Contenido
Noche 1. El Genio de la
Biblioteca
Noche 4. Un Mundo Hostil-
O-Soto-Gari
Noche 5. Segunda
Adolescencia: Fealdad
Noche 10. El Megáfono de
mi Madre
Noche 11. El abolengo
Rosenzweig
Noche 12. La estirpe de
los Pichardo
Noche 14. Mi Último
Refugio en la Ciudad
Noche 15. Elección para
el Futuro
Noche 17. Tesis de
licenciatura y Viaje a Inglaterra
Noche 21. La Tormenta
Perfecta
Noche 25. Destazaron el
Rancho
Noche 28. Tratado de
Libre Comercio de América del Norte
Noche 32. Rebelión en la
Granja.
Noche 34. En el Cerro de Enfrente
Noche 37. Vasos
Estabilizadores
Noche 38. Mi Ultima
Batalla, TLCUEM
Noche 40. Barra
Estabilizadora. Tecnología Cubana
Noche 42. Por un Puñado
de Plata
Noche 43. Las Mieles del
Caribe
Noche 44. De Regreso con
las Bellas Durmientes
Noche 45. El
Citlaltépetl. El Sueño de un Imperio
Noche 46. Un Territorio.
Dos Mundos
Noche 47. Don Quijote
Cabalga de Nuevo
Noche 49. La Embestida
Final. Los Demonios Andan Sueltos
Noche 51. La Vejez Toca
la Puerta
Citlali, una Estrella
A mis sesenta y siete años, el espejo me devuelve un rostro
ajado, con una corona de fraile de completamente blanca. Si la dejo crecer
aparento más edad de la que tengo. Voy una estética que está en los portales.
Es un local sencillo, limpio y siempre está fresco gracias a los alerones que
lo protegen del sol y de la lluvia. Para la rapada solo pido que el personal
sea atento, que me atiendan rápido y que haya espacio para dejar mi bicicleta.
Ese día me tocó esperar unos minutos, mientras terminaban el
corte de otro cliente. Sentado cómodamente en un sillón lateral, observé de
espaldas a la estilista, y gracias a los espejos, también de frente. Pronto me
indicó que era mi turno.
—Qué guapa eres, le
dije.
Nunca me ha resultado fácil soltar piropos ni halagos, pero
ese día me salió del alma, tan natural que hasta yo me sorprendí. La chica vestía
casual, con ropa apropiada para el calor de la temporada. Me gusta el color de
tez morena como el de ella, y el cabello negro lacio es otro de mis imanes. Lo
llevaba a media espalda, y resplandecía como si hubiese salido de uno de los
posters que adornan las estéticas anunciando champús caros. Mientras me rapaba,
platicamos un poco. Se llama Citlali, y estudia el tercer semestre de
enfermería. Calculé que rondaría los veinte años.
—Listo señor.
Pagué, le agradecí mucho y me retiré.
Monté en la bicicleta para continuar con mi rutina. Bajé por
una calle empinada hasta el embarcadero, y para el regreso me tocó la subida que
exige esfuerzo pulmonar y músculo. Volví a la plaza para una pausa de
recuperación. Sentado en la jardinera de siempre, tengo una buena visión de
todo el movimiento. Pero ese día la distracción vino de adentro; cruzó por mi mente
la cabellera de Citlali como una cascada refrescante. Aún faltarían por lo
menos tres semanas para que me creciera el pelo y me tocara volver a la
estética. Vivo solo y la persona que me ayuda tenía el día libre. Ocupé
el resto del día entre la jardinería, la lectura y la hamaca, aunque ese día
fue poco lo que logré concentrarme.
Pasé de nuevo por la plaza al día siguiente, pues queda
sobre mi ruta ciclista. Habían colocado unos puestos móviles porque era un día
festivo, varios de ellos de joyería. Como si hubiera ido con esa idea, pregunté
si no tendrían algún dije con figura de estrella, aunque estuve a punto de
soltar la palabra en náhuatl. Solo había
estrellas de David. Ya me iba a rendir cuando una puestera me dijo: -Tengo esta
estrella. Es pequeña, con una montura de plata y picos de piedritas de colores.
-Me la llevo.
Cada día miraba al espejo para ver el avance. A la semana ya
se había dibujado la coronita, pero no fue sino hasta la cuarta cuando decidí
volverme a rapar. Ahí estaba ella, en la
puerta de la estética, tirando un balde de agua en la banqueta. Al entrar, me olió
a piso recién trapeado. Dejó el jalador de agua y me saludó: «Hola, qué gusto
verlo». Me miró con sus pupilas negras asentadas en un blanco inmaculado.
—Hola Citlali, ya volví, si, con el número cero —. La chica comenzó a raparme.
—¿Lo lastimé? — preguntó sorprendida.
-No te preocupes, no es nada. Hago muchos gestos, y a veces
tuerzo la boca. Es por un problema que tengo para controlar los músculos del
cuello.
Cuando terminó le entregué la estrella.
—Me acordé de ti en la feria.
La tomó y se la colocó en el cuello.
—Está discreta. Me la puedo
llevar puesta a la escuela.
«Hoy no iba a venir»,
me había dicho al llegar. Tenía planeado un viaje relámpago a la ciudad de
México con sus padres, que se canceló. A veces le gusta ir a un rancho con sus
abuelos donde tienen caballos y gallinas. Disfruta ayudar a su abuela a cuajar los
quesos. Citlali tiene mucha vida, pero no tiene historia. Todo en ella es
sencillo, transparente. Lo único extraño que me contó es que hace meses se
había pintado el cabello de verde, aunque ahora prefería su negro natural. Me
escabullí rápido de la estética; no quería arriesgarme a una impertinencia.
Bastante atrevimiento había sido ya entregarle el dije.
—Adiós, Citlali—,
dije en el tono más casual que pude. Volví a casa a regar las plantas, que
ardían de sed.
Lo que pasó después está envuelto entre la bruma. A la luz muy tenue de una
lámpara de mesa que iluminaba su rostro, Citlali estaba frente a mí, sentada
con los pies cruzados sobre un sofá de terciopelo antiguo en la biblioteca de
mi casa en el rancho de San Antonio. Su silueta parecía fundirse con las
sombras de la habitación, como si el terciopelo la absorbiera lentamente. Me
hacía las mismas preguntas que tanta gente antes, pero en la voz de Citlali,
que resonaba con la ligereza de un susurro, me hacían gracia, en lugar de
fastidiarme como solía pasar. Una por una las fui contestando, a veces dando
grandes rodeos o remontándome al pasado remoto. Me hacía mucho bien hablar con ella,
contarle mis cosas y era un deleite cuando me interrumpía para preguntar algo o
cuando se reía. Fueron cincuenta y dos noches que transcurrieron así, entre la
luz mortecina reflejada en el lomo de los libros, y las pupilas chispeantes de
Citlali interesada en mis relatos. Fue un
embrujo, o un encantamiento.
Noche 1. El Genio de la Biblioteca
—No acabo de entender —dijo la
chica—. ¿Qué busca usted con mi compañía? Voy a creerle que no quiere
aprovecharse ni jugar conmigo.
—Solo platicar y contar mi historia. Me gusta cómo escuchas.
Cuéntame, ¿por qué te animaste a venir?
—Es algo diferente. Los chavos
de mi edad me aburren. Hasta me voy a esperar para tener novio. Usted me dio
confianza, hemos platicado a gusto mientras le corto el pelo…No prometo nada,
igual nada más vengo hoy.
Hizo una breve pausa y añadió, con un tono decidido:
—¡Pero no vaya a estar de
coqueto!
Volteó a ver los estantes y dijo;
—Hay muchos libros aquí, ya ni se usan,
pero se ven bonitos, ¿sirven todavía?
Me quiso provocar con la inteligencia artificial, y en el
fondo, creo que tiene razón. Pero no me dejé. —Allá están los libros de poesía,
por ejemplo. —Me levanté y tomé uno casi al azar. Era de Benedetti y lo abrí—.
¡Wow! Aquí hay un poema que dice: «Usted puede contar conmigo, no hasta uno, no
hasta dos, sino contar conmigo».
La miré de reojo y vi que sonrió.
—Con solo con ver los estantes me lleno de ideas, y también
de recuerdos — le dije. Hay libros de novelas que los tomas y no puedes parar.
Otros son de historia, de arte, de economía, y algunos de filosofía. Varios
pertenecieron a mi padre. Una biblioteca es como si fuera un templo. Los libros
emanan voz, silencio y magnetismo. En ocasiones tienes la sensación de que te
miran los autores o los personajes. Hay una fuerza misteriosa que te hace tomar
justo el que te hace falta… aunque a veces pasa que vienes a buscar uno y se
esconde. Lo recuerdas verde y era morado. O se te aparece uno que no habías
visto en años.
La chica seguía muy atenta mi explicación. Le brillaron los
ojos cuando añadí:
—Hay un genio escondido en la biblioteca.
—Que a veces ayuda, y a veces hace
travesuras, dijo divertida, mientras se paseaba frente a la estantería. —En
la iglesia me sonríe la virgen, y a veces me espanta la mirada de algún santo.
Y también en el panteón. Cuando voy a
dejar flores a mi abuela, siento en ocasiones un escalofrío en la espalda.
De pie frente a los libros, se estiraba un poco para alcanzar
a ver las filas más altas o se inclinaba hacia las de abajo. Le llamó la
atención un libro de pasta negra que yacía sobre una mesa lateral. La imagen de
la portada era la de una joven oriental plácidamente dormida.
—Oiga, ¿y este libro?
Era “La Casa de las
Bellas Durmientes” de Yasunari Kawabata. Me tomó completamente por sorpresa. De
los dos mil volúmenes que hay, tuvo que elegir justamente ese. Después de mirar
la portada por un rato que me pareció eterno, le dio vuelta y leyó la
contraportada:
“La casa de las bellas
durmientes (1961) de Yasunari Kawabata, narra la historia de Eguchi, un
hombre de sesenta y siete años que visita un club secreto donde ancianos pagan
por dormir junto a mujeres jóvenes y vírgenes que han sido profundamente
narcotizadas. En este lugar, las reglas prohíben cualquier contacto sexual; los
clientes solo pueden acompañar el sueño de las jóvenes para recuperar
sensaciones e intimidades perdidas. A través de las cinco visitas que realiza
el protagonista, la obra de Yasunari Kawabata explora con un estilo lírico y
melancólico temas como la decadencia física, la soledad de la vejez,
el peso de los recuerdos y la fascinación por una belleza que resulta
tan pura como inquietante”.
—Qué libro
tan raro, dijo Citlali…
Sus ojos se quedaron quietos, y
las pupilas fijas, como en trance.
—Usted
también tiene sesenta y siete años, y también se siente solo. Dio un paso
hacia atrás, alejándose de mí.
La angustia se asomó a su rostro.
La escuché decir con una voz temblorosa:
—Ya me dio miedo, mejor me voy.
No salía de mi desconcierto. La
reacción de Citlali era previsible. Me había otorgado su confianza para venir a
conversar, y el libro había transformado mi hospitalidad en una sospecha
siniestra. Me quedé pasmado. Me asomé por la ventana hacia la oscuridad de la
noche, maldiciendo en silencio. No se me ocurría qué decir. Vi la silueta de Citlali
reflejada en el cristal; estaba de pie, rígida e inmóvil, pero temblaba. Con
cautela me giré para mirarla, y solo atiné a decir:
—Tranquila. Después de un silencio, añadí: —Un
día que vuelvas, te platico sobre ese libro. A mí también me impactó mucho
cuando lo leí.
—¿A Usted?
Su voz delataba su angustia.
—Los japoneses son muy raros
cuando escriben, pero no te mortifiques, aquí no viniste a pasar miedos.
El libro cayó de sus manos y el
golpe sordo retumbó contra las paredes. Respiró un poco más relajada.
—¿Nos hizo
una mala pasada el genio de la biblioteca?, dijo, tanteando el terreno.
—Si, ahora si se pasó. Mejor salgamos al patio. Te encamino hacia tu
casa.
Asintió con la cabeza, y antes de
perderse por el sendero, volteó y me dijo:
—Voy a
volver, para que me platique sobre ese libro.
Noche 2. Volvió Citlali
Sentí un gran alivio cuando
escuché los pasos de Citlali acercándose por el pasillo. Como es menudita, sus
pisadas casi no se escuchan ni se sienten, pero yo estaba ese día con el oído
bien aguzado.
— ¿Ya ve
que sí volví?, dijo al entrar. Me quedé intrigada con ese libro de la “Casa de
las Bellas Durmientes”. Ese que se refiere a unos ancianos que van a contemplar
a unas chicas que tienen narcotizadas. Y que no les hacen nada. Que los
japoneses alucinen de esa manera lo puedo imaginar, tienen fama de ser raros,
pero que Usted haya tenido esa novela abierta sobre la mesa, eso es lo que me
gustaría saber.
Me sorprendió el aplomo y la
seguridad con los que habló. Mostró un
temple y una confianza en sí misma que no le conocía.
—Es una novela, que maneja un
tema escabroso, pero es literatura, le respondí. — Lo que se cuenta ahí nunca
ha pasado en la vida real. Con lo que sucede en México, la historia de un
anciano encerrado con una chica drogada e inconsciente saldría en todos los
noticieros, desde la vivienda donde lo hubieran capturado hasta las entrevistas
con los vecinos, que por cierto nunca sospechan nada. En esa novela no hay ni policías, ni mafiosos,
ni tratantes de blancas, ni siquiera leyes. En la reseña que leíste, está el
anciano, está la chica, pero en términos de acción es prácticamente todo lo que
pasa. La joven está dormida así que toda la novela sucede en la mente del visitante.
Ellas despiertan en él recuerdos y
vivencias. Si no estuviesen dormidas hablarían, o interactuarían de alguna
forma, y entonces la novela dejaría de centrarse en los sentimientos de él.
—¿Y por qué
entonces no meditan en otro lugar? Podrían ir a un jardincito de piedras, o
sentarse debajo de un cerezo en flor.
—La belleza de las chicas es lo
que sirve de inspiración, pero a diferencia de un atardecer de ensueño, ellas
no solo estimulan la imaginación y la memoria, sino que también despiden
fragancias, se escucha su respiración, y cambian de postura, aunque estén
dormidas.
—Ya me
imagino a lo que quiere llegar. Es como una experiencia súper inmersiva, de
esas que te atrapan por completo, como un concierto en vivo. Aunque me sigue
pareciendo muy extraño.
—No te voy a contar más de la
novela. Hay partes que ni siquiera les entendí. Los hombres reflexionan sobre
su vida y sus relaciones de amor y desamor. Y cuando eso sucede, las mujeres
del pasado cobran vida, discuten, aman, se enojan, y muchas veces se van.
—Ya veo,
pero… ¿es ese su libro favorito?
—Es de esos libros que te dejan
pensando. Y el tema de las mujeres es uno de los que siempre anda rondando por
mi cabeza. No creo que tardes mucho en preguntarme por qué no me casé, ni tuve
hijos, ni formé familia. Y no va a ser fácil encontrar una respuesta.
—Justo, ya
me ganó. El otro día le pregunté por sus nietos y se hizo loco. Ahora me tiene
que contar.
—Es lo que más quisiera. Mucha
gente me hace la pregunta, pero nadie se toma el tiempo para escuchar una
respuesta. Al escuchar la historia de mi vida, la verdad estará por ahí metida,
enmarañada, atorada entre las brumas de la memoria, y sumergida entre los
sentimientos de la infancia, la adolescencia y la edad adulta.
—Cuénteme
entonces. Solo que no vaya a quejarse si me quedo dormida. En ese caso seré…
Hizo una pausa para pensar, y con
una gran sonrisa remató la frase:
—Su “bella durmiente”.
Noche 3. La Narco Muñeca
—Sabes Citlali, ¿lo que me sucedió el mes pasado que fui a
Guadalajara?
—Ni idea. Supuse que
comenzaríamos por su infancia…
—Comenzaremos mejor por un día cualquiera en mi tercera
edad.
Asistí a una boda en Guadalajara.
La ceremonia, el lugar, la comida, todo bien, incluyendo unos mariachis que
llegaron a ambientar. A la hora en que los novios y sus padres abren la pista,
normalmente me escabullo, pues ya nada más queda ver bailar a los demás. Sin
avisar a nadie, pedí mi Uber con destino a un club nocturno que ya había
identificado antes.
Ya dentro del table dance,
divisé a una morena de unos veinte años, de cara bonita y un cuerpo escultural.
Entre copas y charlas subidas de tono, piropos y coqueteos, terminé cediendo al
impulso de subir a la zona VIP, un reservado a media luz, un sofá amplio de
color chillón, y música a todo volumen con boleros pasados de moda. Tenía necesidad
de sentir la piel suave de una mujer.
El reservado olía a encerrado, a
licor y otros líquidos derramados. Siempre me ha gustado charlar un poco antes
de cualquier cosa. Ella era simpática, y su acento me hizo gracia. Se volvió
bailarina exótica al percatarse que el mercado laboral es un insulto para quien
ya probó las mieles del dinero. A los
quince años conoció a un tipo cuarentón, quien la convenció de juntarse con él;
para lograrlo, no escatimó en joyas, ropa de marca y motocicletas de alta gama.
Sospechó que el hombre se dedicaba a
actividades fuera de la ley, pero se dejó llevar por el hechizo. Vivió en una mansión
ostentosa, con columnas romanas, ángeles de yeso, y piscina climatizada,
rodeada de la miseria de un barrio marginal que muere de sed en épocas de
estiaje.
—Me cumplía todos mis caprichos—, me contó
ella.
—Dime uno, como ejemplo—, le
pregunté.
—Invitaba a todas mis amigas a
vacacionar en Cancún. Volábamos en clase premier, llegábamos a hoteles de gran lujo,
cenábamos en los mejores restaurantes y nos amanecíamos en las discotecas de más
moda. En todos lados nos trataban como auténticas princesas. En el equipaje, echaba
unas bolsas de papel de estraza que me daba mi novio antes de partir, con de
fajos de billetes, para propinas, y compras en los shopping malls.
A su pareja lo mataron
unos sicarios de bandas rivales y a ella la lanzaron a la calle, la despojaron
de todo y la amenazaron de muerte si denunciaba algo. Después del shock de la
tragedia, y aún sin superar del todo el dolor que le causó la pérdida de él,
por quien llegó a sentir afecto y tal vez amor, -lleva su foto en la pantalla
del celular- se lanzó a la calle -a la familia no podía recurrir-, y optó por
la mejor opción que se le presentó, la de bailarina exótica y acompañante en un
lugar con cierto abolengo en ese giro. Ahora su meta es terminar el segundo
piso de una casa que tiene en un barrio de la periferia.
Todavía tuvo un último golpe de suerte. Un día llegó a
rastras hasta su casa un ex escolta de su novio asesinado, y le entregó
seiscientos mil pesos dentro de una caja de cartón. Venía huyendo de la policía
que ya le seguía los pasos.
—Prefiero dártelo a ti a que me lo decomisen, le dijo.
Yo estaba encantado escuchando las historias de la chica,
mientras le acariciaba la cabellera y vaciábamos nuestros tragos. Ella parecía
estar dispuesta a contarme más, cuando de pronto se apareció un gigantón para avisarnos
que nuestro tiempo se había agotado. Al cruzar el umbral de la salida me sentí
tan solo como cuando llegué.
Citlali seguía en su sillón, muy quietecita.
—¿Ya terminó? Porque esperaba escuchar
la historia suya, no la de una chiquilla de esas.
—Cualquier vida puede resultar apasionante. Podríamos
platicar sobre el amor a primera vista; sobre el dinero y la felicidad, sobre
el éxito y la caída, sobre la resiliencia, sobre la compasión y la generosidad, y sobre
la triste realidad de nuestro pobre México. Toda vida es un espejo en el que
uno puede mirarse a reflexionar.
— ¡Zácatelas!
Habría que limpiar esos espejos antes de
mirarse uno ahí.
Estaba claro que Citlali no quería dejar ninguna rendija de
simpatía hacia la chica de Guadalajara. Pero me sorprendió al añadir:
—Me gustaría conocer otras historias
de su tercera edad.
Noche 4. Un Mundo Hostil- O-Soto-Gari
Citlali ya estaba en la biblioteca cuando entré, sentada en
el piso sobre unos cojines con los pies cruzados, hojeando un libro sobre Dalí.
—Hola— me dijo alegre. —Qué raro
pinta ese señor. Pero está entretenido.
—Fíjate en esa lámina que estás viendo. Se llama “La
Venus de los Cajones”. Tiene incrustados
unos cajones en la cabeza. Significa que todo mundo guarda secretos, y que
tenemos facetas ocultas. No es que sean malas, sino sencillamente que nos las
guardamos para nosotros mismos.
Citlali se llevó las manos a la cabeza y empezó a enredar y
desenredar unos mechones de cabello, pensativa.
—No me gustan los enigmas,
dijo después de un rato. Yo abriría todos esos cajones de golpe y sin avisar, a
ver qué encuentro.
—Comencemos con alguno de los míos, si te parece.
Daré un salto de cincuenta y cuatro años hacia atrás, para
situarme a los trece, al comienzo de la adolescencia. Mi familia y yo nos trasladamos a vivir de retorno
a México, después de haber vivido seis años en Sudamérica, cinco en el Perú y
uno en el Ecuador. Fue un regreso intempestivo, pues mi padre decidió de pronto
dejar el empleo que tenía en un organismo internacional, la FAO, para venir a
colaborar al gobierno del Estado de México, presidido en esos años por Carlos
Hank González. El año fue 1970 -no se me puede olvidar- pues escuchamos el
llamado juego de futbol del siglo entre
Italia y Alemania en el Mundial por la radio en nuestra casa en Quito. Yo tenía
la idea de que habíamos venido a la ciudad de México de vacaciones, pero ya
nunca más volvimos a nuestro hogar en tierras ecuatorianas.
La vida en Quito había sido grata. Me juntaba por las tardes con una banda de
niños de la colonia y salíamos a explorar las calles, a jugar futbol, y a
caminar en fila india sobre las bardas traseras de nuestros jardines. Al salir de la escuela regresaba a pie, muchas
veces brincando charcos, pues caían unos chubascos torrenciales casi a diario.
Siempre iba yo bien preparado con mi paraguas y en esa época era mi artefacto
favorito, pues me permitía caminar bajo la lluvia sin mojarme. Lo consideraba
un invento extraordinario. Antes de salir a México nuestra perra bóxer que
acababa de parir una camada de ocho cachorritos. La eché mucho de menos.
El día de nuestra llegada a México, mi abuela Omma organizó
una comida con todos mis tíos y primos en su casa de la calle de Félix Parra. Después de los postres salimos a un pequeño
jardín frontal. Habían organizado unas peleas. En cada tanda, pelearía uno de
los recién llegados -mis dos hermanos y yo- contra aquel de nuestros primos que
tuviera nuestra misma edad. Me tocó el segundo turno, pues soy el segundo de los
hermanos, contra mi primo Carlos. Mi combate fue breve. Apliqué a la perfección una llave de judo que
había aprendido en unas clases en los sótanos del Estadio Nacional de Lima, el O-Soto-Gari.
Lo jalé por las solapas, puse mi pierna
derecha detrás de las suyas, y lo empujé hacia atrás. Nadie se esperaba verlo
en el césped. Me aventé sobre él tratando de inmovilizarlo, pero mi ejecución
no fue buena y salí con varios moretones en el cráneo. Los adultos habían formado un círculo alrededor nuestro, como en
las peleas escolares que me tocaron después. Los rijosos al centro y toda la
escuela alrededor gritando «¡bronca, bronca!».
—Vienen los primos que no se
ven desde hace tiempo y los ponen a pelear. Tan fácil que hubiese sido inventar
otra dinámica— comentó Citlali.
Cuando terminaron aquellas vacaciones, ingresé junto con mi
hermano Fernando a un internado que dirigía una señora alemana, dentro de su
casa en la colonia del Valle. No éramos muchos.
Tal vez unos veinte de planta más algunos que posiblemente iban por las tardes
a hacer sus tareas ahí. La señora se llamaba Sabine, casada con un italiano de
apellido Arienzo. No me llegan a la memoria las escenas de cómo fue la
despedida de mis padres antes de que ellos volvieran temporalmente a Quito; él
a entregar su oficina y mi madre a levantar la casa.
—Me huele como a un bloqueo.
Pronto me di cuenta de que tendría que aprender a defenderme
en ese medio. No estaba acostumbrado a lidiar con las burlas y travesuras que
eran comunes en aquel entonces, que sentía como agresiones y tal vez lo eran.
Había chicos que aventaban bolitas de chicle a la cabeza con una cerbatana -un
popote de plástico-, o aventaban agua con unas jeringas sin que pudiera darme
cuenta de quién había sido. Había que estar alerta y a la defensiva. El judo me
ayudó de nuevo a lidiar con un chico molesto de apellido Capeletti. Le apliqué
la misma llave que a mi primo, pero a él si lo rematé en el suelo con un
rodillazo en la cabeza. Nunca se volvió a meter conmigo. Me quedé muchos años
con un mal sabor de boca, ya que ese golpe pudo haberle causado un daño grave.
—El O-Soto-Gari, versión
callejón— intervino Citlali.
El único momento grato en todo ese año fue la visita de mi
madre en una ocasión que caí enfermo; estuvo conmigo toda la tarde y me enseñó
unos juegos con unas ligas en los dedos, que las enlazaba y cruzaba de
diferentes maneras hasta que surgían unas figuras bastante sorprendentes.
Lástima que no me aprendí esos malabares; me gustaría tenerlos ahora dentro de
mi arsenal de habilidades. También me enseñó a hacer figuras con papel doblado,
tipo origami, de modelos que estudiaba en un libro muy antiguo editado en
España con ilustraciones e instrucciones muy exactas.
— Le ha de haber sabido a
gloria ese apapacho de su madre.
—Si, es el mejor recuerdo que tengo de ese internado. Y es
una palabra muy hermosa, de origen náhuatl, la que has utilizado.
Noche 5. Segunda Adolescencia: Fealdad
Cuando llegó Citlali aún se escuchaban unas chicharras, que
estuvieron haciendo un ruido atroz desde las primeras luces de la mañana y
hasta el crepúsculo. Son tantas, que incluso bajo el sol del mediodía uno tiene
la sensación de que estuviera lloviznando, de tanta agua que emanan. Por las
noches guardan silencio.
—¿Qué le pasó en el dedo que
lo trae vendado?, preguntó cuando me vio.
—Por la mañana recogí unos cocos pequeñitos, de esos que se
dan en racimo en algunas palmeras, como si fueran uvas. En mi taller les quité
la pulpa, y con un punzón les abrí los tres agujeros que traen arriba, igual
que los cocos grandes. Y me pinché la
mano…
—La gente, caray, hace muchas barbaridades
y luego llegan a emergencias para que los curen… ¿Y para qué andaba haciendo
eso?
—Me entretengo haciendo artesanías. Quiero hacer una versión
en miniatura del gran Tzompantli de Tenochtitlan…
Se quedó pensativa un momento y exclamó:
—Muy ingenioso. Los coquitos como
calaveras…
Terminó la estancia en el internado y la familia se volvió a
juntar en la casa ubicada en Jaime Nunó, colonia Guadalupe Inn. Era de dos
plantas, típica de clase media: Sala comedora abajo, y cuatro habitaciones
arriba, garaje de un solo auto y pequeño jardín atrás. Mi hermano Gabriel tenía
su cuarto independiente, y mi hermano Fernando y yo compartíamos otro. El
tercero era el de mis padres, y había uno más que se destinó a los libros de mi
progenitor, que siempre fueron muchos.
No me causó ningún inconveniente compartir habitación con Fernando.
Nuestra relación en la niñez había sido buena, pero al paso del tiempo nos
comenzamos a alejar. Con Gabriel hubo poca convivencia pues en aquellos tiempos
teníamos intereses y personalidades muy diferentes, el muy estudioso,
interesado en la vida social y una predilección juntarse con los adultos de la familia.
Salía poco a la calle, de la casa a la escuela y de la
escuela a la casa. Esa era la gran diferencia con la vida de mi niñez. Antes
salía a la calle a jugar, y ya en México, no logré hacer amigos en la colonia
donde vivía. Cuando veía chicos de mi edad, me daba la impresión de que se
burlarían de mí, o que me atacarían, así que prefería evitarlos y regresaba a
casa lo más rápido posible.
—La gran ciudad le dio pánico
escénico— dijo Citlali.
Le dedicaba muchas horas a hacer mis deberes escolares, tal
vez mas de las necesarias. La televisión en México nunca me cautivó. Siempre me
quede extrañando los programas que veía de niño, como Batman, los
Picapiedra, los locos Adams, Lassie, y el Llanero Solitario, entre otros. Solo
algunos s programas cómicos me gustaban, como La Carabina de Ambrosio y el
Chavo del Ocho, pero Pelayo, Chabelo y Siempre en Domingo eran
verdaderamente insufribles. Jugaba mucho a las barajas, sobre todo a un juego
de solitario. Hacía yo dos equipos, les repartía las cartas, y uno ganaba y
otro perdía, pero yo era el único jugador.
—¿En serio? — preguntó
incrédula Citlali.
—Hace poco leí un libro sensacional, La Novela de Ajedrez,
de Stefan Zweig. El protagonista
es capturado y lo mantienen aislado del mundo. Para no enloquecer, juega
ajedrez contra sí mismo, sin tablero y sin piezas. Todos los movimientos los
realiza en su mente…eso ya está a otro nivel.
Fue un gran alivio cuando me inscribí a unos cursos de
inglés en el Instituto Angloamericano, que estaba a unos quince minutos
caminando de mi casa. Disfrutaba las caminatas de ida y vuelta, las clases, y me
encantaban los libros con los que practicábamos pues me abrían el mundo de
Inglaterra. Algunos compañeros me caían bien y me encantaba ver de reojo a una
chica muy guapa, trigueña clara, que aparte vestía muy elegante al estilo escocés.
Pero nunca le hablé. Mis idas al Anglo eran un espacio preciosísimo de libertad
personal.
Mi cuerpo comenzó a cambiar, primero la voz, el vello
corporal, todo eso…el bigote y la barba nunca me salieron bien, y ya de adulto,
a lo más a lo que llegué fue a una piochita, más rala que la de Yaser Arafat.
Enfrenté la etapa de los granos en la cara, que fue bastante agresiva. Una
infinidad de marcas rojas me cubrían la frente, las mejillas y la barbilla,
tapando todo mi rostro. Lidié con ellos durante varios años hasta que empezaron
a desaparecer. Mi voz comenzó a sonar como bocina descompuesta. Un día, de visita en casa de mi tío Felipe,
decidió grabarnos, a sus hijos y a mí. Escuchar mi voz fue una experiencia
verdaderamente horrible. El sonido de bocina descompuesta fue desapareciendo
muy gradualmente. Me ha tocado escuchar
voces muy sonoras, de esas que uno siente la vibración hasta en la yema de los
dedos, con sonidos claros, bien definidos. La mía era opaca y no hacía vibrar
ni mis pestañas.
En la escuela, me apodaron el Gusano. Aparte de mi delgadez
algo notarían mis compañeros. Nunca he
podido dar un buen apretón de manos. Cuando saludo a alguien de mano, la mía no
embona, se queda tiesa o no la muevo como debe ser, o tal vez sea un tema de la
muñeca o del brazo y no de la mano. Es algo que nunca pude entender.
—Oiga, yo me imagino que no habrá sido tan
feo de joven. Con pelo, no sé si lacio o chino, sin arrugas y de buena estatura…
pues no ha de haber estado tan mal. Enséñeme una foto, ándele…
Saqué una cajita metálica del archivero, y le mostré una
donde aparezco cargando un perro.
—Ya vio, dijo Citlali
entretenida. —Y a usted que le gusta
describirse casi como un monstruo…
Me sentí complacido, muy a mi pesar.
—Pero añádele mi voz toda fea, y los granitos en la cara…
—Párele. ¡Tampoco es que lo
haya diseñado la inteligencia artificial! Soltó una risita, divertida.
Noche 6. Rancho Contento
Aún llegaban a la ventana los últimos resplandores del atardecer
por la altura tan considerable donde se ubica la biblioteca. El pueblo, al sur;
La Peña, al poniente. Un poco más tarde llegó Citlali.
—Venía subiendo por la vereda
y vi unos árboles de hoja muy rala pero llenos de flores amarillas. ¿Cuáles
son?
—Mi madre recolectó las semillas en Tierra Caliente, por el
rumbo de Otzoloapan. Siempre dijo que cuando ella faltara, y viéramos esas
flores, pensáramos en ella. Y eso es exactamente lo que me sucede todas las
mañanas, cuando bajo al pueblo y las
veo. Las ardillas y los cacomixtles se han encargado de esparcirlas, y ahora el
árbol está por todos lados. El fruto parece un limón persa, y la semilla al
centro es enorme, con forma parecida a una concha de mar. Le nombran “codos de
fraile”. Con ellos se elaboran los cascabeles que utilizan los danzantes
folclóricos en los pies. Es un instrumento musical muy ingenioso pero un tanto
primitivo.
-Ya sé cuáles. ¿Pero cómo se
llama el árbol?
Me quedé pensando si convendría hacer un poco de erudición
con este tema que me llegaba rodado.
-Viene de la palabra náhuatl “ayoyotl” pero le puedes
decir ayoyote. “YOTL” significa calabaza. Al repetir la primera
sílaba o parte de ella, se usa para expresar pluralidad, intensidad, frecuencia
o para crear diminutivos y formas afectivas. Al decir a-yo-yotl, se
indica que es un fruto pequeño y esférico. Me encanta cómo funciona el náhuatl.
— ¿A ver, otro ejemplo de esa repetición?
—Cacáhuatl…
— ¿Perdón? ¿Escuché bien? —
dijo sorprendida
Procuré mantener la seriedad, pero no pude ocultar una
sonrisa.
-La raíz es cáhuatl que significa semilla, y ca-cáhuatl
hace referencia a que hay muchas semillas dentro de una vaina.
—Es muy culto usted —, dijo
en tono que pretendía ser un reproche, — pero después de una pausa soltó: —¿Que pasaría con un tartamudo?
Y ella sola se contestó:
—Que de todo le darían de más,
supongo.
Los dos nos reímos de buena gana. Estábamos frente a frente,
y de pura casualidad, había una bandeja con cacahuates con cáscara que había comprado
en el mercado. No le comenté a Citlali que muchas veces, en la soledad del
cerro en el que vivo, me distraigo buscando información sobre las plantas y los
insectos que encuentro. Y más recientemente, comencé a obsesionarme por las
palabras en náhuatl, por una extraña asociación de ideas. Entre cáscara y
cáscara, volví a sumergirme en mi pasado.
En aquellos años en que vivimos en la casa de la Guadalupe
Inn, los hermanos de mi madre y ella decidieron emprender un proyecto semi
campestre en la localidad de Tenancingo, Estado de México. Compraron un terreno
grande y ahí hicieron un conjunto de ocho casas individuales. Había una pequeña
cancha de futbol, otra de squash, y una alberca mediana. Lo demás eran
jardines. Se llamó Rancho Contento. Íbamos ahí cada semana o a más tardar cada
quince días. La convivencia era intensa con los primos, y la de mi madre con
sus hermanos y cuñados, y desde luego con mi abuela Omma. Los domingos siempre había
una comida comunitaria. Cada familia (las tías y mi madre) preparaban un
platillo basto para compartir. Ignoro si se pondrían de acuerdo en qué
prepararía cada una, pero el resultado eran banquetes suculentos. Eran buenas
cocineras y se esmeraban por quedar bien. Nunca he sido un buen gourmet, así
que solo recuerdo los bolillos con chorizo recién asado, crepas de rajas, mousse
de camarón, cecina con guacamole y unas gelatinas con frutas ahogadas. De tomar
había aguas frescas, ya fuera de horchata, jamaica o de tamarindo.
La mayor parte del tiempo, sábado por la tarde y domingo por
la mañana, lo dedicábamos a jugar futbol. Organizábamos partidos con formatos
que dependían del número de los que
estuviéramos presentes: cinco contra cinco, tres contra tres, y así.
Cuando de plano no se lograban juntar jugadores para los dos equipos, salíamos
a la calle, y ahí había muchísimos niños de todas las edades. Seleccionábamos a
los que necesitábamos, los invitábamos a nuestra privada, y ellos iban
encantados de jugar en una cancha con césped. A veces jugábamos nosotros contra
los “niños pobres” lo cual era siempre una masacre, así que repartíamos a los
niños pobres en los dos equipos para tener partidos equilibrados.
—Oiga, más respeto. ¿Cómo que
los niños pobres? Uno no debe referirse a las personas por ese tipo de
características—, dijo Citlali.
—Tienes razón, así hablábamos hace cincuenta años y ahora no
se oye bien. Pero me entendiste…
Los marcadores eran
abultadísimos, algo así como 45-36 y no parábamos hasta que se metía el sol.
Mas adelante, varios de mis primos tuvieron motocicletas, A mí me compraron una
bicicleta con la que fui feliz. Me iba
al centro, tal vez varias veces al día por diferentes rutas, y muy seguido
salía a las localidades rurales que estaban cerca, a unos cinco o diez
kilómetros de distancia. Se cruzaban llanos muy hermosos, cultivados con maíz,
algunas hortalizas, y también había varios huertos de aguacate y zarzamora. Usualmente
íbamos tres o cuatro. El mejor ciclista
era definitivamente yo, en una época en que no estaba tan consolidado como
deporte. Uno se subía a la bicicleta con la ropa que traía puesta, no como
ahora, que los ciclistas utilizan atuendos especiales, y llevan aparatos muy
sofisticados para guiarse y saber cuántas calorías quemaron. A veces nos
juntábamos toda la bola de primos a contar chistes o platicar anécdotas, y en
general me llevaba bien con todos. Con mi padre jugué ajedrez muchas tardes. El me enseñó el juego y algunas estrategias.
A veces participaba alguien más, pero no era tan seguido, y yo me quedaba al
lado de mi padre observando las partidas.
Con mis tíos siempre mantuve una actitud distante. Me
inspiraban cierto temor y prefería mantenerme alejado de ellos. Los hermanos
Pichardo, tanto hombres como mujeres, eran la parte dominante en sus
matrimonios. Mi padre siempre se mostró dócil ante mi madre, y procuraba darle
gusto en todo. Mi madre lo trató siempre bien, conversaban bastante entre
ellos, pero mi padre desentonaba en el ámbito Pichardo. Ellos eran hombres de
negocios, hombres de acción, hombres que supieron hacer un buen capital. Mi
padre en cambio era un intelectual. Fue uno de los íconos en la historia
económica de nuestro país. Tuvo cercanía y colaboró con algunos de los intelectuales más reconocidos de su
juventud, como Vicente Lombardo Toledano, Martin Luis Guzmán y Daniel Cosío
Villegas, entre otros. Mi tío Felipe, ingeniero petrolero y próspero constructor,
jamás supo quiénes serían esos personajes. Mi tío Carlos, ingeniero
especialista en soldadura -el primero que hubo en México- me imagino que
tampoco. Así que mi padre era un extraño en el clan, por más que siempre se
mostró amable y le gustaba charlar con todos, o intentarlo. -Amigo Felipe, le
dijo un día a manera de saludo. -Fernando, tú y yo no somos amigos, somos
parientes, que es diferente.
—Rudeza innecesaria, intercaló
Citlali.
Muchos años después, durante la última vejez en la larga
vida de mi madre, le agradecí al tío Felipe todo lo que había hecho por ella, a
lo que me contestó: «No lo hago por tu madre, lo hago por mi hermana, que es
diferente». Más claro ni el agua, y en mi adolescencia tuve el atisbo de ese
rechazo que se fue confirmando con los años. Al ser mi padre un intelectual, y
los otros hombres de negocios, nuestra familia siempre fue la que tuvo menores
recursos económicos. No es que nos faltara nada, pero siempre estábamos a la
zaga, ya fuera en el tamaño de nuestra casa, los modelos de nuestros carros, y
la ropa que usábamos.
Desde entonces me quedó cierto dualismo en torno al dinero.
Por una parte, pensé que yo sí haría dinero como mis tíos. Por la otra, tenía
el ejemplo de mi padre, que disfrutaba muchísimo escribiendo artículos y notas.
Lo recuerdo perfectamente con su bloc y su lápiz, en una mesa pequeña que
sacaba al jardín de la casita de Tenancingo. Para el fin de semana empacaba un
portafolios de cuero con sus libros, fácilmente cinco o más, y desde que se
subía al auto -manejaba mi madre- iba leyendo y subrayando, lo cual era
notable, pues sus subrayados eran perfectos. Para eso tenía un pulso de
cirujano.
En alguna ocasión en que nos juntamos a charlar primos y
primas, alguna de ellas tuvo la idea de que formarían dos equipos, liderados
por ellas. Irían escogiendo a los hombres que estábamos ahí, lo cual era
práctica usual entre nosotros antes de nuestros partidos. Pero en esta ocasión
seleccionarían por el atractivo físico de cada uno. Las primeras elecciones
eran casi obvias, pues había algunos con fama de bien parecidos. Yo sentía que
me escogerían hacia el final, pero, antes de que dijeran el nombre del
siguiente seleccionado, no perdía la esperanza de que fuera el mío. Pero fui el
último. Los días que siguieron no dejé de recriminarme haber participado en ese
juego. Una cosa es ser el patito feo y otra diferente estarlo demostrando.
—Zas. Eso si estuvo muy cruel—exclamó
Citlali, indignada.
Hacia el final de esa época de Tenancingo, algunos de los
primos salían a las calles al atardecer en el auto de uno de ellos (no todos
teníamos) a conocer muchachas pueblerinas e invitarlas a subir. Si accedían les
invitaban un helado y luego iban a estacionar a algún lugar discreto para
retozar un poco. Alguna vez fui con ellos. Traté de hacer lo mismo, pero no se
me dio. Solo logré intercambiar algunas palabras con la chica, pero la mayor
parte del tiempo esperamos a que los demás terminaran con su juego. A mediados
de los setenta, abundaban los niños y jóvenes por el crecimiento demográfico
brutal de aquellos años. No había ese resentimiento de clase entre ricos y
pobres que se siente ahora. Tenía la percepción, que ahora asumo equivocada,
que cada uno aceptaba su lugar en el mundo, y no era extraño que las chicas
pobres compartieran con los niños ricos. Ese mundo se terminó en parte por el
esfuerzo educativo del gobierno, lo que ahora se llamaría el empoderamiento de
las mujeres, y por la aparición de bandas criminales y la delincuencia
organizada.
Citlali se arremolinó en su sillón, pelando un cacahuate con
tanta fuerza que la cáscara crujió entre sus dedos. Me interrumpió de golpe,
con una molestia nítida en la voz:
— ¿Qué diablos se creían ustedes?
Salir a acosar chicas…no tiene perdón…aunque dice que ellas aceptaban…En fin,
no me lo puedo imaginar. ¡Pero sí le
digo, me da rabia eso!
—Sabía que te podías enojar, sobre todo después de que te
conté lo de los “niños pobres”. Pero preferí ser transparente y no omitir este
tipo de detalles.
—Ningunos detalles—remató
ella, aún molesta.
En aquellos años de Tenancingo aprendí a manejar, lo cual
era uno de mis logros que más me llenaba de orgullo. En la casa, la que
manejaba casi siempre era mi madre. Mi padre solo aprendió a conducir automóvil
hasta después de haberse casado, y nunca fue un buen piloto, ni le gustó estar
al volante. Mi madre era muy buena conductora, algo notable para la época,
siendo mujer. Sobre todo, en carretera. A ella le habían enseñado desde muy
joven sus primos varones y fue ella quien me transmitió muchos consejos para
conducir, tales como frenar antes de la curva y acelerar al salir de ella,
frenar con motor haciendo los cambios de embrague, alinear el centro del cofre
con la línea blanca de la carretera, nunca pasar sobre lo que pudiera parecer
una bolsa o una caja de cartón, dar y pedir los cambios de luz larga, nunca
rebasar en columpios verticales, hacia dónde mirar para no dejarse deslumbrar
por los autos que viniesen en sentido contrario, entre muchos otros. Puse gran
empeño en aprender, y no pasó mucho tiempo antes de que yo fuera el chofer
designado para trasladarnos todos de la ciudad de México a Tenancingo. Uno de
mis grandes orgullos fue el día que por primera vez me llevé yo solo el auto de
la familia a hacer alguna diligencia dentro de la ciudad. Luego tuve que aprender a lidiar con policías
y con mecánicos, que son la eterna pesadilla de todo automovilista.
—Y ahora ya no maneja—, dijo
Citlali, —más que su bici y su cuatrimoto. Pero le voy a decir algo que no
le va a gustar. Me hace un retrato de unos niños ricos de telenovela, medios
prepotentes, medios bobos, unos más que otros…
Las casas de Tenancingo se vendieron por ahí del año 1985. Al
crecer, muchos de nosotros encontrábamos aburrido el pueblo y preferíamos tener
actividades en la ciudad. Además, mi abuela Omma tenía un rancho de 120
hectáreas en la localidad de Valle de Bravo, y ya había dicho, desde muchos
años antes, que ese rancho lo dividiría entre sus nietos. Valle de Bravo era la
joya de la corona turística del Estado de México, por la presa y sus calles
típicas de poblado mexicano antiguo. Tenía una vida nocturna que Tenancingo no
tenía, así que la tentación fue grande. Entre todas las cinco familias
descendientes de la Omma, y herederas del Rancho en Valle de Bravo, comenzó la
inquietud por el traslado hacia allá y el abandono del “Rancho Contento”.
Nosotros los Rosenzweig, comenzamos a construir nuestra casa a la mitad del
cerro que nos tocó, con una vista hacia el pueblo y las torres de la parroquia
hacia el Sur y la presa, hacia el Poniente. Fue un reto para nosotros hacer esa
casa. Mis tíos los ingenieros no pensaron que lo lograríamos, pues ni éramos
empresarios ni teníamos ninguna experiencia en la construcción. La casa la
construimos, evidentemente, con recursos de mi padre, pero no hubiese sido
posible sin el empeño y corazón que pusimos mi madre y yo. La construcción de
esta casa marcó un hito en la relación con mis tíos los ingenieros, pues
marcaba el fin de nuestra dependencia hacia ellos, el fin de su liderazgo, el
final de la historia en la que ellos siempre fueron los mejores, y dejaba claro
que nosotros, los Rosenzweig, también podíamos.
—¡Tomen para que aprendan! — exclamó
Citlali, mientras se ataba los tenis que se había quitado, como era su
costumbre.
Noche 7. Ladrillos y Maíz
Cuando llegó, noté a Citlali un poco desmejorada, con
cansancio en su semblante. No había parado de hacer cortes y peinados para
todas las chicas que querían estar guapas en su fiesta de graduación de
preparatoria, que sería esa noche.
—Hoy sí me cansé —dijo,
dejándose caer en el sillón—. Vengo rendida. Lo normal son dos o tres cortes
en una mañana, pero hoy no paré ni para el almuerzo. A la última chica le dije
que se le veía bien su cabello largo porque ya no tenía fuerzas ni para tomar
las tijeras. Nada más la peiné; me quedó bien, y se fue contenta. No creo que
usted sepa lo que es trabajar así de duro.
Durante unas vacaciones de verano en Rancho Contento, uno de
mis tíos tuvo la idea de ponernos a trabajar en la obra del mercado municipal
de Tenancingo, donde él era contratista, para que fuéramos conociendo el valor
del esfuerzo y del dinero. En aquel entonces ninguno de nosotros había cumplido
los dieciocho años, pero eso no era impedimento; ni siquiera se había inventado
la credencial del INE. Yo acepté con gusto; ya tenía esa edad en que uno quiere
despertar al mundo.
Llegamos muy temprano en nuestras bicicletas y las
encargamos con uno de los intendentes. Había unas torres de ladrillo rojo
apiladas en uno de los patios de maniobra y nuestro trabajo consistió en
trasladarlas a otro lugar. Los primeros montones los cargamos a pulso; no
serían más de cinco por viaje. Pronto surgió la idea de hacer una cadena
humana; nos colocamos a una distancia de unos tres metros de separación y nos
aventábamos los ladrillos de mano en mano. Fue divertido, pero pronto nos
cansamos. Al día siguiente ya teníamos dolor de espalda y ampollas en las
manos. Por puro pundonor, como diría mi padre, logramos terminar la pila que
nos asignaron. Muy satisfechos, fuimos a comentarle al supervisor que ya
habíamos cumplido y que nos marchábamos. Nos miró con una sonrisa burlona, y
nos asignó una pila aún más grande que la que ya habíamos movido y nos advirtió
que la salida era a las cinco de la tarde, ni un minuto menos. No tengo claro
cuántos días más aguantamos; ni siquiera recuerdo haber recibido mi pago. Con
tal de no volver a la obra, nos dimos por bien servidos.
—Albañiles influyentes. ¡Lo que me faltaba! —dijo sonriendo, y luego le
ganó la risa—. Ya me puso de buen humor. Cuénteme de otro trabajo de esos…
—No fue precisamente un trabajo; digamos que tan solo fue
una capacitación.
Durante la preparatoria, en un viaje escolar, nos llevaron a
un centro de experimentación para nuevas variedades de maíz que dirigía un
técnico suizo, por el rumbo de San Felipe del Progreso. La tarde de nuestra
llegada nos pasaron a un jacalón de adobe y piso de tierra, y nos explicaron
los experimentos que estaban haciendo con distintas cruzas de maíces criollos. Al
día siguiente, nos levantaron al alba para conocer la “parte práctica”. Nuestra
tarea era arrancar las mazorcas, deshojarlas y encostalarlas. Nos dieron un
clavo largo para abrir la mazorca, y nos sugirieron que utilizáramos los
guantes de felpa que nos habían pedido llevar.
Durante las primeras horas echamos competencias para ver
quién llenaba su talega de yute más rápido. Para la tarde, el furor deportivo
se nos había pasado. Comenzó a caer la noche junto con una fina llovizna. El
barro se emplastaba en las suelas de los zapatos, y las aletas de la nariz y
las orejas comenzaban a doler. Del cansancio, hasta atinar a la mazorca con el
clavo se complicaba. Nunca nos aclararon el objetivo del «bloque práctico»,
pero me quedó más claro cuando volvimos al jacal ateridos de frío: el suizo
estaba arrellanado en un sillón de mimbre, con un jarro de ponche y una pila de
libros al lado.
—Debí suponerlo. —remató
Citlali—. Ni obreros ni campesinos. De seguro se volvieron unos chicos
estudiosos—dijo entre risas.
Noche 8. Mi padre, mi ídolo
—Toma, mira esto —le dije a Citlali mientras le extendía un
par de cuartillas engrapadas—. Es lo que he logrado reconstruir sobre la vida
pública de mi padre. No espero que lo leas completo. Nada más echa un vistazo;
fíjate en algunos nombres de personas y de lugares y te darás una idea de quien
fue. Vienen algunas semblanzas de él en algunas enciclopedias, pero es una pena
que en ningún lugar esté su biografía completa. Logré reconstruirla con base en
mis recuerdos y verifiqué datos y fechas con la ayuda de la inteligencia
artificial.
Ella se acomodó en el
sillón, encendió la lámpara de mesa y recibió los papeles. Se tomó su tiempo.
Mientras yo observaba en silencio cómo sus ojos recorrían aquellas líneas, el
peso de la historia nacional y familiar comenzó a flotar en la habitación.
Mi
Padre: El Intelectual, el Historiador y el Maestro. Fernando Rosenzweig
Hernández: (1922-1988)
La
trayectoria de Fernando Rosenzweig Hernández se cimentó en el efervescente
ambiente intelectual del México de los años cuarenta. Durante su paso por las
aulas de la Escuela Nacional Preparatoria y, posteriormente, en las Facultades
de Derecho y Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM),
Rosenzweig formó parte de una constelación de jóvenes brillantes que se
convertirían en los arquitectos del Estado mexicano de la segunda mitad del
siglo XX. En los pasillos universitarios coincidió y debatió con personajes de
la talla de José López Portillo, Luis Echeverría Álvarez, Jesús Reyes Heroles,
Horacio Flores de la Peña y Emilio Mújica Montoya, entre otros.
Esta
coincidencia no fue meramente casual; constituyó un eslabón generacional
definitivo. Mientras compartían cátedras y lecturas sobre el nacionalismo
revolucionario y el destino del país, se tejieron redes de respeto técnico e
ideológico que, décadas más tarde, se reactivarían para llamarlo a ocupar las
más altas responsabilidades en la planeación económica e institucional de la
República. Sin embargo, a diferencia de algunos de sus contemporáneos que
optaron tempranamente por el pragmatismo político, Rosenzweig eligió el camino
del rigor científico y la intransigencia ética.
A
principios de la década de los cincuenta, Rosenzweig combinaba su labor como
economista con el periodismo de ideas. Se desempeñaba como jefe de redacción en
la revista Tiempo, el influyente semanario fundado y dirigido por el
célebre novelista revolucionario Martín Luis Guzmán. Fue en la coyuntura
electoral del 6 de julio de 1952 cuando sus convicciones de izquierda lo
llevaron a protagonizar un acto de abierto desafío al régimen. Junto a
intelectuales como Manuel Marcué Pardiñas y Jorge Carrión, Rosenzweig firmó y
publicó un "voto razonado" a favor del candidato del Partido Popular,
Vicente Lombardo Toledano, manifestándose en contra de la continuidad
oficialista que representaba Adolfo Ruiz Cortines.
La
reacción del aparato estatal fue inmediata y severa. Rosenzweig fue citado al
despacho principal del Banco de México por el propio Director General, el
licenciado Carlos Novoa. En una tensa reprimenda institucional, Novoa le
reclamó duramente la osadía de morder la mano presupuestal que lo alimentaba,
argumentando la incompatibilidad de recibir un sueldo del Estado mientras se
atacaba públicamente al candidato del régimen. Rosenzweig defendió su dignidad
con entereza, sosteniendo que su permanencia en el banco central dependía de su
probada calidad técnica y estadística, no de una forzada sumisión ideológica.
Este
choque político encendió la mecha de una crisis insostenible dentro de la
redacción de Tiempo, donde la convivencia entre el criterio histórico
del equipo técnico y las directrices de Martín Luis Guzmán terminó por
fracturarse por completo. El detonante definitivo fue la cobertura impuesta de
un desfile masivo organizado para ensalzar al presidente saliente Miguel Alemán
Valdés. Guzmán, plenamente alineado con los intereses económicos y
propagandísticos del alemanismo, ordenó mutilar, reescribir y alterar de forma
arbitraria las crónicas de los reporteros para eliminar cualquier matiz crítico
o análisis objetivo de la realidad social del país.
Para
Rosenzweig y su equipo, esta intervención sistemática representaba una
humillación profesional y una traición al propósito original del semanario. No
estaban dispuestos a convertir la revista en un mero folletín de adulación
palaciega ni en un instrumento de propaganda ciega. En un acto de dignidad
gremial sin precedentes, Rosenzweig encabezó una célebre renuncia colectiva en
bloque junto a su jefe de información Ernesto Álvarez Nolasco y redactores de
la talla de Mario Gill, Luis Suárez y Germán List Arzubide. El manifiesto
público de su dimisión se difundió íntegramente en las páginas del diario El
Popular, denunciando ante la opinión pública la incompatibilidad absoluta
entre el ejercicio del periodismo ético y la censura ideológica impuesta desde
la dirección de la revista.
Aislado
provisionalmente de los círculos oficiales por su disidencia, Rosenzweig
demostró una versatilidad profesional extraordinaria. En 1954, se incorporó a
la Comisión del Papaloapan bajo la dirección humanista del ingeniero Raúl
Sandoval Landázuri. Incursionó en la tarea de diseñar y supervisar el sistema
de crédito agrícola para las comunidades y ejidos indígenas desplazados por la
Presa Miguel Alemán. Esta intensa labor de campo lo llevó a residir de forma
permanente, entre 1956 y principios de 1957, en el campamento central de Ciudad
Alemán, Veracruz, experiencia que dio origen a su célebre balance "Crédito
agrícola en el Papaloapan" (1957) y consolidó su convicción de que los
números debían servir para la emancipación social.
Su
destreza en estas materias llamó de inmediato la atención del Banco de México,
institución a la que ingresó formalmente en 1955 como pilar técnico de primer
orden, y desde la cual el historiador Daniel Cosío Villegas lo reclutó para el
monumental proyecto de la Historia Moderna de México. Operando bajo un
esquema de colaboración institucional y "doble sombrero", el banco
central lo comisionó entre 1956 y principios de 1957 para regresar a la cuenca
del sureste y residir de forma permanente en el campamento central de Ciudad Alemán,
Veracruz. Esta intensa inmersión en el campo le permitió procesar sobre el
terreno el balance final del sistema de financiamiento rural, experiencia que
dio origen a su célebre estudio "Crédito agrícola en el
Papaloapan" (publicado formalmente en 1957) y consolidó su convicción
de que los números debían servir para la emancipación social.
A
su regreso definitivo a las oficinas de gabinete en la capital, Rosenzweig
dividió sus jornadas entre la planeación macroeconómica contemporánea del banco
y el procesamiento de ingentes bases de datos sobre moneda, banca y comercio
exterior del siglo XIX. Esta titánica aportación académica culminó en 1965
con la publicación de los tomos de "La Vida Económica" del
Porfiriato correspondiente a la Historia Moderna de México, introduciendo
por primera vez en México las herramientas de la historia económica
cuantitativa.
A
la par de este extenuante trabajo de investigación histórica en los años
sesenta, y con el fin de complementar sus ingresos, Rosenzweig recurrió a su
notable dominio del idioma inglés y su bagaje teórico. Se convirtió en un
prolífico traductor externo para la Sección de Obras de Economía del Fondo de
Cultura Económica (FCE). Entre sus aportaciones editoriales más destacadas de
este periodo se encuentran la traducción del clásico de Arthur S. Link, La
política de Estados Unidos en América Latina (1913-1916) (publicado en
1960); el compendio colectivo coordinado por Everett E. Hagen, Planeación
del desarrollo económico (editado en 1964); y el célebre manual
universitario de George Leland Bach, Tratado de economía. Estas
minuciosas traducciones no solo oxigenaron su economía personal, sino que
formaron a generaciones de economistas hispanohablantes al poner a su alcance
las discusiones de vanguardia de la teoría del desarrollo internacional.
La
solvencia demostrada en el Papaloapan convirtió a Rosenzweig en un cuadro
técnico de exportación para los organismos multilaterales. En 1966, la FAO lo
reclutó como experto internacional para dirigir los estudios del Proyecto de
Desarrollo de la Cuenca del Huallaga Central, con sede en Tarapoto, en la
Amazonía peruana. Durante tres años, aplicó modelos de colonización dirigida y
estructuró sistemas de crédito rural para los nuevos asentamientos de la selva
alta. En 1970, la FAO extendió su misión internacional y lo asignó a Quito,
Ecuador, como experto asesor en planificación económica, donde colaboró
estrechamente con las agencias estatales en el umbral del auge petrolero
andino.
Su
regreso de Ecuador a México ocurrió a principios de 1971, año en el que se
trasladó formalmente a colaborar con el Gobierno del Estado de México. No
obstante, sus diferencias con la política estatal lo llevaron nuevamente al extranjero en 1972,
trasladándose a Guatemala como consultor especializado en el proyecto GAFICA
(Grupo Asesor de la FAO para la Integración Económica Centroamericana), un
ambicioso esfuerzo técnico por articular los sectores agropecuarios de las
naciones del istmo centroamericano.
El
bagaje acumulado en el extranjero y su impecable reputación motivaron a sus
antiguos colegas a convocarlo en las vísperas del nacimiento de un nuevo centro
de excelencia. Así, en noviembre de 1974, Rosenzweig figuró como cofundador y
primer Director de la División de Investigación del Centro de Investigación y
Docencia Económicas (CIDE). En este arranque, la naciente institución -impulsada
por Francisco Javier Alejo y el propio Echeverría- estuvo presidida por su
entrañable compañero de la UNAM, Horacio Flores de la Peña, quien fungió como
el primer presidente del CIDE.
Bajo
la dupla de Flores de la Peña en la presidencia y Rosenzweig en la dirección de
investigación, la institución asumió un rol histórico trascendental:
convertirse en un refugio intelectual para decenas de académicos y científicos
sociales que huían de las dictaduras militares en el Cono Sur, tras el
sangriento derrocamiento de Salvador Allende en Chile (1973) y los golpes de
Estado en Uruguay y Argentina. Rosenzweig integró a estos brillantes exiliados
latinoamericanos a las áreas de investigación del CIDE, consolidando un espacio
de pensamiento crítico y plural de alcance continental que marcó la formación
de nuevas generaciones de economistas.
El
advenimiento del sexenio de su antiguo compañero de aulas de la UNAM, José
López Portillo, en 1976, reactivó las redes generacionales y colocó a
Rosenzweig en el núcleo de la alta burocracia financiera. Tras colaborar en el
IEPES formulando el Plan Básico de Gobierno, fue nombrado en 1977 como Director
General de Política de Ingresos en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público
(SHCP). En esta trinchera colaboró de forma muy estrecha con Julio Rodolfo
Moctezuma Cid, primer Secretario de Hacienda de ese gobierno y un funcionario
estrechamente ligado a Horacio Flores de la Peña (de quien había sido
colaborador clave como Oficial Mayor cuando Flores de la Peña encabezó la
Secretaría de Patrimonio Nacional en el sexenio previo).
Fiel
a su vocación integradora, Rosenzweig invitó a colaborar en Hacienda a
destacados economistas del exilio latinoamericano que laboraban en el CIDE;
entre ellos, de manera muy prominente, al uruguayo Samuel Lichtensztejn
(exrector de la Universidad de la República en Montevideo), quien se desempeñó
como asesor macroeconómico de primer nivel en la dependencia.
Fue
justamente este equipo técnico y de asesoría internacional, encabezado por
Rosenzweig y bajo el cobijo de Julio Rodolfo Moctezuma, el encargado de diseñar
y formular por primera vez en México el Impuesto al Valor Agregado (IVA). El
objetivo era sustituir el obsoleto Impuesto sobre Ingresos Mercantiles, que
cobraba tasas en cascada y distorsionaba la economía. Inspirados en los modelos
de fiscalidad europeos y en las rigurosas proyecciones macroeconómicas que
Lichtensztejn y los técnicos nacionales desarrollaron entre 1977 y 1978, se
estructuró la base gravable que finalmente adoptaría el Congreso. Aunque
diseñado conceptualmente bajo la dirección de Rosenzweig en la primera mitad
del sexenio, este impuesto entró en vigor formalmente el 1 de enero de 1980,
transformando radicalmente la recaudación del Estado moderno.
Al
concluir su periodo en Hacienda, Rosenzweig continuó colaborando de forma muy
estrecha con el licenciado Julio Rodolfo Moctezuma Cid en uno de los magnos
proyectos de infraestructura del régimen: el ambicioso Programa de Puertos
Industriales. Durante su primera etapa, operó en la Presidencia de la República
bajo la conducción directa de Moctezuma Cid —titular de la Coordinación de
Proyectos de Desarrollo—, encargándose del diseño, la planeación y el estudio
de la viabilidad económica de terminales marítimas estratégicas como Lázaro
Cárdenas, Coatzacoalcos y Altamira. Posteriormente, al transferirse
institucionalmente el proyecto a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes
(SCT), el propio Rosenzweig fue designado para encabezar la Coordinación General
de Puertos Industriales, asumiendo la máxima responsabilidad ejecutiva del
programa. El objetivo de esta titánica empresa era descentralizar la industria
pesada y preparar los litorales nacionales para el auge del comercio exterior y
la exportación energética.
Posteriormente,
en 1983, su pulcritud ética le abrió las puertas de la recién creada Secretaría
de la Contraloría General de la Federación, donde sirvió como Comisario. Hacia
febrero de 1984, a propuesta de su antiguo compañero de las aulas universitarias,
Don Jesús Reyes Heroles —entonces titular de la Secretaría de Educación
Pública—, el presidente Miguel de la Madrid lo designó Director General del
Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA). En este puesto,
Rosenzweig se reencontró con su antigua vocación social por las comunidades
marginadas, universalizando los servicios de alfabetización en todo el país
hasta octubre de 1985, encargo que dejó pocos meses después del sensible
fallecimiento del secretario Reyes Heroles.
Los
años de madurez de Fernando Rosenzweig se consagraron a la docencia de alta
dirección, la descentralización de la cultura y la ciencia. A la par de sus
responsabilidades en el sector público, y motivado por una profunda
reestructuración institucional promovida por el entonces director de la
facultad de economía, Pedro Aspe Armella, Rosenzweig se había incorporado como
profesor investigador de tiempo completo en el Instituto Tecnológico Autónomo
de México (ITAM), donde consolidó su reputación como un docente entrañable y
formador de nuevas élites técnicas. Tras concluir su ciclo en el servicio
público federal, y convencido de que la historia económica debía nutrir también
las identidades locales, en 1986 se sumó al núcleo selecto de intelectuales
fundadores de El Colegio Mexiquense en Zinacantepec, Estado de México,
impulsando investigaciones de corte regional que analizaban las haciendas, la
industria y los movimientos sociales de los municipios mexiquenses. Por esta
brillante aportación académica de rescate de la memoria local
Por
esta brillante aportación académica de rescate de la memoria local, el gobierno
estatal le otorgó la máxima distinción civil de la entidad: la Presea Estado de
México "Ángel María Garibay Kintana", un galardón destinado a honrar
a aquellos hombres cuya obra científica, literaria y humanística ha dejado una
huella indeleble en el desarrollo cultural del Estado de México.
Su
fallecimiento ocurrió en 1988, dejando tras de sí el ejemplo insólito de un
hombre que transitó por las oficinas más complejas del Estado nacional y los
organismos globales sin perder jamás la calidez humana, la bonhomía intelectual
ni la lealtad a los principios de justicia social. En reconocimiento a su papel
fundador y a la donación de su valioso acervo personal, El Colegio Mexiquense
bautizó a su principal repositorio documental como el Centro de Recursos
Documentales y de Información "Fernando Rosenzweig", el cual
resguarda su memoria viva y continúa sirviendo de faro para las nuevas
generaciones de científicos sociales en el corazón de México.
El
relieve intelectual y la trascendencia pública de Fernando Rosenzweig Hernández
quedaron firmemente registrados en las obras de referencia y la literatura
especializada del país. Su trayectoria biográfica, sus contribuciones al
desarrollo regional y su intachable conducta institucional son objeto de
consulta obligada en las páginas de la Enciclopedia de México, donde su
ficha resalta el doble perfil del economista docto y el historiador renovador.
Asimismo, tras su deceso, la comunidad académica se volcó en honrar su memoria;
destaca de manera muy particular la revista Estudios del Instituto
Tecnológico Autónomo de México (ITAM), que dedicó un número especial con
rigurosos artículos de homenaje post mortem. Dichos textos, redactados por
colegas e investigadores que compartieron con él los cubículos universitarios y
las misiones internacionales, desmenuzaron tanto su revolucionaria aportación a
la historia agraria y estadística como las virtudes personales de un maestro
entrañable, generoso y poseedor de una agudeza analítica irrepetible.
Mi Padre, Modo Familia
Citlali bajó lentamente las hojas, las colocó sobre sus
piernas y se quedó mirando fijamente a la estantería, como si los libros
hubiesen cobrado vida durante su lectura. El silencio de la sala parecía
sopesar el peso de los nombres que acababa de leer.
—No entiendo de política, pero
supongo que su padre corrió con suerte —se animó a decir Citlali.
—Cómo me hubiese gustado que, en esta charla que tengo
contigo, él estuviese presente. Te voy a contestar a la luz de las experiencias
que yo tuve en el gobierno y en la academia. Los llamados “intelectuales” son
reconocidos porque tienen mentes privilegiadas, que son capaces de razonar lo
que otros no ven, de encontrar vínculos entre fenómenos que nadie más ha visto,
que poseen una memoria más robusta que los demás y que, aparte de todo, han
tenido la disciplina de escribir y desarrollar sus ideas con un método, sin
caprichos y sin ocurrencias. Por lo mismo tienden a ser arrogantes, o por decir
lo menos, no se juntan con cualquiera. Si van a platicar de algo les gusta que
sus interlocutores estén a su nivel. Supongo que muchos de los personajes que
ya he mencionado eran engreídos y no tan fáciles de trato en cuestiones de
trabajo. Imagino a mi padre, saltando de temas, del crédito agrícola a la
historia económica del porfiriato, al diseño de los impuestos como el valor
agregado, a coordinar proyectos gigantescos de desarrollo regional o
instituciones complejas como la educación de los adultos, en la que hay que
lidiar con secretarios de Estado, gobernadores, entre otros.
Una carrera como la de mi padre solo se explica si tienes
una alta capacidad intelectual, si eres perseverante y constante en el
esfuerzo, y además tienes una inteligencia emocional que te permita lidiar con
el ego de escritores de la talla de Martín Luis Guzmán, historiadores del nivel
de Daniel Cosío Villegas y de políticos de primer nivel, por no hablar del
trato con los presidentes de la República, si no eres de los que se agachan y
defiendes tus principios, como lo fue él. Definitivamente no se trata de
suerte. Y por lo mismo creo que descansó durante sus últimos años, cuando dejó
el gobierno y se dedicó a la academia; ya no tenía que quedar bien con nadie en
las estructuras de poder, sus alumnos eran sus evaluadores, creo que supo
disfrutar de la libertad de cátedra, y te hablo de las instituciones más
prestigiosas del país.
—Oiga, ¿y qué se sentía al
comer y merendar todos los días con él? No sé cómo podría haber sido en modo
familia —preguntó Citlali.
—De niño, lo veía como un papá muy divertido. Lo veíamos
poco, porque él trabajaba en la selva y nosotros vivíamos en Lima. Y entonces
toda la convivencia con él era como de día de fiesta. Ya después, lo veía con
mucha admiración por lo que hacía y por las personas con las que se juntaba. Y
al final, la vida es cruel, uno se vuelve adulto y se toma el derecho de juzgar
a sus padres. Y cuando ellos ya no están, es cuando uno los ve como verdaderos
titanes.
Cuando nos fuimos al Perú, mis padres pensaron que la
familia viviría junta en Lima; en realidad, su puesto de trabajo se ubicó en la
población —ahora ciudad— de Tarapoto, en un campamento de la organización. No
era la selva aún; técnicamente le llamaban “pie de selva” y la vegetación era
mucho más espesa que en otras selvas que conocí después, como las de Chiapas,
Quintana Roo o el Petén. Nosotros nos quedamos viviendo en Lima, y mi padre
venía una vez cada varios meses a vernos.
Eran muy agradables sus visitas. Hacíamos algunos paseos
familiares sencillos, como caminar por las calles y plazas de Miraflores, tomar
un helado, comer unos churros rellenos en alguna cafetería. Lo que más nos
gustaba era que nos llevaran a una tienda departamental llamada Oeschle, dónde
vendían unos autos metálicos de colección, marca Corgi Toys la mayoría, hechos
en Inglaterra. Siempre nos compraban uno.
—¿Son los que están en la
vitrina? —quiso saber Citlali.
—Algunos. Esa colección fue creciendo; con el paso de los
años, me quedé con los carritos de mis hermanos, y se sumaron los que dejamos
empacados en México antes de irnos al Perú, y posteriormente una colección de
modelos antiguos a escala que adquiría mi padre en las estaciones de servicio
en Guatemala, uno por semana. Las adquisiciones finales las hice en el mercado
de La Lagunilla, ya en México, siendo yo un hombre maduro para esas fechas.
Toda esa colección está ahora en la vitrina de mi habitación en la casa de
Valle de Bravo, junto con soldaditos de plomo que fui adquiriendo en distintas
épocas a lo largo de la vida.
Durante unas vacaciones me tocó ir a visitar a mi padre a
Tarapoto. Atravesé la cordillera de Los Andes en un avión de cuatro hélices de
la compañía Fawcett. Él me recogió en el aeropuerto, que consistía en una pista
de barro compactado y una pequeña caseta con techo de palma, que hacía las
veces de terminal. El trayecto al campamento cruzaba las calles sin pavimentar
de aquel pueblo, con construcciones corrientes o provisionales. Así me
imaginaba el campamento, pero al llegar, la sorpresa fue grata. Consistía en
una serie de casitas independientes, dispersas a lo largo de un área grande,
dónde habitaba cada uno de los expertos del proyecto. El comedor era
comunitario, y ahí se juntaban todos al desayuno y el almuerzo.
Un día emprendimos una larga caminata, asistidos por un
guía, en la que cruzamos durante varias horas la selva, con su olor
característico a humedad impregnada de materia vegetal en descomposición. De
repente encontrábamos insectos enormes, como unas mariposas de color azul
intenso que revoloteaban bajo el domo vegetal.
—Me muero de ganas por conocer
la selva —intervino Citlali—. ¿No salieron changos, tucanes, o más animales?
—Esa vez no, aunque sí era una zona peligrosa. En otra
ocasión mi padre regresó con la piel de un tigrillo que había matado. Tenía las
patas y el vientre agujerados: no era cazador y le habían prestado un rifle de
postas, de esos que disparan muchas balas juntas, a ver cuál pega. Nunca había
disparado un tiro ni jamás volvería a hacerlo. No era aventurero; era un hombre
de paz. Eso explica que el episodio no se borrara nunca del anecdotario
familiar. Pero volvamos a la caminata en medio de la selva.
Llegamos agotados a una pequeña choza con techo de palma, a
la orilla de un río caudaloso, seguramente tributario del Huallaga. En aquel
momento no entendí lo que hacíamos ahí, pero ahora comprendo que mi padre fue a
levantar una encuesta de economía agrícola hasta aquel lugar. Hizo muchas
preguntas y toda la información la anotaba a lápiz en una pequeña libreta de
notas. Hasta muchos años después, cuando conocí de cerca los procedimientos
para el levantamiento de encuestas, me di cuenta del profesionalismo de mi
padre y de su rigor intelectual. No concibo a un encuestador de la actualidad
caminando por horas entre la selva para hacer una entrevista que muy fácilmente
se pudo haber inventado.
Mi padre era muy ocurrente para hacer frases y yo le
festejaba de buena gana todas sus ocurrencias. Hay muchas frases suyas que no
se me olvidan, de distintas épocas, que ilustran su tipo de humor. Un día que
mi hermano menor estaba en plan de hacer berrinche, apuntó que «Fernando está
muy positivo dentro de su negatividad». Otro día regañó a mi madre por usar el
término de inditos y le sugirió utilizar el de «grupos étnicos diferentes», lo
cual a la postre se volvió broma familiar: «Mira aquella mujer de un grupo
étnico diferente que vende piñas». Varias veces se pronunció en contra de la
palabra Kleenex y nos urgía a utilizar la de «pañuelitos desechables» (el paso
del tiempo le ha dado la razón). Para referirse a una ciudad cualquiera de los
Estados Unidos utilizaba la denominación de Falfurrias, Texas. Al ruido de los
motores foráneos de la época de la regencia de Carlos Hank les llamaba
«hankidos» y así, había términos con los que jugaba y otros que inventaba. Y
una que se volvió clásica, en una ocasión que le subió mucho la fiebre: «Una
ecuación más una Carmelina [...] es igual a…». Nunca supimos a qué era igual,
pues siguió desvariando.
Contaba mi madre que de recién casados, mi padre fue a ver a
una oculista amiga de ella. Lo sentó para examinar su vista y le pidió una
descripción de una figura.
—Aparece una circunferencia, y del centro parecen salir dos
líneas radiales de diferente extensión que apuntan hacia unas marcas
aparentemente equidistantes…
Una vez que le colocaron unos lentes, exclamó:
—¡Aurorita, pero si es un reloj!
Le gustaba utilizar términos “domingueros”, pero además era
bastante distraído para cuestiones cotidianas. En alguna ocasión dictó una
conferencia sobre la economía del cultivo del garbanzo, y a la salida preguntó
a unos campesinos:
—¿Y este grano qué es?
—Garbanzo —le contestaron. La imagen no figuraba en todo el
material que había leído. Lo suyo era definitivamente la vida intelectual.
No todo mundo apreciaba su sentido del humor y hubo más de
alguno que se sintió ofendido. A las bromas y comentarios chocarreros habría
que añadir sus observaciones francas y directas. Como el día que el presidente
José López Portillo le presumió la Gran Cruz de Isabel La Católica que le
habían otorgado, y mi padre le señaló, para su disgusto, las flechas que
caracterizaban a la Falange española, es decir, al franquismo tan odiado. O
cuando redactó un documento que un secretario le llevó al presidente Luis Echeverría;
el secretario comentó: «Le entendió muy bien el presidente», a lo que mi padre
replicó: «Progresa Echeverría». Mi padre nos contaba esos incidentes con cierto
orgullo de niño pícaro. Para mí eran verdaderas epopeyas de mi héroe, que se
movía en tan altas esferas y se atrevía a decir esas frases tan agudas.
Ahora veo que tal vez mi padre haya tenido el problema de
incontenible soltura verbal que también yo he padecido. Aunque sé que a veces
cierto comentario quede fuera de lugar, muchas veces no resisto las ganas de
soltarlo, y el costo es quedar como imprudente, insensible o sencillamente como
un pesado. Había un rancho dividido por una barranca; de un lado estaba la casa
de la familia Ricaud, que se pronuncia Ricó, así que mi padre le dijo al
pariente que vivía enfrente: «Y de este lado viven los Pobré…». Fue una broma
que hasta la fecha no le acaban de perdonar los descendientes de aquel
pariente, sobre todo porque la mofa se esparció como la pólvora.
A la ahijada de mi madre que vivía con nosotros, de unos
diez años en ese momento, le decía Pulga. «No me vayas a decir así mañana que
vienen mis amigas», le pidió ella. Al día siguiente, al ver la sala con globos
y llena de niños, la buscó con la mirada y al encontrarla le gritó con fuerza:
«¡Pulga!».
Solo una vez lo vi exaltado. Le urgía regresar a la Ciudad
de México después de unas vacaciones en Manzanillo. Aeroméxico sobrevendió el
vuelo y cancelaron nuestros pases de abordar. Armamos un tremendo zafarrancho
en el aeropuerto, algo muy inusual entre nosotros (de esos que actualmente se
volverían virales en las redes), y mi padre increpó a algún empleado con la
frase de que preferiría regresar en patín del diablo antes que volar con
aquella compañía. Al final, algún otro pasajero le cedió el lugar.
Salvo en sus ausencias de trabajo, mi padre fue un hombre de
hogar. Los años que convivimos con él, siempre que pudo, fue a comer a la casa,
y llegaba por lo general a buena hora para la merienda. Siempre estaba de buen
humor y presto a emprender cualquier conversación. Le gustaba ir a buenos
restaurantes con sus amigos, con quienes conversaba en largas sobremesas, pero
eso no le quita lo hogareño. Como regla general, siempre recuerdo eso de las
comidas con él: disertaba en la sobremesa algún tema, muchas veces de historia,
y todos nosotros y mi madre lo escuchábamos con atención. Era un buen narrador.
Tanto su actitud como la nuestra era seria. Los temas eran formales y no había
lugar para risas ni carcajadas.
—El padre y los escuchas… Me los imagino ahí, todos
seriecitos… papaloteando en otra cosa, ¿a qué sí?
—Ahora tú también me vienes con palabras de origen náhuatl…
Pero ya que lo dices… A veces sí me quedaba pensando en otra cosa.
—Parece que estuvieran jugando a la escuelita —, dijo
Citlali, ya encarrerada en su reflexión—. Nomás les faltó sacar una libreta
para los apuntes.
—Lo dirás de broma… Cuando estudié mi licenciatura, él era
el único profesor que daba Historia Económica. Me tocó tomar clases con él.
—Y seguro sacó diez —, dijo, provocadora.
—Ni modo que no. Aprendí por ósmosis. Era un profesor muy
querido por sus alumnos. ¿Ves ese cuadro que tiene una manzana pintada al
centro? Está allá, cerca de la entrada. Una alumna de él era hija de esa gran
pintora, Martha Chapa, y le consiguió el cuadro a muy buen precio.
—Nunca he oído hablar de esa señora, pero el cuadro está
hermoso… una sola manzana en una gran mesa… ¡ya me antojé!
Noche 9. Colegio Suizo
No escuché cuando entró Citlali a la biblioteca. De pronto
la vi observando el cuadro de Martha Chapa, y lo comparaba con una manzana roja
que traía en la mano. Cuando me vio, me dijo:
—También traje una para usted.
Estaba encantada de que una fruta del mercado pudiera ser objeto
de un óleo tan impresionante. Con entusiasmo, dio una gran mordida a su
manzana, se le quedó mirando, y de inmediato la comparó con el logotipo de su ipad
mini.
—¡Por poco y me quedan iguales! A la próxima
será. A ver Usted, una mordida.
—Yo no, —dije
apenado, — la tengo que partir con mi navaja en pequeñas rebanadas.
Me volteó a ver de reojo y con otros dos mordiscos dio
cuenta de su manzana.
A mi regreso a
México, me inscribieron en el Colegio Alemán, en la sucursal central, en ese
entonces en Tacubaya, al quinto grado de primaria. Ya antes había estado en esa
escuela en Lima y Quito. Mi madre también
estudió unos años ahí, antes de que México se incorporara a la Segunda Guerra
Mundial, y había estado interna, junto con sus hermanos, en una escuela de
religiosas en Hamburgo. Aterricé a mis once años, al quinto grado, en lugar del
sexto como me hubiese correspondido, ya que perdí un año a causa de que en
Sudamérica no cursamos el idioma inglés. En quinto comencé a estudiarlo, y me
pareció más bonito y fácil que el alemán. Al terminar la preparatoria siete
años después, nunca volví a hablar ni a leer en alemán. Jamás pude descifrar un
periódico o una revista en ese idioma, a diferencia de las que estaban en
inglés, que pronto comencé a comprenderlas. El inglés en cambio me sirvió
bastante a lo largo de la vida.
Me costó trabajo acostumbrarme a la gente de México, sobre
todo al uso de la palabra “güey”. Alguna vez pregunté a un compañero que por
qué se decían “buey” el uno al otro, lo que resultaba incomprensible. La
respuesta me dejó aún más desconcertado: —No se dice buey, se dice güey.
Tampoco comprendía el uso de la palabra “mano” para referirse a alguien entre
amigo y conocido. Era un extranjero en
mi país y en mi propio idioma.
—¿Qué pasó mi cuate? —preguntó
Citlali, muerta de risa. —¿Cómo que no entendía ni náhuatl ni mexicano?
También me parecía extraña la costumbre de formarnos para
entrar a clase al final del recreo. —Hagan fila, tomen su distancia, adelante.
Prácticamente igual a lo que haría años después durante el Servicio Militar,
que solo consistía en marchar los viernes en la tarde con uniforme de
conscripto, hacer la fila al inicio y romper filas al final.
Los recreos eran divertidos. Los alumnos de todos los grados
salíamos al mismo gran patio al mismo tiempo. Como no tenía amigos, me dedicaba
a recorrer el patio. Era un mosaico enorme de colores, tanto por la variedad de
fenotipos (germánicos, mexicanos y mezclas diversas), como por la vestimenta
colorida de todos. En mis colegios en Sudamérica siempre usé el uniforme
escolar, y en México eso ya no se usaba. En alguna esquina del patio estaría un
grupo de niñas jugando al avioncito o brincando con unas ligas, otras saltaban
la reata que era una diversión femenina hasta donde recuerdo; muchos chicos
jugaban a las canicas, y en ocasiones había alguna gresca entre alumnos y todos
nos poníamos en círculo a observar. Participé varias veces en el juego de las
canicas. Si uno perdía, perdía la canica en favor del vencedor. Había una regla
que no recuerdo como aplicaba, pero el hecho es que quien llevaba una canica de
metal, tenía bajo ciertas circunstancias el derecho a «cascar» al otro, es
decir, tirar la canica metálica desde muy cerca hacia una de las canicas de
vidrio, que terminaba astillada, abollada o hecha añicos. Se llamaban balines,
no eran fáciles de conseguir, y me sentí muy cómodo el día que conseguí uno en
un taller mecánico cercano a la casa. Muchos otros chicos y chicas conversaban durante
el recreo mientras yo daba vueltas hasta que sonaba la campana para formar las
filas.
Después de ese año en el Colegio Alemán, me pasaron al
Colegio Suizo de México, que según mi madre proporcionaba mejor educación al
ser una escuela mucho más pequeña. En efecto, en sexto año en el Colegio Suizo
éramos alrededor de treinta estudiantes; a secundaria pasamos menos; por las
exigencias académicas cada año quedaban menos compañeros; tal vez hayamos sido
quince al iniciar la preparatoria y al terminarla éramos solamente trece. En
quinto año en el Colegio Alemán, éramos treinta en cada grupo, pero había
quinto A, B, C, y D. Así dieron inicio siete años en el Colegio Suizo, uno de
primaria, más la secundaria, y la preparatoria. Comenzaríamos tal vez
equilibrados en el número de hombres y mujeres, pero en los últimos años, la
proporción de mujeres fue bajando. En el séptimo año, éramos diez hombres y
tres mujeres. Una de las consideraciones de mis padres a favor del Colegio
Suizo es que era mixto (muchos en aquella época no lo eran, como los de los
Legionarios) pero la dinámica del tiempo retorció aquella ventaja.
Al igual que en el Colegio Alemán, los recreos eran la
oportunidad para conocer y ver a chicos y chicas de otros grupos, en este caso,
los más grandes que nosotros y los más chicos, pues éramos grupos únicos. En
los primeros años, jugábamos futbol en los recreos, a veces sin balón, pateando
una lata de refresco vacía. Ya después, muchos recreos eran para conversar con
los compañeros, muchas veces sobre el futbol, o para comentar sobre la belleza
de alguna chica, o sobre alguno de sus atributos que nos llamara la atención.
Algunas de las chicas eran verdaderamente guapas. Recuerdo a la chica morena
clara con muslos exquisitos en sus shorts de deportes, con un cabello lacio
trigueño que le cubría parte del rostro; aquella otra de senos enormes pero
perfectamente proporcionados; la muñequita que llegó de España, delgadita,
pecosa y de pelo rizado; la hermana menor de un compañero suizo, que tenía unos ojos verdes encantadores; y muchas otras
que hacían nuestras delicias en los recreos, con sus atuendos ajustados, en colores muy vivos de las marcas cotizadas
de la época.
—Qué gracioso — dijo Citlali —
¡era una escuela mixta, pero con esos números, las chicas estarían ahí para
antojar! Y añadió —¡Ya veo que era medio fijado, pero nada lanzado! Los
típicos mirones— dijo meneando la cabeza.
Novia nunca tuve, amigas con las que platicara mucho
tampoco. Ya desde entonces era yo más espectador que protagonista. Hacia el
final de la preparatoria, sufría yo muchísimo cuando alguien organizaba alguna
reunión en su casa, con parejas. Yo no tenía; en ocasiones me presentaron
algunas, pero fueron encuentros que no prosperaron.
Había una dinámica peculiar entre los alumnos del Colegio
Suizo, al menos en mi grupo. Por un lado, estaban los que provenían de hogares
extranjeros o germanoparlantes. Por otro lado, estábamos los que hablábamos
español nativo. Nos veíamos con cierta distancia unos a otros. Convivíamos en
viajes, en reuniones sociales y en los recreos, pero hay ciertos
comportamientos y códigos en los clanes que se reconocen, pero son difíciles de
explicar. Había diferencias culturales, de idioma y de costumbres, que hacían que uno perteneciera
a una tribu y no a la otra. De las tres chicas que quedaron al final de la
preparatoria en nuestro grupo, todas eran de idioma alemán nativo. El sentido
del humor de cada clan era muy distinto. —De que se ríen? Ni modo de explicar
el chiste.
—O sea que iba a una escuela extranjera,
y sólo se juntaba con la raza. Cómo que no cuadraba mucho Usted por ningún
lado.
—Y sigo sin cuadrar.
Noche 10. El Megáfono de mi Madre
Mi madre siempre fue muy unida con sus hermanos. Ella fue la
mayor seguida por Carlos, Felipe, Susana, e Ignacio. Mi madre le llevaba a
Ignacio ocho años. Siempre vio a sus hermanos con respeto, y siempre les pedía
consejos. Son los hermanos que hicieron fortuna a temprana edad. «Yo sí sé cómo
forjar un patrimonio», dicen que decía Carlos. Susana se casó muy joven con un
próspero empresario toluqueño, quien luego quebró, y fue ella quien realizó un
emprendimiento con el negocio de las flores y así hizo mucho dinero. Ignacio,
el menor, fue un político prominente. A los treinta y un años fue diputado
federal, y tuvo una carrera política ascendente hasta llegar a gobernador del
Estado de México, dos veces secretario de estado en el gabinete federal, y dos
veces embajador de México ante países europeos. Mi madre tuvo con Ignacio una
relación particular. Habían vivido un año en un internado en Alemania, entre
1937 y 1938, justo al inicio de la gran guerra, y mi madre fungió como su madre
sustituta, ya que él tenía tan solo dos o tres años en aquel momento. Forjaron
una relación entre ellos similar a la de madre e hijo que duró toda la vida.
— Perdón por la interrupción. ¿Sabe con qué palabra me topé el otro día, que
fuimos a unas prácticas a una comunidad allá lejos? “Chichigua”. Dicen que
viene del náhuatl “chichi”, que es una repetición onomatopéyica para el pecho o
el acto de mamar, y que significa nodriza. O sea, una mamá sustituta.
—Wow. Creo que no me hubiera servido mucho estudiar náhuatl,
pero sin duda es mucho más divertido que el alemán.
Mi madre consultaba muchas decisiones con sus hermanos:
«Necesitamos la opinión de tu tío Carlos, o de tu tío Felipe, o de tu tío
Nacho». Esa práctica hizo que yo, deliberadamente, las esquivara. Sentía que
era una actitud de menosprecio a nuestras propias capacidades como familia. También
pedía la opinión de mi abuela Omma, pero con ella no era tan notoria la
consulta, pues se pasaba un buen rato todos los días conversando con ella por
teléfono. En la casa de Jaime Nunó, ella se sentaba en el descanso de la
escalera, en la parte alta, en el pasillo que daba a los cuartos, y su voz se
escuchaba clara y fuerte en toda la casa. En ocasiones, hablaba de nosotros con
la abuela Omma, así que durante esas charlas muchas veces estaba yo inquieto, a
la espera de escuchar mi nombre y lo que dijera de mí, muchas veces crítico.
Esa costumbre de indiscreción telefónica la mantuvo hasta
los últimos años de su vida. Algunos comentarios que escuché en ciertas ocasiones
si me calaron. —Andrés ahora lleva una vida de peón…
—Era el típico «te lo digo
Chana para que lo oigas, Juana» —intercaló Citlali, o el «radio pasillo» que
tan bien funciona en la escuela. En mi casa le decimos el chismógrafo; todas
las familias tienen uno.
—A mí me lo vendían como virtud: «Qué bueno que en las
familias nos podamos comunicar, así somos más fuertes». Lo curioso es que, por
andar comunicándose con sus hermanos, a veces no se comunicaba con nosotros.
Yo prestaba mucha atención al megáfono telefónico de mi
madre, y no solo a las palabras, sino también a las inflexiones de voz y a los
silencios… «Quién sabe qué estará diciendo mi abuela Omma sobre ese
particular». Había que estar siempre atentos y alertas y, por lo mismo, vivía
algo atemorizado. A diferencia de lo que ocurría con los abusadores del
internado, en casa no podía hacer nada frente a una agresión verbal. «Es que
mis hijos son tan tímidos, Nacho». Y luego esos comentarios pasaban al dominio
de la comunidad de primos en Rancho Contento.
—O sea que, del megáfono,
pasaban al perifoneo, para que todos se enteraran. ¡Qué horror!
Mi madre fue compañera de escuela de la hermana menor de mi
padre en el Colegio Alemán, por ahí de 1938, cuando regresaron de Alemania. En
algún momento mi padre comenzó a interesarse por ella. Muchas veces escuché la
misma versión: que mi padre le escribía unas cartas muy bonitas y que seguido
le mandaba flores y chocolates. Durante sus últimos años de vida en Valle de
Bravo, soltó algunas confesiones que rompían con la narrativa anterior: que en
su momento le pareció muy extraño que «ese señor», hermano de su amiga, le
mandara flores.
Hubo un encuentro fortuito en San Andrés Tuxtla. Mi padre
había ido allá con un grupo de amigos; mi madre con sus amigas. Se encontraron
en la plaza, se reconocieron, comenzaron a platicar más, y al regresar a la
ciudad de México el encuentro derivó en noviazgo. Mi madre guardó durante
muchos años esas cartas “tan bonitas” que le escribía él. Se casaron el 24 de febrero den 1956, día de
la bandera y del onomástico de mi madre, en la iglesia de San Jacinto, en San
Ángel.
De soltero su mayor atractivo no fue su físico y mucho menos
su dinero, pero era un personaje interesante dentro de la política y el
periodismo mexicano. Su atractivo radicaba en su cultura amplísima, su
honestidad, su franqueza personal y su sentido del humor. Llegó al matrimonio sin
saber manejar un vehículo automotor. Mi madre fue quien lo enseñó, pero él
nunca disfrutó de su puesto al volante, aunque sí aprendió. De niños, en
carretera manejaba él; ya después, en la adolescencia, mi madre. De joven
«noviaba» en transporte público, y no sé hasta qué grado ello haya sido un inconveniente
para mi madre, que vivía con hermanos amantes de la mecánica y de los
automóviles.
La relación de mis padres era buena. Cada uno tenía su rol,
al cual siempre le fueron fieles. Mi padre trabajaba y entregaba todo su sueldo
en la casa. Mi madre siempre administró todo y, gracias a ella y su austeridad,
lograron algunos ahorros y forjaron un patrimonio que generosamente nos dejaron
a los hijos. Mi madre a veces se quejaba de que mi padre no se involucraba en
las cuestiones prácticas del día a día, incluyendo el patrimonio y el dinero.
Dónde vivir, qué casa comprar, qué vehículo adquirir, a qué escuelas
inscribirnos, eran decisiones del ámbito de mi madre. Mi padre era feliz con
tal de que pudiera tener tranquilidad para leer y escribir; fue un hombre
extraordinariamente paciente, al menos con la familia.
Ya en la vejez, en sus últimos meses, escuché a mi madre
conversar con una sobrina que relataba que se iba a casar muy enamorada, a
quien le dijo de golpe:
—Yo no. Me sorprendió mucho la confesión, pero no dejó de
hacerme cierto sentido.
—¡Zas!— exclamó Citlali
—. Esa sí que no me la esperaba. Antes se juraban amor eterno y yo pensé que lo
sentían…
—Yo creo que, si lo sentían, pero más que nada, lo
construían. Seguro que su amor terminó más fuerte que como comenzó.
—Dígame, ¿del uno al diez, ¿cómo
calificaría el matrimonio de sus padres?
—Mi padre diez. Mi madre diez. En promedio ocho.
Citlali cerró los ojos, ponderando las cifras. De pronto
dijo:
—¡Qué remedio! La aritmética
del corazón.
Noche 11. El abolengo Rosenzweig
Entré a la biblioteca y ya estaba Citlali, con los audífonos
puestos, oyendo música. Me dijo hola con la mano, y ya después se levantó y me
dio un beso en el cachete.
—Ahora se le hizo tarde —me
dijo—. Me puse a curiosear un rato y vi la placa que tiene ahí, con un
reconocimiento que le hicieron unos ganaderos por una charla que dio. ¿A poco
sabe de ganado?
—En realidad, casi
nada, pero esa vez les expliqué cómo funciona la exportación de becerros.
Trabajaba en eso, en comercio exterior…
Citlali estaba mirando la placa cuando me interrumpió:
—Qué apellido tan raro tiene. ¿Por qué me dijo
que se apellidaba Pichardo? Así lo anoto cuando va a la estética, Pichardo, una
rapada, 100 pesos, pero tiene otro apellido, Rosen, Rosen algo, el que sale
ahí.
—Es para despistar al enemigo —dije, y me sonreí un poco. —
Me senté en el sillón de respaldo alto para apoyar la cabeza y controlar mejor
el cuello; me serví un vaso de agua mineral y le exprimí un limón.
Mis antepasados llegaron a México de Austria, aunque lo
correcto es decir de Austria-Hungría, pues vinieron con el ejército de
Maximiliano a fundar el Segundo Imperio Mexicano. Primero llegó un Fernando de
Rosenzweig; después su hijo, de idéntico nombre. Ambos eran cartógrafos muy
calificados y posiblemente ejercían su profesión al servicio del ejército de
Napoleón III. Cuando cayó el Imperio y Maximiliano fue fusilado, Juárez decretó
un indulto amplio que les permitió quedarse. Hicieron muchos levantamientos de
haciendas en el Estado de México, principalmente en el sur. Hay un plano hecho
por alguno de ellos de la Meseta del Anáhuac que ganó una medalla de oro
en la Gran Exposición de París en 1889[1].
Y en algún momento, ya con fortuna hecha, se radicaron en Toluca, donde fueron
dueños del mejor hotel de aquella época: el Gran Sociedad. Mi abuelo Guillermo
pertenece a la generación siguiente.
Muchos de mis parientes Rosenzweig tienen una verdadera
fascinación por la historia familiar. Un antepasado de los que llegaron, de
nombre Joseph, recibió un título nobiliario del Imperio austrohúngaro, expedido
por el káiser Francisco José por servicios destacados prestados al ejército. El
título le permitía llamarse Joseph Edler von Rosenzweig, algo así como un rango
de caballero. En México solo se tropicalizó el von, así que todos ellos
eran de apellido «de Rosenzweig».
Mi padre nació con ese apellido, pero en algún momento se
quitó el de para quedar nada más como Fernando Rosenzweig. Él tenía
ideas de izquierda, era profundamente humanista y le irritaban esos residuos de
una nobleza y de un Imperio ya liquidados desde el fin de la Primera Guerra
Mundial. Así que habemos parientes Rosenzweig y otros «de Rosenzweig». Si les
sirve o les agrada esa preposición de, qué bueno; a mí no me ha hecho
falta.
Para muchos, el apellido es motivo de orgullo; para mí
ciertamente lo es, sobre todo por mi padre. Pero el apellido ha sido muchas
veces un pequeño obstáculo cotidiano. En México a la gente le cuesta mucho
trabajo pronunciarlo. La mayoría de la gente hace una lectura fonética en
español, que produce un sonido muy distinto a la pronunciación en alemán,
idioma al que corresponde. Otros tratan de pronunciarlo como si fuera inglés y la
doble u se convierte en ge. Así, hay todo tipo de variantes: desde Rosensuai,
Rosensweg, Rosengüey y muchas otras.
Siempre me ha incomodado explicar la pronunciación: «Rosenzwaig, sería en
español» así que contesto que si soy yo, lo pronuncien como lo pronuncien. Por
eso, desde joven comencé a utilizar mi apellido materno en situaciones
cotidianas, como la nota de una ferretería o la reservación en un restaurante.
Me convertí en Andrés Pichardo en las situaciones del día a día, a pesar del
orgullo que siento de ser hijo de mi padre. No es un tema que tenga que ver con
ningún conflicto de identidad, pero sí contribuye a veces a sentirme un
extranjero en mi propia tierra.
Citlali se quedó callada un momento, asimilando la
genealogía y el peso de ese apellido que cruzó el océano. Dejó la placa sobre
la mesa y me miró con una sonrisa apenas insinuada.
—Así que caballero del Imperio
—dijo Citlali en un tono festivo, sin llegar a ser burlón.
—No sé para qué les haya servido el título a mis
antepasados. Una vez me mostraron el original: estaba en una caja con tapas
metálicas y sellos de lacre con el escudo del emperador Francisco José. Pero
eso no les daba de comer; por eso se vinieron con el ejército de Maximiliano a
ganarse la vida acá. Las tierras que tengo vienen de los Pagaza, y esos nada más
tenían el título de «don».
—Lo seguiré anotando como
Pichardo. No me voy a aprender su otro apellido y seguramente lo escribiría
mal.
—Si viviéramos en los tiempos de los aztecas, ni el Pichardo
habrías podido registrar.
Ella se quitó un audífono, intrigada:
—¿Por qué? ¿A poco los aztecas
tenían prohibido su apellido?
—El náhuatl es una lengua limpia, económica; le faltan casi
todas las letras fuertes del español o del alemán. No tiene la be, ni la de, ni
la efe, ni la ge, ni la ere, ni la ese, ni la uve.
Citlali se quedó mirando las vigas de la biblioteca. Trató
de arrastrar las letras en la boca y luego soltó un destello de pura picardía:
—A ver, déjeme hacer el
intento… Sin la «de» de Pichardo… ¿Entonces cómo le dirían? ¿Sería Pitzarto?
—Casi… —le sonreí, saboreando el momento—. Al náhuatl
también le falta la ere.
—¡Lo tengo! —gritó
entusiasmada—. ¡Pitzalto! Sin albur.
Antes de cerrar la puerta, volteó a verme:
—Además, me acaba de dar una
gran idea. No sabía qué nombre ponerle al cachorrito que me regalaron. Se
llamará el Edler.
Y se atacó de risa.
Noche 12. La estirpe de los Pichardo
—Tuve un día pesadísimo, dijo
Citlali cuando entró.
—Tuviste muchas prácticas, de seguro.
—No fue eso. Otra vez no hubo
paso del Arco hacia el pueblo. Se volteó otro trailer en la misma curva de
siempre, y ya sabe, estaba llenísimo de gente, estaban las cajas de cerveza
tiradas en el asfalto, y todos llevándose las que podían, felices, y nosotros
en el colectivo, acalorados, sin poder avanzar. Ojalá que no robaran tanto los
políticos, remató.
—Híjole, me da pena eso que te pasó. Si los polis no hacen
nada, mal, pero si llegaran a arrestar a los que se robaban las cajas,
¡imagínate! Los políticos también sufren. Así fue la vida de mi abuelo Carlos…
—Venga, ¡écheme ese cuento!
Pero conste, lo que dije no fue por él, dijo sin llegar a estar muy apenada.
Mi abuelo Carlos Pichardo Cruz es una figura familiar pero
también histórica [2]. Fue
diputado constituyente del Estado de México y diputado federal, pero su cargo más
importante fue el de secretario general de Gobierno. Durante su gestión le tocó
lidiar con algunos aspectos delicados de la política anticlerical del gobierno
federal, legado de Calles, en una ciudad conservadora y eminentemente católica,
como Toluca. Su esposa, mi abuela Omma, siempre fue una creyente católica fervorosa,
formó a sus hijos en el catolicismo, e hizo todas las ceremonias
correspondientes en la vida de ellos, bautizos y primeras comuniones, en una
época en la cual los ritos públicos estaban prohibidos y había que hacer esas
ceremonias en la clandestinidad. Mi madre relata que, en su primera comunión,
la niña de atrás le prendió fuego accidentalmente a su velo que le dejó una quemadura
en el cuello. Mi abuela enfrentó el doble agobio de la quemadura de su hija y
el posible regaño del marido: —No le vayas a decir a tu papá que te quemaste,
se va a enojar. A pesar de ser libre pensador confeso, tuvo el tacto para no
implementar a rajatabla las disposiciones anticlericales y anticatólicas que
impulsaba el gobierno federal.
Fue un hombre que siempre buscó su superación personal. Tuvo
una biblioteca amplísima, según me cuenta mi madre. Era autodidacta en varias
disciplinas, en adición a su formación como abogado. Fue tenaz en entrenar su
voz. En la época que el hacía su proselitismo político en busca del voto popular,
no se utilizaban megáfonos ni equipos de sonido en los mítines públicos[3].
El orador tenía que hilar bien sus ideas con claridad y sobre todo, con voz
potente, que resonara entre todos los asistentes. Mandó construir en el patio
de su casa en Toluca un cuarto forrado de corcho, en el que se encerraba a
hacer vocalizaciones y otros ejercicios de voz y oratoria. Casó con mi abuela, a quien conoció en una de
sus giras proselitistas en Valle de Bravo, durante su campaña para diputado
local. Desde lo alto del presídium en el mitin, divisó a una muchacha que le
gustó y le causó buena impresión. Indagó por ella, le dijeron que estaba
emparentada con el obispo Joaquin Arcado Pagaza, poeta vallesano. Con algún
pretexto se hizo invitar a la casa de la familia, y así inició un rápido
noviazgo que derivó en matrimonio.
Fue un jefe de familia que impuso una disciplina férrea.
Tenía un huerto grande en las afueras de la ciudad de Toluca, en el que había
una alberca al descubierto con temperatura ambiente —prácticamente helada por
las mañanas, al estar a las faldas del Xinantecátl, o Nevado de Toluca.
Obligaba a sus hijos pequeños a darse un chapuzón para que forjaran su
carácter. Mi madre y mis tíos hablaban poco de él, y cuando lo hacían era con
bastante respeto, y refiriéndose a él como un personaje lejano. De lo poco que
me contaron de él, me imagino que sentiría miedo si alguna vez tuviese a mi
abuelo enfrente.
Y recuerdo ahora la frase de uno de mis tíos: —¡Los Pichardo
somos unos enanos emocionales!
—¡Enanos emocionales!
Buenísimo ese término. Conozco varios.
Por algún motivo, en 1936 dejó la actividad política. En
1937 emprendió un viaje a Alemania, con la intención de instalarse y trabajar
allá. Ignoro que antecedentes haya tenido de la situación política antes de
partir allá, pero el nazismo ya estaba en su apogeo. Su decisión es un enigma
para mí. Mi madre relató que la explicación era sencilla, que no había que
buscarle tres pies al gato, que mi abuelo era un admirador de la cultura
germana y que tenía la intención de que sus hijos se educaran en ella. Hay
quien dice que se desilusionó al no haber sido postulado para gobernador; para
otros, tuvo algunas diferencias serias con algunas personalidades políticas de
la época.
Había aprendido el idioma alemán el solo, en su biblioteca
en Toluca, tal vez con la ayuda de algún profesor ocasional. Al llegar a
Hamburgo, en una gasolinera, el dependiente no lo entendió, para su
desconcierto. Alguien le explicó después su alemán era ultra culto (Hochdeutsch) y que los empleados de la
gasolinera hablaban un slang , casi un dialecto.[4]
No encontró trabajo en la Alemania nazi — así que colocó a los hijos en un
internado en Hamburgo, el Kinderheim St. Elisabeth. Este centro formaba parte
de la infraestructura de asistencia de la comunidad católica en la ciudad. No
deja de ser paradójico, que un funcionario de alto rango encargado de la
implementación de políticas anticlericales en México haya optado por un
internado católico en Alemania para sus hijos. Mi madre y sus hermanos, la
pasaron francamente mal. No hablaban el idioma, venían de otra cultura, de otro
clima, y enfrentaron además la austeridad de la vida en Alemania de la preguerra.
Mi madre recuerda la escasez de pan o huevo ciertos días a la semana, y la nula
disponibilidad de agua caliente para bañarse o lavarse las manos.
Mientras tanto, mi
abuelo Carlos con mi abuela Omma se dedicaron un año a viajar por toda Europa,
en un automóvil que llevó desde México —muy llamativo como todo buen carro de
origen americano de la época. Tenía una
posición económica desahogada, toda vez que alternó su actividad política con
la práctica privada de la abogacía. Para
mi abuela ha de haber sido difícil disfrutar de ese viaje, con el pendiente de
haber dejado a sus hijos en Hamburgo. En aquella época ha de haber sido difícil
para las mujeres confrontar a sus maridos.
La estancia en el internado dejó una huella que perduró a lo
largo de toda la vida de mi madre, que tendría unos 15 años. Recordaba bien los
desfiles de las brigadas juveniles, las llamadas “Hitlerjugend”;
el saludo nazi con el brazo en alto a sus profesores todas las mañanas, e
inclusive, haber visto, muy a lo lejos, al mismísimo Hitler saludar a las
multitudes desde su convertible Mercedes—Benz. También recuerda las estrellas
amarillas que pegaban en las mangas a los niños judíos, sin que s imaginaran el
horror que siguió después. Mi madre, quien siempre tuvo una memoria prodigiosa,
recordaba bien la letra de las canciones de la época, ahora proscritas. En un
viaje posterior que hizo a Alemania, ya en la edad madura, se reencontró con
una amiga. Iban en un automóvil y de pronto comenzaron a cantar las canciones
de su infancia. —Esto esta prohibidísimo, Carmen. Más allá de la ideología y la
historia, fue lo que aprendió de niña.
Mi madre siempre tuvo una memoria prodigiosa, no solo para
aquellas canciones alemanas, sino también podía recitar párrafos enteros de la
poesía de Joaquin Arcadio Pagaza, de la Suave Patria de López Velarde, de
Renato Leduc, entre muchos otros.
El proyecto educativo de la familia Pichardo Pagaza abortó
una vez que el abuelo Carlos atisbó el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La
familia salió de Alemania con destino a Veracruz en el último vapor que pudo
hacerlo, de la Hamburg Amerika Line. A los pocos años mi abuelo falleció de
cáncer a los 52 años. y dejó huérfanos a
unos hijos pequeños y otros recién entrados en su adolescencia. Mi madre tenía
17 años.
—Vaya historia. Me parece
personaje de novela, dijo Citlali. —Pero mire, cuando yo tenga hijos, no los
pienso educar así, vaya salvajada de aventarlos al agua helada del Nevado. Y
ese viaje a Alemania…me lo imagino dentro de esos documentales que a veces
pasan por la tele…Hizo una breve pausa, y continuó: —¡Pero la que debió haber
sufrido horrible fue su abuela!
Citlali tomó sus cosas, dio un trago a su botella de agua, y
cuando iba de salida, descubrió en una de las paredes el título de mi madre: Universidad
Femenina de México. Título: Laboratorista Médico.
—Se ve muy guapa su madre, con
su pelo chino. ¿O sea que era profesionista? preguntó sorprendida.
—Si. Ella tenía el intelecto para haber desarrollado
cualquier carrera profesional. Solo obtuvo un grado de laboratorista médica en
la entonces Universidad Femenina de México, un centro escolar exclusivo para
señoritas. Es la época en la que las puertas de la educación superior apenas se
abrían a las mujeres, y me parece que en su elección de una carrera técnica también
tuvo que ver la pérdida de su padre a una temprana edad. La “Femenina”,
como la nombraba ella, con los años perdería su razón de ser. Se graduó y
trabajó muy contenta durante varios años, en el llamado Hospital de la Ceguera[5],
en apoyo de los oculistas y oftalmólogos más connotados del país, ganándose su
aprecio. Tenía una gran facilidad para relacionarse con los demás, se
interesaba verdaderamente por ellos, y siempre estuvo dispuesta a brindar su
ayuda desinteresada a quien le hiciera falta, así fuera tan solo su tiempo, su
consejo y su compañía.
—Qué bonita historia, la de su
mamá. Así me gustaría ser a mi cuando termine enfermería. Que me llamen los
doctores y les digan a los familiares: «Miren, a su enfermito lo cuidará
nuestra enfermera estrella, Citlali…». Sacó
el pecho con orgullo y su rostro se adornó con una sonrisa.
Noche 13. La Gran Abuela Omma
Llegó Citlali muy contenta esa noche, Había aprobado con
sobresaliente su examen final de Anatomía.
—Y cuénteme, ¿a Usted como le fue hoy?
Le dije que muy bien; por lo general siempre contesto eso. Pero
le conté que, por la noche, el perro de la casa mató a un tlacuache, y lo dejó
tirado en la rampa de piedra.
— Lo metí en una
bolsa, lo puse en la parrilla de la moto y lo subí a la palapa que está a medio
cerro para que se lo comieran los zopilotes. Ya muerto, que sirva de algo.
Citlali me echó una mirada de esas que matan.
—Pobre tlacuachito! Mínimo lo
hubiera ido a enterrar. Y con eso que me cuenta, más odio a los perros.
—A mí también me duele. Pero cuando veo planear los
zopilotes por las tardes, les agradezco el espectáculo que dan, y también que
limpien de carroña el cerro. Sin ellos los olores serían insoportables.
—Mejor cuénteme de su abuela
Omma.
Mi abuela materna, la abuela Omma, tiene lo suyo en su
biografía. Le decíamos simplemente Omma, término que tomó del alemán pues se
resistió a que le dijeran abuela a una edad en que ella aún se sentía fuerte y
plena, por ahí de sus cincuenta años. José Gilberto Pagaza, su padre, era un
agricultor muy próspero e innovador en la región de Valle de Bravo. Tenía
cultivos de trigo y maíz y también se dedicaba al ganado, que compraba barato
en Tierra Caliente, engordaba en Valle de Bravo y lo vendía ya finalizado, en
Toluca. Era una logística innovadora para la época. Su casa principal estaba en
el pueblo, en la calle del Vergel, y su rancho principal era San Gaspar. Para
facilitar sus operaciones ganaderas, compró lo que ahora es el Rancho San
Antonio, que pasó a ser parte de la herencia de mi abuela Omma y tuvo grandes
repercusiones en las generaciones posteriores, especialmente en la mía.
Era un hombre práctico, parece que de pocas palabras. Cuando
un alemán amigo suyo le pidió la mano de su hija Carmen para casarla con su
hijo, tuvo el buen tino de escucharla a ella, quien se negó rotunda. Cuando
conoció a mi abuelo, el entonces joven abogado Pichardo, mi abuela decidió que
se casaría con él. Pidió autorización a su padre, don José Gilberto, pero él le
negó el permiso; tal vez hubiese preferido un ranchero como él. Padre e hija se
aferraron, el a que no y ella a que sí. Con ayuda de muchas amistades de ella, que la
querían por su carisma y alegría, organizaron una boda casi furtiva. Al final
se enteró del enlace don José Gilberto y aceptó los hechos ya prácticamente
consumados con resignación. Pero se mantuvo firme y no asistió a la fiesta.
Pasó el día cuidando de sus plantas en el huerto del Rancho de San Gaspar. Años
después, con la llegada de la primera nieta -mi madre-, llegaría la reconciliación.
El pueblo de Valle de Bravo siempre le pareció pequeño a mi
abuela Omma. Oía historias de gente que iba y venía de la ciudad y soñaba con
salir pronto de aquí. En muy pocas ocasiones llegaba un vehículo automotor, y
ella contaba que, después de verlo pasar, cerraba las ventanas de la casa para
guardar «el olor de ciudad», que ella asociaba con el humo de los escapes.
Independientemente del enamoramiento que hubiese sentido por el joven abogado,
el matrimonio le permitió salir del pueblo. Muchos años los pasó en Toluca, con
todas las comodidades que brindaba el abuelo Carlos, prominente político y
abogado.
En su vejez, cuando hijos y nietos redescubrimos Valle de
Bravo y el Rancho San Antonio como un refugio paradisiaco, ella se negó a
volver a radicarse acá: «Tanto trabajo que me costó salir del pueblo, dejar
esas calles llenas de barro y ese olor a humedad en épocas de lluvia «. Vivió
sus últimos años muy feliz en un departamento amplio y elegante, en un séptimo
piso, en Polanco.
Su fe católica siempre la acompañó. Recuerdo bien los
trayectos en carro después de los fines de semana con ella. Casi al tomar
carretera, empezábamos a rezar el rosario… Hasta hace poco comprendí que el
momento del rezo significaba cesar cualquier otra conversación; que el estar
alerta para responder con las segundas partes del padre nuestro y el ave maría
era una forma de terapia de relajación. Siempre estuvo atenta a las ceremonias
de Semana Santa, incluyendo todas las estaciones que rezábamos en el jardín los
jueves santos, y después el imperdible desayuno de Pascua, que era un verdadero
deleite gastronómico en las épocas del Rancho Contento. A diario asistía a
misa, arreglada impecablemente, y hacía las oraciones que correspondían a la
mañana, tarde y noche.
Al enviudar heredó bastantes propiedades, que supo
administrar con atino. Algunas las fue vendiendo para costear la educación de
sus hijos, en lo que nunca escatimó. Había austeridad en su hogar, pero no
carencias y sí algunos lujos. Siempre hubo un vehículo en casa para salir a
pasear con toda la familia, en una época en la que poseer uno era un símbolo de
estatus. Tuvo una amiga entrañable con la que se iba seguido a Acapulco y a
nado se internaban bastante en la bahía. Después hizo varios viajes a Tierra
Santa, como ella la llamaba, y muchos otros tours por todo el mundo: a
Rusia, a Japón y a Sudamérica, entre los que recuerdo.
Una de sus decisiones de mayor trascendencia para la vida de
nosotros, sus nietos, fue la herencia del Rancho San Antonio, con una extensión
de ciento veinte hectáreas muy cerca del centro de Valle de Bravo, en una época
en que ya despuntaba como destino turístico después de la construcción de la
presa Miguel Alemán. Lo pudo haber vendido, pero su visión fue otra. El Rancho
San Antonio perteneció a su padre, José Gilberto Pagaza, y después a un hermano
de ella, un tal Ignacio, que murió muy joven, aparentemente por ingesta
excesiva de alcohol. En la sucesión testamentaria de Ignacio figuraban dos
hermanas, y tuvieron que ponerse de acuerdo en cómo dividir el rancho. Había
que escoger entre la parte alta, con muchos cerros y colinas, y la parte baja,
con unas tierras de labor de primera calidad. Mi abuela dijo al albacea que
ella prefería el cerro. Le hicieron ver que era mejor la otra parte, pero ella
se mantuvo en su elección, según cuenta, porque le gustó. A los pocos años se
inició la construcción de la presa, luego comenzó la inundación de lo que ahora
es el vaso y las tierras bajas quedaron sumergidas, mientras que las tierras
altas ganaron unas vistas espectaculares. La abuela Omma siempre fue muy
intuitiva; ella misma decía que tenía ciertas facultades extrasensoriales y que
presentía acontecimientos que estaban por ocurrir.
En algún momento alrededor del año 1965, cuando yo tendría
unos seis o siete años, organizó una cena donde repartiría el Rancho San
Antonio entre sus cinco hijos y sus familias. Ella trazó a ojo cinco fracciones
sobre un plano antiguo, hecho con técnicas topográficas no muy precisas. Las
numeró, hizo unos papelitos y los rifó entre las cinco familias. El hijo menor
de cada una fue el encargado de tomar un papelito; esa asignación, con la cual
unos quedaron más conformes que otros, perduraría por muchos años hasta que se
hicieron nuevas escrituras. Las fracciones no serían de sus hijos, sino de sus
veintitrés nietos, entre ellos yo. El reparto entre cinco familias implicó que
a quienes pertenecíamos a las familias menos numerosas nos tocara un mayor
número de hectáreas, lo cual despertó envidias desde entonces. Éramos todos
menores de edad, así que nuestros padres asumieron el cuidado y la preservación
del rancho hasta que pasara a nuestras manos. Fue una de las decisiones de la
abuela Omma que reforzó su autoridad no solo sobre sus hijos, sino también
sobre todos sus nietos. En una carta que nos dirigió a todos escribió: «Esta es
mi voluntad: que seas propietario de un pedazo de terreno; me ha costado
esfuerzo cuidarlo y mantenerlo, ojalá que algún día hagas tu casa. Y con letra
mayúscula, añadía: —«No lo vendas «.
La abuela Omma murió tres meses antes de cumplir los 100
años, y se mantuvo lúcida hasta el final, y siempre con los cuidados y
atenciones de sus hijos, especialmente mi madre. Con frecuencia había reuniones
de toda la familia en su departamento de Polanco, por diversos motivos. El
centro de la familia no era el Rancho San Antonio; el centro era ella.
—¿Y su abuela Omma, con quién
vivía? — quiso saber Citlali.
—Hasta pasados los noventa años, vivía sola en Polanco, y
tenía una señora que la atendía.
Nunca quiso dejar de ser independiente. A la edad de noventa
y dos años se operó de la cadera pues no se resignaba a dejar de caminar. Solo
en sus últimos años iba mi madre, casi a diario, a dormir con ella. A la hora
de la comida, pasaba al comedor, siempre muy bien arreglada, se sentaba en la
cabecera, y le servían su comida de tres cursos, sopa, plato fuerte y postre,
en unas vajillas de porcelana antigua, y cubiertos de acero macizo, de esos que
pesan y nunca se doblan. Muchas veces tenía como invitado a alguno de sus hijos
o algún nieto, y siempre sacaba buena conversación. Mientras la vista se lo
permitió, no dejó de leer el periódico. Su vida fue una combinación entre la
elegancia y el refinamiento, su profunda fe religiosa y sus orígenes rancheros,
de los que nunca se olvidó. De pocas personas puede uno hablar tan bien, como
de ella. Aun buscándole, no encuentro nada en su vida que pudiera criticársele.
Son de esas personas que nace una cada cien años.
—Oiga, entre tantos lujos, ¿a su
abuela nunca le salía lo vallesana? ¿Algún
dicho ranchero, por ejemplo?
—Claro que sí. Cuando alguien no estaba conforme con sus
decisiones, o cuando nosotros nos poníamos difíciles, soltaba uno que no
admitía réplica:
— ¡Al que no le guste
el fuste, que se baje y monte a pelo!
Citlali bajó la vista y un poco la cabeza, como si también
hubiese salido regañada. Por eso rematé:
—¡Más vale una
colorada que cien descoloridas!
Citlali pestañeó un poco y tras un breve silencio pausa comentó:
— Viene Usted de una estirpe
de grandes mujeres; y de grandes hombres. Me parece que, aunque buenísimos
todos, había de sal, de chile y de manteca.
Noche 14. Mi Último Refugio en la Ciudad
Cuando desperté de mi siesta de la tarde, Citlali ya estaba
en la biblioteca, de pie frente a la vitrina.
—Hay soldaditos, carritos,
figuritas… Mire —dijo entusiasmada—, ahí está el Ángel, Bellas Artes, el
Monumento a la Revolución… Todo eso lo conocí ahora que fui.
—Es una ciudad que sufrí por muchos años, sobre todo por el
tráfico. Pero ahora que vivo en Valle de Bravo, me gusta ir. Tomo el Zinabus y
en dos horas estoy en una de las capitales más grandes del mundo. Hay de todo;
yo con ir allá dejo de pensar en viajes al extranjero. Ahí encuentro todo lo
que me gusta y, además, tengo un refugio al que le tengo mucho cariño.
—Cuénteme, ¿eso cómo está?
—Un día, ya estando jubilado, me fui a cuidar el jardín de
una casa que tuve en Cuajimalpa, y que por aquellas fechas no rentaba pues mis
inquilinos la dejaron después de una noche en que se les metieron a robar
cuatro asaltantes… Vivía con mi madre en un pequeño departamento en Tlatelolco,
por situaciones que por el momento voy a omitir. El tráfico de regreso de
Cuajimalpa estaba insoportable. Dos horas y no había llegado ni al Periférico;
tres horas y apenas iba por el Paseo de la Reforma. Al llegar a la glorieta de
Colón, me di la vuelta hacia una de las calles aledañas porque ya no podía
manejar más. De pura suerte encontré un lugar donde estacionarme. Me bajé y me
eché a andar por unas calles a medio alumbrar. Los edificios no eran muy altos,
de unos cinco pisos, muchos de ellos descuidados. También había algunas casonas
de cantera de estilo porfiriano, vistosas pero algo decadentes. Daba la
impresión de que en esa colonia el paso del tiempo se hubiese suspendido; los
ríos de carros que atascaban todas las avenidas no pasaban por ahí. Mi humor
fue mejorando con el aire fresco de la noche.
De pronto vi a una señora de pelo rubio y de buen ver que
estaba terminando de colocar una manta en la entrada de una privada, con el
letrero de «Se vende». Ya tenía ganas de dejar Cuajimalpa y tampoco estaba a
gusto en Tlatelolco, así que me quedé mirando…
—¿Le interesa? —me preguntó la dama.
Dije que sí, y gentilmente me invitó a pasar. Se entraba por
un corredor angosto con unas pequeñas casas, todas iguales, a cada lado del
pasillo. Parecía el andador de una vecindad, pero con cierto estilo. Al entrar,
la casita me fascinó. Tenía detalles que dejaban adivinar sus mejores épocas,
como los mosaicos antiguos en el corredor, los plafones en el techo estilo art
déco y un lavabo de hierro porcelanizado. También se advertía a primera
vista un estado ruinoso: puertas apolilladas, paredes ensalitradas e
instalaciones hidráulicas aparentes en el baño, fruto de muchos remiendos y
composturas. Tenía un cubo de luz y una escalera de fierro que daba a la azotea,
donde solo había un pequeño cuarto de servicio.
—¿Cuánto? —le pregunté.
—Un millón —fue la respuesta.
—Lo compro —dije sin dudar, pues con esa cantidad no
adquiriría nada ni en una zona de la periferia. Y esta pequeña joya deteriorada
estaba en el corazón de la colonia Juárez, a pocos pasos del Paseo de la
Reforma.
—¿Quito el letrero?
—Sí, quítelo, mañana tiene depositado el anticipo.
Me llevó varios meses y algún dinero remodelar esa casita,
pero lo hice con cariño. Revisaba los avances y luego me iba a reconocer la
zona. El Museo de Cera y el Museo de Ripley eran colindancia de la parte
posterior de la privada y cerca había restaurantes de todo tipo. Pronto me
compré una bicicleta y mis reconocimientos abarcaron un perímetro mayor. Un día
en que me dirigía a Tlatelolco a saludar a mi madre, descubrí un
restaurante-bar con una buena dotación de hostess bastante guapas. Ellas
atendían y también estaban autorizadas a sentarse en las mesas. No quiero
entrar en detalles, pero, desde entonces, ese bar y otros que descubrí después
se convirtieron, junto con la casita, en mi «Palacio de las Bellas Durmientes».
—Otra vez salen a relucir esas
chicuelas —dijo Citlali con algo de ironía—. Pero mejor sígame contando, de su
adolescencia.
Noche 15. Elección para el Futuro
—Cuando yo era niño la mayoría de edad se alcanzaba a
los veintiún años. En 1978, cuando tuve que elegir carrera, a los dieciocho ya
era mayor de edad. Siempre me ha parecido que a esa edad uno no está preparado
para nada, le comenté a Citlali cuando llegó.
—Afirmativo, asintió, sin
darle ninguna importancia al asunto.
Al terminar la preparatoria en el Colegio Suizo, no tenía
una verdadera pasión por ninguna materia. Tenía predilección por las clases de
Historia, Literatura y Filosofía, mientras que las ciencias duras, como Física
y Química, no se me daban. Con las matemáticas me las arreglaba bastante bien.
Estaba claro que iría a las ciencias sociales, aunque no tenía claro ni a cuál,
ni en dónde.
Se juntaron varios factores que me hicieron decidirme por
Economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, el ITAM . Mi padre
asistió a la universidad, pero nunca concluyó una carrera; tomó cursos de
Derecho y de Economía. Mientras fui niño siempre escuché que papá era
economista agrícola o bien que era historiador económico. Así que mi elección
de carrera fue en gran parte influencia suya. Nos habían dado unos cursos en
preparatoria sobre economía que me agradaron: estudiamos sobre todo la ley de
la oferta y la demanda, una disciplina curiosa que combinaba la teoría con unas
matemáticas no demasiado sofisticadas. El profesor también me cayó bien, a
diferencia de los pesados que daban Física o Química, y había estudiado en esa
universidad. Mi hermano Gabriel también me habló con entusiasmo de ella. Así
que, sin más trámite, fui un día a Río Hondo número 1, pedí los requisitos,
hice mi examen de admisión y me inscribí.
Por las pláticas con mi padre me había formado la idea de
que las universidades serían un centro de gran actividad intelectual y
política; pensaba que al salir del Suizo me esperarían gestas casi heroicas en
el debate de las ideas, sin tener mucha claridad de cuáles. Estábamos en 1978;
aún no terminaba la Guerra Fría, había muchos seguidores de los modelos de
izquierda, por llamarlos de alguna forma, aun cuando ya parecía evidente la
superioridad de los Estados Unidos frente a la Unión Soviética. En América
Latina aún brillaba la Revolución Cubana y sus logros en salud y educación.
Estaba fresco el golpe de Estado de 1973 contra Salvador Allende; las
brutalidades del régimen de Pinochet eran conocidas y funcionaban como uno de
los estandartes del antiimperialismo de la época. La Revolución Sandinista,
también con tintes de izquierda, había ganado las simpatías del mundo entero al
haber derrocado un régimen dictatorial corrupto al servicio de los Estados
Unidos. En un viaje de mochileros que hicimos a Europa un buen amigo de la
preparatoria, mi hermano Gabriel y yo, tuvimos la oportunidad de pasear por
algunas de las sedes de La Sorbona y me llamaban la atención los muros pintarrajeados
con consignas a favor de la independencia de otros pueblos, y leyendas
antiyanquis y antiimperialistas, entre otras.
—¿Ese viaje de mochileros
usted se lo pagó? —preguntó Citlali.
—No, fueron mis padres. Yo comencé a trabajar hasta los
veintitrés años.
—Sí que tuvo suerte. Yo llevo
dos años en la estética. Desde que salí de la «secu» me gustaba hojear las
revistas de belleza y, cuando estuve en la prepa, tomé unos cursos de
estilista. ¡No gano mucho, pero si viera cómo lo disfruto! Tanto el trabajo como
el dinero. Un viaje estaría bien, pero ya llegará el momento.
—Nunca tuve una afición como la tuya. Y créeme que me
hubiera gustado.
—Anímese. Aunque sea escriba
una novela.
En mi mente juvenil tenía la idea de que en la universidad
habría un ambiente politizado que parecería casi festivo, entre gorras del Che
Guevara y las canciones de Mercedes Sosa, Violeta Parra, Silvio Rodríguez y
otros apologistas de las luchas de nuestros hermanos obreros, campesinos y
mineros en contra de la opresión y del Imperio. Pero el ITAM era un centro
enfocado en su excelencia académica y, por aquella época, vinculado a las
corrientes más conservadoras. Muchos de sus maestros venían de la Universidad
de Chicago —los llamados Chicago Boys—, que eran muy conocidos por su
papel protagónico en la instrumentación del programa económico de la dictadura
chilena. Por pragmatismo, retiré de mi cabeza el casete con las ideas de
izquierda, me olvidé del folclorismo revolucionario y de las luchas de clases,
y me dediqué al estudio de la ciencia económica químicamente pura [INDEX]. El
ITAM era el mejor centro de preparación para los jóvenes en busca de un buen
futuro profesional y económico. A partir de la debacle económica de México de
1982, el modelo viró hacia posiciones neoliberales (de derecha, si se quiere
simplificar) y los profesores de la institución, así como las generaciones de
egresados, vivieron una época dorada que se prolongaría hasta el año 2018, el
fin del neoliberalismo.
Fue un alivio entrar a un universo de estudiantes mucho
mayor que el del Colegio Suizo. Me hice pronto de un grupo de amigos con los
que conviví bastante. Entre clase y clase había tiempo para pasar a la
cafetería a jugar dominó; era nuestro punto de reunión y se armaban las
retadoras en un ambiente jovial y divertido. Se fue uniendo más gente con otros
compañeros que se acercaban y de ahí surgieron muchas ideas. Formamos un equipo
de futbol, el Oporto. Algunos de los jugadores eran buenos, sobre todo tenían
condición física; muchos otros jugábamos un rato pequeño y pedíamos nuestro
cambio pues teníamos una resistencia fatal por fumar demasiado.
Yo me comencé a enviciar con el cigarrillo desde el último
año de la preparatoria; en la universidad, donde se permitía fumar dentro de
los salones, mi vicio cobró mucha fuerza. Por aquel entonces ya fumaba una
cajetilla al día; si había alguna fiesta, borrachera o reunión, me fumaba el
doble. En aquella época creía disfrutar del tabaco; al menos no sentía la
repugnancia que experimenté después, a partir de los treinta años, al tener la
garganta siempre irritada, los dedos amarillos de nicotina y aliento de
alquitrán. No fue sino hasta los cincuenta años cumplidos que logré dejar el
vicio. Fue repentino, de un día para el otro, una vez que terminé la lectura de
un libro fascinante: Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo, de Allen
Carr. La información y la manera de presentarla es contundente; nunca pensé que
un texto fuera más potente que la fuerza de voluntad o que los parches de
nicotina. El autor explica cómo funciona la dependencia psicológica del
cigarrillo y, al comprenderlo, es fácil darle la vuelta.
