó. Bajamos del deportivo sintiéndonos como actores de Hollywood, pero al poco rato le dolió la cabeza, me pidió que la llevara a su casa y, en el camino, se fue organizando para irse a otra reunión.

Me sentí un poco torpe al haberle confiado eso. Y ella no lo dejó pasar.

—¡Ay, usted! —dijo al final—. Se compró un carro para apantallar y esa chica nada más lo trajo de chofer. Pero las bellas durmientes no le fallarían, ¿verdad?

Noche 30. Son gachos.

—En resumen, dígame de que se trata ese famoso libre comercio del que tanto habla. Ya sé que se trata de importar cosas. Vea nada más las calles; están llenas de tienditas que tienen su letrero de “abrimos paca de ropa americana”; o los autos chocolate que traen todos los que vienen de Michoacán; o unos productos en el super que la verdad no me encantan. Unos quesos carísimos con etiquetas en inglés, pero que no le llegan en sabor a un buen queso de tierra caliente. Pero no entiendo que es lo que hace el gobierno en todo esto.

—Muy fácil. Si nosotros dejamos que cualquiera importe cosas de Estados Unidos, allá también dejan que sus ciudadanos importen de México todo lo que quieran.

—¿Y tanta vuelta para decir eso?

—Acuérdate que el diablo está en los detalles.

La primera reunión formal de negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) se llevó a cabo en Toronto, Canadá, el 12 de junio de 1991. Ahí asistimos; fue emocionante por ser la primera. Se trató principalmente de la mecánica y metodología que se seguirían para atender los tres grandes temas: acceso a mercados, subsidios internos y medidas sanitarias y fitosanitarias.

La siguiente reunión fue en Dallas, en agosto de 1991. Esa vez nos acompañó un contingente enorme del sector privado. El negociador de la Secretaría de Comercio lanzó la bomba de humo de que excluiríamos el maíz del Tratado —una posición claramente insostenible, siendo la principal exportación de los Estados Unidos a México—. No se avanzó todo lo que se tenía previsto, pero la expectativa del sector privado era enorme. Se resistían a creernos que no habíamos negociado el producto de cada uno de ellos de forma individual: «¿Negociaron papa? ¿Negociaron flores? ¿Negociaron cerveza?». A la salida del salón de conferencias, donde se habían llevado a cabo las pláticas con americanos y canadienses, así como las reuniones informativas con el sector privado, cuando me dirigía hacia el hotel me percaté de que me seguía una verdadera caravana de líderes empresariales y directivos gremiales que querían platicar conmigo. Logré desaparecer y entrar a la soledad y tranquilidad de mi habitación. Ese día me sentí muy importante.

Siguieron otras rondas negociadoras en distintas sedes en Canadá, Estados Unidos y México. La recta final fue sesiones casi ininterrumpidas en Washington D. C. Entrábamos temprano al edificio neoclásico del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos mi subsecretario, el funcionario encargado del tema por la Secretaría de Comercio y yo, con pesadas carpetas bajo el brazo; nos registrábamos como unos visitantes más y caminábamos por unos pasillos interminables de mármoles relucientes hasta llegar al despacho del negociador americano. Se revisaban los temas una y otra vez y, en particular, el del azúcar, que fue el último en resolverse. Poco a poco se fueron afinando las listas de desgravación de cada país y el texto del articulado del Tratado.

En alguna ocasión, ya hacia el final, las organizaciones ganaderas nos hicieron saber su inconformidad con el tratamiento de desgravación que estábamos dando a los llamados «despojos y desperdicios de animales», que es como se clasifican en el comercio internacional la pancita, el buche, la lengua, los sesos y otras exquisiteces que comemos los mexicanos, y que para los americanos son meros desperdicios, aunque el volumen de comercio era grande. Llegó el momento de intercambiar las listas finales entre los tres países; les expliqué a los colegas que nuestra única opción para superar el tema de los ganaderos era modificar la lista que presentaríamos, con ese pequeño cambio, y que yo estaba seguro de que no se darían cuenta. Ya había visto que, por el lado americano, la lista la revisaba una muchacha desaliñada con unas gafas enormes, que no parecía estar muy entretenida con ese trabajo. A nadie le gustó la idea, pero procedimos y funcionó. Tiempo después, ya inicializado el Tratado por los negociadores en jefe, nos lo echaron en cara; y a mí más que a nadie.

Conforme avanzaba la negociación y se acercaba el cierre, mi influencia comenzó a decrecer notablemente. No dejaban de verse “feos” los aranceles que calculé para muchos productos, dentro de un círculo dominado por los economistas liberales.

Unos meses antes mi jefe había decidido cambiar al que supuestamente era mi superior jerárquico, aunque nunca lo fue en la realidad; yo esperaba que me ascendieran a ese puesto, lo cual no sucedió.

El cierre oficial de las negociaciones del TLCAN original se anunció el 12 de agosto de 1992 en Washington D. C., tras catorce meses de intensas sesiones. Al día siguiente, todos los que participamos en la negociación fuimos citados para una foto oficial de la delegación mexicana. Yo no asistí.

—Para mí que sus jefes fueron malas personas, nada más lo usaron —señaló Citlali. Clavó la mirada en el suelo, como pensativa—. Son… Son gachos —dijo al final, al no encontrar un adjetivo que los pudiese describir mejor.

Al escuchar eso, «son gachos», mis ojos se llenaron de lágrimas y comencé a llorar, algo que no me sucedía desde muy niño. Nos quedamos en silencio durante un buen rato.

—¿Oiga, y sus familiares, su madre, al menos ellos, no se sintieron muy orgullosos de lo que hizo usted?

—En ese entonces ni cuenta se dieron; solo con los años percibieron que yo había estado metido en algo muy importante. Mi madre había enviudado hacía pocos años; el destino la compensó dos años después con el nombramiento de mi tío Ignacio como gobernador del Estado de México. Se portó bien con ella: la invitaba a varios eventos públicos, le facilitó la entrada al voluntariado del estado en cuestiones de salud y ella se dedicó con entusiasmo a supervisar hospitales, platicar con el personal médico y ayudar a solucionar problemas. Ella era así, se desvivía por ayudar a «los demás». Ese fue uno de los traumas que me acompañaron durante un buen tiempo: yo no formaba parte de «los demás». Y dada la relación especial que siempre tuvo con su hermano menor, al que cuidó de niño en Alemania, me daba el sentimiento de que nosotros, sus hijos, estábamos en un segundo lugar. Mis méritos, los que tuviese, se opacaban totalmente por la sombra gigantesca del gobernador. La gubernatura de su hermano Nacho coincidió con la negociación del TLCAN, de 1989 a 1993.

Noche 31. Noche del Maíz

Citlali llegó un poco ojerosa. Comentó que la noche anterior una pregunta no le dejó de rondar por la cabeza.

—Seguido escucho a mis tíos y a mi abuelo quejarse de ese Tratado en el que usted trabajó. Dicen que desde entonces no les ha ido bien, que ahora muchos campos están abandonados.

—Te voy a dar mi explicación, sin tratar de convencerte. Con que me escuches es suficiente.

El maíz es uno de los principales productos de importación de México. Se cultiva en todo el país: en las llanuras áridas del noroeste que cuentan con irrigación; en las sierras de Guerrero y Oaxaca, en laderas con gran pendiente; en los valles del Altiplano, de climas templados o fríos; en las selvas de Chiapas; en las costas… En algunos lugares hay riego; en otros, solo dependen del agua de la lluvia. Hay empresas que tienen grandes extensiones y mucha maquinaria; hay rancheros pequeños y medianos; y la gran mayoría son campesinos que tienen poca tierra, muchas veces menos de dos hectáreas, y en algunas zonas hasta miden sus parcelas por el número de surcos, de tan pequeñas que son. Y estos campesinos, que son la mayoría, no producen el suficiente maíz para hacer sus tortillas o engordar sus animales. Tienen que comprar lo que les hace falta, en la tortillería o en alguna bodega, aunque esté caro, y quienes les venden son las grandes empresas que controlan miles de hectáreas, o los que lo importan y lo distribuyen en la Central de Abastos.

También pasa que la familia puede tener varias hectáreas, incluso con riego, pero no las cultivan. Antes toda la familia ayudaba a la siembra, al deshierbe, a echar fertilizante, a cosechar y a desgranar. Ahora los jóvenes ya no quieren trabajar en las milpas; prefieren dedicarse a otra cosa que sea menos pesada y que les deje más dinero. Y también los hombres ganan mucho más como albañiles o peones. Todo esto —la fragmentación de la tierra, la escasez de agua, la falta de mano de obra— no es consecuencia del Tratado de Libre Comercio; este permite que la importación de todos los productos sea a menor costo porque se les quitaron los aranceles, y eso beneficia a la mayoría. Para que a todos los agricultores de México les vaya bien, hace falta que haya buenos programas para apoyarlos y eso no siempre se ha logrado. Depende de cada gobierno, no del Tratado.

—Por una cosa o por la otra, los campesinos siempre salen fastidiados —afirmó Citlali.

—Yo también sufro al ver lo que pasa en el campo, aunque esté convencido de que hicimos lo correcto.

Mi padre me hablaba de cuando era niño y salía a «besanear» por las milpas con mi abuelo. Caminaban entre los surcos; revisaban si la semilla ya había germinado, el crecimiento de las matas, la humedad de la tierra, si había que limpiar o deshierbar, o si había evidencia de alguna plaga, entre otras cosas. Ya después checaban si el maíz estaba jiloteando, si habían salido las mazorcas y si iban llenando bien. Decía que el premio mayor era encontrar los huitlacoches, y desde que los recogían se deleitaban con el taco que les prepararía la abuela. Evocaba a las mujeres del rancho moliendo el grano en sus metates, torteando a mano las bolitas de masa y echándolas al comal, y el gusto supremo: ¡comérselas infladas con tantita sal!

Siempre me habló con admiración de la «milpa». Es un predio donde se entrevera el maíz con frijol y calabaza, y a veces otros cultivos. El frijol abraza el tallo del maíz y le aporta nitrógeno a la tierra; la calabaza extiende sus hojas grandes para proteger el suelo del sol y mantener la humedad; el chile ahuyenta a las plagas. Los cultivos no compiten entre sí; al contrario, se complementan. Si al maíz le cae el chahuistle o lo tira el viento, el agricultor recoge una espléndida cosecha de frijol o calabaza. El modelo de la milpa es el opuesto a la agricultura comercial a gran escala, donde se cultiva un solo producto y se generan artificialmente las condiciones para obtener altos rendimientos por hectárea: fertilizantes inorgánicos, plaguicidas químicos, semillas mejoradas y, más recientemente, transgénicos.

—Prefiero mil veces la milpa —sentenció Citlali.

—De preferir, yo también. El problema es que con lo que se obtiene no se produce lo suficiente; tendríamos que importar muchísimo más maíz del que se trae ahora.

Me levanté y me acerqué a unos estantes donde estaban los libros que pertenecieron a mi abuelo Guillermo. Tomé el   Nuevo Diccionario de Agricultura, Teórico-Práctica y Económica y de Medicina Doméstica y Veterinaria, por el Excmo. Sr. D. Juan Álvarez Guerra. Madrid, 1844. Un bello volumen empastado en cuero con letras doradas grabadas en el lomo.

—Aquí se documentaba él para trabajar sus tierras —añadí—. Y luego le mostré un libro  con todas las variedades de maíces que hay en México… los blancos, los cacahuazintles, los azules, los morados, cada uno con sus características únicas de sabor y de aclimatación biológica.

Me quedé un rato pensativo y añadí:

—Hay un libro que me falta, que no he conseguido: La filosofía náhuatl, de Miguel León-Portilla, Y otro, que es el que me gustaría escribir…

—¿Y ese cuál es? —preguntó Citlali.

—¿Te has fijado en todas las palabras de origen náhuatl que nos han brincado esta noche, y muchas otras más que ha adoptado el español? La milpa, el jilote, el chahuistle, el metate, el tamal, el cuate, el chicle, el tocayo, la jícara, el ayoyote…

—¡Lotería! —gritó Citlali, en broma.

—¡Exacto! Me leíste el pensamiento. Quiero hacer un homenaje al idioma náhuatl; uno que no sea una simple recopilación de vocablos adoptados por el español, sino un rescate de su esencia. Es una lengua que conecta directamente con las cosas. El ahuehuete no es solo el nombre de un árbol: es el «viejo del agua», una evocación de la alianza entre el hombre, los elementos y el árbol como un ecosistema vivo.

Al unir in atl e in tepetl («el agua, el cerro») para significar «pueblo» o «comunidad», el náhuatl establece una condición ecológica insalvable: no puede existir sociedad humana sin el resguardo de la montaña y la pureza del acuífero. El concepto mismo de civilización depende de la salud de los elementos.

Por eso, hacer una apología del náhuatl hoy no es un ejercicio de nostalgia folclórica; es reconocer que en sus metáforas floridas reside una racionalidad ambiental más avanzada que la de nuestros modelos económicos actuales. Esta lengua nos recuerda que la verdadera sustentabilidad no consiste en mitigar los daños del progreso, sino en restaurar el cordón umbilical que nos une a todo lo que respira. Salvar el náhuatl es, en última instancia, salvar la posibilidad de volver a escuchar a la Tierra.

—A todo esto, ¿de dónde le viene el interés por el náhuatl? No es algo que sea bastante común.

—Desde el día que conocí a una Estrella.

Noche 32. Rebelión en la Granja.

Antes del final del TLCAN, en la fase más intensa del proceso, mi subsecretario tuvo que sustituir al director general de Asuntos Internacionales, quien era mi jefe formal y directo, aun cuando ya casi todos mis asuntos los viera con el subsecretario. Es lo que en la burocracia se llama «estar puenteado». Yo no tenía el perfil diplomático que requería el puesto; era un luchador de trinchera, un «peleador callejonero», como nos bautizó un día uno de nuestros colegas. Pero en esos momentos mi función era una de las más importantes de toda la Secretaría.

Mi subsecretario se inclinó por un joven que no alcanzaría los treinta años, prácticamente sin ningún fogueo ni experiencia. Era hijo de un alto funcionario de la administración del presidente Salinas, y mi jefe tenía esa concepción de la política: la de tejer redes de amistad y lealtad. Varios juniors del gobierno y de los negocios entraron a trabajar con él, a quienes el resto del equipo apodamos los golden boys. Una mañana mi subsecretario me mandó llamar; me informó que ese joven sería el elegido y que había pensado que yo y mi grupo formaríamos una unidad administrativa aparte, a lo que llamó un relaunching de la Secretaría. Le encantaba mezclar en sus conversaciones términos en inglés. Le pregunté si tendría mis oficinas aparte. Me dijo que sí, pero que por lo pronto no.

No era ingenuo y sabía cómo se movían los hilos de la burocracia. Esa nueva unidad difícilmente vería la luz. Al llegar a mi oficina, en aquel entonces en la avenida Benjamín Franklin, me reuní con mis colaboradores cercanos, analizamos la situación y alguno dijo: «Vámonos». Hablé con un amigo mío que dirigía el organismo que canalizaba todos los subsidios, le pedí prestados espacios de oficinas y me los concedió. Era una sala no muy grande donde cabrían dos o tres escritorios más un mezanine abierto. Sin pensarlo mucho empacamos papeles y computadoras, escritorios y archiveros, conseguimos unas camionetas pick-up prestadas de la dirección de estadística e hicimos la mudanza. Cuando se enteraron mi subsecretario y el nuevo titular de la dirección general a la que habíamos pertenecido, ya eran hechos consumados. Fue un golpe de audacia; una clara insubordinación institucional. Nos pudieron haber fincado responsabilidades graves por haber sustraído material y equipo de esa manera, sin ningún tipo de autorización. Las consecuencias no pasaron a mayores; en retrospectiva, creo que fue una falta grave que mi jefe dejó pasar.

Citlali dejó de trazar en su libreta, levantando las cejas con genuino asombro:

—Wow. Eso sí que fue un golpe de audacia. ¿Pero a ver, los polis no les dijeron nada cuando sacaban las cajas?

—No. Les dije que era por instrucciones mías. Mi rebelión fue timbre de orgullo, pero me generó grandes incomodidades e hizo patente a todos los demás que, si bien éramos importantes, tampoco lo éramos tanto.

El tema de los subsidios internos y a la exportación no se resolvió en el TLCAN, sino hasta el final de la Ronda Uruguay del GATT. El 15 de diciembre de 1993 se alcanzó el acuerdo final en Ginebra, Suiza. Yo me trasladé algunos meses antes para allá. Vivía en el hotel Holiday Inn pegado al aeropuerto, que tenía unas ventanas fantásticas de tecnología europea que aislaban totalmente el ruido de los aviones. El hotel tenía una piscina climatizada subterránea y un pequeño gimnasio bastante bien equipado, a donde comencé a ir para desestresarme. Los desayunos eran una delicia en un restaurante con alfombras y barras relucientes: me tomaba mi chocolate caliente acompañado de los típicos croissants y leía los periódicos, cortesía de la casa.

—Otra vez los periódicos. Les hubieran inventado antes las tabletas y el internet.

—Pues eso sí era bonito: tomar el periódico y leer los titulares. Lo complicado era pasarte las horas tratando de mandar un telefax; era como una fotocopiadora conectada al teléfono que iba transmitiendo las páginas con los informes. Tomaba un autobús después de cruzar unos llanos yermos por los rigores del otoño y llegaba a la oficina de la representación de México. Era el representante de agricultura, no era de los de casa, y muchas veces notaba que los colegas de comercio bajaban la voz cuando pasaba. El tema principal de la Ronda era la agricultura y era el mío.

Llegó la fase final: todos los países presentaron sus listas definitivas para que las conocieran todos los demás y pudieran revisarlas. Elaboré la que correspondía a México, detallando todos nuestros compromisos en materia de subsidios y acceso a mercados. Me tomó horas de estudio de las listas previas que habían presentado otros países, de manera particular la Unión Europea. Ellos eran unos magos para presentar sus cifras: ofrecían, por ejemplo, una cuota muy atractiva de acceso a su mercado de azúcar —uno de los más codiciados del mundo por los diferenciales de precio—, pero le ponían un pequeño asterisco que decía algo así como que esa azúcar podría estar incorporada a productos que contuviesen azúcar, seguido de otro asterisco que remitía a otra página muy lejana de la lista, donde se mencionaban cuáles podrían ser esos productos, como chocolates, chicles y refrescos, y otro asterisco que llevaba a otra página perdida donde decía qué porcentaje de la cuota correspondía a cada uno de esos productos. Todo eso para decir que no darían ninguna cuota de azúcar al resto del mundo, pero que les podríamos mandar ciertos volúmenes de dulces, galletas azucaradas, refrescos y bombones de chocolate.

Sabía que Citlali me interrumpiría y, en efecto, así fue:

—¿Como por ejemplo chamoys?

—Así es, porque llevan pulpa, chile y algo de azúcar, pero no me imagino a un inglés comiéndose uno.

—Para la próxima traigo. Frente a mi casa se pone una señora que los vende y, además, ¡unos mangos con chile piquín! Buenísimos.

El subsecretario de Comercio llegó a Ginebra para esa ronda final y para supervisar la entrega de nuestras listas. A su llegada nos había dicho que la prioridad del gobierno mexicano era mantener cerrado nuestro mercado azucarero, algo que parecía imposible de negociar. Elaboré las listas siguiendo la metodología de la Unión Europea y creo que hasta le puse unos nuevos asteriscos para despistar. Uno de los colegas, me parece que el embajador, bautizó a este esquema como «el submarino». No todos creían en mi submarino, pero no había opción; lo lanzamos y funcionó. Al igual que con las vísceras y despojos de animales en el TLCAN, al tiempo llovieron las recriminaciones, pero ya no me tocó responderlas a mí.

Y al igual que en el TLCAN, había negociadores de carrera que nunca se sintieron cómodos con mis estrategias. En alguna ocasión uno de ellos, que años después llegaría a embajador, mi dijo: «Si me pones a elegir entre perder reputación de negociador o perder en alguna concesión en algún sector, yo prefiero mil veces…». «¿Qué prefieres?», pregunté con tono desafiante. Reculó y dijo sin ningún convencimiento: «Salvar a ese sector». En una ocasión, no recuerdo el tema, tuve una discusión con él por algo similar en una noche de tormenta de nieve y le dije: «Si te pones en ese plan, yo no estoy dispuesto. Me voy». Y me salí a la calle. No había taxis, ya no había transporte, soplaba un aire gélido proveniente del lago Lemán y, como pude, llegué al Holiday Inn medio congelado, ansiando mi taza de chocolate caliente para encontrarme con la sorpresa de que el restaurante llevaba varias horas cerrado.

—No me lo imagino —intervino Citlali—. Yo lo veo en la estética muy quietecito esperando turno, pero antes… ¿Era muy berrinchudo? Un día se salió de las oficinas con todo y muebles… Y otro día se enojó y se sale caminando en medio de una tormenta de nieve.

—Ahora que lo mencionas… Pues supongo que sí. A veces sí me enojaba mucho y regañaba feo a algunas personas… Pero ya me pusiste a pensar. Creo que me di demasiada importancia y debí ser mucho más paciente, más easygoing, ¿cómo te lo explico?

—Que se le hubieran resbalado más las cosas y que no se las hubiera tomado tan a pecho.

—Correcto. Pero pues ya tendrá que ser en otra vida.

La reunión ministerial que formalizó todos los acuerdos de la Ronda Uruguay se celebró en Marrakech, Marruecos, del 12 al 15 de abril de 1994. Poco antes recibí una llamada del subsecretario de Comercio la única de él en todo este periplo—, en la que me invitaba a asistir con él a esa reunión, porque quería que todos los que habíamos participado pudiésemos estar presentes para celebrar. Se lo agradecí muchísimo, Era un reconocimiento a mi labor del más alto nivel.

En Marrakech no tenía ya ninguna función más que la de música y acompañamiento, así que la pasé bien, recorriendo los callejones y bazares de esa mítica ciudad; compré un cuchillo árabe que tengo en la vitrina y unos tapetes estilo árabe.  Mis paseos fueron solitarios. Fuimos varias veces a un casino, me parece que en el hotel, junto a unos colegas muy divertidos. En ese casino aposté poco —como siempre, cauteloso—, pero la suerte me sonrió y gané bastante para mis estándares. Sigo agradecido por esa invitación.

Noche 33. Los Eleuterio

Al despertar de mi siesta puse algo de música lounge. En eso escuché un ruido seco, como un golpe, y salí al pasillo a asomarme. Citlali estaba ahí, medio pálida; al lado tenía una cubeta y un trapeador.

—Qué susto. Me tropecé. ¿Quién dejó esa cubeta atravesada? —preguntó.

—Seguro que fue la señora que vive aquí.

—¿Qué? ¿Cómo dijo? Primera noticia…

—Te voy a contar. En la casa vive una familia que me ayuda. La mamá, Delfina, es de un pueblito muy pequeño en la zona mazahua, allá por San Felipe del Progreso, y trabajó en la Ciudad de México con mi madre, cuando todavía vivía en la casa grande en la que habitamos todos de jóvenes. Tenía un niño pequeño, muy listo y bien portado, pero se regresó al pueblo porque un segundo bebé venía en camino. Algunos años después tocó a la puerta; iba cargando a una niña muy pequeña envuelta en el rebozo. «Solo le pido que me dé posada por esta noche, estoy buscando trabajo, ya se hizo de noche y no tengo dónde dormir», le dijo. Coincidió con que mi madre no tenía por esos días quien le ayudara y entonces se quedó con ella de planta, con la niña. Como dicen, se juntaron el hambre con las ganas de comer. Yo estaba viviendo ahí, de vuelta, por el problema de salud que tengo… Ya sabes cuál es.

—Sí, obvio: el cuello —dijo Citlali.

Parece que se entendieron bien para la limpieza, la comida, el lavado de la ropa y todo lo que hay que hacer. Un día subió la señora, Delfina, a presentarme a la niña, que tendría unos cuatro años. Me resultó simpatiquísima. «A ti ya te conozco», me dijo muy segura. Me causó gracia, pues no recuerdo haberla visto antes. Nos caímos bien y a veces subía la niña por la escalera para saludar. Un día, para entretenerla, le presté un lápiz y un cuaderno, y le dije: «Pon atención, te voy a enseñar la letra A». A la semana ya le había enseñado las vocales y dos o tres consonantes; a las dos semanas, unas sílabas sencillas, y como a los tres meses ya sabía leer. Yo estaba fascinado con el progreso que hacía y también con los comentarios que soltaba, como toda niña ingenua que está descubriendo el mundo.

Después enfermó mi madre y se tuvo que mudar a vivir a Tlatelolco, a su ahijada: un conjunto de vivienda popular repartido entre muchos edificios multifamiliares, construido en los años cincuenta con inspiración soviética. Delfina y la niña se fueron con ella. A partir de entonces fueron su compañía, sus cuidadoras y sus acompañantes. La niña, que es muy lista, se encargaba de darle las medicinas y vigilar que se las tomara. Mi madre le dijo que ella sería su maestra, y ese título se le quedó por siempre.

Unos meses después decidimos que mi madre estaría mejor en la casa del rancho de Valle de Bravo, y así fue que nos vinimos para acá con ellas dos acompañándola, más otra hija que se había quedado en su pueblo, con sus abuelos, así como al niño que vivió antes con nosotros —que ya era un joven—, porque no podía ir a trabajar a México con dos criaturas. Más adelante también se vino a vivir al rancho el niño, a cursar su preparatoria en el Colegio de Bachilleres. Así que en esta casa convivimos mi madre y yo, y los cuatro miembros de la familia Eleuterio. Delfina es madre soltera.

—Qué bien que se reunió toda esa familia alrededor de su madre. Entre todos se acompañaron.

—Mi madre solía decir: «Llórate pobre, pero nunca te llores solo». Ella ya llegó a Valle de Bravo muy mayor. Acá cumplió los noventa años y acá murió a los noventa y cuatro. Se quejaba mucho: «¿Qué hago yo aquí trepada en este cerro?», decía; pero muchas otras veces la pasaba bien, disfrutando de su patio con orquídeas en su hamaca; también salía al jardín para contemplar la vista a la laguna. Su último proyecto fue un jardín de cactus al que le puso mucho entusiasmo. Algunas veces fuimos a Tejupilco, a Ixtapan del Oro y a Santo Tomás a buscar cactus y a traer piedras de río para darle al jardín un toque japonés. En los meses de octubre y noviembre, después de las lluvias, el cerro se cubre de flores silvestres: blancas, amarillas, rojas, lilas, violetas, de todos los colores. Le encantaba hacer un gran ramo con ellas y se sentaba largo rato a oler y contemplar sus flores.

Cuando mi madre falleció no me quise quedar solo en este cerro, ni tampoco me quise regresar a mi casita de México, así que les pedí que se quedaran y son las personas que me ayudan con el aseo de la casa, la comida y la ropa. Y por las noches las invito a que vean las noticias conmigo; es nuestro ritual de convivencia...

—Esa familia vale más que cualquier escritura. Le alegraron sus días a su madre y ahora a usted.

—También me dan algunas preocupaciones, sobre todo los hijos; les ha costado trabajo ir encontrando su camino.

 

Noche 34. En el Cerro de Enfrente

A lo lejos, en la penumbra del valle, se escuchó el eco amortiguado de unos perros ladrando. Citlali se asomó por el ventanal, tratando de adivinar de dónde venía el ruido en medio de aquella boca del lobo.

—Allá enfrente, donde se ven esas luces titilantes, los perros siempre ladran más fuerte —le comenté, llamando su atención.

—¿Ah, sí? ¿Y ahí quién vive? ¿Algún vecino ruidoso?

—Peor que eso: una prima mía. Una que también heredó terrenos de la abuela Omma.

Mi madre y ella se entendieron bien durante muchos años; yo creo que las dos eran un poco rebeldes a su manera. Pero cuando nos vinimos de México a vivir acá, la cercanía las alejó; se han de haber hecho más evidentes sus diferencias. Mi madre siempre trató como iguales a las personas humildes, ya fueran los cuidadores y sus familias o las señoras que ayudan en casa: a todos. En sus últimos años se sentaba por horas para platicar con el cuidador que teníamos sobre el clima, las milpas, cómo eran las cosas antes en Valle de Bravo, las costumbres y las tradiciones. Pocos meses antes de su muerte, él le trajo a regalar una fotografía enmarcada de sus abuelos, don Pedro y doña Teresa, que fueron cuidadores en la época de la abuela Omma. Mi madre la colgó en su habitación, sin que significara nada más que un buen recuerdo.

Mi prima, por el contrario, con el paso del tiempo se fue sintiendo cada vez más «aristocrática», sobre todo por la historia del rancho, y la vida cosmopolita de la abuela Omma. El obispo Joaquín Arcadio Pagaza fue nuestro tío bisabuelo, y de ahí se colgó mi prima para armar la aristocracia familiar. Al mismo tiempo se volvió más que notoria su incomodidad de convivir con las personas humildes. El día que murió mi madre, lo primero que hizo al entrar a la habitación donde yacía fue tomarle una fotografía con su celular; y lo segundo, descolgar el cuadro de don Pedro y su mujer.

—¡Qué mal gusto! —gritó Citlali, escandalizada.

—Hace poco, la hija de mi prima trajo a bautizar a su bebé a Valle de Bravo y después hubo una comida, muy sabrosa, servida en su jardín. Se me ocurrió llevar a una de las niñas de Delfina para que obsequiara una bolsa de galletas a los invitados. Hubo algunos incidentes que no voy a relatar, aunque reconozco que me faltó tacto. A la semana mi prima arremetió duramente contra mí por teléfono: hablando con un conocido cercano de ambos, despotricó contra los Eleuterio y contra mí por llevar gente a su fiesta que no había sido requerida y, ya encarrerada, hizo sugerencias groseras sobre el tipo de convivencia que habría dentro de mi casa. No dejé terminar al conocido que me relató la plática; dije que mi prima se podría ir directamente a…

—¡A chingar a su madre! —Citlali soltó en un soplido las palabras exactas que yo no me animaba a utilizar.

—Mi prima siempre se juntó con mis tíos Pichardo y se llevaba bien con ellos, ya que generacionalmente estaba más cercana a ellos que a muchos de sus primos. Los últimos años de mi madre en Valle de Bravo fueron agridulces. Entre esa prima, mis tíos y mi madre hicieron críticas constantes hacia mí que no solo me amargaron algunos días, sino también a mi madre. Esa práctica del chismorreo familiar, que ya había sufrido en la adolescencia, volvió intensificada por aquellos días. Es el tipo de cosas que suceden cuando se cruzan visiones distintas del mundo y cuando las personas no han aprendido a ser tolerantes las unas con las otras. Y me incluyo en el mismo saco: también he sido intolerante con mi propio hermano por cuestiones distintas, pero parecidas.

—O sea que en ese cerro nadie deja de tirar pedradas —concluyó Citlali—. Todos traen espinas: unos de nopal y otros de huizache.

—Todos —admití—. Por eso te digo que sigo sin encajar. Ni con los de enfrente, ni con los míos.

 

Noche 35.Campaña Política

—¿Sabe a quién vi hoy? A Zudikey, que va de candidata del PRI a la presidencia municipal. Usted debería animarse.

—¿Con ella?

—No sea bobo… Eso me pasa por andarle inflando el ego.

—¡Ya ves cómo sí es divertida la política! Con ustedes, la mujer, la profesionista, la promotora de la salud y la belleza, ¡nuestra inigualable candidata, Citlaliiii…!

—Ni que fuera teibolera —soltó divertida, y a los dos nos ganó la carcajada—. Hágale, hablemos de la política, se ve que disfruta el tema.

El 23 de marzo de 1994 asesinaron al candidato presidencial Luis Donaldo Colosio. Me enteré durante una escala en Houston, en un viaje relámpago que teníamos planeado para resolver algún asunto relacionado con el aterrizaje del TLCAN. Unos días después el partido en el poder designó a Ernesto Zedillo como candidato sustituto y, al poco tiempo, este nombró a mi subsecretario coordinador de Asesores del candidato del PRI a la Presidencia de la República.

No lo vi por esos días. Nos fuimos enterando de a poco quiénes de nosotros ya se habían ido con él; fueron los golden boys los primeros en acompañarlo. Desde la oficina de la campaña me llamaba de vez en cuando alguno de ellos para pedirme alguna nota o tarjeta informativa por parte del coordinador; yo me negué pues él no me había llamado de forma directa. Un día lo hizo: fue un diálogo muy breve, de no más de un minuto, y me instruyó a que me moviera de inmediato a unas oficinas de apoyo que tenía por el sur de la ciudad.

Nuevamente, la vorágine. El trabajo consistía en preparar discursos al por mayor sobre todos los temas posibles; ya no solo de economía, sino de ámbitos tan distintos como la pobreza, el rol de la mujer, el nuevo indigenismo a raíz del levantamiento zapatista, la planeación urbana, entre muchísimos otros que tiene que atender un candidato en campaña. Me negué a seguir las instrucciones de los golden boys, pero tuve que aceptar las órdenes que venían de la secretaria particular de mi jefe. Por aquella época me sentaba frente a la computadora varias horas seguidas, sin parar, y elaboraba un discurso de principio a fin. No era pura retórica; por la trayectoria del candidato y la del coordinador, todo lo que se decía tenía que ir bien documentado, avalado con hechos y cifras que nos llegaban de muchísimos lugares, principalmente de las entidades y dependencias del gobierno federal.

Para preparar los discursos que daría el candidato en alguna entidad federativa, nos mandaban de avanzada a platicar con funcionarios y empresarios locales para conocer de primera mano las preocupaciones y expectativas de cada lugar. Nos dividieron por estados; a mí me tocaron, entre otros, los discursos de Sinaloa y Tlaxcala. Hice la visita a Mazatlán y Culiacán. Éramos bien atendidos y recibidos pues, a ciencia cierta, nadie sabía cuál era nuestro vínculo exacto con el candidato ni con el coordinador. Conversábamos con muchos actores clave, tomaba notas y, de regreso en México, me sentaba a redactar. Se volvió casi una terapia para mí concentrarme por horas en un tema particular, buscando contenido de interés y una forma sonora y retórica para decirlo.

Un conocido mío estaba en un puesto importante en los temas administrativos de la campaña. Un día que comimos con él nos pidió que le diéramos nuestra tarjeta de presentación. No teníamos.

—Yo les mando a hacer unas. ¿Qué puesto tienen?

Atinamos a contestar:

—Asesores del coordinador.

—Pero a ver: su jefe coordina a los asesores; entonces, ustedes son asesores del candidato del PRI a la Presidencia de la República.

Cuando se enteraron en la oficina de mi jefe de esas tarjetas, casi nos corren: «Ustedes son nada más unas personas que trabajan para Luis», nos sentenciaron. Las tuvimos que devolver, pero sí me guardé una cajita, pues el título era pomposo y apantallaba, con los logotipos de la campaña y del partido.

—¿Le gustaba ese trabajo de escribir discursos?

—Me encantaba. Sobre todo, cuando ya tenía los datos y el material necesario, y me sentaba a redactar. Era un deleite ver cómo se formaba cada párrafo, con su idea central, para luego pulirlo hasta que sonara bien. Después seguía el próximo, buscando la manera de hilarlo con los demás. A veces me hablaban y no escuchaba a nadie; estaba completamente absorto. En esos discursos se planteaban ideas y se razonaban. También disfrutaba ver desfilar las letras en la pantalla, al ritmo que mis dedos marcaban en el teclado; era un gozo intelectual, pero también físico. En cambio, los políticos actuales se plantan frente al micrófono a improvisar. Solo repiten eslóganes y descalifican al rival, sin el menor cuidado por las formas. Usan muletillas al por mayor y dejan frases sin terminar; en fin, un desastre absoluto.

—Un trabajo bastante solitario, como casi todos sus pasatiempos: los libros, el jardín... —remató Citlali, pensativa.

Pasada la elección, el coordinador se perfilaba para un puesto de primer nivel y de la mayor cercanía con el presidente electo. Yo sabía que mi cercanía con él ya se había diluido y que, si quería seguir en el equipo, tendría que cuadrarme ante alguno de los golden boys. Me negué. Un domingo, varias semanas después de la toma de posesión, el que fuera mi jefe mi citó muy temprano en la mañana en la residencia oficial de Los Pinos. Llegué puntual. Las oficinas de la Presidencia estaban en remodelación; pude asomarme al despacho presidencial, en obra gris, al igual que al salón de sesiones del gabinete. Pasaron las horas y mi exjefe no llegaba. Después del mediodía, o ya entrada la tarde, apareció, me vio y soltó:

—¿Tú qué haces aquí?

—Me citaste.

—Ah, perdón —dijo, y se siguió de largo.

Así comencé el sexenio del presidente Ernesto Zedillo: sin trabajo, expulsado de la residencia presidencial.

—¿Fue el mismo jefe que no lo ascendió cuando estaban negociando el libre comercio? —preguntó Citlali.

—Sí, el mismo.

—Ya se lo había dicho antes: ese señor era gacho. Pero usted tampoco era una «perita en dulce».

—Sí, tengo que reconocer que por momentos me ganó la soberbia —admití—. Podría haber sido más dócil, pero después de ese sexenio de locura mi ánimo estaba exaltado y mi salud había comenzado a mermar. La dignidad, antes que nada, aunque no dé para comer. Más serenidad en las horas críticas me hubiera sido de gran utilidad a lo largo de la vida. Las oficinas del presidente estaban en una edificación junto a la residencia, una casa enorme. La casa-oficina tenía una escalera a la mera entrada, no muy ancha, que llevaba al segundo piso. En ese mezanine, una de las puertas daba al despacho presidencial, que estaba todo desmantelado, en remodelación. El espacio era agradable, muy amplio, y tenía un ventanal en semicírculo que daba a los jardines de Los Pinos: el césped muy verde, impecable, y árboles centenarios, frondosos, imponentes. En el poco tiempo que me dejó el guardia contemplar el despacho, vi varias ardillas trepar por los troncos y brincar entre las ramas…

—Como aquí en su rancho —interrumpió Citlali—. Cuando llego las veo correr por el jardín y luego treparse a algún guayabo. También he visto correr a los conejos y perderse entre la maleza…

—Ya me hiciste el día —le sonreí—. No se necesita estar sentado en esa oficina para contemplarlas. Y mucho me temo que el presidente muchas veces ni siquiera haya estado de humor para pensar en ellas.

Noche 36. Error de Diciembre

—Hola Citlali. Qué bueno que hoy vienes con tu uniforme de enfermería. Nos toca analizar  un caso clínico extraño.

—La distonía cervical como la suya la padecen  300 personas por cada millón, o sea que hay unas 39,000 personas perdidas y aisladas en todo el territorio nacional. Lástima que sean tan poquitos…

—¿Te gustaría que fuéramos más?, le pregunté con ganas de bromear. Otra vez me vas a inflar el ego.

—Payaso. Sígale así y menos van a inventar una cura.

El cuerpo comenzó a fallarme en agosto de 1994, ya pasada la elección presidencial. Me dirigía hacia Toluca en un flamante vehículo deportivo que me había comprado. Iba con otro «asesor del candidato» a entrevistarme con uno de los más altos funcionarios del gobierno del Estado de México. Él lo había contactado; él también se había guardado una cajita con las tarjetas de presentación «faroleras» que nos habían incautado y, sí, abrían puertas. Le dimos una breve consultoría para la planeación estratégica de su área, para lo cual fuimos unas seis veces a Toluca a reunirnos con las distintas áreas a su cargo. Me gustó ese trabajo, pero… en lo personal estaba desconcertado.

En ese primer viaje a Toluca, a la altura de Lerma, ¡cómo olvidar ese primer momento!, mi cabeza dio un giro brusco hacia la izquierda. Me desconcertó; el tirón fue fuerte. Siguieron otros, todos para el mismo lado. Solo logré controlarlos colocándome la mano izquierda en la mejilla. Así tuve esa primera entrevista y luego todas las reuniones que siguieron después de esa fecha. Llegué a mi casa de Cuajimalpa, me serví un trago de ron y me senté en uno de los sillones de la sala, tratando de relajarme. Los tirones no cedían y se los atribuí al estrés acumulado. Por la mañana me levanté y me sentí bien, pero al poco tiempo, al rasurarme, los tirones volvieron.

—Eso sucedió hace treinta y dos años —intervino Citlali—. Los tratamientos han evolucionado mucho. No crea que no comprendo el drama que comenzó a vivir.

Como pude me fui a trabajar a la oficina de la campaña, que ya por esas fechas operaba como oficina de apoyo a la transición del gobierno. «A mi jefe le dio el mal de San Vito», escuché que dijo una colaboradora muy joven que tenía. El ritmo de trabajo disminuyó considerablemente y tenía la esperanza de sentirme mejor, pero no fue así. Intenté varias cosas; una de las primeras fue una gran parranda con uno de mis amigos abogados de la campaña para el desestrés: nada. Me acordé de un amigo de la preparatoria que se volvió doctor con especialidad en rehabilitación física. Tuve varias sesiones en su consultorio: la enfermera que lo ayudaba me aplicaba calor, unas ondas como pulsaciones para relajar los músculos del cuello y, al final, algo de masaje. Siempre ayudan esas sesiones para la relajación; los tirones del cuello tal vez bajaban de intensidad, pero pasadas unas horas volvía a lo mismo. Me recomendaron utilizar un collarín blando para controlar esos tirones; servía para detenerlos, pero no los eliminaba. En esas condiciones me tocó enfrentar el cambio de gobierno.

Por aquellos primeros días de diciembre de 1994 fue mi cita fallida en la residencia oficial de Los Pinos. Todos los días estaba al pendiente de la prensa para enterarme de los nuevos nombramientos que se iban dando, de nivel subsecretario hacia abajo. Conocía a algunos de los nuevos funcionarios y me entrevisté con varios de ellos, sin que me dijeran nada concreto. Un día fui a ver a un exjefe, quien había sido designado como coordinador general de Puertos y Marina Mercante en la SCT. «En puertos ya tengo a alguien; pero si quieres, puedes ser el director general de Marina Mercante», me propuso. Acepté en el acto. «Empiezas el primero de enero. Acá te espero». Si notó mis movimientos en el cuello no dijo nada; tal vez pensaría, al igual que yo, que sería algo pasajero.

Faltaban algunos días para la Navidad, así que me fui a Acapulco, yo solo, pues no hubo tiempo de planear nada con nadie. En la piscina del hotel disfruté de las piñas coladas, del movimiento incesante de los turistas, y de la vista de muchas chicas guapas, a quienes miraba de reojo a través de mis gafas oscuras. La otra escena que nunca olvidaré recuerdo son los cartelones a las afueras de las casas de cambio en Acapulco, donde señalaban la paridad del día: tres cincuenta los primeros días, cuatro los siguientes y cinco cuando me regresé a la Ciudad de México antes de la Navidad. Así viví el estallido del «error de diciembre».

En alguna ocasión, meses atrás, me tocó estar en una reunión con mi jefe el coordinador y algunos de sus golden boys y sus consultores de cabecera, en la que se habló del tema macroeconómico. Varios de ellos tenían la idea de que era necesario impulsar el crecimiento económico y que podía aceptarse cierto aumento en la inflación. Tenían un enfoque neokeynesiano que habían traído del MIT, y argumentaban que el mayor crecimiento fortalecería las finanzas públicas después, por la vía de una mayor recaudación. Hacía tiempo que yo había dejado la macroeconomía, pero tenía claros algunos pocos conceptos. Primero, que es imposible escoger una mezcla óptima de crecimiento con inflación —el llamado fine-tuning—; la inflación termina por imponerse. Segundo, que la credibilidad de un anuncio de política era crucial. Argumenté que la gente no entendería los modelos tan elaborados de mis colegas del MIT y solo percibirían un anuncio de gasto público expansivo; me pronuncié por un discurso que llamara a la prudencia fiscal y a la preservación del equilibrio macroeconómico.

No sin pedantería, uno de los golden boys soltó la frase en inglés de que mi postura era «neither desirable nor possible». Traía yo además las últimas cifras de la balanza de pagos de México y el mensaje era potente: el déficit comercial era insostenible y los flujos de capital que lo financiaban eran de corto plazo y, por tanto, volátiles. No me hicieron caso, pero me quedó la tranquilidad de haberlo dicho.

Durante los días posteriores a mi regreso de Acapulco, los noticieros de televisión eran imperdibles. Íbamos de sorpresa en sorpresa, entre ellas la renuncia de Jaime Serra Puche el 28 de diciembre y el nombramiento de Guillermo Ortiz el 29 como su sucesor. ¡Dejaba la Secretaría de Comunicaciones y Transportes! No me lo podía creer. Para Ortiz era un ascenso, pero a mí me dejaba, si no en el desamparo, sí en la incertidumbre total.

Ese fin de año lo pasaríamos con la familia de mi madre. Para mí, 1994 terminó de una manera desastrosa, pero la familia debió de haber estado eufórica. A raíz del asesinato de Colosio, al hermano de mi madre, el tío Ignacio, lo nombran primero secretario general del PRI y luego presidente de este, desde donde operó la campaña de Zedillo; es decir, la operación política, pues mi jefe estaba dedicado al armado del programa del nuevo gobierno. El presidente Zedillo lo nombró secretario de Energía el primero de diciembre.

—Ese fue su tío Nacho, al que su madre cuidó de chiquito, el que fue gobernador, al que quiso como si hubiese sido su primer hijo… —comentó Citlali.

—El mismo. Me daba orgullo verlo casi todas las noches en las noticias de la tele, aunque mi contacto con él fuera esporádico y superficial… Me acostumbré a vivir a la sombra de un gigante.

Me presenté en la oficina de la Coordinación General de Puertos los primeros días de enero de 1995. Mi exjefe, el que me había invitado a trabajar ahí, estaba guardando sus artículos personales en unas cajas de cartón. Él también se iba para la SHCP y fue muy honesto cuando me dijo: «Me voy al área administrativa; sé que no es lo tuyo, pero si quieres, algo podríamos ver». Se lo agradecí muchísimo, pero no acepté.

—¡Híjole! Se había conseguido un super trabajo y ni siquiera pudo empezar. Eso sí que es mala suerte.

—O el destino —contesté lacónico.

Por esos días me habían contactado del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura para dar una pequeña asesoría al gobierno de Panamá, que por aquellas fechas negociaba su adhesión a la recién creada OMC, antes GATT. Los resultados que obtuvimos para México de la Ronda Uruguay eran mi mejor credencial. Me fui por una semana para allá a trabajar de la mano con su negociador de agricultura; le pasé todo mi conocimiento, le expliqué nuestras metodologías y él quedó satisfecho con mi visita.

Me dedicó tiempo para que conociera la Ciudad de Panamá: fuimos a restaurantes muy sabrosos e hicimos un recorrido por la llamada «zona del canal», que hasta hacía unos años había estado bajo el control de los norteamericanos. De hecho, la pequeña construcción de dos plantas donde estaba su despacho había sido un dormitorio para los soldados estadounidenses. Durante esos paseos me contó muchas anécdotas sobre la invasión de Panamá por parte de los Estados Unidos. Yo solo había visto unas cuantas escenas por televisión, pero enterarme de la historia narrada por un residente local me conmovió. Sí hubo combates, sí hubo muchos muertos… No fue solamente el espectáculo hollywoodense del general Noriega rindiéndose ante los altavoces del ejército norteamericano a ritmo de rock a todo volumen. Según los norteamericanos hubo quinientos dieciséis muertos panameños; según cifras reportadas después por organizaciones civiles, las bajas panameñas rondaron las tres mil. Barrios enteros fueron bombardeados; más de veinte mil personas se quedaron sin hogar.

Fue cuando recordé una de las frases del negociador en jefe de los Estados Unidos, Julius Katz, que pedía a México una concesión muy importante a cambio de nada: «I know it doesn’t smell of roses… but…» (sé que lo que pido no huele a rosas). En las carreteras me hizo notar unos pastizales enormes que estaban fuera de control: «Los bombarderos norteamericanos que salían de aquí para Vietnam trajeron esa semilla, y se llama así: pasto de Vietnam». Sentí un pequeño escalofrío; la guerra de Vietnam también se había vivido en nuestro continente. Y después de las negociaciones del TLCAN, en las cuales inconscientemente idealizamos tanto a los Estados Unidos, ese baño de realidad panameña me recordó la frase que mi padre tantas veces repitió: «Los Estados Unidos no tienen amigos; tienen intereses».

Mi aventura panameña tuvo un final inesperado. Por la noche, ya en el hotel, me habló uno de mis colaboradores más cercanos en todo el sexenio anterior para decirme: «A tu tocayo lo acaban de nombrar subsecretario de Agricultura». Lo felicité y me dijo: «Le urge que te pongas en contacto con él».

—Ah caray —dijo Citlali—. ¿Usted cree que a México también lo puedan invadir?

—No tengo idea. Pero ahí está lo importante de leer historia; todos esos volúmenes que ves ahí están para contarla.

Regresé de Panamá y fui a ver a mi tocayo, quien fue colega de muchas batallas en la Secretaría de Agricultura con nuestro jefe anterior. Él también era del grupo de los «peleadores callejoneros» e incluso creo que fue él quien inventó el término. Me dijo que sería el director general de Estudios del Sector Agropecuario y Forestal. Él jugó un papel muy prominente en la definición de los nuevos esquemas de apoyo al campo. Yo participé en muchas reuniones para garantizar la congruencia con todos los tratados internacionales, principalmente el TLCAN y la OMC. No éramos amigos, pero nos conocíamos bien; le agradecí la confianza y me volqué de lleno a mi nuevo puesto. Tuve que pasar rápidamente del conocimiento de las cifras del comercio exterior al conocimiento de las cifras de la producción y los mercados agropecuarios.

Tres domingos después de la fecha de mi nombramiento estaba, como de costumbre, escuchando el noticiero vespertino en mi casa de Cuajimalpa, después de haber ido a un club deportivo que me quedaba cerca donde estuviera nadando un rato, como recomendación de mi médico fisioterapeuta. «Renuncia Arturo Warman a la Secretaría de Agricultura», escuché decir. Di un brinco. Otra renuncia… ¡No puede ser! Ni siquiera había conocido al doctor Warman. «Llega Francisco Labastida, exgobernador de Sinaloa…». No lo podía creer.

Al día siguiente, lunes, fui a ver a mi tocayo. «Creo que vamos a seguir», me dijo. Estaba pensativo, también algo desconcertado. El primero que tendría que negociar su situación con Labastida era él; ya después me tocaría a mí. El panorama no se veía muy halagador, pues el nuevo secretario pronto hizo algunos pronunciamientos críticos en torno al Tratado de Libre Comercio y a la política de subsidios del gobierno anterior, que eran las áreas en que habíamos trabajado mi tocayo y yo. A mi tocayo le encomendaron varios asuntos importantes de la coyuntura, como la comercialización de la cosecha de trigo del noroeste de ese año. Las aguas parecían calmarse. Un día mi tocayo me pidió que fuera en su representación al Consejo de la Conasupo, que era la entidad encargada de operar los precios de garantía del maíz y el frijol, los productos más importantes de nuestra dieta nacional . Presidió la reunión el ciudadano secretario, Francisco Labastida Ochoa. Me presenté con él y le dije con quién trabajaba. «Me da gusto que no haya venido el licenciado», soltó. Algo desconcertado, le reviré: «Así es, licenciado, porque se quedó arreglando la comercialización del trigo». «No lo digo por eso —dijo jocoso—, lo digo porque me dio gusto que no haya venido». Se rio e inició la sesión. Nunca le conté ese incidente a mi tocayo.

—¡Zas! Directo y a la cara.

Después supe que las diferencias entre ellos eran serias. Mi tocayo recibía, o interpretaba, la línea que dictaba nuestro jefe anterior, a la sazón jefe de la Oficina de la Presidencia y virtual jefe de gabinete. La política agropecuaria tendría que seguir siendo «liberal», utilizando instrumentos de apoyo a la agricultura como los que él había diseñado. La concepción de Labastida era distinta; su énfasis estaba en la promoción de la producción y en la búsqueda de la autosuficiencia. Es inútil entrar a ese debate ahora; ambos enfoques tuvieron su razón de ser y su momento. La realidad es que hubo un choque de trenes. Labastida pidió la remoción de mi tocayo; el presidente Zedillo se la negó. No nos corrieron, pero la situación no era la más cómoda, por decir lo menos. Sobrevivimos como náufragos en alta mar, pero sobrevivimos.

A Citlali pareció haberle dado gusto poder hilvanar un segundo símil pugilístico:

—Los salvó el réferi. Les aplicó la cuenta de protección.

Luego quedó pensativa; dio unas vueltas por el salón mientras comentaba:

—¡A veces hay que estar tragando sapos! —dijo—. Supongo que en todos los trabajos pasa… En ocasiones la señora del salón viene de malas y se quiere desquitar conmigo: que si no desconecté la secadora, cualquier cosa. Pero yo no me dejo… Aunque a veces le digo que no volveré, y vuelvo. El dinero siempre hace falta para comprar cositas…

—A veces en el sacrificio está la recompensa. Cuando me designaron director general, a un buen amigo mío, más joven, lo nombraron con el mismo rango. Dentro del equipo que formó había varias chicas egresadas de buenas universidades, con muchas ganas de trabajar, y algunas de ellas muy guapas. En algún seminario que organizamos en Cuernavaca vi a una de ellas en la alberca: una morena con una sonrisa encantadora y un cuerpo perfectamente moldeado en su biquini. Me acerqué, la conocí y la invité a salir; al poco tiempo fuimos a mi casa de Cuajimalpa y, de ahí en adelante, fueron dos o tres meses espectaculares. La veía cada fin de semana; vinimos un par de veces a Valle de Bravo y una vez a la playa, a Ixtapa-Zihuatanejo. Todo marchó muy bien hasta que terminó. Se fastidió, creo, de las limitaciones que me imponía la distonía, como el esfuerzo que tenía que hacer para aguantar una cena en un restaurante, así como los breves paseos que podía hacer a pie, aun cuando en esa época todavía estaba plenamente funcional; casi una nada comparado con lo que vino después. Y también reapareció el exnovio. ¡Cómo recuerdo aquellas noches tan gratas frente al calentador de gas —el frío en invierno era terrible—! Los dos en plenitud…

—Ya capto la idea —interrumpió Citlali—. Una variante un poco más normal de “La casa de las bellas durmientes”.

Noche 37. Trucos Sensoriales

—¿De qué vamos a hablar hoy?, quiso saber Citlali. —Me cambia mucho de tema. Ya me programé para ver el canal cultural, los documentales de animales,  Clío TV …pero si pone páginas porno le prometo que si le quito el control.

Los masajes y las terapias de calor no me estaban dando resultado para corregir los tirones del cuello que me tenían agobiado. Por esas fechas me llevaba un almuerzo a la oficina en unos recipientes de plástico y comía acostado en un sillón que había en una salita de descanso adyacente a mi despacho. Si trataba de comer sentado se me iba la cabeza hacia un lado; alguna vez cruzó por mi mente que me moriría de inanición. El traslado de la casa a la oficina también lo hacía acostado en el asiento de atrás; nunca imaginé que el día que habría de tener carro y chofer lo utilizaría de esa manera. Ya llevaba seis meses desde los primeros tirones.

Noté que, si me llevaba el café o un vaso de agua a los labios, los tirones se espantaban y me permitían caminar más o menos adecuadamente. De otra forma caminaba con una tensión horrible en los hombros y brazos, y tenía que detenerme cada pocos metros para apoyar la cabeza contra una pared o un poste: lo que fuera. En mi última sesión con mi amigo, el doctor fisioterapeuta, me dijo:

—Viendo todo tu caso, lo que tienes es una distonía. No te preocupes, ve a ver a este neurólogo.

Y me recomendó a uno. Lo fui a ver y me señaló que se trataba de una falla en la comunicación entre el cerebro y los músculos. Por alguna causa ese circuito deja de funcionar adecuadamente y se contamina por otros impulsos. Los ganglios basales generan mal las señales que van al músculo esternocleidomastoideo. Su diagnóstico: distonía idiopática cervical.

Citlali no perdía detalle del relato, asintiendo con gravedad.

—Idiopática porque no se sabe la causa; cervical porque es el cuello —comentó—. Aunque con las nuevas investigaciones, muchas enfermedades han dejado de ser idiopáticas…

Me recetó unas pastillas que deberían hacerme efecto en tres o cuatro semanas. «A veces funciona esta sustancia, a veces otra; es cosa de estar probando», me advirtió. Salí de su consultorio desconsolado. Sonaba a un diagnóstico grave, a pesar de que el doctor se mostró optimista. Al llegar a mi oficina me senté frente a mi escritorio, enorme. Por mi mente pasó una imagen de mi supuesta boda, hincado frente a un altar. Una boda que a partir de ese momento dejé de imaginar. Solté algunas lágrimas; fue uno de los momentos más tristes de mi vida.

—Las ilusiones rotas son las que más duelen, y tienes que lidiar con ellas completamente solo —le confié a Citlali.

Como pude, seguí adelante. Al igual que en mis estudios en Warwick, rendirme no era opción. Venían conmigo dos colaboradores excelentes con los que ya había trabajado: él del ITAM, ella de la Anáhuac. Nunca platiqué con ellos de mi drama personal, pero se solidarizaron en todo lo que se podía. Fui contratando a un grupo de jóvenes, chicos y chicas egresados de universidades privadas, con buena preparación y una excelente actitud hacia el trabajo. Cada uno de ellos se fue especializando en algún tema. A medida que mi torpeza física aumentó, así como mis dificultades para hablar, este grupo de colaboradores se volvió mi salvavidas. A cada junta a la que tenía que asistir me llevaba a alguno de ellos para que me ayudara a dar las explicaciones que tanto trabajo me costaba articular. No solo sobreviví, sino que mi grupo fue adquiriendo mucho prestigio dentro de la Secretaría. No era infrecuente que llamaran directamente a alguno de ellos de otras áreas. Mi tocayo, el subsecretario, también recurrió bastante a mis colaboradores, pero en los temas más álgidos se requería necesariamente mi presencia.

El truco del vaso de agua o de café en los labios me ayudaba a hablar. En el lenguaje del neurólogo se trataba de «trucos sensoriales» que engañaban a la mente y evitaban las contracciones involuntarias. Con el tiempo tomé la costumbre de llenar dos botellas de agua y echarlas en mi portafolio. En trayectos largos de caminata —es decir, de una cuadra o más— el contenido del vaso se perdía y había que reponerlo; se trataba de mis «tanques estabilizadores». Ahora que reconstruyo estas escenas, debe haber resultado muy extraño para mis interlocutores. Fueron seis años así y, salvo los últimos seis meses en los que viví un clima de inestabilidad, nunca percibí rechazo ni lástima. Colaboradores, jefes y colegas actuaban como si mi problema no existiese, al menos en mi presencia.

En momentos de tensión extrema, como ante la presencia del secretario Labastida o altos funcionarios de la Secretaría de Comercio, la distonía cedía. Incluso desaparecía por momentos. Me costaba un trabajo enorme llegar hasta la oficina de alguno de ellos, pero pronto supe que al trasponer el umbral de sus despachos la distonía amainaría. Y en muchas ocasiones así fue. Inclusive no dejé de dar pláticas en público, ayudado por una mezcla de esa tensión extrema y el truco del vaso de agua o del café. A veces terminaba empapado.

—Mire, ahí tiene la prueba de que las enfermedades no son tan idiopáticas como parecen —observó Citlali—. Cada estado de ánimo altera la bioquímica cerebral.

—En alguna ocasión salió el tema de mi cuello con el secretario Labastida: «Mientras lo que no tenga torcida sea la conducta…», me dijo. Vi a varios neurólogos por aquellas fechas. Los primeros se limitaron a probar con distintos fármacos y distintas dosis. Hubo uno que prefirió utilizar el enfoque del «coctel»: me recetaba diez pastillas al mismo tiempo, a ver si una de ellas, o varias en su conjunto, lograban el efecto deseado. Nunca se logró, pero lo que noté es que esos fármacos comenzaron a interferir con mi mente. Cuando me percaté de eso los deseché y solo me quedé con un tranquilizante, y procuré ir reduciendo la dosis gradualmente. Ya me estaban dando dosis de caballo. En un viaje que hice a Puerto Ángel llegué a la playa por la mañana, me tendí en un camastro y me desperté en plena oscuridad, cuando la marea alta me salpicó la cara.

Meses después me llegó la información de los tratamientos con toxina botulínica. La intenté tres veces con diferentes doctores: una en la Ciudad de México, otra en el Beth Israel en Nueva York y una tercera en Miami, asistida con electromiografía. La idea era inyectar las terminales nerviosas en el cuello, lo que fungiría como un neurobloqueador. No funcionó.

En esas condiciones comenzó mi última gran batalla dentro de la administración pública federal. El secretario Labastida se había ido a Gobernación y después se convertiría en candidato presidencial. Su lugar lo ocupó su segundo a bordo, el ingeniero Arroyo, quien era un funcionario con mucha experiencia, con una actitud siempre tranquila y calmada, pero incisivo en sus preguntas. Juzgó bien las fortalezas de mi tocayo y nos permitió seguir.

Noche 38. Mi Ultima Batalla, TLCUEM

—La última charla me habló de esa distonía que padece, y créame que me duele mucho. Pero admiro que no se haya rendido, y que aún ahora, me comparta sus historias, con la cabeza apoyada en ese reposet.

—Ya que lo dices. En una ocasión en Guadalajara, pedí una silla alta para poder dar mi conferencia, en el salón de un hotel. Cuando entré, estaba el presídium con puras sillas de respaldo bajo. El organizador, muy apenado, salió corriendo y a los pocos minutos llegó con un burro de planchar. Lo ató a la silla, lo cubrió con un mantel, y se dirigió al pódium a presentarme ante el público y anunciar el título de mi intervención.

—Mire, y luego no quiere que me ría. Pero como dicen, serena morena, ¿hoy que vamos a sintonizar? ¡Mientras no me ponga el canal del congreso!

 

—¿Te apetece una serie poder, intrigas y amor?

Hacia la segunda mitad del sexenio del presidente Zedillo se anunció la voluntad de su gobierno de celebrar un Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea. Ya se habían negociado otros acuerdos similares con países latinoamericanos después del TLCAN —en los cuales participé poco, salvo en el de Chile, pues mandaba a mis colaboradores—, pero la magnitud del acuerdo con Europa era de otra dimensión. No solo por su tamaño, sino por la complejidad de su política agropecuaria.

Tenían todo tipo de mecanismos de intervención en los mercados: aranceles, subsidios, cuotas de producción, compras públicas de intervención, normas de calidad y registros de importadores, entre otras.  Todas estas medidas se enmarcaban en la llamada «Política Agrícola Común».

Fue difícil acomodar al sector agropecuario en estas negociaciones. Ellos tenían un gran potencial de exportación en productos tales como la leche en polvo, los quesos y otros lácteos, y ciertos embutidos como el jamón serrano, entre otros; pero casi todos sus bienes se beneficiaban de algún esquema de subsidios. México tenía potencial en varios productos perecederos pero el sector privado tenía la sensación de que con la apertura del mercado norteamericano había más que suficiente. En un balance, México no podía abrir en los productos que a ellos les interesaban por los subsidios que generarían competencia desleal, y los europeos veían muchos problemas en abrir sus mercados por la incompatibilidad con su política interna y la erosión de las preferencias a sus países amigos.

—Es como querer cruzar una vaca con un elefante —dijo el ingeniero Arroyo una vez que le explicamos el tema.

—Me lo imagino perfecto —dijo Citlali, risueña—. Orejón, con trompa, manchas negras y blancas y unas ubres de aquellas… Pero quién sabe si daría leche… —y soltó la carcajada.

Al igual que en el TLCAN, procedimos a una ronda de consultas con el sector privado mexicano. Analizamos a conciencia la situación de todos los productos. Si partíamos del principio de la competencia justa, la implicación era dejar fuera a prácticamente la totalidad del sector agropecuario nacional. Un día de esos me llamó mi tocayo a su oficina:

—En la Secretaría de Comercio están muy enojados contigo. Dicen que estás descarrilando el Tratado con Europa, diciéndoles a todos los sectores que los puedes excluir. Bajo las reglas internacionales no se puede excluir un sector de actividad completo de un tratado de libre comercio.

El malestar de la Secretaría de Comercio se lo habían manifestado directamente al ingeniero Arroyo. Asistí al día siguiente a una reunión con los funcionarios de alto rango de Comercio.

—Yo no inventé el tema de los subsidios —les dije con toda convicción—. Todos lo saben desde hace tiempo. De eso se trató la Ronda del GATT de la que estuvimos hablando todos estos años.

—De acuerdo —me dijeron—, pero no los puedes excluir. A ver qué pueden hacer.

Salí feliz. La Secretaría de Comercio había entendido por fin la situación. Me habían hecho antes el favor de comunicarle a mi secretario que yo estaba de guerrillero en la defensa del sector. «En estas condiciones, es absolutamente impensable que me corran», pensé. Me sentí fortalecido como nunca en ese sexenio. A pesar de mis problemas con la distonía, me dispuse a disfrutar el proceso de negociación que teníamos por delante.

Al paso de los días y las reuniones fuimos armando una lista de peticiones y una lista de concesiones de lo que podríamos ofrecer. Partimos de la base del comercio que ya existía y qué formas podría haber para expandirlo. Si antes ya importábamos quesos, mantequillas o vinos, lo seguiríamos haciendo, independientemente del tema de los subsidios. En muchos productos la Unión Europea buscaba acceso a bienes de alto valor agregado, como los quesos o los vinos con denominaciones de origen; o el aceite de oliva, que es el rey de los aceites vegetales por su calidad y pureza; o los chocolates suizos o belgas, que tienen fama mundial; o el foie gras francés, que técnicamente es un hígado de ganso hipertrofiado artificialmente por exceso de alimentación.

—Ahora es usted el que está hablando de sus antojitos —interrumpió Citlali.

—Mañana traigo unas baguettes y las rellenamos con jamón serrano, queso brie y unos pepinillos.

—Lo probamos. Pero a mí generalmente no me gustan esas comidas raras.

Se pudo armar un paquete a través de la creación de líneas arancelarias nuevas para este tipo de productos, del establecimiento de reglas de origen que permitieran el comercio de alto valor sin temor a triangulaciones, así como de cuotas de importación con aranceles bajos o mínimos. Los europeos adoptaron un enfoque similar, aunque ellos recurrieron mucho más al otorgamiento de cuotas con arancel cero para los productos provenientes de México.  En los productos provenientes de la Unión Europea sujetos a subsidio, principalmente leche en polvo, propusimos asignarles el monto de importación histórico y nos reservamos el derecho de asignar esa cuota a través de subasta para el sector privado. Los líderes del sector agropecuario de ambas partes quedaron muy satisfechos con este enfoque pragmático. La cruza entre la vaca y el elefante a la que se refirió el ingeniero Arroyo cobraba vida.

—Bueno, ¿y les dieron el plátano? —preguntó Citlali, con una sonrisa pícara, tratando de provocar.

—Ya te aprendiste los chistes de los negociadores; nada más te falta todo lo demás. Lo que sí nos dieron fueron algas. — Me parece que ese albur no lo captó.

Las reuniones de negociación con la Unión Europea se celebraron algunas en México y otras, la mayoría, en Bruselas. El negociador europeo de la agricultura era un holandés de edad madura, pero que quería conocer a todo detalle las particularidades de nuestra industria. Más que una toma y daca, nuestras reuniones eran sesiones largas de preguntas y respuestas, y a mí me tocaba darlas. Había que explicar que nuestra miel era poli floral y no mono floral como la alemana; que nuestro jugo de naranja tenía determinados grados Brix; que no lo exportábamos en buques cisterna como los brasileños pues nuestra escala de producción no daba para tanto; que las flores que queríamos exportar no eran bulbos, sino rosas, e infinidad de cuestiones por el estilo. Al cierre de las negociaciones estaban acotados los problemas a un grupo pequeño de productos.  No fui a la reunión de cierre: fue mi tocayo y el secretario de Comercio, y lograron números que dejaron al sector privado bastante satisfecho.

La delegación mexicana tuvo un acuerdo de tarifas preferenciales para el hospedaje con el hotel Conrad de Bruselas, uno de los más elegantes de la ciudad. Mi consulta reciente en internet me señala que se distinguía por tener las habitaciones más espaciosas de la ciudad y un diseño que recuperaba la elegancia del siglo XIX; era el epítome de la sofisticación europea de finales de los noventa. Con su fachada de palacio neoclásico y ese aire de exclusividad absoluta, era el lugar donde la diplomacia se sentía en casa, con su vestíbulo de mármol y lámparas de cristal. Recuerdo bien la amplitud de las habitaciones del Conrad. Una noche, después de una larga sesión con los europeos en la que me tocó prodigarme en explicaciones, llegué llegué verdaderamente exhausto a mi habitación. Abrí la puerta y me quedé tirado en el piso por un largo rato. Todo mi cuerpo estaba rígido, apenas me podía mover. Influyó el largo rato en que tuve que hablar, apoyando el cachete contra la mano y el codo contra la mesa; tal vez abusé del truco del café o del vaso de agua. Por aquellas fechas caminaba con la ayuda de un bastón; utilizaba uno muy rústico de madera. Lo singular es que no lo apoyaba en el piso: apoyaba la barbilla contra el mango, sujetaba el palo con fuerza con ambas manos contra el pecho y así lograba caminar sin que me desequilibraran los movimientos del cuello.

En esas condiciones, mis desplazamientos a pie me parecían eternos: los largos pasillos del edificio Carlomagno, sede de la Unión Europea; las caminatas del elevador al estacionamiento; el cruce del vestíbulo del hotel Conrad y el pasillo hasta llegar a mi habitación. Ese día me moví a gatas desde la puerta de la habitación hasta la cama. Por la mañana mis síntomas se habían calmado y así proseguí hasta el final de esa negociación.

—Está impresionante lo que vivió —dijo Citlali, conmovida—. Nunca se me hubiera ocurrido que tener una habitación enorme pudiera ser un problema… He visto mucha gente con problemas que pasa frente a la estética. No sé cómo hacen, pero ahí van con sus muletas por el empedrado, y otros tratando de sacar de un bache su silla de ruedas. Pero siempre hay alguien que se acomide, que quiere ayudar. Aquí parece que lo dejaron solo… ¿Nadie le dijo «ya párele, su salud es lo primero»? ¿Nadie le dijo «venga, mejor apóyese en mí»? Ni los europeos, ni los mexicanos, ¡nadie! —preguntó entre enojada y sorprendida.

Me quedé pensativo, hice memoria y, al cabo de un tiempo, le dije:

—Nadie.

Su reflexión me hizo revisar el silencio de mis jefes, que siempre consideré una deferencia hacia mí y un reconocimiento a mi capacidad. Pero ¿por qué nadie me ofreció un buen contacto, ya fuera en el ISSSTE o en el IMSS, o alguna recomendación de sus médicos privados? Citlali me hizo repensar esa parte del pasado, pero a estas alturas de la vida ya no había nada que se pudiera hacer.

—Me contó un día que tenía unos colaboradores jóvenes, un chico y una muchacha, que lo apoyaban mucho, según. ¿Ellos qué? ¿Tampoco le ayudaron con ese problemón que traía encima?

—Te vas a sorprender de mi respuesta, pero la respuesta es que sí, a su manera. Me hubiera molestado con ellos si me hubiesen dicho algo. Nunca quise reconocer que estaba parcialmente lisiado y jamás había utilizado esa palabra hasta hoy que platico contigo. Alguna vez, en Bruselas, un guardia me quiso impedir la entrada a un restaurante con mi vaso de agua; la chica le echó unos ojos de fusil, de esos que solo las mujeres saben hacer, y me dejaron pasar. «Te reservé un cuarto cerca del elevador», me decía, como en plática casual. Además, cuando yo ya no podía hablar más, ella tomaba el micrófono y terminaba lo que yo estuviera diciendo. El chico es el que se quedaba en México. Fue el que hizo todo el trabajo que a mí me hubiera tocado hacer —un trabajo también muy pesado, complicado, sobre la comercialización del frijol— y siempre fue leal conmigo, hasta el final, cuando encontró su propio camino a finales del sexenio de Zedillo…

—¡Qué gran trabajo en equipo! Yo quiero saber más de esa chica, la que iba con usted a las negociaciones…

—Uno de los fallos más humanos es pensar que el mundo gira alrededor de nosotros. Una chica joven se puede enamorar, ¿cierto?, sin descuidar su trabajo. El jefe de uno también se puede dar una segunda oportunidad si en el primer matrimonio no le fue bien, ¿cierto? Y aunque parezca telenovela, ese jefe y esa chica se pueden enamorar, ¿cierto?

—¿Qué dice? —Citlali abrió los ojos como platos—. No me diga que esa chica y su jefe fueron novios…

—Sí, y terminaron casándose en una boda superelegante en Acapulco.

—Ya nada más cuénteme, para completar el chisme: ¿usted cuándo se enteró de ese amor? —Por el tono de su voz, me pareció que la historia que de verdad le interesaba conocer era esa.

—Unos meses después. Cuando ya todo había terminado.

Noche 39. Cuba

—¿Por qué nunca me pregunta nada de mi vida? —quiso saber Citlali apenas entró.

—Será por mi egocentrismo —contesté sin mucho dudar.

—Sigamos con su vida, entonces —dijo ella, resignada.

Al final de la negociación con la Unión Europea me dediqué a recopilar en un libro que publicó el IICA (Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura) los temas de política pública que trabajamos durante el sexenio de Zedillo, por si alguien lo quiere consultar.[9] El trabajo era mucho menos presionante que antes. Un día, un joven ingeniero que trabajaba con nosotros, quien daba mantenimiento y reparaba nuestras computadoras y redes, me fue a ver a la pequeña sala de descanso que se había convertido en mi oficina.

—Mira, jefe, disculpa el atrevimiento, pero me llegó este folleto informativo de un centro en Cuba que se especializa en los trastornos del movimiento. El próximo viernes vienen los médicos de allá a dar unas conferencias. A lo mejor te interesa ir.

Entré a la Embajada de Cuba en México, ubicada en la avenida Presidente Masaryk. Es un edificio moderno con una explanada amplia al frente, con algunas fuentes o espejos de agua. Crucé el área de recepción hacia el salón de conferencias, y el efecto visual fue impresionante: dos retratos monumentales acaparaban toda la atención, uno de Fidel Castro y el otro del Che Guevara. Era una señal clarísima de que entraba uno a un mundo desconocido: el llamado campo socialista. Hablaron algunos neurólogos y no dijeron mucho más de lo que ya sabía; pusieron algún énfasis en que sus tratamientos eran multifactoriales, incluyendo farmacología, terapia física, relajación y algunas técnicas experimentales como la acupuntura. Algunos directivos del Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN) hablaron generalidades sobre la institución. Colocaron algún instrumental quirúrgico en el podio, lo cual no me impresionó e incluso me pareció fuera de lugar.

No me generaron grandes expectativas sus charlas y, al final, pidieron a algunos pacientes que se habían tratado en ese centro que narraran su experiencia. No fueron elegidos al azar, y todos relataron una vivencia positiva. Un muchacho joven, en silla de ruedas, habló de su accidente y del tratamiento que recibió en Cuba en términos que no recuerdo; concluyó diciendo que la estancia allá le había resultado placentera por los motivos tales y cuales, y remató:

—Gracias a Cuba, hasta novia tengo.

Yo había estado en la isla en mi época universitaria y sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo. Mi madre me acompañó a esa charla y ella se quedó con una buena impresión, o eso me dijo, pues siempre fue un pilar en esta lucha y siempre trató de encontrar alternativas que nos devolvieran el optimismo. Mi impresión fue que tal vez convendría explorar lo que hacían los cubanos, sin estar muy convencido. El comentario final del joven de la silla de ruedas y mi viaje anterior terminaron por convencerme. Yo venía de una batalla diaria por sobrevivir a la jornada laboral y a las exigencias de mi puesto, y no hubo prácticamente ningún espacio para socializar y mucho menos para encontrar pareja. Mi desfogue eran las visitas ocasionales a algún table dance o un establecimiento de giro parecido que, por cierto, por mis posturas, podía disfrutar cada vez menos. Al poco tiempo partimos a Cuba, mi madre y yo.

—Dice que lo acompañó su madre a esa charla —me interrumpió Citlali—. Hasta ahora la menciona por primera vez desde que se enfermó. ¿Ella qué le decía? ¿Cómo le ayudó?

—Tienes razón. Es una omisión imperdonable. Desde niño mi madre me decía que yo era un egoísta, y puede ser que haya tenido razón. Unas pocas semanas después de que aparecieran los tirones, ella lo notó. Con ella tuve mis primeras pláticas sobre la distonía; con ella decidíamos a qué neurólogos ver y qué tratamientos seguir; con ella descargaba mi frustración cuando los tratamientos no daban resultados. Un día, muy al principio de toda esta historia, me dijo: «Súbete al estudio, ahí ya tendí tu cama». Me costó trabajo decidirme a dejar la casa de Cuajimalpa; una vez que uno sale de la casa de los padres es difícil volver a ella. Varias semanas me quedé en ese sofá cama que me había preparado al ras del suelo; viví como en campamento, hasta que una noche me trepé a la cama que había al lado y, desde entonces, volví a vivir en casa de ella. La de Cuajimalpa nunca la quité, pues siempre viví con la esperanza de que regresaría.

—¡Qué triste! Haber hecho esa casa con tanta ilusión para después dejarla vacía —dijo Citlali.

—También se quedó estacionado ahí el carro deportivo gris durante muchos años. De vez en cuando iba a echarlo a andar…

—Se me figura como una película de la explosión nuclear de Chernóbil, o las del ébola, donde de pronto la vida se detiene y todo queda abandonado.

—A veces iba a visitar mi casa. Me pasaba el día completo leyendo y trabajando en el jardín. A falta de una pareja, la mejor compañía que he tenido en la vida son mis espacios: Cuajimalpa, el departamento en la colonia Juárez, la biblioteca de este cerro en la que estamos… Partimos a Cuba, mi madre y yo. Me internaron en el CIREN, en el pabellón de los trastornos involuntarios del movimiento, donde se alojaban mayoritariamente los parkinsonianos y, rara vez, algún distónico como yo, que éramos mucho menos frecuentes. El pabellón correspondía a lo que en otras épocas había sido una calle residencial: había unas plumas de acceso en cada uno de los extremos y los pacientes nos alojábamos en las llamadas «villas», que fueron en su momento casas-habitación.

Los cuartos eran amplios, con un mobiliario sencillo. Había una sala para la convivencia de los pacientes y un comedor en el que compartían los alimentos enfermos y acompañantes. Es decir, lo que fue una casa familiar, con la misma distribución y usos diferentes, producto del cambio revolucionario. Todo era un poco extraño. Los nombres de las enfermeras, por ejemplo: muchos comenzaban con ye, como Yania, Yamaris o Yurisleidis; otros tenían su origen en novelas o en la Biblia, pero todos eran únicos y creo que irrepetibles. El primer amanecer entró a despertarme una de ellas:

—Apúrate, te tienes que alistar, ya viene el pase de visita.

«Enfermera igualada», pensé, pero pronto me acostumbré a que en Cuba todos son «tú» y nadie es «usted». En eso entró un grupo de unas ocho personas encabezado por un señor de edad mediana, pantalón vaquero, camisa a cuadros y una bata no muy blanca.

—Es un paciente mexicano de cuarenta años con distonía cervical, usa unos trucos sensoriales para controlarla, toma tales fármacos… —los demás asintieron, alguno preguntó algo y se retiraron.

—Eso que dijeron ya lo sabía —le dije a la enfermera, algo molesto.

—Sí, pero los demás no.

Luego me explicaron que así funcionaba el pase de visita, que incluía a estudiantes y varios neurólogos del centro, que pasaban a vernos como «estudios de caso». Al menos fue lo que entendí. «Es la escuela francesa de medicina», me aclaró alguien.

—No me gustaría tenerlo nunca de paciente —dijo Citlali—. Las enfermeras también se cansan. Hay turnos que duran toda la noche y agréguele tener que soportar a un paciente malhumorado, gruñón o a uno que se quiera hacer el gracioso.

