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lunes, 13 de octubre de 2008

Las Tres Mujeres de Victor Jacinto

Victor Jacinto Montado en su Burro



MÉXICO PROFUNDO: LAS TRES MUJERES DE VICTOR JACINTO


Volvío Macarina la sirvienta, tres meses después de que se había ido. Se fue porque tuvo más familia y ya no cabía en el pequeño cuarto de servicio de la casa. Traía la piel quemada por el sol y reseca por las ventiscas y los fríos que comienzan al caer la tarde allá en su pueblo, en los Valles Altos del Estado de México. Queda a una media hora después de Atlacomulco por la carretera que va hacia Dios Padre, en el corazón de la zona mazahua. Pensé que venía a pagarme el préstamo que le hice para que comprara una vaca. Pero no entraba en materia.

Que ella y Victor estaban bien, que la niña también, que la bebé igualmente. Que con las gelatinas le había ido bien unos días pero que después ya no y que lo mismo con los tacos que salía a vender a la carretera a la hora del almuerzo. Que había una señora que le daba ropa para que planchara. Que de todos modos no le alcanzaba para completar el gasto y no tenía para los cuadernos, los libros y los uniformes que le habían pedido a Victor en la escuela.

-Victor es el mejor alumno. Dijo su maestro que ya se sabe todo lo de quinto, y eso que apenas va en cuarto, relató orgullosa.

-Sí. Pero Victor pasó a cuarto gracias a que su maestro de acá faltó más de la mitad del semestre y por eso no reprobó a nadie. Apenas se aprendió hasta la tabla del siete. Ojala que lo puedas cambiar a Atlacomulco pues tendrán un nivel mejor. Y ya sabes que yo pago todos los gastos de la escuela de Victor.

Si le hice el préstamo a Macarina para que engordara la vaca fue porque le tomé cariño a Victor. Llegó a la casa cuando apenas tenía dos años. Cuando llegaban del pueblo cada quince días subía a saludarme con su disco nuevo. Lo ponía en la computadora y para mi sorpresa él ya se sabía de memoria casi todas las canciones. Las cantaba fuerte y simulaba con las manos un micrófono o las movía como si estuviera tocando la guitarra. Entre sus favoritas estaba el “El Niño y la Boda” de los Tigres del Norte, aunque el la rebautizó como “El Niño que Chilla”; “Rata Inmunda” de Paquita la del Barrio; “Ella Necesita, Que Duerma en su Cama” del Chapo de Sinaloa, y otras sutilezas por el estilo. Aclaro que no son canciones de mi agrado, a menos que sean interpretadas por Victor Jacinto Morales, de siete años de edad.

Jacinto es el apellido y Victor Jacinto no es un nombre compuesto, sino nombre y apellido. Hace mucho, cuando existían haciendas y hacendados, si el peón no tenía apellido el hacendado le asignaba uno: El nombre del padre. Si el padre de un tal Jacinto hubiese sido también Jacinto, se le hubiese asignado “Jacinto Segundo” como nombre y apellido. La última canción que puso Victor antes de que se fueran definitivamente de regreso al pueblo es “La Dama del Vestido Rojo”, que versa sobre una señora que parte de Guadalajara y termina echando balazos en Medellín, Colombia. Así de valiente era la dama del narco-corrido y así me mataba de risa Victor los domingos por las tardes.

Un día entre semana subió llorando porque en la escuela le dijeron “Negro”. Me iluminó el Espíritu Santo o quien haya sido, entré a youtube y le mostré un video de Obama y las “Obama Girls”. –Ve las chavas que trae Obama, le expliqué. Ellas prefieren a los morenos. No lo noté muy convencido, pero al día siguiente subió feliz con el periódico Reforma. –Ganó Obama, le ganó a la güereja esa…gritó con júbilo. Victor Jacinto se convirtió así en el primer activista de Obama en una escuela primaria en México. Sus compañeritos le reviraron que todavía le faltaba ganarle a McCain. A mí me da lo mismo que ganen los demócratas o los republicanos siempre y cuando rescaten a Wall Street y la economía mundial pero en el fondo tengo el deseo de que gane Obama para que se callen la boca los niños que molestaban a Victor por su color de piel.

Macarina continuó explicándome que solo podía trabajar “de a ratitos” allá en su pueblo porque todavía no bautizaba a la bebé; y que no la bautizaba porque no tenía dinero para comprar el borrego.

-No entiendo nada, dije.

Me explicó. Vive en la casa de sus padres, pero quien manda ahí es su hermano Pablo, quien tiene una carnicería y los sostiene a todos. Pero sigue enojado con Macarina porque los deshonró al haberse metido otra vez con ese hombre que nunca le cumple. Ese hombre es el padre de Victor, pero no lo reconoció, porque pidió que Macarina le demostrara que en verdad es de él; y es el padre de la hermanita de Victor y de la bebé, pero tampoco las quiere reconocer porque ¿para qué? Para que haya bautizo, debe de haber fiesta, y para que haya fiesta es necesario matar un borrego, porque si no hay comida, tampoco llegan los invitados. Pablo no comprará el borrego.

-Ya voy entendiendo, pero ¿cuál es la prisa para bautizarla?

Algunas de las hermanas de Macarina son católicas, al igual que la mujer de Pablo, pero otras se volvieron cristianas. Las católicas no cuidarán de la bebé si Macarina se va a trabajar, por el asunto de la deshonra, o al menos eso dicen; y las cristianas sí se ofrecen a cuidarla, pero Macarina no quiere dejársela a ellas, porque la bautizarían cristiana sin ni siquiera pedirle permiso.

Noté la angustia de Macarina ante la posibilidad de que le bautizaran cristiana a la criatura. La fiesta del bautizo es el costo que debe pagar para seguir siendo parte de su comunidad. La costumbre no perdona que falte la barbacoa, ni la del rico ni la de la madre soltera, ni la de nadie que bautice un niño. Con bautizo y sin fiesta Macarina quedaría mal con los católicos y con los cristianos. Ofrecí pagar el borrego. Se serenó y sonrió por primera vez. Fue cuando me dijo:

-¿Qué cree que hace Victor? Se fija en cuántos tacos o gelatinas vendo, y me exige el dinero porque dice que él es el hombre de la casa.