Aparte del futbol y del dominó, organizábamos
recurrentemente borracheras. A veces nos juntábamos dos o tres amigos,
pasábamos a la miscelánea, comprábamos un six-pack de cervezas o una
caguama familiar para cada uno y bebíamos en el carro, entre los chistes y el
anecdotario. A veces nos juntábamos en casa de algún amigo y la reunión se
armaba ahí. «Fuera del alcohol toda felicidad es ficticia», solía decir alguno.
Muchas veces, a media borrachera, nos íbamos a algún restaurante o bar a tratar
de conocer muchachas; algunas veces, no muchas, teníamos éxito y llegamos a
hacer algunas amigas ocasionales. Con el tiempo, algunos del grupo fueron
encontrando su pareja o novia, pero quedamos algunos que hasta el final de la
carrera no nos enganchamos con ninguna. Y en una ciudad como lo era México en
la década de los ochenta, con una vida nocturna inigualable, la parranda
terminaba muchas veces en los bares de chicas, casas de citas o prostíbulos
diversos.
—¿Y no agarró el vicio del
alcohol? —preguntó Citlali—. Ya ve que al pueblo le apodan «Valle de Briago». Y
para salir de eso… Solo he visto algunos que van a los grupos de AA y otros
conocidos de mi mamá que se unieron a los Testigos de Jehová. Lo bueno es que
ya lo dejaron.
—Como dicen los chinos: «No importa de qué color sea el
gato, siempre y cuando cace ratones». Pero no, yo no me envicié con el alcohol;
a ese sí lo domino.
En los últimos años de la carrera, todos comenzamos a ganar
dinero con nuestros primeros trabajos. El ser estudiante del ITAM funcionó muy
bien pues ninguno enfrentó mayores dificultades en encontrar empleo. Solteros y
sin compromisos, mucho de nuestro dinero se nos fue de esa manera. El futuro
parecía prometedor y había que disfrutar el presente. Los lugares que había
para encontrar chicas de la vida alegre eran muchos y sensacionales,
especialmente en la colonia Roma, la zona Rosa, y la colonia Juárez. Eran
lugares amplios, bien puestos, con una abundancia de chicas guapas que no he
vuelto a ver en mi vida.. El ambiente era distendido; se sentía uno seguro. Uno
se iba de farra, y al terminar, manejaba uno tranquilo hacia su casa. Aún no
estallaba la crisis financiera de 1982 y sin darnos cuenta, brindamos felices
en la borrachera del modelo económico del Presidente José López Portillo. Uno
se sentía el sultán de Persia, rodeado de tanta belleza al alcance de la mano.
—Las Bellas Durmientes… como
que tiene obsesión con ellas.
—Había chicas muy guapas, que venían de Culiacán, de
Guadalajara, de toda la República…
Ellas conversaban y tomaban, y se iban si querían y cuando
querían y con quien querían, no como ahora, que están todas controladas por las
mafias… digamos que uno era como el anciano del cuento de Kawabata, pero en su
juventud… y ellas eran como las bellas durmientes, pero a veces se pasaban de
vivas…
—Ya, me paró Citlali en
seco. —No le adorne…
Noté que Citlali se levantaba de su sillón. Se puso de
puntillas y alzó los brazos estirándose a fondo, con las palmas hacia el techo
y la espalda arqueada. Tras tallarse los ojos con fuerza, volvió a dejarse caer
en el asiento, se encogió sobre sí misma cruzando las piernas y, con una mirada
muy viva, preguntó:
—Oiga, ¿y en esas borracheras,
¿cómo hacían para librar el alcoholímetro? Ya ve que se instalan por todos
lados
—No había.
—¿Y el SIDA qué?
—Tampoco había.
—¿Y los secuestros, y la
inseguridad?, preguntó ya con más cautela. Y se contestó solita: De
seguro tampoco había.
En aquellos años de juventud, no había tiempo para pensar en
soledades, había muchas cosas que hacer y mucho mundo por descubrir. Con mi
grupo de amigos, también organizamos muchos viajes, la mayoría de ellos en
automóvil, ya fuera a Cuernavaca, Acapulco y Zihuatanejo, o a las ferias
mexicanas del Bajío, la de Querétaro y la de León, así como la feria de San
Marcos en Aguascalientes. Íbamos a cenar y tomar, tratar de conocer algunas
chicas, a veces lo lográbamos y a veces no, luego ir a la discoteca, o la plaza
de toros, o las peleas de gallos y presenciar los espectáculos que presentaban
en los palenques. Recuerdo, por ejemplo, a la cantante Yuri en la feria de
León. También eso se lo tragó el tiempo. Los animales adquirieron derechos,
incluyendo toros, gallos y pericos.
Esa época correspondió a la de mi primer trabajo, en Banco
Mexicano Somex, también desaparecido.
Noche 16. Proyecto Bambú
Estaba terminando de leer un capítulo más de la novela de
Stefan Zweig, El Mundo de Ayer, que es una mezcla de sus vivencias
entremezcladas con los acontecimientos que le tocaron vivir: el derrumbe del
Imperio austrohúngaro y la destrucción de Europa con la Primera Guerra Mundial.
Muchas
veces siento que yo también pertenezco al mundo del ayer. El México que conocí
ya no existe; la ciudad ya es otra; el pueblo igual. El concepto de familia
nuclear y ampliada en el que crecí ya es obsoleto. Ni quien conviva con sus
tíos y primos; muchas veces ni siquiera con los hermanos. Vivo en un
anacronismo, yo solo en una casa enorme en un terreno de dieciocho hectáreas. En
eso llegó Citlali, con buñuelos y unos vasos de unicel con atole de guayaba.
— ¿Se le antoja?
Estaban buenísimos.
—¿Aparte de El Palomo, nunca
tuvo Usted algún otro emprendimiento? Me quedé con esa duda el otro día,
comentó ella, acomodándose en su sitio.
—Pues sí. Fue una mezcla de hobbie y
emprendimiento. Tengo un ranchito por aquí cerca, por el barrio de Otumba. Ese
es solo mío. No es copropiedad con nadie, a diferencia de este cerro en el que
estamos, que se llama San Antonio. En un viaje que hice a Colombia, con motivo
de mis cincuenta años, me llamaron la atención unos manchones de un verde muy
luminoso que se aparecían en las llanuras, o al borde de algunos ríos. Fue un
enamoramiento a primera vista. Me dijeron que esas plantas se llaman guaduas,
que son una especie de bambú gigante. Luego me llevaron a conocer varias
construcciones que se elaboran con la guadua seca, y me fascinaron. Es como
armar construcciones con palillos. Se van uniendo los trozos entre sí en formas
que pueden ser bastante caprichosas, ya que es un material muy ligero. Luego
hice otro viaje posterior a ese país, para aprender a hacer las uniones de la
guadua. Como el material es redondo, y hueco por dentro, las uniones se hacen
igual que en las tuberías, solo que sin soldadura. Los cortes deben embonar
perfecto. Se pueden hacer con una broca circular, pero si los diámetros no son
idénticos, no quedan bien y hay que ajustar a mano. Aprendí a hacerlos con puras
gurvias y martillo, como allá. Lo más difícil es calcular el tipo de corte en
función del ángulo que desee uno para la unión. Luego aprendí a meter los
herrajes por dentro para detener las piezas, pero bueno, acá en la biblioteca
tengo muchos libros que tratan de eso. En
México localicé un vivero en Huatusco, Veracruz, que ya había adoptado varias
variedades de bambú al clima de allá, y tenían a la venta tanto planta como
guadua seca lista para construir. Traje material con el que hice una palapa en
el jardín, y sembré toda la barranca que atraviesa mi predio con las variedades
que me recomendaron. Tenía la ilusión de vender guadua cuando creciera. Mis
plantas ganaron diámetro año con año pero al cortarlas, vi que las
paredes internas eran muy delgadas, y no servían para la construcción.
Pero me sirvieron para hacer algunos muebles y una que otra
artesanía. Hice una repisa, pequeña. Las patas laterales tienen una forma de
“K” y arriba les puse una tabla de palma, que traje de la costa de Michoacán.
Se llama la repisa “Katy”.
—A ver cómo está eso, ¿una
repisa con nombre de mujer? — preguntó Citlali, con una sonrisa pícara.
—En esos viajes a Colombia, no iba nada más a ver la guadua…
El emprendimiento falló, pero hay veces que me meto a
caminar en el guadual. La frescura de la sombra, y la visión de los tallos
juntándose unos con otros a unos veinte metros de altura, refresca el cuerpo y
eleva el espíritu. Me gustaría poner un vivero ahí, en ese terreno, no solo con
bambús sino también con muchas otras variedades de plantas que tengo en este
cerro, más otras que vaya a comprar a Zitácuaro, Tuxpan o Atlacomulco, para que
sea negocio.
—Está bonito ese negocio, dijo
Citlali. Sobre todo, si le gustan las plantas. No creo que le vaya a dejar
mucho dinero, pero los hobbies cuestan, como Usted ya vio.
—A lo que le tengo más fe para financiar mis últimos años es
la lotificación que estoy haciendo. Ya pusimos drenaje, contraté unas tomas de agua,
ya estamos empedrando el camino de acceso y ojalá, pronto podamos mostrar los
terrenos del Rancho Las Amelinas a los clientes.
—¿Así se llama? No lo había escuchado.
—Una herencia de mi madre. Ella le puso ese nombre, por una
buganvilia enorme que hay en la entrada.
Noche 17. Tesis de licenciatura y Viaje a
Inglaterra
Citlali sacó de su morralito una bolsa de pistaches y otra
de garrapiñados y me ofreció:
—No vaya a creer que hoy traje mi «itacate». Solo son unos antojos para
espantar el hambre.
—Se aceptan de buena gana —le contesté, tomando un puñado de
garrapiñados mientras el aroma dulce invadía el espacio—. Al paso que vamos, terminaremos
hablando en náhuatl. Y por cierto, te contaré las dificultades que enfrenté
para salir airoso del ITAM, mi «Calmécac».»
Me demoré bastante en terminar mi tesis de licenciatura. Me
embarqué en un tema que me dio mucho trabajo desarrollar, a sugerencia de uno
de mis profesores. Citlali ya estaba en su sillón, escuchando atenta.
—Ni me hable de eso
—intervino—. Ya me advirtieron en la escuela que tendremos que hacer una tesis
para graduarnos. Todos dicen que es de lo más aburrido, sobre todo si el asesor
se pone pesado.
—Justo eso fue lo que me pasó. Es una flojera, pero es la
primera gran prueba por la que uno pasa en la vida profesional. O aprendes a
ponerte firme o nunca te van a respetar.
Después de la crisis al final del gobierno de López Portillo
estábamos por entrar en la época del liberalismo triunfante, pero aún había
alguna oposición. El marxismo-leninismo todavía no terminaba de caer; faltaban
tres años para que se derrumbara el Muro de Berlín en 1989 y colapsara la Unión
Soviética en 1991. Mi tema era La teoría de Cambridge y la intervención
gubernamental en la economía; en retrospectiva, nada nuevo: había
argumentos a favor y en contra de la participación estatal en los mercados.
Traté de ser lo más objetivo posible y ese fue el motivo de mi tardanza. Es más
fácil abrazar un credo que ponerse a comparar a Cristo con Mahoma.
Por ese entonces mi padre era profesor-investigador en El
Colegio de México y tenía asignado un cubículo soberbio, con un gran ventanal
al patio central del edificio. Él solo iba de vez en cuando, así que me entregó
las llaves para que fuera cuando quisiera. Así lo hice. Muchas veces bajaba a
la cafetería y me quedaba observando el barullo de los distintos grupos de
estudiantes; luego me subía a mi encierro del segundo piso. Me sentía un
usurpador ocupando ese espacio de mi padre.
Mi asesor tenía dudas sobre el equilibrio del texto, aunque
no me lo decía con claridad. Un día, después de muchas versiones, me soltó:
—¡Lo que sucede es que el pensamiento es matricial y el
lenguaje es lineal!
Llevaba ya más de dos años desde que había iniciado; me
parecía que mi trabajo ya era bueno y no estaba dispuesto a hacer más
borradores. Lo encaré y le respondí que efectivamente el lenguaje es lineal,
pero que si se entendía o no lo que había escrito, y si mis conclusiones eran
válidas o no. Con algo de desgano me firmó el trabajo, busqué a unos profesores
para que fueran mis sinodales y me gradué con mención honorífica. Era la
condición que me habían puesto en el banco para concederme una beca para irme a
estudiar. El título de cualquier manera lo tenía que sacar: era un compromiso
con mis padres y conmigo mismo.
No estaba tan convencido de seguir estudiando Economía. En
la teoría económica, como se dice una cosa, se dice la otra; todo depende de
los supuestos que se hagan. Pero para que me consideraran un economista
calificado debía tener un título de posgrado en el extranjero. Recuerdo bien el
símil que traía en la cabeza: «Es como ser un buen chofer y no tener licencia».
La beca del banco no era una oportunidad que se pudiera desechar tan fácilmente
y fue el factor que inclinó la balanza a favor de que continuara en la
disciplina.
También mi padre me convenció. Él había sido un autodidacta
sin título; le decían doctor y, cuando le preguntaban por cuál universidad se
había doctorado, contestaba que por una de Sudamérica. Y efectivamente, cuando
vivimos allá, decirle a alguien doctor es como decirle aquí a alguien
licenciado. Leyó bien los tiempos y me hizo ver que, sin un posgrado en el
extranjero, mis posibilidades en el mercado laboral no serían buenas. Opté por
el pragmatismo. Me enteré de que en Inglaterra las maestrías se obtenían en tan
solo un año —mientras que en los Estados
Unidos se requerían dos—, que era más fácil ser aceptado allá y que los
estudios eran menos pesados. «Es el sistema inglés —me decían—, cada uno avanza
al ritmo que quiere». Me aceptaron en la Universidad de Warwick para comenzar
clases en octubre de 1986.
—Oiga, yo tengo ganas de irme
a Estados Unidos —dijo Citlali—. Tengo unos parientes allá.
—¿A estudiar? — le pregunté.
—¡Nooo! A ganar dólares,
despelucando a los gringos.
Noche 18. Prisión en Altamar
Entró Citlali y colgó su rompevientos en el respaldo de una
silla. Se quedó un rato de pie mirando hacia la vitrina.
—Oiga, ese barco que tiene
unas grúas y unas cajitas en la cubierta desentona con los carritos. ¿Qué hace
ahí?
—Se llama Toluca,
hermano del Monterrey: cargueros de contenedores de la extinta
Transportación Marítima Mexicana, construidos en la también extinta Yugoslavia…
Me interrumpió:
—Todo está extinto en sus
relatos. No me lo tome a mal, pero usted también está en peligro de extinción.
No me hizo mucha gracia el comentario pero me aguanté.
—No todo, dije, mientras
la memoria no se extinga… —Pero te voy a contar la historia del barco.
Me faltaba un año
para salir de la preparatoria. Mi padre, por ese entonces, tenía que ver con
los puertos que estaba desarrollando el gobierno, por ahí de 1978, y conocía a
los directivos de las principales navieras de México. Se enteró de que, en
ocasiones, admitían a unos pocos pasajeros en los cargueros; que algunos
jóvenes aprovechaban eso para conocer el mundo y que, en el trayecto, para no
aburrirse, los ponían a trabajar. Me entusiasmé cuando me lo contó y, poco
después, me presenté en el muelle de Tampico, dentro del recinto fiscal. Ahí
estaba atracado el Monterrey, y me subí. Me asignaron el mejor camarote
que tenían libre: tenía baño privado, muebles cómodos para ser barco
—atornillados al piso— y unas escotillas que daban al mar, protegidas con
sólidas barras de metal. «Este va a ser tu lugar, a menos que se presente un
incidente», me dijeron. «¿Como cuál?», pregunté. «Que tengamos que arrestar a
algún compañero por mal comportamiento o conducta antisocial. No pasa muy
seguido, pero a veces sí. Algunos no aguantan las travesías y desvarían; cuando
hace falta, los encerramos aquí. Este camarote es la cárcel del barco».
El buque iba con destino a tres puertos brasileños: Recife,
Río de Janeiro y Santos. Diario llegaban tráileres con contenedores y los
subían con las grúas del barco; primero se llenaron las bodegas interiores y
después comenzaron a apilarlos en cubierta. Había otros dos jóvenes que
viajarían de pasajeros igual que yo; los primeros días fue interesante ver las
maniobras, pero como demoraba la carga, nos hicimos amigos y nos fuimos a
conocer la ciudad y el puerto de Tampico. A veces tomábamos en los bares de nota
roja del puerto, a veces nos adentrábamos más. Una vez nos metimos a tomar al
panteón municipal: pusimos la botana y los vasos sobre una tumba y brindamos
por el difunto con el que compartíamos la instalación.
Un día de esos, tomando cerveza afuera de un expendio, nos
levantó una patrulla: «Está prohibido tomar en la vía pública, jóvenes». Nos
condujeron a una comisaría; para pasar a ver al juez atravesamos varias rejas y
la última la cerraron detrás de nosotros. Quedamos encerrados en una celda
común. Había muchísima gente adentro, todos de mal aspecto, sucios, harapientos
y sin rasurar. El olor a orines y excremento era insoportable; el baño era una
esquina designada sin ninguna instalación. Del susto y la impresión saqué un
cigarrillo y el encendedor; no había echado la primera bocanada de humo cuando
se me abalanzaron todos los presos, me arrebataron la cajetilla y luego se
pelearon entre ellos por el botín. Fue una noche espantosa, con el agravante de
que la borrachera se comenzaba a bajar y entraba la resaca al cuerpo. Cuando
amaneció pasó un guardia, aventó tortillas duras a la celda y los presos las
tomaron casi al vuelo; no fue sino hasta después de unas horas que nos llamaron
y, ahora sí, nos llevaron con el juez. «Son mil pesos por cada uno», dictaminó.
«No traemos», respondimos. «Voy a dejar a uno libre, los otros dos se quedan a
consignación». Mi compañero no demoró demasiado, pagamos y llegué al mediodía
al barco, feliz de estar de nuevo en la prisión.
La travesía por el golfo de México fue un gozo. Pegaba un
aire muy sabroso en la cubierta y el espectáculo cambiaba a lo largo del día,
desde el amanecer hasta la noche. No me cansaba de mirar la estela que dejaba
el buque. De pronto, junto a la estela comenzaron a nadar delfines que nos
seguían, pues ya estaban acostumbrados a comer los desperdicios de cocina que
arrojaba el barco. Días después aparecieron los peces voladores, que salían del
agua, volaban bajito unos diez metros, se volvían a sumergir y así
sucesivamente. Por las noches contemplábamos las fosforescencias del golfo:
pequeños puntos verdes y amarillos que brillaban en la oscuridad del mar. La
bóveda celestial se veía majestuosa, sin ningún resplandor que la opacara; y
también puse gran atención en el silencio de la noche en el mar: un silencio
absoluto, solo rasgado por algunas olas que reventaban en el casco. Una
maravilla de la creación.
De día trabajábamos en cualquier cosa. Tardamos varios días
en lijar y barnizar unas bancas; otros días más en limpiar unas paredes de
lámina. Vimos desfilar los faros que anunciaban Cuba y después los de una
infinidad de islas que hay en el camino. Salimos al Atlántico Sur, poco después
atracamos en Recife por un día, luego en Río de Janeiro por varios más…
Adoptamos las costumbres de los marineros: en tierra no se podía desaprovechar
un solo momento, había que vivir y gozar, pues después seguirían más días de
navegación en la soledad del mar. Cerca del puerto de Río había infinidad de
bares, ya sabrás de qué tipo… Fueron varias desveladas, varias borracheras,
mucho más agradables que en Tampico, a ritmo de samba, licor de maracuyá y
muchas mulatas que hablaban portugués. «Yo, en navío…», era lo más que logré
comunicar. Mientras el barco siguió a Santos, nosotros nos fuimos por tierra a
la Argentina: noventa horas de autobús, una paliza, pero así llegué a Buenos
Aires la primera vez…
—¡Ajajá! —exclamó Citlali—.
«Yo, navío…», ¡y seguro las mulatas le dijeron «yo, canoa»! Pero ni mi cuente
más; me imagino que la Casa de las Bellas Durmientes también tendría sucursales
en Brasil. ¡Hombres!
Noche 19. El sello de alien
—¿Hola, Citlali, todo bien hoy? ¡Llegaste muy tarde! Ya iba
a ponerme a platicar con ChatGPT.
—Pues si quiere —me contestó
de bote pronto—, pero me quedé con las ganas de saber cómo fue que llegó a
Inglaterra cuando se fue a estudiar allá. Nada más falta que lo hayan metido
preso.
—Pues preso, precisamente, no. En el aeropuerto de Gatwick
me plantaron un sello en el pasaporte que decía: «Presentarse en la estación de
policía de Birmingham en un plazo máximo de tres días». Así que fui; revisaron
el pasaporte hoja por hoja y le plantaron otro sello, ahora enorme y de color
rojo, que decía: ALIEN. Significa que era yo un extranjero…
Le volvió a ganar la risa.
—Sí que está chistoso. Alien, como en la película… Y
sí se parece…
—Ya, Citlali, hoy vienes muy chistosita… Volé directo de
México a Londres. El aeropuerto de Gatwick se sentía impersonal, había pocas
tiendas y poca gente, tal vez por la hora. Caminé por pasillos muy largos hasta
encontrar la salida hacia los autobuses que me llevarían al centro de Londres,
y de ahí tomaría el tren a Coventry, en el corazón de Inglaterra. La salida
conectaba con una rampa en espiral que descendía varios niveles; sentí en la
cara el aire de Inglaterra, húmedo y frío, y eso que aún era verano. Ya había
ido a Europa varias veces, así que no me costó trabajo movilizarme y llegar a
mi destino.
Me alojé en una casa de huéspedes y, al día siguiente, un
taxista con turbante me llevó al campus de la Universidad de Warwick. «Perdone,
pero no entendí, ¿a dónde lo llevo?», me preguntó. «Warwick University». La
primera repetición la hice con tranquilidad, «Guar-güik»; la segunda me
impacientó un poco y, cuando íbamos por la tercera, preferí mostrarle un
folleto en donde venía escrito el nombre. «¡Ah, Warwick!». En el año que
estuve ahí nunca logré pronunciarlo bien. Y la otra palabra que me dio
muchísimos problemas fue la marca de mi tabaco: «A packet of Marlboro,
please». No me entendían, hasta que señalé la cajetilla roja con su
triángulo blanco. Ya después, en la tienda de la universidad los pedía y me los
daban, y comencé a sentirme orgulloso de mi acento inglés. Hasta el día en que
hice un paseo fuera del campus y se repitió la escena: «A packet of what?».
Esa mañana de mi llegada a la universidad fue decepcionante.
La institución acababa de entrar en vacaciones de verano, detalle que ya sabía,
pero al que no le había prestado importancia. «Ni modo que no haya nadie», era
mi hipótesis. Después de preguntar en varios lugares, entendí que no me
atendería nadie sino hasta dentro de dos semanas y, gracias a que insistí, me
otorgaron la llave de un dormitorio en uno de los edificios para estudiantes de
la universidad, previo pago del semestre por adelantado. Serían como quinientos
metros desde la oficina hasta aquel edificio, y había que atravesar unos campos
intensamente verdes, de césped bien cortado, que parecían infinitos, pues se
perdían entre la neblina. Iba jalando unas maletas, empujando otras, hasta que llegué.
Era un edificio de ladrillo precocido, de tres pisos. No
tuve que subir escaleras, me tocó en planta baja; abrí la puerta del cuarto que
me correspondía y me quedé paralizado. La habitación tenía dimensiones mínimas:
tendría unos dos metros de fondo por tres de ancho. Había una cama, un librero,
una tabla de madera a la altura de la ventana que hacía de repisa o escritorio,
y una silla. Jalé las maletas, que ocuparon todo el espacio sobrante, me senté
en el catre y, antes de que cualquier otro pensamiento se adueñara de mí, saqué
del equipaje una muda de ropa y los artículos básicos de limpieza, los empaqué
en una mochila que llevaba y salí disparado de ese lugar. Tomé mi double-decker,
me bajé en la estación de trenes y me quedé mirando el tablero de salidas. «Un
boleto redondo para Edimburgo, por favor». Aunque el nombre de esa ciudad
también tiene una pronunciación casi imposible: Edinbro, algo así.
Ya sentado en el tren, volví a repasar una y otra vez la
imagen de esa habitación que sería mi hogar por los próximos doce meses. El
paisaje era tranquilizador: primero, campos de trigo aún sin cosechar, con las
espigas meciéndose al viento; después, más al norte, las pequeñas colinas
escocesas, no muy altas, ondulantes, con rebaños de ovejas aquí y allá. Me fui
tranquilizando. Me fui haciendo a la idea de que no era tan malo el dormitorio,
que tendría un lugar para mí solo, que sería un año nada más y que ya me
acostumbraría a ese nuevo entorno. Bajé en Edimburgo ya más tranquilo, aunque
probablemente todavía bastante inquieto. Ya había estado en esa ciudad dos años
antes con mi padre, un verano en que él trabajó en Londres y yo, gracias a sus
conocidos, me había embarcado en Coatzacoalcos en un buque de Azufrera
Panamericana con destino a Immingham, un puerto en el Mar del Norte.
En esa ocasión nos juntamos mi padre, mi hermano Fernando y
yo, e hicimos esa visita a Escocia que resultó muy agradable. En esta nueva
estancia, pasear solo por ahí no estuvo mal, pero fue menos divertido que la
vez anterior. Conocí Glasgow, que me pareció una ciudad desolada. Di con un
punto en la costa, en una entrada de mar no muy lejos de Edimburgo, y di un
paseo en barco sensacional. Recuerdo el aire fresco que soplaba en cubierta,
que llenaba los pulmones de vida, daba energías al corazón y, sobre todo, paz y
serenidad a la mente al contemplar la majestuosidad de las olas, del cielo, de
las nubes y del mar. Sin mayores incidentes regresé al campus de la Universidad
de Warwick, ya mentalizado, reconciliado con mi decisión de haber ido para
allá.
—No conozco el mar todavía
—dijo Citlali—. Pronto iré. Cuando estoy ansiosa me subo hasta la mera punta de
La Peña y me siento a ver el lago, las nubes, las montañas… Aunque prefiero
subir con mis amigas.
Noche 20. Un verano diferente
Regresé a Warwick con buena mentalidad para comenzar el
curso introductorio que ofrecía la universidad, que tendría una duración de
tres semanas. Había algunos talleres de redacción en inglés, de comprensión
oral y escrita y, lo más complicado para mí, de pronunciación. Un día fuimos a
un set de grabación de sonido donde practicamos la expresión oral frente a los
micrófonos. [1]
—¿Me va a hablar ahora de su
«Calmécac» del extranjero?
—Te diría que sí, pero no. Del «Calmécac» los nobles
obtenían el «Tlamatiniyotl». Que proviene de tlamatini —'sabio, erudito
o el que sabe cosas'— y el sufijo -yotl, que vuelve el término un
concepto abstracto: 'sabiduría profunda' o 'el estado de ser un erudito'.
—¡Sácatelas! Ese título sí que
estaría de diez. «Erudita en enfermería» —dijo, en tono jocoso—. Ahora un
posgrado es poco más que un papel pegado en la pared.
—Por lo mismo lo evité. La belleza del náhuatl es que no
designa cosas, sino que se refiere a conceptos. Y aún no conozco de ninguna
institución que nos instruya en la sabiduría profunda.
Al salir de las clases se armaba una «cascarita» de futbol
con los compañeros; había varios japoneses y muchos otros asiáticos, italianos
y de diversas nacionalidades europeas. Los campos de césped bien cuidado eran
de ensueño, y seguido me venía a la mente que ya me había «internacionalizado»
en el futbol. También se organizaban partidos de squash con retadora de
todos contra todos. Algunos días jugué tenis con una compañera española que
llegó un poco después, de nombre Sara, originaria del País Vasco. Ella era
buenísima, me barría literalmente con sus swings, pero tenía paciencia
conmigo y peloteábamos un rato bastante a gusto. Yo tenía veintisiete años en
ese entonces y ella veintitrés; me hacía notar esa diferencia como si hubiese
sido mucha. Ahora esa distancia me parece ridícula, hasta poca.
Le brillaron los ojos a Citlali y, con una sonrisa pícara,
preguntó:
—¿Quiere que hagamos unas
cuentas? Digo, para practicar matemáticas.
Había otra muchacha ecuatoriana y por las noches nos
juntábamos los tres en la cocina común del edificio donde ellas vivían. Ellas
preparaban la cena y yo ayudaba en lo que podía, pues nunca aprendí a cocinar.
Resultaba muy agradable esa convivencia. A veces llegaba algún otro compañero;
después hacíamos largas sobremesas conversando sobre nuestras vidas y nuestros
países, y muchas veces Sara sacaba una guitarra y nos ponía a todos a cantar.
Yo nada más movía los labios para no desentonar. Me sentía muy acogido en esa
pequeñísima comunidad latina que habíamos formado. También se presentaba con
relativa frecuencia una compañera alemana, muy joven, y conversaba con ella
intercalando el inglés y el alemán, que fue una de las poquísimas ocasiones en
la vida en que lo llegué a utilizar. Me gustaba esa chica y, de haber
evolucionado las cosas de manera distinta, tal vez me hubiera ennoviado con
ella.
Tenía la impresión de recibir una bocanada de aire fresco en
mi vida, después de la aridez en el banco. Por primera vez vivía fuera de mi
casa y era una sensación muy grata, de libertad. A veces, por las noches, salía
a caminar por los senderos del campus que conectaban después con unos campos de
trigo y, un día, descubrí una salida a la carretera que iba a una localidad
cercana, Kenilworth. Regresaba relajado y contento a mi pequeña habitación.
Había colocado un mapamundi gigante que abarcaba toda la pared, el cual
resaltaba por el color azul turquesa de los océanos.
Un día por semana tocaba ir a una lavandería de monedas
cerca de mi edificio; esperaba a que terminara la lavadora, la cambiaba a la
secadora, doblaba mis cosas y regresaba a acomodar. Otros días eran de
supermercado: hacía compras muy básicas como jamón, pan, cereales de maíz,
leche, plátano, espaguetis y salsa de tomate. Es lo único que llegué a cocinar:
hervía el agua, echaba la pasta, enjuagaba y en la misma olla vertía la salsa,
rallaba el queso y me lo comía ahí mismo. Al paso de los meses esas comidas se
volvieron insoportables, pero al principio estaba muy a gusto con mi nueva
cotidianidad. Clases de inglés, nuevos amigos, deporte, reunión social en la
cocina y mis actividades diarias del hogar. Mi espacio físico se redujo muchísimo,
pero mi ámbito de acción se amplió bastante al haber salido de la casa.
A veces, en los senderos que cruzaban el campus, me topaba
con algunos conocidos e intercambiábamos el saludo apache: «Hi», y cada
uno seguía por donde iba. Un día que tenía ganas de charlar, le pregunté a dos
morenos de Sri Lanka —de una tez muy oscura, tipo hindúes, pero más morenos—
cómo les iba la vida con las chicas en Inglaterra. Y les hice una seña con las
manos que es universal. «Nada», me dijeron. «¿Por el tema del SIDA?», les
pregunté. «Bueno, también por eso», y los tres nos reímos un buen rato.
La amistad con Sara se volvió cada día más íntima, más
intensa. Me contaba muchas de sus historias personales y recurrentemente me
hablaba del novio que había dejado en España, a veces como extrañándolo, muchas
otras quejándose de él; daba la impresión de que lo consideraba un hombre sin
futuro y que estaba con él por inercia o por costumbre. Yo, en cambio, me sentí
de pronto muy confiado de mí mismo, me formé expectativas de un porvenir muy
halagador una vez que regresara a México, y sentía que mi país tenía muchísimo
más que ofrecer que la España de Sara, que aún no despegaba al desarrollo
vertiginoso que siguió después. Muchas veces me formé la imagen de Sara en
México, conmigo, siendo felices.
Faltaban pocos días para el comienzo formal de las clases de
maestría a principios de octubre, del fin de nuestro curso propedéutico y del
verano. Los días comenzaron a hacerse ligeramente más cortos, aunque de pronto
se formaron unos nubarrones hacia el final de mi verano idílico que nada tenían
que ver con la meteorología.
Noche 21. La Tormenta Perfecta
Al día siguiente,
Citlali llegó más temprano que de costumbre, pues el sol se acababa de poner y
aún se advertían destellos rojizos en el horizonte. Se sentó en su sillón de
siempre, cruzando las piernas. Pronto comencé a narrar mi historia en el punto
en que la había dejado.
Cuando recién la
conocí, noté que Sara tenía una ampolla en el labio superior, a lo que no
presté importancia; ni sabía de lo que se trataba, ni impactaba tanto, y Sara era
nada más una chica a la que acababa de conocer, como a otras más. La imagen
regresó a mi mente cuando ya éramos amigos cercanos y nuestros encuentros
pasaban de un acercamiento emocional a un distanciamiento, tal vez en un mismo
día. Me desconcertaba bastante, pero esa relación era fascinante, pues nuestras
percepciones de cualquier situación eran muy distintas: la de ella como
española, la mía como mexicano. Además, tenía mucha gracia para decir las
cosas.
—Los ingleses comen
pez —me dijo un día, casi indignada—. Sí, fish and chips, pez con
patatas.
Ella venía del País
Vasco, de una pequeña localidad costera cerca de Bilbao donde descargaban a
diario la pesca del golfo de Vizcaya.
—Allá comemos
merluza, lubina, anchoas, verdel, besugo… —y se siguió con una lista casi
interminable de diferentes variedades de pescado.
Me contaba de sus
paseos por la ría, sus escapadas a comer tapas con los amigos y muchas
actividades que en la Ciudad de México no se podían hacer. Yo, en cambio, le
hablaba de nuestras grandes casas comparadas con sus pisos, de las comidas en
casa de los amigos en lugar de sus idas de tapas, de los viajes a Acapulco y
Puerto Vallarta, y cosas así. En Europa la vida era mucho más «social» por las
limitaciones de espacio, según yo, mientras que en México la vida era más
«individualista» por nuestra extensión territorial. Ahora reconozco que eran
nociones muy distorsionadas de mi patria, que provenían de la burbuja en la que
me crie.
Entre estas
pláticas se deslizaban algunas confesiones personales, hasta que surgió lo que
ella llamó «un error de juventud», que no era tan grave, pero ciertamente le
preocupaban «esas pupas que me salen». Me desconcertó. Escuché, pero no acusé
recibo. Antes de partir para Inglaterra, en la revista Time había salido
una portada con el dibujo de una pareja dándose un beso, y la lengua de uno de
ellos tenía forma de serpiente. El reportaje era sobre el herpes, una
enfermedad de transmisión sexual que proliferó o saltó a la luz por aquellos
años. Me atemorizó mucho ese reportaje y me prometí a mí mismo cuidarme en esa
aventura inglesa, pero nunca imaginé la forma en que se me aparecería esa
condición. Ya para aquel entonces, mi conexión sentimental o dependencia de
Sara era total y no estaba en condiciones de terminarla.
Los estudios
formales comenzaron en octubre. Un día, al salir de la primera clase después
del almuerzo, vi con desconcierto que estaba anocheciendo. No eran ni siquiera
las cinco de la tarde y comenzaba a calar el frío y el viento. Cada día había
menos día y más noche. Había muchas lecturas por hacer, ocupaciones no
faltaban, pero el encierro en mi pequeña habitación comenzó a hacerse opresivo:
quince horas de oscuridad y nueve horas de penumbra, de una luz tenue y un sol
que nunca llegaba a salir. Salvo muy ocasionalmente, se abría un espacio entre
las nubes y por minutos caía el sol. Eran los famosos sunny spells, que
muchos aprovechaban para dejar lo que estuvieran haciendo y salir un rato a
sentir el calor.
No supe manejar mi
horario por aquellos días. Al llegar de noche al cuarto me daba sueño; me
despertaba con hambre y a las ocho o nueve salía a la cocina común a prepararme
un sándwich; me aplicaba un rato a mi estudio y pronto tenía que suspender
porque se llenaba de humo la habitación y tenía que abrir la ventana al viento
gélido del otoño. Mi ciclo vital se trastornó; las mañanas se confundían con
las tardes, que no eran tales, y las noches parecían extenderse por todo el
día. Siempre estaban encendidas unas farolas que indicaban el sendero que
conducía a nuestros dormitorios.
Al entrar al
pasillo, había un teléfono de pared con un cartelito arriba que decía: «Para
las personas que estén pasando por una crisis —o simplemente necesiten hablar
con alguien» .
—Oiga —intervino Citlali—, ese letrero estaba de terror. Caminar a
oscuras con el azote del viento y que al llegar se encontrara con ese cartel…
Me imagino que con solo leerlo me darían ganas de llorar.
—Algo así me
sucedía, hasta que dejé de voltear.
A eso se sumaba el
asunto de Sara. Ella era una estudiante excepcional. Tenía una auténtica pasión
por la estadística y la econometría. Disfrutaba de las clases optativas que
tomaba: «Una gozada las explicaciones de ese profesor», me contaba. Las materias
que tomábamos juntos no se le dificultaban, pues las acababa de ver en su
último año de universidad. Yo tenía cuatro años de haber egresado y muchas
asignaturas nunca las vi, precisamente las que estaban de moda en aquella
época: Teoría de juegos y economía de la incertidumbre. Sara se metió de lleno
a los estudios e hizo nuevas amistades con compañeros que, al igual que ella,
disfrutaban aquellos temas. Para mí era una tortura escuchar aquellas clases de
las que no comprendía nada; ni siquiera, bien a bien, lo que decían los
profesores, ni el chiste que soltaban de vez en cuando y que hacía carcajear a
mis compañeros.
Durante la semana
nos veíamos poco, pero los fines de semana por lo general teníamos algo de
tiempo para convivir y nuestro afecto mutuo seguía creciendo. Muy pocas veces
volvimos a hablar del tema del herpes; a veces nos íbamos de paseo al lago, a
veces al súper y algunas veces hicimos el viaje a Londres de un día completo.
Allá no faltaban cosas de qué platicar ni de qué emocionarse, desde la gente de
todo tipo —ingleses y extranjeros, ejecutivos y vagabundos, nerds, punks
y otras tribus que en aquellos años solo había allá— hasta la magnificencia de
los museos. Pero lo más atractivo de ir con Sara eran los detalles pequeños. En
una tienda vio unas tazas de cerámica, bastante comerciales, con alguna figura
o dibujo. Entró como niña chiquita a verlas y salió con una buena dotación: «Me
encantan las tazas», me confió con una sonrisa de gusto y mucha satisfacción.
Disfrutábamos una taza de chocolate caliente en cualquier local como si
hubiésemos entrado a un restaurante de lujo.
Volvía a las
interminables noches de mi habitación. El tema del herpes no me dejaba
tranquilo; repasaba todas las situaciones y todas las posibilidades. ¿Debía yo
aceptarla como era? No había mucha información y solo sabía lo que decían los
artículos de la revista Time, que debieron de haber sido bastante
sensacionalistas. Un día fui a ver al médico del campus, un tipo de muy pocas
palabras. «En este país, tantas de cada diez personas tienen el virus del
herpes», dictaminó, y dio por terminada la consulta. Me figuraba que haría yo
un sacrificio muy grande por amor, pero estaba dispuesto. Un día me armé de
valor e intenté formalizar algo con ella durante una caminata nocturna.
—No. Me canso de
estar contigo —dijo de tajo.
El semestre
avanzaba, había que entregar trabajos y la relación fue perdiendo intensidad.
Un día, o una noche de insomnio, me vino a la mente que, frente a mi acto
heroico de sacrificio por amor, ella cometería una gran traición hacia su novio
de aquellos meses, del que a veces hablaba. Tal vez haya sido una
autojustificación mía ante nuestro alejamiento, o para la cobardía que a veces
sentí que tuve para afrontar la situación.
—A las tortillas, cuando mucho, se les dan tres vueltas —dijo Citlali—.
Más vueltas y se secan. Para mí que eso pasó.
Con esa nebulosa
mental terminó el primer trimestre. Salimos de vacaciones: ella a Bilbao y yo a
Madrid, donde por aquel entonces radicaba mi hermano Gabriel, el diplomático.
Nunca dejamos de ser amigos Sara y yo, pero la conexión sentimental se perdió hacia
el segundo trimestre de nuestro año de maestría. En Madrid pasé unas semanas
muy agradables; primero, agradecí a la vida el sol radiante de la meseta
castellana, así fuera en el invierno; segundo, fue un bálsamo hablar y
conversar en español, así me topara de repente con modismos extraños.
Me hizo muchísimo
bien coincidir con una de mis primas, que había ido a pasar una temporada a
España en lo que decidía qué hacer con su vida. Mi prima era pura frivolidad,
pero sabrosa. Su estancia en Madrid consistía en ver la moda, descubrir lugares
buenos para comer y conocer chicos, a ver si se enamoraba de alguno, como le
había pasado a su hermana. Su plática de banalidades fue ese bálsamo que
necesitaba para olvidar las penurias, los sinsabores y los desamores de
Inglaterra. Regresé a la universidad con el ánimo bien firme de no dejarme
derrotar.
—Bien por su prima. Y un tache a la chica esa que lo bateó —dijo
Citlali.
Noche 22. Mañas y Chiripazos
Estábamos a mediados de marzo. En la biblioteca, en la parte
más alta de la casa que va creciendo escalonada sobre el cerro, pegaba el
viento con furia. Me levanté varias veces a checar que todo estuviera bien
cerrado, pero aun así el viento se colaba por algunas rendijas y golpeteaba
puertas y ventanas.
—Este viento espanta —dijo
Citlali.
—Es verdad. A mí también me causa inquietud; pueden caer
ramas, a veces se va la luz, el internet…
Y en eso se fue la luz. Prendí unas velas que guardo para
estas ocasiones, las cuales amenazaban con apagarse con las pequeñas ráfagas
que se nos colaban.
—Ehécatl no nos deja tranquilos —añadí—. Lo mejor es
olvidarnos de él hasta que se canse. Vamos a pensar en la nieve, como la que me
tocó cuando volví a Inglaterra en pleno invierno.
—A ver, espéreme… Si el frío
estaba horrible, en las clases no entendía nada, ni la mitad de los chistes, y
la española ya no le hacía caso… ¿Cómo es que no tiró la toalla y se regresó?
—Es lo que se llama orgullo o casta. Lo único que tenía
claro es que no quería regresar a México derrotado. Si la meta ya está fija,
uno saca las antenas, te ajustas, desarrollas un olfato que te dice por dónde
sí o por dónde no…
—Y ese «olfato» del que habla,
¿es como una capacidad de moverse en otra dimensión? ¿En la cuarta dimensión?
—preguntó curiosa.
—Ya me la pusiste muy difícil. No sé qué libros estés
leyendo, pero estás en un terreno en el que todo puede ser.
En mi maestría no había exámenes regulares; solo había unos
exámenes finales después del segundo trimestre. El que aprobaba tenía derecho a
elaborar su tesis, presentarla y, de ser aprobada, recibir el título. Así que
ese segundo periodo era crítico y crucial. Durante el verano había conocido a
dos muchachos mexicanos que habían cursado la maestría el año anterior y se
habían quedado a hacer su doctorado. Me cayeron bien, pero yo estaba demasiado
entretenido conociendo el mundo universitario al que recién había llegado y no
los frecuenté. Durante el primer trimestre nos encontrábamos seguido por los
pasillos de la facultad o en el comedor. A veces comíamos juntos y poco a poco
se fue consolidando una amistad. Después de unas semanas de tratar a puros
extranjeros, fui sintiendo la comodidad del estar con mis compatriotas. El
paisanaje es una fuerza poderosa; hay muchos valores y cultura compartidos. Más
allá del chisme de la universidad, con los paisanos uno puede hablar de la
comida favorita, de futbol, de la política y de la vida en México en general, a
diferencia del trato con los extranjeros, con quienes hay que tejer una red de
intereses mutuos prácticamente desde cero.
Así que, una vez que perdió combustión la relación con la
española, me acerqué mucho a ellos, especialmente a Horacio, que, a diferencia
de Ricardo, no estaba casado. Él tenía un Mini Cooper clásico que compró allá y
vivía fuera del campus, en Kenilworth. Los viernes salíamos de clase y nos
íbamos a los pubs de los alrededores. Era agradable cambiar la monotonía
del campus por lugares adonde iba la gente normal. En la universidad todos
andaban con cara de estar muy ocupados y siempre a la carrera; en el pub,
en cambio, uno veía grupos de jóvenes platicar, reír y emborracharse. Las
chicas iban muy arregladas, con vestidos llamativos; por sus atuendos no se
imaginaría uno que estaba nevando afuera. A veces intentábamos hacer amistad
con algunas, pero no era fácil; la mayoría ya iba en grupo. En una ocasión
trabamos buena conversación con una chica que resultó ser policía, y siempre
recordamos con gusto esa pequeña anécdota. Me llevaba muy bien con Horacio;
hicimos la costumbre de que, después de pedir nuestro café al final del
almuerzo, echábamos un volado para ver quién pagaría. Por pura probabilidad
acabaríamos pagando lo mismo cada uno al final del trimestre, pero era un
momento del día jovial y divertido. Después de eso, cada uno a sus estudios.
Mis compatriotas mexicanos fueron los que me explicaron cómo
era la dinámica de los exámenes finales. Ellos habían revisado las preguntas
que venían en el examen de cada materia de distintos años y, según ellos, había
unos cuantos temas que siempre venían; otros a veces sí, a veces no. La
estrategia consistía en aprenderse bien esos temas, así fuera de memoria, aun
sin comprenderlos del todo, y con eso se lograría responder a un buen
porcentaje de las preguntas. No era una estrategia para aprender mucho ni para
ser el mejor del salón, pero era la forma de no reventar y sacar adelante la
maestría. En la cafetería, después del tradicional volado, hice el listado de
temas y me enfoqué de tiempo completo en esos.
Iba a las clases y la verdad ya no me interesaba mucho si
entendía o no; tenía confianza ciega en mis manejadores. Había variantes en las
preguntas dentro de esos temas. «Ni te fijes —me dijeron—. Así no venga
completamente al caso, tú contestas con una descripción detallada del modelo
tal, o con la argumentación del autor cual». «Perfecto, compañero, así le
haré». Tampoco es que no entendiera nada; en algunos temas sí aprendí mucho,
con la ayuda de los libros más que con las clases. La estrategia para matemáticas
era distinta: era una calificación global para matemáticas y econometría.
«Todos los mexicanos que hemos pasado por aquí sacamos cero en matemáticas —me
revelaron—. Lo que hay que hacer es entregar todos los trabajos de econometría
para no perder los puntos, que son críticos para el marcador global». Las
matemáticas que nos daban eran ecuaciones dinámicas que yo nunca había
estudiado; traté de comprenderlas con bastante esfuerzo. El día del examen iba
muy tranquilo a obtener mi cero; comencé a hacer mis despejes, sustituciones,
sumatorias y hamiltonianos y llegaba a un resultado extraño. Lo taché y volví a
comenzar para llegar nuevamente a lo mismo; lo taché de nuevo. Después supe que
ese resultado que borré dos veces era el correcto y hubiese hecho historia para
los mexicanos en esa materia.
—Como la selección nacional en
los Mundiales. Jugaron como nunca; perdieron como siempre —dijo Citlali,
meneando la cabeza.
La estrategia general funcionó muy bien. Había otra
particularidad en el sistema de aprobación en mi curso de maestría que me
hicieron notar mis compatriotas: la cuota de reprobados. Cada año escolar, el
número de reprobados era de tres, no más, pues aplicaban el método de la
«campana de Gauss». Conforme avanzaba el trimestre y se acercaban los exámenes
finales, la información sobre la cuota se fue haciendo del dominio de todos e,
inevitablemente, los compañeros hicieron su lista mental de quiénes podrían ser
los tres reprobados del curso. En todas las listas figuraba un italiano
bastante mayor que todos los demás, dos italianos más o menos de mi edad o algo
más jóvenes, un alemán que nunca supo qué hacía ahí y, desde luego, yo. No por
no participar en clase se disimulaba mi falta de comprensión de muchas cosas.
Era, además, el único candidato del llamado «tercer mundo». Con mis manejadores
mexicanos diseñamos también la estrategia de guerra psicológica: «Se te van a
acercar los otros candidatos; tú siempre diles que vas muy bien. Procura
desaparecerte algunos días antes de los exámenes, así te quedes encerrado en tu
cuarto; hazles creer que ya tiraste la toalla y que preferiste dedicarte a
pasear. Hay que hacer que se confíen de que tú vas a reprobar, y que otros
sientan que los que van a reprobar son ellos, que tiren la toalla». La guerra
psicológica funcionó de maravilla; reprobaron dos italianos y el alemán.
—¡Wow! —exclamó Citlali—. El
ingenio del mexicano. El clásico «todo se lo debo a mi mánager» —añadió.
Los jueves, porque los ingleses tienen un día para cada
cosa, había un pequeño convivio entre los estudiantes y algún profesor. Un día
me acerqué con el que nos daba Macroeconomía, un tal Marcus Miller[6],
y le pregunté: «Oiga, ¿y de verdad esos modelos que nos enseña en la clase, de
teoría de juegos con matemáticas complicadísimas, los aplican en la vida real
para decidir algunas cosas?». Se llevó la mano a la barbilla, se rascó un poco
y me dijo: «En realidad no. Esos modelos son lo que yo llamo un divertimento
intelectual». O sea, que, si Marcus se divertía con eso, yo también me divertí
a mi manera, y así diseñé mi juego.
—Ese Marco Miller hacía como
que enseñaba y Usted hacía como que aprendía… Por eso nos dejaron un mundo de
cabeza —dijo Citlali.
Noche 23. El verano de Daisy
Después de los exámenes tomé unos días de vacaciones a la
Costa del Sol con mi amigo Horacio. Los veranos en España son fantásticos.
Estuvimos en una discoteca al aire libre que tenía las mesas alrededor de una
piscina; tal vez sería un club de playa, pero ciertamente era de noche y
servían bien las bebidas con alcohol. Chicas de todas las edades corrían topless
y se aventaban una y otra vez del trampolín y de la resbaladilla, entre
sonrisas y carcajadas. Ni en Las Vegas me ha tocado ver un espectáculo tan bien
montado, con artistas amateurs y sin guion…
—Ya, no se emocione
—interrumpió Citlali—. De seguro es la versión mediterránea de La casa de las
bellas durmientes. Me los imagino, a usted y a su amigo, ahí de mirones… ¡Qué
horror!
Al regresar a Warwick me dirigí de inmediato a las oficinas
de la facultad de economía, al muro de los anuncios, donde pegarían el papel
con los resultados de los exámenes. No había internet ni WhatsApp; era la época
del «papelito habla». Con temor y curiosidad me acerqué: «Aprobado». Busqué a
Horacio en su cubículo y nos fuimos a brindar con unas cervezas; después
iríamos al pub y tal vez remataríamos en su casa con algún tequila.
Al día siguiente, ya recuperado de la resaca, me puse a
pensar en el tema de la tesis. Solo había tres meses para elaborarla y no tenía
ningún tema en mente. Muchos compañeros ya habían elegido el suyo desde antes
de comenzar la maestría, pero yo no, pues los últimos meses había estado con
una sola idea fija en la cabeza: aprobar los exámenes. No tuve mucho tiempo
para preocuparme. Después de mi almuerzo pasé al estand de revistas y compré la
revista Time, que hacía tiempo no leía pues mi presupuesto de la beca
era bastante magro. Di unos sorbos al café y de pronto leí una frase que
cambiaría mi vida: «Debt equity swaps are the height of financial fashion in
the indebted Third World…» Yo venía
becado por el Banco BCH y conocía el
tema de los castigos que aplicaban los mercados a la deuda de los países que,
como México, tenían una alta probabilidad de no ser capaces de cumplir con sus
obligaciones con los acreedores internacionales. Los swaps a los que se
refería el artículo eran un intercambio de deuda por inversiones en otro tipo
de activos que pudiera ofrecer el país deudor, lo cual era especialmente
atractivo en procesos en marcha de privatización de empresas públicas, como el
que se gestaba en México. «¡Ese es mi tema! ¡Los swaps!». Al terminar mi
café supe con toda certeza que ese era mi tema. Cualquier angustia que hubiera
albergado se disipó; me llené de confianza y me sentía feliz.
Las últimas veces que vi a Sara me miraba con una mezcla de
admiración por haber aprobado —con una sonrisa de quien sabe «cómo le harías»—
y algo de conmiseración por no tener tema de tesis a esas alturas. Me la
encontré un día por un sendero del campus y le dije radiante:
—¡Ya tengo tema!
Me miró con algo de suspicacia, pero no me importó. Lo demás
se fue dando muy fácilmente. Con un buen tema es sencillo conseguir un asesor
de tesis que coopere con simpatía. No tuve que buscar mucho en la biblioteca
para encontrar un marco teórico que me sirviera de base; el tema de la deuda
era el principal obstáculo al crecimiento y ya había artículos académicos
hechos por mexicanos al respecto. Encontré uno muy bien estructurado, de fácil
comprensión, de Guillermo Ortiz y Jaime Serra Puche. Lo demás fue sumar y
restar términos en la ecuación del crecimiento: menos deuda, más ahorro; menos
deuda, más inversión. Para que la deuda bajara había que comprarla, así fuera
con descuento, lo que debilitaba las finanzas públicas en un año determinado,
aunque las fortaleciera a largo plazo.
La versión ambiciosa de la tesis hubiese sido un modelo de
equilibrio general. La versión que se me ocurrió fue la construcción de cuatro
escenarios distintos, todos dentro de la ecuación estática de equilibrio
parcial. Otra posibilidad —la que me echarían en cara después mis sinodales—
hubiese sido calcular econométricamente los parámetros pertinentes, pero yo los
tomé como predeterminados del paper de Ortiz y Serra Puche, que eran
economistas que ya brillaban. Cuando comenté con Sara mi idea de tesis, ella,
que era una econometrista brillante,
nada más movía la cabeza:
—¡Qué clase de chapuza vas a hacer!
Nadie imaginó que una idea tan sencilla pudiera funcionar.
¡Y funcionó! Ayudó muchísimo la relevancia del tema de la deuda externa, que
los swaps estuviesen de moda y la claridad con la que construí mis
escenarios.
Una de las ventajas de mi tesis era precisamente que no
necesitaba generar ningún tipo de evidencia de base de datos. Yo no tenía ni
idea de cómo utilizar una computadora. Alguna vez me senté frente a una en la
sala de cómputo, la encendí, vi parpadear una rayita verde en la esquina
inferior de la pantalla y no supe más qué hacer. Para mi buena fortuna, mi
amigo Horacio tenía una computadora en su cubículo y él me capacitó para
aprender a usarla como máquina de escribir. No existía el Windows ni el programa
Word; había un procesador de textos que se llamaba Daisy.
Fueron jornadas largas —tampoco es tan sencillo escribir una
tesis en inglés— y ya solo tenía el interés en terminarla. Descuidé mi
alimentación. Me recuerdo disgustado, por las noches, cenando nuevamente una
hamburguesa con papas y un vaso de refresco; la cohesión con los compañeros se
había roto, pues la tesis ya era un ejercicio cien por ciento individualista y,
lo peor, es que nuevamente perdí el control del tiempo y de mi ritmo biológico.
A diferencia del verano anterior, cuando llegué, el nuevo verano tenía los días
interminables: eran las cinco de la mañana y ya había luz; eran las de la noche
y media y seguía la luz. Perdí la noción de a qué hora desayunar, comer y
asearme. Toda mi vida era la fijación de terminar y ya.
Me faltaba muy poco cuando, un día, mi documento con la
tesis desapareció de la computadora. La pantalla decía algo así como: «Daisy
no ha podido guardar ni recuperar el documento». Entré en pánico. Alguien me
comentó que tal vez lo podrían recuperar en el centro de cómputo, pero sería
hasta el día siguiente. Me lancé a caminar hacia el lago que había en el
campus, crucé unos trigales, brinqué una cerca y me topé con la carretera que
iba a Kenilworth. Caminé por horas hasta que vi las luces del poblado, que
acababan de encender, me di media vuelta y emprendí el regreso. De pronto
comencé a gritar, o tal vez solo a mascullar, un estribillo de una canción
gitana que había escuchado recién en España, y la repetí toda la noche:
—Campesinos tristes de mi Andalucía… De mi Andalucía…
—Fue un mantra —dijo Citlali—.
Yo sé que hacen mucho bien. ¡Pero ha de haber parecido un fantasma medio loco!
—Y le ganó la risa.
Recuperé la tesis y la pude terminar; la entregué, sellaron
de recibido y no había nada más que hacer. No hubo ceremonia de fin de cursos,
no hubo fiestas; todos estábamos hartos del lugar. Unos se fueron antes a hacer
sus tesis en otro lado, otros se marchaban sin mayor trámite; yo hice lo
propio. Fijé la fecha del vuelo y me regresé a México. No tenía dudas de que la
tesis me la aprobarían, pero tampoco me fui eufórico. Fue un año de luchas
intensas: primero conmigo mismo, después por aprobar y presentar la tesis; y de
repente todo concluyó, como si no hubiese habido un final. La película se
cortó, paró en seco. Me subí al avión desconcertado; el final fue tan abrupto
que ni siquiera tuve tiempo de saborear mi regreso, que tanto anhelaba o
idealizaba.
Durante el vuelo me quedó una reflexión un tanto amarga.
Había ido a Inglaterra con la idea consciente de obtener mi título de maestría
y lo logré. Haya sido como haya sido, el esfuerzo intelectual fue muy intenso y
fue una experiencia nueva para mí. Mi amistad con Sara, mi viaje a España y los
paseos a Londres me habían abierto los ojos a nuevos horizontes, pero de alguna
forma sentía que era un regreso sin gloria. Me bajaría del avión y sería el
mismo que cuando salí: con más experiencias, pero solo, y con un desgaste
físico brutal.
—Me tiene que explicar eso
último —comentó Citlali.
—Ni te lo imaginas.
Noche 24. Citlalyacana
Me recibió mi madre en el aeropuerto. Nos reencontramos como
si no me hubiese ido.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
Nos dio gusto vernos, pero en la familia nunca fuimos muy
expresivos: ni en abrazos, caricias y contacto físico, ni con las palabras, ni
con el tono de voz. Regresé a vivir a casa de mis padres. Veintitantos años.
Citlali sacó unos lápices y la libretita que llevaba en su
morral, y comenzó a trazar unas figuritas de anime con diferentes
estilos de peinado.
—Me acordé de los enanos
emocionales que mencionó su tío —comentó sin levantar la mirada.
Desde los últimos días en Inglaterra me sucedió un fenómeno
muy extraño, que esperaba desapareciera al llegar a México, pero no fue así.
Cuando entraba a algún lugar, me daba la impresión de que yo era la causa de
que la gente se tocara la nariz y se la sobara. No pasó una vez, sino muchas.
Las primeras veces no entendía lo que pasaba; solo eso, veía a la gente
tocándose la nariz. Después comencé a creer que yo era el que provocaba esos
gestos, nada más con mi presencia. Más adelante ya no tenía duda: yo era la
causa de los toques de nariz.
Después de todas las angustias por las que había pasado, y
que había superado, ahora venía esa nueva pesadilla. Pensé que mi cuerpo
estaría sobrecargado de energía y que la emanaría a diestra y siniestra
provocando malestar. Y de cada toque de nariz que observaba, sentía un pequeño
latigazo en algún lugar del cuerpo, sin saber precisar dónde. Nunca consulté a
ningún especialista, ni médico ni psicólogo, pues me parecía absurdo lo que me
sucedía, más allá de cualquier imaginación muy fantasiosa.
Lo enfrenté con aislamiento; nada más tenía el contacto
mínimo necesario con las personas. Regresó un año más al Banco BCH, ya que
tenía ese compromiso con ellos por haber tenido la beca. El trabajo seguía
igual de aburrido y, en mi condición, real o imaginaria, aquello era una
ventaja. Pensé que el fenómeno se iría atenuando con el tiempo, y así fue; no
podría precisar cuánto duró, pero fácilmente rebasó el año. Mis familiares solo
notaron que yo había regresado «raro» de Inglaterra, pero nunca lo hablamos. De
mi pandilla de amigos que dejé al irme, varios se habían casado y otros se
fueron a vivir a otras ciudades; ese grupo se diluyó, aunque esporádicamente vi
a alguno de ellos. Pero el espíritu de aventura y de jolgorio de los años
anteriores nunca volvió.
Mientras hablaba, Citlali sacó su tableta y comenzó a
teclear con rapidez. A veces hacía eso. Es una mala costumbre de la gente joven
a la que hace tiempo me acostumbré, y no le presté importancia. De repente,
elevó la mirada con los ojos encendidos:
—Mire lo que encontré, me lo
dijo la inteligencia artificial…
—Tranquila, internet dice muchas burradas…
—No, espérese —dijo toda emocionada—. Dice que, si usted
andaba estresado, su mente se pudo haber clavado en eso y empezar a ver toques
de nariz por todos lados, y a creer que era por usted. Y lo de los latigazos,
dice que puede ser psicosomático, porque el cuerpo somatiza la ansiedad y el
trauma. Mire, aquí dice «trastorno de estrés postraumático» …
Me quedé mirando a Citlali con perplejidad. No capté todo lo
que leyó; estaba exaltada y se saltaba algunas palabras, pero al final su voz
se aclaró:
—Aquí dice: «Un quiebre en el
procesamiento de estímulos, provocado por altos niveles de estrés y
agotamiento, puede llevar al individuo a percibir patrones donde no los hay,
generando asociaciones erróneas entre conductas ajenas y la propia presencia. Esto
no es locura, sino una respuesta somatosensorial exacerbada».
Una vez que Citlali hubo partido —«Mañana toca madrugar, nos
llevan a una práctica a Toluca, al Hospital General», me había dicho—, hice mis
propias búsquedas en internet y no había duda: ese fenómeno tan raro no fue un
principio de locura ni un desvarío, sino una condición psicosomática de tipo
postraumático, como le sucede a algunos soldados después de una guerra. Algunos
años después consulté a varios neurólogos por un problema mucho más serio que
se me presentó -distonía cervical idiopática- pero nunca se me ocurrió contar
los toques de nariz como antecedente. Busqué también noticias recientes sobre
esa enfermedad. Encontré que en los años recientes han avanzado mucho en su
comprensión y tratamiento, y me hice el propósito de consultar nuevamente
algunos neurólogos después de más de treinta años.
«Vaya», pensé, y yo que tenía dudas de contarle eso a
Citlali. La franqueza que ella me inspiraba dio resultados prácticos,
totalmente inesperados.
Antes de dormir y, tal vez por gratitud, no lo sé, navegué
por algunas páginas dedicadas al idioma náhuatl hasta que encontré el término
preciso que mi inconsciente ya buscaba: Citlalyacana, la estrella que
guía.
Noche 25. Destazaron el Rancho
Antes de que llegara Citlali, estuve hojeando varios libros
que se refieren a la conquista de México y la caída de Tenochtitlan, que
siempre me han parecido episodios apasionantes en la historia del mundo: la
interpretación errónea de las señales cósmicas y las informaciones tangibles;
las dudas de Moctezuma en un escenario de incertidumbre; y la fragilidad
estructural del imperio mexica por la política de sometimiento al poder central
de los pueblos periféricos. Cuando entró, tomó uno de los libros ilustrados
para niños.
—«El gran tlatoani sabía de
unos individuos desconocidos con "palos que escupen fuego", casas que
flotan y perros gigantescos que los acompañan. No logró anticipar lo que esa
información significaría para su imperio» —leyó Citlali en voz baja pero
audible.
—Eso sucede a menudo. Es difícil interpretar las cosas en
tiempo real.
—Es el clásico: O ya pasó lo
que estaba yo entendiendo, o no entiendo lo que está pasando— añadió ella,
en su particular manera de darme la razón.
Me quedé pensando en sus palabras. Tenía toda la razón: Al
regresar de Inglaterra, me encontré con algunas novedades desagradables,
relacionadas con el rancho de Valle de Bravo, que me sorprendieron, me
confundieron y no tuve claridad sobre lo que habría que hacer. Me puse a capear el temporal sin pensar en
cómo alejarme de él.
Para entonces ya habíamos fincado nuestra casa en los
terrenos que nos tocaron: sencilla, pero con estilo, con paredes de sillar,
vigas de madera, tejamanil en el techo y mosaico de talavera pequeño en cocina
y baños, entre otros detalles. También habíamos hecho una rifa entre mis
hermanos y yo para ver cómo nos dividiríamos la fracción que nos tocó; esa fue
poco antes de mi partida hacia Inglaterra. Teníamos un plano muy burdo, trazado
a mano, dividiendo entre tres la fracción con la idea de que los predios
resultantes tuvieran acceso a los servicios que ya habíamos puesto,
particularmente agua, luz y el camino de acceso. Yo estaba emocionado de tener
mi predio individual; tanto así que pegué ese plano en mi pequeña habitación en
Inglaterra para tener siempre presente lo que había dejado en México y que era
el mayor de mis afectos.
—Hay varias novedades que debes saber —me dijo mi madre en
el trayecto del aeropuerto a la casa.
Mi madre recurrió a un ingeniero local que hizo la
subdivisión entre nosotros. Lo primero que me saltó fue que, en lugar de tres
fracciones, lo habían dividido en siete: una para cada uno de nosotros tres y
cuatro fracciones de propiedad colectiva para toda la familia, incluyendo a mis
padres y hermanos. Esas zonas comunes estaban en los parajes más interesantes.
Una era la cima del cerro, con unas vistas impresionantes hacia el pueblo y la
presa; otra, una zona más pegada a la presa, con mejores vistas hacia ella; la
tercera, el lugar donde se ubica la casa y las laderas adyacentes; la cuarta, el
terreno que da a la carretera, que sirve de acceso a todos los demás predios y
donde se ubica una construcción rústica de lo que fue el casco del antiguo
Rancho San Antonio. Aun así, me quedaron seis hectáreas de propiedad
individual, suficientes en principio para desarrollar cualquier idea que se me
pudiese ocurrir en el futuro.
Con un análisis un poco más detallado me di cuenta de los
problemas serios que tenía mi predio. Me diseñaron un triángulo; el vértice
inferior no estaba definido físicamente en el terreno, así que lo mío comenzaba
en un punto casi imaginario y de ahí se iba abriendo cerro arriba, sin llegar
hasta la cima, que había sido mi expectativa cuando hicimos el sorteo. Mi madre
me dijo, por decir algo, que el vértice era el hoyo de la composta; cuando le
comenté que ahí no había acceso, dijo que era más abajo, sin precisar dónde.
Sobre las áreas comunes, ya sabía desde entonces que las
copropiedades son siempre de difícil manejo, pues tienen que estar de acuerdo
todos los copropietarios en cualquier cosa que se quiera emprender. Y mi
relación con mis dos hermanos no era fluida por aquel entonces. El mayor,
Gabriel, nunca mostró interés por este tipo de cuestiones prácticas, le daba
pereza el tema y era un lector asiduo al que no era muy prudente interrumpir.
Con Fernando ya había tenido algunas fricciones, aún nada serio, pero ya se
había roto la complicidad de la niñez y quedaba el alejamiento de la
adolescencia. No éramos, por así decirlo, los copropietarios ideales.
Y finalmente, había una sección del rancho que habíamos
desarrollado con esfuerzo: habíamos vendido algunos terrenos a terceros y
nuestra ganancia había sido la infraestructura de acceso a los terrenos
sobrantes por esa zona. Resulta que esos terrenos, que eran nuestra ganancia en
lo que ahora colinda con Villa Florencia, los cedió mi madre a una sobrina
suya, prima segunda nuestra. El padre de ella era un primo de mi madre al que
consideraban casi hermano, y lo quisieron incluir de esa manera en el reparto
que hizo mi abuela Omma. La evaluación en conjunto de todo ese reparto arrojaba
un escenario complejo.
En Inglaterra yo presumía con mis compañeros de mi rancho: «Wow,
Mexican Andrés owns a mountain». Y yo me reía muy complacido. La realidad
es que me quedó una sección de montaña que ni comenzaba abajo ni terminaba
arriba. Fue un desencanto conforme me fui dando cuenta de la realidad que
estaba detrás del plano topográfico con la subdivisión elaborada por el
ingeniero Ricardo Ballesteros, que en paz descanse.
Citlali dejó de hojear un librito de manga que
rescató de una estantería.
—La verdad, no me cabe en la
cabeza que un terreno enorme, de veintitrés hectáreas, no lo pudieran haber
repartido armoniosamente entre tres hermanos.
—Nunca he entendido por qué mi madre decidió hacer tantas
áreas comunes. Ella pensaría ingenuamente que los hermanos nos llevaríamos
siempre bien, como fue el caso de ella con mis tíos, y que, al ser las mejores
partes del predio una copropiedad en la que estaríamos todos, quedaría un
reparto muy equitativo. Es como si destazáramos una vaca: el filete, el lomo y
el rib eye son de todos; a un hermano le quedaron tres costillas, el
solomillo y un poco de sesos; al otro, la rabadilla y la lengua; y al otro, las
tripas, los cuernos y todos los huesos.
—¡Ya me antojó! Unos tacos de
tuétano con mucho limón; tripitas en salsa verde, deliciosas; y una sopita de
cola, ¡me mata! ¡O esquites con tuétano, uff!
Me hizo gracia verla caer tan fácil en el garlito, pues algo
sabía de sus preferencias gastronómicas.
—A lo que yo me refiero —añadí— es que el filete es lo que
más vale, nadie se lo puede comer; y el que tiene todas esas cosas para los
antojitos del mercado, pues casi los tiene que ir a regalar.
—Sí… pero igual se me antojó.
Sígame explicando, pues.
—Mi madre no tenía idea de topografía ni experiencia en
dividir terrenos. Mi padre no se metió porque se plegaba a lo que dispusiera
ella. El ingeniero trazó todo en su restirador, aún no había computadoras, y no
se tomó la molestia de ver sus trazos en el terreno. Mi hermano Gabriel estaba
en España trabajando, yo en Inglaterra, dizque estudiando, y mi hermano
Fernando creo que no se metió. De cualquier forma, a él le tocó un terreno con
excelentes características, con muchos planos y algo de bosques. ¡Cómo he
lamentado haber estado fuera precisamente el año del reparto! Gané la maestría,
pero el mal reparto quedó ahí, porque no tuve la oportunidad de modificarlo y
así, con los planos mal hechos, se hizo la escrituración.
—¿Iban en piloto automático?
¿O por qué?
—El reparto no estuvo malintencionado, sencillamente estuvo
mal hecho. Pero ya todos mis primos y tíos, a quienes había heredado mi abuela
Omma, tenían prisa por escriturar. No me queda claro si fue por la edad de ella
o porque varios habíamos fincado ya nuestras casas y todos queríamos seguridad.
Me convencí de que lo mejor para nosotros era escriturar así, como estaba el
plano, y que después lo podríamos arreglar. Mi tío Felipe había hecho unos
caminos que atravesaban los terrenos de todos, lo que sin duda fue una gran
mejora, e hizo también unos bordos de captación de agua. Eso le dio mucho
ascendiente sobre sus hermanos y mi abuela Omma. Tenía la idea de que a
nosotros no solamente nos había tocado más, sino también lo mejor. Recuerdo
bien un día que me vio en la plataforma del estacionamiento de mi casa; bajó el
vidrio eléctrico de su automóvil de lujo y me dijo con su voz fuerte, sonora,
característica de él: «Andrés, recuerda que la donación que hizo la Omma a tu
favor es reversible». Lo bueno es que ya escrituramos, pensé.
—Me imagino que esa era una de
las señales que el tlatoani no supo interpretar, señaló Citlali.
—Y yo creo a Cortés se le fueron muchas también, pero las
supo ir acomodando a su favor.
Una lluviosa tarde de verano, mientras estudiaba la
maestría, coincidí en Londres con mi hermano Gabriel, que venía de España, y mi
padre, que llegó de México para algún asunto. Nos contó que mis tíos habían
tenido la pretensión de que el terreno donde se ubica el casco antiguo del
rancho fuera un área común para hacer las convivencias de toda la familia
Pichardo; es decir, una especie de expropiación a nosotros en aras del
beneficio colectivo. Decían que era necesario tener una capilla donde todos los
tíos y primos pudiéramos hacer nuestras celebraciones religiosas y el convivio
posterior.
Mis padres se opusieron a esa idea, pero para mi sorpresa,
mi padre nos contó que él, con sus propios recursos, había mandado construir
una especie de capilla dentro del casco del rancho. No lo podía creer. Mi padre
nunca fue creyente; mi madre sí, pero poco practicante de las formas. Ella
tenía una profunda convicción de ayuda hacia los demás y así actuó toda su
vida. No era concebible que mis padres, con sus maneras de pensar, hubiesen
mandado levantar una capilla.
—Lo tuvimos que hacer —nos dijo mi padre— para no perder ese
terreno.
Las pretensiones territoriales de mis tíos eran tan reales
como la bóveda que sigue ahí.
—¿Y qué ha pasado con esa
capilla? —preguntó Citlali.
—Solo alguna vez hubo una ceremonia ahí; después todos la
ignoraron.
—Vaya líos con las herencias
—dijo ella, meneando la cabeza.
Hay un detalle en la capilla que, a pesar de todo, me
permite mirarla con cariño. Es como un buen digestivo que disipa el mal sabor
de boca de un platillo anterior. Mi padre, de niño, vivió en un rancho por el
rumbo de Zinacantepec al que llamaban El Ejido. Las tierras las expropió el
general Lázaro Cárdenas; mi abuelo Guillermo, que era agricultor, vendió el
casco poco tiempo después y, entre los pocos objetos que rescataron, estaba la
campana de El Ejido, la cual hacían sonar para congregar a los jornaleros o
para señalar alguna celebración.
Nunca supe por qué bautizó su rancho con un nombre que
advertía su perdición. Es probable que el término viniera de la antigua España:
la palabra latina exitus indicaba tierras que se encontraban en las
afueras, a la salida de una ciudad, y que eran de uso común para todos. Con el
tiempo, exitus se convirtió en exito y, después, la te se suavizó
en de, igual que pasó de vita a vida; como buenos españoles,
cambiaron la equis por la jota, dando lugar a «ejido», tal como sucedió de luxo
a «lujo». En español antiguo la equis se pronunciaba como «sh». Ya en el
Virreinato, ese ejido español se mezcló con las tierras comunes de los pueblos
de indios. Y esa campana está ahí, en la capilla del Rancho San Antonio, que es
precisamente en el que estamos.
—Híjole, está emocionante eso
—dijo Citlali—. En algún momento la tendrán que hacer sonar de nuevo…
Noche 26. El sexenio decisivo
—Hola, Citlaltzin —la saludé con gusto cuando la vi entrar,
con su paso liviano y un morralito con motivos mazahuas colgado al hombro.
Se me quedó mirando, sorprendida:
—¿Por qué me dijo así?
—Significa pequeña estrella.
—Eso ya lo sé. Es el
diminutivo de mi nombre, pero solo mi abuela lo utiliza.
—El náhuatl no deja de sorprenderme —dije para superar ese
trance, pues me pareció haber invadido un terreno privado—. Se parece al
alemán, ¿sabes? A base de juntar palabras se van construyendo las nuevas.
También hay declinaciones y los vocablos cambian de terminación según sea el
caso.
No me pude aguantar esa pedantería discursiva. Citlali
sonrió de medio lado.
—No me vaya a explicar ahora
lo del Citlaltépetl… Eso se lo saben todos.
Me quedé mirándola, fascinado.
—¡Qué idea me acabas de dar! Tanto que hablo contigo del
cerro y hasta ahorita se me ocurre. Se llamará el Citlaltépetl 2.0. Pero bueno,
otro día seguiremos con ese cuento.
—Bueno, ¡usted no cambia!
—exclamó acomodándose.
Tenía el compromiso de trabajar por lo menos un año más en
el Banco BCH, pues ellos habían pagado mi maestría, aunque creo que no les
hubiera importado demasiado si hubiese incumplido. Era el año 1988, el último
del sexenio de Miguel de la Madrid. Las oportunidades laborales se abrirían
hasta el cambio de gobierno, así que no había otra alternativa más que esperar.
En el verano de ese año murió mi padre en forma
intempestiva. Tuvo algunos mareos que su cardiólogo no supo interpretar; fue
una trombosis cerebral que primero le quitó el habla y los movimientos, y pocos
días después, la vida. Fueron días de estrés y congoja, pues sabíamos que ya
tenía muerte cerebral. Lo trasladamos a un hospital público donde le dieron
cuidados paliativos y le permitieron partir. Lo enterramos en el Panteón del
Tepeyac, atrás de la Basílica de Guadalupe, en una tumba que pertenecía a parientes
lejanos de mi madre, en contra esquina del sepulcro del general Antonio López
de Santa Anna. Aún en esas horas aciagas, recordé una frase que dijo mi padre
cuando fuimos a conocer el cementerio: «Ya tendré oportunidad de charlar
largamente sobre todas sus andanzas con el general». Fue una tarde de mucha
lluvia y, durante el sepelio, el cielo relampagueó con gran estruendo. Parecía
que la naturaleza se sumaba a la despedida del gran hombre que fue mi padre.
Poco antes del cambio de administración, me entrevisté con Luis
Téllez, un conocido del ITAM que tenía una posición muy cercana al titular de
la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Pedro Aspe, quien ya había sido
ratificado; sin mayor conversación, me ofreció colaborar con él. Acepté de
inmediato. El primero de diciembre de 1988 iniciaría la etapa profesional más
intensa de mi vida.
Yo estaba encargado de la llamada «planeación financiera»
del sector público federal. En la práctica nunca ejercí dicha función, pues mi
jefe me tomaba de comodín para muchísimas otras tareas. Tenía mucha facilidad
para escribir, así que pronto me convertí en el redactólogo oficial de notas de
análisis y de prensa, y de discursos y presentaciones de mi jefe, así como de
otros mandos de la Secretaría. La planeación financiera la tomó uno de mis
subordinados —quien siempre me echó en cara mi supuesta irresponsabilidad—,
pero, fundamentalmente, ese espacio se lo cedimos a los funcionarios del Banco
de México. Ese año en la SHCP fue muy intenso, pues correspondió a la
renegociación de la deuda externa de México bajo el nuevo gobierno. Mi tesis
sobre los swaps me ayudó a entrar a esa institución, aunque después ya
no me pidieron mayor opinión sobre ese tema. Eran jornadas larguísimas que
comenzaban por la mañana y terminaban hasta pasada la medianoche. Varias veces
escuché el toque de diana en la guarnición de Palacio Nacional, casi en la
madrugada, y el cambio de la guardia de honor muy temprano en la mañana.
«Tienen toda la noche para hacer ese trabajo», nos decía nuestro jefe. Era
cansado, de mucho estrés, pero me ponía orgulloso de mis capacidades; por primera
vez en mi vida profesional me sentía útil.
Después de unos meses me tocó hacer mi primer viaje de
trabajo a Washington D. C., para reunirnos con los expertos del Banco Mundial
en políticas agropecuarias.
—No sea presumido. Su primer
viaje de trabajo fue para recoger un camión de volteo usado en Santo Tomás de
los Plátanos —dijo Citlali, divertida—. Pero sígale.
Desde la Secretaría de Hacienda habían instruido a mi jefe
para que diseñara un nuevo programa de desarrollo agropecuario, alineado con el
nuevo paradigma de la política económica del presidente Carlos Salinas. Fuimos
unas ocho personas de México, cada una con un tema en específico, y el mío era
el comercio externo del sector agropecuario. Fue una experiencia de mucho
aprendizaje. A diferencia de Warwick, en el Banco Mundial todo enfoque teórico
tiene que aterrizar en políticas y programas concretos. No todos nuestros
interlocutores estaban en la misma oficina, así que nos movíamos siempre en
taxis, inclusive para trayectos cortos, pues el tiempo era escaso y había que
aprovecharlo al máximo.
Por las noches nos íbamos a cenar a algún restaurante de la
zona de Georgetown, que es animadísima, con una mezcla muy especial de
estudiantes, funcionarios de instituciones multilaterales, personal de
embajadas y muchísimos otros, de todas las edades, que van a Washington al
cabildeo con el Congreso o a las oficinas del Ejecutivo, entre otras muchas
actividades. Solo hay que imaginar la cantidad de gente que puede moverse en
torno al Pentágono, por ejemplo. Washington no es una ciudad grande, pero deja
sentir en su ambiente que es la capital del imperio norteamericano. Yo no
conocía esa ciudad y prácticamente no había visitado los Estados Unidos, salvo
un verano que estuve de intercambio en la ciudad de Pittsburgh, en algún
momento de la adolescencia. Mis viajes juveniles a Europa habían sido de
mochilero, siempre con un presupuesto ajustado, al igual que los viajes que
hice en mi época de estudiante de maestría.
Me sentía bastante bien, con una buena dotación de dólares
diarios que nos habían entregado en efectivo antes de partir. El hotel era
elegante, la movilidad siempre en taxis, los restaurantes con muy buena cocina
sin ser lujosos. Recuerdo bien los platillos a base de pastas y mariscos a los
que me aficionaría unos años más adelante. Mi carrera iba despegando. El
intenso ritmo de trabajo de los últimos meses rindió sus frutos; el mayor de
todos, en el campo de la satisfacción personal. No había tiempo ni disposición
mental para atender los problemas personales como el del Rancho San Antonio, ni
ningún otro. En Washington conocí, por primera vez, los table dance que
llegarían después a México en una versión mucho menos glamorosa y que, al paso
del tiempo, se degradó inclusive en algo bastante sórdido.
—Y yo que pensaba que la «Casa
de las Bellas Durmientes» venía de Japón —dijo Citlali, divertida.
—Tal vez, pero a México nos llegó por los Estados Unidos.
Noche 27. Economista Agrícola
Cuando llegó, Citlali se quedó mirándome fijamente de pies a
cabeza.
—Oiga, trae los pantalones manchados de barro. Y vea nada más el piso; se ve
que las suelas de sus zapatos fueron el molde para esas figuritas que están
tiradas por todos lados.
—Ya no me dio tiempo de cambiarme —dije a manera de excusa—.
Lo que sucede es que estuve arriba, en la primera palapa que tengo en el cerro,
practicando la “agricultura natural”. El método lo inventó Masanobu Fukuoka y
lo describe en su libro La revolución de una brizna de paja. Se basa en
el principio de imitar fielmente los procesos de la naturaleza interviniendo lo
menos posible, lo que implica no arar ni voltear la tierra, no usar pesticidas
ni fertilizantes químicos, controlar las malas hierbas con cubiertas vegetales
y dejar que las semillas de los campos germinen por sí solas cuando maduren.
Inventó unas bombas de semillas, que es la semilla envuelta en barro; la tira
y, con las primeras lluvias, germina un naranjo, un tamarindo o lo que sea. Un
tema central es mejorar las tierras; las compostas ayudan pero son muy
laboriosas. Lo mejor es buscar troncos, aventarlos y dejar que se pudran; en
pocos años uno tiene un suelo maravilloso sin hacer nada.
—¿Y se ensució haciendo las bombas? Porque el método consiste en no hacer
nada… —exclamó incrédula, con algo de sarcasmo.
—No. Subí al cerro a buscar troncos caídos; las variedades
de aquí no son muy gruesas. Los jalo, los bajo a un camino, los troceo con mi
machete y los llevo en la cuatrimoto a una terraza que espero que, en unos diez
años, quede completamente reforestada.
—¡Wow! Me gustó ese método japonés. Usted se entretiene y hace algo por el
planeta… Ya voy entendiendo más la vida de los jubilados que viven en un cerro
—concluyó Citlali, ahora sí con una sonrisa sincera.
—Ya me puedo dar ese tipo de lujos. Y a propósito de la
agricultura, te contaré mi paso por el gobierno en la dependencia que se
encargaba de ella. Ahora sí que fue mera coincidencia.
Mi jefe fue nombrado
subsecretario de Planeación en la entonces Secretaría de Agricultura y Recursos
Hidráulicos, y nos llevó con él a varios de sus colaboradores: casi todos,
jóvenes brillantes recién egresados de las universidades norteamericanas de mayor
prestigio. El arranque en Agricultura fue difícil; primero como «asesor», que
es sinónimo de limbo en la burocracia, y después como director de Comercio
Exterior Agropecuario, un puesto que resultó ser clave en virtud de lo que
sucedería después.
Tenía una pequeña estructura burocrática a mi disposición,
incluyendo secretarias y chofer, así como vales de gasolina y algún vehículo.
En aquel entonces se estilaba que los carros que decomisaba la dirección de
aduanas se asignaran a funcionarios del gobierno. Me tocó un Grand Marquis
enorme, todo eléctrico. Tenía sus años de antigüedad, pero estaba de un
excelente ver. Sin embargo, era muy poco el tiempo que quedaba libre, ni
siquiera los fines de semana.
Yo vivía solo en una casa muy pequeña que me construí en un
terreno que me donaron mis padres en Cuajimalpa el último año que estuve en el
banco, antes de comenzar mi extraordinaria aventura en el sector público federal.
Tenía pocos muebles, solamente lo básico: primero por falta de recursos y
después por falta de tiempo. A Cuajimalpa llegaba por las noches, me cenaba un
sándwich, unos fideos precocidos y unas bananas que compraba a veces en alguna
tienda de conveniencia que me quedara sobre mi ruta. Al día siguiente,
temprano, iba a la barra de una cafetería que me quedara de paso para
desayunar. Ocasionalmente, los domingos, había tiempo para trabajar un poco en
el jardín, deshierbando o desramando algunos pinos. A lo lejos escuchaba los
gritos de mi vecina, que llamaba a sus hijos para sentarse a comer.
Todos abrazábamos el proyecto modernizador del presidente
Salinas. En el caso de la Secretaría de Agricultura, la apertura comercial se
había rezagado. Ese retraso no se debía exclusivamente a una mentalidad
proteccionista —que sí la había cuando llegamos—, sino a que el comercio de
productos agropecuarios tiene que ver con materia viva, ya sean animales,
carnes o vegetales, que pueden portar enfermedades, plagas, microbios y
bacterias. La eliminación de aranceles no siempre tenía efectos reales, pues
subsistían las «medidas sanitarias y fitosanitarias». Recuerdo una discusión
entre un joven economista del sector financiero y un veterano funcionario del
área de ganadería de la Secretaría sobre un manual para la importación de
animales que establecía el requisito de que las vacas fueran «vírgenes». Ambos
defendían candorosamente su punto de vista: a uno el requisito le parecía
grotesco; para el otro, era la única medida segura.
Citlali soltó una risita.
—Usted iba a unas reuniones
bien importantes, discutían sobre las vacas vírgenes y todo eso —dijo con un
tono ligeramente burlón—, ¿y luego llegaba por las noches a calentarse unas
Maruchan en una casa a medio amueblar? No me imagino a un político haciendo
fila en el Oxxo para no dormir con el estómago vacío.
—Yo no era político.
Muchas veces me tocó ir a defender la aplicación de ciertas
medidas sanitarias. Me convertí así, poco a poco, en una especie de «bicho
raro» dentro de la gran congregación de los economistas liberales que dominaban
todo el gobierno. Esa metamorfosis me dio prestigio al interior de toda la
Secretaría. Siempre tuvimos a nuestros malquerientes, pues desplazamos a los
cuadros técnicos tradicionales, pero gracias a ese cascabeleo logramos
profundizar la apertura comercial.
Varias veces me tocó ir por semanas enteras a Ginebra,
Suiza, a la sede del GATT, que se alojaba en un castillo a las orillas del lago
Lemán. La Ronda Uruguay buscaba la liberalización integral de todo el comercio
agropecuario internacional. Yo iba como representante de la Secretaría de
Agricultura, pero la representación del gobierno mexicano le correspondía a la
Secretaría de Comercio. Recuerdo haberle preguntado a mi colega: «Oye, ¿si
todos están a favor de liberalizar el comercio agropecuario, por qué no
avanzamos?». No me contestó, pero me dio pistas para que me fijara en los
detalles y los matices de los discursos. Todos hablaban de liberalizar «casi
todo» y de un «monto significativo» de reducción en los subsidios internos. Ese
casi y ese monto significativo escondían diferencias abismales.
En general, Estados Unidos estaba a favor de fuertes reducciones en aranceles y
en subsidios; en contraste, quienes se oponían eran la Unión Europea, Japón, la
India… un grupo al que el embajador del gobierno mexicano bautizó como «los
países satánicos».
En no pocas ocasiones, por la fatiga y el cansancio
acumulado que traía de México, dormitaba en las sesiones con los audífonos
puestos de la traducción simultánea. A veces me despertaba mi colega con unos
toques en el hombro: «¿Qué ha pasado, colega?». «Nada, lo mismo de siempre». Y
así era, en efecto. Las decisiones no se tomaban en el salón en el que
estábamos, por más banderas y personalizadores de países que hubiera. Era común
escuchar antes de las reuniones comentarios del tipo: «Esto ya se va a mover;
leí por la mañana en el Financial Times que el presidente francés se
reunirá con el vicepresidente norteamericano…».
De vuelta a México aprendí a acomodar las posiciones de la
Secretaría de Agricultura con un lenguaje «aperturista», tal y como lo hacía la
Unión Europea. Además, por aquel entonces nuestro subsecretario, un estratega
brillante, ya había profundizado mucho en el tema de los subsidios con un grupo
de consultores que contrató, y yo emboné muy bien con la experiencia adquirida
en el GATT. Aun así, había colegas de otras dependencias que insistían en
acelerar la apertura en el sector, a pesar de los subsidios. Aunque todos
partimos de una misma filosofía y doctrina, nosotros nos convertimos en una
especie de proteccionistas de nuevo cuño.
De pronto me di cuenta de que Citlali estaba muy quieta, con
los ojos cerrados. Me acerqué, le toqué suavemente el hombro… Estaba
profundamente dormida.
Noche 28. Tratado de Libre Comercio de América del
Norte
Nuevamente, al llegar Citlali, estaba sobre la mesa el libro
de Miguel León-Portilla, Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y
cantares. Leyó:
«El comerciante a larga
distancia, el pochteca, era el verdadero motor de la opulencia material. Su
audacia para cruzar fronteras geográficas y políticas no tenía como fin el
tributo bélico, sino la expansión del mercado y la introducción de nuevos elementos
que dinamizaban la economía y elevaban la prosperidad de la metrópoli» leyó,
sin demasiado entusiasmo.
—Mira qué interesante, le dije. Uno que piensa que las cosas
son nuevas porque las escucha por primera vez. La idea de crecer a través del
comercio es milenaria, no solo en Occidente, sino también en las civilizaciones
antiguas de América. Y en su momento, yo mismo caí en ese error.
Una tarde en que fui a ver a mi Subsecretario a sus oficinas
del sexto piso del edificio de la SARH en la glorieta de Chilpancingo, nos
relató brevemente que se negociaría un Tratado de Libre Comercio entre México y
los Estados Unidos de América [7].
De inmediato formó un grupo de trabajo interno, al que desde el principio se
sumaron los consultores externos de su confianza. Yo contaba con la información
del comercio exterior, y la experiencia en las negociaciones del GATT. Los
contactos de alto nivel con la Secretaría de Comercio los tenía mi jefe, y yo
tenía la relación institucional con los funcionarios de nivel medio. Me enteré
de detalles importantes en ocasiones antes que él, lo que fortalecía mi
posición.
En esos meses posteriores a junio de 1990, me tocó supervisar
la homologación de la información de comercio exterior agropecuario, entre la
nomenclatura que se había utilizado hasta ese momento, y el llamado Sistema
Armonizado. Las cifras históricas estaban codificadas con las claves viejas, y
las cifras recientes ya se reportaban con el sistema nuevo. Además, había
confusión para identificar productos específicos.
Citlali se talló los ojos para despejarse; se estaba
quedando dormida, como la noche anterior. Con voz todavía medio apagada
preguntó:
—A ver, explíqueme ese Sistema
Armonizado.
—Muy fácil: el comercio exterior también tiene su anatomía.
El Sistema Armonizado clasifica todo lo que cruza una aduana, desde un caballo
vivo hasta un costal de frijol o una caja de mangos. Cada producto tiene una
clave, y con esa clave se decide qué arancel paga, qué permiso necesita y cómo
se registra en las estadísticas.
—O sea que ustedes también
tenían músculos, huesos y nervios, pero de mercancías —dijo, ya más despierta—.
En enfermería tenemos que aprendernos seiscientos cincuenta músculos, doscientos
seis huesos, nervios craneales y espinales, y luego encontrarlos, porque unos
están escondidos debajo de otros. Cerebro ordena a nervio, nervio mueve
músculo, músculo mueve hueso… y de pronto ya no sabes ni por dónde empezar.
Ahora fui yo quien se sintió abrumado.
—Por algo no estudié enfermería. En lo mío bastaba con saber
que una vaca viva no era lo mismo que un corte de carne, y que una caja de
manzanas no podía perderse en la misma categoría que una de duraznos.
La conversión de un sistema a otro se hacía casi a mano,
aunque ya había computadoras. Las cifras históricas estaban en las claves
viejas y las nuevas llegaban con otra lógica. Durante algunos meses, quien
entendiera ese mapa tenía ventaja. Los cuadros estadísticos que generábamos en
mi oficina se convirtieron en oro molido para preparar la negociación. Después,
el Banco de México y la Secretaría de Comercio homologaron las estadísticas
profesionalmente, pero por un tiempo yo tuve la ventaja de haber llegado
primero a esa anatomía secreta del comercio.
En esos meses, comenzaron a gestarse ciertas tensiones
internas. El grupo de consultores que apoyaba a mi jefe tenía sus ideas de cómo
proceder con la Secretaría de Comercio en la prenegociación del TLCAN y en las
negociaciones del GATT. Ellos estaban a favor de que México se declarara, sin
ambages ni ambigüedades, como un país decididamente a favor de la
liberalización del comercio mundial. Los que operábamos dentro del gobierno
veíamos las cosas diferentes. Yo aprendí mucho de mis colegas de Ginebra, que
me enseñaron el valor de un posicionamiento estratégico en una negociación. En
nuestro caso concreto, había que esconder nuestros puntos débiles: nos
refugiamos en la figura de los llamados «países importadores netos de alimentos
«, que bien a bien nunca se supo lo que pretendíamos, salvo que nos dieran un
trato diferente. Lo mismo para el TLCAN. Una frase de un alto funcionario
negociador de la Secretaría de Comercio se volvió célebre: «Hay que tirarles
bombas de humo», nos decía.
—A ver, —dijo Citlali—, póngame
un ejemplo de cómo se debe negociar bien. —Como si estuviéramos en el mercado
comprando fruta.
—Me la pusiste difícil, para eso si soy malísimo. Pero
bueno, a ver a qué llegamos con tu ejemplo. Quieres naranjas. En un puesto hay naranjas
y mandarinas. Preguntas por las mandarinas…No me dejó terminar. Soltó una
sonora carcajada.
—Nada más le va a quitar el tiempo a la
marchanta.
También me reí. Luego traté de explicarle que toda
negociación depende de las circunstancias. Comenzamos a jugar un ping -Pong
muy divertido:
—Si no es temporada de
naranjas y las quieres, hay que pagar caro…
—Y si ya es
noche y la marchanta no ha vendido, las dará baratas.
— Pero si te esperas a que sea
de noche para comprarlas, igual ya no sobra ninguna y te quedas con las ganas.
—Y si deja encargado del puesto al escuincle por un rato,
puede llegar alguien y aprovecharse con el cambio.
— O puede llegar una clienta
de toda la vida y a esa le dará buenos precios para no perderla.
Nos reímos bastante. Aún no sé si toda mi experiencia le
haya servido de algo la siguiente vez que fue al mercado.
Noche 29. Neopopulista
—Oiga, cuando venía entrando
vi salir a un coche rojo, con dos personas. ¿Los conoce?
—Si. Se llama Lencho. Me pidió permiso para poner sus
cajones de abejas por allá arriba en el cerro. A veces viene a raspar y sacar
algo de miel; y otras veces, a traer a una nueva reina para formar otra colmena.
Ese hombre es el último apicultor que queda aquí en el pueblo; gentrificaron a
las abejas, por decirlo de alguna manera.
—¿Qué pasó con las abejas? —
preguntó desconcertada.
—Quise decir que ya no hay terreno suficiente para ellas.
—Pues así dígalo. Usted ni
adornado se ve bien.
Su enfado me cayó en gracia y me reí. Citlali también, pues
no tuvo empacho en devolverme el golpe. Pronto retomamos el tema de la
negociación del libre comercio, del que me sentía yo muy orgulloso.
Los preparativos para el inicio de las negociaciones
formales del TLCAN fueron frenéticos. Uno de los aspectos clave en el diseño de
la estrategia por parte de los máximos estrategas del lado mexicano fueron las
consultas que se hicieron a los miembros destacados del sector privado, sector
por sector. No solo eso: participaron en las rondas de negociación en el
llamado «cuarto de junto». Viajaban con la delegación mexicana, se reunían en
una sala y estaban disponibles para cualquier consulta. En esos encuentros, había
que traducir los problemas y retos de la vida real en conceptos de negociación.
Por ejemplo, nos decían: «Si abrimos el café a los Estados Unidos, nos
inundarán con producto brasileño y africano barato». «Entonces es un tema que
debemos llevar a la mesa de reglas de origen »—respondíamos—. Mientras que a alto nivel se hablaba mucho de
los «ganadores y perdedores» en el Tratado, en mis pláticas con ellos siempre
encontrábamos un ángulo interesante de lo que había que defender y de lo que
había que pedir en términos de apertura de los mercados de nuestros nuevos
socios en potencia.
Dentro de la
metodología del GATT, había que calcular un arancel inicial que sustituyera al
permiso previo de importación y que brindara un nivel de protección similar (la
llamada tarificación). La metodología tradicional consistía en comparar los
precios internos con los internacionales. Parecía un ejercicio estadístico
sencillo, pero no fue así. ¿Qué series de precios utilizar, en caso de que
existiesen? Por ejemplo, en el frijol existen dos grandes familias —los negros
y los claros— y, dentro de ellas, una enorme variedad como el negro Jamapa, el
negro Michigan, los pintos, el peruano, el mayocoba, entre otras muchas.
—¿Y el frijol con gorgojo?
—preguntó Citlali con ganas de divertirse un poco.
—Ese no se comercia; si lleva plagas, está prohibido.
En algunos casos los patrones de consumo eran muy distintos
y daban resultados extraños. En el pollo, por ejemplo, el muslo y la pierna son
muy apreciados por el consumidor mexicano, mientras que los americanos se
inclinan por la pechuga. ¿Había que comparar el pollo entero, muslo a muslo y
pechuga a pechuga? Se abría así un abanico
de negociación insospechado en un principio.
—A ver, ¿el pollo orgánico
dónde lo dejaron?
—Pues como pollo, ¿dónde más? Solo que eso lo especificas en
el etiquetado…
—A ver si ahora sí lo agarro
en curva —retó ella—. ¿Los tamales con pollo por dónde tienen que pasar?
—No se negocian recetas de cocina. Digamos que solo los
ingredientes… Habría que ver si son más masa o más pollo.
Estaba dispuesta a divertirse a mis costillas:
—¿Y los chiles en nogada?
—Ahí sí va a depender de qué humor esté el agente aduanal[8].
Lo meterá como nuez, como chile o como
carne, según vea.
Citlali se desconcertó un poco… Pero captó rápido:
—Sin albur.
El nacionalismo se coló por la puerta de la tarificación. El
TLCAN era un marco para reducir aranceles y, de pronto, el juego se convirtió
en ver cómo podíamos llegar a los aranceles iniciales más altos posibles, los
cuales se reducirían hasta llegar a cero en un plazo máximo de quince años,
pero estética y políticamente nos ayudaron bastante.
Al finalizar la negociación del TLCAN me tocó asistir a una
reunión de organizaciones campesinas para explicarles lo obtenido. Me citaron
por la mañana en la Casa del Agrarista, en la colonia San Rafael. La calle
estaba llena de autobuses estacionados, que son los que trajeron a los
asistentes desde muchos estados. Cuando me tocó mi turno, me acerqué al podio
para dar mi arenga. Lo primero que hay que hacer es descubrir algún rostro en
el público y fijarnos mucho en él. Su reacción nos va indicando cómo va el
ánimo general, y además, es una forma de controlar los nervios. Cuando esa
persona baja la vista, uno ya sintió que derrotó al auditorio, si lo sentía
hostil. Alcé la vista, y lo que vi fue un patio lleno de sombreros de paja que
cubrían cabezas a las que no se les veía el rostro. Fue triste darme cuenta de
que podría decir lo que quisiera, al percibir su incomodidad de estar tanto
tiempo de pie bajo el sol, con ganas de irse pronto a la sombra a comer su
torta y regresar al autobús. «Logramos
un arancel de los doscientos quince por ciento para el maíz y de los doscientos
setenta por ciento para la papa», dije ante el micrófono, como si hubiésemos
cerrado y no abierto la economía. Era la «venta política» del Tratado, concepto
que nos explicaron bien los colegas norteamericanos. Esa venta se tuvo que
complementar, acertadamente, con un esquema de política pública que canalizó
muchos millones de pesos a los productores. Los hombres sin rostro cobran vida
cuando se trata de dinero. Así nació el
programa Procampo.
—Hace falta la gallina, los
huevos y el cacareo —apuntó Citlali. Guardó su botella de agua y el tupper
de su ensalada y, cuando se disponía a irse, me preguntó:
—Dígame, cuando regresaba a
México después de discutir todo eso, ¿volvía a cenar las Maruchan que venden en
el Oxxo o extrañaba los espaguetis con mariscos que cenaba allá?
—Una sensación extraña. De regreso de Washington, sentado en
el avión, comenzábamos a volar en círculos sobre la Ciudad de México esperando
turno para aterrizar. Después de varias horas de vuelo ya iba fastidiado y
cansado de tanto leer y escuchar música; de pronto me vi en mi casa de
Cuajimalpa, sin otra cosa más que hacer que tomar un libro y poner algún CD. A
la llegada, a muchos de mis colegas los esperaban sus novias o esposas. Solo a
mí no me esperaba nadie. Hacía la fila para el taxi y, al llegar a casa, me
tumbaba a ver algo de televisión sin prestarle atención. Al día siguiente
procuraba hacer algo que me gustara, como ir a caminar al Desierto de los
Leones, que por cierto es uno de los bosques más bellos de coníferas y pinos de
toda la ciudad. Y contestando a tu pregunta, allá vendían unos tlacoyos muy
sabrosos; mis preferidos eran los de haba o de frijol.
—¿No se dio algún gusto, algo
que le compensara por tanta friega?
—Me compré un carro deportivo, muy potente, del año. Una vez
llevé a una fiesta a una chica guapísima de Culiacán; tenía un cuerpazo, hacía
trescientas abdominales al día, según me contó. Bajamos del deportivo
sintiéndonos como actores de Hollywood, pero al poco rato le dolió la cabeza,
me pidió que la llevara a su casa y, en el camino, se fue organizando para irse
a otra reunión.
Me sentí un poco torpe al haberle confiado eso. Y ella no lo
dejó pasar.
—¡Ay, usted! —dijo al final—.
Se compró un carro para apantallar y esa chica nada más lo trajo de chofer.
Pero las bellas durmientes no le fallarían, ¿verdad?
Noche 30. Son gachos.
—En resumen, dígame de que se
trata ese famoso libre comercio del que tanto habla. Ya sé que se trata de
importar cosas. Vea nada más las calles; están llenas de tienditas que tienen
su letrero de “abrimos paca de ropa americana”; o los autos chocolate que traen
todos los que vienen de Michoacán; o unos productos en el super que la verdad
no me encantan. Unos quesos carísimos con etiquetas en inglés, pero que no le
llegan en sabor a un buen queso de tierra caliente. Pero no entiendo que es lo
que hace el gobierno en todo esto.
—Muy fácil. Si nosotros dejamos que cualquiera importe cosas
de Estados Unidos, allá también dejan que sus ciudadanos importen de México
todo lo que quieran.
—¿Y tanta vuelta para decir
eso?
—Acuérdate que el diablo está en los detalles.
La primera reunión formal de negociación del Tratado de
Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) se llevó a cabo en Toronto, Canadá,
el 12 de junio de 1991. Ahí asistimos; fue emocionante por ser la primera. Se
trató principalmente de la mecánica y metodología que se seguirían para atender
los tres grandes temas: acceso a mercados, subsidios internos y medidas
sanitarias y fitosanitarias.
La siguiente reunión fue en Dallas, en agosto de 1991. Esa
vez nos acompañó un contingente enorme del sector privado. El negociador de la
Secretaría de Comercio lanzó la bomba de humo de que excluiríamos el maíz del
Tratado —una posición claramente insostenible, siendo la principal exportación
de los Estados Unidos a México—. No se avanzó todo lo que se tenía previsto, pero
la expectativa del sector privado era enorme. Se resistían a creernos que no
habíamos negociado el producto de cada uno de ellos de forma individual:
«¿Negociaron papa? ¿Negociaron flores? ¿Negociaron cerveza?». A la salida del
salón de conferencias, donde se habían llevado a cabo las pláticas con
americanos y canadienses, así como las reuniones informativas con el sector
privado, cuando me dirigía hacia el hotel me percaté de que me seguía una
verdadera caravana de líderes empresariales y directivos gremiales que querían
platicar conmigo. Logré desaparecer y entrar a la soledad y tranquilidad de mi
habitación. Ese día me sentí muy importante.
Siguieron otras rondas negociadoras en distintas sedes en
Canadá, Estados Unidos y México. La recta final fue sesiones casi
ininterrumpidas en Washington D. C. Entrábamos temprano al edificio neoclásico
del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos mi subsecretario, el
funcionario encargado del tema por la Secretaría de Comercio y yo, con pesadas
carpetas bajo el brazo; nos registrábamos como unos visitantes más y
caminábamos por unos pasillos interminables de mármoles relucientes hasta
llegar al despacho del negociador americano. Se revisaban los temas una y otra
vez y, en particular, el del azúcar, que fue el último en resolverse. Poco a
poco se fueron afinando las listas de desgravación de cada país y el texto del
articulado del Tratado.
En alguna ocasión, ya hacia el final, las organizaciones
ganaderas nos hicieron saber su inconformidad con el tratamiento de
desgravación que estábamos dando a los llamados «despojos y desperdicios de
animales», que es como se clasifican en el comercio internacional la pancita,
el buche, la lengua, los sesos y otras exquisiteces que comemos los mexicanos,
y que para los americanos son meros desperdicios, aunque el volumen de comercio
era grande. Llegó el momento de intercambiar las listas finales entre los tres
países; les expliqué a los colegas que nuestra única opción para superar el
tema de los ganaderos era modificar la lista que presentaríamos, con ese
pequeño cambio, y que yo estaba seguro de que no se darían cuenta. Ya había
visto que, por el lado americano, la lista la revisaba una muchacha desaliñada
con unas gafas enormes, que no parecía estar muy entretenida con ese trabajo. A
nadie le gustó la idea, pero procedimos y funcionó. Tiempo después, ya
inicializado el Tratado por los negociadores en jefe, nos lo echaron en cara; y
a mí más que a nadie.
Conforme avanzaba la negociación y se acercaba el cierre, mi
influencia comenzó a decrecer notablemente. No dejaban de verse “feos” los
aranceles que calculé para muchos productos, dentro de un círculo dominado por
los economistas liberales.
Unos meses antes mi jefe había decidido cambiar al que
supuestamente era mi superior jerárquico, aunque nunca lo fue en la realidad;
yo esperaba que me ascendieran a ese puesto, lo cual no sucedió.
El cierre oficial de las negociaciones del TLCAN original se
anunció el 12 de agosto de 1992 en Washington D. C., tras catorce meses de
intensas sesiones. Al día siguiente, todos los que participamos en la
negociación fuimos citados para una foto oficial de la delegación mexicana. Yo
no asistí.
—Para mí que sus jefes fueron
malas personas, nada más lo usaron —señaló Citlali. Clavó la mirada en el
suelo, como pensativa—. Son… Son gachos —dijo al final, al no encontrar
un adjetivo que los pudiese describir mejor.
Al escuchar eso, «son gachos», mis ojos se llenaron de
lágrimas y comencé a llorar, algo que no me sucedía desde muy niño. Nos
quedamos en silencio durante un buen rato.
—¿Oiga, y sus familiares, su
madre, al menos ellos, no se sintieron muy orgullosos de lo que hizo usted?
—En ese entonces ni cuenta se dieron; solo con los años
percibieron que yo había estado metido en algo muy importante. Mi madre había
enviudado hacía pocos años; el destino la compensó dos años después con el
nombramiento de mi tío Ignacio como gobernador del Estado de México. Se portó
bien con ella: la invitaba a varios eventos públicos, le facilitó la entrada al
voluntariado del estado en cuestiones de salud y ella se dedicó con entusiasmo
a supervisar hospitales, platicar con el personal médico y ayudar a solucionar
problemas. Ella era así, se desvivía por ayudar a «los demás». Ese fue uno de
los traumas que me acompañaron durante un buen tiempo: yo no formaba parte de
«los demás». Y dada la relación especial que siempre tuvo con su hermano menor,
al que cuidó de niño en Alemania, me daba el sentimiento de que nosotros, sus
hijos, estábamos en un segundo lugar. Mis méritos, los que tuviese, se opacaban
totalmente por la sombra gigantesca del gobernador. La gubernatura de su
hermano Nacho coincidió con la negociación del TLCAN, de 1989 a 1993.
Noche 31. Noche del Maíz
Citlali llegó un poco ojerosa. Comentó que la noche anterior
una pregunta no le dejó de rondar por la cabeza.
—Seguido escucho a mis tíos y
a mi abuelo quejarse de ese Tratado en el que usted trabajó. Dicen que desde
entonces no les ha ido bien, que ahora muchos campos están abandonados.
—Te voy a dar mi explicación, sin tratar de convencerte. Con
que me escuches es suficiente.
El maíz es uno de los principales productos de importación
de México. Se cultiva en todo el país: en las llanuras áridas del noroeste que
cuentan con irrigación; en las sierras de Guerrero y Oaxaca, en laderas con
gran pendiente; en los valles del Altiplano, de climas templados o fríos; en
las selvas de Chiapas; en las costas… En algunos lugares hay riego; en otros,
solo dependen del agua de la lluvia. Hay empresas que tienen grandes
extensiones y mucha maquinaria; hay rancheros pequeños y medianos; y la gran
mayoría son campesinos que tienen poca tierra, muchas veces menos de dos
hectáreas, y en algunas zonas hasta miden sus parcelas por el número de surcos,
de tan pequeñas que son. Y estos campesinos, que son la mayoría, no producen el
suficiente maíz para hacer sus tortillas o engordar sus animales. Tienen que
comprar lo que les hace falta, en la tortillería o en alguna bodega, aunque
esté caro, y quienes les venden son las grandes empresas que controlan miles de
hectáreas, o los que lo importan y lo distribuyen en la Central de Abastos.
También pasa que la familia puede tener varias hectáreas,
incluso con riego, pero no las cultivan. Antes toda la familia ayudaba a la
siembra, al deshierbe, a echar fertilizante, a cosechar y a desgranar. Ahora
los jóvenes ya no quieren trabajar en las milpas; prefieren dedicarse a otra
cosa que sea menos pesada y que les deje más dinero. Y también los hombres
ganan mucho más como albañiles o peones. Todo esto —la fragmentación de la
tierra, la escasez de agua, la falta de mano de obra— no es consecuencia del
Tratado de Libre Comercio; este permite que la importación de todos los
productos sea a menor costo porque se les quitaron los aranceles, y eso beneficia
a la mayoría. Para que a todos los agricultores de México les vaya bien, hace
falta que haya buenos programas para apoyarlos y eso no siempre se ha logrado.
Depende de cada gobierno, no del Tratado.
—Por una cosa o por la otra,
los campesinos siempre salen fastidiados —afirmó Citlali.
—Yo también sufro al ver lo que pasa en el campo, aunque
esté convencido de que hicimos lo correcto.
Mi padre me hablaba de cuando era niño y salía a «besanear»
por las milpas con mi abuelo. Caminaban entre los surcos; revisaban si la
semilla ya había germinado, el crecimiento de las matas, la humedad de la
tierra, si había que limpiar o deshierbar, o si había evidencia de alguna
plaga, entre otras cosas. Ya después checaban si el maíz estaba jiloteando, si
habían salido las mazorcas y si iban llenando bien. Decía que el premio mayor
era encontrar los huitlacoches, y desde que los recogían se deleitaban con el
taco que les prepararía la abuela. Evocaba a las mujeres del rancho moliendo el
grano en sus metates, torteando a mano las bolitas de masa y echándolas al
comal, y el gusto supremo: ¡comérselas infladas con tantita sal!
Siempre me habló con admiración de la «milpa». Es un predio
donde se entrevera el maíz con frijol y calabaza, y a veces otros cultivos. El
frijol abraza el tallo del maíz y le aporta nitrógeno a la tierra; la calabaza
extiende sus hojas grandes para proteger el suelo del sol y mantener la
humedad; el chile ahuyenta a las plagas. Los cultivos no compiten entre sí; al
contrario, se complementan. Si al maíz le cae el chahuistle o lo tira el
viento, el agricultor recoge una espléndida cosecha de frijol o calabaza. El
modelo de la milpa es el opuesto a la agricultura comercial a gran escala,
donde se cultiva un solo producto y se generan artificialmente las condiciones
para obtener altos rendimientos por hectárea: fertilizantes inorgánicos,
plaguicidas químicos, semillas mejoradas y, más recientemente, transgénicos.
—Prefiero mil veces la milpa —sentenció
Citlali.
—De preferir, yo también. El problema es que con lo que se
obtiene no se produce lo suficiente; tendríamos que importar muchísimo más maíz
del que se trae ahora.
Me levanté y me acerqué a unos estantes donde estaban los
libros que pertenecieron a mi abuelo Guillermo. Tomé el Nuevo
Diccionario de Agricultura, Teórico-Práctica y Económica y de Medicina
Doméstica y Veterinaria, por el Excmo. Sr. D. Juan Álvarez Guerra. Madrid,
1844. Un bello volumen empastado en cuero con letras doradas grabadas en el
lomo.
—Aquí se documentaba él para trabajar sus tierras —añadí—. Y
luego le mostré un libro con todas las
variedades de maíces que hay en México… los blancos, los cacahuazintles, los
azules, los morados, cada uno con sus características únicas de sabor y de
aclimatación biológica.
Me quedé un rato pensativo y añadí:
—Hay un libro que me falta, que no he conseguido: La
filosofía náhuatl, de Miguel León-Portilla, Y otro, que es el que me
gustaría escribir…
—¿Y ese cuál es? —preguntó
Citlali.
—¿Te has fijado en todas las palabras de origen náhuatl que
nos han brincado esta noche, y muchas otras más que ha adoptado el español? La
milpa, el jilote, el chahuistle, el metate, el tamal, el cuate, el chicle, el
tocayo, la jícara, el ayoyote…
—¡Lotería! —gritó Citlali, en
broma.
—¡Exacto! Me leíste el pensamiento. Quiero hacer un homenaje
al idioma náhuatl; uno que no sea una simple recopilación de vocablos adoptados
por el español, sino un rescate de su esencia. Es una lengua que conecta
directamente con las cosas. El ahuehuete no es solo el nombre de un árbol: es
el «viejo del agua», una evocación de la alianza entre el hombre, los elementos
y el árbol como un ecosistema vivo.
Al unir in atl e in tepetl («el agua, el
cerro») para significar «pueblo» o «comunidad», el náhuatl establece una
condición ecológica insalvable: no puede existir sociedad humana sin el
resguardo de la montaña y la pureza del acuífero. El concepto mismo de
civilización depende de la salud de los elementos.
Por eso, hacer una apología del náhuatl hoy no es un
ejercicio de nostalgia folclórica; es reconocer que en sus metáforas floridas
reside una racionalidad ambiental más avanzada que la de nuestros modelos
económicos actuales. Esta lengua nos recuerda que la verdadera sustentabilidad
no consiste en mitigar los daños del progreso, sino en restaurar el cordón
umbilical que nos une a todo lo que respira. Salvar el náhuatl es, en última
instancia, salvar la posibilidad de volver a escuchar a la Tierra.
—A todo esto,
¿de dónde le viene el interés por el náhuatl? No es algo que sea bastante
común.
—Desde el día que conocí a una
Estrella.
Noche 32. Rebelión en la Granja.
Antes del final del TLCAN, en la fase más intensa del
proceso, mi subsecretario tuvo que sustituir al director general de Asuntos
Internacionales, quien era mi jefe formal y directo, aun cuando ya casi todos
mis asuntos los viera con el subsecretario. Es lo que en la burocracia se llama
«estar puenteado». Yo no tenía el perfil diplomático que requería el puesto;
era un luchador de trinchera, un «peleador callejonero», como nos bautizó un
día uno de nuestros colegas. Pero en esos momentos mi función era una de las
más importantes de toda la Secretaría.
Mi subsecretario se inclinó por un joven que no alcanzaría
los treinta años, prácticamente sin ningún fogueo ni experiencia. Era hijo de
un alto funcionario de la administración del presidente Salinas, y mi jefe
tenía esa concepción de la política: la de tejer redes de amistad y lealtad.
Varios juniors del gobierno y de los negocios entraron a trabajar con
él, a quienes el resto del equipo apodamos los golden boys. Una mañana
mi subsecretario me mandó llamar; me informó que ese joven sería el elegido y
que había pensado que yo y mi grupo formaríamos una unidad administrativa
aparte, a lo que llamó un relaunching de la Secretaría. Le encantaba
mezclar en sus conversaciones términos en inglés. Le pregunté si tendría mis
oficinas aparte. Me dijo que sí, pero que por lo pronto no.
No era ingenuo y sabía cómo se movían los hilos de la
burocracia. Esa nueva unidad difícilmente vería la luz. Al llegar a mi oficina,
en aquel entonces en la avenida Benjamín Franklin, me reuní con mis
colaboradores cercanos, analizamos la situación y alguno dijo: «Vámonos». Hablé
con un amigo mío que dirigía el organismo que canalizaba todos los subsidios,
le pedí prestados espacios de oficinas y me los concedió. Era una sala no muy
grande donde cabrían dos o tres escritorios más un mezanine abierto. Sin pensarlo
mucho empacamos papeles y computadoras, escritorios y archiveros, conseguimos
unas camionetas pick-up prestadas de la dirección de estadística e
hicimos la mudanza. Cuando se enteraron mi subsecretario y el nuevo titular de
la dirección general a la que habíamos pertenecido, ya eran hechos consumados.
Fue un golpe de audacia; una clara insubordinación institucional. Nos pudieron
haber fincado responsabilidades graves por haber sustraído material y equipo de
esa manera, sin ningún tipo de autorización. Las consecuencias no pasaron a
mayores; en retrospectiva, creo que fue una falta grave que mi jefe dejó pasar.
Citlali dejó de trazar en su libreta, levantando las cejas
con genuino asombro:
—Wow. Eso sí que fue un golpe
de audacia. ¿Pero a ver, los polis no les dijeron nada cuando sacaban las
cajas?
—No. Les dije que era por instrucciones mías. Mi rebelión
fue timbre de orgullo, pero me generó grandes incomodidades e hizo patente a
todos los demás que, si bien éramos importantes, tampoco lo éramos tanto.
El tema de los subsidios internos y a la exportación no se
resolvió en el TLCAN, sino hasta el final de la Ronda Uruguay del GATT. El 15
de diciembre de 1993 se alcanzó el acuerdo final en Ginebra, Suiza. Yo me
trasladé algunos meses antes para allá. Vivía en el hotel Holiday Inn pegado al
aeropuerto, que tenía unas ventanas fantásticas de tecnología europea que
aislaban totalmente el ruido de los aviones. El hotel tenía una piscina
climatizada subterránea y un pequeño gimnasio bastante bien equipado, a donde
comencé a ir para desestresarme. Los desayunos eran una delicia en un
restaurante con alfombras y barras relucientes: me tomaba mi chocolate caliente
acompañado de los típicos croissants y leía los periódicos, cortesía de
la casa.
—Otra vez los periódicos. Les
hubieran inventado antes las tabletas y el internet.
—Pues eso sí era bonito: tomar el periódico y leer los
titulares. Lo complicado era pasarte las horas tratando de mandar un telefax;
era como una fotocopiadora conectada al teléfono que iba transmitiendo las
páginas con los informes. Tomaba un autobús después de cruzar unos llanos
yermos por los rigores del otoño y llegaba a la oficina de la representación de
México. Era el representante de agricultura, no era de los de casa, y muchas
veces notaba que los colegas de comercio bajaban la voz cuando pasaba. El tema
principal de la Ronda era la agricultura y era el mío.
Llegó la fase final: todos los países presentaron sus listas
definitivas para que las conocieran todos los demás y pudieran revisarlas.
Elaboré la que correspondía a México, detallando todos nuestros compromisos en
materia de subsidios y acceso a mercados. Me tomó horas de estudio de las
listas previas que habían presentado otros países, de manera particular la
Unión Europea. Ellos eran unos magos para presentar sus cifras: ofrecían, por
ejemplo, una cuota muy atractiva de acceso a su mercado de azúcar —uno de los
más codiciados del mundo por los diferenciales de precio—, pero le ponían un
pequeño asterisco que decía algo así como que esa azúcar podría estar
incorporada a productos que contuviesen azúcar, seguido de otro asterisco que
remitía a otra página muy lejana de la lista, donde se mencionaban cuáles
podrían ser esos productos, como chocolates, chicles y refrescos, y otro
asterisco que llevaba a otra página perdida donde decía qué porcentaje de la
cuota correspondía a cada uno de esos productos. Todo eso para decir que no
darían ninguna cuota de azúcar al resto del mundo, pero que les podríamos
mandar ciertos volúmenes de dulces, galletas azucaradas, refrescos y bombones
de chocolate.
Sabía que Citlali me interrumpiría y, en efecto, así fue:
—¿Como por ejemplo chamoys?
—Así es, porque llevan pulpa, chile y algo de azúcar, pero
no me imagino a un inglés comiéndose uno.
—Para la próxima traigo.
Frente a mi casa se pone una señora que los vende y, además, ¡unos mangos con
chile piquín! Buenísimos.
El subsecretario de Comercio llegó a Ginebra para esa ronda
final y para supervisar la entrega de nuestras listas. A su llegada nos había
dicho que la prioridad del gobierno mexicano era mantener cerrado nuestro
mercado azucarero, algo que parecía imposible de negociar. Elaboré las listas
siguiendo la metodología de la Unión Europea y creo que hasta le puse unos
nuevos asteriscos para despistar. Uno de los colegas, me parece que el
embajador, bautizó a este esquema como «el submarino». No todos creían en mi
submarino, pero no había opción; lo lanzamos y funcionó. Al igual que con las
vísceras y despojos de animales en el TLCAN, al tiempo llovieron las
recriminaciones, pero ya no me tocó responderlas a mí.
Y al igual que en el TLCAN, había negociadores de carrera
que nunca se sintieron cómodos con mis estrategias. En alguna ocasión uno de
ellos, que años después llegaría a embajador, mi dijo: «Si me pones a elegir
entre perder reputación de negociador o perder en alguna concesión en algún
sector, yo prefiero mil veces…». «¿Qué prefieres?», pregunté con tono
desafiante. Reculó y dijo sin ningún convencimiento: «Salvar a ese sector». En
una ocasión, no recuerdo el tema, tuve una discusión con él por algo similar en
una noche de tormenta de nieve y le dije: «Si te pones en ese plan, yo no estoy
dispuesto. Me voy». Y me salí a la calle. No había taxis, ya no había
transporte, soplaba un aire gélido proveniente del lago Lemán y, como pude,
llegué al Holiday Inn medio congelado, ansiando mi taza de chocolate caliente
para encontrarme con la sorpresa de que el restaurante llevaba varias horas
cerrado.
—No me lo imagino —intervino
Citlali—. Yo lo veo en la estética muy quietecito esperando turno, pero antes…
¿Era muy berrinchudo? Un día se salió de las oficinas con todo y muebles… Y
otro día se enojó y se sale caminando en medio de una tormenta de nieve.
—Ahora que lo mencionas… Pues supongo que sí. A veces sí me
enojaba mucho y regañaba feo a algunas personas… Pero ya me pusiste a pensar.
Creo que me di demasiada importancia y debí ser mucho más paciente, más easygoing,
¿cómo te lo explico?
—Que se le hubieran resbalado
más las cosas y que no se las hubiera tomado tan a pecho.
—Correcto. Pero pues ya tendrá que ser en otra vida.
La reunión ministerial que formalizó todos los acuerdos de
la Ronda Uruguay se celebró en Marrakech, Marruecos, del 12 al 15 de abril de
1994. Poco antes recibí una llamada del subsecretario de Comercio —la
única de él en todo este periplo—, en la que me invitaba a asistir con
él a esa reunión, porque quería que todos los que habíamos participado
pudiésemos estar presentes para celebrar. Se lo agradecí muchísimo, Era un
reconocimiento a mi labor del más alto nivel.
En Marrakech no tenía ya ninguna función más que la de
música y acompañamiento, así que la pasé bien, recorriendo los callejones y
bazares de esa mítica ciudad; compré un cuchillo árabe que tengo en la vitrina
y unos tapetes estilo árabe. Mis paseos
fueron solitarios. Fuimos varias veces a un casino, me parece que en el hotel,
junto a unos colegas muy divertidos. En ese casino aposté poco —como siempre,
cauteloso—, pero la suerte me sonrió y gané bastante para mis estándares. Sigo
agradecido por esa invitación.
Noche 33. Los Eleuterio
Al despertar de mi siesta puse algo de música lounge.
En eso escuché un ruido seco, como un golpe, y salí al pasillo a asomarme.
Citlali estaba ahí, medio pálida; al lado tenía una cubeta y un trapeador.
—Qué susto. Me tropecé. ¿Quién
dejó esa cubeta atravesada? —preguntó.
—Seguro que fue la señora que vive aquí.
—¿Qué? ¿Cómo dijo? Primera
noticia…
—Te voy a contar. En la casa vive una familia que me ayuda.
La mamá, Delfina, es de un pueblito muy pequeño en la zona mazahua, allá por
San Felipe del Progreso, y trabajó en la Ciudad de México con mi madre, cuando
todavía vivía en la casa grande en la que habitamos todos de jóvenes. Tenía un
niño pequeño, muy listo y bien portado, pero se regresó al pueblo porque un
segundo bebé venía en camino. Algunos años después tocó a la puerta; iba
cargando a una niña muy pequeña envuelta en el rebozo. «Solo le pido que me dé
posada por esta noche, estoy buscando trabajo, ya se hizo de noche y no tengo
dónde dormir», le dijo. Coincidió con que mi madre no tenía por esos días quien
le ayudara y entonces se quedó con ella de planta, con la niña. Como dicen, se
juntaron el hambre con las ganas de comer. Yo estaba viviendo ahí, de vuelta,
por el problema de salud que tengo… Ya sabes cuál es.
—Sí, obvio: el cuello —dijo
Citlali.
Parece que se entendieron bien para la limpieza, la comida,
el lavado de la ropa y todo lo que hay que hacer. Un día subió la señora,
Delfina, a presentarme a la niña, que tendría unos cuatro años. Me resultó
simpatiquísima. «A ti ya te conozco», me dijo muy segura. Me causó gracia, pues
no recuerdo haberla visto antes. Nos caímos bien y a veces subía la niña por la
escalera para saludar. Un día, para entretenerla, le presté un lápiz y un
cuaderno, y le dije: «Pon atención, te voy a enseñar la letra A». A la semana
ya le había enseñado las vocales y dos o tres consonantes; a las dos semanas,
unas sílabas sencillas, y como a los tres meses ya sabía leer. Yo estaba
fascinado con el progreso que hacía y también con los comentarios que soltaba,
como toda niña ingenua que está descubriendo el mundo.
Después enfermó mi madre y se tuvo que mudar a vivir a
Tlatelolco, a su ahijada: un conjunto de vivienda popular repartido entre
muchos edificios multifamiliares, construido en los años cincuenta con
inspiración soviética. Delfina y la niña se fueron con ella. A partir de
entonces fueron su compañía, sus cuidadoras y sus acompañantes. La niña, que es
muy lista, se encargaba de darle las medicinas y vigilar que se las tomara. Mi
madre le dijo que ella sería su maestra, y ese título se le quedó por siempre.
Unos meses después decidimos que mi madre estaría mejor en
la casa del rancho de Valle de Bravo, y así fue que nos vinimos para acá con
ellas dos acompañándola, más otra hija que se había quedado en su pueblo, con
sus abuelos, así como al niño que vivió antes con nosotros —que ya era un
joven—, porque no podía ir a trabajar a México con dos criaturas. Más adelante
también se vino a vivir al rancho el niño, a cursar su preparatoria en el
Colegio de Bachilleres. Así que en esta casa convivimos mi madre y yo, y los
cuatro miembros de la familia Eleuterio. Delfina es madre soltera.
—Qué bien que se reunió toda
esa familia alrededor de su madre. Entre todos se acompañaron.
—Mi madre solía decir: «Llórate pobre, pero nunca te llores
solo». Ella ya llegó a Valle de Bravo muy mayor. Acá cumplió los noventa años y
acá murió a los noventa y cuatro. Se quejaba mucho: «¿Qué hago yo aquí trepada
en este cerro?», decía; pero muchas otras veces la pasaba bien, disfrutando de
su patio con orquídeas en su hamaca; también salía al jardín para contemplar la
vista a la laguna. Su último proyecto fue un jardín de cactus al que le puso
mucho entusiasmo. Algunas veces fuimos a Tejupilco, a Ixtapan del Oro y a Santo
Tomás a buscar cactus y a traer piedras de río para darle al jardín un toque
japonés. En los meses de octubre y noviembre, después de las lluvias, el cerro
se cubre de flores silvestres: blancas, amarillas, rojas, lilas, violetas, de
todos los colores. Le encantaba hacer un gran ramo con ellas y se sentaba largo
rato a oler y contemplar sus flores.
Cuando mi madre falleció no me quise quedar solo en este
cerro, ni tampoco me quise regresar a mi casita de México, así que les pedí que
se quedaran y son las personas que me ayudan con el aseo de la casa, la comida
y la ropa. Y por las noches las invito a que vean las noticias conmigo; es
nuestro ritual de convivencia...
—Esa familia vale más que
cualquier escritura. Le alegraron sus días a su madre y ahora a usted.
—También me dan algunas preocupaciones, sobre todo los
hijos; les ha costado trabajo ir encontrando su camino.
Noche 34.
En el Cerro de Enfrente
A lo lejos, en la
penumbra del valle, se escuchó el eco amortiguado de unos perros ladrando.
Citlali se asomó por el ventanal, tratando de adivinar de dónde venía el ruido
en medio de aquella boca del lobo.
—Allá enfrente,
donde se ven esas luces titilantes, los perros siempre ladran más fuerte —le
comenté, llamando su atención.
—¿Ah, sí? ¿Y ahí quién vive? ¿Algún vecino ruidoso?
—Peor que eso: una
prima mía. Una que también heredó terrenos de la abuela Omma.