—Pues a mí sí me gustaría que fueras mi enfermera, para decirte por las mañanas que me cuidó una estrella.

—¡Ya vio! Ni siquiera son originales —reviró, haciéndose la enojada.

—Está bien, Citlali, con que me sigas rapando y me retires «las nieves del tiempo… que blanquearon mi sien».

—Oiga —gritó emocionada—, eso sí estuvo mejor… «sentir, que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra…» —y se siguió tarareando el tango de Gardel.

Días después, cuando pasó un neurólogo a verme, me hizo las preguntas típicas de las que ya estaba harto, me aumentó la dosis de un fármaco que ya tomaba y me explicó sus teorías sobre la plasticidad cerebral y los programas motrices, que serían correctas, pero no veía yo cómo me podían ayudar. Me canalizaron con un fisioterapeuta, un negrito bastante simpático que me ponía a hacer lagartijas acostado en el césped, abdominales y otros ejercicios.

—¿Para qué me van a servir? —le pregunté.

—Para fortalecer el tronco y que el cuello no cargue con todo el peso, mi socio.

Me mandaron con la podóloga:

—¿Y eso?

—Para que cuando camine no vaya a tener molestias.

—Perfecto, ¿y cuándo me pondrán a caminar?

—Tranquilo, que eso después, con otro especialista.

Me mandaron a que me pusieran agujas en su centro de acupuntura para que me relajara. Me mandaron con la psicóloga, quien me detectó síntomas de ansiedad, depresión y déficit de atención.

—Vaya sorpresa —le dije.

—Sí, pero es importante saberlo con precisión.

Me programaron unas resonancias magnéticas; una vez se canceló porque el equipo estaba «roto», pero curiosamente al día siguiente sí funcionó. La primera semana de tratamiento pintaba para un desastre absoluto. Y lo que más me molestaba: cada vez que llegaba un nuevo especialista, me ponían a caminar con mi vaso de agua para que pudieran ver cómo funcionaba el truco sensorial.

—¡Ahora sin el vaso de agua!

«Como si fuera tan fácil», pensaba. Los domingos no había actividad en la clínica. Fuimos con mi madre al centro de La Habana a pasear. Iba con todas mis dificultades para caminar, pero era necesario salir del CIREN a cambiar de aires.

—Esto del CIREN es una tomadura de pelo —le dije—, regresémonos a México.

Mi madre me comprendió, pero me pidió hacer el esfuerzo de quedarme una semana más. A regañadientes acepté.

Así eran mis días: fisioterapia dos veces al día, por la tarde sesiones de relajación con la psicóloga y, algunas veces, el tratamiento con el ozono; más las pastillas que me administraba la enfermera cada mañana. Mi madre siempre tuvo don de gentes y una gran facilidad para relacionarse: pronto se hizo amiga de las enfermeras, de otros pacientes y sus acompañantes, y hasta del técnico pantrista —que así se hacía llamar el que calentaba la cena en el horno de microondas—, así que siempre tenía novedades para contarme al final de esas largas y aburridísimas jornadas.

Un día, mientras le contestaba a la psicóloga unas preguntas muy bobas sobre las figuritas que salían en la baraja que me iba mostrando, entró al consultorio sin avisar un tipo moreno, barrigón y con una sudadera a rayas. Sacó un llavero y me ordenó que mordiera una de las llaves.

—¿Este tipo quién es?, pregunté a la sicóloga.

—Soy defectólogo —intervino él.

—Ah, sí —le dije con sorna—, ¿y como qué defectos corriges?

—Todos.

Le dije a la psicóloga que le pidiera a esa persona que se retirara, y seguí contestando las preguntas sobre las figuritas con evidente mal humor.

—Mal, muy mal ese tipo y la psicóloga —sentenció Citlali—. No respetaron mínimamente el protocolo de atención.

—Ya después me enteré de que eran pareja. Al día siguiente, en el pase de visita, el neurólogo jefe me explicó que la persona que había entrado era su mejor terapeuta para los trastornos del movimiento; que era gente de campo y que comprendía mi molestia, pero que le diera una oportunidad. Ese día comenzó a darme terapias dentro de mi habitación. Me sentó en la silla, me empujaba los hombros, me torcía el cuello, me jalaba la espalda… Mis músculos no se dejaban vencer, también jalaban y empujaban. Al término de la sesión terminó empapado de sudor y comenzó a explicarme. Mis hombros estaban terriblemente desalineados uno con el otro, uno mucho más arriba y más adelante que el otro. Así, tan desalineados, no se podía caminar. «Qué trabajo me dan esos músculos; se resisten a la presión que les hago. Los tenemos que fatigar primero para después tratar de que retomen su posición», me decía.

El esfuerzo que hizo el tipo, así como su explicación, comenzaron a hacerme sentido. Al día siguiente fue lo mismo, con algunas variantes. Al final me dio una pipa y unos palillos; quería experimentar con diversos trucos sensoriales, a ver cuál podría funcionar. «¡El otro día solo llevaba las llaves, caballo!», exclamó. Después de la sesión se quedaba a conversar con mi madre y conmigo. Nos contó de su familia, de sus estudios en la Unión Soviética y de la llamada especialidad de «defectología», que tal vez era una mala traducción al español, pero resultaba una técnica muy eficaz para llevar al paciente a utilizar al máximo sus potencialidades. Había lisiados que no podían comer y lograba que volvieran a tragar alimentos por sí solos; había otros sin control de esfínteres y lograba que los controlaran utilizando otros músculos del cuerpo, aprovechando los resquicios de terminales nerviosas que pudiesen quedar.

En fin, esa defectología me parecía una ciencia oculta, como el tarot o la astrología, pero hacía sentido. En ese primer viaje logramos resultados mínimos pero tangibles; aprendí, por ejemplo, a fumar recostado en el camastro sin que se me moviera la cabeza hacia los lados, o a estar boca arriba sin moverme, cuando antes los espasmos me volteaban hacia los costados. Antes de regresar a México nos invitó a su casa. «Pero vivo con la rusa. No vayan a decir que me vieron con Carlita», nos advirtió. Se trataba de su niña de cinco años, a quien había tenido durante un affaire con la psicóloga que me daba las terapias. La rusa se esmeró y preparó una cena exquisita. Él sacó un acordeón y se puso a cantar; me sirvió ron varias veces y me invitaba a tomarlo de un solo trago, junto con él. Cada vez que abría una botella dejaba caer unas gotas al suelo, «para los santos». Intercalaba el acordeón, los chistes, el trago y alguno que otro reclamo en idioma ruso a su compañera que no podíamos comprender.

Noche 40. Barra Estabilizadora. Tecnología Cubana

—¿Oiga, y en Cuba también se hablaba en náhuatl? Citlali parecía gozar de la pregunta, a sabiendas de que era absurda, y añadió: -Para que se hubiera entretenido aprendiéndose más palabras.

—¿Creerás que sí? Solo me aprendí tres. Maíz, hamaca y canoa. Comida, siesta y paseo…le dije con mucha autoridad.

—¿A poco?

—Si. Pero grábatelo bien. Son del idioma taíno, que es lo que hablaban los habitantes del Caribe antes de que llegara Colón.

Hacia el final de mi estancia en el CIREN, llegó un día mi doctor muy excitado, con unas barras de aluminio en la mano. Dos eran postes laterales, sobre los que se colocaba un travesaño, a manera de portería. Los instaló en una mesa de madera que jaló del comedor. En posición de sentado, mi cabeza quedaba a la altura del travesaño de aluminio, que estaba forrado con un hule espuma. —A ver, apoya la cabeza ahí. Lo hice. Sube y baja los hombros. Despega tu frente ligeramente de la barra. Y ahora toca el tambor con ambas manos. Estaba maravillado. Con mi frente apoyada en la barra, podía hacer una cantidad de movimientos que antes me estaban vedados. A partir de ese momento dejé de comer acostado. Me senté frente a mi escritorio improvisado a garabatear cualquier cosa. Otro día me llevó un pirógrafo para que ejercitara mis habilidades prácticas. Después de un rato me cansaba la barra, pues la tensión bajaba por la espalda, pero al descansar tirado en la cama, lo que ansiaba era volver a sentarme en mi barra, a hacer cualquier cosa, lo que fuera. Fue un día de mucha felicidad. Días después colocó un espejo frente a mi. Me hizo girar el cuello en varias direcciones, deslizando la frente sobre la barra. La idea es que el espejo me brindara retroalimentación sobre los movimientos, para que observara lo que hacía. —¡Ya levantaste el hombro, coño! Ese hombro no tiene jugada. —¡Para que tuerces la boca! No pongas el “doble feo”, con uno es más que suficiente. —El hombro para atrás, alineado. ¡No te hagas el mexicano! A veces sus bromas me caían pesadas, pero me aguantaba. Normalmente, interrumpíamos la sesión después de un rato, y mi madre le servía un Nescafé con coffee mate que llevó de México, y que a él le parecía absolutamente delicioso. Retomábamos la sesión, a tratar de hacer los mismos ejercicios de pie, sin ayuda de la barra, y algo lográbamos, pero poco, el cuello seguía empeñado en darse de tirones.

No dejé de ir al gimnasio con el fisioterapeuta Alexis. Era una edificación grande, amplia, equipada con algunos aparatos tradicionales, pero destacaban varias “paralelas” de madera en la que muchos pacientes se entrenaban para volver a caminar. Afuera, el jardín era enorme, con hermosos árboles tropicales, pues perteneció a la mansión de quienes fueran los dueños de la “Bacardi”, antes del triunfo de la Revolución. Tendíamos una colchoneta en el césped y hacía los ejercicios que podía; algunos estiramientos, abdominales, movimientos circulares de manos y pies, entre otros.

-Por cierto, Citlali, diles en tu escuela que por favor les enseñen a los fisioterapeutas a hablar bien en español.

-Y ahora nosotros ¿qué hicimos?

-Hablan como apaches. Subir hombros…Girar cabeza…Levantar brazo…Doblar rodilla.

-Si será…Las órdenes deben ser cortas, directas y sonoras. O que quería: Levante por favor su brazo, si fuera tan amable..

No llegaba a ser un ejercicio cardiovascular, pero ayudó mucho, no solo a la circulación de la sangre en un cuerpo que ya casi no se movía, sino también en el estado de ánimo. Me sentaba bien la respiración agitada después de algún esfuerzo. Son los pequeños logros diarios que aun cuando no cambian el panorama general, ayudan mucho al paciente a seguir adelante. En ese jardín, no muy bien cuidado, pero naturalmente hermoso, también entrenaban a las pacientes con lesiones de columna vertebral. Recuerdo a una chica joven que le meneaban la cadera de una manera que parecía grotesca, para estimular algunos nervios que le permitieran mejorar el control de esfínteres. El terapeuta Alexis me daba las explicaciones, siempre con un enorme respeto hacia los pacientes. Un día, a la salida, vi a varias chicas jóvenes, todas ellas en sus sillas de ruedas, esperando a una ambulancia especial que las llevaría a su respectiva villa. Una de ellas, jovencísima, con un rostro hermoso, me partió el alma. Lisiada de por vida. Esos contrastes en el jardín de las fisioterapias se me quedaron muy presentes en la memoria por muchos meses más. Imposible saber lo que puedan sentir otras personas, pero en mi caso, fue un recordatorio crudo para no olvidar que uno debe estar agradecido con la vida. Aunque esté uno en el sótano, siempre hay otros peldaños hacia abajo.

Algunos casos los comentaba con mi doctor, durante nuestros recesos. El veía ese tipo de casos a diario, así que comprendía todo ese dolor. — ¡Ni te imaginas los dramas de las parejas de los accidentados, caballo! Me tocó darle terapia a un joven recién casado. Fractura de columna en la primera cervical. Deberías ver la cara de angustia de la esposa. Me fue contando como ella se fue abriendo, narrándole su tragedia, sus sueños despedazados… el tono de mi doctor fue cambiando, desde la tristeza y la compasión al tono jocoso, cuando llegó al punto en que me contó cómo le dio una terapia a ella…

Una mezcla peligrosa:  Tantos conocimientos anatómicos y sicológicos en manos  de ese indómito personaje tropical.

—Una debe ser empática con el paciente y sus familiares; es lo que marca el protocolo, interrumpió Citlali. Pero siempre se debe mantener una distancia para no sufrir la “fatiga por compasión”. Ahora, lo que hizo su médico… se sale de cualquier manual.

Volví a México. Mi madre me mandó hacer tres juegos de barras de aluminio, estas muy bien hechas, con la altura ajustable para distintas posiciones de cabeza y altura de sillas, y perillas que se manipulaban en la dirección correcta. La barra que me hicieron en Cuba se desenroscaba en una dirección de un poste y en una diferente en el otro, pues el doctor se tuvo que ajustar a lo que encontró en el almacén de CIREN, donde había una mezcla de piezas de manufacturas soviética y occidental.

-En Cuba para todo nos la tenemos que ingeniar, me explicó un día mi médico. Con mi barra, mi trabajo se volvió más fácil. En aquellos años, ya cerca del final del año 2000, aprendí finalmente a utilizar una computadora y a navegar por internet. Tenía más de cuarenta años cumplidos. Tan pronto como pude, volví a Cuba, por segunda y última vez al CIREN. Durante los viajes subsecuentes, a casas particulares.

Mi madre me acompañó de nuevo en ese segundo viaje. Ya sabíamos lo que nos esperaba, así que todo resultó más agradable. Ambos teníamos gran confianza en el médico y expectativas de que pudiera mejorar. La rutina fue similar a la primera visita. Una tarde, entró intempestivamente el doctor al cuarto, y me preguntó que si tenía una correa. Solo tenía la de mi pequeña mochila de mano, y se la di. - Ahora necesitamos un pedazo de “velcro” (cierre de contacto). No sé de dónde sacó uno mi madre. Enganchó la correa a la una faja tipo cinturón, y la otra punta a una gorra beisbolera. —¡Listo, caballo! A caminar.

No dábamos crédito mi madre y yo. —Es la barra móvil, nos gritó, con mucha alegría. Yo apoyaba la cabeza al frente; la gorra hacía la resistencia con la correa que iba por la espalda, y que estaba sujetada al cinturón. —Camina al frente, hasta la pared. —De regreso. Di mil vueltas en esa pequeña habitación. Con ese artefacto casero, podía caminar. Adiós a los vasos de agua, al bastón donde apoyaba la barbilla… Esa gorra con correa era mi libertad. La alegría fue indescriptible.

Ese fue el gran quiebre en el tratamiento de mi distonía. ¡Podía caminar! Aún así, fueron muchas sesiones dónde me mostraba como tenía que balancear los brazos, no solo por estética, sino por funcionalidad. — ¡Caminas como tabla, caballo, pareces un ropero que se mueve! El braceo mueve los hombros e impide que se tensen.  La instrucción sonaba fácil, pero nunca logré ejecutarla bien. Practicamos muchas horas, frente a un espejo que colocaba al final de un pasillo, para la retroalimentación. Ni así. Pero caminaba y nos regresamos a México felices, con la tecnología cubana recién adquirida. Ni en Estados Unidos, ni en Alemania, se les había ocurrido una prótesis tan funcional.  Y ni qué decir del precio…

—Todo este relato me parece tan increíble… tan fantasioso, pero a veces me parece real. Hay veces que el hierbero del mercado cura enfermedades que los médicos no pueden. Y en otros casos, los hueseros curan con una sobada… Pero me quede pensando en otra cosa, dijo Citlali.

—Le da mucho mérito a su doctor, que sin duda lo tiene, pero veo que el mérito mayor fue de su madre. Sin ella Usted se hubiera regresado a México hecho un energúmeno, después de otro fracaso. Si se quedaron fue por ella. Y siento que fue gracias a ella que ese doctor le puso tanto interés a su caso. A veces una tacita de café, o un vasito de atole, abre las puertas y gana las simpatías.

—¡Qué bueno que lo mencionas!. Ese café que preparaba mi madre pudo haber sido lo mejor que le pudiera haber pasado a mi doctor a lo largo de todo un día. Todo lo que debió sufrir mi madre… y en eso noté que se me quebró la voz. —Porque ella ahora ya no está, alcancé a decir.

—No se ponga así…ella sí está. Está en cada paso que da. Ella fue su "tanque estabilizador".  Sin ese café y sin su terca esperanza, usted hoy no estaría aquí contándome esto.

 En México conseguí un muchacho que algo sabía de terapia física pues estuvo un tiempo ayudando a su cuñado que era boxeador. De los buenos, de Tepito. Con él hacía largas caminatas por la segunda sección del bosque de Chapultepec, y los fines de semana, nos íbamos a los bosques del Desierto de los Leones. Llevábamos a los perros de la casa, que gozaban de esas caminatas más que nosotros, y nos alegraban el día. Me daba algunos consejos sencillos pero lo principal es que me animaba para mis caminatas y para mis jornadas diarias de ejercicios en la barra (cuello izquierdo derecha, arriba abajo, fatigar hombros, todo eso). Me regaló un chaleco con plomo adentro, es decir con sobrepeso, como con los que entrenaba su pariente el boxeador. Era para fatigar más los músculos. Al siguiente viaje lo llevé conmigo a Cuba.  

Noche 41. Noches Habaneras

—La noche no es una franja de tiempo vinculado al paso del sol —le dije ese día a Citlali—. En un contexto como el nuestro, trepados en este cerro, es momento de meditación y reencuentro; en otro, es bullicio; también es, desde luego, el tiempo de dormir.

—O todo al mismo tiempo —añadió Citlali, en tono juguetón—. ¡Si yo le contara cómo estuvo anoche la fiesta de mi prima…! Pero mejor siga con su reflexión.

Por las mañanas hacíamos una larga caminata, de por lo menos una hora, por las calles de uno de los barrios populares de La Habana, lejos del turismo. Nos hospedábamos en una casa particular, donde nos rentaban un cuarto, cerca de la casa de mi doctor. Luego íbamos a casa de él, a la terapia, en un patio sombreado en la parte posterior. Por la tarde noche dábamos alguna otra vuelta, y por lo general lográbamos hacer contacto con algunas chicas. Al principio les invitábamos un refresco o algún helado, pero ya después nos fuimos dando cuenta de que ellas siempre querían algo más. No tardamos en descubrir que un gran número de chicas en esos barrios de La Habana, se dedicaban a lo que se conoce como “jineterismo”; es decir, entregarse a un extranjero a cambio de cierta cantidad de dinero.

El régimen cubano ya ha sido juzgado y condenado, digamos que por la historia. ¿Por qué lo hacen esas chicas? ¿Qué las mueve? Yo no vi hambre. Incluso me pareció que se vestían sencillo, pero siempre con buen gusto, con cierta coquetería. Mi impresión es que la vida allá era bastante monótona, con ninguna novedad en la vida diaria. Siempre los mismos productos en las tiendas, siempre el mismo noticiero con los mismos temas, siempre la misma telenovela, ninguna expectativa de viajar, ninguna expectativa de ascenso social por la vía de los estudios o la superación personal. — ¿Le parece bien, me dijo una vez una doctora, que mi hijo de doce años, quemando discos de música, gane tres veces más que yo, que tengo especialidad? —  Me podría perder en disquisiciones sociológicas sin resultado alguno. Digamos que los turistas éramos una de las principales fuentes de ingresos del régimen cubano, y esas chicas, sin futuro, decidieron reclamar su parte y correr su aventura. Yo solo puedo ser narrador de mi propia historia.

Mis últimos tres o cuatro años, seriamente limitado por la distonía, habían sido de un encierro casi total. Y mis últimos quince años, habían sido de un ritmo de trabajo vertiginoso, exigente y brutal. De pronto estoy en el vestíbulo de un hotel en La Habana, con mi “socio” fisioterapeuta, sin nada que hacer, y pido una ronda de mojitos, y luego otra, mientras escuchábamos la canción por entonces tan de moda del “comandante Che Guevara”, y entonces aparecen unas muchachas guapas, y que nos saludan, y que son agradables, y que son estudiantes, y que nos hacen caso… El tiempo perdido nunca se recupera, pero al menos se hizo el intento… Ahí en Cuba logré darle al cuerpo lo que por tantos años le había sido negado. Con el tiempo, fuimos perfeccionando nuestras rutinas y nuestras metodologías, a la par que seguía mis tratamientos con el doctor.

Mi gorra no me la quitaba para nada. Era lo que me permitía mantener erguida la cabeza en posición de sedestación y bipedestación. Pasé muchas horas, con mi doctor frente al espejo, tratando de mejorar el control motriz. «No seas ansioso —me decía—. Si sientes que viene un tirón, haz una pausa, llévate una mano a la barbilla; hay muchos gestos normales que la gente hace…» Por momentos lo lograba, pero el avance era mínimo. Entonces fue que le dije: —Mira, ya no me interesa tanto controlar el cuello. Lo único que me interesa es que me arregles el audio—…

Ese era el gran tema. Con mi gorra podía yo desplazarme a cualquier lado, así me viera un poco raro con un cinturón vertical en la espalda. Lo que sucedía, es que al apoyar la cabeza en la gorra, se contracturaban los músculos de la garganta, y me costaba muchísimo trabajo articular las palabras. A veces me entendían, a fuerza de repetir y repetir. A veces tenía que ayudarme con las manos para alzar la mandíbula y poder hablar. No había mucha alternativa, más que seguir con los mismos ejercicios frente al espejo, para tratar de restaurar los procesos cerebrales que la distonía había dañado. Esa era la premisa de trabajo de mi doctor. —Caballo, le dije un día, un poco en son de broma—, no puedo creer que no puedas arreglar el audio… —Caballo, soy médico, pero no soy Dios.

Por aquella época, el audio era mi mayor problema, y lo sigue siendo aún. La gorra con la cinta la dejé de usar hace algunos años, el audio ha mejorado un tanto, pero para conversaciones largas tengo que tenderme en algún camastro, sofá, o hamaca.

Estoy de vuelta en La Habana. Manejo un pequeño vehículo japonés que alquilé por las tres semanas que durará mi estancia. Tengo un pequeño departamento en una casa con una gran huerta de bananos al frente. Por las mañanas va mi doctor a la terapia. Por las tardes tomo el carro y salgo a “ruletear”. Ya conozco los horarios de las salidas de las universidades y de los tecnológicos. Sé a qué hora no hay nadie en las avenidas bajo los rayos inclementes del sol. Sé cuáles son los cruceros donde hay más chicas pidiendo “botella”, o aventón. Sé cómo actúan en grupo, y cómo se comportan cuando van solas. Casi nunca me falla la hora de la salida de la Escuela de Gastronomía, sobre la Quinta Avenida. No tengo mucho que hablar. La chica me dice a dónde va. Yo siempre voy hacia allá, donde iba ella. A veces la dejo en su destino y me agradece. Vuelvo a lo mío. A veces alguna chica dice estar aburrida, la invito al departamento, ponemos música, disfruta de los “ipod” que por aquel entonces no había en Cuba, se relaja en el aire acondicionado, que es un lujo que pocos tienen, y ya después, me toca relajarme a mí. Siempre con mi trago de ron al lado. En la casa puedo charlar más, y hacer algunas bromas. Las chicas no llevan prisa en esas largas tardes habaneras. No importa que caiga la noche. Yo las llevo de regreso; las dejo a una o dos cuadras de sus casas, para prevenir a los vecinos chismosos. Después de tres semanas de este tratamiento, puedo regresar a México, relajado y tal vez hasta dichoso. Esas andanzas en La Habana como un verdadero regalo de la vida.

—Y qué, intervino Citlali, ¿nunca se enamoró de ninguna? Tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe…

—No te lo sé decir. Creo que nunca he conocido lo que es el amor. Lo conozco por los libros; aparece en casi todas las novelas que andan por ahí. Por eso aprecio tanto la literatura marginal, y no sé si la novela de Kawabata corresponda, pero mis sentimientos van más por ahí…

Citlali me veía desconcertada, como si le hubiese hablado en japonés.

—¿Cómo que nunca ha estado enamorado?

—Exageré,  —respondí, y le conté una historia. Una noche, iba con el dueño de la casa donde me hospedaba, en su vehículo Peugeot. Lo conocían como Mario el Marinero, pues había sido jefe de máquinas de una de las embarcaciones transatlánticas que cruzaba el Atlántico antes del derrumbe de la Unión Soviética, por eso tenía el privilegio de poseer un carro. Sus esperanzas de volverse a embarcar algún día se desvanecían con el tiempo, así que se dedicó de tiempo completo a manejar su auto que, bien trabajado, era una pequeña mina de oro. Por las noches iba a cargar petróleo a un depósito oficial donde se lo vendían por la «izquierda» a un costo reducido. Ahí íbamos, entre el Hotel Habana Libre y los Helados Coppelia, cuando divisamos a una muchacha de muy buen ver: de buena estatura, delgada, cabello rubio, con pantalones negros ajustados, una blusa roja llamativa y una gorra beisbolera que portaba con la visera hacia atrás. «Soy Dailin, —dijo con una sonrisa, de esas que enamoran. — Súbete, Dailin, vamos con mi socio a dar un paseo.» La llevé a mi departamento, en el piso superior de la casa de Mario el Marinero, al que accedía por una escalera exterior de hierro forjado, tipo navío. La chica era risueña, de sangre ligera, y la pasé sensacional.

Al día siguiente, subió Mario a invitarnos a desayunar a su casa. Todos estábamos encantados con Dailin; hablaba poco pero sonreía mucho. La esposa de Mario el Marinero se me acercó y me dijo: «Oiga, qué muchacha tan más linda. Le conviene cantidad.» Me sentí orgulloso de tenerla a mi lado, y contento de la convivencia tan agradable que se había logrado. Yo tenía un carro de alquiler, así que me fui con Dailin hacia las Playas del Este. Iba feliz seleccionando canciones del iPod que llevaba, las cuales escuchábamos a través de unas pequeñas bocinas externas que había comprado. Alquilamos unos camastros, nos metimos al mar y la tarde se nos fue volando.

Así transcurrieron varios días y sus respectivas noches, lo cual fue para mí una experiencia nueva. Nunca había convivido por tanto tiempo con una mujer, y tan intensamente, sin sentirme nunca agobiado por su compañía, ni por el sentimiento de tener que atenderla, ni por la urgencia de estarle platicando cosas para agradarla, ni comprándole cosas. Fueron dos semanas en que fluimos en el tiempo, los dos juntos.

—Oiga —me interrumpió Citlali—, si la recogieron así nada más en la avenida, me imagino que no llevaría ropa para cambiarse, ni traje de baño ni nada…

—Créeme que de esos detalles no me acuerdo. Tal vez la acerqué a algún lugar donde tendría sus cosas, tal vez le compré algo en algún bazar o tal vez la esposa de Mario le prestaría algo de ropa, o alguna de sus hijas, que eran más o menos de la misma edad…

—¿La hija de su amigo de la edad de ella?

—Pues sí —tuve que reconocer algo apenado. Por salir de una pregunta ya me había embrollado más.

Tuve que explicarle a Citlali que en Cuba todo es diferente, y que esa diferencia de edad allá no era para escandalizar a nadie.

—No me convence —me replicó—. Pero cuente, ¿qué más pasó?

—Una mañana me dijo Dailin que tenía que irse para su ciudad, a Holguín, al oriente de la isla. Me tomó con la guardia baja; le dije que sí, me dio un papelito con su número de teléfono fijo de allá y se fue, o tal vez la llevó Mario a algún lugar. Por aquellos días ya me tocaba regresar a México, y regresé feliz a mi oficina a conversar con mis colaboradores y amigos de mis aventuras y de mi conquista. Pocos meses después volví a Cuba y tomé un vuelo para Holguín. Me esperaba Dailin en el aeropuerto. La vi muy delgada; igual de hermosa, pero muy delgada. Quise llevarla a cenar, a tomar algún helado, pero a nada accedió. «Vamos directo a la posada», me pidió. Me explicó que no podía salir a la calle, que la podían ver, que la vigilaban… Nunca supe quiénes ni por qué. Estuvo ansiosa toda la noche. Al día siguiente nos despedimos y nunca más la volví a ver.

—¿Qué hizo? Era para que hubiese insistido más, si tan bien la pasó con ella —sentenció Citlali—.

—Toma en cuenta que yo operaba en un país desconocido, con un sistema socialista del que todos tenían miedo y cuyas reglas no estaban escritas en ningún manual. Hoy, al recordarlo, creo que debí haber hecho algo más. Pero después de esas semanas con Dailin, y ya un poco más recuperado de mi distonía, me sentía el rey del mundo… Tan solo había que pasar unos meses en México para recargar las pilas y volver a Cuba.

—Para mí que entonces sí se enamoró, aunque lo niegue —concluyó ella—. Más triste aún.

Meneó la cabeza en un gesto de desaprobación.

 

 

Noche 42. Por un Puñado de Plata

—Oiga, me quedé con una duda el otro día —dijo Citlali después de saludar—. Durante esos años que viajaba a Cuba, ¿seguía trabajando? ¿Y de dónde sacaba dinero? Por barato que haya sido todo, no cualquiera se puede dar todos esos lujos.

—Trabajé unos años más y después me jubilé, por decirlo de alguna manera…

Terminó el sexenio de Zedillo. Por primera vez había perdido el PRI la elección presidencial; ganó Vicente Fox y prometió grandes cambios. Creo que al final no hizo muchos, pero, al menos en su gabinete, metió a pura gente nueva. Fue curioso. El nuevo secretario, cuando lo vi la primera vez, me dijo: «Yo a ti ya te conozco». Me desconcertó el saludo, y de inmediato me aclaró que me había escuchado en una de las muchas charlas que di para dar a conocer el TLCUEM. Me trató bien, pero la realidad es que tuve algunas dificultades para acomodarme con los funcionarios de su equipo: medio me hacían caso y medio me marginaban. Sin embargo, logré mantener un sueldo más o menos bueno.

El trabajo no era aburrido, pero tampoco tan movido como lo fueron los anteriores. Puede ser que, inclusive, hubiese sido el empleo ideal: ya conocía los temas, tenía buenos colaboradores, no era imprescindible ni me utilizaban como «chile de todos los moles». No aquilaté lo suficiente ese trabajo por andarme fijando en lo que pude haber sido y no fui.

Un día me llamó por teléfono un amigo de batallas anteriores para proponerme un negocio. No me quiso decir de qué se trataba: «En mi oficina del Pedregal te lo explico. Te vienes a comer mañana», atajó. Llegué al día siguiente puntual a una mansión enorme, de esas que fueron típicas del Pedregal de San Ángel; no parecían oficinas. Un ujier me pasó a un comedor elegantísimo, con muchísimos lugares de cada lado. Éramos pocos: mi amigo, su novia, su socio y yo. Nos sirvieron una comida de tres tiempos acompañada de buenos vinos. Gracias a mis terapias en Cuba ya no estaba tan lisiado como antes; podía manejar y sentarme más o menos adecuadamente en una mesa.

Esperaba que durante el café entráramos al tema del negocio. Se veía que mi amigo tenía dinero, y mucho. Nos dijo que el café lo servirían en otro salón y hacia allá nos dirigimos. Subimos un tramo de escalera y llegamos a un espacio muy amplio, con un ventanal al frente que daba a un jardín cuidadísimo, de césped inmaculado, donde circulaban unos pavos reales majestuosos. Había tapetes persas, sillones de cuero y animales disecados: osos, tigres y venados. Nos sentamos mi amigo, su socio y yo alrededor de una mesa con una shisha, ese recipiente de vidrio con agua en la base y mangueras que permite que varias personas fumen al mismo tiempo, símbolo máximo de la conversación pausada en el mundo árabe. Al final, soltó el tema:

—Tú tienes un seguro médico que te cubre por incapacidad permanente. Si sabes cómo funciona, ¿verdad? Solo te indemnizan cuando estás en el puesto, porque lo paga el gobierno como una prestación. Si te corren mañana, el seguro no te da nada porque ya no eres nadie. ¿Comprendes? No es que yo crea que te van a correr, pero ¿qué tal si Fox corre a tus jefes? ¿O si tu jefe se va de candidato a gobernador? Tú mejor que nadie sabes cómo es la política.

La cantidad de la que hablaba era muy tentadora. Equivalía a cien veces mi sueldo mensual antes de impuestos; ni trabajando ocho años corridos y ahorrando todo juntaría esa suma. Pero tampoco me parecía correcto declararme incapacitado si aún podía trabajar.

—Piénsalo —me dijo—. Mañana me dices. Hoy tenemos los contactos para que el área de medicina del trabajo del ISSSTE vea tu caso rápidamente. Tú puedes hacerlo solo si quieres: primero pides una cita en tu clínica de zona —ojalá que te la dieran pronto—, después te darán un tratamiento que ya sabes que no funcionará, después te canalizarán con un especialista… ¿Le sigo? Lo puedes lograr, la cosa es cuándo.

—Y bueno, ¿ustedes qué ganan?

—El treinta por ciento.

—¿Qué? ¿Tanto?

—Solo es si quieres. Nosotros también tenemos que repartir.

Me despedí. El trayecto a mi casa era largo, como de tres cuartos de hora a buena velocidad. Fui cavilando sobre el asunto en el camino. Cuando llegué a casa, la decisión estaba tomada.

—¡Qué fuerte! —exclamó Citlali en voz muy baja, como asimilando el tema.

—Son momentos tan extraños… No hay mucho tiempo para pensar y, en unos pocos segundos, uno tiene que decidir sobre su propia vida. No razoné nada; fue una decisión que brotó de mi interior. Mi cuerpo fue el que me dijo que no podía seguir viviendo igual.

—Eso sí —asintió Citlali—. ¡Hay que escuchar al cuerpo!

—Volví a la oficina de mi amigo en el Pedregal a comunicarle mi decisión. Me recibió muy cordial: «Pásale a un bar chiquito que tenemos por acá». Era un espacio pequeño y agradable. «Te presento a mi amigo tal, es un empresario». «Mucho gusto». Estaba encendido un televisor mientras platicábamos de cualquier cosa, disfrutando de nuestros tragos. De pronto, el empresario se levantó, subió el volumen del aparato y nos dijo a todos: «Miren, ya va a conocer el noticiero de Lilly. Quiero ver si trae puesto el collar que le regalé». Sí lo traía. No pareció darle mucha importancia y, al poco tiempo, se marchó. Me quedé con mis conocidos. «Cuando cobres tu cheque en la aseguradora, nosotros no vamos a entrar. Te esperamos afuera y de ahí nos vamos al banco». «Está bien. Todo arreglado».

De nuevo el largo trayecto a casa. Repasé la escena del empresario y del collar. De pronto me vino a la mente el escándalo reciente que se atribuía en la prensa a la conductora Lilly Téllez, cuyos guardaespaldas habrían agredido salvajemente a unas personas por algún motivo poco trascendental. Sentí un ligero estremecimiento y un poco de sudor frío. «¡Bienvenido al mundo real!», me dije.

—Mugrosas ratas —exclamó Citlali, indignada, cuando terminó de escuchar el episodio.

Noche 43. Las Mieles del Caribe

—Hay un dicho que dice que estábamos mejor cuando estábamos peor, le dije a Citlali a manera de saludo.

—Cuando peor estuve de mi distonía, cuando no podía casi ni caminar, fue que descubrí las mieles del Caribe, en una ciudad tan llena de vida como La Habana. No la vida de cartelones de neón, ni la de restaurantes en terrazas elegantes, ni la de los conciertos. La vida. La gente que camina, que trabaja, que sufre, que llora, que tiene ilusiones…Estamos muy acostumbrados a llamarle vida a lo que no es. En Cuba, sin celulares, sin internet, la vida es la convivencia con los demás, así no haya nada que compartir, mas que la música de un viejo reproductor, o la charla con el amigo o la vecina, sobre cualquier cosa, como por ejemplo, las detalladísimas descripciones físicas de una persona. No voy a romantizar esa sociedad; detrás del bullicio se esconden tragedias y vidas dolorosas. Pero en mi caso, cuando peor estuve, fue lo que descubrí. Y aparte de todo, después de tocar el fondo, comenzó mi recuperación.

—¿Tan mal iba?

—En una ocasión que decidí ir a caminar por la zona del puerto, sobre la costera, me comenzaron a seguir unos niños, primero unos tres, luego cinco, luego muchísimos más, que me preguntaban porqué llevaba un vaso de agua pegado a los labios, y no supe que contestar. “Es un problema neurológico”, les daría igual mi explicación, si es que alcancé a articularla y ellos a escucharla. Pero me seguían fascinados, como si contemplaran a un faquir en el circo recostado sobre una cama de clavos. Hasta ese día comprendí la magnitud de mi problema. No es solo lo que yo sentía; sino también, cómo era la mirada de los demás.

Después de cobrar mi indemnización no tenía nada claro lo que habría que hacer. De la Secretaría de Agricultura me despidieron muy gentilmente, haciéndome saber cuán útil era y que esperaban seguir contando con mis servicios, ahora a través del mecanismo de honorarios profesionales.

—A la aseguradora que te pagó la incapacidad le tiene absolutamente sin cuidado lo que hagas con tu vida —me explicaron—. Si trabajas, o de qué trabajas, les tiene sin el más mínimo cuidado.

Así que podría seguir laborando como prestador de servicios, aunque ya no como funcionario. Con Agricultura logré algunos contratos temporales, no muy bien pagados; conseguí algunos otros con organismos internacionales que tenían que ver con el sector y para quienes mi experiencia resultaba valiosa.  Mi carrera profesional había llegado a una cúspide a la que era impensable regresar; como consultor no tenía ni currículo ni experiencia. Algo pude cosechar, sin embargo, en esa larga cuesta de bajada.

Los primeros años, entre un contrato temporal y otro, siempre me di tiempo para volver a Cuba. Aún me costaba trabajo desplazarme, pero ya había logrado caminar sin la gorra y el cinturón amarrado por la espalda. Seguía con los problemas de audio, pero con los intereses de lo que tenía depositado en el banco no hubo impedimentos para regresar a la isla.

—¿Por qué no te vas mejor a República Dominicana, a Jamaica o a otro lado? —me preguntaban algunos parientes y conocidos.

—Porque tengo que ir a ver a mi doctor.

Mi obsesión por volver a Cuba tenía mucho que ver con mi afición por recorrer en el carro todo el Malecón, la Quinta Avenida, pasar por Jaimanitas y llegar a las playas de Baracoa, que eran de arena menos blanca, menos extendidas y algo rocosas, pero con mucho sabor por ser uno de los balnearios a los que va la gente de allá. El oleaje era suave y el ambiente familiar, pues casi no iban turistas y no se percibía la atmósfera libertina de otros lugares. Al regreso a La Habana, con la luz crepuscular, iba siempre con los ojos bien abiertos para detectar cualquier ciclista que se me pudiese atravesar y, obviamente, a alguna joven con necesidad de solicitar transporte o lo que fuera.

Así conocí a la mamá de Evita. Ella era una chica menuda, de tez blanca y cabello muy alborotado que, desde que se subió al auto, me hizo reír mucho con sus ocurrencias y su forma de hablar. La traté muchas veces, sin ningún compromiso; me daba tiempo de conocer a otras muchachas y también pasarla bien. Su familia practicaba la santería, pero de una manera bastante light y casi podría decir que más por folclore que por convicción. Sus relatos de las deidades de origen africano me entretenían y pronto me aprendí los colores asociados a cada una de ellas, la forma de vestir de las novicias y de las iniciadas, entre otras cosas. A veces nada más íbamos a la Marina Hemingway a tomar un helado y pasar el rato. Un día llegó con Evita, su niña de unos cinco años, muy risueña y despierta. Paseamos algunas veces como si fuésemos familia. Un día, circulando por el Malecón, Evita se soltó diciendo lo que quería ser de grande:

—Yo quiero tener mucha ropa buena, comer muchos helados y tener mi yuma para que me pasee.

Pasó la tarde y por la noche seguía desconcertado. En Cuba un yuma es un extranjero; que Evita quisiera tener uno… Fue una reflexión que marcó un antes y un después en mi forma de percibir la realidad cubana. Terrible.

Regresé a México con un sabor agridulce. Desde hacía tiempo me había dado cuenta de que en Cuba se vive en una especie de prisión: siempre con una carencia de algo tan básico como papel o jabón de baño; siempre con el cuidado de no hablar del régimen, ni siquiera en privado; siempre con el miedo de tener a la policía por detrás, pues para sobrevivir todos tenían que cruzar las líneas de una legalidad que ni siquiera estaba bien trazada. El comentario de Evita fue como un mazazo en la cabeza. Había visto la carencia de proyecto de vida y de futuro entre los jóvenes, pero nunca se me había ocurrido que esa mentalidad de supervivencia en la adversidad permeaba también entre los niños. Me comenzó a entrar un mal sabor de boca, sin que llegara a ser una condena moral. Yo no hacía el mal a nadie… y sin embargo, también era parte del todo. Por aquellos días dejó el poder Fidel en manos de Raúl; se avecinaban cambios y se esperaba la entrada masiva del turismo norteamericano. Más o menos así tomé la determinación de no volver a Cuba. Desde el año 2006 no he vuelto.

Citlali estaba indignada con este último tramo del relato. Le caló muy hondo la historia de la niña Evita. Pero atinó a preguntarme, casi con desgano, temiendo mi respuesta:

—¿Y no extraña seguir yendo para allá?

Casi le pude adivinar el pensamiento. No podría negarle mi gusto por esos viajes; había llegado el momento de franquearme con ella. Mi repulsión al sistema no le bastaría; tendría que decirle que sí extrañaba, y mucho, ese «Palacio de las Bellas Durmientes» al que nunca volví. Sí, Cuba era como ese palacio de Kawabata: un lugar de refugio para hombres maduros que buscan recuperar una juventud que se les escapa. Omití relatarle que después de Cuba hice muchos otros viajes a Colombia —otra sucursal del Palacio—, con mujeres encantadoras y paisajes esplendorosos. Tal vez algún día, si lo encuentra, le regalaré un ejemplar de unos relatos que escribí al cumplir mis cincuenta años, Cincuentenario, donde constan mis andanzas por allá y se narra una Historia que no fue de amor.

—Citlali, no pienses en Cuba, piensa en mí —le pedí—. Con la intensidad de los trabajos que tuve y con esa distonía que me descuadró la vida, emocionalmente no crecí. Con la mente me quedé atorado en el tiempo de mi juventud. Mi cuello dejó de responderme, mi marcha y mi habla se volvieron difíciles y lentas. Yo tenía apenas cuarenta años y muchas necesidades vitales. Socialmente me quedé perdido, totalmente desubicado. Las mujeres de mi edad siguieron su vida, tuvieron sus experiencias, sus familias, sus desengaños, todo lo que es normal. Yo no tuve ese desarrollo. Haz de cuenta que un día me dormí con veinticinco años, apenas saliendo del cascarón —tardíamente lo reconozco—, y amanecí después a los cuarenta. Tengo esa fijación por las mujeres jóvenes y guapas, las que no tuve y las que ya no tendré. Me quedé suspendido en el tiempo, si lo quieres ver así.

—En el espejo es un hombre mayor y en su deseo es un adolescente —concluyó Citlali—. ¡Qué cosa!

Noche 44. De Regreso con las Bellas Durmientes

Esa noche regresé de un viaje que hice a la CDMX. Citlali ya estaba en la biblioteca, memorizando los músculos y los huesos del cuerpo humano en preparación para uno de sus exámenes de enfermería.

—Ya necesitaba un break —me dijo, y cerró su libro—. Cuénteme cómo le fue. Me imagino que se divirtió mucho.

—Me gusta ir a la ciudad para cambiar de rutina. Muchas tardes saco mi bicicleta y me voy a pasear por las calles de la capital; siempre es entretenido. Por ejemplo, ayer me tocó un festival de las iglesias cristianas a un costado del Monumento a la Revolución… De ahí cruzo hacia la Calzada México-Tacuba -que ahora se llama México Tenochtitlan, y me interno por las calles de la colonia Buenavista, muy conocidas por la presencia cotidiana y constante de sexoservidoras. Me gusta pasar por ahí nada más para mirar, y descubrir alguna que esté guapa. Digamos que, de diez, tal vez una.

—Vaya hobby —exclamó Citlali—. Podría tener otro más creativo. Pero sígale, ya me dio curiosidad.

—Esas chicas añaden un toque de folclor al paisaje urbano. Me imagino que yo también se lo añado: un adulto mayor circulando en bicicleta de montaña de última generación. Ahora que fui, vi a una chica muy linda y me detuve a preguntar lo obvio en esos casos, solo para tener chance de mirarla más de cerca. La chica era una migrante venezolana, muy alegre. Le dije que volvería; seguí dando vueltas por las calles por un rato más, pensando en ella, en que no había desayunado, según dijo, y decidí regresar a darle algo de dinero para que se comprara algo. «Pero han de ser arepas», me advirtió. «Lo que quieras», le dije.

Desde ese día me entró la curiosidad de dejar el voyeurismo y contratar a alguna. A mi edad mi libido ya está algo disminuida y, si no se logra nada, no me importa; a las chicas mucho menos. Los días siguientes di varios paseos, sin éxito, pero la constancia da resultados y una tarde, después de dar vueltas sin encontrar a ninguna de mi agrado y ya habiendo emprendido la ruta de regreso, la divisé en una esquina: alta, morena clara, pelo largo, negro lacio, falda corta, tacones altos. No recuerdo los detalles de su outfit, pero en conjunto se veía bien, nada vulgar.  Y un detalle final que la volvía más llamativa: sostenía un colorido paraguas para protegerse del sol.

Me acerqué. Están muy acostumbradas a que los clientes les quieran hacer conversación, así que en fracciones de segundo hay que decidir si uno va o no. «Va», le dije. Caminamos pocos metros hasta un hotel; no hubo necesidad de registrarse, solo pagar, y nos asignaron una oscura habitación de planta baja para que metiera la bici sin dificultad.

—Siga contando —dijo Citlali, mientras un leve rubor purpúreo le encendía las mejillas.

El baño preferí no conocerlo; desde la puerta se veían muebles corrientes y mosaicos muy básicos. Me tendí en la cama con la ropa puesta: me dan temor los ácaros y la plaga de chinches que se reportó hace poco en la ciudad. Mientras tanto, ella se desvistió completamente y le vi un cuerpo sensacional. Ella quería pasar a la acción de inmediato, pero yo no estaba listo; me hacía falta la estimulación de su cercanía. «Acércate», le pedí, y lo hizo; así le acaricié el cabello un largo rato mientras alababa su belleza. «Espera a que esté listo», le dije, y así se abrió un espacio íntimo para nuestra conversación.

Algo logré captar de la historia de su vida; aunque claro, habrá vacíos y muchas inconsistencias, pero hay situaciones que son reales. Ella es hija de una familia de ganaderos prominentes del estado de Michoacán, y vivían en una localidad cerca de Zamora. Evocó su infancia y juventud con alegría: solía salir a montar a caballo y recorrer los potreros de la familia, divisar las vacas, ir al galope junto con otros familiares y amigos. Al cumplir los dieciocho años el padre le regaló un Mini Cooper nuevecito, de agencia, y lo gozó bastante con sus amigas en sus salidas nocturnas a las poblaciones con mayor vida social. Llevaba una vida de princesa, según relató, pues era la consentida del padre y le cumplían todos sus caprichos. Del capítulo educativo no salió nada.

Un día inesperado el padre la llamó para comunicarle que uno de sus amigos, un ganadero todavía más próspero, estaba interesado en ella para un compromiso matrimonial. Ella salió huyendo; no se imaginaba estar con ese hombre tan mayor para ella, y menos que su padre fuera quien estuviese detrás de ese arreglo entre familias, fortunas y hatos ganaderos. El padre insistió, trató de imponer su autoridad, sin éxito. Una noche, por impulso, por repulsión al futuro que le esperaba, decidió huir de la casa y se dividió a la Ciudad de México. Lo dejó todo, pero no quería dejar ahí su libertad.

Viene una etapa sórdida en su vida. Supongo que saldría con algo de dinero cuando se escapó y que la caída sería gradual, de poco en poco: primero buscando empleos cualesquiera y, después, alguien la alertaría en la actividad del sexo servicio. Me cuesta imaginar ese brinco, de los potreros del Bajío y los cielos luminosos a las banquetas atestadas de gente y mercancía en las calles de La Merced, las más promiscuas y degradadas de la ciudad. Ahí se ofreció a los clientes; ahí y también en Sullivan, y luego también en las calles de la colonia Buenavista donde la encontré. No sentí que se victimizara en ningún momento; todo su relato giraba en torno a la conquista de su libertad. Decía que el sacrificio valía la pena, pues estaba construyendo su futuro. Lo dudé, pero no dije nada; no hay derecho para quebrar una ilusión.

Dijo que la tarifa que cobraba en estas zonas era baja, pero que se compensaba con creces por la cantidad de servicios que surgían, y que gracias a ello ya había construido un pequeño capital, que había adquirido varias hectáreas de terrenos forestales en la sierra de Puebla y que pensaba hacer en el futuro unas cabañas rústicas y caminos para el disfrute de los visitantes. Con escepticismo, pero con interés —pues al menos la chica tenía bastante imaginación en caso de no ser cierto su relato—, visualicé esos cerros arbolados, con bosques tupidos de clima frío, como los que tiene un amigo mío por esos rumbos. También evoqué los cerros de mi propio rancho y lo difícil que fue hacer caminos en la topografía de las montañas. «Hice los caminos en forma de S —me dijo—, es la única forma de poder ascender, en zigzag». Le comenté que así eran los míos y que me gusto recorrerlos en mi cuatrimoto. Le brillaron los ojos. «¿Tienes moto? Yo tengo un Rzr». Me sorprendió mucho; no cualquiera conoce lo bien que se adaptan esos vehículos a la montaña. Me estaba comenzando a creer todo el relato y fue cuando exclamé: «Pues tienes más dinero que yo». Creo que sonrió y lo tomó como un cumplido.

«¿Nunca te ha sucedido que el cliente se ponga terco, y quiera hacer algo a lo que no estés dispuesta?». Me miró por un instante, recogió uno de sus tacones de punta alta del piso, los meneó en el aire con fuerza y me preguntó que si sabía para qué pudiesen servir. Poco después el tiempo se agotó, se vistió, se puso los tacones de largas puntas afiladas, tomó la sombrilla —también termina en una punta, por cierto— y se marchó.

Citlali se incorporó de pronto en su sillón.

—Acá en el pueblo no hay nada de eso, ya lo habrá notado usted, tan observador, en sus paseos en bicicleta. Mis primos que han salido a trabajar a otras ciudades las llaman «pirujas» o «cuilas», o por otro nombre, y a nadie le interesa saber por qué acaban así.

Actuaba como si estuviera muy enojada conmigo, pero no logró esconder del todo su asombro y su curiosidad.

—Es una historia nada más —respondí—. Hay una parte de ambición genuina, porque aspira a un porvenir mejor con sus bosques y sus cabañas. Hay una actitud de rebeldía, cuando decide dejarlo todo por no casarse con quien ella no quería. Y hay una actitud de cautela, con sus tacones y su paraguas para zumbarle al cliente.

—Si fuera tan digna no se habría metido en eso —me rebatió Citlali. Guardó silencio por unos instantes y luego me encaró—: ¿Y usted qué? Aquí veo el cuarto lleno de novelas como para que tenga que ir a esos lugares a escuchar una.

—No me regañes. Te conté esta historia porque es una pequeña ventanita por donde te puedes asomar al «Palacio de las Bellas Durmientes». Un día te prometí que te dejaría asomarte; ahora ya sabes un poco más de qué se trata.

—¿De lujuria…? —preguntó un tanto temerosa.

—No. De soledad.

Noche 45. El Citlaltépetl. El Sueño de un Imperio

Era mayo y el calor es fuerte en esa época del año. Tenía abiertas las ventanas —una que da a la laguna y la otra que da al cerro— para que corriera el aire cruzado. Bendije la hora en que mandé colocar los mosquiteros. Pasé la tarde leyendo un libro ilustrado sobre la vida cotidiana en la Gran Tenochtitlan y, al anochecer, como de costumbre, apareció Citlali.

—¿Sabías que el Cerro de la Estrella en Iztapalapa no se debería llamar así? —le pregunté—. En náhuatl su nombre era Huizachtépetl, o «Cerro de los Huizaches», pero a los españoles se les ocurrió bautizar a una hacienda de por ahí con el nombre de La Estrella y por eso el cerro de atrás cambió de nombre.

—Póngale así a su cerro, el Huizachtéptl, al fin es lo que abunda por acá.  ¡De Iztapalapa para el mundo! —y festejó su ocurrencia con una sonrisa.

—Preferiría llamarlo el Citlaltépetl, pero me temo no estar a la altura.

Citlali captó rápido el piropo.

—Pues échele ganas —dijo ella un poco ruborizada.

Desde muy chico, cuando la abuela Omma nos repartió el rancho, tuve la sensación de que era dueño de un territorio muy grande. Yo era un chico callado y muchas horas me las pasaba imaginándome situaciones o eventualidades: desde las típicas, como «así seré cuando sea grande», hasta las absurdas, como cuando me sentía el Corsario Negro después de leer una novela de Salgari.

Este cerro que ves, desde niño, lo asociaba con un imperio en el cual reinaba. No eran sueños concretos, como los de quienes piensan en poner vacas o construir mansiones; era un imperio real que tenía sus fronteras, sus lugares icónicos y sus regiones diversas, como el llano, las laderas, las cumbres y la «región laguna», que no era sino un socavón con vista hacia la presa. En mi mente cada lugar formaba un territorio del reino que yo gobernaba. Cuando llegábamos de fin de semana y plantábamos con mi padre un guayabo, yo tenía la fantasía de que habíamos llevado progreso a la región baja. Siempre vi este cerro a través de una lupa enorme que todo lo magnificaba y me hacía sentir importante, único y diferente. Fue mi caparazón mental para refugiarme de todo lo que en el mundo me pudiese resultar hostil. Aunque no viniese aquí, mi mente siempre estuvo divagando por estos lugares.

—¡Vaya con el Corsario Negro! —dijo Citlali con una sonrisa suave, casi conmovida—. O sea que mientras todos pensaban que usted contemplaba el horizonte, en su cabeza gobernaba llanos y conquistaba cumbres.

—Es algo que nunca se lo había contado a nadie. Me hiciste recordar el plano del rancho que pegué en mi pequeñísima habitación cuando estuve estudiando en Inglaterra. Aún ahora tú ves esta biblioteca y este cerro, pero yo me siento como un rey viejo que tiene su castillo bajo asedio. Cuando nos dividimos el terreno entre mis hermanos y yo, el mayor vivía fuera de México, pues ya había iniciado su carrera diplomática. El menor, Fernando, también tenía un gusto enorme por este lugar. Primero veníamos con nuestros padres; después, cada uno por su lado.

Cuando la abuela Omma decidió formalizar la entrega del rancho entre sus nietos, agrupados por familias, nos propusimos la meta de hacer una casa a la altura de nuestra herencia. La fracción que nos tocó albergaba lo que fue el casco antiguo, que no eran sino unos jacalones de adobe y teja ubicados en forma de L alrededor de un corral, que en su tiempo sirvió para la engorda de animales. Mis padres ya habían hecho una pequeña adaptación en una de las alas y quedó una casita pequeña, bastante rústica, pero a la que llegábamos muy contentos de vez en cuando. De ahí salimos muchas veces para explorar el cerro. Lo veíamos desde abajo y siempre sentimos la curiosidad de llegar hasta la cima. Primero se atravesaban unas milpas de maíz, a las que llamaban «joyas», y luego la pendiente aumentaba y comenzaban los matorrales, la selva baja o el «malpaís».

Había un sendero que llegaba hasta arriba, que zigzagueaba acomodándose a la topografía, de esos que no se hacían con maquinaria, ni siquiera con pico y pala, sino que nada más existían por el paso continuo de quienes los transitaban. Por lo que entiendo, lo recorrían el cuidador de la abuela Omma, algunos de sus hijos y nietos, y algunas señoras del pueblo, a las que muchas veces vi subir con unos pequeños costalitos para buscar tierra de monte para sus macetas. A veces perdíamos el rastro de la vereda, por lo que siempre era una precaución necesaria ir con un machete para abrir brecha.

A medida que subíamos se notaban cambios en la vegetación. A una altura media solo había nopaleras y algunos árboles bajitos de copal, casi famélicos por la escasez de suelo vegetal, y uno que otro zapote blanco, que se distinguía por tener siempre sus hojas verdes aún en las épocas más canijas del estiaje. Más arriba proliferaban unos árboles de copa muy alta y de hoja escasa, muy fina, como la de las jacarandas, a los que la gente llama tepehuajes. También había abundancia de una variedad de árbol que no alcanza más de tres metros de altura, llamado timbre, que adopta unas formas retorcidas y caprichosas, casi fantasmagóricas. Por todos lados había maleza y malas hierbas; después de esos recorridos terminábamos con las agujetas, los calcetines y los pantalones cubiertos con unas espinas de cardo silvestre, muy difíciles de quitar. Siempre había que tener cuidado de los alacranes al mover alguna piedra o un trozo de madera a medio podrir.

La subida al cerro no era precisamente lo que uno se imagina por la palabra paseo; sin el aliciente de saber que estábamos escalando nuestro propio terreno, probablemente nunca la hubiéramos vuelto a hacer. En las secas era muy extenuante por el calor; en las lluvias, por el esfuerzo de ir abriendo paso a machetazos y por las ampollas que no tardaban en aparecer en las manos, tan poco acostumbradas a este tipo de labor. Ya en la cumbre nos dábamos el lujo de destapar nuestro refresco —en aquellos tiempos habría sido insólito pensar que alguien hubiese cargado una botella de agua—, nos sentábamos a descansar en algún claro, volvíamos a recurrir al machete para poder contemplar algo del paisaje, con el pueblo tendido por un lado y el lago con su oleaje y sus veleros por el otro, y emprendíamos el camino de regreso, que no era fácil, pues frenar con las piernas también cansa. Nuestro gusto era reconocer lo nuestro, y la satisfacción de alcanzar una meta difícil. El cerro, enorme y majestuoso, no era un espacio al que uno pudiera invitar a sus amistades para ir a pasear. Ahora, a la distancia, me doy cuenta de lo solitarios que eran esos recorridos, y creo que también eso sería parte de mi gusto. En esas caminatas puedo recordar el rostro de mi padre, el de mi hermano Fernando y creo que de nadie más.

En uno de esos paseos identificamos con mi padre un lugar que nos pareció ideal para construir una nueva casa. Era un paraje justo en el espolón del cerro, con el pueblo al frente, una barranca a un lado y la vista de la presa al otro, a una altura considerable a partir del nivel de carretera, pero a menos de un tercio de la altura total del cerro. Ese día íbamos con un amigo de mi padre, un intelectual que subió vistiendo saco. Fue mi padre el que dijo: «Aquí». No señalizamos con nada, pero ese «aquí» se convirtió en el referente para la nueva construcción: como el islote de los aztecas para la fundación de la Gran Tenochtitlan.

Los terrenos que nos dio la abuela Omma aún no los dividíamos entre mis hermanos y yo; el predio era como un lienzo en blanco. Podíamos hacer lo que quisiéramos sin salirnos de nuestros linderos, que siempre los vi lejanos. Nunca los recorrí, pues eran líneas rectas cerro arriba que atravesaban cañadas, rocas, desfiladeros y partes de montaña.

Con mi padre definimos el lugar para nuestra nueva casa, pero con mi madre hicimos la ejecución. Ella siempre fue la pragmática, la que verdaderamente hacía que las cosas se realizaran en nuestra familia. Yo era el del entusiasmo, a diferencia de mis hermanos, que no participaron en la construcción. Venía a Valle de Bravo con ella a ver al arquitecto; ella era la de los contactos y los conocidos. Le señalamos, más o menos, dónde se ubicaría la casa y al poco tiempo nos entregó un bosquejo. Sería una vivienda estilo vallesano, no muy grande, y lo principal —en lo que más insistió el arquitecto— tendría una orientación al sur, es decir, hacia el pueblo, y no hacia la laguna, como nosotros queríamos. Al poco tiempo él enfermó y dejó de dirigir nuestro proyecto.

La orientación fue ese pequeño gran consejo que nos ha permitido disfrutar la casa; pues si la hubiésemos puesto hacia el poniente, a las tres de la tarde habríamos tenido que bajar las cortinas y a las cinco salirnos a algún lugar, porque el sol es inclemente, sobre todo en el verano. Salvo ese consejo profesional que valió oro, todo lo demás lo hicimos con el método empírico. Contratamos a un maestro de obras en lugar de un ingeniero; en el tema de la electricidad nunca pensamos hasta que la casa estuvo terminada y lo mismo ocurrió con el bombeo de agua, que se resolvió hasta el final.

Construimos la casa con el corazón. Me parece que los técnicos nos hubieran desanimado si hubiesen señalado todos los obstáculos que habría que vencer. Logramos terminar esa obra sin mayor problema. La electricidad llegó por cable aéreo, sin cálculo previo; o sea que, por puro milagro, igual y nunca hubiera llegado. La bomba de agua nos salió barata gracias a las buenas gestiones de mi madre: una bomba rehabilitada que dio servicio por más de veinte años sin descomponerse.

Noche 46. Un Territorio. Dos Mundos

Citlali entornó los ojos, tratando de descifrar los títulos de unos libros amontonados en la estantería, apenas iluminados por la luz mortecina de la sala.

—Ensayo sobre la ceguera —leyó en voz alta, pasando el dedo por el lomo—. Qué nombre tan raro. ¿De qué se trata?

—De una epidemia donde la gente se queda ciega de repente, pero no ven oscuridad, sino un mar de leche blanca —le contesté, acomodándome de lado—. Al final, el autor te demuestra que la peor ceguera no es la de los ojos, sino la de la mente. Hay personas que ven perfectamente bien, Citlali, pero eligen no ver por pura comodidad. El autoengaño es el mejor refugio para mantener la paz.

—. ¿Quién se quedó ciego en esta historia?

—Todos nosotros. Tardé años en entender que en este cerro convivíamos bajo un pacto de ceguera voluntaria.

La convivencia en el rancho de Valle de Bravo pronto dio un giro inesperado. Teníamos dos casas: una sencilla, la de abajo, que había sido parte de las galeras del antiguo rancho; y la de arriba, más moderna y amplia. La de abajo la rentó mi madre por un tiempo a los guardaespaldas del señor gobernador —quien también tenía su propiedad en el rancho que fue de la abuela Omma—; otro tiempo estaría desocupada.

En algún momento mi hermano Fernando tomó la casa de abajo para él; la adornó muy a su estilo, con algunas antigüedades que encontraba por aquí y por allá, y le hizo algunas adaptaciones, como una pequeña pileta de agua, un horno para pan, un temascal y un baño seco. Había vivido algunos meses en la costa, en Puerto Ángel, y de allá trajo varias de esas ideas. Habilitó otra de las galeras del antiguo rancho como bar, colocó una barra grande de madera, la adornó con muchas botellas vacías y varias veces organizó algunos convivios agradables con primos nuestros.

—A ver, eso está curioso —intervino de pronto Citlali—. Eran tres hermanos y eran dos casas, y un hermano no venía, así que les tocaba de una casa por persona a ustedes dos, que estaban solteros.

—Y seguimos.

—A lo que voy. Yo me habría juntado con toda mi familia a cenar, jugar a la baraja o ver películas, y habría alquilado la otra casa, y con ese dinero pues hubiera hecho algo: comprar macetas, comer cecina en el mercado o lo que fuera.

—Fernando y yo, que crecimos juntos, jugamos al futbol juntos, estuvimos en el mismo internado y compartimos habitación por muchos años, de pronto nos volvimos dos extraños. Él traía sus ideas de cuando vivió en Puerto Ángel; por aquella época estaba muy metido en el tema de la sustentabilidad, reciclar cosas, hacer compostas, germinar trigo y bañarse en un temascal. Yo siempre tuve gusto por el campo, pero de ahí a sacrificar mi comodidad, tampoco…

—Pues yo creo que debió de haber habido algo más —insistió Citlali—. Pudo haber horneado su pan allá arriba, en la otra casa, con ustedes, germinar su trigo y todo eso…

—Seguro, debió de haber habido algo más. No me lo tomes como una mala respuesta, pero ¿cómo quieres que yo sepa lo que rondaba por su cabeza? Así funcionamos durante algún tiempo: Fernando en la casa de abajo y los demás en la casa de arriba, los que fuimos quedando. Primero faltó mi padre, a quien le tocó disfrutar la casa por poco tiempo. En las mañanas le gustaba trabajar en el campo; a él le debemos los pinos que hay en la calzada y que nos dan sombra todas las mañanas. Luego faltó la abuela Omma, quien murió a tres meses de cumplir los cien años, y fue quien nos dejó las tierras. Mi hermano Gabriel y su familia vinieron muy poco, pues cuando tenían oportunidad de regresar a México se quedaban en la capital visitando parientes y amigos. Mi madre dejó de venir con tanta frecuencia; muchas veces se quedaba en la ciudad acompañada de su ahijada, a la que adoptó como una hija, y de los hijos de ella, que fueron como sus nietos, a los que sí tuvo oportunidad de frecuentar.

Así que en Valle de Bravo éramos Fernando abajo y, arriba, yo, en la casa familiar. A él le tocaron terrenos muy buenos, con bonitos bosques y fácil acceso, y ahí levantó dos cabañas muy rústicas, de adobe y teja, sin servicios, pero ahí le gustaba ir a pasar el día y organizar algunos convivios con sus amistades. Mi madre, que era buena para poner nombres a los lugares, lo bautizó como El Catire. Curiosamente, nunca encontramos un nombre para la casa nueva, la del cerro.

Para llegar arriba tenía que pasar obligadamente por la casa de abajo. A veces veía a Fernando haciendo algo de jardinería, lavando su carro o haciendo cualquier otra cosa, pero pronto me llamó la atención que casi siempre le ayudaba un muchacho bastante joven, prácticamente un niño, lo que no es inusual en estas zonas semirrurales. Me daba la impresión de que no le daba gusto encontrarse conmigo. Varias veces me hizo la observación un primo mío de que había visto a Fernando allá abajo. No tengo clara la secuencia de las cosas, pero se fueron juntando algunos indicios que nos hacían arquear las cejas.

Fernando comenzó a descuidarse un tanto en su aspecto físico: no se rasuraba, utilizaba ropa desgastada, muy holgada, a veces sucia con barro, y se ponía algún sombrero de paja no muy reluciente. Mi hermano Gabriel, una vez que vino, lo describió como un clochard. Después no lo veía nada más con ese chico, sino que el círculo fue creciendo hasta volverse una pequeña pandillita de seis o siete muchachos, todos ellos muy jóvenes, digamos que adolescentes, y por su aspecto, todos de condición humilde. Organizaba con ellos paseos a otros pueblos y comunidades de la región, traían plantas y cactus exóticos, así como piedras grandes que fueron adornando su Catire. Él era el director de orquesta y no dejaba de ser llamativo verlo con su séquito. Todos lo vimos circular alguna vez por los caminos del rancho con su pandilla, a la que alguien nombró un día como «la banda del camioncito blanco», pues utilizaba un Nissan tipo estaquitas. Con su banda hizo más adobes y algunas otras construcciones, como un gran tejado rústico donde a veces guardaba un auto Audi TT deportivo lujosísimo, en marcado contraste con el lugar.

Nunca dialogué con él sobre esta forma tan peculiar de convivencia que tenía con su banda. Mis primos me insistían en abordar el tema para darme sus teorías, y siempre procuré esquivarlo como mejor pude.

—Pues me parece que no habría que darle tantas vueltas al asunto —me interrumpió Citlali.

—Las instalaciones de El Catire eran para pasar el día. Fernando seguía pernoctando en la casa de abajo. No recuerdo cuáles fueron las circunstancias exactas, si alguien me dijo o yo me di cuenta. El hecho es que amanecí un domingo, comuniqué por teléfono mi decisión a mi madre, tomé mi cuatrimoto y bajé a la casa de abajo. Sin más trámite me metí. En una habitación estaban dos muchachos tendidos en el suelo, fumando; en mi carácter de copropietario les pedí, o les ordené, que se salieran. En las siguientes habitaciones, lo mismo. No conté a cuántos muchachos desalojé ese día de mi «copropiedad», pero fueron varios. Salían entre desganados y desconcertados, pues siempre pensaron que tendrían la protección del «licenciado Fer».

Él no estaba en ese momento, pero regresó después del desalojo de esa gente. Estaba furioso. Me recriminó haber invadido su privacidad y su vivienda; algo alegué de que esos muchachos tenían malos antecedentes, mala fama pública y que había evidencias de su consumo de sustancias. No logré aplacar su ira. Solo al final soltó una frase: «Me siento absolutamente solo». No dije nada; no supe qué. Al paso de los días acordamos entre todos, con mi madre, que esos jóvenes no podrían seguir ahí. Así se hizo. Pero la diferencia de fondo nunca la abordamos.

—Oiga —dijo Citlali—, a mí me queda clara cuál es su onda. Usted es el que no quiere ver.

—Hay una vivencia de hace muchos, muchos años que decidí enterrar para siempre en mi memoria, pero que vuelve y vuelve, como ahora. De la manera más casual, en la casa donde vivíamos antes, en la avenida Constituyentes, me di cuenta de algo a través, digamos, de un pequeño detalle. Como si yo fuera a tu estética a cortarme el pelo y un día te dieras cuenta de que uso peluca.

—Eso jamás pasaría. Me daría cuenta a la primera.

Noche 47. Don Quijote Cabalga de Nuevo

 

Era una tarde lluviosa. La bruma no permitía distinguir desde la ventana las torres de la iglesia, que son las que primero aparecen a la vista. Los vidrios estaban empañados, además. Citlali se paseó frente a la estantería, tomó un libro de arte un tanto al azar, y hablando consigo misma, en voz muy baja, alcancé a escuchar:

—A veces me pregunto qué pensaría su abuela Omma si viera que su cerro se volvió el escenario para  los pleitos familiares.

—No lo pensaría. Sencillamente no hubieran sucedido. Los tlatoanis y los sumos sacerdotes, cuando más hacen falta, es cuando ya no están.

 

 

Poco después del desalojo de «la banda del camión blanco», Fernando dejó la casita de abajo y comenzó a instalarse en sus cuartos de adobe en El Catire. Fiel a sus costumbres, instaló un calentador de leña, compró unas lámparas de gas o petróleo, jaló una manguera y se hizo de los servicios básicos: todos menos la electricidad. Me parece recordar una escena en la que dijo: «Madre, te entrego tu casa», pero no estoy totalmente seguro. Sin embargo, con el tiempo me pareció que disfrutaba mucho de su Catire y que las diferencias del pasado habían pasado a segundo término. Cuando venía mi madre conmigo, Fernando siempre pasaba a saludarla y ella siempre lo invitaba a desayunar o cenar; conmigo el trato era cordial, pero mínimo.

Por aquellas épocas sufrimos algunos robos en la casa. Primero fue el tanque de gas y luego algunos otros artículos sin mucho valor, pues es una casa de campo. La alarma surgió cuando se robaron unos tubos de cobre, posiblemente del calentador. Teníamos un cuidador que vivía abajo; llevaba yo buena relación con él por aquel entonces y de él nació la hipótesis de que los hurtos podrían ser atribuibles a los muchachos del camión blanco. El fierro viejo ya tenía desde entonces un buen valor de reventa. No lo comprobamos nunca, pero yo me quedé con la certeza de que fueron ellos. Habían migrado, poco a poco, junto con Fernando hacia El Catire. Desconozco si pernoctasen ahí, pero Fernando muchas veces se refería a ellos como sus trabajadores, así que tenían libertad para entrar y salir del rancho. Alguna vez le comenté mis sospechas, al igual que lo hizo mi madre. Fernando se irritaba bastante apenas se mencionaba el tema de esos jóvenes; varias veces nos dijo que éramos unos prejuiciados, que sospechábamos de la «gente pobre» sin ninguna base y que, en todo caso, fuéramos al Ministerio Público a poner una denuncia. Nunca lo hicimos. Pero se siguieron acumulando incidentes en torno a los muchachos del camión blanco, algunos de ellos menores, hasta que ocurrió uno mayor.

Hay unos caminos que interconectan las propiedades de nosotros con las de mis tíos y primos. Una noche se acercaron en el camión blanco hasta la casa de mi tío Felipe para recoger un cable de alta tensión que supuestamente estaba caído por ese lugar. Algo les falló, pues hay muchos desniveles y barrancas: el cable dio un chicotazo contra las líneas que alimentan la casa del tío y provocó un cortocircuito masivo que fundió refrigeradores, televisores y otros aparatos. Tal vez no se percataron de lo ocurrido, o tal vez fueron osados y temerarios. A la mañana siguiente regresaron para intentar de nuevo hacerse de ese cable. Los vigilantes de mi tío ya se habían percatado del incidente de la noche anterior; no fue extraño que los detectaran de inmediato en cuanto volvieron. Por alguna circunstancia, mi tío también estaba presente. Esperaron a que bajaran del camión a buscar el cable y, cuando se alejaron un poco, mi tío se metió a la cabina y simplemente retiró la llave.

No me queda claro cómo se desarrolló el escándalo. Supe que en los días posteriores ingresaba una patrulla de seguridad pública al rancho para hacer rondines. Mi tío presentó una denuncia formal y hubo las diligencias correspondientes, en las que apareció Fernando en su calidad de «patrón» de los muchachos. Me parece que hubo algún tipo de arreglo económico entre ellos; mi tío les otorgó el perdón para que quedaran libres e inclusive recuperaron el control del camión blanco. Por mi madre supe que Fernando tendría un desayuno con mi tío para aclarar las cosas.

—¿Cómo le fue? —le pregunté después.

—Muy bien —me contestó ella—. Dice Felipe que platicaron muy a gusto sobre el petróleo.

Con el tiempo fui conociendo más detalles sobre la relación de mi hermano con esos muchachos. Él los apoyó económicamente para que hicieran algunos emprendimientos que no prosperaron. A uno de ellos lo mandó a trabajar con un amigo a Puerto Ángel; terminó mal, parece que hubo un incidente de robo. Les construyó unas viviendas en otro predio que él tiene; por ahí siguen hasta la fecha. Aparentemente les da algún trabajo de mantenimiento o de jardinería; la verdad es que ya no me interesa. A uno de ellos lo asesinaron en Tepic por motivos que desconozco; otro estuvo preso en la cárcel de Valle de Bravo; todos tienen mala fama en el barrio donde viven y me dicen que ya no salen, pues los vecinos ya se hartaron de ellos. En una ocasión mi madre fue a ese predio donde habitan —pues ella fue la que se lo donó a Fernando— y me cuentan que se deprimió muchísimo al ver a «unos muchachos arrastrados en el piso, con los ojos vidriosos, drogados». De todos ellos, que parece son familiares, solo una muchacha salió adelante. Nunca he hablado con Fernando de ese tema, pero me parece que es su «experimento de redención social».

—Parece serie de televisión —soltó Citlali, una vez que terminé el relato. No me había interrumpido ni una sola vez, como solía hacerlo—. El niño rico que ayuda a los niños pobres… —dijo de pronto—. Ese guion ya me lo sé. Van a salir todos raspados. Pero dígame, ¿su madre intervino en algo?

—Creo que nunca supo cómo intervenir: ni en la vida de Fernando, ni en la diferencia entre nosotros dos. Ella tenía en su sangre, en su ADN, esa necesidad vital de ayudar a los demás. Trabajó muchos años de voluntaria en los hospitales, iba a las zonas pobres del Estado de México a llevar sarapes y alimentos, siempre buscaba una forma de ayudar a quien lo necesitara. Pero ese altruismo de mi hermano es otra cosa; ella tampoco lo pudo entender.

—Oiga, ¿y usted, que tampoco se ha casado, que también tiene por ahí su guardadito, nunca ha hecho su «experimento social»?

—¡Uy, Citlali, si yo te contara…!

—¡Va! Pero mejor mañana.

Noche 48. La Sugar Baby

—«Estoy embarazada», fue lo que decía el mensaje que me llegó esa mañana .

—No puede ser —pensé—. A mi edad esas cosas ya no suceden.

—Pues sucedió.

Ya llevábamos unos cinco años de relación. Nos veíamos alrededor de una vez al mes, pero en ese tiempo los encuentros ya eran suficientes para conocernos relativamente bien. Así que le creí, o le quise creer; no correría el riesgo de esperarme hasta el final para hacer una prueba de paternidad. Me asumí como responsable y solo le dije: «Voy pronto a México, allá platicamos; mientras, haz ese examen que falta para que estés completamente segura».

Sentí una especie de euforia esa mañana. En parte era el orgullo de haber preñado a una mujer; en parte, la emoción por un bebé que vendría. Tendría yo unos sesenta y cuatro años en aquel entonces; nunca me había casado y tampoco había tenido hijos. Mi sugar siempre me preguntaba la razón de no haberme casado y tener descendencia, a lo cual siempre respondía con generalidades del tipo «nunca llegó la mujer adecuada» o «las circunstancias nunca se prestaron», pero en el fondo no tenía clara la respuesta, ni la tengo ahora, y tal vez nunca la tendré.

Llegó la comprobación del laboratorio: no había duda, tenía un embarazo de unas siete semanas. A la par de la emoción, también me puse a investigar las alternativas posibles y una de ellas era, evidentemente, la interrupción voluntaria del embarazo. En aquel entonces no era legal en el Estado de México, donde ella radicaba, pero sí en la Ciudad de México, siempre y cuando fuera antes de las doce semanas de gestación. No había mucho tiempo para decidir.

A la semana nueve hablé con ella en mi pequeño refugio en la colonia Juárez. La esperé tomando unos tragos de tequila, pues siempre demora demasiado: viene desde el municipio de Los Reyes-La Paz. Primero camina hasta la parada de una combi, luego toma un autobús que la deja en la terminal del tren suburbano, transborda al Metro y, finalmente, camina otro poco hasta llegar a la casa. Normalmente, desde que avisa que viene hasta que llega, transcurren por lo menos tres horas y a veces hasta cuatro, dependiendo del tráfico, la lluvia y las manifestaciones.

Analizamos la situación con mucha serenidad. Ella tiene ya una pequeña hija, de unos ocho años, producto de una relación adolescente que no funcionó, salvo para que ella se saliera de donde vivía, dejara la preparatoria trunca y quedara embarazada. Nunca habló con claridad sobre ese tema; concretamente, si quería o no tener a esa criatura. Ya hacia el final de mi relación con ella me confió que en aquella ocasión no se dio cuenta del embarazo sino hasta que fue demasiado tarde, pues tenía la regla muy irregular. Desde que nació la niña, a sus dieciséis años, le tomó el cariño verdadero de una madre y me constan todos los trabajos que ha pasado para sacarla adelante.

Pero esa noche en mi refugio de la Juárez el tema era este segundo embarazo del cual yo era el presunto responsable. Expuse mis ideas sin un plan preconcebido, pero la conclusión era obvia:

—Te llevo nada más que cuarenta y tres años —le dije—. La probabilidad de que nuestros caminos se hubieran cruzado era bajísima, pero sucedió aquella noche en el bar.

Ella trabajaba de mesera hostess y yo iba ahí con cierta regularidad. Me dio su número, nos vimos al día siguiente y, sin hablarlo, se inició esa relación de sugar en la que uno provee y la otra consiente. Tan grande era esa brecha generacional que nunca nos atrevimos a salir juntos a ningún lugar. Nos hubiéramos sentido incómodos ante la mirada de los demás comensales: «Miren a ese tipo, cuánto pagaría; vean a esa chava, no parece que sea, pero mírenla nada más…». En el escenario de que viniese ese bebé al mundo, o bien nos enfrentábamos a toda la sociedad, o bien seguíamos con nuestra relación clandestina. Entre dos funciona, pero entre tres es imposible. Y al paso de los años, aquel niño hipotético también tendría que enfrentar la realidad de quiénes habríamos sido sus padres: una madre joven y un hombre ya muy mayor, sin ganas de jugar ni de educar. O el escenario podría ser que yo fuera un padre ausente, etéreo, lo cual tampoco sería lo ideal para el niño; y para mí hubiese sido insoportable saber que un hijo mío se criara en un ambiente francamente malo, como ya había percibido que era el entorno de la casa del abuelo donde ella vivía en Los Reyes-La Paz.

