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jueves, 19 de noviembre de 2009

El Beneficiario y el Testigo


El beneficiario y el testigo

En las ciencias sociales está de moda evaluar los resultados de un programa de subsidios determinado a través de comparar a los beneficiarios (los que reciben la ayuda) con un grupo que tenga las mismas características pero que no goce de los beneficios de ese programa (los testigos). También está de moda explicar esta metodología con una analogía con la medicina: A dos personas les duele la cabeza. A una se le administra una aspirina y a la otra no. Si se alivia la persona que tomó la aspirina, queda demostrado que la pastilla sirve (siempre y cuando a la otra persona le siga doliendo la cabeza).

A un colega y a mí nos llamaron de una prestigiosa institución para que evaluemos los programas agrícolas en México. -Sencillo, dijo el colega, hagan de cuenta que un productor tiene diabetes, otro disentería y otro presenta un cuadro severo de gripe viral. Lo curioso es que todos los productores se alivian de sus males con dinero. Los subsidios son una medicina maravillosa pero sale cara.

Están muy equivocados, nos dijeron, porque el dinero es fungible. Y nos pusieron un ejemplo de la fundación Ludwig von Mises:

“Usted quiere irse de vacaciones pero no ha pagado la reparación de su automóvil. Un acaudalado tío suyo se entera de que Usted tiene problemas financieros y le envía dinero para ayudarlo. Sin embargo el nunca accedería a pagarle sus vacaciones. Es un buen tipo, pero no tanto. Una vez que su tío le depositó en su cuenta bancaria, Usted puede gastar el dinero como lo desee. Paga la reparación del carro y se va de vacaciones. En esencia, Usted pagó la reparación (una necesidad) mientras que su tío pagó las vacaciones”.

-A ver si ya entendí, dijo el colega. Hay que buscar dos campesinos que tengan problemas de rendimientos por hectárea y dos que tengan problemas al vender sus cosechas. Nada más es cosa de ver si los que recibieron los subsidios tienen mejores rendimientos por hectárea ó venden a mejor precio, que los que no recibieron los subsidios. Después los encuestamos para saber en qué gastan su dinero, no vaya a ser que les estemos financiando las parrandas.

Perfecto, dijo el experto evaluador. Nada más recuerden que los distintos grupos de la población reaccionan de manera diferente cuando se les dan subsidios. El testigo ideal debe ser idéntico al beneficiario con la única diferencia que uno tenga subsidio, y el otro no. Procuren comparar hombres con hombres, mujeres con mujeres, anciano con anciano, analfabeta con analfabeta, dueños con dueños, morelenses con morelenses, católicos con católicos, minifundistas con minifundistas, huicholes con huicholes, mormones con mormones…

A la salida noté pensativo a mi colega. -Es que estoy pensando, me dijo, en quien podría ser mi testigo. El tiene un rancho con cebada y cobra subsidios ¿A ti no te da curiosidad saber? ¿Alguien idéntico a ti pero que no seas tú?

–No, le dije resignado, yo soy testigo.

Soltó la carcajada. Tengo unas tierritas con maíz y no cobro nada. –Adiós, testigo, me dijo, y se alejó muerto de la risa.