Mi madre y ella se
entendieron bien durante muchos años; yo creo que las dos eran un poco rebeldes
a su manera. Pero cuando nos vinimos de México a vivir acá, la cercanía las
alejó; se han de haber hecho más evidentes sus diferencias. Mi madre siempre trató
como iguales a las personas humildes, ya fueran los cuidadores y sus familias o
las señoras que ayudan en casa: a todos. En sus últimos años se sentaba por
horas para platicar con el cuidador que teníamos sobre el clima, las milpas,
cómo eran las cosas antes en Valle de Bravo, las costumbres y las tradiciones.
Pocos meses antes de su muerte, él le trajo a regalar una fotografía enmarcada
de sus abuelos, don Pedro y doña Teresa, que fueron cuidadores en la época de
la abuela Omma. Mi madre la colgó en su habitación, sin que significara nada
más que un buen recuerdo.
Mi prima, por el
contrario, con el paso del tiempo se fue sintiendo cada vez más
«aristocrática», sobre todo por la historia del rancho, y la vida cosmopolita
de la abuela Omma. El obispo Joaquín Arcadio Pagaza fue nuestro tío bisabuelo,
y de ahí se colgó mi prima para armar la aristocracia familiar. Al mismo tiempo
se volvió más que notoria su incomodidad de convivir con las personas humildes.
El día que murió mi madre, lo primero que hizo al entrar a la habitación donde
yacía fue tomarle una fotografía con su celular; y lo segundo, descolgar el
cuadro de don Pedro y su mujer.
—¡Qué mal gusto! —gritó
Citlali, escandalizada.
—Hace poco, la hija
de mi prima trajo a bautizar a su bebé a Valle de Bravo y después hubo una
comida, muy sabrosa, servida en su jardín. Se me ocurrió llevar a una de las
niñas de Delfina para que obsequiara una bolsa de galletas a los invitados.
Hubo algunos incidentes que no voy a relatar, aunque reconozco que me faltó
tacto. A la semana mi prima arremetió duramente contra mí por teléfono:
hablando con un conocido cercano de ambos, despotricó contra los Eleuterio y
contra mí por llevar gente a su fiesta que no había sido requerida y, ya
encarrerada, hizo sugerencias groseras sobre el tipo de convivencia que habría
dentro de mi casa. No dejé terminar al conocido que me relató la plática; dije
que mi prima se podría ir directamente a…
—¡A chingar a su madre! —Citlali soltó en un soplido las palabras exactas que yo no me animaba a
utilizar.
—Mi prima siempre
se juntó con mis tíos Pichardo y se llevaba bien con ellos, ya que
generacionalmente estaba más cercana a ellos que a muchos de sus primos. Los
últimos años de mi madre en Valle de Bravo fueron agridulces. Entre esa prima,
mis tíos y mi madre hicieron críticas constantes hacia mí que no solo me
amargaron algunos días, sino también a mi madre. Esa práctica del chismorreo
familiar, que ya había sufrido en la adolescencia, volvió intensificada por
aquellos días. Es el tipo de cosas que suceden cuando se cruzan visiones
distintas del mundo y cuando las personas no han aprendido a ser tolerantes las
unas con las otras. Y me incluyo en el mismo saco: también he sido intolerante
con mi propio hermano por cuestiones distintas, pero parecidas.
—O sea que en ese cerro nadie deja de tirar pedradas —concluyó Citlali—. Todos traen espinas:
unos de nopal y otros de huizache.
—Todos —admití—.
Por eso te digo que sigo sin encajar. Ni con los de enfrente, ni con los míos.
Noche 35.Campaña
Política
—¿Sabe a quién vi hoy? A Zudikey, que va de candidata del PRI a la
presidencia municipal. Usted debería animarse.
—¿Con ella?
—No sea bobo… Eso me pasa por andarle inflando el ego.
—¡Ya ves cómo sí es
divertida la política! Con ustedes, la mujer, la profesionista, la promotora de
la salud y la belleza, ¡nuestra inigualable candidata, Citlaliiii…!
—Ni que fuera teibolera —soltó divertida, y a los dos nos ganó la carcajada—. Hágale, hablemos
de la política, se ve que disfruta el tema.
El 23 de marzo de 1994 asesinaron al candidato presidencial
Luis Donaldo Colosio. Me enteré durante una escala en Houston, en un viaje
relámpago que teníamos planeado para resolver algún asunto relacionado con el
aterrizaje del TLCAN. Unos días después el partido en el poder designó a
Ernesto Zedillo como candidato sustituto y, al poco tiempo, este nombró a mi
subsecretario coordinador de Asesores del candidato del PRI a la Presidencia de
la República.
No lo vi por esos días. Nos fuimos enterando de a poco
quiénes de nosotros ya se habían ido con él; fueron los golden boys los
primeros en acompañarlo. Desde la oficina de la campaña me llamaba de vez en
cuando alguno de ellos para pedirme alguna nota o tarjeta informativa por parte
del coordinador; yo me negué pues él no me había llamado de forma directa. Un
día lo hizo: fue un diálogo muy breve, de no más de un minuto, y me instruyó a
que me moviera de inmediato a unas oficinas de apoyo que tenía por el sur de la
ciudad.
Nuevamente, la vorágine. El trabajo consistía en preparar
discursos al por mayor sobre todos los temas posibles; ya no solo de economía,
sino de ámbitos tan distintos como la pobreza, el rol de la mujer, el nuevo
indigenismo a raíz del levantamiento zapatista, la planeación urbana, entre
muchísimos otros que tiene que atender un candidato en campaña. Me negué a
seguir las instrucciones de los golden boys, pero tuve que aceptar las
órdenes que venían de la secretaria particular de mi jefe. Por aquella época me
sentaba frente a la computadora varias horas seguidas, sin parar, y elaboraba
un discurso de principio a fin. No era pura retórica; por la trayectoria del
candidato y la del coordinador, todo lo que se decía tenía que ir bien
documentado, avalado con hechos y cifras que nos llegaban de muchísimos
lugares, principalmente de las entidades y dependencias del gobierno federal.
Para preparar los discursos que daría el candidato en alguna
entidad federativa, nos mandaban de avanzada a platicar con funcionarios y
empresarios locales para conocer de primera mano las preocupaciones y
expectativas de cada lugar. Nos dividieron por estados; a mí me tocaron, entre
otros, los discursos de Sinaloa y Tlaxcala. Hice la visita a Mazatlán y
Culiacán. Éramos bien atendidos y recibidos pues, a ciencia cierta, nadie sabía
cuál era nuestro vínculo exacto con el candidato ni con el coordinador. Conversábamos
con muchos actores clave, tomaba notas y, de regreso en México, me sentaba a
redactar. Se volvió casi una terapia para mí concentrarme por horas en un tema
particular, buscando contenido de interés y una forma sonora y retórica para
decirlo.
Un conocido mío estaba en un puesto importante en los temas
administrativos de la campaña. Un día que comimos con él nos pidió que le
diéramos nuestra tarjeta de presentación. No teníamos.
—Yo les mando a hacer unas. ¿Qué puesto tienen?
Atinamos a contestar:
—Asesores del coordinador.
—Pero a ver: su jefe coordina a los asesores; entonces,
ustedes son asesores del candidato del PRI a la Presidencia de la República.
Cuando se enteraron en la oficina de mi jefe de esas
tarjetas, casi nos corren: «Ustedes son nada más unas personas que trabajan
para Luis», nos sentenciaron. Las tuvimos que devolver, pero sí me guardé una
cajita, pues el título era pomposo y apantallaba, con los logotipos de la
campaña y del partido.
—¿Le gustaba ese trabajo de
escribir discursos?
—Me encantaba. Sobre todo, cuando
ya tenía los datos y el material necesario, y me sentaba a redactar. Era un
deleite ver cómo se formaba cada párrafo, con su idea central, para luego
pulirlo hasta que sonara bien. Después seguía el próximo, buscando la manera de
hilarlo con los demás. A veces me hablaban y no escuchaba a nadie; estaba
completamente absorto. En esos discursos se planteaban ideas y se razonaban.
También disfrutaba ver desfilar las letras en la pantalla, al ritmo que mis
dedos marcaban en el teclado; era un gozo intelectual, pero también físico. En
cambio, los políticos actuales se plantan frente al micrófono a improvisar.
Solo repiten eslóganes y descalifican al rival, sin el menor cuidado por las
formas. Usan muletillas al por mayor y dejan frases sin terminar; en fin, un
desastre absoluto.
—Un trabajo bastante
solitario, como casi todos sus pasatiempos: los libros, el jardín... —remató
Citlali, pensativa.
Pasada la elección, el coordinador se perfilaba para un
puesto de primer nivel y de la mayor cercanía con el presidente electo. Yo
sabía que mi cercanía con él ya se había diluido y que, si quería seguir en el
equipo, tendría que cuadrarme ante alguno de los golden boys. Me negué.
Un domingo, varias semanas después de la toma de posesión, el que fuera mi jefe
mi citó muy temprano en la mañana en la residencia oficial de Los Pinos. Llegué
puntual. Las oficinas de la Presidencia estaban en remodelación; pude asomarme
al despacho presidencial, en obra gris, al igual que al salón de sesiones del
gabinete. Pasaron las horas y mi exjefe no llegaba. Después del mediodía, o ya
entrada la tarde, apareció, me vio y soltó:
—¿Tú qué haces aquí?
—Me citaste.
—Ah, perdón —dijo, y se siguió de largo.
Así comencé el sexenio del presidente Ernesto Zedillo: sin
trabajo, expulsado de la residencia presidencial.
—¿Fue el mismo jefe que no lo
ascendió cuando estaban negociando el libre comercio? —preguntó Citlali.
—Sí, el mismo.
—Ya se lo había dicho antes:
ese señor era gacho. Pero usted tampoco era una «perita en dulce».
—Sí, tengo que reconocer que por momentos me ganó la
soberbia —admití—. Podría haber sido más dócil, pero después de ese sexenio de
locura mi ánimo estaba exaltado y mi salud había comenzado a mermar. La dignidad,
antes que nada, aunque no dé para comer. Más serenidad en las horas críticas me
hubiera sido de gran utilidad a lo largo de la vida. Las oficinas del
presidente estaban en una edificación junto a la residencia, una casa enorme.
La casa-oficina tenía una escalera a la mera entrada, no muy ancha, que llevaba
al segundo piso. En ese mezanine, una de las puertas daba al despacho
presidencial, que estaba todo desmantelado, en remodelación. El espacio era
agradable, muy amplio, y tenía un ventanal en semicírculo que daba a los
jardines de Los Pinos: el césped muy verde, impecable, y árboles centenarios,
frondosos, imponentes. En el poco tiempo que me dejó el guardia contemplar el
despacho, vi varias ardillas trepar por los troncos y brincar entre las ramas…
—Como aquí en su rancho
—interrumpió Citlali—. Cuando llego las veo correr por el jardín y luego
treparse a algún guayabo. También he visto correr a los conejos y perderse
entre la maleza…
—Ya me hiciste el día —le sonreí—. No se necesita estar
sentado en esa oficina para contemplarlas. Y mucho me temo que el presidente
muchas veces ni siquiera haya estado de humor para pensar en ellas.
Noche 36. Error de Diciembre
—Hola Citlali. Qué bueno que hoy vienes con tu uniforme de
enfermería. Nos toca analizar un caso
clínico extraño.
—La distonía cervical como la
suya la padecen 300 personas por cada
millón, o sea que hay unas 39,000 personas perdidas y aisladas en todo el
territorio nacional. Lástima que sean tan poquitos…
—¿Te gustaría que fuéramos más?, le pregunté con ganas de
bromear. Otra vez me vas a inflar el ego.
—Payaso. Sígale así y menos
van a inventar una cura.
El cuerpo comenzó a fallarme en agosto de 1994, ya pasada la
elección presidencial. Me dirigía hacia Toluca en un flamante vehículo
deportivo que me había comprado. Iba con otro «asesor del candidato» a
entrevistarme con uno de los más altos funcionarios del gobierno del Estado de
México. Él lo había contactado; él también se había guardado una cajita con las
tarjetas de presentación «faroleras» que nos habían incautado y, sí, abrían
puertas. Le dimos una breve consultoría para la planeación estratégica de su
área, para lo cual fuimos unas seis veces a Toluca a reunirnos con las
distintas áreas a su cargo. Me gustó ese trabajo, pero… en lo personal estaba
desconcertado.
En ese primer viaje a Toluca, a la altura de Lerma, ¡cómo
olvidar ese primer momento!, mi cabeza dio un giro brusco hacia la izquierda.
Me desconcertó; el tirón fue fuerte. Siguieron otros, todos para el mismo lado.
Solo logré controlarlos colocándome la mano izquierda en la mejilla. Así tuve
esa primera entrevista y luego todas las reuniones que siguieron después de esa
fecha. Llegué a mi casa de Cuajimalpa, me serví un trago de ron y me senté en
uno de los sillones de la sala, tratando de relajarme. Los tirones no cedían y
se los atribuí al estrés acumulado. Por la mañana me levanté y me sentí bien,
pero al poco tiempo, al rasurarme, los tirones volvieron.
—Eso sucedió hace treinta y
dos años —intervino Citlali—. Los tratamientos han evolucionado mucho.
No crea que no comprendo el drama que comenzó a vivir.
Como pude me fui a trabajar a la oficina de la campaña, que
ya por esas fechas operaba como oficina de apoyo a la transición del gobierno.
«A mi jefe le dio el mal de San Vito», escuché que dijo una colaboradora muy
joven que tenía. El ritmo de trabajo disminuyó considerablemente y tenía la
esperanza de sentirme mejor, pero no fue así. Intenté varias cosas; una de las
primeras fue una gran parranda con uno de mis amigos abogados de la campaña
para el desestrés: nada. Me acordé de un amigo de la preparatoria que se volvió
doctor con especialidad en rehabilitación física. Tuve varias sesiones en su
consultorio: la enfermera que lo ayudaba me aplicaba calor, unas ondas como
pulsaciones para relajar los músculos del cuello y, al final, algo de masaje.
Siempre ayudan esas sesiones para la relajación; los tirones del cuello tal vez
bajaban de intensidad, pero pasadas unas horas volvía a lo mismo. Me
recomendaron utilizar un collarín blando para controlar esos tirones; servía
para detenerlos, pero no los eliminaba. En esas condiciones me tocó enfrentar
el cambio de gobierno.
Por aquellos primeros días de diciembre de 1994 fue mi cita
fallida en la residencia oficial de Los Pinos. Todos los días estaba al
pendiente de la prensa para enterarme de los nuevos nombramientos que se iban
dando, de nivel subsecretario hacia abajo. Conocía a algunos de los nuevos
funcionarios y me entrevisté con varios de ellos, sin que me dijeran nada concreto.
Un día fui a ver a un exjefe, quien había sido designado como coordinador
general de Puertos y Marina Mercante en la SCT. «En puertos ya tengo a alguien;
pero si quieres, puedes ser el director general de Marina Mercante», me
propuso. Acepté en el acto. «Empiezas el primero de enero. Acá te espero». Si
notó mis movimientos en el cuello no dijo nada; tal vez pensaría, al igual que
yo, que sería algo pasajero.
Faltaban algunos días para la Navidad, así que me fui a
Acapulco, yo solo, pues no hubo tiempo de planear nada con nadie. En la piscina
del hotel disfruté de las piñas coladas, del movimiento incesante de los
turistas, y de la vista de muchas chicas guapas, a quienes miraba de reojo a
través de mis gafas oscuras. La otra escena que nunca olvidaré recuerdo son los
cartelones a las afueras de las casas de cambio en Acapulco, donde señalaban la
paridad del día: tres cincuenta los primeros días, cuatro los siguientes y
cinco cuando me regresé a la Ciudad de México antes de la Navidad. Así viví el
estallido del «error de diciembre».
En alguna ocasión, meses atrás, me tocó estar en una reunión
con mi jefe el coordinador y algunos de sus golden boys y sus
consultores de cabecera, en la que se habló del tema macroeconómico. Varios de
ellos tenían la idea de que era necesario impulsar el crecimiento económico y
que podía aceptarse cierto aumento en la inflación. Tenían un enfoque neokeynesiano
que habían traído del MIT, y argumentaban que el mayor crecimiento
fortalecería las finanzas públicas después, por la vía de una mayor
recaudación. Hacía tiempo que yo había dejado la macroeconomía, pero tenía
claros algunos pocos conceptos. Primero, que es imposible escoger una mezcla
óptima de crecimiento con inflación —el llamado fine-tuning—; la
inflación termina por imponerse. Segundo, que la credibilidad de un anuncio de
política era crucial. Argumenté que la gente no entendería los modelos tan
elaborados de mis colegas del MIT y solo percibirían un anuncio de gasto
público expansivo; me pronuncié por un discurso que llamara a la prudencia
fiscal y a la preservación del equilibrio macroeconómico.
No sin pedantería, uno de los golden boys soltó la
frase en inglés de que mi postura era «neither desirable nor possible».
Traía yo además las últimas cifras de la balanza de pagos de México y el
mensaje era potente: el déficit comercial era insostenible y los flujos de
capital que lo financiaban eran de corto plazo y, por tanto, volátiles. No me
hicieron caso, pero me quedó la tranquilidad de haberlo dicho.
Durante los días posteriores a mi regreso de Acapulco, los
noticieros de televisión eran imperdibles. Íbamos de sorpresa en sorpresa,
entre ellas la renuncia de Jaime Serra Puche el 28 de diciembre y el
nombramiento de Guillermo Ortiz el 29 como su sucesor. ¡Dejaba la Secretaría de
Comunicaciones y Transportes! No me lo podía creer. Para Ortiz era un ascenso,
pero a mí me dejaba, si no en el desamparo, sí en la incertidumbre total.
Ese fin de año lo pasaríamos con la familia de mi madre.
Para mí, 1994 terminó de una manera desastrosa, pero la familia debió de haber
estado eufórica. A raíz del asesinato de Colosio, al hermano de mi madre, el
tío Ignacio, lo nombran primero secretario general del PRI y luego presidente de
este, desde donde operó la campaña de Zedillo; es decir, la operación política,
pues mi jefe estaba dedicado al armado del programa del nuevo gobierno. El
presidente Zedillo lo nombró secretario de Energía el primero de diciembre.
—Ese fue su tío Nacho, al que
su madre cuidó de chiquito, el que fue gobernador, al que quiso como si hubiese
sido su primer hijo… —comentó Citlali.
—El mismo. Me daba orgullo verlo casi todas las noches en
las noticias de la tele, aunque mi contacto con él fuera esporádico y
superficial… Me acostumbré a vivir a la sombra de un gigante.
Me presenté en la oficina de la Coordinación General de
Puertos los primeros días de enero de 1995. Mi exjefe, el que me había invitado
a trabajar ahí, estaba guardando sus artículos personales en unas cajas de
cartón. Él también se iba para la SHCP y fue muy honesto cuando me dijo: «Me
voy al área administrativa; sé que no es lo tuyo, pero si quieres, algo
podríamos ver». Se lo agradecí muchísimo, pero no acepté.
—¡Híjole! Se había conseguido
un super trabajo y ni siquiera pudo empezar. Eso sí que es mala suerte.
—O el destino —contesté lacónico.
Por esos días me habían contactado del Instituto
Interamericano de Cooperación para la Agricultura para dar una pequeña asesoría
al gobierno de Panamá, que por aquellas fechas negociaba su adhesión a la
recién creada OMC, antes GATT. Los resultados que obtuvimos para México de la
Ronda Uruguay eran mi mejor credencial. Me fui por una semana para allá a
trabajar de la mano con su negociador de agricultura; le pasé todo mi
conocimiento, le expliqué nuestras metodologías y él quedó satisfecho con mi
visita.
Me dedicó tiempo para que conociera la Ciudad de Panamá:
fuimos a restaurantes muy sabrosos e hicimos un recorrido por la llamada «zona
del canal», que hasta hacía unos años había estado bajo el control de los
norteamericanos. De hecho, la pequeña construcción de dos plantas donde estaba
su despacho había sido un dormitorio para los soldados estadounidenses. Durante
esos paseos me contó muchas anécdotas sobre la invasión de Panamá por parte de
los Estados Unidos. Yo solo había visto unas cuantas escenas por televisión,
pero enterarme de la historia narrada por un residente local me conmovió. Sí
hubo combates, sí hubo muchos muertos… No fue solamente el espectáculo
hollywoodense del general Noriega rindiéndose ante los altavoces del ejército
norteamericano a ritmo de rock a todo volumen. Según los norteamericanos hubo
quinientos dieciséis muertos panameños; según cifras reportadas después por
organizaciones civiles, las bajas panameñas rondaron las tres mil. Barrios
enteros fueron bombardeados; más de veinte mil personas se quedaron sin hogar.
Fue cuando recordé una de las frases del negociador en jefe
de los Estados Unidos, Julius Katz, que pedía a México una concesión muy
importante a cambio de nada: «I know it doesn’t smell of roses… but…»
(sé que lo que pido no huele a rosas). En las carreteras me hizo notar unos
pastizales enormes que estaban fuera de control: «Los bombarderos
norteamericanos que salían de aquí para Vietnam trajeron esa semilla, y se
llama así: pasto de Vietnam». Sentí un pequeño escalofrío; la guerra de Vietnam
también se había vivido en nuestro continente. Y después de las negociaciones
del TLCAN, en las cuales inconscientemente idealizamos tanto a los Estados
Unidos, ese baño de realidad panameña me recordó la frase que mi padre tantas
veces repitió: «Los Estados Unidos no tienen amigos; tienen intereses».
Mi aventura panameña tuvo un final inesperado. Por la noche,
ya en el hotel, me habló uno de mis colaboradores más cercanos en todo el
sexenio anterior para decirme: «A tu tocayo lo acaban de nombrar subsecretario
de Agricultura». Lo felicité y me dijo: «Le urge que te pongas en contacto con
él».
—Ah caray —dijo Citlali—.
¿Usted cree que a México también lo puedan invadir?
—No tengo idea. Pero ahí está lo importante de leer
historia; todos esos volúmenes que ves ahí están para contarla.
Regresé de Panamá y fui a ver a mi tocayo, quien fue colega
de muchas batallas en la Secretaría de Agricultura con nuestro jefe anterior.
Él también era del grupo de los «peleadores callejoneros» e incluso creo que
fue él quien inventó el término. Me dijo que sería el director general de
Estudios del Sector Agropecuario y Forestal. Él jugó un papel muy prominente en
la definición de los nuevos esquemas de apoyo al campo. Yo participé en muchas reuniones
para garantizar la congruencia con todos los tratados internacionales,
principalmente el TLCAN y la OMC. No éramos amigos, pero nos conocíamos bien;
le agradecí la confianza y me volqué de lleno a mi nuevo puesto. Tuve que pasar
rápidamente del conocimiento de las cifras del comercio exterior al
conocimiento de las cifras de la producción y los mercados agropecuarios.
Tres domingos después de la fecha de mi nombramiento estaba,
como de costumbre, escuchando el noticiero vespertino en mi casa de Cuajimalpa,
después de haber ido a un club deportivo que me quedaba cerca donde estuviera
nadando un rato, como recomendación de mi médico fisioterapeuta. «Renuncia
Arturo Warman a la Secretaría de Agricultura», escuché decir. Di un brinco.
Otra renuncia… ¡No puede ser! Ni siquiera había conocido al doctor Warman.
«Llega Francisco Labastida, exgobernador de Sinaloa…». No lo podía creer.
Al día siguiente, lunes, fui a ver a mi tocayo. «Creo que
vamos a seguir», me dijo. Estaba pensativo, también algo desconcertado. El
primero que tendría que negociar su situación con Labastida era él; ya después
me tocaría a mí. El panorama no se veía muy halagador, pues el nuevo secretario
pronto hizo algunos pronunciamientos críticos en torno al Tratado de Libre
Comercio y a la política de subsidios del gobierno anterior, que eran las áreas
en que habíamos trabajado mi tocayo y yo. A mi tocayo le encomendaron varios
asuntos importantes de la coyuntura, como la comercialización de la cosecha de
trigo del noroeste de ese año. Las aguas parecían calmarse. Un día mi tocayo me
pidió que fuera en su representación al Consejo de la Conasupo, que era la
entidad encargada de operar los precios de garantía del maíz y el frijol, los
productos más importantes de nuestra dieta nacional . Presidió la reunión el
ciudadano secretario, Francisco Labastida Ochoa. Me presenté con él y le dije
con quién trabajaba. «Me da gusto que no haya venido el licenciado», soltó.
Algo desconcertado, le reviré: «Así es, licenciado, porque se quedó arreglando
la comercialización del trigo». «No lo digo por eso —dijo jocoso—, lo digo
porque me dio gusto que no haya venido». Se rio e inició la sesión. Nunca le
conté ese incidente a mi tocayo.
—¡Zas! Directo y a la cara.
Después supe que las diferencias entre ellos eran serias. Mi
tocayo recibía, o interpretaba, la línea que dictaba nuestro jefe anterior, a
la sazón jefe de la Oficina de la Presidencia y virtual jefe de gabinete. La
política agropecuaria tendría que seguir siendo «liberal», utilizando
instrumentos de apoyo a la agricultura como los que él había diseñado. La
concepción de Labastida era distinta; su énfasis estaba en la promoción de la
producción y en la búsqueda de la autosuficiencia. Es inútil entrar a ese debate
ahora; ambos enfoques tuvieron su razón de ser y su momento. La realidad es que
hubo un choque de trenes. Labastida pidió la remoción de mi tocayo; el
presidente Zedillo se la negó. No nos corrieron, pero la situación no era la
más cómoda, por decir lo menos. Sobrevivimos como náufragos en alta mar, pero
sobrevivimos.
A Citlali pareció haberle dado gusto poder hilvanar un
segundo símil pugilístico:
—Los salvó el réferi. Les
aplicó la cuenta de protección.
Luego quedó pensativa; dio unas vueltas por el salón
mientras comentaba:
—¡A veces hay que estar
tragando sapos! —dijo—. Supongo que en todos los trabajos pasa… En ocasiones la
señora del salón viene de malas y se quiere desquitar conmigo: que si no
desconecté la secadora, cualquier cosa. Pero yo no me dejo… Aunque a veces le
digo que no volveré, y vuelvo. El dinero siempre hace falta para comprar
cositas…
—A veces en el sacrificio está la recompensa. Cuando me
designaron director general, a un buen amigo mío, más joven, lo nombraron con
el mismo rango. Dentro del equipo que formó había varias chicas egresadas de
buenas universidades, con muchas ganas de trabajar, y algunas de ellas muy
guapas. En algún seminario que organizamos en Cuernavaca vi a una de ellas en
la alberca: una morena con una sonrisa encantadora y un cuerpo perfectamente
moldeado en su biquini. Me acerqué, la conocí y la invité a salir; al poco
tiempo fuimos a mi casa de Cuajimalpa y, de ahí en adelante, fueron dos o tres
meses espectaculares. La veía cada fin de semana; vinimos un par de veces a
Valle de Bravo y una vez a la playa, a Ixtapa-Zihuatanejo. Todo marchó muy bien
hasta que terminó. Se fastidió, creo, de las limitaciones que me imponía la
distonía, como el esfuerzo que tenía que hacer para aguantar una cena en un
restaurante, así como los breves paseos que podía hacer a pie, aun cuando en
esa época todavía estaba plenamente funcional; casi una nada comparado con lo
que vino después. Y también reapareció el exnovio. ¡Cómo recuerdo aquellas
noches tan gratas frente al calentador de gas —el frío en invierno era
terrible—! Los dos en plenitud…
—Ya capto la idea —interrumpió
Citlali—. Una variante un poco más normal de “La casa de las bellas
durmientes”.
Noche 37. Trucos Sensoriales
—¿De qué vamos a hablar hoy?,
quiso saber Citlali. —Me cambia mucho de tema. Ya me programé para ver el canal
cultural, los documentales de animales, Clío
TV …pero si pone páginas porno le prometo que si le quito el control.
Los masajes y las terapias de calor no me estaban dando
resultado para corregir los tirones del cuello que me tenían agobiado. Por esas
fechas me llevaba un almuerzo a la oficina en unos recipientes de plástico y
comía acostado en un sillón que había en una salita de descanso adyacente a mi
despacho. Si trataba de comer sentado se me iba la cabeza hacia un lado; alguna
vez cruzó por mi mente que me moriría de inanición. El traslado de la casa a la
oficina también lo hacía acostado en el asiento de atrás; nunca imaginé que el
día que habría de tener carro y chofer lo utilizaría de esa manera. Ya llevaba
seis meses desde los primeros tirones.
Noté que, si me llevaba el café o un vaso de agua a los
labios, los tirones se espantaban y me permitían caminar más o menos
adecuadamente. De otra forma caminaba con una tensión horrible en los hombros y
brazos, y tenía que detenerme cada pocos metros para apoyar la cabeza contra
una pared o un poste: lo que fuera. En mi última sesión con mi amigo, el doctor
fisioterapeuta, me dijo:
—Viendo todo tu caso, lo que tienes es una distonía. No te
preocupes, ve a ver a este neurólogo.
Y me recomendó a uno. Lo fui a ver y me señaló que se
trataba de una falla en la comunicación entre el cerebro y los músculos. Por
alguna causa ese circuito deja de funcionar adecuadamente y se contamina por
otros impulsos. Los ganglios basales generan mal las señales que van al músculo
esternocleidomastoideo. Su diagnóstico: distonía idiopática cervical.
Citlali no perdía detalle del relato, asintiendo con
gravedad.
—Idiopática porque no se sabe
la causa; cervical porque es el cuello —comentó—. Aunque con las nuevas
investigaciones, muchas enfermedades han dejado de ser idiopáticas…
Me recetó unas pastillas que deberían hacerme efecto en tres
o cuatro semanas. «A veces funciona esta sustancia, a veces otra; es cosa de
estar probando», me advirtió. Salí de su consultorio desconsolado. Sonaba a un
diagnóstico grave, a pesar de que el doctor se mostró optimista. Al llegar a mi
oficina me senté frente a mi escritorio, enorme. Por mi mente pasó una imagen
de mi supuesta boda, hincado frente a un altar. Una boda que a partir de ese
momento dejé de imaginar. Solté algunas lágrimas; fue uno de los momentos más
tristes de mi vida.
—Las ilusiones rotas son las que más duelen, y tienes que
lidiar con ellas completamente solo —le confié a Citlali.
Como pude, seguí adelante. Al igual que en mis estudios en
Warwick, rendirme no era opción. Venían conmigo dos colaboradores excelentes
con los que ya había trabajado: él del ITAM, ella de la Anáhuac. Nunca platiqué
con ellos de mi drama personal, pero se solidarizaron en todo lo que se podía. Fui
contratando a un grupo de jóvenes, chicos y chicas egresados de universidades
privadas, con buena preparación y una excelente actitud hacia el trabajo. Cada
uno de ellos se fue especializando en algún tema. A medida que mi torpeza
física aumentó, así como mis dificultades para hablar, este grupo de colaboradores
se volvió mi salvavidas. A cada junta a la que tenía que asistir me llevaba a
alguno de ellos para que me ayudara a dar las explicaciones que tanto trabajo
me costaba articular. No solo sobreviví, sino que mi grupo fue adquiriendo
mucho prestigio dentro de la Secretaría. No era infrecuente que llamaran
directamente a alguno de ellos de otras áreas. Mi tocayo, el subsecretario,
también recurrió bastante a mis colaboradores, pero en los temas más álgidos se
requería necesariamente mi presencia.
El truco del vaso de agua o de café en los labios me ayudaba
a hablar. En el lenguaje del neurólogo se trataba de «trucos sensoriales» que
engañaban a la mente y evitaban las contracciones involuntarias. Con el tiempo
tomé la costumbre de llenar dos botellas de agua y echarlas en mi portafolio.
En trayectos largos de caminata —es decir, de una cuadra o más— el contenido
del vaso se perdía y había que reponerlo; se trataba de mis «tanques
estabilizadores». Ahora que reconstruyo estas escenas, debe haber resultado muy
extraño para mis interlocutores. Fueron seis años así y, salvo los últimos seis
meses en los que viví un clima de inestabilidad, nunca percibí rechazo ni
lástima. Colaboradores, jefes y colegas actuaban como si mi problema no
existiese, al menos en mi presencia.
En momentos de tensión extrema, como ante la presencia del
secretario Labastida o altos funcionarios de la Secretaría de Comercio, la
distonía cedía. Incluso desaparecía por momentos. Me costaba un trabajo enorme
llegar hasta la oficina de alguno de ellos, pero pronto supe que al trasponer
el umbral de sus despachos la distonía amainaría. Y en muchas ocasiones así
fue. Inclusive no dejé de dar pláticas en público, ayudado por una mezcla de
esa tensión extrema y el truco del vaso de agua o del café. A veces terminaba
empapado.
—Mire, ahí tiene la prueba de
que las enfermedades no son tan idiopáticas como parecen —observó Citlali—.
Cada estado de ánimo altera la bioquímica cerebral.
—En alguna ocasión salió el tema de mi cuello con el
secretario Labastida: «Mientras lo que no tenga torcida sea la conducta…», me
dijo. Vi a varios neurólogos por aquellas fechas. Los primeros se limitaron a
probar con distintos fármacos y distintas dosis. Hubo uno que prefirió utilizar
el enfoque del «coctel»: me recetaba diez pastillas al mismo tiempo, a ver si
una de ellas, o varias en su conjunto, lograban el efecto deseado. Nunca se
logró, pero lo que noté es que esos fármacos comenzaron a interferir con mi
mente. Cuando me percaté de eso los deseché y solo me quedé con un
tranquilizante, y procuré ir reduciendo la dosis gradualmente. Ya me estaban
dando dosis de caballo. En un viaje que hice a Puerto Ángel llegué a la playa
por la mañana, me tendí en un camastro y me desperté en plena oscuridad, cuando
la marea alta me salpicó la cara.
Meses después me llegó la información de los tratamientos
con toxina botulínica. La intenté tres veces con diferentes doctores: una en la
Ciudad de México, otra en el Beth Israel en Nueva York y una tercera en Miami,
asistida con electromiografía. La idea era inyectar las terminales nerviosas en
el cuello, lo que fungiría como un neurobloqueador. No funcionó.
En esas condiciones comenzó mi última gran batalla dentro de
la administración pública federal. El secretario Labastida se había ido a
Gobernación y después se convertiría en candidato presidencial. Su lugar lo
ocupó su segundo a bordo, el ingeniero Arroyo, quien era un funcionario con
mucha experiencia, con una actitud siempre tranquila y calmada, pero incisivo
en sus preguntas. Juzgó bien las fortalezas de mi tocayo y nos permitió seguir.
Noche 38. Mi Ultima Batalla, TLCUEM
—La última charla me habló de
esa distonía que padece, y créame que me duele mucho. Pero admiro que no se
haya rendido, y que aún ahora, me comparta sus historias, con la cabeza apoyada
en ese reposet.
—Ya que lo dices. En una ocasión en Guadalajara, pedí una
silla alta para poder dar mi conferencia, en el salón de un hotel. Cuando
entré, estaba el presídium con puras sillas de respaldo bajo. El organizador,
muy apenado, salió corriendo y a los pocos minutos llegó con un burro de
planchar. Lo ató a la silla, lo cubrió con un mantel, y se dirigió al pódium a
presentarme ante el público y anunciar el título de mi intervención.
—Mire, y luego no quiere que
me ría. Pero como dicen, serena morena, ¿hoy que vamos a sintonizar? ¡Mientras
no me ponga el canal del congreso!
—¿Te apetece una serie poder, intrigas y amor?
Hacia la segunda mitad del sexenio del presidente Zedillo se
anunció la voluntad de su gobierno de celebrar un Tratado de Libre Comercio con
la Unión Europea. Ya se habían negociado otros acuerdos similares con países
latinoamericanos después del TLCAN —en los cuales participé poco, salvo en el
de Chile, pues mandaba a mis colaboradores—, pero la magnitud del acuerdo con
Europa era de otra dimensión. No solo por su tamaño, sino por la complejidad de
su política agropecuaria.
Tenían todo tipo de mecanismos de intervención en los
mercados: aranceles, subsidios, cuotas de producción, compras públicas de
intervención, normas de calidad y registros de importadores, entre otras. Todas estas medidas se enmarcaban en la
llamada «Política Agrícola Común».
Fue difícil acomodar al sector agropecuario en estas
negociaciones. Ellos tenían un gran potencial de exportación en productos tales
como la leche en polvo, los quesos y otros lácteos, y ciertos embutidos como el
jamón serrano, entre otros; pero casi todos sus bienes se beneficiaban de algún
esquema de subsidios. México tenía potencial en varios productos perecederos
pero el sector privado tenía la sensación de que con la apertura del mercado
norteamericano había más que suficiente. En un balance, México no podía abrir
en los productos que a ellos les interesaban por los subsidios que generarían
competencia desleal, y los europeos veían muchos problemas en abrir sus
mercados por la incompatibilidad con su política interna y la erosión de las
preferencias a sus países amigos.
—Es como querer cruzar una vaca con un elefante —dijo el
ingeniero Arroyo una vez que le explicamos el tema.
—Me lo imagino perfecto —dijo
Citlali, risueña—. Orejón, con trompa, manchas negras y blancas y unas ubres de
aquellas… Pero quién sabe si daría leche… —y soltó la carcajada.
Al igual que en el TLCAN, procedimos a una ronda de
consultas con el sector privado mexicano. Analizamos a conciencia la situación
de todos los productos. Si partíamos del principio de la competencia justa, la
implicación era dejar fuera a prácticamente la totalidad del sector
agropecuario nacional. Un día de esos me llamó mi tocayo a su oficina:
—En la Secretaría de Comercio están muy enojados contigo.
Dicen que estás descarrilando el Tratado con Europa, diciéndoles a todos los
sectores que los puedes excluir. Bajo las reglas internacionales no se puede
excluir un sector de actividad completo de un tratado de libre comercio.
El malestar de la Secretaría de Comercio se lo habían
manifestado directamente al ingeniero Arroyo. Asistí al día siguiente a una
reunión con los funcionarios de alto rango de Comercio.
—Yo no inventé el tema de los subsidios —les dije con toda
convicción—. Todos lo saben desde hace tiempo. De eso se trató la Ronda del
GATT de la que estuvimos hablando todos estos años.
—De acuerdo —me dijeron—, pero no los puedes excluir. A ver
qué pueden hacer.
Salí feliz. La Secretaría de Comercio había entendido por
fin la situación. Me habían hecho antes el favor de comunicarle a mi secretario
que yo estaba de guerrillero en la defensa del sector. «En estas condiciones,
es absolutamente impensable que me corran», pensé. Me sentí fortalecido como
nunca en ese sexenio. A pesar de mis problemas con la distonía, me dispuse a
disfrutar el proceso de negociación que teníamos por delante.
Al paso de los días y las reuniones fuimos armando una lista
de peticiones y una lista de concesiones de lo que podríamos ofrecer. Partimos
de la base del comercio que ya existía y qué formas podría haber para
expandirlo. Si antes ya importábamos quesos, mantequillas o vinos, lo
seguiríamos haciendo, independientemente del tema de los subsidios. En muchos
productos la Unión Europea buscaba acceso a bienes de alto valor agregado, como
los quesos o los vinos con denominaciones de origen; o el aceite de oliva, que
es el rey de los aceites vegetales por su calidad y pureza; o los chocolates
suizos o belgas, que tienen fama mundial; o el foie gras francés, que
técnicamente es un hígado de ganso hipertrofiado artificialmente por exceso de
alimentación.
—Ahora es usted el que está
hablando de sus antojitos —interrumpió Citlali.
—Mañana traigo unas baguettes y las rellenamos con
jamón serrano, queso brie y unos pepinillos.
—Lo probamos. Pero a mí
generalmente no me gustan esas comidas raras.
Se pudo armar un paquete a través de la creación de líneas
arancelarias nuevas para este tipo de productos, del establecimiento de reglas
de origen que permitieran el comercio de alto valor sin temor a
triangulaciones, así como de cuotas de importación con aranceles bajos o
mínimos. Los europeos adoptaron un enfoque similar, aunque ellos recurrieron
mucho más al otorgamiento de cuotas con arancel cero para los productos
provenientes de México. En los productos
provenientes de la Unión Europea sujetos a subsidio, principalmente leche en
polvo, propusimos asignarles el monto de importación histórico y nos reservamos
el derecho de asignar esa cuota a través de subasta para el sector privado. Los
líderes del sector agropecuario de ambas partes quedaron muy satisfechos con
este enfoque pragmático. La cruza entre la vaca y el elefante a la que se
refirió el ingeniero Arroyo cobraba vida.
—Bueno, ¿y les dieron el
plátano? —preguntó Citlali, con una sonrisa pícara, tratando de provocar.
—Ya te aprendiste los chistes de los negociadores; nada más
te falta todo lo demás. Lo que sí nos dieron fueron algas. — Me parece que ese
albur no lo captó.
Las reuniones de negociación con la Unión Europea se
celebraron algunas en México y otras, la mayoría, en Bruselas. El negociador
europeo de la agricultura era un holandés de edad madura, pero que quería
conocer a todo detalle las particularidades de nuestra industria. Más que una
toma y daca, nuestras reuniones eran sesiones largas de preguntas y respuestas,
y a mí me tocaba darlas. Había que explicar que nuestra miel era poli floral y
no mono floral como la alemana; que nuestro jugo de naranja tenía determinados
grados Brix; que no lo exportábamos en buques cisterna como los
brasileños pues nuestra escala de producción no daba para tanto; que las flores
que queríamos exportar no eran bulbos, sino rosas, e infinidad de cuestiones
por el estilo. Al cierre de las negociaciones estaban acotados los problemas a
un grupo pequeño de productos. No fui a
la reunión de cierre: fue mi tocayo y el secretario de Comercio, y lograron
números que dejaron al sector privado bastante satisfecho.
La delegación mexicana tuvo un acuerdo de tarifas
preferenciales para el hospedaje con el hotel Conrad de Bruselas, uno de los
más elegantes de la ciudad. Mi consulta reciente en internet me señala que se
distinguía por tener las habitaciones más espaciosas de la ciudad y un diseño
que recuperaba la elegancia del siglo XIX; era el epítome de la sofisticación
europea de finales de los noventa. Con su fachada de palacio neoclásico y ese
aire de exclusividad absoluta, era el lugar donde la diplomacia se sentía en
casa, con su vestíbulo de mármol y lámparas de cristal. Recuerdo bien la
amplitud de las habitaciones del Conrad. Una noche, después de una larga sesión
con los europeos en la que me tocó prodigarme en explicaciones, llegué llegué
verdaderamente exhausto a mi habitación. Abrí la puerta y me quedé tirado en el
piso por un largo rato. Todo mi cuerpo estaba rígido, apenas me podía mover.
Influyó el largo rato en que tuve que hablar, apoyando el cachete contra la
mano y el codo contra la mesa; tal vez abusé del truco del café o del vaso de
agua. Por aquellas fechas caminaba con la ayuda de un bastón; utilizaba uno muy
rústico de madera. Lo singular es que no lo apoyaba en el piso: apoyaba la
barbilla contra el mango, sujetaba el palo con fuerza con ambas manos contra el
pecho y así lograba caminar sin que me desequilibraran los movimientos del
cuello.
En esas condiciones, mis desplazamientos a pie me parecían
eternos: los largos pasillos del edificio Carlomagno, sede de la Unión Europea;
las caminatas del elevador al estacionamiento; el cruce del vestíbulo del hotel
Conrad y el pasillo hasta llegar a mi habitación. Ese día me moví a gatas desde
la puerta de la habitación hasta la cama. Por la mañana mis síntomas se habían
calmado y así proseguí hasta el final de esa negociación.
—Está impresionante lo que
vivió —dijo Citlali, conmovida—. Nunca se me hubiera ocurrido que tener una
habitación enorme pudiera ser un problema… He visto mucha gente con problemas
que pasa frente a la estética. No sé cómo hacen, pero ahí van con sus muletas
por el empedrado, y otros tratando de sacar de un bache su silla de ruedas.
Pero siempre hay alguien que se acomide, que quiere ayudar. Aquí parece que lo
dejaron solo… ¿Nadie le dijo «ya párele, su salud es lo primero»? ¿Nadie le
dijo «venga, mejor apóyese en mí»? Ni los europeos, ni los mexicanos, ¡nadie! —preguntó
entre enojada y sorprendida.
Me quedé pensativo, hice memoria y, al cabo de un tiempo, le
dije:
—Nadie.
Su reflexión me hizo revisar el silencio de mis jefes, que
siempre consideré una deferencia hacia mí y un reconocimiento a mi capacidad.
Pero ¿por qué nadie me ofreció un buen contacto, ya fuera en el ISSSTE o en el
IMSS, o alguna recomendación de sus médicos privados? Citlali me hizo repensar
esa parte del pasado, pero a estas alturas de la vida ya no había nada que se
pudiera hacer.
—Me contó un día que tenía
unos colaboradores jóvenes, un chico y una muchacha, que lo apoyaban mucho,
según. ¿Ellos qué? ¿Tampoco le ayudaron con ese problemón que traía encima?
—Te vas a sorprender de mi respuesta, pero la respuesta es
que sí, a su manera. Me hubiera molestado con ellos si me hubiesen dicho algo.
Nunca quise reconocer que estaba parcialmente lisiado y jamás había utilizado
esa palabra hasta hoy que platico contigo. Alguna vez, en Bruselas, un guardia
me quiso impedir la entrada a un restaurante con mi vaso de agua; la chica le
echó unos ojos de fusil, de esos que solo las mujeres saben hacer, y me dejaron
pasar. «Te reservé un cuarto cerca del elevador», me decía, como en plática
casual. Además, cuando yo ya no podía hablar más, ella tomaba el micrófono y
terminaba lo que yo estuviera diciendo. El chico es el que se quedaba en
México. Fue el que hizo todo el trabajo que a mí me hubiera tocado hacer —un
trabajo también muy pesado, complicado, sobre la comercialización del frijol— y
siempre fue leal conmigo, hasta el final, cuando encontró su propio camino a
finales del sexenio de Zedillo…
—¡Qué gran trabajo en equipo!
Yo quiero saber más de esa chica, la que iba con usted a las negociaciones…
—Uno de los fallos más humanos es pensar que el mundo gira
alrededor de nosotros. Una chica joven se puede enamorar, ¿cierto?, sin
descuidar su trabajo. El jefe de uno también se puede dar una segunda
oportunidad si en el primer matrimonio no le fue bien, ¿cierto? Y aunque
parezca telenovela, ese jefe y esa chica se pueden enamorar, ¿cierto?
—¿Qué dice? —Citlali abrió
los ojos como platos—. No me diga que esa chica y su jefe fueron novios…
—Sí, y terminaron casándose en una boda superelegante en
Acapulco.
—Ya nada más cuénteme, para
completar el chisme: ¿usted cuándo se enteró de ese amor? —Por el tono de
su voz, me pareció que la historia que de verdad le interesaba conocer era esa.
—Unos meses después. Cuando ya todo había terminado.
Noche 39. Cuba
—¿Por qué
nunca me pregunta nada de mi vida? —quiso saber Citlali apenas entró.
—Será por mi egocentrismo —contesté
sin mucho dudar.
—Sigamos con
su vida, entonces —dijo ella, resignada.
Al final de la negociación con la
Unión Europea me dediqué a recopilar en un libro que publicó el IICA (Instituto
Interamericano de Cooperación para la Agricultura) los temas de política
pública que trabajamos durante el sexenio de Zedillo, por si alguien lo quiere
consultar.[9]
El trabajo era mucho menos presionante que antes. Un día, un joven ingeniero
que trabajaba con nosotros, quien daba mantenimiento y reparaba nuestras
computadoras y redes, me fue a ver a la pequeña sala de descanso que se había
convertido en mi oficina.
—Mira, jefe, disculpa el
atrevimiento, pero me llegó este folleto informativo de un centro en Cuba que
se especializa en los trastornos del movimiento. El próximo viernes vienen los
médicos de allá a dar unas conferencias. A lo mejor te interesa ir.
Entré a la Embajada de Cuba en
México, ubicada en la avenida Presidente Masaryk. Es un edificio moderno con
una explanada amplia al frente, con algunas fuentes o espejos de agua. Crucé el
área de recepción hacia el salón de conferencias, y el efecto visual fue
impresionante: dos retratos monumentales acaparaban toda la atención, uno de
Fidel Castro y el otro del Che Guevara. Era una señal clarísima de que entraba
uno a un mundo desconocido: el llamado campo socialista. Hablaron algunos
neurólogos y no dijeron mucho más de lo que ya sabía; pusieron algún énfasis en
que sus tratamientos eran multifactoriales, incluyendo farmacología, terapia
física, relajación y algunas técnicas experimentales como la acupuntura.
Algunos directivos del Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN)
hablaron generalidades sobre la institución. Colocaron algún instrumental
quirúrgico en el podio, lo cual no me impresionó e incluso me pareció fuera de
lugar.
No me generaron grandes
expectativas sus charlas y, al final, pidieron a algunos pacientes que se
habían tratado en ese centro que narraran su experiencia. No fueron elegidos al
azar, y todos relataron una vivencia positiva. Un muchacho joven, en silla de
ruedas, habló de su accidente y del tratamiento que recibió en Cuba en términos
que no recuerdo; concluyó diciendo que la estancia allá le había resultado
placentera por los motivos tales y cuales, y remató:
—Gracias a Cuba, hasta novia tengo.
Yo había estado en la isla en mi
época universitaria y sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo. Mi
madre me acompañó a esa charla y ella se quedó con una buena impresión, o eso
me dijo, pues siempre fue un pilar en esta lucha y siempre trató de encontrar
alternativas que nos devolvieran el optimismo. Mi impresión fue que tal vez
convendría explorar lo que hacían los cubanos, sin estar muy convencido. El
comentario final del joven de la silla de ruedas y mi viaje anterior terminaron
por convencerme. Yo venía de una batalla diaria por sobrevivir a la jornada
laboral y a las exigencias de mi puesto, y no hubo prácticamente ningún espacio
para socializar y mucho menos para encontrar pareja. Mi desfogue eran las
visitas ocasionales a algún table dance o un establecimiento de giro
parecido que, por cierto, por mis posturas, podía disfrutar cada vez menos. Al
poco tiempo partimos a Cuba, mi madre y yo.
—Dice que lo
acompañó su madre a esa charla —me interrumpió Citlali—. Hasta ahora la
menciona por primera vez desde que se enfermó. ¿Ella qué le decía? ¿Cómo le
ayudó?
—Tienes razón. Es una omisión
imperdonable. Desde niño mi madre me decía que yo era un egoísta, y puede ser
que haya tenido razón. Unas pocas semanas después de que aparecieran los
tirones, ella lo notó. Con ella tuve mis primeras pláticas sobre la distonía;
con ella decidíamos a qué neurólogos ver y qué tratamientos seguir; con ella
descargaba mi frustración cuando los tratamientos no daban resultados. Un día,
muy al principio de toda esta historia, me dijo: «Súbete al estudio, ahí ya
tendí tu cama». Me costó trabajo decidirme a dejar la casa de Cuajimalpa; una
vez que uno sale de la casa de los padres es difícil volver a ella. Varias
semanas me quedé en ese sofá cama que me había preparado al ras del suelo; viví
como en campamento, hasta que una noche me trepé a la cama que había al lado y,
desde entonces, volví a vivir en casa de ella. La de Cuajimalpa nunca la quité,
pues siempre viví con la esperanza de que regresaría.
—¡Qué triste!
Haber hecho esa casa con tanta ilusión para después dejarla vacía —dijo
Citlali.
—También se quedó estacionado ahí
el carro deportivo gris durante muchos años. De vez en cuando iba a echarlo a
andar…
—Se me figura
como una película de la explosión nuclear de Chernóbil, o las del ébola, donde
de pronto la vida se detiene y todo queda abandonado.
—A veces iba a visitar mi casa. Me
pasaba el día completo leyendo y trabajando en el jardín. A falta de una
pareja, la mejor compañía que he tenido en la vida son mis espacios:
Cuajimalpa, el departamento en la colonia Juárez, la biblioteca de este cerro
en la que estamos… Partimos a Cuba, mi madre y yo. Me internaron en el CIREN,
en el pabellón de los trastornos involuntarios del movimiento, donde se
alojaban mayoritariamente los parkinsonianos y, rara vez, algún distónico como
yo, que éramos mucho menos frecuentes. El pabellón correspondía a lo que en
otras épocas había sido una calle residencial: había unas plumas de acceso en
cada uno de los extremos y los pacientes nos alojábamos en las llamadas
«villas», que fueron en su momento casas-habitación.
Los cuartos eran amplios, con un
mobiliario sencillo. Había una sala para la convivencia de los pacientes y un
comedor en el que compartían los alimentos enfermos y acompañantes. Es decir,
lo que fue una casa familiar, con la misma distribución y usos diferentes,
producto del cambio revolucionario. Todo era un poco extraño. Los nombres de
las enfermeras, por ejemplo: muchos comenzaban con ye, como Yania, Yamaris o
Yurisleidis; otros tenían su origen en novelas o en la Biblia, pero todos eran
únicos y creo que irrepetibles. El primer amanecer entró a despertarme una de
ellas:
—Apúrate, te tienes que alistar, ya
viene el pase de visita.
«Enfermera igualada», pensé, pero
pronto me acostumbré a que en Cuba todos son «tú» y nadie es «usted». En eso
entró un grupo de unas ocho personas encabezado por un señor de edad mediana,
pantalón vaquero, camisa a cuadros y una bata no muy blanca.
—Es un paciente mexicano de
cuarenta años con distonía cervical, usa unos trucos sensoriales para
controlarla, toma tales fármacos… —los demás asintieron, alguno preguntó algo y
se retiraron.
—Eso que dijeron ya lo sabía —le
dije a la enfermera, algo molesto.
—Sí, pero los demás no.
Luego me explicaron que así
funcionaba el pase de visita, que incluía a estudiantes y varios neurólogos del
centro, que pasaban a vernos como «estudios de caso». Al menos fue lo que
entendí. «Es la escuela francesa de medicina», me aclaró alguien.
—No me
gustaría tenerlo nunca de paciente —dijo Citlali—. Las enfermeras
también se cansan. Hay turnos que duran toda la noche y agréguele tener que
soportar a un paciente malhumorado, gruñón o a uno que se quiera hacer el
gracioso.
—Pues a mí sí me gustaría que
fueras mi enfermera, para decirte por las mañanas que me cuidó una estrella.
—¡Ya vio! Ni
siquiera son originales —reviró, haciéndose la enojada.
—Está bien, Citlali, con que me
sigas rapando y me retires «las nieves del tiempo… que blanquearon mi sien».
—Oiga —gritó
emocionada—, eso sí estuvo mejor… «sentir, que es un soplo la vida, que
veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca
y te nombra…» —y se siguió tarareando el tango de Gardel.
Días después, cuando pasó un
neurólogo a verme, me hizo las preguntas típicas de las que ya estaba harto, me
aumentó la dosis de un fármaco que ya tomaba y me explicó sus teorías sobre la
plasticidad cerebral y los programas motrices, que serían correctas, pero no
veía yo cómo me podían ayudar. Me canalizaron con un fisioterapeuta, un negrito
bastante simpático que me ponía a hacer lagartijas acostado en el césped,
abdominales y otros ejercicios.
—¿Para qué me van a servir? —le
pregunté.
—Para fortalecer el tronco y que el
cuello no cargue con todo el peso, mi socio.
Me mandaron con la podóloga:
—¿Y eso?
—Para que cuando camine no vaya a
tener molestias.
—Perfecto, ¿y cuándo me pondrán a
caminar?
—Tranquilo, que eso después, con
otro especialista.
Me mandaron a que me pusieran
agujas en su centro de acupuntura para que me relajara. Me mandaron con la
psicóloga, quien me detectó síntomas de ansiedad, depresión y déficit de
atención.
—Vaya sorpresa —le dije.
—Sí, pero es importante saberlo con
precisión.
Me programaron unas resonancias
magnéticas; una vez se canceló porque el equipo estaba «roto», pero
curiosamente al día siguiente sí funcionó. La primera semana de tratamiento
pintaba para un desastre absoluto. Y lo que más me molestaba: cada vez que llegaba
un nuevo especialista, me ponían a caminar con mi vaso de agua para que
pudieran ver cómo funcionaba el truco sensorial.
—¡Ahora sin el vaso de agua!
«Como si fuera tan fácil», pensaba.
Los domingos no había actividad en la clínica. Fuimos con mi madre al centro de
La Habana a pasear. Iba con todas mis dificultades para caminar, pero era
necesario salir del CIREN a cambiar de aires.
—Esto del CIREN es una tomadura de
pelo —le dije—, regresémonos a México.
Mi madre me comprendió, pero me
pidió hacer el esfuerzo de quedarme una semana más. A regañadientes acepté.
Así eran mis días: fisioterapia dos
veces al día, por la tarde sesiones de relajación con la psicóloga y, algunas
veces, el tratamiento con el ozono; más las pastillas que me administraba la
enfermera cada mañana. Mi madre siempre tuvo don de gentes y una gran facilidad
para relacionarse: pronto se hizo amiga de las enfermeras, de otros pacientes y
sus acompañantes, y hasta del técnico pantrista —que así se hacía llamar el que
calentaba la cena en el horno de microondas—, así que siempre tenía novedades
para contarme al final de esas largas y aburridísimas jornadas.
Un día, mientras le contestaba a la
psicóloga unas preguntas muy bobas sobre las figuritas que salían en la baraja
que me iba mostrando, entró al consultorio sin avisar un tipo moreno, barrigón
y con una sudadera a rayas. Sacó un llavero y me ordenó que mordiera una de las
llaves.
—¿Este tipo quién es?, pregunté a
la sicóloga.
—Soy defectólogo —intervino él.
—Ah, sí —le dije con sorna—, ¿y
como qué defectos corriges?
—Todos.
Le dije a la psicóloga que le
pidiera a esa persona que se retirara, y seguí contestando las preguntas sobre
las figuritas con evidente mal humor.
—Mal, muy mal
ese tipo y la psicóloga —sentenció Citlali—. No respetaron mínimamente el
protocolo de atención.
—Ya después me enteré de que eran
pareja. Al día siguiente, en el pase de visita, el neurólogo jefe me explicó
que la persona que había entrado era su mejor terapeuta para los trastornos del
movimiento; que era gente de campo y que comprendía mi molestia, pero que le
diera una oportunidad. Ese día comenzó a darme terapias dentro de mi
habitación. Me sentó en la silla, me empujaba los hombros, me torcía el cuello,
me jalaba la espalda… Mis músculos no se dejaban vencer, también jalaban y
empujaban. Al término de la sesión terminó empapado de sudor y comenzó a
explicarme. Mis hombros estaban terriblemente desalineados uno con el otro, uno
mucho más arriba y más adelante que el otro. Así, tan desalineados, no se podía
caminar. «Qué trabajo me dan esos músculos; se resisten a la presión que les
hago. Los tenemos que fatigar primero para después tratar de que retomen su
posición», me decía.
El esfuerzo que hizo el tipo, así
como su explicación, comenzaron a hacerme sentido. Al día siguiente fue lo
mismo, con algunas variantes. Al final me dio una pipa y unos palillos; quería
experimentar con diversos trucos sensoriales, a ver cuál podría funcionar. «¡El
otro día solo llevaba las llaves, caballo!», exclamó. Después de la sesión se
quedaba a conversar con mi madre y conmigo. Nos contó de su familia, de sus
estudios en la Unión Soviética y de la llamada especialidad de «defectología»,
que tal vez era una mala traducción al español, pero resultaba una técnica muy
eficaz para llevar al paciente a utilizar al máximo sus potencialidades. Había
lisiados que no podían comer y lograba que volvieran a tragar alimentos por sí
solos; había otros sin control de esfínteres y lograba que los controlaran
utilizando otros músculos del cuerpo, aprovechando los resquicios de terminales
nerviosas que pudiesen quedar.
En fin, esa defectología me parecía
una ciencia oculta, como el tarot o la astrología, pero hacía sentido. En ese
primer viaje logramos resultados mínimos pero tangibles; aprendí, por ejemplo,
a fumar recostado en el camastro sin que se me moviera la cabeza hacia los
lados, o a estar boca arriba sin moverme, cuando antes los espasmos me
volteaban hacia los costados. Antes de regresar a México nos invitó a su casa.
«Pero vivo con la rusa. No vayan a decir que me vieron con Carlita», nos
advirtió. Se trataba de su niña de cinco años, a quien había tenido durante un affaire
con la psicóloga que me daba las terapias. La rusa se esmeró y preparó una cena
exquisita. Él sacó un acordeón y se puso a cantar; me sirvió ron varias veces y
me invitaba a tomarlo de un solo trago, junto con él. Cada vez que abría una
botella dejaba caer unas gotas al suelo, «para los santos». Intercalaba el
acordeón, los chistes, el trago y alguno que otro reclamo en idioma ruso a su
compañera que no podíamos comprender.
Noche 40. Barra Estabilizadora. Tecnología Cubana
—¿Oiga, y en
Cuba también se hablaba en náhuatl? Citlali parecía gozar de la pregunta, a
sabiendas de que era absurda, y añadió: -Para que se hubiera entretenido
aprendiéndose más palabras.
—¿Creerás que sí? Solo me aprendí
tres. Maíz, hamaca y canoa. Comida, siesta y paseo…le dije con mucha autoridad.
—¿A poco?
—Si. Pero grábatelo bien. Son del
idioma taíno, que es lo que hablaban los habitantes del Caribe antes de que
llegara Colón.
Hacia el final de mi estancia en el
CIREN, llegó un día mi doctor muy excitado, con unas barras de aluminio en la
mano. Dos eran postes laterales, sobre los que se colocaba un travesaño, a
manera de portería. Los instaló en una mesa de madera que jaló del comedor. En
posición de sentado, mi cabeza quedaba a la altura del travesaño de aluminio,
que estaba forrado con un hule espuma. —A ver, apoya la cabeza ahí. Lo hice. Sube
y baja los hombros. Despega tu frente ligeramente de la barra. Y ahora toca el
tambor con ambas manos. Estaba maravillado. Con mi frente apoyada en la barra,
podía hacer una cantidad de movimientos que antes me estaban vedados. A partir
de ese momento dejé de comer acostado. Me senté frente a mi escritorio
improvisado a garabatear cualquier cosa. Otro día me llevó un pirógrafo para
que ejercitara mis habilidades prácticas. Después de un rato me cansaba la
barra, pues la tensión bajaba por la espalda, pero al descansar tirado en la
cama, lo que ansiaba era volver a sentarme en mi barra, a hacer cualquier cosa,
lo que fuera. Fue un día de mucha felicidad. Días después colocó un espejo
frente a mi. Me hizo girar el cuello en varias direcciones, deslizando la
frente sobre la barra. La idea es que el espejo me brindara retroalimentación
sobre los movimientos, para que observara lo que hacía. —¡Ya levantaste el
hombro, coño! Ese hombro no tiene jugada. —¡Para que tuerces la boca! No pongas
el “doble feo”, con uno es más que suficiente. —El hombro para atrás, alineado.
¡No te hagas el mexicano! A veces sus bromas me caían pesadas, pero me
aguantaba. Normalmente, interrumpíamos la sesión después de un rato, y mi madre
le servía un Nescafé con coffee mate que llevó de México, y que a él le
parecía absolutamente delicioso. Retomábamos la sesión, a tratar de hacer los
mismos ejercicios de pie, sin ayuda de la barra, y algo lográbamos, pero poco,
el cuello seguía empeñado en darse de tirones.
No dejé de ir al gimnasio con el
fisioterapeuta Alexis. Era una edificación grande, amplia, equipada con algunos
aparatos tradicionales, pero destacaban varias “paralelas” de madera en la que
muchos pacientes se entrenaban para volver a caminar. Afuera, el jardín era
enorme, con hermosos árboles tropicales, pues perteneció a la mansión de
quienes fueran los dueños de la “Bacardi”, antes del triunfo de la Revolución. Tendíamos
una colchoneta en el césped y hacía los ejercicios que podía; algunos
estiramientos, abdominales, movimientos circulares de manos y pies, entre
otros.
-Por cierto, Citlali, diles en tu
escuela que por favor les enseñen a los fisioterapeutas a hablar bien en
español.
-Y ahora nosotros
¿qué hicimos?
-Hablan como apaches. Subir
hombros…Girar cabeza…Levantar brazo…Doblar rodilla.
-Si será…Las
órdenes deben ser cortas, directas y sonoras. O que quería: Levante por favor
su brazo, si fuera tan amable..
No llegaba a ser un ejercicio
cardiovascular, pero ayudó mucho, no solo a la circulación de la sangre en un
cuerpo que ya casi no se movía, sino también en el estado de ánimo. Me sentaba
bien la respiración agitada después de algún esfuerzo. Son los pequeños logros
diarios que aun cuando no cambian el panorama general, ayudan mucho al paciente
a seguir adelante. En ese jardín, no muy bien cuidado, pero naturalmente
hermoso, también entrenaban a las pacientes con lesiones de columna vertebral.
Recuerdo a una chica joven que le meneaban la cadera de una manera que parecía
grotesca, para estimular algunos nervios que le permitieran mejorar el control
de esfínteres. El terapeuta Alexis me daba las explicaciones, siempre con un
enorme respeto hacia los pacientes. Un día, a la salida, vi a varias chicas
jóvenes, todas ellas en sus sillas de ruedas, esperando a una ambulancia
especial que las llevaría a su respectiva villa. Una de ellas, jovencísima, con
un rostro hermoso, me partió el alma. Lisiada de por vida. Esos contrastes en
el jardín de las fisioterapias se me quedaron muy presentes en la memoria por
muchos meses más. Imposible saber lo que puedan sentir otras personas, pero en
mi caso, fue un recordatorio crudo para no olvidar que uno debe estar
agradecido con la vida. Aunque esté uno en el sótano, siempre hay otros
peldaños hacia abajo.
Algunos casos los comentaba con mi
doctor, durante nuestros recesos. El veía ese tipo de casos a diario, así que comprendía
todo ese dolor. — ¡Ni te imaginas los dramas de las parejas de los
accidentados, caballo! Me tocó darle terapia a un joven recién casado. Fractura
de columna en la primera cervical. Deberías ver la cara de angustia de la
esposa. Me fue contando como ella se fue abriendo, narrándole su tragedia, sus
sueños despedazados… el tono de mi doctor fue cambiando, desde la tristeza y la
compasión al tono jocoso, cuando llegó al punto en que me contó cómo le dio una
terapia a ella…
Una mezcla peligrosa: Tantos conocimientos anatómicos y sicológicos en
manos de ese indómito personaje
tropical.
—Una debe ser
empática con el paciente y sus familiares; es lo que marca el protocolo,
interrumpió Citlali. Pero siempre se debe mantener una distancia para no sufrir
la “fatiga por compasión”. Ahora, lo que hizo su médico… se sale de cualquier
manual.
Volví a México. Mi madre me mandó
hacer tres juegos de barras de aluminio, estas muy bien hechas, con la altura
ajustable para distintas posiciones de cabeza y altura de sillas, y perillas
que se manipulaban en la dirección correcta. La barra que me hicieron en Cuba
se desenroscaba en una dirección de un poste y en una diferente en el otro,
pues el doctor se tuvo que ajustar a lo que encontró en el almacén de CIREN,
donde había una mezcla de piezas de manufacturas soviética y occidental.
-En Cuba para todo nos la tenemos
que ingeniar, me explicó un día mi médico. Con mi barra, mi trabajo se volvió más
fácil. En aquellos años, ya cerca del final del año 2000, aprendí finalmente a
utilizar una computadora y a navegar por internet. Tenía más de cuarenta años
cumplidos. Tan pronto como pude, volví a Cuba, por segunda y última vez al
CIREN. Durante los viajes subsecuentes, a casas particulares.
Mi madre me acompañó de nuevo en
ese segundo viaje. Ya sabíamos lo que nos esperaba, así que todo resultó más
agradable. Ambos teníamos gran confianza en el médico y expectativas de que
pudiera mejorar. La rutina fue similar a la primera visita. Una tarde, entró
intempestivamente el doctor al cuarto, y me preguntó que si tenía una correa.
Solo tenía la de mi pequeña mochila de mano, y se la di. - Ahora necesitamos un
pedazo de “velcro” (cierre de contacto). No sé de dónde sacó uno mi madre. Enganchó
la correa a la una faja tipo cinturón, y la otra punta a una gorra beisbolera. —¡Listo,
caballo! A caminar.
No dábamos crédito mi madre y yo. —Es
la barra móvil, nos gritó, con mucha alegría. Yo apoyaba la cabeza al frente;
la gorra hacía la resistencia con la correa que iba por la espalda, y que
estaba sujetada al cinturón. —Camina al frente, hasta la pared. —De regreso. Di
mil vueltas en esa pequeña habitación. Con ese artefacto casero, podía caminar.
Adiós a los vasos de agua, al bastón donde apoyaba la barbilla… Esa gorra con
correa era mi libertad. La alegría fue indescriptible.
Ese fue el gran quiebre en el
tratamiento de mi distonía. ¡Podía caminar! Aún así, fueron muchas sesiones
dónde me mostraba como tenía que balancear los brazos, no solo por estética,
sino por funcionalidad. — ¡Caminas como tabla, caballo, pareces un ropero que
se mueve! El braceo mueve los hombros e impide que se tensen. La instrucción sonaba fácil, pero nunca logré
ejecutarla bien. Practicamos muchas horas, frente a un espejo que colocaba al
final de un pasillo, para la retroalimentación. Ni así. Pero caminaba y nos
regresamos a México felices, con la tecnología cubana recién adquirida. Ni en
Estados Unidos, ni en Alemania, se les había ocurrido una prótesis tan
funcional. Y ni qué decir del precio…
—Todo este
relato me parece tan increíble… tan fantasioso, pero a veces me parece real. Hay
veces que el hierbero del mercado cura enfermedades que los médicos no pueden.
Y en otros casos, los hueseros curan con una sobada… Pero me quede pensando en
otra cosa, dijo Citlali.
—Le da mucho
mérito a su doctor, que sin duda lo tiene, pero veo que el mérito mayor fue de
su madre. Sin ella Usted se hubiera regresado a México hecho un energúmeno,
después de otro fracaso. Si se quedaron fue por ella. Y siento que fue gracias
a ella que ese doctor le puso tanto interés a su caso. A veces una tacita de
café, o un vasito de atole, abre las puertas y gana las simpatías.
—¡Qué bueno que lo mencionas!. Ese
café que preparaba mi madre pudo haber sido lo mejor que le pudiera haber
pasado a mi doctor a lo largo de todo un día. Todo lo que debió sufrir mi madre…
y en eso noté que se me quebró la voz. —Porque ella ahora ya no está, alcancé a
decir.
—No se ponga así…ella
sí está. Está en cada paso que da. Ella fue su "tanque estabilizador".
Sin ese café y sin su terca esperanza,
usted hoy no estaría aquí contándome esto.
En México conseguí un muchacho que algo sabía
de terapia física pues estuvo un tiempo ayudando a su cuñado que era boxeador.
De los buenos, de Tepito. Con él hacía largas caminatas por la segunda sección
del bosque de Chapultepec, y los fines de semana, nos íbamos a los bosques del
Desierto de los Leones. Llevábamos a los perros de la casa, que gozaban de esas
caminatas más que nosotros, y nos alegraban el día. Me daba algunos consejos
sencillos pero lo principal es que me animaba para mis caminatas y para mis
jornadas diarias de ejercicios en la barra (cuello izquierdo derecha, arriba
abajo, fatigar hombros, todo eso). Me regaló un chaleco con plomo adentro, es
decir con sobrepeso, como con los que entrenaba su pariente el boxeador. Era
para fatigar más los músculos. Al siguiente viaje lo llevé conmigo a Cuba.
Noche 41. Noches Habaneras
—La noche no es una franja de
tiempo vinculado al paso del sol —le dije ese día a Citlali—. En un contexto
como el nuestro, trepados en este cerro, es momento de meditación y
reencuentro; en otro, es bullicio; también es, desde luego, el tiempo de dormir.
—O todo al
mismo tiempo —añadió Citlali, en tono juguetón—. ¡Si yo le contara cómo
estuvo anoche la fiesta de mi prima…! Pero mejor siga con su reflexión.
Por las mañanas hacíamos una larga
caminata, de por lo menos una hora, por las calles de uno de los barrios
populares de La Habana, lejos del turismo. Nos hospedábamos en una casa
particular, donde nos rentaban un cuarto, cerca de la casa de mi doctor. Luego
íbamos a casa de él, a la terapia, en un patio sombreado en la parte posterior.
Por la tarde noche dábamos alguna otra vuelta, y por lo general lográbamos
hacer contacto con algunas chicas. Al principio les invitábamos un refresco o
algún helado, pero ya después nos fuimos dando cuenta de que ellas siempre
querían algo más. No tardamos en descubrir que un gran número de chicas en esos
barrios de La Habana, se dedicaban a lo que se conoce como “jineterismo”;
es decir, entregarse a un extranjero a cambio de cierta cantidad de dinero.
El régimen cubano ya ha sido
juzgado y condenado, digamos que por la historia. ¿Por qué lo hacen esas
chicas? ¿Qué las mueve? Yo no vi hambre. Incluso me pareció que se vestían sencillo,
pero siempre con buen gusto, con cierta coquetería. Mi impresión es que la vida
allá era bastante monótona, con ninguna novedad en la vida diaria. Siempre los
mismos productos en las tiendas, siempre el mismo noticiero con los mismos
temas, siempre la misma telenovela, ninguna expectativa de viajar, ninguna
expectativa de ascenso social por la vía de los estudios o la superación
personal. — ¿Le parece bien, me dijo una vez una doctora, que mi hijo de doce
años, quemando discos de música, gane tres veces más que yo, que tengo
especialidad? — Me podría perder en
disquisiciones sociológicas sin resultado alguno. Digamos que los turistas
éramos una de las principales fuentes de ingresos del régimen cubano, y esas
chicas, sin futuro, decidieron reclamar su parte y correr su aventura. Yo solo
puedo ser narrador de mi propia historia.
Mis últimos tres o cuatro años,
seriamente limitado por la distonía, habían sido de un encierro casi total. Y
mis últimos quince años, habían sido de un ritmo de trabajo vertiginoso,
exigente y brutal. De pronto estoy en el vestíbulo de un hotel en La Habana,
con mi “socio” fisioterapeuta, sin nada que hacer, y pido una ronda de mojitos,
y luego otra, mientras escuchábamos la canción por entonces tan de moda del “comandante
Che Guevara”, y entonces aparecen unas muchachas guapas, y que nos saludan, y que
son agradables, y que son estudiantes, y que nos hacen caso… El tiempo perdido
nunca se recupera, pero al menos se hizo el intento… Ahí en Cuba logré darle al
cuerpo lo que por tantos años le había sido negado. Con el tiempo, fuimos
perfeccionando nuestras rutinas y nuestras metodologías, a la par que seguía
mis tratamientos con el doctor.
Mi gorra no me la quitaba para
nada. Era lo que me permitía mantener erguida la cabeza en posición de
sedestación y bipedestación. Pasé muchas horas, con mi doctor frente al espejo,
tratando de mejorar el control motriz. «No seas ansioso —me decía—. Si sientes
que viene un tirón, haz una pausa, llévate una mano a la barbilla; hay muchos
gestos normales que la gente hace…» Por momentos lo lograba, pero el avance era
mínimo. Entonces fue que le dije: —Mira, ya no me interesa tanto controlar el
cuello. Lo único que me interesa es que me arregles el audio—…
Ese era el gran tema. Con mi gorra
podía yo desplazarme a cualquier lado, así me viera un poco raro con un
cinturón vertical en la espalda. Lo que sucedía, es que al apoyar la cabeza en
la gorra, se contracturaban los músculos de la garganta, y me costaba muchísimo
trabajo articular las palabras. A veces me entendían, a fuerza de repetir y
repetir. A veces tenía que ayudarme con las manos para alzar la mandíbula y
poder hablar. No había mucha alternativa, más que seguir con los mismos
ejercicios frente al espejo, para tratar de restaurar los procesos cerebrales
que la distonía había dañado. Esa era la premisa de trabajo de mi doctor. —Caballo,
le dije un día, un poco en son de broma—, no puedo creer que no puedas arreglar
el audio… —Caballo, soy médico, pero no soy Dios.
Por aquella época, el audio era mi
mayor problema, y lo sigue siendo aún. La gorra con la cinta la dejé de usar
hace algunos años, el audio ha mejorado un tanto, pero para conversaciones
largas tengo que tenderme en algún camastro, sofá, o hamaca.
Estoy de vuelta en La Habana.
Manejo un pequeño vehículo japonés que alquilé por las tres semanas que durará
mi estancia. Tengo un pequeño departamento en una casa con una gran huerta de
bananos al frente. Por las mañanas va mi doctor a la terapia. Por las tardes tomo
el carro y salgo a “ruletear”. Ya conozco los horarios de las salidas de las
universidades y de los tecnológicos. Sé a qué hora no hay nadie en las avenidas
bajo los rayos inclementes del sol. Sé cuáles son los cruceros donde hay más
chicas pidiendo “botella”, o aventón. Sé cómo actúan en grupo, y cómo se
comportan cuando van solas. Casi nunca me falla la hora de la salida de la
Escuela de Gastronomía, sobre la Quinta Avenida. No tengo mucho que hablar. La
chica me dice a dónde va. Yo siempre voy hacia allá, donde iba ella. A veces la
dejo en su destino y me agradece. Vuelvo a lo mío. A veces alguna chica dice
estar aburrida, la invito al departamento, ponemos música, disfruta de los “ipod”
que por aquel entonces no había en Cuba, se relaja en el aire acondicionado,
que es un lujo que pocos tienen, y ya después, me toca relajarme a mí. Siempre
con mi trago de ron al lado. En la casa puedo charlar más, y hacer algunas
bromas. Las chicas no llevan prisa en esas largas tardes habaneras. No importa
que caiga la noche. Yo las llevo de regreso; las dejo a una o dos cuadras de
sus casas, para prevenir a los vecinos chismosos. Después de tres semanas de
este tratamiento, puedo regresar a México, relajado y tal vez hasta dichoso. Esas
andanzas en La Habana como un verdadero regalo de la vida.
—Y qué,
intervino Citlali, ¿nunca se enamoró de ninguna? Tanto va el cántaro al agua,
hasta que se rompe…
—No te lo sé decir. Creo que nunca
he conocido lo que es el amor. Lo conozco por los libros; aparece en casi todas
las novelas que andan por ahí. Por eso aprecio tanto la literatura marginal, y
no sé si la novela de Kawabata corresponda, pero mis sentimientos van más por
ahí…
Citlali me veía desconcertada, como
si le hubiese hablado en japonés.
—¿Cómo
que nunca ha estado enamorado?
—Exageré, —respondí, y le conté una historia. Una noche,
iba con el dueño de la casa donde me hospedaba, en su vehículo Peugeot. Lo
conocían como Mario el Marinero, pues había sido jefe de máquinas de una de las
embarcaciones transatlánticas que cruzaba el Atlántico antes del derrumbe de la
Unión Soviética, por eso tenía el privilegio de poseer un carro. Sus esperanzas
de volverse a embarcar algún día se desvanecían con el tiempo, así que se
dedicó de tiempo completo a manejar su auto que, bien trabajado, era una
pequeña mina de oro. Por las noches iba a cargar petróleo a un depósito oficial
donde se lo vendían por la «izquierda» a un costo reducido. Ahí íbamos, entre
el Hotel Habana Libre y los Helados Coppelia, cuando divisamos a una muchacha
de muy buen ver: de buena estatura, delgada, cabello rubio, con pantalones
negros ajustados, una blusa roja llamativa y una gorra beisbolera que portaba
con la visera hacia atrás. «Soy Dailin, —dijo con una sonrisa, de esas que
enamoran. — Súbete, Dailin, vamos con mi socio a dar un paseo.» La llevé a mi
departamento, en el piso superior de la casa de Mario el Marinero, al que
accedía por una escalera exterior de hierro forjado, tipo navío. La chica era
risueña, de sangre ligera, y la pasé sensacional.
Al día siguiente, subió Mario a
invitarnos a desayunar a su casa. Todos estábamos encantados con Dailin; hablaba
poco pero sonreía mucho. La esposa de Mario el Marinero se me acercó y me dijo:
«Oiga, qué muchacha tan más linda. Le conviene cantidad.» Me sentí orgulloso de
tenerla a mi lado, y contento de la convivencia tan agradable que se había
logrado. Yo tenía un carro de alquiler, así que me fui con Dailin hacia las
Playas del Este. Iba feliz seleccionando canciones del iPod que llevaba,
las cuales escuchábamos a través de unas pequeñas bocinas externas que había
comprado. Alquilamos unos camastros, nos metimos al mar y la tarde se nos fue
volando.
Así transcurrieron varios días y
sus respectivas noches, lo cual fue para mí una experiencia nueva. Nunca había
convivido por tanto tiempo con una mujer, y tan intensamente, sin sentirme
nunca agobiado por su compañía, ni por el sentimiento de tener que atenderla,
ni por la urgencia de estarle platicando cosas para agradarla, ni comprándole
cosas. Fueron dos semanas en que fluimos en el tiempo, los dos juntos.
—Oiga —me
interrumpió Citlali—, si la recogieron así nada más en la avenida, me
imagino que no llevaría ropa para cambiarse, ni traje de baño ni nada…
—Créeme que de esos detalles no me
acuerdo. Tal vez la acerqué a algún lugar donde tendría sus cosas, tal vez le
compré algo en algún bazar o tal vez la esposa de Mario le prestaría algo de
ropa, o alguna de sus hijas, que eran más o menos de la misma edad…
—¿La hija de
su amigo de la edad de ella?
—Pues sí —tuve que reconocer algo
apenado. Por salir de una pregunta ya me había embrollado más.
Tuve que explicarle a Citlali que
en Cuba todo es diferente, y que esa diferencia de edad allá no era para
escandalizar a nadie.
—No me
convence —me replicó—. Pero cuente, ¿qué más pasó?
—Una mañana me dijo Dailin que
tenía que irse para su ciudad, a Holguín, al oriente de la isla. Me tomó con la
guardia baja; le dije que sí, me dio un papelito con su número de teléfono fijo
de allá y se fue, o tal vez la llevó Mario a algún lugar. Por aquellos días ya
me tocaba regresar a México, y regresé feliz a mi oficina a conversar con mis
colaboradores y amigos de mis aventuras y de mi conquista. Pocos meses después
volví a Cuba y tomé un vuelo para Holguín. Me esperaba Dailin en el aeropuerto.
La vi muy delgada; igual de hermosa, pero muy delgada. Quise llevarla a cenar,
a tomar algún helado, pero a nada accedió. «Vamos directo a la posada», me
pidió. Me explicó que no podía salir a la calle, que la podían ver, que la
vigilaban… Nunca supe quiénes ni por qué. Estuvo ansiosa toda la noche. Al día
siguiente nos despedimos y nunca más la volví a ver.
—¿Qué hizo?
Era para que hubiese insistido más, si tan bien la pasó con ella —sentenció
Citlali—.
—Toma en cuenta que yo operaba en
un país desconocido, con un sistema socialista del que todos tenían miedo y
cuyas reglas no estaban escritas en ningún manual. Hoy, al recordarlo, creo que
debí haber hecho algo más. Pero después de esas semanas con Dailin, y ya un
poco más recuperado de mi distonía, me sentía el rey del mundo… Tan solo había
que pasar unos meses en México para recargar las pilas y volver a Cuba.
—Para mí que
entonces sí se enamoró, aunque lo niegue —concluyó ella—. Más triste
aún.
Meneó la cabeza en un gesto de
desaprobación.
Noche 42. Por un Puñado de Plata
—Oiga, me
quedé con una duda el otro día —dijo Citlali después de saludar—.
Durante esos años que viajaba a Cuba, ¿seguía trabajando? ¿Y de dónde sacaba
dinero? Por barato que haya sido todo, no cualquiera se puede dar todos esos
lujos.
—Trabajé unos años más y después me
jubilé, por decirlo de alguna manera…
Terminó el sexenio de Zedillo. Por
primera vez había perdido el PRI la elección presidencial; ganó Vicente Fox y
prometió grandes cambios. Creo que al final no hizo muchos, pero, al menos en
su gabinete, metió a pura gente nueva. Fue curioso. El nuevo secretario, cuando
lo vi la primera vez, me dijo: «Yo a ti ya te conozco». Me desconcertó el
saludo, y de inmediato me aclaró que me había escuchado en una de las muchas
charlas que di para dar a conocer el TLCUEM. Me trató bien, pero la realidad es
que tuve algunas dificultades para acomodarme con los funcionarios de su
equipo: medio me hacían caso y medio me marginaban. Sin embargo, logré mantener
un sueldo más o menos bueno.
El trabajo no era aburrido, pero
tampoco tan movido como lo fueron los anteriores. Puede ser que, inclusive,
hubiese sido el empleo ideal: ya conocía los temas, tenía buenos colaboradores,
no era imprescindible ni me utilizaban como «chile de todos los moles». No
aquilaté lo suficiente ese trabajo por andarme fijando en lo que pude haber
sido y no fui.
Un día me llamó por teléfono un
amigo de batallas anteriores para proponerme un negocio. No me quiso decir de
qué se trataba: «En mi oficina del Pedregal te lo explico. Te vienes a comer
mañana», atajó. Llegué al día siguiente puntual a una mansión enorme, de esas
que fueron típicas del Pedregal de San Ángel; no parecían oficinas. Un ujier me
pasó a un comedor elegantísimo, con muchísimos lugares de cada lado. Éramos
pocos: mi amigo, su novia, su socio y yo. Nos sirvieron una comida de tres
tiempos acompañada de buenos vinos. Gracias a mis terapias en Cuba ya no estaba
tan lisiado como antes; podía manejar y sentarme más o menos adecuadamente en
una mesa.
Esperaba que durante el café
entráramos al tema del negocio. Se veía que mi amigo tenía dinero, y mucho. Nos
dijo que el café lo servirían en otro salón y hacia allá nos dirigimos. Subimos
un tramo de escalera y llegamos a un espacio muy amplio, con un ventanal al
frente que daba a un jardín cuidadísimo, de césped inmaculado, donde circulaban
unos pavos reales majestuosos. Había tapetes persas, sillones de cuero y
animales disecados: osos, tigres y venados. Nos sentamos mi amigo, su socio y
yo alrededor de una mesa con una shisha, ese recipiente de vidrio con agua en
la base y mangueras que permite que varias personas fumen al mismo tiempo,
símbolo máximo de la conversación pausada en el mundo árabe. Al final, soltó el
tema:
—Tú tienes un seguro médico que te
cubre por incapacidad permanente. Si sabes cómo funciona, ¿verdad? Solo te
indemnizan cuando estás en el puesto, porque lo paga el gobierno como una
prestación. Si te corren mañana, el seguro no te da nada porque ya no eres
nadie. ¿Comprendes? No es que yo crea que te van a correr, pero ¿qué tal si Fox
corre a tus jefes? ¿O si tu jefe se va de candidato a gobernador? Tú mejor que
nadie sabes cómo es la política.
La cantidad de la que hablaba era
muy tentadora. Equivalía a cien veces mi sueldo mensual antes de impuestos; ni
trabajando ocho años corridos y ahorrando todo juntaría esa suma. Pero tampoco
me parecía correcto declararme incapacitado si aún podía trabajar.
—Piénsalo —me dijo—. Mañana me
dices. Hoy tenemos los contactos para que el área de medicina del trabajo del
ISSSTE vea tu caso rápidamente. Tú puedes hacerlo solo si quieres: primero
pides una cita en tu clínica de zona —ojalá que te la dieran pronto—, después
te darán un tratamiento que ya sabes que no funcionará, después te canalizarán
con un especialista… ¿Le sigo? Lo puedes lograr, la cosa es cuándo.
—Y bueno, ¿ustedes qué ganan?
—El treinta por ciento.
—¿Qué? ¿Tanto?
—Solo es si quieres. Nosotros
también tenemos que repartir.
Me despedí. El trayecto a mi casa
era largo, como de tres cuartos de hora a buena velocidad. Fui cavilando sobre
el asunto en el camino. Cuando llegué a casa, la decisión estaba tomada.
—¡Qué fuerte!
—exclamó Citlali en voz muy baja, como asimilando el tema.
—Son momentos tan extraños… No hay
mucho tiempo para pensar y, en unos pocos segundos, uno tiene que decidir sobre
su propia vida. No razoné nada; fue una decisión que brotó de mi interior. Mi
cuerpo fue el que me dijo que no podía seguir viviendo igual.
—Eso sí —asintió
Citlali—. ¡Hay que escuchar al cuerpo!
—Volví a la oficina de mi amigo en
el Pedregal a comunicarle mi decisión. Me recibió muy cordial: «Pásale a un bar
chiquito que tenemos por acá». Era un espacio pequeño y agradable. «Te presento
a mi amigo tal, es un empresario». «Mucho gusto». Estaba encendido un televisor
mientras platicábamos de cualquier cosa, disfrutando de nuestros tragos. De
pronto, el empresario se levantó, subió el volumen del aparato y nos dijo a
todos: «Miren, ya va a conocer el noticiero de Lilly. Quiero ver si trae puesto
el collar que le regalé». Sí lo traía. No pareció darle mucha importancia y, al
poco tiempo, se marchó. Me quedé con mis conocidos. «Cuando cobres tu cheque en
la aseguradora, nosotros no vamos a entrar. Te esperamos afuera y de ahí nos
vamos al banco». «Está bien. Todo arreglado».
De nuevo el largo trayecto a casa.
Repasé la escena del empresario y del collar. De pronto me vino a la mente el
escándalo reciente que se atribuía en la prensa a la conductora Lilly Téllez,
cuyos guardaespaldas habrían agredido salvajemente a unas personas por algún
motivo poco trascendental. Sentí un ligero estremecimiento y un poco de sudor
frío. «¡Bienvenido al mundo real!», me dije.
—Mugrosas
ratas —exclamó Citlali, indignada, cuando terminó de escuchar el episodio.
Noche 43. Las Mieles del Caribe
—Hay un dicho que dice que
estábamos mejor cuando estábamos peor, le dije a Citlali a manera de saludo.
—Cuando peor estuve de mi distonía,
cuando no podía casi ni caminar, fue que descubrí las mieles del Caribe, en una
ciudad tan llena de vida como La Habana. No la vida de cartelones de neón, ni
la de restaurantes en terrazas elegantes, ni la de los conciertos. La vida. La
gente que camina, que trabaja, que sufre, que llora, que tiene
ilusiones…Estamos muy acostumbrados a llamarle vida a lo que no es. En Cuba,
sin celulares, sin internet, la vida es la convivencia con los demás, así no
haya nada que compartir, mas que la música de un viejo reproductor, o la charla
con el amigo o la vecina, sobre cualquier cosa, como por ejemplo, las
detalladísimas descripciones físicas de una persona. No voy a romantizar esa sociedad;
detrás del bullicio se esconden tragedias y vidas dolorosas. Pero en mi caso,
cuando peor estuve, fue lo que descubrí. Y aparte de todo, después de tocar el
fondo, comenzó mi recuperación.
—¿Tan mal
iba?
—En una ocasión que decidí ir a
caminar por la zona del puerto, sobre la costera, me comenzaron a seguir unos
niños, primero unos tres, luego cinco, luego muchísimos más, que me preguntaban
porqué llevaba un vaso de agua pegado a los labios, y no supe que contestar.
“Es un problema neurológico”, les daría igual mi explicación, si es que alcancé
a articularla y ellos a escucharla. Pero me seguían fascinados, como si
contemplaran a un faquir en el circo recostado sobre una cama de clavos. Hasta
ese día comprendí la magnitud de mi problema. No es solo lo que yo sentía; sino
también, cómo era la mirada de los demás.
Después de cobrar mi indemnización
no tenía nada claro lo que habría que hacer. De la Secretaría de Agricultura me
despidieron muy gentilmente, haciéndome saber cuán útil era y que esperaban
seguir contando con mis servicios, ahora a través del mecanismo de honorarios
profesionales.
—A la aseguradora que te pagó la
incapacidad le tiene absolutamente sin cuidado lo que hagas con tu vida —me
explicaron—. Si trabajas, o de qué trabajas, les tiene sin el más mínimo
cuidado.
Así que podría seguir laborando
como prestador de servicios, aunque ya no como funcionario. Con Agricultura
logré algunos contratos temporales, no muy bien pagados; conseguí algunos otros
con organismos internacionales que tenían que ver con el sector y para quienes
mi experiencia resultaba valiosa. Mi
carrera profesional había llegado a una cúspide a la que era impensable
regresar; como consultor no tenía ni currículo ni experiencia. Algo pude
cosechar, sin embargo, en esa larga cuesta de bajada.
Los primeros años, entre un
contrato temporal y otro, siempre me di tiempo para volver a Cuba. Aún me
costaba trabajo desplazarme, pero ya había logrado caminar sin la gorra y el
cinturón amarrado por la espalda. Seguía con los problemas de audio, pero con
los intereses de lo que tenía depositado en el banco no hubo impedimentos para
regresar a la isla.
—¿Por qué no te vas mejor a
República Dominicana, a Jamaica o a otro lado? —me preguntaban algunos
parientes y conocidos.
—Porque tengo que ir a ver a mi
doctor.
Mi obsesión por volver a Cuba tenía
mucho que ver con mi afición por recorrer en el carro todo el Malecón, la
Quinta Avenida, pasar por Jaimanitas y llegar a las playas de Baracoa, que eran
de arena menos blanca, menos extendidas y algo rocosas, pero con mucho sabor
por ser uno de los balnearios a los que va la gente de allá. El oleaje era
suave y el ambiente familiar, pues casi no iban turistas y no se percibía la
atmósfera libertina de otros lugares. Al regreso a La Habana, con la luz
crepuscular, iba siempre con los ojos bien abiertos para detectar cualquier
ciclista que se me pudiese atravesar y, obviamente, a alguna joven con
necesidad de solicitar transporte o lo que fuera.
Así conocí a la mamá de Evita. Ella
era una chica menuda, de tez blanca y cabello muy alborotado que, desde que se
subió al auto, me hizo reír mucho con sus ocurrencias y su forma de hablar. La
traté muchas veces, sin ningún compromiso; me daba tiempo de conocer a otras
muchachas y también pasarla bien. Su familia practicaba la santería, pero de
una manera bastante light y casi podría decir que más por folclore que
por convicción. Sus relatos de las deidades de origen africano me entretenían y
pronto me aprendí los colores asociados a cada una de ellas, la forma de vestir
de las novicias y de las iniciadas, entre otras cosas. A veces nada más íbamos
a la Marina Hemingway a tomar un helado y pasar el rato. Un día llegó con
Evita, su niña de unos cinco años, muy risueña y despierta. Paseamos algunas
veces como si fuésemos familia. Un día, circulando por el Malecón, Evita se soltó
diciendo lo que quería ser de grande:
—Yo quiero tener mucha ropa buena,
comer muchos helados y tener mi yuma para que me pasee.
Pasó la tarde y por la noche seguía
desconcertado. En Cuba un yuma es un extranjero; que Evita quisiera
tener uno… Fue una reflexión que marcó un antes y un después en mi forma de
percibir la realidad cubana. Terrible.
Regresé a México con un sabor
agridulce. Desde hacía tiempo me había dado cuenta de que en Cuba se vive en
una especie de prisión: siempre con una carencia de algo tan básico como papel
o jabón de baño; siempre con el cuidado de no hablar del régimen, ni siquiera
en privado; siempre con el miedo de tener a la policía por detrás, pues para
sobrevivir todos tenían que cruzar las líneas de una legalidad que ni siquiera
estaba bien trazada. El comentario de Evita fue como un mazazo en la cabeza.
Había visto la carencia de proyecto de vida y de futuro entre los jóvenes, pero
nunca se me había ocurrido que esa mentalidad de supervivencia en la adversidad
permeaba también entre los niños. Me comenzó a entrar un mal sabor de boca, sin
que llegara a ser una condena moral. Yo no hacía el mal a nadie… y sin embargo,
también era parte del todo. Por aquellos días dejó el poder Fidel en manos de
Raúl; se avecinaban cambios y se esperaba la entrada masiva del turismo
norteamericano. Más o menos así tomé la determinación de no volver a Cuba.
Desde el año 2006 no he vuelto.
Citlali estaba indignada con este
último tramo del relato. Le caló muy hondo la historia de la niña Evita. Pero
atinó a preguntarme, casi con desgano, temiendo mi respuesta:
—¿Y no
extraña seguir yendo para allá?
Casi le pude adivinar el
pensamiento. No podría negarle mi gusto por esos viajes; había llegado el
momento de franquearme con ella. Mi repulsión al sistema no le bastaría;
tendría que decirle que sí extrañaba, y mucho, ese «Palacio de las Bellas
Durmientes» al que nunca volví. Sí, Cuba era como ese palacio de Kawabata: un
lugar de refugio para hombres maduros que buscan recuperar una juventud que se
les escapa. Omití relatarle que después de Cuba hice muchos otros viajes a
Colombia —otra sucursal del Palacio—, con mujeres encantadoras y paisajes
esplendorosos. Tal vez algún día, si lo encuentra, le regalaré un ejemplar de
unos relatos que escribí al cumplir mis cincuenta años, Cincuentenario,
donde constan mis andanzas por allá y se narra una Historia que no fue de
amor.
—Citlali, no pienses en Cuba,
piensa en mí —le pedí—. Con la intensidad de los trabajos que tuve y con esa
distonía que me descuadró la vida, emocionalmente no crecí. Con la mente me
quedé atorado en el tiempo de mi juventud. Mi cuello dejó de responderme, mi
marcha y mi habla se volvieron difíciles y lentas. Yo tenía apenas cuarenta
años y muchas necesidades vitales. Socialmente me quedé perdido, totalmente
desubicado. Las mujeres de mi edad siguieron su vida, tuvieron sus
experiencias, sus familias, sus desengaños, todo lo que es normal. Yo no tuve
ese desarrollo. Haz de cuenta que un día me dormí con veinticinco años, apenas
saliendo del cascarón —tardíamente lo reconozco—, y amanecí después a los
cuarenta. Tengo esa fijación por las mujeres jóvenes y guapas, las que no tuve
y las que ya no tendré. Me quedé suspendido en el tiempo, si lo quieres ver
así.
—En el espejo es un hombre mayor y
en su deseo es un adolescente —concluyó Citlali—. ¡Qué cosa!
Noche 44. De Regreso con las Bellas Durmientes
Esa noche regresé de un viaje que hice a la CDMX. Citlali ya
estaba en la biblioteca, memorizando los músculos y los huesos del cuerpo
humano en preparación para uno de sus exámenes de enfermería.
—Ya necesitaba un break —me
dijo, y cerró su libro—. Cuénteme cómo le fue. Me imagino que se divirtió
mucho.
—Me gusta ir a la ciudad para cambiar de rutina. Muchas
tardes saco mi bicicleta y me voy a pasear por las calles de la capital;
siempre es entretenido. Por ejemplo, ayer me tocó un festival de las iglesias
cristianas a un costado del Monumento a la Revolución… De ahí cruzo hacia la
Calzada México-Tacuba -que ahora se llama México Tenochtitlan, y me interno por
las calles de la colonia Buenavista, muy conocidas por la presencia cotidiana y
constante de sexoservidoras. Me gusta pasar por ahí nada más para mirar, y descubrir
alguna que esté guapa. Digamos que, de diez, tal vez una.
—Vaya hobby —exclamó
Citlali—. Podría tener otro más creativo. Pero sígale, ya me dio curiosidad.
—Esas chicas añaden un toque de folclor al paisaje urbano.
Me imagino que yo también se lo añado: un adulto mayor circulando en bicicleta
de montaña de última generación. Ahora que fui, vi a una chica muy linda y me
detuve a preguntar lo obvio en esos casos, solo para tener chance de mirarla
más de cerca. La chica era una migrante venezolana, muy alegre. Le dije que
volvería; seguí dando vueltas por las calles por un rato más, pensando en ella,
en que no había desayunado, según dijo, y decidí regresar a darle algo de
dinero para que se comprara algo. «Pero han de ser arepas», me advirtió. «Lo
que quieras», le dije.
Desde ese día me entró la curiosidad de dejar el voyeurismo
y contratar a alguna. A mi edad mi libido ya está algo disminuida y, si no se
logra nada, no me importa; a las chicas mucho menos. Los días siguientes di
varios paseos, sin éxito, pero la constancia da resultados y una tarde, después
de dar vueltas sin encontrar a ninguna de mi agrado y ya habiendo emprendido la
ruta de regreso, la divisé en una esquina: alta, morena clara, pelo largo,
negro lacio, falda corta, tacones altos. No recuerdo los detalles de su outfit,
pero en conjunto se veía bien, nada vulgar. Y un detalle final que la volvía más
llamativa: sostenía un colorido paraguas para protegerse del sol.
Me acerqué. Están muy acostumbradas a que los clientes les
quieran hacer conversación, así que en fracciones de segundo hay que decidir si
uno va o no. «Va», le dije. Caminamos pocos metros hasta un hotel; no hubo
necesidad de registrarse, solo pagar, y nos asignaron una oscura habitación de
planta baja para que metiera la bici sin dificultad.
—Siga contando —dijo
Citlali, mientras un leve rubor purpúreo le encendía las mejillas.
El baño preferí no conocerlo; desde la puerta se veían
muebles corrientes y mosaicos muy básicos. Me tendí en la cama con la ropa
puesta: me dan temor los ácaros y la plaga de chinches que se reportó hace poco
en la ciudad. Mientras tanto, ella se desvistió completamente y le vi un cuerpo
sensacional. Ella quería pasar a la acción de inmediato, pero yo no estaba
listo; me hacía falta la estimulación de su cercanía. «Acércate», le pedí, y lo
hizo; así le acaricié el cabello un largo rato mientras alababa su belleza.
«Espera a que esté listo», le dije, y así se abrió un espacio íntimo para
nuestra conversación.
Algo logré captar de la historia de su vida; aunque claro,
habrá vacíos y muchas inconsistencias, pero hay situaciones que son reales.
Ella es hija de una familia de ganaderos prominentes del estado de Michoacán, y
vivían en una localidad cerca de Zamora. Evocó su infancia y juventud con
alegría: solía salir a montar a caballo y recorrer los potreros de la familia,
divisar las vacas, ir al galope junto con otros familiares y amigos. Al cumplir
los dieciocho años el padre le regaló un Mini Cooper nuevecito, de
agencia, y lo gozó bastante con sus amigas en sus salidas nocturnas a las
poblaciones con mayor vida social. Llevaba una vida de princesa, según relató,
pues era la consentida del padre y le cumplían todos sus caprichos. Del
capítulo educativo no salió nada.
Un día inesperado el padre la llamó para comunicarle que uno
de sus amigos, un ganadero todavía más próspero, estaba interesado en ella para
un compromiso matrimonial. Ella salió huyendo; no se imaginaba estar con ese
hombre tan mayor para ella, y menos que su padre fuera quien estuviese detrás
de ese arreglo entre familias, fortunas y hatos ganaderos. El padre insistió,
trató de imponer su autoridad, sin éxito. Una noche, por impulso, por repulsión
al futuro que le esperaba, decidió huir de la casa y se dividió a la Ciudad de
México. Lo dejó todo, pero no quería dejar ahí su libertad.
Viene una etapa sórdida en su vida. Supongo que saldría con
algo de dinero cuando se escapó y que la caída sería gradual, de poco en poco:
primero buscando empleos cualesquiera y, después, alguien la alertaría en la
actividad del sexo servicio. Me cuesta imaginar ese brinco, de los potreros del
Bajío y los cielos luminosos a las banquetas atestadas de gente y mercancía en
las calles de La Merced, las más promiscuas y degradadas de la ciudad. Ahí se
ofreció a los clientes; ahí y también en Sullivan, y luego también en las
calles de la colonia Buenavista donde la encontré. No sentí que se victimizara
en ningún momento; todo su relato giraba en torno a la conquista de su
libertad. Decía que el sacrificio valía la pena, pues estaba construyendo su futuro.
Lo dudé, pero no dije nada; no hay derecho para quebrar una ilusión.
Dijo que la tarifa que cobraba en estas zonas era baja, pero
que se compensaba con creces por la cantidad de servicios que surgían, y que
gracias a ello ya había construido un pequeño capital, que había adquirido
varias hectáreas de terrenos forestales en la sierra de Puebla y que pensaba
hacer en el futuro unas cabañas rústicas y caminos para el disfrute de los
visitantes. Con escepticismo, pero con interés —pues al menos la chica tenía
bastante imaginación en caso de no ser cierto su relato—, visualicé esos cerros
arbolados, con bosques tupidos de clima frío, como los que tiene un amigo mío
por esos rumbos. También evoqué los cerros de mi propio rancho y lo difícil que
fue hacer caminos en la topografía de las montañas. «Hice los caminos en forma
de S —me dijo—, es la única forma de poder ascender, en zigzag». Le comenté que
así eran los míos y que me gusto recorrerlos en mi cuatrimoto. Le brillaron los
ojos. «¿Tienes moto? Yo tengo un Rzr». Me sorprendió mucho; no
cualquiera conoce lo bien que se adaptan esos vehículos a la montaña. Me estaba
comenzando a creer todo el relato y fue cuando exclamé: «Pues tienes más dinero
que yo». Creo que sonrió y lo tomó como un cumplido.
«¿Nunca te ha sucedido que el cliente se ponga terco, y
quiera hacer algo a lo que no estés dispuesta?». Me miró por un instante, recogió
uno de sus tacones de punta alta del piso, los meneó en el aire con fuerza y me
preguntó que si sabía para qué pudiesen servir. Poco después el tiempo se
agotó, se vistió, se puso los tacones de largas puntas afiladas, tomó la
sombrilla —también termina en una punta, por cierto— y se marchó.
Citlali se incorporó de pronto en
su sillón.
—Acá en el
pueblo no hay nada de eso, ya lo habrá notado usted, tan observador, en sus
paseos en bicicleta. Mis primos que han salido a trabajar a otras ciudades las
llaman «pirujas» o «cuilas», o por otro nombre, y a nadie le interesa saber por
qué acaban así.
Actuaba como si estuviera muy
enojada conmigo, pero no logró esconder del todo su asombro y su curiosidad.
—Es una historia nada más
—respondí—. Hay una parte de ambición genuina, porque aspira a un porvenir
mejor con sus bosques y sus cabañas. Hay una actitud de rebeldía, cuando decide
dejarlo todo por no casarse con quien ella no quería. Y hay una actitud de
cautela, con sus tacones y su paraguas para zumbarle al cliente.
—Si fuera
tan digna no se habría metido en eso —me rebatió Citlali. Guardó silencio
por unos instantes y luego me encaró—: ¿Y usted qué? Aquí veo el cuarto
lleno de novelas como para que tenga que ir a esos lugares a escuchar una.
—No me regañes. Te conté esta
historia porque es una pequeña ventanita por donde te puedes asomar al «Palacio
de las Bellas Durmientes». Un día te prometí que te dejaría asomarte; ahora ya
sabes un poco más de qué se trata.
—¿De
lujuria…? —preguntó un tanto temerosa.
—No. De soledad.
Noche 45. El Citlaltépetl. El Sueño de un Imperio
Era mayo y el calor es fuerte en esa época del año. Tenía
abiertas las ventanas —una que da a la laguna y la otra que da al cerro— para
que corriera el aire cruzado. Bendije la hora en que mandé colocar los
mosquiteros. Pasé la tarde leyendo un libro ilustrado sobre la vida cotidiana
en la Gran Tenochtitlan y, al anochecer, como de costumbre, apareció Citlali.
—¿Sabías que el Cerro de la Estrella en Iztapalapa no se
debería llamar así? —le pregunté—. En náhuatl su nombre era Huizachtépetl,
o «Cerro de los Huizaches», pero a los españoles se les ocurrió bautizar a una
hacienda de por ahí con el nombre de La Estrella y por eso el cerro de atrás
cambió de nombre.
—Póngale así a su cerro, el
Huizachtéptl, al fin es lo que abunda por acá. ¡De Iztapalapa para el mundo! —y festejó
su ocurrencia con una sonrisa.
—Preferiría llamarlo el Citlaltépetl, pero me temo no
estar a la altura.
Citlali captó rápido el piropo.
—Pues échele ganas —dijo ella
un poco ruborizada.
Desde muy chico, cuando la abuela Omma nos repartió el
rancho, tuve la sensación de que era dueño de un territorio muy grande. Yo era
un chico callado y muchas horas me las pasaba imaginándome situaciones o
eventualidades: desde las típicas, como «así seré cuando sea grande», hasta las
absurdas, como cuando me sentía el Corsario Negro después de leer una novela de
Salgari.
Este cerro que ves, desde niño, lo asociaba con un imperio
en el cual reinaba. No eran sueños concretos, como los de quienes piensan en
poner vacas o construir mansiones; era un imperio real que tenía sus fronteras,
sus lugares icónicos y sus regiones diversas, como el llano, las laderas, las
cumbres y la «región laguna», que no era sino un socavón con vista hacia la
presa. En mi mente cada lugar formaba un territorio del reino que yo gobernaba.
Cuando llegábamos de fin de semana y plantábamos con mi padre un guayabo, yo
tenía la fantasía de que habíamos llevado progreso a la región baja. Siempre vi
este cerro a través de una lupa enorme que todo lo magnificaba y me hacía
sentir importante, único y diferente. Fue mi caparazón mental para refugiarme
de todo lo que en el mundo me pudiese resultar hostil. Aunque no viniese aquí,
mi mente siempre estuvo divagando por estos lugares.
—¡Vaya con el Corsario Negro! —dijo
Citlali con una sonrisa suave, casi conmovida—. O sea que mientras todos
pensaban que usted contemplaba el horizonte, en su cabeza gobernaba llanos y
conquistaba cumbres.
—Es algo que nunca se lo había contado a nadie. Me hiciste
recordar el plano del rancho que pegué en mi pequeñísima habitación cuando
estuve estudiando en Inglaterra. Aún ahora tú ves esta biblioteca y este cerro,
pero yo me siento como un rey viejo que tiene su castillo bajo asedio. Cuando
nos dividimos el terreno entre mis hermanos y yo, el mayor vivía fuera de
México, pues ya había iniciado su carrera diplomática. El menor, Fernando,
también tenía un gusto enorme por este lugar. Primero veníamos con nuestros
padres; después, cada uno por su lado.
Cuando la abuela Omma decidió formalizar la entrega del
rancho entre sus nietos, agrupados por familias, nos propusimos la meta de
hacer una casa a la altura de nuestra herencia. La fracción que nos tocó
albergaba lo que fue el casco antiguo, que no eran sino unos jacalones de adobe
y teja ubicados en forma de L alrededor de un corral, que en su tiempo sirvió
para la engorda de animales. Mis padres ya habían hecho una pequeña adaptación
en una de las alas y quedó una casita pequeña, bastante rústica, pero a la que
llegábamos muy contentos de vez en cuando. De ahí salimos muchas veces para
explorar el cerro. Lo veíamos desde abajo y siempre sentimos la curiosidad de
llegar hasta la cima. Primero se atravesaban unas milpas de maíz, a las que
llamaban «joyas», y luego la pendiente aumentaba y comenzaban los matorrales,
la selva baja o el «malpaís».
Había un sendero que llegaba hasta arriba, que zigzagueaba
acomodándose a la topografía, de esos que no se hacían con maquinaria, ni
siquiera con pico y pala, sino que nada más existían por el paso continuo de
quienes los transitaban. Por lo que entiendo, lo recorrían el cuidador de la
abuela Omma, algunos de sus hijos y nietos, y algunas señoras del pueblo, a las
que muchas veces vi subir con unos pequeños costalitos para buscar tierra de
monte para sus macetas. A veces perdíamos el rastro de la vereda, por lo que
siempre era una precaución necesaria ir con un machete para abrir brecha.
A medida que subíamos se notaban cambios en la vegetación. A
una altura media solo había nopaleras y algunos árboles bajitos de copal, casi
famélicos por la escasez de suelo vegetal, y uno que otro zapote blanco, que se
distinguía por tener siempre sus hojas verdes aún en las épocas más canijas del
estiaje. Más arriba proliferaban unos árboles de copa muy alta y de hoja
escasa, muy fina, como la de las jacarandas, a los que la gente llama
tepehuajes. También había abundancia de una variedad de árbol que no alcanza
más de tres metros de altura, llamado timbre, que adopta unas formas retorcidas
y caprichosas, casi fantasmagóricas. Por todos lados había maleza y malas
hierbas; después de esos recorridos terminábamos con las agujetas, los
calcetines y los pantalones cubiertos con unas espinas de cardo silvestre, muy
difíciles de quitar. Siempre había que tener cuidado de los alacranes al mover
alguna piedra o un trozo de madera a medio podrir.
La subida al cerro no era precisamente lo que uno se imagina
por la palabra paseo; sin el aliciente de saber que estábamos escalando nuestro
propio terreno, probablemente nunca la hubiéramos vuelto a hacer. En las secas
era muy extenuante por el calor; en las lluvias, por el esfuerzo de ir abriendo
paso a machetazos y por las ampollas que no tardaban en aparecer en las manos,
tan poco acostumbradas a este tipo de labor. Ya en la cumbre nos dábamos el
lujo de destapar nuestro refresco —en aquellos tiempos habría sido insólito
pensar que alguien hubiese cargado una botella de agua—, nos sentábamos a
descansar en algún claro, volvíamos a recurrir al machete para poder contemplar
algo del paisaje, con el pueblo tendido por un lado y el lago con su oleaje y
sus veleros por el otro, y emprendíamos el camino de regreso, que no era fácil,
pues frenar con las piernas también cansa. Nuestro gusto era reconocer lo
nuestro, y la satisfacción de alcanzar una meta difícil. El cerro, enorme y
majestuoso, no era un espacio al que uno pudiera invitar a sus amistades para
ir a pasear. Ahora, a la distancia, me doy cuenta de lo solitarios que eran
esos recorridos, y creo que también eso sería parte de mi gusto. En esas
caminatas puedo recordar el rostro de mi padre, el de mi hermano Fernando y
creo que de nadie más.
En uno de esos paseos identificamos con mi padre un lugar
que nos pareció ideal para construir una nueva casa. Era un paraje justo en el
espolón del cerro, con el pueblo al frente, una barranca a un lado y la vista
de la presa al otro, a una altura considerable a partir del nivel de carretera,
pero a menos de un tercio de la altura total del cerro. Ese día íbamos con un
amigo de mi padre, un intelectual que subió vistiendo saco. Fue mi padre el que
dijo: «Aquí». No señalizamos con nada, pero ese «aquí» se convirtió en el
referente para la nueva construcción: como el islote de los aztecas para la
fundación de la Gran Tenochtitlan.
Los terrenos que nos dio la abuela Omma aún no los
dividíamos entre mis hermanos y yo; el predio era como un lienzo en blanco.
Podíamos hacer lo que quisiéramos sin salirnos de nuestros linderos, que
siempre los vi lejanos. Nunca los recorrí, pues eran líneas rectas cerro arriba
que atravesaban cañadas, rocas, desfiladeros y partes de montaña.
Con mi padre definimos el lugar para nuestra nueva casa,
pero con mi madre hicimos la ejecución. Ella siempre fue la pragmática, la que
verdaderamente hacía que las cosas se realizaran en nuestra familia. Yo era el
del entusiasmo, a diferencia de mis hermanos, que no participaron en la
construcción. Venía a Valle de Bravo con ella a ver al arquitecto; ella era la
de los contactos y los conocidos. Le señalamos, más o menos, dónde se ubicaría
la casa y al poco tiempo nos entregó un bosquejo. Sería una vivienda estilo vallesano,
no muy grande, y lo principal —en lo que más insistió el arquitecto— tendría
una orientación al sur, es decir, hacia el pueblo, y no hacia la laguna, como
nosotros queríamos. Al poco tiempo él enfermó y dejó de dirigir nuestro
proyecto.
La orientación fue ese pequeño gran consejo que nos ha
permitido disfrutar la casa; pues si la hubiésemos puesto hacia el poniente, a
las tres de la tarde habríamos tenido que bajar las cortinas y a las cinco
salirnos a algún lugar, porque el sol es inclemente, sobre todo en el verano.
Salvo ese consejo profesional que valió oro, todo lo demás lo hicimos con el
método empírico. Contratamos a un maestro de obras en lugar de un ingeniero; en
el tema de la electricidad nunca pensamos hasta que la casa estuvo terminada y
lo mismo ocurrió con el bombeo de agua, que se resolvió hasta el final.
Construimos la casa con el corazón. Me parece que los
técnicos nos hubieran desanimado si hubiesen señalado todos los obstáculos que
habría que vencer. Logramos terminar esa obra sin mayor problema. La
electricidad llegó por cable aéreo, sin cálculo previo; o sea que, por puro
milagro, igual y nunca hubiera llegado. La bomba de agua nos salió barata
gracias a las buenas gestiones de mi madre: una bomba rehabilitada que dio
servicio por más de veinte años sin descomponerse.
Noche 46. Un Territorio. Dos Mundos
Citlali entornó los ojos, tratando de descifrar los títulos
de unos libros amontonados en la estantería, apenas iluminados por la luz
mortecina de la sala.
—Ensayo sobre la ceguera —leyó
en voz alta, pasando el dedo por el lomo—. Qué nombre tan raro. ¿De qué se
trata?
—De una epidemia donde la gente se queda ciega de repente,
pero no ven oscuridad, sino un mar de leche blanca —le contesté, acomodándome
de lado—. Al final, el autor te demuestra que la peor ceguera no es la de los
ojos, sino la de la mente. Hay personas que ven perfectamente bien, Citlali,
pero eligen no ver por pura comodidad. El autoengaño es el mejor refugio para
mantener la paz.
—. ¿Quién se quedó ciego en
esta historia?
—Todos nosotros. Tardé años en entender que en este cerro
convivíamos bajo un pacto de ceguera voluntaria.
La convivencia en el rancho de Valle de Bravo pronto dio un
giro inesperado. Teníamos dos casas: una sencilla, la de abajo, que había sido
parte de las galeras del antiguo rancho; y la de arriba, más moderna y amplia.
La de abajo la rentó mi madre por un tiempo a los guardaespaldas del señor
gobernador —quien también tenía su propiedad en el rancho que fue de la abuela
Omma—; otro tiempo estaría desocupada.
En algún momento mi hermano Fernando tomó la casa de abajo
para él; la adornó muy a su estilo, con algunas antigüedades que encontraba por
aquí y por allá, y le hizo algunas adaptaciones, como una pequeña pileta de
agua, un horno para pan, un temascal y un baño seco. Había vivido algunos meses
en la costa, en Puerto Ángel, y de allá trajo varias de esas ideas. Habilitó
otra de las galeras del antiguo rancho como bar, colocó una barra grande de
madera, la adornó con muchas botellas vacías y varias veces organizó algunos
convivios agradables con primos nuestros.
—A ver, eso está curioso —intervino
de pronto Citlali—. Eran tres hermanos y eran dos casas, y un hermano no
venía, así que les tocaba de una casa por persona a ustedes dos, que estaban
solteros.
—Y seguimos.
—A lo que voy. Yo me habría
juntado con toda mi familia a cenar, jugar a la baraja o ver películas, y
habría alquilado la otra casa, y con ese dinero pues hubiera hecho algo:
comprar macetas, comer cecina en el mercado o lo que fuera.
—Fernando y yo, que crecimos juntos, jugamos al futbol
juntos, estuvimos en el mismo internado y compartimos habitación por muchos
años, de pronto nos volvimos dos extraños. Él traía sus ideas de cuando vivió
en Puerto Ángel; por aquella época estaba muy metido en el tema de la
sustentabilidad, reciclar cosas, hacer compostas, germinar trigo y bañarse en
un temascal. Yo siempre tuve gusto por el campo, pero de ahí a sacrificar mi
comodidad, tampoco…
—Pues yo creo que debió de
haber habido algo más —insistió Citlali—. Pudo haber horneado su pan
allá arriba, en la otra casa, con ustedes, germinar su trigo y todo eso…
—Seguro, debió de haber habido algo más. No me lo tomes como
una mala respuesta, pero ¿cómo quieres que yo sepa lo que rondaba por su
cabeza? Así funcionamos durante algún tiempo: Fernando en la casa de abajo y
los demás en la casa de arriba, los que fuimos quedando. Primero faltó mi
padre, a quien le tocó disfrutar la casa por poco tiempo. En las mañanas le
gustaba trabajar en el campo; a él le debemos los pinos que hay en la calzada y
que nos dan sombra todas las mañanas. Luego faltó la abuela Omma, quien murió a
tres meses de cumplir los cien años, y fue quien nos dejó las tierras. Mi
hermano Gabriel y su familia vinieron muy poco, pues cuando tenían oportunidad
de regresar a México se quedaban en la capital visitando parientes y amigos. Mi
madre dejó de venir con tanta frecuencia; muchas veces se quedaba en la ciudad
acompañada de su ahijada, a la que adoptó como una hija, y de los hijos de
ella, que fueron como sus nietos, a los que sí tuvo oportunidad de frecuentar.
Así que en Valle de Bravo éramos Fernando abajo y, arriba,
yo, en la casa familiar. A él le tocaron terrenos muy buenos, con bonitos
bosques y fácil acceso, y ahí levantó dos cabañas muy rústicas, de adobe y
teja, sin servicios, pero ahí le gustaba ir a pasar el día y organizar algunos
convivios con sus amistades. Mi madre, que era buena para poner nombres a los
lugares, lo bautizó como El Catire. Curiosamente, nunca encontramos un nombre
para la casa nueva, la del cerro.
Para llegar arriba tenía que pasar obligadamente por la casa
de abajo. A veces veía a Fernando haciendo algo de jardinería, lavando su carro
o haciendo cualquier otra cosa, pero pronto me llamó la atención que casi
siempre le ayudaba un muchacho bastante joven, prácticamente un niño, lo que no
es inusual en estas zonas semirrurales. Me daba la impresión de que no le daba
gusto encontrarse conmigo. Varias veces me hizo la observación un primo mío de
que había visto a Fernando allá abajo. No tengo clara la secuencia de las
cosas, pero se fueron juntando algunos indicios que nos hacían arquear las
cejas.
Fernando comenzó a descuidarse un tanto en su aspecto
físico: no se rasuraba, utilizaba ropa desgastada, muy holgada, a veces sucia
con barro, y se ponía algún sombrero de paja no muy reluciente. Mi hermano
Gabriel, una vez que vino, lo describió como un clochard. Después no lo
veía nada más con ese chico, sino que el círculo fue creciendo hasta volverse
una pequeña pandillita de seis o siete muchachos, todos ellos muy jóvenes,
digamos que adolescentes, y por su aspecto, todos de condición humilde.
Organizaba con ellos paseos a otros pueblos y comunidades de la región, traían
plantas y cactus exóticos, así como piedras grandes que fueron adornando su
Catire. Él era el director de orquesta y no dejaba de ser llamativo verlo con
su séquito. Todos lo vimos circular alguna vez por los caminos del rancho con
su pandilla, a la que alguien nombró un día como «la banda del camioncito
blanco», pues utilizaba un Nissan tipo estaquitas. Con su banda hizo más adobes
y algunas otras construcciones, como un gran tejado rústico donde a veces
guardaba un auto Audi TT deportivo lujosísimo, en marcado contraste con el
lugar.
Nunca dialogué con él sobre esta forma tan peculiar de
convivencia que tenía con su banda. Mis primos me insistían en abordar el tema
para darme sus teorías, y siempre procuré esquivarlo como mejor pude.
—Pues me parece que no habría
que darle tantas vueltas al asunto —me interrumpió Citlali.
—Las instalaciones de El Catire eran para pasar el día.
Fernando seguía pernoctando en la casa de abajo. No recuerdo cuáles fueron las
circunstancias exactas, si alguien me dijo o yo me di cuenta. El hecho es que
amanecí un domingo, comuniqué por teléfono mi decisión a mi madre, tomé mi
cuatrimoto y bajé a la casa de abajo. Sin más trámite me metí. En una
habitación estaban dos muchachos tendidos en el suelo, fumando; en mi carácter
de copropietario les pedí, o les ordené, que se salieran. En las siguientes
habitaciones, lo mismo. No conté a cuántos muchachos desalojé ese día de mi
«copropiedad», pero fueron varios. Salían entre desganados y desconcertados,
pues siempre pensaron que tendrían la protección del «licenciado Fer».
Él no estaba en ese momento, pero regresó después del
desalojo de esa gente. Estaba furioso. Me recriminó haber invadido su
privacidad y su vivienda; algo alegué de que esos muchachos tenían malos
antecedentes, mala fama pública y que había evidencias de su consumo de
sustancias. No logré aplacar su ira. Solo al final soltó una frase: «Me siento
absolutamente solo». No dije nada; no supe qué. Al paso de los días acordamos
entre todos, con mi madre, que esos jóvenes no podrían seguir ahí. Así se hizo.
Pero la diferencia de fondo nunca la abordamos.
—Oiga —dijo Citlali—, a mí me
queda clara cuál es su onda. Usted es el que no quiere ver.
—Hay una vivencia de hace muchos, muchos años que decidí
enterrar para siempre en mi memoria, pero que vuelve y vuelve, como ahora. De
la manera más casual, en la casa donde vivíamos antes, en la avenida
Constituyentes, me di cuenta de algo a través, digamos, de un pequeño detalle.
Como si yo fuera a tu estética a cortarme el pelo y un día te dieras cuenta de
que uso peluca.
—Eso jamás pasaría. Me daría
cuenta a la primera.
Noche 47. Don Quijote Cabalga de Nuevo
Era una tarde lluviosa. La bruma no permitía distinguir
desde la ventana las torres de la iglesia, que son las que primero aparecen a
la vista. Los vidrios estaban empañados, además. Citlali se paseó frente a la
estantería, tomó un libro de arte un tanto al azar, y hablando consigo misma,
en voz muy baja, alcancé a escuchar:
—A veces me pregunto qué
pensaría su abuela Omma si viera que su cerro se volvió el escenario para los pleitos familiares.
—No lo pensaría. Sencillamente no hubieran sucedido. Los
tlatoanis y los sumos sacerdotes, cuando más hacen falta, es cuando ya no
están.
Poco después del desalojo de «la banda del camión blanco»,
Fernando dejó la casita de abajo y comenzó a instalarse en sus cuartos de adobe
en El Catire. Fiel a sus costumbres, instaló un calentador de leña, compró unas
lámparas de gas o petróleo, jaló una manguera y se hizo de los servicios
básicos: todos menos la electricidad. Me parece recordar una escena en la que
dijo: «Madre, te entrego tu casa», pero no estoy totalmente seguro. Sin
embargo, con el tiempo me pareció que disfrutaba mucho de su Catire y que las
diferencias del pasado habían pasado a segundo término. Cuando venía mi madre
conmigo, Fernando siempre pasaba a saludarla y ella siempre lo invitaba a
desayunar o cenar; conmigo el trato era cordial, pero mínimo.
Por aquellas épocas sufrimos algunos robos en la casa.
Primero fue el tanque de gas y luego algunos otros artículos sin mucho valor,
pues es una casa de campo. La alarma surgió cuando se robaron unos tubos de
cobre, posiblemente del calentador. Teníamos un cuidador que vivía abajo;
llevaba yo buena relación con él por aquel entonces y de él nació la hipótesis
de que los hurtos podrían ser atribuibles a los muchachos del camión blanco. El
fierro viejo ya tenía desde entonces un buen valor de reventa. No lo comprobamos
nunca, pero yo me quedé con la certeza de que fueron ellos. Habían migrado,
poco a poco, junto con Fernando hacia El Catire. Desconozco si pernoctasen ahí,
pero Fernando muchas veces se refería a ellos como sus trabajadores, así que
tenían libertad para entrar y salir del rancho. Alguna vez le comenté mis
sospechas, al igual que lo hizo mi madre. Fernando se irritaba bastante apenas
se mencionaba el tema de esos jóvenes; varias veces nos dijo que éramos unos
prejuiciados, que sospechábamos de la «gente pobre» sin ninguna base y que, en
todo caso, fuéramos al Ministerio Público a poner una denuncia. Nunca lo
hicimos. Pero se siguieron acumulando incidentes en torno a los muchachos del
camión blanco, algunos de ellos menores, hasta que ocurrió uno mayor.
Hay unos caminos que interconectan las propiedades de
nosotros con las de mis tíos y primos. Una noche se acercaron en el camión
blanco hasta la casa de mi tío Felipe para recoger un cable de alta tensión que
supuestamente estaba caído por ese lugar. Algo les falló, pues hay muchos
desniveles y barrancas: el cable dio un chicotazo contra las líneas que
alimentan la casa del tío y provocó un cortocircuito masivo que fundió
refrigeradores, televisores y otros aparatos. Tal vez no se percataron de lo
ocurrido, o tal vez fueron osados y temerarios. A la mañana siguiente
regresaron para intentar de nuevo hacerse de ese cable. Los vigilantes de mi
tío ya se habían percatado del incidente de la noche anterior; no fue extraño
que los detectaran de inmediato en cuanto volvieron. Por alguna circunstancia,
mi tío también estaba presente. Esperaron a que bajaran del camión a buscar el
cable y, cuando se alejaron un poco, mi tío se metió a la cabina y simplemente
retiró la llave.
No me queda claro cómo se desarrolló el escándalo. Supe que
en los días posteriores ingresaba una patrulla de seguridad pública al rancho
para hacer rondines. Mi tío presentó una denuncia formal y hubo las diligencias
correspondientes, en las que apareció Fernando en su calidad de «patrón» de los
muchachos. Me parece que hubo algún tipo de arreglo económico entre ellos; mi
tío les otorgó el perdón para que quedaran libres e inclusive recuperaron el
control del camión blanco. Por mi madre supe que Fernando tendría un desayuno
con mi tío para aclarar las cosas.
—¿Cómo le fue? —le pregunté después.
—Muy bien —me contestó ella—. Dice Felipe que platicaron muy
a gusto sobre el petróleo.
Con el tiempo fui conociendo más detalles sobre la relación
de mi hermano con esos muchachos. Él los apoyó económicamente para que hicieran
algunos emprendimientos que no prosperaron. A uno de ellos lo mandó a trabajar
con un amigo a Puerto Ángel; terminó mal, parece que hubo un incidente de robo.
Les construyó unas viviendas en otro predio que él tiene; por ahí siguen hasta
la fecha. Aparentemente les da algún trabajo de mantenimiento o de jardinería;
la verdad es que ya no me interesa. A uno de ellos lo asesinaron en Tepic por
motivos que desconozco; otro estuvo preso en la cárcel de Valle de Bravo; todos
tienen mala fama en el barrio donde viven y me dicen que ya no salen, pues los
vecinos ya se hartaron de ellos. En una ocasión mi madre fue a ese predio donde
habitan —pues ella fue la que se lo donó a Fernando— y me cuentan que se
deprimió muchísimo al ver a «unos muchachos arrastrados en el piso, con los
ojos vidriosos, drogados». De todos ellos, que parece son familiares, solo una
muchacha salió adelante. Nunca he hablado con Fernando de ese tema, pero me
parece que es su «experimento de redención social».
—Parece serie de televisión —soltó
Citlali, una vez que terminé el relato. No me había interrumpido ni una sola
vez, como solía hacerlo—. El niño rico que ayuda a los niños pobres… —dijo
de pronto—. Ese guion ya me lo sé. Van a salir todos raspados. Pero dígame,
¿su madre intervino en algo?
—Creo que nunca supo cómo intervenir: ni en la vida de
Fernando, ni en la diferencia entre nosotros dos. Ella tenía en su sangre, en
su ADN, esa necesidad vital de ayudar a los demás. Trabajó muchos años de
voluntaria en los hospitales, iba a las zonas pobres del Estado de México a
llevar sarapes y alimentos, siempre buscaba una forma de ayudar a quien lo
necesitara. Pero ese altruismo de mi hermano es otra cosa; ella tampoco lo pudo
entender.