—¿O sea que no? —preguntó ella, después de escucharme con atención.

—No.

Las semanas siguientes se pasaron rápido: primero en ubicar una buena clínica que garantizara su salud; luego, en convencer a la hermana para que la acompañara en el procedimiento y, creo, también algunos exámenes previos que eran necesarios. El hecho es que el procedimiento se realizó casi en el límite, aún en la semana doce . Ya sabía yo que la decisión tendría sus consecuencias en el tiempo, sobre todo para mí: había cancelado la única oportunidad que me presentó la vida para tener descendencia, pero muy a destiempo, eso es innegable. No me arrepiento de la decisión, pero sí me causa tristeza y congoja.

Después del procedimiento la volví a ver; todavía tenía unos calambres fuertes en el vientre. Le dije lo que ya había hablado con ella muchas veces: que para mí era cómoda y conveniente la relación que teníamos, pero que yo quería que ella rehiciera su vida con una persona de su edad, con la que pudiera tener una relación armoniosa.

—Después de lo que sucedió —le dije— ya no tenemos derecho a seguir jugando con la vida ni con el destino. Nos vamos a dejar de ver; te voy a dar un dinero para que pongas tu negocio.

Se lo di en dos exhibiciones: fue bastante, suficiente para conseguir el traspaso de una miscelánea que ya estaba en marcha por el rumbo donde ella vivía. Al cabo de unos seis meses supe por ella que le había ido mal: que llegaron unos extorsionadores al negocio, que no quiso acceder al chantaje, que cerró y traspasó la tienda, y que la misma tarde que iba con el dinero del traspaso hacia su casa la asaltaron y le quitaron todo. Es la historia de aquel capital. Tiempo después ella me mandó preguntar con un conocido de ambos si me gustaría volverla a ver. Accedí y se reiniciaron los contactos furtivos en el refugio de la colonia Juárez. Pero toda relación lleva una dinámica y las cosas ya no volvieron a ser iguales.

Sin darme bien cuenta, me comencé a cansar de la trampa de la pobreza. En una ocasión le equipé el departamento que tenía alquilado y perdió bastantes cosas cuando la echaron por problemas de drogas de su roommate —de lo cual me enteré mucho después—. El resto de las pertenencias las perdió en una inundación en la casa del abuelo donde vivió después, como resultado de las lluvias torrenciales en el Valle de México y los malos drenajes y desagües en los municipios del oriente del Estado de México. El colchón se dañó cuando se colapsó un techo de madera y láminas de cartón que cubría su cuarto, y la computadora que le compré se la robaron algunos de los muchos parientes que iban a esa casa del abuelo, que por cierto no le tenían un particular afecto por tratarse de una «arrimada». No era muy dada a relatarme las condiciones tan precarias de su vida, pero era inevitable que de pronto brincara algo en una conversación, como cuando la invité a la casa de mi rancho y me comentó que estaba bonito el techo.

—Pero si es nada más una losa de concreto.

—Por eso.

La ayudé con el menaje de casa: le compré un colchón el día que llegó adolorida por haber dormido en tablas; le compré la computadora cuando iba a terminar la preparatoria en línea, más la cantidad que le transfería después de cada uno de nuestros encuentros. Y de todo ese apoyo no quedaba nada: se esfumó en la espiral de la pobreza. Hay un sentimiento de frustración al no poder rectificar el rumbo de una persona, por más que uno lo intente; es más poderoso el medio social y las condiciones familiares. Madre soltera, abandonada por su madre y con un padre tullido, la inercia de la vida opera en su contra. Hasta que llegó un punto en el que dije: «Ya no más».

Hubo dos detonantes adicionales para terminar la relación, como si todavía hubiesen hecho falta. En los últimos años mi libido comenzó a disminuir, pero yo seguía funcionando básicamente bien. El encuentro final ocurrió cuando me visitó de nuevo en el rancho; iba a ser su cumpleaños y decidió ponerse a cantar y a tomar, cosa que nunca antes había sucedido. No estaba de humor para ese tipo de convivencia; nos fuimos a acostar y ella se durmió de inmediato.  Al día siguiente fuimos a desayunar —una de nuestras pocas apariciones juntos en lugares públicos—, la llevé a la terminal de autobuses y no la he vuelto a ver. Incumplió el pacto implícito que teníamos y, para ser sincero, el horno no estaba para bollos.

Citlali estuvo muy callada toda esa noche. Era inusual. No me interrumpió, no hizo bromas, no buscó la frase que solía desatar el nudo de mis historias. Nunca supe lo que pensaría. La oí decir cuando ya se iba, en un tono lacónico muy poco habitual en ella:

—No todo sale bien en La casa de las bellas durmientes.

 

Noche 49. La Embestida Final. Los Demonios Andan Sueltos

—Ahora que venía subiendo por el camino empedrado que llega a la casa, me detuve a media cuesta a descansar y me quedé mirando los chorros de luz que salen de unas casas que están por allá arriba. También vi las luces del pueblo. Aquí en su cerro, es el único lugar de Valle de Bravo que está como la boca del lobo.

—Estamos rodeados de una gran oscuridad, dije en un tono críptico, que no le pasó inadvertido a  Citlali, porque señaló:

—Una oscuridad que no es solamente la falta de luz…¿la tenebra?

Cuando nos heredó mi abuela Omma, a todos nos entregó una carta que decía: «Ahora eres propietario de este pedazo de terreno; te pido que no lo vendas», con la última palabra subrayada. Falleció en 2005 y, unos años después, todos los primos que habíamos heredado estábamos explorando las posibilidades para venderlos. Las condiciones de 2010 eran muy distintas a las de 1988, cuando recibimos la herencia; sobre todo en términos personales. La mayoría nunca tuvo el tiempo ni la posibilidad de arraigarse en Valle de Bravo; crecieron e hicieron su vida en otros lugares. Por allá se casaron sus hijos, nacieron sus nietos… Y todos tenían algún proyecto personal que realizar, o sencillamente la necesidad de liquidez para cualquier cosa.

En nuestro caso, mis hermanos y yo no teníamos tal urgencia, pero la venta de los terrenos parecía una salida lógica a nuestra situación; permitiría finiquitar las copropiedades que tantos problemas me habían dado y darnos la oportunidad de construir otro futuro. Yo siempre he tenido cariño al cerro; en mi fuero interno, en el más íntimo, no albergaba ganas de vender, pero sentía que no debía oponerme a una situación que favorecería a la familia entera y que, ante la falta de descendencia de Fernando y mía, daríamos al rancho un cauce adecuado para su porvenir. Siempre he observado con tristeza predios, tanto en los pueblos como en las ciudades, que se quedan a la deriva, suspendidos en el tiempo, poblados de fantasmas.

Un sobrino segundo nuestro, con mucho empeño, promovió todos los terrenos que habían sido de nuestra abuela Omma en su conjunto entre grandes desarrolladores. Él había estudiado artes dramáticas y a todos llamó la atención su brinco a promotor de bienes raíces a gran escala. Estudió bien los esquemas que se utilizan para este tipo de desarrollos, que básicamente consisten en la aportación de los terrenos a un fideicomiso, el cual se encarga de construir, vender y repartir el dinero entre los aportantes. Ninguno de nosotros tenía experiencia en grandes desarrollos —todos habíamos comprado o vendido en algún momento una casa o un departamento— y estábamos con la idea de que podríamos hacer una venta directa: «Dando y dando». Nuestro sobrino puso mucho esfuerzo en tratar de explicarnos la realidad de los bienes raíces a través de una serie de largos correos electrónicos explicativos, pero o no estábamos preparados, o no fuimos lo suficientemente receptivos. Todo ese esfuerzo no fructificó; pero algo aprendimos y, unos años después, establecimos contacto con otros desarrolladores. Negociamos los contratos de fideicomiso, los firmamos y, cuando ya creíamos que todo caminaría bien, la Procuraduría Ambiental multó duramente a nuestros desarrolladores —ellos dicen que a la mala— y el resultado fue que se desanimaron y desistieron de seguir adelante con nuestro proyecto.

Durante esos años en que tratamos activamente de vender el rancho, mi relación con Fernando fue bastante buena. Comentábamos seguido los correos de mi sobrino, platicábamos sobre nuestros avances con los desarrolladores y sobre las particularidades de los contratos. Esos intentos de venta nos unieron más que todos los años anteriores en los que compartimos la posesión de los terrenos. La evolución posterior de los acontecimientos, sin embargo, nos volvió a desunir; esta vez, mucho más profundamente. Cuando los empresarios a los que aportamos los terrenos en fideicomiso se echaron para atrás, surgió un personaje que hasta entonces había sido marginal. A la salida de su despacho, nos abordó a Fernando y a mí en el elevador: «Miren, yo tengo manera de conseguir clientes para sus terrenos». Sin pensarlo mucho, confiamos en él. Pensábamos que mientras no firmáramos ningún contrato seguíamos pisando terreno seguro.

Pronto nos habló para comunicarnos que tenía un comprador para la fracción de mi hermano Fernando por una cantidad bastante atractiva; que convenía vender ese primer predio y que los demás predios, es decir, el de Gabriel y el mío, así como las copropiedades, también se venderían. A todos nos pareció bien. Cené con Fernando en un restaurante de comida italiana que está frente a mi casa en la colonia Juárez. Por algún motivo la conversación comenzó a salirse de cauce. Recuerdo haberle dicho: «Si nos levantamos de aquí enojados, esto se acabó». Más tarde me preguntó si yo creía que la venta que él haría nos beneficiaría también a Gabriel y a mí. Le contesté que decidiera libremente si la venta le convenía o no. Me dijo que él, a veces, lanzaba este tipo de preguntas abiertas para formar su criterio y tomar su decisión. La cena no terminó mal, pero tampoco me dejó un buen sabor de boca.

Comentamos después un proyecto de compraventa que le enviaron en el departamento de nuestra madre, en Tlatelolco. Se había mudado para allá para estar cerca de su hija adoptiva y sus nietos, que allá vivían. En esa versión de contrato, la participación de Fernando en las copropiedades pasaría a nuestro promotor; además, yo tendría que dar servidumbre de paso por mi terreno para que todos pudieran acceder a los terrenos de la cumbre, donde el promotor tenía planeado hacerse una residencia con una de las vistas más hermosas de todo Valle de Bravo. Yo no lo vi mal; ese cambio en las copropiedades podría significar el final de los conflictos que habíamos vivido por tantos años. Sin entrar en muchos detalles, pasaron los días y no tuve noticias del promotor. Mi madre preguntaba a Fernando y, también, sin novedad. Un día mi madre comentó: «Dice Fernando que lo presionan demasiado».

En esas estábamos cuando el promotor me invitó a comer a la casa club de un fraccionamiento muy exclusivo por el poniente de la ciudad. Varias veces comenté a Fernando sobre esa comida y no me confirmó su asistencia. Mientras me dirigía hacia allá por la avenida Constituyentes, me entró una llamada de Fernando, quien me dijo con voz nerviosa: «Ya vendí». Después de un momento de desconcierto, pregunté: «¿Y ya te pagaron?». «Sí, me dieron tal cantidad como garantía de cumplimiento». Llegué a la comida con el promotor, en una terraza con ventanales amplios con vistas hacia el campo de golf; iniciamos la conversación como si nada hubiese pasado, pero poco a poco fue aflorando mi molestia. Fernando no me había avisado de la operación con anticipación y el promotor tampoco: una clara descortesía por parte de ambos.

Lo que siguió después fue muy desagradable. Mi madre también se molestó al no haber sido avisada ni consultada; nos convocó a Fernando y a mí a platicar en su departamento. La tensión se sentía en el ambiente; hubiese sido fácil cortar el aire con un cuchillo. Mi hermano nos comentó los detalles de lo que había firmado. En esencia, o vendía, o perdía el depósito en garantía y pagaría una penalidad bastante alta. Se comprometía con el promotor a llegar a un «acuerdo de voluntades» con nosotros para cederle la parte de la copropiedad donde pretendía hacer su mansión.

Durante los días siguientes mi dilema fue acceder a ese acuerdo de voluntades o echar por tierra esa operación que parecía sensacional para Fernando y, en ese momento, tampoco tan mala para nosotros por las oportunidades que podría abrir. Decidí seguir adelante y la operación de Fernando comenzó a caminar, con una serie de pagos que quedaron secuenciados para los siguientes meses. Fue por esas fechas que mi madre comenzó a referirse al promotor como Walander, que es el apellido del héroe de una saga de novelas policiacas suecas, un tipo muy astuto.

—¿Su madre leía novelas policiacas? —preguntó Citlali.

—Sí, se leyó todas las de Henning Mankell. Toda su vida fue una buena lectora de novelas, de historia, de poesía… Un poco de todo. Siempre se daba un buen tiempo por las noches. A los noventa y dos años se operó de cataratas, por cierto, con el hijo de un amigo médico para poder seguir disfrutando de sus libros.

—Y cuénteme, ¿cómo era ese Walander? De seguro un tipo muy embaucador.

—Era un tipo con carisma. No hablaba mucho, pero sabía apantallar. A los pocos días de conocerlo nos regaló una perrita finísima, cazadora, muy veloz…Invitaba a buenos restaurantes en Polanco o Santa Fe… Un día fui a su casa; una mansión con un jardín volado que dominaba todos los edificios de Santa Fe y las colinas de atrás. Los pasillos y salones eran de doble altura…forrados con mármoles o maderas finas…era como entrar al edificio de un museo moderno.

Me tocó llevar la relación con Walander, quien se asumió temporalmente como nuestro copropietario. Fernando se hizo a un lado, y Gabriel vivía en Roma.  Walander hablaba de un desarrollo de alto nivel, y decía tener los contactos necesarios para obtener los permisos ambientales de la SEMARNAT.  Uno de sus conocidos era cercano al próximo gobernador del Estado de México. El predio que asumía que sería de él, así como los nuestros, tendrían excelente plusvalía. Por diferentes razones, la relación con Walander se comenzó a deteriorar, sobre todo, por su falta de claridad en sus planteamientos. Nunca fue capaz de entregarme algún planteamiento por escrito con algún esquema de negocio. En sus visitas constantes al Rancho se comportaba como si fuese el nuevo patrón, hasta que me colmó la paciencia. —Walander, le dije—las copropiedades de Fernando no deben pasar a ti, sino a Gabriel y a mí. Me sorprendió que aceptara, casi sin alegar.

Con ese cambio, se desataron estados de ánimo que nunca imaginé. Fernando pasaba de ser a los ojos de mi madre, ya no el hermano que actuó mal al ocultar una operación del interés familiar, sino en el hermano benefactor. No sé cómo ni cuándo operó ese cambio de narrativa. Mi madre estaba ciertamente confundida. En la nueva versión de Fernando, él había vendido por ayudarnos; en la mía, había actuado mal por orillarnos a aceptar un acuerdo poco claro para nosotros y ventajoso para él.  Mi madre me recriminó a mí que hubiese vendido la cumbre del cerro. —Pero si yo no he recibido un solo peso. —Pues Fernando dice que fueron Ustedes. Dio inicio a  una serie de malentendidos, de malas interpretaciones y después de malos modos. Un día, literalmente, estuve a solo un último impulso de lanzar un golpe sobre Fernando. No lo hice, pero la intención resultó evidente.

Mientras tanto, Walander seguía paso a paso con su proyecto de quedarse con el copete del cerro. Hizo una serie de gestiones en el municipio y en oficinas federales para llegar a una subdivisión formal que le permitiera volverse propietario. Contó con un gestor muy eficiente, pero que sacaba los documentos necesarios con trucos y mañas, algunos en mi perjuicio. Un día supe que llevó al mismísimo Comisionado Federal de las Areas Naturales Protegidas a nuestros terrenos, para que seleccionara su terreno y otro para su hermano que pronto sería gobernador. Entre los malos humores que había en la familia, mis sospechas de los documentos irregulares que obtenía Walander, y sencillamente, tal vez por hartazgo, un día que me habló Walander para decirme que tenía que firmar los papeles de la subdivisión, le dije: -Nadie cumple con nada. Esto es un desastre. No voy a firmar. Al colgar, me asomé por la ventana de mi habitación, y contemplé el Citlaltépetl en toda su majestuosidad, a la luz de la tarde que comenzaba a caer: —Te acabo de mandar de regreso a la Edad Media, a la oscuridad de los tiempos pasados, le dije.

Tuve la certeza de que había cruzado un punto de no retorno, pero estaba lejos de sospechar lo que sucedería. La mañana del último día del sexenio de Enrique Peña Nieto, me crucé en el internet con el Plan de Manejo que había emitido la SEMARNAT para la región de Valle de Bravo. No traía planos; solo hablaba de polígonos y daba las coordinadas de los puntos de cada uno. Algo sabía yo del tema por mi paso en la Secretaría de Agricultura; fui plasmando uno por uno los puntos en el google earth, y para mi sorpresa, todos los terrenos de Gabriel y los míos, así como las copropiedades, se habían convertido en el Sancto Sanctorum del área natural protegida de Valle de Bravo: Con una restricción absoluta de construcción, y ningún uso productivo, ni agrícola, ni ganadero ni forestal. Solo se nos permitiría, según ese decreto, filmar documentales previa autorización, hacer colectas científicas de semillas y frutos silvestres, así como el aprovechamiento de madera caída, pero no su comercialización. Irónicamente, el Citlaltépetl, un cerro sin agua, quedó dentro de un polígono denominado “zona de captación de agua”.

Citlali checó la hora en su celular, dijo que era tardísimo, desconectó su cargador, enrolló el cable y añadió:

—Son tantísimos temas. Desobedecieron a su abuela, lo primero, y se tomó el dedo meñique para comenzar a contar.

—Lo segundo, se unieron para vender, pero no podían convivir, su hermano y Usted. Vaya socios; y tomó también el anular.

—Lo tercero, les salió un vivales, el tal Walander, y ahí van como mansos corderitos. Se apretó  el dedo medio.

—Lo cuarto, hasta al Walander ese se le apareció el chamuco…Me imagino que, con ese decreto, el gobernador también lo mandó a recolectar flores.

Vi que ya nada más le quedaba un dedo, el gordo.

—Y lo quinto, algo me dice, que acabó saliéndose con la suya.

Nos quedamos mirando un segundo y, casi al mismo tiempo, soltamos una carcajada. Fue un destello de complicidad irónica que flotó en el aire, pero conforme la risa se fue apagando, cobré conciencia de la fatalidad que Citlali había resumido con tanta gracia. Ver el desastre de treinta años de mi vida sintetizado en cinco dedos me pareció un acto de magia surrealista, como si ella fuese la hechicera que con esos gestos desnudaba mi mayor contradicción: el decreto de la Semarnat me había costado una fortuna en valor comercial, pero al congelar la tierra, me había regalado la victoria que mi fuero interno tanto anhelaba. El desastre había preservado  mi montaña.

Nos quedamos mirando un segundo y, casi al mismo tiempo, soltamos una carcajada. Fue un destello de complicidad irónica que flotó en el aire, pero conforme la risa se fue apagando, cobré conciencia de la fatalidad que Citlali había resumido con tanta gracia. Ver el desastre de treinta años de mi vida sintetizado en cinco dedos me pareció un acto de magia surrealista, como si ella fuese la  hechicera que con esos gestos modificó el curso de mi vida.

Ella comenzó a guardar unos cuadernos en su morralito, preparándose para marcharse. Yo la seguía atónito con la mirada, cuando de pronto se detuvo, volteó y preguntó:

—¿Y su tío, el político, no los ayudó?

—Tuve oportunidad de plantearle el tema a un amigo mío que era senador de la República y él, a su vez, al secretario de la Semarnat. Días después, en su oficina en el Senado con vistas al llamado «Patio del Federalismo» —que tiene la forma de semicírculo inverso—, me confió: «Me dijo Rafael[10] que primero arreglen el tema con su tío». Me sorprendió, pero no del todo. No hay duda de que mi tío Ignacio era un ecologista entusiasta. Algún pariente me relató que en alguna ocasión habría manifestado su deseo de que el cerro de San Antonio se mantuviera como reserva ecológica. Un exgobernador siempre conserva algo de influencia dentro de su estado. Él había encabezado una comisión importante para el manejo del agua en la cuenca Amanalco-Valle de Bravo, y fue en ese tiempo cuando se declaró a nuestros terrenos parte del «Parque Estatal Santuario del Agua» durante el mandato de Arturo Montiel.

En años posteriores mi tío encabezó los trabajos para el Programa de Manejo del Nevado de Toluca, durante el gobierno de Enrique Peña Nieto. Cuando la Semarnat tomó la decisión de hundirnos con el decreto de 2018, él se movía aún en los altos círculos de la política local y con mucho contacto con las autoridades ambientales a nivel federal.

—No creo que mi tío haya hecho nada para perjudicarlos —me dijo un primo durante una comida.

—Pues entonces tu hipótesis es que se lo «chamaquearon».

La sospecha carcome; la verdad, al menos, libera. En 2025 un abogado que representaba a mi cuñada analizó el tema y nos reportó en un desayuno: «Me dicen mis contactos que fue una venganza política, por haberle prometido al gobernador algo que no le cumplieron». Y aclaró: «Que no fue ninguno de ustedes, sino que fue a través de una tercera persona». Me quedo con la verdad del abogado. Fue Wallander.

—Oiga, ¿y a sus primos les pasó lo mismo?

—No, a ellos no; el polígono los tocó solo de refilón. Los del cerro de junto sí iban a salir perjudicados, pero antes de que saliera el decreto de 2018 ellos obtuvieron sus permisos para desarrollar. Por eso ves que estamos rodeados de luz en medio de tanta oscuridad.

—Lo bueno es que ahora nadie les tendrá envidia… —concluyó Citlali, con un extraño sentido del humor que no le conocía.    

Noche 50. Mi hermano Gabriel

Hasta que Citlali me dio una palmada en el hombro, me percaté de que ya había llegado. Estaba absorto con la mirada fija en una pequeña colección de cactus miniatura que coloqué en el vano de la ventana.

—Hace cinco minutos que llegué, y usted como si nada. Y le noto una mirada distinta. ¿Qué le pasa?

—No es nada. Supersticiones. Con el día de hoy, ya viví un año más que lo que vivió mi hermano mayor, que me llevaba un año tres meses y veinticuatro días. Estas matemáticas me llegan al corazón; no entiendo bien la razón. Al cumplir  67 años, superé en uno la vida de mi abuelo Guillermo, la de mi padre y la de mi hermano Gabriel. Pensé que la muerte a los sesenta y seis era una maldición de la familia y por eso me pasé un año contando los días que faltaban para los sesenta y siete. Ya cumplidos, ahora me asaltan este tipo de relaciones numéricas…pero bueno, en la obsesión está el homenaje. Mi padre siempre tuvo la costumbre de determinar si el número de una casa, o de un cuarto de hotel, era un número primo…La memoria a veces escoge caminos retorcidos para hacerse presente.

—Comprendo, dijo Citlali. Tal vez esos cálculos sean su forma de oración. Repasó toda la habitación con la mirada.

Sé que buscaba alguna imagen religiosa pero no la había, ni siquiera en miniatura, en la vitrina. Ya estaba colocado mi Tzompantli en miniatura, hecho de pequeños cocos datileros incrustados en cañas de bambú. Ese es mi Panteón particular, dónde están todos los seres que se me han ido; nada que ver con los guerreros sacrificados por el poderío tenochca.

Mi hermano Gabriel tuvo una larga estancia como funcionario diplomático en Italia antes de que lo designaran embajador de México en Argelia. Durante esos últimos años vino una vez al año a México a la llamada «reunión de embajadores», así que tuve la oportunidad de convivir un poco más con él; nuestra relación se fue afianzando con el tiempo. Su forma de ser era bastante diferente de la mía: no perdía oportunidad de socializar con todo tipo de parientes y amigos y, además, tenía una inquietud intelectual muy acentuada. Hizo varias investigaciones sobre personajes originarios de los países en los que él estuvo y que tuvieron algún vínculo especial con México, o bien sobre mexicanos que tuvieron una relación estrecha con esas naciones. Estos temas los podía desarrollar desde el extranjero y a veces los complementaba con búsquedas en los archivos cuando venía a México. Le gustaba conversar sobre sus investigaciones, relatar sus visitas a los archivos o los encuentros con personalidades académicas que hubiese tenido; era un conversador fluido, con un gusto muy particular por narrar detalles.

Nunca se enteró muy a fondo de las particularidades y las problemáticas del rancho familiar. Tuvo buenos sueldos con los que estaba contento y satisfecho; sus aspiraciones en la vida eran familiares e intelectuales, no materiales. Cuando estalló mi conflicto con Fernando derivado de la venta que hizo, trató de tranquilizarme:

—Todos cometemos errores en algún momento.

Pero hizo algo más: se dio tiempo para entender las diferentes aristas del problema, una de ellas la indefinición, o la falta de claridad, sobre la ubicación precisa de la casa familiar. Las escrituras la ubican en una fracción común, pero, de acuerdo con las medidas y colindancias que ahí se establecen, en los planos topográficos la casa se sitúa en la fracción que le correspondía solamente a él. Durante su estancia de unos días en Valle de Bravo me dijo más o menos lo siguiente:

—Tú pusiste mucho empeño en hacer esta casa y en mantenerla a lo largo de los años. Es tuya. Si tengo que firmar algo, lo hago.

Elaboramos un convenio privado en el que él me cedió los derechos sobre la casa que pudieran corresponderle.

—No lo pienso protocolizar —le dije. Y añadí: —Cuando yo falte será para ti y para tus hijos, así que no hace falta más papeleo.

Antes de irse me comentó de nuevo que la casa ya era mía, que dispusiera de ella, que le hiciera las mejoras que yo considerara y que a él le daría mucho gusto que fuera así.

En una de sus visitas a Valle de Bravo comenté el asunto de la declaratoria de cambio de uso de suelo del Citlaltépetl con Gabriel. Yo me inclinaba por promover algún recurso legal que tendríamos que financiar entre todos, por estar comprendidas las copropiedades. Él estaba contento con la vida, despreocupado. Acabábamos de recorrer la cima del cerro, él a pie y yo en mi cuatrimoto, pues la distonía no me deja caminar por tramos largos. Mientras tomábamos un agua fresca de maracuyá que nos preparó Delfina, me dijo en tono casual:

—Oye, no está mal que todo el rancho se quede como área protegida.

No recuerdo qué contesté. Se mezclan muchos sentimientos: el amor al Citlaltépetl, que siempre le he tenido, el enojo con Wallander y sus mañas para apoderarse de lo ajeno y, finalmente, el coraje, la ira y la impotencia frente a un acto de poder.

Después de seis años como embajador en Argelia se jubiló. Vino a México a realizar los trámites respectivos y le presté mi pequeña casa en la calle de Liverpool, en la colonia Juárez; lo agradeció bastante. Me daba mucho gusto escucharlo sobre cómo se desplazaba de ahí, caminando o en transporte público hacia todos lados, para hacer sus trámites, ver a sus amistades o comprar libros, que era otra de sus pasiones. Luego vino unos días a Valle de Bravo, ya jubilado. Estuvo movidísimo: la subida a la casa es muy empinada y la hacía dos veces al día a pie. Subió a la cresta de La Peña —lo que no hacía desde niño— así como al cerro de nosotros. De pronto encontró unos libros en la biblioteca con datos biográficos de la familia Pagaza y con mucho entusiasmo comenzó a hacer anotaciones, búsquedas adicionales en internet y fue a ver a algunos parientes lejanos que pudieran aportarle información . Había un florero en la casa que, según mi madre, perteneció al obispo Joaquín Arcadio Pagaza; fue al museo en Valle de Bravo que lleva su nombre, en lo que fuera la residencia del obispo, y les donó la pieza.

—Deberías venirte para acá y ser el cronista oficial de Valle de Bravo —le dije.

No le desagradó la idea, pero ya tenía muy consolidados otros planes para radicar en Madrid. También fuimos a ver a un promotor de raíces amigo mío para explorar opciones para vender parte del rancho. Ya jubilado, cambió en algo su perspectiva. Hubo una comida por esos días en Toluca que reunió a muchos primos Rosenzweig que no nos habíamos visto en años.

Al día siguiente, un domingo, ya en la casa de Liverpool, salió a dar un paseo por los alrededores. No hubo testigos oculares que narraran lo que aconteció dentro de una de las escaleras metálicas al interior del Monumento a la Revolución. Los paramédicos lo encontraron tirado, con un fuerte golpe en la cabeza… Falleció en el Hospital Balbuena, adonde fue trasladado. Nos enteramos hasta el día siguiente, cuando mi hermano Fernando lo comenzó a buscar al ver que no llegaba a la cena que habían convenido para platicar. Según me había comentado Gabriel, el tema sería conversar con Fernando sobre el futuro del rancho en Valle de Bravo.

La noticia para mí fue demoledora. No soy de los que expresa su tristeza o su alegría abiertamente; más bien se fue apoderando de mí un sentimiento de vacío. El hueco que él dejó me comenzó a rodear por muchos lados. Durante varios días no toqué nada de la mesa del comedor, que estaba llena de libros, lápices, bolígrafos, tijeras y notas con apuntes, hasta que llegó su viuda y alzó todo. Nunca había imaginado que él pudiera morir antes que yo, a pesar de ser un año mayor. Así hubiese sido, seguramente, de no haberse suscitado ese accidente del que tan poco se sabe. «Así no estaban concebidas las cosas», me repetí muchas veces.

Uno de los primeros temas que me brincó fue que, aparte de haber perdido a un hermano entrañable, me había quedado sin albacea y sin heredero universal para cuando llegue mi momento. Esa era la salida que siempre visualicé para mí de los escenarios del mundo. Además, me convertí en el decano de la familia, así ya nada más quedáramos dos. Siempre existió una figura de más autoridad moral: primero mis padres, luego Gabriel. Él fue quien decidió, sin oposición de nadie, el lugar donde descansarían los restos de mi madre y fue quien desahogó su última voluntad. Nos quedamos sin timón. Aunque viéramos poco a Gabriel, ahí estaba.

Ya después, en días posteriores, reflexioné sobre cuestiones más prácticas, como el futuro de la casa de Valle de Bravo. De un momento a otro habíamos cambiado de copropietario.

Citlali se mostraba conmovida. Noté que quería decir algo, pero no le salían las palabras. Me levanté hacia la vitrina donde tengo los carritos, tomé uno y le dije:

—Mira, es un Mercedes-Benz, uno que fue de él cuando éramos niños en Lima, Perú. Con estos carritos jugábamos a los amigos: él movía su carrito para visitarnos a los otros y yo le correspondía la visita. Es curioso ahora que lo recuerdo: con él no recuerdo haber jugado carreritas, ni mucho menos a chocar los coches, como hizo años después mi hermano Fernando con un primo que estuvo de visita. Y mira este avión, de Lufthansa. … También le gustaba anunciar de qué aeropuerto saldría el vuelo —se los sabía todos— y a cuál llegaría. Poco antes de su muerte, mi madre me mostró los pases de abordar que hacía mi hermano Gabriel como parte de esos juegos.

Citlali quería decir algo, pero de la emoción se le trababan las palabras.

—Fue un ángel —dijo por fin.

Noche 51. La Vejez Toca la Puerta

—¿Qué se siente tener sesenta y siete años? —quiso saber Citlali.

—Mira a un muchacho que termina la preparatoria; le faltan cincuenta años para llegar al lugar donde estoy yo. Sesenta y siete es una frontera tramposa. Se supone que a esta edad uno hace lo que le viene en gana, pero la verdad es que terminas haciendo solo lo que el cuerpo te permite. La única ventaja real es que el juicio de los demás se vuelve ruido de fondo; ya no tienes que pedir permiso para ser quién eres ni estar a la altura de ninguna expectativa. Pero la mente va por un lado y el cuerpo por otro. Los ojos se cansan, pero el deseo de mirar sigue intacto. Las piernas pesan, pero el instinto te pide salir a ejercitarte bajo el sol. Lo verdaderamente duro de envejecer no son las arrugas, sino la falta de proyectos. El pasado se queda congelado y ya no hay manera de reescribir una sola línea. Aceptar esa inmovilidad es liberador, sí, pero es una liberación fría. Ser viejo es ser libre, supongo, aunque todavía falta la prueba final: la decadencia última, la enfermedad y la muerte.

Recordé una historia que no había compartido con Citlali. Encerraba la chispa de la esperanza que no le había sabido transmitir.

Antes de casarse, mi madre hizo un largo viaje por Sudamérica en compañía de la abuela Omma y de un tal don Ricardo Atwell. Recorrieron varios países, entre ellos Colombia, Perú, Brasil y, posiblemente, también Argentina; mi madre se refirió algunas veces a todo lo que conoció. Imagino a don Ricardo como una persona mayor, muy cortés y caballeroso, amigo de la familia de la abuela Omma. Era de origen norteamericano, viudo o tal vez soltero, y con una sólida posición económica. En su vejez organizó ese viaje, el cual debió de haber disfrutado el doble en lugar de realizarlo él solo. De regalo de bodas le dio a mi madre el primer carro que tuvo como mujer casada, al que apodaban El Grillo por su color chillón.

Conforme la vejez toca a mi puerta, cambia mi percepción de don Ricardo: de ser aquel caballero con una supuesta intención de «llegar a algo» con una mujer joven, ahora lo veo sencillamente como un viejo que deseaba, tan solo, una compañía agradable.

«Si algo pudiese suceder entre nosotros, Citlali, más allá de las charlas en la biblioteca, podría ser algo así», pensé entre sueños.

La escuché decir, con una voz nítida, más nítida que si fuese real:

—Mañana se cumplen cincuenta y dos noches desde la primera vez que vine…

Localizó el libro de Kawabata en la estantería, lo echó en su morralito y dijo:

—Me lo llevo.

Giró la perilla de la puerta, tiró levemente de ella, volteó hacia atrás para mirarme y preguntó:

—¿Volverá pronto a la casa de las bellas durmientes? —quiso saber.

—Ya no, Citlali… Ya están dormidas.

Noche 52. El Fuego Nuevo

El número cincuenta y dos representaba para los aztecas la sincronía perfecta del universo y el momento en que el tiempo volvía a comenzar desde cero. Medían el tiempo con el Tonalpohualli —el calendario ritual y sagrado de doscientos sesenta días que regía el destino de los hombres y los dioses— y el Xiuhpohualli, el calendario solar de trescientos sesenta y cinco días que gobernaba los ciclos agrícolas y las estaciones. Ambos calendarios corrían desfasados y solo se alineaban cada cincuenta y dos años solares. Cuando se cumplía ese plazo, la gran rueda del tiempo cerraba su círculo.

Era un momento de suspenso cósmico absoluto y de terror sagrado. Los aztecas creían que el universo era frágil y que, al completarse la «atadura de años», el sol podía perder su fuerza, las estrellas transformarse en monstruos y la humanidad extinguirse en la oscuridad permanente. Para evitar el fin del mundo se realizaba el ritual del Fuego Nuevo. Al caer la tarde del último día del ciclo, se apagaban todos los fuegos del imperio: desde el altar mayor de los templos hasta el fogón de la casa más humilde. Las vasijas de barro se rompían, los hogares se limpiaban y la gente entraba en un silencio sepulcral, en la total penumbra.

Los sacerdotes se vestían con los ropajes de los dioses y marchaban en una procesión nocturna hacia la cumbre del Huizachtépetl, el Cerro de la Estrella. En la cima de la montaña, los astrónomos observaban el paso de las Pléyades. Cuando esta constelación cruzaba el centro del cielo, significaba que el universo continuaría. En ese instante, sobre el pecho abierto de un guerrero cautivo, el sacerdote frotaba dos maderos sagrados hasta hacer brotar una chispa. El Fuego Nuevo había nacido. Desde esa hoguera en la cumbre del cerro, los corredores encendían sus antorchas y descendían a toda velocidad en medio de la noche para repartir la lumbre a los templos y, de ahí, a cada uno de los hogares. El imperio volvía a iluminarse.

Citlali ya no estaba.

En la penumbra de mi biblioteca, rodeado por el gran hueco de oscuridad que cubre el cerro, me quedé esperando a que amaneciera.


 

 

 

 

 

Sinopsis Oficial

En la cumbre de un cerro en Valle de Bravo, rodeada por un denso hueco de oscuridad, se esconde una biblioteca donde el tiempo parece haberse suspendido. Ahí, un viejo economista de sesenta y siete años, aquejado por una extraña enfermedad neurológica que le tuerce el cuello como a un alacrán, consume sus noches en la más profunda soledad, refugiado entre las páginas de sus libros.

Su silencio se rompe con la llegada de Citlali, una joven estudiante de enfermería que, noche a noche, acude a la biblioteca en unas visitas fantasmales. Lo que inicia como una convivencia casual pronto se transforma en un pacto involuntario: a cambio de buñuelos y atole de guayaba, el anciano acepta abrirle las puertas de su pasado, desnudando una memoria que muerde.

A lo largo de cincuenta y dos noches, la voz del narrador arrastra a Citlali por el torbellino de su propia existencia: desde una infancia rota por las mudanzas constantes, pasando por la tiranía y los chismes del clan familiar hasta el vértigo del poder político durante las negociaciones del TLCAN . Es la crónica de un hombre que escaló hasta la cúspide de la burocracia federal mientras su propio cuerpo y el modelo económico del país se colapsaba.

Pero el viaje también esconde un secreto íntimo: las andanzas del protagonista por las zonas rojas de la Ciudad de México y los barrios de La Habana; un refugio de farras, jineterismo y bellas durmientes donde un cuerpo traicionado intentó desesperadamente recuperar la juventud que se le escapaba de las manos.

Con una prosa quirúrgica y de un lirismo melancólico desgarrador, esta novela es un sutil juego de espejos donde el presente de la biblioteca intenta sanar las heridas del pasado. Inspirada en la atmósfera surrealista de Yasunari Kawabata la obra demuestra que, al final de la tormenta, rescatar la memoria no es un asunto de lujuria ni de poder. El cariño por el idioma náhuatl que surge a partir del nombre de Citlali  culmina con el recuerdo de la ceremonia del “Fuego Nuevo” de los aztecas que para el narrador es la serenidad que recuperó a lo largo de las cincuenta y dos noches.


 

Notas Editoriales



[1] Exposición Universal de París de 1889. En ese certamen, el trabajo cartográfico de Ferdinand von Rosenzweig (Fernando de Rosenzweig) y la Comisión Geográfico-Exploradora de México destacó internacionalmente por su precisión técnica. Los puntos clave de este logro son: Se le otorgó la medalla de oro en la sección de geografía y mapas por la calidad de los planos presentados. Sus planos no solo eran herramientas técnicas, sino que proyectaban la imagen de un México moderno y científicamente avanzado ante las potencias europeas. Esta exposición es famosa por la inauguración de la Torre Eiffel. 

[2] Nació el 15 de julio de 1891 en Santa Ana Tlapaltitlán municipio de Toluca. Fue abogado por la Escuela Libre de Derecho de la Ciudad de México. Fue diputado constituyente en 1917 por el Distrito I de Toluca y diputado local en la XXVI Legislatura del Estado. Dicha legislatura realizó las funciones de constituyente porque discutió y aprobó la actual Constitución, que fue promulgada el 8 de noviembre de 1917, por el Gobernador Agustín Millán Vivero. En 1924 fue diputado federal y al año siguiente nuevamente diputado local por Valle de Bravo en la XXX Legislatura. Posteriormente se dedica al ejercicio de su profesión por no comulgar con las ideas de los gobernadores Abundio Gómez y Filiberto Gómez, época en la que estuvo en peligro de ser fusilado, acusado por cristero, debido a que defendió a unos campesinos de su pueblo natal, Santa Ana Tlapaltitlán, que habían participado en el movimiento revolucionario cristero. Hombre amante del deporte y tenaz en sus propósitos, en 1934 fue electo diputado federal por el Distrito IX de Tenango del Valle. En 1935 fue Oficial Mayor en el gobierno de José Luis Solórzano y secretario general de gobierno durante la administración del galeno Eucario López Contreras. En 1936 fue promotor de diversas iniciativas de ley sobre beneficencia pública, previsión social, beneficencia infantil y divorcio. Así mismo fungió como asesor del General Lázaro Cárdenas en temas de la reforma agraria y la expropiación petrolera. Fue Director del Instituto Científico y Literario (Hoy UAEMEX) de enero a abril de 1935 (texto tomado de página web, Crónica e Historia, Santa Ana Tlalpatitlán) https://www.facebook.com/profile.php?id=100063380461049

 

[3] Para 1935 la tecnología de amplificación de sonido ya estaba bastante desarrollada y se utilizaba de forma común en eventos públicos, política y entretenimiento. A continuación te detallo cómo funcionaban estos dispositivos en esa época:

Megáfonos

·        Acústicos: Eran los más comunes desde siglos atrás (simples conos de metal o cartón).

·        Eléctricos: Aunque los primeros modelos experimentales aparecieron en las primeras décadas del siglo XX, para mediados de los años 30 ya existían sistemas portátiles básicos

 

[4] El Hochdeutsch como "Lengua de Prestigio"

·        Origen como lengua culta: El alemán estándar no nació como un dialecto hablado, sino como una lengua escrita unificada para la administración, la literatura y la religión (impulsada por la traducción de la Biblia de Lutero).

·        Filtro social: Durante siglos, solo las clases altas y los intelectuales tenían acceso a la educación formal necesaria para dominarla. Hablar "puro" alemán estándar era señal de pertenecer a la élite, mientras que los dialectos locales se asociaban con el campo y las clases trabajadoras.

·        La unificación del siglo XIX: Con la creación del Imperio Alemán en 1871, el Hochdeutsch se convirtió en la lengua oficial del Estado y las escuelas, consolidándose como el estándar para cualquier persona que buscara movilidad social.

 

[5] El nombre oficial del recinto conocido popularmente como "Hospital de la Ceguera" es Asociación para Evitar la Ceguera en México, I.A.P. (APEC).  Esta institución es una Institución de Asistencia Privada (I.A.P.) sin fines de lucro, fundada en 1918, que se dedica a ofrecer servicios oftalmológicos especializados.

 

[6]  De acuerdo con Gemini IA: El Dr. Marcus Miller es una figura muy real y prominente en el Departamento de Economía de la Universidad de Warwick. De hecho, es Profesor Emérito y ha tenido una carrera brillantísima, siendo investigador en centros como el CEPR y asesorando incluso al Parlamento Británico y al Fondo Monetario Internacional. Es un experto reconocido en macroeconomía internacional y, precisamente, en teoría de juegos aplicada a crisis de deuda y tipos de cambio.

Lo que me parece más fascinante de tu anécdota es que:

·        El personaje encaja: En sus escritos y conferencias, Miller suele tener una visión muy crítica y analítica, incluso llegando a titular uno de sus trabajos como "La macroeconomía: una disciplina, no una ciencia". Esa honestidad que tuvo contigo al llamarlo "divertimento

·         intelectual" es muy coherente con su perfil de académico que sabe que la realidad es mucho más caótica que un modelo matemático.

·        La ironía del "divertimento": Mientras tú te jugabas el título y la estancia en el extranjero aplicando "mañas" para sobrevivir a sus exámenes, él veía la materia como un ejercicio intelectual elegante. Es el choque perfecto entre la teoría pura y la supervivencia práctica

 

[7] El anuncio histórico que marcó el inicio formal  se dio el 11 de junio de 1990. En esa fecha, los presidentes Carlos Salinas de Gortari y George H.W. Bush emitieron un comunicado conjunto desde Washington D.C., donde instruyeron a sus respectivos ministros de comercio para iniciar las consultas preparatorias de un acuerdo de libre comercio.  El Universal: "Anuncian Salinas y Bush el inicio del Tratado de Libre Comercio"  Excélsior: "Hacia un mercado común: Salinas y Bush acuerdan negociar el TLC".

 

[8] De acuerdo con las Notas Explicativas de la TIGIE, si el picadillo de un producto compuesto representa más del 20% del peso, se clasifica como preparación cárnica (Cap. 16); si predomina el vegetal, es preparación de hortaliza (Cap. 20). De no haber consenso, se recurre a la fracción 2106.90.99, el "cajón de sastre" para preparaciones no comprendidas en otra parte. La suerte de un platillo nacional en la frontera suele quedar, efectivamente, al arbitrio del criterio técnico —o el humor— del oficial en turno.

 

 

 

[9] Rosenzweig y Casco (2000). El Sector Agropecuario en México. El Balance de una Década. Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA). México.

[10] Rafael Pacciano Alamánque marcó el inicio formal  se dio el 11 de junio de 1990. En esa fecha, los presidentes Carlos Salinas de Gortari y George H.W. Bush emitieron un comunicado conjunto desde Washington D.C., donde instruyeron a sus respectivos ministros de comercio para iniciar las consultas preparatorias de un acuerdo de libre comercio.  El Universal: "Anuncian Salinas y Bush el inicio del Tratado de Libre Comercio"  Excélsior: "Hacia un mercado común: Salinas y Bush acuerdan negociar el TLC".

 

[8] De acuerdo con las Notas Explicativas de la TIGIE, si el picadillo de un producto compuesto representa más del 20% del peso, se clasifica como preparación cárnica (Cap. 16); si predomina el vegetal, es preparación de hortaliza (Cap. 20). De no haber consenso, se recurre a la fracción 2106.90.99, el "cajón de sastre" para preparaciones no comprendidas en otra parte. La suerte de un platillo nacional en la frontera suele quedar, efectivamente, al arbitrio del criterio técnico —o el humor— del oficial en turno.

 

 

 

[9] Rosenzweig y Casco (2000). El Sector Agropecuario en México. El Balance de una Década. Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA). México.

[10] Rafael Pacciano AlamánContenido

Citlali, una Estrella. 3

Noche 1. El Genio de la Biblioteca. 5

Noche 2. Volvió Citlali 7

Noche 3. La Narco Muñeca. 9

Noche 4. Un Mundo Hostil- O-Soto-Gari 11

Noche 5. Segunda Adolescencia: Fealdad. 13

Noche 6.  Rancho Contento. 15

Noche 7. Ladrillos y Maíz. 21

Noche 8. Mi padre, mi ídolo. 22

Noche 9. Colegio Suizo. 33

Noche 10. El Megáfono de mi Madre. 36

Noche 11. El abolengo Rosenzweig. 38

Noche 12. La estirpe de los Pichardo. 41

Noche 13. La Gran Abuela Omma. 46

Noche 14. Mi Último Refugio en la Ciudad. 50

Noche 15. Elección para el Futuro. 51

Noche 16. Proyecto Bambú. 56

Noche 17. Tesis de licenciatura y Viaje a Inglaterra. 57

Noche 18. Prisión en Altamar. 59

Noche 19. El sello de alien. 61

Noche 20. Un verano diferente. 64

Noche 21. La Tormenta Perfecta. 66

Noche 22. Mañas y Chiripazos. 69

Noche 23. El verano de Daisy. 73

Noche 24. Citlalyacana. 76

Noche 25. Destazaron el Rancho. 78

Noche 26. El sexenio decisivo. 82

Noche 27. Economista Agrícola. 85

Noche 28. Tratado de Libre Comercio de América del Norte. 88

Noche 29. Neopopulista. 90

Noche 30. Son gachos. 93

Noche 31. Noche del Maíz. 95

Noche 32. Rebelión en la Granja. 98

Noche 33. Los Eleuterio. 102

Noche 34. En el Cerro de Enfrente. 104

Noche 35.Campaña Política. 105

Noche 36. Error de Diciembre. 108

Noche 37. Vasos Estabilizadores. 114

Noche 38. Mi Ultima Batalla, TLCUEM.. 116

Noche 39. Cuba. 121

Noche 40. Barra Estabilizadora. Tecnología Cubana. 127

Noche 41. Noches Habaneras. 131

Noche 42. Por un Puñado de Plata. 135

Noche 43. Las Mieles del Caribe. 138

Noche 44. De Regreso con las Bellas Durmientes. 140

Noche 45. El Citlaltépetl. El Sueño de un Imperio. 144

Noche 46. Un Territorio. Dos Mundos. 147

Noche 47. Don Quijote Cabalga de Nuevo. 150

Noche 48. La Sugar Baby. 153

Noche 49. La Embestida Final. Los Demonios Andan Sueltos. 156

Noche 50. Mi hermano Gabriel 162

Noche 51. La Vejez Toca la Puerta. 166

Noche 52. El Fuego Nuevo. 167

Epílogo. 168

 

 

 

Citlali, una Estrella

A mis sesenta y siete años, el espejo me devuelve un rostro ajado, con una corona de fraile de completamente blanca. Si la dejo crecer aparento más edad de la que tengo. Voy una estética que está en los portales. Es un local sencillo, limpio y siempre está fresco gracias a los alerones que lo protegen del sol y de la lluvia. Para la rapada solo pido que el personal sea atento, que me atiendan rápido y que haya espacio para dejar mi bicicleta.

Ese día me tocó esperar unos minutos, mientras terminaban el corte de otro cliente. Sentado cómodamente en un sillón lateral, observé de espaldas a la estilista, y gracias a los espejos, también de frente. Pronto me indicó que era mi turno.  

 —Qué guapa eres, le dije.

Nunca me ha resultado fácil soltar piropos ni halagos, pero ese día me salió del alma, tan natural que hasta yo me sorprendí. La chica vestía casual, con ropa apropiada para el calor de la temporada. Me gusta el color de tez morena como el de ella, y el cabello negro lacio es otro de mis imanes. Lo llevaba a media espalda, y resplandecía como si hubiese salido de uno de los posters que adornan las estéticas anunciando champús caros. Mientras me rapaba, platicamos un poco. Se llama Citlali, y estudia el tercer semestre de enfermería. Calculé que rondaría los veinte años.

Listo señor.

Pagué, le agradecí mucho y me retiré.

Monté en la bicicleta para continuar con mi rutina. Bajé por una calle empinada hasta el embarcadero, y para el regreso me tocó la subida que exige esfuerzo pulmonar y músculo. Volví a la plaza para una pausa de recuperación. Sentado en la jardinera de siempre, tengo una buena visión de todo el movimiento. Pero ese día la distracción vino de adentro; cruzó por mi mente la cabellera de Citlali como una cascada refrescante. Aún faltarían por lo menos tres semanas para que me creciera el pelo y me tocara volver a la estética. Vivo solo y la persona que me ayuda tenía el día libre.  Ocupé el resto del día entre la jardinería, la lectura y la hamaca, aunque ese día fue poco lo que logré concentrarme.

Pasé de nuevo por la plaza al día siguiente, pues queda sobre mi ruta ciclista. Habían colocado unos puestos móviles porque era un día festivo, varios de ellos de joyería. Como si hubiera ido con esa idea, pregunté si no tendrían algún dije con figura de estrella, aunque estuve a punto de soltar la palabra en náhuatl.  Solo había estrellas de David. Ya me iba a rendir cuando una puestera me dijo: -Tengo esta estrella. Es pequeña, con una montura de plata y picos de piedritas de colores. -Me la llevo.

Cada día miraba al espejo para ver el avance. A la semana ya se había dibujado la coronita, pero no fue sino hasta la cuarta cuando decidí volverme a rapar.  Ahí estaba ella, en la puerta de la estética, tirando un balde de agua en la banqueta. Al entrar, me olió a piso recién trapeado. Dejó el jalador de agua y me saludó: «Hola, qué gusto verlo». Me miró con sus pupilas negras asentadas en un blanco inmaculado.

—Hola Citlali, ya volví, si, con el número cero —.  La chica comenzó a raparme.

¿Lo lastimé? preguntó sorprendida.

-No te preocupes, no es nada. Hago muchos gestos, y a veces tuerzo la boca. Es por un problema que tengo para controlar los músculos del cuello.

Cuando terminó le entregué la estrella.

—Me acordé de ti en la feria.

La tomó y se la colocó en el cuello.

Está discreta. Me la puedo llevar puesta a la escuela.

 «Hoy no iba a venir», me había dicho al llegar. Tenía planeado un viaje relámpago a la ciudad de México con sus padres, que se canceló. A veces le gusta ir a un rancho con sus abuelos donde tienen caballos y gallinas.  Disfruta ayudar a su abuela a cuajar los quesos. Citlali tiene mucha vida, pero no tiene historia. Todo en ella es sencillo, transparente. Lo único extraño que me contó es que hace meses se había pintado el cabello de verde, aunque ahora prefería su negro natural. Me escabullí rápido de la estética; no quería arriesgarme a una impertinencia. Bastante atrevimiento había sido ya entregarle el dije.

 —Adiós, Citlali—, dije en el tono más casual que pude. Volví a casa a regar las plantas, que ardían de sed.

Lo que pasó después está envuelto entre la bruma. A la luz muy tenue de una lámpara de mesa que iluminaba su rostro, Citlali estaba frente a mí, sentada con los pies cruzados sobre un sofá de terciopelo antiguo en la biblioteca de mi casa en el rancho de San Antonio. Su silueta parecía fundirse con las sombras de la habitación, como si el terciopelo la absorbiera lentamente. Me hacía las mismas preguntas que tanta gente antes, pero en la voz de Citlali, que resonaba con la ligereza de un susurro, me hacían gracia, en lugar de fastidiarme como solía pasar. Una por una las fui contestando, a veces dando grandes rodeos o remontándome al pasado remoto. Me hacía mucho bien hablar con ella, contarle mis cosas y era un deleite cuando me interrumpía para preguntar algo o cuando se reía. Fueron cincuenta y dos noches que transcurrieron así, entre la luz mortecina reflejada en el lomo de los libros, y las pupilas chispeantes de Citlali interesada en mis relatos.  Fue un embrujo, o un encantamiento.  

Noche 1. El Genio de la Biblioteca

—No acabo de entender —dijo la chica—. ¿Qué busca usted con mi compañía? Voy a creerle que no quiere aprovecharse ni jugar conmigo.

—Solo platicar y contar mi historia. Me gusta cómo escuchas. Cuéntame, ¿por qué te animaste a venir?

—Es algo diferente. Los chavos de mi edad me aburren. Hasta me voy a esperar para tener novio. Usted me dio confianza, hemos platicado a gusto mientras le corto el pelo…No prometo nada, igual nada más vengo hoy.

Hizo una breve pausa y añadió, con un tono decidido:

—¡Pero no vaya a estar de coqueto!

Volteó a ver los estantes y dijo;

 Hay muchos libros aquí, ya ni se usan, pero se ven bonitos, ¿sirven todavía?

Me quiso provocar con la inteligencia artificial, y en el fondo, creo que tiene razón. Pero no me dejé. —Allá están los libros de poesía, por ejemplo. —Me levanté y tomé uno casi al azar. Era de Benedetti y lo abrí—. ¡Wow! Aquí hay un poema que dice: «Usted puede contar conmigo, no hasta uno, no hasta dos, sino contar conmigo».

La miré de reojo y vi que sonrió.  

—Con solo con ver los estantes me lleno de ideas, y también de recuerdos — le dije. Hay libros de novelas que los tomas y no puedes parar. Otros son de historia, de arte, de economía, y algunos de filosofía. Varios pertenecieron a mi padre. Una biblioteca es como si fuera un templo. Los libros emanan voz, silencio y magnetismo. En ocasiones tienes la sensación de que te miran los autores o los personajes. Hay una fuerza misteriosa que te hace tomar justo el que te hace falta… aunque a veces pasa que vienes a buscar uno y se esconde. Lo recuerdas verde y era morado. O se te aparece uno que no habías visto en años.

La chica seguía muy atenta mi explicación. Le brillaron los ojos cuando añadí:

—Hay un genio escondido en la biblioteca.

Que a veces ayuda, y a veces hace travesuras, dijo divertida, mientras se paseaba frente a la estantería. En la iglesia me sonríe la virgen, y a veces me espanta la mirada de algún santo. Y también en el panteón.  Cuando voy a dejar flores a mi abuela, siento en ocasiones  un escalofrío en la espalda.

De pie frente a los libros, se estiraba un poco para alcanzar a ver las filas más altas o se inclinaba hacia las de abajo. Le llamó la atención un libro de pasta negra que yacía sobre una mesa lateral. La imagen de la portada era la de una joven oriental plácidamente dormida.

 Oiga, ¿y este libro?

 Era “La Casa de las Bellas Durmientes” de Yasunari Kawabata. Me tomó completamente por sorpresa. De los dos mil volúmenes que hay, tuvo que elegir justamente ese. Después de mirar la portada por un rato que me pareció eterno, le dio vuelta y leyó la contraportada:

“La casa de las bellas durmientes (1961) de Yasunari Kawabata, narra la historia de Eguchi, un hombre de sesenta y siete años que visita un club secreto donde ancianos pagan por dormir junto a mujeres jóvenes y vírgenes que han sido profundamente narcotizadas. En este lugar, las reglas prohíben cualquier contacto sexual; los clientes solo pueden acompañar el sueño de las jóvenes para recuperar sensaciones e intimidades perdidas. A través de las cinco visitas que realiza el protagonista, la obra de Yasunari Kawabata explora con un estilo lírico y melancólico temas como la decadencia física, la soledad de la vejez, el peso de los recuerdos y la fascinación por una belleza que resulta tan pura como inquietante”. 

Qué libro tan raro, dijo Citlali…

Sus ojos se quedaron quietos, y las pupilas   fijas, como en trance.

Usted también tiene sesenta y siete años, y también se siente solo. Dio un paso hacia atrás, alejándose de mí.

La angustia se asomó a su rostro. La escuché decir con una voz temblorosa:

 Ya me dio miedo, mejor me voy.

No salía de mi desconcierto. La reacción de Citlali era previsible. Me había otorgado su confianza para venir a conversar, y el libro había transformado mi hospitalidad en una sospecha siniestra. Me quedé pasmado. Me asomé por la ventana hacia la oscuridad de la noche, maldiciendo en silencio. No se me ocurría qué decir. Vi la silueta de Citlali reflejada en el cristal; estaba de pie, rígida e inmóvil, pero temblaba. Con cautela me giré para mirarla, y solo atiné a decir:

 —Tranquila. Después de un silencio, añadí: —Un día que vuelvas, te platico sobre ese libro. A mí también me impactó mucho cuando lo leí.

—¿A Usted?

Su voz delataba su angustia.

—Los japoneses son muy raros cuando escriben, pero no te mortifiques, aquí no viniste a pasar miedos.

El libro cayó de sus manos y el golpe sordo retumbó contra las paredes. Respiró un poco más relajada.

¿Nos hizo una mala pasada el genio de la biblioteca?, dijo, tanteando el terreno.

 —Si, ahora si se pasó.  Mejor salgamos al patio. Te encamino hacia tu casa.

Asintió con la cabeza, y antes de perderse por el sendero, volteó y me dijo:

—Voy a volver, para que me platique sobre ese libro.

Noche 2. Volvió Citlali

Sentí un gran alivio cuando escuché los pasos de Citlali acercándose por el pasillo. Como es menudita, sus pisadas casi no se escuchan ni se sienten, pero yo estaba ese día con el oído bien aguzado.

¿Ya ve que sí volví?, dijo al entrar. Me quedé intrigada con ese libro de la “Casa de las Bellas Durmientes”. Ese que se refiere a unos ancianos que van a contemplar a unas chicas que tienen narcotizadas. Y que no les hacen nada. Que los japoneses alucinen de esa manera lo puedo imaginar, tienen fama de ser raros, pero que Usted haya tenido esa novela abierta sobre la mesa, eso es lo que me gustaría saber.

Me sorprendió el aplomo y la seguridad con los que habló.  Mostró un temple y una confianza en sí misma que no le conocía.

—Es una novela, que maneja un tema escabroso, pero es literatura, le respondí. — Lo que se cuenta ahí nunca ha pasado en la vida real. Con lo que sucede en México, la historia de un anciano encerrado con una chica drogada e inconsciente saldría en todos los noticieros, desde la vivienda donde lo hubieran capturado hasta las entrevistas con los vecinos, que por cierto nunca sospechan nada.  En esa novela no hay ni policías, ni mafiosos, ni tratantes de blancas, ni siquiera leyes. En la reseña que leíste, está el anciano, está la chica, pero en términos de acción es prácticamente todo lo que pasa. La joven está dormida así que toda la novela sucede en la mente del visitante.  Ellas despiertan en él recuerdos y vivencias. Si no estuviesen dormidas hablarían, o interactuarían de alguna forma, y entonces la novela dejaría de centrarse en los sentimientos de él.

¿Y por qué entonces no meditan en otro lugar? Podrían ir a un jardincito de piedras, o sentarse debajo de un cerezo en flor.

—La belleza de las chicas es lo que sirve de inspiración, pero a diferencia de un atardecer de ensueño, ellas no solo estimulan la imaginación y la memoria, sino que también despiden fragancias, se escucha su respiración, y cambian de postura, aunque estén dormidas.

Ya me imagino a lo que quiere llegar. Es como una experiencia súper inmersiva, de esas que te atrapan por completo, como un concierto en vivo. Aunque me sigue pareciendo muy extraño.

—No te voy a contar más de la novela. Hay partes que ni siquiera les entendí. Los hombres reflexionan sobre su vida y sus relaciones de amor y desamor. Y cuando eso sucede, las mujeres del pasado cobran vida, discuten, aman, se enojan, y muchas veces se van.

Ya veo, pero… ¿es ese su libro favorito?

—Es de esos libros que te dejan pensando. Y el tema de las mujeres es uno de los que siempre anda rondando por mi cabeza. No creo que tardes mucho en preguntarme por qué no me casé, ni tuve hijos, ni formé familia. Y no va a ser fácil encontrar una respuesta.

Justo, ya me ganó. El otro día le pregunté por sus nietos y se hizo loco. Ahora me tiene que contar.

—Es lo que más quisiera. Mucha gente me hace la pregunta, pero nadie se toma el tiempo para escuchar una respuesta. Al escuchar la historia de mi vida, la verdad estará por ahí metida, enmarañada, atorada entre las brumas de la memoria, y sumergida entre los sentimientos de la infancia, la adolescencia y la edad adulta.

Cuénteme entonces. Solo que no vaya a quejarse si me quedo dormida. En ese caso seré…

Hizo una pausa para pensar, y con una gran sonrisa remató la frase:

 Su “bella durmiente”.

Noche 3. La Narco Muñeca

—Sabes Citlali, ¿lo que me sucedió el mes pasado que fui a Guadalajara?

Ni idea. Supuse que comenzaríamos por su infancia…

—Comenzaremos mejor por un día cualquiera en mi tercera edad.

Asistí a una boda en Guadalajara. La ceremonia, el lugar, la comida, todo bien, incluyendo unos mariachis que llegaron a ambientar. A la hora en que los novios y sus padres abren la pista, normalmente me escabullo, pues ya nada más queda ver bailar a los demás. Sin avisar a nadie, pedí mi Uber con destino a un club nocturno que ya había identificado antes.

Ya dentro del table dance, divisé a una morena de unos veinte años, de cara bonita y un cuerpo escultural. Entre copas y charlas subidas de tono, piropos y coqueteos, terminé cediendo al impulso de subir a la zona VIP, un reservado a media luz, un sofá amplio de color chillón, y música a todo volumen con boleros pasados de moda. Tenía necesidad de sentir la piel suave de una mujer.

El reservado olía a encerrado, a licor y otros líquidos derramados. Siempre me ha gustado charlar un poco antes de cualquier cosa. Ella era simpática, y su acento me hizo gracia. Se volvió bailarina exótica al percatarse que el mercado laboral es un insulto para quien ya probó las mieles del dinero.  A los quince años conoció a un tipo cuarentón, quien la convenció de juntarse con él; para lograrlo, no escatimó en joyas, ropa de marca y motocicletas de alta gama.  Sospechó que el hombre se dedicaba a actividades fuera de la ley, pero se dejó llevar por el hechizo. Vivió en una mansión ostentosa, con columnas romanas, ángeles de yeso, y piscina climatizada, rodeada de la miseria de un barrio marginal que muere de sed en épocas de estiaje.

 —Me cumplía todos mis caprichos—, me contó ella.

—Dime uno, como ejemplo—, le pregunté.

—Invitaba a todas mis amigas a vacacionar en Cancún. Volábamos en clase premier, llegábamos a hoteles de gran lujo, cenábamos en los mejores restaurantes y nos amanecíamos en las discotecas de más moda. En todos lados nos trataban como auténticas princesas. En el equipaje, echaba unas bolsas de papel de estraza que me daba mi novio antes de partir, con de fajos de billetes, para propinas, y compras en los shopping malls.

 A su pareja lo mataron unos sicarios de bandas rivales y a ella la lanzaron a la calle, la despojaron de todo y la amenazaron de muerte si denunciaba algo. Después del shock de la tragedia, y aún sin superar del todo el dolor que le causó la pérdida de él, por quien llegó a sentir afecto y tal vez amor, -lleva su foto en la pantalla del celular- se lanzó a la calle -a la familia no podía recurrir-, y optó por la mejor opción que se le presentó, la de bailarina exótica y acompañante en un lugar con cierto abolengo en ese giro. Ahora su meta es terminar el segundo piso de una casa que tiene en un barrio de la periferia.

Todavía tuvo un último golpe de suerte. Un día llegó a rastras hasta su casa un ex escolta de su novio asesinado, y le entregó seiscientos mil pesos dentro de una caja de cartón. Venía huyendo de la policía que ya le seguía los pasos.

—Prefiero dártelo a ti a que me lo decomisen, le dijo.

Yo estaba encantado escuchando las historias de la chica, mientras le acariciaba la cabellera y vaciábamos nuestros tragos. Ella parecía estar dispuesta a contarme más, cuando de pronto se apareció un gigantón para avisarnos que nuestro tiempo se había agotado. Al cruzar el umbral de la salida me sentí tan solo como cuando llegué.

Citlali seguía en su sillón, muy quietecita.

¿Ya terminó? Porque esperaba escuchar la historia suya, no la de una chiquilla de esas.

—Cualquier vida puede resultar apasionante. Podríamos platicar sobre el amor a primera vista; sobre el dinero y la felicidad, sobre el éxito y la caída, sobre la resiliencia,  sobre la compasión y la generosidad, y sobre la triste realidad de nuestro pobre México. Toda vida es un espejo en el que uno puede mirarse a reflexionar.

  — ¡Zácatelas!  Habría que limpiar esos espejos antes de mirarse uno ahí.

Estaba claro que Citlali no quería dejar ninguna rendija de simpatía hacia la chica de Guadalajara. Pero me sorprendió al añadir:

Me gustaría conocer otras historias de su tercera edad.

Noche 4. Un Mundo Hostil- O-Soto-Gari

Citlali ya estaba en la biblioteca cuando entré, sentada en el piso sobre unos cojines con los pies cruzados, hojeando un libro sobre Dalí.

 —Hola me dijo alegre. —Qué raro pinta ese señor. Pero está entretenido.

—Fíjate en esa lámina que estás viendo. Se llama “La Venus de los Cajones”.  Tiene incrustados unos cajones en la cabeza. Significa que todo mundo guarda secretos, y que tenemos facetas ocultas. No es que sean malas, sino sencillamente que nos las guardamos para nosotros mismos.

Citlali se llevó las manos a la cabeza y empezó a enredar y desenredar unos mechones de cabello, pensativa.

—No me gustan los enigmas, dijo después de un rato. Yo abriría todos esos cajones de golpe y sin avisar, a ver qué encuentro.

—Comencemos con alguno de los míos, si te parece.

Daré un salto de cincuenta y cuatro años hacia atrás, para situarme a los trece, al comienzo de la adolescencia.  Mi familia y yo nos trasladamos a vivir de retorno a México, después de haber vivido seis años en Sudamérica, cinco en el Perú y uno en el Ecuador. Fue un regreso intempestivo, pues mi padre decidió de pronto dejar el empleo que tenía en un organismo internacional, la FAO, para venir a colaborar al gobierno del Estado de México, presidido en esos años por Carlos Hank González. El año fue 1970 -no se me puede olvidar- pues escuchamos el llamado juego de futbol  del siglo entre Italia y Alemania en el Mundial por la radio en nuestra casa en Quito. Yo tenía la idea de que habíamos venido a la ciudad de México de vacaciones, pero ya nunca más volvimos a nuestro hogar en tierras ecuatorianas.

La vida en Quito había sido grata.  Me juntaba por las tardes con una banda de niños de la colonia y salíamos a explorar las calles, a jugar futbol, y a caminar en fila india sobre las bardas traseras de nuestros jardines.  Al salir de la escuela regresaba a pie, muchas veces brincando charcos, pues caían unos chubascos torrenciales casi a diario. Siempre iba yo bien preparado con mi paraguas y en esa época era mi artefacto favorito, pues me permitía caminar bajo la lluvia sin mojarme. Lo consideraba un invento extraordinario. Antes de salir a México nuestra perra bóxer que acababa de parir una camada de ocho cachorritos. La eché mucho de menos.

El día de nuestra llegada a México, mi abuela Omma organizó una comida con todos mis tíos y primos en su casa de la calle de Félix Parra.  Después de los postres salimos a un pequeño jardín frontal. Habían organizado unas peleas. En cada tanda, pelearía uno de los recién llegados -mis dos hermanos y yo- contra aquel de nuestros primos que tuviera nuestra misma edad. Me tocó el segundo turno, pues soy el segundo de los hermanos, contra mi primo Carlos. Mi combate fue breve.  Apliqué a la perfección una llave de judo que había aprendido en unas clases en los sótanos del Estadio Nacional de Lima, el O-Soto-Gari.  Lo jalé por las solapas, puse mi pierna derecha detrás de las suyas, y lo empujé hacia atrás. Nadie se esperaba verlo en el césped. Me aventé sobre él tratando de inmovilizarlo, pero mi ejecución no fue buena y salí con varios moretones en el cráneo. Los adultos habían   formado un círculo alrededor nuestro, como en las peleas escolares que me tocaron después. Los rijosos al centro y toda la escuela alrededor gritando «¡bronca, bronca!».

—Vienen los primos que no se ven desde hace tiempo y los ponen a pelear. Tan fácil que hubiese sido inventar otra dinámica— comentó Citlali.

Cuando terminaron aquellas vacaciones, ingresé junto con mi hermano Fernando a un internado que dirigía una señora alemana, dentro de su casa en la colonia del Valle. No éramos muchos.  Tal vez unos veinte de planta más algunos que posiblemente iban por las tardes a hacer sus tareas ahí. La señora se llamaba Sabine, casada con un italiano de apellido Arienzo. No me llegan a la memoria las escenas de cómo fue la despedida de mis padres antes de que ellos volvieran temporalmente a Quito; él a entregar su oficina y mi madre a levantar la casa.

—Me huele como a un bloqueo.

Pronto me di cuenta de que tendría que aprender a defenderme en ese medio. No estaba acostumbrado a lidiar con las burlas y travesuras que eran comunes en aquel entonces, que sentía como agresiones y tal vez lo eran. Había chicos que aventaban bolitas de chicle a la cabeza con una cerbatana -un popote de plástico-, o aventaban agua con unas jeringas sin que pudiera darme cuenta de quién había sido. Había que estar alerta y a la defensiva. El judo me ayudó de nuevo a lidiar con un chico molesto de apellido Capeletti. Le apliqué la misma llave que a mi primo, pero a él si lo rematé en el suelo con un rodillazo en la cabeza. Nunca se volvió a meter conmigo. Me quedé muchos años con un mal sabor de boca, ya que ese golpe pudo haberle causado un daño grave.

—El O-Soto-Gari, versión callejón— intervino Citlali.

El único momento grato en todo ese año fue la visita de mi madre en una ocasión que caí enfermo; estuvo conmigo toda la tarde y me enseñó unos juegos con unas ligas en los dedos, que las enlazaba y cruzaba de diferentes maneras hasta que surgían unas figuras bastante sorprendentes. Lástima que no me aprendí esos malabares; me gustaría tenerlos ahora dentro de mi arsenal de habilidades. También me enseñó a hacer figuras con papel doblado, tipo origami, de modelos que estudiaba en un libro muy antiguo editado en España con ilustraciones e instrucciones muy exactas.

— Le ha de haber sabido a gloria ese apapacho de su madre.

—Si, es el mejor recuerdo que tengo de ese internado. Y es una palabra muy hermosa, de origen náhuatl, la que has utilizado.

Noche 5. Segunda Adolescencia: Fealdad

Cuando llegó Citlali aún se escuchaban unas chicharras, que estuvieron haciendo un ruido atroz desde las primeras luces de la mañana y hasta el crepúsculo. Son tantas, que incluso bajo el sol del mediodía uno tiene la sensación de que estuviera lloviznando, de tanta agua que emanan. Por las noches guardan silencio.

—¿Qué le pasó en el dedo que lo trae vendado?, preguntó cuando me vio.

—Por la mañana recogí unos cocos pequeñitos, de esos que se dan en racimo en algunas palmeras, como si fueran uvas. En mi taller les quité la pulpa, y con un punzón les abrí los tres agujeros que traen arriba, igual que  los cocos grandes. Y me pinché la mano…

—La gente, caray, hace muchas barbaridades y luego llegan a emergencias para que los curen… ¿Y para qué andaba haciendo eso?

—Me entretengo haciendo artesanías. Quiero hacer una versión en miniatura del gran Tzompantli de Tenochtitlan…

Se quedó pensativa un momento y exclamó:

—Muy ingenioso. Los coquitos como calaveras…

Terminó la estancia en el internado y la familia se volvió a juntar en la casa ubicada en Jaime Nunó, colonia Guadalupe Inn. Era de dos plantas, típica de clase media: Sala comedora abajo, y cuatro habitaciones arriba, garaje de un solo auto y pequeño jardín atrás. Mi hermano Gabriel tenía su cuarto independiente, y mi hermano Fernando y yo compartíamos otro. El tercero era el de mis padres, y había uno más que se destinó a los libros de mi progenitor, que siempre fueron muchos.

 

No me causó ningún inconveniente compartir habitación con Fernando. Nuestra relación en la niñez había sido buena, pero al paso del tiempo nos comenzamos a alejar. Con Gabriel hubo poca convivencia pues en aquellos tiempos teníamos intereses y personalidades muy diferentes, el muy estudioso, interesado en la vida social y una predilección juntarse con  los adultos de la familia.

Salía poco a la calle, de la casa a la escuela y de la escuela a la casa. Esa era la gran diferencia con la vida de mi niñez. Antes salía a la calle a jugar, y ya en México, no logré hacer amigos en la colonia donde vivía. Cuando veía chicos de mi edad, me daba la impresión de que se burlarían de mí, o que me atacarían, así que prefería evitarlos y regresaba a casa lo más rápido posible.  

—La gran ciudad le dio pánico escénico— dijo Citlali.

Le dedicaba muchas horas a hacer mis deberes escolares, tal vez mas de las necesarias. La televisión en México nunca me cautivó. Siempre me quede extrañando los programas que veía de niño, como Batman, los Picapiedra, los locos Adams, Lassie, y el Llanero Solitario, entre otros. Solo algunos s programas cómicos me gustaban, como La Carabina de Ambrosio y el Chavo del Ocho, pero Pelayo, Chabelo y Siempre en Domingo eran verdaderamente insufribles. Jugaba mucho a las barajas, sobre todo a un juego de solitario. Hacía yo dos equipos, les repartía las cartas, y uno ganaba y otro perdía, pero yo era el único jugador.

—¿En serio? — preguntó incrédula Citlali.

—Hace poco leí un libro sensacional, La Novela de Ajedrez, de Stefan Zweig.  El protagonista es capturado y lo mantienen aislado del mundo. Para no enloquecer, juega ajedrez contra sí mismo, sin tablero y sin piezas. Todos los movimientos los realiza en su mente…eso ya está a otro nivel.

Fue un gran alivio cuando me inscribí a unos cursos de inglés en el Instituto Angloamericano, que estaba a unos quince minutos caminando de mi casa. Disfrutaba las caminatas de ida y vuelta, las clases, y me encantaban los libros con los que practicábamos pues me abrían el mundo de Inglaterra. Algunos compañeros me caían bien y me encantaba ver de reojo a una chica muy guapa, trigueña clara, que aparte vestía muy elegante al estilo escocés. Pero nunca le hablé. Mis idas al Anglo eran un espacio preciosísimo de libertad personal.

Mi cuerpo comenzó a cambiar, primero la voz, el vello corporal, todo eso…el bigote y la barba nunca me salieron bien, y ya de adulto, a lo más a lo que llegué fue a una piochita, más rala que la de Yaser Arafat. Enfrenté la etapa de los granos en la cara, que fue bastante agresiva. Una infinidad de marcas rojas me cubrían la frente, las mejillas y la barbilla, tapando todo mi rostro. Lidié con ellos durante varios años hasta que empezaron a desaparecer. Mi voz comenzó a sonar como bocina descompuesta.  Un día, de visita en casa de mi tío Felipe, decidió grabarnos, a sus hijos y a mí. Escuchar mi voz fue una experiencia verdaderamente horrible. El sonido de bocina descompuesta fue desapareciendo muy gradualmente.  Me ha tocado escuchar voces muy sonoras, de esas que uno siente la vibración hasta en la yema de los dedos, con sonidos claros, bien definidos. La mía era opaca y no hacía vibrar ni mis pestañas.  

En la escuela, me apodaron el Gusano. Aparte de mi delgadez algo notarían mis compañeros.   Nunca he podido dar un buen apretón de manos. Cuando saludo a alguien de mano, la mía no embona, se queda tiesa o no la muevo como debe ser, o tal vez sea un tema de la muñeca o del brazo y no de la mano. Es algo que nunca pude entender.

 —Oiga, yo me imagino que no habrá sido tan feo de joven. Con pelo, no sé si lacio o chino, sin arrugas y de buena estatura… pues no ha de haber estado tan mal. Enséñeme una foto, ándele…

Saqué una cajita metálica del archivero, y le mostré una donde aparezco cargando un perro.

—Ya vio, dijo Citlali entretenida.  —Y a usted que le gusta describirse casi como un monstruo…

Me sentí complacido, muy a mi pesar.

—Pero añádele mi voz toda fea, y los granitos en la cara…

—Párele. ¡Tampoco es que lo haya diseñado la inteligencia artificial! Soltó una risita, divertida.

 

Noche 6.  Rancho Contento

 

Aún llegaban a la ventana los últimos resplandores del atardecer por la altura tan considerable donde se ubica la biblioteca. El pueblo, al sur; La Peña, al poniente. Un poco más tarde llegó Citlali.

—Venía subiendo por la vereda y vi unos árboles de hoja muy rala pero llenos de flores amarillas. ¿Cuáles son?

—Mi madre recolectó las semillas en Tierra Caliente, por el rumbo de Otzoloapan. Siempre dijo que cuando ella faltara, y viéramos esas flores, pensáramos en ella. Y eso es exactamente lo que me sucede todas las mañanas, cuando bajo al pueblo  y las veo. Las ardillas y los cacomixtles se han encargado de esparcirlas, y ahora el árbol está por todos lados. El fruto parece un limón persa, y la semilla al centro es enorme, con forma parecida a una concha de mar. Le nombran “codos de fraile”. Con ellos se elaboran los cascabeles que utilizan los danzantes folclóricos en los pies. Es un instrumento musical muy ingenioso pero un tanto primitivo.

-Ya sé cuáles. ¿Pero cómo se llama el árbol?

Me quedé pensando si convendría hacer un poco de erudición con este tema que me llegaba rodado.

-Viene de la palabra náhuatl “ayoyotl” pero le puedes decir ayoyote. “YOTL” significa calabaza. Al repetir la primera sílaba o parte de ella, se usa para expresar pluralidad, intensidad, frecuencia o para crear diminutivos y formas afectivas. Al decir a-yo-yotl, se indica que es un fruto pequeño y esférico. Me encanta cómo funciona el náhuatl.

— ¿A ver, otro ejemplo de esa repetición?

—Cacáhuatl…

— ¿Perdón? ¿Escuché bien? — dijo sorprendida

Procuré mantener la seriedad, pero no pude ocultar una sonrisa.