—Oiga, ¿y usted, que tampoco
se ha casado, que también tiene por ahí su guardadito, nunca ha hecho su
«experimento social»?
—¡Uy, Citlali, si yo te contara…!
—¡Va! Pero mejor mañana.
Noche 48. La Sugar Baby
—«Estoy embarazada», fue lo que decía el mensaje que me llegó
esa mañana .
—No puede ser —pensé—. A mi edad esas cosas ya no suceden.
—Pues sucedió.
Ya llevábamos unos cinco años de relación. Nos veíamos
alrededor de una vez al mes, pero en ese tiempo los encuentros ya eran
suficientes para conocernos relativamente bien. Así que le creí, o le quise
creer; no correría el riesgo de esperarme hasta el final para hacer una prueba
de paternidad. Me asumí como responsable y solo le dije: «Voy pronto a México,
allá platicamos; mientras, haz ese examen que falta para que estés
completamente segura».
Sentí una especie de euforia esa mañana. En parte era el
orgullo de haber preñado a una mujer; en parte, la emoción por un bebé que
vendría. Tendría yo unos sesenta y cuatro años en aquel entonces; nunca me
había casado y tampoco había tenido hijos. Mi sugar siempre me
preguntaba la razón de no haberme casado y tener descendencia, a lo cual
siempre respondía con generalidades del tipo «nunca llegó la mujer adecuada» o
«las circunstancias nunca se prestaron», pero en el fondo no tenía clara la
respuesta, ni la tengo ahora, y tal vez nunca la tendré.
Llegó la comprobación del laboratorio: no había duda, tenía
un embarazo de unas siete semanas. A la par de la emoción, también me puse a
investigar las alternativas posibles y una de ellas era, evidentemente, la
interrupción voluntaria del embarazo. En aquel entonces no era legal en el
Estado de México, donde ella radicaba, pero sí en la Ciudad de México, siempre
y cuando fuera antes de las doce semanas de gestación. No había mucho tiempo
para decidir.
A la semana nueve hablé con ella en mi pequeño refugio en la
colonia Juárez. La esperé tomando unos tragos de tequila, pues siempre demora
demasiado: viene desde el municipio de Los Reyes-La Paz. Primero camina hasta
la parada de una combi, luego toma un autobús que la deja en la terminal del
tren suburbano, transborda al Metro y, finalmente, camina otro poco hasta
llegar a la casa. Normalmente, desde que avisa que viene hasta que llega,
transcurren por lo menos tres horas y a veces hasta cuatro, dependiendo del
tráfico, la lluvia y las manifestaciones.
Analizamos la situación con mucha serenidad. Ella tiene ya
una pequeña hija, de unos ocho años, producto de una relación adolescente que
no funcionó, salvo para que ella se saliera de donde vivía, dejara la
preparatoria trunca y quedara embarazada. Nunca habló con claridad sobre ese
tema; concretamente, si quería o no tener a esa criatura. Ya hacia el final de
mi relación con ella me confió que en aquella ocasión no se dio cuenta del
embarazo sino hasta que fue demasiado tarde, pues tenía la regla muy irregular.
Desde que nació la niña, a sus dieciséis años, le tomó el cariño verdadero de
una madre y me constan todos los trabajos que ha pasado para sacarla adelante.
Pero esa noche en mi refugio de la Juárez el tema era este
segundo embarazo del cual yo era el presunto responsable. Expuse mis ideas sin
un plan preconcebido, pero la conclusión era obvia:
—Te llevo nada más que cuarenta y tres años —le dije—. La
probabilidad de que nuestros caminos se hubieran cruzado era bajísima, pero
sucedió aquella noche en el bar.
Ella trabajaba de mesera hostess y yo iba ahí con
cierta regularidad. Me dio su número, nos vimos al día siguiente y, sin
hablarlo, se inició esa relación de sugar en la que uno provee y la otra
consiente. Tan grande era esa brecha generacional que nunca nos atrevimos a
salir juntos a ningún lugar. Nos hubiéramos sentido incómodos ante la mirada de
los demás comensales: «Miren a ese tipo, cuánto pagaría; vean a esa chava, no
parece que sea, pero mírenla nada más…». En el escenario de que viniese ese
bebé al mundo, o bien nos enfrentábamos a toda la sociedad, o bien seguíamos
con nuestra relación clandestina. Entre dos funciona, pero entre tres es
imposible. Y al paso de los años, aquel niño hipotético también tendría que
enfrentar la realidad de quiénes habríamos sido sus padres: una madre joven y
un hombre ya muy mayor, sin ganas de jugar ni de educar. O el escenario podría
ser que yo fuera un padre ausente, etéreo, lo cual tampoco sería lo ideal para
el niño; y para mí hubiese sido insoportable saber que un hijo mío se criara en
un ambiente francamente malo, como ya había percibido que era el entorno de la
casa del abuelo donde ella vivía en Los Reyes-La Paz.
—¿O sea que no? —preguntó ella, después de escucharme con
atención.
—No.
Las semanas siguientes se pasaron rápido: primero en ubicar
una buena clínica que garantizara su salud; luego, en convencer a la hermana
para que la acompañara en el procedimiento y, creo, también algunos exámenes
previos que eran necesarios. El hecho es que el procedimiento se realizó casi
en el límite, aún en la semana doce . Ya sabía yo que la decisión tendría sus
consecuencias en el tiempo, sobre todo para mí: había cancelado la única
oportunidad que me presentó la vida para tener descendencia, pero muy a
destiempo, eso es innegable. No me arrepiento de la decisión, pero sí me causa
tristeza y congoja.
Después del procedimiento la volví a ver; todavía tenía unos
calambres fuertes en el vientre. Le dije lo que ya había hablado con ella
muchas veces: que para mí era cómoda y conveniente la relación que teníamos,
pero que yo quería que ella rehiciera su vida con una persona de su edad, con
la que pudiera tener una relación armoniosa.
—Después de lo que sucedió —le dije— ya no tenemos derecho a
seguir jugando con la vida ni con el destino. Nos vamos a dejar de ver; te voy
a dar un dinero para que pongas tu negocio.
Se lo di en dos exhibiciones: fue bastante, suficiente para
conseguir el traspaso de una miscelánea que ya estaba en marcha por el rumbo
donde ella vivía. Al cabo de unos seis meses supe por ella que le había ido
mal: que llegaron unos extorsionadores al negocio, que no quiso acceder al
chantaje, que cerró y traspasó la tienda, y que la misma tarde que iba con el
dinero del traspaso hacia su casa la asaltaron y le quitaron todo. Es la
historia de aquel capital. Tiempo después ella me mandó preguntar con un
conocido de ambos si me gustaría volverla a ver. Accedí y se reiniciaron los
contactos furtivos en el refugio de la colonia Juárez. Pero toda relación lleva
una dinámica y las cosas ya no volvieron a ser iguales.
Sin darme bien cuenta, me comencé a cansar de la trampa de
la pobreza. En una ocasión le equipé el departamento que tenía alquilado y
perdió bastantes cosas cuando la echaron por problemas de drogas de su roommate
—de lo cual me enteré mucho después—. El resto de las pertenencias las perdió
en una inundación en la casa del abuelo donde vivió después, como resultado de
las lluvias torrenciales en el Valle de México y los malos drenajes y desagües
en los municipios del oriente del Estado de México. El colchón se dañó cuando
se colapsó un techo de madera y láminas de cartón que cubría su cuarto, y la
computadora que le compré se la robaron algunos de los muchos parientes que
iban a esa casa del abuelo, que por cierto no le tenían un particular afecto
por tratarse de una «arrimada». No era muy dada a relatarme las condiciones tan
precarias de su vida, pero era inevitable que de pronto brincara algo en una
conversación, como cuando la invité a la casa de mi rancho y me comentó que
estaba bonito el techo.
—Pero si es nada más una losa de concreto.
—Por eso.
La ayudé con el menaje de casa: le compré un colchón el día
que llegó adolorida por haber dormido en tablas; le compré la computadora
cuando iba a terminar la preparatoria en línea, más la cantidad que le
transfería después de cada uno de nuestros encuentros. Y de todo ese apoyo no
quedaba nada: se esfumó en la espiral de la pobreza. Hay un sentimiento de
frustración al no poder rectificar el rumbo de una persona, por más que uno lo
intente; es más poderoso el medio social y las condiciones familiares. Madre
soltera, abandonada por su madre y con un padre tullido, la inercia de la vida
opera en su contra. Hasta que llegó un punto en el que dije: «Ya no más».
Hubo dos detonantes adicionales para terminar la relación,
como si todavía hubiesen hecho falta. En los últimos años mi libido comenzó a
disminuir, pero yo seguía funcionando básicamente bien. El encuentro final
ocurrió cuando me visitó de nuevo en el rancho; iba a ser su cumpleaños y
decidió ponerse a cantar y a tomar, cosa que nunca antes había sucedido. No
estaba de humor para ese tipo de convivencia; nos fuimos a acostar y ella se
durmió de inmediato. Al día siguiente
fuimos a desayunar —una de nuestras pocas apariciones juntos en lugares
públicos—, la llevé a la terminal de autobuses y no la he vuelto a ver.
Incumplió el pacto implícito que teníamos y, para ser sincero, el horno no estaba
para bollos.
Citlali estuvo muy callada toda esa noche. Era inusual. No
me interrumpió, no hizo bromas, no buscó la frase que solía desatar el nudo de
mis historias. Nunca supe lo que pensaría. La oí decir cuando ya se iba, en un
tono lacónico muy poco habitual en ella:
—No todo sale bien en La casa
de las bellas durmientes.
Noche 49. La Embestida Final. Los Demonios Andan
Sueltos
—Ahora que
venía subiendo por el camino empedrado que llega a la casa, me detuve a media
cuesta a descansar y me quedé mirando los chorros de luz que salen de unas
casas que están por allá arriba. También vi las luces del pueblo. Aquí en su
cerro, es el único lugar de Valle de Bravo que está como la boca del lobo.
—Estamos rodeados de una gran
oscuridad, dije en un tono críptico, que no le pasó inadvertido a Citlali, porque señaló:
—Una
oscuridad que no es solamente la falta de luz…¿la tenebra?
Cuando nos heredó mi abuela Omma,
a todos nos entregó una carta que decía: «Ahora eres propietario de este pedazo
de terreno; te pido que no lo vendas», con la última palabra subrayada.
Falleció en 2005 y, unos años después, todos los primos que habíamos heredado
estábamos explorando las posibilidades para venderlos. Las condiciones de 2010
eran muy distintas a las de 1988, cuando recibimos la herencia; sobre todo en
términos personales. La mayoría nunca tuvo el tiempo ni la posibilidad de
arraigarse en Valle de Bravo; crecieron e hicieron su vida en otros lugares.
Por allá se casaron sus hijos, nacieron sus nietos… Y todos tenían algún
proyecto personal que realizar, o sencillamente la necesidad de liquidez para
cualquier cosa.
En nuestro caso, mis hermanos y
yo no teníamos tal urgencia, pero la venta de los terrenos parecía una salida
lógica a nuestra situación; permitiría finiquitar las copropiedades que tantos
problemas me habían dado y darnos la oportunidad de construir otro futuro. Yo
siempre he tenido cariño al cerro; en mi fuero interno, en el más íntimo, no
albergaba ganas de vender, pero sentía que no debía oponerme a una situación
que favorecería a la familia entera y que, ante la falta de descendencia de
Fernando y mía, daríamos al rancho un cauce adecuado para su porvenir. Siempre
he observado con tristeza predios, tanto en los pueblos como en las ciudades,
que se quedan a la deriva, suspendidos en el tiempo, poblados de fantasmas.
Un sobrino segundo nuestro, con
mucho empeño, promovió todos los terrenos que habían sido de nuestra abuela
Omma en su conjunto entre grandes desarrolladores. Él había estudiado artes
dramáticas y a todos llamó la atención su brinco a promotor de bienes raíces a
gran escala. Estudió bien los esquemas que se utilizan para este tipo de
desarrollos, que básicamente consisten en la aportación de los terrenos a un
fideicomiso, el cual se encarga de construir, vender y repartir el dinero entre
los aportantes. Ninguno de nosotros tenía experiencia en grandes desarrollos
—todos habíamos comprado o vendido en algún momento una casa o un departamento—
y estábamos con la idea de que podríamos hacer una venta directa: «Dando y
dando». Nuestro sobrino puso mucho esfuerzo en tratar de explicarnos la
realidad de los bienes raíces a través de una serie de largos correos
electrónicos explicativos, pero o no estábamos preparados, o no fuimos lo
suficientemente receptivos. Todo ese esfuerzo no fructificó; pero algo aprendimos
y, unos años después, establecimos contacto con otros desarrolladores.
Negociamos los contratos de fideicomiso, los firmamos y, cuando ya creíamos que
todo caminaría bien, la Procuraduría Ambiental multó duramente a nuestros
desarrolladores —ellos dicen que a la mala— y el resultado fue que se
desanimaron y desistieron de seguir adelante con nuestro proyecto.
Durante esos años en que tratamos
activamente de vender el rancho, mi relación con Fernando fue bastante buena.
Comentábamos seguido los correos de mi sobrino, platicábamos sobre nuestros
avances con los desarrolladores y sobre las particularidades de los contratos.
Esos intentos de venta nos unieron más que todos los años anteriores en los que
compartimos la posesión de los terrenos. La evolución posterior de los
acontecimientos, sin embargo, nos volvió a desunir; esta vez, mucho más
profundamente. Cuando los empresarios a los que aportamos los terrenos en
fideicomiso se echaron para atrás, surgió un personaje que hasta entonces había
sido marginal. A la salida de su despacho, nos abordó a Fernando y a mí en el
elevador: «Miren, yo tengo manera de conseguir clientes para sus terrenos». Sin
pensarlo mucho, confiamos en él. Pensábamos que mientras no firmáramos ningún
contrato seguíamos pisando terreno seguro.
Pronto nos habló para
comunicarnos que tenía un comprador para la fracción de mi hermano Fernando por
una cantidad bastante atractiva; que convenía vender ese primer predio y que
los demás predios, es decir, el de Gabriel y el mío, así como las copropiedades,
también se venderían. A todos nos pareció bien. Cené con Fernando en un
restaurante de comida italiana que está frente a mi casa en la colonia Juárez.
Por algún motivo la conversación comenzó a salirse de cauce. Recuerdo haberle
dicho: «Si nos levantamos de aquí enojados, esto se acabó». Más tarde me
preguntó si yo creía que la venta que él haría nos beneficiaría también a
Gabriel y a mí. Le contesté que decidiera libremente si la venta le convenía o
no. Me dijo que él, a veces, lanzaba este tipo de preguntas abiertas para
formar su criterio y tomar su decisión. La cena no terminó mal, pero tampoco me
dejó un buen sabor de boca.
Comentamos después un proyecto de
compraventa que le enviaron en el departamento de nuestra madre, en Tlatelolco.
Se había mudado para allá para estar cerca de su hija adoptiva y sus nietos,
que allá vivían. En esa versión de contrato, la participación de Fernando en
las copropiedades pasaría a nuestro promotor; además, yo tendría que dar
servidumbre de paso por mi terreno para que todos pudieran acceder a los
terrenos de la cumbre, donde el promotor tenía planeado hacerse una residencia
con una de las vistas más hermosas de todo Valle de Bravo. Yo no lo vi mal; ese
cambio en las copropiedades podría significar el final de los conflictos que
habíamos vivido por tantos años. Sin entrar en muchos detalles, pasaron los
días y no tuve noticias del promotor. Mi madre preguntaba a Fernando y,
también, sin novedad. Un día mi madre comentó: «Dice Fernando que lo presionan
demasiado».
En esas estábamos cuando el
promotor me invitó a comer a la casa club de un fraccionamiento muy exclusivo
por el poniente de la ciudad. Varias veces comenté a Fernando sobre esa comida
y no me confirmó su asistencia. Mientras me dirigía hacia allá por la avenida
Constituyentes, me entró una llamada de Fernando, quien me dijo con voz
nerviosa: «Ya vendí». Después de un momento de desconcierto, pregunté: «¿Y ya
te pagaron?». «Sí, me dieron tal cantidad como garantía de cumplimiento».
Llegué a la comida con el promotor, en una terraza con ventanales amplios con
vistas hacia el campo de golf; iniciamos la conversación como si nada hubiese
pasado, pero poco a poco fue aflorando mi molestia. Fernando no me había
avisado de la operación con anticipación y el promotor tampoco: una clara
descortesía por parte de ambos.
Lo que siguió después fue muy
desagradable. Mi madre también se molestó al no haber sido avisada ni
consultada; nos convocó a Fernando y a mí a platicar en su departamento. La
tensión se sentía en el ambiente; hubiese sido fácil cortar el aire con un cuchillo.
Mi hermano nos comentó los detalles de lo que había firmado. En esencia, o
vendía, o perdía el depósito en garantía y pagaría una penalidad bastante alta.
Se comprometía con el promotor a llegar a un «acuerdo de voluntades» con
nosotros para cederle la parte de la copropiedad donde pretendía hacer su
mansión.
Durante los días siguientes mi
dilema fue acceder a ese acuerdo de voluntades o echar por tierra esa operación
que parecía sensacional para Fernando y, en ese momento, tampoco tan mala para
nosotros por las oportunidades que podría abrir. Decidí seguir adelante y la
operación de Fernando comenzó a caminar, con una serie de pagos que quedaron
secuenciados para los siguientes meses. Fue por esas fechas que mi madre
comenzó a referirse al promotor como Walander, que es el apellido del héroe de
una saga de novelas policiacas suecas, un tipo muy astuto.
—¿Su madre
leía novelas policiacas? —preguntó Citlali.
—Sí, se leyó todas las de Henning
Mankell. Toda su vida fue una buena lectora de novelas, de historia, de poesía…
Un poco de todo. Siempre se daba un buen tiempo por las noches. A los noventa y
dos años se operó de cataratas, por cierto, con el hijo de un amigo médico para
poder seguir disfrutando de sus libros.
—Y cuénteme, ¿cómo era ese
Walander? De seguro un tipo muy embaucador.
—Era un tipo con carisma. No hablaba mucho, pero sabía
apantallar. A los pocos días de conocerlo nos regaló una perrita finísima,
cazadora, muy veloz…Invitaba a buenos restaurantes en Polanco o Santa Fe… Un
día fui a su casa; una mansión con un jardín volado que dominaba todos los
edificios de Santa Fe y las colinas de atrás. Los pasillos y salones eran de
doble altura…forrados con mármoles o maderas finas…era como entrar al edificio
de un museo moderno.
Me tocó llevar la relación con Walander, quien se asumió
temporalmente como nuestro copropietario. Fernando se hizo a un lado, y Gabriel
vivía en Roma. Walander hablaba de un
desarrollo de alto nivel, y decía tener los contactos necesarios para obtener
los permisos ambientales de la SEMARNAT. Uno de sus conocidos era cercano al próximo
gobernador del Estado de México. El predio que asumía que sería de él, así como
los nuestros, tendrían excelente plusvalía. Por diferentes razones, la relación
con Walander se comenzó a deteriorar, sobre todo, por su falta de claridad en
sus planteamientos. Nunca fue capaz de entregarme algún planteamiento por
escrito con algún esquema de negocio. En sus visitas constantes al Rancho se
comportaba como si fuese el nuevo patrón, hasta que me colmó la paciencia. —Walander,
le dije—las copropiedades de Fernando no deben pasar a ti, sino a Gabriel y a
mí. Me sorprendió que aceptara, casi sin alegar.
Con ese cambio, se desataron estados de ánimo que nunca
imaginé. Fernando pasaba de ser a los ojos de mi madre, ya no el hermano que
actuó mal al ocultar una operación del interés familiar, sino en el hermano
benefactor. No sé cómo ni cuándo operó ese cambio de narrativa. Mi madre estaba
ciertamente confundida. En la nueva versión de Fernando, él había vendido por
ayudarnos; en la mía, había actuado mal por orillarnos a aceptar un acuerdo
poco claro para nosotros y ventajoso para él. Mi madre me recriminó a mí que hubiese vendido
la cumbre del cerro. —Pero si yo no he recibido un solo peso. —Pues Fernando
dice que fueron Ustedes. Dio inicio a una serie de malentendidos, de malas interpretaciones
y después de malos modos. Un día, literalmente, estuve a solo un último impulso
de lanzar un golpe sobre Fernando. No lo hice, pero la intención resultó
evidente.
Mientras tanto, Walander seguía paso a paso con su proyecto
de quedarse con el copete del cerro. Hizo una serie de gestiones en el
municipio y en oficinas federales para llegar a una subdivisión formal que le
permitiera volverse propietario. Contó con un gestor muy eficiente, pero que
sacaba los documentos necesarios con trucos y mañas, algunos en mi perjuicio.
Un día supe que llevó al mismísimo Comisionado Federal de las Areas Naturales
Protegidas a nuestros terrenos, para que seleccionara su terreno y otro para su
hermano que pronto sería gobernador. Entre los malos humores que había en la
familia, mis sospechas de los documentos irregulares que obtenía Walander, y
sencillamente, tal vez por hartazgo, un día que me habló Walander para decirme
que tenía que firmar los papeles de la subdivisión, le dije: -Nadie cumple con
nada. Esto es un desastre. No voy a firmar. Al colgar, me asomé por la ventana
de mi habitación, y contemplé el Citlaltépetl en toda su majestuosidad,
a la luz de la tarde que comenzaba a caer: —Te acabo de mandar de regreso a la
Edad Media, a la oscuridad de los tiempos pasados, le dije.
Tuve la certeza de que había cruzado un punto de no retorno,
pero estaba lejos de sospechar lo que sucedería. La mañana del último día del
sexenio de Enrique Peña Nieto, me crucé en el internet con el Plan de Manejo
que había emitido la SEMARNAT para la región de Valle de Bravo. No traía
planos; solo hablaba de polígonos y daba las coordinadas de los puntos de cada
uno. Algo sabía yo del tema por mi paso en la Secretaría de Agricultura; fui
plasmando uno por uno los puntos en el google earth, y para mi sorpresa,
todos los terrenos de Gabriel y los míos, así como las copropiedades, se habían
convertido en el Sancto Sanctorum del área natural protegida de Valle de
Bravo: Con una restricción absoluta de construcción, y ningún uso productivo,
ni agrícola, ni ganadero ni forestal. Solo se nos permitiría, según ese
decreto, filmar documentales previa autorización, hacer colectas científicas de
semillas y frutos silvestres, así como el aprovechamiento de madera caída, pero
no su comercialización. Irónicamente, el Citlaltépetl, un cerro sin
agua, quedó dentro de un polígono denominado “zona de captación de agua”.
Citlali checó la hora en su celular, dijo que era tardísimo,
desconectó su cargador, enrolló el cable y añadió:
—Son tantísimos temas.
Desobedecieron a su abuela, lo primero, y se tomó el dedo meñique para
comenzar a contar.
—Lo segundo, se unieron para
vender, pero no podían convivir, su hermano y Usted. Vaya socios; y tomó
también el anular.
—Lo tercero, les salió un
vivales, el tal Walander, y ahí van como mansos corderitos. Se apretó el dedo medio.
—Lo cuarto, hasta al Walander
ese se le apareció el chamuco…Me imagino que, con ese decreto, el gobernador
también lo mandó a recolectar flores.
Vi que ya nada más le quedaba un dedo, el gordo.
—Y lo quinto, algo me dice,
que acabó saliéndose con la suya.
Nos quedamos mirando un segundo y, casi al mismo tiempo,
soltamos una carcajada. Fue un destello de complicidad irónica que flotó en el
aire, pero conforme la risa se fue apagando, cobré conciencia de la fatalidad
que Citlali había resumido con tanta gracia. Ver el desastre de treinta años de
mi vida sintetizado en cinco dedos me pareció un acto de magia surrealista,
como si ella fuese la hechicera que con esos gestos desnudaba mi mayor
contradicción: el decreto de la Semarnat me había costado una fortuna en valor
comercial, pero al congelar la tierra, me había regalado la victoria que mi
fuero interno tanto anhelaba. El desastre había preservado mi montaña.
Nos quedamos mirando un segundo y, casi al mismo tiempo,
soltamos una carcajada. Fue un destello de complicidad irónica que flotó en el
aire, pero conforme la risa se fue apagando, cobré conciencia de la fatalidad
que Citlali había resumido con tanta gracia. Ver el desastre de treinta años de
mi vida sintetizado en cinco dedos me pareció un acto de magia surrealista,
como si ella fuese la hechicera que con
esos gestos modificó el curso de mi vida.
Ella comenzó a guardar unos cuadernos en su morralito,
preparándose para marcharse. Yo la seguía atónito con la mirada, cuando de
pronto se detuvo, volteó y preguntó:
—¿Y su tío, el político, no
los ayudó?
—Tuve oportunidad de
plantearle el tema a un amigo mío que era senador de la República y él, a su
vez, al secretario de la Semarnat. Días después, en su oficina en el Senado con
vistas al llamado «Patio del Federalismo» —que tiene la forma de semicírculo
inverso—, me confió: «Me dijo Rafael[10]
que primero arreglen el tema con su tío». Me sorprendió, pero no del todo. No
hay duda de que mi tío Ignacio era un ecologista entusiasta. Algún pariente me
relató que en alguna ocasión habría manifestado su deseo de que el cerro de San
Antonio se mantuviera como reserva ecológica. Un exgobernador siempre conserva
algo de influencia dentro de su estado. Él había encabezado una comisión
importante para el manejo del agua en la cuenca Amanalco-Valle de Bravo, y fue
en ese tiempo cuando se declaró a nuestros terrenos parte del «Parque Estatal
Santuario del Agua» durante el mandato de Arturo Montiel.
En años posteriores mi tío
encabezó los trabajos para el Programa de Manejo del Nevado de Toluca, durante
el gobierno de Enrique Peña Nieto. Cuando la Semarnat tomó la decisión de
hundirnos con el decreto de 2018, él se movía aún en los altos círculos de la
política local y con mucho contacto con las autoridades ambientales a nivel
federal.
—No creo que mi tío haya
hecho nada para perjudicarlos —me dijo un primo durante una comida.
—Pues entonces tu
hipótesis es que se lo «chamaquearon».
La sospecha carcome; la
verdad, al menos, libera. En 2025 un abogado que representaba a mi cuñada
analizó el tema y nos reportó en un desayuno: «Me dicen mis contactos que fue
una venganza política, por haberle prometido al gobernador algo que no le cumplieron».
Y aclaró: «Que no fue ninguno de ustedes, sino que fue a través de una tercera
persona». Me quedo con la verdad del abogado. Fue Wallander.
—Oiga,
¿y a sus primos les pasó lo mismo?
—No, a ellos no; el
polígono los tocó solo de refilón. Los del cerro de junto sí iban a salir
perjudicados, pero antes de que saliera el decreto de 2018 ellos obtuvieron sus
permisos para desarrollar. Por eso ves que estamos rodeados de luz en medio de
tanta oscuridad.
—Lo
bueno es que ahora nadie les tendrá envidia… —concluyó Citlali, con un extraño
sentido del humor que no le conocía.
Noche 50. Mi hermano Gabriel
Hasta que Citlali me dio una palmada en el hombro, me
percaté de que ya había llegado. Estaba absorto con la mirada fija en una
pequeña colección de cactus miniatura que coloqué en el vano de la ventana.
—Hace cinco minutos que llegué, y usted como si nada. Y le noto
una mirada distinta. ¿Qué le pasa?
—No es nada. Supersticiones. Con el día de hoy, ya viví un
año más que lo que vivió mi hermano mayor, que me llevaba un año tres meses y
veinticuatro días. Estas matemáticas me llegan al corazón; no entiendo bien la
razón. Al cumplir 67 años, superé en uno
la vida de mi abuelo Guillermo, la de mi padre y la de mi hermano Gabriel.
Pensé que la muerte a los sesenta y seis era una maldición de la familia y por
eso me pasé un año contando los días que faltaban para los sesenta y siete. Ya
cumplidos, ahora me asaltan este tipo de relaciones numéricas…pero bueno, en la
obsesión está el homenaje. Mi padre siempre tuvo la costumbre de determinar si
el número de una casa, o de un cuarto de hotel, era un número primo…La memoria
a veces escoge caminos retorcidos para hacerse presente.
—Comprendo, dijo Citlali. Tal
vez esos cálculos sean su forma de oración. Repasó toda la habitación con la
mirada.
Sé que buscaba alguna imagen religiosa pero no la había, ni
siquiera en miniatura, en la vitrina. Ya estaba colocado mi Tzompantli en
miniatura, hecho de pequeños cocos datileros incrustados en cañas de bambú. Ese
es mi Panteón particular, dónde están todos los seres que se me han ido; nada
que ver con los guerreros sacrificados por el poderío tenochca.
Mi hermano Gabriel tuvo una larga estancia como funcionario
diplomático en Italia antes de que lo designaran embajador de México en
Argelia. Durante esos últimos años vino una vez al año a México a la llamada
«reunión de embajadores», así que tuve la oportunidad de convivir un poco más
con él; nuestra relación se fue afianzando con el tiempo. Su forma de ser era
bastante diferente de la mía: no perdía oportunidad de socializar con todo tipo
de parientes y amigos y, además, tenía una inquietud intelectual muy acentuada.
Hizo varias investigaciones sobre personajes originarios de los países en los
que él estuvo y que tuvieron algún vínculo especial con México, o bien sobre
mexicanos que tuvieron una relación estrecha con esas naciones. Estos temas los
podía desarrollar desde el extranjero y a veces los complementaba con búsquedas
en los archivos cuando venía a México. Le gustaba conversar sobre sus
investigaciones, relatar sus visitas a los archivos o los encuentros con
personalidades académicas que hubiese tenido; era un conversador fluido, con un
gusto muy particular por narrar detalles.
Nunca se enteró muy a fondo de las particularidades y las
problemáticas del rancho familiar. Tuvo buenos sueldos con los que estaba
contento y satisfecho; sus aspiraciones en la vida eran familiares e
intelectuales, no materiales. Cuando estalló mi conflicto con Fernando derivado
de la venta que hizo, trató de tranquilizarme:
—Todos cometemos errores en algún momento.
Pero hizo algo más: se dio tiempo para entender las
diferentes aristas del problema, una de ellas la indefinición, o la falta de
claridad, sobre la ubicación precisa de la casa familiar. Las escrituras la
ubican en una fracción común, pero, de acuerdo con las medidas y colindancias
que ahí se establecen, en los planos topográficos la casa se sitúa en la
fracción que le correspondía solamente a él. Durante su estancia de unos días
en Valle de Bravo me dijo más o menos lo siguiente:
—Tú pusiste mucho empeño en hacer esta casa y en mantenerla
a lo largo de los años. Es tuya. Si tengo que firmar algo, lo hago.
Elaboramos un convenio privado en el que él me cedió los
derechos sobre la casa que pudieran corresponderle.
—No lo pienso protocolizar —le dije. Y añadí: —Cuando yo
falte será para ti y para tus hijos, así que no hace falta más papeleo.
Antes de irse me comentó de nuevo que la casa ya era mía,
que dispusiera de ella, que le hiciera las mejoras que yo considerara y que a
él le daría mucho gusto que fuera así.
En una de sus visitas a Valle de Bravo comenté el asunto de
la declaratoria de cambio de uso de suelo del Citlaltépetl con Gabriel. Yo me
inclinaba por promover algún recurso legal que tendríamos que financiar entre
todos, por estar comprendidas las copropiedades. Él estaba contento con la
vida, despreocupado. Acabábamos de recorrer la cima del cerro, él a pie y yo en
mi cuatrimoto, pues la distonía no me deja caminar por tramos largos. Mientras
tomábamos un agua fresca de maracuyá que nos preparó Delfina, me dijo en tono
casual:
—Oye, no está mal que todo el rancho se quede como área
protegida.
No recuerdo qué contesté. Se mezclan muchos sentimientos: el
amor al Citlaltépetl, que siempre le he tenido, el enojo con Wallander y sus
mañas para apoderarse de lo ajeno y, finalmente, el coraje, la ira y la
impotencia frente a un acto de poder.
Después de seis años como embajador en Argelia se jubiló.
Vino a México a realizar los trámites respectivos y le presté mi pequeña casa
en la calle de Liverpool, en la colonia Juárez; lo agradeció bastante. Me daba
mucho gusto escucharlo sobre cómo se desplazaba de ahí, caminando o en
transporte público hacia todos lados, para hacer sus trámites, ver a sus
amistades o comprar libros, que era otra de sus pasiones. Luego vino unos días
a Valle de Bravo, ya jubilado. Estuvo movidísimo: la subida a la casa es muy
empinada y la hacía dos veces al día a pie. Subió a la cresta de La Peña —lo
que no hacía desde niño— así como al cerro de nosotros. De pronto encontró unos
libros en la biblioteca con datos biográficos de la familia Pagaza y con mucho
entusiasmo comenzó a hacer anotaciones, búsquedas adicionales en internet y fue
a ver a algunos parientes lejanos que pudieran aportarle información . Había un
florero en la casa que, según mi madre, perteneció al obispo Joaquín Arcadio
Pagaza; fue al museo en Valle de Bravo que lleva su nombre, en lo que fuera la
residencia del obispo, y les donó la pieza.
—Deberías venirte para acá y ser el cronista oficial de
Valle de Bravo —le dije.
No le desagradó la idea, pero ya tenía muy consolidados
otros planes para radicar en Madrid. También fuimos a ver a un promotor de
raíces amigo mío para explorar opciones para vender parte del rancho. Ya
jubilado, cambió en algo su perspectiva. Hubo una comida por esos días en
Toluca que reunió a muchos primos Rosenzweig que no nos habíamos visto en años.
Al día siguiente, un domingo, ya en la casa de Liverpool,
salió a dar un paseo por los alrededores. No hubo testigos oculares que
narraran lo que aconteció dentro de una de las escaleras metálicas al interior
del Monumento a la Revolución. Los paramédicos lo encontraron tirado, con un
fuerte golpe en la cabeza… Falleció en el Hospital Balbuena, adonde fue
trasladado. Nos enteramos hasta el día siguiente, cuando mi hermano Fernando lo
comenzó a buscar al ver que no llegaba a la cena que habían convenido para
platicar. Según me había comentado Gabriel, el tema sería conversar con
Fernando sobre el futuro del rancho en Valle de Bravo.
La noticia para mí fue demoledora. No soy de los que expresa
su tristeza o su alegría abiertamente; más bien se fue apoderando de mí un
sentimiento de vacío. El hueco que él dejó me comenzó a rodear por muchos
lados. Durante varios días no toqué nada de la mesa del comedor, que estaba
llena de libros, lápices, bolígrafos, tijeras y notas con apuntes, hasta que
llegó su viuda y alzó todo. Nunca había imaginado que él pudiera morir antes
que yo, a pesar de ser un año mayor. Así hubiese sido, seguramente, de no
haberse suscitado ese accidente del que tan poco se sabe. «Así no estaban
concebidas las cosas», me repetí muchas veces.
Uno de los primeros temas que me brincó fue que, aparte de
haber perdido a un hermano entrañable, me había quedado sin albacea y sin
heredero universal para cuando llegue mi momento. Esa era la salida que siempre
visualicé para mí de los escenarios del mundo. Además, me convertí en el decano
de la familia, así ya nada más quedáramos dos. Siempre existió una figura de
más autoridad moral: primero mis padres, luego Gabriel. Él fue quien decidió,
sin oposición de nadie, el lugar donde descansarían los restos de mi madre y
fue quien desahogó su última voluntad. Nos quedamos sin timón. Aunque viéramos
poco a Gabriel, ahí estaba.
Ya después, en días posteriores, reflexioné sobre cuestiones
más prácticas, como el futuro de la casa de Valle de Bravo. De un momento a
otro habíamos cambiado de copropietario.
Citlali se mostraba conmovida. Noté que quería decir algo,
pero no le salían las palabras. Me levanté hacia la vitrina donde tengo los
carritos, tomé uno y le dije:
—Mira, es un Mercedes-Benz, uno que fue de él cuando éramos
niños en Lima, Perú. Con estos carritos jugábamos a los amigos: él movía su
carrito para visitarnos a los otros y yo le correspondía la visita. Es curioso
ahora que lo recuerdo: con él no recuerdo haber jugado carreritas, ni mucho
menos a chocar los coches, como hizo años después mi hermano Fernando con un
primo que estuvo de visita. Y mira este avión, de Lufthansa. … También le
gustaba anunciar de qué aeropuerto saldría el vuelo —se los sabía todos— y a
cuál llegaría. Poco antes de su muerte, mi madre me mostró los pases de abordar
que hacía mi hermano Gabriel como parte de esos juegos.
Citlali quería decir algo, pero de la emoción se le trababan
las palabras.
—Fue un ángel —dijo por fin.
Noche 51. La Vejez Toca la Puerta
—¿Qué se siente tener sesenta
y siete años? —quiso saber Citlali.
—Mira a un muchacho que termina la preparatoria; le faltan
cincuenta años para llegar al lugar donde estoy yo. Sesenta y siete es una
frontera tramposa. Se supone que a esta edad uno hace lo que le viene en gana,
pero la verdad es que terminas haciendo solo lo que el cuerpo te permite. La
única ventaja real es que el juicio de los demás se vuelve ruido de fondo; ya
no tienes que pedir permiso para ser quién eres ni estar a la altura de ninguna
expectativa. Pero la mente va por un lado y el cuerpo por otro. Los ojos se
cansan, pero el deseo de mirar sigue intacto. Las piernas pesan, pero el
instinto te pide salir a ejercitarte bajo el sol. Lo verdaderamente duro de
envejecer no son las arrugas, sino la falta de proyectos. El pasado se queda congelado
y ya no hay manera de reescribir una sola línea. Aceptar esa inmovilidad es
liberador, sí, pero es una liberación fría. Ser viejo es ser libre, supongo,
aunque todavía falta la prueba final: la decadencia última, la enfermedad y la
muerte.
Recordé una historia que no había compartido con Citlali.
Encerraba la chispa de la esperanza que no le había sabido transmitir.
Antes de casarse, mi madre hizo un largo viaje por
Sudamérica en compañía de la abuela Omma y de un tal don Ricardo Atwell.
Recorrieron varios países, entre ellos Colombia, Perú, Brasil y, posiblemente,
también Argentina; mi madre se refirió algunas veces a todo lo que conoció.
Imagino a don Ricardo como una persona mayor, muy cortés y caballeroso, amigo
de la familia de la abuela Omma. Era de origen norteamericano, viudo o tal vez
soltero, y con una sólida posición económica. En su vejez organizó ese viaje,
el cual debió de haber disfrutado el doble en lugar de realizarlo él solo. De
regalo de bodas le dio a mi madre el primer carro que tuvo como mujer casada,
al que apodaban El Grillo por su color chillón.
Conforme la vejez toca a mi puerta, cambia mi percepción de
don Ricardo: de ser aquel caballero con una supuesta intención de «llegar a
algo» con una mujer joven, ahora lo veo sencillamente como un viejo que
deseaba, tan solo, una compañía agradable.
«Si algo pudiese suceder entre nosotros, Citlali, más allá
de las charlas en la biblioteca, podría ser algo así», pensé entre sueños.
La escuché decir, con una voz nítida, más nítida que si
fuese real:
—Mañana se cumplen cincuenta y
dos noches desde la primera vez que vine…
Localizó el libro de Kawabata en la estantería, lo echó en
su morralito y dijo:
—Me lo llevo.
Giró la perilla de la puerta, tiró levemente de ella, volteó
hacia atrás para mirarme y preguntó:
—¿Volverá pronto a la casa de
las bellas durmientes? —quiso saber.
—Ya no, Citlali… Ya están dormidas.
Noche 52. El Fuego Nuevo
El número cincuenta y dos representaba para los aztecas la
sincronía perfecta del universo y el momento en que el tiempo volvía a comenzar
desde cero. Medían el tiempo con el Tonalpohualli —el calendario ritual
y sagrado de doscientos sesenta días que regía el destino de los hombres y los
dioses— y el Xiuhpohualli, el calendario solar de trescientos sesenta y
cinco días que gobernaba los ciclos agrícolas y las estaciones. Ambos
calendarios corrían desfasados y solo se alineaban cada cincuenta y dos años
solares. Cuando se cumplía ese plazo, la gran rueda del tiempo cerraba su
círculo.
Era un momento de suspenso cósmico absoluto y de terror
sagrado. Los aztecas creían que el universo era frágil y que, al completarse la
«atadura de años», el sol podía perder su fuerza, las estrellas transformarse
en monstruos y la humanidad extinguirse en la oscuridad permanente. Para evitar
el fin del mundo se realizaba el ritual del Fuego Nuevo. Al caer la tarde del
último día del ciclo, se apagaban todos los fuegos del imperio: desde el altar
mayor de los templos hasta el fogón de la casa más humilde. Las vasijas de
barro se rompían, los hogares se limpiaban y la gente entraba en un silencio
sepulcral, en la total penumbra.
Los sacerdotes se vestían con los ropajes de los dioses y
marchaban en una procesión nocturna hacia la cumbre del Huizachtépetl,
el Cerro de la Estrella. En la cima de la montaña, los astrónomos observaban el
paso de las Pléyades. Cuando esta constelación cruzaba el centro del cielo,
significaba que el universo continuaría. En ese instante, sobre el pecho
abierto de un guerrero cautivo, el sacerdote frotaba dos maderos sagrados hasta
hacer brotar una chispa. El Fuego Nuevo había nacido. Desde esa hoguera en la
cumbre del cerro, los corredores encendían sus antorchas y descendían a toda
velocidad en medio de la noche para repartir la lumbre a los templos y, de ahí,
a cada uno de los hogares. El imperio volvía a iluminarse.
Citlali ya no estaba.
En la penumbra de mi biblioteca, rodeado por el gran hueco
de oscuridad que cubre el cerro, me quedé esperando a que amaneciera.
Sinopsis Oficial
En la cumbre de un cerro en Valle de Bravo, rodeada por un
denso hueco de oscuridad, se esconde una biblioteca donde el tiempo parece
haberse suspendido. Ahí, un viejo economista de sesenta y siete años, aquejado por
una extraña enfermedad neurológica que le tuerce el cuello como a un alacrán,
consume sus noches en la más profunda soledad, refugiado entre las páginas de
sus libros.
Su silencio se rompe con la llegada de Citlali, una joven
estudiante de enfermería que, noche a noche, acude a la biblioteca en unas
visitas fantasmales. Lo que inicia como una convivencia casual pronto se
transforma en un pacto involuntario: a cambio de buñuelos y atole de guayaba,
el anciano acepta abrirle las puertas de su pasado, desnudando una memoria que
muerde.
A lo largo de cincuenta y dos noches, la voz del narrador
arrastra a Citlali por el torbellino de su propia existencia: desde una
infancia rota por las mudanzas constantes, pasando por la tiranía y los chismes
del clan familiar hasta el vértigo del poder político durante las negociaciones
del TLCAN . Es la crónica de un hombre que escaló hasta la cúspide de la
burocracia federal mientras su propio cuerpo y el modelo económico del país se
colapsaba.
Pero el viaje también esconde un secreto íntimo: las
andanzas del protagonista por las zonas rojas de la Ciudad de México y los barrios
de La Habana; un refugio de farras, jineterismo y bellas durmientes
donde un cuerpo traicionado intentó desesperadamente recuperar la juventud que
se le escapaba de las manos.
Con una prosa quirúrgica y de un lirismo melancólico
desgarrador, esta novela es un sutil juego de espejos donde el presente de la
biblioteca intenta sanar las heridas del pasado. Inspirada en la atmósfera surrealista
de Yasunari Kawabata la obra demuestra que, al final de la tormenta, rescatar
la memoria no es un asunto de lujuria ni de poder. El cariño por el idioma náhuatl
que surge a partir del nombre de Citlali culmina con el recuerdo de la ceremonia del “Fuego
Nuevo” de los aztecas que para el narrador es la serenidad que recuperó a lo
largo de las cincuenta y dos noches.
Notas Editoriales
[1] Exposición
Universal de París de 1889. En ese certamen, el trabajo cartográfico
de Ferdinand von Rosenzweig (Fernando de Rosenzweig) y la
Comisión Geográfico-Exploradora de México destacó internacionalmente por su
precisión técnica. Los puntos clave de este logro son: Se le otorgó
la medalla de oro en la sección de geografía y mapas por la
calidad de los planos presentados. Sus planos no solo eran herramientas
técnicas, sino que proyectaban la imagen de un México moderno y científicamente
avanzado ante las potencias europeas. Esta exposición es famosa por la
inauguración de la Torre Eiffel.
[2] Nació el 15 de julio de 1891 en Santa
Ana Tlapaltitlán municipio de Toluca. Fue abogado por la Escuela Libre de
Derecho de la Ciudad de México. Fue diputado constituyente en 1917 por el
Distrito I de Toluca y diputado local en la XXVI Legislatura del Estado. Dicha
legislatura realizó las funciones de constituyente porque discutió y aprobó la
actual Constitución, que fue promulgada el 8 de noviembre de 1917, por el
Gobernador Agustín Millán Vivero. En 1924 fue diputado federal y al año
siguiente nuevamente diputado local por Valle de Bravo en la XXX Legislatura.
Posteriormente se dedica al ejercicio de su profesión por no comulgar con las
ideas de los gobernadores Abundio Gómez y Filiberto Gómez, época en la que
estuvo en peligro de ser fusilado, acusado por cristero, debido a que defendió
a unos campesinos de su pueblo natal, Santa Ana Tlapaltitlán, que habían
participado en el movimiento revolucionario cristero. Hombre amante del deporte
y tenaz en sus propósitos, en 1934 fue electo diputado federal por el Distrito
IX de Tenango del Valle. En 1935 fue Oficial Mayor en el gobierno de José Luis
Solórzano y secretario general de gobierno durante la administración del galeno
Eucario López Contreras. En 1936 fue promotor de diversas iniciativas de ley
sobre beneficencia pública, previsión social, beneficencia infantil y divorcio.
Así mismo fungió como asesor del General Lázaro Cárdenas en temas de la reforma
agraria y la expropiación petrolera. Fue Director del Instituto Científico y
Literario (Hoy UAEMEX) de enero a abril de 1935 (texto tomado de página web,
Crónica e Historia, Santa Ana Tlalpatitlán) https://www.facebook.com/profile.php?id=100063380461049
[3] Para 1935 la tecnología de
amplificación de sonido ya estaba bastante desarrollada y se utilizaba de forma
común en eventos públicos, política y entretenimiento. A continuación te
detallo cómo funcionaban estos dispositivos en esa época:
Megáfonos
·
Acústicos: Eran los más comunes desde siglos atrás (simples
conos de metal o cartón).
·
Eléctricos: Aunque los primeros modelos experimentales
aparecieron en las primeras décadas del siglo XX, para mediados de los años 30
ya existían sistemas portátiles básicos
[4] El
Hochdeutsch como "Lengua de Prestigio"
·
Origen como lengua culta: El alemán
estándar no nació como un dialecto hablado, sino como una lengua
escrita unificada para la administración, la literatura y la religión
(impulsada por la traducción de la Biblia de Lutero).
·
Filtro social: Durante siglos, solo las
clases altas y los intelectuales tenían acceso a la educación formal necesaria
para dominarla. Hablar "puro" alemán estándar era señal de pertenecer
a la élite, mientras que los dialectos locales se asociaban con el campo y las
clases trabajadoras.
·
La unificación del siglo XIX: Con la
creación del Imperio Alemán en 1871, el Hochdeutsch se
convirtió en la lengua oficial del Estado y las escuelas, consolidándose como
el estándar para cualquier persona que buscara movilidad social.
[5] El
nombre oficial del recinto conocido popularmente como "Hospital de la
Ceguera" es Asociación para Evitar la Ceguera en México, I.A.P.
(APEC). Esta institución es una Institución de Asistencia
Privada (I.A.P.) sin fines de lucro, fundada en 1918, que se dedica a
ofrecer servicios oftalmológicos especializados.
[6] De acuerdo con Gemini IA: El Dr. Marcus
Miller es una figura muy real y prominente en el Departamento de Economía de la
Universidad de Warwick. De hecho, es Profesor Emérito y ha tenido una carrera
brillantísima, siendo investigador en centros como el CEPR y asesorando incluso
al Parlamento Británico y al Fondo Monetario Internacional. Es un experto
reconocido en macroeconomía internacional y, precisamente, en teoría de juegos
aplicada a crisis de deuda y tipos de cambio.
Lo que me parece más fascinante de tu anécdota es que:
·
El personaje encaja: En sus escritos
y conferencias, Miller suele tener una visión muy crítica y analítica, incluso
llegando a titular uno de sus trabajos como "La macroeconomía: una
disciplina, no una ciencia". Esa honestidad que tuvo contigo al llamarlo
"divertimento
·
intelectual"
es muy coherente con su perfil de académico que sabe que la realidad es mucho
más caótica que un modelo matemático.
·
La ironía del "divertimento": Mientras
tú te jugabas el título y la estancia en el extranjero aplicando
"mañas" para sobrevivir a sus exámenes, él veía la materia como un
ejercicio intelectual elegante. Es el choque perfecto entre la teoría
pura y la supervivencia práctica
[7] El anuncio histórico Contenido
Noche 1. El Genio de la
Biblioteca
Noche 4. Un Mundo Hostil-
O-Soto-Gari
Noche 5. Segunda
Adolescencia: Fealdad
Noche 10. El Megáfono de
mi Madre
Noche 11. El abolengo
Rosenzweig
Noche 12. La estirpe de
los Pichardo
Noche 14. Mi Último
Refugio en la Ciudad
Noche 15. Elección para
el Futuro
Noche 17. Tesis de
licenciatura y Viaje a Inglaterra
Noche 21. La Tormenta
Perfecta
Noche 25. Destazaron el
Rancho
Noche 28. Tratado de
Libre Comercio de América del Norte
Noche 32. Rebelión en la
Granja.
Noche 34. En el Cerro de Enfrente
Noche 37. Vasos
Estabilizadores
Noche 38. Mi Ultima
Batalla, TLCUEM
Noche 40. Barra
Estabilizadora. Tecnología Cubana
Noche 42. Por un Puñado
de Plata
Noche 43. Las Mieles del
Caribe
Noche 44. De Regreso con
las Bellas Durmientes
Noche 45. El
Citlaltépetl. El Sueño de un Imperio
Noche 46. Un Territorio.
Dos Mundos
Noche 47. Don Quijote
Cabalga de Nuevo
Noche 49. La Embestida
Final. Los Demonios Andan Sueltos
Noche 51. La Vejez Toca
la Puerta
Citlali, una Estrella
A mis sesenta y siete años, el espejo me devuelve un rostro
ajado, con una corona de fraile de completamente blanca. Si la dejo crecer
aparento más edad de la que tengo. Voy una estética que está en los portales.
Es un local sencillo, limpio y siempre está fresco gracias a los alerones que
lo protegen del sol y de la lluvia. Para la rapada solo pido que el personal
sea atento, que me atiendan rápido y que haya espacio para dejar mi bicicleta.
Ese día me tocó esperar unos minutos, mientras terminaban el
corte de otro cliente. Sentado cómodamente en un sillón lateral, observé de
espaldas a la estilista, y gracias a los espejos, también de frente. Pronto me
indicó que era mi turno.
—Qué guapa eres, le
dije.
Nunca me ha resultado fácil soltar piropos ni halagos, pero
ese día me salió del alma, tan natural que hasta yo me sorprendí. La chica vestía
casual, con ropa apropiada para el calor de la temporada. Me gusta el color de
tez morena como el de ella, y el cabello negro lacio es otro de mis imanes. Lo
llevaba a media espalda, y resplandecía como si hubiese salido de uno de los
posters que adornan las estéticas anunciando champús caros. Mientras me rapaba,
platicamos un poco. Se llama Citlali, y estudia el tercer semestre de
enfermería. Calculé que rondaría los veinte años.
—Listo señor.
Pagué, le agradecí mucho y me retiré.
Monté en la bicicleta para continuar con mi rutina. Bajé por
una calle empinada hasta el embarcadero, y para el regreso me tocó la subida que
exige esfuerzo pulmonar y músculo. Volví a la plaza para una pausa de
recuperación. Sentado en la jardinera de siempre, tengo una buena visión de
todo el movimiento. Pero ese día la distracción vino de adentro; cruzó por mi mente
la cabellera de Citlali como una cascada refrescante. Aún faltarían por lo
menos tres semanas para que me creciera el pelo y me tocara volver a la
estética. Vivo solo y la persona que me ayuda tenía el día libre. Ocupé
el resto del día entre la jardinería, la lectura y la hamaca, aunque ese día
fue poco lo que logré concentrarme.
Pasé de nuevo por la plaza al día siguiente, pues queda
sobre mi ruta ciclista. Habían colocado unos puestos móviles porque era un día
festivo, varios de ellos de joyería. Como si hubiera ido con esa idea, pregunté
si no tendrían algún dije con figura de estrella, aunque estuve a punto de
soltar la palabra en náhuatl. Solo había
estrellas de David. Ya me iba a rendir cuando una puestera me dijo: -Tengo esta
estrella. Es pequeña, con una montura de plata y picos de piedritas de colores.
-Me la llevo.
Cada día miraba al espejo para ver el avance. A la semana ya
se había dibujado la coronita, pero no fue sino hasta la cuarta cuando decidí
volverme a rapar. Ahí estaba ella, en la
puerta de la estética, tirando un balde de agua en la banqueta. Al entrar, me olió
a piso recién trapeado. Dejó el jalador de agua y me saludó: «Hola, qué gusto
verlo». Me miró con sus pupilas negras asentadas en un blanco inmaculado.
—Hola Citlali, ya volví, si, con el número cero —. La chica comenzó a raparme.
—¿Lo lastimé? — preguntó sorprendida.
-No te preocupes, no es nada. Hago muchos gestos, y a veces
tuerzo la boca. Es por un problema que tengo para controlar los músculos del
cuello.
Cuando terminó le entregué la estrella.
—Me acordé de ti en la feria.
La tomó y se la colocó en el cuello.
—Está discreta. Me la puedo
llevar puesta a la escuela.
«Hoy no iba a venir»,
me había dicho al llegar. Tenía planeado un viaje relámpago a la ciudad de
México con sus padres, que se canceló. A veces le gusta ir a un rancho con sus
abuelos donde tienen caballos y gallinas. Disfruta ayudar a su abuela a cuajar los
quesos. Citlali tiene mucha vida, pero no tiene historia. Todo en ella es
sencillo, transparente. Lo único extraño que me contó es que hace meses se
había pintado el cabello de verde, aunque ahora prefería su negro natural. Me
escabullí rápido de la estética; no quería arriesgarme a una impertinencia.
Bastante atrevimiento había sido ya entregarle el dije.
—Adiós, Citlali—,
dije en el tono más casual que pude. Volví a casa a regar las plantas, que
ardían de sed.
Lo que pasó después está envuelto entre la bruma. A la luz muy tenue de una
lámpara de mesa que iluminaba su rostro, Citlali estaba frente a mí, sentada
con los pies cruzados sobre un sofá de terciopelo antiguo en la biblioteca de
mi casa en el rancho de San Antonio. Su silueta parecía fundirse con las
sombras de la habitación, como si el terciopelo la absorbiera lentamente. Me
hacía las mismas preguntas que tanta gente antes, pero en la voz de Citlali,
que resonaba con la ligereza de un susurro, me hacían gracia, en lugar de
fastidiarme como solía pasar. Una por una las fui contestando, a veces dando
grandes rodeos o remontándome al pasado remoto. Me hacía mucho bien hablar con ella,
contarle mis cosas y era un deleite cuando me interrumpía para preguntar algo o
cuando se reía. Fueron cincuenta y dos noches que transcurrieron así, entre la
luz mortecina reflejada en el lomo de los libros, y las pupilas chispeantes de
Citlali interesada en mis relatos. Fue un
embrujo, o un encantamiento.
Noche 1. El Genio de la Biblioteca
—No acabo de entender —dijo la
chica—. ¿Qué busca usted con mi compañía? Voy a creerle que no quiere
aprovecharse ni jugar conmigo.
—Solo platicar y contar mi historia. Me gusta cómo escuchas.
Cuéntame, ¿por qué te animaste a venir?
—Es algo diferente. Los chavos
de mi edad me aburren. Hasta me voy a esperar para tener novio. Usted me dio
confianza, hemos platicado a gusto mientras le corto el pelo…No prometo nada,
igual nada más vengo hoy.
Hizo una breve pausa y añadió, con un tono decidido:
—¡Pero no vaya a estar de
coqueto!
Volteó a ver los estantes y dijo;
—Hay muchos libros aquí, ya ni se usan,
pero se ven bonitos, ¿sirven todavía?
Me quiso provocar con la inteligencia artificial, y en el
fondo, creo que tiene razón. Pero no me dejé. —Allá están los libros de poesía,
por ejemplo. —Me levanté y tomé uno casi al azar. Era de Benedetti y lo abrí—.
¡Wow! Aquí hay un poema que dice: «Usted puede contar conmigo, no hasta uno, no
hasta dos, sino contar conmigo».
La miré de reojo y vi que sonrió.
—Con solo con ver los estantes me lleno de ideas, y también
de recuerdos — le dije. Hay libros de novelas que los tomas y no puedes parar.
Otros son de historia, de arte, de economía, y algunos de filosofía. Varios
pertenecieron a mi padre. Una biblioteca es como si fuera un templo. Los libros
emanan voz, silencio y magnetismo. En ocasiones tienes la sensación de que te
miran los autores o los personajes. Hay una fuerza misteriosa que te hace tomar
justo el que te hace falta… aunque a veces pasa que vienes a buscar uno y se
esconde. Lo recuerdas verde y era morado. O se te aparece uno que no habías
visto en años.
La chica seguía muy atenta mi explicación. Le brillaron los
ojos cuando añadí:
—Hay un genio escondido en la biblioteca.
—Que a veces ayuda, y a veces hace
travesuras, dijo divertida, mientras se paseaba frente a la estantería. —En
la iglesia me sonríe la virgen, y a veces me espanta la mirada de algún santo.
Y también en el panteón. Cuando voy a
dejar flores a mi abuela, siento en ocasiones un escalofrío en la espalda.
De pie frente a los libros, se estiraba un poco para alcanzar
a ver las filas más altas o se inclinaba hacia las de abajo. Le llamó la
atención un libro de pasta negra que yacía sobre una mesa lateral. La imagen de
la portada era la de una joven oriental plácidamente dormida.
—Oiga, ¿y este libro?
Era “La Casa de las
Bellas Durmientes” de Yasunari Kawabata. Me tomó completamente por sorpresa. De
los dos mil volúmenes que hay, tuvo que elegir justamente ese. Después de mirar
la portada por un rato que me pareció eterno, le dio vuelta y leyó la
contraportada:
“La casa de las bellas
durmientes (1961) de Yasunari Kawabata, narra la historia de Eguchi, un
hombre de sesenta y siete años que visita un club secreto donde ancianos pagan
por dormir junto a mujeres jóvenes y vírgenes que han sido profundamente
narcotizadas. En este lugar, las reglas prohíben cualquier contacto sexual; los
clientes solo pueden acompañar el sueño de las jóvenes para recuperar
sensaciones e intimidades perdidas. A través de las cinco visitas que realiza
el protagonista, la obra de Yasunari Kawabata explora con un estilo lírico y
melancólico temas como la decadencia física, la soledad de la vejez,
el peso de los recuerdos y la fascinación por una belleza que resulta
tan pura como inquietante”.
—Qué libro
tan raro, dijo Citlali…
Sus ojos se quedaron quietos, y
las pupilas fijas, como en trance.
—Usted
también tiene sesenta y siete años, y también se siente solo. Dio un paso
hacia atrás, alejándose de mí.
La angustia se asomó a su rostro.
La escuché decir con una voz temblorosa:
—Ya me dio miedo, mejor me voy.
No salía de mi desconcierto. La
reacción de Citlali era previsible. Me había otorgado su confianza para venir a
conversar, y el libro había transformado mi hospitalidad en una sospecha
siniestra. Me quedé pasmado. Me asomé por la ventana hacia la oscuridad de la
noche, maldiciendo en silencio. No se me ocurría qué decir. Vi la silueta de Citlali
reflejada en el cristal; estaba de pie, rígida e inmóvil, pero temblaba. Con
cautela me giré para mirarla, y solo atiné a decir:
—Tranquila. Después de un silencio, añadí: —Un
día que vuelvas, te platico sobre ese libro. A mí también me impactó mucho
cuando lo leí.
—¿A Usted?
Su voz delataba su angustia.
—Los japoneses son muy raros
cuando escriben, pero no te mortifiques, aquí no viniste a pasar miedos.
El libro cayó de sus manos y el
golpe sordo retumbó contra las paredes. Respiró un poco más relajada.
—¿Nos hizo
una mala pasada el genio de la biblioteca?, dijo, tanteando el terreno.
—Si, ahora si se pasó. Mejor salgamos al patio. Te encamino hacia tu
casa.
Asintió con la cabeza, y antes de
perderse por el sendero, volteó y me dijo:
—Voy a
volver, para que me platique sobre ese libro.
Noche 2. Volvió Citlali
Sentí un gran alivio cuando
escuché los pasos de Citlali acercándose por el pasillo. Como es menudita, sus
pisadas casi no se escuchan ni se sienten, pero yo estaba ese día con el oído
bien aguzado.
— ¿Ya ve
que sí volví?, dijo al entrar. Me quedé intrigada con ese libro de la “Casa de
las Bellas Durmientes”. Ese que se refiere a unos ancianos que van a contemplar
a unas chicas que tienen narcotizadas. Y que no les hacen nada. Que los
japoneses alucinen de esa manera lo puedo imaginar, tienen fama de ser raros,
pero que Usted haya tenido esa novela abierta sobre la mesa, eso es lo que me
gustaría saber.
Me sorprendió el aplomo y la
seguridad con los que habló. Mostró un
temple y una confianza en sí misma que no le conocía.
—Es una novela, que maneja un
tema escabroso, pero es literatura, le respondí. — Lo que se cuenta ahí nunca
ha pasado en la vida real. Con lo que sucede en México, la historia de un
anciano encerrado con una chica drogada e inconsciente saldría en todos los
noticieros, desde la vivienda donde lo hubieran capturado hasta las entrevistas
con los vecinos, que por cierto nunca sospechan nada. En esa novela no hay ni policías, ni mafiosos,
ni tratantes de blancas, ni siquiera leyes. En la reseña que leíste, está el
anciano, está la chica, pero en términos de acción es prácticamente todo lo que
pasa. La joven está dormida así que toda la novela sucede en la mente del visitante.
Ellas despiertan en él recuerdos y
vivencias. Si no estuviesen dormidas hablarían, o interactuarían de alguna
forma, y entonces la novela dejaría de centrarse en los sentimientos de él.
—¿Y por qué
entonces no meditan en otro lugar? Podrían ir a un jardincito de piedras, o
sentarse debajo de un cerezo en flor.
—La belleza de las chicas es lo
que sirve de inspiración, pero a diferencia de un atardecer de ensueño, ellas
no solo estimulan la imaginación y la memoria, sino que también despiden
fragancias, se escucha su respiración, y cambian de postura, aunque estén
dormidas.
—Ya me
imagino a lo que quiere llegar. Es como una experiencia súper inmersiva, de
esas que te atrapan por completo, como un concierto en vivo. Aunque me sigue
pareciendo muy extraño.
—No te voy a contar más de la
novela. Hay partes que ni siquiera les entendí. Los hombres reflexionan sobre
su vida y sus relaciones de amor y desamor. Y cuando eso sucede, las mujeres
del pasado cobran vida, discuten, aman, se enojan, y muchas veces se van.
—Ya veo,
pero… ¿es ese su libro favorito?
—Es de esos libros que te dejan
pensando. Y el tema de las mujeres es uno de los que siempre anda rondando por
mi cabeza. No creo que tardes mucho en preguntarme por qué no me casé, ni tuve
hijos, ni formé familia. Y no va a ser fácil encontrar una respuesta.
—Justo, ya
me ganó. El otro día le pregunté por sus nietos y se hizo loco. Ahora me tiene
que contar.
—Es lo que más quisiera. Mucha
gente me hace la pregunta, pero nadie se toma el tiempo para escuchar una
respuesta. Al escuchar la historia de mi vida, la verdad estará por ahí metida,
enmarañada, atorada entre las brumas de la memoria, y sumergida entre los
sentimientos de la infancia, la adolescencia y la edad adulta.
—Cuénteme
entonces. Solo que no vaya a quejarse si me quedo dormida. En ese caso seré…
Hizo una pausa para pensar, y con
una gran sonrisa remató la frase:
—Su “bella durmiente”.
Noche 3. La Narco Muñeca
—Sabes Citlali, ¿lo que me sucedió el mes pasado que fui a
Guadalajara?
—Ni idea. Supuse que
comenzaríamos por su infancia…
—Comenzaremos mejor por un día cualquiera en mi tercera
edad.
Asistí a una boda en Guadalajara.
La ceremonia, el lugar, la comida, todo bien, incluyendo unos mariachis que
llegaron a ambientar. A la hora en que los novios y sus padres abren la pista,
normalmente me escabullo, pues ya nada más queda ver bailar a los demás. Sin
avisar a nadie, pedí mi Uber con destino a un club nocturno que ya había
identificado antes.
Ya dentro del table dance,
divisé a una morena de unos veinte años, de cara bonita y un cuerpo escultural.
Entre copas y charlas subidas de tono, piropos y coqueteos, terminé cediendo al
impulso de subir a la zona VIP, un reservado a media luz, un sofá amplio de
color chillón, y música a todo volumen con boleros pasados de moda. Tenía necesidad
de sentir la piel suave de una mujer.
El reservado olía a encerrado, a
licor y otros líquidos derramados. Siempre me ha gustado charlar un poco antes
de cualquier cosa. Ella era simpática, y su acento me hizo gracia. Se volvió
bailarina exótica al percatarse que el mercado laboral es un insulto para quien
ya probó las mieles del dinero. A los
quince años conoció a un tipo cuarentón, quien la convenció de juntarse con él;
para lograrlo, no escatimó en joyas, ropa de marca y motocicletas de alta gama.
Sospechó que el hombre se dedicaba a
actividades fuera de la ley, pero se dejó llevar por el hechizo. Vivió en una mansión
ostentosa, con columnas romanas, ángeles de yeso, y piscina climatizada,
rodeada de la miseria de un barrio marginal que muere de sed en épocas de
estiaje.
—Me cumplía todos mis caprichos—, me contó
ella.
—Dime uno, como ejemplo—, le
pregunté.
—Invitaba a todas mis amigas a
vacacionar en Cancún. Volábamos en clase premier, llegábamos a hoteles de gran lujo,
cenábamos en los mejores restaurantes y nos amanecíamos en las discotecas de más
moda. En todos lados nos trataban como auténticas princesas. En el equipaje, echaba
unas bolsas de papel de estraza que me daba mi novio antes de partir, con de
fajos de billetes, para propinas, y compras en los shopping malls.
A su pareja lo mataron
unos sicarios de bandas rivales y a ella la lanzaron a la calle, la despojaron
de todo y la amenazaron de muerte si denunciaba algo. Después del shock de la
tragedia, y aún sin superar del todo el dolor que le causó la pérdida de él,
por quien llegó a sentir afecto y tal vez amor, -lleva su foto en la pantalla
del celular- se lanzó a la calle -a la familia no podía recurrir-, y optó por
la mejor opción que se le presentó, la de bailarina exótica y acompañante en un
lugar con cierto abolengo en ese giro. Ahora su meta es terminar el segundo
piso de una casa que tiene en un barrio de la periferia.
Todavía tuvo un último golpe de suerte. Un día llegó a
rastras hasta su casa un ex escolta de su novio asesinado, y le entregó
seiscientos mil pesos dentro de una caja de cartón. Venía huyendo de la policía
que ya le seguía los pasos.
—Prefiero dártelo a ti a que me lo decomisen, le dijo.
Yo estaba encantado escuchando las historias de la chica,
mientras le acariciaba la cabellera y vaciábamos nuestros tragos. Ella parecía
estar dispuesta a contarme más, cuando de pronto se apareció un gigantón para avisarnos
que nuestro tiempo se había agotado. Al cruzar el umbral de la salida me sentí
tan solo como cuando llegué.
Citlali seguía en su sillón, muy quietecita.
—¿Ya terminó? Porque esperaba escuchar
la historia suya, no la de una chiquilla de esas.
—Cualquier vida puede resultar apasionante. Podríamos
platicar sobre el amor a primera vista; sobre el dinero y la felicidad, sobre
el éxito y la caída, sobre la resiliencia, sobre la compasión y la generosidad, y sobre
la triste realidad de nuestro pobre México. Toda vida es un espejo en el que
uno puede mirarse a reflexionar.
— ¡Zácatelas!
Habría que limpiar esos espejos antes de
mirarse uno ahí.
Estaba claro que Citlali no quería dejar ninguna rendija de
simpatía hacia la chica de Guadalajara. Pero me sorprendió al añadir:
—Me gustaría conocer otras historias
de su tercera edad.
Noche 4. Un Mundo Hostil- O-Soto-Gari
Citlali ya estaba en la biblioteca cuando entré, sentada en
el piso sobre unos cojines con los pies cruzados, hojeando un libro sobre Dalí.
—Hola— me dijo alegre. —Qué raro
pinta ese señor. Pero está entretenido.
—Fíjate en esa lámina que estás viendo. Se llama “La
Venus de los Cajones”. Tiene incrustados
unos cajones en la cabeza. Significa que todo mundo guarda secretos, y que
tenemos facetas ocultas. No es que sean malas, sino sencillamente que nos las
guardamos para nosotros mismos.
Citlali se llevó las manos a la cabeza y empezó a enredar y
desenredar unos mechones de cabello, pensativa.
—No me gustan los enigmas,
dijo después de un rato. Yo abriría todos esos cajones de golpe y sin avisar, a
ver qué encuentro.
—Comencemos con alguno de los míos, si te parece.
Daré un salto de cincuenta y cuatro años hacia atrás, para
situarme a los trece, al comienzo de la adolescencia. Mi familia y yo nos trasladamos a vivir de retorno
a México, después de haber vivido seis años en Sudamérica, cinco en el Perú y
uno en el Ecuador. Fue un regreso intempestivo, pues mi padre decidió de pronto
dejar el empleo que tenía en un organismo internacional, la FAO, para venir a
colaborar al gobierno del Estado de México, presidido en esos años por Carlos
Hank González. El año fue 1970 -no se me puede olvidar- pues escuchamos el
llamado juego de futbol del siglo entre
Italia y Alemania en el Mundial por la radio en nuestra casa en Quito. Yo tenía
la idea de que habíamos venido a la ciudad de México de vacaciones, pero ya
nunca más volvimos a nuestro hogar en tierras ecuatorianas.
La vida en Quito había sido grata. Me juntaba por las tardes con una banda de
niños de la colonia y salíamos a explorar las calles, a jugar futbol, y a
caminar en fila india sobre las bardas traseras de nuestros jardines. Al salir de la escuela regresaba a pie, muchas
veces brincando charcos, pues caían unos chubascos torrenciales casi a diario.
Siempre iba yo bien preparado con mi paraguas y en esa época era mi artefacto
favorito, pues me permitía caminar bajo la lluvia sin mojarme. Lo consideraba
un invento extraordinario. Antes de salir a México nuestra perra bóxer que
acababa de parir una camada de ocho cachorritos. La eché mucho de menos.
El día de nuestra llegada a México, mi abuela Omma organizó
una comida con todos mis tíos y primos en su casa de la calle de Félix Parra. Después de los postres salimos a un pequeño
jardín frontal. Habían organizado unas peleas. En cada tanda, pelearía uno de
los recién llegados -mis dos hermanos y yo- contra aquel de nuestros primos que
tuviera nuestra misma edad. Me tocó el segundo turno, pues soy el segundo de los
hermanos, contra mi primo Carlos. Mi combate fue breve. Apliqué a la perfección una llave de judo que
había aprendido en unas clases en los sótanos del Estadio Nacional de Lima, el O-Soto-Gari.
Lo jalé por las solapas, puse mi pierna
derecha detrás de las suyas, y lo empujé hacia atrás. Nadie se esperaba verlo
en el césped. Me aventé sobre él tratando de inmovilizarlo, pero mi ejecución
no fue buena y salí con varios moretones en el cráneo. Los adultos habían formado un círculo alrededor nuestro, como en
las peleas escolares que me tocaron después. Los rijosos al centro y toda la
escuela alrededor gritando «¡bronca, bronca!».
—Vienen los primos que no se
ven desde hace tiempo y los ponen a pelear. Tan fácil que hubiese sido inventar
otra dinámica— comentó Citlali.
Cuando terminaron aquellas vacaciones, ingresé junto con mi
hermano Fernando a un internado que dirigía una señora alemana, dentro de su
casa en la colonia del Valle. No éramos muchos.
Tal vez unos veinte de planta más algunos que posiblemente iban por las tardes
a hacer sus tareas ahí. La señora se llamaba Sabine, casada con un italiano de
apellido Arienzo. No me llegan a la memoria las escenas de cómo fue la
despedida de mis padres antes de que ellos volvieran temporalmente a Quito; él
a entregar su oficina y mi madre a levantar la casa.
—Me huele como a un bloqueo.
Pronto me di cuenta de que tendría que aprender a defenderme
en ese medio. No estaba acostumbrado a lidiar con las burlas y travesuras que
eran comunes en aquel entonces, que sentía como agresiones y tal vez lo eran.
Había chicos que aventaban bolitas de chicle a la cabeza con una cerbatana -un
popote de plástico-, o aventaban agua con unas jeringas sin que pudiera darme
cuenta de quién había sido. Había que estar alerta y a la defensiva. El judo me
ayudó de nuevo a lidiar con un chico molesto de apellido Capeletti. Le apliqué
la misma llave que a mi primo, pero a él si lo rematé en el suelo con un
rodillazo en la cabeza. Nunca se volvió a meter conmigo. Me quedé muchos años
con un mal sabor de boca, ya que ese golpe pudo haberle causado un daño grave.
—El O-Soto-Gari, versión
callejón— intervino Citlali.
El único momento grato en todo ese año fue la visita de mi
madre en una ocasión que caí enfermo; estuvo conmigo toda la tarde y me enseñó
unos juegos con unas ligas en los dedos, que las enlazaba y cruzaba de
diferentes maneras hasta que surgían unas figuras bastante sorprendentes.
Lástima que no me aprendí esos malabares; me gustaría tenerlos ahora dentro de
mi arsenal de habilidades. También me enseñó a hacer figuras con papel doblado,
tipo origami, de modelos que estudiaba en un libro muy antiguo editado en
España con ilustraciones e instrucciones muy exactas.
— Le ha de haber sabido a
gloria ese apapacho de su madre.
—Si, es el mejor recuerdo que tengo de ese internado. Y es
una palabra muy hermosa, de origen náhuatl, la que has utilizado.
Noche 5. Segunda Adolescencia: Fealdad
Cuando llegó Citlali aún se escuchaban unas chicharras, que
estuvieron haciendo un ruido atroz desde las primeras luces de la mañana y
hasta el crepúsculo. Son tantas, que incluso bajo el sol del mediodía uno tiene
la sensación de que estuviera lloviznando, de tanta agua que emanan. Por las
noches guardan silencio.
—¿Qué le pasó en el dedo que
lo trae vendado?, preguntó cuando me vio.
—Por la mañana recogí unos cocos pequeñitos, de esos que se
dan en racimo en algunas palmeras, como si fueran uvas. En mi taller les quité
la pulpa, y con un punzón les abrí los tres agujeros que traen arriba, igual
que los cocos grandes. Y me pinché la
mano…
—La gente, caray, hace muchas barbaridades
y luego llegan a emergencias para que los curen… ¿Y para qué andaba haciendo
eso?
—Me entretengo haciendo artesanías. Quiero hacer una versión
en miniatura del gran Tzompantli de Tenochtitlan…
Se quedó pensativa un momento y exclamó:
—Muy ingenioso. Los coquitos como
calaveras…
Terminó la estancia en el internado y la familia se volvió a
juntar en la casa ubicada en Jaime Nunó, colonia Guadalupe Inn. Era de dos
plantas, típica de clase media: Sala comedora abajo, y cuatro habitaciones
arriba, garaje de un solo auto y pequeño jardín atrás. Mi hermano Gabriel tenía
su cuarto independiente, y mi hermano Fernando y yo compartíamos otro. El
tercero era el de mis padres, y había uno más que se destinó a los libros de mi
progenitor, que siempre fueron muchos.
No me causó ningún inconveniente compartir habitación con Fernando.
Nuestra relación en la niñez había sido buena, pero al paso del tiempo nos
comenzamos a alejar. Con Gabriel hubo poca convivencia pues en aquellos tiempos
teníamos intereses y personalidades muy diferentes, el muy estudioso,
interesado en la vida social y una predilección juntarse con los adultos de la familia.
Salía poco a la calle, de la casa a la escuela y de la
escuela a la casa. Esa era la gran diferencia con la vida de mi niñez. Antes
salía a la calle a jugar, y ya en México, no logré hacer amigos en la colonia
donde vivía. Cuando veía chicos de mi edad, me daba la impresión de que se
burlarían de mí, o que me atacarían, así que prefería evitarlos y regresaba a
casa lo más rápido posible.
—La gran ciudad le dio pánico
escénico— dijo Citlali.
Le dedicaba muchas horas a hacer mis deberes escolares, tal
vez mas de las necesarias. La televisión en México nunca me cautivó. Siempre me
quede extrañando los programas que veía de niño, como Batman, los
Picapiedra, los locos Adams, Lassie, y el Llanero Solitario, entre otros. Solo
algunos s programas cómicos me gustaban, como La Carabina de Ambrosio y el
Chavo del Ocho, pero Pelayo, Chabelo y Siempre en Domingo eran
verdaderamente insufribles. Jugaba mucho a las barajas, sobre todo a un juego
de solitario. Hacía yo dos equipos, les repartía las cartas, y uno ganaba y
otro perdía, pero yo era el único jugador.
—¿En serio? — preguntó
incrédula Citlali.
—Hace poco leí un libro sensacional, La Novela de Ajedrez,
de Stefan Zweig. El protagonista
es capturado y lo mantienen aislado del mundo. Para no enloquecer, juega
ajedrez contra sí mismo, sin tablero y sin piezas. Todos los movimientos los
realiza en su mente…eso ya está a otro nivel.
Fue un gran alivio cuando me inscribí a unos cursos de
inglés en el Instituto Angloamericano, que estaba a unos quince minutos
caminando de mi casa. Disfrutaba las caminatas de ida y vuelta, las clases, y me
encantaban los libros con los que practicábamos pues me abrían el mundo de
Inglaterra. Algunos compañeros me caían bien y me encantaba ver de reojo a una
chica muy guapa, trigueña clara, que aparte vestía muy elegante al estilo escocés.
Pero nunca le hablé. Mis idas al Anglo eran un espacio preciosísimo de libertad
personal.
Mi cuerpo comenzó a cambiar, primero la voz, el vello
corporal, todo eso…el bigote y la barba nunca me salieron bien, y ya de adulto,
a lo más a lo que llegué fue a una piochita, más rala que la de Yaser Arafat.
Enfrenté la etapa de los granos en la cara, que fue bastante agresiva. Una
infinidad de marcas rojas me cubrían la frente, las mejillas y la barbilla,
tapando todo mi rostro. Lidié con ellos durante varios años hasta que empezaron
a desaparecer. Mi voz comenzó a sonar como bocina descompuesta. Un día, de visita en casa de mi tío Felipe,
decidió grabarnos, a sus hijos y a mí. Escuchar mi voz fue una experiencia
verdaderamente horrible. El sonido de bocina descompuesta fue desapareciendo
muy gradualmente. Me ha tocado escuchar
voces muy sonoras, de esas que uno siente la vibración hasta en la yema de los
dedos, con sonidos claros, bien definidos. La mía era opaca y no hacía vibrar
ni mis pestañas.
En la escuela, me apodaron el Gusano. Aparte de mi delgadez
algo notarían mis compañeros. Nunca he
podido dar un buen apretón de manos. Cuando saludo a alguien de mano, la mía no
embona, se queda tiesa o no la muevo como debe ser, o tal vez sea un tema de la
muñeca o del brazo y no de la mano. Es algo que nunca pude entender.
—Oiga, yo me imagino que no habrá sido tan
feo de joven. Con pelo, no sé si lacio o chino, sin arrugas y de buena estatura…
pues no ha de haber estado tan mal. Enséñeme una foto, ándele…
Saqué una cajita metálica del archivero, y le mostré una
donde aparezco cargando un perro.
—Ya vio, dijo Citlali
entretenida. —Y a usted que le gusta
describirse casi como un monstruo…
Me sentí complacido, muy a mi pesar.
—Pero añádele mi voz toda fea, y los granitos en la cara…
—Párele. ¡Tampoco es que lo
haya diseñado la inteligencia artificial! Soltó una risita, divertida.
Noche 6. Rancho Contento
Aún llegaban a la ventana los últimos resplandores del atardecer
por la altura tan considerable donde se ubica la biblioteca. El pueblo, al sur;
La Peña, al poniente. Un poco más tarde llegó Citlali.
—Venía subiendo por la vereda
y vi unos árboles de hoja muy rala pero llenos de flores amarillas. ¿Cuáles
son?
—Mi madre recolectó las semillas en Tierra Caliente, por el
rumbo de Otzoloapan. Siempre dijo que cuando ella faltara, y viéramos esas
flores, pensáramos en ella. Y eso es exactamente lo que me sucede todas las
mañanas, cuando bajo al pueblo y las
veo. Las ardillas y los cacomixtles se han encargado de esparcirlas, y ahora el
árbol está por todos lados. El fruto parece un limón persa, y la semilla al
centro es enorme, con forma parecida a una concha de mar. Le nombran “codos de
fraile”. Con ellos se elaboran los cascabeles que utilizan los danzantes
folclóricos en los pies. Es un instrumento musical muy ingenioso pero un tanto
primitivo.
-Ya sé cuáles. ¿Pero cómo se
llama el árbol?
Me quedé pensando si convendría hacer un poco de erudición
con este tema que me llegaba rodado.
-Viene de la palabra náhuatl “ayoyotl” pero le puedes
decir ayoyote. “YOTL” significa calabaza. Al repetir la primera
sílaba o parte de ella, se usa para expresar pluralidad, intensidad, frecuencia
o para crear diminutivos y formas afectivas. Al decir a-yo-yotl, se
indica que es un fruto pequeño y esférico. Me encanta cómo funciona el náhuatl.
— ¿A ver, otro ejemplo de esa repetición?
—Cacáhuatl…
— ¿Perdón? ¿Escuché bien? —
dijo sorprendida
Procuré mantener la seriedad, pero no pude ocultar una
sonrisa.
-La raíz es cáhuatl que significa semilla, y ca-cáhuatl
hace referencia a que hay muchas semillas dentro de una vaina.
—Es muy culto usted —, dijo
en tono que pretendía ser un reproche, — pero después de una pausa soltó: —¿Que pasaría con un tartamudo?
Y ella sola se contestó:
—Que de todo le darían de más,
supongo.
Los dos nos reímos de buena gana. Estábamos frente a frente,
y de pura casualidad, había una bandeja con cacahuates con cáscara que había comprado
en el mercado. No le comenté a Citlali que muchas veces, en la soledad del
cerro en el que vivo, me distraigo buscando información sobre las plantas y los
insectos que encuentro. Y más recientemente, comencé a obsesionarme por las
palabras en náhuatl, por una extraña asociación de ideas. Entre cáscara y
cáscara, volví a sumergirme en mi pasado.
En aquellos años en que vivimos en la casa de la Guadalupe
Inn, los hermanos de mi madre y ella decidieron emprender un proyecto semi
campestre en la localidad de Tenancingo, Estado de México. Compraron un terreno
grande y ahí hicieron un conjunto de ocho casas individuales. Había una pequeña
cancha de futbol, otra de squash, y una alberca mediana. Lo demás eran
jardines. Se llamó Rancho Contento. Íbamos ahí cada semana o a más tardar cada
quince días. La convivencia era intensa con los primos, y la de mi madre con
sus hermanos y cuñados, y desde luego con mi abuela Omma. Los domingos siempre había
una comida comunitaria. Cada familia (las tías y mi madre) preparaban un
platillo basto para compartir. Ignoro si se pondrían de acuerdo en qué
prepararía cada una, pero el resultado eran banquetes suculentos. Eran buenas
cocineras y se esmeraban por quedar bien. Nunca he sido un buen gourmet, así
que solo recuerdo los bolillos con chorizo recién asado, crepas de rajas, mousse
de camarón, cecina con guacamole y unas gelatinas con frutas ahogadas. De tomar
había aguas frescas, ya fuera de horchata, jamaica o de tamarindo.
La mayor parte del tiempo, sábado por la tarde y domingo por
la mañana, lo dedicábamos a jugar futbol. Organizábamos partidos con formatos
que dependían del número de los que
estuviéramos presentes: cinco contra cinco, tres contra tres, y así.
Cuando de plano no se lograban juntar jugadores para los dos equipos, salíamos
a la calle, y ahí había muchísimos niños de todas las edades. Seleccionábamos a
los que necesitábamos, los invitábamos a nuestra privada, y ellos iban
encantados de jugar en una cancha con césped. A veces jugábamos nosotros contra
los “niños pobres” lo cual era siempre una masacre, así que repartíamos a los
niños pobres en los dos equipos para tener partidos equilibrados.
—Oiga, más respeto. ¿Cómo que
los niños pobres? Uno no debe referirse a las personas por ese tipo de
características—, dijo Citlali.
—Tienes razón, así hablábamos hace cincuenta años y ahora no
se oye bien. Pero me entendiste…
Los marcadores eran
abultadísimos, algo así como 45-36 y no parábamos hasta que se metía el sol.
Mas adelante, varios de mis primos tuvieron motocicletas, A mí me compraron una
bicicleta con la que fui feliz. Me iba
al centro, tal vez varias veces al día por diferentes rutas, y muy seguido
salía a las localidades rurales que estaban cerca, a unos cinco o diez
kilómetros de distancia. Se cruzaban llanos muy hermosos, cultivados con maíz,
algunas hortalizas, y también había varios huertos de aguacate y zarzamora. Usualmente
íbamos tres o cuatro. El mejor ciclista
era definitivamente yo, en una época en que no estaba tan consolidado como
deporte. Uno se subía a la bicicleta con la ropa que traía puesta, no como
ahora, que los ciclistas utilizan atuendos especiales, y llevan aparatos muy
sofisticados para guiarse y saber cuántas calorías quemaron. A veces nos
juntábamos toda la bola de primos a contar chistes o platicar anécdotas, y en
general me llevaba bien con todos. Con mi padre jugué ajedrez muchas tardes. El me enseñó el juego y algunas estrategias.
A veces participaba alguien más, pero no era tan seguido, y yo me quedaba al
lado de mi padre observando las partidas.
Con mis tíos siempre mantuve una actitud distante. Me
inspiraban cierto temor y prefería mantenerme alejado de ellos. Los hermanos
Pichardo, tanto hombres como mujeres, eran la parte dominante en sus
matrimonios. Mi padre siempre se mostró dócil ante mi madre, y procuraba darle
gusto en todo. Mi madre lo trató siempre bien, conversaban bastante entre
ellos, pero mi padre desentonaba en el ámbito Pichardo. Ellos eran hombres de
negocios, hombres de acción, hombres que supieron hacer un buen capital. Mi
padre en cambio era un intelectual. Fue uno de los íconos en la historia
económica de nuestro país. Tuvo cercanía y colaboró con algunos de los intelectuales más reconocidos de su
juventud, como Vicente Lombardo Toledano, Martin Luis Guzmán y Daniel Cosío
Villegas, entre otros. Mi tío Felipe, ingeniero petrolero y próspero constructor,
jamás supo quiénes serían esos personajes. Mi tío Carlos, ingeniero
especialista en soldadura -el primero que hubo en México- me imagino que
tampoco. Así que mi padre era un extraño en el clan, por más que siempre se
mostró amable y le gustaba charlar con todos, o intentarlo. -Amigo Felipe, le
dijo un día a manera de saludo. -Fernando, tú y yo no somos amigos, somos
parientes, que es diferente.
—Rudeza innecesaria, intercaló
Citlali.
Muchos años después, durante la última vejez en la larga
vida de mi madre, le agradecí al tío Felipe todo lo que había hecho por ella, a
lo que me contestó: «No lo hago por tu madre, lo hago por mi hermana, que es
diferente». Más claro ni el agua, y en mi adolescencia tuve el atisbo de ese
rechazo que se fue confirmando con los años. Al ser mi padre un intelectual, y
los otros hombres de negocios, nuestra familia siempre fue la que tuvo menores
recursos económicos. No es que nos faltara nada, pero siempre estábamos a la
zaga, ya fuera en el tamaño de nuestra casa, los modelos de nuestros carros, y
la ropa que usábamos.
Desde entonces me quedó cierto dualismo en torno al dinero.
Por una parte, pensé que yo sí haría dinero como mis tíos. Por la otra, tenía
el ejemplo de mi padre, que disfrutaba muchísimo escribiendo artículos y notas.
Lo recuerdo perfectamente con su bloc y su lápiz, en una mesa pequeña que
sacaba al jardín de la casita de Tenancingo. Para el fin de semana empacaba un
portafolios de cuero con sus libros, fácilmente cinco o más, y desde que se
subía al auto -manejaba mi madre- iba leyendo y subrayando, lo cual era
notable, pues sus subrayados eran perfectos. Para eso tenía un pulso de
cirujano.
En alguna ocasión en que nos juntamos a charlar primos y
primas, alguna de ellas tuvo la idea de que formarían dos equipos, liderados
por ellas. Irían escogiendo a los hombres que estábamos ahí, lo cual era
práctica usual entre nosotros antes de nuestros partidos. Pero en esta ocasión
seleccionarían por el atractivo físico de cada uno. Las primeras elecciones
eran casi obvias, pues había algunos con fama de bien parecidos. Yo sentía que
me escogerían hacia el final, pero, antes de que dijeran el nombre del
siguiente seleccionado, no perdía la esperanza de que fuera el mío. Pero fui el
último. Los días que siguieron no dejé de recriminarme haber participado en ese
juego. Una cosa es ser el patito feo y otra diferente estarlo demostrando.
—Zas. Eso si estuvo muy cruel—exclamó
Citlali, indignada.
Hacia el final de esa época de Tenancingo, algunos de los
primos salían a las calles al atardecer en el auto de uno de ellos (no todos
teníamos) a conocer muchachas pueblerinas e invitarlas a subir. Si accedían les
invitaban un helado y luego iban a estacionar a algún lugar discreto para
retozar un poco. Alguna vez fui con ellos. Traté de hacer lo mismo, pero no se
me dio. Solo logré intercambiar algunas palabras con la chica, pero la mayor
parte del tiempo esperamos a que los demás terminaran con su juego. A mediados
de los setenta, abundaban los niños y jóvenes por el crecimiento demográfico
brutal de aquellos años. No había ese resentimiento de clase entre ricos y
pobres que se siente ahora. Tenía la percepción, que ahora asumo equivocada,
que cada uno aceptaba su lugar en el mundo, y no era extraño que las chicas
pobres compartieran con los niños ricos. Ese mundo se terminó en parte por el
esfuerzo educativo del gobierno, lo que ahora se llamaría el empoderamiento de
las mujeres, y por la aparición de bandas criminales y la delincuencia
organizada.
Citlali se arremolinó en su sillón, pelando un cacahuate con
tanta fuerza que la cáscara crujió entre sus dedos. Me interrumpió de golpe,
con una molestia nítida en la voz:
— ¿Qué diablos se creían ustedes?
Salir a acosar chicas…no tiene perdón…aunque dice que ellas aceptaban…En fin,
no me lo puedo imaginar. ¡Pero sí le
digo, me da rabia eso!
—Sabía que te podías enojar, sobre todo después de que te
conté lo de los “niños pobres”. Pero preferí ser transparente y no omitir este
tipo de detalles.
—Ningunos detalles—remató
ella, aún molesta.
En aquellos años de Tenancingo aprendí a manejar, lo cual
era uno de mis logros que más me llenaba de orgullo. En la casa, la que
manejaba casi siempre era mi madre. Mi padre solo aprendió a conducir automóvil
hasta después de haberse casado, y nunca fue un buen piloto, ni le gustó estar
al volante. Mi madre era muy buena conductora, algo notable para la época,
siendo mujer. Sobre todo, en carretera. A ella le habían enseñado desde muy
joven sus primos varones y fue ella quien me transmitió muchos consejos para
conducir, tales como frenar antes de la curva y acelerar al salir de ella,
frenar con motor haciendo los cambios de embrague, alinear el centro del cofre
con la línea blanca de la carretera, nunca pasar sobre lo que pudiera parecer
una bolsa o una caja de cartón, dar y pedir los cambios de luz larga, nunca
rebasar en columpios verticales, hacia dónde mirar para no dejarse deslumbrar
por los autos que viniesen en sentido contrario, entre muchos otros. Puse gran
empeño en aprender, y no pasó mucho tiempo antes de que yo fuera el chofer
designado para trasladarnos todos de la ciudad de México a Tenancingo. Uno de
mis grandes orgullos fue el día que por primera vez me llevé yo solo el auto de
la familia a hacer alguna diligencia dentro de la ciudad. Luego tuve que aprender a lidiar con policías
y con mecánicos, que son la eterna pesadilla de todo automovilista.
—Y ahora ya no maneja—, dijo
Citlali, —más que su bici y su cuatrimoto. Pero le voy a decir algo que no
le va a gustar. Me hace un retrato de unos niños ricos de telenovela, medios
prepotentes, medios bobos, unos más que otros…
Las casas de Tenancingo se vendieron por ahí del año 1985. Al
crecer, muchos de nosotros encontrábamos aburrido el pueblo y preferíamos tener
actividades en la ciudad. Además, mi abuela Omma tenía un rancho de 120
hectáreas en la localidad de Valle de Bravo, y ya había dicho, desde muchos
años antes, que ese rancho lo dividiría entre sus nietos. Valle de Bravo era la
joya de la corona turística del Estado de México, por la presa y sus calles
típicas de poblado mexicano antiguo. Tenía una vida nocturna que Tenancingo no
tenía, así que la tentación fue grande. Entre todas las cinco familias
descendientes de la Omma, y herederas del Rancho en Valle de Bravo, comenzó la
inquietud por el traslado hacia allá y el abandono del “Rancho Contento”.
Nosotros los Rosenzweig, comenzamos a construir nuestra casa a la mitad del
cerro que nos tocó, con una vista hacia el pueblo y las torres de la parroquia
hacia el Sur y la presa, hacia el Poniente. Fue un reto para nosotros hacer esa
casa. Mis tíos los ingenieros no pensaron que lo lograríamos, pues ni éramos
empresarios ni teníamos ninguna experiencia en la construcción. La casa la
construimos, evidentemente, con recursos de mi padre, pero no hubiese sido
posible sin el empeño y corazón que pusimos mi madre y yo. La construcción de
esta casa marcó un hito en la relación con mis tíos los ingenieros, pues
marcaba el fin de nuestra dependencia hacia ellos, el fin de su liderazgo, el
final de la historia en la que ellos siempre fueron los mejores, y dejaba claro
que nosotros, los Rosenzweig, también podíamos.
—¡Tomen para que aprendan! — exclamó
Citlali, mientras se ataba los tenis que se había quitado, como era su
costumbre.
Noche 7. Ladrillos y Maíz
Cuando llegó, noté a Citlali un poco desmejorada, con
cansancio en su semblante. No había parado de hacer cortes y peinados para
todas las chicas que querían estar guapas en su fiesta de graduación de
preparatoria, que sería esa noche.
—Hoy sí me cansé —dijo,
dejándose caer en el sillón—. Vengo rendida. Lo normal son dos o tres cortes
en una mañana, pero hoy no paré ni para el almuerzo. A la última chica le dije
que se le veía bien su cabello largo porque ya no tenía fuerzas ni para tomar
las tijeras. Nada más la peiné; me quedó bien, y se fue contenta. No creo que
usted sepa lo que es trabajar así de duro.
Durante unas vacaciones de verano en Rancho Contento, uno de
mis tíos tuvo la idea de ponernos a trabajar en la obra del mercado municipal
de Tenancingo, donde él era contratista, para que fuéramos conociendo el valor
del esfuerzo y del dinero. En aquel entonces ninguno de nosotros había cumplido
los dieciocho años, pero eso no era impedimento; ni siquiera se había inventado
la credencial del INE. Yo acepté con gusto; ya tenía esa edad en que uno quiere
despertar al mundo.
Llegamos muy temprano en nuestras bicicletas y las
encargamos con uno de los intendentes. Había unas torres de ladrillo rojo
apiladas en uno de los patios de maniobra y nuestro trabajo consistió en
trasladarlas a otro lugar. Los primeros montones los cargamos a pulso; no
serían más de cinco por viaje. Pronto surgió la idea de hacer una cadena
humana; nos colocamos a una distancia de unos tres metros de separación y nos
aventábamos los ladrillos de mano en mano. Fue divertido, pero pronto nos
cansamos. Al día siguiente ya teníamos dolor de espalda y ampollas en las
manos. Por puro pundonor, como diría mi padre, logramos terminar la pila que
nos asignaron. Muy satisfechos, fuimos a comentarle al supervisor que ya
habíamos cumplido y que nos marchábamos. Nos miró con una sonrisa burlona, y
nos asignó una pila aún más grande que la que ya habíamos movido y nos advirtió
que la salida era a las cinco de la tarde, ni un minuto menos. No tengo claro
cuántos días más aguantamos; ni siquiera recuerdo haber recibido mi pago. Con
tal de no volver a la obra, nos dimos por bien servidos.
—Albañiles influyentes. ¡Lo que me faltaba! —dijo sonriendo, y luego le
ganó la risa—. Ya me puso de buen humor. Cuénteme de otro trabajo de esos…
—No fue precisamente un trabajo; digamos que tan solo fue
una capacitación.
Durante la preparatoria, en un viaje escolar, nos llevaron a
un centro de experimentación para nuevas variedades de maíz que dirigía un
técnico suizo, por el rumbo de San Felipe del Progreso. La tarde de nuestra
llegada nos pasaron a un jacalón de adobe y piso de tierra, y nos explicaron
los experimentos que estaban haciendo con distintas cruzas de maíces criollos. Al
día siguiente, nos levantaron al alba para conocer la “parte práctica”. Nuestra
tarea era arrancar las mazorcas, deshojarlas y encostalarlas. Nos dieron un
clavo largo para abrir la mazorca, y nos sugirieron que utilizáramos los
guantes de felpa que nos habían pedido llevar.
Durante las primeras horas echamos competencias para ver
quién llenaba su talega de yute más rápido. Para la tarde, el furor deportivo
se nos había pasado. Comenzó a caer la noche junto con una fina llovizna. El
barro se emplastaba en las suelas de los zapatos, y las aletas de la nariz y
las orejas comenzaban a doler. Del cansancio, hasta atinar a la mazorca con el
clavo se complicaba. Nunca nos aclararon el objetivo del «bloque práctico»,
pero me quedó más claro cuando volvimos al jacal ateridos de frío: el suizo
estaba arrellanado en un sillón de mimbre, con un jarro de ponche y una pila de
libros al lado.
—Debí suponerlo. —remató
Citlali—. Ni obreros ni campesinos. De seguro se volvieron unos chicos
estudiosos—dijo entre risas.
Noche 8. Mi padre, mi ídolo
—Toma, mira esto —le dije a Citlali mientras le extendía un
par de cuartillas engrapadas—. Es lo que he logrado reconstruir sobre la vida
pública de mi padre. No espero que lo leas completo. Nada más echa un vistazo;
fíjate en algunos nombres de personas y de lugares y te darás una idea de quien
fue. Vienen algunas semblanzas de él en algunas enciclopedias, pero es una pena
que en ningún lugar esté su biografía completa. Logré reconstruirla con base en
mis recuerdos y verifiqué datos y fechas con la ayuda de la inteligencia
artificial.
Ella se acomodó en el
sillón, encendió la lámpara de mesa y recibió los papeles. Se tomó su tiempo.
Mientras yo observaba en silencio cómo sus ojos recorrían aquellas líneas, el
peso de la historia nacional y familiar comenzó a flotar en la habitación.
Mi
Padre: El Intelectual, el Historiador y el Maestro. Fernando Rosenzweig
Hernández: (1922-1988)
La
trayectoria de Fernando Rosenzweig Hernández se cimentó en el efervescente
ambiente intelectual del México de los años cuarenta. Durante su paso por las
aulas de la Escuela Nacional Preparatoria y, posteriormente, en las Facultades
de Derecho y Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM),
Rosenzweig formó parte de una constelación de jóvenes brillantes que se
convertirían en los arquitectos del Estado mexicano de la segunda mitad del
siglo XX. En los pasillos universitarios coincidió y debatió con personajes de
la talla de José López Portillo, Luis Echeverría Álvarez, Jesús Reyes Heroles,
Horacio Flores de la Peña y Emilio Mújica Montoya, entre otros.
Esta
coincidencia no fue meramente casual; constituyó un eslabón generacional
definitivo. Mientras compartían cátedras y lecturas sobre el nacionalismo
revolucionario y el destino del país, se tejieron redes de respeto técnico e
ideológico que, décadas más tarde, se reactivarían para llamarlo a ocupar las
más altas responsabilidades en la planeación económica e institucional de la
República. Sin embargo, a diferencia de algunos de sus contemporáneos que
optaron tempranamente por el pragmatismo político, Rosenzweig eligió el camino
del rigor científico y la intransigencia ética.
A
principios de la década de los cincuenta, Rosenzweig combinaba su labor como
economista con el periodismo de ideas. Se desempeñaba como jefe de redacción en
la revista Tiempo, el influyente semanario fundado y dirigido por el
célebre novelista revolucionario Martín Luis Guzmán. Fue en la coyuntura
electoral del 6 de julio de 1952 cuando sus convicciones de izquierda lo
llevaron a protagonizar un acto de abierto desafío al régimen. Junto a
intelectuales como Manuel Marcué Pardiñas y Jorge Carrión, Rosenzweig firmó y
publicó un "voto razonado" a favor del candidato del Partido Popular,
Vicente Lombardo Toledano, manifestándose en contra de la continuidad
oficialista que representaba Adolfo Ruiz Cortines.
La
reacción del aparato estatal fue inmediata y severa. Rosenzweig fue citado al
despacho principal del Banco de México por el propio Director General, el
licenciado Carlos Novoa. En una tensa reprimenda institucional, Novoa le
reclamó duramente la osadía de morder la mano presupuestal que lo alimentaba,
argumentando la incompatibilidad de recibir un sueldo del Estado mientras se
atacaba públicamente al candidato del régimen. Rosenzweig defendió su dignidad
con entereza, sosteniendo que su permanencia en el banco central dependía de su
probada calidad técnica y estadística, no de una forzada sumisión ideológica.
Este
choque político encendió la mecha de una crisis insostenible dentro de la
redacción de Tiempo, donde la convivencia entre el criterio histórico
del equipo técnico y las directrices de Martín Luis Guzmán terminó por
fracturarse por completo. El detonante definitivo fue la cobertura impuesta de
un desfile masivo organizado para ensalzar al presidente saliente Miguel Alemán
Valdés. Guzmán, plenamente alineado con los intereses económicos y
propagandísticos del alemanismo, ordenó mutilar, reescribir y alterar de forma
arbitraria las crónicas de los reporteros para eliminar cualquier matiz crítico
o análisis objetivo de la realidad social del país.
Para
Rosenzweig y su equipo, esta intervención sistemática representaba una
humillación profesional y una traición al propósito original del semanario. No
estaban dispuestos a convertir la revista en un mero folletín de adulación
palaciega ni en un instrumento de propaganda ciega. En un acto de dignidad
gremial sin precedentes, Rosenzweig encabezó una célebre renuncia colectiva en
bloque junto a su jefe de información Ernesto Álvarez Nolasco y redactores de
la talla de Mario Gill, Luis Suárez y Germán List Arzubide. El manifiesto
público de su dimisión se difundió íntegramente en las páginas del diario El
Popular, denunciando ante la opinión pública la incompatibilidad absoluta
entre el ejercicio del periodismo ético y la censura ideológica impuesta desde
la dirección de la revista.
Aislado
provisionalmente de los círculos oficiales por su disidencia, Rosenzweig
demostró una versatilidad profesional extraordinaria. En 1954, se incorporó a
la Comisión del Papaloapan bajo la dirección humanista del ingeniero Raúl
Sandoval Landázuri. Incursionó en la tarea de diseñar y supervisar el sistema
de crédito agrícola para las comunidades y ejidos indígenas desplazados por la
Presa Miguel Alemán. Esta intensa labor de campo lo llevó a residir de forma
permanente, entre 1956 y principios de 1957, en el campamento central de Ciudad
Alemán, Veracruz, experiencia que dio origen a su célebre balance "Crédito
agrícola en el Papaloapan" (1957) y consolidó su convicción de que los
números debían servir para la emancipación social.
Su
destreza en estas materias llamó de inmediato la atención del Banco de México,
institución a la que ingresó formalmente en 1955 como pilar técnico de primer
orden, y desde la cual el historiador Daniel Cosío Villegas lo reclutó para el
monumental proyecto de la Historia Moderna de México. Operando bajo un
esquema de colaboración institucional y "doble sombrero", el banco
central lo comisionó entre 1956 y principios de 1957 para regresar a la cuenca
del sureste y residir de forma permanente en el campamento central de Ciudad Alemán,
Veracruz. Esta intensa inmersión en el campo le permitió procesar sobre el
terreno el balance final del sistema de financiamiento rural, experiencia que
dio origen a su célebre estudio "Crédito agrícola en el
Papaloapan" (publicado formalmente en 1957) y consolidó su convicción
de que los números debían servir para la emancipación social.
A
su regreso definitivo a las oficinas de gabinete en la capital, Rosenzweig
dividió sus jornadas entre la planeación macroeconómica contemporánea del banco
y el procesamiento de ingentes bases de datos sobre moneda, banca y comercio
exterior del siglo XIX. Esta titánica aportación académica culminó en 1965
con la publicación de los tomos de "La Vida Económica" del
Porfiriato correspondiente a la Historia Moderna de México, introduciendo
por primera vez en México las herramientas de la historia económica
cuantitativa.
A
la par de este extenuante trabajo de investigación histórica en los años
sesenta, y con el fin de complementar sus ingresos, Rosenzweig recurrió a su
notable dominio del idioma inglés y su bagaje teórico. Se convirtió en un
prolífico traductor externo para la Sección de Obras de Economía del Fondo de
Cultura Económica (FCE). Entre sus aportaciones editoriales más destacadas de
este periodo se encuentran la traducción del clásico de Arthur S. Link, La
política de Estados Unidos en América Latina (1913-1916) (publicado en
1960); el compendio colectivo coordinado por Everett E. Hagen, Planeación
del desarrollo económico (editado en 1964); y el célebre manual
universitario de George Leland Bach, Tratado de economía. Estas
minuciosas traducciones no solo oxigenaron su economía personal, sino que
formaron a generaciones de economistas hispanohablantes al poner a su alcance
las discusiones de vanguardia de la teoría del desarrollo internacional.
La
solvencia demostrada en el Papaloapan convirtió a Rosenzweig en un cuadro
técnico de exportación para los organismos multilaterales. En 1966, la FAO lo
reclutó como experto internacional para dirigir los estudios del Proyecto de
Desarrollo de la Cuenca del Huallaga Central, con sede en Tarapoto, en la
Amazonía peruana. Durante tres años, aplicó modelos de colonización dirigida y
estructuró sistemas de crédito rural para los nuevos asentamientos de la selva
alta. En 1970, la FAO extendió su misión internacional y lo asignó a Quito,
Ecuador, como experto asesor en planificación económica, donde colaboró
estrechamente con las agencias estatales en el umbral del auge petrolero
andino.
Su
regreso de Ecuador a México ocurrió a principios de 1971, año en el que se
trasladó formalmente a colaborar con el Gobierno del Estado de México. No
obstante, sus diferencias con la política estatal lo llevaron nuevamente al extranjero en 1972,
trasladándose a Guatemala como consultor especializado en el proyecto GAFICA
(Grupo Asesor de la FAO para la Integración Económica Centroamericana), un
ambicioso esfuerzo técnico por articular los sectores agropecuarios de las
naciones del istmo centroamericano.
El
bagaje acumulado en el extranjero y su impecable reputación motivaron a sus
antiguos colegas a convocarlo en las vísperas del nacimiento de un nuevo centro
de excelencia. Así, en noviembre de 1974, Rosenzweig figuró como cofundador y
primer Director de la División de Investigación del Centro de Investigación y
Docencia Económicas (CIDE). En este arranque, la naciente institución -impulsada
por Francisco Javier Alejo y el propio Echeverría- estuvo presidida por su
entrañable compañero de la UNAM, Horacio Flores de la Peña, quien fungió como
el primer presidente del CIDE.
Bajo
la dupla de Flores de la Peña en la presidencia y Rosenzweig en la dirección de
investigación, la institución asumió un rol histórico trascendental:
convertirse en un refugio intelectual para decenas de académicos y científicos
sociales que huían de las dictaduras militares en el Cono Sur, tras el
sangriento derrocamiento de Salvador Allende en Chile (1973) y los golpes de
Estado en Uruguay y Argentina. Rosenzweig integró a estos brillantes exiliados
latinoamericanos a las áreas de investigación del CIDE, consolidando un espacio
de pensamiento crítico y plural de alcance continental que marcó la formación
de nuevas generaciones de economistas.
El
advenimiento del sexenio de su antiguo compañero de aulas de la UNAM, José
López Portillo, en 1976, reactivó las redes generacionales y colocó a
Rosenzweig en el núcleo de la alta burocracia financiera. Tras colaborar en el
IEPES formulando el Plan Básico de Gobierno, fue nombrado en 1977 como Director
General de Política de Ingresos en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público
(SHCP). En esta trinchera colaboró de forma muy estrecha con Julio Rodolfo
Moctezuma Cid, primer Secretario de Hacienda de ese gobierno y un funcionario
estrechamente ligado a Horacio Flores de la Peña (de quien había sido
colaborador clave como Oficial Mayor cuando Flores de la Peña encabezó la
Secretaría de Patrimonio Nacional en el sexenio previo).
Fiel
a su vocación integradora, Rosenzweig invitó a colaborar en Hacienda a
destacados economistas del exilio latinoamericano que laboraban en el CIDE;
entre ellos, de manera muy prominente, al uruguayo Samuel Lichtensztejn
(exrector de la Universidad de la República en Montevideo), quien se desempeñó
como asesor macroeconómico de primer nivel en la dependencia.
Fue
justamente este equipo técnico y de asesoría internacional, encabezado por
Rosenzweig y bajo el cobijo de Julio Rodolfo Moctezuma, el encargado de diseñar
y formular por primera vez en México el Impuesto al Valor Agregado (IVA). El
objetivo era sustituir el obsoleto Impuesto sobre Ingresos Mercantiles, que
cobraba tasas en cascada y distorsionaba la economía. Inspirados en los modelos
de fiscalidad europeos y en las rigurosas proyecciones macroeconómicas que
Lichtensztejn y los técnicos nacionales desarrollaron entre 1977 y 1978, se
estructuró la base gravable que finalmente adoptaría el Congreso. Aunque
diseñado conceptualmente bajo la dirección de Rosenzweig en la primera mitad
del sexenio, este impuesto entró en vigor formalmente el 1 de enero de 1980,
transformando radicalmente la recaudación del Estado moderno.
Al
concluir su periodo en Hacienda, Rosenzweig continuó colaborando de forma muy
estrecha con el licenciado Julio Rodolfo Moctezuma Cid en uno de los magnos
proyectos de infraestructura del régimen: el ambicioso Programa de Puertos
Industriales. Durante su primera etapa, operó en la Presidencia de la República
bajo la conducción directa de Moctezuma Cid —titular de la Coordinación de
Proyectos de Desarrollo—, encargándose del diseño, la planeación y el estudio
de la viabilidad económica de terminales marítimas estratégicas como Lázaro
Cárdenas, Coatzacoalcos y Altamira. Posteriormente, al transferirse
institucionalmente el proyecto a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes
(SCT), el propio Rosenzweig fue designado para encabezar la Coordinación General
de Puertos Industriales, asumiendo la máxima responsabilidad ejecutiva del
programa. El objetivo de esta titánica empresa era descentralizar la industria
pesada y preparar los litorales nacionales para el auge del comercio exterior y
la exportación energética.
Posteriormente,
en 1983, su pulcritud ética le abrió las puertas de la recién creada Secretaría
de la Contraloría General de la Federación, donde sirvió como Comisario. Hacia
febrero de 1984, a propuesta de su antiguo compañero de las aulas universitarias,
Don Jesús Reyes Heroles —entonces titular de la Secretaría de Educación
Pública—, el presidente Miguel de la Madrid lo designó Director General del
Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA). En este puesto,
Rosenzweig se reencontró con su antigua vocación social por las comunidades
marginadas, universalizando los servicios de alfabetización en todo el país
hasta octubre de 1985, encargo que dejó pocos meses después del sensible
fallecimiento del secretario Reyes Heroles.
Los
años de madurez de Fernando Rosenzweig se consagraron a la docencia de alta
dirección, la descentralización de la cultura y la ciencia. A la par de sus
responsabilidades en el sector público, y motivado por una profunda
reestructuración institucional promovida por el entonces director de la
facultad de economía, Pedro Aspe Armella, Rosenzweig se había incorporado como
profesor investigador de tiempo completo en el Instituto Tecnológico Autónomo
de México (ITAM), donde consolidó su reputación como un docente entrañable y
formador de nuevas élites técnicas. Tras concluir su ciclo en el servicio
público federal, y convencido de que la historia económica debía nutrir también
las identidades locales, en 1986 se sumó al núcleo selecto de intelectuales
fundadores de El Colegio Mexiquense en Zinacantepec, Estado de México,
impulsando investigaciones de corte regional que analizaban las haciendas, la
industria y los movimientos sociales de los municipios mexiquenses. Por esta
brillante aportación académica de rescate de la memoria local
Por
esta brillante aportación académica de rescate de la memoria local, el gobierno
estatal le otorgó la máxima distinción civil de la entidad: la Presea Estado de
México "Ángel María Garibay Kintana", un galardón destinado a honrar
a aquellos hombres cuya obra científica, literaria y humanística ha dejado una
huella indeleble en el desarrollo cultural del Estado de México.
Su
fallecimiento ocurrió en 1988, dejando tras de sí el ejemplo insólito de un
hombre que transitó por las oficinas más complejas del Estado nacional y los
organismos globales sin perder jamás la calidez humana, la bonhomía intelectual
ni la lealtad a los principios de justicia social. En reconocimiento a su papel
fundador y a la donación de su valioso acervo personal, El Colegio Mexiquense
bautizó a su principal repositorio documental como el Centro de Recursos
Documentales y de Información "Fernando Rosenzweig", el cual
resguarda su memoria viva y continúa sirviendo de faro para las nuevas
generaciones de científicos sociales en el corazón de México.
El
relieve intelectual y la trascendencia pública de Fernando Rosenzweig Hernández
quedaron firmemente registrados en las obras de referencia y la literatura
especializada del país. Su trayectoria biográfica, sus contribuciones al
desarrollo regional y su intachable conducta institucional son objeto de
consulta obligada en las páginas de la Enciclopedia de México, donde su
ficha resalta el doble perfil del economista docto y el historiador renovador.
Asimismo, tras su deceso, la comunidad académica se volcó en honrar su memoria;
destaca de manera muy particular la revista Estudios del Instituto
Tecnológico Autónomo de México (ITAM), que dedicó un número especial con
rigurosos artículos de homenaje post mortem. Dichos textos, redactados por
colegas e investigadores que compartieron con él los cubículos universitarios y
las misiones internacionales, desmenuzaron tanto su revolucionaria aportación a
la historia agraria y estadística como las virtudes personales de un maestro
entrañable, generoso y poseedor de una agudeza analítica irrepetible.
Mi Padre, Modo Familia
Citlali bajó lentamente las hojas, las colocó sobre sus
piernas y se quedó mirando fijamente a la estantería, como si los libros
hubiesen cobrado vida durante su lectura. El silencio de la sala parecía
sopesar el peso de los nombres que acababa de leer.
—No entiendo de política, pero
supongo que su padre corrió con suerte —se animó a decir Citlali.
—Cómo me hubiese gustado que, en esta charla que tengo
contigo, él estuviese presente. Te voy a contestar a la luz de las experiencias
que yo tuve en el gobierno y en la academia. Los llamados “intelectuales” son
reconocidos porque tienen mentes privilegiadas, que son capaces de razonar lo
que otros no ven, de encontrar vínculos entre fenómenos que nadie más ha visto,
que poseen una memoria más robusta que los demás y que, aparte de todo, han
tenido la disciplina de escribir y desarrollar sus ideas con un método, sin
caprichos y sin ocurrencias. Por lo mismo tienden a ser arrogantes, o por decir
lo menos, no se juntan con cualquiera. Si van a platicar de algo les gusta que
sus interlocutores estén a su nivel. Supongo que muchos de los personajes que
ya he mencionado eran engreídos y no tan fáciles de trato en cuestiones de
trabajo. Imagino a mi padre, saltando de temas, del crédito agrícola a la
historia económica del porfiriato, al diseño de los impuestos como el valor
agregado, a coordinar proyectos gigantescos de desarrollo regional o
instituciones complejas como la educación de los adultos, en la que hay que
lidiar con secretarios de Estado, gobernadores, entre otros.
Una carrera como la de mi padre solo se explica si tienes
una alta capacidad intelectual, si eres perseverante y constante en el
esfuerzo, y además tienes una inteligencia emocional que te permita lidiar con
el ego de escritores de la talla de Martín Luis Guzmán, historiadores del nivel
de Daniel Cosío Villegas y de políticos de primer nivel, por no hablar del
trato con los presidentes de la República, si no eres de los que se agachan y
defiendes tus principios, como lo fue él. Definitivamente no se trata de
suerte. Y por lo mismo creo que descansó durante sus últimos años, cuando dejó
el gobierno y se dedicó a la academia; ya no tenía que quedar bien con nadie en
las estructuras de poder, sus alumnos eran sus evaluadores, creo que supo
disfrutar de la libertad de cátedra, y te hablo de las instituciones más
prestigiosas del país.
—Oiga, ¿y qué se sentía al
comer y merendar todos los días con él? No sé cómo podría haber sido en modo
familia —preguntó Citlali.
—De niño, lo veía como un papá muy divertido. Lo veíamos
poco, porque él trabajaba en la selva y nosotros vivíamos en Lima. Y entonces
toda la convivencia con él era como de día de fiesta. Ya después, lo veía con
mucha admiración por lo que hacía y por las personas con las que se juntaba. Y
al final, la vida es cruel, uno se vuelve adulto y se toma el derecho de juzgar
a sus padres. Y cuando ellos ya no están, es cuando uno los ve como verdaderos
titanes.
Cuando nos fuimos al Perú, mis padres pensaron que la
familia viviría junta en Lima; en realidad, su puesto de trabajo se ubicó en la
población —ahora ciudad— de Tarapoto, en un campamento de la organización. No
era la selva aún; técnicamente le llamaban “pie de selva” y la vegetación era
mucho más espesa que en otras selvas que conocí después, como las de Chiapas,
Quintana Roo o el Petén. Nosotros nos quedamos viviendo en Lima, y mi padre
venía una vez cada varios meses a vernos.
Eran muy agradables sus visitas. Hacíamos algunos paseos
familiares sencillos, como caminar por las calles y plazas de Miraflores, tomar
un helado, comer unos churros rellenos en alguna cafetería. Lo que más nos
gustaba era que nos llevaran a una tienda departamental llamada Oeschle, dónde
vendían unos autos metálicos de colección, marca Corgi Toys la mayoría, hechos
en Inglaterra. Siempre nos compraban uno.
—¿Son los que están en la
vitrina? —quiso saber Citlali.
—Algunos. Esa colección fue creciendo; con el paso de los
años, me quedé con los carritos de mis hermanos, y se sumaron los que dejamos
empacados en México antes de irnos al Perú, y posteriormente una colección de
modelos antiguos a escala que adquiría mi padre en las estaciones de servicio
en Guatemala, uno por semana. Las adquisiciones finales las hice en el mercado
de La Lagunilla, ya en México, siendo yo un hombre maduro para esas fechas.
Toda esa colección está ahora en la vitrina de mi habitación en la casa de
Valle de Bravo, junto con soldaditos de plomo que fui adquiriendo en distintas
épocas a lo largo de la vida.
Durante unas vacaciones me tocó ir a visitar a mi padre a
Tarapoto. Atravesé la cordillera de Los Andes en un avión de cuatro hélices de
la compañía Fawcett. Él me recogió en el aeropuerto, que consistía en una pista
de barro compactado y una pequeña caseta con techo de palma, que hacía las
veces de terminal. El trayecto al campamento cruzaba las calles sin pavimentar
de aquel pueblo, con construcciones corrientes o provisionales. Así me
imaginaba el campamento, pero al llegar, la sorpresa fue grata. Consistía en
una serie de casitas independientes, dispersas a lo largo de un área grande,
dónde habitaba cada uno de los expertos del proyecto. El comedor era
comunitario, y ahí se juntaban todos al desayuno y el almuerzo.
Un día emprendimos una larga caminata, asistidos por un
guía, en la que cruzamos durante varias horas la selva, con su olor
característico a humedad impregnada de materia vegetal en descomposición. De
repente encontrábamos insectos enormes, como unas mariposas de color azul
intenso que revoloteaban bajo el domo vegetal.
—Me muero de ganas por conocer
la selva —intervino Citlali—. ¿No salieron changos, tucanes, o más animales?
—Esa vez no, aunque sí era una zona peligrosa. En otra
ocasión mi padre regresó con la piel de un tigrillo que había matado. Tenía las
patas y el vientre agujerados: no era cazador y le habían prestado un rifle de
postas, de esos que disparan muchas balas juntas, a ver cuál pega. Nunca había
disparado un tiro ni jamás volvería a hacerlo. No era aventurero; era un hombre
de paz. Eso explica que el episodio no se borrara nunca del anecdotario
familiar. Pero volvamos a la caminata en medio de la selva.
Llegamos agotados a una pequeña choza con techo de palma, a
la orilla de un río caudaloso, seguramente tributario del Huallaga. En aquel
momento no entendí lo que hacíamos ahí, pero ahora comprendo que mi padre fue a
levantar una encuesta de economía agrícola hasta aquel lugar. Hizo muchas
preguntas y toda la información la anotaba a lápiz en una pequeña libreta de
notas. Hasta muchos años después, cuando conocí de cerca los procedimientos
para el levantamiento de encuestas, me di cuenta del profesionalismo de mi
padre y de su rigor intelectual. No concibo a un encuestador de la actualidad
caminando por horas entre la selva para hacer una entrevista que muy fácilmente
se pudo haber inventado.
Mi padre era muy ocurrente para hacer frases y yo le
festejaba de buena gana todas sus ocurrencias. Hay muchas frases suyas que no
se me olvidan, de distintas épocas, que ilustran su tipo de humor. Un día que
mi hermano menor estaba en plan de hacer berrinche, apuntó que «Fernando está
muy positivo dentro de su negatividad». Otro día regañó a mi madre por usar el
término de inditos y le sugirió utilizar el de «grupos étnicos diferentes», lo
cual a la postre se volvió broma familiar: «Mira aquella mujer de un grupo
étnico diferente que vende piñas». Varias veces se pronunció en contra de la
palabra Kleenex y nos urgía a utilizar la de «pañuelitos desechables» (el paso
del tiempo le ha dado la razón). Para referirse a una ciudad cualquiera de los
Estados Unidos utilizaba la denominación de Falfurrias, Texas. Al ruido de los
motores foráneos de la época de la regencia de Carlos Hank les llamaba
«hankidos» y así, había términos con los que jugaba y otros que inventaba. Y
una que se volvió clásica, en una ocasión que le subió mucho la fiebre: «Una
ecuación más una Carmelina [...] es igual a…». Nunca supimos a qué era igual,
pues siguió desvariando.
Contaba mi madre que de recién casados, mi padre fue a ver a
una oculista amiga de ella. Lo sentó para examinar su vista y le pidió una
descripción de una figura.
—Aparece una circunferencia, y del centro parecen salir dos
líneas radiales de diferente extensión que apuntan hacia unas marcas
aparentemente equidistantes…
Una vez que le colocaron unos lentes, exclamó:
—¡Aurorita, pero si es un reloj!
Le gustaba utilizar términos “domingueros”, pero además era
bastante distraído para cuestiones cotidianas. En alguna ocasión dictó una
conferencia sobre la economía del cultivo del garbanzo, y a la salida preguntó
a unos campesinos:
—¿Y este grano qué es?
—Garbanzo —le contestaron. La imagen no figuraba en todo el
material que había leído. Lo suyo era definitivamente la vida intelectual.
No todo mundo apreciaba su sentido del humor y hubo más de
alguno que se sintió ofendido. A las bromas y comentarios chocarreros habría
que añadir sus observaciones francas y directas. Como el día que el presidente
José López Portillo le presumió la Gran Cruz de Isabel La Católica que le
habían otorgado, y mi padre le señaló, para su disgusto, las flechas que
caracterizaban a la Falange española, es decir, al franquismo tan odiado. O
cuando redactó un documento que un secretario le llevó al presidente Luis Echeverría;
el secretario comentó: «Le entendió muy bien el presidente», a lo que mi padre
replicó: «Progresa Echeverría». Mi padre nos contaba esos incidentes con cierto
orgullo de niño pícaro. Para mí eran verdaderas epopeyas de mi héroe, que se
movía en tan altas esferas y se atrevía a decir esas frases tan agudas.
Ahora veo que tal vez mi padre haya tenido el problema de
incontenible soltura verbal que también yo he padecido. Aunque sé que a veces
cierto comentario quede fuera de lugar, muchas veces no resisto las ganas de
soltarlo, y el costo es quedar como imprudente, insensible o sencillamente como
un pesado. Había un rancho dividido por una barranca; de un lado estaba la casa
de la familia Ricaud, que se pronuncia Ricó, así que mi padre le dijo al
pariente que vivía enfrente: «Y de este lado viven los Pobré…». Fue una broma
que hasta la fecha no le acaban de perdonar los descendientes de aquel
pariente, sobre todo porque la mofa se esparció como la pólvora.
A la ahijada de mi madre que vivía con nosotros, de unos
diez años en ese momento, le decía Pulga. «No me vayas a decir así mañana que
vienen mis amigas», le pidió ella. Al día siguiente, al ver la sala con globos
y llena de niños, la buscó con la mirada y al encontrarla le gritó con fuerza:
«¡Pulga!».
Solo una vez lo vi exaltado. Le urgía regresar a la Ciudad
de México después de unas vacaciones en Manzanillo. Aeroméxico sobrevendió el
vuelo y cancelaron nuestros pases de abordar. Armamos un tremendo zafarrancho
en el aeropuerto, algo muy inusual entre nosotros (de esos que actualmente se
volverían virales en las redes), y mi padre increpó a algún empleado con la
frase de que preferiría regresar en patín del diablo antes que volar con
aquella compañía. Al final, algún otro pasajero le cedió el lugar.
Salvo en sus ausencias de trabajo, mi padre fue un hombre de
hogar. Los años que convivimos con él, siempre que pudo, fue a comer a la casa,
y llegaba por lo general a buena hora para la merienda. Siempre estaba de buen
humor y presto a emprender cualquier conversación. Le gustaba ir a buenos
restaurantes con sus amigos, con quienes conversaba en largas sobremesas, pero
eso no le quita lo hogareño. Como regla general, siempre recuerdo eso de las
comidas con él: disertaba en la sobremesa algún tema, muchas veces de historia,
y todos nosotros y mi madre lo escuchábamos con atención. Era un buen narrador.
Tanto su actitud como la nuestra era seria. Los temas eran formales y no había
lugar para risas ni carcajadas.
—El padre y los escuchas… Me los imagino ahí, todos
seriecitos… papaloteando en otra cosa, ¿a qué sí?
—Ahora tú también me vienes con palabras de origen náhuatl…
Pero ya que lo dices… A veces sí me quedaba pensando en otra cosa.
—Parece que estuvieran jugando a la escuelita —, dijo
Citlali, ya encarrerada en su reflexión—. Nomás les faltó sacar una libreta
para los apuntes.
—Lo dirás de broma… Cuando estudié mi licenciatura, él era
el único profesor que daba Historia Económica. Me tocó tomar clases con él.
—Y seguro sacó diez —, dijo, provocadora.
—Ni modo que no. Aprendí por ósmosis. Era un profesor muy
querido por sus alumnos. ¿Ves ese cuadro que tiene una manzana pintada al
centro? Está allá, cerca de la entrada. Una alumna de él era hija de esa gran
pintora, Martha Chapa, y le consiguió el cuadro a muy buen precio.
—Nunca he oído hablar de esa señora, pero el cuadro está
hermoso… una sola manzana en una gran mesa… ¡ya me antojé!
Noche 9. Colegio Suizo
No escuché cuando entró Citlali a la biblioteca. De pronto
la vi observando el cuadro de Martha Chapa, y lo comparaba con una manzana roja
que traía en la mano. Cuando me vio, me dijo:
—También traje una para usted.
Estaba encantada de que una fruta del mercado pudiera ser objeto
de un óleo tan impresionante. Con entusiasmo, dio una gran mordida a su
manzana, se le quedó mirando, y de inmediato la comparó con el logotipo de su ipad
mini.
—¡Por poco y me quedan iguales! A la próxima
será. A ver Usted, una mordida.
—Yo no, —dije
apenado, — la tengo que partir con mi navaja en pequeñas rebanadas.
Me volteó a ver de reojo y con otros dos mordiscos dio
cuenta de su manzana.
A mi regreso a
México, me inscribieron en el Colegio Alemán, en la sucursal central, en ese
entonces en Tacubaya, al quinto grado de primaria. Ya antes había estado en esa
escuela en Lima y Quito. Mi madre también
estudió unos años ahí, antes de que México se incorporara a la Segunda Guerra
Mundial, y había estado interna, junto con sus hermanos, en una escuela de
religiosas en Hamburgo. Aterricé a mis once años, al quinto grado, en lugar del
sexto como me hubiese correspondido, ya que perdí un año a causa de que en
Sudamérica no cursamos el idioma inglés. En quinto comencé a estudiarlo, y me
pareció más bonito y fácil que el alemán. Al terminar la preparatoria siete
años después, nunca volví a hablar ni a leer en alemán. Jamás pude descifrar un
periódico o una revista en ese idioma, a diferencia de las que estaban en
inglés, que pronto comencé a comprenderlas. El inglés en cambio me sirvió
bastante a lo largo de la vida.
Me costó trabajo acostumbrarme a la gente de México, sobre
todo al uso de la palabra “güey”. Alguna vez pregunté a un compañero que por
qué se decían “buey” el uno al otro, lo que resultaba incomprensible. La
respuesta me dejó aún más desconcertado: —No se dice buey, se dice güey.
Tampoco comprendía el uso de la palabra “mano” para referirse a alguien entre
amigo y conocido. Era un extranjero en
mi país y en mi propio idioma.
—¿Qué pasó mi cuate? —preguntó
Citlali, muerta de risa. —¿Cómo que no entendía ni náhuatl ni mexicano?
También me parecía extraña la costumbre de formarnos para
entrar a clase al final del recreo. —Hagan fila, tomen su distancia, adelante.
Prácticamente igual a lo que haría años después durante el Servicio Militar,
que solo consistía en marchar los viernes en la tarde con uniforme de
conscripto, hacer la fila al inicio y romper filas al final.