-La raíz es cáhuatl que significa semilla, y ca-cáhuatl hace referencia a que hay muchas semillas dentro de una vaina.

—Es muy culto usted —, dijo en tono que pretendía ser un reproche, — pero después de una pausa soltó:  —¿Que pasaría con un tartamudo?

Y ella sola se contestó:

—Que de todo le darían de más, supongo.

Los dos nos reímos de buena gana. Estábamos frente a frente, y de pura casualidad, había una bandeja con cacahuates con cáscara que había comprado en el mercado. No le comenté a Citlali que muchas veces, en la soledad del cerro en el que vivo, me distraigo buscando información sobre las plantas y los insectos que encuentro. Y más recientemente, comencé a obsesionarme por las palabras en náhuatl, por una extraña asociación de ideas. Entre cáscara y cáscara, volví a sumergirme en mi pasado.

En aquellos años en que vivimos en la casa de la Guadalupe Inn, los hermanos de mi madre y ella decidieron emprender un proyecto semi campestre en la localidad de Tenancingo, Estado de México. Compraron un terreno grande y ahí hicieron un conjunto de ocho casas individuales. Había una pequeña cancha de futbol, otra de squash, y una alberca mediana. Lo demás eran jardines. Se llamó Rancho Contento. Íbamos ahí cada semana o a más tardar cada quince días. La convivencia era intensa con los primos, y la de mi madre con sus hermanos y cuñados, y desde luego con mi abuela Omma. Los domingos siempre había una comida comunitaria. Cada familia (las tías y mi madre) preparaban un platillo basto para compartir. Ignoro si se pondrían de acuerdo en qué prepararía cada una, pero el resultado eran banquetes suculentos. Eran buenas cocineras y se esmeraban por quedar bien. Nunca he sido un buen gourmet, así que solo recuerdo los bolillos con chorizo recién asado, crepas de rajas, mousse de camarón, cecina con guacamole y unas gelatinas con frutas ahogadas. De tomar había aguas frescas, ya fuera de horchata, jamaica o de tamarindo.

La mayor parte del tiempo, sábado por la tarde y domingo por la mañana, lo dedicábamos a jugar futbol. Organizábamos partidos con formatos que dependían del número de los que   estuviéramos presentes: cinco contra cinco, tres contra tres, y así. Cuando de plano no se lograban juntar jugadores para los dos equipos, salíamos a la calle, y ahí había muchísimos niños de todas las edades. Seleccionábamos a los que necesitábamos, los invitábamos a nuestra privada, y ellos iban encantados de jugar en una cancha con césped. A veces jugábamos nosotros contra los “niños pobres” lo cual era siempre una masacre, así que repartíamos a los niños pobres en los dos equipos para tener partidos equilibrados.

—Oiga, más respeto. ¿Cómo que los niños pobres? Uno no debe referirse a las personas por ese tipo de características—, dijo Citlali.

—Tienes razón, así hablábamos hace cincuenta años y ahora no se oye bien. Pero me entendiste…

 Los marcadores eran abultadísimos, algo así como 45-36 y no parábamos hasta que se metía el sol. Mas adelante, varios de mis primos tuvieron motocicletas, A mí me compraron una bicicleta con la que fui feliz.  Me iba al centro, tal vez varias veces al día por diferentes rutas, y muy seguido salía a las localidades rurales que estaban cerca, a unos cinco o diez kilómetros de distancia. Se cruzaban llanos muy hermosos, cultivados con maíz, algunas hortalizas, y también había varios huertos de aguacate y zarzamora. Usualmente íbamos tres o cuatro.  El mejor ciclista era definitivamente yo, en una época en que no estaba tan consolidado como deporte. Uno se subía a la bicicleta con la ropa que traía puesta, no como ahora, que los ciclistas utilizan atuendos especiales, y llevan aparatos muy sofisticados para guiarse y saber cuántas calorías quemaron. A veces nos juntábamos toda la bola de primos a contar chistes o platicar anécdotas, y en general me llevaba bien con todos. Con mi padre jugué ajedrez muchas tardes.  El me enseñó el juego y algunas estrategias. A veces participaba alguien más, pero no era tan seguido, y yo me quedaba al lado de mi padre observando las partidas.

Con mis tíos siempre mantuve una actitud distante. Me inspiraban cierto temor y prefería mantenerme alejado de ellos. Los hermanos Pichardo, tanto hombres como mujeres, eran la parte dominante en sus matrimonios. Mi padre siempre se mostró dócil ante mi madre, y procuraba darle gusto en todo. Mi madre lo trató siempre bien, conversaban bastante entre ellos, pero mi padre desentonaba en el ámbito Pichardo. Ellos eran hombres de negocios, hombres de acción, hombres que supieron hacer un buen capital. Mi padre en cambio era un intelectual. Fue uno de los íconos en la historia económica de nuestro país. Tuvo cercanía y colaboró con algunos de  los intelectuales más reconocidos de su juventud, como Vicente Lombardo Toledano, Martin Luis Guzmán y Daniel Cosío Villegas, entre otros. Mi tío Felipe, ingeniero petrolero y próspero constructor, jamás supo quiénes serían esos personajes. Mi tío Carlos, ingeniero especialista en soldadura -el primero que hubo en México- me imagino que tampoco. Así que mi padre era un extraño en el clan, por más que siempre se mostró amable y le gustaba charlar con todos, o intentarlo. -Amigo Felipe, le dijo un día a manera de saludo. -Fernando, tú y yo no somos amigos, somos parientes, que es diferente.

—Rudeza innecesaria, intercaló Citlali.

Muchos años después, durante la última vejez en la larga vida de mi madre, le agradecí al tío Felipe todo lo que había hecho por ella, a lo que me contestó: «No lo hago por tu madre, lo hago por mi hermana, que es diferente». Más claro ni el agua, y en mi adolescencia tuve el atisbo de ese rechazo que se fue confirmando con los años. Al ser mi padre un intelectual, y los otros hombres de negocios, nuestra familia siempre fue la que tuvo menores recursos económicos. No es que nos faltara nada, pero siempre estábamos a la zaga, ya fuera en el tamaño de nuestra casa, los modelos de nuestros carros, y la ropa que usábamos.

Desde entonces me quedó cierto dualismo en torno al dinero. Por una parte, pensé que yo sí haría dinero como mis tíos. Por la otra, tenía el ejemplo de mi padre, que disfrutaba muchísimo escribiendo artículos y notas. Lo recuerdo perfectamente con su bloc y su lápiz, en una mesa pequeña que sacaba al jardín de la casita de Tenancingo. Para el fin de semana empacaba un portafolios de cuero con sus libros, fácilmente cinco o más, y desde que se subía al auto -manejaba mi madre- iba leyendo y subrayando, lo cual era notable, pues sus subrayados eran perfectos. Para eso tenía un pulso de cirujano.

En alguna ocasión en que nos juntamos a charlar primos y primas, alguna de ellas tuvo la idea de que formarían dos equipos, liderados por ellas. Irían escogiendo a los hombres que estábamos ahí, lo cual era práctica usual entre nosotros antes de nuestros partidos. Pero en esta ocasión seleccionarían por el atractivo físico de cada uno. Las primeras elecciones eran casi obvias, pues había algunos con fama de bien parecidos. Yo sentía que me escogerían hacia el final, pero, antes de que dijeran el nombre del siguiente seleccionado, no perdía la esperanza de que fuera el mío. Pero fui el último. Los días que siguieron no dejé de recriminarme haber participado en ese juego. Una cosa es ser el patito feo y otra diferente estarlo demostrando.

—Zas. Eso si estuvo muy cruel—exclamó Citlali, indignada.

Hacia el final de esa época de Tenancingo, algunos de los primos salían a las calles al atardecer en el auto de uno de ellos (no todos teníamos) a conocer muchachas pueblerinas e invitarlas a subir. Si accedían les invitaban un helado y luego iban a estacionar a algún lugar discreto para retozar un poco. Alguna vez fui con ellos. Traté de hacer lo mismo, pero no se me dio. Solo logré intercambiar algunas palabras con la chica, pero la mayor parte del tiempo esperamos a que los demás terminaran con su juego. A mediados de los setenta, abundaban los niños y jóvenes por el crecimiento demográfico brutal de aquellos años. No había ese resentimiento de clase entre ricos y pobres que se siente ahora. Tenía la percepción, que ahora asumo equivocada, que cada uno aceptaba su lugar en el mundo, y no era extraño que las chicas pobres compartieran con los niños ricos. Ese mundo se terminó en parte por el esfuerzo educativo del gobierno, lo que ahora se llamaría el empoderamiento de las mujeres, y por la aparición de bandas criminales y la delincuencia organizada.

Citlali se arremolinó en su sillón, pelando un cacahuate con tanta fuerza que la cáscara crujió entre sus dedos. Me interrumpió de golpe, con una molestia nítida en la voz:

— ¿Qué diablos se creían ustedes? Salir a acosar chicas…no tiene perdón…aunque dice que ellas aceptaban…En fin, no me lo puedo imaginar.  ¡Pero sí le digo, me da rabia eso!

—Sabía que te podías enojar, sobre todo después de que te conté lo de los “niños pobres”. Pero preferí ser transparente y no omitir este tipo de detalles.

—Ningunos detalles—remató ella, aún molesta.  

En aquellos años de Tenancingo aprendí a manejar, lo cual era uno de mis logros que más me llenaba de orgullo. En la casa, la que manejaba casi siempre era mi madre. Mi padre solo aprendió a conducir automóvil hasta después de haberse casado, y nunca fue un buen piloto, ni le gustó estar al volante. Mi madre era muy buena conductora, algo notable para la época, siendo mujer. Sobre todo, en carretera. A ella le habían enseñado desde muy joven sus primos varones y fue ella quien me transmitió muchos consejos para conducir, tales como frenar antes de la curva y acelerar al salir de ella, frenar con motor haciendo los cambios de embrague, alinear el centro del cofre con la línea blanca de la carretera, nunca pasar sobre lo que pudiera parecer una bolsa o una caja de cartón, dar y pedir los cambios de luz larga, nunca rebasar en columpios verticales, hacia dónde mirar para no dejarse deslumbrar por los autos que viniesen en sentido contrario, entre muchos otros. Puse gran empeño en aprender, y no pasó mucho tiempo antes de que yo fuera el chofer designado para trasladarnos todos de la ciudad de México a Tenancingo. Uno de mis grandes orgullos fue el día que por primera vez me llevé yo solo el auto de la familia a hacer alguna diligencia dentro de la ciudad.  Luego tuve que aprender a lidiar con policías y con mecánicos, que son la eterna pesadilla de todo automovilista.

—Y ahora ya no maneja—, dijo Citlali, —más que su bici y su cuatrimoto. Pero le voy a decir algo que no le va a gustar. Me hace un retrato de unos niños ricos de telenovela, medios prepotentes, medios bobos, unos más que otros…

Las casas de Tenancingo se vendieron por ahí del año 1985. Al crecer, muchos de nosotros encontrábamos aburrido el pueblo y preferíamos tener actividades en la ciudad. Además, mi abuela Omma tenía un rancho de 120 hectáreas en la localidad de Valle de Bravo, y ya había dicho, desde muchos años antes, que ese rancho lo dividiría entre sus nietos. Valle de Bravo era la joya de la corona turística del Estado de México, por la presa y sus calles típicas de poblado mexicano antiguo. Tenía una vida nocturna que Tenancingo no tenía, así que la tentación fue grande. Entre todas las cinco familias descendientes de la Omma, y herederas del Rancho en Valle de Bravo, comenzó la inquietud por el traslado hacia allá y el abandono del “Rancho Contento”. Nosotros los Rosenzweig, comenzamos a construir nuestra casa a la mitad del cerro que nos tocó, con una vista hacia el pueblo y las torres de la parroquia hacia el Sur y la presa, hacia el Poniente. Fue un reto para nosotros hacer esa casa. Mis tíos los ingenieros no pensaron que lo lograríamos, pues ni éramos empresarios ni teníamos ninguna experiencia en la construcción. La casa la construimos, evidentemente, con recursos de mi padre, pero no hubiese sido posible sin el empeño y corazón que pusimos mi madre y yo. La construcción de esta casa marcó un hito en la relación con mis tíos los ingenieros, pues marcaba el fin de nuestra dependencia hacia ellos, el fin de su liderazgo, el final de la historia en la que ellos siempre fueron los mejores, y dejaba claro que nosotros, los Rosenzweig, también podíamos.

—¡Tomen para que aprendan! — exclamó Citlali, mientras se ataba los tenis que se había quitado, como era su costumbre.

 

Noche 7. Ladrillos y Maíz

Cuando llegó, noté a Citlali un poco desmejorada, con cansancio en su semblante. No había parado de hacer cortes y peinados para todas las chicas que querían estar guapas en su fiesta de graduación de preparatoria, que sería esa noche.

—Hoy sí me cansé —dijo, dejándose caer en el sillón—. Vengo rendida. Lo normal son dos o tres cortes en una mañana, pero hoy no paré ni para el almuerzo. A la última chica le dije que se le veía bien su cabello largo porque ya no tenía fuerzas ni para tomar las tijeras. Nada más la peiné; me quedó bien, y se fue contenta. No creo que usted sepa lo que es trabajar así de duro.

Durante unas vacaciones de verano en Rancho Contento, uno de mis tíos tuvo la idea de ponernos a trabajar en la obra del mercado municipal de Tenancingo, donde él era contratista, para que fuéramos conociendo el valor del esfuerzo y del dinero. En aquel entonces ninguno de nosotros había cumplido los dieciocho años, pero eso no era impedimento; ni siquiera se había inventado la credencial del INE. Yo acepté con gusto; ya tenía esa edad en que uno quiere despertar al mundo.

Llegamos muy temprano en nuestras bicicletas y las encargamos con uno de los intendentes. Había unas torres de ladrillo rojo apiladas en uno de los patios de maniobra y nuestro trabajo consistió en trasladarlas a otro lugar. Los primeros montones los cargamos a pulso; no serían más de cinco por viaje. Pronto surgió la idea de hacer una cadena humana; nos colocamos a una distancia de unos tres metros de separación y nos aventábamos los ladrillos de mano en mano. Fue divertido, pero pronto nos cansamos. Al día siguiente ya teníamos dolor de espalda y ampollas en las manos. Por puro pundonor, como diría mi padre, logramos terminar la pila que nos asignaron. Muy satisfechos, fuimos a comentarle al supervisor que ya habíamos cumplido y que nos marchábamos. Nos miró con una sonrisa burlona, y nos asignó una pila aún más grande que la que ya habíamos movido y nos advirtió que la salida era a las cinco de la tarde, ni un minuto menos. No tengo claro cuántos días más aguantamos; ni siquiera recuerdo haber recibido mi pago. Con tal de no volver a la obra, nos dimos por bien servidos.


Albañiles influyentes. ¡Lo que me faltaba! —dijo sonriendo, y luego le ganó la risa—. Ya me puso de buen humor. Cuénteme de otro trabajo de esos…

—No fue precisamente un trabajo; digamos que tan solo fue una capacitación.

Durante la preparatoria, en un viaje escolar, nos llevaron a un centro de experimentación para nuevas variedades de maíz que dirigía un técnico suizo, por el rumbo de San Felipe del Progreso. La tarde de nuestra llegada nos pasaron a un jacalón de adobe y piso de tierra, y nos explicaron los experimentos que estaban haciendo con distintas cruzas de maíces criollos. Al día siguiente, nos levantaron al alba para conocer la “parte práctica”. Nuestra tarea era arrancar las mazorcas, deshojarlas y encostalarlas. Nos dieron un clavo largo para abrir la mazorca, y nos sugirieron que utilizáramos los guantes de felpa que nos habían pedido llevar.

Durante las primeras horas echamos competencias para ver quién llenaba su talega de yute más rápido. Para la tarde, el furor deportivo se nos había pasado. Comenzó a caer la noche junto con una fina llovizna. El barro se emplastaba en las suelas de los zapatos, y las aletas de la nariz y las orejas comenzaban a doler. Del cansancio, hasta atinar a la mazorca con el clavo se complicaba. Nunca nos aclararon el objetivo del «bloque práctico», pero me quedó más claro cuando volvimos al jacal ateridos de frío: el suizo estaba arrellanado en un sillón de mimbre, con un jarro de ponche y una pila de libros al lado.

—Debí suponerlo. —remató Citlali—. Ni obreros ni campesinos. De seguro se volvieron unos chicos estudiosos—dijo entre risas.

Noche 8. Mi padre, mi ídolo

—Toma, mira esto —le dije a Citlali mientras le extendía un par de cuartillas engrapadas—. Es lo que he logrado reconstruir sobre la vida pública de mi padre. No espero que lo leas completo. Nada más echa un vistazo; fíjate en algunos nombres de personas y de lugares y te darás una idea de quien fue. Vienen algunas semblanzas de él en algunas enciclopedias, pero es una pena que en ningún lugar esté su biografía completa. Logré reconstruirla con base en mis recuerdos y verifiqué datos y fechas con la ayuda de la inteligencia artificial.

 Ella se acomodó en el sillón, encendió la lámpara de mesa y recibió los papeles. Se tomó su tiempo. Mientras yo observaba en silencio cómo sus ojos recorrían aquellas líneas, el peso de la historia nacional y familiar comenzó a flotar en la habitación.

 

 

Mi Padre: El Intelectual, el Historiador y el Maestro. Fernando Rosenzweig Hernández: (1922-1988)

La trayectoria de Fernando Rosenzweig Hernández se cimentó en el efervescente ambiente intelectual del México de los años cuarenta. Durante su paso por las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria y, posteriormente, en las Facultades de Derecho y Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Rosenzweig formó parte de una constelación de jóvenes brillantes que se convertirían en los arquitectos del Estado mexicano de la segunda mitad del siglo XX. En los pasillos universitarios coincidió y debatió con personajes de la talla de José López Portillo, Luis Echeverría Álvarez, Jesús Reyes Heroles, Horacio Flores de la Peña y Emilio Mújica Montoya, entre otros.

Esta coincidencia no fue meramente casual; constituyó un eslabón generacional definitivo. Mientras compartían cátedras y lecturas sobre el nacionalismo revolucionario y el destino del país, se tejieron redes de respeto técnico e ideológico que, décadas más tarde, se reactivarían para llamarlo a ocupar las más altas responsabilidades en la planeación económica e institucional de la República. Sin embargo, a diferencia de algunos de sus contemporáneos que optaron tempranamente por el pragmatismo político, Rosenzweig eligió el camino del rigor científico y la intransigencia ética.

A principios de la década de los cincuenta, Rosenzweig combinaba su labor como economista con el periodismo de ideas. Se desempeñaba como jefe de redacción en la revista Tiempo, el influyente semanario fundado y dirigido por el célebre novelista revolucionario Martín Luis Guzmán. Fue en la coyuntura electoral del 6 de julio de 1952 cuando sus convicciones de izquierda lo llevaron a protagonizar un acto de abierto desafío al régimen. Junto a intelectuales como Manuel Marcué Pardiñas y Jorge Carrión, Rosenzweig firmó y publicó un "voto razonado" a favor del candidato del Partido Popular, Vicente Lombardo Toledano, manifestándose en contra de la continuidad oficialista que representaba Adolfo Ruiz Cortines.

La reacción del aparato estatal fue inmediata y severa. Rosenzweig fue citado al despacho principal del Banco de México por el propio Director General, el licenciado Carlos Novoa. En una tensa reprimenda institucional, Novoa le reclamó duramente la osadía de morder la mano presupuestal que lo alimentaba, argumentando la incompatibilidad de recibir un sueldo del Estado mientras se atacaba públicamente al candidato del régimen. Rosenzweig defendió su dignidad con entereza, sosteniendo que su permanencia en el banco central dependía de su probada calidad técnica y estadística, no de una forzada sumisión ideológica.

Este choque político encendió la mecha de una crisis insostenible dentro de la redacción de Tiempo, donde la convivencia entre el criterio histórico del equipo técnico y las directrices de Martín Luis Guzmán terminó por fracturarse por completo. El detonante definitivo fue la cobertura impuesta de un desfile masivo organizado para ensalzar al presidente saliente Miguel Alemán Valdés. Guzmán, plenamente alineado con los intereses económicos y propagandísticos del alemanismo, ordenó mutilar, reescribir y alterar de forma arbitraria las crónicas de los reporteros para eliminar cualquier matiz crítico o análisis objetivo de la realidad social del país.

Para Rosenzweig y su equipo, esta intervención sistemática representaba una humillación profesional y una traición al propósito original del semanario. No estaban dispuestos a convertir la revista en un mero folletín de adulación palaciega ni en un instrumento de propaganda ciega. En un acto de dignidad gremial sin precedentes, Rosenzweig encabezó una célebre renuncia colectiva en bloque junto a su jefe de información Ernesto Álvarez Nolasco y redactores de la talla de Mario Gill, Luis Suárez y Germán List Arzubide. El manifiesto público de su dimisión se difundió íntegramente en las páginas del diario El Popular, denunciando ante la opinión pública la incompatibilidad absoluta entre el ejercicio del periodismo ético y la censura ideológica impuesta desde la dirección de la revista.

Aislado provisionalmente de los círculos oficiales por su disidencia, Rosenzweig demostró una versatilidad profesional extraordinaria. En 1954, se incorporó a la Comisión del Papaloapan bajo la dirección humanista del ingeniero Raúl Sandoval Landázuri. Incursionó en la tarea de diseñar y supervisar el sistema de crédito agrícola para las comunidades y ejidos indígenas desplazados por la Presa Miguel Alemán. Esta intensa labor de campo lo llevó a residir de forma permanente, entre 1956 y principios de 1957, en el campamento central de Ciudad Alemán, Veracruz, experiencia que dio origen a su célebre balance "Crédito agrícola en el Papaloapan" (1957) y consolidó su convicción de que los números debían servir para la emancipación social.

Su destreza en estas materias llamó de inmediato la atención del Banco de México, institución a la que ingresó formalmente en 1955 como pilar técnico de primer orden, y desde la cual el historiador Daniel Cosío Villegas lo reclutó para el monumental proyecto de la Historia Moderna de México. Operando bajo un esquema de colaboración institucional y "doble sombrero", el banco central lo comisionó entre 1956 y principios de 1957 para regresar a la cuenca del sureste y residir de forma permanente en el campamento central de Ciudad Alemán, Veracruz. Esta intensa inmersión en el campo le permitió procesar sobre el terreno el balance final del sistema de financiamiento rural, experiencia que dio origen a su célebre estudio "Crédito agrícola en el Papaloapan" (publicado formalmente en 1957) y consolidó su convicción de que los números debían servir para la emancipación social.

A su regreso definitivo a las oficinas de gabinete en la capital, Rosenzweig dividió sus jornadas entre la planeación macroeconómica contemporánea del banco y el procesamiento de ingentes bases de datos sobre moneda, banca y comercio exterior del siglo XIX. Esta titánica aportación académica culminó en 1965 con la publicación de los tomos de "La Vida Económica" del Porfiriato correspondiente a la Historia Moderna de México, introduciendo por primera vez en México las herramientas de la historia económica cuantitativa.

 

 

A la par de este extenuante trabajo de investigación histórica en los años sesenta, y con el fin de complementar sus ingresos, Rosenzweig recurrió a su notable dominio del idioma inglés y su bagaje teórico. Se convirtió en un prolífico traductor externo para la Sección de Obras de Economía del Fondo de Cultura Económica (FCE). Entre sus aportaciones editoriales más destacadas de este periodo se encuentran la traducción del clásico de Arthur S. Link, La política de Estados Unidos en América Latina (1913-1916) (publicado en 1960); el compendio colectivo coordinado por Everett E. Hagen, Planeación del desarrollo económico (editado en 1964); y el célebre manual universitario de George Leland Bach, Tratado de economía. Estas minuciosas traducciones no solo oxigenaron su economía personal, sino que formaron a generaciones de economistas hispanohablantes al poner a su alcance las discusiones de vanguardia de la teoría del desarrollo internacional.

La solvencia demostrada en el Papaloapan convirtió a Rosenzweig en un cuadro técnico de exportación para los organismos multilaterales. En 1966, la FAO lo reclutó como experto internacional para dirigir los estudios del Proyecto de Desarrollo de la Cuenca del Huallaga Central, con sede en Tarapoto, en la Amazonía peruana. Durante tres años, aplicó modelos de colonización dirigida y estructuró sistemas de crédito rural para los nuevos asentamientos de la selva alta. En 1970, la FAO extendió su misión internacional y lo asignó a Quito, Ecuador, como experto asesor en planificación económica, donde colaboró estrechamente con las agencias estatales en el umbral del auge petrolero andino.

Su regreso de Ecuador a México ocurrió a principios de 1971, año en el que se trasladó formalmente a colaborar con el Gobierno del Estado de México. No obstante, sus diferencias con la política estatal  lo llevaron nuevamente al extranjero en 1972, trasladándose a Guatemala como consultor especializado en el proyecto GAFICA (Grupo Asesor de la FAO para la Integración Económica Centroamericana), un ambicioso esfuerzo técnico por articular los sectores agropecuarios de las naciones del istmo centroamericano.

El bagaje acumulado en el extranjero y su impecable reputación motivaron a sus antiguos colegas a convocarlo en las vísperas del nacimiento de un nuevo centro de excelencia. Así, en noviembre de 1974, Rosenzweig figuró como cofundador y primer Director de la División de Investigación del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). En este arranque, la naciente institución -impulsada por Francisco Javier Alejo y el propio Echeverría- estuvo presidida por su entrañable compañero de la UNAM, Horacio Flores de la Peña, quien fungió como el primer presidente del CIDE.

Bajo la dupla de Flores de la Peña en la presidencia y Rosenzweig en la dirección de investigación, la institución asumió un rol histórico trascendental: convertirse en un refugio intelectual para decenas de académicos y científicos sociales que huían de las dictaduras militares en el Cono Sur, tras el sangriento derrocamiento de Salvador Allende en Chile (1973) y los golpes de Estado en Uruguay y Argentina. Rosenzweig integró a estos brillantes exiliados latinoamericanos a las áreas de investigación del CIDE, consolidando un espacio de pensamiento crítico y plural de alcance continental que marcó la formación de nuevas generaciones de economistas.

El advenimiento del sexenio de su antiguo compañero de aulas de la UNAM, José López Portillo, en 1976, reactivó las redes generacionales y colocó a Rosenzweig en el núcleo de la alta burocracia financiera. Tras colaborar en el IEPES formulando el Plan Básico de Gobierno, fue nombrado en 1977 como Director General de Política de Ingresos en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP). En esta trinchera colaboró de forma muy estrecha con Julio Rodolfo Moctezuma Cid, primer Secretario de Hacienda de ese gobierno y un funcionario estrechamente ligado a Horacio Flores de la Peña (de quien había sido colaborador clave como Oficial Mayor cuando Flores de la Peña encabezó la Secretaría de Patrimonio Nacional en el sexenio previo).

Fiel a su vocación integradora, Rosenzweig invitó a colaborar en Hacienda a destacados economistas del exilio latinoamericano que laboraban en el CIDE; entre ellos, de manera muy prominente, al uruguayo Samuel Lichtensztejn (exrector de la Universidad de la República en Montevideo), quien se desempeñó como asesor macroeconómico de primer nivel en la dependencia.

Fue justamente este equipo técnico y de asesoría internacional, encabezado por Rosenzweig y bajo el cobijo de Julio Rodolfo Moctezuma, el encargado de diseñar y formular por primera vez en México el Impuesto al Valor Agregado (IVA). El objetivo era sustituir el obsoleto Impuesto sobre Ingresos Mercantiles, que cobraba tasas en cascada y distorsionaba la economía. Inspirados en los modelos de fiscalidad europeos y en las rigurosas proyecciones macroeconómicas que Lichtensztejn y los técnicos nacionales desarrollaron entre 1977 y 1978, se estructuró la base gravable que finalmente adoptaría el Congreso. Aunque diseñado conceptualmente bajo la dirección de Rosenzweig en la primera mitad del sexenio, este impuesto entró en vigor formalmente el 1 de enero de 1980, transformando radicalmente la recaudación del Estado moderno.

Al concluir su periodo en Hacienda, Rosenzweig continuó colaborando de forma muy estrecha con el licenciado Julio Rodolfo Moctezuma Cid en uno de los magnos proyectos de infraestructura del régimen: el ambicioso Programa de Puertos Industriales. Durante su primera etapa, operó en la Presidencia de la República bajo la conducción directa de Moctezuma Cid —titular de la Coordinación de Proyectos de Desarrollo—, encargándose del diseño, la planeación y el estudio de la viabilidad económica de terminales marítimas estratégicas como Lázaro Cárdenas, Coatzacoalcos y Altamira. Posteriormente, al transferirse institucionalmente el proyecto a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), el propio Rosenzweig fue designado para encabezar la Coordinación General de Puertos Industriales, asumiendo la máxima responsabilidad ejecutiva del programa. El objetivo de esta titánica empresa era descentralizar la industria pesada y preparar los litorales nacionales para el auge del comercio exterior y la exportación energética.

Posteriormente, en 1983, su pulcritud ética le abrió las puertas de la recién creada Secretaría de la Contraloría General de la Federación, donde sirvió como Comisario. Hacia febrero de 1984, a propuesta de su antiguo compañero de las aulas universitarias, Don Jesús Reyes Heroles —entonces titular de la Secretaría de Educación Pública—, el presidente Miguel de la Madrid lo designó Director General del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA). En este puesto, Rosenzweig se reencontró con su antigua vocación social por las comunidades marginadas, universalizando los servicios de alfabetización en todo el país hasta octubre de 1985, encargo que dejó pocos meses después del sensible fallecimiento del secretario Reyes Heroles.

Los años de madurez de Fernando Rosenzweig se consagraron a la docencia de alta dirección, la descentralización de la cultura y la ciencia. A la par de sus responsabilidades en el sector público, y motivado por una profunda reestructuración institucional promovida por el entonces director de la facultad de economía, Pedro Aspe Armella, Rosenzweig se había incorporado como profesor investigador de tiempo completo en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), donde consolidó su reputación como un docente entrañable y formador de nuevas élites técnicas. Tras concluir su ciclo en el servicio público federal, y convencido de que la historia económica debía nutrir también las identidades locales, en 1986 se sumó al núcleo selecto de intelectuales fundadores de El Colegio Mexiquense en Zinacantepec, Estado de México, impulsando investigaciones de corte regional que analizaban las haciendas, la industria y los movimientos sociales de los municipios mexiquenses. Por esta brillante aportación académica de rescate de la memoria local

Por esta brillante aportación académica de rescate de la memoria local, el gobierno estatal le otorgó la máxima distinción civil de la entidad: la Presea Estado de México "Ángel María Garibay Kintana", un galardón destinado a honrar a aquellos hombres cuya obra científica, literaria y humanística ha dejado una huella indeleble en el desarrollo cultural del Estado de México.

Su fallecimiento ocurrió en 1988, dejando tras de sí el ejemplo insólito de un hombre que transitó por las oficinas más complejas del Estado nacional y los organismos globales sin perder jamás la calidez humana, la bonhomía intelectual ni la lealtad a los principios de justicia social. En reconocimiento a su papel fundador y a la donación de su valioso acervo personal, El Colegio Mexiquense bautizó a su principal repositorio documental como el Centro de Recursos Documentales y de Información "Fernando Rosenzweig", el cual resguarda su memoria viva y continúa sirviendo de faro para las nuevas generaciones de científicos sociales en el corazón de México.

El relieve intelectual y la trascendencia pública de Fernando Rosenzweig Hernández quedaron firmemente registrados en las obras de referencia y la literatura especializada del país. Su trayectoria biográfica, sus contribuciones al desarrollo regional y su intachable conducta institucional son objeto de consulta obligada en las páginas de la Enciclopedia de México, donde su ficha resalta el doble perfil del economista docto y el historiador renovador. Asimismo, tras su deceso, la comunidad académica se volcó en honrar su memoria; destaca de manera muy particular la revista Estudios del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), que dedicó un número especial con rigurosos artículos de homenaje post mortem. Dichos textos, redactados por colegas e investigadores que compartieron con él los cubículos universitarios y las misiones internacionales, desmenuzaron tanto su revolucionaria aportación a la historia agraria y estadística como las virtudes personales de un maestro entrañable, generoso y poseedor de una agudeza analítica irrepetible.

Mi Padre, Modo Familia

Citlali bajó lentamente las hojas, las colocó sobre sus piernas y se quedó mirando fijamente a la estantería, como si los libros hubiesen cobrado vida durante su lectura. El silencio de la sala parecía sopesar el peso de los nombres que acababa de leer.

—No entiendo de política, pero supongo que su padre corrió con suerte —se animó a decir Citlali.

—Cómo me hubiese gustado que, en esta charla que tengo contigo, él estuviese presente. Te voy a contestar a la luz de las experiencias que yo tuve en el gobierno y en la academia. Los llamados “intelectuales” son reconocidos porque tienen mentes privilegiadas, que son capaces de razonar lo que otros no ven, de encontrar vínculos entre fenómenos que nadie más ha visto, que poseen una memoria más robusta que los demás y que, aparte de todo, han tenido la disciplina de escribir y desarrollar sus ideas con un método, sin caprichos y sin ocurrencias. Por lo mismo tienden a ser arrogantes, o por decir lo menos, no se juntan con cualquiera. Si van a platicar de algo les gusta que sus interlocutores estén a su nivel. Supongo que muchos de los personajes que ya he mencionado eran engreídos y no tan fáciles de trato en cuestiones de trabajo. Imagino a mi padre, saltando de temas, del crédito agrícola a la historia económica del porfiriato, al diseño de los impuestos como el valor agregado, a coordinar proyectos gigantescos de desarrollo regional o instituciones complejas como la educación de los adultos, en la que hay que lidiar con secretarios de Estado, gobernadores, entre otros.

Una carrera como la de mi padre solo se explica si tienes una alta capacidad intelectual, si eres perseverante y constante en el esfuerzo, y además tienes una inteligencia emocional que te permita lidiar con el ego de escritores de la talla de Martín Luis Guzmán, historiadores del nivel de Daniel Cosío Villegas y de políticos de primer nivel, por no hablar del trato con los presidentes de la República, si no eres de los que se agachan y defiendes tus principios, como lo fue él. Definitivamente no se trata de suerte. Y por lo mismo creo que descansó durante sus últimos años, cuando dejó el gobierno y se dedicó a la academia; ya no tenía que quedar bien con nadie en las estructuras de poder, sus alumnos eran sus evaluadores, creo que supo disfrutar de la libertad de cátedra, y te hablo de las instituciones más prestigiosas del país.

—Oiga, ¿y qué se sentía al comer y merendar todos los días con él? No sé cómo podría haber sido en modo familia —preguntó Citlali.

—De niño, lo veía como un papá muy divertido. Lo veíamos poco, porque él trabajaba en la selva y nosotros vivíamos en Lima. Y entonces toda la convivencia con él era como de día de fiesta. Ya después, lo veía con mucha admiración por lo que hacía y por las personas con las que se juntaba. Y al final, la vida es cruel, uno se vuelve adulto y se toma el derecho de juzgar a sus padres. Y cuando ellos ya no están, es cuando uno los ve como verdaderos titanes.

Cuando nos fuimos al Perú, mis padres pensaron que la familia viviría junta en Lima; en realidad, su puesto de trabajo se ubicó en la población —ahora ciudad— de Tarapoto, en un campamento de la organización. No era la selva aún; técnicamente le llamaban “pie de selva” y la vegetación era mucho más espesa que en otras selvas que conocí después, como las de Chiapas, Quintana Roo o el Petén. Nosotros nos quedamos viviendo en Lima, y mi padre venía una vez cada varios meses a vernos.

Eran muy agradables sus visitas. Hacíamos algunos paseos familiares sencillos, como caminar por las calles y plazas de Miraflores, tomar un helado, comer unos churros rellenos en alguna cafetería. Lo que más nos gustaba era que nos llevaran a una tienda departamental llamada Oeschle, dónde vendían unos autos metálicos de colección, marca Corgi Toys la mayoría, hechos en Inglaterra. Siempre nos compraban uno.

—¿Son los que están en la vitrina? —quiso saber Citlali.

—Algunos. Esa colección fue creciendo; con el paso de los años, me quedé con los carritos de mis hermanos, y se sumaron los que dejamos empacados en México antes de irnos al Perú, y posteriormente una colección de modelos antiguos a escala que adquiría mi padre en las estaciones de servicio en Guatemala, uno por semana. Las adquisiciones finales las hice en el mercado de La Lagunilla, ya en México, siendo yo un hombre maduro para esas fechas. Toda esa colección está ahora en la vitrina de mi habitación en la casa de Valle de Bravo, junto con soldaditos de plomo que fui adquiriendo en distintas épocas a lo largo de la vida.

Durante unas vacaciones me tocó ir a visitar a mi padre a Tarapoto. Atravesé la cordillera de Los Andes en un avión de cuatro hélices de la compañía Fawcett. Él me recogió en el aeropuerto, que consistía en una pista de barro compactado y una pequeña caseta con techo de palma, que hacía las veces de terminal. El trayecto al campamento cruzaba las calles sin pavimentar de aquel pueblo, con construcciones corrientes o provisionales. Así me imaginaba el campamento, pero al llegar, la sorpresa fue grata. Consistía en una serie de casitas independientes, dispersas a lo largo de un área grande, dónde habitaba cada uno de los expertos del proyecto. El comedor era comunitario, y ahí se juntaban todos al desayuno y el almuerzo.

Un día emprendimos una larga caminata, asistidos por un guía, en la que cruzamos durante varias horas la selva, con su olor característico a humedad impregnada de materia vegetal en descomposición. De repente encontrábamos insectos enormes, como unas mariposas de color azul intenso que revoloteaban bajo el domo vegetal.

—Me muero de ganas por conocer la selva —intervino Citlali—. ¿No salieron changos, tucanes, o más animales?

—Esa vez no, aunque sí era una zona peligrosa. En otra ocasión mi padre regresó con la piel de un tigrillo que había matado. Tenía las patas y el vientre agujerados: no era cazador y le habían prestado un rifle de postas, de esos que disparan muchas balas juntas, a ver cuál pega. Nunca había disparado un tiro ni jamás volvería a hacerlo. No era aventurero; era un hombre de paz. Eso explica que el episodio no se borrara nunca del anecdotario familiar. Pero volvamos a la caminata en medio de la selva.

Llegamos agotados a una pequeña choza con techo de palma, a la orilla de un río caudaloso, seguramente tributario del Huallaga. En aquel momento no entendí lo que hacíamos ahí, pero ahora comprendo que mi padre fue a levantar una encuesta de economía agrícola hasta aquel lugar. Hizo muchas preguntas y toda la información la anotaba a lápiz en una pequeña libreta de notas. Hasta muchos años después, cuando conocí de cerca los procedimientos para el levantamiento de encuestas, me di cuenta del profesionalismo de mi padre y de su rigor intelectual. No concibo a un encuestador de la actualidad caminando por horas entre la selva para hacer una entrevista que muy fácilmente se pudo haber inventado.

Mi padre era muy ocurrente para hacer frases y yo le festejaba de buena gana todas sus ocurrencias. Hay muchas frases suyas que no se me olvidan, de distintas épocas, que ilustran su tipo de humor. Un día que mi hermano menor estaba en plan de hacer berrinche, apuntó que «Fernando está muy positivo dentro de su negatividad». Otro día regañó a mi madre por usar el término de inditos y le sugirió utilizar el de «grupos étnicos diferentes», lo cual a la postre se volvió broma familiar: «Mira aquella mujer de un grupo étnico diferente que vende piñas». Varias veces se pronunció en contra de la palabra Kleenex y nos urgía a utilizar la de «pañuelitos desechables» (el paso del tiempo le ha dado la razón). Para referirse a una ciudad cualquiera de los Estados Unidos utilizaba la denominación de Falfurrias, Texas. Al ruido de los motores foráneos de la época de la regencia de Carlos Hank les llamaba «hankidos» y así, había términos con los que jugaba y otros que inventaba. Y una que se volvió clásica, en una ocasión que le subió mucho la fiebre: «Una ecuación más una Carmelina [...] es igual a…». Nunca supimos a qué era igual, pues siguió desvariando.

Contaba mi madre que de recién casados, mi padre fue a ver a una oculista amiga de ella. Lo sentó para examinar su vista y le pidió una descripción de una figura.

—Aparece una circunferencia, y del centro parecen salir dos líneas radiales de diferente extensión que apuntan hacia unas marcas aparentemente equidistantes…

Una vez que le colocaron unos lentes, exclamó:

—¡Aurorita, pero si es un reloj!

Le gustaba utilizar términos “domingueros”, pero además era bastante distraído para cuestiones cotidianas. En alguna ocasión dictó una conferencia sobre la economía del cultivo del garbanzo, y a la salida preguntó a unos campesinos:

—¿Y este grano qué es?

—Garbanzo —le contestaron. La imagen no figuraba en todo el material que había leído. Lo suyo era definitivamente la vida intelectual.

No todo mundo apreciaba su sentido del humor y hubo más de alguno que se sintió ofendido. A las bromas y comentarios chocarreros habría que añadir sus observaciones francas y directas. Como el día que el presidente José López Portillo le presumió la Gran Cruz de Isabel La Católica que le habían otorgado, y mi padre le señaló, para su disgusto, las flechas que caracterizaban a la Falange española, es decir, al franquismo tan odiado. O cuando redactó un documento que un secretario le llevó al presidente Luis Echeverría; el secretario comentó: «Le entendió muy bien el presidente», a lo que mi padre replicó: «Progresa Echeverría». Mi padre nos contaba esos incidentes con cierto orgullo de niño pícaro. Para mí eran verdaderas epopeyas de mi héroe, que se movía en tan altas esferas y se atrevía a decir esas frases tan agudas.

Ahora veo que tal vez mi padre haya tenido el problema de incontenible soltura verbal que también yo he padecido. Aunque sé que a veces cierto comentario quede fuera de lugar, muchas veces no resisto las ganas de soltarlo, y el costo es quedar como imprudente, insensible o sencillamente como un pesado. Había un rancho dividido por una barranca; de un lado estaba la casa de la familia Ricaud, que se pronuncia Ricó, así que mi padre le dijo al pariente que vivía enfrente: «Y de este lado viven los Pobré…». Fue una broma que hasta la fecha no le acaban de perdonar los descendientes de aquel pariente, sobre todo porque la mofa se esparció como la pólvora.

A la ahijada de mi madre que vivía con nosotros, de unos diez años en ese momento, le decía Pulga. «No me vayas a decir así mañana que vienen mis amigas», le pidió ella. Al día siguiente, al ver la sala con globos y llena de niños, la buscó con la mirada y al encontrarla le gritó con fuerza: «¡Pulga!».

Solo una vez lo vi exaltado. Le urgía regresar a la Ciudad de México después de unas vacaciones en Manzanillo. Aeroméxico sobrevendió el vuelo y cancelaron nuestros pases de abordar. Armamos un tremendo zafarrancho en el aeropuerto, algo muy inusual entre nosotros (de esos que actualmente se volverían virales en las redes), y mi padre increpó a algún empleado con la frase de que preferiría regresar en patín del diablo antes que volar con aquella compañía. Al final, algún otro pasajero le cedió el lugar.

Salvo en sus ausencias de trabajo, mi padre fue un hombre de hogar. Los años que convivimos con él, siempre que pudo, fue a comer a la casa, y llegaba por lo general a buena hora para la merienda. Siempre estaba de buen humor y presto a emprender cualquier conversación. Le gustaba ir a buenos restaurantes con sus amigos, con quienes conversaba en largas sobremesas, pero eso no le quita lo hogareño. Como regla general, siempre recuerdo eso de las comidas con él: disertaba en la sobremesa algún tema, muchas veces de historia, y todos nosotros y mi madre lo escuchábamos con atención. Era un buen narrador. Tanto su actitud como la nuestra era seria. Los temas eran formales y no había lugar para risas ni carcajadas.

—El padre y los escuchas… Me los imagino ahí, todos seriecitos… papaloteando en otra cosa, ¿a qué sí?

—Ahora tú también me vienes con palabras de origen náhuatl… Pero ya que lo dices… A veces sí me quedaba pensando en otra cosa.

—Parece que estuvieran jugando a la escuelita —, dijo Citlali, ya encarrerada en su reflexión—. Nomás les faltó sacar una libreta para los apuntes.

—Lo dirás de broma… Cuando estudié mi licenciatura, él era el único profesor que daba Historia Económica. Me tocó tomar clases con él.

—Y seguro sacó diez —, dijo, provocadora.

—Ni modo que no. Aprendí por ósmosis. Era un profesor muy querido por sus alumnos. ¿Ves ese cuadro que tiene una manzana pintada al centro? Está allá, cerca de la entrada. Una alumna de él era hija de esa gran pintora, Martha Chapa, y le consiguió el cuadro a muy buen precio.

—Nunca he oído hablar de esa señora, pero el cuadro está hermoso… una sola manzana en una gran mesa… ¡ya me antojé!

Noche 9. Colegio Suizo

No escuché cuando entró Citlali a la biblioteca. De pronto la vi observando el cuadro de Martha Chapa, y lo comparaba con una manzana roja que traía en la mano. Cuando me vio, me dijo:

 —También traje una para usted.

Estaba encantada de que una fruta del mercado pudiera ser objeto de un óleo tan impresionante. Con entusiasmo, dio una gran mordida a su manzana, se le quedó mirando, y de inmediato la comparó con el logotipo de su ipad mini.

 —¡Por poco y me quedan iguales! A la próxima será. A ver Usted, una mordida.

 —Yo no, —dije apenado, — la tengo que partir con mi navaja en pequeñas rebanadas.  

Me volteó a ver de reojo y con otros dos mordiscos dio cuenta de su manzana.

 A mi regreso a México, me inscribieron en el Colegio Alemán, en la sucursal central, en ese entonces en Tacubaya, al quinto grado de primaria. Ya antes había estado en esa escuela  en Lima y Quito. Mi madre también estudió unos años ahí, antes de que México se incorporara a la Segunda Guerra Mundial, y había estado interna, junto con sus hermanos, en una escuela de religiosas en Hamburgo. Aterricé a mis once años, al quinto grado, en lugar del sexto como me hubiese correspondido, ya que perdí un año a causa de que en Sudamérica no cursamos el idioma inglés. En quinto comencé a estudiarlo, y me pareció más bonito y fácil que el alemán. Al terminar la preparatoria siete años después, nunca volví a hablar ni a leer en alemán. Jamás pude descifrar un periódico o una revista en ese idioma, a diferencia de las que estaban en inglés, que pronto comencé a comprenderlas. El inglés en cambio me sirvió bastante a lo largo de la vida.

Me costó trabajo acostumbrarme a la gente de México, sobre todo al uso de la palabra “güey”. Alguna vez pregunté a un compañero que por qué se decían “buey” el uno al otro, lo que resultaba incomprensible. La respuesta me dejó aún más desconcertado: —No se dice buey, se dice güey. Tampoco comprendía el uso de la palabra “mano” para referirse a alguien entre amigo y conocido.  Era un extranjero en mi país y en mi propio idioma.

—¿Qué pasó mi cuate? —preguntó Citlali, muerta de risa. —¿Cómo que no entendía ni náhuatl ni mexicano?

También me parecía extraña la costumbre de formarnos para entrar a clase al final del recreo. —Hagan fila, tomen su distancia, adelante. Prácticamente igual a lo que haría años después durante el Servicio Militar, que solo consistía en marchar los viernes en la tarde con uniforme de conscripto, hacer la fila al inicio y romper filas al final.

Los recreos eran divertidos. Los alumnos de todos los grados salíamos al mismo gran patio al mismo tiempo. Como no tenía amigos, me dedicaba a recorrer el patio. Era un mosaico enorme de colores, tanto por la variedad de fenotipos (germánicos, mexicanos y mezclas diversas), como por la vestimenta colorida de todos. En mis colegios en Sudamérica siempre usé el uniforme escolar, y en México eso ya no se usaba. En alguna esquina del patio estaría un grupo de niñas jugando al avioncito o brincando con unas ligas, otras saltaban la reata que era una diversión femenina hasta donde recuerdo; muchos chicos jugaban a las canicas, y en ocasiones había alguna gresca entre alumnos y todos nos poníamos en círculo a observar. Participé varias veces en el juego de las canicas. Si uno perdía, perdía la canica en favor del vencedor. Había una regla que no recuerdo como aplicaba, pero el hecho es que quien llevaba una canica de metal, tenía bajo ciertas circunstancias el derecho a «cascar» al otro, es decir, tirar la canica metálica desde muy cerca hacia una de las canicas de vidrio, que terminaba astillada, abollada o hecha añicos. Se llamaban balines, no eran fáciles de conseguir, y me sentí muy cómodo el día que conseguí uno en un taller mecánico cercano a la casa. Muchos otros chicos y chicas conversaban durante el recreo mientras yo daba vueltas hasta que sonaba la campana para formar las filas.

Después de ese año en el Colegio Alemán, me pasaron al Colegio Suizo de México, que según mi madre proporcionaba mejor educación al ser una escuela mucho más pequeña. En efecto, en sexto año en el Colegio Suizo éramos alrededor de treinta estudiantes; a secundaria pasamos menos; por las exigencias académicas cada año quedaban menos compañeros; tal vez hayamos sido quince al iniciar la preparatoria y al terminarla éramos solamente trece. En quinto año en el Colegio Alemán, éramos treinta en cada grupo, pero había quinto A, B, C, y D. Así dieron inicio siete años en el Colegio Suizo, uno de primaria, más la secundaria, y la preparatoria. Comenzaríamos tal vez equilibrados en el número de hombres y mujeres, pero en los últimos años, la proporción de mujeres fue bajando. En el séptimo año, éramos diez hombres y tres mujeres. Una de las consideraciones de mis padres a favor del Colegio Suizo es que era mixto (muchos en aquella época no lo eran, como los de los Legionarios) pero la dinámica del tiempo retorció aquella ventaja.

Al igual que en el Colegio Alemán, los recreos eran la oportunidad para conocer y ver a chicos y chicas de otros grupos, en este caso, los más grandes que nosotros y los más chicos, pues éramos grupos únicos. En los primeros años, jugábamos futbol en los recreos, a veces sin balón, pateando una lata de refresco vacía. Ya después, muchos recreos eran para conversar con los compañeros, muchas veces sobre el futbol, o para comentar sobre la belleza de alguna chica, o sobre alguno de sus atributos que nos llamara la atención. Algunas de las chicas eran verdaderamente guapas. Recuerdo a la chica morena clara con muslos exquisitos en sus shorts de deportes, con un cabello lacio trigueño que le cubría parte del rostro; aquella otra de senos enormes pero perfectamente proporcionados; la muñequita que llegó de España, delgadita, pecosa y de pelo rizado; la hermana menor de un compañero suizo, que tenía  unos ojos verdes encantadores; y muchas otras que hacían nuestras delicias en los recreos, con sus atuendos ajustados,  en colores muy vivos de las marcas cotizadas de la época.

—Qué gracioso — dijo Citlali — ¡era una escuela mixta, pero con esos números, las chicas estarían ahí para antojar! Y añadió —¡Ya veo que era medio fijado, pero nada lanzado! Los típicos mirones— dijo meneando la cabeza.

Novia nunca tuve, amigas con las que platicara mucho tampoco. Ya desde entonces era yo más espectador que protagonista. Hacia el final de la preparatoria, sufría yo muchísimo cuando alguien organizaba alguna reunión en su casa, con parejas. Yo no tenía; en ocasiones me presentaron algunas, pero fueron encuentros que no prosperaron.

Había una dinámica peculiar entre los alumnos del Colegio Suizo, al menos en mi grupo. Por un lado, estaban los que provenían de hogares extranjeros o germanoparlantes. Por otro lado, estábamos los que hablábamos español nativo. Nos veíamos con cierta distancia unos a otros. Convivíamos en viajes, en reuniones sociales y en los recreos, pero hay ciertos comportamientos y códigos en los clanes que se reconocen, pero son difíciles de explicar. Había diferencias culturales, de idioma y  de costumbres, que hacían que uno perteneciera a una tribu y no a la otra. De las tres chicas que quedaron al final de la preparatoria en nuestro grupo, todas eran de idioma alemán nativo. El sentido del humor de cada clan era muy distinto. —De que se ríen? Ni modo de explicar el chiste.

—O sea que iba a una escuela extranjera, y sólo se juntaba con la raza. Cómo que no cuadraba mucho Usted por ningún lado.

—Y sigo sin cuadrar.

Noche 10. El Megáfono de mi Madre

Mi madre siempre fue muy unida con sus hermanos. Ella fue la mayor seguida por Carlos, Felipe, Susana, e Ignacio. Mi madre le llevaba a Ignacio ocho años. Siempre vio a sus hermanos con respeto, y siempre les pedía consejos. Son los hermanos que hicieron fortuna a temprana edad. «Yo sí sé cómo forjar un patrimonio», dicen que decía Carlos. Susana se casó muy joven con un próspero empresario toluqueño, quien luego quebró, y fue ella quien realizó un emprendimiento con el negocio de las flores y así hizo mucho dinero. Ignacio, el menor, fue un político prominente. A los treinta y un años fue diputado federal, y tuvo una carrera política ascendente hasta llegar a gobernador del Estado de México, dos veces secretario de estado en el gabinete federal, y dos veces embajador de México ante países europeos. Mi madre tuvo con Ignacio una relación particular. Habían vivido un año en un internado en Alemania, entre 1937 y 1938, justo al inicio de la gran guerra, y mi madre fungió como su madre sustituta, ya que él tenía tan solo dos o tres años en aquel momento. Forjaron una relación entre ellos similar a la de madre e hijo que duró toda la vida.


— Perdón por la interrupción. ¿Sabe con qué palabra me topé el otro día, que fuimos a unas prácticas a una comunidad allá lejos? “Chichigua”. Dicen que viene del náhuatl “chichi”, que es una repetición onomatopéyica para el pecho o el acto de mamar, y que significa nodriza. O sea, una mamá sustituta.

—Wow. Creo que no me hubiera servido mucho estudiar náhuatl, pero sin duda es mucho más divertido que el alemán.

Mi madre consultaba muchas decisiones con sus hermanos: «Necesitamos la opinión de tu tío Carlos, o de tu tío Felipe, o de tu tío Nacho». Esa práctica hizo que yo, deliberadamente, las esquivara. Sentía que era una actitud de menosprecio a nuestras propias capacidades como familia. También pedía la opinión de mi abuela Omma, pero con ella no era tan notoria la consulta, pues se pasaba un buen rato todos los días conversando con ella por teléfono. En la casa de Jaime Nunó, ella se sentaba en el descanso de la escalera, en la parte alta, en el pasillo que daba a los cuartos, y su voz se escuchaba clara y fuerte en toda la casa. En ocasiones, hablaba de nosotros con la abuela Omma, así que durante esas charlas muchas veces estaba yo inquieto, a la espera de escuchar mi nombre y lo que dijera de mí, muchas veces crítico.

Esa costumbre de indiscreción telefónica la mantuvo hasta los últimos años de su vida. Algunos comentarios que escuché en ciertas ocasiones si me calaron. —Andrés ahora lleva una vida de peón…

—Era el típico «te lo digo Chana para que lo oigas, Juana» —intercaló Citlali, o el «radio pasillo» que tan bien funciona en la escuela. En mi casa le decimos el chismógrafo; todas las familias tienen uno.

—A mí me lo vendían como virtud: «Qué bueno que en las familias nos podamos comunicar, así somos más fuertes». Lo curioso es que, por andar comunicándose con sus hermanos, a veces no se comunicaba con nosotros.

Yo prestaba mucha atención al megáfono telefónico de mi madre, y no solo a las palabras, sino también a las inflexiones de voz y a los silencios… «Quién sabe qué estará diciendo mi abuela Omma sobre ese particular». Había que estar siempre atentos y alertas y, por lo mismo, vivía algo atemorizado. A diferencia de lo que ocurría con los abusadores del internado, en casa no podía hacer nada frente a una agresión verbal. «Es que mis hijos son tan tímidos, Nacho». Y luego esos comentarios pasaban al dominio de la comunidad de primos en Rancho Contento.

—O sea que, del megáfono, pasaban al perifoneo, para que todos se enteraran. ¡Qué horror!

Mi madre fue compañera de escuela de la hermana menor de mi padre en el Colegio Alemán, por ahí de 1938, cuando regresaron de Alemania. En algún momento mi padre comenzó a interesarse por ella. Muchas veces escuché la misma versión: que mi padre le escribía unas cartas muy bonitas y que seguido le mandaba flores y chocolates. Durante sus últimos años de vida en Valle de Bravo, soltó algunas confesiones que rompían con la narrativa anterior: que en su momento le pareció muy extraño que «ese señor», hermano de su amiga, le mandara flores.

Hubo un encuentro fortuito en San Andrés Tuxtla. Mi padre había ido allá con un grupo de amigos; mi madre con sus amigas. Se encontraron en la plaza, se reconocieron, comenzaron a platicar más, y al regresar a la ciudad de México el encuentro derivó en noviazgo. Mi madre guardó durante muchos años esas cartas “tan bonitas” que le escribía él.  Se casaron el 24 de febrero den 1956, día de la bandera y del onomástico de mi madre, en la iglesia de San Jacinto, en San Ángel.

De soltero su mayor atractivo no fue su físico y mucho menos su dinero, pero era un personaje interesante dentro de la política y el periodismo mexicano. Su atractivo radicaba en su cultura amplísima, su honestidad, su franqueza personal y su sentido del humor. Llegó al matrimonio sin saber manejar un vehículo automotor. Mi madre fue quien lo enseñó, pero él nunca disfrutó de su puesto al volante, aunque sí aprendió. De niños, en carretera manejaba él; ya después, en la adolescencia, mi madre. De joven «noviaba» en transporte público, y no sé hasta qué grado ello haya sido un inconveniente para mi madre, que vivía con hermanos amantes de la mecánica y de los automóviles.

La relación de mis padres era buena. Cada uno tenía su rol, al cual siempre le fueron fieles. Mi padre trabajaba y entregaba todo su sueldo en la casa. Mi madre siempre administró todo y, gracias a ella y su austeridad, lograron algunos ahorros y forjaron un patrimonio que generosamente nos dejaron a los hijos. Mi madre a veces se quejaba de que mi padre no se involucraba en las cuestiones prácticas del día a día, incluyendo el patrimonio y el dinero. Dónde vivir, qué casa comprar, qué vehículo adquirir, a qué escuelas inscribirnos, eran decisiones del ámbito de mi madre. Mi padre era feliz con tal de que pudiera tener tranquilidad para leer y escribir; fue un hombre extraordinariamente paciente, al menos con la familia.

Ya en la vejez, en sus últimos meses, escuché a mi madre conversar con una sobrina que relataba que se iba a casar muy enamorada, a quien le dijo de golpe:

—Yo no. Me sorprendió mucho la confesión, pero no dejó de hacerme cierto sentido.

—¡Zas!— exclamó Citlali —. Esa sí que no me la esperaba. Antes se juraban amor eterno y yo pensé que lo sentían…

—Yo creo que, si lo sentían, pero más que nada, lo construían. Seguro que su amor terminó más fuerte que como comenzó.

—Dígame, ¿del uno al diez, ¿cómo calificaría el matrimonio de sus padres?

—Mi padre diez. Mi madre diez. En promedio ocho.

Citlali cerró los ojos, ponderando las cifras. De pronto dijo:

—¡Qué remedio! La aritmética del corazón.

Noche 11. El abolengo Rosenzweig

Entré a la biblioteca y ya estaba Citlali, con los audífonos puestos, oyendo música. Me dijo hola con la mano, y ya después se levantó y me dio un beso en el cachete.

—Ahora se le hizo tarde —me dijo—. Me puse a curiosear un rato y vi la placa que tiene ahí, con un reconocimiento que le hicieron unos ganaderos por una charla que dio. ¿A poco sabe de ganado?

 —En realidad, casi nada, pero esa vez les expliqué cómo funciona la exportación de becerros. Trabajaba en eso, en comercio exterior…

Citlali estaba mirando la placa cuando me interrumpió:

 —Qué apellido tan raro tiene. ¿Por qué me dijo que se apellidaba Pichardo? Así lo anoto cuando va a la estética, Pichardo, una rapada, 100 pesos, pero tiene otro apellido, Rosen, Rosen algo, el que sale ahí.

—Es para despistar al enemigo —dije, y me sonreí un poco. — Me senté en el sillón de respaldo alto para apoyar la cabeza y controlar mejor el cuello; me serví un vaso de agua mineral y le exprimí un limón.

Mis antepasados llegaron a México de Austria, aunque lo correcto es decir de Austria-Hungría, pues vinieron con el ejército de Maximiliano a fundar el Segundo Imperio Mexicano. Primero llegó un Fernando de Rosenzweig; después su hijo, de idéntico nombre. Ambos eran cartógrafos muy calificados y posiblemente ejercían su profesión al servicio del ejército de Napoleón III. Cuando cayó el Imperio y Maximiliano fue fusilado, Juárez decretó un indulto amplio que les permitió quedarse. Hicieron muchos levantamientos de haciendas en el Estado de México, principalmente en el sur. Hay un plano hecho por alguno de ellos de la Meseta del Anáhuac que ganó una medalla de oro en la Gran Exposición de París en 1889[1]. Y en algún momento, ya con fortuna hecha, se radicaron en Toluca, donde fueron dueños del mejor hotel de aquella época: el Gran Sociedad. Mi abuelo Guillermo pertenece a la generación siguiente.

Muchos de mis parientes Rosenzweig tienen una verdadera fascinación por la historia familiar. Un antepasado de los que llegaron, de nombre Joseph, recibió un título nobiliario del Imperio austrohúngaro, expedido por el káiser Francisco José por servicios destacados prestados al ejército. El título le permitía llamarse Joseph Edler von Rosenzweig, algo así como un rango de caballero. En México solo se tropicalizó el von, así que todos ellos eran de apellido «de Rosenzweig».

Mi padre nació con ese apellido, pero en algún momento se quitó el de para quedar nada más como Fernando Rosenzweig. Él tenía ideas de izquierda, era profundamente humanista y le irritaban esos residuos de una nobleza y de un Imperio ya liquidados desde el fin de la Primera Guerra Mundial. Así que habemos parientes Rosenzweig y otros «de Rosenzweig». Si les sirve o les agrada esa preposición de, qué bueno; a mí no me ha hecho falta.

Para muchos, el apellido es motivo de orgullo; para mí ciertamente lo es, sobre todo por mi padre. Pero el apellido ha sido muchas veces un pequeño obstáculo cotidiano. En México a la gente le cuesta mucho trabajo pronunciarlo. La mayoría de la gente hace una lectura fonética en español, que produce un sonido muy distinto a la pronunciación en alemán, idioma al que corresponde. Otros tratan de pronunciarlo como si fuera inglés y la doble u se convierte en ge. Así, hay todo tipo de variantes: desde Rosensuai, Rosensweg, Rosengüey  y muchas otras. Siempre me ha incomodado explicar la pronunciación: «Rosenzwaig, sería en español» así que contesto que si soy yo, lo pronuncien como lo pronuncien. Por eso, desde joven comencé a utilizar mi apellido materno en situaciones cotidianas, como la nota de una ferretería o la reservación en un restaurante. Me convertí en Andrés Pichardo en las situaciones del día a día, a pesar del orgullo que siento de ser hijo de mi padre. No es un tema que tenga que ver con ningún conflicto de identidad, pero sí contribuye a veces a sentirme un extranjero en mi propia tierra.

Citlali se quedó callada un momento, asimilando la genealogía y el peso de ese apellido que cruzó el océano. Dejó la placa sobre la mesa y me miró con una sonrisa apenas insinuada.

—Así que caballero del Imperio —dijo Citlali en un tono festivo, sin llegar a ser burlón.

—No sé para qué les haya servido el título a mis antepasados. Una vez me mostraron el original: estaba en una caja con tapas metálicas y sellos de lacre con el escudo del emperador Francisco José. Pero eso no les daba de comer; por eso se vinieron con el ejército de Maximiliano a ganarse la vida acá. Las tierras que tengo vienen de los Pagaza, y esos nada más tenían el título de «don».

—Lo seguiré anotando como Pichardo. No me voy a aprender su otro apellido y seguramente lo escribiría mal.

—Si viviéramos en los tiempos de los aztecas, ni el Pichardo habrías podido registrar.

Ella se quitó un audífono, intrigada:

—¿Por qué? ¿A poco los aztecas tenían prohibido su apellido?

—El náhuatl es una lengua limpia, económica; le faltan casi todas las letras fuertes del español o del alemán. No tiene la be, ni la de, ni la efe, ni la ge, ni la ere, ni la ese, ni la uve.

Citlali se quedó mirando las vigas de la biblioteca. Trató de arrastrar las letras en la boca y luego soltó un destello de pura picardía:

—A ver, déjeme hacer el intento… Sin la «de» de Pichardo… ¿Entonces cómo le dirían? ¿Sería Pitzarto?

—Casi… —le sonreí, saboreando el momento—. Al náhuatl también le falta la ere.

—¡Lo tengo! —gritó entusiasmada—. ¡Pitzalto! Sin albur.

Antes de cerrar la puerta, volteó a verme:

—Además, me acaba de dar una gran idea. No sabía qué nombre ponerle al cachorrito que me regalaron. Se llamará el Edler.

Y se atacó de risa.

Noche 12. La estirpe de los Pichardo

—Tuve un día pesadísimo, dijo Citlali cuando entró.

Tuviste muchas prácticas, de seguro.

—No fue eso. Otra vez no hubo paso del Arco hacia el pueblo. Se volteó otro trailer en la misma curva de siempre, y ya sabe, estaba llenísimo de gente, estaban las cajas de cerveza tiradas en el asfalto, y todos llevándose las que podían, felices, y nosotros en el colectivo, acalorados, sin poder avanzar. Ojalá que no robaran tanto los políticos, remató.

—Híjole, me da pena eso que te pasó. Si los polis no hacen nada, mal, pero si llegaran a arrestar a los que se robaban las cajas, ¡imagínate! Los políticos también sufren. Así fue la vida de mi abuelo Carlos…

—Venga, ¡écheme ese cuento! Pero conste, lo que dije no fue por él, dijo sin llegar a estar muy apenada.

Mi abuelo Carlos Pichardo Cruz es una figura familiar pero también histórica [2]. Fue diputado constituyente del Estado de México y diputado federal, pero su cargo más importante fue el de secretario general de Gobierno. Durante su gestión le tocó lidiar con algunos aspectos delicados de la política anticlerical del gobierno federal, legado de Calles, en una ciudad conservadora y eminentemente católica, como Toluca. Su esposa, mi abuela Omma, siempre fue una creyente católica fervorosa, formó a sus hijos en el catolicismo, e hizo todas las ceremonias correspondientes en la vida de ellos, bautizos y primeras comuniones, en una época en la cual los ritos públicos estaban prohibidos y había que hacer esas ceremonias en la clandestinidad. Mi madre relata que, en su primera comunión, la niña de atrás le prendió fuego accidentalmente a su velo que le dejó una quemadura en el cuello. Mi abuela enfrentó el doble agobio de la quemadura de su hija y el posible regaño del marido: —No le vayas a decir a tu papá que te quemaste, se va a enojar. A pesar de ser libre pensador confeso, tuvo el tacto para no implementar a rajatabla las disposiciones anticlericales y anticatólicas que impulsaba el gobierno federal.

Fue un hombre que siempre buscó su superación personal. Tuvo una biblioteca amplísima, según me cuenta mi madre. Era autodidacta en varias disciplinas, en adición a su formación como abogado. Fue tenaz en entrenar su voz. En la época que el hacía su proselitismo político en busca del voto popular, no se utilizaban megáfonos ni equipos de sonido en los mítines públicos[3]. El orador tenía que hilar bien sus ideas con claridad y sobre todo, con voz potente, que resonara entre todos los asistentes. Mandó construir en el patio de su casa en Toluca un cuarto forrado de corcho, en el que se encerraba a hacer vocalizaciones y otros ejercicios de voz y oratoria.  Casó con mi abuela, a quien conoció en una de sus giras proselitistas en Valle de Bravo, durante su campaña para diputado local. Desde lo alto del presídium en el mitin, divisó a una muchacha que le gustó y le causó buena impresión. Indagó por ella, le dijeron que estaba emparentada con el obispo Joaquin Arcado Pagaza, poeta vallesano. Con algún pretexto se hizo invitar a la casa de la familia, y así inició un rápido noviazgo que derivó en matrimonio.

Fue un jefe de familia que impuso una disciplina férrea. Tenía un huerto grande en las afueras de la ciudad de Toluca, en el que había una alberca al descubierto con temperatura ambiente —prácticamente helada por las mañanas, al estar a las faldas del Xinantecátl, o Nevado de Toluca. Obligaba a sus hijos pequeños a darse un chapuzón para que forjaran su carácter. Mi madre y mis tíos hablaban poco de él, y cuando lo hacían era con bastante respeto, y refiriéndose a él como un personaje lejano. De lo poco que me contaron de él, me imagino que sentiría miedo si alguna vez tuviese a mi abuelo enfrente.

Y recuerdo ahora la frase de uno de mis tíos: —¡Los Pichardo somos unos enanos emocionales!

—¡Enanos emocionales! Buenísimo ese término. Conozco varios.

Por algún motivo, en 1936 dejó la actividad política. En 1937 emprendió un viaje a Alemania, con la intención de instalarse y trabajar allá. Ignoro que antecedentes haya tenido de la situación política antes de partir allá, pero el nazismo ya estaba en su apogeo. Su decisión es un enigma para mí. Mi madre relató que la explicación era sencilla, que no había que buscarle tres pies al gato, que mi abuelo era un admirador de la cultura germana y que tenía la intención de que sus hijos se educaran en ella. Hay quien dice que se desilusionó al no haber sido postulado para gobernador; para otros, tuvo algunas diferencias serias con algunas personalidades políticas de la época.

Había aprendido el idioma alemán el solo, en su biblioteca en Toluca, tal vez con la ayuda de algún profesor ocasional. Al llegar a Hamburgo, en una gasolinera, el dependiente no lo entendió, para su desconcierto. Alguien le explicó después su alemán era ultra culto  (Hochdeutsch) y que los empleados de la gasolinera hablaban un slang , casi un dialecto.[4] No encontró trabajo en la Alemania nazi — así que colocó a los hijos en un internado en Hamburgo, el Kinderheim St. Elisabeth. Este centro formaba parte de la infraestructura de asistencia de la comunidad católica en la ciudad. No deja de ser paradójico, que un funcionario de alto rango encargado de la implementación de políticas anticlericales en México haya optado por un internado católico en Alemania para sus hijos. Mi madre y sus hermanos, la pasaron francamente mal. No hablaban el idioma, venían de otra cultura, de otro clima, y enfrentaron además la austeridad de la vida en Alemania de la preguerra. Mi madre recuerda la escasez de pan o huevo ciertos días a la semana, y la nula disponibilidad de agua caliente para bañarse o lavarse las manos.

 Mientras tanto, mi abuelo Carlos con mi abuela Omma se dedicaron un año a viajar por toda Europa, en un automóvil que llevó desde México —muy llamativo como todo buen carro de origen americano de la época.  Tenía una posición económica desahogada, toda vez que alternó su actividad política con la práctica privada de la abogacía.  Para mi abuela ha de haber sido difícil disfrutar de ese viaje, con el pendiente de haber dejado a sus hijos en Hamburgo. En aquella época ha de haber sido difícil para las mujeres confrontar a sus maridos.

La estancia en el internado dejó una huella que perduró a lo largo de toda la vida de mi madre, que tendría unos 15 años. Recordaba bien los desfiles de   las brigadas juveniles, las llamadas “Hitlerjugend”; el saludo nazi con el brazo en alto a sus profesores todas las mañanas, e inclusive, haber visto, muy a lo lejos, al mismísimo Hitler saludar a las multitudes desde su convertible Mercedes—Benz. También recuerda las estrellas amarillas que pegaban en las mangas a los niños judíos, sin que s imaginaran el horror que siguió después. Mi madre, quien siempre tuvo una memoria prodigiosa, recordaba bien la letra de las canciones de la época, ahora proscritas. En un viaje posterior que hizo a Alemania, ya en la edad madura, se reencontró con una amiga. Iban en un automóvil y de pronto comenzaron a cantar las canciones de su infancia. —Esto esta prohibidísimo, Carmen. Más allá de la ideología y la historia, fue lo que aprendió de niña.

Mi madre siempre tuvo una memoria prodigiosa, no solo para aquellas canciones alemanas, sino también podía recitar párrafos enteros de la poesía de Joaquin Arcadio Pagaza, de la Suave Patria de López Velarde, de Renato Leduc, entre muchos otros.

El proyecto educativo de la familia Pichardo Pagaza abortó una vez que el abuelo Carlos atisbó el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La familia salió de Alemania con destino a Veracruz en el último vapor que pudo hacerlo, de la Hamburg Amerika Line. A los pocos años mi abuelo falleció de cáncer a los 52 años.  y dejó huérfanos a unos hijos pequeños y otros recién entrados en su adolescencia. Mi madre tenía 17 años.

—Vaya historia. Me parece personaje de novela, dijo Citlali. —Pero mire, cuando yo tenga hijos, no los pienso educar así, vaya salvajada de aventarlos al agua helada del Nevado. Y ese viaje a Alemania…me lo imagino dentro de esos documentales que a veces pasan por la tele…Hizo una breve pausa, y continuó: —¡Pero la que debió haber sufrido horrible fue su abuela!

Citlali tomó sus cosas, dio un trago a su botella de agua, y cuando iba de salida, descubrió en una de las paredes el título de mi madre: Universidad Femenina de México. Título: Laboratorista Médico.

—Se ve muy guapa su madre, con su pelo chino. ¿O sea que era profesionista? preguntó sorprendida.

—Si. Ella tenía el intelecto para haber desarrollado cualquier carrera profesional. Solo obtuvo un grado de laboratorista médica en la entonces Universidad Femenina de México, un centro escolar exclusivo para señoritas. Es la época en la que las puertas de la educación superior apenas se abrían a las mujeres, y me parece que en su elección de una carrera técnica también tuvo que ver la pérdida de su padre a una temprana edad. La “Femenina”, como la nombraba ella, con los años perdería su razón de ser. Se graduó y trabajó muy contenta durante varios años, en el llamado Hospital de la Ceguera[5], en apoyo de los oculistas y oftalmólogos más connotados del país, ganándose su aprecio. Tenía una gran facilidad para relacionarse con los demás, se interesaba verdaderamente por ellos, y siempre estuvo dispuesta a brindar su ayuda desinteresada a quien le hiciera falta, así fuera tan solo su tiempo, su consejo y su compañía.

—Qué bonita historia, la de su mamá. Así me gustaría ser a mi cuando termine enfermería. Que me llamen los doctores y les digan a los familiares: «Miren, a su enfermito lo cuidará nuestra enfermera estrella, Citlali…».  Sacó el pecho con orgullo y su rostro se adornó con una sonrisa.

Noche 13. La Gran Abuela Omma

Llegó Citlali muy contenta esa noche, Había aprobado con sobresaliente su examen final de Anatomía.

 —Y cuénteme, ¿a Usted como le fue hoy?

Le dije que muy bien; por lo general siempre contesto eso. Pero le conté que, por la noche, el perro de la casa mató a un tlacuache, y lo dejó tirado en la rampa de piedra.

 — Lo metí en una bolsa, lo puse en la parrilla de la moto y lo subí a la palapa que está a medio cerro para que se lo comieran los zopilotes. Ya muerto, que sirva de algo.

Citlali me echó una mirada de esas que matan.

—Pobre tlacuachito! Mínimo lo hubiera ido a enterrar. Y con eso que me cuenta, más odio a los perros.

—A mí también me duele. Pero cuando veo planear los zopilotes por las tardes, les agradezco el espectáculo que dan, y también que limpien de carroña el cerro. Sin ellos los olores serían insoportables.

—Mejor cuénteme de su abuela Omma.

Mi abuela materna, la abuela Omma, tiene lo suyo en su biografía. Le decíamos simplemente Omma, término que tomó del alemán pues se resistió a que le dijeran abuela a una edad en que ella aún se sentía fuerte y plena, por ahí de sus cincuenta años. José Gilberto Pagaza, su padre, era un agricultor muy próspero e innovador en la región de Valle de Bravo. Tenía cultivos de trigo y maíz y también se dedicaba al ganado, que compraba barato en Tierra Caliente, engordaba en Valle de Bravo y lo vendía ya finalizado, en Toluca. Era una logística innovadora para la época. Su casa principal estaba en el pueblo, en la calle del Vergel, y su rancho principal era San Gaspar. Para facilitar sus operaciones ganaderas, compró lo que ahora es el Rancho San Antonio, que pasó a ser parte de la herencia de mi abuela Omma y tuvo grandes repercusiones en las generaciones posteriores, especialmente en la mía.

Era un hombre práctico, parece que de pocas palabras. Cuando un alemán amigo suyo le pidió la mano de su hija Carmen para casarla con su hijo, tuvo el buen tino de escucharla a ella, quien se negó rotunda. Cuando conoció a mi abuelo, el entonces joven abogado Pichardo, mi abuela decidió que se casaría con él. Pidió autorización a su padre, don José Gilberto, pero él le negó el permiso; tal vez hubiese preferido un ranchero como él. Padre e hija se aferraron, el a que no y ella a que sí.  Con ayuda de muchas amistades de ella, que la querían por su carisma y alegría, organizaron una boda casi furtiva. Al final se enteró del enlace don José Gilberto y aceptó los hechos ya prácticamente consumados con resignación. Pero se mantuvo firme y no asistió a la fiesta. Pasó el día cuidando de sus plantas en el huerto del Rancho de San Gaspar. Años después, con la llegada de la primera nieta -mi madre-, llegaría la reconciliación.

El pueblo de Valle de Bravo siempre le pareció pequeño a mi abuela Omma. Oía historias de gente que iba y venía de la ciudad y soñaba con salir pronto de aquí. En muy pocas ocasiones llegaba un vehículo automotor, y ella contaba que, después de verlo pasar, cerraba las ventanas de la casa para guardar «el olor de ciudad», que ella asociaba con el humo de los escapes. Independientemente del enamoramiento que hubiese sentido por el joven abogado, el matrimonio le permitió salir del pueblo. Muchos años los pasó en Toluca, con todas las comodidades que brindaba el abuelo Carlos, prominente político y abogado.

En su vejez, cuando hijos y nietos redescubrimos Valle de Bravo y el Rancho San Antonio como un refugio paradisiaco, ella se negó a volver a radicarse acá: «Tanto trabajo que me costó salir del pueblo, dejar esas calles llenas de barro y ese olor a humedad en épocas de lluvia «. Vivió sus últimos años muy feliz en un departamento amplio y elegante, en un séptimo piso, en Polanco.

Su fe católica siempre la acompañó. Recuerdo bien los trayectos en carro después de los fines de semana con ella. Casi al tomar carretera, empezábamos a rezar el rosario… Hasta hace poco comprendí que el momento del rezo significaba cesar cualquier otra conversación; que el estar alerta para responder con las segundas partes del padre nuestro y el ave maría era una forma de terapia de relajación. Siempre estuvo atenta a las ceremonias de Semana Santa, incluyendo todas las estaciones que rezábamos en el jardín los jueves santos, y después el imperdible desayuno de Pascua, que era un verdadero deleite gastronómico en las épocas del Rancho Contento. A diario asistía a misa, arreglada impecablemente, y hacía las oraciones que correspondían a la mañana, tarde y noche.

Al enviudar heredó bastantes propiedades, que supo administrar con atino. Algunas las fue vendiendo para costear la educación de sus hijos, en lo que nunca escatimó. Había austeridad en su hogar, pero no carencias y sí algunos lujos. Siempre hubo un vehículo en casa para salir a pasear con toda la familia, en una época en la que poseer uno era un símbolo de estatus. Tuvo una amiga entrañable con la que se iba seguido a Acapulco y a nado se internaban bastante en la bahía. Después hizo varios viajes a Tierra Santa, como ella la llamaba, y muchos otros tours por todo el mundo: a Rusia, a Japón y a Sudamérica, entre los que recuerdo.