Los recreos eran divertidos. Los alumnos de todos los grados
salíamos al mismo gran patio al mismo tiempo. Como no tenía amigos, me dedicaba
a recorrer el patio. Era un mosaico enorme de colores, tanto por la variedad de
fenotipos (germánicos, mexicanos y mezclas diversas), como por la vestimenta
colorida de todos. En mis colegios en Sudamérica siempre usé el uniforme
escolar, y en México eso ya no se usaba. En alguna esquina del patio estaría un
grupo de niñas jugando al avioncito o brincando con unas ligas, otras saltaban
la reata que era una diversión femenina hasta donde recuerdo; muchos chicos
jugaban a las canicas, y en ocasiones había alguna gresca entre alumnos y todos
nos poníamos en círculo a observar. Participé varias veces en el juego de las
canicas. Si uno perdía, perdía la canica en favor del vencedor. Había una regla
que no recuerdo como aplicaba, pero el hecho es que quien llevaba una canica de
metal, tenía bajo ciertas circunstancias el derecho a «cascar» al otro, es
decir, tirar la canica metálica desde muy cerca hacia una de las canicas de
vidrio, que terminaba astillada, abollada o hecha añicos. Se llamaban balines,
no eran fáciles de conseguir, y me sentí muy cómodo el día que conseguí uno en
un taller mecánico cercano a la casa. Muchos otros chicos y chicas conversaban durante
el recreo mientras yo daba vueltas hasta que sonaba la campana para formar las
filas.
Después de ese año en el Colegio Alemán, me pasaron al
Colegio Suizo de México, que según mi madre proporcionaba mejor educación al
ser una escuela mucho más pequeña. En efecto, en sexto año en el Colegio Suizo
éramos alrededor de treinta estudiantes; a secundaria pasamos menos; por las
exigencias académicas cada año quedaban menos compañeros; tal vez hayamos sido
quince al iniciar la preparatoria y al terminarla éramos solamente trece. En
quinto año en el Colegio Alemán, éramos treinta en cada grupo, pero había
quinto A, B, C, y D. Así dieron inicio siete años en el Colegio Suizo, uno de
primaria, más la secundaria, y la preparatoria. Comenzaríamos tal vez
equilibrados en el número de hombres y mujeres, pero en los últimos años, la
proporción de mujeres fue bajando. En el séptimo año, éramos diez hombres y
tres mujeres. Una de las consideraciones de mis padres a favor del Colegio
Suizo es que era mixto (muchos en aquella época no lo eran, como los de los
Legionarios) pero la dinámica del tiempo retorció aquella ventaja.
Al igual que en el Colegio Alemán, los recreos eran la
oportunidad para conocer y ver a chicos y chicas de otros grupos, en este caso,
los más grandes que nosotros y los más chicos, pues éramos grupos únicos. En
los primeros años, jugábamos futbol en los recreos, a veces sin balón, pateando
una lata de refresco vacía. Ya después, muchos recreos eran para conversar con
los compañeros, muchas veces sobre el futbol, o para comentar sobre la belleza
de alguna chica, o sobre alguno de sus atributos que nos llamara la atención.
Algunas de las chicas eran verdaderamente guapas. Recuerdo a la chica morena
clara con muslos exquisitos en sus shorts de deportes, con un cabello lacio
trigueño que le cubría parte del rostro; aquella otra de senos enormes pero
perfectamente proporcionados; la muñequita que llegó de España, delgadita,
pecosa y de pelo rizado; la hermana menor de un compañero suizo, que tenía unos ojos verdes encantadores; y muchas otras
que hacían nuestras delicias en los recreos, con sus atuendos ajustados, en colores muy vivos de las marcas cotizadas
de la época.
—Qué gracioso — dijo Citlali —
¡era una escuela mixta, pero con esos números, las chicas estarían ahí para
antojar! Y añadió —¡Ya veo que era medio fijado, pero nada lanzado! Los
típicos mirones— dijo meneando la cabeza.
Novia nunca tuve, amigas con las que platicara mucho
tampoco. Ya desde entonces era yo más espectador que protagonista. Hacia el
final de la preparatoria, sufría yo muchísimo cuando alguien organizaba alguna
reunión en su casa, con parejas. Yo no tenía; en ocasiones me presentaron
algunas, pero fueron encuentros que no prosperaron.
Había una dinámica peculiar entre los alumnos del Colegio
Suizo, al menos en mi grupo. Por un lado, estaban los que provenían de hogares
extranjeros o germanoparlantes. Por otro lado, estábamos los que hablábamos
español nativo. Nos veíamos con cierta distancia unos a otros. Convivíamos en
viajes, en reuniones sociales y en los recreos, pero hay ciertos
comportamientos y códigos en los clanes que se reconocen, pero son difíciles de
explicar. Había diferencias culturales, de idioma y de costumbres, que hacían que uno perteneciera
a una tribu y no a la otra. De las tres chicas que quedaron al final de la
preparatoria en nuestro grupo, todas eran de idioma alemán nativo. El sentido
del humor de cada clan era muy distinto. —De que se ríen? Ni modo de explicar
el chiste.
—O sea que iba a una escuela extranjera,
y sólo se juntaba con la raza. Cómo que no cuadraba mucho Usted por ningún
lado.
—Y sigo sin cuadrar.
Noche 10. El Megáfono de mi Madre
Mi madre siempre fue muy unida con sus hermanos. Ella fue la
mayor seguida por Carlos, Felipe, Susana, e Ignacio. Mi madre le llevaba a
Ignacio ocho años. Siempre vio a sus hermanos con respeto, y siempre les pedía
consejos. Son los hermanos que hicieron fortuna a temprana edad. «Yo sí sé cómo
forjar un patrimonio», dicen que decía Carlos. Susana se casó muy joven con un
próspero empresario toluqueño, quien luego quebró, y fue ella quien realizó un
emprendimiento con el negocio de las flores y así hizo mucho dinero. Ignacio,
el menor, fue un político prominente. A los treinta y un años fue diputado
federal, y tuvo una carrera política ascendente hasta llegar a gobernador del
Estado de México, dos veces secretario de estado en el gabinete federal, y dos
veces embajador de México ante países europeos. Mi madre tuvo con Ignacio una
relación particular. Habían vivido un año en un internado en Alemania, entre
1937 y 1938, justo al inicio de la gran guerra, y mi madre fungió como su madre
sustituta, ya que él tenía tan solo dos o tres años en aquel momento. Forjaron
una relación entre ellos similar a la de madre e hijo que duró toda la vida.
— Perdón por la interrupción. ¿Sabe con qué palabra me topé el otro día, que
fuimos a unas prácticas a una comunidad allá lejos? “Chichigua”. Dicen que
viene del náhuatl “chichi”, que es una repetición onomatopéyica para el pecho o
el acto de mamar, y que significa nodriza. O sea, una mamá sustituta.
—Wow. Creo que no me hubiera servido mucho estudiar náhuatl,
pero sin duda es mucho más divertido que el alemán.
Mi madre consultaba muchas decisiones con sus hermanos:
«Necesitamos la opinión de tu tío Carlos, o de tu tío Felipe, o de tu tío
Nacho». Esa práctica hizo que yo, deliberadamente, las esquivara. Sentía que
era una actitud de menosprecio a nuestras propias capacidades como familia. También
pedía la opinión de mi abuela Omma, pero con ella no era tan notoria la
consulta, pues se pasaba un buen rato todos los días conversando con ella por
teléfono. En la casa de Jaime Nunó, ella se sentaba en el descanso de la
escalera, en la parte alta, en el pasillo que daba a los cuartos, y su voz se
escuchaba clara y fuerte en toda la casa. En ocasiones, hablaba de nosotros con
la abuela Omma, así que durante esas charlas muchas veces estaba yo inquieto, a
la espera de escuchar mi nombre y lo que dijera de mí, muchas veces crítico.
Esa costumbre de indiscreción telefónica la mantuvo hasta
los últimos años de su vida. Algunos comentarios que escuché en ciertas ocasiones
si me calaron. —Andrés ahora lleva una vida de peón…
—Era el típico «te lo digo
Chana para que lo oigas, Juana» —intercaló Citlali, o el «radio pasillo» que
tan bien funciona en la escuela. En mi casa le decimos el chismógrafo; todas
las familias tienen uno.
—A mí me lo vendían como virtud: «Qué bueno que en las
familias nos podamos comunicar, así somos más fuertes». Lo curioso es que, por
andar comunicándose con sus hermanos, a veces no se comunicaba con nosotros.
Yo prestaba mucha atención al megáfono telefónico de mi
madre, y no solo a las palabras, sino también a las inflexiones de voz y a los
silencios… «Quién sabe qué estará diciendo mi abuela Omma sobre ese
particular». Había que estar siempre atentos y alertas y, por lo mismo, vivía
algo atemorizado. A diferencia de lo que ocurría con los abusadores del
internado, en casa no podía hacer nada frente a una agresión verbal. «Es que
mis hijos son tan tímidos, Nacho». Y luego esos comentarios pasaban al dominio
de la comunidad de primos en Rancho Contento.
—O sea que, del megáfono,
pasaban al perifoneo, para que todos se enteraran. ¡Qué horror!
Mi madre fue compañera de escuela de la hermana menor de mi
padre en el Colegio Alemán, por ahí de 1938, cuando regresaron de Alemania. En
algún momento mi padre comenzó a interesarse por ella. Muchas veces escuché la
misma versión: que mi padre le escribía unas cartas muy bonitas y que seguido
le mandaba flores y chocolates. Durante sus últimos años de vida en Valle de
Bravo, soltó algunas confesiones que rompían con la narrativa anterior: que en
su momento le pareció muy extraño que «ese señor», hermano de su amiga, le
mandara flores.
Hubo un encuentro fortuito en San Andrés Tuxtla. Mi padre
había ido allá con un grupo de amigos; mi madre con sus amigas. Se encontraron
en la plaza, se reconocieron, comenzaron a platicar más, y al regresar a la
ciudad de México el encuentro derivó en noviazgo. Mi madre guardó durante
muchos años esas cartas “tan bonitas” que le escribía él. Se casaron el 24 de febrero den 1956, día de
la bandera y del onomástico de mi madre, en la iglesia de San Jacinto, en San
Ángel.
De soltero su mayor atractivo no fue su físico y mucho menos
su dinero, pero era un personaje interesante dentro de la política y el
periodismo mexicano. Su atractivo radicaba en su cultura amplísima, su
honestidad, su franqueza personal y su sentido del humor. Llegó al matrimonio sin
saber manejar un vehículo automotor. Mi madre fue quien lo enseñó, pero él
nunca disfrutó de su puesto al volante, aunque sí aprendió. De niños, en
carretera manejaba él; ya después, en la adolescencia, mi madre. De joven
«noviaba» en transporte público, y no sé hasta qué grado ello haya sido un inconveniente
para mi madre, que vivía con hermanos amantes de la mecánica y de los
automóviles.
La relación de mis padres era buena. Cada uno tenía su rol,
al cual siempre le fueron fieles. Mi padre trabajaba y entregaba todo su sueldo
en la casa. Mi madre siempre administró todo y, gracias a ella y su austeridad,
lograron algunos ahorros y forjaron un patrimonio que generosamente nos dejaron
a los hijos. Mi madre a veces se quejaba de que mi padre no se involucraba en
las cuestiones prácticas del día a día, incluyendo el patrimonio y el dinero.
Dónde vivir, qué casa comprar, qué vehículo adquirir, a qué escuelas
inscribirnos, eran decisiones del ámbito de mi madre. Mi padre era feliz con
tal de que pudiera tener tranquilidad para leer y escribir; fue un hombre
extraordinariamente paciente, al menos con la familia.
Ya en la vejez, en sus últimos meses, escuché a mi madre
conversar con una sobrina que relataba que se iba a casar muy enamorada, a
quien le dijo de golpe:
—Yo no. Me sorprendió mucho la confesión, pero no dejó de
hacerme cierto sentido.
—¡Zas!— exclamó Citlali
—. Esa sí que no me la esperaba. Antes se juraban amor eterno y yo pensé que lo
sentían…
—Yo creo que, si lo sentían, pero más que nada, lo
construían. Seguro que su amor terminó más fuerte que como comenzó.
—Dígame, ¿del uno al diez, ¿cómo
calificaría el matrimonio de sus padres?
—Mi padre diez. Mi madre diez. En promedio ocho.
Citlali cerró los ojos, ponderando las cifras. De pronto
dijo:
—¡Qué remedio! La aritmética
del corazón.
Noche 11. El abolengo Rosenzweig
Entré a la biblioteca y ya estaba Citlali, con los audífonos
puestos, oyendo música. Me dijo hola con la mano, y ya después se levantó y me
dio un beso en el cachete.
—Ahora se le hizo tarde —me
dijo—. Me puse a curiosear un rato y vi la placa que tiene ahí, con un
reconocimiento que le hicieron unos ganaderos por una charla que dio. ¿A poco
sabe de ganado?
—En realidad, casi
nada, pero esa vez les expliqué cómo funciona la exportación de becerros.
Trabajaba en eso, en comercio exterior…
Citlali estaba mirando la placa cuando me interrumpió:
—Qué apellido tan raro tiene. ¿Por qué me dijo
que se apellidaba Pichardo? Así lo anoto cuando va a la estética, Pichardo, una
rapada, 100 pesos, pero tiene otro apellido, Rosen, Rosen algo, el que sale
ahí.
—Es para despistar al enemigo —dije, y me sonreí un poco. —
Me senté en el sillón de respaldo alto para apoyar la cabeza y controlar mejor
el cuello; me serví un vaso de agua mineral y le exprimí un limón.
Mis antepasados llegaron a México de Austria, aunque lo
correcto es decir de Austria-Hungría, pues vinieron con el ejército de
Maximiliano a fundar el Segundo Imperio Mexicano. Primero llegó un Fernando de
Rosenzweig; después su hijo, de idéntico nombre. Ambos eran cartógrafos muy
calificados y posiblemente ejercían su profesión al servicio del ejército de
Napoleón III. Cuando cayó el Imperio y Maximiliano fue fusilado, Juárez decretó
un indulto amplio que les permitió quedarse. Hicieron muchos levantamientos de
haciendas en el Estado de México, principalmente en el sur. Hay un plano hecho
por alguno de ellos de la Meseta del Anáhuac que ganó una medalla de oro
en la Gran Exposición de París en 1889[1].
Y en algún momento, ya con fortuna hecha, se radicaron en Toluca, donde fueron
dueños del mejor hotel de aquella época: el Gran Sociedad. Mi abuelo Guillermo
pertenece a la generación siguiente.
Muchos de mis parientes Rosenzweig tienen una verdadera
fascinación por la historia familiar. Un antepasado de los que llegaron, de
nombre Joseph, recibió un título nobiliario del Imperio austrohúngaro, expedido
por el káiser Francisco José por servicios destacados prestados al ejército. El
título le permitía llamarse Joseph Edler von Rosenzweig, algo así como un rango
de caballero. En México solo se tropicalizó el von, así que todos ellos
eran de apellido «de Rosenzweig».
Mi padre nació con ese apellido, pero en algún momento se
quitó el de para quedar nada más como Fernando Rosenzweig. Él tenía
ideas de izquierda, era profundamente humanista y le irritaban esos residuos de
una nobleza y de un Imperio ya liquidados desde el fin de la Primera Guerra
Mundial. Así que habemos parientes Rosenzweig y otros «de Rosenzweig». Si les
sirve o les agrada esa preposición de, qué bueno; a mí no me ha hecho
falta.
Para muchos, el apellido es motivo de orgullo; para mí
ciertamente lo es, sobre todo por mi padre. Pero el apellido ha sido muchas
veces un pequeño obstáculo cotidiano. En México a la gente le cuesta mucho
trabajo pronunciarlo. La mayoría de la gente hace una lectura fonética en
español, que produce un sonido muy distinto a la pronunciación en alemán,
idioma al que corresponde. Otros tratan de pronunciarlo como si fuera inglés y la
doble u se convierte en ge. Así, hay todo tipo de variantes: desde Rosensuai,
Rosensweg, Rosengüey y muchas otras.
Siempre me ha incomodado explicar la pronunciación: «Rosenzwaig, sería en
español» así que contesto que si soy yo, lo pronuncien como lo pronuncien. Por
eso, desde joven comencé a utilizar mi apellido materno en situaciones
cotidianas, como la nota de una ferretería o la reservación en un restaurante.
Me convertí en Andrés Pichardo en las situaciones del día a día, a pesar del
orgullo que siento de ser hijo de mi padre. No es un tema que tenga que ver con
ningún conflicto de identidad, pero sí contribuye a veces a sentirme un
extranjero en mi propia tierra.
Citlali se quedó callada un momento, asimilando la
genealogía y el peso de ese apellido que cruzó el océano. Dejó la placa sobre
la mesa y me miró con una sonrisa apenas insinuada.
—Así que caballero del Imperio
—dijo Citlali en un tono festivo, sin llegar a ser burlón.
—No sé para qué les haya servido el título a mis
antepasados. Una vez me mostraron el original: estaba en una caja con tapas
metálicas y sellos de lacre con el escudo del emperador Francisco José. Pero
eso no les daba de comer; por eso se vinieron con el ejército de Maximiliano a
ganarse la vida acá. Las tierras que tengo vienen de los Pagaza, y esos nada más
tenían el título de «don».
—Lo seguiré anotando como
Pichardo. No me voy a aprender su otro apellido y seguramente lo escribiría
mal.
—Si viviéramos en los tiempos de los aztecas, ni el Pichardo
habrías podido registrar.
Ella se quitó un audífono, intrigada:
—¿Por qué? ¿A poco los aztecas
tenían prohibido su apellido?
—El náhuatl es una lengua limpia, económica; le faltan casi
todas las letras fuertes del español o del alemán. No tiene la be, ni la de, ni
la efe, ni la ge, ni la ere, ni la ese, ni la uve.
Citlali se quedó mirando las vigas de la biblioteca. Trató
de arrastrar las letras en la boca y luego soltó un destello de pura picardía:
—A ver, déjeme hacer el
intento… Sin la «de» de Pichardo… ¿Entonces cómo le dirían? ¿Sería Pitzarto?
—Casi… —le sonreí, saboreando el momento—. Al náhuatl
también le falta la ere.
—¡Lo tengo! —gritó
entusiasmada—. ¡Pitzalto! Sin albur.
Antes de cerrar la puerta, volteó a verme:
—Además, me acaba de dar una
gran idea. No sabía qué nombre ponerle al cachorrito que me regalaron. Se
llamará el Edler.
Y se atacó de risa.
Noche 12. La estirpe de los Pichardo
—Tuve un día pesadísimo, dijo
Citlali cuando entró.
—Tuviste muchas prácticas, de seguro.
—No fue eso. Otra vez no hubo
paso del Arco hacia el pueblo. Se volteó otro trailer en la misma curva de
siempre, y ya sabe, estaba llenísimo de gente, estaban las cajas de cerveza
tiradas en el asfalto, y todos llevándose las que podían, felices, y nosotros
en el colectivo, acalorados, sin poder avanzar. Ojalá que no robaran tanto los
políticos, remató.
—Híjole, me da pena eso que te pasó. Si los polis no hacen
nada, mal, pero si llegaran a arrestar a los que se robaban las cajas,
¡imagínate! Los políticos también sufren. Así fue la vida de mi abuelo Carlos…
—Venga, ¡écheme ese cuento!
Pero conste, lo que dije no fue por él, dijo sin llegar a estar muy apenada.
Mi abuelo Carlos Pichardo Cruz es una figura familiar pero
también histórica [2]. Fue
diputado constituyente del Estado de México y diputado federal, pero su cargo más
importante fue el de secretario general de Gobierno. Durante su gestión le tocó
lidiar con algunos aspectos delicados de la política anticlerical del gobierno
federal, legado de Calles, en una ciudad conservadora y eminentemente católica,
como Toluca. Su esposa, mi abuela Omma, siempre fue una creyente católica fervorosa,
formó a sus hijos en el catolicismo, e hizo todas las ceremonias
correspondientes en la vida de ellos, bautizos y primeras comuniones, en una
época en la cual los ritos públicos estaban prohibidos y había que hacer esas
ceremonias en la clandestinidad. Mi madre relata que, en su primera comunión,
la niña de atrás le prendió fuego accidentalmente a su velo que le dejó una quemadura
en el cuello. Mi abuela enfrentó el doble agobio de la quemadura de su hija y
el posible regaño del marido: —No le vayas a decir a tu papá que te quemaste,
se va a enojar. A pesar de ser libre pensador confeso, tuvo el tacto para no
implementar a rajatabla las disposiciones anticlericales y anticatólicas que
impulsaba el gobierno federal.
Fue un hombre que siempre buscó su superación personal. Tuvo
una biblioteca amplísima, según me cuenta mi madre. Era autodidacta en varias
disciplinas, en adición a su formación como abogado. Fue tenaz en entrenar su
voz. En la época que el hacía su proselitismo político en busca del voto popular,
no se utilizaban megáfonos ni equipos de sonido en los mítines públicos[3].
El orador tenía que hilar bien sus ideas con claridad y sobre todo, con voz
potente, que resonara entre todos los asistentes. Mandó construir en el patio
de su casa en Toluca un cuarto forrado de corcho, en el que se encerraba a
hacer vocalizaciones y otros ejercicios de voz y oratoria. Casó con mi abuela, a quien conoció en una de
sus giras proselitistas en Valle de Bravo, durante su campaña para diputado
local. Desde lo alto del presídium en el mitin, divisó a una muchacha que le
gustó y le causó buena impresión. Indagó por ella, le dijeron que estaba
emparentada con el obispo Joaquin Arcado Pagaza, poeta vallesano. Con algún
pretexto se hizo invitar a la casa de la familia, y así inició un rápido
noviazgo que derivó en matrimonio.
Fue un jefe de familia que impuso una disciplina férrea.
Tenía un huerto grande en las afueras de la ciudad de Toluca, en el que había
una alberca al descubierto con temperatura ambiente —prácticamente helada por
las mañanas, al estar a las faldas del Xinantecátl, o Nevado de Toluca.
Obligaba a sus hijos pequeños a darse un chapuzón para que forjaran su
carácter. Mi madre y mis tíos hablaban poco de él, y cuando lo hacían era con
bastante respeto, y refiriéndose a él como un personaje lejano. De lo poco que
me contaron de él, me imagino que sentiría miedo si alguna vez tuviese a mi
abuelo enfrente.
Y recuerdo ahora la frase de uno de mis tíos: —¡Los Pichardo
somos unos enanos emocionales!
—¡Enanos emocionales!
Buenísimo ese término. Conozco varios.
Por algún motivo, en 1936 dejó la actividad política. En
1937 emprendió un viaje a Alemania, con la intención de instalarse y trabajar
allá. Ignoro que antecedentes haya tenido de la situación política antes de
partir allá, pero el nazismo ya estaba en su apogeo. Su decisión es un enigma
para mí. Mi madre relató que la explicación era sencilla, que no había que
buscarle tres pies al gato, que mi abuelo era un admirador de la cultura
germana y que tenía la intención de que sus hijos se educaran en ella. Hay
quien dice que se desilusionó al no haber sido postulado para gobernador; para
otros, tuvo algunas diferencias serias con algunas personalidades políticas de
la época.
Había aprendido el idioma alemán el solo, en su biblioteca
en Toluca, tal vez con la ayuda de algún profesor ocasional. Al llegar a
Hamburgo, en una gasolinera, el dependiente no lo entendió, para su
desconcierto. Alguien le explicó después su alemán era ultra culto (Hochdeutsch) y que los empleados de la
gasolinera hablaban un slang , casi un dialecto.[4]
No encontró trabajo en la Alemania nazi — así que colocó a los hijos en un
internado en Hamburgo, el Kinderheim St. Elisabeth. Este centro formaba parte
de la infraestructura de asistencia de la comunidad católica en la ciudad. No
deja de ser paradójico, que un funcionario de alto rango encargado de la
implementación de políticas anticlericales en México haya optado por un
internado católico en Alemania para sus hijos. Mi madre y sus hermanos, la
pasaron francamente mal. No hablaban el idioma, venían de otra cultura, de otro
clima, y enfrentaron además la austeridad de la vida en Alemania de la preguerra.
Mi madre recuerda la escasez de pan o huevo ciertos días a la semana, y la nula
disponibilidad de agua caliente para bañarse o lavarse las manos.
Mientras tanto, mi
abuelo Carlos con mi abuela Omma se dedicaron un año a viajar por toda Europa,
en un automóvil que llevó desde México —muy llamativo como todo buen carro de
origen americano de la época. Tenía una
posición económica desahogada, toda vez que alternó su actividad política con
la práctica privada de la abogacía. Para
mi abuela ha de haber sido difícil disfrutar de ese viaje, con el pendiente de
haber dejado a sus hijos en Hamburgo. En aquella época ha de haber sido difícil
para las mujeres confrontar a sus maridos.
La estancia en el internado dejó una huella que perduró a lo
largo de toda la vida de mi madre, que tendría unos 15 años. Recordaba bien los
desfiles de las brigadas juveniles, las llamadas “Hitlerjugend”;
el saludo nazi con el brazo en alto a sus profesores todas las mañanas, e
inclusive, haber visto, muy a lo lejos, al mismísimo Hitler saludar a las
multitudes desde su convertible Mercedes—Benz. También recuerda las estrellas
amarillas que pegaban en las mangas a los niños judíos, sin que s imaginaran el
horror que siguió después. Mi madre, quien siempre tuvo una memoria prodigiosa,
recordaba bien la letra de las canciones de la época, ahora proscritas. En un
viaje posterior que hizo a Alemania, ya en la edad madura, se reencontró con
una amiga. Iban en un automóvil y de pronto comenzaron a cantar las canciones
de su infancia. —Esto esta prohibidísimo, Carmen. Más allá de la ideología y la
historia, fue lo que aprendió de niña.
Mi madre siempre tuvo una memoria prodigiosa, no solo para
aquellas canciones alemanas, sino también podía recitar párrafos enteros de la
poesía de Joaquin Arcadio Pagaza, de la Suave Patria de López Velarde, de
Renato Leduc, entre muchos otros.
El proyecto educativo de la familia Pichardo Pagaza abortó
una vez que el abuelo Carlos atisbó el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La
familia salió de Alemania con destino a Veracruz en el último vapor que pudo
hacerlo, de la Hamburg Amerika Line. A los pocos años mi abuelo falleció de
cáncer a los 52 años. y dejó huérfanos a
unos hijos pequeños y otros recién entrados en su adolescencia. Mi madre tenía
17 años.
—Vaya historia. Me parece
personaje de novela, dijo Citlali. —Pero mire, cuando yo tenga hijos, no los
pienso educar así, vaya salvajada de aventarlos al agua helada del Nevado. Y
ese viaje a Alemania…me lo imagino dentro de esos documentales que a veces
pasan por la tele…Hizo una breve pausa, y continuó: —¡Pero la que debió haber
sufrido horrible fue su abuela!
Citlali tomó sus cosas, dio un trago a su botella de agua, y
cuando iba de salida, descubrió en una de las paredes el título de mi madre: Universidad
Femenina de México. Título: Laboratorista Médico.
—Se ve muy guapa su madre, con
su pelo chino. ¿O sea que era profesionista? preguntó sorprendida.
—Si. Ella tenía el intelecto para haber desarrollado
cualquier carrera profesional. Solo obtuvo un grado de laboratorista médica en
la entonces Universidad Femenina de México, un centro escolar exclusivo para
señoritas. Es la época en la que las puertas de la educación superior apenas se
abrían a las mujeres, y me parece que en su elección de una carrera técnica también
tuvo que ver la pérdida de su padre a una temprana edad. La “Femenina”,
como la nombraba ella, con los años perdería su razón de ser. Se graduó y
trabajó muy contenta durante varios años, en el llamado Hospital de la Ceguera[5],
en apoyo de los oculistas y oftalmólogos más connotados del país, ganándose su
aprecio. Tenía una gran facilidad para relacionarse con los demás, se
interesaba verdaderamente por ellos, y siempre estuvo dispuesta a brindar su
ayuda desinteresada a quien le hiciera falta, así fuera tan solo su tiempo, su
consejo y su compañía.
—Qué bonita historia, la de su
mamá. Así me gustaría ser a mi cuando termine enfermería. Que me llamen los
doctores y les digan a los familiares: «Miren, a su enfermito lo cuidará
nuestra enfermera estrella, Citlali…». Sacó
el pecho con orgullo y su rostro se adornó con una sonrisa.
Noche 13. La Gran Abuela Omma
Llegó Citlali muy contenta esa noche, Había aprobado con
sobresaliente su examen final de Anatomía.
—Y cuénteme, ¿a Usted como le fue hoy?
Le dije que muy bien; por lo general siempre contesto eso. Pero
le conté que, por la noche, el perro de la casa mató a un tlacuache, y lo dejó
tirado en la rampa de piedra.
— Lo metí en una
bolsa, lo puse en la parrilla de la moto y lo subí a la palapa que está a medio
cerro para que se lo comieran los zopilotes. Ya muerto, que sirva de algo.
Citlali me echó una mirada de esas que matan.
—Pobre tlacuachito! Mínimo lo
hubiera ido a enterrar. Y con eso que me cuenta, más odio a los perros.
—A mí también me duele. Pero cuando veo planear los
zopilotes por las tardes, les agradezco el espectáculo que dan, y también que
limpien de carroña el cerro. Sin ellos los olores serían insoportables.
—Mejor cuénteme de su abuela
Omma.
Mi abuela materna, la abuela Omma, tiene lo suyo en su
biografía. Le decíamos simplemente Omma, término que tomó del alemán pues se
resistió a que le dijeran abuela a una edad en que ella aún se sentía fuerte y
plena, por ahí de sus cincuenta años. José Gilberto Pagaza, su padre, era un
agricultor muy próspero e innovador en la región de Valle de Bravo. Tenía
cultivos de trigo y maíz y también se dedicaba al ganado, que compraba barato
en Tierra Caliente, engordaba en Valle de Bravo y lo vendía ya finalizado, en
Toluca. Era una logística innovadora para la época. Su casa principal estaba en
el pueblo, en la calle del Vergel, y su rancho principal era San Gaspar. Para
facilitar sus operaciones ganaderas, compró lo que ahora es el Rancho San
Antonio, que pasó a ser parte de la herencia de mi abuela Omma y tuvo grandes
repercusiones en las generaciones posteriores, especialmente en la mía.
Era un hombre práctico, parece que de pocas palabras. Cuando
un alemán amigo suyo le pidió la mano de su hija Carmen para casarla con su
hijo, tuvo el buen tino de escucharla a ella, quien se negó rotunda. Cuando
conoció a mi abuelo, el entonces joven abogado Pichardo, mi abuela decidió que
se casaría con él. Pidió autorización a su padre, don José Gilberto, pero él le
negó el permiso; tal vez hubiese preferido un ranchero como él. Padre e hija se
aferraron, el a que no y ella a que sí. Con ayuda de muchas amistades de ella, que la
querían por su carisma y alegría, organizaron una boda casi furtiva. Al final
se enteró del enlace don José Gilberto y aceptó los hechos ya prácticamente
consumados con resignación. Pero se mantuvo firme y no asistió a la fiesta.
Pasó el día cuidando de sus plantas en el huerto del Rancho de San Gaspar. Años
después, con la llegada de la primera nieta -mi madre-, llegaría la reconciliación.
El pueblo de Valle de Bravo siempre le pareció pequeño a mi
abuela Omma. Oía historias de gente que iba y venía de la ciudad y soñaba con
salir pronto de aquí. En muy pocas ocasiones llegaba un vehículo automotor, y
ella contaba que, después de verlo pasar, cerraba las ventanas de la casa para
guardar «el olor de ciudad», que ella asociaba con el humo de los escapes.
Independientemente del enamoramiento que hubiese sentido por el joven abogado,
el matrimonio le permitió salir del pueblo. Muchos años los pasó en Toluca, con
todas las comodidades que brindaba el abuelo Carlos, prominente político y
abogado.
En su vejez, cuando hijos y nietos redescubrimos Valle de
Bravo y el Rancho San Antonio como un refugio paradisiaco, ella se negó a
volver a radicarse acá: «Tanto trabajo que me costó salir del pueblo, dejar
esas calles llenas de barro y ese olor a humedad en épocas de lluvia «. Vivió
sus últimos años muy feliz en un departamento amplio y elegante, en un séptimo
piso, en Polanco.
Su fe católica siempre la acompañó. Recuerdo bien los
trayectos en carro después de los fines de semana con ella. Casi al tomar
carretera, empezábamos a rezar el rosario… Hasta hace poco comprendí que el
momento del rezo significaba cesar cualquier otra conversación; que el estar
alerta para responder con las segundas partes del padre nuestro y el ave maría
era una forma de terapia de relajación. Siempre estuvo atenta a las ceremonias
de Semana Santa, incluyendo todas las estaciones que rezábamos en el jardín los
jueves santos, y después el imperdible desayuno de Pascua, que era un verdadero
deleite gastronómico en las épocas del Rancho Contento. A diario asistía a
misa, arreglada impecablemente, y hacía las oraciones que correspondían a la
mañana, tarde y noche.
Al enviudar heredó bastantes propiedades, que supo
administrar con atino. Algunas las fue vendiendo para costear la educación de
sus hijos, en lo que nunca escatimó. Había austeridad en su hogar, pero no
carencias y sí algunos lujos. Siempre hubo un vehículo en casa para salir a
pasear con toda la familia, en una época en la que poseer uno era un símbolo de
estatus. Tuvo una amiga entrañable con la que se iba seguido a Acapulco y a
nado se internaban bastante en la bahía. Después hizo varios viajes a Tierra
Santa, como ella la llamaba, y muchos otros tours por todo el mundo: a
Rusia, a Japón y a Sudamérica, entre los que recuerdo.
Una de sus decisiones de mayor trascendencia para la vida de
nosotros, sus nietos, fue la herencia del Rancho San Antonio, con una extensión
de ciento veinte hectáreas muy cerca del centro de Valle de Bravo, en una época
en que ya despuntaba como destino turístico después de la construcción de la
presa Miguel Alemán. Lo pudo haber vendido, pero su visión fue otra. El Rancho
San Antonio perteneció a su padre, José Gilberto Pagaza, y después a un hermano
de ella, un tal Ignacio, que murió muy joven, aparentemente por ingesta
excesiva de alcohol. En la sucesión testamentaria de Ignacio figuraban dos
hermanas, y tuvieron que ponerse de acuerdo en cómo dividir el rancho. Había
que escoger entre la parte alta, con muchos cerros y colinas, y la parte baja,
con unas tierras de labor de primera calidad. Mi abuela dijo al albacea que
ella prefería el cerro. Le hicieron ver que era mejor la otra parte, pero ella
se mantuvo en su elección, según cuenta, porque le gustó. A los pocos años se
inició la construcción de la presa, luego comenzó la inundación de lo que ahora
es el vaso y las tierras bajas quedaron sumergidas, mientras que las tierras
altas ganaron unas vistas espectaculares. La abuela Omma siempre fue muy
intuitiva; ella misma decía que tenía ciertas facultades extrasensoriales y que
presentía acontecimientos que estaban por ocurrir.
En algún momento alrededor del año 1965, cuando yo tendría
unos seis o siete años, organizó una cena donde repartiría el Rancho San
Antonio entre sus cinco hijos y sus familias. Ella trazó a ojo cinco fracciones
sobre un plano antiguo, hecho con técnicas topográficas no muy precisas. Las
numeró, hizo unos papelitos y los rifó entre las cinco familias. El hijo menor
de cada una fue el encargado de tomar un papelito; esa asignación, con la cual
unos quedaron más conformes que otros, perduraría por muchos años hasta que se
hicieron nuevas escrituras. Las fracciones no serían de sus hijos, sino de sus
veintitrés nietos, entre ellos yo. El reparto entre cinco familias implicó que
a quienes pertenecíamos a las familias menos numerosas nos tocara un mayor
número de hectáreas, lo cual despertó envidias desde entonces. Éramos todos
menores de edad, así que nuestros padres asumieron el cuidado y la preservación
del rancho hasta que pasara a nuestras manos. Fue una de las decisiones de la
abuela Omma que reforzó su autoridad no solo sobre sus hijos, sino también
sobre todos sus nietos. En una carta que nos dirigió a todos escribió: «Esta es
mi voluntad: que seas propietario de un pedazo de terreno; me ha costado
esfuerzo cuidarlo y mantenerlo, ojalá que algún día hagas tu casa. Y con letra
mayúscula, añadía: —«No lo vendas «.
La abuela Omma murió tres meses antes de cumplir los 100
años, y se mantuvo lúcida hasta el final, y siempre con los cuidados y
atenciones de sus hijos, especialmente mi madre. Con frecuencia había reuniones
de toda la familia en su departamento de Polanco, por diversos motivos. El
centro de la familia no era el Rancho San Antonio; el centro era ella.
—¿Y su abuela Omma, con quién
vivía? — quiso saber Citlali.
—Hasta pasados los noventa años, vivía sola en Polanco, y
tenía una señora que la atendía.
Nunca quiso dejar de ser independiente. A la edad de noventa
y dos años se operó de la cadera pues no se resignaba a dejar de caminar. Solo
en sus últimos años iba mi madre, casi a diario, a dormir con ella. A la hora
de la comida, pasaba al comedor, siempre muy bien arreglada, se sentaba en la
cabecera, y le servían su comida de tres cursos, sopa, plato fuerte y postre,
en unas vajillas de porcelana antigua, y cubiertos de acero macizo, de esos que
pesan y nunca se doblan. Muchas veces tenía como invitado a alguno de sus hijos
o algún nieto, y siempre sacaba buena conversación. Mientras la vista se lo
permitió, no dejó de leer el periódico. Su vida fue una combinación entre la
elegancia y el refinamiento, su profunda fe religiosa y sus orígenes rancheros,
de los que nunca se olvidó. De pocas personas puede uno hablar tan bien, como
de ella. Aun buscándole, no encuentro nada en su vida que pudiera criticársele.
Son de esas personas que nace una cada cien años.
—Oiga, entre tantos lujos, ¿a su
abuela nunca le salía lo vallesana? ¿Algún
dicho ranchero, por ejemplo?
—Claro que sí. Cuando alguien no estaba conforme con sus
decisiones, o cuando nosotros nos poníamos difíciles, soltaba uno que no
admitía réplica:
— ¡Al que no le guste
el fuste, que se baje y monte a pelo!
Citlali bajó la vista y un poco la cabeza, como si también
hubiese salido regañada. Por eso rematé:
—¡Más vale una
colorada que cien descoloridas!
Citlali pestañeó un poco y tras un breve silencio pausa comentó:
— Viene Usted de una estirpe
de grandes mujeres; y de grandes hombres. Me parece que, aunque buenísimos
todos, había de sal, de chile y de manteca.
Noche 14. Mi Último Refugio en la Ciudad
Cuando desperté de mi siesta de la tarde, Citlali ya estaba
en la biblioteca, de pie frente a la vitrina.
—Hay soldaditos, carritos,
figuritas… Mire —dijo entusiasmada—, ahí está el Ángel, Bellas Artes, el
Monumento a la Revolución… Todo eso lo conocí ahora que fui.
—Es una ciudad que sufrí por muchos años, sobre todo por el
tráfico. Pero ahora que vivo en Valle de Bravo, me gusta ir. Tomo el Zinabus y
en dos horas estoy en una de las capitales más grandes del mundo. Hay de todo;
yo con ir allá dejo de pensar en viajes al extranjero. Ahí encuentro todo lo
que me gusta y, además, tengo un refugio al que le tengo mucho cariño.
—Cuénteme, ¿eso cómo está?
—Un día, ya estando jubilado, me fui a cuidar el jardín de
una casa que tuve en Cuajimalpa, y que por aquellas fechas no rentaba pues mis
inquilinos la dejaron después de una noche en que se les metieron a robar
cuatro asaltantes… Vivía con mi madre en un pequeño departamento en Tlatelolco,
por situaciones que por el momento voy a omitir. El tráfico de regreso de
Cuajimalpa estaba insoportable. Dos horas y no había llegado ni al Periférico;
tres horas y apenas iba por el Paseo de la Reforma. Al llegar a la glorieta de
Colón, me di la vuelta hacia una de las calles aledañas porque ya no podía
manejar más. De pura suerte encontré un lugar donde estacionarme. Me bajé y me
eché a andar por unas calles a medio alumbrar. Los edificios no eran muy altos,
de unos cinco pisos, muchos de ellos descuidados. También había algunas casonas
de cantera de estilo porfiriano, vistosas pero algo decadentes. Daba la
impresión de que en esa colonia el paso del tiempo se hubiese suspendido; los
ríos de carros que atascaban todas las avenidas no pasaban por ahí. Mi humor
fue mejorando con el aire fresco de la noche.
De pronto vi a una señora de pelo rubio y de buen ver que
estaba terminando de colocar una manta en la entrada de una privada, con el
letrero de «Se vende». Ya tenía ganas de dejar Cuajimalpa y tampoco estaba a
gusto en Tlatelolco, así que me quedé mirando…
—¿Le interesa? —me preguntó la dama.
Dije que sí, y gentilmente me invitó a pasar. Se entraba por
un corredor angosto con unas pequeñas casas, todas iguales, a cada lado del
pasillo. Parecía el andador de una vecindad, pero con cierto estilo. Al entrar,
la casita me fascinó. Tenía detalles que dejaban adivinar sus mejores épocas,
como los mosaicos antiguos en el corredor, los plafones en el techo estilo art
déco y un lavabo de hierro porcelanizado. También se advertía a primera
vista un estado ruinoso: puertas apolilladas, paredes ensalitradas e
instalaciones hidráulicas aparentes en el baño, fruto de muchos remiendos y
composturas. Tenía un cubo de luz y una escalera de fierro que daba a la azotea,
donde solo había un pequeño cuarto de servicio.
—¿Cuánto? —le pregunté.
—Un millón —fue la respuesta.
—Lo compro —dije sin dudar, pues con esa cantidad no
adquiriría nada ni en una zona de la periferia. Y esta pequeña joya deteriorada
estaba en el corazón de la colonia Juárez, a pocos pasos del Paseo de la
Reforma.
—¿Quito el letrero?
—Sí, quítelo, mañana tiene depositado el anticipo.
Me llevó varios meses y algún dinero remodelar esa casita,
pero lo hice con cariño. Revisaba los avances y luego me iba a reconocer la
zona. El Museo de Cera y el Museo de Ripley eran colindancia de la parte
posterior de la privada y cerca había restaurantes de todo tipo. Pronto me
compré una bicicleta y mis reconocimientos abarcaron un perímetro mayor. Un día
en que me dirigía a Tlatelolco a saludar a mi madre, descubrí un
restaurante-bar con una buena dotación de hostess bastante guapas. Ellas
atendían y también estaban autorizadas a sentarse en las mesas. No quiero
entrar en detalles, pero, desde entonces, ese bar y otros que descubrí después
se convirtieron, junto con la casita, en mi «Palacio de las Bellas Durmientes».
—Otra vez salen a relucir esas
chicuelas —dijo Citlali con algo de ironía—. Pero mejor sígame contando, de su
adolescencia.
Noche 15. Elección para el Futuro
—Cuando yo era niño la mayoría de edad se alcanzaba a
los veintiún años. En 1978, cuando tuve que elegir carrera, a los dieciocho ya
era mayor de edad. Siempre me ha parecido que a esa edad uno no está preparado
para nada, le comenté a Citlali cuando llegó.
—Afirmativo, asintió, sin
darle ninguna importancia al asunto.
Al terminar la preparatoria en el Colegio Suizo, no tenía
una verdadera pasión por ninguna materia. Tenía predilección por las clases de
Historia, Literatura y Filosofía, mientras que las ciencias duras, como Física
y Química, no se me daban. Con las matemáticas me las arreglaba bastante bien.
Estaba claro que iría a las ciencias sociales, aunque no tenía claro ni a cuál,
ni en dónde.
Se juntaron varios factores que me hicieron decidirme por
Economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, el ITAM . Mi padre
asistió a la universidad, pero nunca concluyó una carrera; tomó cursos de
Derecho y de Economía. Mientras fui niño siempre escuché que papá era
economista agrícola o bien que era historiador económico. Así que mi elección
de carrera fue en gran parte influencia suya. Nos habían dado unos cursos en
preparatoria sobre economía que me agradaron: estudiamos sobre todo la ley de
la oferta y la demanda, una disciplina curiosa que combinaba la teoría con unas
matemáticas no demasiado sofisticadas. El profesor también me cayó bien, a
diferencia de los pesados que daban Física o Química, y había estudiado en esa
universidad. Mi hermano Gabriel también me habló con entusiasmo de ella. Así
que, sin más trámite, fui un día a Río Hondo número 1, pedí los requisitos,
hice mi examen de admisión y me inscribí.
Por las pláticas con mi padre me había formado la idea de
que las universidades serían un centro de gran actividad intelectual y
política; pensaba que al salir del Suizo me esperarían gestas casi heroicas en
el debate de las ideas, sin tener mucha claridad de cuáles. Estábamos en 1978;
aún no terminaba la Guerra Fría, había muchos seguidores de los modelos de
izquierda, por llamarlos de alguna forma, aun cuando ya parecía evidente la
superioridad de los Estados Unidos frente a la Unión Soviética. En América
Latina aún brillaba la Revolución Cubana y sus logros en salud y educación.
Estaba fresco el golpe de Estado de 1973 contra Salvador Allende; las
brutalidades del régimen de Pinochet eran conocidas y funcionaban como uno de
los estandartes del antiimperialismo de la época. La Revolución Sandinista,
también con tintes de izquierda, había ganado las simpatías del mundo entero al
haber derrocado un régimen dictatorial corrupto al servicio de los Estados
Unidos. En un viaje de mochileros que hicimos a Europa un buen amigo de la
preparatoria, mi hermano Gabriel y yo, tuvimos la oportunidad de pasear por
algunas de las sedes de La Sorbona y me llamaban la atención los muros pintarrajeados
con consignas a favor de la independencia de otros pueblos, y leyendas
antiyanquis y antiimperialistas, entre otras.
—¿Ese viaje de mochileros
usted se lo pagó? —preguntó Citlali.
—No, fueron mis padres. Yo comencé a trabajar hasta los
veintitrés años.
—Sí que tuvo suerte. Yo llevo
dos años en la estética. Desde que salí de la «secu» me gustaba hojear las
revistas de belleza y, cuando estuve en la prepa, tomé unos cursos de
estilista. ¡No gano mucho, pero si viera cómo lo disfruto! Tanto el trabajo como
el dinero. Un viaje estaría bien, pero ya llegará el momento.
—Nunca tuve una afición como la tuya. Y créeme que me
hubiera gustado.
—Anímese. Aunque sea escriba
una novela.
En mi mente juvenil tenía la idea de que en la universidad
habría un ambiente politizado que parecería casi festivo, entre gorras del Che
Guevara y las canciones de Mercedes Sosa, Violeta Parra, Silvio Rodríguez y
otros apologistas de las luchas de nuestros hermanos obreros, campesinos y
mineros en contra de la opresión y del Imperio. Pero el ITAM era un centro
enfocado en su excelencia académica y, por aquella época, vinculado a las
corrientes más conservadoras. Muchos de sus maestros venían de la Universidad
de Chicago —los llamados Chicago Boys—, que eran muy conocidos por su
papel protagónico en la instrumentación del programa económico de la dictadura
chilena. Por pragmatismo, retiré de mi cabeza el casete con las ideas de
izquierda, me olvidé del folclorismo revolucionario y de las luchas de clases,
y me dediqué al estudio de la ciencia económica químicamente pura [INDEX]. El
ITAM era el mejor centro de preparación para los jóvenes en busca de un buen
futuro profesional y económico. A partir de la debacle económica de México de
1982, el modelo viró hacia posiciones neoliberales (de derecha, si se quiere
simplificar) y los profesores de la institución, así como las generaciones de
egresados, vivieron una época dorada que se prolongaría hasta el año 2018, el
fin del neoliberalismo.
Fue un alivio entrar a un universo de estudiantes mucho
mayor que el del Colegio Suizo. Me hice pronto de un grupo de amigos con los
que conviví bastante. Entre clase y clase había tiempo para pasar a la
cafetería a jugar dominó; era nuestro punto de reunión y se armaban las
retadoras en un ambiente jovial y divertido. Se fue uniendo más gente con otros
compañeros que se acercaban y de ahí surgieron muchas ideas. Formamos un equipo
de futbol, el Oporto. Algunos de los jugadores eran buenos, sobre todo tenían
condición física; muchos otros jugábamos un rato pequeño y pedíamos nuestro
cambio pues teníamos una resistencia fatal por fumar demasiado.
Yo me comencé a enviciar con el cigarrillo desde el último
año de la preparatoria; en la universidad, donde se permitía fumar dentro de
los salones, mi vicio cobró mucha fuerza. Por aquel entonces ya fumaba una
cajetilla al día; si había alguna fiesta, borrachera o reunión, me fumaba el
doble. En aquella época creía disfrutar del tabaco; al menos no sentía la
repugnancia que experimenté después, a partir de los treinta años, al tener la
garganta siempre irritada, los dedos amarillos de nicotina y aliento de
alquitrán. No fue sino hasta los cincuenta años cumplidos que logré dejar el
vicio. Fue repentino, de un día para el otro, una vez que terminé la lectura de
un libro fascinante: Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo, de Allen
Carr. La información y la manera de presentarla es contundente; nunca pensé que
un texto fuera más potente que la fuerza de voluntad o que los parches de
nicotina. El autor explica cómo funciona la dependencia psicológica del
cigarrillo y, al comprenderlo, es fácil darle la vuelta.
Aparte del futbol y del dominó, organizábamos
recurrentemente borracheras. A veces nos juntábamos dos o tres amigos,
pasábamos a la miscelánea, comprábamos un six-pack de cervezas o una
caguama familiar para cada uno y bebíamos en el carro, entre los chistes y el
anecdotario. A veces nos juntábamos en casa de algún amigo y la reunión se
armaba ahí. «Fuera del alcohol toda felicidad es ficticia», solía decir alguno.
Muchas veces, a media borrachera, nos íbamos a algún restaurante o bar a tratar
de conocer muchachas; algunas veces, no muchas, teníamos éxito y llegamos a
hacer algunas amigas ocasionales. Con el tiempo, algunos del grupo fueron
encontrando su pareja o novia, pero quedamos algunos que hasta el final de la
carrera no nos enganchamos con ninguna. Y en una ciudad como lo era México en
la década de los ochenta, con una vida nocturna inigualable, la parranda
terminaba muchas veces en los bares de chicas, casas de citas o prostíbulos
diversos.
—¿Y no agarró el vicio del
alcohol? —preguntó Citlali—. Ya ve que al pueblo le apodan «Valle de Briago». Y
para salir de eso… Solo he visto algunos que van a los grupos de AA y otros
conocidos de mi mamá que se unieron a los Testigos de Jehová. Lo bueno es que
ya lo dejaron.
—Como dicen los chinos: «No importa de qué color sea el
gato, siempre y cuando cace ratones». Pero no, yo no me envicié con el alcohol;
a ese sí lo domino.
En los últimos años de la carrera, todos comenzamos a ganar
dinero con nuestros primeros trabajos. El ser estudiante del ITAM funcionó muy
bien pues ninguno enfrentó mayores dificultades en encontrar empleo. Solteros y
sin compromisos, mucho de nuestro dinero se nos fue de esa manera. El futuro
parecía prometedor y había que disfrutar el presente. Los lugares que había
para encontrar chicas de la vida alegre eran muchos y sensacionales,
especialmente en la colonia Roma, la zona Rosa, y la colonia Juárez. Eran
lugares amplios, bien puestos, con una abundancia de chicas guapas que no he
vuelto a ver en mi vida.. El ambiente era distendido; se sentía uno seguro. Uno
se iba de farra, y al terminar, manejaba uno tranquilo hacia su casa. Aún no
estallaba la crisis financiera de 1982 y sin darnos cuenta, brindamos felices
en la borrachera del modelo económico del Presidente José López Portillo. Uno
se sentía el sultán de Persia, rodeado de tanta belleza al alcance de la mano.
—Las Bellas Durmientes… como
que tiene obsesión con ellas.
—Había chicas muy guapas, que venían de Culiacán, de
Guadalajara, de toda la República…
Ellas conversaban y tomaban, y se iban si querían y cuando
querían y con quien querían, no como ahora, que están todas controladas por las
mafias… digamos que uno era como el anciano del cuento de Kawabata, pero en su
juventud… y ellas eran como las bellas durmientes, pero a veces se pasaban de
vivas…
—Ya, me paró Citlali en
seco. —No le adorne…
Noté que Citlali se levantaba de su sillón. Se puso de
puntillas y alzó los brazos estirándose a fondo, con las palmas hacia el techo
y la espalda arqueada. Tras tallarse los ojos con fuerza, volvió a dejarse caer
en el asiento, se encogió sobre sí misma cruzando las piernas y, con una mirada
muy viva, preguntó:
—Oiga, ¿y en esas borracheras,
¿cómo hacían para librar el alcoholímetro? Ya ve que se instalan por todos
lados
—No había.
—¿Y el SIDA qué?
—Tampoco había.
—¿Y los secuestros, y la
inseguridad?, preguntó ya con más cautela. Y se contestó solita: De
seguro tampoco había.
En aquellos años de juventud, no había tiempo para pensar en
soledades, había muchas cosas que hacer y mucho mundo por descubrir. Con mi
grupo de amigos, también organizamos muchos viajes, la mayoría de ellos en
automóvil, ya fuera a Cuernavaca, Acapulco y Zihuatanejo, o a las ferias
mexicanas del Bajío, la de Querétaro y la de León, así como la feria de San
Marcos en Aguascalientes. Íbamos a cenar y tomar, tratar de conocer algunas
chicas, a veces lo lográbamos y a veces no, luego ir a la discoteca, o la plaza
de toros, o las peleas de gallos y presenciar los espectáculos que presentaban
en los palenques. Recuerdo, por ejemplo, a la cantante Yuri en la feria de
León. También eso se lo tragó el tiempo. Los animales adquirieron derechos,
incluyendo toros, gallos y pericos.
Esa época correspondió a la de mi primer trabajo, en Banco
Mexicano Somex, también desaparecido.
Noche 16. Proyecto Bambú
Estaba terminando de leer un capítulo más de la novela de
Stefan Zweig, El Mundo de Ayer, que es una mezcla de sus vivencias
entremezcladas con los acontecimientos que le tocaron vivir: el derrumbe del
Imperio austrohúngaro y la destrucción de Europa con la Primera Guerra Mundial.
Muchas
veces siento que yo también pertenezco al mundo del ayer. El México que conocí
ya no existe; la ciudad ya es otra; el pueblo igual. El concepto de familia
nuclear y ampliada en el que crecí ya es obsoleto. Ni quien conviva con sus
tíos y primos; muchas veces ni siquiera con los hermanos. Vivo en un
anacronismo, yo solo en una casa enorme en un terreno de dieciocho hectáreas. En
eso llegó Citlali, con buñuelos y unos vasos de unicel con atole de guayaba.
— ¿Se le antoja?
Estaban buenísimos.
—¿Aparte de El Palomo, nunca
tuvo Usted algún otro emprendimiento? Me quedé con esa duda el otro día,
comentó ella, acomodándose en su sitio.
—Pues sí. Fue una mezcla de hobbie y
emprendimiento. Tengo un ranchito por aquí cerca, por el barrio de Otumba. Ese
es solo mío. No es copropiedad con nadie, a diferencia de este cerro en el que
estamos, que se llama San Antonio. En un viaje que hice a Colombia, con motivo
de mis cincuenta años, me llamaron la atención unos manchones de un verde muy
luminoso que se aparecían en las llanuras, o al borde de algunos ríos. Fue un
enamoramiento a primera vista. Me dijeron que esas plantas se llaman guaduas,
que son una especie de bambú gigante. Luego me llevaron a conocer varias
construcciones que se elaboran con la guadua seca, y me fascinaron. Es como
armar construcciones con palillos. Se van uniendo los trozos entre sí en formas
que pueden ser bastante caprichosas, ya que es un material muy ligero. Luego
hice otro viaje posterior a ese país, para aprender a hacer las uniones de la
guadua. Como el material es redondo, y hueco por dentro, las uniones se hacen
igual que en las tuberías, solo que sin soldadura. Los cortes deben embonar
perfecto. Se pueden hacer con una broca circular, pero si los diámetros no son
idénticos, no quedan bien y hay que ajustar a mano. Aprendí a hacerlos con puras
gurvias y martillo, como allá. Lo más difícil es calcular el tipo de corte en
función del ángulo que desee uno para la unión. Luego aprendí a meter los
herrajes por dentro para detener las piezas, pero bueno, acá en la biblioteca
tengo muchos libros que tratan de eso. En
México localicé un vivero en Huatusco, Veracruz, que ya había adoptado varias
variedades de bambú al clima de allá, y tenían a la venta tanto planta como
guadua seca lista para construir. Traje material con el que hice una palapa en
el jardín, y sembré toda la barranca que atraviesa mi predio con las variedades
que me recomendaron. Tenía la ilusión de vender guadua cuando creciera. Mis
plantas ganaron diámetro año con año pero al cortarlas, vi que las
paredes internas eran muy delgadas, y no servían para la construcción.
Pero me sirvieron para hacer algunos muebles y una que otra
artesanía. Hice una repisa, pequeña. Las patas laterales tienen una forma de
“K” y arriba les puse una tabla de palma, que traje de la costa de Michoacán.
Se llama la repisa “Katy”.
—A ver cómo está eso, ¿una
repisa con nombre de mujer? — preguntó Citlali, con una sonrisa pícara.
—En esos viajes a Colombia, no iba nada más a ver la guadua…
El emprendimiento falló, pero hay veces que me meto a
caminar en el guadual. La frescura de la sombra, y la visión de los tallos
juntándose unos con otros a unos veinte metros de altura, refresca el cuerpo y
eleva el espíritu. Me gustaría poner un vivero ahí, en ese terreno, no solo con
bambús sino también con muchas otras variedades de plantas que tengo en este
cerro, más otras que vaya a comprar a Zitácuaro, Tuxpan o Atlacomulco, para que
sea negocio.
—Está bonito ese negocio, dijo
Citlali. Sobre todo, si le gustan las plantas. No creo que le vaya a dejar
mucho dinero, pero los hobbies cuestan, como Usted ya vio.
—A lo que le tengo más fe para financiar mis últimos años es
la lotificación que estoy haciendo. Ya pusimos drenaje, contraté unas tomas de agua,
ya estamos empedrando el camino de acceso y ojalá, pronto podamos mostrar los
terrenos del Rancho Las Amelinas a los clientes.
—¿Así se llama? No lo había escuchado.
—Una herencia de mi madre. Ella le puso ese nombre, por una
buganvilia enorme que hay en la entrada.
Noche 17. Tesis de licenciatura y Viaje a
Inglaterra
Citlali sacó de su morralito una bolsa de pistaches y otra
de garrapiñados y me ofreció:
—No vaya a creer que hoy traje mi «itacate». Solo son unos antojos para
espantar el hambre.
—Se aceptan de buena gana —le contesté, tomando un puñado de
garrapiñados mientras el aroma dulce invadía el espacio—. Al paso que vamos, terminaremos
hablando en náhuatl. Y por cierto, te contaré las dificultades que enfrenté
para salir airoso del ITAM, mi «Calmécac».»
Me demoré bastante en terminar mi tesis de licenciatura. Me
embarqué en un tema que me dio mucho trabajo desarrollar, a sugerencia de uno
de mis profesores. Citlali ya estaba en su sillón, escuchando atenta.
—Ni me hable de eso
—intervino—. Ya me advirtieron en la escuela que tendremos que hacer una tesis
para graduarnos. Todos dicen que es de lo más aburrido, sobre todo si el asesor
se pone pesado.
—Justo eso fue lo que me pasó. Es una flojera, pero es la
primera gran prueba por la que uno pasa en la vida profesional. O aprendes a
ponerte firme o nunca te van a respetar.
Después de la crisis al final del gobierno de López Portillo
estábamos por entrar en la época del liberalismo triunfante, pero aún había
alguna oposición. El marxismo-leninismo todavía no terminaba de caer; faltaban
tres años para que se derrumbara el Muro de Berlín en 1989 y colapsara la Unión
Soviética en 1991. Mi tema era La teoría de Cambridge y la intervención
gubernamental en la economía; en retrospectiva, nada nuevo: había
argumentos a favor y en contra de la participación estatal en los mercados.
Traté de ser lo más objetivo posible y ese fue el motivo de mi tardanza. Es más
fácil abrazar un credo que ponerse a comparar a Cristo con Mahoma.
Por ese entonces mi padre era profesor-investigador en El
Colegio de México y tenía asignado un cubículo soberbio, con un gran ventanal
al patio central del edificio. Él solo iba de vez en cuando, así que me entregó
las llaves para que fuera cuando quisiera. Así lo hice. Muchas veces bajaba a
la cafetería y me quedaba observando el barullo de los distintos grupos de
estudiantes; luego me subía a mi encierro del segundo piso. Me sentía un
usurpador ocupando ese espacio de mi padre.
Mi asesor tenía dudas sobre el equilibrio del texto, aunque
no me lo decía con claridad. Un día, después de muchas versiones, me soltó:
—¡Lo que sucede es que el pensamiento es matricial y el
lenguaje es lineal!
Llevaba ya más de dos años desde que había iniciado; me
parecía que mi trabajo ya era bueno y no estaba dispuesto a hacer más
borradores. Lo encaré y le respondí que efectivamente el lenguaje es lineal,
pero que si se entendía o no lo que había escrito, y si mis conclusiones eran
válidas o no. Con algo de desgano me firmó el trabajo, busqué a unos profesores
para que fueran mis sinodales y me gradué con mención honorífica. Era la
condición que me habían puesto en el banco para concederme una beca para irme a
estudiar. El título de cualquier manera lo tenía que sacar: era un compromiso
con mis padres y conmigo mismo.
No estaba tan convencido de seguir estudiando Economía. En
la teoría económica, como se dice una cosa, se dice la otra; todo depende de
los supuestos que se hagan. Pero para que me consideraran un economista
calificado debía tener un título de posgrado en el extranjero. Recuerdo bien el
símil que traía en la cabeza: «Es como ser un buen chofer y no tener licencia».
La beca del banco no era una oportunidad que se pudiera desechar tan fácilmente
y fue el factor que inclinó la balanza a favor de que continuara en la
disciplina.
También mi padre me convenció. Él había sido un autodidacta
sin título; le decían doctor y, cuando le preguntaban por cuál universidad se
había doctorado, contestaba que por una de Sudamérica. Y efectivamente, cuando
vivimos allá, decirle a alguien doctor es como decirle aquí a alguien
licenciado. Leyó bien los tiempos y me hizo ver que, sin un posgrado en el
extranjero, mis posibilidades en el mercado laboral no serían buenas. Opté por
el pragmatismo. Me enteré de que en Inglaterra las maestrías se obtenían en tan
solo un año —mientras que en los Estados
Unidos se requerían dos—, que era más fácil ser aceptado allá y que los
estudios eran menos pesados. «Es el sistema inglés —me decían—, cada uno avanza
al ritmo que quiere». Me aceptaron en la Universidad de Warwick para comenzar
clases en octubre de 1986.
—Oiga, yo tengo ganas de irme
a Estados Unidos —dijo Citlali—. Tengo unos parientes allá.
—¿A estudiar? — le pregunté.
—¡Nooo! A ganar dólares,
despelucando a los gringos.
Noche 18. Prisión en Altamar
Entró Citlali y colgó su rompevientos en el respaldo de una
silla. Se quedó un rato de pie mirando hacia la vitrina.
—Oiga, ese barco que tiene
unas grúas y unas cajitas en la cubierta desentona con los carritos. ¿Qué hace
ahí?
—Se llama Toluca,
hermano del Monterrey: cargueros de contenedores de la extinta
Transportación Marítima Mexicana, construidos en la también extinta Yugoslavia…
Me interrumpió:
—Todo está extinto en sus
relatos. No me lo tome a mal, pero usted también está en peligro de extinción.
No me hizo mucha gracia el comentario pero me aguanté.
—No todo, dije, mientras
la memoria no se extinga… —Pero te voy a contar la historia del barco.
Me faltaba un año
para salir de la preparatoria. Mi padre, por ese entonces, tenía que ver con
los puertos que estaba desarrollando el gobierno, por ahí de 1978, y conocía a
los directivos de las principales navieras de México. Se enteró de que, en
ocasiones, admitían a unos pocos pasajeros en los cargueros; que algunos
jóvenes aprovechaban eso para conocer el mundo y que, en el trayecto, para no
aburrirse, los ponían a trabajar. Me entusiasmé cuando me lo contó y, poco
después, me presenté en el muelle de Tampico, dentro del recinto fiscal. Ahí
estaba atracado el Monterrey, y me subí. Me asignaron el mejor camarote
que tenían libre: tenía baño privado, muebles cómodos para ser barco
—atornillados al piso— y unas escotillas que daban al mar, protegidas con
sólidas barras de metal. «Este va a ser tu lugar, a menos que se presente un
incidente», me dijeron. «¿Como cuál?», pregunté. «Que tengamos que arrestar a
algún compañero por mal comportamiento o conducta antisocial. No pasa muy
seguido, pero a veces sí. Algunos no aguantan las travesías y desvarían; cuando
hace falta, los encerramos aquí. Este camarote es la cárcel del barco».
El buque iba con destino a tres puertos brasileños: Recife,
Río de Janeiro y Santos. Diario llegaban tráileres con contenedores y los
subían con las grúas del barco; primero se llenaron las bodegas interiores y
después comenzaron a apilarlos en cubierta. Había otros dos jóvenes que
viajarían de pasajeros igual que yo; los primeros días fue interesante ver las
maniobras, pero como demoraba la carga, nos hicimos amigos y nos fuimos a
conocer la ciudad y el puerto de Tampico. A veces tomábamos en los bares de nota
roja del puerto, a veces nos adentrábamos más. Una vez nos metimos a tomar al
panteón municipal: pusimos la botana y los vasos sobre una tumba y brindamos
por el difunto con el que compartíamos la instalación.
Un día de esos, tomando cerveza afuera de un expendio, nos
levantó una patrulla: «Está prohibido tomar en la vía pública, jóvenes». Nos
condujeron a una comisaría; para pasar a ver al juez atravesamos varias rejas y
la última la cerraron detrás de nosotros. Quedamos encerrados en una celda
común. Había muchísima gente adentro, todos de mal aspecto, sucios, harapientos
y sin rasurar. El olor a orines y excremento era insoportable; el baño era una
esquina designada sin ninguna instalación. Del susto y la impresión saqué un
cigarrillo y el encendedor; no había echado la primera bocanada de humo cuando
se me abalanzaron todos los presos, me arrebataron la cajetilla y luego se
pelearon entre ellos por el botín. Fue una noche espantosa, con el agravante de
que la borrachera se comenzaba a bajar y entraba la resaca al cuerpo. Cuando
amaneció pasó un guardia, aventó tortillas duras a la celda y los presos las
tomaron casi al vuelo; no fue sino hasta después de unas horas que nos llamaron
y, ahora sí, nos llevaron con el juez. «Son mil pesos por cada uno», dictaminó.
«No traemos», respondimos. «Voy a dejar a uno libre, los otros dos se quedan a
consignación». Mi compañero no demoró demasiado, pagamos y llegué al mediodía
al barco, feliz de estar de nuevo en la prisión.
La travesía por el golfo de México fue un gozo. Pegaba un
aire muy sabroso en la cubierta y el espectáculo cambiaba a lo largo del día,
desde el amanecer hasta la noche. No me cansaba de mirar la estela que dejaba
el buque. De pronto, junto a la estela comenzaron a nadar delfines que nos
seguían, pues ya estaban acostumbrados a comer los desperdicios de cocina que
arrojaba el barco. Días después aparecieron los peces voladores, que salían del
agua, volaban bajito unos diez metros, se volvían a sumergir y así
sucesivamente. Por las noches contemplábamos las fosforescencias del golfo:
pequeños puntos verdes y amarillos que brillaban en la oscuridad del mar. La
bóveda celestial se veía majestuosa, sin ningún resplandor que la opacara; y
también puse gran atención en el silencio de la noche en el mar: un silencio
absoluto, solo rasgado por algunas olas que reventaban en el casco. Una
maravilla de la creación.
De día trabajábamos en cualquier cosa. Tardamos varios días
en lijar y barnizar unas bancas; otros días más en limpiar unas paredes de
lámina. Vimos desfilar los faros que anunciaban Cuba y después los de una
infinidad de islas que hay en el camino. Salimos al Atlántico Sur, poco después
atracamos en Recife por un día, luego en Río de Janeiro por varios más…
Adoptamos las costumbres de los marineros: en tierra no se podía desaprovechar
un solo momento, había que vivir y gozar, pues después seguirían más días de
navegación en la soledad del mar. Cerca del puerto de Río había infinidad de
bares, ya sabrás de qué tipo… Fueron varias desveladas, varias borracheras,
mucho más agradables que en Tampico, a ritmo de samba, licor de maracuyá y
muchas mulatas que hablaban portugués. «Yo, en navío…», era lo más que logré
comunicar. Mientras el barco siguió a Santos, nosotros nos fuimos por tierra a
la Argentina: noventa horas de autobús, una paliza, pero así llegué a Buenos
Aires la primera vez…
—¡Ajajá! —exclamó Citlali—.
«Yo, navío…», ¡y seguro las mulatas le dijeron «yo, canoa»! Pero ni mi cuente
más; me imagino que la Casa de las Bellas Durmientes también tendría sucursales
en Brasil. ¡Hombres!
Noche 19. El sello de alien
—¿Hola, Citlali, todo bien hoy? ¡Llegaste muy tarde! Ya iba
a ponerme a platicar con ChatGPT.
—Pues si quiere —me contestó
de bote pronto—, pero me quedé con las ganas de saber cómo fue que llegó a
Inglaterra cuando se fue a estudiar allá. Nada más falta que lo hayan metido
preso.
—Pues preso, precisamente, no. En el aeropuerto de Gatwick
me plantaron un sello en el pasaporte que decía: «Presentarse en la estación de
policía de Birmingham en un plazo máximo de tres días». Así que fui; revisaron
el pasaporte hoja por hoja y le plantaron otro sello, ahora enorme y de color
rojo, que decía: ALIEN. Significa que era yo un extranjero…
Le volvió a ganar la risa.
—Sí que está chistoso. Alien, como en la película… Y
sí se parece…
—Ya, Citlali, hoy vienes muy chistosita… Volé directo de
México a Londres. El aeropuerto de Gatwick se sentía impersonal, había pocas
tiendas y poca gente, tal vez por la hora. Caminé por pasillos muy largos hasta
encontrar la salida hacia los autobuses que me llevarían al centro de Londres,
y de ahí tomaría el tren a Coventry, en el corazón de Inglaterra. La salida
conectaba con una rampa en espiral que descendía varios niveles; sentí en la
cara el aire de Inglaterra, húmedo y frío, y eso que aún era verano. Ya había
ido a Europa varias veces, así que no me costó trabajo movilizarme y llegar a
mi destino.
Me alojé en una casa de huéspedes y, al día siguiente, un
taxista con turbante me llevó al campus de la Universidad de Warwick. «Perdone,
pero no entendí, ¿a dónde lo llevo?», me preguntó. «Warwick University». La
primera repetición la hice con tranquilidad, «Guar-güik»; la segunda me
impacientó un poco y, cuando íbamos por la tercera, preferí mostrarle un
folleto en donde venía escrito el nombre. «¡Ah, Warwick!». En el año que
estuve ahí nunca logré pronunciarlo bien. Y la otra palabra que me dio
muchísimos problemas fue la marca de mi tabaco: «A packet of Marlboro,
please». No me entendían, hasta que señalé la cajetilla roja con su
triángulo blanco. Ya después, en la tienda de la universidad los pedía y me los
daban, y comencé a sentirme orgulloso de mi acento inglés. Hasta el día en que
hice un paseo fuera del campus y se repitió la escena: «A packet of what?».
Esa mañana de mi llegada a la universidad fue decepcionante.
La institución acababa de entrar en vacaciones de verano, detalle que ya sabía,
pero al que no le había prestado importancia. «Ni modo que no haya nadie», era
mi hipótesis. Después de preguntar en varios lugares, entendí que no me
atendería nadie sino hasta dentro de dos semanas y, gracias a que insistí, me
otorgaron la llave de un dormitorio en uno de los edificios para estudiantes de
la universidad, previo pago del semestre por adelantado. Serían como quinientos
metros desde la oficina hasta aquel edificio, y había que atravesar unos campos
intensamente verdes, de césped bien cortado, que parecían infinitos, pues se
perdían entre la neblina. Iba jalando unas maletas, empujando otras, hasta que llegué.
Era un edificio de ladrillo precocido, de tres pisos. No
tuve que subir escaleras, me tocó en planta baja; abrí la puerta del cuarto que
me correspondía y me quedé paralizado. La habitación tenía dimensiones mínimas:
tendría unos dos metros de fondo por tres de ancho. Había una cama, un librero,
una tabla de madera a la altura de la ventana que hacía de repisa o escritorio,
y una silla. Jalé las maletas, que ocuparon todo el espacio sobrante, me senté
en el catre y, antes de que cualquier otro pensamiento se adueñara de mí, saqué
del equipaje una muda de ropa y los artículos básicos de limpieza, los empaqué
en una mochila que llevaba y salí disparado de ese lugar. Tomé mi double-decker,
me bajé en la estación de trenes y me quedé mirando el tablero de salidas. «Un
boleto redondo para Edimburgo, por favor». Aunque el nombre de esa ciudad
también tiene una pronunciación casi imposible: Edinbro, algo así.
Ya sentado en el tren, volví a repasar una y otra vez la
imagen de esa habitación que sería mi hogar por los próximos doce meses. El
paisaje era tranquilizador: primero, campos de trigo aún sin cosechar, con las
espigas meciéndose al viento; después, más al norte, las pequeñas colinas
escocesas, no muy altas, ondulantes, con rebaños de ovejas aquí y allá. Me fui
tranquilizando. Me fui haciendo a la idea de que no era tan malo el dormitorio,
que tendría un lugar para mí solo, que sería un año nada más y que ya me
acostumbraría a ese nuevo entorno. Bajé en Edimburgo ya más tranquilo, aunque
probablemente todavía bastante inquieto. Ya había estado en esa ciudad dos años
antes con mi padre, un verano en que él trabajó en Londres y yo, gracias a sus
conocidos, me había embarcado en Coatzacoalcos en un buque de Azufrera
Panamericana con destino a Immingham, un puerto en el Mar del Norte.
En esa ocasión nos juntamos mi padre, mi hermano Fernando y
yo, e hicimos esa visita a Escocia que resultó muy agradable. En esta nueva
estancia, pasear solo por ahí no estuvo mal, pero fue menos divertido que la
vez anterior. Conocí Glasgow, que me pareció una ciudad desolada. Di con un
punto en la costa, en una entrada de mar no muy lejos de Edimburgo, y di un
paseo en barco sensacional. Recuerdo el aire fresco que soplaba en cubierta,
que llenaba los pulmones de vida, daba energías al corazón y, sobre todo, paz y
serenidad a la mente al contemplar la majestuosidad de las olas, del cielo, de
las nubes y del mar. Sin mayores incidentes regresé al campus de la Universidad
de Warwick, ya mentalizado, reconciliado con mi decisión de haber ido para
allá.
—No conozco el mar todavía
—dijo Citlali—. Pronto iré. Cuando estoy ansiosa me subo hasta la mera punta de
La Peña y me siento a ver el lago, las nubes, las montañas… Aunque prefiero
subir con mis amigas.
Noche 20. Un verano diferente
Regresé a Warwick con buena mentalidad para comenzar el
curso introductorio que ofrecía la universidad, que tendría una duración de
tres semanas. Había algunos talleres de redacción en inglés, de comprensión
oral y escrita y, lo más complicado para mí, de pronunciación. Un día fuimos a
un set de grabación de sonido donde practicamos la expresión oral frente a los
micrófonos. [1]
—¿Me va a hablar ahora de su
«Calmécac» del extranjero?
—Te diría que sí, pero no. Del «Calmécac» los nobles
obtenían el «Tlamatiniyotl». Que proviene de tlamatini —'sabio, erudito
o el que sabe cosas'— y el sufijo -yotl, que vuelve el término un
concepto abstracto: 'sabiduría profunda' o 'el estado de ser un erudito'.
—¡Sácatelas! Ese título sí que
estaría de diez. «Erudita en enfermería» —dijo, en tono jocoso—. Ahora un
posgrado es poco más que un papel pegado en la pared.
—Por lo mismo lo evité. La belleza del náhuatl es que no
designa cosas, sino que se refiere a conceptos. Y aún no conozco de ninguna
institución que nos instruya en la sabiduría profunda.
Al salir de las clases se armaba una «cascarita» de futbol
con los compañeros; había varios japoneses y muchos otros asiáticos, italianos
y de diversas nacionalidades europeas. Los campos de césped bien cuidado eran
de ensueño, y seguido me venía a la mente que ya me había «internacionalizado»
en el futbol. También se organizaban partidos de squash con retadora de
todos contra todos. Algunos días jugué tenis con una compañera española que
llegó un poco después, de nombre Sara, originaria del País Vasco. Ella era
buenísima, me barría literalmente con sus swings, pero tenía paciencia
conmigo y peloteábamos un rato bastante a gusto. Yo tenía veintisiete años en
ese entonces y ella veintitrés; me hacía notar esa diferencia como si hubiese
sido mucha. Ahora esa distancia me parece ridícula, hasta poca.
Le brillaron los ojos a Citlali y, con una sonrisa pícara,
preguntó:
—¿Quiere que hagamos unas
cuentas? Digo, para practicar matemáticas.
Había otra muchacha ecuatoriana y por las noches nos
juntábamos los tres en la cocina común del edificio donde ellas vivían. Ellas
preparaban la cena y yo ayudaba en lo que podía, pues nunca aprendí a cocinar.
Resultaba muy agradable esa convivencia. A veces llegaba algún otro compañero;
después hacíamos largas sobremesas conversando sobre nuestras vidas y nuestros
países, y muchas veces Sara sacaba una guitarra y nos ponía a todos a cantar.
Yo nada más movía los labios para no desentonar. Me sentía muy acogido en esa
pequeñísima comunidad latina que habíamos formado. También se presentaba con
relativa frecuencia una compañera alemana, muy joven, y conversaba con ella
intercalando el inglés y el alemán, que fue una de las poquísimas ocasiones en
la vida en que lo llegué a utilizar. Me gustaba esa chica y, de haber
evolucionado las cosas de manera distinta, tal vez me hubiera ennoviado con
ella.
Tenía la impresión de recibir una bocanada de aire fresco en
mi vida, después de la aridez en el banco. Por primera vez vivía fuera de mi
casa y era una sensación muy grata, de libertad. A veces, por las noches, salía
a caminar por los senderos del campus que conectaban después con unos campos de
trigo y, un día, descubrí una salida a la carretera que iba a una localidad
cercana, Kenilworth. Regresaba relajado y contento a mi pequeña habitación.
Había colocado un mapamundi gigante que abarcaba toda la pared, el cual
resaltaba por el color azul turquesa de los océanos.
Un día por semana tocaba ir a una lavandería de monedas
cerca de mi edificio; esperaba a que terminara la lavadora, la cambiaba a la
secadora, doblaba mis cosas y regresaba a acomodar. Otros días eran de
supermercado: hacía compras muy básicas como jamón, pan, cereales de maíz,
leche, plátano, espaguetis y salsa de tomate. Es lo único que llegué a cocinar:
hervía el agua, echaba la pasta, enjuagaba y en la misma olla vertía la salsa,
rallaba el queso y me lo comía ahí mismo. Al paso de los meses esas comidas se
volvieron insoportables, pero al principio estaba muy a gusto con mi nueva
cotidianidad. Clases de inglés, nuevos amigos, deporte, reunión social en la
cocina y mis actividades diarias del hogar. Mi espacio físico se redujo muchísimo,
pero mi ámbito de acción se amplió bastante al haber salido de la casa.
A veces, en los senderos que cruzaban el campus, me topaba
con algunos conocidos e intercambiábamos el saludo apache: «Hi», y cada
uno seguía por donde iba. Un día que tenía ganas de charlar, le pregunté a dos
morenos de Sri Lanka —de una tez muy oscura, tipo hindúes, pero más morenos—
cómo les iba la vida con las chicas en Inglaterra. Y les hice una seña con las
manos que es universal. «Nada», me dijeron. «¿Por el tema del SIDA?», les
pregunté. «Bueno, también por eso», y los tres nos reímos un buen rato.
La amistad con Sara se volvió cada día más íntima, más
intensa. Me contaba muchas de sus historias personales y recurrentemente me
hablaba del novio que había dejado en España, a veces como extrañándolo, muchas
otras quejándose de él; daba la impresión de que lo consideraba un hombre sin
futuro y que estaba con él por inercia o por costumbre. Yo, en cambio, me sentí
de pronto muy confiado de mí mismo, me formé expectativas de un porvenir muy
halagador una vez que regresara a México, y sentía que mi país tenía muchísimo
más que ofrecer que la España de Sara, que aún no despegaba al desarrollo
vertiginoso que siguió después. Muchas veces me formé la imagen de Sara en
México, conmigo, siendo felices.
Faltaban pocos días para el comienzo formal de las clases de
maestría a principios de octubre, del fin de nuestro curso propedéutico y del
verano. Los días comenzaron a hacerse ligeramente más cortos, aunque de pronto
se formaron unos nubarrones hacia el final de mi verano idílico que nada tenían
que ver con la meteorología.
Noche 21. La Tormenta Perfecta
Al día siguiente,
Citlali llegó más temprano que de costumbre, pues el sol se acababa de poner y
aún se advertían destellos rojizos en el horizonte. Se sentó en su sillón de
siempre, cruzando las piernas. Pronto comencé a narrar mi historia en el punto
en que la había dejado.
Cuando recién la
conocí, noté que Sara tenía una ampolla en el labio superior, a lo que no
presté importancia; ni sabía de lo que se trataba, ni impactaba tanto, y Sara era
nada más una chica a la que acababa de conocer, como a otras más. La imagen
regresó a mi mente cuando ya éramos amigos cercanos y nuestros encuentros
pasaban de un acercamiento emocional a un distanciamiento, tal vez en un mismo
día. Me desconcertaba bastante, pero esa relación era fascinante, pues nuestras
percepciones de cualquier situación eran muy distintas: la de ella como
española, la mía como mexicano. Además, tenía mucha gracia para decir las
cosas.
—Los ingleses comen
pez —me dijo un día, casi indignada—. Sí, fish and chips, pez con
patatas.
Ella venía del País
Vasco, de una pequeña localidad costera cerca de Bilbao donde descargaban a
diario la pesca del golfo de Vizcaya.
—Allá comemos
merluza, lubina, anchoas, verdel, besugo… —y se siguió con una lista casi
interminable de diferentes variedades de pescado.
Me contaba de sus
paseos por la ría, sus escapadas a comer tapas con los amigos y muchas
actividades que en la Ciudad de México no se podían hacer. Yo, en cambio, le
hablaba de nuestras grandes casas comparadas con sus pisos, de las comidas en
casa de los amigos en lugar de sus idas de tapas, de los viajes a Acapulco y
Puerto Vallarta, y cosas así. En Europa la vida era mucho más «social» por las
limitaciones de espacio, según yo, mientras que en México la vida era más
«individualista» por nuestra extensión territorial. Ahora reconozco que eran
nociones muy distorsionadas de mi patria, que provenían de la burbuja en la que
me crie.
Entre estas
pláticas se deslizaban algunas confesiones personales, hasta que surgió lo que
ella llamó «un error de juventud», que no era tan grave, pero ciertamente le
preocupaban «esas pupas que me salen». Me desconcertó. Escuché, pero no acusé
recibo. Antes de partir para Inglaterra, en la revista Time había salido
una portada con el dibujo de una pareja dándose un beso, y la lengua de uno de
ellos tenía forma de serpiente. El reportaje era sobre el herpes, una
enfermedad de transmisión sexual que proliferó o saltó a la luz por aquellos
años. Me atemorizó mucho ese reportaje y me prometí a mí mismo cuidarme en esa
aventura inglesa, pero nunca imaginé la forma en que se me aparecería esa
condición. Ya para aquel entonces, mi conexión sentimental o dependencia de
Sara era total y no estaba en condiciones de terminarla.
Los estudios
formales comenzaron en octubre. Un día, al salir de la primera clase después
del almuerzo, vi con desconcierto que estaba anocheciendo. No eran ni siquiera
las cinco de la tarde y comenzaba a calar el frío y el viento. Cada día había
menos día y más noche. Había muchas lecturas por hacer, ocupaciones no
faltaban, pero el encierro en mi pequeña habitación comenzó a hacerse opresivo:
quince horas de oscuridad y nueve horas de penumbra, de una luz tenue y un sol
que nunca llegaba a salir. Salvo muy ocasionalmente, se abría un espacio entre
las nubes y por minutos caía el sol. Eran los famosos sunny spells, que
muchos aprovechaban para dejar lo que estuvieran haciendo y salir un rato a
sentir el calor.
No supe manejar mi
horario por aquellos días. Al llegar de noche al cuarto me daba sueño; me
despertaba con hambre y a las ocho o nueve salía a la cocina común a prepararme
un sándwich; me aplicaba un rato a mi estudio y pronto tenía que suspender
porque se llenaba de humo la habitación y tenía que abrir la ventana al viento
gélido del otoño. Mi ciclo vital se trastornó; las mañanas se confundían con
las tardes, que no eran tales, y las noches parecían extenderse por todo el
día. Siempre estaban encendidas unas farolas que indicaban el sendero que
conducía a nuestros dormitorios.
Al entrar al
pasillo, había un teléfono de pared con un cartelito arriba que decía: «Para
las personas que estén pasando por una crisis —o simplemente necesiten hablar
con alguien» .
—Oiga —intervino Citlali—, ese letrero estaba de terror. Caminar a
oscuras con el azote del viento y que al llegar se encontrara con ese cartel…
Me imagino que con solo leerlo me darían ganas de llorar.
—Algo así me
sucedía, hasta que dejé de voltear.
A eso se sumaba el
asunto de Sara. Ella era una estudiante excepcional. Tenía una auténtica pasión
por la estadística y la econometría. Disfrutaba de las clases optativas que
tomaba: «Una gozada las explicaciones de ese profesor», me contaba. Las materias
que tomábamos juntos no se le dificultaban, pues las acababa de ver en su
último año de universidad. Yo tenía cuatro años de haber egresado y muchas
asignaturas nunca las vi, precisamente las que estaban de moda en aquella
época: Teoría de juegos y economía de la incertidumbre. Sara se metió de lleno
a los estudios e hizo nuevas amistades con compañeros que, al igual que ella,
disfrutaban aquellos temas. Para mí era una tortura escuchar aquellas clases de
las que no comprendía nada; ni siquiera, bien a bien, lo que decían los
profesores, ni el chiste que soltaban de vez en cuando y que hacía carcajear a
mis compañeros.
Durante la semana
nos veíamos poco, pero los fines de semana por lo general teníamos algo de
tiempo para convivir y nuestro afecto mutuo seguía creciendo. Muy pocas veces
volvimos a hablar del tema del herpes; a veces nos íbamos de paseo al lago, a
veces al súper y algunas veces hicimos el viaje a Londres de un día completo.
Allá no faltaban cosas de qué platicar ni de qué emocionarse, desde la gente de
todo tipo —ingleses y extranjeros, ejecutivos y vagabundos, nerds, punks
y otras tribus que en aquellos años solo había allá— hasta la magnificencia de
los museos. Pero lo más atractivo de ir con Sara eran los detalles pequeños. En
una tienda vio unas tazas de cerámica, bastante comerciales, con alguna figura
o dibujo. Entró como niña chiquita a verlas y salió con una buena dotación: «Me
encantan las tazas», me confió con una sonrisa de gusto y mucha satisfacción.
Disfrutábamos una taza de chocolate caliente en cualquier local como si
hubiésemos entrado a un restaurante de lujo.
Volvía a las
interminables noches de mi habitación. El tema del herpes no me dejaba
tranquilo; repasaba todas las situaciones y todas las posibilidades. ¿Debía yo
aceptarla como era? No había mucha información y solo sabía lo que decían los
artículos de la revista Time, que debieron de haber sido bastante
sensacionalistas. Un día fui a ver al médico del campus, un tipo de muy pocas
palabras. «En este país, tantas de cada diez personas tienen el virus del
herpes», dictaminó, y dio por terminada la consulta. Me figuraba que haría yo
un sacrificio muy grande por amor, pero estaba dispuesto. Un día me armé de
valor e intenté formalizar algo con ella durante una caminata nocturna.
—No. Me canso de
estar contigo —dijo de tajo.
El semestre
avanzaba, había que entregar trabajos y la relación fue perdiendo intensidad.
Un día, o una noche de insomnio, me vino a la mente que, frente a mi acto
heroico de sacrificio por amor, ella cometería una gran traición hacia su novio
de aquellos meses, del que a veces hablaba. Tal vez haya sido una
autojustificación mía ante nuestro alejamiento, o para la cobardía que a veces
sentí que tuve para afrontar la situación.
—A las tortillas, cuando mucho, se les dan tres vueltas —dijo Citlali—.
Más vueltas y se secan. Para mí que eso pasó.
Con esa nebulosa
mental terminó el primer trimestre. Salimos de vacaciones: ella a Bilbao y yo a
Madrid, donde por aquel entonces radicaba mi hermano Gabriel, el diplomático.
Nunca dejamos de ser amigos Sara y yo, pero la conexión sentimental se perdió hacia
el segundo trimestre de nuestro año de maestría. En Madrid pasé unas semanas
muy agradables; primero, agradecí a la vida el sol radiante de la meseta
castellana, así fuera en el invierno; segundo, fue un bálsamo hablar y
conversar en español, así me topara de repente con modismos extraños.
Me hizo muchísimo
bien coincidir con una de mis primas, que había ido a pasar una temporada a
España en lo que decidía qué hacer con su vida. Mi prima era pura frivolidad,
pero sabrosa. Su estancia en Madrid consistía en ver la moda, descubrir lugares
buenos para comer y conocer chicos, a ver si se enamoraba de alguno, como le
había pasado a su hermana. Su plática de banalidades fue ese bálsamo que
necesitaba para olvidar las penurias, los sinsabores y los desamores de
Inglaterra. Regresé a la universidad con el ánimo bien firme de no dejarme
derrotar.
—Bien por su prima. Y un tache a la chica esa que lo bateó —dijo
Citlali.
Noche 22. Mañas y Chiripazos
Estábamos a mediados de marzo. En la biblioteca, en la parte
más alta de la casa que va creciendo escalonada sobre el cerro, pegaba el
viento con furia. Me levanté varias veces a checar que todo estuviera bien
cerrado, pero aun así el viento se colaba por algunas rendijas y golpeteaba
puertas y ventanas.
—Este viento espanta —dijo
Citlali.
—Es verdad. A mí también me causa inquietud; pueden caer
ramas, a veces se va la luz, el internet…
Y en eso se fue la luz. Prendí unas velas que guardo para
estas ocasiones, las cuales amenazaban con apagarse con las pequeñas ráfagas
que se nos colaban.
—Ehécatl no nos deja tranquilos —añadí—. Lo mejor es
olvidarnos de él hasta que se canse. Vamos a pensar en la nieve, como la que me
tocó cuando volví a Inglaterra en pleno invierno.
—A ver, espéreme… Si el frío
estaba horrible, en las clases no entendía nada, ni la mitad de los chistes, y
la española ya no le hacía caso… ¿Cómo es que no tiró la toalla y se regresó?
—Es lo que se llama orgullo o casta. Lo único que tenía
claro es que no quería regresar a México derrotado. Si la meta ya está fija,
uno saca las antenas, te ajustas, desarrollas un olfato que te dice por dónde
sí o por dónde no…
—Y ese «olfato» del que habla,
¿es como una capacidad de moverse en otra dimensión? ¿En la cuarta dimensión?
—preguntó curiosa.
—Ya me la pusiste muy difícil. No sé qué libros estés
leyendo, pero estás en un terreno en el que todo puede ser.
En mi maestría no había exámenes regulares; solo había unos
exámenes finales después del segundo trimestre. El que aprobaba tenía derecho a
elaborar su tesis, presentarla y, de ser aprobada, recibir el título. Así que
ese segundo periodo era crítico y crucial. Durante el verano había conocido a
dos muchachos mexicanos que habían cursado la maestría el año anterior y se
habían quedado a hacer su doctorado. Me cayeron bien, pero yo estaba demasiado
entretenido conociendo el mundo universitario al que recién había llegado y no
los frecuenté. Durante el primer trimestre nos encontrábamos seguido por los
pasillos de la facultad o en el comedor. A veces comíamos juntos y poco a poco
se fue consolidando una amistad. Después de unas semanas de tratar a puros
extranjeros, fui sintiendo la comodidad del estar con mis compatriotas. El
paisanaje es una fuerza poderosa; hay muchos valores y cultura compartidos. Más
allá del chisme de la universidad, con los paisanos uno puede hablar de la
comida favorita, de futbol, de la política y de la vida en México en general, a
diferencia del trato con los extranjeros, con quienes hay que tejer una red de
intereses mutuos prácticamente desde cero.
Así que, una vez que perdió combustión la relación con la
española, me acerqué mucho a ellos, especialmente a Horacio, que, a diferencia
de Ricardo, no estaba casado. Él tenía un Mini Cooper clásico que compró allá y
vivía fuera del campus, en Kenilworth. Los viernes salíamos de clase y nos
íbamos a los pubs de los alrededores. Era agradable cambiar la monotonía
del campus por lugares adonde iba la gente normal. En la universidad todos
andaban con cara de estar muy ocupados y siempre a la carrera; en el pub,
en cambio, uno veía grupos de jóvenes platicar, reír y emborracharse. Las
chicas iban muy arregladas, con vestidos llamativos; por sus atuendos no se
imaginaría uno que estaba nevando afuera. A veces intentábamos hacer amistad
con algunas, pero no era fácil; la mayoría ya iba en grupo. En una ocasión
trabamos buena conversación con una chica que resultó ser policía, y siempre
recordamos con gusto esa pequeña anécdota. Me llevaba muy bien con Horacio;
hicimos la costumbre de que, después de pedir nuestro café al final del
almuerzo, echábamos un volado para ver quién pagaría. Por pura probabilidad
acabaríamos pagando lo mismo cada uno al final del trimestre, pero era un
momento del día jovial y divertido. Después de eso, cada uno a sus estudios.
Mis compatriotas mexicanos fueron los que me explicaron cómo
era la dinámica de los exámenes finales. Ellos habían revisado las preguntas
que venían en el examen de cada materia de distintos años y, según ellos, había
unos cuantos temas que siempre venían; otros a veces sí, a veces no. La
estrategia consistía en aprenderse bien esos temas, así fuera de memoria, aun
sin comprenderlos del todo, y con eso se lograría responder a un buen
porcentaje de las preguntas. No era una estrategia para aprender mucho ni para
ser el mejor del salón, pero era la forma de no reventar y sacar adelante la
maestría. En la cafetería, después del tradicional volado, hice el listado de
temas y me enfoqué de tiempo completo en esos.
Iba a las clases y la verdad ya no me interesaba mucho si
entendía o no; tenía confianza ciega en mis manejadores. Había variantes en las
preguntas dentro de esos temas. «Ni te fijes —me dijeron—. Así no venga
completamente al caso, tú contestas con una descripción detallada del modelo
tal, o con la argumentación del autor cual». «Perfecto, compañero, así le
haré». Tampoco es que no entendiera nada; en algunos temas sí aprendí mucho,
con la ayuda de los libros más que con las clases. La estrategia para matemáticas
era distinta: era una calificación global para matemáticas y econometría.
«Todos los mexicanos que hemos pasado por aquí sacamos cero en matemáticas —me
revelaron—. Lo que hay que hacer es entregar todos los trabajos de econometría
para no perder los puntos, que son críticos para el marcador global». Las
matemáticas que nos daban eran ecuaciones dinámicas que yo nunca había
estudiado; traté de comprenderlas con bastante esfuerzo. El día del examen iba
muy tranquilo a obtener mi cero; comencé a hacer mis despejes, sustituciones,
sumatorias y hamiltonianos y llegaba a un resultado extraño. Lo taché y volví a
comenzar para llegar nuevamente a lo mismo; lo taché de nuevo. Después supe que
ese resultado que borré dos veces era el correcto y hubiese hecho historia para
los mexicanos en esa materia.
—Como la selección nacional en
los Mundiales. Jugaron como nunca; perdieron como siempre —dijo Citlali,
meneando la cabeza.
La estrategia general funcionó muy bien. Había otra
particularidad en el sistema de aprobación en mi curso de maestría que me
hicieron notar mis compatriotas: la cuota de reprobados. Cada año escolar, el
número de reprobados era de tres, no más, pues aplicaban el método de la
«campana de Gauss». Conforme avanzaba el trimestre y se acercaban los exámenes
finales, la información sobre la cuota se fue haciendo del dominio de todos e,
inevitablemente, los compañeros hicieron su lista mental de quiénes podrían ser
los tres reprobados del curso. En todas las listas figuraba un italiano
bastante mayor que todos los demás, dos italianos más o menos de mi edad o algo
más jóvenes, un alemán que nunca supo qué hacía ahí y, desde luego, yo. No por
no participar en clase se disimulaba mi falta de comprensión de muchas cosas.
Era, además, el único candidato del llamado «tercer mundo». Con mis manejadores
mexicanos diseñamos también la estrategia de guerra psicológica: «Se te van a
acercar los otros candidatos; tú siempre diles que vas muy bien. Procura
desaparecerte algunos días antes de los exámenes, así te quedes encerrado en tu
cuarto; hazles creer que ya tiraste la toalla y que preferiste dedicarte a
pasear. Hay que hacer que se confíen de que tú vas a reprobar, y que otros
sientan que los que van a reprobar son ellos, que tiren la toalla». La guerra
psicológica funcionó de maravilla; reprobaron dos italianos y el alemán.
—¡Wow! —exclamó Citlali—. El
ingenio del mexicano. El clásico «todo se lo debo a mi mánager» —añadió.
Los jueves, porque los ingleses tienen un día para cada
cosa, había un pequeño convivio entre los estudiantes y algún profesor. Un día
me acerqué con el que nos daba Macroeconomía, un tal Marcus Miller[6],
y le pregunté: «Oiga, ¿y de verdad esos modelos que nos enseña en la clase, de
teoría de juegos con matemáticas complicadísimas, los aplican en la vida real
para decidir algunas cosas?». Se llevó la mano a la barbilla, se rascó un poco
y me dijo: «En realidad no. Esos modelos son lo que yo llamo un divertimento
intelectual». O sea, que, si Marcus se divertía con eso, yo también me divertí
a mi manera, y así diseñé mi juego.
—Ese Marco Miller hacía como
que enseñaba y Usted hacía como que aprendía… Por eso nos dejaron un mundo de
cabeza —dijo Citlali.
Noche 23. El verano de Daisy
Después de los exámenes tomé unos días de vacaciones a la
Costa del Sol con mi amigo Horacio. Los veranos en España son fantásticos.
Estuvimos en una discoteca al aire libre que tenía las mesas alrededor de una
piscina; tal vez sería un club de playa, pero ciertamente era de noche y
servían bien las bebidas con alcohol. Chicas de todas las edades corrían topless
y se aventaban una y otra vez del trampolín y de la resbaladilla, entre
sonrisas y carcajadas. Ni en Las Vegas me ha tocado ver un espectáculo tan bien
montado, con artistas amateurs y sin guion…
—Ya, no se emocione
—interrumpió Citlali—. De seguro es la versión mediterránea de La casa de las
bellas durmientes. Me los imagino, a usted y a su amigo, ahí de mirones… ¡Qué
horror!
Al regresar a Warwick me dirigí de inmediato a las oficinas
de la facultad de economía, al muro de los anuncios, donde pegarían el papel
con los resultados de los exámenes. No había internet ni WhatsApp; era la época
del «papelito habla». Con temor y curiosidad me acerqué: «Aprobado». Busqué a
Horacio en su cubículo y nos fuimos a brindar con unas cervezas; después
iríamos al pub y tal vez remataríamos en su casa con algún tequila.
Al día siguiente, ya recuperado de la resaca, me puse a
pensar en el tema de la tesis. Solo había tres meses para elaborarla y no tenía
ningún tema en mente. Muchos compañeros ya habían elegido el suyo desde antes
de comenzar la maestría, pero yo no, pues los últimos meses había estado con
una sola idea fija en la cabeza: aprobar los exámenes. No tuve mucho tiempo
para preocuparme. Después de mi almuerzo pasé al estand de revistas y compré la
revista Time, que hacía tiempo no leía pues mi presupuesto de la beca
era bastante magro. Di unos sorbos al café y de pronto leí una frase que
cambiaría mi vida: «Debt equity swaps are the height of financial fashion in
the indebted Third World…» Yo venía
becado por el Banco BCH y conocía el
tema de los castigos que aplicaban los mercados a la deuda de los países que,
como México, tenían una alta probabilidad de no ser capaces de cumplir con sus
obligaciones con los acreedores internacionales. Los swaps a los que se
refería el artículo eran un intercambio de deuda por inversiones en otro tipo
de activos que pudiera ofrecer el país deudor, lo cual era especialmente
atractivo en procesos en marcha de privatización de empresas públicas, como el
que se gestaba en México. «¡Ese es mi tema! ¡Los swaps!». Al terminar mi
café supe con toda certeza que ese era mi tema. Cualquier angustia que hubiera
albergado se disipó; me llené de confianza y me sentía feliz.
Las últimas veces que vi a Sara me miraba con una mezcla de
admiración por haber aprobado —con una sonrisa de quien sabe «cómo le harías»—
y algo de conmiseración por no tener tema de tesis a esas alturas. Me la
encontré un día por un sendero del campus y le dije radiante:
—¡Ya tengo tema!
Me miró con algo de suspicacia, pero no me importó. Lo demás
se fue dando muy fácilmente. Con un buen tema es sencillo conseguir un asesor
de tesis que coopere con simpatía. No tuve que buscar mucho en la biblioteca
para encontrar un marco teórico que me sirviera de base; el tema de la deuda
era el principal obstáculo al crecimiento y ya había artículos académicos
hechos por mexicanos al respecto. Encontré uno muy bien estructurado, de fácil
comprensión, de Guillermo Ortiz y Jaime Serra Puche. Lo demás fue sumar y
restar términos en la ecuación del crecimiento: menos deuda, más ahorro; menos
deuda, más inversión. Para que la deuda bajara había que comprarla, así fuera
con descuento, lo que debilitaba las finanzas públicas en un año determinado,
aunque las fortaleciera a largo plazo.
La versión ambiciosa de la tesis hubiese sido un modelo de
equilibrio general. La versión que se me ocurrió fue la construcción de cuatro
escenarios distintos, todos dentro de la ecuación estática de equilibrio
parcial. Otra posibilidad —la que me echarían en cara después mis sinodales—
hubiese sido calcular econométricamente los parámetros pertinentes, pero yo los
tomé como predeterminados del paper de Ortiz y Serra Puche, que eran
economistas que ya brillaban. Cuando comenté con Sara mi idea de tesis, ella,
que era una econometrista brillante,
nada más movía la cabeza:
—¡Qué clase de chapuza vas a hacer!
Nadie imaginó que una idea tan sencilla pudiera funcionar.
¡Y funcionó! Ayudó muchísimo la relevancia del tema de la deuda externa, que
los swaps estuviesen de moda y la claridad con la que construí mis
escenarios.
Una de las ventajas de mi tesis era precisamente que no
necesitaba generar ningún tipo de evidencia de base de datos. Yo no tenía ni
idea de cómo utilizar una computadora. Alguna vez me senté frente a una en la
sala de cómputo, la encendí, vi parpadear una rayita verde en la esquina
inferior de la pantalla y no supe más qué hacer. Para mi buena fortuna, mi
amigo Horacio tenía una computadora en su cubículo y él me capacitó para
aprender a usarla como máquina de escribir. No existía el Windows ni el programa
Word; había un procesador de textos que se llamaba Daisy.
Fueron jornadas largas —tampoco es tan sencillo escribir una
tesis en inglés— y ya solo tenía el interés en terminarla. Descuidé mi
alimentación. Me recuerdo disgustado, por las noches, cenando nuevamente una
hamburguesa con papas y un vaso de refresco; la cohesión con los compañeros se
había roto, pues la tesis ya era un ejercicio cien por ciento individualista y,
lo peor, es que nuevamente perdí el control del tiempo y de mi ritmo biológico.
A diferencia del verano anterior, cuando llegué, el nuevo verano tenía los días
interminables: eran las cinco de la mañana y ya había luz; eran las de la noche
y media y seguía la luz. Perdí la noción de a qué hora desayunar, comer y
asearme. Toda mi vida era la fijación de terminar y ya.
Me faltaba muy poco cuando, un día, mi documento con la
tesis desapareció de la computadora. La pantalla decía algo así como: «Daisy
no ha podido guardar ni recuperar el documento». Entré en pánico. Alguien me
comentó que tal vez lo podrían recuperar en el centro de cómputo, pero sería
hasta el día siguiente. Me lancé a caminar hacia el lago que había en el
campus, crucé unos trigales, brinqué una cerca y me topé con la carretera que
iba a Kenilworth. Caminé por horas hasta que vi las luces del poblado, que
acababan de encender, me di media vuelta y emprendí el regreso. De pronto
comencé a gritar, o tal vez solo a mascullar, un estribillo de una canción
gitana que había escuchado recién en España, y la repetí toda la noche:
—Campesinos tristes de mi Andalucía… De mi Andalucía…
—Fue un mantra —dijo Citlali—.
Yo sé que hacen mucho bien. ¡Pero ha de haber parecido un fantasma medio loco!
—Y le ganó la risa.
Recuperé la tesis y la pude terminar; la entregué, sellaron
de recibido y no había nada más que hacer. No hubo ceremonia de fin de cursos,
no hubo fiestas; todos estábamos hartos del lugar. Unos se fueron antes a hacer
sus tesis en otro lado, otros se marchaban sin mayor trámite; yo hice lo
propio. Fijé la fecha del vuelo y me regresé a México. No tenía dudas de que la
tesis me la aprobarían, pero tampoco me fui eufórico. Fue un año de luchas
intensas: primero conmigo mismo, después por aprobar y presentar la tesis; y de
repente todo concluyó, como si no hubiese habido un final. La película se
cortó, paró en seco. Me subí al avión desconcertado; el final fue tan abrupto
que ni siquiera tuve tiempo de saborear mi regreso, que tanto anhelaba o
idealizaba.
Durante el vuelo me quedó una reflexión un tanto amarga.
Había ido a Inglaterra con la idea consciente de obtener mi título de maestría
y lo logré. Haya sido como haya sido, el esfuerzo intelectual fue muy intenso y
fue una experiencia nueva para mí. Mi amistad con Sara, mi viaje a España y los
paseos a Londres me habían abierto los ojos a nuevos horizontes, pero de alguna
forma sentía que era un regreso sin gloria. Me bajaría del avión y sería el
mismo que cuando salí: con más experiencias, pero solo, y con un desgaste
físico brutal.
—Me tiene que explicar eso
último —comentó Citlali.
—Ni te lo imaginas.
Noche 24. Citlalyacana
Me recibió mi madre en el aeropuerto. Nos reencontramos como
si no me hubiese ido.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
Nos dio gusto vernos, pero en la familia nunca fuimos muy
expresivos: ni en abrazos, caricias y contacto físico, ni con las palabras, ni
con el tono de voz. Regresé a vivir a casa de mis padres. Veintitantos años.
Citlali sacó unos lápices y la libretita que llevaba en su
morral, y comenzó a trazar unas figuritas de anime con diferentes
estilos de peinado.
—Me acordé de los enanos
emocionales que mencionó su tío —comentó sin levantar la mirada.
Desde los últimos días en Inglaterra me sucedió un fenómeno
muy extraño, que esperaba desapareciera al llegar a México, pero no fue así.
Cuando entraba a algún lugar, me daba la impresión de que yo era la causa de
que la gente se tocara la nariz y se la sobara. No pasó una vez, sino muchas.
Las primeras veces no entendía lo que pasaba; solo eso, veía a la gente
tocándose la nariz. Después comencé a creer que yo era el que provocaba esos
gestos, nada más con mi presencia. Más adelante ya no tenía duda: yo era la
causa de los toques de nariz.
Después de todas las angustias por las que había pasado, y
que había superado, ahora venía esa nueva pesadilla. Pensé que mi cuerpo
estaría sobrecargado de energía y que la emanaría a diestra y siniestra
provocando malestar. Y de cada toque de nariz que observaba, sentía un pequeño
latigazo en algún lugar del cuerpo, sin saber precisar dónde. Nunca consulté a
ningún especialista, ni médico ni psicólogo, pues me parecía absurdo lo que me
sucedía, más allá de cualquier imaginación muy fantasiosa.
Lo enfrenté con aislamiento; nada más tenía el contacto
mínimo necesario con las personas. Regresó un año más al Banco BCH, ya que
tenía ese compromiso con ellos por haber tenido la beca. El trabajo seguía
igual de aburrido y, en mi condición, real o imaginaria, aquello era una
ventaja. Pensé que el fenómeno se iría atenuando con el tiempo, y así fue; no
podría precisar cuánto duró, pero fácilmente rebasó el año. Mis familiares solo
notaron que yo había regresado «raro» de Inglaterra, pero nunca lo hablamos. De
mi pandilla de amigos que dejé al irme, varios se habían casado y otros se
fueron a vivir a otras ciudades; ese grupo se diluyó, aunque esporádicamente vi
a alguno de ellos. Pero el espíritu de aventura y de jolgorio de los años
anteriores nunca volvió.
Mientras hablaba, Citlali sacó su tableta y comenzó a
teclear con rapidez. A veces hacía eso. Es una mala costumbre de la gente joven
a la que hace tiempo me acostumbré, y no le presté importancia. De repente,
elevó la mirada con los ojos encendidos:
—Mire lo que encontré, me lo
dijo la inteligencia artificial…
—Tranquila, internet dice muchas burradas…
—No, espérese —dijo toda emocionada—. Dice que, si usted
andaba estresado, su mente se pudo haber clavado en eso y empezar a ver toques
de nariz por todos lados, y a creer que era por usted. Y lo de los latigazos,
dice que puede ser psicosomático, porque el cuerpo somatiza la ansiedad y el
trauma. Mire, aquí dice «trastorno de estrés postraumático» …
Me quedé mirando a Citlali con perplejidad. No capté todo lo
que leyó; estaba exaltada y se saltaba algunas palabras, pero al final su voz
se aclaró:
—Aquí dice: «Un quiebre en el
procesamiento de estímulos, provocado por altos niveles de estrés y
agotamiento, puede llevar al individuo a percibir patrones donde no los hay,
generando asociaciones erróneas entre conductas ajenas y la propia presencia. Esto
no es locura, sino una respuesta somatosensorial exacerbada».
Una vez que Citlali hubo partido —«Mañana toca madrugar, nos
llevan a una práctica a Toluca, al Hospital General», me había dicho—, hice mis
propias búsquedas en internet y no había duda: ese fenómeno tan raro no fue un
principio de locura ni un desvarío, sino una condición psicosomática de tipo
postraumático, como le sucede a algunos soldados después de una guerra. Algunos
años después consulté a varios neurólogos por un problema mucho más serio que
se me presentó -distonía cervical idiopática- pero nunca se me ocurrió contar
los toques de nariz como antecedente. Busqué también noticias recientes sobre
esa enfermedad. Encontré que en los años recientes han avanzado mucho en su
comprensión y tratamiento, y me hice el propósito de consultar nuevamente
algunos neurólogos después de más de treinta años.
«Vaya», pensé, y yo que tenía dudas de contarle eso a
Citlali. La franqueza que ella me inspiraba dio resultados prácticos,
totalmente inesperados.
Antes de dormir y, tal vez por gratitud, no lo sé, navegué
por algunas páginas dedicadas al idioma náhuatl hasta que encontré el término
preciso que mi inconsciente ya buscaba: Citlalyacana, la estrella que
guía.
Noche 25. Destazaron el Rancho
Antes de que llegara Citlali, estuve hojeando varios libros
que se refieren a la conquista de México y la caída de Tenochtitlan, que
siempre me han parecido episodios apasionantes en la historia del mundo: la
interpretación errónea de las señales cósmicas y las informaciones tangibles;
las dudas de Moctezuma en un escenario de incertidumbre; y la fragilidad
estructural del imperio mexica por la política de sometimiento al poder central
de los pueblos periféricos. Cuando entró, tomó uno de los libros ilustrados
para niños.
—«El gran tlatoani sabía de
unos individuos desconocidos con "palos que escupen fuego", casas que
flotan y perros gigantescos que los acompañan. No logró anticipar lo que esa
información significaría para su imperio» —leyó Citlali en voz baja pero
audible.
—Eso sucede a menudo. Es difícil interpretar las cosas en
tiempo real.
—Es el clásico: O ya pasó lo
que estaba yo entendiendo, o no entiendo lo que está pasando— añadió ella,
en su particular manera de darme la razón.
Me quedé pensando en sus palabras. Tenía toda la razón: Al
regresar de Inglaterra, me encontré con algunas novedades desagradables,
relacionadas con el rancho de Valle de Bravo, que me sorprendieron, me
confundieron y no tuve claridad sobre lo que habría que hacer. Me puse a capear el temporal sin pensar en
cómo alejarme de él.
Para entonces ya habíamos fincado nuestra casa en los
terrenos que nos tocaron: sencilla, pero con estilo, con paredes de sillar,
vigas de madera, tejamanil en el techo y mosaico de talavera pequeño en cocina
y baños, entre otros detalles. También habíamos hecho una rifa entre mis
hermanos y yo para ver cómo nos dividiríamos la fracción que nos tocó; esa fue
poco antes de mi partida hacia Inglaterra. Teníamos un plano muy burdo, trazado
a mano, dividiendo entre tres la fracción con la idea de que los predios
resultantes tuvieran acceso a los servicios que ya habíamos puesto,
particularmente agua, luz y el camino de acceso. Yo estaba emocionado de tener
mi predio individual; tanto así que pegué ese plano en mi pequeña habitación en
Inglaterra para tener siempre presente lo que había dejado en México y que era
el mayor de mis afectos.
—Hay varias novedades que debes saber —me dijo mi madre en
el trayecto del aeropuerto a la casa.
Mi madre recurrió a un ingeniero local que hizo la
subdivisión entre nosotros. Lo primero que me saltó fue que, en lugar de tres
fracciones, lo habían dividido en siete: una para cada uno de nosotros tres y
cuatro fracciones de propiedad colectiva para toda la familia, incluyendo a mis
padres y hermanos. Esas zonas comunes estaban en los parajes más interesantes.
Una era la cima del cerro, con unas vistas impresionantes hacia el pueblo y la
presa; otra, una zona más pegada a la presa, con mejores vistas hacia ella; la
tercera, el lugar donde se ubica la casa y las laderas adyacentes; la cuarta, el
terreno que da a la carretera, que sirve de acceso a todos los demás predios y
donde se ubica una construcción rústica de lo que fue el casco del antiguo
Rancho San Antonio. Aun así, me quedaron seis hectáreas de propiedad
individual, suficientes en principio para desarrollar cualquier idea que se me
pudiese ocurrir en el futuro.
Con un análisis un poco más detallado me di cuenta de los
problemas serios que tenía mi predio. Me diseñaron un triángulo; el vértice
inferior no estaba definido físicamente en el terreno, así que lo mío comenzaba
en un punto casi imaginario y de ahí se iba abriendo cerro arriba, sin llegar
hasta la cima, que había sido mi expectativa cuando hicimos el sorteo. Mi madre
me dijo, por decir algo, que el vértice era el hoyo de la composta; cuando le
comenté que ahí no había acceso, dijo que era más abajo, sin precisar dónde.
Sobre las áreas comunes, ya sabía desde entonces que las
copropiedades son siempre de difícil manejo, pues tienen que estar de acuerdo
todos los copropietarios en cualquier cosa que se quiera emprender. Y mi
relación con mis dos hermanos no era fluida por aquel entonces. El mayor,
Gabriel, nunca mostró interés por este tipo de cuestiones prácticas, le daba
pereza el tema y era un lector asiduo al que no era muy prudente interrumpir.
Con Fernando ya había tenido algunas fricciones, aún nada serio, pero ya se
había roto la complicidad de la niñez y quedaba el alejamiento de la
adolescencia. No éramos, por así decirlo, los copropietarios ideales.
Y finalmente, había una sección del rancho que habíamos
desarrollado con esfuerzo: habíamos vendido algunos terrenos a terceros y
nuestra ganancia había sido la infraestructura de acceso a los terrenos
sobrantes por esa zona. Resulta que esos terrenos, que eran nuestra ganancia en
lo que ahora colinda con Villa Florencia, los cedió mi madre a una sobrina
suya, prima segunda nuestra. El padre de ella era un primo de mi madre al que
consideraban casi hermano, y lo quisieron incluir de esa manera en el reparto
que hizo mi abuela Omma. La evaluación en conjunto de todo ese reparto arrojaba
un escenario complejo.
En Inglaterra yo presumía con mis compañeros de mi rancho: «Wow,
Mexican Andrés owns a mountain». Y yo me reía muy complacido. La realidad
es que me quedó una sección de montaña que ni comenzaba abajo ni terminaba
arriba. Fue un desencanto conforme me fui dando cuenta de la realidad que
estaba detrás del plano topográfico con la subdivisión elaborada por el
ingeniero Ricardo Ballesteros, que en paz descanse.
Citlali dejó de hojear un librito de manga que
rescató de una estantería.
—La verdad, no me cabe en la
cabeza que un terreno enorme, de veintitrés hectáreas, no lo pudieran haber
repartido armoniosamente entre tres hermanos.
—Nunca he entendido por qué mi madre decidió hacer tantas
áreas comunes. Ella pensaría ingenuamente que los hermanos nos llevaríamos
siempre bien, como fue el caso de ella con mis tíos, y que, al ser las mejores
partes del predio una copropiedad en la que estaríamos todos, quedaría un
reparto muy equitativo. Es como si destazáramos una vaca: el filete, el lomo y
el rib eye son de todos; a un hermano le quedaron tres costillas, el
solomillo y un poco de sesos; al otro, la rabadilla y la lengua; y al otro, las
tripas, los cuernos y todos los huesos.
—¡Ya me antojó! Unos tacos de
tuétano con mucho limón; tripitas en salsa verde, deliciosas; y una sopita de
cola, ¡me mata! ¡O esquites con tuétano, uff!
Me hizo gracia verla caer tan fácil en el garlito, pues algo
sabía de sus preferencias gastronómicas.
—A lo que yo me refiero —añadí— es que el filete es lo que
más vale, nadie se lo puede comer; y el que tiene todas esas cosas para los
antojitos del mercado, pues casi los tiene que ir a regalar.
—Sí… pero igual se me antojó.
Sígame explicando, pues.
—Mi madre no tenía idea de topografía ni experiencia en
dividir terrenos. Mi padre no se metió porque se plegaba a lo que dispusiera
ella. El ingeniero trazó todo en su restirador, aún no había computadoras, y no
se tomó la molestia de ver sus trazos en el terreno. Mi hermano Gabriel estaba
en España trabajando, yo en Inglaterra, dizque estudiando, y mi hermano
Fernando creo que no se metió. De cualquier forma, a él le tocó un terreno con
excelentes características, con muchos planos y algo de bosques. ¡Cómo he
lamentado haber estado fuera precisamente el año del reparto! Gané la maestría,
pero el mal reparto quedó ahí, porque no tuve la oportunidad de modificarlo y
así, con los planos mal hechos, se hizo la escrituración.
—¿Iban en piloto automático?
¿O por qué?
—El reparto no estuvo malintencionado, sencillamente estuvo
mal hecho. Pero ya todos mis primos y tíos, a quienes había heredado mi abuela
Omma, tenían prisa por escriturar. No me queda claro si fue por la edad de ella
o porque varios habíamos fincado ya nuestras casas y todos queríamos seguridad.
Me convencí de que lo mejor para nosotros era escriturar así, como estaba el
plano, y que después lo podríamos arreglar. Mi tío Felipe había hecho unos
caminos que atravesaban los terrenos de todos, lo que sin duda fue una gran
mejora, e hizo también unos bordos de captación de agua. Eso le dio mucho
ascendiente sobre sus hermanos y mi abuela Omma. Tenía la idea de que a
nosotros no solamente nos había tocado más, sino también lo mejor. Recuerdo
bien un día que me vio en la plataforma del estacionamiento de mi casa; bajó el
vidrio eléctrico de su automóvil de lujo y me dijo con su voz fuerte, sonora,
característica de él: «Andrés, recuerda que la donación que hizo la Omma a tu
favor es reversible». Lo bueno es que ya escrituramos, pensé.
—Me imagino que esa era una de
las señales que el tlatoani no supo interpretar, señaló Citlali.
—Y yo creo a Cortés se le fueron muchas también, pero las
supo ir acomodando a su favor.
Una lluviosa tarde de verano, mientras estudiaba la
maestría, coincidí en Londres con mi hermano Gabriel, que venía de España, y mi
padre, que llegó de México para algún asunto. Nos contó que mis tíos habían
tenido la pretensión de que el terreno donde se ubica el casco antiguo del
rancho fuera un área común para hacer las convivencias de toda la familia
Pichardo; es decir, una especie de expropiación a nosotros en aras del
beneficio colectivo. Decían que era necesario tener una capilla donde todos los
tíos y primos pudiéramos hacer nuestras celebraciones religiosas y el convivio
posterior.
Mis padres se opusieron a esa idea, pero para mi sorpresa,
mi padre nos contó que él, con sus propios recursos, había mandado construir
una especie de capilla dentro del casco del rancho. No lo podía creer. Mi padre
nunca fue creyente; mi madre sí, pero poco practicante de las formas. Ella
tenía una profunda convicción de ayuda hacia los demás y así actuó toda su
vida. No era concebible que mis padres, con sus maneras de pensar, hubiesen
mandado levantar una capilla.
—Lo tuvimos que hacer —nos dijo mi padre— para no perder ese
terreno.
Las pretensiones territoriales de mis tíos eran tan reales
como la bóveda que sigue ahí.
—¿Y qué ha pasado con esa
capilla? —preguntó Citlali.
—Solo alguna vez hubo una ceremonia ahí; después todos la
ignoraron.
—Vaya líos con las herencias
—dijo ella, meneando la cabeza.
Hay un detalle en la capilla que, a pesar de todo, me
permite mirarla con cariño. Es como un buen digestivo que disipa el mal sabor
de boca de un platillo anterior. Mi padre, de niño, vivió en un rancho por el
rumbo de Zinacantepec al que llamaban El Ejido. Las tierras las expropió el
general Lázaro Cárdenas; mi abuelo Guillermo, que era agricultor, vendió el
casco poco tiempo después y, entre los pocos objetos que rescataron, estaba la
campana de El Ejido, la cual hacían sonar para congregar a los jornaleros o
para señalar alguna celebración.
Nunca supe por qué bautizó su rancho con un nombre que
advertía su perdición. Es probable que el término viniera de la antigua España:
la palabra latina exitus indicaba tierras que se encontraban en las
afueras, a la salida de una ciudad, y que eran de uso común para todos. Con el
tiempo, exitus se convirtió en exito y, después, la te se suavizó
en de, igual que pasó de vita a vida; como buenos españoles,
cambiaron la equis por la jota, dando lugar a «ejido», tal como sucedió de luxo
a «lujo». En español antiguo la equis se pronunciaba como «sh». Ya en el
Virreinato, ese ejido español se mezcló con las tierras comunes de los pueblos
de indios. Y esa campana está ahí, en la capilla del Rancho San Antonio, que es
precisamente en el que estamos.
—Híjole, está emocionante eso
—dijo Citlali—. En algún momento la tendrán que hacer sonar de nuevo…
Noche 26. El sexenio decisivo
—Hola, Citlaltzin —la saludé con gusto cuando la vi entrar,
con su paso liviano y un morralito con motivos mazahuas colgado al hombro.
Se me quedó mirando, sorprendida:
—¿Por qué me dijo así?
—Significa pequeña estrella.
—Eso ya lo sé. Es el
diminutivo de mi nombre, pero solo mi abuela lo utiliza.
—El náhuatl no deja de sorprenderme —dije para superar ese
trance, pues me pareció haber invadido un terreno privado—. Se parece al
alemán, ¿sabes? A base de juntar palabras se van construyendo las nuevas.
También hay declinaciones y los vocablos cambian de terminación según sea el
caso.
No me pude aguantar esa pedantería discursiva. Citlali
sonrió de medio lado.
—No me vaya a explicar ahora
lo del Citlaltépetl… Eso se lo saben todos.
Me quedé mirándola, fascinado.
—¡Qué idea me acabas de dar! Tanto que hablo contigo del
cerro y hasta ahorita se me ocurre. Se llamará el Citlaltépetl 2.0. Pero bueno,
otro día seguiremos con ese cuento.
—Bueno, ¡usted no cambia!
—exclamó acomodándose.
Tenía el compromiso de trabajar por lo menos un año más en
el Banco BCH, pues ellos habían pagado mi maestría, aunque creo que no les
hubiera importado demasiado si hubiese incumplido. Era el año 1988, el último
del sexenio de Miguel de la Madrid. Las oportunidades laborales se abrirían
hasta el cambio de gobierno, así que no había otra alternativa más que esperar.
En el verano de ese año murió mi padre en forma
intempestiva. Tuvo algunos mareos que su cardiólogo no supo interpretar; fue
una trombosis cerebral que primero le quitó el habla y los movimientos, y pocos
días después, la vida. Fueron días de estrés y congoja, pues sabíamos que ya
tenía muerte cerebral. Lo trasladamos a un hospital público donde le dieron
cuidados paliativos y le permitieron partir. Lo enterramos en el Panteón del
Tepeyac, atrás de la Basílica de Guadalupe, en una tumba que pertenecía a parientes
lejanos de mi madre, en contra esquina del sepulcro del general Antonio López
de Santa Anna. Aún en esas horas aciagas, recordé una frase que dijo mi padre
cuando fuimos a conocer el cementerio: «Ya tendré oportunidad de charlar
largamente sobre todas sus andanzas con el general». Fue una tarde de mucha
lluvia y, durante el sepelio, el cielo relampagueó con gran estruendo. Parecía
que la naturaleza se sumaba a la despedida del gran hombre que fue mi padre.
Poco antes del cambio de administración, me entrevisté con Luis
Téllez, un conocido del ITAM que tenía una posición muy cercana al titular de
la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Pedro Aspe, quien ya había sido
ratificado; sin mayor conversación, me ofreció colaborar con él. Acepté de
inmediato. El primero de diciembre de 1988 iniciaría la etapa profesional más
intensa de mi vida.
Yo estaba encargado de la llamada «planeación financiera»
del sector público federal. En la práctica nunca ejercí dicha función, pues mi
jefe me tomaba de comodín para muchísimas otras tareas. Tenía mucha facilidad
para escribir, así que pronto me convertí en el redactólogo oficial de notas de
análisis y de prensa, y de discursos y presentaciones de mi jefe, así como de
otros mandos de la Secretaría. La planeación financiera la tomó uno de mis
subordinados —quien siempre me echó en cara mi supuesta irresponsabilidad—,
pero, fundamentalmente, ese espacio se lo cedimos a los funcionarios del Banco
de México. Ese año en la SHCP fue muy intenso, pues correspondió a la
renegociación de la deuda externa de México bajo el nuevo gobierno. Mi tesis
sobre los swaps me ayudó a entrar a esa institución, aunque después ya
no me pidieron mayor opinión sobre ese tema. Eran jornadas larguísimas que
comenzaban por la mañana y terminaban hasta pasada la medianoche. Varias veces
escuché el toque de diana en la guarnición de Palacio Nacional, casi en la
madrugada, y el cambio de la guardia de honor muy temprano en la mañana.
«Tienen toda la noche para hacer ese trabajo», nos decía nuestro jefe. Era
cansado, de mucho estrés, pero me ponía orgulloso de mis capacidades; por primera
vez en mi vida profesional me sentía útil.
Después de unos meses me tocó hacer mi primer viaje de
trabajo a Washington D. C., para reunirnos con los expertos del Banco Mundial
en políticas agropecuarias.
—No sea presumido. Su primer
viaje de trabajo fue para recoger un camión de volteo usado en Santo Tomás de
los Plátanos —dijo Citlali, divertida—. Pero sígale.
Desde la Secretaría de Hacienda habían instruido a mi jefe
para que diseñara un nuevo programa de desarrollo agropecuario, alineado con el
nuevo paradigma de la política económica del presidente Carlos Salinas. Fuimos
unas ocho personas de México, cada una con un tema en específico, y el mío era
el comercio externo del sector agropecuario. Fue una experiencia de mucho
aprendizaje. A diferencia de Warwick, en el Banco Mundial todo enfoque teórico
tiene que aterrizar en políticas y programas concretos. No todos nuestros
interlocutores estaban en la misma oficina, así que nos movíamos siempre en
taxis, inclusive para trayectos cortos, pues el tiempo era escaso y había que
aprovecharlo al máximo.
Por las noches nos íbamos a cenar a algún restaurante de la
zona de Georgetown, que es animadísima, con una mezcla muy especial de
estudiantes, funcionarios de instituciones multilaterales, personal de
embajadas y muchísimos otros, de todas las edades, que van a Washington al
cabildeo con el Congreso o a las oficinas del Ejecutivo, entre otras muchas
actividades. Solo hay que imaginar la cantidad de gente que puede moverse en
torno al Pentágono, por ejemplo. Washington no es una ciudad grande, pero deja
sentir en su ambiente que es la capital del imperio norteamericano. Yo no
conocía esa ciudad y prácticamente no había visitado los Estados Unidos, salvo
un verano que estuve de intercambio en la ciudad de Pittsburgh, en algún
momento de la adolescencia. Mis viajes juveniles a Europa habían sido de
mochilero, siempre con un presupuesto ajustado, al igual que los viajes que
hice en mi época de estudiante de maestría.
Me sentía bastante bien, con una buena dotación de dólares
diarios que nos habían entregado en efectivo antes de partir. El hotel era
elegante, la movilidad siempre en taxis, los restaurantes con muy buena cocina
sin ser lujosos. Recuerdo bien los platillos a base de pastas y mariscos a los
que me aficionaría unos años más adelante. Mi carrera iba despegando. El
intenso ritmo de trabajo de los últimos meses rindió sus frutos; el mayor de
todos, en el campo de la satisfacción personal. No había tiempo ni disposición
mental para atender los problemas personales como el del Rancho San Antonio, ni
ningún otro. En Washington conocí, por primera vez, los table dance que
llegarían después a México en una versión mucho menos glamorosa y que, al paso
del tiempo, se degradó inclusive en algo bastante sórdido.
—Y yo que pensaba que la «Casa
de las Bellas Durmientes» venía de Japón —dijo Citlali, divertida.
—Tal vez, pero a México nos llegó por los Estados Unidos.
Noche 27. Economista Agrícola
Cuando llegó, Citlali se quedó mirándome fijamente de pies a
cabeza.
—Oiga, trae los pantalones manchados de barro. Y vea nada más el piso; se ve
que las suelas de sus zapatos fueron el molde para esas figuritas que están
tiradas por todos lados.
—Ya no me dio tiempo de cambiarme —dije a manera de excusa—.