Una de sus decisiones de mayor trascendencia para la vida de nosotros, sus nietos, fue la herencia del Rancho San Antonio, con una extensión de ciento veinte hectáreas muy cerca del centro de Valle de Bravo, en una época en que ya despuntaba como destino turístico después de la construcción de la presa Miguel Alemán. Lo pudo haber vendido, pero su visión fue otra. El Rancho San Antonio perteneció a su padre, José Gilberto Pagaza, y después a un hermano de ella, un tal Ignacio, que murió muy joven, aparentemente por ingesta excesiva de alcohol. En la sucesión testamentaria de Ignacio figuraban dos hermanas, y tuvieron que ponerse de acuerdo en cómo dividir el rancho. Había que escoger entre la parte alta, con muchos cerros y colinas, y la parte baja, con unas tierras de labor de primera calidad. Mi abuela dijo al albacea que ella prefería el cerro. Le hicieron ver que era mejor la otra parte, pero ella se mantuvo en su elección, según cuenta, porque le gustó. A los pocos años se inició la construcción de la presa, luego comenzó la inundación de lo que ahora es el vaso y las tierras bajas quedaron sumergidas, mientras que las tierras altas ganaron unas vistas espectaculares. La abuela Omma siempre fue muy intuitiva; ella misma decía que tenía ciertas facultades extrasensoriales y que presentía acontecimientos que estaban por ocurrir.

En algún momento alrededor del año 1965, cuando yo tendría unos seis o siete años, organizó una cena donde repartiría el Rancho San Antonio entre sus cinco hijos y sus familias. Ella trazó a ojo cinco fracciones sobre un plano antiguo, hecho con técnicas topográficas no muy precisas. Las numeró, hizo unos papelitos y los rifó entre las cinco familias. El hijo menor de cada una fue el encargado de tomar un papelito; esa asignación, con la cual unos quedaron más conformes que otros, perduraría por muchos años hasta que se hicieron nuevas escrituras. Las fracciones no serían de sus hijos, sino de sus veintitrés nietos, entre ellos yo. El reparto entre cinco familias implicó que a quienes pertenecíamos a las familias menos numerosas nos tocara un mayor número de hectáreas, lo cual despertó envidias desde entonces. Éramos todos menores de edad, así que nuestros padres asumieron el cuidado y la preservación del rancho hasta que pasara a nuestras manos. Fue una de las decisiones de la abuela Omma que reforzó su autoridad no solo sobre sus hijos, sino también sobre todos sus nietos. En una carta que nos dirigió a todos escribió: «Esta es mi voluntad: que seas propietario de un pedazo de terreno; me ha costado esfuerzo cuidarlo y mantenerlo, ojalá que algún día hagas tu casa. Y con letra mayúscula, añadía: —«No lo vendas «.

La abuela Omma murió tres meses antes de cumplir los 100 años, y se mantuvo lúcida hasta el final, y siempre con los cuidados y atenciones de sus hijos, especialmente mi madre. Con frecuencia había reuniones de toda la familia en su departamento de Polanco, por diversos motivos. El centro de la familia no era el Rancho San Antonio; el centro era ella.

—¿Y su abuela Omma, con quién vivía? — quiso saber Citlali.

—Hasta pasados los noventa años, vivía sola en Polanco, y tenía una señora que la atendía.

Nunca quiso dejar de ser independiente. A la edad de noventa y dos años se operó de la cadera pues no se resignaba a dejar de caminar. Solo en sus últimos años iba mi madre, casi a diario, a dormir con ella. A la hora de la comida, pasaba al comedor, siempre muy bien arreglada, se sentaba en la cabecera, y le servían su comida de tres cursos, sopa, plato fuerte y postre, en unas vajillas de porcelana antigua, y cubiertos de acero macizo, de esos que pesan y nunca se doblan. Muchas veces tenía como invitado a alguno de sus hijos o algún nieto, y siempre sacaba buena conversación. Mientras la vista se lo permitió, no dejó de leer el periódico. Su vida fue una combinación entre la elegancia y el refinamiento, su profunda fe religiosa y sus orígenes rancheros, de los que nunca se olvidó. De pocas personas puede uno hablar tan bien, como de ella. Aun buscándole, no encuentro nada en su vida que pudiera criticársele. Son de esas personas que nace una cada cien años.

—Oiga, entre tantos lujos, ¿a su abuela nunca le salía lo vallesana?  ¿Algún dicho ranchero, por ejemplo?

—Claro que sí. Cuando alguien no estaba conforme con sus decisiones, o cuando nosotros nos poníamos difíciles, soltaba uno que no admitía réplica:

 — ¡Al que no le guste el fuste, que se baje y monte a pelo! 

Citlali bajó la vista y un poco la cabeza, como si también hubiese salido regañada. Por eso rematé:

—¡Más vale una  colorada que cien descoloridas!

Citlali pestañeó un poco y tras un breve silencio pausa comentó:

— Viene Usted de una estirpe de grandes mujeres; y de grandes hombres. Me parece que, aunque buenísimos todos, había de sal, de chile y de manteca.

Noche 14. Mi Último Refugio en la Ciudad

Cuando desperté de mi siesta de la tarde, Citlali ya estaba en la biblioteca, de pie frente a la vitrina.

—Hay soldaditos, carritos, figuritas… Mire —dijo entusiasmada—, ahí está el Ángel, Bellas Artes, el Monumento a la Revolución… Todo eso lo conocí ahora que fui.

—Es una ciudad que sufrí por muchos años, sobre todo por el tráfico. Pero ahora que vivo en Valle de Bravo, me gusta ir. Tomo el Zinabus y en dos horas estoy en una de las capitales más grandes del mundo. Hay de todo; yo con ir allá dejo de pensar en viajes al extranjero. Ahí encuentro todo lo que me gusta y, además, tengo un refugio al que le tengo mucho cariño.

—Cuénteme, ¿eso cómo está?

—Un día, ya estando jubilado, me fui a cuidar el jardín de una casa que tuve en Cuajimalpa, y que por aquellas fechas no rentaba pues mis inquilinos la dejaron después de una noche en que se les metieron a robar cuatro asaltantes… Vivía con mi madre en un pequeño departamento en Tlatelolco, por situaciones que por el momento voy a omitir. El tráfico de regreso de Cuajimalpa estaba insoportable. Dos horas y no había llegado ni al Periférico; tres horas y apenas iba por el Paseo de la Reforma. Al llegar a la glorieta de Colón, me di la vuelta hacia una de las calles aledañas porque ya no podía manejar más. De pura suerte encontré un lugar donde estacionarme. Me bajé y me eché a andar por unas calles a medio alumbrar. Los edificios no eran muy altos, de unos cinco pisos, muchos de ellos descuidados. También había algunas casonas de cantera de estilo porfiriano, vistosas pero algo decadentes. Daba la impresión de que en esa colonia el paso del tiempo se hubiese suspendido; los ríos de carros que atascaban todas las avenidas no pasaban por ahí. Mi humor fue mejorando con el aire fresco de la noche.

De pronto vi a una señora de pelo rubio y de buen ver que estaba terminando de colocar una manta en la entrada de una privada, con el letrero de «Se vende». Ya tenía ganas de dejar Cuajimalpa y tampoco estaba a gusto en Tlatelolco, así que me quedé mirando…

—¿Le interesa? —me preguntó la dama.

Dije que sí, y gentilmente me invitó a pasar. Se entraba por un corredor angosto con unas pequeñas casas, todas iguales, a cada lado del pasillo. Parecía el andador de una vecindad, pero con cierto estilo. Al entrar, la casita me fascinó. Tenía detalles que dejaban adivinar sus mejores épocas, como los mosaicos antiguos en el corredor, los plafones en el techo estilo art déco y un lavabo de hierro porcelanizado. También se advertía a primera vista un estado ruinoso: puertas apolilladas, paredes ensalitradas e instalaciones hidráulicas aparentes en el baño, fruto de muchos remiendos y composturas. Tenía un cubo de luz y una escalera de fierro que daba a la azotea, donde solo había un pequeño cuarto de servicio.

—¿Cuánto? —le pregunté.

—Un millón —fue la respuesta.

—Lo compro —dije sin dudar, pues con esa cantidad no adquiriría nada ni en una zona de la periferia. Y esta pequeña joya deteriorada estaba en el corazón de la colonia Juárez, a pocos pasos del Paseo de la Reforma.

—¿Quito el letrero?

—Sí, quítelo, mañana tiene depositado el anticipo.

Me llevó varios meses y algún dinero remodelar esa casita, pero lo hice con cariño. Revisaba los avances y luego me iba a reconocer la zona. El Museo de Cera y el Museo de Ripley eran colindancia de la parte posterior de la privada y cerca había restaurantes de todo tipo. Pronto me compré una bicicleta y mis reconocimientos abarcaron un perímetro mayor. Un día en que me dirigía a Tlatelolco a saludar a mi madre, descubrí un restaurante-bar con una buena dotación de hostess bastante guapas. Ellas atendían y también estaban autorizadas a sentarse en las mesas. No quiero entrar en detalles, pero, desde entonces, ese bar y otros que descubrí después se convirtieron, junto con la casita, en mi «Palacio de las Bellas Durmientes».

—Otra vez salen a relucir esas chicuelas —dijo Citlali con algo de ironía—. Pero mejor sígame contando, de su adolescencia.

Noche 15. Elección para el Futuro

Cuando yo era niño la mayoría de edad se alcanzaba a los veintiún años. En 1978, cuando tuve que elegir carrera, a los dieciocho ya era mayor de edad. Siempre me ha parecido que a esa edad uno no está preparado para nada, le comenté a Citlali cuando llegó.

—Afirmativo, asintió, sin darle ninguna importancia al asunto.

Al terminar la preparatoria en el Colegio Suizo, no tenía una verdadera pasión por ninguna materia. Tenía predilección por las clases de Historia, Literatura y Filosofía, mientras que las ciencias duras, como Física y Química, no se me daban. Con las matemáticas me las arreglaba bastante bien. Estaba claro que iría a las ciencias sociales, aunque no tenía claro ni a cuál, ni en dónde.

Se juntaron varios factores que me hicieron decidirme por Economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, el ITAM . Mi padre asistió a la universidad, pero nunca concluyó una carrera; tomó cursos de Derecho y de Economía. Mientras fui niño siempre escuché que papá era economista agrícola o bien que era historiador económico. Así que mi elección de carrera fue en gran parte influencia suya. Nos habían dado unos cursos en preparatoria sobre economía que me agradaron: estudiamos sobre todo la ley de la oferta y la demanda, una disciplina curiosa que combinaba la teoría con unas matemáticas no demasiado sofisticadas. El profesor también me cayó bien, a diferencia de los pesados que daban Física o Química, y había estudiado en esa universidad. Mi hermano Gabriel también me habló con entusiasmo de ella. Así que, sin más trámite, fui un día a Río Hondo número 1, pedí los requisitos, hice mi examen de admisión y me inscribí.

Por las pláticas con mi padre me había formado la idea de que las universidades serían un centro de gran actividad intelectual y política; pensaba que al salir del Suizo me esperarían gestas casi heroicas en el debate de las ideas, sin tener mucha claridad de cuáles. Estábamos en 1978; aún no terminaba la Guerra Fría, había muchos seguidores de los modelos de izquierda, por llamarlos de alguna forma, aun cuando ya parecía evidente la superioridad de los Estados Unidos frente a la Unión Soviética. En América Latina aún brillaba la Revolución Cubana y sus logros en salud y educación. Estaba fresco el golpe de Estado de 1973 contra Salvador Allende; las brutalidades del régimen de Pinochet eran conocidas y funcionaban como uno de los estandartes del antiimperialismo de la época. La Revolución Sandinista, también con tintes de izquierda, había ganado las simpatías del mundo entero al haber derrocado un régimen dictatorial corrupto al servicio de los Estados Unidos. En un viaje de mochileros que hicimos a Europa un buen amigo de la preparatoria, mi hermano Gabriel y yo, tuvimos la oportunidad de pasear por algunas de las sedes de La Sorbona y me llamaban la atención los muros pintarrajeados con consignas a favor de la independencia de otros pueblos, y leyendas antiyanquis y antiimperialistas, entre otras.

—¿Ese viaje de mochileros usted se lo pagó? —preguntó Citlali.

—No, fueron mis padres. Yo comencé a trabajar hasta los veintitrés años.

—Sí que tuvo suerte. Yo llevo dos años en la estética. Desde que salí de la «secu» me gustaba hojear las revistas de belleza y, cuando estuve en la prepa, tomé unos cursos de estilista. ¡No gano mucho, pero si viera cómo lo disfruto! Tanto el trabajo como el dinero. Un viaje estaría bien, pero ya llegará el momento.

—Nunca tuve una afición como la tuya. Y créeme que me hubiera gustado.

—Anímese. Aunque sea escriba una novela.

En mi mente juvenil tenía la idea de que en la universidad habría un ambiente politizado que parecería casi festivo, entre gorras del Che Guevara y las canciones de Mercedes Sosa, Violeta Parra, Silvio Rodríguez y otros apologistas de las luchas de nuestros hermanos obreros, campesinos y mineros en contra de la opresión y del Imperio. Pero el ITAM era un centro enfocado en su excelencia académica y, por aquella época, vinculado a las corrientes más conservadoras. Muchos de sus maestros venían de la Universidad de Chicago —los llamados Chicago Boys—, que eran muy conocidos por su papel protagónico en la instrumentación del programa económico de la dictadura chilena. Por pragmatismo, retiré de mi cabeza el casete con las ideas de izquierda, me olvidé del folclorismo revolucionario y de las luchas de clases, y me dediqué al estudio de la ciencia económica químicamente pura [INDEX]. El ITAM era el mejor centro de preparación para los jóvenes en busca de un buen futuro profesional y económico. A partir de la debacle económica de México de 1982, el modelo viró hacia posiciones neoliberales (de derecha, si se quiere simplificar) y los profesores de la institución, así como las generaciones de egresados, vivieron una época dorada que se prolongaría hasta el año 2018, el fin del neoliberalismo.

Fue un alivio entrar a un universo de estudiantes mucho mayor que el del Colegio Suizo. Me hice pronto de un grupo de amigos con los que conviví bastante. Entre clase y clase había tiempo para pasar a la cafetería a jugar dominó; era nuestro punto de reunión y se armaban las retadoras en un ambiente jovial y divertido. Se fue uniendo más gente con otros compañeros que se acercaban y de ahí surgieron muchas ideas. Formamos un equipo de futbol, el Oporto. Algunos de los jugadores eran buenos, sobre todo tenían condición física; muchos otros jugábamos un rato pequeño y pedíamos nuestro cambio pues teníamos una resistencia fatal por fumar demasiado.

Yo me comencé a enviciar con el cigarrillo desde el último año de la preparatoria; en la universidad, donde se permitía fumar dentro de los salones, mi vicio cobró mucha fuerza. Por aquel entonces ya fumaba una cajetilla al día; si había alguna fiesta, borrachera o reunión, me fumaba el doble. En aquella época creía disfrutar del tabaco; al menos no sentía la repugnancia que experimenté después, a partir de los treinta años, al tener la garganta siempre irritada, los dedos amarillos de nicotina y aliento de alquitrán. No fue sino hasta los cincuenta años cumplidos que logré dejar el vicio. Fue repentino, de un día para el otro, una vez que terminé la lectura de un libro fascinante: Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo, de Allen Carr. La información y la manera de presentarla es contundente; nunca pensé que un texto fuera más potente que la fuerza de voluntad o que los parches de nicotina. El autor explica cómo funciona la dependencia psicológica del cigarrillo y, al comprenderlo, es fácil darle la vuelta.

Aparte del futbol y del dominó, organizábamos recurrentemente borracheras. A veces nos juntábamos dos o tres amigos, pasábamos a la miscelánea, comprábamos un six-pack de cervezas o una caguama familiar para cada uno y bebíamos en el carro, entre los chistes y el anecdotario. A veces nos juntábamos en casa de algún amigo y la reunión se armaba ahí. «Fuera del alcohol toda felicidad es ficticia», solía decir alguno. Muchas veces, a media borrachera, nos íbamos a algún restaurante o bar a tratar de conocer muchachas; algunas veces, no muchas, teníamos éxito y llegamos a hacer algunas amigas ocasionales. Con el tiempo, algunos del grupo fueron encontrando su pareja o novia, pero quedamos algunos que hasta el final de la carrera no nos enganchamos con ninguna. Y en una ciudad como lo era México en la década de los ochenta, con una vida nocturna inigualable, la parranda terminaba muchas veces en los bares de chicas, casas de citas o prostíbulos diversos.

—¿Y no agarró el vicio del alcohol? —preguntó Citlali—. Ya ve que al pueblo le apodan «Valle de Briago». Y para salir de eso… Solo he visto algunos que van a los grupos de AA y otros conocidos de mi mamá que se unieron a los Testigos de Jehová. Lo bueno es que ya lo dejaron.

—Como dicen los chinos: «No importa de qué color sea el gato, siempre y cuando cace ratones». Pero no, yo no me envicié con el alcohol; a ese sí lo domino.

En los últimos años de la carrera, todos comenzamos a ganar dinero con nuestros primeros trabajos. El ser estudiante del ITAM funcionó muy bien pues ninguno enfrentó mayores dificultades en encontrar empleo. Solteros y sin compromisos, mucho de nuestro dinero se nos fue de esa manera. El futuro parecía prometedor y había que disfrutar el presente. Los lugares que había para encontrar chicas de la vida alegre eran muchos y sensacionales, especialmente en la colonia Roma, la zona Rosa, y la colonia Juárez. Eran lugares amplios, bien puestos, con una abundancia de chicas guapas que no he vuelto a ver en mi vida.. El ambiente era distendido; se sentía uno seguro. Uno se iba de farra, y al terminar, manejaba uno tranquilo hacia su casa. Aún no estallaba la crisis financiera de 1982 y sin darnos cuenta, brindamos felices en la borrachera del modelo económico del Presidente José López Portillo. Uno se sentía el sultán de Persia, rodeado de tanta belleza al alcance de la mano.

—Las Bellas Durmientes… como que tiene obsesión con ellas.

—Había chicas muy guapas, que venían de Culiacán, de Guadalajara, de toda la República…

Ellas conversaban y tomaban, y se iban si querían y cuando querían y con quien querían, no como ahora, que están todas controladas por las mafias… digamos que uno era como el anciano del cuento de Kawabata, pero en su juventud… y ellas eran como las bellas durmientes, pero a veces se pasaban de vivas…

—Ya, me paró Citlali en seco. —No le adorne…

Noté que Citlali se levantaba de su sillón. Se puso de puntillas y alzó los brazos estirándose a fondo, con las palmas hacia el techo y la espalda arqueada. Tras tallarse los ojos con fuerza, volvió a dejarse caer en el asiento, se encogió sobre sí misma cruzando las piernas y, con una mirada muy viva, preguntó:

—Oiga, ¿y en esas borracheras, ¿cómo hacían para librar el alcoholímetro? Ya ve que se instalan por todos lados

—No había.

 —¿Y el SIDA qué?

—Tampoco había.

—¿Y los secuestros, y la inseguridad?, preguntó ya con más cautela. Y se contestó solita: De seguro tampoco había.

En aquellos años de juventud, no había tiempo para pensar en soledades, había muchas cosas que hacer y mucho mundo por descubrir. Con mi grupo de amigos, también organizamos muchos viajes, la mayoría de ellos en automóvil, ya fuera a Cuernavaca, Acapulco y Zihuatanejo, o a las ferias mexicanas del Bajío, la de Querétaro y la de León, así como la feria de San Marcos en Aguascalientes. Íbamos a cenar y tomar, tratar de conocer algunas chicas, a veces lo lográbamos y a veces no, luego ir a la discoteca, o la plaza de toros, o las peleas de gallos y presenciar los espectáculos que presentaban en los palenques. Recuerdo, por ejemplo, a la cantante Yuri en la feria de León. También eso se lo tragó el tiempo. Los animales adquirieron derechos, incluyendo toros, gallos y pericos.

Esa época correspondió a la de mi primer trabajo, en Banco Mexicano Somex, también desaparecido.

Noche 16. Proyecto Bambú

Estaba terminando de leer un capítulo más de la novela de Stefan Zweig, El Mundo de Ayer, que es una mezcla de sus vivencias entremezcladas con los acontecimientos que le tocaron vivir: el derrumbe del Imperio austrohúngaro y la destrucción de Europa con la Primera Guerra Mundial.   Muchas veces siento que yo también pertenezco al mundo del ayer. El México que conocí ya no existe; la ciudad ya es otra; el pueblo igual. El concepto de familia nuclear y ampliada en el que crecí ya es obsoleto. Ni quien conviva con sus tíos y primos; muchas veces ni siquiera con los hermanos. Vivo en un anacronismo, yo solo en una casa enorme en un terreno de dieciocho hectáreas. En eso llegó Citlali, con buñuelos y unos vasos de unicel con atole de guayaba.

 — ¿Se le antoja?

Estaban buenísimos.

—¿Aparte de El Palomo, nunca tuvo Usted algún otro emprendimiento? Me quedé con esa duda el otro día, comentó ella, acomodándose en su sitio.

Pues sí. Fue una mezcla de hobbie y emprendimiento. Tengo un ranchito por aquí cerca, por el barrio de Otumba. Ese es solo mío. No es copropiedad con nadie, a diferencia de este cerro en el que estamos, que se llama San Antonio. En un viaje que hice a Colombia, con motivo de mis cincuenta años, me llamaron la atención unos manchones de un verde muy luminoso que se aparecían en las llanuras, o al borde de algunos ríos. Fue un enamoramiento a primera vista. Me dijeron que esas plantas se llaman guaduas, que son una especie de bambú gigante. Luego me llevaron a conocer varias construcciones que se elaboran con la guadua seca, y me fascinaron. Es como armar construcciones con palillos. Se van uniendo los trozos entre sí en formas que pueden ser bastante caprichosas, ya que es un material muy ligero. Luego hice otro viaje posterior a ese país, para aprender a hacer las uniones de la guadua. Como el material es redondo, y hueco por dentro, las uniones se hacen igual que en las tuberías, solo que sin soldadura. Los cortes deben embonar perfecto. Se pueden hacer con una broca circular, pero si los diámetros no son idénticos, no quedan bien y hay que ajustar a mano. Aprendí a hacerlos con puras gurvias y martillo, como allá. Lo más difícil es calcular el tipo de corte en función del ángulo que desee uno para la unión. Luego aprendí a meter los herrajes por dentro para detener las piezas, pero bueno, acá en la biblioteca tengo muchos libros que tratan de eso.  En México localicé un vivero en Huatusco, Veracruz, que ya había adoptado varias variedades de bambú al clima de allá, y tenían a la venta tanto planta como guadua seca lista para construir. Traje material con el que hice una palapa en el jardín, y sembré toda la barranca que atraviesa mi predio con las variedades que me recomendaron. Tenía la ilusión de vender guadua cuando creciera. Mis plantas ganaron  diámetro  año con año pero al cortarlas, vi que las paredes internas eran muy delgadas, y no servían para la construcción.

Pero me sirvieron para hacer algunos muebles y una que otra artesanía. Hice una repisa, pequeña. Las patas laterales tienen una forma de “K” y arriba les puse una tabla de palma, que traje de la costa de Michoacán. Se llama la repisa “Katy”.

—A ver cómo está eso, ¿una repisa con nombre de mujer? — preguntó Citlali, con una sonrisa pícara.

—En esos viajes a Colombia, no iba nada más a ver la guadua…

El emprendimiento falló, pero hay veces que me meto a caminar en el guadual. La frescura de la sombra, y la visión de los tallos juntándose unos con otros a unos veinte metros de altura, refresca el cuerpo y eleva el espíritu. Me gustaría poner un vivero ahí, en ese terreno, no solo con bambús sino también con muchas otras variedades de plantas que tengo en este cerro, más otras que vaya a comprar a Zitácuaro, Tuxpan o Atlacomulco, para que sea negocio.

—Está bonito ese negocio, dijo Citlali. Sobre todo, si le gustan las plantas. No creo que le vaya a dejar mucho dinero, pero los hobbies cuestan, como Usted ya vio.

—A lo que le tengo más fe para financiar mis últimos años es la lotificación que estoy haciendo. Ya pusimos drenaje, contraté unas tomas de agua, ya estamos empedrando el camino de acceso y ojalá, pronto podamos mostrar los terrenos del Rancho Las Amelinas a los clientes.

—¿Así se llama? No lo había escuchado.

—Una herencia de mi madre. Ella le puso ese nombre, por una buganvilia enorme que hay en la entrada.

Noche 17. Tesis de licenciatura y Viaje a Inglaterra

Citlali sacó de su morralito una bolsa de pistaches y otra de garrapiñados y me ofreció:


—No vaya a creer que hoy traje mi «itacate». Solo son unos antojos para espantar el hambre.

—Se aceptan de buena gana —le contesté, tomando un puñado de garrapiñados mientras el aroma dulce invadía el espacio—. Al paso que vamos, terminaremos hablando en náhuatl. Y por cierto, te contaré las dificultades que enfrenté para salir airoso del ITAM, mi  «Calmécac».»

Me demoré bastante en terminar mi tesis de licenciatura. Me embarqué en un tema que me dio mucho trabajo desarrollar, a sugerencia de uno de mis profesores. Citlali ya estaba en su sillón, escuchando atenta.

—Ni me hable de eso —intervino—. Ya me advirtieron en la escuela que tendremos que hacer una tesis para graduarnos. Todos dicen que es de lo más aburrido, sobre todo si el asesor se pone pesado.

—Justo eso fue lo que me pasó. Es una flojera, pero es la primera gran prueba por la que uno pasa en la vida profesional. O aprendes a ponerte firme o nunca te van a respetar.

Después de la crisis al final del gobierno de López Portillo estábamos por entrar en la época del liberalismo triunfante, pero aún había alguna oposición. El marxismo-leninismo todavía no terminaba de caer; faltaban tres años para que se derrumbara el Muro de Berlín en 1989 y colapsara la Unión Soviética en 1991. Mi tema era La teoría de Cambridge y la intervención gubernamental en la economía; en retrospectiva, nada nuevo: había argumentos a favor y en contra de la participación estatal en los mercados. Traté de ser lo más objetivo posible y ese fue el motivo de mi tardanza. Es más fácil abrazar un credo que ponerse a comparar a Cristo con Mahoma.

Por ese entonces mi padre era profesor-investigador en El Colegio de México y tenía asignado un cubículo soberbio, con un gran ventanal al patio central del edificio. Él solo iba de vez en cuando, así que me entregó las llaves para que fuera cuando quisiera. Así lo hice. Muchas veces bajaba a la cafetería y me quedaba observando el barullo de los distintos grupos de estudiantes; luego me subía a mi encierro del segundo piso. Me sentía un usurpador ocupando ese espacio de mi padre.

Mi asesor tenía dudas sobre el equilibrio del texto, aunque no me lo decía con claridad. Un día, después de muchas versiones, me soltó:

—¡Lo que sucede es que el pensamiento es matricial y el lenguaje es lineal!

Llevaba ya más de dos años desde que había iniciado; me parecía que mi trabajo ya era bueno y no estaba dispuesto a hacer más borradores. Lo encaré y le respondí que efectivamente el lenguaje es lineal, pero que si se entendía o no lo que había escrito, y si mis conclusiones eran válidas o no. Con algo de desgano me firmó el trabajo, busqué a unos profesores para que fueran mis sinodales y me gradué con mención honorífica. Era la condición que me habían puesto en el banco para concederme una beca para irme a estudiar. El título de cualquier manera lo tenía que sacar: era un compromiso con mis padres y conmigo mismo.

No estaba tan convencido de seguir estudiando Economía. En la teoría económica, como se dice una cosa, se dice la otra; todo depende de los supuestos que se hagan. Pero para que me consideraran un economista calificado debía tener un título de posgrado en el extranjero. Recuerdo bien el símil que traía en la cabeza: «Es como ser un buen chofer y no tener licencia». La beca del banco no era una oportunidad que se pudiera desechar tan fácilmente y fue el factor que inclinó la balanza a favor de que continuara en la disciplina.

También mi padre me convenció. Él había sido un autodidacta sin título; le decían doctor y, cuando le preguntaban por cuál universidad se había doctorado, contestaba que por una de Sudamérica. Y efectivamente, cuando vivimos allá, decirle a alguien doctor es como decirle aquí a alguien licenciado. Leyó bien los tiempos y me hizo ver que, sin un posgrado en el extranjero, mis posibilidades en el mercado laboral no serían buenas. Opté por el pragmatismo. Me enteré de que en Inglaterra las maestrías se obtenían en tan solo un año  —mientras que en los Estados Unidos se requerían dos—, que era más fácil ser aceptado allá y que los estudios eran menos pesados. «Es el sistema inglés —me decían—, cada uno avanza al ritmo que quiere». Me aceptaron en la Universidad de Warwick para comenzar clases en octubre de 1986.

—Oiga, yo tengo ganas de irme a Estados Unidos —dijo Citlali—. Tengo unos parientes allá.

—¿A estudiar? — le pregunté.

—¡Nooo! A ganar dólares, despelucando a los gringos.

Noche 18. Prisión en Altamar

Entró Citlali y colgó su rompevientos en el respaldo de una silla. Se quedó un rato de pie mirando hacia la vitrina.

—Oiga, ese barco que tiene unas grúas y unas cajitas en la cubierta desentona con los carritos. ¿Qué hace ahí?

—Se llama  Toluca, hermano del Monterrey: cargueros de contenedores de la extinta Transportación Marítima Mexicana, construidos en la también extinta Yugoslavia…

Me interrumpió:

—Todo está extinto en sus relatos. No me lo tome a mal, pero usted también está en peligro de extinción.

No me hizo mucha gracia el comentario pero me aguanté.

 —No todo, dije, mientras la memoria no se extinga… Pero te voy a contar la historia del barco.

 Me faltaba un año para salir de la preparatoria. Mi padre, por ese entonces, tenía que ver con los puertos que estaba desarrollando el gobierno, por ahí de 1978, y conocía a los directivos de las principales navieras de México. Se enteró de que, en ocasiones, admitían a unos pocos pasajeros en los cargueros; que algunos jóvenes aprovechaban eso para conocer el mundo y que, en el trayecto, para no aburrirse, los ponían a trabajar. Me entusiasmé cuando me lo contó y, poco después, me presenté en el muelle de Tampico, dentro del recinto fiscal. Ahí estaba atracado el Monterrey, y me subí. Me asignaron el mejor camarote que tenían libre: tenía baño privado, muebles cómodos para ser barco —atornillados al piso— y unas escotillas que daban al mar, protegidas con sólidas barras de metal. «Este va a ser tu lugar, a menos que se presente un incidente», me dijeron. «¿Como cuál?», pregunté. «Que tengamos que arrestar a algún compañero por mal comportamiento o conducta antisocial. No pasa muy seguido, pero a veces sí. Algunos no aguantan las travesías y desvarían; cuando hace falta, los encerramos aquí. Este camarote es la cárcel del barco».

El buque iba con destino a tres puertos brasileños: Recife, Río de Janeiro y Santos. Diario llegaban tráileres con contenedores y los subían con las grúas del barco; primero se llenaron las bodegas interiores y después comenzaron a apilarlos en cubierta. Había otros dos jóvenes que viajarían de pasajeros igual que yo; los primeros días fue interesante ver las maniobras, pero como demoraba la carga, nos hicimos amigos y nos fuimos a conocer la ciudad y el puerto de Tampico. A veces tomábamos en los bares de nota roja del puerto, a veces nos adentrábamos más. Una vez nos metimos a tomar al panteón municipal: pusimos la botana y los vasos sobre una tumba y brindamos por el difunto con el que compartíamos la instalación.

Un día de esos, tomando cerveza afuera de un expendio, nos levantó una patrulla: «Está prohibido tomar en la vía pública, jóvenes». Nos condujeron a una comisaría; para pasar a ver al juez atravesamos varias rejas y la última la cerraron detrás de nosotros. Quedamos encerrados en una celda común. Había muchísima gente adentro, todos de mal aspecto, sucios, harapientos y sin rasurar. El olor a orines y excremento era insoportable; el baño era una esquina designada sin ninguna instalación. Del susto y la impresión saqué un cigarrillo y el encendedor; no había echado la primera bocanada de humo cuando se me abalanzaron todos los presos, me arrebataron la cajetilla y luego se pelearon entre ellos por el botín. Fue una noche espantosa, con el agravante de que la borrachera se comenzaba a bajar y entraba la resaca al cuerpo. Cuando amaneció pasó un guardia, aventó tortillas duras a la celda y los presos las tomaron casi al vuelo; no fue sino hasta después de unas horas que nos llamaron y, ahora sí, nos llevaron con el juez. «Son mil pesos por cada uno», dictaminó. «No traemos», respondimos. «Voy a dejar a uno libre, los otros dos se quedan a consignación». Mi compañero no demoró demasiado, pagamos y llegué al mediodía al barco, feliz de estar de nuevo en la prisión.

La travesía por el golfo de México fue un gozo. Pegaba un aire muy sabroso en la cubierta y el espectáculo cambiaba a lo largo del día, desde el amanecer hasta la noche. No me cansaba de mirar la estela que dejaba el buque. De pronto, junto a la estela comenzaron a nadar delfines que nos seguían, pues ya estaban acostumbrados a comer los desperdicios de cocina que arrojaba el barco. Días después aparecieron los peces voladores, que salían del agua, volaban bajito unos diez metros, se volvían a sumergir y así sucesivamente. Por las noches contemplábamos las fosforescencias del golfo: pequeños puntos verdes y amarillos que brillaban en la oscuridad del mar. La bóveda celestial se veía majestuosa, sin ningún resplandor que la opacara; y también puse gran atención en el silencio de la noche en el mar: un silencio absoluto, solo rasgado por algunas olas que reventaban en el casco. Una maravilla de la creación.

De día trabajábamos en cualquier cosa. Tardamos varios días en lijar y barnizar unas bancas; otros días más en limpiar unas paredes de lámina. Vimos desfilar los faros que anunciaban Cuba y después los de una infinidad de islas que hay en el camino. Salimos al Atlántico Sur, poco después atracamos en Recife por un día, luego en Río de Janeiro por varios más… Adoptamos las costumbres de los marineros: en tierra no se podía desaprovechar un solo momento, había que vivir y gozar, pues después seguirían más días de navegación en la soledad del mar. Cerca del puerto de Río había infinidad de bares, ya sabrás de qué tipo… Fueron varias desveladas, varias borracheras, mucho más agradables que en Tampico, a ritmo de samba, licor de maracuyá y muchas mulatas que hablaban portugués. «Yo, en navío…», era lo más que logré comunicar. Mientras el barco siguió a Santos, nosotros nos fuimos por tierra a la Argentina: noventa horas de autobús, una paliza, pero así llegué a Buenos Aires la primera vez…

—¡Ajajá! —exclamó Citlali—. «Yo, navío…», ¡y seguro las mulatas le dijeron «yo, canoa»! Pero ni mi cuente más; me imagino que la Casa de las Bellas Durmientes también tendría sucursales en Brasil. ¡Hombres!

Noche 19. El sello de alien

—¿Hola, Citlali, todo bien hoy? ¡Llegaste muy tarde! Ya iba a ponerme a platicar con ChatGPT.

—Pues si quiere —me contestó de bote pronto—, pero me quedé con las ganas de saber cómo fue que llegó a Inglaterra cuando se fue a estudiar allá. Nada más falta que lo hayan metido preso.

—Pues preso, precisamente, no. En el aeropuerto de Gatwick me plantaron un sello en el pasaporte que decía: «Presentarse en la estación de policía de Birmingham en un plazo máximo de tres días». Así que fui; revisaron el pasaporte hoja por hoja y le plantaron otro sello, ahora enorme y de color rojo, que decía: ALIEN. Significa que era yo un extranjero…

Le volvió a ganar la risa.

—Sí que está chistoso. Alien, como en la película… Y sí se parece…

—Ya, Citlali, hoy vienes muy chistosita… Volé directo de México a Londres. El aeropuerto de Gatwick se sentía impersonal, había pocas tiendas y poca gente, tal vez por la hora. Caminé por pasillos muy largos hasta encontrar la salida hacia los autobuses que me llevarían al centro de Londres, y de ahí tomaría el tren a Coventry, en el corazón de Inglaterra. La salida conectaba con una rampa en espiral que descendía varios niveles; sentí en la cara el aire de Inglaterra, húmedo y frío, y eso que aún era verano. Ya había ido a Europa varias veces, así que no me costó trabajo movilizarme y llegar a mi destino.

Me alojé en una casa de huéspedes y, al día siguiente, un taxista con turbante me llevó al campus de la Universidad de Warwick. «Perdone, pero no entendí, ¿a dónde lo llevo?», me preguntó. «Warwick University». La primera repetición la hice con tranquilidad, «Guar-güik»; la segunda me impacientó un poco y, cuando íbamos por la tercera, preferí mostrarle un folleto en donde venía escrito el nombre. «¡Ah, Warwick!». En el año que estuve ahí nunca logré pronunciarlo bien. Y la otra palabra que me dio muchísimos problemas fue la marca de mi tabaco: «A packet of Marlboro, please». No me entendían, hasta que señalé la cajetilla roja con su triángulo blanco. Ya después, en la tienda de la universidad los pedía y me los daban, y comencé a sentirme orgulloso de mi acento inglés. Hasta el día en que hice un paseo fuera del campus y se repitió la escena: «A packet of what?».

Esa mañana de mi llegada a la universidad fue decepcionante. La institución acababa de entrar en vacaciones de verano, detalle que ya sabía, pero al que no le había prestado importancia. «Ni modo que no haya nadie», era mi hipótesis. Después de preguntar en varios lugares, entendí que no me atendería nadie sino hasta dentro de dos semanas y, gracias a que insistí, me otorgaron la llave de un dormitorio en uno de los edificios para estudiantes de la universidad, previo pago del semestre por adelantado. Serían como quinientos metros desde la oficina hasta aquel edificio, y había que atravesar unos campos intensamente verdes, de césped bien cortado, que parecían infinitos, pues se perdían entre la neblina. Iba jalando unas maletas, empujando otras, hasta que llegué.

Era un edificio de ladrillo precocido, de tres pisos. No tuve que subir escaleras, me tocó en planta baja; abrí la puerta del cuarto que me correspondía y me quedé paralizado. La habitación tenía dimensiones mínimas: tendría unos dos metros de fondo por tres de ancho. Había una cama, un librero, una tabla de madera a la altura de la ventana que hacía de repisa o escritorio, y una silla. Jalé las maletas, que ocuparon todo el espacio sobrante, me senté en el catre y, antes de que cualquier otro pensamiento se adueñara de mí, saqué del equipaje una muda de ropa y los artículos básicos de limpieza, los empaqué en una mochila que llevaba y salí disparado de ese lugar. Tomé mi double-decker, me bajé en la estación de trenes y me quedé mirando el tablero de salidas. «Un boleto redondo para Edimburgo, por favor». Aunque el nombre de esa ciudad también tiene una pronunciación casi imposible: Edinbro, algo así.

Ya sentado en el tren, volví a repasar una y otra vez la imagen de esa habitación que sería mi hogar por los próximos doce meses. El paisaje era tranquilizador: primero, campos de trigo aún sin cosechar, con las espigas meciéndose al viento; después, más al norte, las pequeñas colinas escocesas, no muy altas, ondulantes, con rebaños de ovejas aquí y allá. Me fui tranquilizando. Me fui haciendo a la idea de que no era tan malo el dormitorio, que tendría un lugar para mí solo, que sería un año nada más y que ya me acostumbraría a ese nuevo entorno. Bajé en Edimburgo ya más tranquilo, aunque probablemente todavía bastante inquieto. Ya había estado en esa ciudad dos años antes con mi padre, un verano en que él trabajó en Londres y yo, gracias a sus conocidos, me había embarcado en Coatzacoalcos en un buque de Azufrera Panamericana con destino a Immingham, un puerto en el Mar del Norte.

En esa ocasión nos juntamos mi padre, mi hermano Fernando y yo, e hicimos esa visita a Escocia que resultó muy agradable. En esta nueva estancia, pasear solo por ahí no estuvo mal, pero fue menos divertido que la vez anterior. Conocí Glasgow, que me pareció una ciudad desolada. Di con un punto en la costa, en una entrada de mar no muy lejos de Edimburgo, y di un paseo en barco sensacional. Recuerdo el aire fresco que soplaba en cubierta, que llenaba los pulmones de vida, daba energías al corazón y, sobre todo, paz y serenidad a la mente al contemplar la majestuosidad de las olas, del cielo, de las nubes y del mar. Sin mayores incidentes regresé al campus de la Universidad de Warwick, ya mentalizado, reconciliado con mi decisión de haber ido para allá.

—No conozco el mar todavía —dijo Citlali—. Pronto iré. Cuando estoy ansiosa me subo hasta la mera punta de La Peña y me siento a ver el lago, las nubes, las montañas… Aunque prefiero subir con mis amigas.

Noche 20. Un verano diferente

Regresé a Warwick con buena mentalidad para comenzar el curso introductorio que ofrecía la universidad, que tendría una duración de tres semanas. Había algunos talleres de redacción en inglés, de comprensión oral y escrita y, lo más complicado para mí, de pronunciación. Un día fuimos a un set de grabación de sonido donde practicamos la expresión oral frente a los micrófonos. [1]

—¿Me va a hablar ahora de su «Calmécac» del extranjero?

—Te diría que sí, pero no. Del «Calmécac» los nobles obtenían el «Tlamatiniyotl». Que proviene de tlamatini —'sabio, erudito o el que sabe cosas'— y el sufijo -yotl, que vuelve el término un concepto abstracto: 'sabiduría profunda' o 'el estado de ser un erudito'.

—¡Sácatelas! Ese título sí que estaría de diez. «Erudita en enfermería» —dijo, en tono jocoso—. Ahora un posgrado es poco más que un papel pegado en la pared.

—Por lo mismo lo evité. La belleza del náhuatl es que no designa cosas, sino que se refiere a conceptos. Y aún no conozco de ninguna institución que nos instruya en la sabiduría profunda.

 

 

Al salir de las clases se armaba una «cascarita» de futbol con los compañeros; había varios japoneses y muchos otros asiáticos, italianos y de diversas nacionalidades europeas. Los campos de césped bien cuidado eran de ensueño, y seguido me venía a la mente que ya me había «internacionalizado» en el futbol. También se organizaban partidos de squash con retadora de todos contra todos. Algunos días jugué tenis con una compañera española que llegó un poco después, de nombre Sara, originaria del País Vasco. Ella era buenísima, me barría literalmente con sus swings, pero tenía paciencia conmigo y peloteábamos un rato bastante a gusto. Yo tenía veintisiete años en ese entonces y ella veintitrés; me hacía notar esa diferencia como si hubiese sido mucha. Ahora esa distancia me parece ridícula, hasta poca.

Le brillaron los ojos a Citlali y, con una sonrisa pícara, preguntó:

—¿Quiere que hagamos unas cuentas? Digo, para practicar matemáticas.

Había otra muchacha ecuatoriana y por las noches nos juntábamos los tres en la cocina común del edificio donde ellas vivían. Ellas preparaban la cena y yo ayudaba en lo que podía, pues nunca aprendí a cocinar. Resultaba muy agradable esa convivencia. A veces llegaba algún otro compañero; después hacíamos largas sobremesas conversando sobre nuestras vidas y nuestros países, y muchas veces Sara sacaba una guitarra y nos ponía a todos a cantar. Yo nada más movía los labios para no desentonar. Me sentía muy acogido en esa pequeñísima comunidad latina que habíamos formado. También se presentaba con relativa frecuencia una compañera alemana, muy joven, y conversaba con ella intercalando el inglés y el alemán, que fue una de las poquísimas ocasiones en la vida en que lo llegué a utilizar. Me gustaba esa chica y, de haber evolucionado las cosas de manera distinta, tal vez me hubiera ennoviado con ella.

Tenía la impresión de recibir una bocanada de aire fresco en mi vida, después de la aridez en el banco. Por primera vez vivía fuera de mi casa y era una sensación muy grata, de libertad. A veces, por las noches, salía a caminar por los senderos del campus que conectaban después con unos campos de trigo y, un día, descubrí una salida a la carretera que iba a una localidad cercana, Kenilworth. Regresaba relajado y contento a mi pequeña habitación. Había colocado un mapamundi gigante que abarcaba toda la pared, el cual resaltaba por el color azul turquesa de los océanos.

Un día por semana tocaba ir a una lavandería de monedas cerca de mi edificio; esperaba a que terminara la lavadora, la cambiaba a la secadora, doblaba mis cosas y regresaba a acomodar. Otros días eran de supermercado: hacía compras muy básicas como jamón, pan, cereales de maíz, leche, plátano, espaguetis y salsa de tomate. Es lo único que llegué a cocinar: hervía el agua, echaba la pasta, enjuagaba y en la misma olla vertía la salsa, rallaba el queso y me lo comía ahí mismo. Al paso de los meses esas comidas se volvieron insoportables, pero al principio estaba muy a gusto con mi nueva cotidianidad. Clases de inglés, nuevos amigos, deporte, reunión social en la cocina y mis actividades diarias del hogar. Mi espacio físico se redujo muchísimo, pero mi ámbito de acción se amplió bastante al haber salido de la casa.

A veces, en los senderos que cruzaban el campus, me topaba con algunos conocidos e intercambiábamos el saludo apache: «Hi», y cada uno seguía por donde iba. Un día que tenía ganas de charlar, le pregunté a dos morenos de Sri Lanka —de una tez muy oscura, tipo hindúes, pero más morenos— cómo les iba la vida con las chicas en Inglaterra. Y les hice una seña con las manos que es universal. «Nada», me dijeron. «¿Por el tema del SIDA?», les pregunté. «Bueno, también por eso», y los tres nos reímos un buen rato.

La amistad con Sara se volvió cada día más íntima, más intensa. Me contaba muchas de sus historias personales y recurrentemente me hablaba del novio que había dejado en España, a veces como extrañándolo, muchas otras quejándose de él; daba la impresión de que lo consideraba un hombre sin futuro y que estaba con él por inercia o por costumbre. Yo, en cambio, me sentí de pronto muy confiado de mí mismo, me formé expectativas de un porvenir muy halagador una vez que regresara a México, y sentía que mi país tenía muchísimo más que ofrecer que la España de Sara, que aún no despegaba al desarrollo vertiginoso que siguió después. Muchas veces me formé la imagen de Sara en México, conmigo, siendo felices.

Faltaban pocos días para el comienzo formal de las clases de maestría a principios de octubre, del fin de nuestro curso propedéutico y del verano. Los días comenzaron a hacerse ligeramente más cortos, aunque de pronto se formaron unos nubarrones hacia el final de mi verano idílico que nada tenían que ver con la meteorología.

Noche 21. La Tormenta Perfecta

Al día siguiente, Citlali llegó más temprano que de costumbre, pues el sol se acababa de poner y aún se advertían destellos rojizos en el horizonte. Se sentó en su sillón de siempre, cruzando las piernas. Pronto comencé a narrar mi historia en el punto en que la había dejado.

Cuando recién la conocí, noté que Sara tenía una ampolla en el labio superior, a lo que no presté importancia; ni sabía de lo que se trataba, ni impactaba tanto, y Sara era nada más una chica a la que acababa de conocer, como a otras más. La imagen regresó a mi mente cuando ya éramos amigos cercanos y nuestros encuentros pasaban de un acercamiento emocional a un distanciamiento, tal vez en un mismo día. Me desconcertaba bastante, pero esa relación era fascinante, pues nuestras percepciones de cualquier situación eran muy distintas: la de ella como española, la mía como mexicano. Además, tenía mucha gracia para decir las cosas.

—Los ingleses comen pez —me dijo un día, casi indignada—. Sí, fish and chips, pez con patatas.

Ella venía del País Vasco, de una pequeña localidad costera cerca de Bilbao donde descargaban a diario la pesca del golfo de Vizcaya.

—Allá comemos merluza, lubina, anchoas, verdel, besugo… —y se siguió con una lista casi interminable de diferentes variedades de pescado.

Me contaba de sus paseos por la ría, sus escapadas a comer tapas con los amigos y muchas actividades que en la Ciudad de México no se podían hacer. Yo, en cambio, le hablaba de nuestras grandes casas comparadas con sus pisos, de las comidas en casa de los amigos en lugar de sus idas de tapas, de los viajes a Acapulco y Puerto Vallarta, y cosas así. En Europa la vida era mucho más «social» por las limitaciones de espacio, según yo, mientras que en México la vida era más «individualista» por nuestra extensión territorial. Ahora reconozco que eran nociones muy distorsionadas de mi patria, que provenían de la burbuja en la que me crie.

Entre estas pláticas se deslizaban algunas confesiones personales, hasta que surgió lo que ella llamó «un error de juventud», que no era tan grave, pero ciertamente le preocupaban «esas pupas que me salen». Me desconcertó. Escuché, pero no acusé recibo. Antes de partir para Inglaterra, en la revista Time había salido una portada con el dibujo de una pareja dándose un beso, y la lengua de uno de ellos tenía forma de serpiente. El reportaje era sobre el herpes, una enfermedad de transmisión sexual que proliferó o saltó a la luz por aquellos años. Me atemorizó mucho ese reportaje y me prometí a mí mismo cuidarme en esa aventura inglesa, pero nunca imaginé la forma en que se me aparecería esa condición. Ya para aquel entonces, mi conexión sentimental o dependencia de Sara era total y no estaba en condiciones de terminarla.

Los estudios formales comenzaron en octubre. Un día, al salir de la primera clase después del almuerzo, vi con desconcierto que estaba anocheciendo. No eran ni siquiera las cinco de la tarde y comenzaba a calar el frío y el viento. Cada día había menos día y más noche. Había muchas lecturas por hacer, ocupaciones no faltaban, pero el encierro en mi pequeña habitación comenzó a hacerse opresivo: quince horas de oscuridad y nueve horas de penumbra, de una luz tenue y un sol que nunca llegaba a salir. Salvo muy ocasionalmente, se abría un espacio entre las nubes y por minutos caía el sol. Eran los famosos sunny spells, que muchos aprovechaban para dejar lo que estuvieran haciendo y salir un rato a sentir el calor.

No supe manejar mi horario por aquellos días. Al llegar de noche al cuarto me daba sueño; me despertaba con hambre y a las ocho o nueve salía a la cocina común a prepararme un sándwich; me aplicaba un rato a mi estudio y pronto tenía que suspender porque se llenaba de humo la habitación y tenía que abrir la ventana al viento gélido del otoño. Mi ciclo vital se trastornó; las mañanas se confundían con las tardes, que no eran tales, y las noches parecían extenderse por todo el día. Siempre estaban encendidas unas farolas que indicaban el sendero que conducía a nuestros dormitorios.

Al entrar al pasillo, había un teléfono de pared con un cartelito arriba que decía: «Para las personas que estén pasando por una crisis —o simplemente necesiten hablar con alguien» .

—Oiga —intervino Citlali—, ese letrero estaba de terror. Caminar a oscuras con el azote del viento y que al llegar se encontrara con ese cartel… Me imagino que con solo leerlo me darían ganas de llorar.

—Algo así me sucedía, hasta que dejé de voltear.

A eso se sumaba el asunto de Sara. Ella era una estudiante excepcional. Tenía una auténtica pasión por la estadística y la econometría. Disfrutaba de las clases optativas que tomaba: «Una gozada las explicaciones de ese profesor», me contaba. Las materias que tomábamos juntos no se le dificultaban, pues las acababa de ver en su último año de universidad. Yo tenía cuatro años de haber egresado y muchas asignaturas nunca las vi, precisamente las que estaban de moda en aquella época: Teoría de juegos y economía de la incertidumbre. Sara se metió de lleno a los estudios e hizo nuevas amistades con compañeros que, al igual que ella, disfrutaban aquellos temas. Para mí era una tortura escuchar aquellas clases de las que no comprendía nada; ni siquiera, bien a bien, lo que decían los profesores, ni el chiste que soltaban de vez en cuando y que hacía carcajear a mis compañeros.

Durante la semana nos veíamos poco, pero los fines de semana por lo general teníamos algo de tiempo para convivir y nuestro afecto mutuo seguía creciendo. Muy pocas veces volvimos a hablar del tema del herpes; a veces nos íbamos de paseo al lago, a veces al súper y algunas veces hicimos el viaje a Londres de un día completo. Allá no faltaban cosas de qué platicar ni de qué emocionarse, desde la gente de todo tipo —ingleses y extranjeros, ejecutivos y vagabundos, nerds, punks y otras tribus que en aquellos años solo había allá— hasta la magnificencia de los museos. Pero lo más atractivo de ir con Sara eran los detalles pequeños. En una tienda vio unas tazas de cerámica, bastante comerciales, con alguna figura o dibujo. Entró como niña chiquita a verlas y salió con una buena dotación: «Me encantan las tazas», me confió con una sonrisa de gusto y mucha satisfacción. Disfrutábamos una taza de chocolate caliente en cualquier local como si hubiésemos entrado a un restaurante de lujo.

Volvía a las interminables noches de mi habitación. El tema del herpes no me dejaba tranquilo; repasaba todas las situaciones y todas las posibilidades. ¿Debía yo aceptarla como era? No había mucha información y solo sabía lo que decían los artículos de la revista Time, que debieron de haber sido bastante sensacionalistas. Un día fui a ver al médico del campus, un tipo de muy pocas palabras. «En este país, tantas de cada diez personas tienen el virus del herpes», dictaminó, y dio por terminada la consulta. Me figuraba que haría yo un sacrificio muy grande por amor, pero estaba dispuesto. Un día me armé de valor e intenté formalizar algo con ella durante una caminata nocturna.

—No. Me canso de estar contigo —dijo de tajo.

El semestre avanzaba, había que entregar trabajos y la relación fue perdiendo intensidad. Un día, o una noche de insomnio, me vino a la mente que, frente a mi acto heroico de sacrificio por amor, ella cometería una gran traición hacia su novio de aquellos meses, del que a veces hablaba. Tal vez haya sido una autojustificación mía ante nuestro alejamiento, o para la cobardía que a veces sentí que tuve para afrontar la situación.

—A las tortillas, cuando mucho, se les dan tres vueltas —dijo Citlali—. Más vueltas y se secan. Para mí que eso pasó.

Con esa nebulosa mental terminó el primer trimestre. Salimos de vacaciones: ella a Bilbao y yo a Madrid, donde por aquel entonces radicaba mi hermano Gabriel, el diplomático. Nunca dejamos de ser amigos Sara y yo, pero la conexión sentimental se perdió hacia el segundo trimestre de nuestro año de maestría. En Madrid pasé unas semanas muy agradables; primero, agradecí a la vida el sol radiante de la meseta castellana, así fuera en el invierno; segundo, fue un bálsamo hablar y conversar en español, así me topara de repente con modismos extraños.

Me hizo muchísimo bien coincidir con una de mis primas, que había ido a pasar una temporada a España en lo que decidía qué hacer con su vida. Mi prima era pura frivolidad, pero sabrosa. Su estancia en Madrid consistía en ver la moda, descubrir lugares buenos para comer y conocer chicos, a ver si se enamoraba de alguno, como le había pasado a su hermana. Su plática de banalidades fue ese bálsamo que necesitaba para olvidar las penurias, los sinsabores y los desamores de Inglaterra. Regresé a la universidad con el ánimo bien firme de no dejarme derrotar.

—Bien por su prima. Y un tache a la chica esa que lo bateó —dijo Citlali.

Noche 22. Mañas y Chiripazos

Estábamos a mediados de marzo. En la biblioteca, en la parte más alta de la casa que va creciendo escalonada sobre el cerro, pegaba el viento con furia. Me levanté varias veces a checar que todo estuviera bien cerrado, pero aun así el viento se colaba por algunas rendijas y golpeteaba puertas y ventanas.

—Este viento espanta —dijo Citlali.

—Es verdad. A mí también me causa inquietud; pueden caer ramas, a veces se va la luz, el internet…

Y en eso se fue la luz. Prendí unas velas que guardo para estas ocasiones, las cuales amenazaban con apagarse con las pequeñas ráfagas que se nos colaban.

—Ehécatl no nos deja tranquilos —añadí—. Lo mejor es olvidarnos de él hasta que se canse. Vamos a pensar en la nieve, como la que me tocó cuando volví a Inglaterra en pleno invierno.

—A ver, espéreme… Si el frío estaba horrible, en las clases no entendía nada, ni la mitad de los chistes, y la española ya no le hacía caso… ¿Cómo es que no tiró la toalla y se regresó?

—Es lo que se llama orgullo o casta. Lo único que tenía claro es que no quería regresar a México derrotado. Si la meta ya está fija, uno saca las antenas, te ajustas, desarrollas un olfato que te dice por dónde sí o por dónde no…

—Y ese «olfato» del que habla, ¿es como una capacidad de moverse en otra dimensión? ¿En la cuarta dimensión? —preguntó curiosa.

—Ya me la pusiste muy difícil. No sé qué libros estés leyendo, pero estás en un terreno en el que todo puede ser.

En mi maestría no había exámenes regulares; solo había unos exámenes finales después del segundo trimestre. El que aprobaba tenía derecho a elaborar su tesis, presentarla y, de ser aprobada, recibir el título. Así que ese segundo periodo era crítico y crucial. Durante el verano había conocido a dos muchachos mexicanos que habían cursado la maestría el año anterior y se habían quedado a hacer su doctorado. Me cayeron bien, pero yo estaba demasiado entretenido conociendo el mundo universitario al que recién había llegado y no los frecuenté. Durante el primer trimestre nos encontrábamos seguido por los pasillos de la facultad o en el comedor. A veces comíamos juntos y poco a poco se fue consolidando una amistad. Después de unas semanas de tratar a puros extranjeros, fui sintiendo la comodidad del estar con mis compatriotas. El paisanaje es una fuerza poderosa; hay muchos valores y cultura compartidos. Más allá del chisme de la universidad, con los paisanos uno puede hablar de la comida favorita, de futbol, de la política y de la vida en México en general, a diferencia del trato con los extranjeros, con quienes hay que tejer una red de intereses mutuos prácticamente desde cero.

Así que, una vez que perdió combustión la relación con la española, me acerqué mucho a ellos, especialmente a Horacio, que, a diferencia de Ricardo, no estaba casado. Él tenía un Mini Cooper clásico que compró allá y vivía fuera del campus, en Kenilworth. Los viernes salíamos de clase y nos íbamos a los pubs de los alrededores. Era agradable cambiar la monotonía del campus por lugares adonde iba la gente normal. En la universidad todos andaban con cara de estar muy ocupados y siempre a la carrera; en el pub, en cambio, uno veía grupos de jóvenes platicar, reír y emborracharse. Las chicas iban muy arregladas, con vestidos llamativos; por sus atuendos no se imaginaría uno que estaba nevando afuera. A veces intentábamos hacer amistad con algunas, pero no era fácil; la mayoría ya iba en grupo. En una ocasión trabamos buena conversación con una chica que resultó ser policía, y siempre recordamos con gusto esa pequeña anécdota. Me llevaba muy bien con Horacio; hicimos la costumbre de que, después de pedir nuestro café al final del almuerzo, echábamos un volado para ver quién pagaría. Por pura probabilidad acabaríamos pagando lo mismo cada uno al final del trimestre, pero era un momento del día jovial y divertido. Después de eso, cada uno a sus estudios.

Mis compatriotas mexicanos fueron los que me explicaron cómo era la dinámica de los exámenes finales. Ellos habían revisado las preguntas que venían en el examen de cada materia de distintos años y, según ellos, había unos cuantos temas que siempre venían; otros a veces sí, a veces no. La estrategia consistía en aprenderse bien esos temas, así fuera de memoria, aun sin comprenderlos del todo, y con eso se lograría responder a un buen porcentaje de las preguntas. No era una estrategia para aprender mucho ni para ser el mejor del salón, pero era la forma de no reventar y sacar adelante la maestría. En la cafetería, después del tradicional volado, hice el listado de temas y me enfoqué de tiempo completo en esos.

Iba a las clases y la verdad ya no me interesaba mucho si entendía o no; tenía confianza ciega en mis manejadores. Había variantes en las preguntas dentro de esos temas. «Ni te fijes —me dijeron—. Así no venga completamente al caso, tú contestas con una descripción detallada del modelo tal, o con la argumentación del autor cual». «Perfecto, compañero, así le haré». Tampoco es que no entendiera nada; en algunos temas sí aprendí mucho, con la ayuda de los libros más que con las clases. La estrategia para matemáticas era distinta: era una calificación global para matemáticas y econometría. «Todos los mexicanos que hemos pasado por aquí sacamos cero en matemáticas —me revelaron—. Lo que hay que hacer es entregar todos los trabajos de econometría para no perder los puntos, que son críticos para el marcador global». Las matemáticas que nos daban eran ecuaciones dinámicas que yo nunca había estudiado; traté de comprenderlas con bastante esfuerzo. El día del examen iba muy tranquilo a obtener mi cero; comencé a hacer mis despejes, sustituciones, sumatorias y hamiltonianos y llegaba a un resultado extraño. Lo taché y volví a comenzar para llegar nuevamente a lo mismo; lo taché de nuevo. Después supe que ese resultado que borré dos veces era el correcto y hubiese hecho historia para los mexicanos en esa materia.

—Como la selección nacional en los Mundiales. Jugaron como nunca; perdieron como siempre —dijo Citlali, meneando la cabeza.

La estrategia general funcionó muy bien. Había otra particularidad en el sistema de aprobación en mi curso de maestría que me hicieron notar mis compatriotas: la cuota de reprobados. Cada año escolar, el número de reprobados era de tres, no más, pues aplicaban el método de la «campana de Gauss». Conforme avanzaba el trimestre y se acercaban los exámenes finales, la información sobre la cuota se fue haciendo del dominio de todos e, inevitablemente, los compañeros hicieron su lista mental de quiénes podrían ser los tres reprobados del curso. En todas las listas figuraba un italiano bastante mayor que todos los demás, dos italianos más o menos de mi edad o algo más jóvenes, un alemán que nunca supo qué hacía ahí y, desde luego, yo. No por no participar en clase se disimulaba mi falta de comprensión de muchas cosas. Era, además, el único candidato del llamado «tercer mundo». Con mis manejadores mexicanos diseñamos también la estrategia de guerra psicológica: «Se te van a acercar los otros candidatos; tú siempre diles que vas muy bien. Procura desaparecerte algunos días antes de los exámenes, así te quedes encerrado en tu cuarto; hazles creer que ya tiraste la toalla y que preferiste dedicarte a pasear. Hay que hacer que se confíen de que tú vas a reprobar, y que otros sientan que los que van a reprobar son ellos, que tiren la toalla». La guerra psicológica funcionó de maravilla; reprobaron dos italianos y el alemán.

—¡Wow! —exclamó Citlali—. El ingenio del mexicano. El clásico «todo se lo debo a mi mánager» —añadió.

Los jueves, porque los ingleses tienen un día para cada cosa, había un pequeño convivio entre los estudiantes y algún profesor. Un día me acerqué con el que nos daba Macroeconomía, un tal Marcus Miller[6], y le pregunté: «Oiga, ¿y de verdad esos modelos que nos enseña en la clase, de teoría de juegos con matemáticas complicadísimas, los aplican en la vida real para decidir algunas cosas?». Se llevó la mano a la barbilla, se rascó un poco y me dijo: «En realidad no. Esos modelos son lo que yo llamo un divertimento intelectual». O sea, que, si Marcus se divertía con eso, yo también me divertí a mi manera, y así diseñé mi juego.

—Ese Marco Miller hacía como que enseñaba y Usted hacía como que aprendía… Por eso nos dejaron un mundo de cabeza —dijo Citlali.

Noche 23. El verano de Daisy

Después de los exámenes tomé unos días de vacaciones a la Costa del Sol con mi amigo Horacio. Los veranos en España son fantásticos. Estuvimos en una discoteca al aire libre que tenía las mesas alrededor de una piscina; tal vez sería un club de playa, pero ciertamente era de noche y servían bien las bebidas con alcohol. Chicas de todas las edades corrían topless y se aventaban una y otra vez del trampolín y de la resbaladilla, entre sonrisas y carcajadas. Ni en Las Vegas me ha tocado ver un espectáculo tan bien montado, con artistas amateurs y sin guion…

—Ya, no se emocione —interrumpió Citlali—. De seguro es la versión mediterránea de La casa de las bellas durmientes. Me los imagino, a usted y a su amigo, ahí de mirones… ¡Qué horror!

Al regresar a Warwick me dirigí de inmediato a las oficinas de la facultad de economía, al muro de los anuncios, donde pegarían el papel con los resultados de los exámenes. No había internet ni WhatsApp; era la época del «papelito habla». Con temor y curiosidad me acerqué: «Aprobado». Busqué a Horacio en su cubículo y nos fuimos a brindar con unas cervezas; después iríamos al pub y tal vez remataríamos en su casa con algún tequila.

Al día siguiente, ya recuperado de la resaca, me puse a pensar en el tema de la tesis. Solo había tres meses para elaborarla y no tenía ningún tema en mente. Muchos compañeros ya habían elegido el suyo desde antes de comenzar la maestría, pero yo no, pues los últimos meses había estado con una sola idea fija en la cabeza: aprobar los exámenes. No tuve mucho tiempo para preocuparme. Después de mi almuerzo pasé al estand de revistas y compré la revista Time, que hacía tiempo no leía pues mi presupuesto de la beca era bastante magro. Di unos sorbos al café y de pronto leí una frase que cambiaría mi vida: «Debt equity swaps are the height of financial fashion in the indebted Third World…»  Yo venía becado por el Banco BCH  y conocía el tema de los castigos que aplicaban los mercados a la deuda de los países que, como México, tenían una alta probabilidad de no ser capaces de cumplir con sus obligaciones con los acreedores internacionales. Los swaps a los que se refería el artículo eran un intercambio de deuda por inversiones en otro tipo de activos que pudiera ofrecer el país deudor, lo cual era especialmente atractivo en procesos en marcha de privatización de empresas públicas, como el que se gestaba en México. «¡Ese es mi tema! ¡Los swaps!». Al terminar mi café supe con toda certeza que ese era mi tema. Cualquier angustia que hubiera albergado se disipó; me llené de confianza y me sentía feliz.

Las últimas veces que vi a Sara me miraba con una mezcla de admiración por haber aprobado —con una sonrisa de quien sabe «cómo le harías»— y algo de conmiseración por no tener tema de tesis a esas alturas. Me la encontré un día por un sendero del campus y le dije radiante:

—¡Ya tengo tema!

Me miró con algo de suspicacia, pero no me importó. Lo demás se fue dando muy fácilmente. Con un buen tema es sencillo conseguir un asesor de tesis que coopere con simpatía. No tuve que buscar mucho en la biblioteca para encontrar un marco teórico que me sirviera de base; el tema de la deuda era el principal obstáculo al crecimiento y ya había artículos académicos hechos por mexicanos al respecto. Encontré uno muy bien estructurado, de fácil comprensión, de Guillermo Ortiz y Jaime Serra Puche. Lo demás fue sumar y restar términos en la ecuación del crecimiento: menos deuda, más ahorro; menos deuda, más inversión. Para que la deuda bajara había que comprarla, así fuera con descuento, lo que debilitaba las finanzas públicas en un año determinado, aunque las fortaleciera a largo plazo.

La versión ambiciosa de la tesis hubiese sido un modelo de equilibrio general. La versión que se me ocurrió fue la construcción de cuatro escenarios distintos, todos dentro de la ecuación estática de equilibrio parcial. Otra posibilidad —la que me echarían en cara después mis sinodales— hubiese sido calcular econométricamente los parámetros pertinentes, pero yo los tomé como predeterminados del paper de Ortiz y Serra Puche, que eran economistas que ya brillaban. Cuando comenté con Sara mi idea de tesis, ella, que era una econometrista  brillante, nada más movía la cabeza:

—¡Qué clase de chapuza vas a hacer!

Nadie imaginó que una idea tan sencilla pudiera funcionar. ¡Y funcionó! Ayudó muchísimo la relevancia del tema de la deuda externa, que los swaps estuviesen de moda y la claridad con la que construí mis escenarios.

Una de las ventajas de mi tesis era precisamente que no necesitaba generar ningún tipo de evidencia de base de datos. Yo no tenía ni idea de cómo utilizar una computadora. Alguna vez me senté frente a una en la sala de cómputo, la encendí, vi parpadear una rayita verde en la esquina inferior de la pantalla y no supe más qué hacer. Para mi buena fortuna, mi amigo Horacio tenía una computadora en su cubículo y él me capacitó para aprender a usarla como máquina de escribir. No existía el Windows ni el programa Word; había un procesador de textos que se llamaba Daisy.

Fueron jornadas largas —tampoco es tan sencillo escribir una tesis en inglés— y ya solo tenía el interés en terminarla. Descuidé mi alimentación. Me recuerdo disgustado, por las noches, cenando nuevamente una hamburguesa con papas y un vaso de refresco; la cohesión con los compañeros se había roto, pues la tesis ya era un ejercicio cien por ciento individualista y, lo peor, es que nuevamente perdí el control del tiempo y de mi ritmo biológico. A diferencia del verano anterior, cuando llegué, el nuevo verano tenía los días interminables: eran las cinco de la mañana y ya había luz; eran las de la noche y media y seguía la luz. Perdí la noción de a qué hora desayunar, comer y asearme. Toda mi vida era la fijación de terminar y ya.

Me faltaba muy poco cuando, un día, mi documento con la tesis desapareció de la computadora. La pantalla decía algo así como: «Daisy no ha podido guardar ni recuperar el documento». Entré en pánico. Alguien me comentó que tal vez lo podrían recuperar en el centro de cómputo, pero sería hasta el día siguiente. Me lancé a caminar hacia el lago que había en el campus, crucé unos trigales, brinqué una cerca y me topé con la carretera que iba a Kenilworth. Caminé por horas hasta que vi las luces del poblado, que acababan de encender, me di media vuelta y emprendí el regreso. De pronto comencé a gritar, o tal vez solo a mascullar, un estribillo de una canción gitana que había escuchado recién en España, y la repetí toda la noche:

—Campesinos tristes de mi Andalucía… De mi Andalucía…

—Fue un mantra —dijo Citlali—. Yo sé que hacen mucho bien. ¡Pero ha de haber parecido un fantasma medio loco! —Y le ganó la risa.

Recuperé la tesis y la pude terminar; la entregué, sellaron de recibido y no había nada más que hacer. No hubo ceremonia de fin de cursos, no hubo fiestas; todos estábamos hartos del lugar. Unos se fueron antes a hacer sus tesis en otro lado, otros se marchaban sin mayor trámite; yo hice lo propio. Fijé la fecha del vuelo y me regresé a México. No tenía dudas de que la tesis me la aprobarían, pero tampoco me fui eufórico. Fue un año de luchas intensas: primero conmigo mismo, después por aprobar y presentar la tesis; y de repente todo concluyó, como si no hubiese habido un final. La película se cortó, paró en seco. Me subí al avión desconcertado; el final fue tan abrupto que ni siquiera tuve tiempo de saborear mi regreso, que tanto anhelaba o idealizaba.

Durante el vuelo me quedó una reflexión un tanto amarga. Había ido a Inglaterra con la idea consciente de obtener mi título de maestría y lo logré. Haya sido como haya sido, el esfuerzo intelectual fue muy intenso y fue una experiencia nueva para mí. Mi amistad con Sara, mi viaje a España y los paseos a Londres me habían abierto los ojos a nuevos horizontes, pero de alguna forma sentía que era un regreso sin gloria. Me bajaría del avión y sería el mismo que cuando salí: con más experiencias, pero solo, y con un desgaste físico brutal.

—Me tiene que explicar eso último —comentó Citlali.

—Ni te lo imaginas.

Noche 24. Citlalyacana

Me recibió mi madre en el aeropuerto. Nos reencontramos como si no me hubiese ido.

—¿Cómo te fue?

—Bien.

Nos dio gusto vernos, pero en la familia nunca fuimos muy expresivos: ni en abrazos, caricias y contacto físico, ni con las palabras, ni con el tono de voz. Regresé a vivir a casa de mis padres. Veintitantos años.

Citlali sacó unos lápices y la libretita que llevaba en su morral, y comenzó a trazar unas figuritas de anime con diferentes estilos de peinado.

—Me acordé de los enanos emocionales que mencionó su tío —comentó sin levantar la mirada.

Desde los últimos días en Inglaterra me sucedió un fenómeno muy extraño, que esperaba desapareciera al llegar a México, pero no fue así. Cuando entraba a algún lugar, me daba la impresión de que yo era la causa de que la gente se tocara la nariz y se la sobara. No pasó una vez, sino muchas. Las primeras veces no entendía lo que pasaba; solo eso, veía a la gente tocándose la nariz. Después comencé a creer que yo era el que provocaba esos gestos, nada más con mi presencia. Más adelante ya no tenía duda: yo era la causa de los toques de nariz.

Después de todas las angustias por las que había pasado, y que había superado, ahora venía esa nueva pesadilla. Pensé que mi cuerpo estaría sobrecargado de energía y que la emanaría a diestra y siniestra provocando malestar. Y de cada toque de nariz que observaba, sentía un pequeño latigazo en algún lugar del cuerpo, sin saber precisar dónde. Nunca consulté a ningún especialista, ni médico ni psicólogo, pues me parecía absurdo lo que me sucedía, más allá de cualquier imaginación muy fantasiosa.

Lo enfrenté con aislamiento; nada más tenía el contacto mínimo necesario con las personas. Regresó un año más al Banco BCH, ya que tenía ese compromiso con ellos por haber tenido la beca. El trabajo seguía igual de aburrido y, en mi condición, real o imaginaria, aquello era una ventaja. Pensé que el fenómeno se iría atenuando con el tiempo, y así fue; no podría precisar cuánto duró, pero fácilmente rebasó el año. Mis familiares solo notaron que yo había regresado «raro» de Inglaterra, pero nunca lo hablamos. De mi pandilla de amigos que dejé al irme, varios se habían casado y otros se fueron a vivir a otras ciudades; ese grupo se diluyó, aunque esporádicamente vi a alguno de ellos. Pero el espíritu de aventura y de jolgorio de los años anteriores nunca volvió.

Mientras hablaba, Citlali sacó su tableta y comenzó a teclear con rapidez. A veces hacía eso. Es una mala costumbre de la gente joven a la que hace tiempo me acostumbré, y no le presté importancia. De repente, elevó la mirada con los ojos encendidos:

—Mire lo que encontré, me lo dijo la inteligencia artificial…

—Tranquila, internet dice muchas burradas…

—No, espérese —dijo toda emocionada—. Dice que, si usted andaba estresado, su mente se pudo haber clavado en eso y empezar a ver toques de nariz por todos lados, y a creer que era por usted. Y lo de los latigazos, dice que puede ser psicosomático, porque el cuerpo somatiza la ansiedad y el trauma. Mire, aquí dice «trastorno de estrés postraumático» …

Me quedé mirando a Citlali con perplejidad. No capté todo lo que leyó; estaba exaltada y se saltaba algunas palabras, pero al final su voz se aclaró:

—Aquí dice: «Un quiebre en el procesamiento de estímulos, provocado por altos niveles de estrés y agotamiento, puede llevar al individuo a percibir patrones donde no los hay, generando asociaciones erróneas entre conductas ajenas y la propia presencia. Esto no es locura, sino una respuesta somatosensorial exacerbada».

Una vez que Citlali hubo partido —«Mañana toca madrugar, nos llevan a una práctica a Toluca, al Hospital General», me había dicho—, hice mis propias búsquedas en internet y no había duda: ese fenómeno tan raro no fue un principio de locura ni un desvarío, sino una condición psicosomática de tipo postraumático, como le sucede a algunos soldados después de una guerra. Algunos años después consulté a varios neurólogos por un problema mucho más serio que se me presentó -distonía cervical idiopática- pero nunca se me ocurrió contar los toques de nariz como antecedente. Busqué también noticias recientes sobre esa enfermedad. Encontré que en los años recientes han avanzado mucho en su comprensión y tratamiento, y me hice el propósito de consultar nuevamente algunos neurólogos después de más de treinta años.

«Vaya», pensé, y yo que tenía dudas de contarle eso a Citlali. La franqueza que ella me inspiraba dio resultados prácticos, totalmente inesperados.

Antes de dormir y, tal vez por gratitud, no lo sé, navegué por algunas páginas dedicadas al idioma náhuatl hasta que encontré el término preciso que mi inconsciente ya buscaba: Citlalyacana, la estrella que guía.

Noche 25. Destazaron el Rancho

Antes de que llegara Citlali, estuve hojeando varios libros que se refieren a la conquista de México y la caída de Tenochtitlan, que siempre me han parecido episodios apasionantes en la historia del mundo: la interpretación errónea de las señales cósmicas y las informaciones tangibles; las dudas de Moctezuma en un escenario de incertidumbre; y la fragilidad estructural del imperio mexica por la política de sometimiento al poder central de los pueblos periféricos. Cuando entró, tomó uno de los libros ilustrados para niños.

—«El gran tlatoani sabía de unos individuos desconocidos con "palos que escupen fuego", casas que flotan y perros gigantescos que los acompañan. No logró anticipar lo que esa información significaría para su imperio» —leyó Citlali en voz baja pero audible.

—Eso sucede a menudo. Es difícil interpretar las cosas en tiempo real.

—Es el clásico: O ya pasó lo que estaba yo entendiendo, o no entiendo lo que está pasando— añadió ella, en su particular manera de darme la razón.

Me quedé pensando en sus palabras. Tenía toda la razón: Al regresar de Inglaterra, me encontré con algunas novedades desagradables, relacionadas con el rancho de Valle de Bravo, que me sorprendieron, me confundieron y no tuve claridad sobre lo que habría que hacer.  Me puse a capear el temporal sin pensar en cómo alejarme de él.

Para entonces ya habíamos fincado nuestra casa en los terrenos que nos tocaron: sencilla, pero con estilo, con paredes de sillar, vigas de madera, tejamanil en el techo y mosaico de talavera pequeño en cocina y baños, entre otros detalles. También habíamos hecho una rifa entre mis hermanos y yo para ver cómo nos dividiríamos la fracción que nos tocó; esa fue poco antes de mi partida hacia Inglaterra. Teníamos un plano muy burdo, trazado a mano, dividiendo entre tres la fracción con la idea de que los predios resultantes tuvieran acceso a los servicios que ya habíamos puesto, particularmente agua, luz y el camino de acceso. Yo estaba emocionado de tener mi predio individual; tanto así que pegué ese plano en mi pequeña habitación en Inglaterra para tener siempre presente lo que había dejado en México y que era el mayor de mis afectos.

—Hay varias novedades que debes saber —me dijo mi madre en el trayecto del aeropuerto a la casa.

Mi madre recurrió a un ingeniero local que hizo la subdivisión entre nosotros. Lo primero que me saltó fue que, en lugar de tres fracciones, lo habían dividido en siete: una para cada uno de nosotros tres y cuatro fracciones de propiedad colectiva para toda la familia, incluyendo a mis padres y hermanos. Esas zonas comunes estaban en los parajes más interesantes. Una era la cima del cerro, con unas vistas impresionantes hacia el pueblo y la presa; otra, una zona más pegada a la presa, con mejores vistas hacia ella; la tercera, el lugar donde se ubica la casa y las laderas adyacentes; la cuarta, el terreno que da a la carretera, que sirve de acceso a todos los demás predios y donde se ubica una construcción rústica de lo que fue el casco del antiguo Rancho San Antonio. Aun así, me quedaron seis hectáreas de propiedad individual, suficientes en principio para desarrollar cualquier idea que se me pudiese ocurrir en el futuro.