Lo que sucede es que estuve arriba, en la primera palapa que tengo en el cerro,
practicando la “agricultura natural”. El método lo inventó Masanobu Fukuoka y
lo describe en su libro La revolución de una brizna de paja. Se basa en
el principio de imitar fielmente los procesos de la naturaleza interviniendo lo
menos posible, lo que implica no arar ni voltear la tierra, no usar pesticidas
ni fertilizantes químicos, controlar las malas hierbas con cubiertas vegetales
y dejar que las semillas de los campos germinen por sí solas cuando maduren.
Inventó unas bombas de semillas, que es la semilla envuelta en barro; la tira
y, con las primeras lluvias, germina un naranjo, un tamarindo o lo que sea. Un
tema central es mejorar las tierras; las compostas ayudan pero son muy
laboriosas. Lo mejor es buscar troncos, aventarlos y dejar que se pudran; en
pocos años uno tiene un suelo maravilloso sin hacer nada.
—¿Y se ensució haciendo las bombas? Porque el método consiste en no hacer
nada… —exclamó incrédula, con algo de sarcasmo.
—No. Subí al cerro a buscar troncos caídos; las variedades
de aquí no son muy gruesas. Los jalo, los bajo a un camino, los troceo con mi
machete y los llevo en la cuatrimoto a una terraza que espero que, en unos diez
años, quede completamente reforestada.
—¡Wow! Me gustó ese método japonés. Usted se entretiene y hace algo por el
planeta… Ya voy entendiendo más la vida de los jubilados que viven en un cerro
—concluyó Citlali, ahora sí con una sonrisa sincera.
—Ya me puedo dar ese tipo de lujos. Y a propósito de la
agricultura, te contaré mi paso por el gobierno en la dependencia que se
encargaba de ella. Ahora sí que fue mera coincidencia.
Mi jefe fue nombrado
subsecretario de Planeación en la entonces Secretaría de Agricultura y Recursos
Hidráulicos, y nos llevó con él a varios de sus colaboradores: casi todos,
jóvenes brillantes recién egresados de las universidades norteamericanas de mayor
prestigio. El arranque en Agricultura fue difícil; primero como «asesor», que
es sinónimo de limbo en la burocracia, y después como director de Comercio
Exterior Agropecuario, un puesto que resultó ser clave en virtud de lo que
sucedería después.
Tenía una pequeña estructura burocrática a mi disposición,
incluyendo secretarias y chofer, así como vales de gasolina y algún vehículo.
En aquel entonces se estilaba que los carros que decomisaba la dirección de
aduanas se asignaran a funcionarios del gobierno. Me tocó un Grand Marquis
enorme, todo eléctrico. Tenía sus años de antigüedad, pero estaba de un
excelente ver. Sin embargo, era muy poco el tiempo que quedaba libre, ni
siquiera los fines de semana.
Yo vivía solo en una casa muy pequeña que me construí en un
terreno que me donaron mis padres en Cuajimalpa el último año que estuve en el
banco, antes de comenzar mi extraordinaria aventura en el sector público federal.
Tenía pocos muebles, solamente lo básico: primero por falta de recursos y
después por falta de tiempo. A Cuajimalpa llegaba por las noches, me cenaba un
sándwich, unos fideos precocidos y unas bananas que compraba a veces en alguna
tienda de conveniencia que me quedara sobre mi ruta. Al día siguiente,
temprano, iba a la barra de una cafetería que me quedara de paso para
desayunar. Ocasionalmente, los domingos, había tiempo para trabajar un poco en
el jardín, deshierbando o desramando algunos pinos. A lo lejos escuchaba los
gritos de mi vecina, que llamaba a sus hijos para sentarse a comer.
Todos abrazábamos el proyecto modernizador del presidente
Salinas. En el caso de la Secretaría de Agricultura, la apertura comercial se
había rezagado. Ese retraso no se debía exclusivamente a una mentalidad
proteccionista —que sí la había cuando llegamos—, sino a que el comercio de
productos agropecuarios tiene que ver con materia viva, ya sean animales,
carnes o vegetales, que pueden portar enfermedades, plagas, microbios y
bacterias. La eliminación de aranceles no siempre tenía efectos reales, pues
subsistían las «medidas sanitarias y fitosanitarias». Recuerdo una discusión
entre un joven economista del sector financiero y un veterano funcionario del
área de ganadería de la Secretaría sobre un manual para la importación de
animales que establecía el requisito de que las vacas fueran «vírgenes». Ambos
defendían candorosamente su punto de vista: a uno el requisito le parecía
grotesco; para el otro, era la única medida segura.
Citlali soltó una risita.
—Usted iba a unas reuniones
bien importantes, discutían sobre las vacas vírgenes y todo eso —dijo con un
tono ligeramente burlón—, ¿y luego llegaba por las noches a calentarse unas
Maruchan en una casa a medio amueblar? No me imagino a un político haciendo
fila en el Oxxo para no dormir con el estómago vacío.
—Yo no era político.
Muchas veces me tocó ir a defender la aplicación de ciertas
medidas sanitarias. Me convertí así, poco a poco, en una especie de «bicho
raro» dentro de la gran congregación de los economistas liberales que dominaban
todo el gobierno. Esa metamorfosis me dio prestigio al interior de toda la
Secretaría. Siempre tuvimos a nuestros malquerientes, pues desplazamos a los
cuadros técnicos tradicionales, pero gracias a ese cascabeleo logramos
profundizar la apertura comercial.
Varias veces me tocó ir por semanas enteras a Ginebra,
Suiza, a la sede del GATT, que se alojaba en un castillo a las orillas del lago
Lemán. La Ronda Uruguay buscaba la liberalización integral de todo el comercio
agropecuario internacional. Yo iba como representante de la Secretaría de
Agricultura, pero la representación del gobierno mexicano le correspondía a la
Secretaría de Comercio. Recuerdo haberle preguntado a mi colega: «Oye, ¿si
todos están a favor de liberalizar el comercio agropecuario, por qué no
avanzamos?». No me contestó, pero me dio pistas para que me fijara en los
detalles y los matices de los discursos. Todos hablaban de liberalizar «casi
todo» y de un «monto significativo» de reducción en los subsidios internos. Ese
casi y ese monto significativo escondían diferencias abismales.
En general, Estados Unidos estaba a favor de fuertes reducciones en aranceles y
en subsidios; en contraste, quienes se oponían eran la Unión Europea, Japón, la
India… un grupo al que el embajador del gobierno mexicano bautizó como «los
países satánicos».
En no pocas ocasiones, por la fatiga y el cansancio
acumulado que traía de México, dormitaba en las sesiones con los audífonos
puestos de la traducción simultánea. A veces me despertaba mi colega con unos
toques en el hombro: «¿Qué ha pasado, colega?». «Nada, lo mismo de siempre». Y
así era, en efecto. Las decisiones no se tomaban en el salón en el que
estábamos, por más banderas y personalizadores de países que hubiera. Era común
escuchar antes de las reuniones comentarios del tipo: «Esto ya se va a mover;
leí por la mañana en el Financial Times que el presidente francés se
reunirá con el vicepresidente norteamericano…».
De vuelta a México aprendí a acomodar las posiciones de la
Secretaría de Agricultura con un lenguaje «aperturista», tal y como lo hacía la
Unión Europea. Además, por aquel entonces nuestro subsecretario, un estratega
brillante, ya había profundizado mucho en el tema de los subsidios con un grupo
de consultores que contrató, y yo emboné muy bien con la experiencia adquirida
en el GATT. Aun así, había colegas de otras dependencias que insistían en
acelerar la apertura en el sector, a pesar de los subsidios. Aunque todos
partimos de una misma filosofía y doctrina, nosotros nos convertimos en una
especie de proteccionistas de nuevo cuño.
De pronto me di cuenta de que Citlali estaba muy quieta, con
los ojos cerrados. Me acerqué, le toqué suavemente el hombro… Estaba
profundamente dormida.
Noche 28. Tratado de Libre Comercio de América del
Norte
Nuevamente, al llegar Citlali, estaba sobre la mesa el libro
de Miguel León-Portilla, Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y
cantares. Leyó:
«El comerciante a larga
distancia, el pochteca, era el verdadero motor de la opulencia material. Su
audacia para cruzar fronteras geográficas y políticas no tenía como fin el
tributo bélico, sino la expansión del mercado y la introducción de nuevos elementos
que dinamizaban la economía y elevaban la prosperidad de la metrópoli» leyó,
sin demasiado entusiasmo.
—Mira qué interesante, le dije. Uno que piensa que las cosas
son nuevas porque las escucha por primera vez. La idea de crecer a través del
comercio es milenaria, no solo en Occidente, sino también en las civilizaciones
antiguas de América. Y en su momento, yo mismo caí en ese error.
Una tarde en que fui a ver a mi Subsecretario a sus oficinas
del sexto piso del edificio de la SARH en la glorieta de Chilpancingo, nos
relató brevemente que se negociaría un Tratado de Libre Comercio entre México y
los Estados Unidos de América [7].
De inmediato formó un grupo de trabajo interno, al que desde el principio se
sumaron los consultores externos de su confianza. Yo contaba con la información
del comercio exterior, y la experiencia en las negociaciones del GATT. Los
contactos de alto nivel con la Secretaría de Comercio los tenía mi jefe, y yo
tenía la relación institucional con los funcionarios de nivel medio. Me enteré
de detalles importantes en ocasiones antes que él, lo que fortalecía mi
posición.
En esos meses posteriores a junio de 1990, me tocó supervisar
la homologación de la información de comercio exterior agropecuario, entre la
nomenclatura que se había utilizado hasta ese momento, y el llamado Sistema
Armonizado. Las cifras históricas estaban codificadas con las claves viejas, y
las cifras recientes ya se reportaban con el sistema nuevo. Además, había
confusión para identificar productos específicos.
Citlali se talló los ojos para despejarse; se estaba
quedando dormida, como la noche anterior. Con voz todavía medio apagada
preguntó:
—A ver, explíqueme ese Sistema
Armonizado.
—Muy fácil: el comercio exterior también tiene su anatomía.
El Sistema Armonizado clasifica todo lo que cruza una aduana, desde un caballo
vivo hasta un costal de frijol o una caja de mangos. Cada producto tiene una
clave, y con esa clave se decide qué arancel paga, qué permiso necesita y cómo
se registra en las estadísticas.
—O sea que ustedes también
tenían músculos, huesos y nervios, pero de mercancías —dijo, ya más despierta—.
En enfermería tenemos que aprendernos seiscientos cincuenta músculos, doscientos
seis huesos, nervios craneales y espinales, y luego encontrarlos, porque unos
están escondidos debajo de otros. Cerebro ordena a nervio, nervio mueve
músculo, músculo mueve hueso… y de pronto ya no sabes ni por dónde empezar.
Ahora fui yo quien se sintió abrumado.
—Por algo no estudié enfermería. En lo mío bastaba con saber
que una vaca viva no era lo mismo que un corte de carne, y que una caja de
manzanas no podía perderse en la misma categoría que una de duraznos.
La conversión de un sistema a otro se hacía casi a mano,
aunque ya había computadoras. Las cifras históricas estaban en las claves
viejas y las nuevas llegaban con otra lógica. Durante algunos meses, quien
entendiera ese mapa tenía ventaja. Los cuadros estadísticos que generábamos en
mi oficina se convirtieron en oro molido para preparar la negociación. Después,
el Banco de México y la Secretaría de Comercio homologaron las estadísticas
profesionalmente, pero por un tiempo yo tuve la ventaja de haber llegado
primero a esa anatomía secreta del comercio.
En esos meses, comenzaron a gestarse ciertas tensiones
internas. El grupo de consultores que apoyaba a mi jefe tenía sus ideas de cómo
proceder con la Secretaría de Comercio en la prenegociación del TLCAN y en las
negociaciones del GATT. Ellos estaban a favor de que México se declarara, sin
ambages ni ambigüedades, como un país decididamente a favor de la
liberalización del comercio mundial. Los que operábamos dentro del gobierno
veíamos las cosas diferentes. Yo aprendí mucho de mis colegas de Ginebra, que
me enseñaron el valor de un posicionamiento estratégico en una negociación. En
nuestro caso concreto, había que esconder nuestros puntos débiles: nos
refugiamos en la figura de los llamados «países importadores netos de alimentos
«, que bien a bien nunca se supo lo que pretendíamos, salvo que nos dieran un
trato diferente. Lo mismo para el TLCAN. Una frase de un alto funcionario
negociador de la Secretaría de Comercio se volvió célebre: «Hay que tirarles
bombas de humo», nos decía.
—A ver, —dijo Citlali—, póngame
un ejemplo de cómo se debe negociar bien. —Como si estuviéramos en el mercado
comprando fruta.
—Me la pusiste difícil, para eso si soy malísimo. Pero
bueno, a ver a qué llegamos con tu ejemplo. Quieres naranjas. En un puesto hay naranjas
y mandarinas. Preguntas por las mandarinas…No me dejó terminar. Soltó una
sonora carcajada.
—Nada más le va a quitar el tiempo a la
marchanta.
También me reí. Luego traté de explicarle que toda
negociación depende de las circunstancias. Comenzamos a jugar un ping -Pong
muy divertido:
—Si no es temporada de
naranjas y las quieres, hay que pagar caro…
—Y si ya es
noche y la marchanta no ha vendido, las dará baratas.
— Pero si te esperas a que sea
de noche para comprarlas, igual ya no sobra ninguna y te quedas con las ganas.
—Y si deja encargado del puesto al escuincle por un rato,
puede llegar alguien y aprovecharse con el cambio.
— O puede llegar una clienta
de toda la vida y a esa le dará buenos precios para no perderla.
Nos reímos bastante. Aún no sé si toda mi experiencia le
haya servido de algo la siguiente vez que fue al mercado.
Noche 29. Neopopulista
—Oiga, cuando venía entrando
vi salir a un coche rojo, con dos personas. ¿Los conoce?
—Si. Se llama Lencho. Me pidió permiso para poner sus
cajones de abejas por allá arriba en el cerro. A veces viene a raspar y sacar
algo de miel; y otras veces, a traer a una nueva reina para formar otra colmena.
Ese hombre es el último apicultor que queda aquí en el pueblo; gentrificaron a
las abejas, por decirlo de alguna manera.
—¿Qué pasó con las abejas? —
preguntó desconcertada.
—Quise decir que ya no hay terreno suficiente para ellas.
—Pues así dígalo. Usted ni
adornado se ve bien.
Su enfado me cayó en gracia y me reí. Citlali también, pues
no tuvo empacho en devolverme el golpe. Pronto retomamos el tema de la
negociación del libre comercio, del que me sentía yo muy orgulloso.
Los preparativos para el inicio de las negociaciones
formales del TLCAN fueron frenéticos. Uno de los aspectos clave en el diseño de
la estrategia por parte de los máximos estrategas del lado mexicano fueron las
consultas que se hicieron a los miembros destacados del sector privado, sector
por sector. No solo eso: participaron en las rondas de negociación en el
llamado «cuarto de junto». Viajaban con la delegación mexicana, se reunían en
una sala y estaban disponibles para cualquier consulta. En esos encuentros, había
que traducir los problemas y retos de la vida real en conceptos de negociación.
Por ejemplo, nos decían: «Si abrimos el café a los Estados Unidos, nos
inundarán con producto brasileño y africano barato». «Entonces es un tema que
debemos llevar a la mesa de reglas de origen »—respondíamos—. Mientras que a alto nivel se hablaba mucho de
los «ganadores y perdedores» en el Tratado, en mis pláticas con ellos siempre
encontrábamos un ángulo interesante de lo que había que defender y de lo que
había que pedir en términos de apertura de los mercados de nuestros nuevos
socios en potencia.
Dentro de la
metodología del GATT, había que calcular un arancel inicial que sustituyera al
permiso previo de importación y que brindara un nivel de protección similar (la
llamada tarificación). La metodología tradicional consistía en comparar los
precios internos con los internacionales. Parecía un ejercicio estadístico
sencillo, pero no fue así. ¿Qué series de precios utilizar, en caso de que
existiesen? Por ejemplo, en el frijol existen dos grandes familias —los negros
y los claros— y, dentro de ellas, una enorme variedad como el negro Jamapa, el
negro Michigan, los pintos, el peruano, el mayocoba, entre otras muchas.
—¿Y el frijol con gorgojo?
—preguntó Citlali con ganas de divertirse un poco.
—Ese no se comercia; si lleva plagas, está prohibido.
En algunos casos los patrones de consumo eran muy distintos
y daban resultados extraños. En el pollo, por ejemplo, el muslo y la pierna son
muy apreciados por el consumidor mexicano, mientras que los americanos se
inclinan por la pechuga. ¿Había que comparar el pollo entero, muslo a muslo y
pechuga a pechuga? Se abría así un abanico
de negociación insospechado en un principio.
—A ver, ¿el pollo orgánico
dónde lo dejaron?
—Pues como pollo, ¿dónde más? Solo que eso lo especificas en
el etiquetado…
—A ver si ahora sí lo agarro
en curva —retó ella—. ¿Los tamales con pollo por dónde tienen que pasar?
—No se negocian recetas de cocina. Digamos que solo los
ingredientes… Habría que ver si son más masa o más pollo.
Estaba dispuesta a divertirse a mis costillas:
—¿Y los chiles en nogada?
—Ahí sí va a depender de qué humor esté el agente aduanal[8].
Lo meterá como nuez, como chile o como
carne, según vea.
Citlali se desconcertó un poco… Pero captó rápido:
—Sin albur.
El nacionalismo se coló por la puerta de la tarificación. El
TLCAN era un marco para reducir aranceles y, de pronto, el juego se convirtió
en ver cómo podíamos llegar a los aranceles iniciales más altos posibles, los
cuales se reducirían hasta llegar a cero en un plazo máximo de quince años,
pero estética y políticamente nos ayudaron bastante.
Al finalizar la negociación del TLCAN me tocó asistir a una
reunión de organizaciones campesinas para explicarles lo obtenido. Me citaron
por la mañana en la Casa del Agrarista, en la colonia San Rafael. La calle
estaba llena de autobuses estacionados, que son los que trajeron a los
asistentes desde muchos estados. Cuando me tocó mi turno, me acerqué al podio
para dar mi arenga. Lo primero que hay que hacer es descubrir algún rostro en
el público y fijarnos mucho en él. Su reacción nos va indicando cómo va el
ánimo general, y además, es una forma de controlar los nervios. Cuando esa
persona baja la vista, uno ya sintió que derrotó al auditorio, si lo sentía
hostil. Alcé la vista, y lo que vi fue un patio lleno de sombreros de paja que
cubrían cabezas a las que no se les veía el rostro. Fue triste darme cuenta de
que podría decir lo que quisiera, al percibir su incomodidad de estar tanto
tiempo de pie bajo el sol, con ganas de irse pronto a la sombra a comer su
torta y regresar al autobús. «Logramos
un arancel de los doscientos quince por ciento para el maíz y de los doscientos
setenta por ciento para la papa», dije ante el micrófono, como si hubiésemos
cerrado y no abierto la economía. Era la «venta política» del Tratado, concepto
que nos explicaron bien los colegas norteamericanos. Esa venta se tuvo que
complementar, acertadamente, con un esquema de política pública que canalizó
muchos millones de pesos a los productores. Los hombres sin rostro cobran vida
cuando se trata de dinero. Así nació el
programa Procampo.
—Hace falta la gallina, los
huevos y el cacareo —apuntó Citlali. Guardó su botella de agua y el tupper
de su ensalada y, cuando se disponía a irse, me preguntó:
—Dígame, cuando regresaba a
México después de discutir todo eso, ¿volvía a cenar las Maruchan que venden en
el Oxxo o extrañaba los espaguetis con mariscos que cenaba allá?
—Una sensación extraña. De regreso de Washington, sentado en
el avión, comenzábamos a volar en círculos sobre la Ciudad de México esperando
turno para aterrizar. Después de varias horas de vuelo ya iba fastidiado y
cansado de tanto leer y escuchar música; de pronto me vi en mi casa de
Cuajimalpa, sin otra cosa más que hacer que tomar un libro y poner algún CD. A
la llegada, a muchos de mis colegas los esperaban sus novias o esposas. Solo a
mí no me esperaba nadie. Hacía la fila para el taxi y, al llegar a casa, me
tumbaba a ver algo de televisión sin prestarle atención. Al día siguiente
procuraba hacer algo que me gustara, como ir a caminar al Desierto de los
Leones, que por cierto es uno de los bosques más bellos de coníferas y pinos de
toda la ciudad. Y contestando a tu pregunta, allá vendían unos tlacoyos muy
sabrosos; mis preferidos eran los de haba o de frijol.
—¿No se dio algún gusto, algo
que le compensara por tanta friega?
—Me compré un carro deportivo, muy potente, del año. Una vez
llevé a una fiesta a una chica guapísima de Culiacán; tenía un cuerpazo, hacía
trescientas abdominales al día, según me contó. Bajamos del deportivo
sintiéndonos como actores de Hollywood, pero al poco rato le dolió la cabeza,
me pidió que la llevara a su casa y, en el camino, se fue organizando para irse
a otra reunión.
Me sentí un poco torpe al haberle confiado eso. Y ella no lo
dejó pasar.
—¡Ay, usted! —dijo al final—.
Se compró un carro para apantallar y esa chica nada más lo trajo de chofer.
Pero las bellas durmientes no le fallarían, ¿verdad?
Noche 30. Son gachos.
—En resumen, dígame de que se
trata ese famoso libre comercio del que tanto habla. Ya sé que se trata de
importar cosas. Vea nada más las calles; están llenas de tienditas que tienen
su letrero de “abrimos paca de ropa americana”; o los autos chocolate que traen
todos los que vienen de Michoacán; o unos productos en el super que la verdad
no me encantan. Unos quesos carísimos con etiquetas en inglés, pero que no le
llegan en sabor a un buen queso de tierra caliente. Pero no entiendo que es lo
que hace el gobierno en todo esto.
—Muy fácil. Si nosotros dejamos que cualquiera importe cosas
de Estados Unidos, allá también dejan que sus ciudadanos importen de México
todo lo que quieran.
—¿Y tanta vuelta para decir
eso?
—Acuérdate que el diablo está en los detalles.
La primera reunión formal de negociación del Tratado de
Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) se llevó a cabo en Toronto, Canadá,
el 12 de junio de 1991. Ahí asistimos; fue emocionante por ser la primera. Se
trató principalmente de la mecánica y metodología que se seguirían para atender
los tres grandes temas: acceso a mercados, subsidios internos y medidas
sanitarias y fitosanitarias.
La siguiente reunión fue en Dallas, en agosto de 1991. Esa
vez nos acompañó un contingente enorme del sector privado. El negociador de la
Secretaría de Comercio lanzó la bomba de humo de que excluiríamos el maíz del
Tratado —una posición claramente insostenible, siendo la principal exportación
de los Estados Unidos a México—. No se avanzó todo lo que se tenía previsto, pero
la expectativa del sector privado era enorme. Se resistían a creernos que no
habíamos negociado el producto de cada uno de ellos de forma individual:
«¿Negociaron papa? ¿Negociaron flores? ¿Negociaron cerveza?». A la salida del
salón de conferencias, donde se habían llevado a cabo las pláticas con
americanos y canadienses, así como las reuniones informativas con el sector
privado, cuando me dirigía hacia el hotel me percaté de que me seguía una
verdadera caravana de líderes empresariales y directivos gremiales que querían
platicar conmigo. Logré desaparecer y entrar a la soledad y tranquilidad de mi
habitación. Ese día me sentí muy importante.
Siguieron otras rondas negociadoras en distintas sedes en
Canadá, Estados Unidos y México. La recta final fue sesiones casi
ininterrumpidas en Washington D. C. Entrábamos temprano al edificio neoclásico
del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos mi subsecretario, el
funcionario encargado del tema por la Secretaría de Comercio y yo, con pesadas
carpetas bajo el brazo; nos registrábamos como unos visitantes más y
caminábamos por unos pasillos interminables de mármoles relucientes hasta
llegar al despacho del negociador americano. Se revisaban los temas una y otra
vez y, en particular, el del azúcar, que fue el último en resolverse. Poco a
poco se fueron afinando las listas de desgravación de cada país y el texto del
articulado del Tratado.
En alguna ocasión, ya hacia el final, las organizaciones
ganaderas nos hicieron saber su inconformidad con el tratamiento de
desgravación que estábamos dando a los llamados «despojos y desperdicios de
animales», que es como se clasifican en el comercio internacional la pancita,
el buche, la lengua, los sesos y otras exquisiteces que comemos los mexicanos,
y que para los americanos son meros desperdicios, aunque el volumen de comercio
era grande. Llegó el momento de intercambiar las listas finales entre los tres
países; les expliqué a los colegas que nuestra única opción para superar el
tema de los ganaderos era modificar la lista que presentaríamos, con ese
pequeño cambio, y que yo estaba seguro de que no se darían cuenta. Ya había
visto que, por el lado americano, la lista la revisaba una muchacha desaliñada
con unas gafas enormes, que no parecía estar muy entretenida con ese trabajo. A
nadie le gustó la idea, pero procedimos y funcionó. Tiempo después, ya
inicializado el Tratado por los negociadores en jefe, nos lo echaron en cara; y
a mí más que a nadie.
Conforme avanzaba la negociación y se acercaba el cierre, mi
influencia comenzó a decrecer notablemente. No dejaban de verse “feos” los
aranceles que calculé para muchos productos, dentro de un círculo dominado por
los economistas liberales.
Unos meses antes mi jefe había decidido cambiar al que
supuestamente era mi superior jerárquico, aunque nunca lo fue en la realidad;
yo esperaba que me ascendieran a ese puesto, lo cual no sucedió.
El cierre oficial de las negociaciones del TLCAN original se
anunció el 12 de agosto de 1992 en Washington D. C., tras catorce meses de
intensas sesiones. Al día siguiente, todos los que participamos en la
negociación fuimos citados para una foto oficial de la delegación mexicana. Yo
no asistí.
—Para mí que sus jefes fueron
malas personas, nada más lo usaron —señaló Citlali. Clavó la mirada en el
suelo, como pensativa—. Son… Son gachos —dijo al final, al no encontrar
un adjetivo que los pudiese describir mejor.
Al escuchar eso, «son gachos», mis ojos se llenaron de
lágrimas y comencé a llorar, algo que no me sucedía desde muy niño. Nos
quedamos en silencio durante un buen rato.
—¿Oiga, y sus familiares, su
madre, al menos ellos, no se sintieron muy orgullosos de lo que hizo usted?
—En ese entonces ni cuenta se dieron; solo con los años
percibieron que yo había estado metido en algo muy importante. Mi madre había
enviudado hacía pocos años; el destino la compensó dos años después con el
nombramiento de mi tío Ignacio como gobernador del Estado de México. Se portó
bien con ella: la invitaba a varios eventos públicos, le facilitó la entrada al
voluntariado del estado en cuestiones de salud y ella se dedicó con entusiasmo
a supervisar hospitales, platicar con el personal médico y ayudar a solucionar
problemas. Ella era así, se desvivía por ayudar a «los demás». Ese fue uno de
los traumas que me acompañaron durante un buen tiempo: yo no formaba parte de
«los demás». Y dada la relación especial que siempre tuvo con su hermano menor,
al que cuidó de niño en Alemania, me daba el sentimiento de que nosotros, sus
hijos, estábamos en un segundo lugar. Mis méritos, los que tuviese, se opacaban
totalmente por la sombra gigantesca del gobernador. La gubernatura de su
hermano Nacho coincidió con la negociación del TLCAN, de 1989 a 1993.
Noche 31. Noche del Maíz
Citlali llegó un poco ojerosa. Comentó que la noche anterior
una pregunta no le dejó de rondar por la cabeza.
—Seguido escucho a mis tíos y
a mi abuelo quejarse de ese Tratado en el que usted trabajó. Dicen que desde
entonces no les ha ido bien, que ahora muchos campos están abandonados.
—Te voy a dar mi explicación, sin tratar de convencerte. Con
que me escuches es suficiente.
El maíz es uno de los principales productos de importación
de México. Se cultiva en todo el país: en las llanuras áridas del noroeste que
cuentan con irrigación; en las sierras de Guerrero y Oaxaca, en laderas con
gran pendiente; en los valles del Altiplano, de climas templados o fríos; en
las selvas de Chiapas; en las costas… En algunos lugares hay riego; en otros,
solo dependen del agua de la lluvia. Hay empresas que tienen grandes
extensiones y mucha maquinaria; hay rancheros pequeños y medianos; y la gran
mayoría son campesinos que tienen poca tierra, muchas veces menos de dos
hectáreas, y en algunas zonas hasta miden sus parcelas por el número de surcos,
de tan pequeñas que son. Y estos campesinos, que son la mayoría, no producen el
suficiente maíz para hacer sus tortillas o engordar sus animales. Tienen que
comprar lo que les hace falta, en la tortillería o en alguna bodega, aunque
esté caro, y quienes les venden son las grandes empresas que controlan miles de
hectáreas, o los que lo importan y lo distribuyen en la Central de Abastos.
También pasa que la familia puede tener varias hectáreas,
incluso con riego, pero no las cultivan. Antes toda la familia ayudaba a la
siembra, al deshierbe, a echar fertilizante, a cosechar y a desgranar. Ahora
los jóvenes ya no quieren trabajar en las milpas; prefieren dedicarse a otra
cosa que sea menos pesada y que les deje más dinero. Y también los hombres
ganan mucho más como albañiles o peones. Todo esto —la fragmentación de la
tierra, la escasez de agua, la falta de mano de obra— no es consecuencia del
Tratado de Libre Comercio; este permite que la importación de todos los
productos sea a menor costo porque se les quitaron los aranceles, y eso beneficia
a la mayoría. Para que a todos los agricultores de México les vaya bien, hace
falta que haya buenos programas para apoyarlos y eso no siempre se ha logrado.
Depende de cada gobierno, no del Tratado.
—Por una cosa o por la otra,
los campesinos siempre salen fastidiados —afirmó Citlali.
—Yo también sufro al ver lo que pasa en el campo, aunque
esté convencido de que hicimos lo correcto.
Mi padre me hablaba de cuando era niño y salía a «besanear»
por las milpas con mi abuelo. Caminaban entre los surcos; revisaban si la
semilla ya había germinado, el crecimiento de las matas, la humedad de la
tierra, si había que limpiar o deshierbar, o si había evidencia de alguna
plaga, entre otras cosas. Ya después checaban si el maíz estaba jiloteando, si
habían salido las mazorcas y si iban llenando bien. Decía que el premio mayor
era encontrar los huitlacoches, y desde que los recogían se deleitaban con el
taco que les prepararía la abuela. Evocaba a las mujeres del rancho moliendo el
grano en sus metates, torteando a mano las bolitas de masa y echándolas al
comal, y el gusto supremo: ¡comérselas infladas con tantita sal!
Siempre me habló con admiración de la «milpa». Es un predio
donde se entrevera el maíz con frijol y calabaza, y a veces otros cultivos. El
frijol abraza el tallo del maíz y le aporta nitrógeno a la tierra; la calabaza
extiende sus hojas grandes para proteger el suelo del sol y mantener la
humedad; el chile ahuyenta a las plagas. Los cultivos no compiten entre sí; al
contrario, se complementan. Si al maíz le cae el chahuistle o lo tira el
viento, el agricultor recoge una espléndida cosecha de frijol o calabaza. El
modelo de la milpa es el opuesto a la agricultura comercial a gran escala,
donde se cultiva un solo producto y se generan artificialmente las condiciones
para obtener altos rendimientos por hectárea: fertilizantes inorgánicos,
plaguicidas químicos, semillas mejoradas y, más recientemente, transgénicos.
—Prefiero mil veces la milpa —sentenció
Citlali.
—De preferir, yo también. El problema es que con lo que se
obtiene no se produce lo suficiente; tendríamos que importar muchísimo más maíz
del que se trae ahora.
Me levanté y me acerqué a unos estantes donde estaban los
libros que pertenecieron a mi abuelo Guillermo. Tomé el Nuevo
Diccionario de Agricultura, Teórico-Práctica y Económica y de Medicina
Doméstica y Veterinaria, por el Excmo. Sr. D. Juan Álvarez Guerra. Madrid,
1844. Un bello volumen empastado en cuero con letras doradas grabadas en el
lomo.
—Aquí se documentaba él para trabajar sus tierras —añadí—. Y
luego le mostré un libro con todas las
variedades de maíces que hay en México… los blancos, los cacahuazintles, los
azules, los morados, cada uno con sus características únicas de sabor y de
aclimatación biológica.
Me quedé un rato pensativo y añadí:
—Hay un libro que me falta, que no he conseguido: La
filosofía náhuatl, de Miguel León-Portilla, Y otro, que es el que me
gustaría escribir…
—¿Y ese cuál es? —preguntó
Citlali.
—¿Te has fijado en todas las palabras de origen náhuatl que
nos han brincado esta noche, y muchas otras más que ha adoptado el español? La
milpa, el jilote, el chahuistle, el metate, el tamal, el cuate, el chicle, el
tocayo, la jícara, el ayoyote…
—¡Lotería! —gritó Citlali, en
broma.
—¡Exacto! Me leíste el pensamiento. Quiero hacer un homenaje
al idioma náhuatl; uno que no sea una simple recopilación de vocablos adoptados
por el español, sino un rescate de su esencia. Es una lengua que conecta
directamente con las cosas. El ahuehuete no es solo el nombre de un árbol: es
el «viejo del agua», una evocación de la alianza entre el hombre, los elementos
y el árbol como un ecosistema vivo.
Al unir in atl e in tepetl («el agua, el
cerro») para significar «pueblo» o «comunidad», el náhuatl establece una
condición ecológica insalvable: no puede existir sociedad humana sin el
resguardo de la montaña y la pureza del acuífero. El concepto mismo de
civilización depende de la salud de los elementos.
Por eso, hacer una apología del náhuatl hoy no es un
ejercicio de nostalgia folclórica; es reconocer que en sus metáforas floridas
reside una racionalidad ambiental más avanzada que la de nuestros modelos
económicos actuales. Esta lengua nos recuerda que la verdadera sustentabilidad
no consiste en mitigar los daños del progreso, sino en restaurar el cordón
umbilical que nos une a todo lo que respira. Salvar el náhuatl es, en última
instancia, salvar la posibilidad de volver a escuchar a la Tierra.
—A todo esto,
¿de dónde le viene el interés por el náhuatl? No es algo que sea bastante
común.
—Desde el día que conocí a una
Estrella.
Noche 32. Rebelión en la Granja.
Antes del final del TLCAN, en la fase más intensa del
proceso, mi subsecretario tuvo que sustituir al director general de Asuntos
Internacionales, quien era mi jefe formal y directo, aun cuando ya casi todos
mis asuntos los viera con el subsecretario. Es lo que en la burocracia se llama
«estar puenteado». Yo no tenía el perfil diplomático que requería el puesto;
era un luchador de trinchera, un «peleador callejonero», como nos bautizó un
día uno de nuestros colegas. Pero en esos momentos mi función era una de las
más importantes de toda la Secretaría.
Mi subsecretario se inclinó por un joven que no alcanzaría
los treinta años, prácticamente sin ningún fogueo ni experiencia. Era hijo de
un alto funcionario de la administración del presidente Salinas, y mi jefe
tenía esa concepción de la política: la de tejer redes de amistad y lealtad.
Varios juniors del gobierno y de los negocios entraron a trabajar con
él, a quienes el resto del equipo apodamos los golden boys. Una mañana
mi subsecretario me mandó llamar; me informó que ese joven sería el elegido y
que había pensado que yo y mi grupo formaríamos una unidad administrativa
aparte, a lo que llamó un relaunching de la Secretaría. Le encantaba
mezclar en sus conversaciones términos en inglés. Le pregunté si tendría mis
oficinas aparte. Me dijo que sí, pero que por lo pronto no.
No era ingenuo y sabía cómo se movían los hilos de la
burocracia. Esa nueva unidad difícilmente vería la luz. Al llegar a mi oficina,
en aquel entonces en la avenida Benjamín Franklin, me reuní con mis
colaboradores cercanos, analizamos la situación y alguno dijo: «Vámonos». Hablé
con un amigo mío que dirigía el organismo que canalizaba todos los subsidios,
le pedí prestados espacios de oficinas y me los concedió. Era una sala no muy
grande donde cabrían dos o tres escritorios más un mezanine abierto. Sin pensarlo
mucho empacamos papeles y computadoras, escritorios y archiveros, conseguimos
unas camionetas pick-up prestadas de la dirección de estadística e
hicimos la mudanza. Cuando se enteraron mi subsecretario y el nuevo titular de
la dirección general a la que habíamos pertenecido, ya eran hechos consumados.
Fue un golpe de audacia; una clara insubordinación institucional. Nos pudieron
haber fincado responsabilidades graves por haber sustraído material y equipo de
esa manera, sin ningún tipo de autorización. Las consecuencias no pasaron a
mayores; en retrospectiva, creo que fue una falta grave que mi jefe dejó pasar.
Citlali dejó de trazar en su libreta, levantando las cejas
con genuino asombro:
—Wow. Eso sí que fue un golpe
de audacia. ¿Pero a ver, los polis no les dijeron nada cuando sacaban las
cajas?
—No. Les dije que era por instrucciones mías. Mi rebelión
fue timbre de orgullo, pero me generó grandes incomodidades e hizo patente a
todos los demás que, si bien éramos importantes, tampoco lo éramos tanto.
El tema de los subsidios internos y a la exportación no se
resolvió en el TLCAN, sino hasta el final de la Ronda Uruguay del GATT. El 15
de diciembre de 1993 se alcanzó el acuerdo final en Ginebra, Suiza. Yo me
trasladé algunos meses antes para allá. Vivía en el hotel Holiday Inn pegado al
aeropuerto, que tenía unas ventanas fantásticas de tecnología europea que
aislaban totalmente el ruido de los aviones. El hotel tenía una piscina
climatizada subterránea y un pequeño gimnasio bastante bien equipado, a donde
comencé a ir para desestresarme. Los desayunos eran una delicia en un
restaurante con alfombras y barras relucientes: me tomaba mi chocolate caliente
acompañado de los típicos croissants y leía los periódicos, cortesía de
la casa.
—Otra vez los periódicos. Les
hubieran inventado antes las tabletas y el internet.
—Pues eso sí era bonito: tomar el periódico y leer los
titulares. Lo complicado era pasarte las horas tratando de mandar un telefax;
era como una fotocopiadora conectada al teléfono que iba transmitiendo las
páginas con los informes. Tomaba un autobús después de cruzar unos llanos
yermos por los rigores del otoño y llegaba a la oficina de la representación de
México. Era el representante de agricultura, no era de los de casa, y muchas
veces notaba que los colegas de comercio bajaban la voz cuando pasaba. El tema
principal de la Ronda era la agricultura y era el mío.
Llegó la fase final: todos los países presentaron sus listas
definitivas para que las conocieran todos los demás y pudieran revisarlas.
Elaboré la que correspondía a México, detallando todos nuestros compromisos en
materia de subsidios y acceso a mercados. Me tomó horas de estudio de las
listas previas que habían presentado otros países, de manera particular la
Unión Europea. Ellos eran unos magos para presentar sus cifras: ofrecían, por
ejemplo, una cuota muy atractiva de acceso a su mercado de azúcar —uno de los
más codiciados del mundo por los diferenciales de precio—, pero le ponían un
pequeño asterisco que decía algo así como que esa azúcar podría estar
incorporada a productos que contuviesen azúcar, seguido de otro asterisco que
remitía a otra página muy lejana de la lista, donde se mencionaban cuáles
podrían ser esos productos, como chocolates, chicles y refrescos, y otro
asterisco que llevaba a otra página perdida donde decía qué porcentaje de la
cuota correspondía a cada uno de esos productos. Todo eso para decir que no
darían ninguna cuota de azúcar al resto del mundo, pero que les podríamos
mandar ciertos volúmenes de dulces, galletas azucaradas, refrescos y bombones
de chocolate.
Sabía que Citlali me interrumpiría y, en efecto, así fue:
—¿Como por ejemplo chamoys?
—Así es, porque llevan pulpa, chile y algo de azúcar, pero
no me imagino a un inglés comiéndose uno.
—Para la próxima traigo.
Frente a mi casa se pone una señora que los vende y, además, ¡unos mangos con
chile piquín! Buenísimos.
El subsecretario de Comercio llegó a Ginebra para esa ronda
final y para supervisar la entrega de nuestras listas. A su llegada nos había
dicho que la prioridad del gobierno mexicano era mantener cerrado nuestro
mercado azucarero, algo que parecía imposible de negociar. Elaboré las listas
siguiendo la metodología de la Unión Europea y creo que hasta le puse unos
nuevos asteriscos para despistar. Uno de los colegas, me parece que el
embajador, bautizó a este esquema como «el submarino». No todos creían en mi
submarino, pero no había opción; lo lanzamos y funcionó. Al igual que con las
vísceras y despojos de animales en el TLCAN, al tiempo llovieron las
recriminaciones, pero ya no me tocó responderlas a mí.
Y al igual que en el TLCAN, había negociadores de carrera
que nunca se sintieron cómodos con mis estrategias. En alguna ocasión uno de
ellos, que años después llegaría a embajador, mi dijo: «Si me pones a elegir
entre perder reputación de negociador o perder en alguna concesión en algún
sector, yo prefiero mil veces…». «¿Qué prefieres?», pregunté con tono
desafiante. Reculó y dijo sin ningún convencimiento: «Salvar a ese sector». En
una ocasión, no recuerdo el tema, tuve una discusión con él por algo similar en
una noche de tormenta de nieve y le dije: «Si te pones en ese plan, yo no estoy
dispuesto. Me voy». Y me salí a la calle. No había taxis, ya no había
transporte, soplaba un aire gélido proveniente del lago Lemán y, como pude,
llegué al Holiday Inn medio congelado, ansiando mi taza de chocolate caliente
para encontrarme con la sorpresa de que el restaurante llevaba varias horas
cerrado.
—No me lo imagino —intervino
Citlali—. Yo lo veo en la estética muy quietecito esperando turno, pero antes…
¿Era muy berrinchudo? Un día se salió de las oficinas con todo y muebles… Y
otro día se enojó y se sale caminando en medio de una tormenta de nieve.
—Ahora que lo mencionas… Pues supongo que sí. A veces sí me
enojaba mucho y regañaba feo a algunas personas… Pero ya me pusiste a pensar.
Creo que me di demasiada importancia y debí ser mucho más paciente, más easygoing,
¿cómo te lo explico?
—Que se le hubieran resbalado
más las cosas y que no se las hubiera tomado tan a pecho.
—Correcto. Pero pues ya tendrá que ser en otra vida.
La reunión ministerial que formalizó todos los acuerdos de
la Ronda Uruguay se celebró en Marrakech, Marruecos, del 12 al 15 de abril de
1994. Poco antes recibí una llamada del subsecretario de Comercio —la
única de él en todo este periplo—, en la que me invitaba a asistir con
él a esa reunión, porque quería que todos los que habíamos participado
pudiésemos estar presentes para celebrar. Se lo agradecí muchísimo, Era un
reconocimiento a mi labor del más alto nivel.
En Marrakech no tenía ya ninguna función más que la de
música y acompañamiento, así que la pasé bien, recorriendo los callejones y
bazares de esa mítica ciudad; compré un cuchillo árabe que tengo en la vitrina
y unos tapetes estilo árabe. Mis paseos
fueron solitarios. Fuimos varias veces a un casino, me parece que en el hotel,
junto a unos colegas muy divertidos. En ese casino aposté poco —como siempre,
cauteloso—, pero la suerte me sonrió y gané bastante para mis estándares. Sigo
agradecido por esa invitación.
Noche 33. Los Eleuterio
Al despertar de mi siesta puse algo de música lounge.
En eso escuché un ruido seco, como un golpe, y salí al pasillo a asomarme.
Citlali estaba ahí, medio pálida; al lado tenía una cubeta y un trapeador.
—Qué susto. Me tropecé. ¿Quién
dejó esa cubeta atravesada? —preguntó.
—Seguro que fue la señora que vive aquí.
—¿Qué? ¿Cómo dijo? Primera
noticia…
—Te voy a contar. En la casa vive una familia que me ayuda.
La mamá, Delfina, es de un pueblito muy pequeño en la zona mazahua, allá por
San Felipe del Progreso, y trabajó en la Ciudad de México con mi madre, cuando
todavía vivía en la casa grande en la que habitamos todos de jóvenes. Tenía un
niño pequeño, muy listo y bien portado, pero se regresó al pueblo porque un
segundo bebé venía en camino. Algunos años después tocó a la puerta; iba
cargando a una niña muy pequeña envuelta en el rebozo. «Solo le pido que me dé
posada por esta noche, estoy buscando trabajo, ya se hizo de noche y no tengo
dónde dormir», le dijo. Coincidió con que mi madre no tenía por esos días quien
le ayudara y entonces se quedó con ella de planta, con la niña. Como dicen, se
juntaron el hambre con las ganas de comer. Yo estaba viviendo ahí, de vuelta,
por el problema de salud que tengo… Ya sabes cuál es.
—Sí, obvio: el cuello —dijo
Citlali.
Parece que se entendieron bien para la limpieza, la comida,
el lavado de la ropa y todo lo que hay que hacer. Un día subió la señora,
Delfina, a presentarme a la niña, que tendría unos cuatro años. Me resultó
simpatiquísima. «A ti ya te conozco», me dijo muy segura. Me causó gracia, pues
no recuerdo haberla visto antes. Nos caímos bien y a veces subía la niña por la
escalera para saludar. Un día, para entretenerla, le presté un lápiz y un
cuaderno, y le dije: «Pon atención, te voy a enseñar la letra A». A la semana
ya le había enseñado las vocales y dos o tres consonantes; a las dos semanas,
unas sílabas sencillas, y como a los tres meses ya sabía leer. Yo estaba
fascinado con el progreso que hacía y también con los comentarios que soltaba,
como toda niña ingenua que está descubriendo el mundo.
Después enfermó mi madre y se tuvo que mudar a vivir a
Tlatelolco, a su ahijada: un conjunto de vivienda popular repartido entre
muchos edificios multifamiliares, construido en los años cincuenta con
inspiración soviética. Delfina y la niña se fueron con ella. A partir de
entonces fueron su compañía, sus cuidadoras y sus acompañantes. La niña, que es
muy lista, se encargaba de darle las medicinas y vigilar que se las tomara. Mi
madre le dijo que ella sería su maestra, y ese título se le quedó por siempre.
Unos meses después decidimos que mi madre estaría mejor en
la casa del rancho de Valle de Bravo, y así fue que nos vinimos para acá con
ellas dos acompañándola, más otra hija que se había quedado en su pueblo, con
sus abuelos, así como al niño que vivió antes con nosotros —que ya era un
joven—, porque no podía ir a trabajar a México con dos criaturas. Más adelante
también se vino a vivir al rancho el niño, a cursar su preparatoria en el
Colegio de Bachilleres. Así que en esta casa convivimos mi madre y yo, y los
cuatro miembros de la familia Eleuterio. Delfina es madre soltera.
—Qué bien que se reunió toda
esa familia alrededor de su madre. Entre todos se acompañaron.
—Mi madre solía decir: «Llórate pobre, pero nunca te llores
solo». Ella ya llegó a Valle de Bravo muy mayor. Acá cumplió los noventa años y
acá murió a los noventa y cuatro. Se quejaba mucho: «¿Qué hago yo aquí trepada
en este cerro?», decía; pero muchas otras veces la pasaba bien, disfrutando de
su patio con orquídeas en su hamaca; también salía al jardín para contemplar la
vista a la laguna. Su último proyecto fue un jardín de cactus al que le puso
mucho entusiasmo. Algunas veces fuimos a Tejupilco, a Ixtapan del Oro y a Santo
Tomás a buscar cactus y a traer piedras de río para darle al jardín un toque
japonés. En los meses de octubre y noviembre, después de las lluvias, el cerro
se cubre de flores silvestres: blancas, amarillas, rojas, lilas, violetas, de
todos los colores. Le encantaba hacer un gran ramo con ellas y se sentaba largo
rato a oler y contemplar sus flores.
Cuando mi madre falleció no me quise quedar solo en este
cerro, ni tampoco me quise regresar a mi casita de México, así que les pedí que
se quedaran y son las personas que me ayudan con el aseo de la casa, la comida
y la ropa. Y por las noches las invito a que vean las noticias conmigo; es
nuestro ritual de convivencia...
—Esa familia vale más que
cualquier escritura. Le alegraron sus días a su madre y ahora a usted.
—También me dan algunas preocupaciones, sobre todo los
hijos; les ha costado trabajo ir encontrando su camino.
Noche 34.
En el Cerro de Enfrente
A lo lejos, en la
penumbra del valle, se escuchó el eco amortiguado de unos perros ladrando.
Citlali se asomó por el ventanal, tratando de adivinar de dónde venía el ruido
en medio de aquella boca del lobo.
—Allá enfrente,
donde se ven esas luces titilantes, los perros siempre ladran más fuerte —le
comenté, llamando su atención.
—¿Ah, sí? ¿Y ahí quién vive? ¿Algún vecino ruidoso?
—Peor que eso: una
prima mía. Una que también heredó terrenos de la abuela Omma.
Mi madre y ella se
entendieron bien durante muchos años; yo creo que las dos eran un poco rebeldes
a su manera. Pero cuando nos vinimos de México a vivir acá, la cercanía las
alejó; se han de haber hecho más evidentes sus diferencias. Mi madre siempre trató
como iguales a las personas humildes, ya fueran los cuidadores y sus familias o
las señoras que ayudan en casa: a todos. En sus últimos años se sentaba por
horas para platicar con el cuidador que teníamos sobre el clima, las milpas,
cómo eran las cosas antes en Valle de Bravo, las costumbres y las tradiciones.
Pocos meses antes de su muerte, él le trajo a regalar una fotografía enmarcada
de sus abuelos, don Pedro y doña Teresa, que fueron cuidadores en la época de
la abuela Omma. Mi madre la colgó en su habitación, sin que significara nada
más que un buen recuerdo.
Mi prima, por el
contrario, con el paso del tiempo se fue sintiendo cada vez más
«aristocrática», sobre todo por la historia del rancho, y la vida cosmopolita
de la abuela Omma. El obispo Joaquín Arcadio Pagaza fue nuestro tío bisabuelo,
y de ahí se colgó mi prima para armar la aristocracia familiar. Al mismo tiempo
se volvió más que notoria su incomodidad de convivir con las personas humildes.
El día que murió mi madre, lo primero que hizo al entrar a la habitación donde
yacía fue tomarle una fotografía con su celular; y lo segundo, descolgar el
cuadro de don Pedro y su mujer.
—¡Qué mal gusto! —gritó
Citlali, escandalizada.
—Hace poco, la hija
de mi prima trajo a bautizar a su bebé a Valle de Bravo y después hubo una
comida, muy sabrosa, servida en su jardín. Se me ocurrió llevar a una de las
niñas de Delfina para que obsequiara una bolsa de galletas a los invitados.
Hubo algunos incidentes que no voy a relatar, aunque reconozco que me faltó
tacto. A la semana mi prima arremetió duramente contra mí por teléfono:
hablando con un conocido cercano de ambos, despotricó contra los Eleuterio y
contra mí por llevar gente a su fiesta que no había sido requerida y, ya
encarrerada, hizo sugerencias groseras sobre el tipo de convivencia que habría
dentro de mi casa. No dejé terminar al conocido que me relató la plática; dije
que mi prima se podría ir directamente a…
—¡A chingar a su madre! —Citlali soltó en un soplido las palabras exactas que yo no me animaba a
utilizar.
—Mi prima siempre
se juntó con mis tíos Pichardo y se llevaba bien con ellos, ya que
generacionalmente estaba más cercana a ellos que a muchos de sus primos. Los
últimos años de mi madre en Valle de Bravo fueron agridulces. Entre esa prima,
mis tíos y mi madre hicieron críticas constantes hacia mí que no solo me
amargaron algunos días, sino también a mi madre. Esa práctica del chismorreo
familiar, que ya había sufrido en la adolescencia, volvió intensificada por
aquellos días. Es el tipo de cosas que suceden cuando se cruzan visiones
distintas del mundo y cuando las personas no han aprendido a ser tolerantes las
unas con las otras. Y me incluyo en el mismo saco: también he sido intolerante
con mi propio hermano por cuestiones distintas, pero parecidas.
—O sea que en ese cerro nadie deja de tirar pedradas —concluyó Citlali—. Todos traen espinas:
unos de nopal y otros de huizache.
—Todos —admití—.
Por eso te digo que sigo sin encajar. Ni con los de enfrente, ni con los míos.
Noche 35.Campaña
Política
—¿Sabe a quién vi hoy? A Zudikey, que va de candidata del PRI a la
presidencia municipal. Usted debería animarse.
—¿Con ella?
—No sea bobo… Eso me pasa por andarle inflando el ego.
—¡Ya ves cómo sí es
divertida la política! Con ustedes, la mujer, la profesionista, la promotora de
la salud y la belleza, ¡nuestra inigualable candidata, Citlaliiii…!
—Ni que fuera teibolera —soltó divertida, y a los dos nos ganó la carcajada—. Hágale, hablemos
de la política, se ve que disfruta el tema.
El 23 de marzo de 1994 asesinaron al candidato presidencial
Luis Donaldo Colosio. Me enteré durante una escala en Houston, en un viaje
relámpago que teníamos planeado para resolver algún asunto relacionado con el
aterrizaje del TLCAN. Unos días después el partido en el poder designó a
Ernesto Zedillo como candidato sustituto y, al poco tiempo, este nombró a mi
subsecretario coordinador de Asesores del candidato del PRI a la Presidencia de
la República.
No lo vi por esos días. Nos fuimos enterando de a poco
quiénes de nosotros ya se habían ido con él; fueron los golden boys los
primeros en acompañarlo. Desde la oficina de la campaña me llamaba de vez en
cuando alguno de ellos para pedirme alguna nota o tarjeta informativa por parte
del coordinador; yo me negué pues él no me había llamado de forma directa. Un
día lo hizo: fue un diálogo muy breve, de no más de un minuto, y me instruyó a
que me moviera de inmediato a unas oficinas de apoyo que tenía por el sur de la
ciudad.
Nuevamente, la vorágine. El trabajo consistía en preparar
discursos al por mayor sobre todos los temas posibles; ya no solo de economía,
sino de ámbitos tan distintos como la pobreza, el rol de la mujer, el nuevo
indigenismo a raíz del levantamiento zapatista, la planeación urbana, entre
muchísimos otros que tiene que atender un candidato en campaña. Me negué a
seguir las instrucciones de los golden boys, pero tuve que aceptar las
órdenes que venían de la secretaria particular de mi jefe. Por aquella época me
sentaba frente a la computadora varias horas seguidas, sin parar, y elaboraba
un discurso de principio a fin. No era pura retórica; por la trayectoria del
candidato y la del coordinador, todo lo que se decía tenía que ir bien
documentado, avalado con hechos y cifras que nos llegaban de muchísimos
lugares, principalmente de las entidades y dependencias del gobierno federal.
Para preparar los discursos que daría el candidato en alguna
entidad federativa, nos mandaban de avanzada a platicar con funcionarios y
empresarios locales para conocer de primera mano las preocupaciones y
expectativas de cada lugar. Nos dividieron por estados; a mí me tocaron, entre
otros, los discursos de Sinaloa y Tlaxcala. Hice la visita a Mazatlán y
Culiacán. Éramos bien atendidos y recibidos pues, a ciencia cierta, nadie sabía
cuál era nuestro vínculo exacto con el candidato ni con el coordinador. Conversábamos
con muchos actores clave, tomaba notas y, de regreso en México, me sentaba a
redactar. Se volvió casi una terapia para mí concentrarme por horas en un tema
particular, buscando contenido de interés y una forma sonora y retórica para
decirlo.
Un conocido mío estaba en un puesto importante en los temas
administrativos de la campaña. Un día que comimos con él nos pidió que le
diéramos nuestra tarjeta de presentación. No teníamos.
—Yo les mando a hacer unas. ¿Qué puesto tienen?
Atinamos a contestar:
—Asesores del coordinador.
—Pero a ver: su jefe coordina a los asesores; entonces,
ustedes son asesores del candidato del PRI a la Presidencia de la República.
Cuando se enteraron en la oficina de mi jefe de esas
tarjetas, casi nos corren: «Ustedes son nada más unas personas que trabajan
para Luis», nos sentenciaron. Las tuvimos que devolver, pero sí me guardé una
cajita, pues el título era pomposo y apantallaba, con los logotipos de la
campaña y del partido.
—¿Le gustaba ese trabajo de
escribir discursos?
—Me encantaba. Sobre todo, cuando
ya tenía los datos y el material necesario, y me sentaba a redactar. Era un
deleite ver cómo se formaba cada párrafo, con su idea central, para luego
pulirlo hasta que sonara bien. Después seguía el próximo, buscando la manera de
hilarlo con los demás. A veces me hablaban y no escuchaba a nadie; estaba
completamente absorto. En esos discursos se planteaban ideas y se razonaban.
También disfrutaba ver desfilar las letras en la pantalla, al ritmo que mis
dedos marcaban en el teclado; era un gozo intelectual, pero también físico. En
cambio, los políticos actuales se plantan frente al micrófono a improvisar.
Solo repiten eslóganes y descalifican al rival, sin el menor cuidado por las
formas. Usan muletillas al por mayor y dejan frases sin terminar; en fin, un
desastre absoluto.
—Un trabajo bastante
solitario, como casi todos sus pasatiempos: los libros, el jardín... —remató
Citlali, pensativa.
Pasada la elección, el coordinador se perfilaba para un
puesto de primer nivel y de la mayor cercanía con el presidente electo. Yo
sabía que mi cercanía con él ya se había diluido y que, si quería seguir en el
equipo, tendría que cuadrarme ante alguno de los golden boys. Me negué.
Un domingo, varias semanas después de la toma de posesión, el que fuera mi jefe
mi citó muy temprano en la mañana en la residencia oficial de Los Pinos. Llegué
puntual. Las oficinas de la Presidencia estaban en remodelación; pude asomarme
al despacho presidencial, en obra gris, al igual que al salón de sesiones del
gabinete. Pasaron las horas y mi exjefe no llegaba. Después del mediodía, o ya
entrada la tarde, apareció, me vio y soltó:
—¿Tú qué haces aquí?
—Me citaste.
—Ah, perdón —dijo, y se siguió de largo.
Así comencé el sexenio del presidente Ernesto Zedillo: sin
trabajo, expulsado de la residencia presidencial.
—¿Fue el mismo jefe que no lo
ascendió cuando estaban negociando el libre comercio? —preguntó Citlali.
—Sí, el mismo.
—Ya se lo había dicho antes:
ese señor era gacho. Pero usted tampoco era una «perita en dulce».
—Sí, tengo que reconocer que por momentos me ganó la
soberbia —admití—. Podría haber sido más dócil, pero después de ese sexenio de
locura mi ánimo estaba exaltado y mi salud había comenzado a mermar. La dignidad,
antes que nada, aunque no dé para comer. Más serenidad en las horas críticas me
hubiera sido de gran utilidad a lo largo de la vida. Las oficinas del
presidente estaban en una edificación junto a la residencia, una casa enorme.
La casa-oficina tenía una escalera a la mera entrada, no muy ancha, que llevaba
al segundo piso. En ese mezanine, una de las puertas daba al despacho
presidencial, que estaba todo desmantelado, en remodelación. El espacio era
agradable, muy amplio, y tenía un ventanal en semicírculo que daba a los
jardines de Los Pinos: el césped muy verde, impecable, y árboles centenarios,
frondosos, imponentes. En el poco tiempo que me dejó el guardia contemplar el
despacho, vi varias ardillas trepar por los troncos y brincar entre las ramas…
—Como aquí en su rancho
—interrumpió Citlali—. Cuando llego las veo correr por el jardín y luego
treparse a algún guayabo. También he visto correr a los conejos y perderse
entre la maleza…
—Ya me hiciste el día —le sonreí—. No se necesita estar
sentado en esa oficina para contemplarlas. Y mucho me temo que el presidente
muchas veces ni siquiera haya estado de humor para pensar en ellas.
Noche 36. Error de Diciembre
—Hola Citlali. Qué bueno que hoy vienes con tu uniforme de
enfermería. Nos toca analizar un caso
clínico extraño.
—La distonía cervical como la
suya la padecen 300 personas por cada
millón, o sea que hay unas 39,000 personas perdidas y aisladas en todo el
territorio nacional. Lástima que sean tan poquitos…
—¿Te gustaría que fuéramos más?, le pregunté con ganas de
bromear. Otra vez me vas a inflar el ego.
—Payaso. Sígale así y menos
van a inventar una cura.
El cuerpo comenzó a fallarme en agosto de 1994, ya pasada la
elección presidencial. Me dirigía hacia Toluca en un flamante vehículo
deportivo que me había comprado. Iba con otro «asesor del candidato» a
entrevistarme con uno de los más altos funcionarios del gobierno del Estado de
México. Él lo había contactado; él también se había guardado una cajita con las
tarjetas de presentación «faroleras» que nos habían incautado y, sí, abrían
puertas. Le dimos una breve consultoría para la planeación estratégica de su
área, para lo cual fuimos unas seis veces a Toluca a reunirnos con las
distintas áreas a su cargo. Me gustó ese trabajo, pero… en lo personal estaba
desconcertado.
En ese primer viaje a Toluca, a la altura de Lerma, ¡cómo
olvidar ese primer momento!, mi cabeza dio un giro brusco hacia la izquierda.
Me desconcertó; el tirón fue fuerte. Siguieron otros, todos para el mismo lado.
Solo logré controlarlos colocándome la mano izquierda en la mejilla. Así tuve
esa primera entrevista y luego todas las reuniones que siguieron después de esa
fecha. Llegué a mi casa de Cuajimalpa, me serví un trago de ron y me senté en
uno de los sillones de la sala, tratando de relajarme. Los tirones no cedían y
se los atribuí al estrés acumulado. Por la mañana me levanté y me sentí bien,
pero al poco tiempo, al rasurarme, los tirones volvieron.
—Eso sucedió hace treinta y
dos años —intervino Citlali—. Los tratamientos han evolucionado mucho.
No crea que no comprendo el drama que comenzó a vivir.
Como pude me fui a trabajar a la oficina de la campaña, que
ya por esas fechas operaba como oficina de apoyo a la transición del gobierno.
«A mi jefe le dio el mal de San Vito», escuché que dijo una colaboradora muy
joven que tenía. El ritmo de trabajo disminuyó considerablemente y tenía la
esperanza de sentirme mejor, pero no fue así. Intenté varias cosas; una de las
primeras fue una gran parranda con uno de mis amigos abogados de la campaña
para el desestrés: nada. Me acordé de un amigo de la preparatoria que se volvió
doctor con especialidad en rehabilitación física. Tuve varias sesiones en su
consultorio: la enfermera que lo ayudaba me aplicaba calor, unas ondas como
pulsaciones para relajar los músculos del cuello y, al final, algo de masaje.
Siempre ayudan esas sesiones para la relajación; los tirones del cuello tal vez
bajaban de intensidad, pero pasadas unas horas volvía a lo mismo. Me
recomendaron utilizar un collarín blando para controlar esos tirones; servía
para detenerlos, pero no los eliminaba. En esas condiciones me tocó enfrentar
el cambio de gobierno.
Por aquellos primeros días de diciembre de 1994 fue mi cita
fallida en la residencia oficial de Los Pinos. Todos los días estaba al
pendiente de la prensa para enterarme de los nuevos nombramientos que se iban
dando, de nivel subsecretario hacia abajo. Conocía a algunos de los nuevos
funcionarios y me entrevisté con varios de ellos, sin que me dijeran nada concreto.
Un día fui a ver a un exjefe, quien había sido designado como coordinador
general de Puertos y Marina Mercante en la SCT. «En puertos ya tengo a alguien;
pero si quieres, puedes ser el director general de Marina Mercante», me
propuso. Acepté en el acto. «Empiezas el primero de enero. Acá te espero». Si
notó mis movimientos en el cuello no dijo nada; tal vez pensaría, al igual que
yo, que sería algo pasajero.
Faltaban algunos días para la Navidad, así que me fui a
Acapulco, yo solo, pues no hubo tiempo de planear nada con nadie. En la piscina
del hotel disfruté de las piñas coladas, del movimiento incesante de los
turistas, y de la vista de muchas chicas guapas, a quienes miraba de reojo a
través de mis gafas oscuras. La otra escena que nunca olvidaré recuerdo son los
cartelones a las afueras de las casas de cambio en Acapulco, donde señalaban la
paridad del día: tres cincuenta los primeros días, cuatro los siguientes y
cinco cuando me regresé a la Ciudad de México antes de la Navidad. Así viví el
estallido del «error de diciembre».
En alguna ocasión, meses atrás, me tocó estar en una reunión
con mi jefe el coordinador y algunos de sus golden boys y sus
consultores de cabecera, en la que se habló del tema macroeconómico. Varios de
ellos tenían la idea de que era necesario impulsar el crecimiento económico y
que podía aceptarse cierto aumento en la inflación. Tenían un enfoque neokeynesiano
que habían traído del MIT, y argumentaban que el mayor crecimiento
fortalecería las finanzas públicas después, por la vía de una mayor
recaudación. Hacía tiempo que yo había dejado la macroeconomía, pero tenía
claros algunos pocos conceptos. Primero, que es imposible escoger una mezcla
óptima de crecimiento con inflación —el llamado fine-tuning—; la
inflación termina por imponerse. Segundo, que la credibilidad de un anuncio de
política era crucial. Argumenté que la gente no entendería los modelos tan
elaborados de mis colegas del MIT y solo percibirían un anuncio de gasto
público expansivo; me pronuncié por un discurso que llamara a la prudencia
fiscal y a la preservación del equilibrio macroeconómico.
No sin pedantería, uno de los golden boys soltó la
frase en inglés de que mi postura era «neither desirable nor possible».
Traía yo además las últimas cifras de la balanza de pagos de México y el
mensaje era potente: el déficit comercial era insostenible y los flujos de
capital que lo financiaban eran de corto plazo y, por tanto, volátiles. No me
hicieron caso, pero me quedó la tranquilidad de haberlo dicho.
Durante los días posteriores a mi regreso de Acapulco, los
noticieros de televisión eran imperdibles. Íbamos de sorpresa en sorpresa,
entre ellas la renuncia de Jaime Serra Puche el 28 de diciembre y el
nombramiento de Guillermo Ortiz el 29 como su sucesor. ¡Dejaba la Secretaría de
Comunicaciones y Transportes! No me lo podía creer. Para Ortiz era un ascenso,
pero a mí me dejaba, si no en el desamparo, sí en la incertidumbre total.
Ese fin de año lo pasaríamos con la familia de mi madre.
Para mí, 1994 terminó de una manera desastrosa, pero la familia debió de haber
estado eufórica. A raíz del asesinato de Colosio, al hermano de mi madre, el
tío Ignacio, lo nombran primero secretario general del PRI y luego presidente de
este, desde donde operó la campaña de Zedillo; es decir, la operación política,
pues mi jefe estaba dedicado al armado del programa del nuevo gobierno. El
presidente Zedillo lo nombró secretario de Energía el primero de diciembre.
—Ese fue su tío Nacho, al que
su madre cuidó de chiquito, el que fue gobernador, al que quiso como si hubiese
sido su primer hijo… —comentó Citlali.
—El mismo. Me daba orgullo verlo casi todas las noches en
las noticias de la tele, aunque mi contacto con él fuera esporádico y
superficial… Me acostumbré a vivir a la sombra de un gigante.
Me presenté en la oficina de la Coordinación General de
Puertos los primeros días de enero de 1995. Mi exjefe, el que me había invitado
a trabajar ahí, estaba guardando sus artículos personales en unas cajas de
cartón. Él también se iba para la SHCP y fue muy honesto cuando me dijo: «Me
voy al área administrativa; sé que no es lo tuyo, pero si quieres, algo
podríamos ver». Se lo agradecí muchísimo, pero no acepté.
—¡Híjole! Se había conseguido
un super trabajo y ni siquiera pudo empezar. Eso sí que es mala suerte.
—O el destino —contesté lacónico.
Por esos días me habían contactado del Instituto
Interamericano de Cooperación para la Agricultura para dar una pequeña asesoría
al gobierno de Panamá, que por aquellas fechas negociaba su adhesión a la
recién creada OMC, antes GATT. Los resultados que obtuvimos para México de la
Ronda Uruguay eran mi mejor credencial. Me fui por una semana para allá a
trabajar de la mano con su negociador de agricultura; le pasé todo mi
conocimiento, le expliqué nuestras metodologías y él quedó satisfecho con mi
visita.
Me dedicó tiempo para que conociera la Ciudad de Panamá:
fuimos a restaurantes muy sabrosos e hicimos un recorrido por la llamada «zona
del canal», que hasta hacía unos años había estado bajo el control de los
norteamericanos. De hecho, la pequeña construcción de dos plantas donde estaba
su despacho había sido un dormitorio para los soldados estadounidenses. Durante
esos paseos me contó muchas anécdotas sobre la invasión de Panamá por parte de
los Estados Unidos. Yo solo había visto unas cuantas escenas por televisión,
pero enterarme de la historia narrada por un residente local me conmovió. Sí
hubo combates, sí hubo muchos muertos… No fue solamente el espectáculo
hollywoodense del general Noriega rindiéndose ante los altavoces del ejército
norteamericano a ritmo de rock a todo volumen. Según los norteamericanos hubo
quinientos dieciséis muertos panameños; según cifras reportadas después por
organizaciones civiles, las bajas panameñas rondaron las tres mil. Barrios
enteros fueron bombardeados; más de veinte mil personas se quedaron sin hogar.
Fue cuando recordé una de las frases del negociador en jefe
de los Estados Unidos, Julius Katz, que pedía a México una concesión muy
importante a cambio de nada: «I know it doesn’t smell of roses… but…»
(sé que lo que pido no huele a rosas). En las carreteras me hizo notar unos
pastizales enormes que estaban fuera de control: «Los bombarderos
norteamericanos que salían de aquí para Vietnam trajeron esa semilla, y se
llama así: pasto de Vietnam». Sentí un pequeño escalofrío; la guerra de Vietnam
también se había vivido en nuestro continente. Y después de las negociaciones
del TLCAN, en las cuales inconscientemente idealizamos tanto a los Estados
Unidos, ese baño de realidad panameña me recordó la frase que mi padre tantas
veces repitió: «Los Estados Unidos no tienen amigos; tienen intereses».
Mi aventura panameña tuvo un final inesperado. Por la noche,
ya en el hotel, me habló uno de mis colaboradores más cercanos en todo el
sexenio anterior para decirme: «A tu tocayo lo acaban de nombrar subsecretario
de Agricultura». Lo felicité y me dijo: «Le urge que te pongas en contacto con
él».
—Ah caray —dijo Citlali—.
¿Usted cree que a México también lo puedan invadir?
—No tengo idea. Pero ahí está lo importante de leer
historia; todos esos volúmenes que ves ahí están para contarla.
Regresé de Panamá y fui a ver a mi tocayo, quien fue colega
de muchas batallas en la Secretaría de Agricultura con nuestro jefe anterior.
Él también era del grupo de los «peleadores callejoneros» e incluso creo que
fue él quien inventó el término. Me dijo que sería el director general de
Estudios del Sector Agropecuario y Forestal. Él jugó un papel muy prominente en
la definición de los nuevos esquemas de apoyo al campo. Yo participé en muchas reuniones
para garantizar la congruencia con todos los tratados internacionales,
principalmente el TLCAN y la OMC. No éramos amigos, pero nos conocíamos bien;
le agradecí la confianza y me volqué de lleno a mi nuevo puesto. Tuve que pasar
rápidamente del conocimiento de las cifras del comercio exterior al
conocimiento de las cifras de la producción y los mercados agropecuarios.
Tres domingos después de la fecha de mi nombramiento estaba,
como de costumbre, escuchando el noticiero vespertino en mi casa de Cuajimalpa,
después de haber ido a un club deportivo que me quedaba cerca donde estuviera
nadando un rato, como recomendación de mi médico fisioterapeuta. «Renuncia
Arturo Warman a la Secretaría de Agricultura», escuché decir. Di un brinco.
Otra renuncia… ¡No puede ser! Ni siquiera había conocido al doctor Warman.
«Llega Francisco Labastida, exgobernador de Sinaloa…». No lo podía creer.
Al día siguiente, lunes, fui a ver a mi tocayo. «Creo que
vamos a seguir», me dijo. Estaba pensativo, también algo desconcertado. El
primero que tendría que negociar su situación con Labastida era él; ya después
me tocaría a mí. El panorama no se veía muy halagador, pues el nuevo secretario
pronto hizo algunos pronunciamientos críticos en torno al Tratado de Libre
Comercio y a la política de subsidios del gobierno anterior, que eran las áreas
en que habíamos trabajado mi tocayo y yo. A mi tocayo le encomendaron varios
asuntos importantes de la coyuntura, como la comercialización de la cosecha de
trigo del noroeste de ese año. Las aguas parecían calmarse. Un día mi tocayo me
pidió que fuera en su representación al Consejo de la Conasupo, que era la
entidad encargada de operar los precios de garantía del maíz y el frijol, los
productos más importantes de nuestra dieta nacional . Presidió la reunión el
ciudadano secretario, Francisco Labastida Ochoa. Me presenté con él y le dije
con quién trabajaba. «Me da gusto que no haya venido el licenciado», soltó.
Algo desconcertado, le reviré: «Así es, licenciado, porque se quedó arreglando
la comercialización del trigo». «No lo digo por eso —dijo jocoso—, lo digo
porque me dio gusto que no haya venido». Se rio e inició la sesión. Nunca le
conté ese incidente a mi tocayo.
—¡Zas! Directo y a la cara.
Después supe que las diferencias entre ellos eran serias. Mi
tocayo recibía, o interpretaba, la línea que dictaba nuestro jefe anterior, a
la sazón jefe de la Oficina de la Presidencia y virtual jefe de gabinete. La
política agropecuaria tendría que seguir siendo «liberal», utilizando
instrumentos de apoyo a la agricultura como los que él había diseñado. La
concepción de Labastida era distinta; su énfasis estaba en la promoción de la
producción y en la búsqueda de la autosuficiencia. Es inútil entrar a ese debate
ahora; ambos enfoques tuvieron su razón de ser y su momento. La realidad es que
hubo un choque de trenes. Labastida pidió la remoción de mi tocayo; el
presidente Zedillo se la negó. No nos corrieron, pero la situación no era la
más cómoda, por decir lo menos. Sobrevivimos como náufragos en alta mar, pero
sobrevivimos.
A Citlali pareció haberle dado gusto poder hilvanar un
segundo símil pugilístico:
—Los salvó el réferi. Les
aplicó la cuenta de protección.
Luego quedó pensativa; dio unas vueltas por el salón
mientras comentaba:
—¡A veces hay que estar
tragando sapos! —dijo—. Supongo que en todos los trabajos pasa… En ocasiones la
señora del salón viene de malas y se quiere desquitar conmigo: que si no
desconecté la secadora, cualquier cosa. Pero yo no me dejo… Aunque a veces le
digo que no volveré, y vuelvo. El dinero siempre hace falta para comprar
cositas…
—A veces en el sacrificio está la recompensa. Cuando me
designaron director general, a un buen amigo mío, más joven, lo nombraron con
el mismo rango. Dentro del equipo que formó había varias chicas egresadas de
buenas universidades, con muchas ganas de trabajar, y algunas de ellas muy
guapas. En algún seminario que organizamos en Cuernavaca vi a una de ellas en
la alberca: una morena con una sonrisa encantadora y un cuerpo perfectamente
moldeado en su biquini. Me acerqué, la conocí y la invité a salir; al poco
tiempo fuimos a mi casa de Cuajimalpa y, de ahí en adelante, fueron dos o tres
meses espectaculares. La veía cada fin de semana; vinimos un par de veces a
Valle de Bravo y una vez a la playa, a Ixtapa-Zihuatanejo. Todo marchó muy bien
hasta que terminó. Se fastidió, creo, de las limitaciones que me imponía la
distonía, como el esfuerzo que tenía que hacer para aguantar una cena en un
restaurante, así como los breves paseos que podía hacer a pie, aun cuando en
esa época todavía estaba plenamente funcional; casi una nada comparado con lo
que vino después. Y también reapareció el exnovio. ¡Cómo recuerdo aquellas
noches tan gratas frente al calentador de gas —el frío en invierno era
terrible—! Los dos en plenitud…
—Ya capto la idea —interrumpió
Citlali—. Una variante un poco más normal de “La casa de las bellas
durmientes”.
Noche 37. Trucos Sensoriales
—¿De qué vamos a hablar hoy?,
quiso saber Citlali. —Me cambia mucho de tema. Ya me programé para ver el canal
cultural, los documentales de animales, Clío
TV …pero si pone páginas porno le prometo que si le quito el control.
Los masajes y las terapias de calor no me estaban dando
resultado para corregir los tirones del cuello que me tenían agobiado. Por esas
fechas me llevaba un almuerzo a la oficina en unos recipientes de plástico y
comía acostado en un sillón que había en una salita de descanso adyacente a mi
despacho. Si trataba de comer sentado se me iba la cabeza hacia un lado; alguna
vez cruzó por mi mente que me moriría de inanición. El traslado de la casa a la
oficina también lo hacía acostado en el asiento de atrás; nunca imaginé que el
día que habría de tener carro y chofer lo utilizaría de esa manera. Ya llevaba
seis meses desde los primeros tirones.
Noté que, si me llevaba el café o un vaso de agua a los
labios, los tirones se espantaban y me permitían caminar más o menos
adecuadamente. De otra forma caminaba con una tensión horrible en los hombros y
brazos, y tenía que detenerme cada pocos metros para apoyar la cabeza contra
una pared o un poste: lo que fuera. En mi última sesión con mi amigo, el doctor
fisioterapeuta, me dijo:
—Viendo todo tu caso, lo que tienes es una distonía. No te
preocupes, ve a ver a este neurólogo.
Y me recomendó a uno. Lo fui a ver y me señaló que se
trataba de una falla en la comunicación entre el cerebro y los músculos. Por
alguna causa ese circuito deja de funcionar adecuadamente y se contamina por
otros impulsos. Los ganglios basales generan mal las señales que van al músculo
esternocleidomastoideo. Su diagnóstico: distonía idiopática cervical.
Citlali no perdía detalle del relato, asintiendo con
gravedad.
—Idiopática porque no se sabe
la causa; cervical porque es el cuello —comentó—. Aunque con las nuevas
investigaciones, muchas enfermedades han dejado de ser idiopáticas…
Me recetó unas pastillas que deberían hacerme efecto en tres
o cuatro semanas. «A veces funciona esta sustancia, a veces otra; es cosa de
estar probando», me advirtió. Salí de su consultorio desconsolado. Sonaba a un
diagnóstico grave, a pesar de que el doctor se mostró optimista. Al llegar a mi
oficina me senté frente a mi escritorio, enorme. Por mi mente pasó una imagen
de mi supuesta boda, hincado frente a un altar. Una boda que a partir de ese
momento dejé de imaginar. Solté algunas lágrimas; fue uno de los momentos más
tristes de mi vida.
—Las ilusiones rotas son las que más duelen, y tienes que
lidiar con ellas completamente solo —le confié a Citlali.
Como pude, seguí adelante. Al igual que en mis estudios en
Warwick, rendirme no era opción. Venían conmigo dos colaboradores excelentes
con los que ya había trabajado: él del ITAM, ella de la Anáhuac. Nunca platiqué
con ellos de mi drama personal, pero se solidarizaron en todo lo que se podía. Fui
contratando a un grupo de jóvenes, chicos y chicas egresados de universidades
privadas, con buena preparación y una excelente actitud hacia el trabajo. Cada
uno de ellos se fue especializando en algún tema. A medida que mi torpeza
física aumentó, así como mis dificultades para hablar, este grupo de colaboradores
se volvió mi salvavidas. A cada junta a la que tenía que asistir me llevaba a
alguno de ellos para que me ayudara a dar las explicaciones que tanto trabajo
me costaba articular. No solo sobreviví, sino que mi grupo fue adquiriendo
mucho prestigio dentro de la Secretaría. No era infrecuente que llamaran
directamente a alguno de ellos de otras áreas. Mi tocayo, el subsecretario,
también recurrió bastante a mis colaboradores, pero en los temas más álgidos se
requería necesariamente mi presencia.
El truco del vaso de agua o de café en los labios me ayudaba
a hablar. En el lenguaje del neurólogo se trataba de «trucos sensoriales» que
engañaban a la mente y evitaban las contracciones involuntarias. Con el tiempo
tomé la costumbre de llenar dos botellas de agua y echarlas en mi portafolio.
En trayectos largos de caminata —es decir, de una cuadra o más— el contenido
del vaso se perdía y había que reponerlo; se trataba de mis «tanques
estabilizadores». Ahora que reconstruyo estas escenas, debe haber resultado muy
extraño para mis interlocutores. Fueron seis años así y, salvo los últimos seis
meses en los que viví un clima de inestabilidad, nunca percibí rechazo ni
lástima. Colaboradores, jefes y colegas actuaban como si mi problema no
existiese, al menos en mi presencia.
En momentos de tensión extrema, como ante la presencia del
secretario Labastida o altos funcionarios de la Secretaría de Comercio, la
distonía cedía. Incluso desaparecía por momentos. Me costaba un trabajo enorme
llegar hasta la oficina de alguno de ellos, pero pronto supe que al trasponer
el umbral de sus despachos la distonía amainaría. Y en muchas ocasiones así
fue. Inclusive no dejé de dar pláticas en público, ayudado por una mezcla de
esa tensión extrema y el truco del vaso de agua o del café. A veces terminaba
empapado.
—Mire, ahí tiene la prueba de
que las enfermedades no son tan idiopáticas como parecen —observó Citlali—.
Cada estado de ánimo altera la bioquímica cerebral.
—En alguna ocasión salió el tema de mi cuello con el
secretario Labastida: «Mientras lo que no tenga torcida sea la conducta…», me
dijo. Vi a varios neurólogos por aquellas fechas. Los primeros se limitaron a
probar con distintos fármacos y distintas dosis. Hubo uno que prefirió utilizar
el enfoque del «coctel»: me recetaba diez pastillas al mismo tiempo, a ver si
una de ellas, o varias en su conjunto, lograban el efecto deseado. Nunca se
logró, pero lo que noté es que esos fármacos comenzaron a interferir con mi
mente. Cuando me percaté de eso los deseché y solo me quedé con un
tranquilizante, y procuré ir reduciendo la dosis gradualmente. Ya me estaban
dando dosis de caballo. En un viaje que hice a Puerto Ángel llegué a la playa
por la mañana, me tendí en un camastro y me desperté en plena oscuridad, cuando
la marea alta me salpicó la cara.
Meses después me llegó la información de los tratamientos
con toxina botulínica. La intenté tres veces con diferentes doctores: una en la
Ciudad de México, otra en el Beth Israel en Nueva York y una tercera en Miami,
asistida con electromiografía. La idea era inyectar las terminales nerviosas en
el cuello, lo que fungiría como un neurobloqueador. No funcionó.
En esas condiciones comenzó mi última gran batalla dentro de
la administración pública federal. El secretario Labastida se había ido a
Gobernación y después se convertiría en candidato presidencial. Su lugar lo
ocupó su segundo a bordo, el ingeniero Arroyo, quien era un funcionario con
mucha experiencia, con una actitud siempre tranquila y calmada, pero incisivo
en sus preguntas. Juzgó bien las fortalezas de mi tocayo y nos permitió seguir.
Noche 38. Mi Ultima Batalla, TLCUEM
—La última charla me habló de
esa distonía que padece, y créame que me duele mucho. Pero admiro que no se
haya rendido, y que aún ahora, me comparta sus historias, con la cabeza apoyada
en ese reposet.
—Ya que lo dices. En una ocasión en Guadalajara, pedí una
silla alta para poder dar mi conferencia, en el salón de un hotel. Cuando
entré, estaba el presídium con puras sillas de respaldo bajo. El organizador,
muy apenado, salió corriendo y a los pocos minutos llegó con un burro de
planchar. Lo ató a la silla, lo cubrió con un mantel, y se dirigió al pódium a
presentarme ante el público y anunciar el título de mi intervención.
—Mire, y luego no quiere que
me ría. Pero como dicen, serena morena, ¿hoy que vamos a sintonizar? ¡Mientras
no me ponga el canal del congreso!
—¿Te apetece una serie poder, intrigas y amor?
Hacia la segunda mitad del sexenio del presidente Zedillo se
anunció la voluntad de su gobierno de celebrar un Tratado de Libre Comercio con
la Unión Europea. Ya se habían negociado otros acuerdos similares con países
latinoamericanos después del TLCAN —en los cuales participé poco, salvo en el
de Chile, pues mandaba a mis colaboradores—, pero la magnitud del acuerdo con
Europa era de otra dimensión. No solo por su tamaño, sino por la complejidad de
su política agropecuaria.
Tenían todo tipo de mecanismos de intervención en los
mercados: aranceles, subsidios, cuotas de producción, compras públicas de
intervención, normas de calidad y registros de importadores, entre otras. Todas estas medidas se enmarcaban en la
llamada «Política Agrícola Común».
Fue difícil acomodar al sector agropecuario en estas
negociaciones. Ellos tenían un gran potencial de exportación en productos tales
como la leche en polvo, los quesos y otros lácteos, y ciertos embutidos como el
jamón serrano, entre otros; pero casi todos sus bienes se beneficiaban de algún
esquema de subsidios. México tenía potencial en varios productos perecederos
pero el sector privado tenía la sensación de que con la apertura del mercado
norteamericano había más que suficiente. En un balance, México no podía abrir
en los productos que a ellos les interesaban por los subsidios que generarían
competencia desleal, y los europeos veían muchos problemas en abrir sus
mercados por la incompatibilidad con su política interna y la erosión de las
preferencias a sus países amigos.
—Es como querer cruzar una vaca con un elefante —dijo el
ingeniero Arroyo una vez que le explicamos el tema.
—Me lo imagino perfecto —dijo
Citlali, risueña—. Orejón, con trompa, manchas negras y blancas y unas ubres de
aquellas… Pero quién sabe si daría leche… —y soltó la carcajada.
Al igual que en el TLCAN, procedimos a una ronda de
consultas con el sector privado mexicano. Analizamos a conciencia la situación
de todos los productos. Si partíamos del principio de la competencia justa, la
implicación era dejar fuera a prácticamente la totalidad del sector
agropecuario nacional. Un día de esos me llamó mi tocayo a su oficina:
—En la Secretaría de Comercio están muy enojados contigo.
Dicen que estás descarrilando el Tratado con Europa, diciéndoles a todos los
sectores que los puedes excluir. Bajo las reglas internacionales no se puede
excluir un sector de actividad completo de un tratado de libre comercio.
El malestar de la Secretaría de Comercio se lo habían
manifestado directamente al ingeniero Arroyo. Asistí al día siguiente a una
reunión con los funcionarios de alto rango de Comercio.
—Yo no inventé el tema de los subsidios —les dije con toda
convicción—. Todos lo saben desde hace tiempo. De eso se trató la Ronda del
GATT de la que estuvimos hablando todos estos años.
—De acuerdo —me dijeron—, pero no los puedes excluir. A ver
qué pueden hacer.
Salí feliz. La Secretaría de Comercio había entendido por
fin la situación. Me habían hecho antes el favor de comunicarle a mi secretario
que yo estaba de guerrillero en la defensa del sector. «En estas condiciones,
es absolutamente impensable que me corran», pensé. Me sentí fortalecido como
nunca en ese sexenio. A pesar de mis problemas con la distonía, me dispuse a
disfrutar el proceso de negociación que teníamos por delante.
Al paso de los días y las reuniones fuimos armando una lista
de peticiones y una lista de concesiones de lo que podríamos ofrecer. Partimos
de la base del comercio que ya existía y qué formas podría haber para
expandirlo. Si antes ya importábamos quesos, mantequillas o vinos, lo
seguiríamos haciendo, independientemente del tema de los subsidios. En muchos
productos la Unión Europea buscaba acceso a bienes de alto valor agregado, como
los quesos o los vinos con denominaciones de origen; o el aceite de oliva, que
es el rey de los aceites vegetales por su calidad y pureza; o los chocolates
suizos o belgas, que tienen fama mundial; o el foie gras francés, que
técnicamente es un hígado de ganso hipertrofiado artificialmente por exceso de
alimentación.
—Ahora es usted el que está
hablando de sus antojitos —interrumpió Citlali.
—Mañana traigo unas baguettes y las rellenamos con
jamón serrano, queso brie y unos pepinillos.
—Lo probamos. Pero a mí
generalmente no me gustan esas comidas raras.
Se pudo armar un paquete a través de la creación de líneas
arancelarias nuevas para este tipo de productos, del establecimiento de reglas
de origen que permitieran el comercio de alto valor sin temor a
triangulaciones, así como de cuotas de importación con aranceles bajos o
mínimos. Los europeos adoptaron un enfoque similar, aunque ellos recurrieron
mucho más al otorgamiento de cuotas con arancel cero para los productos
provenientes de México. En los productos
provenientes de la Unión Europea sujetos a subsidio, principalmente leche en
polvo, propusimos asignarles el monto de importación histórico y nos reservamos
el derecho de asignar esa cuota a través de subasta para el sector privado. Los
líderes del sector agropecuario de ambas partes quedaron muy satisfechos con
este enfoque pragmático. La cruza entre la vaca y el elefante a la que se
refirió el ingeniero Arroyo cobraba vida.
—Bueno, ¿y les dieron el
plátano? —preguntó Citlali, con una sonrisa pícara, tratando de provocar.
—Ya te aprendiste los chistes de los negociadores; nada más
te falta todo lo demás. Lo que sí nos dieron fueron algas. — Me parece que ese
albur no lo captó.
Las reuniones de negociación con la Unión Europea se
celebraron algunas en México y otras, la mayoría, en Bruselas. El negociador
europeo de la agricultura era un holandés de edad madura, pero que quería
conocer a todo detalle las particularidades de nuestra industria. Más que una
toma y daca, nuestras reuniones eran sesiones largas de preguntas y respuestas,
y a mí me tocaba darlas. Había que explicar que nuestra miel era poli floral y
no mono floral como la alemana; que nuestro jugo de naranja tenía determinados
grados Brix; que no lo exportábamos en buques cisterna como los
brasileños pues nuestra escala de producción no daba para tanto; que las flores
que queríamos exportar no eran bulbos, sino rosas, e infinidad de cuestiones
por el estilo. Al cierre de las negociaciones estaban acotados los problemas a
un grupo pequeño de productos. No fui a
la reunión de cierre: fue mi tocayo y el secretario de Comercio, y lograron
números que dejaron al sector privado bastante satisfecho.
La delegación mexicana tuvo un acuerdo de tarifas
preferenciales para el hospedaje con el hotel Conrad de Bruselas, uno de los
más elegantes de la ciudad. Mi consulta reciente en internet me señala que se
distinguía por tener las habitaciones más espaciosas de la ciudad y un diseño
que recuperaba la elegancia del siglo XIX; era el epítome de la sofisticación
europea de finales de los noventa. Con su fachada de palacio neoclásico y ese
aire de exclusividad absoluta, era el lugar donde la diplomacia se sentía en
casa, con su vestíbulo de mármol y lámparas de cristal. Recuerdo bien la
amplitud de las habitaciones del Conrad. Una noche, después de una larga sesión
con los europeos en la que me tocó prodigarme en explicaciones, llegué llegué
verdaderamente exhausto a mi habitación. Abrí la puerta y me quedé tirado en el
piso por un largo rato. Todo mi cuerpo estaba rígido, apenas me podía mover.
Influyó el largo rato en que tuve que hablar, apoyando el cachete contra la
mano y el codo contra la mesa; tal vez abusé del truco del café o del vaso de
agua. Por aquellas fechas caminaba con la ayuda de un bastón; utilizaba uno muy
rústico de madera. Lo singular es que no lo apoyaba en el piso: apoyaba la
barbilla contra el mango, sujetaba el palo con fuerza con ambas manos contra el
pecho y así lograba caminar sin que me desequilibraran los movimientos del
cuello.
En esas condiciones, mis desplazamientos a pie me parecían
eternos: los largos pasillos del edificio Carlomagno, sede de la Unión Europea;
las caminatas del elevador al estacionamiento; el cruce del vestíbulo del hotel
Conrad y el pasillo hasta llegar a mi habitación. Ese día me moví a gatas desde
la puerta de la habitación hasta la cama. Por la mañana mis síntomas se habían
calmado y así proseguí hasta el final de esa negociación.
—Está impresionante lo que
vivió —dijo Citlali, conmovida—. Nunca se me hubiera ocurrido que tener una
habitación enorme pudiera ser un problema… He visto mucha gente con problemas
que pasa frente a la estética. No sé cómo hacen, pero ahí van con sus muletas
por el empedrado, y otros tratando de sacar de un bache su silla de ruedas.
Pero siempre hay alguien que se acomide, que quiere ayudar. Aquí parece que lo
dejaron solo… ¿Nadie le dijo «ya párele, su salud es lo primero»? ¿Nadie le
dijo «venga, mejor apóyese en mí»? Ni los europeos, ni los mexicanos, ¡nadie! —preguntó
entre enojada y sorprendida.
Me quedé pensativo, hice memoria y, al cabo de un tiempo, le
dije:
—Nadie.
Su reflexión me hizo revisar el silencio de mis jefes, que
siempre consideré una deferencia hacia mí y un reconocimiento a mi capacidad.
Pero ¿por qué nadie me ofreció un buen contacto, ya fuera en el ISSSTE o en el
IMSS, o alguna recomendación de sus médicos privados? Citlali me hizo repensar
esa parte del pasado, pero a estas alturas de la vida ya no había nada que se
pudiera hacer.
—Me contó un día que tenía
unos colaboradores jóvenes, un chico y una muchacha, que lo apoyaban mucho,
según. ¿Ellos qué? ¿Tampoco le ayudaron con ese problemón que traía encima?
—Te vas a sorprender de mi respuesta, pero la respuesta es
que sí, a su manera. Me hubiera molestado con ellos si me hubiesen dicho algo.
Nunca quise reconocer que estaba parcialmente lisiado y jamás había utilizado
esa palabra hasta hoy que platico contigo. Alguna vez, en Bruselas, un guardia
me quiso impedir la entrada a un restaurante con mi vaso de agua; la chica le
echó unos ojos de fusil, de esos que solo las mujeres saben hacer, y me dejaron
pasar. «Te reservé un cuarto cerca del elevador», me decía, como en plática
casual. Además, cuando yo ya no podía hablar más, ella tomaba el micrófono y
terminaba lo que yo estuviera diciendo. El chico es el que se quedaba en
México. Fue el que hizo todo el trabajo que a mí me hubiera tocado hacer —un
trabajo también muy pesado, complicado, sobre la comercialización del frijol— y
siempre fue leal conmigo, hasta el final, cuando encontró su propio camino a
finales del sexenio de Zedillo…
—¡Qué gran trabajo en equipo!
Yo quiero saber más de esa chica, la que iba con usted a las negociaciones…
—Uno de los fallos más humanos es pensar que el mundo gira
alrededor de nosotros. Una chica joven se puede enamorar, ¿cierto?, sin
descuidar su trabajo. El jefe de uno también se puede dar una segunda
oportunidad si en el primer matrimonio no le fue bien, ¿cierto? Y aunque
parezca telenovela, ese jefe y esa chica se pueden enamorar, ¿cierto?
—¿Qué dice? —Citlali abrió
los ojos como platos—. No me diga que esa chica y su jefe fueron novios…
—Sí, y terminaron casándose en una boda superelegante en
Acapulco.
—Ya nada más cuénteme, para
completar el chisme: ¿usted cuándo se enteró de ese amor? —Por el tono de
su voz, me pareció que la historia que de verdad le interesaba conocer era esa.
—Unos meses después. Cuando ya todo había terminado.
Noche 39. Cuba
—¿Por qué
nunca me pregunta nada de mi vida? —quiso saber Citlali apenas entró.
—Será por mi egocentrismo —contesté
sin mucho dudar.
—Sigamos con
su vida, entonces —dijo ella, resignada.
Al final de la negociación con la
Unión Europea me dediqué a recopilar en un libro que publicó el IICA (Instituto
Interamericano de Cooperación para la Agricultura) los temas de política
pública que trabajamos durante el sexenio de Zedillo, por si alguien lo quiere
consultar.[9]
El trabajo era mucho menos presionante que antes. Un día, un joven ingeniero
que trabajaba con nosotros, quien daba mantenimiento y reparaba nuestras
computadoras y redes, me fue a ver a la pequeña sala de descanso que se había
convertido en mi oficina.
—Mira, jefe, disculpa el
atrevimiento, pero me llegó este folleto informativo de un centro en Cuba que
se especializa en los trastornos del movimiento. El próximo viernes vienen los
médicos de allá a dar unas conferencias. A lo mejor te interesa ir.
Entré a la Embajada de Cuba en
México, ubicada en la avenida Presidente Masaryk. Es un edificio moderno con
una explanada amplia al frente, con algunas fuentes o espejos de agua. Crucé el
área de recepción hacia el salón de conferencias, y el efecto visual fue
impresionante: dos retratos monumentales acaparaban toda la atención, uno de
Fidel Castro y el otro del Che Guevara. Era una señal clarísima de que entraba
uno a un mundo desconocido: el llamado campo socialista. Hablaron algunos
neurólogos y no dijeron mucho más de lo que ya sabía; pusieron algún énfasis en
que sus tratamientos eran multifactoriales, incluyendo farmacología, terapia
física, relajación y algunas técnicas experimentales como la acupuntura.
Algunos directivos del Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN)
hablaron generalidades sobre la institución. Colocaron algún instrumental
quirúrgico en el podio, lo cual no me impresionó e incluso me pareció fuera de
lugar.
No me generaron grandes
expectativas sus charlas y, al final, pidieron a algunos pacientes que se
habían tratado en ese centro que narraran su experiencia. No fueron elegidos al
azar, y todos relataron una vivencia positiva. Un muchacho joven, en silla de
ruedas, habló de su accidente y del tratamiento que recibió en Cuba en términos
que no recuerdo; concluyó diciendo que la estancia allá le había resultado
placentera por los motivos tales y cuales, y remató:
—Gracias a Cuba, hasta novia tengo.
Yo había estado en la isla en mi
época universitaria y sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo. Mi
madre me acompañó a esa charla y ella se quedó con una buena impresión, o eso
me dijo, pues siempre fue un pilar en esta lucha y siempre trató de encontrar
alternativas que nos devolvieran el optimismo. Mi impresión fue que tal vez
convendría explorar lo que hacían los cubanos, sin estar muy convencido. El
comentario final del joven de la silla de ruedas y mi viaje anterior terminaron
por convencerme. Yo venía de una batalla diaria por sobrevivir a la jornada
laboral y a las exigencias de mi puesto, y no hubo prácticamente ningún espacio
para socializar y mucho menos para encontrar pareja. Mi desfogue eran las
visitas ocasionales a algún table dance o un establecimiento de giro
parecido que, por cierto, por mis posturas, podía disfrutar cada vez menos. Al
poco tiempo partimos a Cuba, mi madre y yo.
—Dice que lo
acompañó su madre a esa charla —me interrumpió Citlali—. Hasta ahora la
menciona por primera vez desde que se enfermó. ¿Ella qué le decía? ¿Cómo le
ayudó?
—Tienes razón. Es una omisión
imperdonable. Desde niño mi madre me decía que yo era un egoísta, y puede ser
que haya tenido razón. Unas pocas semanas después de que aparecieran los
tirones, ella lo notó. Con ella tuve mis primeras pláticas sobre la distonía;
con ella decidíamos a qué neurólogos ver y qué tratamientos seguir; con ella
descargaba mi frustración cuando los tratamientos no daban resultados. Un día,
muy al principio de toda esta historia, me dijo: «Súbete al estudio, ahí ya
tendí tu cama». Me costó trabajo decidirme a dejar la casa de Cuajimalpa; una
vez que uno sale de la casa de los padres es difícil volver a ella. Varias
semanas me quedé en ese sofá cama que me había preparado al ras del suelo; viví
como en campamento, hasta que una noche me trepé a la cama que había al lado y,
desde entonces, volví a vivir en casa de ella. La de Cuajimalpa nunca la quité,
pues siempre viví con la esperanza de que regresaría.
—¡Qué triste!
Haber hecho esa casa con tanta ilusión para después dejarla vacía —dijo
Citlali.
—También se quedó estacionado ahí
el carro deportivo gris durante muchos años. De vez en cuando iba a echarlo a
andar…
—Se me figura
como una película de la explosión nuclear de Chernóbil, o las del ébola, donde
de pronto la vida se detiene y todo queda abandonado.
—A veces iba a visitar mi casa. Me
pasaba el día completo leyendo y trabajando en el jardín. A falta de una
pareja, la mejor compañía que he tenido en la vida son mis espacios:
Cuajimalpa, el departamento en la colonia Juárez, la biblioteca de este cerro
en la que estamos… Partimos a Cuba, mi madre y yo. Me internaron en el CIREN,
en el pabellón de los trastornos involuntarios del movimiento, donde se
alojaban mayoritariamente los parkinsonianos y, rara vez, algún distónico como
yo, que éramos mucho menos frecuentes. El pabellón correspondía a lo que en
otras épocas había sido una calle residencial: había unas plumas de acceso en
cada uno de los extremos y los pacientes nos alojábamos en las llamadas
«villas», que fueron en su momento casas-habitación.
Los cuartos eran amplios, con un
mobiliario sencillo. Había una sala para la convivencia de los pacientes y un
comedor en el que compartían los alimentos enfermos y acompañantes. Es decir,
lo que fue una casa familiar, con la misma distribución y usos diferentes,
producto del cambio revolucionario. Todo era un poco extraño. Los nombres de
las enfermeras, por ejemplo: muchos comenzaban con ye, como Yania, Yamaris o
Yurisleidis; otros tenían su origen en novelas o en la Biblia, pero todos eran
únicos y creo que irrepetibles. El primer amanecer entró a despertarme una de
ellas:
—Apúrate, te tienes que alistar, ya
viene el pase de visita.
«Enfermera igualada», pensé, pero
pronto me acostumbré a que en Cuba todos son «tú» y nadie es «usted». En eso
entró un grupo de unas ocho personas encabezado por un señor de edad mediana,
pantalón vaquero, camisa a cuadros y una bata no muy blanca.
—Es un paciente mexicano de
cuarenta años con distonía cervical, usa unos trucos sensoriales para
controlarla, toma tales fármacos… —los demás asintieron, alguno preguntó algo y
se retiraron.
—Eso que dijeron ya lo sabía —le
dije a la enfermera, algo molesto.
—Sí, pero los demás no.
Luego me explicaron que así
funcionaba el pase de visita, que incluía a estudiantes y varios neurólogos del
centro, que pasaban a vernos como «estudios de caso». Al menos fue lo que
entendí. «Es la escuela francesa de medicina», me aclaró alguien.
—No me
gustaría tenerlo nunca de paciente —dijo Citlali—. Las enfermeras
también se cansan. Hay turnos que duran toda la noche y agréguele tener que
soportar a un paciente malhumorado, gruñón o a uno que se quiera hacer el
gracioso.
—Pues a mí sí me gustaría que
fueras mi enfermera, para decirte por las mañanas que me cuidó una estrella.
—¡Ya vio! Ni
siquiera son originales —reviró, haciéndose la enojada.
—Está bien, Citlali, con que me
sigas rapando y me retires «las nieves del tiempo… que blanquearon mi sien».
—Oiga —gritó
emocionada—, eso sí estuvo mejor… «sentir, que es un soplo la vida, que
veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca
y te nombra…» —y se siguió tarareando el tango de Gardel.
Días después, cuando pasó un
neurólogo a verme, me hizo las preguntas típicas de las que ya estaba harto, me
aumentó la dosis de un fármaco que ya tomaba y me explicó sus teorías sobre la
plasticidad cerebral y los programas motrices, que serían correctas, pero no
veía yo cómo me podían ayudar. Me canalizaron con un fisioterapeuta, un negrito
bastante simpático que me ponía a hacer lagartijas acostado en el césped,
abdominales y otros ejercicios.
—¿Para qué me van a servir? —le
pregunté.
—Para fortalecer el tronco y que el
cuello no cargue con todo el peso, mi socio.
Me mandaron con la podóloga:
—¿Y eso?
—Para que cuando camine no vaya a
tener molestias.
—Perfecto, ¿y cuándo me pondrán a
caminar?
—Tranquilo, que eso después, con
otro especialista.
Me mandaron a que me pusieran
agujas en su centro de acupuntura para que me relajara. Me mandaron con la
psicóloga, quien me detectó síntomas de ansiedad, depresión y déficit de
atención.
—Vaya sorpresa —le dije.
—Sí, pero es importante saberlo con
precisión.
Me programaron unas resonancias
magnéticas; una vez se canceló porque el equipo estaba «roto», pero
curiosamente al día siguiente sí funcionó. La primera semana de tratamiento
pintaba para un desastre absoluto. Y lo que más me molestaba: cada vez que llegaba
un nuevo especialista, me ponían a caminar con mi vaso de agua para que
pudieran ver cómo funcionaba el truco sensorial.
—¡Ahora sin el vaso de agua!
«Como si fuera tan fácil», pensaba.
Los domingos no había actividad en la clínica. Fuimos con mi madre al centro de
La Habana a pasear. Iba con todas mis dificultades para caminar, pero era
necesario salir del CIREN a cambiar de aires.
—Esto del CIREN es una tomadura de
pelo —le dije—, regresémonos a México.
Mi madre me comprendió, pero me
pidió hacer el esfuerzo de quedarme una semana más. A regañadientes acepté.
Así eran mis días: fisioterapia dos
veces al día, por la tarde sesiones de relajación con la psicóloga y, algunas
veces, el tratamiento con el ozono; más las pastillas que me administraba la
enfermera cada mañana. Mi madre siempre tuvo don de gentes y una gran facilidad
para relacionarse: pronto se hizo amiga de las enfermeras, de otros pacientes y
sus acompañantes, y hasta del técnico pantrista —que así se hacía llamar el que
calentaba la cena en el horno de microondas—, así que siempre tenía novedades
para contarme al final de esas largas y aburridísimas jornadas.
Un día, mientras le contestaba a la
psicóloga unas preguntas muy bobas sobre las figuritas que salían en la baraja
que me iba mostrando, entró al consultorio sin avisar un tipo moreno, barrigón
y con una sudadera a rayas. Sacó un llavero y me ordenó que mordiera una de las
llaves.
—¿Este tipo quién es?, pregunté a
la sicóloga.
—Soy defectólogo —intervino él.
—Ah, sí —le dije con sorna—, ¿y
como qué defectos corriges?
—Todos.
Le dije a la psicóloga que le
pidiera a esa persona que se retirara, y seguí contestando las preguntas sobre
las figuritas con evidente mal humor.
—Mal, muy mal
ese tipo y la psicóloga —sentenció Citlali—. No respetaron mínimamente el
protocolo de atención.
—Ya después me enteré de que eran
pareja. Al día siguiente, en el pase de visita, el neurólogo jefe me explicó
que la persona que había entrado era su mejor terapeuta para los trastornos del
movimiento; que era gente de campo y que comprendía mi molestia, pero que le
diera una oportunidad. Ese día comenzó a darme terapias dentro de mi
habitación. Me sentó en la silla, me empujaba los hombros, me torcía el cuello,
me jalaba la espalda… Mis músculos no se dejaban vencer, también jalaban y
empujaban. Al término de la sesión terminó empapado de sudor y comenzó a
explicarme. Mis hombros estaban terriblemente desalineados uno con el otro, uno
mucho más arriba y más adelante que el otro. Así, tan desalineados, no se podía
caminar. «Qué trabajo me dan esos músculos; se resisten a la presión que les
hago. Los tenemos que fatigar primero para después tratar de que retomen su
posición», me decía.
El esfuerzo que hizo el tipo, así
como su explicación, comenzaron a hacerme sentido. Al día siguiente fue lo
mismo, con algunas variantes. Al final me dio una pipa y unos palillos; quería
experimentar con diversos trucos sensoriales, a ver cuál podría funcionar. «¡El
otro día solo llevaba las llaves, caballo!», exclamó. Después de la sesión se
quedaba a conversar con mi madre y conmigo. Nos contó de su familia, de sus
estudios en la Unión Soviética y de la llamada especialidad de «defectología»,
que tal vez era una mala traducción al español, pero resultaba una técnica muy
eficaz para llevar al paciente a utilizar al máximo sus potencialidades. Había
lisiados que no podían comer y lograba que volvieran a tragar alimentos por sí
solos; había otros sin control de esfínteres y lograba que los controlaran
utilizando otros músculos del cuerpo, aprovechando los resquicios de terminales
nerviosas que pudiesen quedar.
En fin, esa defectología me parecía
una ciencia oculta, como el tarot o la astrología, pero hacía sentido. En ese
primer viaje logramos resultados mínimos pero tangibles; aprendí, por ejemplo,
a fumar recostado en el camastro sin que se me moviera la cabeza hacia los
lados, o a estar boca arriba sin moverme, cuando antes los espasmos me
volteaban hacia los costados. Antes de regresar a México nos invitó a su casa.
«Pero vivo con la rusa. No vayan a decir que me vieron con Carlita», nos
advirtió. Se trataba de su niña de cinco años, a quien había tenido durante un affaire
con la psicóloga que me daba las terapias. La rusa se esmeró y preparó una cena
exquisita. Él sacó un acordeón y se puso a cantar; me sirvió ron varias veces y
me invitaba a tomarlo de un solo trago, junto con él. Cada vez que abría una
botella dejaba caer unas gotas al suelo, «para los santos». Intercalaba el
acordeón, los chistes, el trago y alguno que otro reclamo en idioma ruso a su
compañera que no podíamos comprender.
Noche 40. Barra Estabilizadora. Tecnología Cubana
—¿Oiga, y en
Cuba también se hablaba en náhuatl? Citlali parecía gozar de la pregunta, a
sabiendas de que era absurda, y añadió: -Para que se hubiera entretenido
aprendiéndose más palabras.
—¿Creerás que sí? Solo me aprendí
tres. Maíz, hamaca y canoa. Comida, siesta y paseo…le dije con mucha autoridad.
—¿A poco?
—Si. Pero grábatelo bien. Son del
idioma taíno, que es lo que hablaban los habitantes del Caribe antes de que
llegara Colón.
Hacia el final de mi estancia en el
CIREN, llegó un día mi doctor muy excitado, con unas barras de aluminio en la
mano. Dos eran postes laterales, sobre los que se colocaba un travesaño, a
manera de portería. Los instaló en una mesa de madera que jaló del comedor. En
posición de sentado, mi cabeza quedaba a la altura del travesaño de aluminio,
que estaba forrado con un hule espuma. —A ver, apoya la cabeza ahí. Lo hice. Sube
y baja los hombros. Despega tu frente ligeramente de la barra. Y ahora toca el
tambor con ambas manos. Estaba maravillado. Con mi frente apoyada en la barra,
podía hacer una cantidad de movimientos que antes me estaban vedados. A partir
de ese momento dejé de comer acostado. Me senté frente a mi escritorio
improvisado a garabatear cualquier cosa. Otro día me llevó un pirógrafo para
que ejercitara mis habilidades prácticas. Después de un rato me cansaba la
barra, pues la tensión bajaba por la espalda, pero al descansar tirado en la
cama, lo que ansiaba era volver a sentarme en mi barra, a hacer cualquier cosa,
lo que fuera. Fue un día de mucha felicidad. Días después colocó un espejo
frente a mi. Me hizo girar el cuello en varias direcciones, deslizando la
frente sobre la barra. La idea es que el espejo me brindara retroalimentación
sobre los movimientos, para que observara lo que hacía. —¡Ya levantaste el
hombro, coño! Ese hombro no tiene jugada. —¡Para que tuerces la boca! No pongas
el “doble feo”, con uno es más que suficiente. —El hombro para atrás, alineado.
¡No te hagas el mexicano! A veces sus bromas me caían pesadas, pero me
aguantaba. Normalmente, interrumpíamos la sesión después de un rato, y mi madre
le servía un Nescafé con coffee mate que llevó de México, y que a él le
parecía absolutamente delicioso. Retomábamos la sesión, a tratar de hacer los
mismos ejercicios de pie, sin ayuda de la barra, y algo lográbamos, pero poco,
el cuello seguía empeñado en darse de tirones.
No dejé de ir al gimnasio con el
fisioterapeuta Alexis. Era una edificación grande, amplia, equipada con algunos
aparatos tradicionales, pero destacaban varias “paralelas” de madera en la que
muchos pacientes se entrenaban para volver a caminar. Afuera, el jardín era
enorme, con hermosos árboles tropicales, pues perteneció a la mansión de
quienes fueran los dueños de la “Bacardi”, antes del triunfo de la Revolución. Tendíamos
una colchoneta en el césped y hacía los ejercicios que podía; algunos
estiramientos, abdominales, movimientos circulares de manos y pies, entre
otros.
-Por cierto, Citlali, diles en tu
escuela que por favor les enseñen a los fisioterapeutas a hablar bien en
español.
-Y ahora nosotros
¿qué hicimos?
-Hablan como apaches. Subir
hombros…Girar cabeza…Levantar brazo…Doblar rodilla.
-Si será…Las
órdenes deben ser cortas, directas y sonoras. O que quería: Levante por favor
su brazo, si fuera tan amable..
No llegaba a ser un ejercicio
cardiovascular, pero ayudó mucho, no solo a la circulación de la sangre en un
cuerpo que ya casi no se movía, sino también en el estado de ánimo. Me sentaba
bien la respiración agitada después de algún esfuerzo. Son los pequeños logros
diarios que aun cuando no cambian el panorama general, ayudan mucho al paciente
a seguir adelante. En ese jardín, no muy bien cuidado, pero naturalmente
hermoso, también entrenaban a las pacientes con lesiones de columna vertebral.
Recuerdo a una chica joven que le meneaban la cadera de una manera que parecía
grotesca, para estimular algunos nervios que le permitieran mejorar el control
de esfínteres. El terapeuta Alexis me daba las explicaciones, siempre con un
enorme respeto hacia los pacientes. Un día, a la salida, vi a varias chicas
jóvenes, todas ellas en sus sillas de ruedas, esperando a una ambulancia
especial que las llevaría a su respectiva villa. Una de ellas, jovencísima, con
un rostro hermoso, me partió el alma. Lisiada de por vida. Esos contrastes en
el jardín de las fisioterapias se me quedaron muy presentes en la memoria por
muchos meses más. Imposible saber lo que puedan sentir otras personas, pero en
mi caso, fue un recordatorio crudo para no olvidar que uno debe estar
agradecido con la vida. Aunque esté uno en el sótano, siempre hay otros
peldaños hacia abajo.
Algunos casos los comentaba con mi
doctor, durante nuestros recesos. El veía ese tipo de casos a diario, así que comprendía
todo ese dolor. — ¡Ni te imaginas los dramas de las parejas de los
accidentados, caballo! Me tocó darle terapia a un joven recién casado. Fractura
de columna en la primera cervical. Deberías ver la cara de angustia de la
esposa. Me fue contando como ella se fue abriendo, narrándole su tragedia, sus
sueños despedazados… el tono de mi doctor fue cambiando, desde la tristeza y la
compasión al tono jocoso, cuando llegó al punto en que me contó cómo le dio una
terapia a ella…
Una mezcla peligrosa: Tantos conocimientos anatómicos y sicológicos en
manos de ese indómito personaje
tropical.
—Una debe ser
empática con el paciente y sus familiares; es lo que marca el protocolo,
interrumpió Citlali. Pero siempre se debe mantener una distancia para no sufrir
la “fatiga por compasión”. Ahora, lo que hizo su médico… se sale de cualquier
manual.
Volví a México. Mi madre me mandó
hacer tres juegos de barras de aluminio, estas muy bien hechas, con la altura
ajustable para distintas posiciones de cabeza y altura de sillas, y perillas
que se manipulaban en la dirección correcta. La barra que me hicieron en Cuba
se desenroscaba en una dirección de un poste y en una diferente en el otro,
pues el doctor se tuvo que ajustar a lo que encontró en el almacén de CIREN,
donde había una mezcla de piezas de manufacturas soviética y occidental.
-En Cuba para todo nos la tenemos
que ingeniar, me explicó un día mi médico. Con mi barra, mi trabajo se volvió más
fácil. En aquellos años, ya cerca del final del año 2000, aprendí finalmente a
utilizar una computadora y a navegar por internet. Tenía más de cuarenta años
cumplidos. Tan pronto como pude, volví a Cuba, por segunda y última vez al
CIREN. Durante los viajes subsecuentes, a casas particulares.
Mi madre me acompañó de nuevo en
ese segundo viaje. Ya sabíamos lo que nos esperaba, así que todo resultó más
agradable. Ambos teníamos gran confianza en el médico y expectativas de que
pudiera mejorar. La rutina fue similar a la primera visita. Una tarde, entró
intempestivamente el doctor al cuarto, y me preguntó que si tenía una correa.
Solo tenía la de mi pequeña mochila de mano, y se la di. - Ahora necesitamos un
pedazo de “velcro” (cierre de contacto). No sé de dónde sacó uno mi madre. Enganchó
la correa a la una faja tipo cinturón, y la otra punta a una gorra beisbolera. —¡Listo,
caballo! A caminar.
No dábamos crédito mi madre y yo. —Es
la barra móvil, nos gritó, con mucha alegría. Yo apoyaba la cabeza al frente;
la gorra hacía la resistencia con la correa que iba por la espalda, y que
estaba sujetada al cinturón. —Camina al frente, hasta la pared. —De regreso. Di
mil vueltas en esa pequeña habitación. Con ese artefacto casero, podía caminar.
Adiós a los vasos de agua, al bastón donde apoyaba la barbilla… Esa gorra con
correa era mi libertad. La alegría fue indescriptible.
Ese fue el gran quiebre en el
tratamiento de mi distonía. ¡Podía caminar! Aún así, fueron muchas sesiones
dónde me mostraba como tenía que balancear los brazos, no solo por estética,
sino por funcionalidad. — ¡Caminas como tabla, caballo, pareces un ropero que
se mueve! El braceo mueve los hombros e impide que se tensen. La instrucción sonaba fácil, pero nunca logré
ejecutarla bien. Practicamos muchas horas, frente a un espejo que colocaba al
final de un pasillo, para la retroalimentación. Ni así. Pero caminaba y nos
regresamos a México felices, con la tecnología cubana recién adquirida. Ni en
Estados Unidos, ni en Alemania, se les había ocurrido una prótesis tan
funcional. Y ni qué decir del precio…
—Todo este
relato me parece tan increíble… tan fantasioso, pero a veces me parece real. Hay
veces que el hierbero del mercado cura enfermedades que los médicos no pueden.
Y en otros casos, los hueseros curan con una sobada… Pero me quede pensando en
otra cosa, dijo Citlali.
—Le da mucho
mérito a su doctor, que sin duda lo tiene, pero veo que el mérito mayor fue de
su madre. Sin ella Usted se hubiera regresado a México hecho un energúmeno,
después de otro fracaso. Si se quedaron fue por ella. Y siento que fue gracias
a ella que ese doctor le puso tanto interés a su caso. A veces una tacita de
café, o un vasito de atole, abre las puertas y gana las simpatías.
—¡Qué bueno que lo mencionas!. Ese
café que preparaba mi madre pudo haber sido lo mejor que le pudiera haber
pasado a mi doctor a lo largo de todo un día. Todo lo que debió sufrir mi madre…
y en eso noté que se me quebró la voz. —Porque ella ahora ya no está, alcancé a
decir.
—No se ponga así…ella
sí está. Está en cada paso que da. Ella fue su "tanque estabilizador".
Sin ese café y sin su terca esperanza,
usted hoy no estaría aquí contándome esto.
En México conseguí un muchacho que algo sabía
de terapia física pues estuvo un tiempo ayudando a su cuñado que era boxeador.
De los buenos, de Tepito. Con él hacía largas caminatas por la segunda sección
del bosque de Chapultepec, y los fines de semana, nos íbamos a los bosques del
Desierto de los Leones. Llevábamos a los perros de la casa, que gozaban de esas
caminatas más que nosotros, y nos alegraban el día. Me daba algunos consejos
sencillos pero lo principal es que me animaba para mis caminatas y para mis
jornadas diarias de ejercicios en la barra (cuello izquierdo derecha, arriba
abajo, fatigar hombros, todo eso). Me regaló un chaleco con plomo adentro, es
decir con sobrepeso, como con los que entrenaba su pariente el boxeador. Era
para fatigar más los músculos. Al siguiente viaje lo llevé conmigo a Cuba.
Noche 41. Noches Habaneras
—La noche no es una franja de
tiempo vinculado al paso del sol —le dije ese día a Citlali—. En un contexto
como el nuestro, trepados en este cerro, es momento de meditación y
reencuentro; en otro, es bullicio; también es, desde luego, el tiempo de dormir.
—O todo al
mismo tiempo —añadió Citlali, en tono juguetón—. ¡Si yo le contara cómo
estuvo anoche la fiesta de mi prima…! Pero mejor siga con su reflexión.
Por las mañanas hacíamos una larga
caminata, de por lo menos una hora, por las calles de uno de los barrios
populares de La Habana, lejos del turismo. Nos hospedábamos en una casa
particular, donde nos rentaban un cuarto, cerca de la casa de mi doctor. Luego
íbamos a casa de él, a la terapia, en un patio sombreado en la parte posterior.
Por la tarde noche dábamos alguna otra vuelta, y por lo general lográbamos
hacer contacto con algunas chicas. Al principio les invitábamos un refresco o
algún helado, pero ya después nos fuimos dando cuenta de que ellas siempre
querían algo más. No tardamos en descubrir que un gran número de chicas en esos
barrios de La Habana, se dedicaban a lo que se conoce como “jineterismo”;
es decir, entregarse a un extranjero a cambio de cierta cantidad de dinero.
El régimen cubano ya ha sido
juzgado y condenado, digamos que por la historia. ¿Por qué lo hacen esas
chicas? ¿Qué las mueve? Yo no vi hambre. Incluso me pareció que se vestían sencillo,
pero siempre con buen gusto, con cierta coquetería. Mi impresión es que la vida
allá era bastante monótona, con ninguna novedad en la vida diaria. Siempre los
mismos productos en las tiendas, siempre el mismo noticiero con los mismos
temas, siempre la misma telenovela, ninguna expectativa de viajar, ninguna
expectativa de ascenso social por la vía de los estudios o la superación
personal. — ¿Le parece bien, me dijo una vez una doctora, que mi hijo de doce
años, quemando discos de música, gane tres veces más que yo, que tengo
especialidad? — Me podría perder en
disquisiciones sociológicas sin resultado alguno. Digamos que los turistas
éramos una de las principales fuentes de ingresos del régimen cubano, y esas
chicas, sin futuro, decidieron reclamar su parte y correr su aventura. Yo solo
puedo ser narrador de mi propia historia.
Mis últimos tres o cuatro años,
seriamente limitado por la distonía, habían sido de un encierro casi total. Y
mis últimos quince años, habían sido de un ritmo de trabajo vertiginoso,
exigente y brutal. De pronto estoy en el vestíbulo de un hotel en La Habana,
con mi “socio” fisioterapeuta, sin nada que hacer, y pido una ronda de mojitos,
y luego otra, mientras escuchábamos la canción por entonces tan de moda del “comandante
Che Guevara”, y entonces aparecen unas muchachas guapas, y que nos saludan, y que
son agradables, y que son estudiantes, y que nos hacen caso… El tiempo perdido
nunca se recupera, pero al menos se hizo el intento… Ahí en Cuba logré darle al
cuerpo lo que por tantos años le había sido negado. Con el tiempo, fuimos
perfeccionando nuestras rutinas y nuestras metodologías, a la par que seguía
mis tratamientos con el doctor.
Mi gorra no me la quitaba para
nada. Era lo que me permitía mantener erguida la cabeza en posición de
sedestación y bipedestación. Pasé muchas horas, con mi doctor frente al espejo,
tratando de mejorar el control motriz. «No seas ansioso —me decía—. Si sientes
que viene un tirón, haz una pausa, llévate una mano a la barbilla; hay muchos
gestos normales que la gente hace…» Por momentos lo lograba, pero el avance era
mínimo. Entonces fue que le dije: —Mira, ya no me interesa tanto controlar el
cuello. Lo único que me interesa es que me arregles el audio—…
Ese era el gran tema. Con mi gorra
podía yo desplazarme a cualquier lado, así me viera un poco raro con un
cinturón vertical en la espalda. Lo que sucedía, es que al apoyar la cabeza en
la gorra, se contracturaban los músculos de la garganta, y me costaba muchísimo
trabajo articular las palabras. A veces me entendían, a fuerza de repetir y
repetir. A veces tenía que ayudarme con las manos para alzar la mandíbula y
poder hablar. No había mucha alternativa, más que seguir con los mismos
ejercicios frente al espejo, para tratar de restaurar los procesos cerebrales
que la distonía había dañado. Esa era la premisa de trabajo de mi doctor. —Caballo,
le dije un día, un poco en son de broma—, no puedo creer que no puedas arreglar
el audio… —Caballo, soy médico, pero no soy Dios.
Por aquella época, el audio era mi
mayor problema, y lo sigue siendo aún. La gorra con la cinta la dejé de usar
hace algunos años, el audio ha mejorado un tanto, pero para conversaciones
largas tengo que tenderme en algún camastro, sofá, o hamaca.
Estoy de vuelta en La Habana.
Manejo un pequeño vehículo japonés que alquilé por las tres semanas que durará
mi estancia. Tengo un pequeño departamento en una casa con una gran huerta de
bananos al frente. Por las mañanas va mi doctor a la terapia. Por las tardes tomo
el carro y salgo a “ruletear”. Ya conozco los horarios de las salidas de las
universidades y de los tecnológicos. Sé a qué hora no hay nadie en las avenidas
bajo los rayos inclementes del sol. Sé cuáles son los cruceros donde hay más
chicas pidiendo “botella”, o aventón. Sé cómo actúan en grupo, y cómo se
comportan cuando van solas. Casi nunca me falla la hora de la salida de la
Escuela de Gastronomía, sobre la Quinta Avenida. No tengo mucho que hablar. La
chica me dice a dónde va. Yo siempre voy hacia allá, donde iba ella. A veces la
dejo en su destino y me agradece. Vuelvo a lo mío. A veces alguna chica dice
estar aburrida, la invito al departamento, ponemos música, disfruta de los “ipod”
que por aquel entonces no había en Cuba, se relaja en el aire acondicionado,
que es un lujo que pocos tienen, y ya después, me toca relajarme a mí. Siempre
con mi trago de ron al lado. En la casa puedo charlar más, y hacer algunas
bromas. Las chicas no llevan prisa en esas largas tardes habaneras. No importa
que caiga la noche. Yo las llevo de regreso; las dejo a una o dos cuadras de
sus casas, para prevenir a los vecinos chismosos. Después de tres semanas de
este tratamiento, puedo regresar a México, relajado y tal vez hasta dichoso. Esas
andanzas en La Habana como un verdadero regalo de la vida.
—Y qué,
intervino Citlali, ¿nunca se enamoró de ninguna? Tanto va el cántaro al agua,
hasta que se rompe…
—No te lo sé decir. Creo que nunca
he conocido lo que es el amor. Lo conozco por los libros; aparece en casi todas
las novelas que andan por ahí. Por eso aprecio tanto la literatura marginal, y
no sé si la novela de Kawabata corresponda, pero mis sentimientos van más por
ahí…
Citlali me veía desconcertada, como
si le hubiese hablado en japonés.
—¿Cómo
que nunca ha estado enamorado?
—Exageré, —respondí, y le conté una historia. Una noche,
iba con el dueño de la casa donde me hospedaba, en su vehículo Peugeot. Lo
conocían como Mario el Marinero, pues había sido jefe de máquinas de una de las
embarcaciones transatlánticas que cruzaba el Atlántico antes del derrumbe de la
Unión Soviética, por eso tenía el privilegio de poseer un carro. Sus esperanzas
de volverse a embarcar algún día se desvanecían con el tiempo, así que se
dedicó de tiempo completo a manejar su auto que, bien trabajado, era una
pequeña mina de oro. Por las noches iba a cargar petróleo a un depósito oficial
donde se lo vendían por la «izquierda» a un costo reducido. Ahí íbamos, entre
el Hotel Habana Libre y los Helados Coppelia, cuando divisamos a una muchacha
de muy buen ver: de buena estatura, delgada, cabello rubio, con pantalones
negros ajustados, una blusa roja llamativa y una gorra beisbolera que portaba
con la visera hacia atrás. «Soy Dailin, —dijo con una sonrisa, de esas que
enamoran. — Súbete, Dailin, vamos con mi socio a dar un paseo.» La llevé a mi
departamento, en el piso superior de la casa de Mario el Marinero, al que
accedía por una escalera exterior de hierro forjado, tipo navío. La chica era
risueña, de sangre ligera, y la pasé sensacional.
Al día siguiente, subió Mario a
invitarnos a desayunar a su casa. Todos estábamos encantados con Dailin; hablaba
poco pero sonreía mucho. La esposa de Mario el Marinero se me acercó y me dijo:
«Oiga, qué muchacha tan más linda. Le conviene cantidad.» Me sentí orgulloso de
tenerla a mi lado, y contento de la convivencia tan agradable que se había
logrado. Yo tenía un carro de alquiler, así que me fui con Dailin hacia las
Playas del Este. Iba feliz seleccionando canciones del iPod que llevaba,
las cuales escuchábamos a través de unas pequeñas bocinas externas que había
comprado. Alquilamos unos camastros, nos metimos al mar y la tarde se nos fue
volando.
Así transcurrieron varios días y
sus respectivas noches, lo cual fue para mí una experiencia nueva. Nunca había
convivido por tanto tiempo con una mujer, y tan intensamente, sin sentirme
nunca agobiado por su compañía, ni por el sentimiento de tener que atenderla,
ni por la urgencia de estarle platicando cosas para agradarla, ni comprándole
cosas. Fueron dos semanas en que fluimos en el tiempo, los dos juntos.
—Oiga —me
interrumpió Citlali—, si la recogieron así nada más en la avenida, me
imagino que no llevaría ropa para cambiarse, ni traje de baño ni nada…
—Créeme que de esos detalles no me
acuerdo. Tal vez la acerqué a algún lugar donde tendría sus cosas, tal vez le
compré algo en algún bazar o tal vez la esposa de Mario le prestaría algo de
ropa, o alguna de sus hijas, que eran más o menos de la misma edad…
—¿La hija de
su amigo de la edad de ella?
—Pues sí —tuve que reconocer algo
apenado. Por salir de una pregunta ya me había embrollado más.
Tuve que explicarle a Citlali que
en Cuba todo es diferente, y que esa diferencia de edad allá no era para
escandalizar a nadie.
—No me
convence —me replicó—. Pero cuente, ¿qué más pasó?
—Una mañana me dijo Dailin que
tenía que irse para su ciudad, a Holguín, al oriente de la isla. Me tomó con la
guardia baja; le dije que sí, me dio un papelito con su número de teléfono fijo
de allá y se fue, o tal vez la llevó Mario a algún lugar. Por aquellos días ya
me tocaba regresar a México, y regresé feliz a mi oficina a conversar con mis
colaboradores y amigos de mis aventuras y de mi conquista. Pocos meses después
volví a Cuba y tomé un vuelo para Holguín. Me esperaba Dailin en el aeropuerto.
La vi muy delgada; igual de hermosa, pero muy delgada. Quise llevarla a cenar,
a tomar algún helado, pero a nada accedió. «Vamos directo a la posada», me
pidió. Me explicó que no podía salir a la calle, que la podían ver, que la
vigilaban… Nunca supe quiénes ni por qué. Estuvo ansiosa toda la noche. Al día
siguiente nos despedimos y nunca más la volví a ver.