Con un análisis un poco más detallado me di cuenta de los problemas serios que tenía mi predio. Me diseñaron un triángulo; el vértice inferior no estaba definido físicamente en el terreno, así que lo mío comenzaba en un punto casi imaginario y de ahí se iba abriendo cerro arriba, sin llegar hasta la cima, que había sido mi expectativa cuando hicimos el sorteo. Mi madre me dijo, por decir algo, que el vértice era el hoyo de la composta; cuando le comenté que ahí no había acceso, dijo que era más abajo, sin precisar dónde.

Sobre las áreas comunes, ya sabía desde entonces que las copropiedades son siempre de difícil manejo, pues tienen que estar de acuerdo todos los copropietarios en cualquier cosa que se quiera emprender. Y mi relación con mis dos hermanos no era fluida por aquel entonces. El mayor, Gabriel, nunca mostró interés por este tipo de cuestiones prácticas, le daba pereza el tema y era un lector asiduo al que no era muy prudente interrumpir. Con Fernando ya había tenido algunas fricciones, aún nada serio, pero ya se había roto la complicidad de la niñez y quedaba el alejamiento de la adolescencia. No éramos, por así decirlo, los copropietarios ideales.

Y finalmente, había una sección del rancho que habíamos desarrollado con esfuerzo: habíamos vendido algunos terrenos a terceros y nuestra ganancia había sido la infraestructura de acceso a los terrenos sobrantes por esa zona. Resulta que esos terrenos, que eran nuestra ganancia en lo que ahora colinda con Villa Florencia, los cedió mi madre a una sobrina suya, prima segunda nuestra. El padre de ella era un primo de mi madre al que consideraban casi hermano, y lo quisieron incluir de esa manera en el reparto que hizo mi abuela Omma. La evaluación en conjunto de todo ese reparto arrojaba un escenario complejo.

En Inglaterra yo presumía con mis compañeros de mi rancho: «Wow, Mexican Andrés owns a mountain». Y yo me reía muy complacido. La realidad es que me quedó una sección de montaña que ni comenzaba abajo ni terminaba arriba. Fue un desencanto conforme me fui dando cuenta de la realidad que estaba detrás del plano topográfico con la subdivisión elaborada por el ingeniero Ricardo Ballesteros, que en paz descanse.

Citlali dejó de hojear un librito de manga que rescató de una estantería.

—La verdad, no me cabe en la cabeza que un terreno enorme, de veintitrés hectáreas, no lo pudieran haber repartido armoniosamente entre tres hermanos.

—Nunca he entendido por qué mi madre decidió hacer tantas áreas comunes. Ella pensaría ingenuamente que los hermanos nos llevaríamos siempre bien, como fue el caso de ella con mis tíos, y que, al ser las mejores partes del predio una copropiedad en la que estaríamos todos, quedaría un reparto muy equitativo. Es como si destazáramos una vaca: el filete, el lomo y el rib eye son de todos; a un hermano le quedaron tres costillas, el solomillo y un poco de sesos; al otro, la rabadilla y la lengua; y al otro, las tripas, los cuernos y todos los huesos.

—¡Ya me antojó! Unos tacos de tuétano con mucho limón; tripitas en salsa verde, deliciosas; y una sopita de cola, ¡me mata! ¡O esquites con tuétano, uff!

Me hizo gracia verla caer tan fácil en el garlito, pues algo sabía de sus preferencias gastronómicas.

—A lo que yo me refiero —añadí— es que el filete es lo que más vale, nadie se lo puede comer; y el que tiene todas esas cosas para los antojitos del mercado, pues casi los tiene que ir a regalar.

—Sí… pero igual se me antojó. Sígame explicando, pues.

—Mi madre no tenía idea de topografía ni experiencia en dividir terrenos. Mi padre no se metió porque se plegaba a lo que dispusiera ella. El ingeniero trazó todo en su restirador, aún no había computadoras, y no se tomó la molestia de ver sus trazos en el terreno. Mi hermano Gabriel estaba en España trabajando, yo en Inglaterra, dizque estudiando, y mi hermano Fernando creo que no se metió. De cualquier forma, a él le tocó un terreno con excelentes características, con muchos planos y algo de bosques. ¡Cómo he lamentado haber estado fuera precisamente el año del reparto! Gané la maestría, pero el mal reparto quedó ahí, porque no tuve la oportunidad de modificarlo y así, con los planos mal hechos, se hizo la escrituración.

—¿Iban en piloto automático? ¿O por qué?

—El reparto no estuvo malintencionado, sencillamente estuvo mal hecho. Pero ya todos mis primos y tíos, a quienes había heredado mi abuela Omma, tenían prisa por escriturar. No me queda claro si fue por la edad de ella o porque varios habíamos fincado ya nuestras casas y todos queríamos seguridad. Me convencí de que lo mejor para nosotros era escriturar así, como estaba el plano, y que después lo podríamos arreglar. Mi tío Felipe había hecho unos caminos que atravesaban los terrenos de todos, lo que sin duda fue una gran mejora, e hizo también unos bordos de captación de agua. Eso le dio mucho ascendiente sobre sus hermanos y mi abuela Omma. Tenía la idea de que a nosotros no solamente nos había tocado más, sino también lo mejor. Recuerdo bien un día que me vio en la plataforma del estacionamiento de mi casa; bajó el vidrio eléctrico de su automóvil de lujo y me dijo con su voz fuerte, sonora, característica de él: «Andrés, recuerda que la donación que hizo la Omma a tu favor es reversible». Lo bueno es que ya escrituramos, pensé.

Me imagino que esa era una de las señales que el tlatoani no supo interpretar, señaló Citlali.

—Y yo creo a Cortés se le fueron muchas también, pero las supo ir acomodando a su favor.

Una lluviosa tarde de verano, mientras estudiaba la maestría, coincidí en Londres con mi hermano Gabriel, que venía de España, y mi padre, que llegó de México para algún asunto. Nos contó que mis tíos habían tenido la pretensión de que el terreno donde se ubica el casco antiguo del rancho fuera un área común para hacer las convivencias de toda la familia Pichardo; es decir, una especie de expropiación a nosotros en aras del beneficio colectivo. Decían que era necesario tener una capilla donde todos los tíos y primos pudiéramos hacer nuestras celebraciones religiosas y el convivio posterior.

Mis padres se opusieron a esa idea, pero para mi sorpresa, mi padre nos contó que él, con sus propios recursos, había mandado construir una especie de capilla dentro del casco del rancho. No lo podía creer. Mi padre nunca fue creyente; mi madre sí, pero poco practicante de las formas. Ella tenía una profunda convicción de ayuda hacia los demás y así actuó toda su vida. No era concebible que mis padres, con sus maneras de pensar, hubiesen mandado levantar una capilla.

—Lo tuvimos que hacer —nos dijo mi padre— para no perder ese terreno.

Las pretensiones territoriales de mis tíos eran tan reales como la bóveda que sigue ahí.

—¿Y qué ha pasado con esa capilla? —preguntó Citlali.

—Solo alguna vez hubo una ceremonia ahí; después todos la ignoraron.

—Vaya líos con las herencias —dijo ella, meneando la cabeza.

Hay un detalle en la capilla que, a pesar de todo, me permite mirarla con cariño. Es como un buen digestivo que disipa el mal sabor de boca de un platillo anterior. Mi padre, de niño, vivió en un rancho por el rumbo de Zinacantepec al que llamaban El Ejido. Las tierras las expropió el general Lázaro Cárdenas; mi abuelo Guillermo, que era agricultor, vendió el casco poco tiempo después y, entre los pocos objetos que rescataron, estaba la campana de El Ejido, la cual hacían sonar para congregar a los jornaleros o para señalar alguna celebración.

Nunca supe por qué bautizó su rancho con un nombre que advertía su perdición. Es probable que el término viniera de la antigua España: la palabra latina exitus indicaba tierras que se encontraban en las afueras, a la salida de una ciudad, y que eran de uso común para todos. Con el tiempo, exitus se convirtió en exito y, después, la te se suavizó en de, igual que pasó de vita a vida; como buenos españoles, cambiaron la equis por la jota, dando lugar a «ejido», tal como sucedió de luxo a «lujo». En español antiguo la equis se pronunciaba como «sh». Ya en el Virreinato, ese ejido español se mezcló con las tierras comunes de los pueblos de indios. Y esa campana está ahí, en la capilla del Rancho San Antonio, que es precisamente en el que estamos.

—Híjole, está emocionante eso —dijo Citlali—. En algún momento la tendrán que hacer sonar de nuevo…

Noche 26. El sexenio decisivo

—Hola, Citlaltzin —la saludé con gusto cuando la vi entrar, con su paso liviano y un morralito con motivos mazahuas colgado al hombro.

Se me quedó mirando, sorprendida:

—¿Por qué me dijo así?

—Significa pequeña estrella.

—Eso ya lo sé. Es el diminutivo de mi nombre, pero solo mi abuela lo utiliza.

—El náhuatl no deja de sorprenderme —dije para superar ese trance, pues me pareció haber invadido un terreno privado—. Se parece al alemán, ¿sabes? A base de juntar palabras se van construyendo las nuevas. También hay declinaciones y los vocablos cambian de terminación según sea el caso.

No me pude aguantar esa pedantería discursiva. Citlali sonrió de medio lado.

—No me vaya a explicar ahora lo del Citlaltépetl… Eso se lo saben todos.

Me quedé mirándola, fascinado.

—¡Qué idea me acabas de dar! Tanto que hablo contigo del cerro y hasta ahorita se me ocurre. Se llamará el Citlaltépetl 2.0. Pero bueno, otro día seguiremos con ese cuento.

—Bueno, ¡usted no cambia! —exclamó acomodándose.

Tenía el compromiso de trabajar por lo menos un año más en el Banco BCH, pues ellos habían pagado mi maestría, aunque creo que no les hubiera importado demasiado si hubiese incumplido. Era el año 1988, el último del sexenio de Miguel de la Madrid. Las oportunidades laborales se abrirían hasta el cambio de gobierno, así que no había otra alternativa más que esperar.

En el verano de ese año murió mi padre en forma intempestiva. Tuvo algunos mareos que su cardiólogo no supo interpretar; fue una trombosis cerebral que primero le quitó el habla y los movimientos, y pocos días después, la vida. Fueron días de estrés y congoja, pues sabíamos que ya tenía muerte cerebral. Lo trasladamos a un hospital público donde le dieron cuidados paliativos y le permitieron partir. Lo enterramos en el Panteón del Tepeyac, atrás de la Basílica de Guadalupe, en una tumba que pertenecía a parientes lejanos de mi madre, en contra esquina del sepulcro del general Antonio López de Santa Anna. Aún en esas horas aciagas, recordé una frase que dijo mi padre cuando fuimos a conocer el cementerio: «Ya tendré oportunidad de charlar largamente sobre todas sus andanzas con el general». Fue una tarde de mucha lluvia y, durante el sepelio, el cielo relampagueó con gran estruendo. Parecía que la naturaleza se sumaba a la despedida del gran hombre que fue mi padre.

Poco antes del cambio de administración, me entrevisté con Luis Téllez, un conocido del ITAM que tenía una posición muy cercana al titular de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Pedro Aspe, quien ya había sido ratificado; sin mayor conversación, me ofreció colaborar con él. Acepté de inmediato. El primero de diciembre de 1988 iniciaría la etapa profesional más intensa de mi vida.

Yo estaba encargado de la llamada «planeación financiera» del sector público federal. En la práctica nunca ejercí dicha función, pues mi jefe me tomaba de comodín para muchísimas otras tareas. Tenía mucha facilidad para escribir, así que pronto me convertí en el redactólogo oficial de notas de análisis y de prensa, y de discursos y presentaciones de mi jefe, así como de otros mandos de la Secretaría. La planeación financiera la tomó uno de mis subordinados —quien siempre me echó en cara mi supuesta irresponsabilidad—, pero, fundamentalmente, ese espacio se lo cedimos a los funcionarios del Banco de México. Ese año en la SHCP fue muy intenso, pues correspondió a la renegociación de la deuda externa de México bajo el nuevo gobierno. Mi tesis sobre los swaps me ayudó a entrar a esa institución, aunque después ya no me pidieron mayor opinión sobre ese tema. Eran jornadas larguísimas que comenzaban por la mañana y terminaban hasta pasada la medianoche. Varias veces escuché el toque de diana en la guarnición de Palacio Nacional, casi en la madrugada, y el cambio de la guardia de honor muy temprano en la mañana. «Tienen toda la noche para hacer ese trabajo», nos decía nuestro jefe. Era cansado, de mucho estrés, pero me ponía orgulloso de mis capacidades; por primera vez en mi vida profesional me sentía útil.

Después de unos meses me tocó hacer mi primer viaje de trabajo a Washington D. C., para reunirnos con los expertos del Banco Mundial en políticas agropecuarias.

—No sea presumido. Su primer viaje de trabajo fue para recoger un camión de volteo usado en Santo Tomás de los Plátanos —dijo Citlali, divertida—. Pero sígale.

Desde la Secretaría de Hacienda habían instruido a mi jefe para que diseñara un nuevo programa de desarrollo agropecuario, alineado con el nuevo paradigma de la política económica del presidente Carlos Salinas. Fuimos unas ocho personas de México, cada una con un tema en específico, y el mío era el comercio externo del sector agropecuario. Fue una experiencia de mucho aprendizaje. A diferencia de Warwick, en el Banco Mundial todo enfoque teórico tiene que aterrizar en políticas y programas concretos. No todos nuestros interlocutores estaban en la misma oficina, así que nos movíamos siempre en taxis, inclusive para trayectos cortos, pues el tiempo era escaso y había que aprovecharlo al máximo.

Por las noches nos íbamos a cenar a algún restaurante de la zona de Georgetown, que es animadísima, con una mezcla muy especial de estudiantes, funcionarios de instituciones multilaterales, personal de embajadas y muchísimos otros, de todas las edades, que van a Washington al cabildeo con el Congreso o a las oficinas del Ejecutivo, entre otras muchas actividades. Solo hay que imaginar la cantidad de gente que puede moverse en torno al Pentágono, por ejemplo. Washington no es una ciudad grande, pero deja sentir en su ambiente que es la capital del imperio norteamericano. Yo no conocía esa ciudad y prácticamente no había visitado los Estados Unidos, salvo un verano que estuve de intercambio en la ciudad de Pittsburgh, en algún momento de la adolescencia. Mis viajes juveniles a Europa habían sido de mochilero, siempre con un presupuesto ajustado, al igual que los viajes que hice en mi época de estudiante de maestría.

Me sentía bastante bien, con una buena dotación de dólares diarios que nos habían entregado en efectivo antes de partir. El hotel era elegante, la movilidad siempre en taxis, los restaurantes con muy buena cocina sin ser lujosos. Recuerdo bien los platillos a base de pastas y mariscos a los que me aficionaría unos años más adelante. Mi carrera iba despegando. El intenso ritmo de trabajo de los últimos meses rindió sus frutos; el mayor de todos, en el campo de la satisfacción personal. No había tiempo ni disposición mental para atender los problemas personales como el del Rancho San Antonio, ni ningún otro. En Washington conocí, por primera vez, los table dance que llegarían después a México en una versión mucho menos glamorosa y que, al paso del tiempo, se degradó inclusive en algo bastante sórdido.

—Y yo que pensaba que la «Casa de las Bellas Durmientes» venía de Japón —dijo Citlali, divertida.

—Tal vez, pero a México nos llegó por los Estados Unidos.

 

Noche 27. Economista Agrícola

Cuando llegó, Citlali se quedó mirándome fijamente de pies a cabeza.


—Oiga, trae los pantalones manchados de barro. Y vea nada más el piso; se ve que las suelas de sus zapatos fueron el molde para esas figuritas que están tiradas por todos lados.

—Ya no me dio tiempo de cambiarme —dije a manera de excusa—. Lo que sucede es que estuve arriba, en la primera palapa que tengo en el cerro, practicando la “agricultura natural”. El método lo inventó Masanobu Fukuoka y lo describe en su libro La revolución de una brizna de paja. Se basa en el principio de imitar fielmente los procesos de la naturaleza interviniendo lo menos posible, lo que implica no arar ni voltear la tierra, no usar pesticidas ni fertilizantes químicos, controlar las malas hierbas con cubiertas vegetales y dejar que las semillas de los campos germinen por sí solas cuando maduren. Inventó unas bombas de semillas, que es la semilla envuelta en barro; la tira y, con las primeras lluvias, germina un naranjo, un tamarindo o lo que sea. Un tema central es mejorar las tierras; las compostas ayudan pero son muy laboriosas. Lo mejor es buscar troncos, aventarlos y dejar que se pudran; en pocos años uno tiene un suelo maravilloso sin hacer nada.


—¿Y se ensució haciendo las bombas? Porque el método consiste en no hacer nada… —exclamó incrédula, con algo de sarcasmo.

—No. Subí al cerro a buscar troncos caídos; las variedades de aquí no son muy gruesas. Los jalo, los bajo a un camino, los troceo con mi machete y los llevo en la cuatrimoto a una terraza que espero que, en unos diez años, quede completamente reforestada.


—¡Wow! Me gustó ese método japonés. Usted se entretiene y hace algo por el planeta… Ya voy entendiendo más la vida de los jubilados que viven en un cerro —concluyó Citlali, ahora sí con una sonrisa sincera.

—Ya me puedo dar ese tipo de lujos. Y a propósito de la agricultura, te contaré mi paso por el gobierno en la dependencia que se encargaba de ella. Ahora sí que fue mera coincidencia.

 Mi jefe fue nombrado subsecretario de Planeación en la entonces Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, y nos llevó con él a varios de sus colaboradores: casi todos, jóvenes brillantes recién egresados de las universidades norteamericanas de mayor prestigio. El arranque en Agricultura fue difícil; primero como «asesor», que es sinónimo de limbo en la burocracia, y después como director de Comercio Exterior Agropecuario, un puesto que resultó ser clave en virtud de lo que sucedería después.

Tenía una pequeña estructura burocrática a mi disposición, incluyendo secretarias y chofer, así como vales de gasolina y algún vehículo. En aquel entonces se estilaba que los carros que decomisaba la dirección de aduanas se asignaran a funcionarios del gobierno. Me tocó un Grand Marquis enorme, todo eléctrico. Tenía sus años de antigüedad, pero estaba de un excelente ver. Sin embargo, era muy poco el tiempo que quedaba libre, ni siquiera los fines de semana.

Yo vivía solo en una casa muy pequeña que me construí en un terreno que me donaron mis padres en Cuajimalpa el último año que estuve en el banco, antes de comenzar mi extraordinaria aventura en el sector público federal. Tenía pocos muebles, solamente lo básico: primero por falta de recursos y después por falta de tiempo. A Cuajimalpa llegaba por las noches, me cenaba un sándwich, unos fideos precocidos y unas bananas que compraba a veces en alguna tienda de conveniencia que me quedara sobre mi ruta. Al día siguiente, temprano, iba a la barra de una cafetería que me quedara de paso para desayunar. Ocasionalmente, los domingos, había tiempo para trabajar un poco en el jardín, deshierbando o desramando algunos pinos. A lo lejos escuchaba los gritos de mi vecina, que llamaba a sus hijos para sentarse a comer.

Todos abrazábamos el proyecto modernizador del presidente Salinas. En el caso de la Secretaría de Agricultura, la apertura comercial se había rezagado. Ese retraso no se debía exclusivamente a una mentalidad proteccionista —que sí la había cuando llegamos—, sino a que el comercio de productos agropecuarios tiene que ver con materia viva, ya sean animales, carnes o vegetales, que pueden portar enfermedades, plagas, microbios y bacterias. La eliminación de aranceles no siempre tenía efectos reales, pues subsistían las «medidas sanitarias y fitosanitarias». Recuerdo una discusión entre un joven economista del sector financiero y un veterano funcionario del área de ganadería de la Secretaría sobre un manual para la importación de animales que establecía el requisito de que las vacas fueran «vírgenes». Ambos defendían candorosamente su punto de vista: a uno el requisito le parecía grotesco; para el otro, era la única medida segura.

Citlali soltó una risita.

—Usted iba a unas reuniones bien importantes, discutían sobre las vacas vírgenes y todo eso —dijo con un tono ligeramente burlón—, ¿y luego llegaba por las noches a calentarse unas Maruchan en una casa a medio amueblar? No me imagino a un político haciendo fila en el Oxxo para no dormir con el estómago vacío.

—Yo no era político.

Muchas veces me tocó ir a defender la aplicación de ciertas medidas sanitarias. Me convertí así, poco a poco, en una especie de «bicho raro» dentro de la gran congregación de los economistas liberales que dominaban todo el gobierno. Esa metamorfosis me dio prestigio al interior de toda la Secretaría. Siempre tuvimos a nuestros malquerientes, pues desplazamos a los cuadros técnicos tradicionales, pero gracias a ese cascabeleo logramos profundizar la apertura comercial.

Varias veces me tocó ir por semanas enteras a Ginebra, Suiza, a la sede del GATT, que se alojaba en un castillo a las orillas del lago Lemán. La Ronda Uruguay buscaba la liberalización integral de todo el comercio agropecuario internacional. Yo iba como representante de la Secretaría de Agricultura, pero la representación del gobierno mexicano le correspondía a la Secretaría de Comercio. Recuerdo haberle preguntado a mi colega: «Oye, ¿si todos están a favor de liberalizar el comercio agropecuario, por qué no avanzamos?». No me contestó, pero me dio pistas para que me fijara en los detalles y los matices de los discursos. Todos hablaban de liberalizar «casi todo» y de un «monto significativo» de reducción en los subsidios internos. Ese casi y ese monto significativo escondían diferencias abismales. En general, Estados Unidos estaba a favor de fuertes reducciones en aranceles y en subsidios; en contraste, quienes se oponían eran la Unión Europea, Japón, la India… un grupo al que el embajador del gobierno mexicano bautizó como «los países satánicos».

En no pocas ocasiones, por la fatiga y el cansancio acumulado que traía de México, dormitaba en las sesiones con los audífonos puestos de la traducción simultánea. A veces me despertaba mi colega con unos toques en el hombro: «¿Qué ha pasado, colega?». «Nada, lo mismo de siempre». Y así era, en efecto. Las decisiones no se tomaban en el salón en el que estábamos, por más banderas y personalizadores de países que hubiera. Era común escuchar antes de las reuniones comentarios del tipo: «Esto ya se va a mover; leí por la mañana en el Financial Times que el presidente francés se reunirá con el vicepresidente norteamericano…».

De vuelta a México aprendí a acomodar las posiciones de la Secretaría de Agricultura con un lenguaje «aperturista», tal y como lo hacía la Unión Europea. Además, por aquel entonces nuestro subsecretario, un estratega brillante, ya había profundizado mucho en el tema de los subsidios con un grupo de consultores que contrató, y yo emboné muy bien con la experiencia adquirida en el GATT. Aun así, había colegas de otras dependencias que insistían en acelerar la apertura en el sector, a pesar de los subsidios. Aunque todos partimos de una misma filosofía y doctrina, nosotros nos convertimos en una especie de proteccionistas de nuevo cuño.

De pronto me di cuenta de que Citlali estaba muy quieta, con los ojos cerrados. Me acerqué, le toqué suavemente el hombro… Estaba profundamente dormida.

Noche 28. Tratado de Libre Comercio de América del Norte

Nuevamente, al llegar Citlali, estaba sobre la mesa el libro de Miguel León-Portilla, Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares. Leyó:

«El comerciante a larga distancia, el pochteca, era el verdadero motor de la opulencia material. Su audacia para cruzar fronteras geográficas y políticas no tenía como fin el tributo bélico, sino la expansión del mercado y la introducción de nuevos elementos que dinamizaban la economía y elevaban la prosperidad de la metrópoli» leyó, sin demasiado entusiasmo.

—Mira qué interesante, le dije. Uno que piensa que las cosas son nuevas porque las escucha por primera vez. La idea de crecer a través del comercio es milenaria, no solo en Occidente, sino también en las civilizaciones antiguas de América. Y en su momento, yo mismo caí en ese error.

Una tarde en que fui a ver a mi Subsecretario a sus oficinas del sexto piso del edificio de la SARH en la glorieta de Chilpancingo, nos relató brevemente que se negociaría un Tratado de Libre Comercio entre México y los Estados Unidos de América [7]. De inmediato formó un grupo de trabajo interno, al que desde el principio se sumaron los consultores externos de su confianza. Yo contaba con la información del comercio exterior, y la experiencia en las negociaciones del GATT. Los contactos de alto nivel con la Secretaría de Comercio los tenía mi jefe, y yo tenía la relación institucional con los funcionarios de nivel medio. Me enteré de detalles importantes en ocasiones antes que él, lo que fortalecía mi posición.

En esos meses posteriores a junio de 1990, me tocó supervisar la homologación de la información de comercio exterior agropecuario, entre la nomenclatura que se había utilizado hasta ese momento, y el llamado Sistema Armonizado. Las cifras históricas estaban codificadas con las claves viejas, y las cifras recientes ya se reportaban con el sistema nuevo. Además, había confusión para identificar productos específicos.

Citlali se talló los ojos para despejarse; se estaba quedando dormida, como la noche anterior. Con voz todavía medio apagada preguntó:

—A ver, explíqueme ese Sistema Armonizado.

—Muy fácil: el comercio exterior también tiene su anatomía. El Sistema Armonizado clasifica todo lo que cruza una aduana, desde un caballo vivo hasta un costal de frijol o una caja de mangos. Cada producto tiene una clave, y con esa clave se decide qué arancel paga, qué permiso necesita y cómo se registra en las estadísticas.

—O sea que ustedes también tenían músculos, huesos y nervios, pero de mercancías —dijo, ya más despierta—. En enfermería tenemos que aprendernos seiscientos cincuenta músculos, doscientos seis huesos, nervios craneales y espinales, y luego encontrarlos, porque unos están escondidos debajo de otros. Cerebro ordena a nervio, nervio mueve músculo, músculo mueve hueso… y de pronto ya no sabes ni por dónde empezar.

Ahora fui yo quien se sintió abrumado.

—Por algo no estudié enfermería. En lo mío bastaba con saber que una vaca viva no era lo mismo que un corte de carne, y que una caja de manzanas no podía perderse en la misma categoría que una de duraznos.

La conversión de un sistema a otro se hacía casi a mano, aunque ya había computadoras. Las cifras históricas estaban en las claves viejas y las nuevas llegaban con otra lógica. Durante algunos meses, quien entendiera ese mapa tenía ventaja. Los cuadros estadísticos que generábamos en mi oficina se convirtieron en oro molido para preparar la negociación. Después, el Banco de México y la Secretaría de Comercio homologaron las estadísticas profesionalmente, pero por un tiempo yo tuve la ventaja de haber llegado primero a esa anatomía secreta del comercio.

En esos meses, comenzaron a gestarse ciertas tensiones internas. El grupo de consultores que apoyaba a mi jefe tenía sus ideas de cómo proceder con la Secretaría de Comercio en la prenegociación del TLCAN y en las negociaciones del GATT. Ellos estaban a favor de que México se declarara, sin ambages ni ambigüedades, como un país decididamente a favor de la liberalización del comercio mundial. Los que operábamos dentro del gobierno veíamos las cosas diferentes. Yo aprendí mucho de mis colegas de Ginebra, que me enseñaron el valor de un posicionamiento estratégico en una negociación. En nuestro caso concreto, había que esconder nuestros puntos débiles: nos refugiamos en la figura de los llamados «países importadores netos de alimentos «, que bien a bien nunca se supo lo que pretendíamos, salvo que nos dieran un trato diferente. Lo mismo para el TLCAN. Una frase de un alto funcionario negociador de la Secretaría de Comercio se volvió célebre: «Hay que tirarles bombas de humo», nos decía.

—A ver, —dijo Citlali—, póngame un ejemplo de cómo se debe negociar bien. —Como si estuviéramos en el mercado comprando fruta.

—Me la pusiste difícil, para eso si soy malísimo. Pero bueno, a ver a qué llegamos con tu ejemplo. Quieres naranjas. En un puesto hay naranjas y mandarinas. Preguntas por las mandarinas…No me dejó terminar. Soltó una sonora carcajada.

 —Nada más le va a quitar el tiempo a la marchanta.

También me reí. Luego traté de explicarle que toda negociación depende de las circunstancias. Comenzamos a jugar un ping -Pong muy divertido:

—Si no es temporada de naranjas y las quieres, hay que pagar caro…

 —Y si ya es noche y la marchanta no ha vendido, las dará baratas.

— Pero si te esperas a que sea de noche para comprarlas, igual ya no sobra ninguna y te quedas con las ganas.

—Y si deja encargado del puesto al escuincle por un rato, puede llegar alguien y aprovecharse con el cambio.

— O puede llegar una clienta de toda la vida y a esa le dará buenos precios para no perderla.

Nos reímos bastante. Aún no sé si toda mi experiencia le haya servido de algo la siguiente vez que fue al mercado.

Noche 29. Neopopulista

—Oiga, cuando venía entrando vi salir a un coche rojo, con dos personas. ¿Los conoce?

—Si. Se llama Lencho. Me pidió permiso para poner sus cajones de abejas por allá arriba en el cerro. A veces viene a raspar y sacar algo de miel; y otras veces, a traer a una nueva reina para formar otra colmena. Ese hombre es el último apicultor que queda aquí en el pueblo; gentrificaron a las abejas, por decirlo de alguna manera.

—¿Qué pasó con las abejas? — preguntó desconcertada.

—Quise decir que ya no hay terreno suficiente para ellas.

—Pues así dígalo. Usted ni adornado se ve bien.

Su enfado me cayó en gracia y me reí. Citlali también, pues no tuvo empacho en devolverme el golpe. Pronto retomamos el tema de la negociación del libre comercio, del que me sentía yo muy orgulloso.

Los preparativos para el inicio de las negociaciones formales del TLCAN fueron frenéticos. Uno de los aspectos clave en el diseño de la estrategia por parte de los máximos estrategas del lado mexicano fueron las consultas que se hicieron a los miembros destacados del sector privado, sector por sector. No solo eso: participaron en las rondas de negociación en el llamado «cuarto de junto». Viajaban con la delegación mexicana, se reunían en una sala y estaban disponibles para cualquier consulta. En esos encuentros, había que traducir los problemas y retos de la vida real en conceptos de negociación. Por ejemplo, nos decían: «Si abrimos el café a los Estados Unidos, nos inundarán con producto brasileño y africano barato». «Entonces es un tema que debemos llevar a la mesa de reglas de origen »—respondíamos—.  Mientras que a alto nivel se hablaba mucho de los «ganadores y perdedores» en el Tratado, en mis pláticas con ellos siempre encontrábamos un ángulo interesante de lo que había que defender y de lo que había que pedir en términos de apertura de los mercados de nuestros nuevos socios en potencia.

 Dentro de la metodología del GATT, había que calcular un arancel inicial que sustituyera al permiso previo de importación y que brindara un nivel de protección similar (la llamada tarificación). La metodología tradicional consistía en comparar los precios internos con los internacionales. Parecía un ejercicio estadístico sencillo, pero no fue así. ¿Qué series de precios utilizar, en caso de que existiesen? Por ejemplo, en el frijol existen dos grandes familias —los negros y los claros— y, dentro de ellas, una enorme variedad como el negro Jamapa, el negro Michigan, los pintos, el peruano, el mayocoba, entre otras muchas.

—¿Y el frijol con gorgojo? —preguntó Citlali con ganas de divertirse un poco.

—Ese no se comercia; si lleva plagas, está prohibido.

En algunos casos los patrones de consumo eran muy distintos y daban resultados extraños. En el pollo, por ejemplo, el muslo y la pierna son muy apreciados por el consumidor mexicano, mientras que los americanos se inclinan por la pechuga. ¿Había que comparar el pollo entero, muslo a muslo y pechuga a pechuga?  Se abría así un abanico de negociación insospechado en un principio.

—A ver, ¿el pollo orgánico dónde lo dejaron?

—Pues como pollo, ¿dónde más? Solo que eso lo especificas en el etiquetado…

—A ver si ahora sí lo agarro en curva —retó ella—. ¿Los tamales con pollo por dónde tienen que pasar?

—No se negocian recetas de cocina. Digamos que solo los ingredientes… Habría que ver si son más masa o más pollo.

Estaba dispuesta a divertirse a mis costillas:

—¿Y los chiles en nogada?

—Ahí sí va a depender de qué humor esté el agente aduanal[8].  Lo meterá como nuez, como chile o como carne, según vea.

Citlali se desconcertó un poco… Pero captó rápido:

—Sin albur.

El nacionalismo se coló por la puerta de la tarificación. El TLCAN era un marco para reducir aranceles y, de pronto, el juego se convirtió en ver cómo podíamos llegar a los aranceles iniciales más altos posibles, los cuales se reducirían hasta llegar a cero en un plazo máximo de quince años, pero estética y políticamente nos ayudaron bastante.

Al finalizar la negociación del TLCAN me tocó asistir a una reunión de organizaciones campesinas para explicarles lo obtenido. Me citaron por la mañana en la Casa del Agrarista, en la colonia San Rafael. La calle estaba llena de autobuses estacionados, que son los que trajeron a los asistentes desde muchos estados. Cuando me tocó mi turno, me acerqué al podio para dar mi arenga. Lo primero que hay que hacer es descubrir algún rostro en el público y fijarnos mucho en él. Su reacción nos va indicando cómo va el ánimo general, y además, es una forma de controlar los nervios. Cuando esa persona baja la vista, uno ya sintió que derrotó al auditorio, si lo sentía hostil. Alcé la vista, y lo que vi fue un patio lleno de sombreros de paja que cubrían cabezas a las que no se les veía el rostro. Fue triste darme cuenta de que podría decir lo que quisiera, al percibir su incomodidad de estar tanto tiempo de pie bajo el sol, con ganas de irse pronto a la sombra a comer su torta y regresar al autobús.  «Logramos un arancel de los doscientos quince por ciento para el maíz y de los doscientos setenta por ciento para la papa», dije ante el micrófono, como si hubiésemos cerrado y no abierto la economía. Era la «venta política» del Tratado, concepto que nos explicaron bien los colegas norteamericanos. Esa venta se tuvo que complementar, acertadamente, con un esquema de política pública que canalizó muchos millones de pesos a los productores. Los hombres sin rostro cobran vida cuando se trata de dinero.  Así nació el programa Procampo.

—Hace falta la gallina, los huevos y el cacareo —apuntó Citlali. Guardó su botella de agua y el tupper de su ensalada y, cuando se disponía a irse, me preguntó:

—Dígame, cuando regresaba a México después de discutir todo eso, ¿volvía a cenar las Maruchan que venden en el Oxxo o extrañaba los espaguetis con mariscos que cenaba allá?

—Una sensación extraña. De regreso de Washington, sentado en el avión, comenzábamos a volar en círculos sobre la Ciudad de México esperando turno para aterrizar. Después de varias horas de vuelo ya iba fastidiado y cansado de tanto leer y escuchar música; de pronto me vi en mi casa de Cuajimalpa, sin otra cosa más que hacer que tomar un libro y poner algún CD. A la llegada, a muchos de mis colegas los esperaban sus novias o esposas. Solo a mí no me esperaba nadie. Hacía la fila para el taxi y, al llegar a casa, me tumbaba a ver algo de televisión sin prestarle atención. Al día siguiente procuraba hacer algo que me gustara, como ir a caminar al Desierto de los Leones, que por cierto es uno de los bosques más bellos de coníferas y pinos de toda la ciudad. Y contestando a tu pregunta, allá vendían unos tlacoyos muy sabrosos; mis preferidos eran los de haba o de frijol.

—¿No se dio algún gusto, algo que le compensara por tanta friega?

—Me compré un carro deportivo, muy potente, del año. Una vez llevé a una fiesta a una chica guapísima de Culiacán; tenía un cuerpazo, hacía trescientas abdominales al día, según me contó. Bajamos del deportivo sintiéndonos como actores de Hollywood, pero al poco rato le dolió la cabeza, me pidió que la llevara a su casa y, en el camino, se fue organizando para irse a otra reunión.

Me sentí un poco torpe al haberle confiado eso. Y ella no lo dejó pasar.

—¡Ay, usted! —dijo al final—. Se compró un carro para apantallar y esa chica nada más lo trajo de chofer. Pero las bellas durmientes no le fallarían, ¿verdad?

Noche 30. Son gachos.

—En resumen, dígame de que se trata ese famoso libre comercio del que tanto habla. Ya sé que se trata de importar cosas. Vea nada más las calles; están llenas de tienditas que tienen su letrero de “abrimos paca de ropa americana”; o los autos chocolate que traen todos los que vienen de Michoacán; o unos productos en el super que la verdad no me encantan. Unos quesos carísimos con etiquetas en inglés, pero que no le llegan en sabor a un buen queso de tierra caliente. Pero no entiendo que es lo que hace el gobierno en todo esto.

—Muy fácil. Si nosotros dejamos que cualquiera importe cosas de Estados Unidos, allá también dejan que sus ciudadanos importen de México todo lo que quieran.

—¿Y tanta vuelta para decir eso?

—Acuérdate que el diablo está en los detalles.

La primera reunión formal de negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) se llevó a cabo en Toronto, Canadá, el 12 de junio de 1991. Ahí asistimos; fue emocionante por ser la primera. Se trató principalmente de la mecánica y metodología que se seguirían para atender los tres grandes temas: acceso a mercados, subsidios internos y medidas sanitarias y fitosanitarias.

La siguiente reunión fue en Dallas, en agosto de 1991. Esa vez nos acompañó un contingente enorme del sector privado. El negociador de la Secretaría de Comercio lanzó la bomba de humo de que excluiríamos el maíz del Tratado —una posición claramente insostenible, siendo la principal exportación de los Estados Unidos a México—. No se avanzó todo lo que se tenía previsto, pero la expectativa del sector privado era enorme. Se resistían a creernos que no habíamos negociado el producto de cada uno de ellos de forma individual: «¿Negociaron papa? ¿Negociaron flores? ¿Negociaron cerveza?». A la salida del salón de conferencias, donde se habían llevado a cabo las pláticas con americanos y canadienses, así como las reuniones informativas con el sector privado, cuando me dirigía hacia el hotel me percaté de que me seguía una verdadera caravana de líderes empresariales y directivos gremiales que querían platicar conmigo. Logré desaparecer y entrar a la soledad y tranquilidad de mi habitación. Ese día me sentí muy importante.

Siguieron otras rondas negociadoras en distintas sedes en Canadá, Estados Unidos y México. La recta final fue sesiones casi ininterrumpidas en Washington D. C. Entrábamos temprano al edificio neoclásico del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos mi subsecretario, el funcionario encargado del tema por la Secretaría de Comercio y yo, con pesadas carpetas bajo el brazo; nos registrábamos como unos visitantes más y caminábamos por unos pasillos interminables de mármoles relucientes hasta llegar al despacho del negociador americano. Se revisaban los temas una y otra vez y, en particular, el del azúcar, que fue el último en resolverse. Poco a poco se fueron afinando las listas de desgravación de cada país y el texto del articulado del Tratado.

En alguna ocasión, ya hacia el final, las organizaciones ganaderas nos hicieron saber su inconformidad con el tratamiento de desgravación que estábamos dando a los llamados «despojos y desperdicios de animales», que es como se clasifican en el comercio internacional la pancita, el buche, la lengua, los sesos y otras exquisiteces que comemos los mexicanos, y que para los americanos son meros desperdicios, aunque el volumen de comercio era grande. Llegó el momento de intercambiar las listas finales entre los tres países; les expliqué a los colegas que nuestra única opción para superar el tema de los ganaderos era modificar la lista que presentaríamos, con ese pequeño cambio, y que yo estaba seguro de que no se darían cuenta. Ya había visto que, por el lado americano, la lista la revisaba una muchacha desaliñada con unas gafas enormes, que no parecía estar muy entretenida con ese trabajo. A nadie le gustó la idea, pero procedimos y funcionó. Tiempo después, ya inicializado el Tratado por los negociadores en jefe, nos lo echaron en cara; y a mí más que a nadie.

Conforme avanzaba la negociación y se acercaba el cierre, mi influencia comenzó a decrecer notablemente. No dejaban de verse “feos” los aranceles que calculé para muchos productos, dentro de un círculo dominado por los economistas liberales.

Unos meses antes mi jefe había decidido cambiar al que supuestamente era mi superior jerárquico, aunque nunca lo fue en la realidad; yo esperaba que me ascendieran a ese puesto, lo cual no sucedió.

El cierre oficial de las negociaciones del TLCAN original se anunció el 12 de agosto de 1992 en Washington D. C., tras catorce meses de intensas sesiones. Al día siguiente, todos los que participamos en la negociación fuimos citados para una foto oficial de la delegación mexicana. Yo no asistí.

—Para mí que sus jefes fueron malas personas, nada más lo usaron —señaló Citlali. Clavó la mirada en el suelo, como pensativa—. Son… Son gachos —dijo al final, al no encontrar un adjetivo que los pudiese describir mejor.

Al escuchar eso, «son gachos», mis ojos se llenaron de lágrimas y comencé a llorar, algo que no me sucedía desde muy niño. Nos quedamos en silencio durante un buen rato.

—¿Oiga, y sus familiares, su madre, al menos ellos, no se sintieron muy orgullosos de lo que hizo usted?

—En ese entonces ni cuenta se dieron; solo con los años percibieron que yo había estado metido en algo muy importante. Mi madre había enviudado hacía pocos años; el destino la compensó dos años después con el nombramiento de mi tío Ignacio como gobernador del Estado de México. Se portó bien con ella: la invitaba a varios eventos públicos, le facilitó la entrada al voluntariado del estado en cuestiones de salud y ella se dedicó con entusiasmo a supervisar hospitales, platicar con el personal médico y ayudar a solucionar problemas. Ella era así, se desvivía por ayudar a «los demás». Ese fue uno de los traumas que me acompañaron durante un buen tiempo: yo no formaba parte de «los demás». Y dada la relación especial que siempre tuvo con su hermano menor, al que cuidó de niño en Alemania, me daba el sentimiento de que nosotros, sus hijos, estábamos en un segundo lugar. Mis méritos, los que tuviese, se opacaban totalmente por la sombra gigantesca del gobernador. La gubernatura de su hermano Nacho coincidió con la negociación del TLCAN, de 1989 a 1993.

Noche 31. Noche del Maíz

Citlali llegó un poco ojerosa. Comentó que la noche anterior una pregunta no le dejó de rondar por la cabeza.

—Seguido escucho a mis tíos y a mi abuelo quejarse de ese Tratado en el que usted trabajó. Dicen que desde entonces no les ha ido bien, que ahora muchos campos están abandonados.

—Te voy a dar mi explicación, sin tratar de convencerte. Con que me escuches es suficiente.

El maíz es uno de los principales productos de importación de México. Se cultiva en todo el país: en las llanuras áridas del noroeste que cuentan con irrigación; en las sierras de Guerrero y Oaxaca, en laderas con gran pendiente; en los valles del Altiplano, de climas templados o fríos; en las selvas de Chiapas; en las costas… En algunos lugares hay riego; en otros, solo dependen del agua de la lluvia. Hay empresas que tienen grandes extensiones y mucha maquinaria; hay rancheros pequeños y medianos; y la gran mayoría son campesinos que tienen poca tierra, muchas veces menos de dos hectáreas, y en algunas zonas hasta miden sus parcelas por el número de surcos, de tan pequeñas que son. Y estos campesinos, que son la mayoría, no producen el suficiente maíz para hacer sus tortillas o engordar sus animales. Tienen que comprar lo que les hace falta, en la tortillería o en alguna bodega, aunque esté caro, y quienes les venden son las grandes empresas que controlan miles de hectáreas, o los que lo importan y lo distribuyen en la Central de Abastos.

También pasa que la familia puede tener varias hectáreas, incluso con riego, pero no las cultivan. Antes toda la familia ayudaba a la siembra, al deshierbe, a echar fertilizante, a cosechar y a desgranar. Ahora los jóvenes ya no quieren trabajar en las milpas; prefieren dedicarse a otra cosa que sea menos pesada y que les deje más dinero. Y también los hombres ganan mucho más como albañiles o peones. Todo esto —la fragmentación de la tierra, la escasez de agua, la falta de mano de obra— no es consecuencia del Tratado de Libre Comercio; este permite que la importación de todos los productos sea a menor costo porque se les quitaron los aranceles, y eso beneficia a la mayoría. Para que a todos los agricultores de México les vaya bien, hace falta que haya buenos programas para apoyarlos y eso no siempre se ha logrado. Depende de cada gobierno, no del Tratado.

—Por una cosa o por la otra, los campesinos siempre salen fastidiados —afirmó Citlali.

—Yo también sufro al ver lo que pasa en el campo, aunque esté convencido de que hicimos lo correcto.

Mi padre me hablaba de cuando era niño y salía a «besanear» por las milpas con mi abuelo. Caminaban entre los surcos; revisaban si la semilla ya había germinado, el crecimiento de las matas, la humedad de la tierra, si había que limpiar o deshierbar, o si había evidencia de alguna plaga, entre otras cosas. Ya después checaban si el maíz estaba jiloteando, si habían salido las mazorcas y si iban llenando bien. Decía que el premio mayor era encontrar los huitlacoches, y desde que los recogían se deleitaban con el taco que les prepararía la abuela. Evocaba a las mujeres del rancho moliendo el grano en sus metates, torteando a mano las bolitas de masa y echándolas al comal, y el gusto supremo: ¡comérselas infladas con tantita sal!

Siempre me habló con admiración de la «milpa». Es un predio donde se entrevera el maíz con frijol y calabaza, y a veces otros cultivos. El frijol abraza el tallo del maíz y le aporta nitrógeno a la tierra; la calabaza extiende sus hojas grandes para proteger el suelo del sol y mantener la humedad; el chile ahuyenta a las plagas. Los cultivos no compiten entre sí; al contrario, se complementan. Si al maíz le cae el chahuistle o lo tira el viento, el agricultor recoge una espléndida cosecha de frijol o calabaza. El modelo de la milpa es el opuesto a la agricultura comercial a gran escala, donde se cultiva un solo producto y se generan artificialmente las condiciones para obtener altos rendimientos por hectárea: fertilizantes inorgánicos, plaguicidas químicos, semillas mejoradas y, más recientemente, transgénicos.

—Prefiero mil veces la milpa —sentenció Citlali.

—De preferir, yo también. El problema es que con lo que se obtiene no se produce lo suficiente; tendríamos que importar muchísimo más maíz del que se trae ahora.

Me levanté y me acerqué a unos estantes donde estaban los libros que pertenecieron a mi abuelo Guillermo. Tomé el   Nuevo Diccionario de Agricultura, Teórico-Práctica y Económica y de Medicina Doméstica y Veterinaria, por el Excmo. Sr. D. Juan Álvarez Guerra. Madrid, 1844. Un bello volumen empastado en cuero con letras doradas grabadas en el lomo.

—Aquí se documentaba él para trabajar sus tierras —añadí—. Y luego le mostré un libro  con todas las variedades de maíces que hay en México… los blancos, los cacahuazintles, los azules, los morados, cada uno con sus características únicas de sabor y de aclimatación biológica.

Me quedé un rato pensativo y añadí:

—Hay un libro que me falta, que no he conseguido: La filosofía náhuatl, de Miguel León-Portilla, Y otro, que es el que me gustaría escribir…

—¿Y ese cuál es? —preguntó Citlali.

—¿Te has fijado en todas las palabras de origen náhuatl que nos han brincado esta noche, y muchas otras más que ha adoptado el español? La milpa, el jilote, el chahuistle, el metate, el tamal, el cuate, el chicle, el tocayo, la jícara, el ayoyote…

—¡Lotería! —gritó Citlali, en broma.

—¡Exacto! Me leíste el pensamiento. Quiero hacer un homenaje al idioma náhuatl; uno que no sea una simple recopilación de vocablos adoptados por el español, sino un rescate de su esencia. Es una lengua que conecta directamente con las cosas. El ahuehuete no es solo el nombre de un árbol: es el «viejo del agua», una evocación de la alianza entre el hombre, los elementos y el árbol como un ecosistema vivo.

Al unir in atl e in tepetl («el agua, el cerro») para significar «pueblo» o «comunidad», el náhuatl establece una condición ecológica insalvable: no puede existir sociedad humana sin el resguardo de la montaña y la pureza del acuífero. El concepto mismo de civilización depende de la salud de los elementos.

Por eso, hacer una apología del náhuatl hoy no es un ejercicio de nostalgia folclórica; es reconocer que en sus metáforas floridas reside una racionalidad ambiental más avanzada que la de nuestros modelos económicos actuales. Esta lengua nos recuerda que la verdadera sustentabilidad no consiste en mitigar los daños del progreso, sino en restaurar el cordón umbilical que nos une a todo lo que respira. Salvar el náhuatl es, en última instancia, salvar la posibilidad de volver a escuchar a la Tierra.

—A todo esto, ¿de dónde le viene el interés por el náhuatl? No es algo que sea bastante común.

—Desde el día que conocí a una Estrella.

Noche 32. Rebelión en la Granja.

Antes del final del TLCAN, en la fase más intensa del proceso, mi subsecretario tuvo que sustituir al director general de Asuntos Internacionales, quien era mi jefe formal y directo, aun cuando ya casi todos mis asuntos los viera con el subsecretario. Es lo que en la burocracia se llama «estar puenteado». Yo no tenía el perfil diplomático que requería el puesto; era un luchador de trinchera, un «peleador callejonero», como nos bautizó un día uno de nuestros colegas. Pero en esos momentos mi función era una de las más importantes de toda la Secretaría.

Mi subsecretario se inclinó por un joven que no alcanzaría los treinta años, prácticamente sin ningún fogueo ni experiencia. Era hijo de un alto funcionario de la administración del presidente Salinas, y mi jefe tenía esa concepción de la política: la de tejer redes de amistad y lealtad. Varios juniors del gobierno y de los negocios entraron a trabajar con él, a quienes el resto del equipo apodamos los golden boys. Una mañana mi subsecretario me mandó llamar; me informó que ese joven sería el elegido y que había pensado que yo y mi grupo formaríamos una unidad administrativa aparte, a lo que llamó un relaunching de la Secretaría. Le encantaba mezclar en sus conversaciones términos en inglés. Le pregunté si tendría mis oficinas aparte. Me dijo que sí, pero que por lo pronto no.

No era ingenuo y sabía cómo se movían los hilos de la burocracia. Esa nueva unidad difícilmente vería la luz. Al llegar a mi oficina, en aquel entonces en la avenida Benjamín Franklin, me reuní con mis colaboradores cercanos, analizamos la situación y alguno dijo: «Vámonos». Hablé con un amigo mío que dirigía el organismo que canalizaba todos los subsidios, le pedí prestados espacios de oficinas y me los concedió. Era una sala no muy grande donde cabrían dos o tres escritorios más un mezanine abierto. Sin pensarlo mucho empacamos papeles y computadoras, escritorios y archiveros, conseguimos unas camionetas pick-up prestadas de la dirección de estadística e hicimos la mudanza. Cuando se enteraron mi subsecretario y el nuevo titular de la dirección general a la que habíamos pertenecido, ya eran hechos consumados. Fue un golpe de audacia; una clara insubordinación institucional. Nos pudieron haber fincado responsabilidades graves por haber sustraído material y equipo de esa manera, sin ningún tipo de autorización. Las consecuencias no pasaron a mayores; en retrospectiva, creo que fue una falta grave que mi jefe dejó pasar.

Citlali dejó de trazar en su libreta, levantando las cejas con genuino asombro:

—Wow. Eso sí que fue un golpe de audacia. ¿Pero a ver, los polis no les dijeron nada cuando sacaban las cajas?

—No. Les dije que era por instrucciones mías. Mi rebelión fue timbre de orgullo, pero me generó grandes incomodidades e hizo patente a todos los demás que, si bien éramos importantes, tampoco lo éramos tanto.

El tema de los subsidios internos y a la exportación no se resolvió en el TLCAN, sino hasta el final de la Ronda Uruguay del GATT. El 15 de diciembre de 1993 se alcanzó el acuerdo final en Ginebra, Suiza. Yo me trasladé algunos meses antes para allá. Vivía en el hotel Holiday Inn pegado al aeropuerto, que tenía unas ventanas fantásticas de tecnología europea que aislaban totalmente el ruido de los aviones. El hotel tenía una piscina climatizada subterránea y un pequeño gimnasio bastante bien equipado, a donde comencé a ir para desestresarme. Los desayunos eran una delicia en un restaurante con alfombras y barras relucientes: me tomaba mi chocolate caliente acompañado de los típicos croissants y leía los periódicos, cortesía de la casa.

—Otra vez los periódicos. Les hubieran inventado antes las tabletas y el internet.

—Pues eso sí era bonito: tomar el periódico y leer los titulares. Lo complicado era pasarte las horas tratando de mandar un telefax; era como una fotocopiadora conectada al teléfono que iba transmitiendo las páginas con los informes. Tomaba un autobús después de cruzar unos llanos yermos por los rigores del otoño y llegaba a la oficina de la representación de México. Era el representante de agricultura, no era de los de casa, y muchas veces notaba que los colegas de comercio bajaban la voz cuando pasaba. El tema principal de la Ronda era la agricultura y era el mío.

Llegó la fase final: todos los países presentaron sus listas definitivas para que las conocieran todos los demás y pudieran revisarlas. Elaboré la que correspondía a México, detallando todos nuestros compromisos en materia de subsidios y acceso a mercados. Me tomó horas de estudio de las listas previas que habían presentado otros países, de manera particular la Unión Europea. Ellos eran unos magos para presentar sus cifras: ofrecían, por ejemplo, una cuota muy atractiva de acceso a su mercado de azúcar —uno de los más codiciados del mundo por los diferenciales de precio—, pero le ponían un pequeño asterisco que decía algo así como que esa azúcar podría estar incorporada a productos que contuviesen azúcar, seguido de otro asterisco que remitía a otra página muy lejana de la lista, donde se mencionaban cuáles podrían ser esos productos, como chocolates, chicles y refrescos, y otro asterisco que llevaba a otra página perdida donde decía qué porcentaje de la cuota correspondía a cada uno de esos productos. Todo eso para decir que no darían ninguna cuota de azúcar al resto del mundo, pero que les podríamos mandar ciertos volúmenes de dulces, galletas azucaradas, refrescos y bombones de chocolate.

Sabía que Citlali me interrumpiría y, en efecto, así fue:

—¿Como por ejemplo chamoys?

—Así es, porque llevan pulpa, chile y algo de azúcar, pero no me imagino a un inglés comiéndose uno.

—Para la próxima traigo. Frente a mi casa se pone una señora que los vende y, además, ¡unos mangos con chile piquín! Buenísimos.

El subsecretario de Comercio llegó a Ginebra para esa ronda final y para supervisar la entrega de nuestras listas. A su llegada nos había dicho que la prioridad del gobierno mexicano era mantener cerrado nuestro mercado azucarero, algo que parecía imposible de negociar. Elaboré las listas siguiendo la metodología de la Unión Europea y creo que hasta le puse unos nuevos asteriscos para despistar. Uno de los colegas, me parece que el embajador, bautizó a este esquema como «el submarino». No todos creían en mi submarino, pero no había opción; lo lanzamos y funcionó. Al igual que con las vísceras y despojos de animales en el TLCAN, al tiempo llovieron las recriminaciones, pero ya no me tocó responderlas a mí.

Y al igual que en el TLCAN, había negociadores de carrera que nunca se sintieron cómodos con mis estrategias. En alguna ocasión uno de ellos, que años después llegaría a embajador, mi dijo: «Si me pones a elegir entre perder reputación de negociador o perder en alguna concesión en algún sector, yo prefiero mil veces…». «¿Qué prefieres?», pregunté con tono desafiante. Reculó y dijo sin ningún convencimiento: «Salvar a ese sector». En una ocasión, no recuerdo el tema, tuve una discusión con él por algo similar en una noche de tormenta de nieve y le dije: «Si te pones en ese plan, yo no estoy dispuesto. Me voy». Y me salí a la calle. No había taxis, ya no había transporte, soplaba un aire gélido proveniente del lago Lemán y, como pude, llegué al Holiday Inn medio congelado, ansiando mi taza de chocolate caliente para encontrarme con la sorpresa de que el restaurante llevaba varias horas cerrado.

—No me lo imagino —intervino Citlali—. Yo lo veo en la estética muy quietecito esperando turno, pero antes… ¿Era muy berrinchudo? Un día se salió de las oficinas con todo y muebles… Y otro día se enojó y se sale caminando en medio de una tormenta de nieve.

—Ahora que lo mencionas… Pues supongo que sí. A veces sí me enojaba mucho y regañaba feo a algunas personas… Pero ya me pusiste a pensar. Creo que me di demasiada importancia y debí ser mucho más paciente, más easygoing, ¿cómo te lo explico?

—Que se le hubieran resbalado más las cosas y que no se las hubiera tomado tan a pecho.

—Correcto. Pero pues ya tendrá que ser en otra vida.

La reunión ministerial que formalizó todos los acuerdos de la Ronda Uruguay se celebró en Marrakech, Marruecos, del 12 al 15 de abril de 1994. Poco antes recibí una llamada del subsecretario de Comercio la única de él en todo este periplo—, en la que me invitaba a asistir con él a esa reunión, porque quería que todos los que habíamos participado pudiésemos estar presentes para celebrar. Se lo agradecí muchísimo, Era un reconocimiento a mi labor del más alto nivel.

En Marrakech no tenía ya ninguna función más que la de música y acompañamiento, así que la pasé bien, recorriendo los callejones y bazares de esa mítica ciudad; compré un cuchillo árabe que tengo en la vitrina y unos tapetes estilo árabe.  Mis paseos fueron solitarios. Fuimos varias veces a un casino, me parece que en el hotel, junto a unos colegas muy divertidos. En ese casino aposté poco —como siempre, cauteloso—, pero la suerte me sonrió y gané bastante para mis estándares. Sigo agradecido por esa invitación.

Noche 33. Los Eleuterio

Al despertar de mi siesta puse algo de música lounge. En eso escuché un ruido seco, como un golpe, y salí al pasillo a asomarme. Citlali estaba ahí, medio pálida; al lado tenía una cubeta y un trapeador.

—Qué susto. Me tropecé. ¿Quién dejó esa cubeta atravesada? —preguntó.

—Seguro que fue la señora que vive aquí.

—¿Qué? ¿Cómo dijo? Primera noticia…

—Te voy a contar. En la casa vive una familia que me ayuda. La mamá, Delfina, es de un pueblito muy pequeño en la zona mazahua, allá por San Felipe del Progreso, y trabajó en la Ciudad de México con mi madre, cuando todavía vivía en la casa grande en la que habitamos todos de jóvenes. Tenía un niño pequeño, muy listo y bien portado, pero se regresó al pueblo porque un segundo bebé venía en camino. Algunos años después tocó a la puerta; iba cargando a una niña muy pequeña envuelta en el rebozo. «Solo le pido que me dé posada por esta noche, estoy buscando trabajo, ya se hizo de noche y no tengo dónde dormir», le dijo. Coincidió con que mi madre no tenía por esos días quien le ayudara y entonces se quedó con ella de planta, con la niña. Como dicen, se juntaron el hambre con las ganas de comer. Yo estaba viviendo ahí, de vuelta, por el problema de salud que tengo… Ya sabes cuál es.

—Sí, obvio: el cuello —dijo Citlali.

Parece que se entendieron bien para la limpieza, la comida, el lavado de la ropa y todo lo que hay que hacer. Un día subió la señora, Delfina, a presentarme a la niña, que tendría unos cuatro años. Me resultó simpatiquísima. «A ti ya te conozco», me dijo muy segura. Me causó gracia, pues no recuerdo haberla visto antes. Nos caímos bien y a veces subía la niña por la escalera para saludar. Un día, para entretenerla, le presté un lápiz y un cuaderno, y le dije: «Pon atención, te voy a enseñar la letra A». A la semana ya le había enseñado las vocales y dos o tres consonantes; a las dos semanas, unas sílabas sencillas, y como a los tres meses ya sabía leer. Yo estaba fascinado con el progreso que hacía y también con los comentarios que soltaba, como toda niña ingenua que está descubriendo el mundo.

Después enfermó mi madre y se tuvo que mudar a vivir a Tlatelolco, a su ahijada: un conjunto de vivienda popular repartido entre muchos edificios multifamiliares, construido en los años cincuenta con inspiración soviética. Delfina y la niña se fueron con ella. A partir de entonces fueron su compañía, sus cuidadoras y sus acompañantes. La niña, que es muy lista, se encargaba de darle las medicinas y vigilar que se las tomara. Mi madre le dijo que ella sería su maestra, y ese título se le quedó por siempre.

Unos meses después decidimos que mi madre estaría mejor en la casa del rancho de Valle de Bravo, y así fue que nos vinimos para acá con ellas dos acompañándola, más otra hija que se había quedado en su pueblo, con sus abuelos, así como al niño que vivió antes con nosotros —que ya era un joven—, porque no podía ir a trabajar a México con dos criaturas. Más adelante también se vino a vivir al rancho el niño, a cursar su preparatoria en el Colegio de Bachilleres. Así que en esta casa convivimos mi madre y yo, y los cuatro miembros de la familia Eleuterio. Delfina es madre soltera.

—Qué bien que se reunió toda esa familia alrededor de su madre. Entre todos se acompañaron.

—Mi madre solía decir: «Llórate pobre, pero nunca te llores solo». Ella ya llegó a Valle de Bravo muy mayor. Acá cumplió los noventa años y acá murió a los noventa y cuatro. Se quejaba mucho: «¿Qué hago yo aquí trepada en este cerro?», decía; pero muchas otras veces la pasaba bien, disfrutando de su patio con orquídeas en su hamaca; también salía al jardín para contemplar la vista a la laguna. Su último proyecto fue un jardín de cactus al que le puso mucho entusiasmo. Algunas veces fuimos a Tejupilco, a Ixtapan del Oro y a Santo Tomás a buscar cactus y a traer piedras de río para darle al jardín un toque japonés. En los meses de octubre y noviembre, después de las lluvias, el cerro se cubre de flores silvestres: blancas, amarillas, rojas, lilas, violetas, de todos los colores. Le encantaba hacer un gran ramo con ellas y se sentaba largo rato a oler y contemplar sus flores.

Cuando mi madre falleció no me quise quedar solo en este cerro, ni tampoco me quise regresar a mi casita de México, así que les pedí que se quedaran y son las personas que me ayudan con el aseo de la casa, la comida y la ropa. Y por las noches las invito a que vean las noticias conmigo; es nuestro ritual de convivencia...

—Esa familia vale más que cualquier escritura. Le alegraron sus días a su madre y ahora a usted.

—También me dan algunas preocupaciones, sobre todo los hijos; les ha costado trabajo ir encontrando su camino.

 

Noche 34. En el Cerro de Enfrente

A lo lejos, en la penumbra del valle, se escuchó el eco amortiguado de unos perros ladrando. Citlali se asomó por el ventanal, tratando de adivinar de dónde venía el ruido en medio de aquella boca del lobo.

—Allá enfrente, donde se ven esas luces titilantes, los perros siempre ladran más fuerte —le comenté, llamando su atención.

—¿Ah, sí? ¿Y ahí quién vive? ¿Algún vecino ruidoso?

—Peor que eso: una prima mía. Una que también heredó terrenos de la abuela Omma.

Mi madre y ella se entendieron bien durante muchos años; yo creo que las dos eran un poco rebeldes a su manera. Pero cuando nos vinimos de México a vivir acá, la cercanía las alejó; se han de haber hecho más evidentes sus diferencias. Mi madre siempre trató como iguales a las personas humildes, ya fueran los cuidadores y sus familias o las señoras que ayudan en casa: a todos. En sus últimos años se sentaba por horas para platicar con el cuidador que teníamos sobre el clima, las milpas, cómo eran las cosas antes en Valle de Bravo, las costumbres y las tradiciones. Pocos meses antes de su muerte, él le trajo a regalar una fotografía enmarcada de sus abuelos, don Pedro y doña Teresa, que fueron cuidadores en la época de la abuela Omma. Mi madre la colgó en su habitación, sin que significara nada más que un buen recuerdo.

Mi prima, por el contrario, con el paso del tiempo se fue sintiendo cada vez más «aristocrática», sobre todo por la historia del rancho, y la vida cosmopolita de la abuela Omma. El obispo Joaquín Arcadio Pagaza fue nuestro tío bisabuelo, y de ahí se colgó mi prima para armar la aristocracia familiar. Al mismo tiempo se volvió más que notoria su incomodidad de convivir con las personas humildes. El día que murió mi madre, lo primero que hizo al entrar a la habitación donde yacía fue tomarle una fotografía con su celular; y lo segundo, descolgar el cuadro de don Pedro y su mujer.

—¡Qué mal gusto! —gritó Citlali, escandalizada.

—Hace poco, la hija de mi prima trajo a bautizar a su bebé a Valle de Bravo y después hubo una comida, muy sabrosa, servida en su jardín. Se me ocurrió llevar a una de las niñas de Delfina para que obsequiara una bolsa de galletas a los invitados. Hubo algunos incidentes que no voy a relatar, aunque reconozco que me faltó tacto. A la semana mi prima arremetió duramente contra mí por teléfono: hablando con un conocido cercano de ambos, despotricó contra los Eleuterio y contra mí por llevar gente a su fiesta que no había sido requerida y, ya encarrerada, hizo sugerencias groseras sobre el tipo de convivencia que habría dentro de mi casa. No dejé terminar al conocido que me relató la plática; dije que mi prima se podría ir directamente a…

—¡A chingar a su madre! —Citlali soltó en un soplido las palabras exactas que yo no me animaba a utilizar.

—Mi prima siempre se juntó con mis tíos Pichardo y se llevaba bien con ellos, ya que generacionalmente estaba más cercana a ellos que a muchos de sus primos. Los últimos años de mi madre en Valle de Bravo fueron agridulces. Entre esa prima, mis tíos y mi madre hicieron críticas constantes hacia mí que no solo me amargaron algunos días, sino también a mi madre. Esa práctica del chismorreo familiar, que ya había sufrido en la adolescencia, volvió intensificada por aquellos días. Es el tipo de cosas que suceden cuando se cruzan visiones distintas del mundo y cuando las personas no han aprendido a ser tolerantes las unas con las otras. Y me incluyo en el mismo saco: también he sido intolerante con mi propio hermano por cuestiones distintas, pero parecidas.

—O sea que en ese cerro nadie deja de tirar pedradas —concluyó Citlali—. Todos traen espinas: unos de nopal y otros de huizache.

—Todos —admití—. Por eso te digo que sigo sin encajar. Ni con los de enfrente, ni con los míos.

 

Noche 35.Campaña Política

—¿Sabe a quién vi hoy? A Zudikey, que va de candidata del PRI a la presidencia municipal. Usted debería animarse.

—¿Con ella?

—No sea bobo… Eso me pasa por andarle inflando el ego.

—¡Ya ves cómo sí es divertida la política! Con ustedes, la mujer, la profesionista, la promotora de la salud y la belleza, ¡nuestra inigualable candidata, Citlaliiii…!

—Ni que fuera teibolera —soltó divertida, y a los dos nos ganó la carcajada—. Hágale, hablemos de la política, se ve que disfruta el tema.

El 23 de marzo de 1994 asesinaron al candidato presidencial Luis Donaldo Colosio. Me enteré durante una escala en Houston, en un viaje relámpago que teníamos planeado para resolver algún asunto relacionado con el aterrizaje del TLCAN. Unos días después el partido en el poder designó a Ernesto Zedillo como candidato sustituto y, al poco tiempo, este nombró a mi subsecretario coordinador de Asesores del candidato del PRI a la Presidencia de la República.

No lo vi por esos días. Nos fuimos enterando de a poco quiénes de nosotros ya se habían ido con él; fueron los golden boys los primeros en acompañarlo. Desde la oficina de la campaña me llamaba de vez en cuando alguno de ellos para pedirme alguna nota o tarjeta informativa por parte del coordinador; yo me negué pues él no me había llamado de forma directa. Un día lo hizo: fue un diálogo muy breve, de no más de un minuto, y me instruyó a que me moviera de inmediato a unas oficinas de apoyo que tenía por el sur de la ciudad.

Nuevamente, la vorágine. El trabajo consistía en preparar discursos al por mayor sobre todos los temas posibles; ya no solo de economía, sino de ámbitos tan distintos como la pobreza, el rol de la mujer, el nuevo indigenismo a raíz del levantamiento zapatista, la planeación urbana, entre muchísimos otros que tiene que atender un candidato en campaña. Me negué a seguir las instrucciones de los golden boys, pero tuve que aceptar las órdenes que venían de la secretaria particular de mi jefe. Por aquella época me sentaba frente a la computadora varias horas seguidas, sin parar, y elaboraba un discurso de principio a fin. No era pura retórica; por la trayectoria del candidato y la del coordinador, todo lo que se decía tenía que ir bien documentado, avalado con hechos y cifras que nos llegaban de muchísimos lugares, principalmente de las entidades y dependencias del gobierno federal.

Para preparar los discursos que daría el candidato en alguna entidad federativa, nos mandaban de avanzada a platicar con funcionarios y empresarios locales para conocer de primera mano las preocupaciones y expectativas de cada lugar. Nos dividieron por estados; a mí me tocaron, entre otros, los discursos de Sinaloa y Tlaxcala. Hice la visita a Mazatlán y Culiacán. Éramos bien atendidos y recibidos pues, a ciencia cierta, nadie sabía cuál era nuestro vínculo exacto con el candidato ni con el coordinador. Conversábamos con muchos actores clave, tomaba notas y, de regreso en México, me sentaba a redactar. Se volvió casi una terapia para mí concentrarme por horas en un tema particular, buscando contenido de interés y una forma sonora y retórica para decirlo.

Un conocido mío estaba en un puesto importante en los temas administrativos de la campaña. Un día que comimos con él nos pidió que le diéramos nuestra tarjeta de presentación. No teníamos.

—Yo les mando a hacer unas. ¿Qué puesto tienen?

Atinamos a contestar:

—Asesores del coordinador.

—Pero a ver: su jefe coordina a los asesores; entonces, ustedes son asesores del candidato del PRI a la Presidencia de la República.

Cuando se enteraron en la oficina de mi jefe de esas tarjetas, casi nos corren: «Ustedes son nada más unas personas que trabajan para Luis», nos sentenciaron. Las tuvimos que devolver, pero sí me guardé una cajita, pues el título era pomposo y apantallaba, con los logotipos de la campaña y del partido.

—¿Le gustaba ese trabajo de escribir discursos?

—Me encantaba. Sobre todo, cuando ya tenía los datos y el material necesario, y me sentaba a redactar. Era un deleite ver cómo se formaba cada párrafo, con su idea central, para luego pulirlo hasta que sonara bien. Después seguía el próximo, buscando la manera de hilarlo con los demás. A veces me hablaban y no escuchaba a nadie; estaba completamente absorto. En esos discursos se planteaban ideas y se razonaban. También disfrutaba ver desfilar las letras en la pantalla, al ritmo que mis dedos marcaban en el teclado; era un gozo intelectual, pero también físico. En cambio, los políticos actuales se plantan frente al micrófono a improvisar. Solo repiten eslóganes y descalifican al rival, sin el menor cuidado por las formas. Usan muletillas al por mayor y dejan frases sin terminar; en fin, un desastre absoluto.

—Un trabajo bastante solitario, como casi todos sus pasatiempos: los libros, el jardín... —remató Citlali, pensativa.

Pasada la elección, el coordinador se perfilaba para un puesto de primer nivel y de la mayor cercanía con el presidente electo. Yo sabía que mi cercanía con él ya se había diluido y que, si quería seguir en el equipo, tendría que cuadrarme ante alguno de los golden boys. Me negué. Un domingo, varias semanas después de la toma de posesión, el que fuera mi jefe mi citó muy temprano en la mañana en la residencia oficial de Los Pinos. Llegué puntual. Las oficinas de la Presidencia estaban en remodelación; pude asomarme al despacho presidencial, en obra gris, al igual que al salón de sesiones del gabinete. Pasaron las horas y mi exjefe no llegaba. Después del mediodía, o ya entrada la tarde, apareció, me vio y soltó:

—¿Tú qué haces aquí?

—Me citaste.

—Ah, perdón —dijo, y se siguió de largo.

Así comencé el sexenio del presidente Ernesto Zedillo: sin trabajo, expulsado de la residencia presidencial.

—¿Fue el mismo jefe que no lo ascendió cuando estaban negociando el libre comercio? —preguntó Citlali.

—Sí, el mismo.

—Ya se lo había dicho antes: ese señor era gacho. Pero usted tampoco era una «perita en dulce».

—Sí, tengo que reconocer que por momentos me ganó la soberbia —admití—. Podría haber sido más dócil, pero después de ese sexenio de locura mi ánimo estaba exaltado y mi salud había comenzado a mermar. La dignidad, antes que nada, aunque no dé para comer. Más serenidad en las horas críticas me hubiera sido de gran utilidad a lo largo de la vida. Las oficinas del presidente estaban en una edificación junto a la residencia, una casa enorme. La casa-oficina tenía una escalera a la mera entrada, no muy ancha, que llevaba al segundo piso. En ese mezanine, una de las puertas daba al despacho presidencial, que estaba todo desmantelado, en remodelación. El espacio era agradable, muy amplio, y tenía un ventanal en semicírculo que daba a los jardines de Los Pinos: el césped muy verde, impecable, y árboles centenarios, frondosos, imponentes. En el poco tiempo que me dejó el guardia contemplar el despacho, vi varias ardillas trepar por los troncos y brincar entre las ramas…

—Como aquí en su rancho —interrumpió Citlali—. Cuando llego las veo correr por el jardín y luego treparse a algún guayabo. También he visto correr a los conejos y perderse entre la maleza…

—Ya me hiciste el día —le sonreí—. No se necesita estar sentado en esa oficina para contemplarlas. Y mucho me temo que el presidente muchas veces ni siquiera haya estado de humor para pensar en ellas.

Noche 36. Error de Diciembre

—Hola Citlali. Qué bueno que hoy vienes con tu uniforme de enfermería. Nos toca analizar  un caso clínico extraño.

—La distonía cervical como la suya la padecen  300 personas por cada millón, o sea que hay unas 39,000 personas perdidas y aisladas en todo el territorio nacional. Lástima que sean tan poquitos…

—¿Te gustaría que fuéramos más?, le pregunté con ganas de bromear. Otra vez me vas a inflar el ego.

—Payaso. Sígale así y menos van a inventar una cura.

El cuerpo comenzó a fallarme en agosto de 1994, ya pasada la elección presidencial. Me dirigía hacia Toluca en un flamante vehículo deportivo que me había comprado. Iba con otro «asesor del candidato» a entrevistarme con uno de los más altos funcionarios del gobierno del Estado de México. Él lo había contactado; él también se había guardado una cajita con las tarjetas de presentación «faroleras» que nos habían incautado y, sí, abrían puertas. Le dimos una breve consultoría para la planeación estratégica de su área, para lo cual fuimos unas seis veces a Toluca a reunirnos con las distintas áreas a su cargo. Me gustó ese trabajo, pero… en lo personal estaba desconcertado.

En ese primer viaje a Toluca, a la altura de Lerma, ¡cómo olvidar ese primer momento!, mi cabeza dio un giro brusco hacia la izquierda. Me desconcertó; el tirón fue fuerte. Siguieron otros, todos para el mismo lado. Solo logré controlarlos colocándome la mano izquierda en la mejilla. Así tuve esa primera entrevista y luego todas las reuniones que siguieron después de esa fecha. Llegué a mi casa de Cuajimalpa, me serví un trago de ron y me senté en uno de los sillones de la sala, tratando de relajarme. Los tirones no cedían y se los atribuí al estrés acumulado. Por la mañana me levanté y me sentí bien, pero al poco tiempo, al rasurarme, los tirones volvieron.

—Eso sucedió hace treinta y dos años —intervino Citlali—. Los tratamientos han evolucionado mucho. No crea que no comprendo el drama que comenzó a vivir.

Como pude me fui a trabajar a la oficina de la campaña, que ya por esas fechas operaba como oficina de apoyo a la transición del gobierno. «A mi jefe le dio el mal de San Vito», escuché que dijo una colaboradora muy joven que tenía. El ritmo de trabajo disminuyó considerablemente y tenía la esperanza de sentirme mejor, pero no fue así. Intenté varias cosas; una de las primeras fue una gran parranda con uno de mis amigos abogados de la campaña para el desestrés: nada. Me acordé de un amigo de la preparatoria que se volvió doctor con especialidad en rehabilitación física. Tuve varias sesiones en su consultorio: la enfermera que lo ayudaba me aplicaba calor, unas ondas como pulsaciones para relajar los músculos del cuello y, al final, algo de masaje. Siempre ayudan esas sesiones para la relajación; los tirones del cuello tal vez bajaban de intensidad, pero pasadas unas horas volvía a lo mismo. Me recomendaron utilizar un collarín blando para controlar esos tirones; servía para detenerlos, pero no los eliminaba. En esas condiciones me tocó enfrentar el cambio de gobierno.

Por aquellos primeros días de diciembre de 1994 fue mi cita fallida en la residencia oficial de Los Pinos. Todos los días estaba al pendiente de la prensa para enterarme de los nuevos nombramientos que se iban dando, de nivel subsecretario hacia abajo. Conocía a algunos de los nuevos funcionarios y me entrevisté con varios de ellos, sin que me dijeran nada concreto. Un día fui a ver a un exjefe, quien había sido designado como coordinador general de Puertos y Marina Mercante en la SCT. «En puertos ya tengo a alguien; pero si quieres, puedes ser el director general de Marina Mercante», me propuso. Acepté en el acto. «Empiezas el primero de enero. Acá te espero». Si notó mis movimientos en el cuello no dijo nada; tal vez pensaría, al igual que yo, que sería algo pasajero.

Faltaban algunos días para la Navidad, así que me fui a Acapulco, yo solo, pues no hubo tiempo de planear nada con nadie. En la piscina del hotel disfruté de las piñas coladas, del movimiento incesante de los turistas, y de la vista de muchas chicas guapas, a quienes miraba de reojo a través de mis gafas oscuras. La otra escena que nunca olvidaré recuerdo son los cartelones a las afueras de las casas de cambio en Acapulco, donde señalaban la paridad del día: tres cincuenta los primeros días, cuatro los siguientes y cinco cuando me regresé a la Ciudad de México antes de la Navidad. Así viví el estallido del «error de diciembre».

En alguna ocasión, meses atrás, me tocó estar en una reunión con mi jefe el coordinador y algunos de sus golden boys y sus consultores de cabecera, en la que se habló del tema macroeconómico. Varios de ellos tenían la idea de que era necesario impulsar el crecimiento económico y que podía aceptarse cierto aumento en la inflación. Tenían un enfoque neokeynesiano que habían traído del MIT, y argumentaban que el mayor crecimiento fortalecería las finanzas públicas después, por la vía de una mayor recaudación. Hacía tiempo que yo había dejado la macroeconomía, pero tenía claros algunos pocos conceptos. Primero, que es imposible escoger una mezcla óptima de crecimiento con inflación —el llamado fine-tuning—; la inflación termina por imponerse. Segundo, que la credibilidad de un anuncio de política era crucial. Argumenté que la gente no entendería los modelos tan elaborados de mis colegas del MIT y solo percibirían un anuncio de gasto público expansivo; me pronuncié por un discurso que llamara a la prudencia fiscal y a la preservación del equilibrio macroeconómico.

No sin pedantería, uno de los golden boys soltó la frase en inglés de que mi postura era «neither desirable nor possible». Traía yo además las últimas cifras de la balanza de pagos de México y el mensaje era potente: el déficit comercial era insostenible y los flujos de capital que lo financiaban eran de corto plazo y, por tanto, volátiles. No me hicieron caso, pero me quedó la tranquilidad de haberlo dicho.

Durante los días posteriores a mi regreso de Acapulco, los noticieros de televisión eran imperdibles. Íbamos de sorpresa en sorpresa, entre ellas la renuncia de Jaime Serra Puche el 28 de diciembre y el nombramiento de Guillermo Ortiz el 29 como su sucesor. ¡Dejaba la Secretaría de Comunicaciones y Transportes! No me lo podía creer. Para Ortiz era un ascenso, pero a mí me dejaba, si no en el desamparo, sí en la incertidumbre total.