—¿Qué hizo?
Era para que hubiese insistido más, si tan bien la pasó con ella —sentenció
Citlali—.
—Toma en cuenta que yo operaba en
un país desconocido, con un sistema socialista del que todos tenían miedo y
cuyas reglas no estaban escritas en ningún manual. Hoy, al recordarlo, creo que
debí haber hecho algo más. Pero después de esas semanas con Dailin, y ya un
poco más recuperado de mi distonía, me sentía el rey del mundo… Tan solo había
que pasar unos meses en México para recargar las pilas y volver a Cuba.
—Para mí que
entonces sí se enamoró, aunque lo niegue —concluyó ella—. Más triste
aún.
Meneó la cabeza en un gesto de
desaprobación.
Noche 42. Por un Puñado de Plata
—Oiga, me
quedé con una duda el otro día —dijo Citlali después de saludar—.
Durante esos años que viajaba a Cuba, ¿seguía trabajando? ¿Y de dónde sacaba
dinero? Por barato que haya sido todo, no cualquiera se puede dar todos esos
lujos.
—Trabajé unos años más y después me
jubilé, por decirlo de alguna manera…
Terminó el sexenio de Zedillo. Por
primera vez había perdido el PRI la elección presidencial; ganó Vicente Fox y
prometió grandes cambios. Creo que al final no hizo muchos, pero, al menos en
su gabinete, metió a pura gente nueva. Fue curioso. El nuevo secretario, cuando
lo vi la primera vez, me dijo: «Yo a ti ya te conozco». Me desconcertó el
saludo, y de inmediato me aclaró que me había escuchado en una de las muchas
charlas que di para dar a conocer el TLCUEM. Me trató bien, pero la realidad es
que tuve algunas dificultades para acomodarme con los funcionarios de su
equipo: medio me hacían caso y medio me marginaban. Sin embargo, logré mantener
un sueldo más o menos bueno.
El trabajo no era aburrido, pero
tampoco tan movido como lo fueron los anteriores. Puede ser que, inclusive,
hubiese sido el empleo ideal: ya conocía los temas, tenía buenos colaboradores,
no era imprescindible ni me utilizaban como «chile de todos los moles». No
aquilaté lo suficiente ese trabajo por andarme fijando en lo que pude haber
sido y no fui.
Un día me llamó por teléfono un
amigo de batallas anteriores para proponerme un negocio. No me quiso decir de
qué se trataba: «En mi oficina del Pedregal te lo explico. Te vienes a comer
mañana», atajó. Llegué al día siguiente puntual a una mansión enorme, de esas
que fueron típicas del Pedregal de San Ángel; no parecían oficinas. Un ujier me
pasó a un comedor elegantísimo, con muchísimos lugares de cada lado. Éramos
pocos: mi amigo, su novia, su socio y yo. Nos sirvieron una comida de tres
tiempos acompañada de buenos vinos. Gracias a mis terapias en Cuba ya no estaba
tan lisiado como antes; podía manejar y sentarme más o menos adecuadamente en
una mesa.
Esperaba que durante el café
entráramos al tema del negocio. Se veía que mi amigo tenía dinero, y mucho. Nos
dijo que el café lo servirían en otro salón y hacia allá nos dirigimos. Subimos
un tramo de escalera y llegamos a un espacio muy amplio, con un ventanal al
frente que daba a un jardín cuidadísimo, de césped inmaculado, donde circulaban
unos pavos reales majestuosos. Había tapetes persas, sillones de cuero y
animales disecados: osos, tigres y venados. Nos sentamos mi amigo, su socio y
yo alrededor de una mesa con una shisha, ese recipiente de vidrio con agua en
la base y mangueras que permite que varias personas fumen al mismo tiempo,
símbolo máximo de la conversación pausada en el mundo árabe. Al final, soltó el
tema:
—Tú tienes un seguro médico que te
cubre por incapacidad permanente. Si sabes cómo funciona, ¿verdad? Solo te
indemnizan cuando estás en el puesto, porque lo paga el gobierno como una
prestación. Si te corren mañana, el seguro no te da nada porque ya no eres
nadie. ¿Comprendes? No es que yo crea que te van a correr, pero ¿qué tal si Fox
corre a tus jefes? ¿O si tu jefe se va de candidato a gobernador? Tú mejor que
nadie sabes cómo es la política.
La cantidad de la que hablaba era
muy tentadora. Equivalía a cien veces mi sueldo mensual antes de impuestos; ni
trabajando ocho años corridos y ahorrando todo juntaría esa suma. Pero tampoco
me parecía correcto declararme incapacitado si aún podía trabajar.
—Piénsalo —me dijo—. Mañana me
dices. Hoy tenemos los contactos para que el área de medicina del trabajo del
ISSSTE vea tu caso rápidamente. Tú puedes hacerlo solo si quieres: primero
pides una cita en tu clínica de zona —ojalá que te la dieran pronto—, después
te darán un tratamiento que ya sabes que no funcionará, después te canalizarán
con un especialista… ¿Le sigo? Lo puedes lograr, la cosa es cuándo.
—Y bueno, ¿ustedes qué ganan?
—El treinta por ciento.
—¿Qué? ¿Tanto?
—Solo es si quieres. Nosotros
también tenemos que repartir.
Me despedí. El trayecto a mi casa
era largo, como de tres cuartos de hora a buena velocidad. Fui cavilando sobre
el asunto en el camino. Cuando llegué a casa, la decisión estaba tomada.
—¡Qué fuerte!
—exclamó Citlali en voz muy baja, como asimilando el tema.
—Son momentos tan extraños… No hay
mucho tiempo para pensar y, en unos pocos segundos, uno tiene que decidir sobre
su propia vida. No razoné nada; fue una decisión que brotó de mi interior. Mi
cuerpo fue el que me dijo que no podía seguir viviendo igual.
—Eso sí —asintió
Citlali—. ¡Hay que escuchar al cuerpo!
—Volví a la oficina de mi amigo en
el Pedregal a comunicarle mi decisión. Me recibió muy cordial: «Pásale a un bar
chiquito que tenemos por acá». Era un espacio pequeño y agradable. «Te presento
a mi amigo tal, es un empresario». «Mucho gusto». Estaba encendido un televisor
mientras platicábamos de cualquier cosa, disfrutando de nuestros tragos. De
pronto, el empresario se levantó, subió el volumen del aparato y nos dijo a
todos: «Miren, ya va a conocer el noticiero de Lilly. Quiero ver si trae puesto
el collar que le regalé». Sí lo traía. No pareció darle mucha importancia y, al
poco tiempo, se marchó. Me quedé con mis conocidos. «Cuando cobres tu cheque en
la aseguradora, nosotros no vamos a entrar. Te esperamos afuera y de ahí nos
vamos al banco». «Está bien. Todo arreglado».
De nuevo el largo trayecto a casa.
Repasé la escena del empresario y del collar. De pronto me vino a la mente el
escándalo reciente que se atribuía en la prensa a la conductora Lilly Téllez,
cuyos guardaespaldas habrían agredido salvajemente a unas personas por algún
motivo poco trascendental. Sentí un ligero estremecimiento y un poco de sudor
frío. «¡Bienvenido al mundo real!», me dije.
—Mugrosas
ratas —exclamó Citlali, indignada, cuando terminó de escuchar el episodio.
Noche 43. Las Mieles del Caribe
—Hay un dicho que dice que
estábamos mejor cuando estábamos peor, le dije a Citlali a manera de saludo.
—Cuando peor estuve de mi distonía,
cuando no podía casi ni caminar, fue que descubrí las mieles del Caribe, en una
ciudad tan llena de vida como La Habana. No la vida de cartelones de neón, ni
la de restaurantes en terrazas elegantes, ni la de los conciertos. La vida. La
gente que camina, que trabaja, que sufre, que llora, que tiene
ilusiones…Estamos muy acostumbrados a llamarle vida a lo que no es. En Cuba,
sin celulares, sin internet, la vida es la convivencia con los demás, así no
haya nada que compartir, mas que la música de un viejo reproductor, o la charla
con el amigo o la vecina, sobre cualquier cosa, como por ejemplo, las
detalladísimas descripciones físicas de una persona. No voy a romantizar esa sociedad;
detrás del bullicio se esconden tragedias y vidas dolorosas. Pero en mi caso,
cuando peor estuve, fue lo que descubrí. Y aparte de todo, después de tocar el
fondo, comenzó mi recuperación.
—¿Tan mal
iba?
—En una ocasión que decidí ir a
caminar por la zona del puerto, sobre la costera, me comenzaron a seguir unos
niños, primero unos tres, luego cinco, luego muchísimos más, que me preguntaban
porqué llevaba un vaso de agua pegado a los labios, y no supe que contestar.
“Es un problema neurológico”, les daría igual mi explicación, si es que alcancé
a articularla y ellos a escucharla. Pero me seguían fascinados, como si
contemplaran a un faquir en el circo recostado sobre una cama de clavos. Hasta
ese día comprendí la magnitud de mi problema. No es solo lo que yo sentía; sino
también, cómo era la mirada de los demás.
Después de cobrar mi indemnización
no tenía nada claro lo que habría que hacer. De la Secretaría de Agricultura me
despidieron muy gentilmente, haciéndome saber cuán útil era y que esperaban
seguir contando con mis servicios, ahora a través del mecanismo de honorarios
profesionales.
—A la aseguradora que te pagó la
incapacidad le tiene absolutamente sin cuidado lo que hagas con tu vida —me
explicaron—. Si trabajas, o de qué trabajas, les tiene sin el más mínimo
cuidado.
Así que podría seguir laborando
como prestador de servicios, aunque ya no como funcionario. Con Agricultura
logré algunos contratos temporales, no muy bien pagados; conseguí algunos otros
con organismos internacionales que tenían que ver con el sector y para quienes
mi experiencia resultaba valiosa. Mi
carrera profesional había llegado a una cúspide a la que era impensable
regresar; como consultor no tenía ni currículo ni experiencia. Algo pude
cosechar, sin embargo, en esa larga cuesta de bajada.
Los primeros años, entre un
contrato temporal y otro, siempre me di tiempo para volver a Cuba. Aún me
costaba trabajo desplazarme, pero ya había logrado caminar sin la gorra y el
cinturón amarrado por la espalda. Seguía con los problemas de audio, pero con
los intereses de lo que tenía depositado en el banco no hubo impedimentos para
regresar a la isla.
—¿Por qué no te vas mejor a
República Dominicana, a Jamaica o a otro lado? —me preguntaban algunos
parientes y conocidos.
—Porque tengo que ir a ver a mi
doctor.
Mi obsesión por volver a Cuba tenía
mucho que ver con mi afición por recorrer en el carro todo el Malecón, la
Quinta Avenida, pasar por Jaimanitas y llegar a las playas de Baracoa, que eran
de arena menos blanca, menos extendidas y algo rocosas, pero con mucho sabor
por ser uno de los balnearios a los que va la gente de allá. El oleaje era
suave y el ambiente familiar, pues casi no iban turistas y no se percibía la
atmósfera libertina de otros lugares. Al regreso a La Habana, con la luz
crepuscular, iba siempre con los ojos bien abiertos para detectar cualquier
ciclista que se me pudiese atravesar y, obviamente, a alguna joven con
necesidad de solicitar transporte o lo que fuera.
Así conocí a la mamá de Evita. Ella
era una chica menuda, de tez blanca y cabello muy alborotado que, desde que se
subió al auto, me hizo reír mucho con sus ocurrencias y su forma de hablar. La
traté muchas veces, sin ningún compromiso; me daba tiempo de conocer a otras
muchachas y también pasarla bien. Su familia practicaba la santería, pero de
una manera bastante light y casi podría decir que más por folclore que
por convicción. Sus relatos de las deidades de origen africano me entretenían y
pronto me aprendí los colores asociados a cada una de ellas, la forma de vestir
de las novicias y de las iniciadas, entre otras cosas. A veces nada más íbamos
a la Marina Hemingway a tomar un helado y pasar el rato. Un día llegó con
Evita, su niña de unos cinco años, muy risueña y despierta. Paseamos algunas
veces como si fuésemos familia. Un día, circulando por el Malecón, Evita se soltó
diciendo lo que quería ser de grande:
—Yo quiero tener mucha ropa buena,
comer muchos helados y tener mi yuma para que me pasee.
Pasó la tarde y por la noche seguía
desconcertado. En Cuba un yuma es un extranjero; que Evita quisiera
tener uno… Fue una reflexión que marcó un antes y un después en mi forma de
percibir la realidad cubana. Terrible.
Regresé a México con un sabor
agridulce. Desde hacía tiempo me había dado cuenta de que en Cuba se vive en
una especie de prisión: siempre con una carencia de algo tan básico como papel
o jabón de baño; siempre con el cuidado de no hablar del régimen, ni siquiera
en privado; siempre con el miedo de tener a la policía por detrás, pues para
sobrevivir todos tenían que cruzar las líneas de una legalidad que ni siquiera
estaba bien trazada. El comentario de Evita fue como un mazazo en la cabeza.
Había visto la carencia de proyecto de vida y de futuro entre los jóvenes, pero
nunca se me había ocurrido que esa mentalidad de supervivencia en la adversidad
permeaba también entre los niños. Me comenzó a entrar un mal sabor de boca, sin
que llegara a ser una condena moral. Yo no hacía el mal a nadie… y sin embargo,
también era parte del todo. Por aquellos días dejó el poder Fidel en manos de
Raúl; se avecinaban cambios y se esperaba la entrada masiva del turismo
norteamericano. Más o menos así tomé la determinación de no volver a Cuba.
Desde el año 2006 no he vuelto.
Citlali estaba indignada con este
último tramo del relato. Le caló muy hondo la historia de la niña Evita. Pero
atinó a preguntarme, casi con desgano, temiendo mi respuesta:
—¿Y no
extraña seguir yendo para allá?
Casi le pude adivinar el
pensamiento. No podría negarle mi gusto por esos viajes; había llegado el
momento de franquearme con ella. Mi repulsión al sistema no le bastaría;
tendría que decirle que sí extrañaba, y mucho, ese «Palacio de las Bellas
Durmientes» al que nunca volví. Sí, Cuba era como ese palacio de Kawabata: un
lugar de refugio para hombres maduros que buscan recuperar una juventud que se
les escapa. Omití relatarle que después de Cuba hice muchos otros viajes a
Colombia —otra sucursal del Palacio—, con mujeres encantadoras y paisajes
esplendorosos. Tal vez algún día, si lo encuentra, le regalaré un ejemplar de
unos relatos que escribí al cumplir mis cincuenta años, Cincuentenario,
donde constan mis andanzas por allá y se narra una Historia que no fue de
amor.
—Citlali, no pienses en Cuba,
piensa en mí —le pedí—. Con la intensidad de los trabajos que tuve y con esa
distonía que me descuadró la vida, emocionalmente no crecí. Con la mente me
quedé atorado en el tiempo de mi juventud. Mi cuello dejó de responderme, mi
marcha y mi habla se volvieron difíciles y lentas. Yo tenía apenas cuarenta
años y muchas necesidades vitales. Socialmente me quedé perdido, totalmente
desubicado. Las mujeres de mi edad siguieron su vida, tuvieron sus
experiencias, sus familias, sus desengaños, todo lo que es normal. Yo no tuve
ese desarrollo. Haz de cuenta que un día me dormí con veinticinco años, apenas
saliendo del cascarón —tardíamente lo reconozco—, y amanecí después a los
cuarenta. Tengo esa fijación por las mujeres jóvenes y guapas, las que no tuve
y las que ya no tendré. Me quedé suspendido en el tiempo, si lo quieres ver
así.
—En el espejo es un hombre mayor y
en su deseo es un adolescente —concluyó Citlali—. ¡Qué cosa!
Noche 44. De Regreso con las Bellas Durmientes
Esa noche regresé de un viaje que hice a la CDMX. Citlali ya
estaba en la biblioteca, memorizando los músculos y los huesos del cuerpo
humano en preparación para uno de sus exámenes de enfermería.
—Ya necesitaba un break —me
dijo, y cerró su libro—. Cuénteme cómo le fue. Me imagino que se divirtió
mucho.
—Me gusta ir a la ciudad para cambiar de rutina. Muchas
tardes saco mi bicicleta y me voy a pasear por las calles de la capital;
siempre es entretenido. Por ejemplo, ayer me tocó un festival de las iglesias
cristianas a un costado del Monumento a la Revolución… De ahí cruzo hacia la
Calzada México-Tacuba -que ahora se llama México Tenochtitlan, y me interno por
las calles de la colonia Buenavista, muy conocidas por la presencia cotidiana y
constante de sexoservidoras. Me gusta pasar por ahí nada más para mirar, y descubrir
alguna que esté guapa. Digamos que, de diez, tal vez una.
—Vaya hobby —exclamó
Citlali—. Podría tener otro más creativo. Pero sígale, ya me dio curiosidad.
—Esas chicas añaden un toque de folclor al paisaje urbano.
Me imagino que yo también se lo añado: un adulto mayor circulando en bicicleta
de montaña de última generación. Ahora que fui, vi a una chica muy linda y me
detuve a preguntar lo obvio en esos casos, solo para tener chance de mirarla
más de cerca. La chica era una migrante venezolana, muy alegre. Le dije que
volvería; seguí dando vueltas por las calles por un rato más, pensando en ella,
en que no había desayunado, según dijo, y decidí regresar a darle algo de
dinero para que se comprara algo. «Pero han de ser arepas», me advirtió. «Lo
que quieras», le dije.
Desde ese día me entró la curiosidad de dejar el voyeurismo
y contratar a alguna. A mi edad mi libido ya está algo disminuida y, si no se
logra nada, no me importa; a las chicas mucho menos. Los días siguientes di
varios paseos, sin éxito, pero la constancia da resultados y una tarde, después
de dar vueltas sin encontrar a ninguna de mi agrado y ya habiendo emprendido la
ruta de regreso, la divisé en una esquina: alta, morena clara, pelo largo,
negro lacio, falda corta, tacones altos. No recuerdo los detalles de su outfit,
pero en conjunto se veía bien, nada vulgar. Y un detalle final que la volvía más
llamativa: sostenía un colorido paraguas para protegerse del sol.
Me acerqué. Están muy acostumbradas a que los clientes les
quieran hacer conversación, así que en fracciones de segundo hay que decidir si
uno va o no. «Va», le dije. Caminamos pocos metros hasta un hotel; no hubo
necesidad de registrarse, solo pagar, y nos asignaron una oscura habitación de
planta baja para que metiera la bici sin dificultad.
—Siga contando —dijo
Citlali, mientras un leve rubor purpúreo le encendía las mejillas.
El baño preferí no conocerlo; desde la puerta se veían
muebles corrientes y mosaicos muy básicos. Me tendí en la cama con la ropa
puesta: me dan temor los ácaros y la plaga de chinches que se reportó hace poco
en la ciudad. Mientras tanto, ella se desvistió completamente y le vi un cuerpo
sensacional. Ella quería pasar a la acción de inmediato, pero yo no estaba
listo; me hacía falta la estimulación de su cercanía. «Acércate», le pedí, y lo
hizo; así le acaricié el cabello un largo rato mientras alababa su belleza.
«Espera a que esté listo», le dije, y así se abrió un espacio íntimo para
nuestra conversación.
Algo logré captar de la historia de su vida; aunque claro,
habrá vacíos y muchas inconsistencias, pero hay situaciones que son reales.
Ella es hija de una familia de ganaderos prominentes del estado de Michoacán, y
vivían en una localidad cerca de Zamora. Evocó su infancia y juventud con
alegría: solía salir a montar a caballo y recorrer los potreros de la familia,
divisar las vacas, ir al galope junto con otros familiares y amigos. Al cumplir
los dieciocho años el padre le regaló un Mini Cooper nuevecito, de
agencia, y lo gozó bastante con sus amigas en sus salidas nocturnas a las
poblaciones con mayor vida social. Llevaba una vida de princesa, según relató,
pues era la consentida del padre y le cumplían todos sus caprichos. Del
capítulo educativo no salió nada.
Un día inesperado el padre la llamó para comunicarle que uno
de sus amigos, un ganadero todavía más próspero, estaba interesado en ella para
un compromiso matrimonial. Ella salió huyendo; no se imaginaba estar con ese
hombre tan mayor para ella, y menos que su padre fuera quien estuviese detrás
de ese arreglo entre familias, fortunas y hatos ganaderos. El padre insistió,
trató de imponer su autoridad, sin éxito. Una noche, por impulso, por repulsión
al futuro que le esperaba, decidió huir de la casa y se dividió a la Ciudad de
México. Lo dejó todo, pero no quería dejar ahí su libertad.
Viene una etapa sórdida en su vida. Supongo que saldría con
algo de dinero cuando se escapó y que la caída sería gradual, de poco en poco:
primero buscando empleos cualesquiera y, después, alguien la alertaría en la
actividad del sexo servicio. Me cuesta imaginar ese brinco, de los potreros del
Bajío y los cielos luminosos a las banquetas atestadas de gente y mercancía en
las calles de La Merced, las más promiscuas y degradadas de la ciudad. Ahí se
ofreció a los clientes; ahí y también en Sullivan, y luego también en las
calles de la colonia Buenavista donde la encontré. No sentí que se victimizara
en ningún momento; todo su relato giraba en torno a la conquista de su
libertad. Decía que el sacrificio valía la pena, pues estaba construyendo su futuro.
Lo dudé, pero no dije nada; no hay derecho para quebrar una ilusión.
Dijo que la tarifa que cobraba en estas zonas era baja, pero
que se compensaba con creces por la cantidad de servicios que surgían, y que
gracias a ello ya había construido un pequeño capital, que había adquirido
varias hectáreas de terrenos forestales en la sierra de Puebla y que pensaba
hacer en el futuro unas cabañas rústicas y caminos para el disfrute de los
visitantes. Con escepticismo, pero con interés —pues al menos la chica tenía
bastante imaginación en caso de no ser cierto su relato—, visualicé esos cerros
arbolados, con bosques tupidos de clima frío, como los que tiene un amigo mío
por esos rumbos. También evoqué los cerros de mi propio rancho y lo difícil que
fue hacer caminos en la topografía de las montañas. «Hice los caminos en forma
de S —me dijo—, es la única forma de poder ascender, en zigzag». Le comenté que
así eran los míos y que me gusto recorrerlos en mi cuatrimoto. Le brillaron los
ojos. «¿Tienes moto? Yo tengo un Rzr». Me sorprendió mucho; no
cualquiera conoce lo bien que se adaptan esos vehículos a la montaña. Me estaba
comenzando a creer todo el relato y fue cuando exclamé: «Pues tienes más dinero
que yo». Creo que sonrió y lo tomó como un cumplido.
«¿Nunca te ha sucedido que el cliente se ponga terco, y
quiera hacer algo a lo que no estés dispuesta?». Me miró por un instante, recogió
uno de sus tacones de punta alta del piso, los meneó en el aire con fuerza y me
preguntó que si sabía para qué pudiesen servir. Poco después el tiempo se
agotó, se vistió, se puso los tacones de largas puntas afiladas, tomó la
sombrilla —también termina en una punta, por cierto— y se marchó.
Citlali se incorporó de pronto en
su sillón.
—Acá en el
pueblo no hay nada de eso, ya lo habrá notado usted, tan observador, en sus
paseos en bicicleta. Mis primos que han salido a trabajar a otras ciudades las
llaman «pirujas» o «cuilas», o por otro nombre, y a nadie le interesa saber por
qué acaban así.
Actuaba como si estuviera muy
enojada conmigo, pero no logró esconder del todo su asombro y su curiosidad.
—Es una historia nada más
—respondí—. Hay una parte de ambición genuina, porque aspira a un porvenir
mejor con sus bosques y sus cabañas. Hay una actitud de rebeldía, cuando decide
dejarlo todo por no casarse con quien ella no quería. Y hay una actitud de
cautela, con sus tacones y su paraguas para zumbarle al cliente.
—Si fuera
tan digna no se habría metido en eso —me rebatió Citlali. Guardó silencio
por unos instantes y luego me encaró—: ¿Y usted qué? Aquí veo el cuarto
lleno de novelas como para que tenga que ir a esos lugares a escuchar una.
—No me regañes. Te conté esta
historia porque es una pequeña ventanita por donde te puedes asomar al «Palacio
de las Bellas Durmientes». Un día te prometí que te dejaría asomarte; ahora ya
sabes un poco más de qué se trata.
—¿De
lujuria…? —preguntó un tanto temerosa.
—No. De soledad.
Noche 45. El Citlaltépetl. El Sueño de un Imperio
Era mayo y el calor es fuerte en esa época del año. Tenía
abiertas las ventanas —una que da a la laguna y la otra que da al cerro— para
que corriera el aire cruzado. Bendije la hora en que mandé colocar los
mosquiteros. Pasé la tarde leyendo un libro ilustrado sobre la vida cotidiana
en la Gran Tenochtitlan y, al anochecer, como de costumbre, apareció Citlali.
—¿Sabías que el Cerro de la Estrella en Iztapalapa no se
debería llamar así? —le pregunté—. En náhuatl su nombre era Huizachtépetl,
o «Cerro de los Huizaches», pero a los españoles se les ocurrió bautizar a una
hacienda de por ahí con el nombre de La Estrella y por eso el cerro de atrás
cambió de nombre.
—Póngale así a su cerro, el
Huizachtéptl, al fin es lo que abunda por acá. ¡De Iztapalapa para el mundo! —y festejó
su ocurrencia con una sonrisa.
—Preferiría llamarlo el Citlaltépetl, pero me temo no
estar a la altura.
Citlali captó rápido el piropo.
—Pues échele ganas —dijo ella
un poco ruborizada.
Desde muy chico, cuando la abuela Omma nos repartió el
rancho, tuve la sensación de que era dueño de un territorio muy grande. Yo era
un chico callado y muchas horas me las pasaba imaginándome situaciones o
eventualidades: desde las típicas, como «así seré cuando sea grande», hasta las
absurdas, como cuando me sentía el Corsario Negro después de leer una novela de
Salgari.
Este cerro que ves, desde niño, lo asociaba con un imperio
en el cual reinaba. No eran sueños concretos, como los de quienes piensan en
poner vacas o construir mansiones; era un imperio real que tenía sus fronteras,
sus lugares icónicos y sus regiones diversas, como el llano, las laderas, las
cumbres y la «región laguna», que no era sino un socavón con vista hacia la
presa. En mi mente cada lugar formaba un territorio del reino que yo gobernaba.
Cuando llegábamos de fin de semana y plantábamos con mi padre un guayabo, yo
tenía la fantasía de que habíamos llevado progreso a la región baja. Siempre vi
este cerro a través de una lupa enorme que todo lo magnificaba y me hacía
sentir importante, único y diferente. Fue mi caparazón mental para refugiarme
de todo lo que en el mundo me pudiese resultar hostil. Aunque no viniese aquí,
mi mente siempre estuvo divagando por estos lugares.
—¡Vaya con el Corsario Negro! —dijo
Citlali con una sonrisa suave, casi conmovida—. O sea que mientras todos
pensaban que usted contemplaba el horizonte, en su cabeza gobernaba llanos y
conquistaba cumbres.
—Es algo que nunca se lo había contado a nadie. Me hiciste
recordar el plano del rancho que pegué en mi pequeñísima habitación cuando
estuve estudiando en Inglaterra. Aún ahora tú ves esta biblioteca y este cerro,
pero yo me siento como un rey viejo que tiene su castillo bajo asedio. Cuando
nos dividimos el terreno entre mis hermanos y yo, el mayor vivía fuera de
México, pues ya había iniciado su carrera diplomática. El menor, Fernando,
también tenía un gusto enorme por este lugar. Primero veníamos con nuestros
padres; después, cada uno por su lado.
Cuando la abuela Omma decidió formalizar la entrega del
rancho entre sus nietos, agrupados por familias, nos propusimos la meta de
hacer una casa a la altura de nuestra herencia. La fracción que nos tocó
albergaba lo que fue el casco antiguo, que no eran sino unos jacalones de adobe
y teja ubicados en forma de L alrededor de un corral, que en su tiempo sirvió
para la engorda de animales. Mis padres ya habían hecho una pequeña adaptación
en una de las alas y quedó una casita pequeña, bastante rústica, pero a la que
llegábamos muy contentos de vez en cuando. De ahí salimos muchas veces para
explorar el cerro. Lo veíamos desde abajo y siempre sentimos la curiosidad de
llegar hasta la cima. Primero se atravesaban unas milpas de maíz, a las que
llamaban «joyas», y luego la pendiente aumentaba y comenzaban los matorrales,
la selva baja o el «malpaís».
Había un sendero que llegaba hasta arriba, que zigzagueaba
acomodándose a la topografía, de esos que no se hacían con maquinaria, ni
siquiera con pico y pala, sino que nada más existían por el paso continuo de
quienes los transitaban. Por lo que entiendo, lo recorrían el cuidador de la
abuela Omma, algunos de sus hijos y nietos, y algunas señoras del pueblo, a las
que muchas veces vi subir con unos pequeños costalitos para buscar tierra de
monte para sus macetas. A veces perdíamos el rastro de la vereda, por lo que
siempre era una precaución necesaria ir con un machete para abrir brecha.
A medida que subíamos se notaban cambios en la vegetación. A
una altura media solo había nopaleras y algunos árboles bajitos de copal, casi
famélicos por la escasez de suelo vegetal, y uno que otro zapote blanco, que se
distinguía por tener siempre sus hojas verdes aún en las épocas más canijas del
estiaje. Más arriba proliferaban unos árboles de copa muy alta y de hoja
escasa, muy fina, como la de las jacarandas, a los que la gente llama
tepehuajes. También había abundancia de una variedad de árbol que no alcanza
más de tres metros de altura, llamado timbre, que adopta unas formas retorcidas
y caprichosas, casi fantasmagóricas. Por todos lados había maleza y malas
hierbas; después de esos recorridos terminábamos con las agujetas, los
calcetines y los pantalones cubiertos con unas espinas de cardo silvestre, muy
difíciles de quitar. Siempre había que tener cuidado de los alacranes al mover
alguna piedra o un trozo de madera a medio podrir.
La subida al cerro no era precisamente lo que uno se imagina
por la palabra paseo; sin el aliciente de saber que estábamos escalando nuestro
propio terreno, probablemente nunca la hubiéramos vuelto a hacer. En las secas
era muy extenuante por el calor; en las lluvias, por el esfuerzo de ir abriendo
paso a machetazos y por las ampollas que no tardaban en aparecer en las manos,
tan poco acostumbradas a este tipo de labor. Ya en la cumbre nos dábamos el
lujo de destapar nuestro refresco —en aquellos tiempos habría sido insólito
pensar que alguien hubiese cargado una botella de agua—, nos sentábamos a
descansar en algún claro, volvíamos a recurrir al machete para poder contemplar
algo del paisaje, con el pueblo tendido por un lado y el lago con su oleaje y
sus veleros por el otro, y emprendíamos el camino de regreso, que no era fácil,
pues frenar con las piernas también cansa. Nuestro gusto era reconocer lo
nuestro, y la satisfacción de alcanzar una meta difícil. El cerro, enorme y
majestuoso, no era un espacio al que uno pudiera invitar a sus amistades para
ir a pasear. Ahora, a la distancia, me doy cuenta de lo solitarios que eran
esos recorridos, y creo que también eso sería parte de mi gusto. En esas
caminatas puedo recordar el rostro de mi padre, el de mi hermano Fernando y
creo que de nadie más.
En uno de esos paseos identificamos con mi padre un lugar
que nos pareció ideal para construir una nueva casa. Era un paraje justo en el
espolón del cerro, con el pueblo al frente, una barranca a un lado y la vista
de la presa al otro, a una altura considerable a partir del nivel de carretera,
pero a menos de un tercio de la altura total del cerro. Ese día íbamos con un
amigo de mi padre, un intelectual que subió vistiendo saco. Fue mi padre el que
dijo: «Aquí». No señalizamos con nada, pero ese «aquí» se convirtió en el
referente para la nueva construcción: como el islote de los aztecas para la
fundación de la Gran Tenochtitlan.
Los terrenos que nos dio la abuela Omma aún no los
dividíamos entre mis hermanos y yo; el predio era como un lienzo en blanco.
Podíamos hacer lo que quisiéramos sin salirnos de nuestros linderos, que
siempre los vi lejanos. Nunca los recorrí, pues eran líneas rectas cerro arriba
que atravesaban cañadas, rocas, desfiladeros y partes de montaña.
Con mi padre definimos el lugar para nuestra nueva casa,
pero con mi madre hicimos la ejecución. Ella siempre fue la pragmática, la que
verdaderamente hacía que las cosas se realizaran en nuestra familia. Yo era el
del entusiasmo, a diferencia de mis hermanos, que no participaron en la
construcción. Venía a Valle de Bravo con ella a ver al arquitecto; ella era la
de los contactos y los conocidos. Le señalamos, más o menos, dónde se ubicaría
la casa y al poco tiempo nos entregó un bosquejo. Sería una vivienda estilo vallesano,
no muy grande, y lo principal —en lo que más insistió el arquitecto— tendría
una orientación al sur, es decir, hacia el pueblo, y no hacia la laguna, como
nosotros queríamos. Al poco tiempo él enfermó y dejó de dirigir nuestro
proyecto.
La orientación fue ese pequeño gran consejo que nos ha
permitido disfrutar la casa; pues si la hubiésemos puesto hacia el poniente, a
las tres de la tarde habríamos tenido que bajar las cortinas y a las cinco
salirnos a algún lugar, porque el sol es inclemente, sobre todo en el verano.
Salvo ese consejo profesional que valió oro, todo lo demás lo hicimos con el
método empírico. Contratamos a un maestro de obras en lugar de un ingeniero; en
el tema de la electricidad nunca pensamos hasta que la casa estuvo terminada y
lo mismo ocurrió con el bombeo de agua, que se resolvió hasta el final.
Construimos la casa con el corazón. Me parece que los
técnicos nos hubieran desanimado si hubiesen señalado todos los obstáculos que
habría que vencer. Logramos terminar esa obra sin mayor problema. La
electricidad llegó por cable aéreo, sin cálculo previo; o sea que, por puro
milagro, igual y nunca hubiera llegado. La bomba de agua nos salió barata
gracias a las buenas gestiones de mi madre: una bomba rehabilitada que dio
servicio por más de veinte años sin descomponerse.
Noche 46. Un Territorio. Dos Mundos
Citlali entornó los ojos, tratando de descifrar los títulos
de unos libros amontonados en la estantería, apenas iluminados por la luz
mortecina de la sala.
—Ensayo sobre la ceguera —leyó
en voz alta, pasando el dedo por el lomo—. Qué nombre tan raro. ¿De qué se
trata?
—De una epidemia donde la gente se queda ciega de repente,
pero no ven oscuridad, sino un mar de leche blanca —le contesté, acomodándome
de lado—. Al final, el autor te demuestra que la peor ceguera no es la de los
ojos, sino la de la mente. Hay personas que ven perfectamente bien, Citlali,
pero eligen no ver por pura comodidad. El autoengaño es el mejor refugio para
mantener la paz.
—. ¿Quién se quedó ciego en
esta historia?
—Todos nosotros. Tardé años en entender que en este cerro
convivíamos bajo un pacto de ceguera voluntaria.
La convivencia en el rancho de Valle de Bravo pronto dio un
giro inesperado. Teníamos dos casas: una sencilla, la de abajo, que había sido
parte de las galeras del antiguo rancho; y la de arriba, más moderna y amplia.
La de abajo la rentó mi madre por un tiempo a los guardaespaldas del señor
gobernador —quien también tenía su propiedad en el rancho que fue de la abuela
Omma—; otro tiempo estaría desocupada.
En algún momento mi hermano Fernando tomó la casa de abajo
para él; la adornó muy a su estilo, con algunas antigüedades que encontraba por
aquí y por allá, y le hizo algunas adaptaciones, como una pequeña pileta de
agua, un horno para pan, un temascal y un baño seco. Había vivido algunos meses
en la costa, en Puerto Ángel, y de allá trajo varias de esas ideas. Habilitó
otra de las galeras del antiguo rancho como bar, colocó una barra grande de
madera, la adornó con muchas botellas vacías y varias veces organizó algunos
convivios agradables con primos nuestros.
—A ver, eso está curioso —intervino
de pronto Citlali—. Eran tres hermanos y eran dos casas, y un hermano no
venía, así que les tocaba de una casa por persona a ustedes dos, que estaban
solteros.
—Y seguimos.
—A lo que voy. Yo me habría
juntado con toda mi familia a cenar, jugar a la baraja o ver películas, y
habría alquilado la otra casa, y con ese dinero pues hubiera hecho algo:
comprar macetas, comer cecina en el mercado o lo que fuera.
—Fernando y yo, que crecimos juntos, jugamos al futbol
juntos, estuvimos en el mismo internado y compartimos habitación por muchos
años, de pronto nos volvimos dos extraños. Él traía sus ideas de cuando vivió
en Puerto Ángel; por aquella época estaba muy metido en el tema de la
sustentabilidad, reciclar cosas, hacer compostas, germinar trigo y bañarse en
un temascal. Yo siempre tuve gusto por el campo, pero de ahí a sacrificar mi
comodidad, tampoco…
—Pues yo creo que debió de
haber habido algo más —insistió Citlali—. Pudo haber horneado su pan
allá arriba, en la otra casa, con ustedes, germinar su trigo y todo eso…
—Seguro, debió de haber habido algo más. No me lo tomes como
una mala respuesta, pero ¿cómo quieres que yo sepa lo que rondaba por su
cabeza? Así funcionamos durante algún tiempo: Fernando en la casa de abajo y
los demás en la casa de arriba, los que fuimos quedando. Primero faltó mi
padre, a quien le tocó disfrutar la casa por poco tiempo. En las mañanas le
gustaba trabajar en el campo; a él le debemos los pinos que hay en la calzada y
que nos dan sombra todas las mañanas. Luego faltó la abuela Omma, quien murió a
tres meses de cumplir los cien años, y fue quien nos dejó las tierras. Mi
hermano Gabriel y su familia vinieron muy poco, pues cuando tenían oportunidad
de regresar a México se quedaban en la capital visitando parientes y amigos. Mi
madre dejó de venir con tanta frecuencia; muchas veces se quedaba en la ciudad
acompañada de su ahijada, a la que adoptó como una hija, y de los hijos de
ella, que fueron como sus nietos, a los que sí tuvo oportunidad de frecuentar.
Así que en Valle de Bravo éramos Fernando abajo y, arriba,
yo, en la casa familiar. A él le tocaron terrenos muy buenos, con bonitos
bosques y fácil acceso, y ahí levantó dos cabañas muy rústicas, de adobe y
teja, sin servicios, pero ahí le gustaba ir a pasar el día y organizar algunos
convivios con sus amistades. Mi madre, que era buena para poner nombres a los
lugares, lo bautizó como El Catire. Curiosamente, nunca encontramos un nombre
para la casa nueva, la del cerro.
Para llegar arriba tenía que pasar obligadamente por la casa
de abajo. A veces veía a Fernando haciendo algo de jardinería, lavando su carro
o haciendo cualquier otra cosa, pero pronto me llamó la atención que casi
siempre le ayudaba un muchacho bastante joven, prácticamente un niño, lo que no
es inusual en estas zonas semirrurales. Me daba la impresión de que no le daba
gusto encontrarse conmigo. Varias veces me hizo la observación un primo mío de
que había visto a Fernando allá abajo. No tengo clara la secuencia de las
cosas, pero se fueron juntando algunos indicios que nos hacían arquear las
cejas.
Fernando comenzó a descuidarse un tanto en su aspecto
físico: no se rasuraba, utilizaba ropa desgastada, muy holgada, a veces sucia
con barro, y se ponía algún sombrero de paja no muy reluciente. Mi hermano
Gabriel, una vez que vino, lo describió como un clochard. Después no lo
veía nada más con ese chico, sino que el círculo fue creciendo hasta volverse
una pequeña pandillita de seis o siete muchachos, todos ellos muy jóvenes,
digamos que adolescentes, y por su aspecto, todos de condición humilde.
Organizaba con ellos paseos a otros pueblos y comunidades de la región, traían
plantas y cactus exóticos, así como piedras grandes que fueron adornando su
Catire. Él era el director de orquesta y no dejaba de ser llamativo verlo con
su séquito. Todos lo vimos circular alguna vez por los caminos del rancho con
su pandilla, a la que alguien nombró un día como «la banda del camioncito
blanco», pues utilizaba un Nissan tipo estaquitas. Con su banda hizo más adobes
y algunas otras construcciones, como un gran tejado rústico donde a veces
guardaba un auto Audi TT deportivo lujosísimo, en marcado contraste con el
lugar.
Nunca dialogué con él sobre esta forma tan peculiar de
convivencia que tenía con su banda. Mis primos me insistían en abordar el tema
para darme sus teorías, y siempre procuré esquivarlo como mejor pude.
—Pues me parece que no habría
que darle tantas vueltas al asunto —me interrumpió Citlali.
—Las instalaciones de El Catire eran para pasar el día.
Fernando seguía pernoctando en la casa de abajo. No recuerdo cuáles fueron las
circunstancias exactas, si alguien me dijo o yo me di cuenta. El hecho es que
amanecí un domingo, comuniqué por teléfono mi decisión a mi madre, tomé mi
cuatrimoto y bajé a la casa de abajo. Sin más trámite me metí. En una
habitación estaban dos muchachos tendidos en el suelo, fumando; en mi carácter
de copropietario les pedí, o les ordené, que se salieran. En las siguientes
habitaciones, lo mismo. No conté a cuántos muchachos desalojé ese día de mi
«copropiedad», pero fueron varios. Salían entre desganados y desconcertados,
pues siempre pensaron que tendrían la protección del «licenciado Fer».
Él no estaba en ese momento, pero regresó después del
desalojo de esa gente. Estaba furioso. Me recriminó haber invadido su
privacidad y su vivienda; algo alegué de que esos muchachos tenían malos
antecedentes, mala fama pública y que había evidencias de su consumo de
sustancias. No logré aplacar su ira. Solo al final soltó una frase: «Me siento
absolutamente solo». No dije nada; no supe qué. Al paso de los días acordamos
entre todos, con mi madre, que esos jóvenes no podrían seguir ahí. Así se hizo.
Pero la diferencia de fondo nunca la abordamos.
—Oiga —dijo Citlali—, a mí me
queda clara cuál es su onda. Usted es el que no quiere ver.
—Hay una vivencia de hace muchos, muchos años que decidí
enterrar para siempre en mi memoria, pero que vuelve y vuelve, como ahora. De
la manera más casual, en la casa donde vivíamos antes, en la avenida
Constituyentes, me di cuenta de algo a través, digamos, de un pequeño detalle.
Como si yo fuera a tu estética a cortarme el pelo y un día te dieras cuenta de
que uso peluca.
—Eso jamás pasaría. Me daría
cuenta a la primera.
Noche 47. Don Quijote Cabalga de Nuevo
Era una tarde lluviosa. La bruma no permitía distinguir
desde la ventana las torres de la iglesia, que son las que primero aparecen a
la vista. Los vidrios estaban empañados, además. Citlali se paseó frente a la
estantería, tomó un libro de arte un tanto al azar, y hablando consigo misma,
en voz muy baja, alcancé a escuchar:
—A veces me pregunto qué
pensaría su abuela Omma si viera que su cerro se volvió el escenario para los pleitos familiares.
—No lo pensaría. Sencillamente no hubieran sucedido. Los
tlatoanis y los sumos sacerdotes, cuando más hacen falta, es cuando ya no
están.
Poco después del desalojo de «la banda del camión blanco»,
Fernando dejó la casita de abajo y comenzó a instalarse en sus cuartos de adobe
en El Catire. Fiel a sus costumbres, instaló un calentador de leña, compró unas
lámparas de gas o petróleo, jaló una manguera y se hizo de los servicios
básicos: todos menos la electricidad. Me parece recordar una escena en la que
dijo: «Madre, te entrego tu casa», pero no estoy totalmente seguro. Sin
embargo, con el tiempo me pareció que disfrutaba mucho de su Catire y que las
diferencias del pasado habían pasado a segundo término. Cuando venía mi madre
conmigo, Fernando siempre pasaba a saludarla y ella siempre lo invitaba a
desayunar o cenar; conmigo el trato era cordial, pero mínimo.
Por aquellas épocas sufrimos algunos robos en la casa.
Primero fue el tanque de gas y luego algunos otros artículos sin mucho valor,
pues es una casa de campo. La alarma surgió cuando se robaron unos tubos de
cobre, posiblemente del calentador. Teníamos un cuidador que vivía abajo;
llevaba yo buena relación con él por aquel entonces y de él nació la hipótesis
de que los hurtos podrían ser atribuibles a los muchachos del camión blanco. El
fierro viejo ya tenía desde entonces un buen valor de reventa. No lo comprobamos
nunca, pero yo me quedé con la certeza de que fueron ellos. Habían migrado,
poco a poco, junto con Fernando hacia El Catire. Desconozco si pernoctasen ahí,
pero Fernando muchas veces se refería a ellos como sus trabajadores, así que
tenían libertad para entrar y salir del rancho. Alguna vez le comenté mis
sospechas, al igual que lo hizo mi madre. Fernando se irritaba bastante apenas
se mencionaba el tema de esos jóvenes; varias veces nos dijo que éramos unos
prejuiciados, que sospechábamos de la «gente pobre» sin ninguna base y que, en
todo caso, fuéramos al Ministerio Público a poner una denuncia. Nunca lo
hicimos. Pero se siguieron acumulando incidentes en torno a los muchachos del
camión blanco, algunos de ellos menores, hasta que ocurrió uno mayor.
Hay unos caminos que interconectan las propiedades de
nosotros con las de mis tíos y primos. Una noche se acercaron en el camión
blanco hasta la casa de mi tío Felipe para recoger un cable de alta tensión que
supuestamente estaba caído por ese lugar. Algo les falló, pues hay muchos
desniveles y barrancas: el cable dio un chicotazo contra las líneas que
alimentan la casa del tío y provocó un cortocircuito masivo que fundió
refrigeradores, televisores y otros aparatos. Tal vez no se percataron de lo
ocurrido, o tal vez fueron osados y temerarios. A la mañana siguiente
regresaron para intentar de nuevo hacerse de ese cable. Los vigilantes de mi
tío ya se habían percatado del incidente de la noche anterior; no fue extraño
que los detectaran de inmediato en cuanto volvieron. Por alguna circunstancia,
mi tío también estaba presente. Esperaron a que bajaran del camión a buscar el
cable y, cuando se alejaron un poco, mi tío se metió a la cabina y simplemente
retiró la llave.
No me queda claro cómo se desarrolló el escándalo. Supe que
en los días posteriores ingresaba una patrulla de seguridad pública al rancho
para hacer rondines. Mi tío presentó una denuncia formal y hubo las diligencias
correspondientes, en las que apareció Fernando en su calidad de «patrón» de los
muchachos. Me parece que hubo algún tipo de arreglo económico entre ellos; mi
tío les otorgó el perdón para que quedaran libres e inclusive recuperaron el
control del camión blanco. Por mi madre supe que Fernando tendría un desayuno
con mi tío para aclarar las cosas.
—¿Cómo le fue? —le pregunté después.
—Muy bien —me contestó ella—. Dice Felipe que platicaron muy
a gusto sobre el petróleo.
Con el tiempo fui conociendo más detalles sobre la relación
de mi hermano con esos muchachos. Él los apoyó económicamente para que hicieran
algunos emprendimientos que no prosperaron. A uno de ellos lo mandó a trabajar
con un amigo a Puerto Ángel; terminó mal, parece que hubo un incidente de robo.
Les construyó unas viviendas en otro predio que él tiene; por ahí siguen hasta
la fecha. Aparentemente les da algún trabajo de mantenimiento o de jardinería;
la verdad es que ya no me interesa. A uno de ellos lo asesinaron en Tepic por
motivos que desconozco; otro estuvo preso en la cárcel de Valle de Bravo; todos
tienen mala fama en el barrio donde viven y me dicen que ya no salen, pues los
vecinos ya se hartaron de ellos. En una ocasión mi madre fue a ese predio donde
habitan —pues ella fue la que se lo donó a Fernando— y me cuentan que se
deprimió muchísimo al ver a «unos muchachos arrastrados en el piso, con los
ojos vidriosos, drogados». De todos ellos, que parece son familiares, solo una
muchacha salió adelante. Nunca he hablado con Fernando de ese tema, pero me
parece que es su «experimento de redención social».
—Parece serie de televisión —soltó
Citlali, una vez que terminé el relato. No me había interrumpido ni una sola
vez, como solía hacerlo—. El niño rico que ayuda a los niños pobres… —dijo
de pronto—. Ese guion ya me lo sé. Van a salir todos raspados. Pero dígame,
¿su madre intervino en algo?
—Creo que nunca supo cómo intervenir: ni en la vida de
Fernando, ni en la diferencia entre nosotros dos. Ella tenía en su sangre, en
su ADN, esa necesidad vital de ayudar a los demás. Trabajó muchos años de
voluntaria en los hospitales, iba a las zonas pobres del Estado de México a
llevar sarapes y alimentos, siempre buscaba una forma de ayudar a quien lo
necesitara. Pero ese altruismo de mi hermano es otra cosa; ella tampoco lo pudo
entender.
—Oiga, ¿y usted, que tampoco
se ha casado, que también tiene por ahí su guardadito, nunca ha hecho su
«experimento social»?
—¡Uy, Citlali, si yo te contara…!
—¡Va! Pero mejor mañana.
Noche 48. La Sugar Baby
—«Estoy embarazada», fue lo que decía el mensaje que me llegó
esa mañana .
—No puede ser —pensé—. A mi edad esas cosas ya no suceden.
—Pues sucedió.
Ya llevábamos unos cinco años de relación. Nos veíamos
alrededor de una vez al mes, pero en ese tiempo los encuentros ya eran
suficientes para conocernos relativamente bien. Así que le creí, o le quise
creer; no correría el riesgo de esperarme hasta el final para hacer una prueba
de paternidad. Me asumí como responsable y solo le dije: «Voy pronto a México,
allá platicamos; mientras, haz ese examen que falta para que estés
completamente segura».
Sentí una especie de euforia esa mañana. En parte era el
orgullo de haber preñado a una mujer; en parte, la emoción por un bebé que
vendría. Tendría yo unos sesenta y cuatro años en aquel entonces; nunca me
había casado y tampoco había tenido hijos. Mi sugar siempre me
preguntaba la razón de no haberme casado y tener descendencia, a lo cual
siempre respondía con generalidades del tipo «nunca llegó la mujer adecuada» o
«las circunstancias nunca se prestaron», pero en el fondo no tenía clara la
respuesta, ni la tengo ahora, y tal vez nunca la tendré.
Llegó la comprobación del laboratorio: no había duda, tenía
un embarazo de unas siete semanas. A la par de la emoción, también me puse a
investigar las alternativas posibles y una de ellas era, evidentemente, la
interrupción voluntaria del embarazo. En aquel entonces no era legal en el
Estado de México, donde ella radicaba, pero sí en la Ciudad de México, siempre
y cuando fuera antes de las doce semanas de gestación. No había mucho tiempo
para decidir.
A la semana nueve hablé con ella en mi pequeño refugio en la
colonia Juárez. La esperé tomando unos tragos de tequila, pues siempre demora
demasiado: viene desde el municipio de Los Reyes-La Paz. Primero camina hasta
la parada de una combi, luego toma un autobús que la deja en la terminal del
tren suburbano, transborda al Metro y, finalmente, camina otro poco hasta
llegar a la casa. Normalmente, desde que avisa que viene hasta que llega,
transcurren por lo menos tres horas y a veces hasta cuatro, dependiendo del
tráfico, la lluvia y las manifestaciones.
Analizamos la situación con mucha serenidad. Ella tiene ya
una pequeña hija, de unos ocho años, producto de una relación adolescente que
no funcionó, salvo para que ella se saliera de donde vivía, dejara la
preparatoria trunca y quedara embarazada. Nunca habló con claridad sobre ese
tema; concretamente, si quería o no tener a esa criatura. Ya hacia el final de
mi relación con ella me confió que en aquella ocasión no se dio cuenta del
embarazo sino hasta que fue demasiado tarde, pues tenía la regla muy irregular.
Desde que nació la niña, a sus dieciséis años, le tomó el cariño verdadero de
una madre y me constan todos los trabajos que ha pasado para sacarla adelante.
Pero esa noche en mi refugio de la Juárez el tema era este
segundo embarazo del cual yo era el presunto responsable. Expuse mis ideas sin
un plan preconcebido, pero la conclusión era obvia:
—Te llevo nada más que cuarenta y tres años —le dije—. La
probabilidad de que nuestros caminos se hubieran cruzado era bajísima, pero
sucedió aquella noche en el bar.
Ella trabajaba de mesera hostess y yo iba ahí con
cierta regularidad. Me dio su número, nos vimos al día siguiente y, sin
hablarlo, se inició esa relación de sugar en la que uno provee y la otra
consiente. Tan grande era esa brecha generacional que nunca nos atrevimos a
salir juntos a ningún lugar. Nos hubiéramos sentido incómodos ante la mirada de
los demás comensales: «Miren a ese tipo, cuánto pagaría; vean a esa chava, no
parece que sea, pero mírenla nada más…». En el escenario de que viniese ese
bebé al mundo, o bien nos enfrentábamos a toda la sociedad, o bien seguíamos
con nuestra relación clandestina. Entre dos funciona, pero entre tres es
imposible. Y al paso de los años, aquel niño hipotético también tendría que
enfrentar la realidad de quiénes habríamos sido sus padres: una madre joven y
un hombre ya muy mayor, sin ganas de jugar ni de educar. O el escenario podría
ser que yo fuera un padre ausente, etéreo, lo cual tampoco sería lo ideal para
el niño; y para mí hubiese sido insoportable saber que un hijo mío se criara en
un ambiente francamente malo, como ya había percibido que era el entorno de la
casa del abuelo donde ella vivía en Los Reyes-La Paz.
—¿O sea que no? —preguntó ella, después de escucharme con
atención.
—No.
Las semanas siguientes se pasaron rápido: primero en ubicar
una buena clínica que garantizara su salud; luego, en convencer a la hermana
para que la acompañara en el procedimiento y, creo, también algunos exámenes
previos que eran necesarios. El hecho es que el procedimiento se realizó casi
en el límite, aún en la semana doce . Ya sabía yo que la decisión tendría sus
consecuencias en el tiempo, sobre todo para mí: había cancelado la única
oportunidad que me presentó la vida para tener descendencia, pero muy a
destiempo, eso es innegable. No me arrepiento de la decisión, pero sí me causa
tristeza y congoja.
Después del procedimiento la volví a ver; todavía tenía unos
calambres fuertes en el vientre. Le dije lo que ya había hablado con ella
muchas veces: que para mí era cómoda y conveniente la relación que teníamos,
pero que yo quería que ella rehiciera su vida con una persona de su edad, con
la que pudiera tener una relación armoniosa.
—Después de lo que sucedió —le dije— ya no tenemos derecho a
seguir jugando con la vida ni con el destino. Nos vamos a dejar de ver; te voy
a dar un dinero para que pongas tu negocio.
Se lo di en dos exhibiciones: fue bastante, suficiente para
conseguir el traspaso de una miscelánea que ya estaba en marcha por el rumbo
donde ella vivía. Al cabo de unos seis meses supe por ella que le había ido
mal: que llegaron unos extorsionadores al negocio, que no quiso acceder al
chantaje, que cerró y traspasó la tienda, y que la misma tarde que iba con el
dinero del traspaso hacia su casa la asaltaron y le quitaron todo. Es la
historia de aquel capital. Tiempo después ella me mandó preguntar con un
conocido de ambos si me gustaría volverla a ver. Accedí y se reiniciaron los
contactos furtivos en el refugio de la colonia Juárez. Pero toda relación lleva
una dinámica y las cosas ya no volvieron a ser iguales.
Sin darme bien cuenta, me comencé a cansar de la trampa de
la pobreza. En una ocasión le equipé el departamento que tenía alquilado y
perdió bastantes cosas cuando la echaron por problemas de drogas de su roommate
—de lo cual me enteré mucho después—. El resto de las pertenencias las perdió
en una inundación en la casa del abuelo donde vivió después, como resultado de
las lluvias torrenciales en el Valle de México y los malos drenajes y desagües
en los municipios del oriente del Estado de México. El colchón se dañó cuando
se colapsó un techo de madera y láminas de cartón que cubría su cuarto, y la
computadora que le compré se la robaron algunos de los muchos parientes que
iban a esa casa del abuelo, que por cierto no le tenían un particular afecto
por tratarse de una «arrimada». No era muy dada a relatarme las condiciones tan
precarias de su vida, pero era inevitable que de pronto brincara algo en una
conversación, como cuando la invité a la casa de mi rancho y me comentó que
estaba bonito el techo.
—Pero si es nada más una losa de concreto.
—Por eso.
La ayudé con el menaje de casa: le compré un colchón el día
que llegó adolorida por haber dormido en tablas; le compré la computadora
cuando iba a terminar la preparatoria en línea, más la cantidad que le
transfería después de cada uno de nuestros encuentros. Y de todo ese apoyo no
quedaba nada: se esfumó en la espiral de la pobreza. Hay un sentimiento de
frustración al no poder rectificar el rumbo de una persona, por más que uno lo
intente; es más poderoso el medio social y las condiciones familiares. Madre
soltera, abandonada por su madre y con un padre tullido, la inercia de la vida
opera en su contra. Hasta que llegó un punto en el que dije: «Ya no más».
Hubo dos detonantes adicionales para terminar la relación,
como si todavía hubiesen hecho falta. En los últimos años mi libido comenzó a
disminuir, pero yo seguía funcionando básicamente bien. El encuentro final
ocurrió cuando me visitó de nuevo en el rancho; iba a ser su cumpleaños y
decidió ponerse a cantar y a tomar, cosa que nunca antes había sucedido. No
estaba de humor para ese tipo de convivencia; nos fuimos a acostar y ella se
durmió de inmediato. Al día siguiente
fuimos a desayunar —una de nuestras pocas apariciones juntos en lugares
públicos—, la llevé a la terminal de autobuses y no la he vuelto a ver.
Incumplió el pacto implícito que teníamos y, para ser sincero, el horno no estaba
para bollos.
Citlali estuvo muy callada toda esa noche. Era inusual. No
me interrumpió, no hizo bromas, no buscó la frase que solía desatar el nudo de
mis historias. Nunca supe lo que pensaría. La oí decir cuando ya se iba, en un
tono lacónico muy poco habitual en ella:
—No todo sale bien en La casa
de las bellas durmientes.
Noche 49. La Embestida Final. Los Demonios Andan
Sueltos
—Ahora que
venía subiendo por el camino empedrado que llega a la casa, me detuve a media
cuesta a descansar y me quedé mirando los chorros de luz que salen de unas
casas que están por allá arriba. También vi las luces del pueblo. Aquí en su
cerro, es el único lugar de Valle de Bravo que está como la boca del lobo.
—Estamos rodeados de una gran
oscuridad, dije en un tono críptico, que no le pasó inadvertido a Citlali, porque señaló:
—Una
oscuridad que no es solamente la falta de luz…¿la tenebra?
Cuando nos heredó mi abuela Omma,
a todos nos entregó una carta que decía: «Ahora eres propietario de este pedazo
de terreno; te pido que no lo vendas», con la última palabra subrayada.
Falleció en 2005 y, unos años después, todos los primos que habíamos heredado
estábamos explorando las posibilidades para venderlos. Las condiciones de 2010
eran muy distintas a las de 1988, cuando recibimos la herencia; sobre todo en
términos personales. La mayoría nunca tuvo el tiempo ni la posibilidad de
arraigarse en Valle de Bravo; crecieron e hicieron su vida en otros lugares.
Por allá se casaron sus hijos, nacieron sus nietos… Y todos tenían algún
proyecto personal que realizar, o sencillamente la necesidad de liquidez para
cualquier cosa.
En nuestro caso, mis hermanos y
yo no teníamos tal urgencia, pero la venta de los terrenos parecía una salida
lógica a nuestra situación; permitiría finiquitar las copropiedades que tantos
problemas me habían dado y darnos la oportunidad de construir otro futuro. Yo
siempre he tenido cariño al cerro; en mi fuero interno, en el más íntimo, no
albergaba ganas de vender, pero sentía que no debía oponerme a una situación
que favorecería a la familia entera y que, ante la falta de descendencia de
Fernando y mía, daríamos al rancho un cauce adecuado para su porvenir. Siempre
he observado con tristeza predios, tanto en los pueblos como en las ciudades,
que se quedan a la deriva, suspendidos en el tiempo, poblados de fantasmas.
Un sobrino segundo nuestro, con
mucho empeño, promovió todos los terrenos que habían sido de nuestra abuela
Omma en su conjunto entre grandes desarrolladores. Él había estudiado artes
dramáticas y a todos llamó la atención su brinco a promotor de bienes raíces a
gran escala. Estudió bien los esquemas que se utilizan para este tipo de
desarrollos, que básicamente consisten en la aportación de los terrenos a un
fideicomiso, el cual se encarga de construir, vender y repartir el dinero entre
los aportantes. Ninguno de nosotros tenía experiencia en grandes desarrollos
—todos habíamos comprado o vendido en algún momento una casa o un departamento—
y estábamos con la idea de que podríamos hacer una venta directa: «Dando y
dando». Nuestro sobrino puso mucho esfuerzo en tratar de explicarnos la
realidad de los bienes raíces a través de una serie de largos correos
electrónicos explicativos, pero o no estábamos preparados, o no fuimos lo
suficientemente receptivos. Todo ese esfuerzo no fructificó; pero algo aprendimos
y, unos años después, establecimos contacto con otros desarrolladores.
Negociamos los contratos de fideicomiso, los firmamos y, cuando ya creíamos que
todo caminaría bien, la Procuraduría Ambiental multó duramente a nuestros
desarrolladores —ellos dicen que a la mala— y el resultado fue que se
desanimaron y desistieron de seguir adelante con nuestro proyecto.
Durante esos años en que tratamos
activamente de vender el rancho, mi relación con Fernando fue bastante buena.
Comentábamos seguido los correos de mi sobrino, platicábamos sobre nuestros
avances con los desarrolladores y sobre las particularidades de los contratos.
Esos intentos de venta nos unieron más que todos los años anteriores en los que
compartimos la posesión de los terrenos. La evolución posterior de los
acontecimientos, sin embargo, nos volvió a desunir; esta vez, mucho más
profundamente. Cuando los empresarios a los que aportamos los terrenos en
fideicomiso se echaron para atrás, surgió un personaje que hasta entonces había
sido marginal. A la salida de su despacho, nos abordó a Fernando y a mí en el
elevador: «Miren, yo tengo manera de conseguir clientes para sus terrenos». Sin
pensarlo mucho, confiamos en él. Pensábamos que mientras no firmáramos ningún
contrato seguíamos pisando terreno seguro.
Pronto nos habló para
comunicarnos que tenía un comprador para la fracción de mi hermano Fernando por
una cantidad bastante atractiva; que convenía vender ese primer predio y que
los demás predios, es decir, el de Gabriel y el mío, así como las copropiedades,
también se venderían. A todos nos pareció bien. Cené con Fernando en un
restaurante de comida italiana que está frente a mi casa en la colonia Juárez.
Por algún motivo la conversación comenzó a salirse de cauce. Recuerdo haberle
dicho: «Si nos levantamos de aquí enojados, esto se acabó». Más tarde me
preguntó si yo creía que la venta que él haría nos beneficiaría también a
Gabriel y a mí. Le contesté que decidiera libremente si la venta le convenía o
no. Me dijo que él, a veces, lanzaba este tipo de preguntas abiertas para
formar su criterio y tomar su decisión. La cena no terminó mal, pero tampoco me
dejó un buen sabor de boca.
Comentamos después un proyecto de
compraventa que le enviaron en el departamento de nuestra madre, en Tlatelolco.
Se había mudado para allá para estar cerca de su hija adoptiva y sus nietos,
que allá vivían. En esa versión de contrato, la participación de Fernando en
las copropiedades pasaría a nuestro promotor; además, yo tendría que dar
servidumbre de paso por mi terreno para que todos pudieran acceder a los
terrenos de la cumbre, donde el promotor tenía planeado hacerse una residencia
con una de las vistas más hermosas de todo Valle de Bravo. Yo no lo vi mal; ese
cambio en las copropiedades podría significar el final de los conflictos que
habíamos vivido por tantos años. Sin entrar en muchos detalles, pasaron los
días y no tuve noticias del promotor. Mi madre preguntaba a Fernando y,
también, sin novedad. Un día mi madre comentó: «Dice Fernando que lo presionan
demasiado».
En esas estábamos cuando el
promotor me invitó a comer a la casa club de un fraccionamiento muy exclusivo
por el poniente de la ciudad. Varias veces comenté a Fernando sobre esa comida
y no me confirmó su asistencia. Mientras me dirigía hacia allá por la avenida
Constituyentes, me entró una llamada de Fernando, quien me dijo con voz
nerviosa: «Ya vendí». Después de un momento de desconcierto, pregunté: «¿Y ya
te pagaron?». «Sí, me dieron tal cantidad como garantía de cumplimiento».
Llegué a la comida con el promotor, en una terraza con ventanales amplios con
vistas hacia el campo de golf; iniciamos la conversación como si nada hubiese
pasado, pero poco a poco fue aflorando mi molestia. Fernando no me había
avisado de la operación con anticipación y el promotor tampoco: una clara
descortesía por parte de ambos.
Lo que siguió después fue muy
desagradable. Mi madre también se molestó al no haber sido avisada ni
consultada; nos convocó a Fernando y a mí a platicar en su departamento. La
tensión se sentía en el ambiente; hubiese sido fácil cortar el aire con un cuchillo.
Mi hermano nos comentó los detalles de lo que había firmado. En esencia, o
vendía, o perdía el depósito en garantía y pagaría una penalidad bastante alta.
Se comprometía con el promotor a llegar a un «acuerdo de voluntades» con
nosotros para cederle la parte de la copropiedad donde pretendía hacer su
mansión.
Durante los días siguientes mi
dilema fue acceder a ese acuerdo de voluntades o echar por tierra esa operación
que parecía sensacional para Fernando y, en ese momento, tampoco tan mala para
nosotros por las oportunidades que podría abrir. Decidí seguir adelante y la
operación de Fernando comenzó a caminar, con una serie de pagos que quedaron
secuenciados para los siguientes meses. Fue por esas fechas que mi madre
comenzó a referirse al promotor como Walander, que es el apellido del héroe de
una saga de novelas policiacas suecas, un tipo muy astuto.
—¿Su madre
leía novelas policiacas? —preguntó Citlali.
—Sí, se leyó todas las de Henning
Mankell. Toda su vida fue una buena lectora de novelas, de historia, de poesía…
Un poco de todo. Siempre se daba un buen tiempo por las noches. A los noventa y
dos años se operó de cataratas, por cierto, con el hijo de un amigo médico para
poder seguir disfrutando de sus libros.
—Y cuénteme, ¿cómo era ese
Walander? De seguro un tipo muy embaucador.
—Era un tipo con carisma. No hablaba mucho, pero sabía
apantallar. A los pocos días de conocerlo nos regaló una perrita finísima,
cazadora, muy veloz…Invitaba a buenos restaurantes en Polanco o Santa Fe… Un
día fui a su casa; una mansión con un jardín volado que dominaba todos los
edificios de Santa Fe y las colinas de atrás. Los pasillos y salones eran de
doble altura…forrados con mármoles o maderas finas…era como entrar al edificio
de un museo moderno.
Me tocó llevar la relación con Walander, quien se asumió
temporalmente como nuestro copropietario. Fernando se hizo a un lado, y Gabriel
vivía en Roma. Walander hablaba de un
desarrollo de alto nivel, y decía tener los contactos necesarios para obtener
los permisos ambientales de la SEMARNAT. Uno de sus conocidos era cercano al próximo
gobernador del Estado de México. El predio que asumía que sería de él, así como
los nuestros, tendrían excelente plusvalía. Por diferentes razones, la relación
con Walander se comenzó a deteriorar, sobre todo, por su falta de claridad en
sus planteamientos. Nunca fue capaz de entregarme algún planteamiento por
escrito con algún esquema de negocio. En sus visitas constantes al Rancho se
comportaba como si fuese el nuevo patrón, hasta que me colmó la paciencia. —Walander,
le dije—las copropiedades de Fernando no deben pasar a ti, sino a Gabriel y a
mí. Me sorprendió que aceptara, casi sin alegar.
Con ese cambio, se desataron estados de ánimo que nunca
imaginé. Fernando pasaba de ser a los ojos de mi madre, ya no el hermano que
actuó mal al ocultar una operación del interés familiar, sino en el hermano
benefactor. No sé cómo ni cuándo operó ese cambio de narrativa. Mi madre estaba
ciertamente confundida. En la nueva versión de Fernando, él había vendido por
ayudarnos; en la mía, había actuado mal por orillarnos a aceptar un acuerdo
poco claro para nosotros y ventajoso para él. Mi madre me recriminó a mí que hubiese vendido
la cumbre del cerro. —Pero si yo no he recibido un solo peso. —Pues Fernando
dice que fueron Ustedes. Dio inicio a una serie de malentendidos, de malas interpretaciones
y después de malos modos. Un día, literalmente, estuve a solo un último impulso
de lanzar un golpe sobre Fernando. No lo hice, pero la intención resultó
evidente.
Mientras tanto, Walander seguía paso a paso con su proyecto
de quedarse con el copete del cerro. Hizo una serie de gestiones en el
municipio y en oficinas federales para llegar a una subdivisión formal que le
permitiera volverse propietario. Contó con un gestor muy eficiente, pero que
sacaba los documentos necesarios con trucos y mañas, algunos en mi perjuicio.
Un día supe que llevó al mismísimo Comisionado Federal de las Areas Naturales
Protegidas a nuestros terrenos, para que seleccionara su terreno y otro para su
hermano que pronto sería gobernador. Entre los malos humores que había en la
familia, mis sospechas de los documentos irregulares que obtenía Walander, y
sencillamente, tal vez por hartazgo, un día que me habló Walander para decirme
que tenía que firmar los papeles de la subdivisión, le dije: -Nadie cumple con
nada. Esto es un desastre. No voy a firmar. Al colgar, me asomé por la ventana
de mi habitación, y contemplé el Citlaltépetl en toda su majestuosidad,
a la luz de la tarde que comenzaba a caer: —Te acabo de mandar de regreso a la
Edad Media, a la oscuridad de los tiempos pasados, le dije.
Tuve la certeza de que había cruzado un punto de no retorno,
pero estaba lejos de sospechar lo que sucedería. La mañana del último día del
sexenio de Enrique Peña Nieto, me crucé en el internet con el Plan de Manejo
que había emitido la SEMARNAT para la región de Valle de Bravo. No traía
planos; solo hablaba de polígonos y daba las coordinadas de los puntos de cada
uno. Algo sabía yo del tema por mi paso en la Secretaría de Agricultura; fui
plasmando uno por uno los puntos en el google earth, y para mi sorpresa,
todos los terrenos de Gabriel y los míos, así como las copropiedades, se habían
convertido en el Sancto Sanctorum del área natural protegida de Valle de
Bravo: Con una restricción absoluta de construcción, y ningún uso productivo,
ni agrícola, ni ganadero ni forestal. Solo se nos permitiría, según ese
decreto, filmar documentales previa autorización, hacer colectas científicas de
semillas y frutos silvestres, así como el aprovechamiento de madera caída, pero
no su comercialización. Irónicamente, el Citlaltépetl, un cerro sin
agua, quedó dentro de un polígono denominado “zona de captación de agua”.
Citlali checó la hora en su celular, dijo que era tardísimo,
desconectó su cargador, enrolló el cable y añadió:
—Son tantísimos temas.
Desobedecieron a su abuela, lo primero, y se tomó el dedo meñique para
comenzar a contar.
—Lo segundo, se unieron para
vender, pero no podían convivir, su hermano y Usted. Vaya socios; y tomó
también el anular.
—Lo tercero, les salió un
vivales, el tal Walander, y ahí van como mansos corderitos. Se apretó el dedo medio.
—Lo cuarto, hasta al Walander
ese se le apareció el chamuco…Me imagino que, con ese decreto, el gobernador
también lo mandó a recolectar flores.
Vi que ya nada más le quedaba un dedo, el gordo.
—Y lo quinto, algo me dice,
que acabó saliéndose con la suya.
Nos quedamos mirando un segundo y, casi al mismo tiempo,
soltamos una carcajada. Fue un destello de complicidad irónica que flotó en el
aire, pero conforme la risa se fue apagando, cobré conciencia de la fatalidad
que Citlali había resumido con tanta gracia. Ver el desastre de treinta años de
mi vida sintetizado en cinco dedos me pareció un acto de magia surrealista,
como si ella fuese la hechicera que con esos gestos desnudaba mi mayor
contradicción: el decreto de la Semarnat me había costado una fortuna en valor
comercial, pero al congelar la tierra, me había regalado la victoria que mi
fuero interno tanto anhelaba. El desastre había preservado mi montaña.
Nos quedamos mirando un segundo y, casi al mismo tiempo,
soltamos una carcajada. Fue un destello de complicidad irónica que flotó en el
aire, pero conforme la risa se fue apagando, cobré conciencia de la fatalidad
que Citlali había resumido con tanta gracia. Ver el desastre de treinta años de
mi vida sintetizado en cinco dedos me pareció un acto de magia surrealista,
como si ella fuese la hechicera que con
esos gestos modificó el curso de mi vida.
Ella comenzó a guardar unos cuadernos en su morralito,
preparándose para marcharse. Yo la seguía atónito con la mirada, cuando de
pronto se detuvo, volteó y preguntó:
—¿Y su tío, el político, no
los ayudó?
—Tuve oportunidad de
plantearle el tema a un amigo mío que era senador de la República y él, a su
vez, al secretario de la Semarnat. Días después, en su oficina en el Senado con
vistas al llamado «Patio del Federalismo» —que tiene la forma de semicírculo
inverso—, me confió: «Me dijo Rafael[10]
que primero arreglen el tema con su tío». Me sorprendió, pero no del todo. No
hay duda de que mi tío Ignacio era un ecologista entusiasta. Algún pariente me
relató que en alguna ocasión habría manifestado su deseo de que el cerro de San
Antonio se mantuviera como reserva ecológica. Un exgobernador siempre conserva
algo de influencia dentro de su estado. Él había encabezado una comisión
importante para el manejo del agua en la cuenca Amanalco-Valle de Bravo, y fue
en ese tiempo cuando se declaró a nuestros terrenos parte del «Parque Estatal
Santuario del Agua» durante el mandato de Arturo Montiel.
En años posteriores mi tío
encabezó los trabajos para el Programa de Manejo del Nevado de Toluca, durante
el gobierno de Enrique Peña Nieto. Cuando la Semarnat tomó la decisión de
hundirnos con el decreto de 2018, él se movía aún en los altos círculos de la
política local y con mucho contacto con las autoridades ambientales a nivel
federal.
—No creo que mi tío haya
hecho nada para perjudicarlos —me dijo un primo durante una comida.
—Pues entonces tu
hipótesis es que se lo «chamaquearon».
La sospecha carcome; la
verdad, al menos, libera. En 2025 un abogado que representaba a mi cuñada
analizó el tema y nos reportó en un desayuno: «Me dicen mis contactos que fue
una venganza política, por haberle prometido al gobernador algo que no le cumplieron».
Y aclaró: «Que no fue ninguno de ustedes, sino que fue a través de una tercera
persona». Me quedo con la verdad del abogado. Fue Wallander.
—Oiga,
¿y a sus primos les pasó lo mismo?
—No, a ellos no; el
polígono los tocó solo de refilón. Los del cerro de junto sí iban a salir
perjudicados, pero antes de que saliera el decreto de 2018 ellos obtuvieron sus
permisos para desarrollar. Por eso ves que estamos rodeados de luz en medio de
tanta oscuridad.
—Lo
bueno es que ahora nadie les tendrá envidia… —concluyó Citlali, con un extraño
sentido del humor que no le conocía.
Noche 50. Mi hermano Gabriel
Hasta que Citlali me dio una palmada en el hombro, me
percaté de que ya había llegado. Estaba absorto con la mirada fija en una
pequeña colección de cactus miniatura que coloqué en el vano de la ventana.
—Hace cinco minutos que llegué, y usted como si nada. Y le noto
una mirada distinta. ¿Qué le pasa?
—No es nada. Supersticiones. Con el día de hoy, ya viví un
año más que lo que vivió mi hermano mayor, que me llevaba un año tres meses y
veinticuatro días. Estas matemáticas me llegan al corazón; no entiendo bien la
razón. Al cumplir 67 años, superé en uno
la vida de mi abuelo Guillermo, la de mi padre y la de mi hermano Gabriel.
Pensé que la muerte a los sesenta y seis era una maldición de la familia y por
eso me pasé un año contando los días que faltaban para los sesenta y siete. Ya
cumplidos, ahora me asaltan este tipo de relaciones numéricas…pero bueno, en la
obsesión está el homenaje. Mi padre siempre tuvo la costumbre de determinar si
el número de una casa, o de un cuarto de hotel, era un número primo…La memoria
a veces escoge caminos retorcidos para hacerse presente.
—Comprendo, dijo Citlali. Tal
vez esos cálculos sean su forma de oración. Repasó toda la habitación con la
mirada.
Sé que buscaba alguna imagen religiosa pero no la había, ni
siquiera en miniatura, en la vitrina. Ya estaba colocado mi Tzompantli en
miniatura, hecho de pequeños cocos datileros incrustados en cañas de bambú. Ese
es mi Panteón particular, dónde están todos los seres que se me han ido; nada
que ver con los guerreros sacrificados por el poderío tenochca.
Mi hermano Gabriel tuvo una larga estancia como funcionario
diplomático en Italia antes de que lo designaran embajador de México en
Argelia. Durante esos últimos años vino una vez al año a México a la llamada
«reunión de embajadores», así que tuve la oportunidad de convivir un poco más
con él; nuestra relación se fue afianzando con el tiempo. Su forma de ser era
bastante diferente de la mía: no perdía oportunidad de socializar con todo tipo
de parientes y amigos y, además, tenía una inquietud intelectual muy acentuada.
Hizo varias investigaciones sobre personajes originarios de los países en los
que él estuvo y que tuvieron algún vínculo especial con México, o bien sobre
mexicanos que tuvieron una relación estrecha con esas naciones. Estos temas los
podía desarrollar desde el extranjero y a veces los complementaba con búsquedas
en los archivos cuando venía a México. Le gustaba conversar sobre sus
investigaciones, relatar sus visitas a los archivos o los encuentros con
personalidades académicas que hubiese tenido; era un conversador fluido, con un
gusto muy particular por narrar detalles.
Nunca se enteró muy a fondo de las particularidades y las
problemáticas del rancho familiar. Tuvo buenos sueldos con los que estaba
contento y satisfecho; sus aspiraciones en la vida eran familiares e
intelectuales, no materiales. Cuando estalló mi conflicto con Fernando derivado
de la venta que hizo, trató de tranquilizarme:
—Todos cometemos errores en algún momento.
Pero hizo algo más: se dio tiempo para entender las
diferentes aristas del problema, una de ellas la indefinición, o la falta de
claridad, sobre la ubicación precisa de la casa familiar. Las escrituras la
ubican en una fracción común, pero, de acuerdo con las medidas y colindancias
que ahí se establecen, en los planos topográficos la casa se sitúa en la
fracción que le correspondía solamente a él. Durante su estancia de unos días
en Valle de Bravo me dijo más o menos lo siguiente:
—Tú pusiste mucho empeño en hacer esta casa y en mantenerla
a lo largo de los años. Es tuya. Si tengo que firmar algo, lo hago.
Elaboramos un convenio privado en el que él me cedió los
derechos sobre la casa que pudieran corresponderle.
—No lo pienso protocolizar —le dije. Y añadí: —Cuando yo
falte será para ti y para tus hijos, así que no hace falta más papeleo.
Antes de irse me comentó de nuevo que la casa ya era mía,
que dispusiera de ella, que le hiciera las mejoras que yo considerara y que a
él le daría mucho gusto que fuera así.
En una de sus visitas a Valle de Bravo comenté el asunto de
la declaratoria de cambio de uso de suelo del Citlaltépetl con Gabriel. Yo me
inclinaba por promover algún recurso legal que tendríamos que financiar entre
todos, por estar comprendidas las copropiedades. Él estaba contento con la
vida, despreocupado. Acabábamos de recorrer la cima del cerro, él a pie y yo en
mi cuatrimoto, pues la distonía no me deja caminar por tramos largos. Mientras
tomábamos un agua fresca de maracuyá que nos preparó Delfina, me dijo en tono
casual:
—Oye, no está mal que todo el rancho se quede como área
protegida.
No recuerdo qué contesté. Se mezclan muchos sentimientos: el
amor al Citlaltépetl, que siempre le he tenido, el enojo con Wallander y sus
mañas para apoderarse de lo ajeno y, finalmente, el coraje, la ira y la
impotencia frente a un acto de poder.
Después de seis años como embajador en Argelia se jubiló.
Vino a México a realizar los trámites respectivos y le presté mi pequeña casa
en la calle de Liverpool, en la colonia Juárez; lo agradeció bastante. Me daba
mucho gusto escucharlo sobre cómo se desplazaba de ahí, caminando o en
transporte público hacia todos lados, para hacer sus trámites, ver a sus
amistades o comprar libros, que era otra de sus pasiones. Luego vino unos días
a Valle de Bravo, ya jubilado. Estuvo movidísimo: la subida a la casa es muy
empinada y la hacía dos veces al día a pie. Subió a la cresta de La Peña —lo
que no hacía desde niño— así como al cerro de nosotros. De pronto encontró unos
libros en la biblioteca con datos biográficos de la familia Pagaza y con mucho
entusiasmo comenzó a hacer anotaciones, búsquedas adicionales en internet y fue
a ver a algunos parientes lejanos que pudieran aportarle información . Había un
florero en la casa que, según mi madre, perteneció al obispo Joaquín Arcadio
Pagaza; fue al museo en Valle de Bravo que lleva su nombre, en lo que fuera la
residencia del obispo, y les donó la pieza.
—Deberías venirte para acá y ser el cronista oficial de
Valle de Bravo —le dije.
No le desagradó la idea, pero ya tenía muy consolidados
otros planes para radicar en Madrid. También fuimos a ver a un promotor de
raíces amigo mío para explorar opciones para vender parte del rancho. Ya
jubilado, cambió en algo su perspectiva. Hubo una comida por esos días en
Toluca que reunió a muchos primos Rosenzweig que no nos habíamos visto en años.
Al día siguiente, un domingo, ya en la casa de Liverpool,
salió a dar un paseo por los alrededores. No hubo testigos oculares que
narraran lo que aconteció dentro de una de las escaleras metálicas al interior
del Monumento a la Revolución. Los paramédicos lo encontraron tirado, con un
fuerte golpe en la cabeza… Falleció en el Hospital Balbuena, adonde fue
trasladado. Nos enteramos hasta el día siguiente, cuando mi hermano Fernando lo
comenzó a buscar al ver que no llegaba a la cena que habían convenido para
platicar. Según me había comentado Gabriel, el tema sería conversar con
Fernando sobre el futuro del rancho en Valle de Bravo.
La noticia para mí fue demoledora. No soy de los que expresa
su tristeza o su alegría abiertamente; más bien se fue apoderando de mí un
sentimiento de vacío. El hueco que él dejó me comenzó a rodear por muchos
lados. Durante varios días no toqué nada de la mesa del comedor, que estaba
llena de libros, lápices, bolígrafos, tijeras y notas con apuntes, hasta que
llegó su viuda y alzó todo. Nunca había imaginado que él pudiera morir antes
que yo, a pesar de ser un año mayor. Así hubiese sido, seguramente, de no
haberse suscitado ese accidente del que tan poco se sabe. «Así no estaban
concebidas las cosas», me repetí muchas veces.
Uno de los primeros temas que me brincó fue que, aparte de
haber perdido a un hermano entrañable, me había quedado sin albacea y sin
heredero universal para cuando llegue mi momento. Esa era la salida que siempre
visualicé para mí de los escenarios del mundo. Además, me convertí en el decano
de la familia, así ya nada más quedáramos dos. Siempre existió una figura de
más autoridad moral: primero mis padres, luego Gabriel. Él fue quien decidió,
sin oposición de nadie, el lugar donde descansarían los restos de mi madre y
fue quien desahogó su última voluntad. Nos quedamos sin timón. Aunque viéramos
poco a Gabriel, ahí estaba.
Ya después, en días posteriores, reflexioné sobre cuestiones
más prácticas, como el futuro de la casa de Valle de Bravo. De un momento a
otro habíamos cambiado de copropietario.
Citlali se mostraba conmovida. Noté que quería decir algo,
pero no le salían las palabras. Me levanté hacia la vitrina donde tengo los
carritos, tomé uno y le dije:
—Mira, es un Mercedes-Benz, uno que fue de él cuando éramos
niños en Lima, Perú. Con estos carritos jugábamos a los amigos: él movía su
carrito para visitarnos a los otros y yo le correspondía la visita. Es curioso
ahora que lo recuerdo: con él no recuerdo haber jugado carreritas, ni mucho
menos a chocar los coches, como hizo años después mi hermano Fernando con un
primo que estuvo de visita. Y mira este avión, de Lufthansa. … También le
gustaba anunciar de qué aeropuerto saldría el vuelo —se los sabía todos— y a
cuál llegaría. Poco antes de su muerte, mi madre me mostró los pases de abordar
que hacía mi hermano Gabriel como parte de esos juegos.
Citlali quería decir algo, pero de la emoción se le trababan
las palabras.
—Fue un ángel —dijo por fin.
Noche 51. La Vejez Toca la Puerta
—¿Qué se siente tener sesenta
y siete años? —quiso saber Citlali.
—Mira a un muchacho que termina la preparatoria; le faltan
cincuenta años para llegar al lugar donde estoy yo. Sesenta y siete es una
frontera tramposa. Se supone que a esta edad uno hace lo que le viene en gana,
pero la verdad es que terminas haciendo solo lo que el cuerpo te permite. La
única ventaja real es que el juicio de los demás se vuelve ruido de fondo; ya
no tienes que pedir permiso para ser quién eres ni estar a la altura de ninguna
expectativa. Pero la mente va por un lado y el cuerpo por otro. Los ojos se
cansan, pero el deseo de mirar sigue intacto. Las piernas pesan, pero el
instinto te pide salir a ejercitarte bajo el sol. Lo verdaderamente duro de
envejecer no son las arrugas, sino la falta de proyectos. El pasado se queda congelado
y ya no hay manera de reescribir una sola línea. Aceptar esa inmovilidad es
liberador, sí, pero es una liberación fría. Ser viejo es ser libre, supongo,
aunque todavía falta la prueba final: la decadencia última, la enfermedad y la
muerte.
Recordé una historia que no había compartido con Citlali.
Encerraba la chispa de la esperanza que no le había sabido transmitir.
Antes de casarse, mi madre hizo un largo viaje por
Sudamérica en compañía de la abuela Omma y de un tal don Ricardo Atwell.
Recorrieron varios países, entre ellos Colombia, Perú, Brasil y, posiblemente,
también Argentina; mi madre se refirió algunas veces a todo lo que conoció.
Imagino a don Ricardo como una persona mayor, muy cortés y caballeroso, amigo
de la familia de la abuela Omma. Era de origen norteamericano, viudo o tal vez
soltero, y con una sólida posición económica. En su vejez organizó ese viaje,
el cual debió de haber disfrutado el doble en lugar de realizarlo él solo. De
regalo de bodas le dio a mi madre el primer carro que tuvo como mujer casada,
al que apodaban El Grillo por su color chillón.
Conforme la vejez toca a mi puerta, cambia mi percepción de
don Ricardo: de ser aquel caballero con una supuesta intención de «llegar a
algo» con una mujer joven, ahora lo veo sencillamente como un viejo que
deseaba, tan solo, una compañía agradable.
«Si algo pudiese suceder entre nosotros, Citlali, más allá
de las charlas en la biblioteca, podría ser algo así», pensé entre sueños.
La escuché decir, con una voz nítida, más nítida que si
fuese real:
—Mañana se cumplen cincuenta y
dos noches desde la primera vez que vine…
Localizó el libro de Kawabata en la estantería, lo echó en
su morralito y dijo:
—Me lo llevo.
Giró la perilla de la puerta, tiró levemente de ella, volteó
hacia atrás para mirarme y preguntó:
—¿Volverá pronto a la casa de
las bellas durmientes? —quiso saber.
—Ya no, Citlali… Ya están dormidas.
Noche 52. El Fuego Nuevo
El número cincuenta y dos representaba para los aztecas la
sincronía perfecta del universo y el momento en que el tiempo volvía a comenzar
desde cero. Medían el tiempo con el Tonalpohualli —el calendario ritual
y sagrado de doscientos sesenta días que regía el destino de los hombres y los
dioses— y el Xiuhpohualli, el calendario solar de trescientos sesenta y
cinco días que gobernaba los ciclos agrícolas y las estaciones. Ambos
calendarios corrían desfasados y solo se alineaban cada cincuenta y dos años
solares. Cuando se cumplía ese plazo, la gran rueda del tiempo cerraba su
círculo.
Era un momento de suspenso cósmico absoluto y de terror
sagrado. Los aztecas creían que el universo era frágil y que, al completarse la
«atadura de años», el sol podía perder su fuerza, las estrellas transformarse
en monstruos y la humanidad extinguirse en la oscuridad permanente. Para evitar
el fin del mundo se realizaba el ritual del Fuego Nuevo. Al caer la tarde del
último día del ciclo, se apagaban todos los fuegos del imperio: desde el altar
mayor de los templos hasta el fogón de la casa más humilde. Las vasijas de
barro se rompían, los hogares se limpiaban y la gente entraba en un silencio
sepulcral, en la total penumbra.
Los sacerdotes se vestían con los ropajes de los dioses y
marchaban en una procesión nocturna hacia la cumbre del Huizachtépetl,
el Cerro de la Estrella. En la cima de la montaña, los astrónomos observaban el
paso de las Pléyades. Cuando esta constelación cruzaba el centro del cielo,
significaba que el universo continuaría. En ese instante, sobre el pecho
abierto de un guerrero cautivo, el sacerdote frotaba dos maderos sagrados hasta
hacer brotar una chispa. El Fuego Nuevo había nacido. Desde esa hoguera en la
cumbre del cerro, los corredores encendían sus antorchas y descendían a toda
velocidad en medio de la noche para repartir la lumbre a los templos y, de ahí,
a cada uno de los hogares. El imperio volvía a iluminarse.
Citlali ya no estaba.
En la penumbra de mi biblioteca, rodeado por el gran hueco
de oscuridad que cubre el cerro, me quedé esperando a que amaneciera.
Sinopsis Oficial
En la cumbre de un cerro en Valle de Bravo, rodeada por un
denso hueco de oscuridad, se esconde una biblioteca donde el tiempo parece
haberse suspendido. Ahí, un viejo economista de sesenta y siete años, aquejado por
una extraña enfermedad neurológica que le tuerce el cuello como a un alacrán,
consume sus noches en la más profunda soledad, refugiado entre las páginas de
sus libros.
Su silencio se rompe con la llegada de Citlali, una joven
estudiante de enfermería que, noche a noche, acude a la biblioteca en unas
visitas fantasmales. Lo que inicia como una convivencia casual pronto se
transforma en un pacto involuntario: a cambio de buñuelos y atole de guayaba,
el anciano acepta abrirle las puertas de su pasado, desnudando una memoria que
muerde.
A lo largo de cincuenta y dos noches, la voz del narrador
arrastra a Citlali por el torbellino de su propia existencia: desde una
infancia rota por las mudanzas constantes, pasando por la tiranía y los chismes
del clan familiar hasta el vértigo del poder político durante las negociaciones
del TLCAN . Es la crónica de un hombre que escaló hasta la cúspide de la
burocracia federal mientras su propio cuerpo y el modelo económico del país se
colapsaba.
Pero el viaje también esconde un secreto íntimo: las
andanzas del protagonista por las zonas rojas de la Ciudad de México y los barrios
de La Habana; un refugio de farras, jineterismo y bellas durmientes
donde un cuerpo traicionado intentó desesperadamente recuperar la juventud que
se le escapaba de las manos.
Con una prosa quirúrgica y de un lirismo melancólico
desgarrador, esta novela es un sutil juego de espejos donde el presente de la
biblioteca intenta sanar las heridas del pasado. Inspirada en la atmósfera surrealista
de Yasunari Kawabata la obra demuestra que, al final de la tormenta, rescatar
la memoria no es un asunto de lujuria ni de poder. El cariño por el idioma náhuatl
que surge a partir del nombre de Citlali culmina con el recuerdo de la ceremonia del “Fuego
Nuevo” de los aztecas que para el narrador es la serenidad que recuperó a lo
largo de las cincuenta y dos noches.
Notas Editoriales
[1] Exposición
Universal de París de 1889. En ese certamen, el trabajo cartográfico
de Ferdinand von Rosenzweig (Fernando de Rosenzweig) y la
Comisión Geográfico-Exploradora de México destacó internacionalmente por su
precisión técnica. Los puntos clave de este logro son: Se le otorgó
la medalla de oro en la sección de geografía y mapas por la
calidad de los planos presentados. Sus planos no solo eran herramientas
técnicas, sino que proyectaban la imagen de un México moderno y científicamente
avanzado ante las potencias europeas. Esta exposición es famosa por la
inauguración de la Torre Eiffel.
[2] Nació el 15 de julio de 1891 en Santa
Ana Tlapaltitlán municipio de Toluca. Fue abogado por la Escuela Libre de
Derecho de la Ciudad de México. Fue diputado constituyente en 1917 por el
Distrito I de Toluca y diputado local en la XXVI Legislatura del Estado. Dicha
legislatura realizó las funciones de constituyente porque discutió y aprobó la
actual Constitución, que fue promulgada el 8 de noviembre de 1917, por el
Gobernador Agustín Millán Vivero. En 1924 fue diputado federal y al año
siguiente nuevamente diputado local por Valle de Bravo en la XXX Legislatura.
Posteriormente se dedica al ejercicio de su profesión por no comulgar con las
ideas de los gobernadores Abundio Gómez y Filiberto Gómez, época en la que
estuvo en peligro de ser fusilado, acusado por cristero, debido a que defendió
a unos campesinos de su pueblo natal, Santa Ana Tlapaltitlán, que habían
participado en el movimiento revolucionario cristero. Hombre amante del deporte
y tenaz en sus propósitos, en 1934 fue electo diputado federal por el Distrito
IX de Tenango del Valle. En 1935 fue Oficial Mayor en el gobierno de José Luis
Solórzano y secretario general de gobierno durante la administración del galeno
Eucario López Contreras. En 1936 fue promotor de diversas iniciativas de ley
sobre beneficencia pública, previsión social, beneficencia infantil y divorcio.
Así mismo fungió como asesor del General Lázaro Cárdenas en temas de la reforma
agraria y la expropiación petrolera. Fue Director del Instituto Científico y
Literario (Hoy UAEMEX) de enero a abril de 1935 (texto tomado de página web,
Crónica e Historia, Santa Ana Tlalpatitlán) https://www.facebook.com/profile.php?id=100063380461049
[3] Para 1935 la tecnología de
amplificación de sonido ya estaba bastante desarrollada y se utilizaba de forma
común en eventos públicos, política y entretenimiento. A continuación te
detallo cómo funcionaban estos dispositivos en esa época:
Megáfonos
·
Acústicos: Eran los más comunes desde siglos atrás (simples
conos de metal o cartón).
·
Eléctricos: Aunque los primeros modelos experimentales
aparecieron en las primeras décadas del siglo XX, para mediados de los años 30
ya existían sistemas portátiles básicos
[4] El
Hochdeutsch como "Lengua de Prestigio"
·
Origen como lengua culta: El alemán
estándar no nació como un dialecto hablado, sino como una lengua
escrita unificada para la administración, la literatura y la religión
(impulsada por la traducción de la Biblia de Lutero).
·
Filtro social: Durante siglos, solo las
clases altas y los intelectuales tenían acceso a la educación formal necesaria
para dominarla. Hablar "puro" alemán estándar era señal de pertenecer
a la élite, mientras que los dialectos locales se asociaban con el campo y las
clases trabajadoras.
·
La unificación del siglo XIX: Con la
creación del Imperio Alemán en 1871, el Hochdeutsch se
convirtió en la lengua oficial del Estado y las escuelas, consolidándose como
el estándar para cualquier persona que buscara movilidad social.
[5] El
nombre oficial del recinto conocido popularmente como "Hospital de la
Ceguera" es Asociación para Evitar la Ceguera en México, I.A.P.
(APEC). Esta institución es una Institución de Asistencia
Privada (I.A.P.) sin fines de lucro, fundada en 1918, que se dedica a
ofrecer servicios oftalmológicos especializados.
[6] De acuerdo con Gemini IA: El Dr. Marcus
Miller es una figura muy real y prominente en el Departamento de Economía de la
Universidad de Warwick. De hecho, es Profesor Emérito y ha tenido una carrera
brillantísima, siendo investigador en centros como el CEPR y asesorando incluso
al Parlamento Británico y al Fondo Monetario Internacional. Es un experto
reconocido en macroeconomía internacional y, precisamente, en teoría de juegos
aplicada a crisis de deuda y tipos de cambio.
Lo que me parece más fascinante de tu anécdota es que:
·
El personaje encaja: En sus escritos
y conferencias, Miller suele tener una visión muy crítica y analítica, incluso
llegando a titular uno de sus trabajos como "La macroeconomía: una
disciplina, no una ciencia". Esa honestidad que tuvo contigo al llamarlo
"divertimento
·
intelectual"
es muy coherente con su perfil de académico que sabe que la realidad es mucho
más caótica que un modelo matemático.
·
La ironía del "divertimento": Mientras
tú te jugabas el título y la estancia en el extranjero aplicando
"mañas" para sobrevivir a sus exámenes, él veía la materia como un
ejercicio intelectual elegante. Es el choque perfecto entre la teoría
pura y la supervivencia práctica
[7] El anuncio histórico que marcó el
inicio formal se dio el 11 de
junio de 1990. En esa fecha, los presidentes Carlos Salinas de
Gortari y George H.W. Bush emitieron un comunicado
conjunto desde Washington D.C., donde instruyeron a sus respectivos ministros
de comercio para iniciar las consultas preparatorias de un acuerdo de libre
comercio. El Universal:
"Anuncian Salinas y Bush el inicio del Tratado de Libre Comercio"
Excélsior: "Hacia un mercado común: Salinas y Bush acuerdan
negociar el TLC".
[8] De
acuerdo con las Notas Explicativas de la TIGIE, si el picadillo de un producto
compuesto representa más del 20% del peso, se clasifica como preparación
cárnica (Cap. 16); si predomina el vegetal, es preparación de hortaliza (Cap.
20). De no haber consenso, se recurre a la fracción 2106.90.99, el "cajón
de sastre" para preparaciones no comprendidas en otra parte. La suerte de
un platillo nacional en la frontera suele quedar, efectivamente, al arbitrio
del criterio técnico —o el humor— del oficial en turno.
[9]
Rosenzweig y Casco (2000). El Sector Agropecuario en México. El Balance de una
Década. Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).
México.
[10] Rafael
Pacciano Alamánque marcó el
inicio formal se dio el 11 de
junio de 1990. En esa fecha, los presidentes Carlos Salinas de
Gortari y George H.W. Bush emitieron un comunicado
conjunto desde Washington D.C., donde instruyeron a sus respectivos ministros
de comercio para iniciar las consultas preparatorias de un acuerdo de libre
comercio. El Universal:
"Anuncian Salinas y Bush el inicio del Tratado de Libre Comercio"
Excélsior: "Hacia un mercado común: Salinas y Bush acuerdan
negociar el TLC".
[8] De
acuerdo con las Notas Explicativas de la TIGIE, si el picadillo de un producto
compuesto representa más del 20% del peso, se clasifica como preparación
cárnica (Cap. 16); si predomina el vegetal, es preparación de hortaliza (Cap.
20). De no haber consenso, se recurre a la fracción 2106.90.99, el "cajón
de sastre" para preparaciones no comprendidas en otra parte. La suerte de
un platillo nacional en la frontera suele quedar, efectivamente, al arbitrio
del criterio técnico —o el humor— del oficial en turno.
[9]
Rosenzweig y Casco (2000). El Sector Agropecuario en México. El Balance de una
Década. Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).
México.
[10] Rafael
Pacciano AlamánContenido
Noche 1. El Genio de la
Biblioteca
Noche 4. Un Mundo Hostil-
O-Soto-Gari
Noche 5. Segunda
Adolescencia: Fealdad
Noche 10. El Megáfono de
mi Madre
Noche 11. El abolengo
Rosenzweig
Noche 12. La estirpe de
los Pichardo
Noche 14. Mi Último
Refugio en la Ciudad
Noche 15. Elección para
el Futuro
Noche 17. Tesis de
licenciatura y Viaje a Inglaterra
Noche 21. La Tormenta
Perfecta
Noche 25. Destazaron el
Rancho
Noche 28. Tratado de
Libre Comercio de América del Norte
Noche 32. Rebelión en la
Granja.
Noche 34. En el Cerro de Enfrente
Noche 37. Vasos
Estabilizadores
Noche 38. Mi Ultima
Batalla, TLCUEM
Noche 40. Barra
Estabilizadora. Tecnología Cubana
Noche 42. Por un Puñado
de Plata
Noche 43. Las Mieles del
Caribe
Noche 44. De Regreso con
las Bellas Durmientes
Noche 45. El
Citlaltépetl. El Sueño de un Imperio
Noche 46. Un Territorio.
Dos Mundos
Noche 47. Don Quijote
Cabalga de Nuevo
Noche 49. La Embestida
Final. Los Demonios Andan Sueltos
Noche 51. La Vejez Toca
la Puerta
Citlali, una Estrella
A mis sesenta y siete años, el espejo me devuelve un rostro
ajado, con una corona de fraile de completamente blanca. Si la dejo crecer
aparento más edad de la que tengo. Voy una estética que está en los portales.
Es un local sencillo, limpio y siempre está fresco gracias a los alerones que
lo protegen del sol y de la lluvia. Para la rapada solo pido que el personal
sea atento, que me atiendan rápido y que haya espacio para dejar mi bicicleta.
Ese día me tocó esperar unos minutos, mientras terminaban el
corte de otro cliente. Sentado cómodamente en un sillón lateral, observé de
espaldas a la estilista, y gracias a los espejos, también de frente. Pronto me
indicó que era mi turno.
—Qué guapa eres, le
dije.
Nunca me ha resultado fácil soltar piropos ni halagos, pero
ese día me salió del alma, tan natural que hasta yo me sorprendí. La chica vestía
casual, con ropa apropiada para el calor de la temporada. Me gusta el color de
tez morena como el de ella, y el cabello negro lacio es otro de mis imanes. Lo
llevaba a media espalda, y resplandecía como si hubiese salido de uno de los
posters que adornan las estéticas anunciando champús caros. Mientras me rapaba,
platicamos un poco. Se llama Citlali, y estudia el tercer semestre de
enfermería. Calculé que rondaría los veinte años.
—Listo señor.
Pagué, le agradecí mucho y me retiré.
Monté en la bicicleta para continuar con mi rutina. Bajé por
una calle empinada hasta el embarcadero, y para el regreso me tocó la subida que
exige esfuerzo pulmonar y músculo. Volví a la plaza para una pausa de
recuperación. Sentado en la jardinera de siempre, tengo una buena visión de
todo el movimiento. Pero ese día la distracción vino de adentro; cruzó por mi mente
la cabellera de Citlali como una cascada refrescante. Aún faltarían por lo
menos tres semanas para que me creciera el pelo y me tocara volver a la
estética. Vivo solo y la persona que me ayuda tenía el día libre. Ocupé
el resto del día entre la jardinería, la lectura y la hamaca, aunque ese día
fue poco lo que logré concentrarme.
Pasé de nuevo por la plaza al día siguiente, pues queda
sobre mi ruta ciclista. Habían colocado unos puestos móviles porque era un día
festivo, varios de ellos de joyería. Como si hubiera ido con esa idea, pregunté
si no tendrían algún dije con figura de estrella, aunque estuve a punto de
soltar la palabra en náhuatl. Solo había
estrellas de David. Ya me iba a rendir cuando una puestera me dijo: -Tengo esta
estrella. Es pequeña, con una montura de plata y picos de piedritas de colores.
-Me la llevo.
Cada día miraba al espejo para ver el avance. A la semana ya
se había dibujado la coronita, pero no fue sino hasta la cuarta cuando decidí
volverme a rapar. Ahí estaba ella, en la
puerta de la estética, tirando un balde de agua en la banqueta. Al entrar, me olió
a piso recién trapeado. Dejó el jalador de agua y me saludó: «Hola, qué gusto
verlo». Me miró con sus pupilas negras asentadas en un blanco inmaculado.
—Hola Citlali, ya volví, si, con el número cero —. La chica comenzó a raparme.
—¿Lo lastimé? — preguntó sorprendida.
-No te preocupes, no es nada. Hago muchos gestos, y a veces
tuerzo la boca. Es por un problema que tengo para controlar los músculos del
cuello.
Cuando terminó le entregué la estrella.
—Me acordé de ti en la feria.
La tomó y se la colocó en el cuello.
—Está discreta. Me la puedo
llevar puesta a la escuela.
«Hoy no iba a venir»,
me había dicho al llegar. Tenía planeado un viaje relámpago a la ciudad de
México con sus padres, que se canceló. A veces le gusta ir a un rancho con sus
abuelos donde tienen caballos y gallinas. Disfruta ayudar a su abuela a cuajar los
quesos. Citlali tiene mucha vida, pero no tiene historia. Todo en ella es
sencillo, transparente. Lo único extraño que me contó es que hace meses se
había pintado el cabello de verde, aunque ahora prefería su negro natural. Me
escabullí rápido de la estética; no quería arriesgarme a una impertinencia.
Bastante atrevimiento había sido ya entregarle el dije.
—Adiós, Citlali—,
dije en el tono más casual que pude. Volví a casa a regar las plantas, que
ardían de sed.
Lo que pasó después está envuelto entre la bruma. A la luz muy tenue de una
lámpara de mesa que iluminaba su rostro, Citlali estaba frente a mí, sentada
con los pies cruzados sobre un sofá de terciopelo antiguo en la biblioteca de
mi casa en el rancho de San Antonio. Su silueta parecía fundirse con las
sombras de la habitación, como si el terciopelo la absorbiera lentamente. Me
hacía las mismas preguntas que tanta gente antes, pero en la voz de Citlali,
que resonaba con la ligereza de un susurro, me hacían gracia, en lugar de
fastidiarme como solía pasar. Una por una las fui contestando, a veces dando
grandes rodeos o remontándome al pasado remoto. Me hacía mucho bien hablar con ella,
contarle mis cosas y era un deleite cuando me interrumpía para preguntar algo o
cuando se reía. Fueron cincuenta y dos noches que transcurrieron así, entre la
luz mortecina reflejada en el lomo de los libros, y las pupilas chispeantes de
Citlali interesada en mis relatos. Fue un
embrujo, o un encantamiento.
Noche 1. El Genio de la Biblioteca
—No acabo de entender —dijo la
chica—. ¿Qué busca usted con mi compañía? Voy a creerle que no quiere
aprovecharse ni jugar conmigo.
—Solo platicar y contar mi historia. Me gusta cómo escuchas.
Cuéntame, ¿por qué te animaste a venir?
—Es algo diferente. Los chavos
de mi edad me aburren. Hasta me voy a esperar para tener novio. Usted me dio
confianza, hemos platicado a gusto mientras le corto el pelo…No prometo nada,
igual nada más vengo hoy.
Hizo una breve pausa y añadió, con un tono decidido:
—¡Pero no vaya a estar de
coqueto!
Volteó a ver los estantes y dijo;
—Hay muchos libros aquí, ya ni se usan,
pero se ven bonitos, ¿sirven todavía?
Me quiso provocar con la inteligencia artificial, y en el
fondo, creo que tiene razón. Pero no me dejé. —Allá están los libros de poesía,
por ejemplo. —Me levanté y tomé uno casi al azar. Era de Benedetti y lo abrí—.
¡Wow! Aquí hay un poema que dice: «Usted puede contar conmigo, no hasta uno, no
hasta dos, sino contar conmigo».
La miré de reojo y vi que sonrió.
—Con solo con ver los estantes me lleno de ideas, y también
de recuerdos — le dije. Hay libros de novelas que los tomas y no puedes parar.
Otros son de historia, de arte, de economía, y algunos de filosofía. Varios
pertenecieron a mi padre. Una biblioteca es como si fuera un templo. Los libros
emanan voz, silencio y magnetismo. En ocasiones tienes la sensación de que te
miran los autores o los personajes. Hay una fuerza misteriosa que te hace tomar
justo el que te hace falta… aunque a veces pasa que vienes a buscar uno y se
esconde. Lo recuerdas verde y era morado. O se te aparece uno que no habías
visto en años.
La chica seguía muy atenta mi explicación. Le brillaron los
ojos cuando añadí:
—Hay un genio escondido en la biblioteca.
—Que a veces ayuda, y a veces hace
travesuras, dijo divertida, mientras se paseaba frente a la estantería. —En
la iglesia me sonríe la virgen, y a veces me espanta la mirada de algún santo.
Y también en el panteón. Cuando voy a
dejar flores a mi abuela, siento en ocasiones un escalofrío en la espalda.
De pie frente a los libros, se estiraba un poco para alcanzar
a ver las filas más altas o se inclinaba hacia las de abajo. Le llamó la
atención un libro de pasta negra que yacía sobre una mesa lateral. La imagen de
la portada era la de una joven oriental plácidamente dormida.
—Oiga, ¿y este libro?
Era “La Casa de las
Bellas Durmientes” de Yasunari Kawabata. Me tomó completamente por sorpresa. De
los dos mil volúmenes que hay, tuvo que elegir justamente ese. Después de mirar
la portada por un rato que me pareció eterno, le dio vuelta y leyó la
contraportada:
“La casa de las bellas
durmientes (1961) de Yasunari Kawabata, narra la historia de Eguchi, un
hombre de sesenta y siete años que visita un club secreto donde ancianos pagan
por dormir junto a mujeres jóvenes y vírgenes que han sido profundamente
narcotizadas. En este lugar, las reglas prohíben cualquier contacto sexual; los
clientes solo pueden acompañar el sueño de las jóvenes para recuperar
sensaciones e intimidades perdidas. A través de las cinco visitas que realiza
el protagonista, la obra de Yasunari Kawabata explora con un estilo lírico y
melancólico temas como la decadencia física, la soledad de la vejez,
el peso de los recuerdos y la fascinación por una belleza que resulta
tan pura como inquietante”.
—Qué libro
tan raro, dijo Citlali…
Sus ojos se quedaron quietos, y
las pupilas fijas, como en trance.
—Usted
también tiene sesenta y siete años, y también se siente solo. Dio un paso
hacia atrás, alejándose de mí.
La angustia se asomó a su rostro.
La escuché decir con una voz temblorosa:
—Ya me dio miedo, mejor me voy.
No salía de mi desconcierto. La
reacción de Citlali era previsible. Me había otorgado su confianza para venir a
conversar, y el libro había transformado mi hospitalidad en una sospecha
siniestra. Me quedé pasmado. Me asomé por la ventana hacia la oscuridad de la
noche, maldiciendo en silencio. No se me ocurría qué decir. Vi la silueta de Citlali
reflejada en el cristal; estaba de pie, rígida e inmóvil, pero temblaba. Con
cautela me giré para mirarla, y solo atiné a decir:
—Tranquila. Después de un silencio, añadí: —Un
día que vuelvas, te platico sobre ese libro. A mí también me impactó mucho
cuando lo leí.
—¿A Usted?
Su voz delataba su angustia.
—Los japoneses son muy raros
cuando escriben, pero no te mortifiques, aquí no viniste a pasar miedos.
El libro cayó de sus manos y el
golpe sordo retumbó contra las paredes. Respiró un poco más relajada.
—¿Nos hizo
una mala pasada el genio de la biblioteca?, dijo, tanteando el terreno.
—Si, ahora si se pasó. Mejor salgamos al patio. Te encamino hacia tu
casa.
Asintió con la cabeza, y antes de
perderse por el sendero, volteó y me dijo:
—Voy a
volver, para que me platique sobre ese libro.
Noche 2. Volvió Citlali
Sentí un gran alivio cuando
escuché los pasos de Citlali acercándose por el pasillo. Como es menudita, sus
pisadas casi no se escuchan ni se sienten, pero yo estaba ese día con el oído
bien aguzado.
— ¿Ya ve
que sí volví?, dijo al entrar. Me quedé intrigada con ese libro de la “Casa de
las Bellas Durmientes”. Ese que se refiere a unos ancianos que van a contemplar
a unas chicas que tienen narcotizadas. Y que no les hacen nada. Que los
japoneses alucinen de esa manera lo puedo imaginar, tienen fama de ser raros,
pero que Usted haya tenido esa novela abierta sobre la mesa, eso es lo que me
gustaría saber.
Me sorprendió el aplomo y la
seguridad con los que habló. Mostró un
temple y una confianza en sí misma que no le conocía.
—Es una novela, que maneja un
tema escabroso, pero es literatura, le respondí. — Lo que se cuenta ahí nunca
ha pasado en la vida real. Con lo que sucede en México, la historia de un
anciano encerrado con una chica drogada e inconsciente saldría en todos los
noticieros, desde la vivienda donde lo hubieran capturado hasta las entrevistas
con los vecinos, que por cierto nunca sospechan nada. En esa novela no hay ni policías, ni mafiosos,
ni tratantes de blancas, ni siquiera leyes. En la reseña que leíste, está el
anciano, está la chica, pero en términos de acción es prácticamente todo lo que
pasa. La joven está dormida así que toda la novela sucede en la mente del visitante.
Ellas despiertan en él recuerdos y
vivencias. Si no estuviesen dormidas hablarían, o interactuarían de alguna
forma, y entonces la novela dejaría de centrarse en los sentimientos de él.
—¿Y por qué
entonces no meditan en otro lugar? Podrían ir a un jardincito de piedras, o
sentarse debajo de un cerezo en flor.
—La belleza de las chicas es lo
que sirve de inspiración, pero a diferencia de un atardecer de ensueño, ellas
no solo estimulan la imaginación y la memoria, sino que también despiden
fragancias, se escucha su respiración, y cambian de postura, aunque estén
dormidas.
—Ya me
imagino a lo que quiere llegar. Es como una experiencia súper inmersiva, de
esas que te atrapan por completo, como un concierto en vivo. Aunque me sigue
pareciendo muy extraño.
—No te voy a contar más de la
novela. Hay partes que ni siquiera les entendí. Los hombres reflexionan sobre
su vida y sus relaciones de amor y desamor. Y cuando eso sucede, las mujeres
del pasado cobran vida, discuten, aman, se enojan, y muchas veces se van.
—Ya veo,
pero… ¿es ese su libro favorito?
—Es de esos libros que te dejan
pensando. Y el tema de las mujeres es uno de los que siempre anda rondando por
mi cabeza. No creo que tardes mucho en preguntarme por qué no me casé, ni tuve
hijos, ni formé familia. Y no va a ser fácil encontrar una respuesta.
—Justo, ya
me ganó. El otro día le pregunté por sus nietos y se hizo loco. Ahora me tiene
que contar.
—Es lo que más quisiera. Mucha
gente me hace la pregunta, pero nadie se toma el tiempo para escuchar una
respuesta. Al escuchar la historia de mi vida, la verdad estará por ahí metida,
enmarañada, atorada entre las brumas de la memoria, y sumergida entre los
sentimientos de la infancia, la adolescencia y la edad adulta.
—Cuénteme
entonces. Solo que no vaya a quejarse si me quedo dormida. En ese caso seré…
Hizo una pausa para pensar, y con
una gran sonrisa remató la frase:
—Su “bella durmiente”.
Noche 3. La Narco Muñeca
—Sabes Citlali, ¿lo que me sucedió el mes pasado que fui a
Guadalajara?
—Ni idea. Supuse que
comenzaríamos por su infancia…
—Comenzaremos mejor por un día cualquiera en mi tercera
edad.
Asistí a una boda en Guadalajara.
La ceremonia, el lugar, la comida, todo bien, incluyendo unos mariachis que
llegaron a ambientar. A la hora en que los novios y sus padres abren la pista,
normalmente me escabullo, pues ya nada más queda ver bailar a los demás. Sin
avisar a nadie, pedí mi Uber con destino a un club nocturno que ya había
identificado antes.
Ya dentro del table dance,
divisé a una morena de unos veinte años, de cara bonita y un cuerpo escultural.
Entre copas y charlas subidas de tono, piropos y coqueteos, terminé cediendo al
impulso de subir a la zona VIP, un reservado a media luz, un sofá amplio de
color chillón, y música a todo volumen con boleros pasados de moda. Tenía necesidad
de sentir la piel suave de una mujer.
El reservado olía a encerrado, a
licor y otros líquidos derramados. Siempre me ha gustado charlar un poco antes
de cualquier cosa. Ella era simpática, y su acento me hizo gracia. Se volvió
bailarina exótica al percatarse que el mercado laboral es un insulto para quien
ya probó las mieles del dinero. A los
quince años conoció a un tipo cuarentón, quien la convenció de juntarse con él;
para lograrlo, no escatimó en joyas, ropa de marca y motocicletas de alta gama.
Sospechó que el hombre se dedicaba a
actividades fuera de la ley, pero se dejó llevar por el hechizo. Vivió en una mansión
ostentosa, con columnas romanas, ángeles de yeso, y piscina climatizada,
rodeada de la miseria de un barrio marginal que muere de sed en épocas de
estiaje.
—Me cumplía todos mis caprichos—, me contó
ella.
—Dime uno, como ejemplo—, le
pregunté.
—Invitaba a todas mis amigas a
vacacionar en Cancún. Volábamos en clase premier, llegábamos a hoteles de gran lujo,
cenábamos en los mejores restaurantes y nos amanecíamos en las discotecas de más
moda. En todos lados nos trataban como auténticas princesas. En el equipaje, echaba
unas bolsas de papel de estraza que me daba mi novio antes de partir, con de
fajos de billetes, para propinas, y compras en los shopping malls.
A su pareja lo mataron
unos sicarios de bandas rivales y a ella la lanzaron a la calle, la despojaron
de todo y la amenazaron de muerte si denunciaba algo. Después del shock de la
tragedia, y aún sin superar del todo el dolor que le causó la pérdida de él,
por quien llegó a sentir afecto y tal vez amor, -lleva su foto en la pantalla
del celular- se lanzó a la calle -a la familia no podía recurrir-, y optó por
la mejor opción que se le presentó, la de bailarina exótica y acompañante en un
lugar con cierto abolengo en ese giro. Ahora su meta es terminar el segundo
piso de una casa que tiene en un barrio de la periferia.
Todavía tuvo un último golpe de suerte. Un día llegó a
rastras hasta su casa un ex escolta de su novio asesinado, y le entregó
seiscientos mil pesos dentro de una caja de cartón. Venía huyendo de la policía
que ya le seguía los pasos.
—Prefiero dártelo a ti a que me lo decomisen, le dijo.
Yo estaba encantado escuchando las historias de la chica,
mientras le acariciaba la cabellera y vaciábamos nuestros tragos. Ella parecía
estar dispuesta a contarme más, cuando de pronto se apareció un gigantón para avisarnos
que nuestro tiempo se había agotado. Al cruzar el umbral de la salida me sentí
tan solo como cuando llegué.
Citlali seguía en su sillón, muy quietecita.
—¿Ya terminó? Porque esperaba escuchar
la historia suya, no la de una chiquilla de esas.
—Cualquier vida puede resultar apasionante. Podríamos
platicar sobre el amor a primera vista; sobre el dinero y la felicidad, sobre
el éxito y la caída, sobre la resiliencia, sobre la compasión y la generosidad, y sobre
la triste realidad de nuestro pobre México. Toda vida es un espejo en el que
uno puede mirarse a reflexionar.
— ¡Zácatelas!
Habría que limpiar esos espejos antes de
mirarse uno ahí.
Estaba claro que Citlali no quería dejar ninguna rendija de
simpatía hacia la chica de Guadalajara. Pero me sorprendió al añadir:
—Me gustaría conocer otras historias
de su tercera edad.
Noche 4. Un Mundo Hostil- O-Soto-Gari
Citlali ya estaba en la biblioteca cuando entré, sentada en
el piso sobre unos cojines con los pies cruzados, hojeando un libro sobre Dalí.
—Hola— me dijo alegre. —Qué raro
pinta ese señor. Pero está entretenido.
—Fíjate en esa lámina que estás viendo. Se llama “La
Venus de los Cajones”. Tiene incrustados
unos cajones en la cabeza. Significa que todo mundo guarda secretos, y que
tenemos facetas ocultas. No es que sean malas, sino sencillamente que nos las
guardamos para nosotros mismos.
Citlali se llevó las manos a la cabeza y empezó a enredar y
desenredar unos mechones de cabello, pensativa.
—No me gustan los enigmas,
dijo después de un rato. Yo abriría todos esos cajones de golpe y sin avisar, a
ver qué encuentro.
—Comencemos con alguno de los míos, si te parece.
Daré un salto de cincuenta y cuatro años hacia atrás, para
situarme a los trece, al comienzo de la adolescencia. Mi familia y yo nos trasladamos a vivir de retorno
a México, después de haber vivido seis años en Sudamérica, cinco en el Perú y
uno en el Ecuador. Fue un regreso intempestivo, pues mi padre decidió de pronto
dejar el empleo que tenía en un organismo internacional, la FAO, para venir a
colaborar al gobierno del Estado de México, presidido en esos años por Carlos
Hank González. El año fue 1970 -no se me puede olvidar- pues escuchamos el
llamado juego de futbol del siglo entre
Italia y Alemania en el Mundial por la radio en nuestra casa en Quito. Yo tenía
la idea de que habíamos venido a la ciudad de México de vacaciones, pero ya
nunca más volvimos a nuestro hogar en tierras ecuatorianas.
La vida en Quito había sido grata. Me juntaba por las tardes con una banda de
niños de la colonia y salíamos a explorar las calles, a jugar futbol, y a
caminar en fila india sobre las bardas traseras de nuestros jardines. Al salir de la escuela regresaba a pie, muchas
veces brincando charcos, pues caían unos chubascos torrenciales casi a diario.
Siempre iba yo bien preparado con mi paraguas y en esa época era mi artefacto
favorito, pues me permitía caminar bajo la lluvia sin mojarme. Lo consideraba
un invento extraordinario. Antes de salir a México nuestra perra bóxer que
acababa de parir una camada de ocho cachorritos. La eché mucho de menos.
El día de nuestra llegada a México, mi abuela Omma organizó
una comida con todos mis tíos y primos en su casa de la calle de Félix Parra. Después de los postres salimos a un pequeño
jardín frontal. Habían organizado unas peleas. En cada tanda, pelearía uno de
los recién llegados -mis dos hermanos y yo- contra aquel de nuestros primos que
tuviera nuestra misma edad. Me tocó el segundo turno, pues soy el segundo de los
hermanos, contra mi primo Carlos. Mi combate fue breve. Apliqué a la perfección una llave de judo que
había aprendido en unas clases en los sótanos del Estadio Nacional de Lima, el O-Soto-Gari.
Lo jalé por las solapas, puse mi pierna
derecha detrás de las suyas, y lo empujé hacia atrás. Nadie se esperaba verlo
en el césped. Me aventé sobre él tratando de inmovilizarlo, pero mi ejecución
no fue buena y salí con varios moretones en el cráneo. Los adultos habían formado un círculo alrededor nuestro, como en
las peleas escolares que me tocaron después. Los rijosos al centro y toda la
escuela alrededor gritando «¡bronca, bronca!».
—Vienen los primos que no se
ven desde hace tiempo y los ponen a pelear. Tan fácil que hubiese sido inventar
otra dinámica— comentó Citlali.
Cuando terminaron aquellas vacaciones, ingresé junto con mi
hermano Fernando a un internado que dirigía una señora alemana, dentro de su
casa en la colonia del Valle. No éramos muchos.
Tal vez unos veinte de planta más algunos que posiblemente iban por las tardes
a hacer sus tareas ahí. La señora se llamaba Sabine, casada con un italiano de
apellido Arienzo. No me llegan a la memoria las escenas de cómo fue la
despedida de mis padres antes de que ellos volvieran temporalmente a Quito; él
a entregar su oficina y mi madre a levantar la casa.
—Me huele como a un bloqueo.
Pronto me di cuenta de que tendría que aprender a defenderme
en ese medio. No estaba acostumbrado a lidiar con las burlas y travesuras que
eran comunes en aquel entonces, que sentía como agresiones y tal vez lo eran.
Había chicos que aventaban bolitas de chicle a la cabeza con una cerbatana -un
popote de plástico-, o aventaban agua con unas jeringas sin que pudiera darme
cuenta de quién había sido. Había que estar alerta y a la defensiva. El judo me
ayudó de nuevo a lidiar con un chico molesto de apellido Capeletti. Le apliqué
la misma llave que a mi primo, pero a él si lo rematé en el suelo con un
rodillazo en la cabeza. Nunca se volvió a meter conmigo. Me quedé muchos años
con un mal sabor de boca, ya que ese golpe pudo haberle causado un daño grave.
—El O-Soto-Gari, versión
callejón— intervino Citlali.
El único momento grato en todo ese año fue la visita de mi
madre en una ocasión que caí enfermo; estuvo conmigo toda la tarde y me enseñó
unos juegos con unas ligas en los dedos, que las enlazaba y cruzaba de
diferentes maneras hasta que surgían unas figuras bastante sorprendentes.
Lástima que no me aprendí esos malabares; me gustaría tenerlos ahora dentro de
mi arsenal de habilidades. También me enseñó a hacer figuras con papel doblado,
tipo origami, de modelos que estudiaba en un libro muy antiguo editado en
España con ilustraciones e instrucciones muy exactas.
— Le ha de haber sabido a
gloria ese apapacho de su madre.
—Si, es el mejor recuerdo que tengo de ese internado. Y es
una palabra muy hermosa, de origen náhuatl, la que has utilizado.
Noche 5. Segunda Adolescencia: Fealdad
Cuando llegó Citlali aún se escuchaban unas chicharras, que
estuvieron haciendo un ruido atroz desde las primeras luces de la mañana y
hasta el crepúsculo. Son tantas, que incluso bajo el sol del mediodía uno tiene
la sensación de que estuviera lloviznando, de tanta agua que emanan. Por las
noches guardan silencio.
—¿Qué le pasó en el dedo que
lo trae vendado?, preguntó cuando me vio.
—Por la mañana recogí unos cocos pequeñitos, de esos que se
dan en racimo en algunas palmeras, como si fueran uvas. En mi taller les quité
la pulpa, y con un punzón les abrí los tres agujeros que traen arriba, igual
que los cocos grandes. Y me pinché la
mano…
—La gente, caray, hace muchas barbaridades
y luego llegan a emergencias para que los curen… ¿Y para qué andaba haciendo
eso?
—Me entretengo haciendo artesanías. Quiero hacer una versión
en miniatura del gran Tzompantli de Tenochtitlan…
Se quedó pensativa un momento y exclamó:
—Muy ingenioso. Los coquitos como
calaveras…
Terminó la estancia en el internado y la familia se volvió a
juntar en la casa ubicada en Jaime Nunó, colonia Guadalupe Inn. Era de dos
plantas, típica de clase media: Sala comedora abajo, y cuatro habitaciones
arriba, garaje de un solo auto y pequeño jardín atrás. Mi hermano Gabriel tenía
su cuarto independiente, y mi hermano Fernando y yo compartíamos otro. El
tercero era el de mis padres, y había uno más que se destinó a los libros de mi
progenitor, que siempre fueron muchos.
No me causó ningún inconveniente compartir habitación con Fernando.
Nuestra relación en la niñez había sido buena, pero al paso del tiempo nos
comenzamos a alejar. Con Gabriel hubo poca convivencia pues en aquellos tiempos
teníamos intereses y personalidades muy diferentes, el muy estudioso,
interesado en la vida social y una predilección juntarse con los adultos de la familia.
Salía poco a la calle, de la casa a la escuela y de la
escuela a la casa. Esa era la gran diferencia con la vida de mi niñez. Antes
salía a la calle a jugar, y ya en México, no logré hacer amigos en la colonia
donde vivía. Cuando veía chicos de mi edad, me daba la impresión de que se
burlarían de mí, o que me atacarían, así que prefería evitarlos y regresaba a
casa lo más rápido posible.
—La gran ciudad le dio pánico
escénico— dijo Citlali.
Le dedicaba muchas horas a hacer mis deberes escolares, tal
vez mas de las necesarias. La televisión en México nunca me cautivó. Siempre me
quede extrañando los programas que veía de niño, como Batman, los
Picapiedra, los locos Adams, Lassie, y el Llanero Solitario, entre otros. Solo
algunos s programas cómicos me gustaban, como La Carabina de Ambrosio y el
Chavo del Ocho, pero Pelayo, Chabelo y Siempre en Domingo eran
verdaderamente insufribles. Jugaba mucho a las barajas, sobre todo a un juego
de solitario. Hacía yo dos equipos, les repartía las cartas, y uno ganaba y
otro perdía, pero yo era el único jugador.
—¿En serio? — preguntó
incrédula Citlali.
—Hace poco leí un libro sensacional, La Novela de Ajedrez,
de Stefan Zweig. El protagonista
es capturado y lo mantienen aislado del mundo. Para no enloquecer, juega
ajedrez contra sí mismo, sin tablero y sin piezas. Todos los movimientos los
realiza en su mente…eso ya está a otro nivel.
Fue un gran alivio cuando me inscribí a unos cursos de
inglés en el Instituto Angloamericano, que estaba a unos quince minutos
caminando de mi casa. Disfrutaba las caminatas de ida y vuelta, las clases, y me
encantaban los libros con los que practicábamos pues me abrían el mundo de
Inglaterra. Algunos compañeros me caían bien y me encantaba ver de reojo a una
chica muy guapa, trigueña clara, que aparte vestía muy elegante al estilo escocés.
Pero nunca le hablé. Mis idas al Anglo eran un espacio preciosísimo de libertad
personal.
Mi cuerpo comenzó a cambiar, primero la voz, el vello
corporal, todo eso…el bigote y la barba nunca me salieron bien, y ya de adulto,
a lo más a lo que llegué fue a una piochita, más rala que la de Yaser Arafat.
Enfrenté la etapa de los granos en la cara, que fue bastante agresiva. Una
infinidad de marcas rojas me cubrían la frente, las mejillas y la barbilla,
tapando todo mi rostro. Lidié con ellos durante varios años hasta que empezaron
a desaparecer. Mi voz comenzó a sonar como bocina descompuesta. Un día, de visita en casa de mi tío Felipe,
decidió grabarnos, a sus hijos y a mí. Escuchar mi voz fue una experiencia
verdaderamente horrible. El sonido de bocina descompuesta fue desapareciendo
muy gradualmente. Me ha tocado escuchar
voces muy sonoras, de esas que uno siente la vibración hasta en la yema de los
dedos, con sonidos claros, bien definidos. La mía era opaca y no hacía vibrar
ni mis pestañas.
En la escuela, me apodaron el Gusano. Aparte de mi delgadez
algo notarían mis compañeros. Nunca he
podido dar un buen apretón de manos. Cuando saludo a alguien de mano, la mía no
embona, se queda tiesa o no la muevo como debe ser, o tal vez sea un tema de la
muñeca o del brazo y no de la mano. Es algo que nunca pude entender.