Ese fin de año lo pasaríamos con la familia de mi madre. Para mí, 1994 terminó de una manera desastrosa, pero la familia debió de haber estado eufórica. A raíz del asesinato de Colosio, al hermano de mi madre, el tío Ignacio, lo nombran primero secretario general del PRI y luego presidente de este, desde donde operó la campaña de Zedillo; es decir, la operación política, pues mi jefe estaba dedicado al armado del programa del nuevo gobierno. El presidente Zedillo lo nombró secretario de Energía el primero de diciembre.

—Ese fue su tío Nacho, al que su madre cuidó de chiquito, el que fue gobernador, al que quiso como si hubiese sido su primer hijo… —comentó Citlali.

—El mismo. Me daba orgullo verlo casi todas las noches en las noticias de la tele, aunque mi contacto con él fuera esporádico y superficial… Me acostumbré a vivir a la sombra de un gigante.

Me presenté en la oficina de la Coordinación General de Puertos los primeros días de enero de 1995. Mi exjefe, el que me había invitado a trabajar ahí, estaba guardando sus artículos personales en unas cajas de cartón. Él también se iba para la SHCP y fue muy honesto cuando me dijo: «Me voy al área administrativa; sé que no es lo tuyo, pero si quieres, algo podríamos ver». Se lo agradecí muchísimo, pero no acepté.

—¡Híjole! Se había conseguido un super trabajo y ni siquiera pudo empezar. Eso sí que es mala suerte.

—O el destino —contesté lacónico.

Por esos días me habían contactado del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura para dar una pequeña asesoría al gobierno de Panamá, que por aquellas fechas negociaba su adhesión a la recién creada OMC, antes GATT. Los resultados que obtuvimos para México de la Ronda Uruguay eran mi mejor credencial. Me fui por una semana para allá a trabajar de la mano con su negociador de agricultura; le pasé todo mi conocimiento, le expliqué nuestras metodologías y él quedó satisfecho con mi visita.

Me dedicó tiempo para que conociera la Ciudad de Panamá: fuimos a restaurantes muy sabrosos e hicimos un recorrido por la llamada «zona del canal», que hasta hacía unos años había estado bajo el control de los norteamericanos. De hecho, la pequeña construcción de dos plantas donde estaba su despacho había sido un dormitorio para los soldados estadounidenses. Durante esos paseos me contó muchas anécdotas sobre la invasión de Panamá por parte de los Estados Unidos. Yo solo había visto unas cuantas escenas por televisión, pero enterarme de la historia narrada por un residente local me conmovió. Sí hubo combates, sí hubo muchos muertos… No fue solamente el espectáculo hollywoodense del general Noriega rindiéndose ante los altavoces del ejército norteamericano a ritmo de rock a todo volumen. Según los norteamericanos hubo quinientos dieciséis muertos panameños; según cifras reportadas después por organizaciones civiles, las bajas panameñas rondaron las tres mil. Barrios enteros fueron bombardeados; más de veinte mil personas se quedaron sin hogar.

Fue cuando recordé una de las frases del negociador en jefe de los Estados Unidos, Julius Katz, que pedía a México una concesión muy importante a cambio de nada: «I know it doesn’t smell of roses… but…» (sé que lo que pido no huele a rosas). En las carreteras me hizo notar unos pastizales enormes que estaban fuera de control: «Los bombarderos norteamericanos que salían de aquí para Vietnam trajeron esa semilla, y se llama así: pasto de Vietnam». Sentí un pequeño escalofrío; la guerra de Vietnam también se había vivido en nuestro continente. Y después de las negociaciones del TLCAN, en las cuales inconscientemente idealizamos tanto a los Estados Unidos, ese baño de realidad panameña me recordó la frase que mi padre tantas veces repitió: «Los Estados Unidos no tienen amigos; tienen intereses».

Mi aventura panameña tuvo un final inesperado. Por la noche, ya en el hotel, me habló uno de mis colaboradores más cercanos en todo el sexenio anterior para decirme: «A tu tocayo lo acaban de nombrar subsecretario de Agricultura». Lo felicité y me dijo: «Le urge que te pongas en contacto con él».

—Ah caray —dijo Citlali—. ¿Usted cree que a México también lo puedan invadir?

—No tengo idea. Pero ahí está lo importante de leer historia; todos esos volúmenes que ves ahí están para contarla.

Regresé de Panamá y fui a ver a mi tocayo, quien fue colega de muchas batallas en la Secretaría de Agricultura con nuestro jefe anterior. Él también era del grupo de los «peleadores callejoneros» e incluso creo que fue él quien inventó el término. Me dijo que sería el director general de Estudios del Sector Agropecuario y Forestal. Él jugó un papel muy prominente en la definición de los nuevos esquemas de apoyo al campo. Yo participé en muchas reuniones para garantizar la congruencia con todos los tratados internacionales, principalmente el TLCAN y la OMC. No éramos amigos, pero nos conocíamos bien; le agradecí la confianza y me volqué de lleno a mi nuevo puesto. Tuve que pasar rápidamente del conocimiento de las cifras del comercio exterior al conocimiento de las cifras de la producción y los mercados agropecuarios.

Tres domingos después de la fecha de mi nombramiento estaba, como de costumbre, escuchando el noticiero vespertino en mi casa de Cuajimalpa, después de haber ido a un club deportivo que me quedaba cerca donde estuviera nadando un rato, como recomendación de mi médico fisioterapeuta. «Renuncia Arturo Warman a la Secretaría de Agricultura», escuché decir. Di un brinco. Otra renuncia… ¡No puede ser! Ni siquiera había conocido al doctor Warman. «Llega Francisco Labastida, exgobernador de Sinaloa…». No lo podía creer.

Al día siguiente, lunes, fui a ver a mi tocayo. «Creo que vamos a seguir», me dijo. Estaba pensativo, también algo desconcertado. El primero que tendría que negociar su situación con Labastida era él; ya después me tocaría a mí. El panorama no se veía muy halagador, pues el nuevo secretario pronto hizo algunos pronunciamientos críticos en torno al Tratado de Libre Comercio y a la política de subsidios del gobierno anterior, que eran las áreas en que habíamos trabajado mi tocayo y yo. A mi tocayo le encomendaron varios asuntos importantes de la coyuntura, como la comercialización de la cosecha de trigo del noroeste de ese año. Las aguas parecían calmarse. Un día mi tocayo me pidió que fuera en su representación al Consejo de la Conasupo, que era la entidad encargada de operar los precios de garantía del maíz y el frijol, los productos más importantes de nuestra dieta nacional . Presidió la reunión el ciudadano secretario, Francisco Labastida Ochoa. Me presenté con él y le dije con quién trabajaba. «Me da gusto que no haya venido el licenciado», soltó. Algo desconcertado, le reviré: «Así es, licenciado, porque se quedó arreglando la comercialización del trigo». «No lo digo por eso —dijo jocoso—, lo digo porque me dio gusto que no haya venido». Se rio e inició la sesión. Nunca le conté ese incidente a mi tocayo.

—¡Zas! Directo y a la cara.

Después supe que las diferencias entre ellos eran serias. Mi tocayo recibía, o interpretaba, la línea que dictaba nuestro jefe anterior, a la sazón jefe de la Oficina de la Presidencia y virtual jefe de gabinete. La política agropecuaria tendría que seguir siendo «liberal», utilizando instrumentos de apoyo a la agricultura como los que él había diseñado. La concepción de Labastida era distinta; su énfasis estaba en la promoción de la producción y en la búsqueda de la autosuficiencia. Es inútil entrar a ese debate ahora; ambos enfoques tuvieron su razón de ser y su momento. La realidad es que hubo un choque de trenes. Labastida pidió la remoción de mi tocayo; el presidente Zedillo se la negó. No nos corrieron, pero la situación no era la más cómoda, por decir lo menos. Sobrevivimos como náufragos en alta mar, pero sobrevivimos.

A Citlali pareció haberle dado gusto poder hilvanar un segundo símil pugilístico:

—Los salvó el réferi. Les aplicó la cuenta de protección.

Luego quedó pensativa; dio unas vueltas por el salón mientras comentaba:

—¡A veces hay que estar tragando sapos! —dijo—. Supongo que en todos los trabajos pasa… En ocasiones la señora del salón viene de malas y se quiere desquitar conmigo: que si no desconecté la secadora, cualquier cosa. Pero yo no me dejo… Aunque a veces le digo que no volveré, y vuelvo. El dinero siempre hace falta para comprar cositas…

—A veces en el sacrificio está la recompensa. Cuando me designaron director general, a un buen amigo mío, más joven, lo nombraron con el mismo rango. Dentro del equipo que formó había varias chicas egresadas de buenas universidades, con muchas ganas de trabajar, y algunas de ellas muy guapas. En algún seminario que organizamos en Cuernavaca vi a una de ellas en la alberca: una morena con una sonrisa encantadora y un cuerpo perfectamente moldeado en su biquini. Me acerqué, la conocí y la invité a salir; al poco tiempo fuimos a mi casa de Cuajimalpa y, de ahí en adelante, fueron dos o tres meses espectaculares. La veía cada fin de semana; vinimos un par de veces a Valle de Bravo y una vez a la playa, a Ixtapa-Zihuatanejo. Todo marchó muy bien hasta que terminó. Se fastidió, creo, de las limitaciones que me imponía la distonía, como el esfuerzo que tenía que hacer para aguantar una cena en un restaurante, así como los breves paseos que podía hacer a pie, aun cuando en esa época todavía estaba plenamente funcional; casi una nada comparado con lo que vino después. Y también reapareció el exnovio. ¡Cómo recuerdo aquellas noches tan gratas frente al calentador de gas —el frío en invierno era terrible—! Los dos en plenitud…

—Ya capto la idea —interrumpió Citlali—. Una variante un poco más normal de “La casa de las bellas durmientes”.

Noche 37. Trucos Sensoriales

—¿De qué vamos a hablar hoy?, quiso saber Citlali. —Me cambia mucho de tema. Ya me programé para ver el canal cultural, los documentales de animales,  Clío TV …pero si pone páginas porno le prometo que si le quito el control.

Los masajes y las terapias de calor no me estaban dando resultado para corregir los tirones del cuello que me tenían agobiado. Por esas fechas me llevaba un almuerzo a la oficina en unos recipientes de plástico y comía acostado en un sillón que había en una salita de descanso adyacente a mi despacho. Si trataba de comer sentado se me iba la cabeza hacia un lado; alguna vez cruzó por mi mente que me moriría de inanición. El traslado de la casa a la oficina también lo hacía acostado en el asiento de atrás; nunca imaginé que el día que habría de tener carro y chofer lo utilizaría de esa manera. Ya llevaba seis meses desde los primeros tirones.

Noté que, si me llevaba el café o un vaso de agua a los labios, los tirones se espantaban y me permitían caminar más o menos adecuadamente. De otra forma caminaba con una tensión horrible en los hombros y brazos, y tenía que detenerme cada pocos metros para apoyar la cabeza contra una pared o un poste: lo que fuera. En mi última sesión con mi amigo, el doctor fisioterapeuta, me dijo:

—Viendo todo tu caso, lo que tienes es una distonía. No te preocupes, ve a ver a este neurólogo.

Y me recomendó a uno. Lo fui a ver y me señaló que se trataba de una falla en la comunicación entre el cerebro y los músculos. Por alguna causa ese circuito deja de funcionar adecuadamente y se contamina por otros impulsos. Los ganglios basales generan mal las señales que van al músculo esternocleidomastoideo. Su diagnóstico: distonía idiopática cervical.

Citlali no perdía detalle del relato, asintiendo con gravedad.

—Idiopática porque no se sabe la causa; cervical porque es el cuello —comentó—. Aunque con las nuevas investigaciones, muchas enfermedades han dejado de ser idiopáticas…

Me recetó unas pastillas que deberían hacerme efecto en tres o cuatro semanas. «A veces funciona esta sustancia, a veces otra; es cosa de estar probando», me advirtió. Salí de su consultorio desconsolado. Sonaba a un diagnóstico grave, a pesar de que el doctor se mostró optimista. Al llegar a mi oficina me senté frente a mi escritorio, enorme. Por mi mente pasó una imagen de mi supuesta boda, hincado frente a un altar. Una boda que a partir de ese momento dejé de imaginar. Solté algunas lágrimas; fue uno de los momentos más tristes de mi vida.

—Las ilusiones rotas son las que más duelen, y tienes que lidiar con ellas completamente solo —le confié a Citlali.

Como pude, seguí adelante. Al igual que en mis estudios en Warwick, rendirme no era opción. Venían conmigo dos colaboradores excelentes con los que ya había trabajado: él del ITAM, ella de la Anáhuac. Nunca platiqué con ellos de mi drama personal, pero se solidarizaron en todo lo que se podía. Fui contratando a un grupo de jóvenes, chicos y chicas egresados de universidades privadas, con buena preparación y una excelente actitud hacia el trabajo. Cada uno de ellos se fue especializando en algún tema. A medida que mi torpeza física aumentó, así como mis dificultades para hablar, este grupo de colaboradores se volvió mi salvavidas. A cada junta a la que tenía que asistir me llevaba a alguno de ellos para que me ayudara a dar las explicaciones que tanto trabajo me costaba articular. No solo sobreviví, sino que mi grupo fue adquiriendo mucho prestigio dentro de la Secretaría. No era infrecuente que llamaran directamente a alguno de ellos de otras áreas. Mi tocayo, el subsecretario, también recurrió bastante a mis colaboradores, pero en los temas más álgidos se requería necesariamente mi presencia.

El truco del vaso de agua o de café en los labios me ayudaba a hablar. En el lenguaje del neurólogo se trataba de «trucos sensoriales» que engañaban a la mente y evitaban las contracciones involuntarias. Con el tiempo tomé la costumbre de llenar dos botellas de agua y echarlas en mi portafolio. En trayectos largos de caminata —es decir, de una cuadra o más— el contenido del vaso se perdía y había que reponerlo; se trataba de mis «tanques estabilizadores». Ahora que reconstruyo estas escenas, debe haber resultado muy extraño para mis interlocutores. Fueron seis años así y, salvo los últimos seis meses en los que viví un clima de inestabilidad, nunca percibí rechazo ni lástima. Colaboradores, jefes y colegas actuaban como si mi problema no existiese, al menos en mi presencia.

En momentos de tensión extrema, como ante la presencia del secretario Labastida o altos funcionarios de la Secretaría de Comercio, la distonía cedía. Incluso desaparecía por momentos. Me costaba un trabajo enorme llegar hasta la oficina de alguno de ellos, pero pronto supe que al trasponer el umbral de sus despachos la distonía amainaría. Y en muchas ocasiones así fue. Inclusive no dejé de dar pláticas en público, ayudado por una mezcla de esa tensión extrema y el truco del vaso de agua o del café. A veces terminaba empapado.

—Mire, ahí tiene la prueba de que las enfermedades no son tan idiopáticas como parecen —observó Citlali—. Cada estado de ánimo altera la bioquímica cerebral.

—En alguna ocasión salió el tema de mi cuello con el secretario Labastida: «Mientras lo que no tenga torcida sea la conducta…», me dijo. Vi a varios neurólogos por aquellas fechas. Los primeros se limitaron a probar con distintos fármacos y distintas dosis. Hubo uno que prefirió utilizar el enfoque del «coctel»: me recetaba diez pastillas al mismo tiempo, a ver si una de ellas, o varias en su conjunto, lograban el efecto deseado. Nunca se logró, pero lo que noté es que esos fármacos comenzaron a interferir con mi mente. Cuando me percaté de eso los deseché y solo me quedé con un tranquilizante, y procuré ir reduciendo la dosis gradualmente. Ya me estaban dando dosis de caballo. En un viaje que hice a Puerto Ángel llegué a la playa por la mañana, me tendí en un camastro y me desperté en plena oscuridad, cuando la marea alta me salpicó la cara.

Meses después me llegó la información de los tratamientos con toxina botulínica. La intenté tres veces con diferentes doctores: una en la Ciudad de México, otra en el Beth Israel en Nueva York y una tercera en Miami, asistida con electromiografía. La idea era inyectar las terminales nerviosas en el cuello, lo que fungiría como un neurobloqueador. No funcionó.

En esas condiciones comenzó mi última gran batalla dentro de la administración pública federal. El secretario Labastida se había ido a Gobernación y después se convertiría en candidato presidencial. Su lugar lo ocupó su segundo a bordo, el ingeniero Arroyo, quien era un funcionario con mucha experiencia, con una actitud siempre tranquila y calmada, pero incisivo en sus preguntas. Juzgó bien las fortalezas de mi tocayo y nos permitió seguir.

Noche 38. Mi Ultima Batalla, TLCUEM

—La última charla me habló de esa distonía que padece, y créame que me duele mucho. Pero admiro que no se haya rendido, y que aún ahora, me comparta sus historias, con la cabeza apoyada en ese reposet.

—Ya que lo dices. En una ocasión en Guadalajara, pedí una silla alta para poder dar mi conferencia, en el salón de un hotel. Cuando entré, estaba el presídium con puras sillas de respaldo bajo. El organizador, muy apenado, salió corriendo y a los pocos minutos llegó con un burro de planchar. Lo ató a la silla, lo cubrió con un mantel, y se dirigió al pódium a presentarme ante el público y anunciar el título de mi intervención.

—Mire, y luego no quiere que me ría. Pero como dicen, serena morena, ¿hoy que vamos a sintonizar? ¡Mientras no me ponga el canal del congreso!

 

—¿Te apetece una serie poder, intrigas y amor?

Hacia la segunda mitad del sexenio del presidente Zedillo se anunció la voluntad de su gobierno de celebrar un Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea. Ya se habían negociado otros acuerdos similares con países latinoamericanos después del TLCAN —en los cuales participé poco, salvo en el de Chile, pues mandaba a mis colaboradores—, pero la magnitud del acuerdo con Europa era de otra dimensión. No solo por su tamaño, sino por la complejidad de su política agropecuaria.

Tenían todo tipo de mecanismos de intervención en los mercados: aranceles, subsidios, cuotas de producción, compras públicas de intervención, normas de calidad y registros de importadores, entre otras.  Todas estas medidas se enmarcaban en la llamada «Política Agrícola Común».

Fue difícil acomodar al sector agropecuario en estas negociaciones. Ellos tenían un gran potencial de exportación en productos tales como la leche en polvo, los quesos y otros lácteos, y ciertos embutidos como el jamón serrano, entre otros; pero casi todos sus bienes se beneficiaban de algún esquema de subsidios. México tenía potencial en varios productos perecederos pero el sector privado tenía la sensación de que con la apertura del mercado norteamericano había más que suficiente. En un balance, México no podía abrir en los productos que a ellos les interesaban por los subsidios que generarían competencia desleal, y los europeos veían muchos problemas en abrir sus mercados por la incompatibilidad con su política interna y la erosión de las preferencias a sus países amigos.

—Es como querer cruzar una vaca con un elefante —dijo el ingeniero Arroyo una vez que le explicamos el tema.

—Me lo imagino perfecto —dijo Citlali, risueña—. Orejón, con trompa, manchas negras y blancas y unas ubres de aquellas… Pero quién sabe si daría leche… —y soltó la carcajada.

Al igual que en el TLCAN, procedimos a una ronda de consultas con el sector privado mexicano. Analizamos a conciencia la situación de todos los productos. Si partíamos del principio de la competencia justa, la implicación era dejar fuera a prácticamente la totalidad del sector agropecuario nacional. Un día de esos me llamó mi tocayo a su oficina:

—En la Secretaría de Comercio están muy enojados contigo. Dicen que estás descarrilando el Tratado con Europa, diciéndoles a todos los sectores que los puedes excluir. Bajo las reglas internacionales no se puede excluir un sector de actividad completo de un tratado de libre comercio.

El malestar de la Secretaría de Comercio se lo habían manifestado directamente al ingeniero Arroyo. Asistí al día siguiente a una reunión con los funcionarios de alto rango de Comercio.

—Yo no inventé el tema de los subsidios —les dije con toda convicción—. Todos lo saben desde hace tiempo. De eso se trató la Ronda del GATT de la que estuvimos hablando todos estos años.

—De acuerdo —me dijeron—, pero no los puedes excluir. A ver qué pueden hacer.

Salí feliz. La Secretaría de Comercio había entendido por fin la situación. Me habían hecho antes el favor de comunicarle a mi secretario que yo estaba de guerrillero en la defensa del sector. «En estas condiciones, es absolutamente impensable que me corran», pensé. Me sentí fortalecido como nunca en ese sexenio. A pesar de mis problemas con la distonía, me dispuse a disfrutar el proceso de negociación que teníamos por delante.

Al paso de los días y las reuniones fuimos armando una lista de peticiones y una lista de concesiones de lo que podríamos ofrecer. Partimos de la base del comercio que ya existía y qué formas podría haber para expandirlo. Si antes ya importábamos quesos, mantequillas o vinos, lo seguiríamos haciendo, independientemente del tema de los subsidios. En muchos productos la Unión Europea buscaba acceso a bienes de alto valor agregado, como los quesos o los vinos con denominaciones de origen; o el aceite de oliva, que es el rey de los aceites vegetales por su calidad y pureza; o los chocolates suizos o belgas, que tienen fama mundial; o el foie gras francés, que técnicamente es un hígado de ganso hipertrofiado artificialmente por exceso de alimentación.

—Ahora es usted el que está hablando de sus antojitos —interrumpió Citlali.

—Mañana traigo unas baguettes y las rellenamos con jamón serrano, queso brie y unos pepinillos.

—Lo probamos. Pero a mí generalmente no me gustan esas comidas raras.

Se pudo armar un paquete a través de la creación de líneas arancelarias nuevas para este tipo de productos, del establecimiento de reglas de origen que permitieran el comercio de alto valor sin temor a triangulaciones, así como de cuotas de importación con aranceles bajos o mínimos. Los europeos adoptaron un enfoque similar, aunque ellos recurrieron mucho más al otorgamiento de cuotas con arancel cero para los productos provenientes de México.  En los productos provenientes de la Unión Europea sujetos a subsidio, principalmente leche en polvo, propusimos asignarles el monto de importación histórico y nos reservamos el derecho de asignar esa cuota a través de subasta para el sector privado. Los líderes del sector agropecuario de ambas partes quedaron muy satisfechos con este enfoque pragmático. La cruza entre la vaca y el elefante a la que se refirió el ingeniero Arroyo cobraba vida.

—Bueno, ¿y les dieron el plátano? —preguntó Citlali, con una sonrisa pícara, tratando de provocar.

—Ya te aprendiste los chistes de los negociadores; nada más te falta todo lo demás. Lo que sí nos dieron fueron algas. — Me parece que ese albur no lo captó.

Las reuniones de negociación con la Unión Europea se celebraron algunas en México y otras, la mayoría, en Bruselas. El negociador europeo de la agricultura era un holandés de edad madura, pero que quería conocer a todo detalle las particularidades de nuestra industria. Más que una toma y daca, nuestras reuniones eran sesiones largas de preguntas y respuestas, y a mí me tocaba darlas. Había que explicar que nuestra miel era poli floral y no mono floral como la alemana; que nuestro jugo de naranja tenía determinados grados Brix; que no lo exportábamos en buques cisterna como los brasileños pues nuestra escala de producción no daba para tanto; que las flores que queríamos exportar no eran bulbos, sino rosas, e infinidad de cuestiones por el estilo. Al cierre de las negociaciones estaban acotados los problemas a un grupo pequeño de productos.  No fui a la reunión de cierre: fue mi tocayo y el secretario de Comercio, y lograron números que dejaron al sector privado bastante satisfecho.

La delegación mexicana tuvo un acuerdo de tarifas preferenciales para el hospedaje con el hotel Conrad de Bruselas, uno de los más elegantes de la ciudad. Mi consulta reciente en internet me señala que se distinguía por tener las habitaciones más espaciosas de la ciudad y un diseño que recuperaba la elegancia del siglo XIX; era el epítome de la sofisticación europea de finales de los noventa. Con su fachada de palacio neoclásico y ese aire de exclusividad absoluta, era el lugar donde la diplomacia se sentía en casa, con su vestíbulo de mármol y lámparas de cristal. Recuerdo bien la amplitud de las habitaciones del Conrad. Una noche, después de una larga sesión con los europeos en la que me tocó prodigarme en explicaciones, llegué llegué verdaderamente exhausto a mi habitación. Abrí la puerta y me quedé tirado en el piso por un largo rato. Todo mi cuerpo estaba rígido, apenas me podía mover. Influyó el largo rato en que tuve que hablar, apoyando el cachete contra la mano y el codo contra la mesa; tal vez abusé del truco del café o del vaso de agua. Por aquellas fechas caminaba con la ayuda de un bastón; utilizaba uno muy rústico de madera. Lo singular es que no lo apoyaba en el piso: apoyaba la barbilla contra el mango, sujetaba el palo con fuerza con ambas manos contra el pecho y así lograba caminar sin que me desequilibraran los movimientos del cuello.

En esas condiciones, mis desplazamientos a pie me parecían eternos: los largos pasillos del edificio Carlomagno, sede de la Unión Europea; las caminatas del elevador al estacionamiento; el cruce del vestíbulo del hotel Conrad y el pasillo hasta llegar a mi habitación. Ese día me moví a gatas desde la puerta de la habitación hasta la cama. Por la mañana mis síntomas se habían calmado y así proseguí hasta el final de esa negociación.

—Está impresionante lo que vivió —dijo Citlali, conmovida—. Nunca se me hubiera ocurrido que tener una habitación enorme pudiera ser un problema… He visto mucha gente con problemas que pasa frente a la estética. No sé cómo hacen, pero ahí van con sus muletas por el empedrado, y otros tratando de sacar de un bache su silla de ruedas. Pero siempre hay alguien que se acomide, que quiere ayudar. Aquí parece que lo dejaron solo… ¿Nadie le dijo «ya párele, su salud es lo primero»? ¿Nadie le dijo «venga, mejor apóyese en mí»? Ni los europeos, ni los mexicanos, ¡nadie! —preguntó entre enojada y sorprendida.

Me quedé pensativo, hice memoria y, al cabo de un tiempo, le dije:

—Nadie.

Su reflexión me hizo revisar el silencio de mis jefes, que siempre consideré una deferencia hacia mí y un reconocimiento a mi capacidad. Pero ¿por qué nadie me ofreció un buen contacto, ya fuera en el ISSSTE o en el IMSS, o alguna recomendación de sus médicos privados? Citlali me hizo repensar esa parte del pasado, pero a estas alturas de la vida ya no había nada que se pudiera hacer.

—Me contó un día que tenía unos colaboradores jóvenes, un chico y una muchacha, que lo apoyaban mucho, según. ¿Ellos qué? ¿Tampoco le ayudaron con ese problemón que traía encima?

—Te vas a sorprender de mi respuesta, pero la respuesta es que sí, a su manera. Me hubiera molestado con ellos si me hubiesen dicho algo. Nunca quise reconocer que estaba parcialmente lisiado y jamás había utilizado esa palabra hasta hoy que platico contigo. Alguna vez, en Bruselas, un guardia me quiso impedir la entrada a un restaurante con mi vaso de agua; la chica le echó unos ojos de fusil, de esos que solo las mujeres saben hacer, y me dejaron pasar. «Te reservé un cuarto cerca del elevador», me decía, como en plática casual. Además, cuando yo ya no podía hablar más, ella tomaba el micrófono y terminaba lo que yo estuviera diciendo. El chico es el que se quedaba en México. Fue el que hizo todo el trabajo que a mí me hubiera tocado hacer —un trabajo también muy pesado, complicado, sobre la comercialización del frijol— y siempre fue leal conmigo, hasta el final, cuando encontró su propio camino a finales del sexenio de Zedillo…

—¡Qué gran trabajo en equipo! Yo quiero saber más de esa chica, la que iba con usted a las negociaciones…

—Uno de los fallos más humanos es pensar que el mundo gira alrededor de nosotros. Una chica joven se puede enamorar, ¿cierto?, sin descuidar su trabajo. El jefe de uno también se puede dar una segunda oportunidad si en el primer matrimonio no le fue bien, ¿cierto? Y aunque parezca telenovela, ese jefe y esa chica se pueden enamorar, ¿cierto?

—¿Qué dice? —Citlali abrió los ojos como platos—. No me diga que esa chica y su jefe fueron novios…

—Sí, y terminaron casándose en una boda superelegante en Acapulco.

—Ya nada más cuénteme, para completar el chisme: ¿usted cuándo se enteró de ese amor? —Por el tono de su voz, me pareció que la historia que de verdad le interesaba conocer era esa.

—Unos meses después. Cuando ya todo había terminado.

Noche 39. Cuba

—¿Por qué nunca me pregunta nada de mi vida? —quiso saber Citlali apenas entró.

—Será por mi egocentrismo —contesté sin mucho dudar.

—Sigamos con su vida, entonces —dijo ella, resignada.

Al final de la negociación con la Unión Europea me dediqué a recopilar en un libro que publicó el IICA (Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura) los temas de política pública que trabajamos durante el sexenio de Zedillo, por si alguien lo quiere consultar.[9] El trabajo era mucho menos presionante que antes. Un día, un joven ingeniero que trabajaba con nosotros, quien daba mantenimiento y reparaba nuestras computadoras y redes, me fue a ver a la pequeña sala de descanso que se había convertido en mi oficina.

—Mira, jefe, disculpa el atrevimiento, pero me llegó este folleto informativo de un centro en Cuba que se especializa en los trastornos del movimiento. El próximo viernes vienen los médicos de allá a dar unas conferencias. A lo mejor te interesa ir.

Entré a la Embajada de Cuba en México, ubicada en la avenida Presidente Masaryk. Es un edificio moderno con una explanada amplia al frente, con algunas fuentes o espejos de agua. Crucé el área de recepción hacia el salón de conferencias, y el efecto visual fue impresionante: dos retratos monumentales acaparaban toda la atención, uno de Fidel Castro y el otro del Che Guevara. Era una señal clarísima de que entraba uno a un mundo desconocido: el llamado campo socialista. Hablaron algunos neurólogos y no dijeron mucho más de lo que ya sabía; pusieron algún énfasis en que sus tratamientos eran multifactoriales, incluyendo farmacología, terapia física, relajación y algunas técnicas experimentales como la acupuntura. Algunos directivos del Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN) hablaron generalidades sobre la institución. Colocaron algún instrumental quirúrgico en el podio, lo cual no me impresionó e incluso me pareció fuera de lugar.

No me generaron grandes expectativas sus charlas y, al final, pidieron a algunos pacientes que se habían tratado en ese centro que narraran su experiencia. No fueron elegidos al azar, y todos relataron una vivencia positiva. Un muchacho joven, en silla de ruedas, habló de su accidente y del tratamiento que recibió en Cuba en términos que no recuerdo; concluyó diciendo que la estancia allá le había resultado placentera por los motivos tales y cuales, y remató:

—Gracias a Cuba, hasta novia tengo.

Yo había estado en la isla en mi época universitaria y sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo. Mi madre me acompañó a esa charla y ella se quedó con una buena impresión, o eso me dijo, pues siempre fue un pilar en esta lucha y siempre trató de encontrar alternativas que nos devolvieran el optimismo. Mi impresión fue que tal vez convendría explorar lo que hacían los cubanos, sin estar muy convencido. El comentario final del joven de la silla de ruedas y mi viaje anterior terminaron por convencerme. Yo venía de una batalla diaria por sobrevivir a la jornada laboral y a las exigencias de mi puesto, y no hubo prácticamente ningún espacio para socializar y mucho menos para encontrar pareja. Mi desfogue eran las visitas ocasionales a algún table dance o un establecimiento de giro parecido que, por cierto, por mis posturas, podía disfrutar cada vez menos. Al poco tiempo partimos a Cuba, mi madre y yo.

—Dice que lo acompañó su madre a esa charla —me interrumpió Citlali—. Hasta ahora la menciona por primera vez desde que se enfermó. ¿Ella qué le decía? ¿Cómo le ayudó?

—Tienes razón. Es una omisión imperdonable. Desde niño mi madre me decía que yo era un egoísta, y puede ser que haya tenido razón. Unas pocas semanas después de que aparecieran los tirones, ella lo notó. Con ella tuve mis primeras pláticas sobre la distonía; con ella decidíamos a qué neurólogos ver y qué tratamientos seguir; con ella descargaba mi frustración cuando los tratamientos no daban resultados. Un día, muy al principio de toda esta historia, me dijo: «Súbete al estudio, ahí ya tendí tu cama». Me costó trabajo decidirme a dejar la casa de Cuajimalpa; una vez que uno sale de la casa de los padres es difícil volver a ella. Varias semanas me quedé en ese sofá cama que me había preparado al ras del suelo; viví como en campamento, hasta que una noche me trepé a la cama que había al lado y, desde entonces, volví a vivir en casa de ella. La de Cuajimalpa nunca la quité, pues siempre viví con la esperanza de que regresaría.

—¡Qué triste! Haber hecho esa casa con tanta ilusión para después dejarla vacía —dijo Citlali.

—También se quedó estacionado ahí el carro deportivo gris durante muchos años. De vez en cuando iba a echarlo a andar…

—Se me figura como una película de la explosión nuclear de Chernóbil, o las del ébola, donde de pronto la vida se detiene y todo queda abandonado.

—A veces iba a visitar mi casa. Me pasaba el día completo leyendo y trabajando en el jardín. A falta de una pareja, la mejor compañía que he tenido en la vida son mis espacios: Cuajimalpa, el departamento en la colonia Juárez, la biblioteca de este cerro en la que estamos… Partimos a Cuba, mi madre y yo. Me internaron en el CIREN, en el pabellón de los trastornos involuntarios del movimiento, donde se alojaban mayoritariamente los parkinsonianos y, rara vez, algún distónico como yo, que éramos mucho menos frecuentes. El pabellón correspondía a lo que en otras épocas había sido una calle residencial: había unas plumas de acceso en cada uno de los extremos y los pacientes nos alojábamos en las llamadas «villas», que fueron en su momento casas-habitación.

Los cuartos eran amplios, con un mobiliario sencillo. Había una sala para la convivencia de los pacientes y un comedor en el que compartían los alimentos enfermos y acompañantes. Es decir, lo que fue una casa familiar, con la misma distribución y usos diferentes, producto del cambio revolucionario. Todo era un poco extraño. Los nombres de las enfermeras, por ejemplo: muchos comenzaban con ye, como Yania, Yamaris o Yurisleidis; otros tenían su origen en novelas o en la Biblia, pero todos eran únicos y creo que irrepetibles. El primer amanecer entró a despertarme una de ellas:

—Apúrate, te tienes que alistar, ya viene el pase de visita.

«Enfermera igualada», pensé, pero pronto me acostumbré a que en Cuba todos son «tú» y nadie es «usted». En eso entró un grupo de unas ocho personas encabezado por un señor de edad mediana, pantalón vaquero, camisa a cuadros y una bata no muy blanca.

—Es un paciente mexicano de cuarenta años con distonía cervical, usa unos trucos sensoriales para controlarla, toma tales fármacos… —los demás asintieron, alguno preguntó algo y se retiraron.

—Eso que dijeron ya lo sabía —le dije a la enfermera, algo molesto.

—Sí, pero los demás no.

Luego me explicaron que así funcionaba el pase de visita, que incluía a estudiantes y varios neurólogos del centro, que pasaban a vernos como «estudios de caso». Al menos fue lo que entendí. «Es la escuela francesa de medicina», me aclaró alguien.

—No me gustaría tenerlo nunca de paciente —dijo Citlali—. Las enfermeras también se cansan. Hay turnos que duran toda la noche y agréguele tener que soportar a un paciente malhumorado, gruñón o a uno que se quiera hacer el gracioso.

—Pues a mí sí me gustaría que fueras mi enfermera, para decirte por las mañanas que me cuidó una estrella.

—¡Ya vio! Ni siquiera son originales —reviró, haciéndose la enojada.

—Está bien, Citlali, con que me sigas rapando y me retires «las nieves del tiempo… que blanquearon mi sien».

—Oiga —gritó emocionada—, eso sí estuvo mejor… «sentir, que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra…» —y se siguió tarareando el tango de Gardel.

Días después, cuando pasó un neurólogo a verme, me hizo las preguntas típicas de las que ya estaba harto, me aumentó la dosis de un fármaco que ya tomaba y me explicó sus teorías sobre la plasticidad cerebral y los programas motrices, que serían correctas, pero no veía yo cómo me podían ayudar. Me canalizaron con un fisioterapeuta, un negrito bastante simpático que me ponía a hacer lagartijas acostado en el césped, abdominales y otros ejercicios.

—¿Para qué me van a servir? —le pregunté.

—Para fortalecer el tronco y que el cuello no cargue con todo el peso, mi socio.

Me mandaron con la podóloga:

—¿Y eso?

—Para que cuando camine no vaya a tener molestias.

—Perfecto, ¿y cuándo me pondrán a caminar?

—Tranquilo, que eso después, con otro especialista.

Me mandaron a que me pusieran agujas en su centro de acupuntura para que me relajara. Me mandaron con la psicóloga, quien me detectó síntomas de ansiedad, depresión y déficit de atención.

—Vaya sorpresa —le dije.

—Sí, pero es importante saberlo con precisión.

Me programaron unas resonancias magnéticas; una vez se canceló porque el equipo estaba «roto», pero curiosamente al día siguiente sí funcionó. La primera semana de tratamiento pintaba para un desastre absoluto. Y lo que más me molestaba: cada vez que llegaba un nuevo especialista, me ponían a caminar con mi vaso de agua para que pudieran ver cómo funcionaba el truco sensorial.

—¡Ahora sin el vaso de agua!

«Como si fuera tan fácil», pensaba. Los domingos no había actividad en la clínica. Fuimos con mi madre al centro de La Habana a pasear. Iba con todas mis dificultades para caminar, pero era necesario salir del CIREN a cambiar de aires.

—Esto del CIREN es una tomadura de pelo —le dije—, regresémonos a México.

Mi madre me comprendió, pero me pidió hacer el esfuerzo de quedarme una semana más. A regañadientes acepté.

Así eran mis días: fisioterapia dos veces al día, por la tarde sesiones de relajación con la psicóloga y, algunas veces, el tratamiento con el ozono; más las pastillas que me administraba la enfermera cada mañana. Mi madre siempre tuvo don de gentes y una gran facilidad para relacionarse: pronto se hizo amiga de las enfermeras, de otros pacientes y sus acompañantes, y hasta del técnico pantrista —que así se hacía llamar el que calentaba la cena en el horno de microondas—, así que siempre tenía novedades para contarme al final de esas largas y aburridísimas jornadas.

Un día, mientras le contestaba a la psicóloga unas preguntas muy bobas sobre las figuritas que salían en la baraja que me iba mostrando, entró al consultorio sin avisar un tipo moreno, barrigón y con una sudadera a rayas. Sacó un llavero y me ordenó que mordiera una de las llaves.

—¿Este tipo quién es?, pregunté a la sicóloga.

—Soy defectólogo —intervino él.

—Ah, sí —le dije con sorna—, ¿y como qué defectos corriges?

—Todos.

Le dije a la psicóloga que le pidiera a esa persona que se retirara, y seguí contestando las preguntas sobre las figuritas con evidente mal humor.

—Mal, muy mal ese tipo y la psicóloga —sentenció Citlali—. No respetaron mínimamente el protocolo de atención.

—Ya después me enteré de que eran pareja. Al día siguiente, en el pase de visita, el neurólogo jefe me explicó que la persona que había entrado era su mejor terapeuta para los trastornos del movimiento; que era gente de campo y que comprendía mi molestia, pero que le diera una oportunidad. Ese día comenzó a darme terapias dentro de mi habitación. Me sentó en la silla, me empujaba los hombros, me torcía el cuello, me jalaba la espalda… Mis músculos no se dejaban vencer, también jalaban y empujaban. Al término de la sesión terminó empapado de sudor y comenzó a explicarme. Mis hombros estaban terriblemente desalineados uno con el otro, uno mucho más arriba y más adelante que el otro. Así, tan desalineados, no se podía caminar. «Qué trabajo me dan esos músculos; se resisten a la presión que les hago. Los tenemos que fatigar primero para después tratar de que retomen su posición», me decía.

El esfuerzo que hizo el tipo, así como su explicación, comenzaron a hacerme sentido. Al día siguiente fue lo mismo, con algunas variantes. Al final me dio una pipa y unos palillos; quería experimentar con diversos trucos sensoriales, a ver cuál podría funcionar. «¡El otro día solo llevaba las llaves, caballo!», exclamó. Después de la sesión se quedaba a conversar con mi madre y conmigo. Nos contó de su familia, de sus estudios en la Unión Soviética y de la llamada especialidad de «defectología», que tal vez era una mala traducción al español, pero resultaba una técnica muy eficaz para llevar al paciente a utilizar al máximo sus potencialidades. Había lisiados que no podían comer y lograba que volvieran a tragar alimentos por sí solos; había otros sin control de esfínteres y lograba que los controlaran utilizando otros músculos del cuerpo, aprovechando los resquicios de terminales nerviosas que pudiesen quedar.

En fin, esa defectología me parecía una ciencia oculta, como el tarot o la astrología, pero hacía sentido. En ese primer viaje logramos resultados mínimos pero tangibles; aprendí, por ejemplo, a fumar recostado en el camastro sin que se me moviera la cabeza hacia los lados, o a estar boca arriba sin moverme, cuando antes los espasmos me volteaban hacia los costados. Antes de regresar a México nos invitó a su casa. «Pero vivo con la rusa. No vayan a decir que me vieron con Carlita», nos advirtió. Se trataba de su niña de cinco años, a quien había tenido durante un affaire con la psicóloga que me daba las terapias. La rusa se esmeró y preparó una cena exquisita. Él sacó un acordeón y se puso a cantar; me sirvió ron varias veces y me invitaba a tomarlo de un solo trago, junto con él. Cada vez que abría una botella dejaba caer unas gotas al suelo, «para los santos». Intercalaba el acordeón, los chistes, el trago y alguno que otro reclamo en idioma ruso a su compañera que no podíamos comprender.

Noche 40. Barra Estabilizadora. Tecnología Cubana

—¿Oiga, y en Cuba también se hablaba en náhuatl? Citlali parecía gozar de la pregunta, a sabiendas de que era absurda, y añadió: -Para que se hubiera entretenido aprendiéndose más palabras.

—¿Creerás que sí? Solo me aprendí tres. Maíz, hamaca y canoa. Comida, siesta y paseo…le dije con mucha autoridad.

—¿A poco?

—Si. Pero grábatelo bien. Son del idioma taíno, que es lo que hablaban los habitantes del Caribe antes de que llegara Colón.

Hacia el final de mi estancia en el CIREN, llegó un día mi doctor muy excitado, con unas barras de aluminio en la mano. Dos eran postes laterales, sobre los que se colocaba un travesaño, a manera de portería. Los instaló en una mesa de madera que jaló del comedor. En posición de sentado, mi cabeza quedaba a la altura del travesaño de aluminio, que estaba forrado con un hule espuma. —A ver, apoya la cabeza ahí. Lo hice. Sube y baja los hombros. Despega tu frente ligeramente de la barra. Y ahora toca el tambor con ambas manos. Estaba maravillado. Con mi frente apoyada en la barra, podía hacer una cantidad de movimientos que antes me estaban vedados. A partir de ese momento dejé de comer acostado. Me senté frente a mi escritorio improvisado a garabatear cualquier cosa. Otro día me llevó un pirógrafo para que ejercitara mis habilidades prácticas. Después de un rato me cansaba la barra, pues la tensión bajaba por la espalda, pero al descansar tirado en la cama, lo que ansiaba era volver a sentarme en mi barra, a hacer cualquier cosa, lo que fuera. Fue un día de mucha felicidad. Días después colocó un espejo frente a mi. Me hizo girar el cuello en varias direcciones, deslizando la frente sobre la barra. La idea es que el espejo me brindara retroalimentación sobre los movimientos, para que observara lo que hacía. —¡Ya levantaste el hombro, coño! Ese hombro no tiene jugada. —¡Para que tuerces la boca! No pongas el “doble feo”, con uno es más que suficiente. —El hombro para atrás, alineado. ¡No te hagas el mexicano! A veces sus bromas me caían pesadas, pero me aguantaba. Normalmente, interrumpíamos la sesión después de un rato, y mi madre le servía un Nescafé con coffee mate que llevó de México, y que a él le parecía absolutamente delicioso. Retomábamos la sesión, a tratar de hacer los mismos ejercicios de pie, sin ayuda de la barra, y algo lográbamos, pero poco, el cuello seguía empeñado en darse de tirones.

No dejé de ir al gimnasio con el fisioterapeuta Alexis. Era una edificación grande, amplia, equipada con algunos aparatos tradicionales, pero destacaban varias “paralelas” de madera en la que muchos pacientes se entrenaban para volver a caminar. Afuera, el jardín era enorme, con hermosos árboles tropicales, pues perteneció a la mansión de quienes fueran los dueños de la “Bacardi”, antes del triunfo de la Revolución. Tendíamos una colchoneta en el césped y hacía los ejercicios que podía; algunos estiramientos, abdominales, movimientos circulares de manos y pies, entre otros.

-Por cierto, Citlali, diles en tu escuela que por favor les enseñen a los fisioterapeutas a hablar bien en español.

-Y ahora nosotros ¿qué hicimos?

-Hablan como apaches. Subir hombros…Girar cabeza…Levantar brazo…Doblar rodilla.

-Si será…Las órdenes deben ser cortas, directas y sonoras. O que quería: Levante por favor su brazo, si fuera tan amable..

No llegaba a ser un ejercicio cardiovascular, pero ayudó mucho, no solo a la circulación de la sangre en un cuerpo que ya casi no se movía, sino también en el estado de ánimo. Me sentaba bien la respiración agitada después de algún esfuerzo. Son los pequeños logros diarios que aun cuando no cambian el panorama general, ayudan mucho al paciente a seguir adelante. En ese jardín, no muy bien cuidado, pero naturalmente hermoso, también entrenaban a las pacientes con lesiones de columna vertebral. Recuerdo a una chica joven que le meneaban la cadera de una manera que parecía grotesca, para estimular algunos nervios que le permitieran mejorar el control de esfínteres. El terapeuta Alexis me daba las explicaciones, siempre con un enorme respeto hacia los pacientes. Un día, a la salida, vi a varias chicas jóvenes, todas ellas en sus sillas de ruedas, esperando a una ambulancia especial que las llevaría a su respectiva villa. Una de ellas, jovencísima, con un rostro hermoso, me partió el alma. Lisiada de por vida. Esos contrastes en el jardín de las fisioterapias se me quedaron muy presentes en la memoria por muchos meses más. Imposible saber lo que puedan sentir otras personas, pero en mi caso, fue un recordatorio crudo para no olvidar que uno debe estar agradecido con la vida. Aunque esté uno en el sótano, siempre hay otros peldaños hacia abajo.

Algunos casos los comentaba con mi doctor, durante nuestros recesos. El veía ese tipo de casos a diario, así que comprendía todo ese dolor. — ¡Ni te imaginas los dramas de las parejas de los accidentados, caballo! Me tocó darle terapia a un joven recién casado. Fractura de columna en la primera cervical. Deberías ver la cara de angustia de la esposa. Me fue contando como ella se fue abriendo, narrándole su tragedia, sus sueños despedazados… el tono de mi doctor fue cambiando, desde la tristeza y la compasión al tono jocoso, cuando llegó al punto en que me contó cómo le dio una terapia a ella…

Una mezcla peligrosa:  Tantos conocimientos anatómicos y sicológicos en manos  de ese indómito personaje tropical.

—Una debe ser empática con el paciente y sus familiares; es lo que marca el protocolo, interrumpió Citlali. Pero siempre se debe mantener una distancia para no sufrir la “fatiga por compasión”. Ahora, lo que hizo su médico… se sale de cualquier manual.

Volví a México. Mi madre me mandó hacer tres juegos de barras de aluminio, estas muy bien hechas, con la altura ajustable para distintas posiciones de cabeza y altura de sillas, y perillas que se manipulaban en la dirección correcta. La barra que me hicieron en Cuba se desenroscaba en una dirección de un poste y en una diferente en el otro, pues el doctor se tuvo que ajustar a lo que encontró en el almacén de CIREN, donde había una mezcla de piezas de manufacturas soviética y occidental.

-En Cuba para todo nos la tenemos que ingeniar, me explicó un día mi médico. Con mi barra, mi trabajo se volvió más fácil. En aquellos años, ya cerca del final del año 2000, aprendí finalmente a utilizar una computadora y a navegar por internet. Tenía más de cuarenta años cumplidos. Tan pronto como pude, volví a Cuba, por segunda y última vez al CIREN. Durante los viajes subsecuentes, a casas particulares.

Mi madre me acompañó de nuevo en ese segundo viaje. Ya sabíamos lo que nos esperaba, así que todo resultó más agradable. Ambos teníamos gran confianza en el médico y expectativas de que pudiera mejorar. La rutina fue similar a la primera visita. Una tarde, entró intempestivamente el doctor al cuarto, y me preguntó que si tenía una correa. Solo tenía la de mi pequeña mochila de mano, y se la di. - Ahora necesitamos un pedazo de “velcro” (cierre de contacto). No sé de dónde sacó uno mi madre. Enganchó la correa a la una faja tipo cinturón, y la otra punta a una gorra beisbolera. —¡Listo, caballo! A caminar.

No dábamos crédito mi madre y yo. —Es la barra móvil, nos gritó, con mucha alegría. Yo apoyaba la cabeza al frente; la gorra hacía la resistencia con la correa que iba por la espalda, y que estaba sujetada al cinturón. —Camina al frente, hasta la pared. —De regreso. Di mil vueltas en esa pequeña habitación. Con ese artefacto casero, podía caminar. Adiós a los vasos de agua, al bastón donde apoyaba la barbilla… Esa gorra con correa era mi libertad. La alegría fue indescriptible.

Ese fue el gran quiebre en el tratamiento de mi distonía. ¡Podía caminar! Aún así, fueron muchas sesiones dónde me mostraba como tenía que balancear los brazos, no solo por estética, sino por funcionalidad. — ¡Caminas como tabla, caballo, pareces un ropero que se mueve! El braceo mueve los hombros e impide que se tensen.  La instrucción sonaba fácil, pero nunca logré ejecutarla bien. Practicamos muchas horas, frente a un espejo que colocaba al final de un pasillo, para la retroalimentación. Ni así. Pero caminaba y nos regresamos a México felices, con la tecnología cubana recién adquirida. Ni en Estados Unidos, ni en Alemania, se les había ocurrido una prótesis tan funcional.  Y ni qué decir del precio…

—Todo este relato me parece tan increíble… tan fantasioso, pero a veces me parece real. Hay veces que el hierbero del mercado cura enfermedades que los médicos no pueden. Y en otros casos, los hueseros curan con una sobada… Pero me quede pensando en otra cosa, dijo Citlali.

—Le da mucho mérito a su doctor, que sin duda lo tiene, pero veo que el mérito mayor fue de su madre. Sin ella Usted se hubiera regresado a México hecho un energúmeno, después de otro fracaso. Si se quedaron fue por ella. Y siento que fue gracias a ella que ese doctor le puso tanto interés a su caso. A veces una tacita de café, o un vasito de atole, abre las puertas y gana las simpatías.

—¡Qué bueno que lo mencionas!. Ese café que preparaba mi madre pudo haber sido lo mejor que le pudiera haber pasado a mi doctor a lo largo de todo un día. Todo lo que debió sufrir mi madre… y en eso noté que se me quebró la voz. —Porque ella ahora ya no está, alcancé a decir.

—No se ponga así…ella sí está. Está en cada paso que da. Ella fue su "tanque estabilizador".  Sin ese café y sin su terca esperanza, usted hoy no estaría aquí contándome esto.

 En México conseguí un muchacho que algo sabía de terapia física pues estuvo un tiempo ayudando a su cuñado que era boxeador. De los buenos, de Tepito. Con él hacía largas caminatas por la segunda sección del bosque de Chapultepec, y los fines de semana, nos íbamos a los bosques del Desierto de los Leones. Llevábamos a los perros de la casa, que gozaban de esas caminatas más que nosotros, y nos alegraban el día. Me daba algunos consejos sencillos pero lo principal es que me animaba para mis caminatas y para mis jornadas diarias de ejercicios en la barra (cuello izquierdo derecha, arriba abajo, fatigar hombros, todo eso). Me regaló un chaleco con plomo adentro, es decir con sobrepeso, como con los que entrenaba su pariente el boxeador. Era para fatigar más los músculos. Al siguiente viaje lo llevé conmigo a Cuba.  

Noche 41. Noches Habaneras

—La noche no es una franja de tiempo vinculado al paso del sol —le dije ese día a Citlali—. En un contexto como el nuestro, trepados en este cerro, es momento de meditación y reencuentro; en otro, es bullicio; también es, desde luego, el tiempo de dormir.

—O todo al mismo tiempo —añadió Citlali, en tono juguetón—. ¡Si yo le contara cómo estuvo anoche la fiesta de mi prima…! Pero mejor siga con su reflexión.

Por las mañanas hacíamos una larga caminata, de por lo menos una hora, por las calles de uno de los barrios populares de La Habana, lejos del turismo. Nos hospedábamos en una casa particular, donde nos rentaban un cuarto, cerca de la casa de mi doctor. Luego íbamos a casa de él, a la terapia, en un patio sombreado en la parte posterior. Por la tarde noche dábamos alguna otra vuelta, y por lo general lográbamos hacer contacto con algunas chicas. Al principio les invitábamos un refresco o algún helado, pero ya después nos fuimos dando cuenta de que ellas siempre querían algo más. No tardamos en descubrir que un gran número de chicas en esos barrios de La Habana, se dedicaban a lo que se conoce como “jineterismo”; es decir, entregarse a un extranjero a cambio de cierta cantidad de dinero.

El régimen cubano ya ha sido juzgado y condenado, digamos que por la historia. ¿Por qué lo hacen esas chicas? ¿Qué las mueve? Yo no vi hambre. Incluso me pareció que se vestían sencillo, pero siempre con buen gusto, con cierta coquetería. Mi impresión es que la vida allá era bastante monótona, con ninguna novedad en la vida diaria. Siempre los mismos productos en las tiendas, siempre el mismo noticiero con los mismos temas, siempre la misma telenovela, ninguna expectativa de viajar, ninguna expectativa de ascenso social por la vía de los estudios o la superación personal. — ¿Le parece bien, me dijo una vez una doctora, que mi hijo de doce años, quemando discos de música, gane tres veces más que yo, que tengo especialidad? —  Me podría perder en disquisiciones sociológicas sin resultado alguno. Digamos que los turistas éramos una de las principales fuentes de ingresos del régimen cubano, y esas chicas, sin futuro, decidieron reclamar su parte y correr su aventura. Yo solo puedo ser narrador de mi propia historia.

Mis últimos tres o cuatro años, seriamente limitado por la distonía, habían sido de un encierro casi total. Y mis últimos quince años, habían sido de un ritmo de trabajo vertiginoso, exigente y brutal. De pronto estoy en el vestíbulo de un hotel en La Habana, con mi “socio” fisioterapeuta, sin nada que hacer, y pido una ronda de mojitos, y luego otra, mientras escuchábamos la canción por entonces tan de moda del “comandante Che Guevara”, y entonces aparecen unas muchachas guapas, y que nos saludan, y que son agradables, y que son estudiantes, y que nos hacen caso… El tiempo perdido nunca se recupera, pero al menos se hizo el intento… Ahí en Cuba logré darle al cuerpo lo que por tantos años le había sido negado. Con el tiempo, fuimos perfeccionando nuestras rutinas y nuestras metodologías, a la par que seguía mis tratamientos con el doctor.

Mi gorra no me la quitaba para nada. Era lo que me permitía mantener erguida la cabeza en posición de sedestación y bipedestación. Pasé muchas horas, con mi doctor frente al espejo, tratando de mejorar el control motriz. «No seas ansioso —me decía—. Si sientes que viene un tirón, haz una pausa, llévate una mano a la barbilla; hay muchos gestos normales que la gente hace…» Por momentos lo lograba, pero el avance era mínimo. Entonces fue que le dije: —Mira, ya no me interesa tanto controlar el cuello. Lo único que me interesa es que me arregles el audio—…

Ese era el gran tema. Con mi gorra podía yo desplazarme a cualquier lado, así me viera un poco raro con un cinturón vertical en la espalda. Lo que sucedía, es que al apoyar la cabeza en la gorra, se contracturaban los músculos de la garganta, y me costaba muchísimo trabajo articular las palabras. A veces me entendían, a fuerza de repetir y repetir. A veces tenía que ayudarme con las manos para alzar la mandíbula y poder hablar. No había mucha alternativa, más que seguir con los mismos ejercicios frente al espejo, para tratar de restaurar los procesos cerebrales que la distonía había dañado. Esa era la premisa de trabajo de mi doctor. —Caballo, le dije un día, un poco en son de broma—, no puedo creer que no puedas arreglar el audio… —Caballo, soy médico, pero no soy Dios.

Por aquella época, el audio era mi mayor problema, y lo sigue siendo aún. La gorra con la cinta la dejé de usar hace algunos años, el audio ha mejorado un tanto, pero para conversaciones largas tengo que tenderme en algún camastro, sofá, o hamaca.

Estoy de vuelta en La Habana. Manejo un pequeño vehículo japonés que alquilé por las tres semanas que durará mi estancia. Tengo un pequeño departamento en una casa con una gran huerta de bananos al frente. Por las mañanas va mi doctor a la terapia. Por las tardes tomo el carro y salgo a “ruletear”. Ya conozco los horarios de las salidas de las universidades y de los tecnológicos. Sé a qué hora no hay nadie en las avenidas bajo los rayos inclementes del sol. Sé cuáles son los cruceros donde hay más chicas pidiendo “botella”, o aventón. Sé cómo actúan en grupo, y cómo se comportan cuando van solas. Casi nunca me falla la hora de la salida de la Escuela de Gastronomía, sobre la Quinta Avenida. No tengo mucho que hablar. La chica me dice a dónde va. Yo siempre voy hacia allá, donde iba ella. A veces la dejo en su destino y me agradece. Vuelvo a lo mío. A veces alguna chica dice estar aburrida, la invito al departamento, ponemos música, disfruta de los “ipod” que por aquel entonces no había en Cuba, se relaja en el aire acondicionado, que es un lujo que pocos tienen, y ya después, me toca relajarme a mí. Siempre con mi trago de ron al lado. En la casa puedo charlar más, y hacer algunas bromas. Las chicas no llevan prisa en esas largas tardes habaneras. No importa que caiga la noche. Yo las llevo de regreso; las dejo a una o dos cuadras de sus casas, para prevenir a los vecinos chismosos. Después de tres semanas de este tratamiento, puedo regresar a México, relajado y tal vez hasta dichoso. Esas andanzas en La Habana como un verdadero regalo de la vida.

—Y qué, intervino Citlali, ¿nunca se enamoró de ninguna? Tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe…

—No te lo sé decir. Creo que nunca he conocido lo que es el amor. Lo conozco por los libros; aparece en casi todas las novelas que andan por ahí. Por eso aprecio tanto la literatura marginal, y no sé si la novela de Kawabata corresponda, pero mis sentimientos van más por ahí…

Citlali me veía desconcertada, como si le hubiese hablado en japonés.

—¿Cómo que nunca ha estado enamorado?

—Exageré,  —respondí, y le conté una historia. Una noche, iba con el dueño de la casa donde me hospedaba, en su vehículo Peugeot. Lo conocían como Mario el Marinero, pues había sido jefe de máquinas de una de las embarcaciones transatlánticas que cruzaba el Atlántico antes del derrumbe de la Unión Soviética, por eso tenía el privilegio de poseer un carro. Sus esperanzas de volverse a embarcar algún día se desvanecían con el tiempo, así que se dedicó de tiempo completo a manejar su auto que, bien trabajado, era una pequeña mina de oro. Por las noches iba a cargar petróleo a un depósito oficial donde se lo vendían por la «izquierda» a un costo reducido. Ahí íbamos, entre el Hotel Habana Libre y los Helados Coppelia, cuando divisamos a una muchacha de muy buen ver: de buena estatura, delgada, cabello rubio, con pantalones negros ajustados, una blusa roja llamativa y una gorra beisbolera que portaba con la visera hacia atrás. «Soy Dailin, —dijo con una sonrisa, de esas que enamoran. — Súbete, Dailin, vamos con mi socio a dar un paseo.» La llevé a mi departamento, en el piso superior de la casa de Mario el Marinero, al que accedía por una escalera exterior de hierro forjado, tipo navío. La chica era risueña, de sangre ligera, y la pasé sensacional.

Al día siguiente, subió Mario a invitarnos a desayunar a su casa. Todos estábamos encantados con Dailin; hablaba poco pero sonreía mucho. La esposa de Mario el Marinero se me acercó y me dijo: «Oiga, qué muchacha tan más linda. Le conviene cantidad.» Me sentí orgulloso de tenerla a mi lado, y contento de la convivencia tan agradable que se había logrado. Yo tenía un carro de alquiler, así que me fui con Dailin hacia las Playas del Este. Iba feliz seleccionando canciones del iPod que llevaba, las cuales escuchábamos a través de unas pequeñas bocinas externas que había comprado. Alquilamos unos camastros, nos metimos al mar y la tarde se nos fue volando.

Así transcurrieron varios días y sus respectivas noches, lo cual fue para mí una experiencia nueva. Nunca había convivido por tanto tiempo con una mujer, y tan intensamente, sin sentirme nunca agobiado por su compañía, ni por el sentimiento de tener que atenderla, ni por la urgencia de estarle platicando cosas para agradarla, ni comprándole cosas. Fueron dos semanas en que fluimos en el tiempo, los dos juntos.

—Oiga —me interrumpió Citlali—, si la recogieron así nada más en la avenida, me imagino que no llevaría ropa para cambiarse, ni traje de baño ni nada…

—Créeme que de esos detalles no me acuerdo. Tal vez la acerqué a algún lugar donde tendría sus cosas, tal vez le compré algo en algún bazar o tal vez la esposa de Mario le prestaría algo de ropa, o alguna de sus hijas, que eran más o menos de la misma edad…

—¿La hija de su amigo de la edad de ella?

—Pues sí —tuve que reconocer algo apenado. Por salir de una pregunta ya me había embrollado más.

Tuve que explicarle a Citlali que en Cuba todo es diferente, y que esa diferencia de edad allá no era para escandalizar a nadie.

—No me convence —me replicó—. Pero cuente, ¿qué más pasó?

—Una mañana me dijo Dailin que tenía que irse para su ciudad, a Holguín, al oriente de la isla. Me tomó con la guardia baja; le dije que sí, me dio un papelito con su número de teléfono fijo de allá y se fue, o tal vez la llevó Mario a algún lugar. Por aquellos días ya me tocaba regresar a México, y regresé feliz a mi oficina a conversar con mis colaboradores y amigos de mis aventuras y de mi conquista. Pocos meses después volví a Cuba y tomé un vuelo para Holguín. Me esperaba Dailin en el aeropuerto. La vi muy delgada; igual de hermosa, pero muy delgada. Quise llevarla a cenar, a tomar algún helado, pero a nada accedió. «Vamos directo a la posada», me pidió. Me explicó que no podía salir a la calle, que la podían ver, que la vigilaban… Nunca supe quiénes ni por qué. Estuvo ansiosa toda la noche. Al día siguiente nos despedimos y nunca más la volví a ver.

—¿Qué hizo? Era para que hubiese insistido más, si tan bien la pasó con ella —sentenció Citlali—.

—Toma en cuenta que yo operaba en un país desconocido, con un sistema socialista del que todos tenían miedo y cuyas reglas no estaban escritas en ningún manual. Hoy, al recordarlo, creo que debí haber hecho algo más. Pero después de esas semanas con Dailin, y ya un poco más recuperado de mi distonía, me sentía el rey del mundo… Tan solo había que pasar unos meses en México para recargar las pilas y volver a Cuba.

—Para mí que entonces sí se enamoró, aunque lo niegue —concluyó ella—. Más triste aún.

Meneó la cabeza en un gesto de desaprobación.

 

 

Noche 42. Por un Puñado de Plata

—Oiga, me quedé con una duda el otro día —dijo Citlali después de saludar—. Durante esos años que viajaba a Cuba, ¿seguía trabajando? ¿Y de dónde sacaba dinero? Por barato que haya sido todo, no cualquiera se puede dar todos esos lujos.

—Trabajé unos años más y después me jubilé, por decirlo de alguna manera…

Terminó el sexenio de Zedillo. Por primera vez había perdido el PRI la elección presidencial; ganó Vicente Fox y prometió grandes cambios. Creo que al final no hizo muchos, pero, al menos en su gabinete, metió a pura gente nueva. Fue curioso. El nuevo secretario, cuando lo vi la primera vez, me dijo: «Yo a ti ya te conozco». Me desconcertó el saludo, y de inmediato me aclaró que me había escuchado en una de las muchas charlas que di para dar a conocer el TLCUEM. Me trató bien, pero la realidad es que tuve algunas dificultades para acomodarme con los funcionarios de su equipo: medio me hacían caso y medio me marginaban. Sin embargo, logré mantener un sueldo más o menos bueno.

El trabajo no era aburrido, pero tampoco tan movido como lo fueron los anteriores. Puede ser que, inclusive, hubiese sido el empleo ideal: ya conocía los temas, tenía buenos colaboradores, no era imprescindible ni me utilizaban como «chile de todos los moles». No aquilaté lo suficiente ese trabajo por andarme fijando en lo que pude haber sido y no fui.

Un día me llamó por teléfono un amigo de batallas anteriores para proponerme un negocio. No me quiso decir de qué se trataba: «En mi oficina del Pedregal te lo explico. Te vienes a comer mañana», atajó. Llegué al día siguiente puntual a una mansión enorme, de esas que fueron típicas del Pedregal de San Ángel; no parecían oficinas. Un ujier me pasó a un comedor elegantísimo, con muchísimos lugares de cada lado. Éramos pocos: mi amigo, su novia, su socio y yo. Nos sirvieron una comida de tres tiempos acompañada de buenos vinos. Gracias a mis terapias en Cuba ya no estaba tan lisiado como antes; podía manejar y sentarme más o menos adecuadamente en una mesa.

Esperaba que durante el café entráramos al tema del negocio. Se veía que mi amigo tenía dinero, y mucho. Nos dijo que el café lo servirían en otro salón y hacia allá nos dirigimos. Subimos un tramo de escalera y llegamos a un espacio muy amplio, con un ventanal al frente que daba a un jardín cuidadísimo, de césped inmaculado, donde circulaban unos pavos reales majestuosos. Había tapetes persas, sillones de cuero y animales disecados: osos, tigres y venados. Nos sentamos mi amigo, su socio y yo alrededor de una mesa con una shisha, ese recipiente de vidrio con agua en la base y mangueras que permite que varias personas fumen al mismo tiempo, símbolo máximo de la conversación pausada en el mundo árabe. Al final, soltó el tema:

—Tú tienes un seguro médico que te cubre por incapacidad permanente. Si sabes cómo funciona, ¿verdad? Solo te indemnizan cuando estás en el puesto, porque lo paga el gobierno como una prestación. Si te corren mañana, el seguro no te da nada porque ya no eres nadie. ¿Comprendes? No es que yo crea que te van a correr, pero ¿qué tal si Fox corre a tus jefes? ¿O si tu jefe se va de candidato a gobernador? Tú mejor que nadie sabes cómo es la política.

La cantidad de la que hablaba era muy tentadora. Equivalía a cien veces mi sueldo mensual antes de impuestos; ni trabajando ocho años corridos y ahorrando todo juntaría esa suma. Pero tampoco me parecía correcto declararme incapacitado si aún podía trabajar.

—Piénsalo —me dijo—. Mañana me dices. Hoy tenemos los contactos para que el área de medicina del trabajo del ISSSTE vea tu caso rápidamente. Tú puedes hacerlo solo si quieres: primero pides una cita en tu clínica de zona —ojalá que te la dieran pronto—, después te darán un tratamiento que ya sabes que no funcionará, después te canalizarán con un especialista… ¿Le sigo? Lo puedes lograr, la cosa es cuándo.

—Y bueno, ¿ustedes qué ganan?

—El treinta por ciento.

—¿Qué? ¿Tanto?

—Solo es si quieres. Nosotros también tenemos que repartir.

Me despedí. El trayecto a mi casa era largo, como de tres cuartos de hora a buena velocidad. Fui cavilando sobre el asunto en el camino. Cuando llegué a casa, la decisión estaba tomada.

—¡Qué fuerte! —exclamó Citlali en voz muy baja, como asimilando el tema.

—Son momentos tan extraños… No hay mucho tiempo para pensar y, en unos pocos segundos, uno tiene que decidir sobre su propia vida. No razoné nada; fue una decisión que brotó de mi interior. Mi cuerpo fue el que me dijo que no podía seguir viviendo igual.

—Eso sí —asintió Citlali—. ¡Hay que escuchar al cuerpo!

—Volví a la oficina de mi amigo en el Pedregal a comunicarle mi decisión. Me recibió muy cordial: «Pásale a un bar chiquito que tenemos por acá». Era un espacio pequeño y agradable. «Te presento a mi amigo tal, es un empresario». «Mucho gusto». Estaba encendido un televisor mientras platicábamos de cualquier cosa, disfrutando de nuestros tragos. De pronto, el empresario se levantó, subió el volumen del aparato y nos dijo a todos: «Miren, ya va a conocer el noticiero de Lilly. Quiero ver si trae puesto el collar que le regalé». Sí lo traía. No pareció darle mucha importancia y, al poco tiempo, se marchó. Me quedé con mis conocidos. «Cuando cobres tu cheque en la aseguradora, nosotros no vamos a entrar. Te esperamos afuera y de ahí nos vamos al banco». «Está bien. Todo arreglado».

De nuevo el largo trayecto a casa. Repasé la escena del empresario y del collar. De pronto me vino a la mente el escándalo reciente que se atribuía en la prensa a la conductora Lilly Téllez, cuyos guardaespaldas habrían agredido salvajemente a unas personas por algún motivo poco trascendental. Sentí un ligero estremecimiento y un poco de sudor frío. «¡Bienvenido al mundo real!», me dije.

—Mugrosas ratas —exclamó Citlali, indignada, cuando terminó de escuchar el episodio.

Noche 43. Las Mieles del Caribe

—Hay un dicho que dice que estábamos mejor cuando estábamos peor, le dije a Citlali a manera de saludo.

—Cuando peor estuve de mi distonía, cuando no podía casi ni caminar, fue que descubrí las mieles del Caribe, en una ciudad tan llena de vida como La Habana. No la vida de cartelones de neón, ni la de restaurantes en terrazas elegantes, ni la de los conciertos. La vida. La gente que camina, que trabaja, que sufre, que llora, que tiene ilusiones…Estamos muy acostumbrados a llamarle vida a lo que no es. En Cuba, sin celulares, sin internet, la vida es la convivencia con los demás, así no haya nada que compartir, mas que la música de un viejo reproductor, o la charla con el amigo o la vecina, sobre cualquier cosa, como por ejemplo, las detalladísimas descripciones físicas de una persona. No voy a romantizar esa sociedad; detrás del bullicio se esconden tragedias y vidas dolorosas. Pero en mi caso, cuando peor estuve, fue lo que descubrí. Y aparte de todo, después de tocar el fondo, comenzó mi recuperación.

—¿Tan mal iba?

—En una ocasión que decidí ir a caminar por la zona del puerto, sobre la costera, me comenzaron a seguir unos niños, primero unos tres, luego cinco, luego muchísimos más, que me preguntaban porqué llevaba un vaso de agua pegado a los labios, y no supe que contestar. “Es un problema neurológico”, les daría igual mi explicación, si es que alcancé a articularla y ellos a escucharla. Pero me seguían fascinados, como si contemplaran a un faquir en el circo recostado sobre una cama de clavos. Hasta ese día comprendí la magnitud de mi problema. No es solo lo que yo sentía; sino también, cómo era la mirada de los demás.

Después de cobrar mi indemnización no tenía nada claro lo que habría que hacer. De la Secretaría de Agricultura me despidieron muy gentilmente, haciéndome saber cuán útil era y que esperaban seguir contando con mis servicios, ahora a través del mecanismo de honorarios profesionales.

—A la aseguradora que te pagó la incapacidad le tiene absolutamente sin cuidado lo que hagas con tu vida —me explicaron—. Si trabajas, o de qué trabajas, les tiene sin el más mínimo cuidado.

Así que podría seguir laborando como prestador de servicios, aunque ya no como funcionario. Con Agricultura logré algunos contratos temporales, no muy bien pagados; conseguí algunos otros con organismos internacionales que tenían que ver con el sector y para quienes mi experiencia resultaba valiosa.  Mi carrera profesional había llegado a una cúspide a la que era impensable regresar; como consultor no tenía ni currículo ni experiencia. Algo pude cosechar, sin embargo, en esa larga cuesta de bajada.

Los primeros años, entre un contrato temporal y otro, siempre me di tiempo para volver a Cuba. Aún me costaba trabajo desplazarme, pero ya había logrado caminar sin la gorra y el cinturón amarrado por la espalda. Seguía con los problemas de audio, pero con los intereses de lo que tenía depositado en el banco no hubo impedimentos para regresar a la isla.

—¿Por qué no te vas mejor a República Dominicana, a Jamaica o a otro lado? —me preguntaban algunos parientes y conocidos.

—Porque tengo que ir a ver a mi doctor.

Mi obsesión por volver a Cuba tenía mucho que ver con mi afición por recorrer en el carro todo el Malecón, la Quinta Avenida, pasar por Jaimanitas y llegar a las playas de Baracoa, que eran de arena menos blanca, menos extendidas y algo rocosas, pero con mucho sabor por ser uno de los balnearios a los que va la gente de allá. El oleaje era suave y el ambiente familiar, pues casi no iban turistas y no se percibía la atmósfera libertina de otros lugares. Al regreso a La Habana, con la luz crepuscular, iba siempre con los ojos bien abiertos para detectar cualquier ciclista que se me pudiese atravesar y, obviamente, a alguna joven con necesidad de solicitar transporte o lo que fuera.

Así conocí a la mamá de Evita. Ella era una chica menuda, de tez blanca y cabello muy alborotado que, desde que se subió al auto, me hizo reír mucho con sus ocurrencias y su forma de hablar. La traté muchas veces, sin ningún compromiso; me daba tiempo de conocer a otras muchachas y también pasarla bien. Su familia practicaba la santería, pero de una manera bastante light y casi podría decir que más por folclore que por convicción. Sus relatos de las deidades de origen africano me entretenían y pronto me aprendí los colores asociados a cada una de ellas, la forma de vestir de las novicias y de las iniciadas, entre otras cosas. A veces nada más íbamos a la Marina Hemingway a tomar un helado y pasar el rato. Un día llegó con Evita, su niña de unos cinco años, muy risueña y despierta. Paseamos algunas veces como si fuésemos familia. Un día, circulando por el Malecón, Evita se soltó diciendo lo que quería ser de grande:

—Yo quiero tener mucha ropa buena, comer muchos helados y tener mi yuma para que me pasee.

Pasó la tarde y por la noche seguía desconcertado. En Cuba un yuma es un extranjero; que Evita quisiera tener uno… Fue una reflexión que marcó un antes y un después en mi forma de percibir la realidad cubana. Terrible.

Regresé a México con un sabor agridulce. Desde hacía tiempo me había dado cuenta de que en Cuba se vive en una especie de prisión: siempre con una carencia de algo tan básico como papel o jabón de baño; siempre con el cuidado de no hablar del régimen, ni siquiera en privado; siempre con el miedo de tener a la policía por detrás, pues para sobrevivir todos tenían que cruzar las líneas de una legalidad que ni siquiera estaba bien trazada. El comentario de Evita fue como un mazazo en la cabeza. Había visto la carencia de proyecto de vida y de futuro entre los jóvenes, pero nunca se me había ocurrido que esa mentalidad de supervivencia en la adversidad permeaba también entre los niños. Me comenzó a entrar un mal sabor de boca, sin que llegara a ser una condena moral. Yo no hacía el mal a nadie… y sin embargo, también era parte del todo. Por aquellos días dejó el poder Fidel en manos de Raúl; se avecinaban cambios y se esperaba la entrada masiva del turismo norteamericano. Más o menos así tomé la determinación de no volver a Cuba. Desde el año 2006 no he vuelto.

Citlali estaba indignada con este último tramo del relato. Le caló muy hondo la historia de la niña Evita. Pero atinó a preguntarme, casi con desgano, temiendo mi respuesta:

—¿Y no extraña seguir yendo para allá?

Casi le pude adivinar el pensamiento. No podría negarle mi gusto por esos viajes; había llegado el momento de franquearme con ella. Mi repulsión al sistema no le bastaría; tendría que decirle que sí extrañaba, y mucho, ese «Palacio de las Bellas Durmientes» al que nunca volví. Sí, Cuba era como ese palacio de Kawabata: un lugar de refugio para hombres maduros que buscan recuperar una juventud que se les escapa. Omití relatarle que después de Cuba hice muchos otros viajes a Colombia —otra sucursal del Palacio—, con mujeres encantadoras y paisajes esplendorosos. Tal vez algún día, si lo encuentra, le regalaré un ejemplar de unos relatos que escribí al cumplir mis cincuenta años, Cincuentenario, donde constan mis andanzas por allá y se narra una Historia que no fue de amor.

—Citlali, no pienses en Cuba, piensa en mí —le pedí—. Con la intensidad de los trabajos que tuve y con esa distonía que me descuadró la vida, emocionalmente no crecí. Con la mente me quedé atorado en el tiempo de mi juventud. Mi cuello dejó de responderme, mi marcha y mi habla se volvieron difíciles y lentas. Yo tenía apenas cuarenta años y muchas necesidades vitales. Socialmente me quedé perdido, totalmente desubicado. Las mujeres de mi edad siguieron su vida, tuvieron sus experiencias, sus familias, sus desengaños, todo lo que es normal. Yo no tuve ese desarrollo. Haz de cuenta que un día me dormí con veinticinco años, apenas saliendo del cascarón —tardíamente lo reconozco—, y amanecí después a los cuarenta. Tengo esa fijación por las mujeres jóvenes y guapas, las que no tuve y las que ya no tendré. Me quedé suspendido en el tiempo, si lo quieres ver así.

—En el espejo es un hombre mayor y en su deseo es un adolescente —concluyó Citlali—. ¡Qué cosa!

Noche 44. De Regreso con las Bellas Durmientes

Esa noche regresé de un viaje que hice a la CDMX. Citlali ya estaba en la biblioteca, memorizando los músculos y los huesos del cuerpo humano en preparación para uno de sus exámenes de enfermería.

—Ya necesitaba un break —me dijo, y cerró su libro—. Cuénteme cómo le fue. Me imagino que se divirtió mucho.

—Me gusta ir a la ciudad para cambiar de rutina. Muchas tardes saco mi bicicleta y me voy a pasear por las calles de la capital; siempre es entretenido. Por ejemplo, ayer me tocó un festival de las iglesias cristianas a un costado del Monumento a la Revolución… De ahí cruzo hacia la Calzada México-Tacuba -que ahora se llama México Tenochtitlan, y me interno por las calles de la colonia Buenavista, muy conocidas por la presencia cotidiana y constante de sexoservidoras. Me gusta pasar por ahí nada más para mirar, y descubrir alguna que esté guapa. Digamos que, de diez, tal vez una.

—Vaya hobby —exclamó Citlali—. Podría tener otro más creativo. Pero sígale, ya me dio curiosidad.

—Esas chicas añaden un toque de folclor al paisaje urbano. Me imagino que yo también se lo añado: un adulto mayor circulando en bicicleta de montaña de última generación. Ahora que fui, vi a una chica muy linda y me detuve a preguntar lo obvio en esos casos, solo para tener chance de mirarla más de cerca. La chica era una migrante venezolana, muy alegre. Le dije que volvería; seguí dando vueltas por las calles por un rato más, pensando en ella, en que no había desayunado, según dijo, y decidí regresar a darle algo de dinero para que se comprara algo. «Pero han de ser arepas», me advirtió. «Lo que quieras», le dije.

Desde ese día me entró la curiosidad de dejar el voyeurismo y contratar a alguna. A mi edad mi libido ya está algo disminuida y, si no se logra nada, no me importa; a las chicas mucho menos. Los días siguientes di varios paseos, sin éxito, pero la constancia da resultados y una tarde, después de dar vueltas sin encontrar a ninguna de mi agrado y ya habiendo emprendido la ruta de regreso, la divisé en una esquina: alta, morena clara, pelo largo, negro lacio, falda corta, tacones altos. No recuerdo los detalles de su outfit, pero en conjunto se veía bien, nada vulgar.  Y un detalle final que la volvía más llamativa: sostenía un colorido paraguas para protegerse del sol.

Me acerqué. Están muy acostumbradas a que los clientes les quieran hacer conversación, así que en fracciones de segundo hay que decidir si uno va o no. «Va», le dije. Caminamos pocos metros hasta un hotel; no hubo necesidad de registrarse, solo pagar, y nos asignaron una oscura habitación de planta baja para que metiera la bici sin dificultad.

—Siga contando —dijo Citlali, mientras un leve rubor purpúreo le encendía las mejillas.

El baño preferí no conocerlo; desde la puerta se veían muebles corrientes y mosaicos muy básicos. Me tendí en la cama con la ropa puesta: me dan temor los ácaros y la plaga de chinches que se reportó hace poco en la ciudad. Mientras tanto, ella se desvistió completamente y le vi un cuerpo sensacional. Ella quería pasar a la acción de inmediato, pero yo no estaba listo; me hacía falta la estimulación de su cercanía. «Acércate», le pedí, y lo hizo; así le acaricié el cabello un largo rato mientras alababa su belleza. «Espera a que esté listo», le dije, y así se abrió un espacio íntimo para nuestra conversación.

Algo logré captar de la historia de su vida; aunque claro, habrá vacíos y muchas inconsistencias, pero hay situaciones que son reales. Ella es hija de una familia de ganaderos prominentes del estado de Michoacán, y vivían en una localidad cerca de Zamora. Evocó su infancia y juventud con alegría: solía salir a montar a caballo y recorrer los potreros de la familia, divisar las vacas, ir al galope junto con otros familiares y amigos. Al cumplir los dieciocho años el padre le regaló un Mini Cooper nuevecito, de agencia, y lo gozó bastante con sus amigas en sus salidas nocturnas a las poblaciones con mayor vida social. Llevaba una vida de princesa, según relató, pues era la consentida del padre y le cumplían todos sus caprichos. Del capítulo educativo no salió nada.

Un día inesperado el padre la llamó para comunicarle que uno de sus amigos, un ganadero todavía más próspero, estaba interesado en ella para un compromiso matrimonial. Ella salió huyendo; no se imaginaba estar con ese hombre tan mayor para ella, y menos que su padre fuera quien estuviese detrás de ese arreglo entre familias, fortunas y hatos ganaderos. El padre insistió, trató de imponer su autoridad, sin éxito. Una noche, por impulso, por repulsión al futuro que le esperaba, decidió huir de la casa y se dividió a la Ciudad de México. Lo dejó todo, pero no quería dejar ahí su libertad.

Viene una etapa sórdida en su vida. Supongo que saldría con algo de dinero cuando se escapó y que la caída sería gradual, de poco en poco: primero buscando empleos cualesquiera y, después, alguien la alertaría en la actividad del sexo servicio. Me cuesta imaginar ese brinco, de los potreros del Bajío y los cielos luminosos a las banquetas atestadas de gente y mercancía en las calles de La Merced, las más promiscuas y degradadas de la ciudad. Ahí se ofreció a los clientes; ahí y también en Sullivan, y luego también en las calles de la colonia Buenavista donde la encontré. No sentí que se victimizara en ningún momento; todo su relato giraba en torno a la conquista de su libertad. Decía que el sacrificio valía la pena, pues estaba construyendo su futuro. Lo dudé, pero no dije nada; no hay derecho para quebrar una ilusión.

Dijo que la tarifa que cobraba en estas zonas era baja, pero que se compensaba con creces por la cantidad de servicios que surgían, y que gracias a ello ya había construido un pequeño capital, que había adquirido varias hectáreas de terrenos forestales en la sierra de Puebla y que pensaba hacer en el futuro unas cabañas rústicas y caminos para el disfrute de los visitantes. Con escepticismo, pero con interés —pues al menos la chica tenía bastante imaginación en caso de no ser cierto su relato—, visualicé esos cerros arbolados, con bosques tupidos de clima frío, como los que tiene un amigo mío por esos rumbos. También evoqué los cerros de mi propio rancho y lo difícil que fue hacer caminos en la topografía de las montañas. «Hice los caminos en forma de S —me dijo—, es la única forma de poder ascender, en zigzag». Le comenté que así eran los míos y que me gusto recorrerlos en mi cuatrimoto. Le brillaron los ojos. «¿Tienes moto? Yo tengo un Rzr». Me sorprendió mucho; no cualquiera conoce lo bien que se adaptan esos vehículos a la montaña. Me estaba comenzando a creer todo el relato y fue cuando exclamé: «Pues tienes más dinero que yo». Creo que sonrió y lo tomó como un cumplido.

«¿Nunca te ha sucedido que el cliente se ponga terco, y quiera hacer algo a lo que no estés dispuesta?». Me miró por un instante, recogió uno de sus tacones de punta alta del piso, los meneó en el aire con fuerza y me preguntó que si sabía para qué pudiesen servir. Poco después el tiempo se agotó, se vistió, se puso los tacones de largas puntas afiladas, tomó la sombrilla —también termina en una punta, por cierto— y se marchó.

Citlali se incorporó de pronto en su sillón.

—Acá en el pueblo no hay nada de eso, ya lo habrá notado usted, tan observador, en sus paseos en bicicleta. Mis primos que han salido a trabajar a otras ciudades las llaman «pirujas» o «cuilas», o por otro nombre, y a nadie le interesa saber por qué acaban así.

Actuaba como si estuviera muy enojada conmigo, pero no logró esconder del todo su asombro y su curiosidad.

—Es una historia nada más —respondí—. Hay una parte de ambición genuina, porque aspira a un porvenir mejor con sus bosques y sus cabañas. Hay una actitud de rebeldía, cuando decide dejarlo todo por no casarse con quien ella no quería. Y hay una actitud de cautela, con sus tacones y su paraguas para zumbarle al cliente.

—Si fuera tan digna no se habría metido en eso —me rebatió Citlali. Guardó silencio por unos instantes y luego me encaró—: ¿Y usted qué? Aquí veo el cuarto lleno de novelas como para que tenga que ir a esos lugares a escuchar una.

—No me regañes. Te conté esta historia porque es una pequeña ventanita por donde te puedes asomar al «Palacio de las Bellas Durmientes». Un día te prometí que te dejaría asomarte; ahora ya sabes un poco más de qué se trata.

—¿De lujuria…? —preguntó un tanto temerosa.

—No. De soledad.

Noche 45. El Citlaltépetl. El Sueño de un Imperio

Era mayo y el calor es fuerte en esa época del año. Tenía abiertas las ventanas —una que da a la laguna y la otra que da al cerro— para que corriera el aire cruzado. Bendije la hora en que mandé colocar los mosquiteros. Pasé la tarde leyendo un libro ilustrado sobre la vida cotidiana en la Gran Tenochtitlan y, al anochecer, como de costumbre, apareció Citlali.

—¿Sabías que el Cerro de la Estrella en Iztapalapa no se debería llamar así? —le pregunté—. En náhuatl su nombre era Huizachtépetl, o «Cerro de los Huizaches», pero a los españoles se les ocurrió bautizar a una hacienda de por ahí con el nombre de La Estrella y por eso el cerro de atrás cambió de nombre.

—Póngale así a su cerro, el Huizachtéptl, al fin es lo que abunda por acá.  ¡De Iztapalapa para el mundo! —y festejó su ocurrencia con una sonrisa.

—Preferiría llamarlo el Citlaltépetl, pero me temo no estar a la altura.

Citlali captó rápido el piropo.

—Pues échele ganas —dijo ella un poco ruborizada.

Desde muy chico, cuando la abuela Omma nos repartió el rancho, tuve la sensación de que era dueño de un territorio muy grande. Yo era un chico callado y muchas horas me las pasaba imaginándome situaciones o eventualidades: desde las típicas, como «así seré cuando sea grande», hasta las absurdas, como cuando me sentía el Corsario Negro después de leer una novela de Salgari.

Este cerro que ves, desde niño, lo asociaba con un imperio en el cual reinaba. No eran sueños concretos, como los de quienes piensan en poner vacas o construir mansiones; era un imperio real que tenía sus fronteras, sus lugares icónicos y sus regiones diversas, como el llano, las laderas, las cumbres y la «región laguna», que no era sino un socavón con vista hacia la presa. En mi mente cada lugar formaba un territorio del reino que yo gobernaba. Cuando llegábamos de fin de semana y plantábamos con mi padre un guayabo, yo tenía la fantasía de que habíamos llevado progreso a la región baja. Siempre vi este cerro a través de una lupa enorme que todo lo magnificaba y me hacía sentir importante, único y diferente. Fue mi caparazón mental para refugiarme de todo lo que en el mundo me pudiese resultar hostil. Aunque no viniese aquí, mi mente siempre estuvo divagando por estos lugares.

—¡Vaya con el Corsario Negro! —dijo Citlali con una sonrisa suave, casi conmovida—. O sea que mientras todos pensaban que usted contemplaba el horizonte, en su cabeza gobernaba llanos y conquistaba cumbres.

—Es algo que nunca se lo había contado a nadie. Me hiciste recordar el plano del rancho que pegué en mi pequeñísima habitación cuando estuve estudiando en Inglaterra. Aún ahora tú ves esta biblioteca y este cerro, pero yo me siento como un rey viejo que tiene su castillo bajo asedio. Cuando nos dividimos el terreno entre mis hermanos y yo, el mayor vivía fuera de México, pues ya había iniciado su carrera diplomática. El menor, Fernando, también tenía un gusto enorme por este lugar. Primero veníamos con nuestros padres; después, cada uno por su lado.

Cuando la abuela Omma decidió formalizar la entrega del rancho entre sus nietos, agrupados por familias, nos propusimos la meta de hacer una casa a la altura de nuestra herencia. La fracción que nos tocó albergaba lo que fue el casco antiguo, que no eran sino unos jacalones de adobe y teja ubicados en forma de L alrededor de un corral, que en su tiempo sirvió para la engorda de animales. Mis padres ya habían hecho una pequeña adaptación en una de las alas y quedó una casita pequeña, bastante rústica, pero a la que llegábamos muy contentos de vez en cuando. De ahí salimos muchas veces para explorar el cerro. Lo veíamos desde abajo y siempre sentimos la curiosidad de llegar hasta la cima. Primero se atravesaban unas milpas de maíz, a las que llamaban «joyas», y luego la pendiente aumentaba y comenzaban los matorrales, la selva baja o el «malpaís».

Había un sendero que llegaba hasta arriba, que zigzagueaba acomodándose a la topografía, de esos que no se hacían con maquinaria, ni siquiera con pico y pala, sino que nada más existían por el paso continuo de quienes los transitaban. Por lo que entiendo, lo recorrían el cuidador de la abuela Omma, algunos de sus hijos y nietos, y algunas señoras del pueblo, a las que muchas veces vi subir con unos pequeños costalitos para buscar tierra de monte para sus macetas. A veces perdíamos el rastro de la vereda, por lo que siempre era una precaución necesaria ir con un machete para abrir brecha.

A medida que subíamos se notaban cambios en la vegetación. A una altura media solo había nopaleras y algunos árboles bajitos de copal, casi famélicos por la escasez de suelo vegetal, y uno que otro zapote blanco, que se distinguía por tener siempre sus hojas verdes aún en las épocas más canijas del estiaje. Más arriba proliferaban unos árboles de copa muy alta y de hoja escasa, muy fina, como la de las jacarandas, a los que la gente llama tepehuajes. También había abundancia de una variedad de árbol que no alcanza más de tres metros de altura, llamado timbre, que adopta unas formas retorcidas y caprichosas, casi fantasmagóricas. Por todos lados había maleza y malas hierbas; después de esos recorridos terminábamos con las agujetas, los calcetines y los pantalones cubiertos con unas espinas de cardo silvestre, muy difíciles de quitar. Siempre había que tener cuidado de los alacranes al mover alguna piedra o un trozo de madera a medio podrir.

La subida al cerro no era precisamente lo que uno se imagina por la palabra paseo; sin el aliciente de saber que estábamos escalando nuestro propio terreno, probablemente nunca la hubiéramos vuelto a hacer. En las secas era muy extenuante por el calor; en las lluvias, por el esfuerzo de ir abriendo paso a machetazos y por las ampollas que no tardaban en aparecer en las manos, tan poco acostumbradas a este tipo de labor. Ya en la cumbre nos dábamos el lujo de destapar nuestro refresco —en aquellos tiempos habría sido insólito pensar que alguien hubiese cargado una botella de agua—, nos sentábamos a descansar en algún claro, volvíamos a recurrir al machete para poder contemplar algo del paisaje, con el pueblo tendido por un lado y el lago con su oleaje y sus veleros por el otro, y emprendíamos el camino de regreso, que no era fácil, pues frenar con las piernas también cansa. Nuestro gusto era reconocer lo nuestro, y la satisfacción de alcanzar una meta difícil. El cerro, enorme y majestuoso, no era un espacio al que uno pudiera invitar a sus amistades para ir a pasear. Ahora, a la distancia, me doy cuenta de lo solitarios que eran esos recorridos, y creo que también eso sería parte de mi gusto. En esas caminatas puedo recordar el rostro de mi padre, el de mi hermano Fernando y creo que de nadie más.

En uno de esos paseos identificamos con mi padre un lugar que nos pareció ideal para construir una nueva casa. Era un paraje justo en el espolón del cerro, con el pueblo al frente, una barranca a un lado y la vista de la presa al otro, a una altura considerable a partir del nivel de carretera, pero a menos de un tercio de la altura total del cerro. Ese día íbamos con un amigo de mi padre, un intelectual que subió vistiendo saco. Fue mi padre el que dijo: «Aquí». No señalizamos con nada, pero ese «aquí» se convirtió en el referente para la nueva construcción: como el islote de los aztecas para la fundación de la Gran Tenochtitlan.

Los terrenos que nos dio la abuela Omma aún no los dividíamos entre mis hermanos y yo; el predio era como un lienzo en blanco. Podíamos hacer lo que quisiéramos sin salirnos de nuestros linderos, que siempre los vi lejanos. Nunca los recorrí, pues eran líneas rectas cerro arriba que atravesaban cañadas, rocas, desfiladeros y partes de montaña.

Con mi padre definimos el lugar para nuestra nueva casa, pero con mi madre hicimos la ejecución. Ella siempre fue la pragmática, la que verdaderamente hacía que las cosas se realizaran en nuestra familia. Yo era el del entusiasmo, a diferencia de mis hermanos, que no participaron en la construcción. Venía a Valle de Bravo con ella a ver al arquitecto; ella era la de los contactos y los conocidos. Le señalamos, más o menos, dónde se ubicaría la casa y al poco tiempo nos entregó un bosquejo. Sería una vivienda estilo vallesano, no muy grande, y lo principal —en lo que más insistió el arquitecto— tendría una orientación al sur, es decir, hacia el pueblo, y no hacia la laguna, como nosotros queríamos. Al poco tiempo él enfermó y dejó de dirigir nuestro proyecto.

La orientación fue ese pequeño gran consejo que nos ha permitido disfrutar la casa; pues si la hubiésemos puesto hacia el poniente, a las tres de la tarde habríamos tenido que bajar las cortinas y a las cinco salirnos a algún lugar, porque el sol es inclemente, sobre todo en el verano. Salvo ese consejo profesional que valió oro, todo lo demás lo hicimos con el método empírico. Contratamos a un maestro de obras en lugar de un ingeniero; en el tema de la electricidad nunca pensamos hasta que la casa estuvo terminada y lo mismo ocurrió con el bombeo de agua, que se resolvió hasta el final.

Construimos la casa con el corazón. Me parece que los técnicos nos hubieran desanimado si hubiesen señalado todos los obstáculos que habría que vencer. Logramos terminar esa obra sin mayor problema. La electricidad llegó por cable aéreo, sin cálculo previo; o sea que, por puro milagro, igual y nunca hubiera llegado. La bomba de agua nos salió barata gracias a las buenas gestiones de mi madre: una bomba rehabilitada que dio servicio por más de veinte años sin descomponerse.

Noche 46. Un Territorio. Dos Mundos

Citlali entornó los ojos, tratando de descifrar los títulos de unos libros amontonados en la estantería, apenas iluminados por la luz mortecina de la sala.

—Ensayo sobre la ceguera —leyó en voz alta, pasando el dedo por el lomo—. Qué nombre tan raro. ¿De qué se trata?

—De una epidemia donde la gente se queda ciega de repente, pero no ven oscuridad, sino un mar de leche blanca —le contesté, acomodándome de lado—. Al final, el autor te demuestra que la peor ceguera no es la de los ojos, sino la de la mente. Hay personas que ven perfectamente bien, Citlali, pero eligen no ver por pura comodidad. El autoengaño es el mejor refugio para mantener la paz.

—. ¿Quién se quedó ciego en esta historia?

—Todos nosotros. Tardé años en entender que en este cerro convivíamos bajo un pacto de ceguera voluntaria.

La convivencia en el rancho de Valle de Bravo pronto dio un giro inesperado. Teníamos dos casas: una sencilla, la de abajo, que había sido parte de las galeras del antiguo rancho; y la de arriba, más moderna y amplia. La de abajo la rentó mi madre por un tiempo a los guardaespaldas del señor gobernador —quien también tenía su propiedad en el rancho que fue de la abuela Omma—; otro tiempo estaría desocupada.

En algún momento mi hermano Fernando tomó la casa de abajo para él; la adornó muy a su estilo, con algunas antigüedades que encontraba por aquí y por allá, y le hizo algunas adaptaciones, como una pequeña pileta de agua, un horno para pan, un temascal y un baño seco. Había vivido algunos meses en la costa, en Puerto Ángel, y de allá trajo varias de esas ideas. Habilitó otra de las galeras del antiguo rancho como bar, colocó una barra grande de madera, la adornó con muchas botellas vacías y varias veces organizó algunos convivios agradables con primos nuestros.

—A ver, eso está curioso —intervino de pronto Citlali—. Eran tres hermanos y eran dos casas, y un hermano no venía, así que les tocaba de una casa por persona a ustedes dos, que estaban solteros.

—Y seguimos.

—A lo que voy. Yo me habría juntado con toda mi familia a cenar, jugar a la baraja o ver películas, y habría alquilado la otra casa, y con ese dinero pues hubiera hecho algo: comprar macetas, comer cecina en el mercado o lo que fuera.

—Fernando y yo, que crecimos juntos, jugamos al futbol juntos, estuvimos en el mismo internado y compartimos habitación por muchos años, de pronto nos volvimos dos extraños. Él traía sus ideas de cuando vivió en Puerto Ángel; por aquella época estaba muy metido en el tema de la sustentabilidad, reciclar cosas, hacer compostas, germinar trigo y bañarse en un temascal. Yo siempre tuve gusto por el campo, pero de ahí a sacrificar mi comodidad, tampoco…

—Pues yo creo que debió de haber habido algo más —insistió Citlali—. Pudo haber horneado su pan allá arriba, en la otra casa, con ustedes, germinar su trigo y todo eso…

—Seguro, debió de haber habido algo más. No me lo tomes como una mala respuesta, pero ¿cómo quieres que yo sepa lo que rondaba por su cabeza? Así funcionamos durante algún tiempo: Fernando en la casa de abajo y los demás en la casa de arriba, los que fuimos quedando. Primero faltó mi padre, a quien le tocó disfrutar la casa por poco tiempo. En las mañanas le gustaba trabajar en el campo; a él le debemos los pinos que hay en la calzada y que nos dan sombra todas las mañanas. Luego faltó la abuela Omma, quien murió a tres meses de cumplir los cien años, y fue quien nos dejó las tierras. Mi hermano Gabriel y su familia vinieron muy poco, pues cuando tenían oportunidad de regresar a México se quedaban en la capital visitando parientes y amigos. Mi madre dejó de venir con tanta frecuencia; muchas veces se quedaba en la ciudad acompañada de su ahijada, a la que adoptó como una hija, y de los hijos de ella, que fueron como sus nietos, a los que sí tuvo oportunidad de frecuentar.

Así que en Valle de Bravo éramos Fernando abajo y, arriba, yo, en la casa familiar. A él le tocaron terrenos muy buenos, con bonitos bosques y fácil acceso, y ahí levantó dos cabañas muy rústicas, de adobe y teja, sin servicios, pero ahí le gustaba ir a pasar el día y organizar algunos convivios con sus amistades. Mi madre, que era buena para poner nombres a los lugares, lo bautizó como El Catire. Curiosamente, nunca encontramos un nombre para la casa nueva, la del cerro.

Para llegar arriba tenía que pasar obligadamente por la casa de abajo. A veces veía a Fernando haciendo algo de jardinería, lavando su carro o haciendo cualquier otra cosa, pero pronto me llamó la atención que casi siempre le ayudaba un muchacho bastante joven, prácticamente un niño, lo que no es inusual en estas zonas semirrurales. Me daba la impresión de que no le daba gusto encontrarse conmigo. Varias veces me hizo la observación un primo mío de que había visto a Fernando allá abajo. No tengo clara la secuencia de las cosas, pero se fueron juntando algunos indicios que nos hacían arquear las cejas.

Fernando comenzó a descuidarse un tanto en su aspecto físico: no se rasuraba, utilizaba ropa desgastada, muy holgada, a veces sucia con barro, y se ponía algún sombrero de paja no muy reluciente. Mi hermano Gabriel, una vez que vino, lo describió como un clochard. Después no lo veía nada más con ese chico, sino que el círculo fue creciendo hasta volverse una pequeña pandillita de seis o siete muchachos, todos ellos muy jóvenes, digamos que adolescentes, y por su aspecto, todos de condición humilde. Organizaba con ellos paseos a otros pueblos y comunidades de la región, traían plantas y cactus exóticos, así como piedras grandes que fueron adornando su Catire. Él era el director de orquesta y no dejaba de ser llamativo verlo con su séquito. Todos lo vimos circular alguna vez por los caminos del rancho con su pandilla, a la que alguien nombró un día como «la banda del camioncito blanco», pues utilizaba un Nissan tipo estaquitas. Con su banda hizo más adobes y algunas otras construcciones, como un gran tejado rústico donde a veces guardaba un auto Audi TT deportivo lujosísimo, en marcado contraste con el lugar.

Nunca dialogué con él sobre esta forma tan peculiar de convivencia que tenía con su banda. Mis primos me insistían en abordar el tema para darme sus teorías, y siempre procuré esquivarlo como mejor pude.

—Pues me parece que no habría que darle tantas vueltas al asunto —me interrumpió Citlali.

—Las instalaciones de El Catire eran para pasar el día. Fernando seguía pernoctando en la casa de abajo. No recuerdo cuáles fueron las circunstancias exactas, si alguien me dijo o yo me di cuenta. El hecho es que amanecí un domingo, comuniqué por teléfono mi decisión a mi madre, tomé mi cuatrimoto y bajé a la casa de abajo. Sin más trámite me metí. En una habitación estaban dos muchachos tendidos en el suelo, fumando; en mi carácter de copropietario les pedí, o les ordené, que se salieran. En las siguientes habitaciones, lo mismo. No conté a cuántos muchachos desalojé ese día de mi «copropiedad», pero fueron varios. Salían entre desganados y desconcertados, pues siempre pensaron que tendrían la protección del «licenciado Fer».

Él no estaba en ese momento, pero regresó después del desalojo de esa gente. Estaba furioso. Me recriminó haber invadido su privacidad y su vivienda; algo alegué de que esos muchachos tenían malos antecedentes, mala fama pública y que había evidencias de su consumo de sustancias. No logré aplacar su ira. Solo al final soltó una frase: «Me siento absolutamente solo». No dije nada; no supe qué. Al paso de los días acordamos entre todos, con mi madre, que esos jóvenes no podrían seguir ahí. Así se hizo. Pero la diferencia de fondo nunca la abordamos.

—Oiga —dijo Citlali—, a mí me queda clara cuál es su onda. Usted es el que no quiere ver.

—Hay una vivencia de hace muchos, muchos años que decidí enterrar para siempre en mi memoria, pero que vuelve y vuelve, como ahora. De la manera más casual, en la casa donde vivíamos antes, en la avenida Constituyentes, me di cuenta de algo a través, digamos, de un pequeño detalle. Como si yo fuera a tu estética a cortarme el pelo y un día te dieras cuenta de que uso peluca.

—Eso jamás pasaría. Me daría cuenta a la primera.

Noche 47. Don Quijote Cabalga de Nuevo

 

Era una tarde lluviosa. La bruma no permitía distinguir desde la ventana las torres de la iglesia, que son las que primero aparecen a la vista. Los vidrios estaban empañados, además. Citlali se paseó frente a la estantería, tomó un libro de arte un tanto al azar, y hablando consigo misma, en voz muy baja, alcancé a escuchar:

—A veces me pregunto qué pensaría su abuela Omma si viera que su cerro se volvió el escenario para  los pleitos familiares.

—No lo pensaría. Sencillamente no hubieran sucedido. Los tlatoanis y los sumos sacerdotes, cuando más hacen falta, es cuando ya no están.

 

 

Poco después del desalojo de «la banda del camión blanco», Fernando dejó la casita de abajo y comenzó a instalarse en sus cuartos de adobe en El Catire. Fiel a sus costumbres, instaló un calentador de leña, compró unas lámparas de gas o petróleo, jaló una manguera y se hizo de los servicios básicos: todos menos la electricidad. Me parece recordar una escena en la que dijo: «Madre, te entrego tu casa», pero no estoy totalmente seguro. Sin embargo, con el tiempo me pareció que disfrutaba mucho de su Catire y que las diferencias del pasado habían pasado a segundo término. Cuando venía mi madre conmigo, Fernando siempre pasaba a saludarla y ella siempre lo invitaba a desayunar o cenar; conmigo el trato era cordial, pero mínimo.

Por aquellas épocas sufrimos algunos robos en la casa. Primero fue el tanque de gas y luego algunos otros artículos sin mucho valor, pues es una casa de campo. La alarma surgió cuando se robaron unos tubos de cobre, posiblemente del calentador. Teníamos un cuidador que vivía abajo; llevaba yo buena relación con él por aquel entonces y de él nació la hipótesis de que los hurtos podrían ser atribuibles a los muchachos del camión blanco. El fierro viejo ya tenía desde entonces un buen valor de reventa. No lo comprobamos nunca, pero yo me quedé con la certeza de que fueron ellos. Habían migrado, poco a poco, junto con Fernando hacia El Catire. Desconozco si pernoctasen ahí, pero Fernando muchas veces se refería a ellos como sus trabajadores, así que tenían libertad para entrar y salir del rancho. Alguna vez le comenté mis sospechas, al igual que lo hizo mi madre. Fernando se irritaba bastante apenas se mencionaba el tema de esos jóvenes; varias veces nos dijo que éramos unos prejuiciados, que sospechábamos de la «gente pobre» sin ninguna base y que, en todo caso, fuéramos al Ministerio Público a poner una denuncia. Nunca lo hicimos. Pero se siguieron acumulando incidentes en torno a los muchachos del camión blanco, algunos de ellos menores, hasta que ocurrió uno mayor.

Hay unos caminos que interconectan las propiedades de nosotros con las de mis tíos y primos. Una noche se acercaron en el camión blanco hasta la casa de mi tío Felipe para recoger un cable de alta tensión que supuestamente estaba caído por ese lugar. Algo les falló, pues hay muchos desniveles y barrancas: el cable dio un chicotazo contra las líneas que alimentan la casa del tío y provocó un cortocircuito masivo que fundió refrigeradores, televisores y otros aparatos. Tal vez no se percataron de lo ocurrido, o tal vez fueron osados y temerarios. A la mañana siguiente regresaron para intentar de nuevo hacerse de ese cable. Los vigilantes de mi tío ya se habían percatado del incidente de la noche anterior; no fue extraño que los detectaran de inmediato en cuanto volvieron. Por alguna circunstancia, mi tío también estaba presente. Esperaron a que bajaran del camión a buscar el cable y, cuando se alejaron un poco, mi tío se metió a la cabina y simplemente retiró la llave.

No me queda claro cómo se desarrolló el escándalo. Supe que en los días posteriores ingresaba una patrulla de seguridad pública al rancho para hacer rondines. Mi tío presentó una denuncia formal y hubo las diligencias correspondientes, en las que apareció Fernando en su calidad de «patrón» de los muchachos. Me parece que hubo algún tipo de arreglo económico entre ellos; mi tío les otorgó el perdón para que quedaran libres e inclusive recuperaron el control del camión blanco. Por mi madre supe que Fernando tendría un desayuno con mi tío para aclarar las cosas.

—¿Cómo le fue? —le pregunté después.

—Muy bien —me contestó ella—. Dice Felipe que platicaron muy a gusto sobre el petróleo.

Con el tiempo fui conociendo más detalles sobre la relación de mi hermano con esos muchachos. Él los apoyó económicamente para que hicieran algunos emprendimientos que no prosperaron. A uno de ellos lo mandó a trabajar con un amigo a Puerto Ángel; terminó mal, parece que hubo un incidente de robo. Les construyó unas viviendas en otro predio que él tiene; por ahí siguen hasta la fecha. Aparentemente les da algún trabajo de mantenimiento o de jardinería; la verdad es que ya no me interesa. A uno de ellos lo asesinaron en Tepic por motivos que desconozco; otro estuvo preso en la cárcel de Valle de Bravo; todos tienen mala fama en el barrio donde viven y me dicen que ya no salen, pues los vecinos ya se hartaron de ellos. En una ocasión mi madre fue a ese predio donde habitan —pues ella fue la que se lo donó a Fernando— y me cuentan que se deprimió muchísimo al ver a «unos muchachos arrastrados en el piso, con los ojos vidriosos, drogados». De todos ellos, que parece son familiares, solo una muchacha salió adelante. Nunca he hablado con Fernando de ese tema, pero me parece que es su «experimento de redención social».

—Parece serie de televisión —soltó Citlali, una vez que terminé el relato. No me había interrumpido ni una sola vez, como solía hacerlo—. El niño rico que ayuda a los niños pobres… —dijo de pronto—. Ese guion ya me lo sé. Van a salir todos raspados. Pero dígame, ¿su madre intervino en algo?

—Creo que nunca supo cómo intervenir: ni en la vida de Fernando, ni en la diferencia entre nosotros dos. Ella tenía en su sangre, en su ADN, esa necesidad vital de ayudar a los demás. Trabajó muchos años de voluntaria en los hospitales, iba a las zonas pobres del Estado de México a llevar sarapes y alimentos, siempre buscaba una forma de ayudar a quien lo necesitara. Pero ese altruismo de mi hermano es otra cosa; ella tampoco lo pudo entender.

—Oiga, ¿y usted, que tampoco se ha casado, que también tiene por ahí su guardadito, nunca ha hecho su «experimento social»?

—¡Uy, Citlali, si yo te contara…!

—¡Va! Pero mejor mañana.

Noche 48. La Sugar Baby

—«Estoy embarazada», fue lo que decía el mensaje que me llegó esa mañana .

—No puede ser —pensé—. A mi edad esas cosas ya no suceden.

—Pues sucedió.

Ya llevábamos unos cinco años de relación. Nos veíamos alrededor de una vez al mes, pero en ese tiempo los encuentros ya eran suficientes para conocernos relativamente bien. Así que le creí, o le quise creer; no correría el riesgo de esperarme hasta el final para hacer una prueba de paternidad. Me asumí como responsable y solo le dije: «Voy pronto a México, allá platicamos; mientras, haz ese examen que falta para que estés completamente segura».

Sentí una especie de euforia esa mañana. En parte era el orgullo de haber preñado a una mujer; en parte, la emoción por un bebé que vendría. Tendría yo unos sesenta y cuatro años en aquel entonces; nunca me había casado y tampoco había tenido hijos. Mi sugar siempre me preguntaba la razón de no haberme casado y tener descendencia, a lo cual siempre respondía con generalidades del tipo «nunca llegó la mujer adecuada» o «las circunstancias nunca se prestaron», pero en el fondo no tenía clara la respuesta, ni la tengo ahora, y tal vez nunca la tendré.

Llegó la comprobación del laboratorio: no había duda, tenía un embarazo de unas siete semanas. A la par de la emoción, también me puse a investigar las alternativas posibles y una de ellas era, evidentemente, la interrupción voluntaria del embarazo. En aquel entonces no era legal en el Estado de México, donde ella radicaba, pero sí en la Ciudad de México, siempre y cuando fuera antes de las doce semanas de gestación. No había mucho tiempo para decidir.

A la semana nueve hablé con ella en mi pequeño refugio en la colonia Juárez. La esperé tomando unos tragos de tequila, pues siempre demora demasiado: viene desde el municipio de Los Reyes-La Paz. Primero camina hasta la parada de una combi, luego toma un autobús que la deja en la terminal del tren suburbano, transborda al Metro y, finalmente, camina otro poco hasta llegar a la casa. Normalmente, desde que avisa que viene hasta que llega, transcurren por lo menos tres horas y a veces hasta cuatro, dependiendo del tráfico, la lluvia y las manifestaciones.

Analizamos la situación con mucha serenidad. Ella tiene ya una pequeña hija, de unos ocho años, producto de una relación adolescente que no funcionó, salvo para que ella se saliera de donde vivía, dejara la preparatoria trunca y quedara embarazada. Nunca habló con claridad sobre ese tema; concretamente, si quería o no tener a esa criatura. Ya hacia el final de mi relación con ella me confió que en aquella ocasión no se dio cuenta del embarazo sino hasta que fue demasiado tarde, pues tenía la regla muy irregular. Desde que nació la niña, a sus dieciséis años, le tomó el cariño verdadero de una madre y me constan todos los trabajos que ha pasado para sacarla adelante.

Pero esa noche en mi refugio de la Juárez el tema era este segundo embarazo del cual yo era el presunto responsable. Expuse mis ideas sin un plan preconcebido, pero la conclusión era obvia:

—Te llevo nada más que cuarenta y tres años —le dije—. La probabilidad de que nuestros caminos se hubieran cruzado era bajísima, pero sucedió aquella noche en el bar.

Ella trabajaba de mesera hostess y yo iba ahí con cierta regularidad. Me dio su número, nos vimos al día siguiente y, sin hablarlo, se inició esa relación de sugar en la que uno provee y la otra consiente. Tan grande era esa brecha generacional que nunca nos atrevimos a salir juntos a ningún lugar. Nos hubiéramos sentido incómodos ante la mirada de los demás comensales: «Miren a ese tipo, cuánto pagaría; vean a esa chava, no parece que sea, pero mírenla nada más…». En el escenario de que viniese ese bebé al mundo, o bien nos enfrentábamos a toda la sociedad, o bien seguíamos con nuestra relación clandestina. Entre dos funciona, pero entre tres es imposible. Y al paso de los años, aquel niño hipotético también tendría que enfrentar la realidad de quiénes habríamos sido sus padres: una madre joven y un hombre ya muy mayor, sin ganas de jugar ni de educar. O el escenario podría ser que yo fuera un padre ausente, etéreo, lo cual tampoco sería lo ideal para el niño; y para mí hubiese sido insoportable saber que un hijo mío se criara en un ambiente francamente malo, como ya había percibido que era el entorno de la casa del abuelo donde ella vivía en Los Reyes-La Paz.

—¿O sea que no? —preguntó ella, después de escucharme con atención.

—No.

Las semanas siguientes se pasaron rápido: primero en ubicar una buena clínica que garantizara su salud; luego, en convencer a la hermana para que la acompañara en el procedimiento y, creo, también algunos exámenes previos que eran necesarios. El hecho es que el procedimiento se realizó casi en el límite, aún en la semana doce . Ya sabía yo que la decisión tendría sus consecuencias en el tiempo, sobre todo para mí: había cancelado la única oportunidad que me presentó la vida para tener descendencia, pero muy a destiempo, eso es innegable. No me arrepiento de la decisión, pero sí me causa tristeza y congoja.

Después del procedimiento la volví a ver; todavía tenía unos calambres fuertes en el vientre. Le dije lo que ya había hablado con ella muchas veces: que para mí era cómoda y conveniente la relación que teníamos, pero que yo quería que ella rehiciera su vida con una persona de su edad, con la que pudiera tener una relación armoniosa.

—Después de lo que sucedió —le dije— ya no tenemos derecho a seguir jugando con la vida ni con el destino. Nos vamos a dejar de ver; te voy a dar un dinero para que pongas tu negocio.

Se lo di en dos exhibiciones: fue bastante, suficiente para conseguir el traspaso de una miscelánea que ya estaba en marcha por el rumbo donde ella vivía. Al cabo de unos seis meses supe por ella que le había ido mal: que llegaron unos extorsionadores al negocio, que no quiso acceder al chantaje, que cerró y traspasó la tienda, y que la misma tarde que iba con el dinero del traspaso hacia su casa la asaltaron y le quitaron todo. Es la historia de aquel capital. Tiempo después ella me mandó preguntar con un conocido de ambos si me gustaría volverla a ver. Accedí y se reiniciaron los contactos furtivos en el refugio de la colonia Juárez. Pero toda relación lleva una dinámica y las cosas ya no volvieron a ser iguales.

Sin darme bien cuenta, me comencé a cansar de la trampa de la pobreza. En una ocasión le equipé el departamento que tenía alquilado y perdió bastantes cosas cuando la echaron por problemas de drogas de su roommate —de lo cual me enteré mucho después—. El resto de las pertenencias las perdió en una inundación en la casa del abuelo donde vivió después, como resultado de las lluvias torrenciales en el Valle de México y los malos drenajes y desagües en los municipios del oriente del Estado de México. El colchón se dañó cuando se colapsó un techo de madera y láminas de cartón que cubría su cuarto, y la computadora que le compré se la robaron algunos de los muchos parientes que iban a esa casa del abuelo, que por cierto no le tenían un particular afecto por tratarse de una «arrimada». No era muy dada a relatarme las condiciones tan precarias de su vida, pero era inevitable que de pronto brincara algo en una conversación, como cuando la invité a la casa de mi rancho y me comentó que estaba bonito el techo.

—Pero si es nada más una losa de concreto.

—Por eso.

La ayudé con el menaje de casa: le compré un colchón el día que llegó adolorida por haber dormido en tablas; le compré la computadora cuando iba a terminar la preparatoria en línea, más la cantidad que le transfería después de cada uno de nuestros encuentros. Y de todo ese apoyo no quedaba nada: se esfumó en la espiral de la pobreza. Hay un sentimiento de frustración al no poder rectificar el rumbo de una persona, por más que uno lo intente; es más poderoso el medio social y las condiciones familiares. Madre soltera, abandonada por su madre y con un padre tullido, la inercia de la vida opera en su contra. Hasta que llegó un punto en el que dije: «Ya no más».

Hubo dos detonantes adicionales para terminar la relación, como si todavía hubiesen hecho falta. En los últimos años mi libido comenzó a disminuir, pero yo seguía funcionando básicamente bien. El encuentro final ocurrió cuando me visitó de nuevo en el rancho; iba a ser su cumpleaños y decidió ponerse a cantar y a tomar, cosa que nunca antes había sucedido. No estaba de humor para ese tipo de convivencia; nos fuimos a acostar y ella se durmió de inmediato.  Al día siguiente fuimos a desayunar —una de nuestras pocas apariciones juntos en lugares públicos—, la llevé a la terminal de autobuses y no la he vuelto a ver. Incumplió el pacto implícito que teníamos y, para ser sincero, el horno no estaba para bollos.

Citlali estuvo muy callada toda esa noche. Era inusual. No me interrumpió, no hizo bromas, no buscó la frase que solía desatar el nudo de mis historias. Nunca supe lo que pensaría. La oí decir cuando ya se iba, en un tono lacónico muy poco habitual en ella:

—No todo sale bien en La casa de las bellas durmientes.

 

Noche 49. La Embestida Final. Los Demonios Andan Sueltos

—Ahora que venía subiendo por el camino empedrado que llega a la casa, me detuve a media cuesta a descansar y me quedé mirando los chorros de luz que salen de unas casas que están por allá arriba. También vi las luces del pueblo. Aquí en su cerro, es el único lugar de Valle de Bravo que está como la boca del lobo.

—Estamos rodeados de una gran oscuridad, dije en un tono críptico, que no le pasó inadvertido a  Citlali, porque señaló:

—Una oscuridad que no es solamente la falta de luz…¿la tenebra?

Cuando nos heredó mi abuela Omma, a todos nos entregó una carta que decía: «Ahora eres propietario de este pedazo de terreno; te pido que no lo vendas», con la última palabra subrayada. Falleció en 2005 y, unos años después, todos los primos que habíamos heredado estábamos explorando las posibilidades para venderlos. Las condiciones de 2010 eran muy distintas a las de 1988, cuando recibimos la herencia; sobre todo en términos personales. La mayoría nunca tuvo el tiempo ni la posibilidad de arraigarse en Valle de Bravo; crecieron e hicieron su vida en otros lugares. Por allá se casaron sus hijos, nacieron sus nietos… Y todos tenían algún proyecto personal que realizar, o sencillamente la necesidad de liquidez para cualquier cosa.

En nuestro caso, mis hermanos y yo no teníamos tal urgencia, pero la venta de los terrenos parecía una salida lógica a nuestra situación; permitiría finiquitar las copropiedades que tantos problemas me habían dado y darnos la oportunidad de construir otro futuro. Yo siempre he tenido cariño al cerro; en mi fuero interno, en el más íntimo, no albergaba ganas de vender, pero sentía que no debía oponerme a una situación que favorecería a la familia entera y que, ante la falta de descendencia de Fernando y mía, daríamos al rancho un cauce adecuado para su porvenir. Siempre he observado con tristeza predios, tanto en los pueblos como en las ciudades, que se quedan a la deriva, suspendidos en el tiempo, poblados de fantasmas.

Un sobrino segundo nuestro, con mucho empeño, promovió todos los terrenos que habían sido de nuestra abuela Omma en su conjunto entre grandes desarrolladores. Él había estudiado artes dramáticas y a todos llamó la atención su brinco a promotor de bienes raíces a gran escala. Estudió bien los esquemas que se utilizan para este tipo de desarrollos, que básicamente consisten en la aportación de los terrenos a un fideicomiso, el cual se encarga de construir, vender y repartir el dinero entre los aportantes. Ninguno de nosotros tenía experiencia en grandes desarrollos —todos habíamos comprado o vendido en algún momento una casa o un departamento— y estábamos con la idea de que podríamos hacer una venta directa: «Dando y dando». Nuestro sobrino puso mucho esfuerzo en tratar de explicarnos la realidad de los bienes raíces a través de una serie de largos correos electrónicos explicativos, pero o no estábamos preparados, o no fuimos lo suficientemente receptivos. Todo ese esfuerzo no fructificó; pero algo aprendimos y, unos años después, establecimos contacto con otros desarrolladores. Negociamos los contratos de fideicomiso, los firmamos y, cuando ya creíamos que todo caminaría bien, la Procuraduría Ambiental multó duramente a nuestros desarrolladores —ellos dicen que a la mala— y el resultado fue que se desanimaron y desistieron de seguir adelante con nuestro proyecto.

Durante esos años en que tratamos activamente de vender el rancho, mi relación con Fernando fue bastante buena. Comentábamos seguido los correos de mi sobrino, platicábamos sobre nuestros avances con los desarrolladores y sobre las particularidades de los contratos. Esos intentos de venta nos unieron más que todos los años anteriores en los que compartimos la posesión de los terrenos. La evolución posterior de los acontecimientos, sin embargo, nos volvió a desunir; esta vez, mucho más profundamente. Cuando los empresarios a los que aportamos los terrenos en fideicomiso se echaron para atrás, surgió un personaje que hasta entonces había sido marginal. A la salida de su despacho, nos abordó a Fernando y a mí en el elevador: «Miren, yo tengo manera de conseguir clientes para sus terrenos». Sin pensarlo mucho, confiamos en él. Pensábamos que mientras no firmáramos ningún contrato seguíamos pisando terreno seguro.

Pronto nos habló para comunicarnos que tenía un comprador para la fracción de mi hermano Fernando por una cantidad bastante atractiva; que convenía vender ese primer predio y que los demás predios, es decir, el de Gabriel y el mío, así como las copropiedades, también se venderían. A todos nos pareció bien. Cené con Fernando en un restaurante de comida italiana que está frente a mi casa en la colonia Juárez. Por algún motivo la conversación comenzó a salirse de cauce. Recuerdo haberle dicho: «Si nos levantamos de aquí enojados, esto se acabó». Más tarde me preguntó si yo creía que la venta que él haría nos beneficiaría también a Gabriel y a mí. Le contesté que decidiera libremente si la venta le convenía o no. Me dijo que él, a veces, lanzaba este tipo de preguntas abiertas para formar su criterio y tomar su decisión. La cena no terminó mal, pero tampoco me dejó un buen sabor de boca.

Comentamos después un proyecto de compraventa que le enviaron en el departamento de nuestra madre, en Tlatelolco. Se había mudado para allá para estar cerca de su hija adoptiva y sus nietos, que allá vivían. En esa versión de contrato, la participación de Fernando en las copropiedades pasaría a nuestro promotor; además, yo tendría que dar servidumbre de paso por mi terreno para que todos pudieran acceder a los terrenos de la cumbre, donde el promotor tenía planeado hacerse una residencia con una de las vistas más hermosas de todo Valle de Bravo. Yo no lo vi mal; ese cambio en las copropiedades podría significar el final de los conflictos que habíamos vivido por tantos años. Sin entrar en muchos detalles, pasaron los días y no tuve noticias del promotor. Mi madre preguntaba a Fernando y, también, sin novedad. Un día mi madre comentó: «Dice Fernando que lo presionan demasiado».

En esas estábamos cuando el promotor me invitó a comer a la casa club de un fraccionamiento muy exclusivo por el poniente de la ciudad. Varias veces comenté a Fernando sobre esa comida y no me confirmó su asistencia. Mientras me dirigía hacia allá por la avenida Constituyentes, me entró una llamada de Fernando, quien me dijo con voz nerviosa: «Ya vendí». Después de un momento de desconcierto, pregunté: «¿Y ya te pagaron?». «Sí, me dieron tal cantidad como garantía de cumplimiento». Llegué a la comida con el promotor, en una terraza con ventanales amplios con vistas hacia el campo de golf; iniciamos la conversación como si nada hubiese pasado, pero poco a poco fue aflorando mi molestia. Fernando no me había avisado de la operación con anticipación y el promotor tampoco: una clara descortesía por parte de ambos.

Lo que siguió después fue muy desagradable. Mi madre también se molestó al no haber sido avisada ni consultada; nos convocó a Fernando y a mí a platicar en su departamento. La tensión se sentía en el ambiente; hubiese sido fácil cortar el aire con un cuchillo. Mi hermano nos comentó los detalles de lo que había firmado. En esencia, o vendía, o perdía el depósito en garantía y pagaría una penalidad bastante alta. Se comprometía con el promotor a llegar a un «acuerdo de voluntades» con nosotros para cederle la parte de la copropiedad donde pretendía hacer su mansión.

Durante los días siguientes mi dilema fue acceder a ese acuerdo de voluntades o echar por tierra esa operación que parecía sensacional para Fernando y, en ese momento, tampoco tan mala para nosotros por las oportunidades que podría abrir. Decidí seguir adelante y la operación de Fernando comenzó a caminar, con una serie de pagos que quedaron secuenciados para los siguientes meses. Fue por esas fechas que mi madre comenzó a referirse al promotor como Walander, que es el apellido del héroe de una saga de novelas policiacas suecas, un tipo muy astuto.

—¿Su madre leía novelas policiacas? —preguntó Citlali.

—Sí, se leyó todas las de Henning Mankell. Toda su vida fue una buena lectora de novelas, de historia, de poesía… Un poco de todo. Siempre se daba un buen tiempo por las noches. A los noventa y dos años se operó de cataratas, por cierto, con el hijo de un amigo médico para poder seguir disfrutando de sus libros.

—Y cuénteme, ¿cómo era ese Walander? De seguro un tipo muy embaucador.

—Era un tipo con carisma. No hablaba mucho, pero sabía apantallar. A los pocos días de conocerlo nos regaló una perrita finísima, cazadora, muy veloz…Invitaba a buenos restaurantes en Polanco o Santa Fe… Un día fui a su casa; una mansión con un jardín volado que dominaba todos los edificios de Santa Fe y las colinas de atrás. Los pasillos y salones eran de doble altura…forrados con mármoles o maderas finas…era como entrar al edificio de un museo moderno.

Me tocó llevar la relación con Walander, quien se asumió temporalmente como nuestro copropietario. Fernando se hizo a un lado, y Gabriel vivía en Roma.  Walander hablaba de un desarrollo de alto nivel, y decía tener los contactos necesarios para obtener los permisos ambientales de la SEMARNAT.  Uno de sus conocidos era cercano al próximo gobernador del Estado de México. El predio que asumía que sería de él, así como los nuestros, tendrían excelente plusvalía. Por diferentes razones, la relación con Walander se comenzó a deteriorar, sobre todo, por su falta de claridad en sus planteamientos. Nunca fue capaz de entregarme algún planteamiento por escrito con algún esquema de negocio. En sus visitas constantes al Rancho se comportaba como si fuese el nuevo patrón, hasta que me colmó la paciencia. —Walander, le dije—las copropiedades de Fernando no deben pasar a ti, sino a Gabriel y a mí. Me sorprendió que aceptara, casi sin alegar.

Con ese cambio, se desataron estados de ánimo que nunca imaginé. Fernando pasaba de ser a los ojos de mi madre, ya no el hermano que actuó mal al ocultar una operación del interés familiar, sino en el hermano benefactor. No sé cómo ni cuándo operó ese cambio de narrativa. Mi madre estaba ciertamente confundida. En la nueva versión de Fernando, él había vendido por ayudarnos; en la mía, había actuado mal por orillarnos a aceptar un acuerdo poco claro para nosotros y ventajoso para él.  Mi madre me recriminó a mí que hubiese vendido la cumbre del cerro. —Pero si yo no he recibido un solo peso. —Pues Fernando dice que fueron Ustedes. Dio inicio a  una serie de malentendidos, de malas interpretaciones y después de malos modos. Un día, literalmente, estuve a solo un último impulso de lanzar un golpe sobre Fernando. No lo hice, pero la intención resultó evidente.

Mientras tanto, Walander seguía paso a paso con su proyecto de quedarse con el copete del cerro. Hizo una serie de gestiones en el municipio y en oficinas federales para llegar a una subdivisión formal que le permitiera volverse propietario. Contó con un gestor muy eficiente, pero que sacaba los documentos necesarios con trucos y mañas, algunos en mi perjuicio. Un día supe que llevó al mismísimo Comisionado Federal de las Areas Naturales Protegidas a nuestros terrenos, para que seleccionara su terreno y otro para su hermano que pronto sería gobernador. Entre los malos humores que había en la familia, mis sospechas de los documentos irregulares que obtenía Walander, y sencillamente, tal vez por hartazgo, un día que me habló Walander para decirme que tenía que firmar los papeles de la subdivisión, le dije: -Nadie cumple con nada. Esto es un desastre. No voy a firmar. Al colgar, me asomé por la ventana de mi habitación, y contemplé el Citlaltépetl en toda su majestuosidad, a la luz de la tarde que comenzaba a caer: —Te acabo de mandar de regreso a la Edad Media, a la oscuridad de los tiempos pasados, le dije.

Tuve la certeza de que había cruzado un punto de no retorno, pero estaba lejos de sospechar lo que sucedería. La mañana del último día del sexenio de Enrique Peña Nieto, me crucé en el internet con el Plan de Manejo que había emitido la SEMARNAT para la región de Valle de Bravo. No traía planos; solo hablaba de polígonos y daba las coordinadas de los puntos de cada uno. Algo sabía yo del tema por mi paso en la Secretaría de Agricultura; fui plasmando uno por uno los puntos en el google earth, y para mi sorpresa, todos los terrenos de Gabriel y los míos, así como las copropiedades, se habían convertido en el Sancto Sanctorum del área natural protegida de Valle de Bravo: Con una restricción absoluta de construcción, y ningún uso productivo, ni agrícola, ni ganadero ni forestal. Solo se nos permitiría, según ese decreto, filmar documentales previa autorización, hacer colectas científicas de semillas y frutos silvestres, así como el aprovechamiento de madera caída, pero no su comercialización. Irónicamente, el Citlaltépetl, un cerro sin agua, quedó dentro de un polígono denominado “zona de captación de agua”.

Citlali checó la hora en su celular, dijo que era tardísimo, desconectó su cargador, enrolló el cable y añadió:

—Son tantísimos temas. Desobedecieron a su abuela, lo primero, y se tomó el dedo meñique para comenzar a contar.

—Lo segundo, se unieron para vender, pero no podían convivir, su hermano y Usted. Vaya socios; y tomó también el anular.

—Lo tercero, les salió un vivales, el tal Walander, y ahí van como mansos corderitos. Se apretó  el dedo medio.

—Lo cuarto, hasta al Walander ese se le apareció el chamuco…Me imagino que, con ese decreto, el gobernador también lo mandó a recolectar flores.

Vi que ya nada más le quedaba un dedo, el gordo.

—Y lo quinto, algo me dice, que acabó saliéndose con la suya.

Nos quedamos mirando un segundo y, casi al mismo tiempo, soltamos una carcajada. Fue un destello de complicidad irónica que flotó en el aire, pero conforme la risa se fue apagando, cobré conciencia de la fatalidad que Citlali había resumido con tanta gracia. Ver el desastre de treinta años de mi vida sintetizado en cinco dedos me pareció un acto de magia surrealista, como si ella fuese la hechicera que con esos gestos desnudaba mi mayor contradicción: el decreto de la Semarnat me había costado una fortuna en valor comercial, pero al congelar la tierra, me había regalado la victoria que mi fuero interno tanto anhelaba. El desastre había preservado  mi montaña.

Nos quedamos mirando un segundo y, casi al mismo tiempo, soltamos una carcajada. Fue un destello de complicidad irónica que flotó en el aire, pero conforme la risa se fue apagando, cobré conciencia de la fatalidad que Citlali había resumido con tanta gracia. Ver el desastre de treinta años de mi vida sintetizado en cinco dedos me pareció un acto de magia surrealista, como si ella fuese la  hechicera que con esos gestos modificó el curso de mi vida.

Ella comenzó a guardar unos cuadernos en su morralito, preparándose para marcharse. Yo la seguía atónito con la mirada, cuando de pronto se detuvo, volteó y preguntó:

—¿Y su tío, el político, no los ayudó?

—Tuve oportunidad de plantearle el tema a un amigo mío que era senador de la República y él, a su vez, al secretario de la Semarnat. Días después, en su oficina en el Senado con vistas al llamado «Patio del Federalismo» —que tiene la forma de semicírculo inverso—, me confió: «Me dijo Rafael[10] que primero arreglen el tema con su tío». Me sorprendió, pero no del todo. No hay duda de que mi tío Ignacio era un ecologista entusiasta. Algún pariente me relató que en alguna ocasión habría manifestado su deseo de que el cerro de San Antonio se mantuviera como reserva ecológica. Un exgobernador siempre conserva algo de influencia dentro de su estado. Él había encabezado una comisión importante para el manejo del agua en la cuenca Amanalco-Valle de Bravo, y fue en ese tiempo cuando se declaró a nuestros terrenos parte del «Parque Estatal Santuario del Agua» durante el mandato de Arturo Montiel.

En años posteriores mi tío encabezó los trabajos para el Programa de Manejo del Nevado de Toluca, durante el gobierno de Enrique Peña Nieto. Cuando la Semarnat tomó la decisión de hundirnos con el decreto de 2018, él se movía aún en los altos círculos de la política local y con mucho contacto con las autoridades ambientales a nivel federal.

—No creo que mi tío haya hecho nada para perjudicarlos —me dijo un primo durante una comida.

—Pues entonces tu hipótesis es que se lo «chamaquearon».

La sospecha carcome; la verdad, al menos, libera. En 2025 un abogado que representaba a mi cuñada analizó el tema y nos reportó en un desayuno: «Me dicen mis contactos que fue una venganza política, por haberle prometido al gobernador algo que no le cumplieron». Y aclaró: «Que no fue ninguno de ustedes, sino que fue a través de una tercera persona». Me quedo con la verdad del abogado. Fue Wallander.

—Oiga, ¿y a sus primos les pasó lo mismo?

—No, a ellos no; el polígono los tocó solo de refilón. Los del cerro de junto sí iban a salir perjudicados, pero antes de que saliera el decreto de 2018 ellos obtuvieron sus permisos para desarrollar. Por eso ves que estamos rodeados de luz en medio de tanta oscuridad.

—Lo bueno es que ahora nadie les tendrá envidia… —concluyó Citlali, con un extraño sentido del humor que no le conocía.    

Noche 50. Mi hermano Gabriel

Hasta que Citlali me dio una palmada en el hombro, me percaté de que ya había llegado. Estaba absorto con la mirada fija en una pequeña colección de cactus miniatura que coloqué en el vano de la ventana.

—Hace cinco minutos que llegué, y usted como si nada. Y le noto una mirada distinta. ¿Qué le pasa?

—No es nada. Supersticiones. Con el día de hoy, ya viví un año más que lo que vivió mi hermano mayor, que me llevaba un año tres meses y veinticuatro días. Estas matemáticas me llegan al corazón; no entiendo bien la razón. Al cumplir  67 años, superé en uno la vida de mi abuelo Guillermo, la de mi padre y la de mi hermano Gabriel. Pensé que la muerte a los sesenta y seis era una maldición de la familia y por eso me pasé un año contando los días que faltaban para los sesenta y siete. Ya cumplidos, ahora me asaltan este tipo de relaciones numéricas…pero bueno, en la obsesión está el homenaje. Mi padre siempre tuvo la costumbre de determinar si el número de una casa, o de un cuarto de hotel, era un número primo…La memoria a veces escoge caminos retorcidos para hacerse presente.

—Comprendo, dijo Citlali. Tal vez esos cálculos sean su forma de oración. Repasó toda la habitación con la mirada.

Sé que buscaba alguna imagen religiosa pero no la había, ni siquiera en miniatura, en la vitrina. Ya estaba colocado mi Tzompantli en miniatura, hecho de pequeños cocos datileros incrustados en cañas de bambú. Ese es mi Panteón particular, dónde están todos los seres que se me han ido; nada que ver con los guerreros sacrificados por el poderío tenochca.

Mi hermano Gabriel tuvo una larga estancia como funcionario diplomático en Italia antes de que lo designaran embajador de México en Argelia. Durante esos últimos años vino una vez al año a México a la llamada «reunión de embajadores», así que tuve la oportunidad de convivir un poco más con él; nuestra relación se fue afianzando con el tiempo. Su forma de ser era bastante diferente de la mía: no perdía oportunidad de socializar con todo tipo de parientes y amigos y, además, tenía una inquietud intelectual muy acentuada. Hizo varias investigaciones sobre personajes originarios de los países en los que él estuvo y que tuvieron algún vínculo especial con México, o bien sobre mexicanos que tuvieron una relación estrecha con esas naciones. Estos temas los podía desarrollar desde el extranjero y a veces los complementaba con búsquedas en los archivos cuando venía a México. Le gustaba conversar sobre sus investigaciones, relatar sus visitas a los archivos o los encuentros con personalidades académicas que hubiese tenido; era un conversador fluido, con un gusto muy particular por narrar detalles.

Nunca se enteró muy a fondo de las particularidades y las problemáticas del rancho familiar. Tuvo buenos sueldos con los que estaba contento y satisfecho; sus aspiraciones en la vida eran familiares e intelectuales, no materiales. Cuando estalló mi conflicto con Fernando derivado de la venta que hizo, trató de tranquilizarme:

—Todos cometemos errores en algún momento.

Pero hizo algo más: se dio tiempo para entender las diferentes aristas del problema, una de ellas la indefinición, o la falta de claridad, sobre la ubicación precisa de la casa familiar. Las escrituras la ubican en una fracción común, pero, de acuerdo con las medidas y colindancias que ahí se establecen, en los planos topográficos la casa se sitúa en la fracción que le correspondía solamente a él. Durante su estancia de unos días en Valle de Bravo me dijo más o menos lo siguiente:

—Tú pusiste mucho empeño en hacer esta casa y en mantenerla a lo largo de los años. Es tuya. Si tengo que firmar algo, lo hago.

Elaboramos un convenio privado en el que él me cedió los derechos sobre la casa que pudieran corresponderle.

—No lo pienso protocolizar —le dije. Y añadí: —Cuando yo falte será para ti y para tus hijos, así que no hace falta más papeleo.

Antes de irse me comentó de nuevo que la casa ya era mía, que dispusiera de ella, que le hiciera las mejoras que yo considerara y que a él le daría mucho gusto que fuera así.

En una de sus visitas a Valle de Bravo comenté el asunto de la declaratoria de cambio de uso de suelo del Citlaltépetl con Gabriel. Yo me inclinaba por promover algún recurso legal que tendríamos que financiar entre todos, por estar comprendidas las copropiedades. Él estaba contento con la vida, despreocupado. Acabábamos de recorrer la cima del cerro, él a pie y yo en mi cuatrimoto, pues la distonía no me deja caminar por tramos largos. Mientras tomábamos un agua fresca de maracuyá que nos preparó Delfina, me dijo en tono casual:

—Oye, no está mal que todo el rancho se quede como área protegida.

No recuerdo qué contesté. Se mezclan muchos sentimientos: el amor al Citlaltépetl, que siempre le he tenido, el enojo con Wallander y sus mañas para apoderarse de lo ajeno y, finalmente, el coraje, la ira y la impotencia frente a un acto de poder.

Después de seis años como embajador en Argelia se jubiló. Vino a México a realizar los trámites respectivos y le presté mi pequeña casa en la calle de Liverpool, en la colonia Juárez; lo agradeció bastante. Me daba mucho gusto escucharlo sobre cómo se desplazaba de ahí, caminando o en transporte público hacia todos lados, para hacer sus trámites, ver a sus amistades o comprar libros, que era otra de sus pasiones. Luego vino unos días a Valle de Bravo, ya jubilado. Estuvo movidísimo: la subida a la casa es muy empinada y la hacía dos veces al día a pie. Subió a la cresta de La Peña —lo que no hacía desde niño— así como al cerro de nosotros. De pronto encontró unos libros en la biblioteca con datos biográficos de la familia Pagaza y con mucho entusiasmo comenzó a hacer anotaciones, búsquedas adicionales en internet y fue a ver a algunos parientes lejanos que pudieran aportarle información . Había un florero en la casa que, según mi madre, perteneció al obispo Joaquín Arcadio Pagaza; fue al museo en Valle de Bravo que lleva su nombre, en lo que fuera la residencia del obispo, y les donó la pieza.

—Deberías venirte para acá y ser el cronista oficial de Valle de Bravo —le dije.

No le desagradó la idea, pero ya tenía muy consolidados otros planes para radicar en Madrid. También fuimos a ver a un promotor de raíces amigo mío para explorar opciones para vender parte del rancho. Ya jubilado, cambió en algo su perspectiva. Hubo una comida por esos días en Toluca que reunió a muchos primos Rosenzweig que no nos habíamos visto en años.

Al día siguiente, un domingo, ya en la casa de Liverpool, salió a dar un paseo por los alrededores. No hubo testigos oculares que narraran lo que aconteció dentro de una de las escaleras metálicas al interior del Monumento a la Revolución. Los paramédicos lo encontraron tirado, con un fuerte golpe en la cabeza… Falleció en el Hospital Balbuena, adonde fue trasladado. Nos enteramos hasta el día siguiente, cuando mi hermano Fernando lo comenzó a buscar al ver que no llegaba a la cena que habían convenido para platicar. Según me había comentado Gabriel, el tema sería conversar con Fernando sobre el futuro del rancho en Valle de Bravo.

La noticia para mí fue demoledora. No soy de los que expresa su tristeza o su alegría abiertamente; más bien se fue apoderando de mí un sentimiento de vacío. El hueco que él dejó me comenzó a rodear por muchos lados. Durante varios días no toqué nada de la mesa del comedor, que estaba llena de libros, lápices, bolígrafos, tijeras y notas con apuntes, hasta que llegó su viuda y alzó todo. Nunca había imaginado que él pudiera morir antes que yo, a pesar de ser un año mayor. Así hubiese sido, seguramente, de no haberse suscitado ese accidente del que tan poco se sabe. «Así no estaban concebidas las cosas», me repetí muchas veces.

Uno de los primeros temas que me brincó fue que, aparte de haber perdido a un hermano entrañable, me había quedado sin albacea y sin heredero universal para cuando llegue mi momento. Esa era la salida que siempre visualicé para mí de los escenarios del mundo. Además, me convertí en el decano de la familia, así ya nada más quedáramos dos. Siempre existió una figura de más autoridad moral: primero mis padres, luego Gabriel. Él fue quien decidió, sin oposición de nadie, el lugar donde descansarían los restos de mi madre y fue quien desahogó su última voluntad. Nos quedamos sin timón. Aunque viéramos poco a Gabriel, ahí estaba.

Ya después, en días posteriores, reflexioné sobre cuestiones más prácticas, como el futuro de la casa de Valle de Bravo. De un momento a otro habíamos cambiado de copropietario.

Citlali se mostraba conmovida. Noté que quería decir algo, pero no le salían las palabras. Me levanté hacia la vitrina donde tengo los carritos, tomé uno y le dije:

—Mira, es un Mercedes-Benz, uno que fue de él cuando éramos niños en Lima, Perú. Con estos carritos jugábamos a los amigos: él movía su carrito para visitarnos a los otros y yo le correspondía la visita. Es curioso ahora que lo recuerdo: con él no recuerdo haber jugado carreritas, ni mucho menos a chocar los coches, como hizo años después mi hermano Fernando con un primo que estuvo de visita. Y mira este avión, de Lufthansa. … También le gustaba anunciar de qué aeropuerto saldría el vuelo —se los sabía todos— y a cuál llegaría. Poco antes de su muerte, mi madre me mostró los pases de abordar que hacía mi hermano Gabriel como parte de esos juegos.

Citlali quería decir algo, pero de la emoción se le trababan las palabras.

—Fue un ángel —dijo por fin.

Noche 51. La Vejez Toca la Puerta

—¿Qué se siente tener sesenta y siete años? —quiso saber Citlali.

—Mira a un muchacho que termina la preparatoria; le faltan cincuenta años para llegar al lugar donde estoy yo. Sesenta y siete es una frontera tramposa. Se supone que a esta edad uno hace lo que le viene en gana, pero la verdad es que terminas haciendo solo lo que el cuerpo te permite. La única ventaja real es que el juicio de los demás se vuelve ruido de fondo; ya no tienes que pedir permiso para ser quién eres ni estar a la altura de ninguna expectativa. Pero la mente va por un lado y el cuerpo por otro. Los ojos se cansan, pero el deseo de mirar sigue intacto. Las piernas pesan, pero el instinto te pide salir a ejercitarte bajo el sol. Lo verdaderamente duro de envejecer no son las arrugas, sino la falta de proyectos. El pasado se queda congelado y ya no hay manera de reescribir una sola línea. Aceptar esa inmovilidad es liberador, sí, pero es una liberación fría. Ser viejo es ser libre, supongo, aunque todavía falta la prueba final: la decadencia última, la enfermedad y la muerte.

Recordé una historia que no había compartido con Citlali. Encerraba la chispa de la esperanza que no le había sabido transmitir.

Antes de casarse, mi madre hizo un largo viaje por Sudamérica en compañía de la abuela Omma y de un tal don Ricardo Atwell. Recorrieron varios países, entre ellos Colombia, Perú, Brasil y, posiblemente, también Argentina; mi madre se refirió algunas veces a todo lo que conoció. Imagino a don Ricardo como una persona mayor, muy cortés y caballeroso, amigo de la familia de la abuela Omma. Era de origen norteamericano, viudo o tal vez soltero, y con una sólida posición económica. En su vejez organizó ese viaje, el cual debió de haber disfrutado el doble en lugar de realizarlo él solo. De regalo de bodas le dio a mi madre el primer carro que tuvo como mujer casada, al que apodaban El Grillo por su color chillón.

Conforme la vejez toca a mi puerta, cambia mi percepción de don Ricardo: de ser aquel caballero con una supuesta intención de «llegar a algo» con una mujer joven, ahora lo veo sencillamente como un viejo que deseaba, tan solo, una compañía agradable.

«Si algo pudiese suceder entre nosotros, Citlali, más allá de las charlas en la biblioteca, podría ser algo así», pensé entre sueños.

La escuché decir, con una voz nítida, más nítida que si fuese real:

—Mañana se cumplen cincuenta y dos noches desde la primera vez que vine…

Localizó el libro de Kawabata en la estantería, lo echó en su morralito y dijo:

—Me lo llevo.

Giró la perilla de la puerta, tiró levemente de ella, volteó hacia atrás para mirarme y preguntó:

—¿Volverá pronto a la casa de las bellas durmientes? —quiso saber.

—Ya no, Citlali… Ya están dormidas.

Noche 52. El Fuego Nuevo

El número cincuenta y dos representaba para los aztecas la sincronía perfecta del universo y el momento en que el tiempo volvía a comenzar desde cero. Medían el tiempo con el Tonalpohualli —el calendario ritual y sagrado de doscientos sesenta días que regía el destino de los hombres y los dioses— y el Xiuhpohualli, el calendario solar de trescientos sesenta y cinco días que gobernaba los ciclos agrícolas y las estaciones. Ambos calendarios corrían desfasados y solo se alineaban cada cincuenta y dos años solares. Cuando se cumplía ese plazo, la gran rueda del tiempo cerraba su círculo.

Era un momento de suspenso cósmico absoluto y de terror sagrado. Los aztecas creían que el universo era frágil y que, al completarse la «atadura de años», el sol podía perder su fuerza, las estrellas transformarse en monstruos y la humanidad extinguirse en la oscuridad permanente. Para evitar el fin del mundo se realizaba el ritual del Fuego Nuevo. Al caer la tarde del último día del ciclo, se apagaban todos los fuegos del imperio: desde el altar mayor de los templos hasta el fogón de la casa más humilde. Las vasijas de barro se rompían, los hogares se limpiaban y la gente entraba en un silencio sepulcral, en la total penumbra.

Los sacerdotes se vestían con los ropajes de los dioses y marchaban en una procesión nocturna hacia la cumbre del Huizachtépetl, el Cerro de la Estrella. En la cima de la montaña, los astrónomos observaban el paso de las Pléyades. Cuando esta constelación cruzaba el centro del cielo, significaba que el universo continuaría. En ese instante, sobre el pecho abierto de un guerrero cautivo, el sacerdote frotaba dos maderos sagrados hasta hacer brotar una chispa. El Fuego Nuevo había nacido. Desde esa hoguera en la cumbre del cerro, los corredores encendían sus antorchas y descendían a toda velocidad en medio de la noche para repartir la lumbre a los templos y, de ahí, a cada uno de los hogares. El imperio volvía a iluminarse.

Citlali ya no estaba.

En la penumbra de mi biblioteca, rodeado por el gran hueco de oscuridad que cubre el cerro, me quedé esperando a que amaneciera.


 

 

 

 

 

Sinopsis Oficial

En la cumbre de un cerro en Valle de Bravo, rodeada por un denso hueco de oscuridad, se esconde una biblioteca donde el tiempo parece haberse suspendido. Ahí, un viejo economista de sesenta y siete años, aquejado por una extraña enfermedad neurológica que le tuerce el cuello como a un alacrán, consume sus noches en la más profunda soledad, refugiado entre las páginas de sus libros.

Su silencio se rompe con la llegada de Citlali, una joven estudiante de enfermería que, noche a noche, acude a la biblioteca en unas visitas fantasmales. Lo que inicia como una convivencia casual pronto se transforma en un pacto involuntario: a cambio de buñuelos y atole de guayaba, el anciano acepta abrirle las puertas de su pasado, desnudando una memoria que muerde.

A lo largo de cincuenta y dos noches, la voz del narrador arrastra a Citlali por el torbellino de su propia existencia: desde una infancia rota por las mudanzas constantes, pasando por la tiranía y los chismes del clan familiar hasta el vértigo del poder político durante las negociaciones del TLCAN . Es la crónica de un hombre que escaló hasta la cúspide de la burocracia federal mientras su propio cuerpo y el modelo económico del país se colapsaba.

Pero el viaje también esconde un secreto íntimo: las andanzas del protagonista por las zonas rojas de la Ciudad de México y los barrios de La Habana; un refugio de farras, jineterismo y bellas durmientes donde un cuerpo traicionado intentó desesperadamente recuperar la juventud que se le escapaba de las manos.

Con una prosa quirúrgica y de un lirismo melancólico desgarrador, esta novela es un sutil juego de espejos donde el presente de la biblioteca intenta sanar las heridas del pasado. Inspirada en la atmósfera surrealista de Yasunari Kawabata la obra demuestra que, al final de la tormenta, rescatar la memoria no es un asunto de lujuria ni de poder. El cariño por el idioma náhuatl que surge a partir del nombre de Citlali  culmina con el recuerdo de la ceremonia del “Fuego Nuevo” de los aztecas que para el narrador es la serenidad que recuperó a lo largo de las cincuenta y dos noches.


 

Notas Editoriales



[1] Exposición Universal de París de 1889. En ese certamen, el trabajo cartográfico de Ferdinand von Rosenzweig (Fernando de Rosenzweig) y la Comisión Geográfico-Exploradora de México destacó internacionalmente por su precisión técnica. Los puntos clave de este logro son: Se le otorgó la medalla de oro en la sección de geografía y mapas por la calidad de los planos presentados. Sus planos no solo eran herramientas técnicas, sino que proyectaban la imagen de un México moderno y científicamente avanzado ante las potencias europeas. Esta exposición es famosa por la inauguración de la Torre Eiffel. 

[2] Nació el 15 de julio de 1891 en Santa Ana Tlapaltitlán municipio de Toluca. Fue abogado por la Escuela Libre de Derecho de la Ciudad de México. Fue diputado constituyente en 1917 por el Distrito I de Toluca y diputado local en la XXVI Legislatura del Estado. Dicha legislatura realizó las funciones de constituyente porque discutió y aprobó la actual Constitución, que fue promulgada el 8 de noviembre de 1917, por el Gobernador Agustín Millán Vivero. En 1924 fue diputado federal y al año siguiente nuevamente diputado local por Valle de Bravo en la XXX Legislatura. Posteriormente se dedica al ejercicio de su profesión por no comulgar con las ideas de los gobernadores Abundio Gómez y Filiberto Gómez, época en la que estuvo en peligro de ser fusilado, acusado por cristero, debido a que defendió a unos campesinos de su pueblo natal, Santa Ana Tlapaltitlán, que habían participado en el movimiento revolucionario cristero. Hombre amante del deporte y tenaz en sus propósitos, en 1934 fue electo diputado federal por el Distrito IX de Tenango del Valle. En 1935 fue Oficial Mayor en el gobierno de José Luis Solórzano y secretario general de gobierno durante la administración del galeno Eucario López Contreras. En 1936 fue promotor de diversas iniciativas de ley sobre beneficencia pública, previsión social, beneficencia infantil y divorcio. Así mismo fungió como asesor del General Lázaro Cárdenas en temas de la reforma agraria y la expropiación petrolera. Fue Director del Instituto Científico y Literario (Hoy UAEMEX) de enero a abril de 1935 (texto tomado de página web, Crónica e Historia, Santa Ana Tlalpatitlán) https://www.facebook.com/profile.php?id=100063380461049

 

[3] Para 1935 la tecnología de amplificación de sonido ya estaba bastante desarrollada y se utilizaba de forma común en eventos públicos, política y entretenimiento. A continuación te detallo cómo funcionaban estos dispositivos en esa época:

Megáfonos

·        Acústicos: Eran los más comunes desde siglos atrás (simples conos de metal o cartón).

·        Eléctricos: Aunque los primeros modelos experimentales aparecieron en las primeras décadas del siglo XX, para mediados de los años 30 ya existían sistemas portátiles básicos

 

[4] El Hochdeutsch como "Lengua de Prestigio"

·        Origen como lengua culta: El alemán estándar no nació como un dialecto hablado, sino como una lengua escrita unificada para la administración, la literatura y la religión (impulsada por la traducción de la Biblia de Lutero).

·        Filtro social: Durante siglos, solo las clases altas y los intelectuales tenían acceso a la educación formal necesaria para dominarla. Hablar "puro" alemán estándar era señal de pertenecer a la élite, mientras que los dialectos locales se asociaban con el campo y las clases trabajadoras.

·        La unificación del siglo XIX: Con la creación del Imperio Alemán en 1871, el Hochdeutsch se convirtió en la lengua oficial del Estado y las escuelas, consolidándose como el estándar para cualquier persona que buscara movilidad social.

 

[5] El nombre oficial del recinto conocido popularmente como "Hospital de la Ceguera" es Asociación para Evitar la Ceguera en México, I.A.P. (APEC).  Esta institución es una Institución de Asistencia Privada (I.A.P.) sin fines de lucro, fundada en 1918, que se dedica a ofrecer servicios oftalmológicos especializados.

 

[6]  De acuerdo con Gemini IA: El Dr. Marcus Miller es una figura muy real y prominente en el Departamento de Economía de la Universidad de Warwick. De hecho, es Profesor Emérito y ha tenido una carrera brillantísima, siendo investigador en centros como el CEPR y asesorando incluso al Parlamento Británico y al Fondo Monetario Internacional. Es un experto reconocido en macroeconomía internacional y, precisamente, en teoría de juegos aplicada a crisis de deuda y tipos de cambio.

Lo que me parece más fascinante de tu anécdota es que:

·        El personaje encaja: En sus escritos y conferencias, Miller suele tener una visión muy crítica y analítica, incluso llegando a titular uno de sus trabajos como "La macroeconomía: una disciplina, no una ciencia". Esa honestidad que tuvo contigo al llamarlo "divertimento

·         intelectual" es muy coherente con su perfil de académico que sabe que la realidad es mucho más caótica que un modelo matemático.

·        La ironía del "divertimento": Mientras tú te jugabas el título y la estancia en el extranjero aplicando "mañas" para sobrevivir a sus exámenes, él veía la materia como un ejercicio intelectual elegante. Es el choque perfecto entre la teoría pura y la supervivencia práctica

 

[7] El anuncio histórico que marcó el inicio formal  se dio el 11 de junio de 1990. En esa fecha, los presidentes Carlos Salinas de Gortari y George H.W. Bush emitieron un comunicado conjunto desde Washington D.C., donde instruyeron a sus respectivos ministros de comercio para iniciar las consultas preparatorias de un acuerdo de libre comercio.  El Universal: "Anuncian Salinas y Bush el inicio del Tratado de Libre Comercio"  Excélsior: "Hacia un mercado común: Salinas y Bush acuerdan negociar el TLC".

 

[8] De acuerdo con las Notas Explicativas de la TIGIE, si el picadillo de un producto compuesto representa más del 20% del peso, se clasifica como preparación cárnica (Cap. 16); si predomina el vegetal, es preparación de hortaliza (Cap. 20). De no haber consenso, se recurre a la fracción 2106.90.99, el "cajón de sastre" para preparaciones no comprendidas en otra parte. La suerte de un platillo nacional en la frontera suele quedar, efectivamente, al arbitrio del criterio técnico —o el humor— del oficial en turno.

 

 

 

[9] Rosenzweig y Casco (2000). El Sector Agropecuario en México. El Balance de una Década. Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA). México.

[10] Rafael Pacciano Alamán