—Oiga, yo me imagino que no habrá sido tan
feo de joven. Con pelo, no sé si lacio o chino, sin arrugas y de buena estatura…
pues no ha de haber estado tan mal. Enséñeme una foto, ándele…
Saqué una cajita metálica del archivero, y le mostré una
donde aparezco cargando un perro.
—Ya vio, dijo Citlali
entretenida. —Y a usted que le gusta
describirse casi como un monstruo…
Me sentí complacido, muy a mi pesar.
—Pero añádele mi voz toda fea, y los granitos en la cara…
—Párele. ¡Tampoco es que lo
haya diseñado la inteligencia artificial! Soltó una risita, divertida.
Noche 6. Rancho Contento
Aún llegaban a la ventana los últimos resplandores del atardecer
por la altura tan considerable donde se ubica la biblioteca. El pueblo, al sur;
La Peña, al poniente. Un poco más tarde llegó Citlali.
—Venía subiendo por la vereda
y vi unos árboles de hoja muy rala pero llenos de flores amarillas. ¿Cuáles
son?
—Mi madre recolectó las semillas en Tierra Caliente, por el
rumbo de Otzoloapan. Siempre dijo que cuando ella faltara, y viéramos esas
flores, pensáramos en ella. Y eso es exactamente lo que me sucede todas las
mañanas, cuando bajo al pueblo y las
veo. Las ardillas y los cacomixtles se han encargado de esparcirlas, y ahora el
árbol está por todos lados. El fruto parece un limón persa, y la semilla al
centro es enorme, con forma parecida a una concha de mar. Le nombran “codos de
fraile”. Con ellos se elaboran los cascabeles que utilizan los danzantes
folclóricos en los pies. Es un instrumento musical muy ingenioso pero un tanto
primitivo.
-Ya sé cuáles. ¿Pero cómo se
llama el árbol?
Me quedé pensando si convendría hacer un poco de erudición
con este tema que me llegaba rodado.
-Viene de la palabra náhuatl “ayoyotl” pero le puedes
decir ayoyote. “YOTL” significa calabaza. Al repetir la primera
sílaba o parte de ella, se usa para expresar pluralidad, intensidad, frecuencia
o para crear diminutivos y formas afectivas. Al decir a-yo-yotl, se
indica que es un fruto pequeño y esférico. Me encanta cómo funciona el náhuatl.
— ¿A ver, otro ejemplo de esa repetición?
—Cacáhuatl…
— ¿Perdón? ¿Escuché bien? —
dijo sorprendida
Procuré mantener la seriedad, pero no pude ocultar una
sonrisa.
-La raíz es cáhuatl que significa semilla, y ca-cáhuatl
hace referencia a que hay muchas semillas dentro de una vaina.
—Es muy culto usted —, dijo
en tono que pretendía ser un reproche, — pero después de una pausa soltó: —¿Que pasaría con un tartamudo?
Y ella sola se contestó:
—Que de todo le darían de más,
supongo.
Los dos nos reímos de buena gana. Estábamos frente a frente,
y de pura casualidad, había una bandeja con cacahuates con cáscara que había comprado
en el mercado. No le comenté a Citlali que muchas veces, en la soledad del
cerro en el que vivo, me distraigo buscando información sobre las plantas y los
insectos que encuentro. Y más recientemente, comencé a obsesionarme por las
palabras en náhuatl, por una extraña asociación de ideas. Entre cáscara y
cáscara, volví a sumergirme en mi pasado.
En aquellos años en que vivimos en la casa de la Guadalupe
Inn, los hermanos de mi madre y ella decidieron emprender un proyecto semi
campestre en la localidad de Tenancingo, Estado de México. Compraron un terreno
grande y ahí hicieron un conjunto de ocho casas individuales. Había una pequeña
cancha de futbol, otra de squash, y una alberca mediana. Lo demás eran
jardines. Se llamó Rancho Contento. Íbamos ahí cada semana o a más tardar cada
quince días. La convivencia era intensa con los primos, y la de mi madre con
sus hermanos y cuñados, y desde luego con mi abuela Omma. Los domingos siempre había
una comida comunitaria. Cada familia (las tías y mi madre) preparaban un
platillo basto para compartir. Ignoro si se pondrían de acuerdo en qué
prepararía cada una, pero el resultado eran banquetes suculentos. Eran buenas
cocineras y se esmeraban por quedar bien. Nunca he sido un buen gourmet, así
que solo recuerdo los bolillos con chorizo recién asado, crepas de rajas, mousse
de camarón, cecina con guacamole y unas gelatinas con frutas ahogadas. De tomar
había aguas frescas, ya fuera de horchata, jamaica o de tamarindo.
La mayor parte del tiempo, sábado por la tarde y domingo por
la mañana, lo dedicábamos a jugar futbol. Organizábamos partidos con formatos
que dependían del número de los que
estuviéramos presentes: cinco contra cinco, tres contra tres, y así.
Cuando de plano no se lograban juntar jugadores para los dos equipos, salíamos
a la calle, y ahí había muchísimos niños de todas las edades. Seleccionábamos a
los que necesitábamos, los invitábamos a nuestra privada, y ellos iban
encantados de jugar en una cancha con césped. A veces jugábamos nosotros contra
los “niños pobres” lo cual era siempre una masacre, así que repartíamos a los
niños pobres en los dos equipos para tener partidos equilibrados.
—Oiga, más respeto. ¿Cómo que
los niños pobres? Uno no debe referirse a las personas por ese tipo de
características—, dijo Citlali.
—Tienes razón, así hablábamos hace cincuenta años y ahora no
se oye bien. Pero me entendiste…
Los marcadores eran
abultadísimos, algo así como 45-36 y no parábamos hasta que se metía el sol.
Mas adelante, varios de mis primos tuvieron motocicletas, A mí me compraron una
bicicleta con la que fui feliz. Me iba
al centro, tal vez varias veces al día por diferentes rutas, y muy seguido
salía a las localidades rurales que estaban cerca, a unos cinco o diez
kilómetros de distancia. Se cruzaban llanos muy hermosos, cultivados con maíz,
algunas hortalizas, y también había varios huertos de aguacate y zarzamora. Usualmente
íbamos tres o cuatro. El mejor ciclista
era definitivamente yo, en una época en que no estaba tan consolidado como
deporte. Uno se subía a la bicicleta con la ropa que traía puesta, no como
ahora, que los ciclistas utilizan atuendos especiales, y llevan aparatos muy
sofisticados para guiarse y saber cuántas calorías quemaron. A veces nos
juntábamos toda la bola de primos a contar chistes o platicar anécdotas, y en
general me llevaba bien con todos. Con mi padre jugué ajedrez muchas tardes. El me enseñó el juego y algunas estrategias.
A veces participaba alguien más, pero no era tan seguido, y yo me quedaba al
lado de mi padre observando las partidas.
Con mis tíos siempre mantuve una actitud distante. Me
inspiraban cierto temor y prefería mantenerme alejado de ellos. Los hermanos
Pichardo, tanto hombres como mujeres, eran la parte dominante en sus
matrimonios. Mi padre siempre se mostró dócil ante mi madre, y procuraba darle
gusto en todo. Mi madre lo trató siempre bien, conversaban bastante entre
ellos, pero mi padre desentonaba en el ámbito Pichardo. Ellos eran hombres de
negocios, hombres de acción, hombres que supieron hacer un buen capital. Mi
padre en cambio era un intelectual. Fue uno de los íconos en la historia
económica de nuestro país. Tuvo cercanía y colaboró con algunos de los intelectuales más reconocidos de su
juventud, como Vicente Lombardo Toledano, Martin Luis Guzmán y Daniel Cosío
Villegas, entre otros. Mi tío Felipe, ingeniero petrolero y próspero constructor,
jamás supo quiénes serían esos personajes. Mi tío Carlos, ingeniero
especialista en soldadura -el primero que hubo en México- me imagino que
tampoco. Así que mi padre era un extraño en el clan, por más que siempre se
mostró amable y le gustaba charlar con todos, o intentarlo. -Amigo Felipe, le
dijo un día a manera de saludo. -Fernando, tú y yo no somos amigos, somos
parientes, que es diferente.
—Rudeza innecesaria, intercaló
Citlali.
Muchos años después, durante la última vejez en la larga
vida de mi madre, le agradecí al tío Felipe todo lo que había hecho por ella, a
lo que me contestó: «No lo hago por tu madre, lo hago por mi hermana, que es
diferente». Más claro ni el agua, y en mi adolescencia tuve el atisbo de ese
rechazo que se fue confirmando con los años. Al ser mi padre un intelectual, y
los otros hombres de negocios, nuestra familia siempre fue la que tuvo menores
recursos económicos. No es que nos faltara nada, pero siempre estábamos a la
zaga, ya fuera en el tamaño de nuestra casa, los modelos de nuestros carros, y
la ropa que usábamos.
Desde entonces me quedó cierto dualismo en torno al dinero.
Por una parte, pensé que yo sí haría dinero como mis tíos. Por la otra, tenía
el ejemplo de mi padre, que disfrutaba muchísimo escribiendo artículos y notas.
Lo recuerdo perfectamente con su bloc y su lápiz, en una mesa pequeña que
sacaba al jardín de la casita de Tenancingo. Para el fin de semana empacaba un
portafolios de cuero con sus libros, fácilmente cinco o más, y desde que se
subía al auto -manejaba mi madre- iba leyendo y subrayando, lo cual era
notable, pues sus subrayados eran perfectos. Para eso tenía un pulso de
cirujano.
En alguna ocasión en que nos juntamos a charlar primos y
primas, alguna de ellas tuvo la idea de que formarían dos equipos, liderados
por ellas. Irían escogiendo a los hombres que estábamos ahí, lo cual era
práctica usual entre nosotros antes de nuestros partidos. Pero en esta ocasión
seleccionarían por el atractivo físico de cada uno. Las primeras elecciones
eran casi obvias, pues había algunos con fama de bien parecidos. Yo sentía que
me escogerían hacia el final, pero, antes de que dijeran el nombre del
siguiente seleccionado, no perdía la esperanza de que fuera el mío. Pero fui el
último. Los días que siguieron no dejé de recriminarme haber participado en ese
juego. Una cosa es ser el patito feo y otra diferente estarlo demostrando.
—Zas. Eso si estuvo muy cruel—exclamó
Citlali, indignada.
Hacia el final de esa época de Tenancingo, algunos de los
primos salían a las calles al atardecer en el auto de uno de ellos (no todos
teníamos) a conocer muchachas pueblerinas e invitarlas a subir. Si accedían les
invitaban un helado y luego iban a estacionar a algún lugar discreto para
retozar un poco. Alguna vez fui con ellos. Traté de hacer lo mismo, pero no se
me dio. Solo logré intercambiar algunas palabras con la chica, pero la mayor
parte del tiempo esperamos a que los demás terminaran con su juego. A mediados
de los setenta, abundaban los niños y jóvenes por el crecimiento demográfico
brutal de aquellos años. No había ese resentimiento de clase entre ricos y
pobres que se siente ahora. Tenía la percepción, que ahora asumo equivocada,
que cada uno aceptaba su lugar en el mundo, y no era extraño que las chicas
pobres compartieran con los niños ricos. Ese mundo se terminó en parte por el
esfuerzo educativo del gobierno, lo que ahora se llamaría el empoderamiento de
las mujeres, y por la aparición de bandas criminales y la delincuencia
organizada.
Citlali se arremolinó en su sillón, pelando un cacahuate con
tanta fuerza que la cáscara crujió entre sus dedos. Me interrumpió de golpe,
con una molestia nítida en la voz:
— ¿Qué diablos se creían ustedes?
Salir a acosar chicas…no tiene perdón…aunque dice que ellas aceptaban…En fin,
no me lo puedo imaginar. ¡Pero sí le
digo, me da rabia eso!
—Sabía que te podías enojar, sobre todo después de que te
conté lo de los “niños pobres”. Pero preferí ser transparente y no omitir este
tipo de detalles.
—Ningunos detalles—remató
ella, aún molesta.
En aquellos años de Tenancingo aprendí a manejar, lo cual
era uno de mis logros que más me llenaba de orgullo. En la casa, la que
manejaba casi siempre era mi madre. Mi padre solo aprendió a conducir automóvil
hasta después de haberse casado, y nunca fue un buen piloto, ni le gustó estar
al volante. Mi madre era muy buena conductora, algo notable para la época,
siendo mujer. Sobre todo, en carretera. A ella le habían enseñado desde muy
joven sus primos varones y fue ella quien me transmitió muchos consejos para
conducir, tales como frenar antes de la curva y acelerar al salir de ella,
frenar con motor haciendo los cambios de embrague, alinear el centro del cofre
con la línea blanca de la carretera, nunca pasar sobre lo que pudiera parecer
una bolsa o una caja de cartón, dar y pedir los cambios de luz larga, nunca
rebasar en columpios verticales, hacia dónde mirar para no dejarse deslumbrar
por los autos que viniesen en sentido contrario, entre muchos otros. Puse gran
empeño en aprender, y no pasó mucho tiempo antes de que yo fuera el chofer
designado para trasladarnos todos de la ciudad de México a Tenancingo. Uno de
mis grandes orgullos fue el día que por primera vez me llevé yo solo el auto de
la familia a hacer alguna diligencia dentro de la ciudad. Luego tuve que aprender a lidiar con policías
y con mecánicos, que son la eterna pesadilla de todo automovilista.
—Y ahora ya no maneja—, dijo
Citlali, —más que su bici y su cuatrimoto. Pero le voy a decir algo que no
le va a gustar. Me hace un retrato de unos niños ricos de telenovela, medios
prepotentes, medios bobos, unos más que otros…
Las casas de Tenancingo se vendieron por ahí del año 1985. Al
crecer, muchos de nosotros encontrábamos aburrido el pueblo y preferíamos tener
actividades en la ciudad. Además, mi abuela Omma tenía un rancho de 120
hectáreas en la localidad de Valle de Bravo, y ya había dicho, desde muchos
años antes, que ese rancho lo dividiría entre sus nietos. Valle de Bravo era la
joya de la corona turística del Estado de México, por la presa y sus calles
típicas de poblado mexicano antiguo. Tenía una vida nocturna que Tenancingo no
tenía, así que la tentación fue grande. Entre todas las cinco familias
descendientes de la Omma, y herederas del Rancho en Valle de Bravo, comenzó la
inquietud por el traslado hacia allá y el abandono del “Rancho Contento”.
Nosotros los Rosenzweig, comenzamos a construir nuestra casa a la mitad del
cerro que nos tocó, con una vista hacia el pueblo y las torres de la parroquia
hacia el Sur y la presa, hacia el Poniente. Fue un reto para nosotros hacer esa
casa. Mis tíos los ingenieros no pensaron que lo lograríamos, pues ni éramos
empresarios ni teníamos ninguna experiencia en la construcción. La casa la
construimos, evidentemente, con recursos de mi padre, pero no hubiese sido
posible sin el empeño y corazón que pusimos mi madre y yo. La construcción de
esta casa marcó un hito en la relación con mis tíos los ingenieros, pues
marcaba el fin de nuestra dependencia hacia ellos, el fin de su liderazgo, el
final de la historia en la que ellos siempre fueron los mejores, y dejaba claro
que nosotros, los Rosenzweig, también podíamos.
—¡Tomen para que aprendan! — exclamó
Citlali, mientras se ataba los tenis que se había quitado, como era su
costumbre.
Noche 7. Ladrillos y Maíz
Cuando llegó, noté a Citlali un poco desmejorada, con
cansancio en su semblante. No había parado de hacer cortes y peinados para
todas las chicas que querían estar guapas en su fiesta de graduación de
preparatoria, que sería esa noche.
—Hoy sí me cansé —dijo,
dejándose caer en el sillón—. Vengo rendida. Lo normal son dos o tres cortes
en una mañana, pero hoy no paré ni para el almuerzo. A la última chica le dije
que se le veía bien su cabello largo porque ya no tenía fuerzas ni para tomar
las tijeras. Nada más la peiné; me quedó bien, y se fue contenta. No creo que
usted sepa lo que es trabajar así de duro.
Durante unas vacaciones de verano en Rancho Contento, uno de
mis tíos tuvo la idea de ponernos a trabajar en la obra del mercado municipal
de Tenancingo, donde él era contratista, para que fuéramos conociendo el valor
del esfuerzo y del dinero. En aquel entonces ninguno de nosotros había cumplido
los dieciocho años, pero eso no era impedimento; ni siquiera se había inventado
la credencial del INE. Yo acepté con gusto; ya tenía esa edad en que uno quiere
despertar al mundo.
Llegamos muy temprano en nuestras bicicletas y las
encargamos con uno de los intendentes. Había unas torres de ladrillo rojo
apiladas en uno de los patios de maniobra y nuestro trabajo consistió en
trasladarlas a otro lugar. Los primeros montones los cargamos a pulso; no
serían más de cinco por viaje. Pronto surgió la idea de hacer una cadena
humana; nos colocamos a una distancia de unos tres metros de separación y nos
aventábamos los ladrillos de mano en mano. Fue divertido, pero pronto nos
cansamos. Al día siguiente ya teníamos dolor de espalda y ampollas en las
manos. Por puro pundonor, como diría mi padre, logramos terminar la pila que
nos asignaron. Muy satisfechos, fuimos a comentarle al supervisor que ya
habíamos cumplido y que nos marchábamos. Nos miró con una sonrisa burlona, y
nos asignó una pila aún más grande que la que ya habíamos movido y nos advirtió
que la salida era a las cinco de la tarde, ni un minuto menos. No tengo claro
cuántos días más aguantamos; ni siquiera recuerdo haber recibido mi pago. Con
tal de no volver a la obra, nos dimos por bien servidos.
—Albañiles influyentes. ¡Lo que me faltaba! —dijo sonriendo, y luego le
ganó la risa—. Ya me puso de buen humor. Cuénteme de otro trabajo de esos…
—No fue precisamente un trabajo; digamos que tan solo fue
una capacitación.
Durante la preparatoria, en un viaje escolar, nos llevaron a
un centro de experimentación para nuevas variedades de maíz que dirigía un
técnico suizo, por el rumbo de San Felipe del Progreso. La tarde de nuestra
llegada nos pasaron a un jacalón de adobe y piso de tierra, y nos explicaron
los experimentos que estaban haciendo con distintas cruzas de maíces criollos. Al
día siguiente, nos levantaron al alba para conocer la “parte práctica”. Nuestra
tarea era arrancar las mazorcas, deshojarlas y encostalarlas. Nos dieron un
clavo largo para abrir la mazorca, y nos sugirieron que utilizáramos los
guantes de felpa que nos habían pedido llevar.
Durante las primeras horas echamos competencias para ver
quién llenaba su talega de yute más rápido. Para la tarde, el furor deportivo
se nos había pasado. Comenzó a caer la noche junto con una fina llovizna. El
barro se emplastaba en las suelas de los zapatos, y las aletas de la nariz y
las orejas comenzaban a doler. Del cansancio, hasta atinar a la mazorca con el
clavo se complicaba. Nunca nos aclararon el objetivo del «bloque práctico»,
pero me quedó más claro cuando volvimos al jacal ateridos de frío: el suizo
estaba arrellanado en un sillón de mimbre, con un jarro de ponche y una pila de
libros al lado.
—Debí suponerlo. —remató
Citlali—. Ni obreros ni campesinos. De seguro se volvieron unos chicos
estudiosos—dijo entre risas.
Noche 8. Mi padre, mi ídolo
—Toma, mira esto —le dije a Citlali mientras le extendía un
par de cuartillas engrapadas—. Es lo que he logrado reconstruir sobre la vida
pública de mi padre. No espero que lo leas completo. Nada más echa un vistazo;
fíjate en algunos nombres de personas y de lugares y te darás una idea de quien
fue. Vienen algunas semblanzas de él en algunas enciclopedias, pero es una pena
que en ningún lugar esté su biografía completa. Logré reconstruirla con base en
mis recuerdos y verifiqué datos y fechas con la ayuda de la inteligencia
artificial.
Ella se acomodó en el
sillón, encendió la lámpara de mesa y recibió los papeles. Se tomó su tiempo.
Mientras yo observaba en silencio cómo sus ojos recorrían aquellas líneas, el
peso de la historia nacional y familiar comenzó a flotar en la habitación.
Mi
Padre: El Intelectual, el Historiador y el Maestro. Fernando Rosenzweig
Hernández: (1922-1988)
La
trayectoria de Fernando Rosenzweig Hernández se cimentó en el efervescente
ambiente intelectual del México de los años cuarenta. Durante su paso por las
aulas de la Escuela Nacional Preparatoria y, posteriormente, en las Facultades
de Derecho y Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM),
Rosenzweig formó parte de una constelación de jóvenes brillantes que se
convertirían en los arquitectos del Estado mexicano de la segunda mitad del
siglo XX. En los pasillos universitarios coincidió y debatió con personajes de
la talla de José López Portillo, Luis Echeverría Álvarez, Jesús Reyes Heroles,
Horacio Flores de la Peña y Emilio Mújica Montoya, entre otros.
Esta
coincidencia no fue meramente casual; constituyó un eslabón generacional
definitivo. Mientras compartían cátedras y lecturas sobre el nacionalismo
revolucionario y el destino del país, se tejieron redes de respeto técnico e
ideológico que, décadas más tarde, se reactivarían para llamarlo a ocupar las
más altas responsabilidades en la planeación económica e institucional de la
República. Sin embargo, a diferencia de algunos de sus contemporáneos que
optaron tempranamente por el pragmatismo político, Rosenzweig eligió el camino
del rigor científico y la intransigencia ética.
A
principios de la década de los cincuenta, Rosenzweig combinaba su labor como
economista con el periodismo de ideas. Se desempeñaba como jefe de redacción en
la revista Tiempo, el influyente semanario fundado y dirigido por el
célebre novelista revolucionario Martín Luis Guzmán. Fue en la coyuntura
electoral del 6 de julio de 1952 cuando sus convicciones de izquierda lo
llevaron a protagonizar un acto de abierto desafío al régimen. Junto a
intelectuales como Manuel Marcué Pardiñas y Jorge Carrión, Rosenzweig firmó y
publicó un "voto razonado" a favor del candidato del Partido Popular,
Vicente Lombardo Toledano, manifestándose en contra de la continuidad
oficialista que representaba Adolfo Ruiz Cortines.
La
reacción del aparato estatal fue inmediata y severa. Rosenzweig fue citado al
despacho principal del Banco de México por el propio Director General, el
licenciado Carlos Novoa. En una tensa reprimenda institucional, Novoa le
reclamó duramente la osadía de morder la mano presupuestal que lo alimentaba,
argumentando la incompatibilidad de recibir un sueldo del Estado mientras se
atacaba públicamente al candidato del régimen. Rosenzweig defendió su dignidad
con entereza, sosteniendo que su permanencia en el banco central dependía de su
probada calidad técnica y estadística, no de una forzada sumisión ideológica.
Este
choque político encendió la mecha de una crisis insostenible dentro de la
redacción de Tiempo, donde la convivencia entre el criterio histórico
del equipo técnico y las directrices de Martín Luis Guzmán terminó por
fracturarse por completo. El detonante definitivo fue la cobertura impuesta de
un desfile masivo organizado para ensalzar al presidente saliente Miguel Alemán
Valdés. Guzmán, plenamente alineado con los intereses económicos y
propagandísticos del alemanismo, ordenó mutilar, reescribir y alterar de forma
arbitraria las crónicas de los reporteros para eliminar cualquier matiz crítico
o análisis objetivo de la realidad social del país.
Para
Rosenzweig y su equipo, esta intervención sistemática representaba una
humillación profesional y una traición al propósito original del semanario. No
estaban dispuestos a convertir la revista en un mero folletín de adulación
palaciega ni en un instrumento de propaganda ciega. En un acto de dignidad
gremial sin precedentes, Rosenzweig encabezó una célebre renuncia colectiva en
bloque junto a su jefe de información Ernesto Álvarez Nolasco y redactores de
la talla de Mario Gill, Luis Suárez y Germán List Arzubide. El manifiesto
público de su dimisión se difundió íntegramente en las páginas del diario El
Popular, denunciando ante la opinión pública la incompatibilidad absoluta
entre el ejercicio del periodismo ético y la censura ideológica impuesta desde
la dirección de la revista.
Aislado
provisionalmente de los círculos oficiales por su disidencia, Rosenzweig
demostró una versatilidad profesional extraordinaria. En 1954, se incorporó a
la Comisión del Papaloapan bajo la dirección humanista del ingeniero Raúl
Sandoval Landázuri. Incursionó en la tarea de diseñar y supervisar el sistema
de crédito agrícola para las comunidades y ejidos indígenas desplazados por la
Presa Miguel Alemán. Esta intensa labor de campo lo llevó a residir de forma
permanente, entre 1956 y principios de 1957, en el campamento central de Ciudad
Alemán, Veracruz, experiencia que dio origen a su célebre balance "Crédito
agrícola en el Papaloapan" (1957) y consolidó su convicción de que los
números debían servir para la emancipación social.
Su
destreza en estas materias llamó de inmediato la atención del Banco de México,
institución a la que ingresó formalmente en 1955 como pilar técnico de primer
orden, y desde la cual el historiador Daniel Cosío Villegas lo reclutó para el
monumental proyecto de la Historia Moderna de México. Operando bajo un
esquema de colaboración institucional y "doble sombrero", el banco
central lo comisionó entre 1956 y principios de 1957 para regresar a la cuenca
del sureste y residir de forma permanente en el campamento central de Ciudad Alemán,
Veracruz. Esta intensa inmersión en el campo le permitió procesar sobre el
terreno el balance final del sistema de financiamiento rural, experiencia que
dio origen a su célebre estudio "Crédito agrícola en el
Papaloapan" (publicado formalmente en 1957) y consolidó su convicción
de que los números debían servir para la emancipación social.
A
su regreso definitivo a las oficinas de gabinete en la capital, Rosenzweig
dividió sus jornadas entre la planeación macroeconómica contemporánea del banco
y el procesamiento de ingentes bases de datos sobre moneda, banca y comercio
exterior del siglo XIX. Esta titánica aportación académica culminó en 1965
con la publicación de los tomos de "La Vida Económica" del
Porfiriato correspondiente a la Historia Moderna de México, introduciendo
por primera vez en México las herramientas de la historia económica
cuantitativa.
A
la par de este extenuante trabajo de investigación histórica en los años
sesenta, y con el fin de complementar sus ingresos, Rosenzweig recurrió a su
notable dominio del idioma inglés y su bagaje teórico. Se convirtió en un
prolífico traductor externo para la Sección de Obras de Economía del Fondo de
Cultura Económica (FCE). Entre sus aportaciones editoriales más destacadas de
este periodo se encuentran la traducción del clásico de Arthur S. Link, La
política de Estados Unidos en América Latina (1913-1916) (publicado en
1960); el compendio colectivo coordinado por Everett E. Hagen, Planeación
del desarrollo económico (editado en 1964); y el célebre manual
universitario de George Leland Bach, Tratado de economía. Estas
minuciosas traducciones no solo oxigenaron su economía personal, sino que
formaron a generaciones de economistas hispanohablantes al poner a su alcance
las discusiones de vanguardia de la teoría del desarrollo internacional.
La
solvencia demostrada en el Papaloapan convirtió a Rosenzweig en un cuadro
técnico de exportación para los organismos multilaterales. En 1966, la FAO lo
reclutó como experto internacional para dirigir los estudios del Proyecto de
Desarrollo de la Cuenca del Huallaga Central, con sede en Tarapoto, en la
Amazonía peruana. Durante tres años, aplicó modelos de colonización dirigida y
estructuró sistemas de crédito rural para los nuevos asentamientos de la selva
alta. En 1970, la FAO extendió su misión internacional y lo asignó a Quito,
Ecuador, como experto asesor en planificación económica, donde colaboró
estrechamente con las agencias estatales en el umbral del auge petrolero
andino.
Su
regreso de Ecuador a México ocurrió a principios de 1971, año en el que se
trasladó formalmente a colaborar con el Gobierno del Estado de México. No
obstante, sus diferencias con la política estatal lo llevaron nuevamente al extranjero en 1972,
trasladándose a Guatemala como consultor especializado en el proyecto GAFICA
(Grupo Asesor de la FAO para la Integración Económica Centroamericana), un
ambicioso esfuerzo técnico por articular los sectores agropecuarios de las
naciones del istmo centroamericano.
El
bagaje acumulado en el extranjero y su impecable reputación motivaron a sus
antiguos colegas a convocarlo en las vísperas del nacimiento de un nuevo centro
de excelencia. Así, en noviembre de 1974, Rosenzweig figuró como cofundador y
primer Director de la División de Investigación del Centro de Investigación y
Docencia Económicas (CIDE). En este arranque, la naciente institución -impulsada
por Francisco Javier Alejo y el propio Echeverría- estuvo presidida por su
entrañable compañero de la UNAM, Horacio Flores de la Peña, quien fungió como
el primer presidente del CIDE.
Bajo
la dupla de Flores de la Peña en la presidencia y Rosenzweig en la dirección de
investigación, la institución asumió un rol histórico trascendental:
convertirse en un refugio intelectual para decenas de académicos y científicos
sociales que huían de las dictaduras militares en el Cono Sur, tras el
sangriento derrocamiento de Salvador Allende en Chile (1973) y los golpes de
Estado en Uruguay y Argentina. Rosenzweig integró a estos brillantes exiliados
latinoamericanos a las áreas de investigación del CIDE, consolidando un espacio
de pensamiento crítico y plural de alcance continental que marcó la formación
de nuevas generaciones de economistas.
El
advenimiento del sexenio de su antiguo compañero de aulas de la UNAM, José
López Portillo, en 1976, reactivó las redes generacionales y colocó a
Rosenzweig en el núcleo de la alta burocracia financiera. Tras colaborar en el
IEPES formulando el Plan Básico de Gobierno, fue nombrado en 1977 como Director
General de Política de Ingresos en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público
(SHCP). En esta trinchera colaboró de forma muy estrecha con Julio Rodolfo
Moctezuma Cid, primer Secretario de Hacienda de ese gobierno y un funcionario
estrechamente ligado a Horacio Flores de la Peña (de quien había sido
colaborador clave como Oficial Mayor cuando Flores de la Peña encabezó la
Secretaría de Patrimonio Nacional en el sexenio previo).
Fiel
a su vocación integradora, Rosenzweig invitó a colaborar en Hacienda a
destacados economistas del exilio latinoamericano que laboraban en el CIDE;
entre ellos, de manera muy prominente, al uruguayo Samuel Lichtensztejn
(exrector de la Universidad de la República en Montevideo), quien se desempeñó
como asesor macroeconómico de primer nivel en la dependencia.
Fue
justamente este equipo técnico y de asesoría internacional, encabezado por
Rosenzweig y bajo el cobijo de Julio Rodolfo Moctezuma, el encargado de diseñar
y formular por primera vez en México el Impuesto al Valor Agregado (IVA). El
objetivo era sustituir el obsoleto Impuesto sobre Ingresos Mercantiles, que
cobraba tasas en cascada y distorsionaba la economía. Inspirados en los modelos
de fiscalidad europeos y en las rigurosas proyecciones macroeconómicas que
Lichtensztejn y los técnicos nacionales desarrollaron entre 1977 y 1978, se
estructuró la base gravable que finalmente adoptaría el Congreso. Aunque
diseñado conceptualmente bajo la dirección de Rosenzweig en la primera mitad
del sexenio, este impuesto entró en vigor formalmente el 1 de enero de 1980,
transformando radicalmente la recaudación del Estado moderno.
Al
concluir su periodo en Hacienda, Rosenzweig continuó colaborando de forma muy
estrecha con el licenciado Julio Rodolfo Moctezuma Cid en uno de los magnos
proyectos de infraestructura del régimen: el ambicioso Programa de Puertos
Industriales. Durante su primera etapa, operó en la Presidencia de la República
bajo la conducción directa de Moctezuma Cid —titular de la Coordinación de
Proyectos de Desarrollo—, encargándose del diseño, la planeación y el estudio
de la viabilidad económica de terminales marítimas estratégicas como Lázaro
Cárdenas, Coatzacoalcos y Altamira. Posteriormente, al transferirse
institucionalmente el proyecto a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes
(SCT), el propio Rosenzweig fue designado para encabezar la Coordinación General
de Puertos Industriales, asumiendo la máxima responsabilidad ejecutiva del
programa. El objetivo de esta titánica empresa era descentralizar la industria
pesada y preparar los litorales nacionales para el auge del comercio exterior y
la exportación energética.
Posteriormente,
en 1983, su pulcritud ética le abrió las puertas de la recién creada Secretaría
de la Contraloría General de la Federación, donde sirvió como Comisario. Hacia
febrero de 1984, a propuesta de su antiguo compañero de las aulas universitarias,
Don Jesús Reyes Heroles —entonces titular de la Secretaría de Educación
Pública—, el presidente Miguel de la Madrid lo designó Director General del
Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA). En este puesto,
Rosenzweig se reencontró con su antigua vocación social por las comunidades
marginadas, universalizando los servicios de alfabetización en todo el país
hasta octubre de 1985, encargo que dejó pocos meses después del sensible
fallecimiento del secretario Reyes Heroles.
Los
años de madurez de Fernando Rosenzweig se consagraron a la docencia de alta
dirección, la descentralización de la cultura y la ciencia. A la par de sus
responsabilidades en el sector público, y motivado por una profunda
reestructuración institucional promovida por el entonces director de la
facultad de economía, Pedro Aspe Armella, Rosenzweig se había incorporado como
profesor investigador de tiempo completo en el Instituto Tecnológico Autónomo
de México (ITAM), donde consolidó su reputación como un docente entrañable y
formador de nuevas élites técnicas. Tras concluir su ciclo en el servicio
público federal, y convencido de que la historia económica debía nutrir también
las identidades locales, en 1986 se sumó al núcleo selecto de intelectuales
fundadores de El Colegio Mexiquense en Zinacantepec, Estado de México,
impulsando investigaciones de corte regional que analizaban las haciendas, la
industria y los movimientos sociales de los municipios mexiquenses. Por esta
brillante aportación académica de rescate de la memoria local
Por
esta brillante aportación académica de rescate de la memoria local, el gobierno
estatal le otorgó la máxima distinción civil de la entidad: la Presea Estado de
México "Ángel María Garibay Kintana", un galardón destinado a honrar
a aquellos hombres cuya obra científica, literaria y humanística ha dejado una
huella indeleble en el desarrollo cultural del Estado de México.
Su
fallecimiento ocurrió en 1988, dejando tras de sí el ejemplo insólito de un
hombre que transitó por las oficinas más complejas del Estado nacional y los
organismos globales sin perder jamás la calidez humana, la bonhomía intelectual
ni la lealtad a los principios de justicia social. En reconocimiento a su papel
fundador y a la donación de su valioso acervo personal, El Colegio Mexiquense
bautizó a su principal repositorio documental como el Centro de Recursos
Documentales y de Información "Fernando Rosenzweig", el cual
resguarda su memoria viva y continúa sirviendo de faro para las nuevas
generaciones de científicos sociales en el corazón de México.
El
relieve intelectual y la trascendencia pública de Fernando Rosenzweig Hernández
quedaron firmemente registrados en las obras de referencia y la literatura
especializada del país. Su trayectoria biográfica, sus contribuciones al
desarrollo regional y su intachable conducta institucional son objeto de
consulta obligada en las páginas de la Enciclopedia de México, donde su
ficha resalta el doble perfil del economista docto y el historiador renovador.
Asimismo, tras su deceso, la comunidad académica se volcó en honrar su memoria;
destaca de manera muy particular la revista Estudios del Instituto
Tecnológico Autónomo de México (ITAM), que dedicó un número especial con
rigurosos artículos de homenaje post mortem. Dichos textos, redactados por
colegas e investigadores que compartieron con él los cubículos universitarios y
las misiones internacionales, desmenuzaron tanto su revolucionaria aportación a
la historia agraria y estadística como las virtudes personales de un maestro
entrañable, generoso y poseedor de una agudeza analítica irrepetible.
Mi Padre, Modo Familia
Citlali bajó lentamente las hojas, las colocó sobre sus
piernas y se quedó mirando fijamente a la estantería, como si los libros
hubiesen cobrado vida durante su lectura. El silencio de la sala parecía
sopesar el peso de los nombres que acababa de leer.
—No entiendo de política, pero
supongo que su padre corrió con suerte —se animó a decir Citlali.
—Cómo me hubiese gustado que, en esta charla que tengo
contigo, él estuviese presente. Te voy a contestar a la luz de las experiencias
que yo tuve en el gobierno y en la academia. Los llamados “intelectuales” son
reconocidos porque tienen mentes privilegiadas, que son capaces de razonar lo
que otros no ven, de encontrar vínculos entre fenómenos que nadie más ha visto,
que poseen una memoria más robusta que los demás y que, aparte de todo, han
tenido la disciplina de escribir y desarrollar sus ideas con un método, sin
caprichos y sin ocurrencias. Por lo mismo tienden a ser arrogantes, o por decir
lo menos, no se juntan con cualquiera. Si van a platicar de algo les gusta que
sus interlocutores estén a su nivel. Supongo que muchos de los personajes que
ya he mencionado eran engreídos y no tan fáciles de trato en cuestiones de
trabajo. Imagino a mi padre, saltando de temas, del crédito agrícola a la
historia económica del porfiriato, al diseño de los impuestos como el valor
agregado, a coordinar proyectos gigantescos de desarrollo regional o
instituciones complejas como la educación de los adultos, en la que hay que
lidiar con secretarios de Estado, gobernadores, entre otros.
Una carrera como la de mi padre solo se explica si tienes
una alta capacidad intelectual, si eres perseverante y constante en el
esfuerzo, y además tienes una inteligencia emocional que te permita lidiar con
el ego de escritores de la talla de Martín Luis Guzmán, historiadores del nivel
de Daniel Cosío Villegas y de políticos de primer nivel, por no hablar del
trato con los presidentes de la República, si no eres de los que se agachan y
defiendes tus principios, como lo fue él. Definitivamente no se trata de
suerte. Y por lo mismo creo que descansó durante sus últimos años, cuando dejó
el gobierno y se dedicó a la academia; ya no tenía que quedar bien con nadie en
las estructuras de poder, sus alumnos eran sus evaluadores, creo que supo
disfrutar de la libertad de cátedra, y te hablo de las instituciones más
prestigiosas del país.
—Oiga, ¿y qué se sentía al
comer y merendar todos los días con él? No sé cómo podría haber sido en modo
familia —preguntó Citlali.
—De niño, lo veía como un papá muy divertido. Lo veíamos
poco, porque él trabajaba en la selva y nosotros vivíamos en Lima. Y entonces
toda la convivencia con él era como de día de fiesta. Ya después, lo veía con
mucha admiración por lo que hacía y por las personas con las que se juntaba. Y
al final, la vida es cruel, uno se vuelve adulto y se toma el derecho de juzgar
a sus padres. Y cuando ellos ya no están, es cuando uno los ve como verdaderos
titanes.
Cuando nos fuimos al Perú, mis padres pensaron que la
familia viviría junta en Lima; en realidad, su puesto de trabajo se ubicó en la
población —ahora ciudad— de Tarapoto, en un campamento de la organización. No
era la selva aún; técnicamente le llamaban “pie de selva” y la vegetación era
mucho más espesa que en otras selvas que conocí después, como las de Chiapas,
Quintana Roo o el Petén. Nosotros nos quedamos viviendo en Lima, y mi padre
venía una vez cada varios meses a vernos.
Eran muy agradables sus visitas. Hacíamos algunos paseos
familiares sencillos, como caminar por las calles y plazas de Miraflores, tomar
un helado, comer unos churros rellenos en alguna cafetería. Lo que más nos
gustaba era que nos llevaran a una tienda departamental llamada Oeschle, dónde
vendían unos autos metálicos de colección, marca Corgi Toys la mayoría, hechos
en Inglaterra. Siempre nos compraban uno.
—¿Son los que están en la
vitrina? —quiso saber Citlali.
—Algunos. Esa colección fue creciendo; con el paso de los
años, me quedé con los carritos de mis hermanos, y se sumaron los que dejamos
empacados en México antes de irnos al Perú, y posteriormente una colección de
modelos antiguos a escala que adquiría mi padre en las estaciones de servicio
en Guatemala, uno por semana. Las adquisiciones finales las hice en el mercado
de La Lagunilla, ya en México, siendo yo un hombre maduro para esas fechas.
Toda esa colección está ahora en la vitrina de mi habitación en la casa de
Valle de Bravo, junto con soldaditos de plomo que fui adquiriendo en distintas
épocas a lo largo de la vida.
Durante unas vacaciones me tocó ir a visitar a mi padre a
Tarapoto. Atravesé la cordillera de Los Andes en un avión de cuatro hélices de
la compañía Fawcett. Él me recogió en el aeropuerto, que consistía en una pista
de barro compactado y una pequeña caseta con techo de palma, que hacía las
veces de terminal. El trayecto al campamento cruzaba las calles sin pavimentar
de aquel pueblo, con construcciones corrientes o provisionales. Así me
imaginaba el campamento, pero al llegar, la sorpresa fue grata. Consistía en
una serie de casitas independientes, dispersas a lo largo de un área grande,
dónde habitaba cada uno de los expertos del proyecto. El comedor era
comunitario, y ahí se juntaban todos al desayuno y el almuerzo.
Un día emprendimos una larga caminata, asistidos por un
guía, en la que cruzamos durante varias horas la selva, con su olor
característico a humedad impregnada de materia vegetal en descomposición. De
repente encontrábamos insectos enormes, como unas mariposas de color azul
intenso que revoloteaban bajo el domo vegetal.
—Me muero de ganas por conocer
la selva —intervino Citlali—. ¿No salieron changos, tucanes, o más animales?
—Esa vez no, aunque sí era una zona peligrosa. En otra
ocasión mi padre regresó con la piel de un tigrillo que había matado. Tenía las
patas y el vientre agujerados: no era cazador y le habían prestado un rifle de
postas, de esos que disparan muchas balas juntas, a ver cuál pega. Nunca había
disparado un tiro ni jamás volvería a hacerlo. No era aventurero; era un hombre
de paz. Eso explica que el episodio no se borrara nunca del anecdotario
familiar. Pero volvamos a la caminata en medio de la selva.
Llegamos agotados a una pequeña choza con techo de palma, a
la orilla de un río caudaloso, seguramente tributario del Huallaga. En aquel
momento no entendí lo que hacíamos ahí, pero ahora comprendo que mi padre fue a
levantar una encuesta de economía agrícola hasta aquel lugar. Hizo muchas
preguntas y toda la información la anotaba a lápiz en una pequeña libreta de
notas. Hasta muchos años después, cuando conocí de cerca los procedimientos
para el levantamiento de encuestas, me di cuenta del profesionalismo de mi
padre y de su rigor intelectual. No concibo a un encuestador de la actualidad
caminando por horas entre la selva para hacer una entrevista que muy fácilmente
se pudo haber inventado.
Mi padre era muy ocurrente para hacer frases y yo le
festejaba de buena gana todas sus ocurrencias. Hay muchas frases suyas que no
se me olvidan, de distintas épocas, que ilustran su tipo de humor. Un día que
mi hermano menor estaba en plan de hacer berrinche, apuntó que «Fernando está
muy positivo dentro de su negatividad». Otro día regañó a mi madre por usar el
término de inditos y le sugirió utilizar el de «grupos étnicos diferentes», lo
cual a la postre se volvió broma familiar: «Mira aquella mujer de un grupo
étnico diferente que vende piñas». Varias veces se pronunció en contra de la
palabra Kleenex y nos urgía a utilizar la de «pañuelitos desechables» (el paso
del tiempo le ha dado la razón). Para referirse a una ciudad cualquiera de los
Estados Unidos utilizaba la denominación de Falfurrias, Texas. Al ruido de los
motores foráneos de la época de la regencia de Carlos Hank les llamaba
«hankidos» y así, había términos con los que jugaba y otros que inventaba. Y
una que se volvió clásica, en una ocasión que le subió mucho la fiebre: «Una
ecuación más una Carmelina [...] es igual a…». Nunca supimos a qué era igual,
pues siguió desvariando.
Contaba mi madre que de recién casados, mi padre fue a ver a
una oculista amiga de ella. Lo sentó para examinar su vista y le pidió una
descripción de una figura.
—Aparece una circunferencia, y del centro parecen salir dos
líneas radiales de diferente extensión que apuntan hacia unas marcas
aparentemente equidistantes…
Una vez que le colocaron unos lentes, exclamó:
—¡Aurorita, pero si es un reloj!
Le gustaba utilizar términos “domingueros”, pero además era
bastante distraído para cuestiones cotidianas. En alguna ocasión dictó una
conferencia sobre la economía del cultivo del garbanzo, y a la salida preguntó
a unos campesinos:
—¿Y este grano qué es?
—Garbanzo —le contestaron. La imagen no figuraba en todo el
material que había leído. Lo suyo era definitivamente la vida intelectual.
No todo mundo apreciaba su sentido del humor y hubo más de
alguno que se sintió ofendido. A las bromas y comentarios chocarreros habría
que añadir sus observaciones francas y directas. Como el día que el presidente
José López Portillo le presumió la Gran Cruz de Isabel La Católica que le
habían otorgado, y mi padre le señaló, para su disgusto, las flechas que
caracterizaban a la Falange española, es decir, al franquismo tan odiado. O
cuando redactó un documento que un secretario le llevó al presidente Luis Echeverría;
el secretario comentó: «Le entendió muy bien el presidente», a lo que mi padre
replicó: «Progresa Echeverría». Mi padre nos contaba esos incidentes con cierto
orgullo de niño pícaro. Para mí eran verdaderas epopeyas de mi héroe, que se
movía en tan altas esferas y se atrevía a decir esas frases tan agudas.
Ahora veo que tal vez mi padre haya tenido el problema de
incontenible soltura verbal que también yo he padecido. Aunque sé que a veces
cierto comentario quede fuera de lugar, muchas veces no resisto las ganas de
soltarlo, y el costo es quedar como imprudente, insensible o sencillamente como
un pesado. Había un rancho dividido por una barranca; de un lado estaba la casa
de la familia Ricaud, que se pronuncia Ricó, así que mi padre le dijo al
pariente que vivía enfrente: «Y de este lado viven los Pobré…». Fue una broma
que hasta la fecha no le acaban de perdonar los descendientes de aquel
pariente, sobre todo porque la mofa se esparció como la pólvora.
A la ahijada de mi madre que vivía con nosotros, de unos
diez años en ese momento, le decía Pulga. «No me vayas a decir así mañana que
vienen mis amigas», le pidió ella. Al día siguiente, al ver la sala con globos
y llena de niños, la buscó con la mirada y al encontrarla le gritó con fuerza:
«¡Pulga!».
Solo una vez lo vi exaltado. Le urgía regresar a la Ciudad
de México después de unas vacaciones en Manzanillo. Aeroméxico sobrevendió el
vuelo y cancelaron nuestros pases de abordar. Armamos un tremendo zafarrancho
en el aeropuerto, algo muy inusual entre nosotros (de esos que actualmente se
volverían virales en las redes), y mi padre increpó a algún empleado con la
frase de que preferiría regresar en patín del diablo antes que volar con
aquella compañía. Al final, algún otro pasajero le cedió el lugar.
Salvo en sus ausencias de trabajo, mi padre fue un hombre de
hogar. Los años que convivimos con él, siempre que pudo, fue a comer a la casa,
y llegaba por lo general a buena hora para la merienda. Siempre estaba de buen
humor y presto a emprender cualquier conversación. Le gustaba ir a buenos
restaurantes con sus amigos, con quienes conversaba en largas sobremesas, pero
eso no le quita lo hogareño. Como regla general, siempre recuerdo eso de las
comidas con él: disertaba en la sobremesa algún tema, muchas veces de historia,
y todos nosotros y mi madre lo escuchábamos con atención. Era un buen narrador.
Tanto su actitud como la nuestra era seria. Los temas eran formales y no había
lugar para risas ni carcajadas.
—El padre y los escuchas… Me los imagino ahí, todos
seriecitos… papaloteando en otra cosa, ¿a qué sí?
—Ahora tú también me vienes con palabras de origen náhuatl…
Pero ya que lo dices… A veces sí me quedaba pensando en otra cosa.
—Parece que estuvieran jugando a la escuelita —, dijo
Citlali, ya encarrerada en su reflexión—. Nomás les faltó sacar una libreta
para los apuntes.
—Lo dirás de broma… Cuando estudié mi licenciatura, él era
el único profesor que daba Historia Económica. Me tocó tomar clases con él.
—Y seguro sacó diez —, dijo, provocadora.
—Ni modo que no. Aprendí por ósmosis. Era un profesor muy
querido por sus alumnos. ¿Ves ese cuadro que tiene una manzana pintada al
centro? Está allá, cerca de la entrada. Una alumna de él era hija de esa gran
pintora, Martha Chapa, y le consiguió el cuadro a muy buen precio.
—Nunca he oído hablar de esa señora, pero el cuadro está
hermoso… una sola manzana en una gran mesa… ¡ya me antojé!
Noche 9. Colegio Suizo
No escuché cuando entró Citlali a la biblioteca. De pronto
la vi observando el cuadro de Martha Chapa, y lo comparaba con una manzana roja
que traía en la mano. Cuando me vio, me dijo:
—También traje una para usted.
Estaba encantada de que una fruta del mercado pudiera ser objeto
de un óleo tan impresionante. Con entusiasmo, dio una gran mordida a su
manzana, se le quedó mirando, y de inmediato la comparó con el logotipo de su ipad
mini.
—¡Por poco y me quedan iguales! A la próxima
será. A ver Usted, una mordida.
—Yo no, —dije
apenado, — la tengo que partir con mi navaja en pequeñas rebanadas.
Me volteó a ver de reojo y con otros dos mordiscos dio
cuenta de su manzana.
A mi regreso a
México, me inscribieron en el Colegio Alemán, en la sucursal central, en ese
entonces en Tacubaya, al quinto grado de primaria. Ya antes había estado en esa
escuela en Lima y Quito. Mi madre también
estudió unos años ahí, antes de que México se incorporara a la Segunda Guerra
Mundial, y había estado interna, junto con sus hermanos, en una escuela de
religiosas en Hamburgo. Aterricé a mis once años, al quinto grado, en lugar del
sexto como me hubiese correspondido, ya que perdí un año a causa de que en
Sudamérica no cursamos el idioma inglés. En quinto comencé a estudiarlo, y me
pareció más bonito y fácil que el alemán. Al terminar la preparatoria siete
años después, nunca volví a hablar ni a leer en alemán. Jamás pude descifrar un
periódico o una revista en ese idioma, a diferencia de las que estaban en
inglés, que pronto comencé a comprenderlas. El inglés en cambio me sirvió
bastante a lo largo de la vida.
Me costó trabajo acostumbrarme a la gente de México, sobre
todo al uso de la palabra “güey”. Alguna vez pregunté a un compañero que por
qué se decían “buey” el uno al otro, lo que resultaba incomprensible. La
respuesta me dejó aún más desconcertado: —No se dice buey, se dice güey.
Tampoco comprendía el uso de la palabra “mano” para referirse a alguien entre
amigo y conocido. Era un extranjero en
mi país y en mi propio idioma.
—¿Qué pasó mi cuate? —preguntó
Citlali, muerta de risa. —¿Cómo que no entendía ni náhuatl ni mexicano?
También me parecía extraña la costumbre de formarnos para
entrar a clase al final del recreo. —Hagan fila, tomen su distancia, adelante.
Prácticamente igual a lo que haría años después durante el Servicio Militar,
que solo consistía en marchar los viernes en la tarde con uniforme de
conscripto, hacer la fila al inicio y romper filas al final.
Los recreos eran divertidos. Los alumnos de todos los grados
salíamos al mismo gran patio al mismo tiempo. Como no tenía amigos, me dedicaba
a recorrer el patio. Era un mosaico enorme de colores, tanto por la variedad de
fenotipos (germánicos, mexicanos y mezclas diversas), como por la vestimenta
colorida de todos. En mis colegios en Sudamérica siempre usé el uniforme
escolar, y en México eso ya no se usaba. En alguna esquina del patio estaría un
grupo de niñas jugando al avioncito o brincando con unas ligas, otras saltaban
la reata que era una diversión femenina hasta donde recuerdo; muchos chicos
jugaban a las canicas, y en ocasiones había alguna gresca entre alumnos y todos
nos poníamos en círculo a observar. Participé varias veces en el juego de las
canicas. Si uno perdía, perdía la canica en favor del vencedor. Había una regla
que no recuerdo como aplicaba, pero el hecho es que quien llevaba una canica de
metal, tenía bajo ciertas circunstancias el derecho a «cascar» al otro, es
decir, tirar la canica metálica desde muy cerca hacia una de las canicas de
vidrio, que terminaba astillada, abollada o hecha añicos. Se llamaban balines,
no eran fáciles de conseguir, y me sentí muy cómodo el día que conseguí uno en
un taller mecánico cercano a la casa. Muchos otros chicos y chicas conversaban durante
el recreo mientras yo daba vueltas hasta que sonaba la campana para formar las
filas.
Después de ese año en el Colegio Alemán, me pasaron al
Colegio Suizo de México, que según mi madre proporcionaba mejor educación al
ser una escuela mucho más pequeña. En efecto, en sexto año en el Colegio Suizo
éramos alrededor de treinta estudiantes; a secundaria pasamos menos; por las
exigencias académicas cada año quedaban menos compañeros; tal vez hayamos sido
quince al iniciar la preparatoria y al terminarla éramos solamente trece. En
quinto año en el Colegio Alemán, éramos treinta en cada grupo, pero había
quinto A, B, C, y D. Así dieron inicio siete años en el Colegio Suizo, uno de
primaria, más la secundaria, y la preparatoria. Comenzaríamos tal vez
equilibrados en el número de hombres y mujeres, pero en los últimos años, la
proporción de mujeres fue bajando. En el séptimo año, éramos diez hombres y
tres mujeres. Una de las consideraciones de mis padres a favor del Colegio
Suizo es que era mixto (muchos en aquella época no lo eran, como los de los
Legionarios) pero la dinámica del tiempo retorció aquella ventaja.
Al igual que en el Colegio Alemán, los recreos eran la
oportunidad para conocer y ver a chicos y chicas de otros grupos, en este caso,
los más grandes que nosotros y los más chicos, pues éramos grupos únicos. En
los primeros años, jugábamos futbol en los recreos, a veces sin balón, pateando
una lata de refresco vacía. Ya después, muchos recreos eran para conversar con
los compañeros, muchas veces sobre el futbol, o para comentar sobre la belleza
de alguna chica, o sobre alguno de sus atributos que nos llamara la atención.
Algunas de las chicas eran verdaderamente guapas. Recuerdo a la chica morena
clara con muslos exquisitos en sus shorts de deportes, con un cabello lacio
trigueño que le cubría parte del rostro; aquella otra de senos enormes pero
perfectamente proporcionados; la muñequita que llegó de España, delgadita,
pecosa y de pelo rizado; la hermana menor de un compañero suizo, que tenía unos ojos verdes encantadores; y muchas otras
que hacían nuestras delicias en los recreos, con sus atuendos ajustados, en colores muy vivos de las marcas cotizadas
de la época.
—Qué gracioso — dijo Citlali —
¡era una escuela mixta, pero con esos números, las chicas estarían ahí para
antojar! Y añadió —¡Ya veo que era medio fijado, pero nada lanzado! Los
típicos mirones— dijo meneando la cabeza.
Novia nunca tuve, amigas con las que platicara mucho
tampoco. Ya desde entonces era yo más espectador que protagonista. Hacia el
final de la preparatoria, sufría yo muchísimo cuando alguien organizaba alguna
reunión en su casa, con parejas. Yo no tenía; en ocasiones me presentaron
algunas, pero fueron encuentros que no prosperaron.
Había una dinámica peculiar entre los alumnos del Colegio
Suizo, al menos en mi grupo. Por un lado, estaban los que provenían de hogares
extranjeros o germanoparlantes. Por otro lado, estábamos los que hablábamos
español nativo. Nos veíamos con cierta distancia unos a otros. Convivíamos en
viajes, en reuniones sociales y en los recreos, pero hay ciertos
comportamientos y códigos en los clanes que se reconocen, pero son difíciles de
explicar. Había diferencias culturales, de idioma y de costumbres, que hacían que uno perteneciera
a una tribu y no a la otra. De las tres chicas que quedaron al final de la
preparatoria en nuestro grupo, todas eran de idioma alemán nativo. El sentido
del humor de cada clan era muy distinto. —De que se ríen? Ni modo de explicar
el chiste.
—O sea que iba a una escuela extranjera,
y sólo se juntaba con la raza. Cómo que no cuadraba mucho Usted por ningún
lado.
—Y sigo sin cuadrar.
Noche 10. El Megáfono de mi Madre
Mi madre siempre fue muy unida con sus hermanos. Ella fue la
mayor seguida por Carlos, Felipe, Susana, e Ignacio. Mi madre le llevaba a
Ignacio ocho años. Siempre vio a sus hermanos con respeto, y siempre les pedía
consejos. Son los hermanos que hicieron fortuna a temprana edad. «Yo sí sé cómo
forjar un patrimonio», dicen que decía Carlos. Susana se casó muy joven con un
próspero empresario toluqueño, quien luego quebró, y fue ella quien realizó un
emprendimiento con el negocio de las flores y así hizo mucho dinero. Ignacio,
el menor, fue un político prominente. A los treinta y un años fue diputado
federal, y tuvo una carrera política ascendente hasta llegar a gobernador del
Estado de México, dos veces secretario de estado en el gabinete federal, y dos
veces embajador de México ante países europeos. Mi madre tuvo con Ignacio una
relación particular. Habían vivido un año en un internado en Alemania, entre
1937 y 1938, justo al inicio de la gran guerra, y mi madre fungió como su madre
sustituta, ya que él tenía tan solo dos o tres años en aquel momento. Forjaron
una relación entre ellos similar a la de madre e hijo que duró toda la vida.
— Perdón por la interrupción. ¿Sabe con qué palabra me topé el otro día, que
fuimos a unas prácticas a una comunidad allá lejos? “Chichigua”. Dicen que
viene del náhuatl “chichi”, que es una repetición onomatopéyica para el pecho o
el acto de mamar, y que significa nodriza. O sea, una mamá sustituta.
—Wow. Creo que no me hubiera servido mucho estudiar náhuatl,
pero sin duda es mucho más divertido que el alemán.
Mi madre consultaba muchas decisiones con sus hermanos:
«Necesitamos la opinión de tu tío Carlos, o de tu tío Felipe, o de tu tío
Nacho». Esa práctica hizo que yo, deliberadamente, las esquivara. Sentía que
era una actitud de menosprecio a nuestras propias capacidades como familia. También
pedía la opinión de mi abuela Omma, pero con ella no era tan notoria la
consulta, pues se pasaba un buen rato todos los días conversando con ella por
teléfono. En la casa de Jaime Nunó, ella se sentaba en el descanso de la
escalera, en la parte alta, en el pasillo que daba a los cuartos, y su voz se
escuchaba clara y fuerte en toda la casa. En ocasiones, hablaba de nosotros con
la abuela Omma, así que durante esas charlas muchas veces estaba yo inquieto, a
la espera de escuchar mi nombre y lo que dijera de mí, muchas veces crítico.
Esa costumbre de indiscreción telefónica la mantuvo hasta
los últimos años de su vida. Algunos comentarios que escuché en ciertas ocasiones
si me calaron. —Andrés ahora lleva una vida de peón…
—Era el típico «te lo digo
Chana para que lo oigas, Juana» —intercaló Citlali, o el «radio pasillo» que
tan bien funciona en la escuela. En mi casa le decimos el chismógrafo; todas
las familias tienen uno.
—A mí me lo vendían como virtud: «Qué bueno que en las
familias nos podamos comunicar, así somos más fuertes». Lo curioso es que, por
andar comunicándose con sus hermanos, a veces no se comunicaba con nosotros.
Yo prestaba mucha atención al megáfono telefónico de mi
madre, y no solo a las palabras, sino también a las inflexiones de voz y a los
silencios… «Quién sabe qué estará diciendo mi abuela Omma sobre ese
particular». Había que estar siempre atentos y alertas y, por lo mismo, vivía
algo atemorizado. A diferencia de lo que ocurría con los abusadores del
internado, en casa no podía hacer nada frente a una agresión verbal. «Es que
mis hijos son tan tímidos, Nacho». Y luego esos comentarios pasaban al dominio
de la comunidad de primos en Rancho Contento.
—O sea que, del megáfono,
pasaban al perifoneo, para que todos se enteraran. ¡Qué horror!
Mi madre fue compañera de escuela de la hermana menor de mi
padre en el Colegio Alemán, por ahí de 1938, cuando regresaron de Alemania. En
algún momento mi padre comenzó a interesarse por ella. Muchas veces escuché la
misma versión: que mi padre le escribía unas cartas muy bonitas y que seguido
le mandaba flores y chocolates. Durante sus últimos años de vida en Valle de
Bravo, soltó algunas confesiones que rompían con la narrativa anterior: que en
su momento le pareció muy extraño que «ese señor», hermano de su amiga, le
mandara flores.
Hubo un encuentro fortuito en San Andrés Tuxtla. Mi padre
había ido allá con un grupo de amigos; mi madre con sus amigas. Se encontraron
en la plaza, se reconocieron, comenzaron a platicar más, y al regresar a la
ciudad de México el encuentro derivó en noviazgo. Mi madre guardó durante
muchos años esas cartas “tan bonitas” que le escribía él. Se casaron el 24 de febrero den 1956, día de
la bandera y del onomástico de mi madre, en la iglesia de San Jacinto, en San
Ángel.
De soltero su mayor atractivo no fue su físico y mucho menos
su dinero, pero era un personaje interesante dentro de la política y el
periodismo mexicano. Su atractivo radicaba en su cultura amplísima, su
honestidad, su franqueza personal y su sentido del humor. Llegó al matrimonio sin
saber manejar un vehículo automotor. Mi madre fue quien lo enseñó, pero él
nunca disfrutó de su puesto al volante, aunque sí aprendió. De niños, en
carretera manejaba él; ya después, en la adolescencia, mi madre. De joven
«noviaba» en transporte público, y no sé hasta qué grado ello haya sido un inconveniente
para mi madre, que vivía con hermanos amantes de la mecánica y de los
automóviles.
La relación de mis padres era buena. Cada uno tenía su rol,
al cual siempre le fueron fieles. Mi padre trabajaba y entregaba todo su sueldo
en la casa. Mi madre siempre administró todo y, gracias a ella y su austeridad,
lograron algunos ahorros y forjaron un patrimonio que generosamente nos dejaron
a los hijos. Mi madre a veces se quejaba de que mi padre no se involucraba en
las cuestiones prácticas del día a día, incluyendo el patrimonio y el dinero.
Dónde vivir, qué casa comprar, qué vehículo adquirir, a qué escuelas
inscribirnos, eran decisiones del ámbito de mi madre. Mi padre era feliz con
tal de que pudiera tener tranquilidad para leer y escribir; fue un hombre
extraordinariamente paciente, al menos con la familia.
Ya en la vejez, en sus últimos meses, escuché a mi madre
conversar con una sobrina que relataba que se iba a casar muy enamorada, a
quien le dijo de golpe:
—Yo no. Me sorprendió mucho la confesión, pero no dejó de
hacerme cierto sentido.
—¡Zas!— exclamó Citlali
—. Esa sí que no me la esperaba. Antes se juraban amor eterno y yo pensé que lo
sentían…
—Yo creo que, si lo sentían, pero más que nada, lo
construían. Seguro que su amor terminó más fuerte que como comenzó.
—Dígame, ¿del uno al diez, ¿cómo
calificaría el matrimonio de sus padres?
—Mi padre diez. Mi madre diez. En promedio ocho.
Citlali cerró los ojos, ponderando las cifras. De pronto
dijo:
—¡Qué remedio! La aritmética
del corazón.
Noche 11. El abolengo Rosenzweig
Entré a la biblioteca y ya estaba Citlali, con los audífonos
puestos, oyendo música. Me dijo hola con la mano, y ya después se levantó y me
dio un beso en el cachete.
—Ahora se le hizo tarde —me
dijo—. Me puse a curiosear un rato y vi la placa que tiene ahí, con un
reconocimiento que le hicieron unos ganaderos por una charla que dio. ¿A poco
sabe de ganado?
—En realidad, casi
nada, pero esa vez les expliqué cómo funciona la exportación de becerros.
Trabajaba en eso, en comercio exterior…
Citlali estaba mirando la placa cuando me interrumpió:
—Qué apellido tan raro tiene. ¿Por qué me dijo
que se apellidaba Pichardo? Así lo anoto cuando va a la estética, Pichardo, una
rapada, 100 pesos, pero tiene otro apellido, Rosen, Rosen algo, el que sale
ahí.
—Es para despistar al enemigo —dije, y me sonreí un poco. —
Me senté en el sillón de respaldo alto para apoyar la cabeza y controlar mejor
el cuello; me serví un vaso de agua mineral y le exprimí un limón.
Mis antepasados llegaron a México de Austria, aunque lo
correcto es decir de Austria-Hungría, pues vinieron con el ejército de
Maximiliano a fundar el Segundo Imperio Mexicano. Primero llegó un Fernando de
Rosenzweig; después su hijo, de idéntico nombre. Ambos eran cartógrafos muy
calificados y posiblemente ejercían su profesión al servicio del ejército de
Napoleón III. Cuando cayó el Imperio y Maximiliano fue fusilado, Juárez decretó
un indulto amplio que les permitió quedarse. Hicieron muchos levantamientos de
haciendas en el Estado de México, principalmente en el sur. Hay un plano hecho
por alguno de ellos de la Meseta del Anáhuac que ganó una medalla de oro
en la Gran Exposición de París en 1889[1].
Y en algún momento, ya con fortuna hecha, se radicaron en Toluca, donde fueron
dueños del mejor hotel de aquella época: el Gran Sociedad. Mi abuelo Guillermo
pertenece a la generación siguiente.
Muchos de mis parientes Rosenzweig tienen una verdadera
fascinación por la historia familiar. Un antepasado de los que llegaron, de
nombre Joseph, recibió un título nobiliario del Imperio austrohúngaro, expedido
por el káiser Francisco José por servicios destacados prestados al ejército. El
título le permitía llamarse Joseph Edler von Rosenzweig, algo así como un rango
de caballero. En México solo se tropicalizó el von, así que todos ellos
eran de apellido «de Rosenzweig».
Mi padre nació con ese apellido, pero en algún momento se
quitó el de para quedar nada más como Fernando Rosenzweig. Él tenía
ideas de izquierda, era profundamente humanista y le irritaban esos residuos de
una nobleza y de un Imperio ya liquidados desde el fin de la Primera Guerra
Mundial. Así que habemos parientes Rosenzweig y otros «de Rosenzweig». Si les
sirve o les agrada esa preposición de, qué bueno; a mí no me ha hecho
falta.
Para muchos, el apellido es motivo de orgullo; para mí
ciertamente lo es, sobre todo por mi padre. Pero el apellido ha sido muchas
veces un pequeño obstáculo cotidiano. En México a la gente le cuesta mucho
trabajo pronunciarlo. La mayoría de la gente hace una lectura fonética en
español, que produce un sonido muy distinto a la pronunciación en alemán,
idioma al que corresponde. Otros tratan de pronunciarlo como si fuera inglés y la
doble u se convierte en ge. Así, hay todo tipo de variantes: desde Rosensuai,
Rosensweg, Rosengüey y muchas otras.
Siempre me ha incomodado explicar la pronunciación: «Rosenzwaig, sería en
español» así que contesto que si soy yo, lo pronuncien como lo pronuncien. Por
eso, desde joven comencé a utilizar mi apellido materno en situaciones
cotidianas, como la nota de una ferretería o la reservación en un restaurante.
Me convertí en Andrés Pichardo en las situaciones del día a día, a pesar del
orgullo que siento de ser hijo de mi padre. No es un tema que tenga que ver con
ningún conflicto de identidad, pero sí contribuye a veces a sentirme un
extranjero en mi propia tierra.
Citlali se quedó callada un momento, asimilando la
genealogía y el peso de ese apellido que cruzó el océano. Dejó la placa sobre
la mesa y me miró con una sonrisa apenas insinuada.
—Así que caballero del Imperio
—dijo Citlali en un tono festivo, sin llegar a ser burlón.
—No sé para qué les haya servido el título a mis
antepasados. Una vez me mostraron el original: estaba en una caja con tapas
metálicas y sellos de lacre con el escudo del emperador Francisco José. Pero
eso no les daba de comer; por eso se vinieron con el ejército de Maximiliano a
ganarse la vida acá. Las tierras que tengo vienen de los Pagaza, y esos nada más
tenían el título de «don».
—Lo seguiré anotando como
Pichardo. No me voy a aprender su otro apellido y seguramente lo escribiría
mal.
—Si viviéramos en los tiempos de los aztecas, ni el Pichardo
habrías podido registrar.
Ella se quitó un audífono, intrigada:
—¿Por qué? ¿A poco los aztecas
tenían prohibido su apellido?
—El náhuatl es una lengua limpia, económica; le faltan casi
todas las letras fuertes del español o del alemán. No tiene la be, ni la de, ni
la efe, ni la ge, ni la ere, ni la ese, ni la uve.
Citlali se quedó mirando las vigas de la biblioteca. Trató
de arrastrar las letras en la boca y luego soltó un destello de pura picardía:
—A ver, déjeme hacer el
intento… Sin la «de» de Pichardo… ¿Entonces cómo le dirían? ¿Sería Pitzarto?
—Casi… —le sonreí, saboreando el momento—. Al náhuatl
también le falta la ere.
—¡Lo tengo! —gritó
entusiasmada—. ¡Pitzalto! Sin albur.
Antes de cerrar la puerta, volteó a verme:
—Además, me acaba de dar una
gran idea. No sabía qué nombre ponerle al cachorrito que me regalaron. Se
llamará el Edler.
Y se atacó de risa.
Noche 12. La estirpe de los Pichardo
—Tuve un día pesadísimo, dijo
Citlali cuando entró.
—Tuviste muchas prácticas, de seguro.
—No fue eso. Otra vez no hubo
paso del Arco hacia el pueblo. Se volteó otro trailer en la misma curva de
siempre, y ya sabe, estaba llenísimo de gente, estaban las cajas de cerveza
tiradas en el asfalto, y todos llevándose las que podían, felices, y nosotros
en el colectivo, acalorados, sin poder avanzar. Ojalá que no robaran tanto los
políticos, remató.
—Híjole, me da pena eso que te pasó. Si los polis no hacen
nada, mal, pero si llegaran a arrestar a los que se robaban las cajas,
¡imagínate! Los políticos también sufren. Así fue la vida de mi abuelo Carlos…
—Venga, ¡écheme ese cuento!
Pero conste, lo que dije no fue por él, dijo sin llegar a estar muy apenada.
Mi abuelo Carlos Pichardo Cruz es una figura familiar pero
también histórica [2]. Fue
diputado constituyente del Estado de México y diputado federal, pero su cargo más
importante fue el de secretario general de Gobierno. Durante su gestión le tocó
lidiar con algunos aspectos delicados de la política anticlerical del gobierno
federal, legado de Calles, en una ciudad conservadora y eminentemente católica,
como Toluca. Su esposa, mi abuela Omma, siempre fue una creyente católica fervorosa,
formó a sus hijos en el catolicismo, e hizo todas las ceremonias
correspondientes en la vida de ellos, bautizos y primeras comuniones, en una
época en la cual los ritos públicos estaban prohibidos y había que hacer esas
ceremonias en la clandestinidad. Mi madre relata que, en su primera comunión,
la niña de atrás le prendió fuego accidentalmente a su velo que le dejó una quemadura
en el cuello. Mi abuela enfrentó el doble agobio de la quemadura de su hija y
el posible regaño del marido: —No le vayas a decir a tu papá que te quemaste,
se va a enojar. A pesar de ser libre pensador confeso, tuvo el tacto para no
implementar a rajatabla las disposiciones anticlericales y anticatólicas que
impulsaba el gobierno federal.
Fue un hombre que siempre buscó su superación personal. Tuvo
una biblioteca amplísima, según me cuenta mi madre. Era autodidacta en varias
disciplinas, en adición a su formación como abogado. Fue tenaz en entrenar su
voz. En la época que el hacía su proselitismo político en busca del voto popular,
no se utilizaban megáfonos ni equipos de sonido en los mítines públicos[3].
El orador tenía que hilar bien sus ideas con claridad y sobre todo, con voz
potente, que resonara entre todos los asistentes. Mandó construir en el patio
de su casa en Toluca un cuarto forrado de corcho, en el que se encerraba a
hacer vocalizaciones y otros ejercicios de voz y oratoria. Casó con mi abuela, a quien conoció en una de
sus giras proselitistas en Valle de Bravo, durante su campaña para diputado
local. Desde lo alto del presídium en el mitin, divisó a una muchacha que le
gustó y le causó buena impresión. Indagó por ella, le dijeron que estaba
emparentada con el obispo Joaquin Arcado Pagaza, poeta vallesano. Con algún
pretexto se hizo invitar a la casa de la familia, y así inició un rápido
noviazgo que derivó en matrimonio.
Fue un jefe de familia que impuso una disciplina férrea.
Tenía un huerto grande en las afueras de la ciudad de Toluca, en el que había
una alberca al descubierto con temperatura ambiente —prácticamente helada por
las mañanas, al estar a las faldas del Xinantecátl, o Nevado de Toluca.
Obligaba a sus hijos pequeños a darse un chapuzón para que forjaran su
carácter. Mi madre y mis tíos hablaban poco de él, y cuando lo hacían era con
bastante respeto, y refiriéndose a él como un personaje lejano. De lo poco que
me contaron de él, me imagino que sentiría miedo si alguna vez tuviese a mi
abuelo enfrente.
Y recuerdo ahora la frase de uno de mis tíos: —¡Los Pichardo
somos unos enanos emocionales!
—¡Enanos emocionales!
Buenísimo ese término. Conozco varios.
Por algún motivo, en 1936 dejó la actividad política. En
1937 emprendió un viaje a Alemania, con la intención de instalarse y trabajar
allá. Ignoro que antecedentes haya tenido de la situación política antes de
partir allá, pero el nazismo ya estaba en su apogeo. Su decisión es un enigma
para mí. Mi madre relató que la explicación era sencilla, que no había que
buscarle tres pies al gato, que mi abuelo era un admirador de la cultura
germana y que tenía la intención de que sus hijos se educaran en ella. Hay
quien dice que se desilusionó al no haber sido postulado para gobernador; para
otros, tuvo algunas diferencias serias con algunas personalidades políticas de
la época.
Había aprendido el idioma alemán el solo, en su biblioteca
en Toluca, tal vez con la ayuda de algún profesor ocasional. Al llegar a
Hamburgo, en una gasolinera, el dependiente no lo entendió, para su
desconcierto. Alguien le explicó después su alemán era ultra culto (Hochdeutsch) y que los empleados de la
gasolinera hablaban un slang , casi un dialecto.[4]
No encontró trabajo en la Alemania nazi — así que colocó a los hijos en un
internado en Hamburgo, el Kinderheim St. Elisabeth. Este centro formaba parte
de la infraestructura de asistencia de la comunidad católica en la ciudad. No
deja de ser paradójico, que un funcionario de alto rango encargado de la
implementación de políticas anticlericales en México haya optado por un
internado católico en Alemania para sus hijos. Mi madre y sus hermanos, la
pasaron francamente mal. No hablaban el idioma, venían de otra cultura, de otro
clima, y enfrentaron además la austeridad de la vida en Alemania de la preguerra.
Mi madre recuerda la escasez de pan o huevo ciertos días a la semana, y la nula
disponibilidad de agua caliente para bañarse o lavarse las manos.
Mientras tanto, mi
abuelo Carlos con mi abuela Omma se dedicaron un año a viajar por toda Europa,
en un automóvil que llevó desde México —muy llamativo como todo buen carro de
origen americano de la época. Tenía una
posición económica desahogada, toda vez que alternó su actividad política con
la práctica privada de la abogacía. Para
mi abuela ha de haber sido difícil disfrutar de ese viaje, con el pendiente de
haber dejado a sus hijos en Hamburgo. En aquella época ha de haber sido difícil
para las mujeres confrontar a sus maridos.
La estancia en el internado dejó una huella que perduró a lo
largo de toda la vida de mi madre, que tendría unos 15 años. Recordaba bien los
desfiles de las brigadas juveniles, las llamadas “Hitlerjugend”;
el saludo nazi con el brazo en alto a sus profesores todas las mañanas, e
inclusive, haber visto, muy a lo lejos, al mismísimo Hitler saludar a las
multitudes desde su convertible Mercedes—Benz. También recuerda las estrellas
amarillas que pegaban en las mangas a los niños judíos, sin que s imaginaran el
horror que siguió después. Mi madre, quien siempre tuvo una memoria prodigiosa,
recordaba bien la letra de las canciones de la época, ahora proscritas. En un
viaje posterior que hizo a Alemania, ya en la edad madura, se reencontró con
una amiga. Iban en un automóvil y de pronto comenzaron a cantar las canciones
de su infancia. —Esto esta prohibidísimo, Carmen. Más allá de la ideología y la
historia, fue lo que aprendió de niña.
Mi madre siempre tuvo una memoria prodigiosa, no solo para
aquellas canciones alemanas, sino también podía recitar párrafos enteros de la
poesía de Joaquin Arcadio Pagaza, de la Suave Patria de López Velarde, de
Renato Leduc, entre muchos otros.
El proyecto educativo de la familia Pichardo Pagaza abortó
una vez que el abuelo Carlos atisbó el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La
familia salió de Alemania con destino a Veracruz en el último vapor que pudo
hacerlo, de la Hamburg Amerika Line. A los pocos años mi abuelo falleció de
cáncer a los 52 años. y dejó huérfanos a
unos hijos pequeños y otros recién entrados en su adolescencia. Mi madre tenía
17 años.
—Vaya historia. Me parece
personaje de novela, dijo Citlali. —Pero mire, cuando yo tenga hijos, no los
pienso educar así, vaya salvajada de aventarlos al agua helada del Nevado. Y
ese viaje a Alemania…me lo imagino dentro de esos documentales que a veces
pasan por la tele…Hizo una breve pausa, y continuó: —¡Pero la que debió haber
sufrido horrible fue su abuela!
Citlali tomó sus cosas, dio un trago a su botella de agua, y
cuando iba de salida, descubrió en una de las paredes el título de mi madre: Universidad
Femenina de México. Título: Laboratorista Médico.
—Se ve muy guapa su madre, con
su pelo chino. ¿O sea que era profesionista? preguntó sorprendida.
—Si. Ella tenía el intelecto para haber desarrollado
cualquier carrera profesional. Solo obtuvo un grado de laboratorista médica en
la entonces Universidad Femenina de México, un centro escolar exclusivo para
señoritas. Es la época en la que las puertas de la educación superior apenas se
abrían a las mujeres, y me parece que en su elección de una carrera técnica también
tuvo que ver la pérdida de su padre a una temprana edad. La “Femenina”,
como la nombraba ella, con los años perdería su razón de ser. Se graduó y
trabajó muy contenta durante varios años, en el llamado Hospital de la Ceguera[5],
en apoyo de los oculistas y oftalmólogos más connotados del país, ganándose su
aprecio. Tenía una gran facilidad para relacionarse con los demás, se
interesaba verdaderamente por ellos, y siempre estuvo dispuesta a brindar su
ayuda desinteresada a quien le hiciera falta, así fuera tan solo su tiempo, su
consejo y su compañía.
—Qué bonita historia, la de su
mamá. Así me gustaría ser a mi cuando termine enfermería. Que me llamen los
doctores y les digan a los familiares: «Miren, a su enfermito lo cuidará
nuestra enfermera estrella, Citlali…». Sacó
el pecho con orgullo y su rostro se adornó con una sonrisa.
Noche 13. La Gran Abuela Omma
Llegó Citlali muy contenta esa noche, Había aprobado con
sobresaliente su examen final de Anatomía.
—Y cuénteme, ¿a Usted como le fue hoy?
Le dije que muy bien; por lo general siempre contesto eso. Pero
le conté que, por la noche, el perro de la casa mató a un tlacuache, y lo dejó
tirado en la rampa de piedra.
— Lo metí en una
bolsa, lo puse en la parrilla de la moto y lo subí a la palapa que está a medio
cerro para que se lo comieran los zopilotes. Ya muerto, que sirva de algo.
Citlali me echó una mirada de esas que matan.
—Pobre tlacuachito! Mínimo lo
hubiera ido a enterrar. Y con eso que me cuenta, más odio a los perros.
—A mí también me duele. Pero cuando veo planear los
zopilotes por las tardes, les agradezco el espectáculo que dan, y también que
limpien de carroña el cerro. Sin ellos los olores serían insoportables.
—Mejor cuénteme de su abuela
Omma.
Mi abuela materna, la abuela Omma, tiene lo suyo en su
biografía. Le decíamos simplemente Omma, término que tomó del alemán pues se
resistió a que le dijeran abuela a una edad en que ella aún se sentía fuerte y
plena, por ahí de sus cincuenta años. José Gilberto Pagaza, su padre, era un
agricultor muy próspero e innovador en la región de Valle de Bravo. Tenía
cultivos de trigo y maíz y también se dedicaba al ganado, que compraba barato
en Tierra Caliente, engordaba en Valle de Bravo y lo vendía ya finalizado, en
Toluca. Era una logística innovadora para la época. Su casa principal estaba en
el pueblo, en la calle del Vergel, y su rancho principal era San Gaspar. Para
facilitar sus operaciones ganaderas, compró lo que ahora es el Rancho San
Antonio, que pasó a ser parte de la herencia de mi abuela Omma y tuvo grandes
repercusiones en las generaciones posteriores, especialmente en la mía.
Era un hombre práctico, parece que de pocas palabras. Cuando
un alemán amigo suyo le pidió la mano de su hija Carmen para casarla con su
hijo, tuvo el buen tino de escucharla a ella, quien se negó rotunda. Cuando
conoció a mi abuelo, el entonces joven abogado Pichardo, mi abuela decidió que
se casaría con él. Pidió autorización a su padre, don José Gilberto, pero él le
negó el permiso; tal vez hubiese preferido un ranchero como él. Padre e hija se
aferraron, el a que no y ella a que sí. Con ayuda de muchas amistades de ella, que la
querían por su carisma y alegría, organizaron una boda casi furtiva. Al final
se enteró del enlace don José Gilberto y aceptó los hechos ya prácticamente
consumados con resignación. Pero se mantuvo firme y no asistió a la fiesta.
Pasó el día cuidando de sus plantas en el huerto del Rancho de San Gaspar. Años
después, con la llegada de la primera nieta -mi madre-, llegaría la reconciliación.
El pueblo de Valle de Bravo siempre le pareció pequeño a mi
abuela Omma. Oía historias de gente que iba y venía de la ciudad y soñaba con
salir pronto de aquí. En muy pocas ocasiones llegaba un vehículo automotor, y
ella contaba que, después de verlo pasar, cerraba las ventanas de la casa para
guardar «el olor de ciudad», que ella asociaba con el humo de los escapes.
Independientemente del enamoramiento que hubiese sentido por el joven abogado,
el matrimonio le permitió salir del pueblo. Muchos años los pasó en Toluca, con
todas las comodidades que brindaba el abuelo Carlos, prominente político y
abogado.
En su vejez, cuando hijos y nietos redescubrimos Valle de
Bravo y el Rancho San Antonio como un refugio paradisiaco, ella se negó a
volver a radicarse acá: «Tanto trabajo que me costó salir del pueblo, dejar
esas calles llenas de barro y ese olor a humedad en épocas de lluvia «. Vivió
sus últimos años muy feliz en un departamento amplio y elegante, en un séptimo
piso, en Polanco.
Su fe católica siempre la acompañó. Recuerdo bien los
trayectos en carro después de los fines de semana con ella. Casi al tomar
carretera, empezábamos a rezar el rosario… Hasta hace poco comprendí que el
momento del rezo significaba cesar cualquier otra conversación; que el estar
alerta para responder con las segundas partes del padre nuestro y el ave maría
era una forma de terapia de relajación. Siempre estuvo atenta a las ceremonias
de Semana Santa, incluyendo todas las estaciones que rezábamos en el jardín los
jueves santos, y después el imperdible desayuno de Pascua, que era un verdadero
deleite gastronómico en las épocas del Rancho Contento. A diario asistía a
misa, arreglada impecablemente, y hacía las oraciones que correspondían a la
mañana, tarde y noche.
Al enviudar heredó bastantes propiedades, que supo
administrar con atino. Algunas las fue vendiendo para costear la educación de
sus hijos, en lo que nunca escatimó. Había austeridad en su hogar, pero no
carencias y sí algunos lujos. Siempre hubo un vehículo en casa para salir a
pasear con toda la familia, en una época en la que poseer uno era un símbolo de
estatus. Tuvo una amiga entrañable con la que se iba seguido a Acapulco y a
nado se internaban bastante en la bahía. Después hizo varios viajes a Tierra
Santa, como ella la llamaba, y muchos otros tours por todo el mundo: a
Rusia, a Japón y a Sudamérica, entre los que recuerdo.
Una de sus decisiones de mayor trascendencia para la vida de
nosotros, sus nietos, fue la herencia del Rancho San Antonio, con una extensión
de ciento veinte hectáreas muy cerca del centro de Valle de Bravo, en una época
en que ya despuntaba como destino turístico después de la construcción de la
presa Miguel Alemán. Lo pudo haber vendido, pero su visión fue otra. El Rancho
San Antonio perteneció a su padre, José Gilberto Pagaza, y después a un hermano
de ella, un tal Ignacio, que murió muy joven, aparentemente por ingesta
excesiva de alcohol. En la sucesión testamentaria de Ignacio figuraban dos
hermanas, y tuvieron que ponerse de acuerdo en cómo dividir el rancho. Había
que escoger entre la parte alta, con muchos cerros y colinas, y la parte baja,
con unas tierras de labor de primera calidad. Mi abuela dijo al albacea que
ella prefería el cerro. Le hicieron ver que era mejor la otra parte, pero ella
se mantuvo en su elección, según cuenta, porque le gustó. A los pocos años se
inició la construcción de la presa, luego comenzó la inundación de lo que ahora
es el vaso y las tierras bajas quedaron sumergidas, mientras que las tierras
altas ganaron unas vistas espectaculares. La abuela Omma siempre fue muy
intuitiva; ella misma decía que tenía ciertas facultades extrasensoriales y que
presentía acontecimientos que estaban por ocurrir.
En algún momento alrededor del año 1965, cuando yo tendría
unos seis o siete años, organizó una cena donde repartiría el Rancho San
Antonio entre sus cinco hijos y sus familias. Ella trazó a ojo cinco fracciones
sobre un plano antiguo, hecho con técnicas topográficas no muy precisas. Las
numeró, hizo unos papelitos y los rifó entre las cinco familias. El hijo menor
de cada una fue el encargado de tomar un papelito; esa asignación, con la cual
unos quedaron más conformes que otros, perduraría por muchos años hasta que se
hicieron nuevas escrituras. Las fracciones no serían de sus hijos, sino de sus
veintitrés nietos, entre ellos yo. El reparto entre cinco familias implicó que
a quienes pertenecíamos a las familias menos numerosas nos tocara un mayor
número de hectáreas, lo cual despertó envidias desde entonces. Éramos todos
menores de edad, así que nuestros padres asumieron el cuidado y la preservación
del rancho hasta que pasara a nuestras manos. Fue una de las decisiones de la
abuela Omma que reforzó su autoridad no solo sobre sus hijos, sino también
sobre todos sus nietos. En una carta que nos dirigió a todos escribió: «Esta es
mi voluntad: que seas propietario de un pedazo de terreno; me ha costado
esfuerzo cuidarlo y mantenerlo, ojalá que algún día hagas tu casa. Y con letra
mayúscula, añadía: —«No lo vendas «.
La abuela Omma murió tres meses antes de cumplir los 100
años, y se mantuvo lúcida hasta el final, y siempre con los cuidados y
atenciones de sus hijos, especialmente mi madre. Con frecuencia había reuniones
de toda la familia en su departamento de Polanco, por diversos motivos. El
centro de la familia no era el Rancho San Antonio; el centro era ella.
—¿Y su abuela Omma, con quién
vivía? — quiso saber Citlali.
—Hasta pasados los noventa años, vivía sola en Polanco, y
tenía una señora que la atendía.
Nunca quiso dejar de ser independiente. A la edad de noventa
y dos años se operó de la cadera pues no se resignaba a dejar de caminar. Solo
en sus últimos años iba mi madre, casi a diario, a dormir con ella. A la hora
de la comida, pasaba al comedor, siempre muy bien arreglada, se sentaba en la
cabecera, y le servían su comida de tres cursos, sopa, plato fuerte y postre,
en unas vajillas de porcelana antigua, y cubiertos de acero macizo, de esos que
pesan y nunca se doblan. Muchas veces tenía como invitado a alguno de sus hijos
o algún nieto, y siempre sacaba buena conversación. Mientras la vista se lo
permitió, no dejó de leer el periódico. Su vida fue una combinación entre la
elegancia y el refinamiento, su profunda fe religiosa y sus orígenes rancheros,
de los que nunca se olvidó. De pocas personas puede uno hablar tan bien, como
de ella. Aun buscándole, no encuentro nada en su vida que pudiera criticársele.
Son de esas personas que nace una cada cien años.
—Oiga, entre tantos lujos, ¿a su
abuela nunca le salía lo vallesana? ¿Algún
dicho ranchero, por ejemplo?
—Claro que sí. Cuando alguien no estaba conforme con sus
decisiones, o cuando nosotros nos poníamos difíciles, soltaba uno que no
admitía réplica:
— ¡Al que no le guste
el fuste, que se baje y monte a pelo!
Citlali bajó la vista y un poco la cabeza, como si también
hubiese salido regañada. Por eso rematé:
—¡Más vale una
colorada que cien descoloridas!
Citlali pestañeó un poco y tras un breve silencio pausa comentó:
— Viene Usted de una estirpe
de grandes mujeres; y de grandes hombres. Me parece que, aunque buenísimos
todos, había de sal, de chile y de manteca.
Noche 14. Mi Último Refugio en la Ciudad
Cuando desperté de mi siesta de la tarde, Citlali ya estaba
en la biblioteca, de pie frente a la vitrina.
—Hay soldaditos, carritos,
figuritas… Mire —dijo entusiasmada—, ahí está el Ángel, Bellas Artes, el
Monumento a la Revolución… Todo eso lo conocí ahora que fui.
—Es una ciudad que sufrí por muchos años, sobre todo por el
tráfico. Pero ahora que vivo en Valle de Bravo, me gusta ir. Tomo el Zinabus y
en dos horas estoy en una de las capitales más grandes del mundo. Hay de todo;
yo con ir allá dejo de pensar en viajes al extranjero. Ahí encuentro todo lo
que me gusta y, además, tengo un refugio al que le tengo mucho cariño.
—Cuénteme, ¿eso cómo está?
—Un día, ya estando jubilado, me fui a cuidar el jardín de
una casa que tuve en Cuajimalpa, y que por aquellas fechas no rentaba pues mis
inquilinos la dejaron después de una noche en que se les metieron a robar
cuatro asaltantes… Vivía con mi madre en un pequeño departamento en Tlatelolco,
por situaciones que por el momento voy a omitir. El tráfico de regreso de
Cuajimalpa estaba insoportable. Dos horas y no había llegado ni al Periférico;
tres horas y apenas iba por el Paseo de la Reforma. Al llegar a la glorieta de
Colón, me di la vuelta hacia una de las calles aledañas porque ya no podía
manejar más. De pura suerte encontré un lugar donde estacionarme. Me bajé y me
eché a andar por unas calles a medio alumbrar. Los edificios no eran muy altos,
de unos cinco pisos, muchos de ellos descuidados. También había algunas casonas
de cantera de estilo porfiriano, vistosas pero algo decadentes. Daba la
impresión de que en esa colonia el paso del tiempo se hubiese suspendido; los
ríos de carros que atascaban todas las avenidas no pasaban por ahí. Mi humor
fue mejorando con el aire fresco de la noche.
De pronto vi a una señora de pelo rubio y de buen ver que
estaba terminando de colocar una manta en la entrada de una privada, con el
letrero de «Se vende». Ya tenía ganas de dejar Cuajimalpa y tampoco estaba a
gusto en Tlatelolco, así que me quedé mirando…
—¿Le interesa? —me preguntó la dama.
Dije que sí, y gentilmente me invitó a pasar. Se entraba por
un corredor angosto con unas pequeñas casas, todas iguales, a cada lado del
pasillo. Parecía el andador de una vecindad, pero con cierto estilo. Al entrar,
la casita me fascinó. Tenía detalles que dejaban adivinar sus mejores épocas,
como los mosaicos antiguos en el corredor, los plafones en el techo estilo art
déco y un lavabo de hierro porcelanizado. También se advertía a primera
vista un estado ruinoso: puertas apolilladas, paredes ensalitradas e
instalaciones hidráulicas aparentes en el baño, fruto de muchos remiendos y
composturas. Tenía un cubo de luz y una escalera de fierro que daba a la azotea,
donde solo había un pequeño cuarto de servicio.
—¿Cuánto? —le pregunté.
—Un millón —fue la respuesta.
—Lo compro —dije sin dudar, pues con esa cantidad no
adquiriría nada ni en una zona de la periferia. Y esta pequeña joya deteriorada
estaba en el corazón de la colonia Juárez, a pocos pasos del Paseo de la
Reforma.
—¿Quito el letrero?
—Sí, quítelo, mañana tiene depositado el anticipo.
Me llevó varios meses y algún dinero remodelar esa casita,
pero lo hice con cariño. Revisaba los avances y luego me iba a reconocer la
zona. El Museo de Cera y el Museo de Ripley eran colindancia de la parte
posterior de la privada y cerca había restaurantes de todo tipo. Pronto me
compré una bicicleta y mis reconocimientos abarcaron un perímetro mayor. Un día
en que me dirigía a Tlatelolco a saludar a mi madre, descubrí un
restaurante-bar con una buena dotación de hostess bastante guapas. Ellas
atendían y también estaban autorizadas a sentarse en las mesas. No quiero
entrar en detalles, pero, desde entonces, ese bar y otros que descubrí después
se convirtieron, junto con la casita, en mi «Palacio de las Bellas Durmientes».
—Otra vez salen a relucir esas
chicuelas —dijo Citlali con algo de ironía—. Pero mejor sígame contando, de su
adolescencia.
Noche 15. Elección para el Futuro
—Cuando yo era niño la mayoría de edad se alcanzaba a
los veintiún años. En 1978, cuando tuve que elegir carrera, a los dieciocho ya
era mayor de edad. Siempre me ha parecido que a esa edad uno no está preparado
para nada, le comenté a Citlali cuando llegó.
—Afirmativo, asintió, sin
darle ninguna importancia al asunto.
Al terminar la preparatoria en el Colegio Suizo, no tenía
una verdadera pasión por ninguna materia. Tenía predilección por las clases de
Historia, Literatura y Filosofía, mientras que las ciencias duras, como Física
y Química, no se me daban. Con las matemáticas me las arreglaba bastante bien.
Estaba claro que iría a las ciencias sociales, aunque no tenía claro ni a cuál,
ni en dónde.
Se juntaron varios factores que me hicieron decidirme por
Economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, el ITAM . Mi padre
asistió a la universidad, pero nunca concluyó una carrera; tomó cursos de
Derecho y de Economía. Mientras fui niño siempre escuché que papá era
economista agrícola o bien que era historiador económico. Así que mi elección
de carrera fue en gran parte influencia suya. Nos habían dado unos cursos en
preparatoria sobre economía que me agradaron: estudiamos sobre todo la ley de
la oferta y la demanda, una disciplina curiosa que combinaba la teoría con unas
matemáticas no demasiado sofisticadas. El profesor también me cayó bien, a
diferencia de los pesados que daban Física o Química, y había estudiado en esa
universidad. Mi hermano Gabriel también me habló con entusiasmo de ella. Así
que, sin más trámite, fui un día a Río Hondo número 1, pedí los requisitos,
hice mi examen de admisión y me inscribí.
Por las pláticas con mi padre me había formado la idea de
que las universidades serían un centro de gran actividad intelectual y
política; pensaba que al salir del Suizo me esperarían gestas casi heroicas en
el debate de las ideas, sin tener mucha claridad de cuáles. Estábamos en 1978;
aún no terminaba la Guerra Fría, había muchos seguidores de los modelos de
izquierda, por llamarlos de alguna forma, aun cuando ya parecía evidente la
superioridad de los Estados Unidos frente a la Unión Soviética. En América
Latina aún brillaba la Revolución Cubana y sus logros en salud y educación.
Estaba fresco el golpe de Estado de 1973 contra Salvador Allende; las
brutalidades del régimen de Pinochet eran conocidas y funcionaban como uno de
los estandartes del antiimperialismo de la época. La Revolución Sandinista,
también con tintes de izquierda, había ganado las simpatías del mundo entero al
haber derrocado un régimen dictatorial corrupto al servicio de los Estados
Unidos. En un viaje de mochileros que hicimos a Europa un buen amigo de la
preparatoria, mi hermano Gabriel y yo, tuvimos la oportunidad de pasear por
algunas de las sedes de La Sorbona y me llamaban la atención los muros pintarrajeados
con consignas a favor de la independencia de otros pueblos, y leyendas
antiyanquis y antiimperialistas, entre otras.
—¿Ese viaje de mochileros
usted se lo pagó? —preguntó Citlali.
—No, fueron mis padres. Yo comencé a trabajar hasta los
veintitrés años.
—Sí que tuvo suerte. Yo llevo
dos años en la estética. Desde que salí de la «secu» me gustaba hojear las
revistas de belleza y, cuando estuve en la prepa, tomé unos cursos de
estilista. ¡No gano mucho, pero si viera cómo lo disfruto! Tanto el trabajo como
el dinero. Un viaje estaría bien, pero ya llegará el momento.
—Nunca tuve una afición como la tuya. Y créeme que me
hubiera gustado.
—Anímese. Aunque sea escriba
una novela.
En mi mente juvenil tenía la idea de que en la universidad
habría un ambiente politizado que parecería casi festivo, entre gorras del Che
Guevara y las canciones de Mercedes Sosa, Violeta Parra, Silvio Rodríguez y
otros apologistas de las luchas de nuestros hermanos obreros, campesinos y
mineros en contra de la opresión y del Imperio. Pero el ITAM era un centro
enfocado en su excelencia académica y, por aquella época, vinculado a las
corrientes más conservadoras. Muchos de sus maestros venían de la Universidad
de Chicago —los llamados Chicago Boys—, que eran muy conocidos por su
papel protagónico en la instrumentación del programa económico de la dictadura
chilena. Por pragmatismo, retiré de mi cabeza el casete con las ideas de
izquierda, me olvidé del folclorismo revolucionario y de las luchas de clases,
y me dediqué al estudio de la ciencia económica químicamente pura [INDEX]. El
ITAM era el mejor centro de preparación para los jóvenes en busca de un buen
futuro profesional y económico. A partir de la debacle económica de México de
1982, el modelo viró hacia posiciones neoliberales (de derecha, si se quiere
simplificar) y los profesores de la institución, así como las generaciones de
egresados, vivieron una época dorada que se prolongaría hasta el año 2018, el
fin del neoliberalismo.
Fue un alivio entrar a un universo de estudiantes mucho
mayor que el del Colegio Suizo. Me hice pronto de un grupo de amigos con los
que conviví bastante. Entre clase y clase había tiempo para pasar a la
cafetería a jugar dominó; era nuestro punto de reunión y se armaban las
retadoras en un ambiente jovial y divertido. Se fue uniendo más gente con otros
compañeros que se acercaban y de ahí surgieron muchas ideas. Formamos un equipo
de futbol, el Oporto. Algunos de los jugadores eran buenos, sobre todo tenían
condición física; muchos otros jugábamos un rato pequeño y pedíamos nuestro
cambio pues teníamos una resistencia fatal por fumar demasiado.
Yo me comencé a enviciar con el cigarrillo desde el último
año de la preparatoria; en la universidad, donde se permitía fumar dentro de
los salones, mi vicio cobró mucha fuerza. Por aquel entonces ya fumaba una
cajetilla al día; si había alguna fiesta, borrachera o reunión, me fumaba el
doble. En aquella época creía disfrutar del tabaco; al menos no sentía la
repugnancia que experimenté después, a partir de los treinta años, al tener la
garganta siempre irritada, los dedos amarillos de nicotina y aliento de
alquitrán. No fue sino hasta los cincuenta años cumplidos que logré dejar el
vicio. Fue repentino, de un día para el otro, una vez que terminé la lectura de
un libro fascinante: Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo, de Allen
Carr. La información y la manera de presentarla es contundente; nunca pensé que
un texto fuera más potente que la fuerza de voluntad o que los parches de
nicotina. El autor explica cómo funciona la dependencia psicológica del
cigarrillo y, al comprenderlo, es fácil darle la vuelta.
Aparte del futbol y del dominó, organizábamos
recurrentemente borracheras. A veces nos juntábamos dos o tres amigos,
pasábamos a la miscelánea, comprábamos un six-pack de cervezas o una
caguama familiar para cada uno y bebíamos en el carro, entre los chistes y el
anecdotario. A veces nos juntábamos en casa de algún amigo y la reunión se
armaba ahí. «Fuera del alcohol toda felicidad es ficticia», solía decir alguno.
Muchas veces, a media borrachera, nos íbamos a algún restaurante o bar a tratar
de conocer muchachas; algunas veces, no muchas, teníamos éxito y llegamos a
hacer algunas amigas ocasionales. Con el tiempo, algunos del grupo fueron
encontrando su pareja o novia, pero quedamos algunos que hasta el final de la
carrera no nos enganchamos con ninguna. Y en una ciudad como lo era México en
la década de los ochenta, con una vida nocturna inigualable, la parranda
terminaba muchas veces en los bares de chicas, casas de citas o prostíbulos
diversos.
—¿Y no agarró el vicio del
alcohol? —preguntó Citlali—. Ya ve que al pueblo le apodan «Valle de Briago». Y
para salir de eso… Solo he visto algunos que van a los grupos de AA y otros
conocidos de mi mamá que se unieron a los Testigos de Jehová. Lo bueno es que
ya lo dejaron.
—Como dicen los chinos: «No importa de qué color sea el
gato, siempre y cuando cace ratones». Pero no, yo no me envicié con el alcohol;
a ese sí lo domino.
En los últimos años de la carrera, todos comenzamos a ganar
dinero con nuestros primeros trabajos. El ser estudiante del ITAM funcionó muy
bien pues ninguno enfrentó mayores dificultades en encontrar empleo. Solteros y
sin compromisos, mucho de nuestro dinero se nos fue de esa manera. El futuro
parecía prometedor y había que disfrutar el presente. Los lugares que había
para encontrar chicas de la vida alegre eran muchos y sensacionales,
especialmente en la colonia Roma, la zona Rosa, y la colonia Juárez. Eran
lugares amplios, bien puestos, con una abundancia de chicas guapas que no he
vuelto a ver en mi vida.. El ambiente era distendido; se sentía uno seguro. Uno
se iba de farra, y al terminar, manejaba uno tranquilo hacia su casa. Aún no
estallaba la crisis financiera de 1982 y sin darnos cuenta, brindamos felices
en la borrachera del modelo económico del Presidente José López Portillo. Uno
se sentía el sultán de Persia, rodeado de tanta belleza al alcance de la mano.
—Las Bellas Durmientes… como
que tiene obsesión con ellas.
—Había chicas muy guapas, que venían de Culiacán, de
Guadalajara, de toda la República…
Ellas conversaban y tomaban, y se iban si querían y cuando
querían y con quien querían, no como ahora, que están todas controladas por las
mafias… digamos que uno era como el anciano del cuento de Kawabata, pero en su
juventud… y ellas eran como las bellas durmientes, pero a veces se pasaban de
vivas…
—Ya, me paró Citlali en
seco. —No le adorne…
Noté que Citlali se levantaba de su sillón. Se puso de
puntillas y alzó los brazos estirándose a fondo, con las palmas hacia el techo
y la espalda arqueada. Tras tallarse los ojos con fuerza, volvió a dejarse caer
en el asiento, se encogió sobre sí misma cruzando las piernas y, con una mirada
muy viva, preguntó:
—Oiga, ¿y en esas borracheras,
¿cómo hacían para librar el alcoholímetro? Ya ve que se instalan por todos
lados
—No había.
—¿Y el SIDA qué?
—Tampoco había.
—¿Y los secuestros, y la
inseguridad?, preguntó ya con más cautela. Y se contestó solita: De
seguro tampoco había.
En aquellos años de juventud, no había tiempo para pensar en
soledades, había muchas cosas que hacer y mucho mundo por descubrir. Con mi
grupo de amigos, también organizamos muchos viajes, la mayoría de ellos en
automóvil, ya fuera a Cuernavaca, Acapulco y Zihuatanejo, o a las ferias
mexicanas del Bajío, la de Querétaro y la de León, así como la feria de San
Marcos en Aguascalientes. Íbamos a cenar y tomar, tratar de conocer algunas
chicas, a veces lo lográbamos y a veces no, luego ir a la discoteca, o la plaza
de toros, o las peleas de gallos y presenciar los espectáculos que presentaban
en los palenques. Recuerdo, por ejemplo, a la cantante Yuri en la feria de
León. También eso se lo tragó el tiempo. Los animales adquirieron derechos,
incluyendo toros, gallos y pericos.
Esa época correspondió a la de mi primer trabajo, en Banco
Mexicano Somex, también desaparecido.
Noche 16. Proyecto Bambú
Estaba terminando de leer un capítulo más de la novela de
Stefan Zweig, El Mundo de Ayer, que es una mezcla de sus vivencias
entremezcladas con los acontecimientos que le tocaron vivir: el derrumbe del
Imperio austrohúngaro y la destrucción de Europa con la Primera Guerra Mundial.
Muchas
veces siento que yo también pertenezco al mundo del ayer. El México que conocí
ya no existe; la ciudad ya es otra; el pueblo igual. El concepto de familia
nuclear y ampliada en el que crecí ya es obsoleto. Ni quien conviva con sus
tíos y primos; muchas veces ni siquiera con los hermanos. Vivo en un
anacronismo, yo solo en una casa enorme en un terreno de dieciocho hectáreas. En
eso llegó Citlali, con buñuelos y unos vasos de unicel con atole de guayaba.
— ¿Se le antoja?
Estaban buenísimos.
—¿Aparte de El Palomo, nunca
tuvo Usted algún otro emprendimiento? Me quedé con esa duda el otro día,
comentó ella, acomodándose en su sitio.
—Pues sí. Fue una mezcla de hobbie y
emprendimiento. Tengo un ranchito por aquí cerca, por el barrio de Otumba. Ese
es solo mío. No es copropiedad con nadie, a diferencia de este cerro en el que
estamos, que se llama San Antonio. En un viaje que hice a Colombia, con motivo
de mis cincuenta años, me llamaron la atención unos manchones de un verde muy
luminoso que se aparecían en las llanuras, o al borde de algunos ríos. Fue un
enamoramiento a primera vista. Me dijeron que esas plantas se llaman guaduas,
que son una especie de bambú gigante. Luego me llevaron a conocer varias
construcciones que se elaboran con la guadua seca, y me fascinaron. Es como
armar construcciones con palillos. Se van uniendo los trozos entre sí en formas
que pueden ser bastante caprichosas, ya que es un material muy ligero. Luego
hice otro viaje posterior a ese país, para aprender a hacer las uniones de la
guadua. Como el material es redondo, y hueco por dentro, las uniones se hacen
igual que en las tuberías, solo que sin soldadura. Los cortes deben embonar
perfecto. Se pueden hacer con una broca circular, pero si los diámetros no son
idénticos, no quedan bien y hay que ajustar a mano. Aprendí a hacerlos con puras
gurvias y martillo, como allá. Lo más difícil es calcular el tipo de corte en
función del ángulo que desee uno para la unión. Luego aprendí a meter los
herrajes por dentro para detener las piezas, pero bueno, acá en la biblioteca
tengo muchos libros que tratan de eso. En
México localicé un vivero en Huatusco, Veracruz, que ya había adoptado varias
variedades de bambú al clima de allá, y tenían a la venta tanto planta como
guadua seca lista para construir. Traje material con el que hice una palapa en
el jardín, y sembré toda la barranca que atraviesa mi predio con las variedades
que me recomendaron. Tenía la ilusión de vender guadua cuando creciera. Mis
plantas ganaron diámetro año con año pero al cortarlas, vi que las
paredes internas eran muy delgadas, y no servían para la construcción.
Pero me sirvieron para hacer algunos muebles y una que otra
artesanía. Hice una repisa, pequeña. Las patas laterales tienen una forma de
“K” y arriba les puse una tabla de palma, que traje de la costa de Michoacán.
Se llama la repisa “Katy”.
—A ver cómo está eso, ¿una
repisa con nombre de mujer? — preguntó Citlali, con una sonrisa pícara.
—En esos viajes a Colombia, no iba nada más a ver la guadua…
El emprendimiento falló, pero hay veces que me meto a
caminar en el guadual. La frescura de la sombra, y la visión de los tallos
juntándose unos con otros a unos veinte metros de altura, refresca el cuerpo y
eleva el espíritu. Me gustaría poner un vivero ahí, en ese terreno, no solo con
bambús sino también con muchas otras variedades de plantas que tengo en este
cerro, más otras que vaya a comprar a Zitácuaro, Tuxpan o Atlacomulco, para que
sea negocio.
—Está bonito ese negocio, dijo
Citlali. Sobre todo, si le gustan las plantas. No creo que le vaya a dejar
mucho dinero, pero los hobbies cuestan, como Usted ya vio.
—A lo que le tengo más fe para financiar mis últimos años es
la lotificación que estoy haciendo. Ya pusimos drenaje, contraté unas tomas de agua,
ya estamos empedrando el camino de acceso y ojalá, pronto podamos mostrar los
terrenos del Rancho Las Amelinas a los clientes.
—¿Así se llama? No lo había escuchado.
—Una herencia de mi madre. Ella le puso ese nombre, por una
buganvilia enorme que hay en la entrada.
Noche 17. Tesis de licenciatura y Viaje a
Inglaterra
Citlali sacó de su morralito una bolsa de pistaches y otra
de garrapiñados y me ofreció:
—No vaya a creer que hoy traje mi «itacate». Solo son unos antojos para
espantar el hambre.
—Se aceptan de buena gana —le contesté, tomando un puñado de
garrapiñados mientras el aroma dulce invadía el espacio—. Al paso que vamos, terminaremos
hablando en náhuatl. Y por cierto, te contaré las dificultades que enfrenté
para salir airoso del ITAM, mi «Calmécac».»
Me demoré bastante en terminar mi tesis de licenciatura. Me
embarqué en un tema que me dio mucho trabajo desarrollar, a sugerencia de uno
de mis profesores. Citlali ya estaba en su sillón, escuchando atenta.
—Ni me hable de eso
—intervino—. Ya me advirtieron en la escuela que tendremos que hacer una tesis
para graduarnos. Todos dicen que es de lo más aburrido, sobre todo si el asesor
se pone pesado.
—Justo eso fue lo que me pasó. Es una flojera, pero es la
primera gran prueba por la que uno pasa en la vida profesional. O aprendes a
ponerte firme o nunca te van a respetar.
Después de la crisis al final del gobierno de López Portillo
estábamos por entrar en la época del liberalismo triunfante, pero aún había
alguna oposición. El marxismo-leninismo todavía no terminaba de caer; faltaban
tres años para que se derrumbara el Muro de Berlín en 1989 y colapsara la Unión
Soviética en 1991. Mi tema era La teoría de Cambridge y la intervención
gubernamental en la economía; en retrospectiva, nada nuevo: había
argumentos a favor y en contra de la participación estatal en los mercados.
Traté de ser lo más objetivo posible y ese fue el motivo de mi tardanza. Es más
fácil abrazar un credo que ponerse a comparar a Cristo con Mahoma.
Por ese entonces mi padre era profesor-investigador en El
Colegio de México y tenía asignado un cubículo soberbio, con un gran ventanal
al patio central del edificio. Él solo iba de vez en cuando, así que me entregó
las llaves para que fuera cuando quisiera. Así lo hice. Muchas veces bajaba a
la cafetería y me quedaba observando el barullo de los distintos grupos de
estudiantes; luego me subía a mi encierro del segundo piso. Me sentía un
usurpador ocupando ese espacio de mi padre.
Mi asesor tenía dudas sobre el equilibrio del texto, aunque
no me lo decía con claridad. Un día, después de muchas versiones, me soltó:
—¡Lo que sucede es que el pensamiento es matricial y el
lenguaje es lineal!
Llevaba ya más de dos años desde que había iniciado; me
parecía que mi trabajo ya era bueno y no estaba dispuesto a hacer más
borradores. Lo encaré y le respondí que efectivamente el lenguaje es lineal,
pero que si se entendía o no lo que había escrito, y si mis conclusiones eran
válidas o no. Con algo de desgano me firmó el trabajo, busqué a unos profesores
para que fueran mis sinodales y me gradué con mención honorífica. Era la
condición que me habían puesto en el banco para concederme una beca para irme a
estudiar. El título de cualquier manera lo tenía que sacar: era un compromiso
con mis padres y conmigo mismo.
No estaba tan convencido de seguir estudiando Economía. En
la teoría económica, como se dice una cosa, se dice la otra; todo depende de
los supuestos que se hagan. Pero para que me consideraran un economista
calificado debía tener un título de posgrado en el extranjero. Recuerdo bien el
símil que traía en la cabeza: «Es como ser un buen chofer y no tener licencia».
La beca del banco no era una oportunidad que se pudiera desechar tan fácilmente
y fue el factor que inclinó la balanza a favor de que continuara en la
disciplina.
También mi padre me convenció. Él había sido un autodidacta
sin título; le decían doctor y, cuando le preguntaban por cuál universidad se
había doctorado, contestaba que por una de Sudamérica. Y efectivamente, cuando
vivimos allá, decirle a alguien doctor es como decirle aquí a alguien
licenciado. Leyó bien los tiempos y me hizo ver que, sin un posgrado en el
extranjero, mis posibilidades en el mercado laboral no serían buenas. Opté por
el pragmatismo. Me enteré de que en Inglaterra las maestrías se obtenían en tan
solo un año —mientras que en los Estados
Unidos se requerían dos—, que era más fácil ser aceptado allá y que los
estudios eran menos pesados. «Es el sistema inglés —me decían—, cada uno avanza
al ritmo que quiere». Me aceptaron en la Universidad de Warwick para comenzar
clases en octubre de 1986.
—Oiga, yo tengo ganas de irme
a Estados Unidos —dijo Citlali—. Tengo unos parientes allá.
—¿A estudiar? — le pregunté.
—¡Nooo! A ganar dólares,
despelucando a los gringos.
Noche 18. Prisión en Altamar
Entró Citlali y colgó su rompevientos en el respaldo de una
silla. Se quedó un rato de pie mirando hacia la vitrina.
—Oiga, ese barco que tiene
unas grúas y unas cajitas en la cubierta desentona con los carritos. ¿Qué hace
ahí?
—Se llama Toluca,
hermano del Monterrey: cargueros de contenedores de la extinta
Transportación Marítima Mexicana, construidos en la también extinta Yugoslavia…
Me interrumpió:
—Todo está extinto en sus
relatos. No me lo tome a mal, pero usted también está en peligro de extinción.
No me hizo mucha gracia el comentario pero me aguanté.
—No todo, dije, mientras
la memoria no se extinga… —Pero te voy a contar la historia del barco.
Me faltaba un año
para salir de la preparatoria. Mi padre, por ese entonces, tenía que ver con
los puertos que estaba desarrollando el gobierno, por ahí de 1978, y conocía a
los directivos de las principales navieras de México. Se enteró de que, en
ocasiones, admitían a unos pocos pasajeros en los cargueros; que algunos
jóvenes aprovechaban eso para conocer el mundo y que, en el trayecto, para no
aburrirse, los ponían a trabajar. Me entusiasmé cuando me lo contó y, poco
después, me presenté en el muelle de Tampico, dentro del recinto fiscal. Ahí
estaba atracado el Monterrey, y me subí. Me asignaron el mejor camarote
que tenían libre: tenía baño privado, muebles cómodos para ser barco
—atornillados al piso— y unas escotillas que daban al mar, protegidas con
sólidas barras de metal. «Este va a ser tu lugar, a menos que se presente un
incidente», me dijeron. «¿Como cuál?», pregunté. «Que tengamos que arrestar a
algún compañero por mal comportamiento o conducta antisocial. No pasa muy
seguido, pero a veces sí. Algunos no aguantan las travesías y desvarían; cuando
hace falta, los encerramos aquí. Este camarote es la cárcel del barco».
El buque iba con destino a tres puertos brasileños: Recife,
Río de Janeiro y Santos. Diario llegaban tráileres con contenedores y los
subían con las grúas del barco; primero se llenaron las bodegas interiores y
después comenzaron a apilarlos en cubierta. Había otros dos jóvenes que
viajarían de pasajeros igual que yo; los primeros días fue interesante ver las
maniobras, pero como demoraba la carga, nos hicimos amigos y nos fuimos a
conocer la ciudad y el puerto de Tampico. A veces tomábamos en los bares de nota
roja del puerto, a veces nos adentrábamos más. Una vez nos metimos a tomar al
panteón municipal: pusimos la botana y los vasos sobre una tumba y brindamos
por el difunto con el que compartíamos la instalación.
Un día de esos, tomando cerveza afuera de un expendio, nos
levantó una patrulla: «Está prohibido tomar en la vía pública, jóvenes». Nos
condujeron a una comisaría; para pasar a ver al juez atravesamos varias rejas y
la última la cerraron detrás de nosotros. Quedamos encerrados en una celda
común. Había muchísima gente adentro, todos de mal aspecto, sucios, harapientos
y sin rasurar. El olor a orines y excremento era insoportable; el baño era una
esquina designada sin ninguna instalación. Del susto y la impresión saqué un
cigarrillo y el encendedor; no había echado la primera bocanada de humo cuando
se me abalanzaron todos los presos, me arrebataron la cajetilla y luego se
pelearon entre ellos por el botín. Fue una noche espantosa, con el agravante de
que la borrachera se comenzaba a bajar y entraba la resaca al cuerpo. Cuando
amaneció pasó un guardia, aventó tortillas duras a la celda y los presos las
tomaron casi al vuelo; no fue sino hasta después de unas horas que nos llamaron
y, ahora sí, nos llevaron con el juez. «Son mil pesos por cada uno», dictaminó.
«No traemos», respondimos. «Voy a dejar a uno libre, los otros dos se quedan a
consignación». Mi compañero no demoró demasiado, pagamos y llegué al mediodía
al barco, feliz de estar de nuevo en la prisión.
La travesía por el golfo de México fue un gozo. Pegaba un
aire muy sabroso en la cubierta y el espectáculo cambiaba a lo largo del día,
desde el amanecer hasta la noche. No me cansaba de mirar la estela que dejaba
el buque. De pronto, junto a la estela comenzaron a nadar delfines que nos
seguían, pues ya estaban acostumbrados a comer los desperdicios de cocina que
arrojaba el barco. Días después aparecieron los peces voladores, que salían del
agua, volaban bajito unos diez metros, se volvían a sumergir y así
sucesivamente. Por las noches contemplábamos las fosforescencias del golfo:
pequeños puntos verdes y amarillos que brillaban en la oscuridad del mar. La
bóveda celestial se veía majestuosa, sin ningún resplandor que la opacara; y
también puse gran atención en el silencio de la noche en el mar: un silencio
absoluto, solo rasgado por algunas olas que reventaban en el casco. Una
maravilla de la creación.
De día trabajábamos en cualquier cosa. Tardamos varios días
en lijar y barnizar unas bancas; otros días más en limpiar unas paredes de
lámina. Vimos desfilar los faros que anunciaban Cuba y después los de una
infinidad de islas que hay en el camino. Salimos al Atlántico Sur, poco después
atracamos en Recife por un día, luego en Río de Janeiro por varios más…
Adoptamos las costumbres de los marineros: en tierra no se podía desaprovechar
un solo momento, había que vivir y gozar, pues después seguirían más días de
navegación en la soledad del mar. Cerca del puerto de Río había infinidad de
bares, ya sabrás de qué tipo… Fueron varias desveladas, varias borracheras,
mucho más agradables que en Tampico, a ritmo de samba, licor de maracuyá y
muchas mulatas que hablaban portugués. «Yo, en navío…», era lo más que logré
comunicar. Mientras el barco siguió a Santos, nosotros nos fuimos por tierra a
la Argentina: noventa horas de autobús, una paliza, pero así llegué a Buenos
Aires la primera vez…
—¡Ajajá! —exclamó Citlali—.
«Yo, navío…», ¡y seguro las mulatas le dijeron «yo, canoa»! Pero ni mi cuente
más; me imagino que la Casa de las Bellas Durmientes también tendría sucursales
en Brasil. ¡Hombres!
Noche 19. El sello de alien
—¿Hola, Citlali, todo bien hoy? ¡Llegaste muy tarde! Ya iba
a ponerme a platicar con ChatGPT.
—Pues si quiere —me contestó
de bote pronto—, pero me quedé con las ganas de saber cómo fue que llegó a
Inglaterra cuando se fue a estudiar allá. Nada más falta que lo hayan metido
preso.
—Pues preso, precisamente, no. En el aeropuerto de Gatwick
me plantaron un sello en el pasaporte que decía: «Presentarse en la estación de
policía de Birmingham en un plazo máximo de tres días». Así que fui; revisaron
el pasaporte hoja por hoja y le plantaron otro sello, ahora enorme y de color
rojo, que decía: ALIEN. Significa que era yo un extranjero…
Le volvió a ganar la risa.
—Sí que está chistoso. Alien, como en la película… Y
sí se parece…
—Ya, Citlali, hoy vienes muy chistosita… Volé directo de
México a Londres. El aeropuerto de Gatwick se sentía impersonal, había pocas
tiendas y poca gente, tal vez por la hora. Caminé por pasillos muy largos hasta
encontrar la salida hacia los autobuses que me llevarían al centro de Londres,
y de ahí tomaría el tren a Coventry, en el corazón de Inglaterra. La salida
conectaba con una rampa en espiral que descendía varios niveles; sentí en la
cara el aire de Inglaterra, húmedo y frío, y eso que aún era verano. Ya había
ido a Europa varias veces, así que no me costó trabajo movilizarme y llegar a
mi destino.
Me alojé en una casa de huéspedes y, al día siguiente, un
taxista con turbante me llevó al campus de la Universidad de Warwick. «Perdone,
pero no entendí, ¿a dónde lo llevo?», me preguntó. «Warwick University». La
primera repetición la hice con tranquilidad, «Guar-güik»; la segunda me
impacientó un poco y, cuando íbamos por la tercera, preferí mostrarle un
folleto en donde venía escrito el nombre. «¡Ah, Warwick!». En el año que
estuve ahí nunca logré pronunciarlo bien. Y la otra palabra que me dio
muchísimos problemas fue la marca de mi tabaco: «A packet of Marlboro,
please». No me entendían, hasta que señalé la cajetilla roja con su
triángulo blanco. Ya después, en la tienda de la universidad los pedía y me los
daban, y comencé a sentirme orgulloso de mi acento inglés. Hasta el día en que
hice un paseo fuera del campus y se repitió la escena: «A packet of what?».
Esa mañana de mi llegada a la universidad fue decepcionante.
La institución acababa de entrar en vacaciones de verano, detalle que ya sabía,
pero al que no le había prestado importancia. «Ni modo que no haya nadie», era
mi hipótesis. Después de preguntar en varios lugares, entendí que no me
atendería nadie sino hasta dentro de dos semanas y, gracias a que insistí, me
otorgaron la llave de un dormitorio en uno de los edificios para estudiantes de
la universidad, previo pago del semestre por adelantado. Serían como quinientos
metros desde la oficina hasta aquel edificio, y había que atravesar unos campos
intensamente verdes, de césped bien cortado, que parecían infinitos, pues se
perdían entre la neblina. Iba jalando unas maletas, empujando otras, hasta que llegué.
Era un edificio de ladrillo precocido, de tres pisos. No
tuve que subir escaleras, me tocó en planta baja; abrí la puerta del cuarto que
me correspondía y me quedé paralizado. La habitación tenía dimensiones mínimas:
tendría unos dos metros de fondo por tres de ancho. Había una cama, un librero,
una tabla de madera a la altura de la ventana que hacía de repisa o escritorio,
y una silla. Jalé las maletas, que ocuparon todo el espacio sobrante, me senté
en el catre y, antes de que cualquier otro pensamiento se adueñara de mí, saqué
del equipaje una muda de ropa y los artículos básicos de limpieza, los empaqué
en una mochila que llevaba y salí disparado de ese lugar. Tomé mi double-decker,
me bajé en la estación de trenes y me quedé mirando el tablero de salidas. «Un
boleto redondo para Edimburgo, por favor». Aunque el nombre de esa ciudad
también tiene una pronunciación casi imposible: Edinbro, algo así.
Ya sentado en el tren, volví a repasar una y otra vez la
imagen de esa habitación que sería mi hogar por los próximos doce meses. El
paisaje era tranquilizador: primero, campos de trigo aún sin cosechar, con las
espigas meciéndose al viento; después, más al norte, las pequeñas colinas
escocesas, no muy altas, ondulantes, con rebaños de ovejas aquí y allá. Me fui
tranquilizando. Me fui haciendo a la idea de que no era tan malo el dormitorio,
que tendría un lugar para mí solo, que sería un año nada más y que ya me
acostumbraría a ese nuevo entorno. Bajé en Edimburgo ya más tranquilo, aunque
probablemente todavía bastante inquieto. Ya había estado en esa ciudad dos años
antes con mi padre, un verano en que él trabajó en Londres y yo, gracias a sus
conocidos, me había embarcado en Coatzacoalcos en un buque de Azufrera
Panamericana con destino a Immingham, un puerto en el Mar del Norte.
En esa ocasión nos juntamos mi padre, mi hermano Fernando y
yo, e hicimos esa visita a Escocia que resultó muy agradable. En esta nueva
estancia, pasear solo por ahí no estuvo mal, pero fue menos divertido que la
vez anterior. Conocí Glasgow, que me pareció una ciudad desolada. Di con un
punto en la costa, en una entrada de mar no muy lejos de Edimburgo, y di un
paseo en barco sensacional. Recuerdo el aire fresco que soplaba en cubierta,
que llenaba los pulmones de vida, daba energías al corazón y, sobre todo, paz y
serenidad a la mente al contemplar la majestuosidad de las olas, del cielo, de
las nubes y del mar. Sin mayores incidentes regresé al campus de la Universidad
de Warwick, ya mentalizado, reconciliado con mi decisión de haber ido para
allá.
—No conozco el mar todavía
—dijo Citlali—. Pronto iré. Cuando estoy ansiosa me subo hasta la mera punta de
La Peña y me siento a ver el lago, las nubes, las montañas… Aunque prefiero
subir con mis amigas.
Noche 20. Un verano diferente
Regresé a Warwick con buena mentalidad para comenzar el
curso introductorio que ofrecía la universidad, que tendría una duración de
tres semanas. Había algunos talleres de redacción en inglés, de comprensión
oral y escrita y, lo más complicado para mí, de pronunciación. Un día fuimos a
un set de grabación de sonido donde practicamos la expresión oral frente a los
micrófonos. [1]
—¿Me va a hablar ahora de su
«Calmécac» del extranjero?
—Te diría que sí, pero no. Del «Calmécac» los nobles
obtenían el «Tlamatiniyotl». Que proviene de tlamatini —'sabio, erudito
o el que sabe cosas'— y el sufijo -yotl, que vuelve el término un
concepto abstracto: 'sabiduría profunda' o 'el estado de ser un erudito'.
—¡Sácatelas! Ese título sí que
estaría de diez. «Erudita en enfermería» —dijo, en tono jocoso—. Ahora un
posgrado es poco más que un papel pegado en la pared.
—Por lo mismo lo evité. La belleza del náhuatl es que no
designa cosas, sino que se refiere a conceptos. Y aún no conozco de ninguna
institución que nos instruya en la sabiduría profunda.
Al salir de las clases se armaba una «cascarita» de futbol
con los compañeros; había varios japoneses y muchos otros asiáticos, italianos
y de diversas nacionalidades europeas. Los campos de césped bien cuidado eran
de ensueño, y seguido me venía a la mente que ya me había «internacionalizado»
en el futbol. También se organizaban partidos de squash con retadora de
todos contra todos. Algunos días jugué tenis con una compañera española que
llegó un poco después, de nombre Sara, originaria del País Vasco. Ella era
buenísima, me barría literalmente con sus swings, pero tenía paciencia
conmigo y peloteábamos un rato bastante a gusto. Yo tenía veintisiete años en
ese entonces y ella veintitrés; me hacía notar esa diferencia como si hubiese
sido mucha. Ahora esa distancia me parece ridícula, hasta poca.
Le brillaron los ojos a Citlali y, con una sonrisa pícara,
preguntó:
—¿Quiere que hagamos unas
cuentas? Digo, para practicar matemáticas.
Había otra muchacha ecuatoriana y por las noches nos
juntábamos los tres en la cocina común del edificio donde ellas vivían. Ellas
preparaban la cena y yo ayudaba en lo que podía, pues nunca aprendí a cocinar.
Resultaba muy agradable esa convivencia. A veces llegaba algún otro compañero;
después hacíamos largas sobremesas conversando sobre nuestras vidas y nuestros
países, y muchas veces Sara sacaba una guitarra y nos ponía a todos a cantar.
Yo nada más movía los labios para no desentonar. Me sentía muy acogido en esa
pequeñísima comunidad latina que habíamos formado. También se presentaba con
relativa frecuencia una compañera alemana, muy joven, y conversaba con ella
intercalando el inglés y el alemán, que fue una de las poquísimas ocasiones en
la vida en que lo llegué a utilizar. Me gustaba esa chica y, de haber
evolucionado las cosas de manera distinta, tal vez me hubiera ennoviado con
ella.
Tenía la impresión de recibir una bocanada de aire fresco en
mi vida, después de la aridez en el banco. Por primera vez vivía fuera de mi
casa y era una sensación muy grata, de libertad. A veces, por las noches, salía
a caminar por los senderos del campus que conectaban después con unos campos de
trigo y, un día, descubrí una salida a la carretera que iba a una localidad
cercana, Kenilworth. Regresaba relajado y contento a mi pequeña habitación.
Había colocado un mapamundi gigante que abarcaba toda la pared, el cual
resaltaba por el color azul turquesa de los océanos.
Un día por semana tocaba ir a una lavandería de monedas
cerca de mi edificio; esperaba a que terminara la lavadora, la cambiaba a la
secadora, doblaba mis cosas y regresaba a acomodar. Otros días eran de
supermercado: hacía compras muy básicas como jamón, pan, cereales de maíz,
leche, plátano, espaguetis y salsa de tomate. Es lo único que llegué a cocinar:
hervía el agua, echaba la pasta, enjuagaba y en la misma olla vertía la salsa,
rallaba el queso y me lo comía ahí mismo. Al paso de los meses esas comidas se
volvieron insoportables, pero al principio estaba muy a gusto con mi nueva
cotidianidad. Clases de inglés, nuevos amigos, deporte, reunión social en la
cocina y mis actividades diarias del hogar. Mi espacio físico se redujo muchísimo,
pero mi ámbito de acción se amplió bastante al haber salido de la casa.
A veces, en los senderos que cruzaban el campus, me topaba
con algunos conocidos e intercambiábamos el saludo apache: «Hi», y cada
uno seguía por donde iba. Un día que tenía ganas de charlar, le pregunté a dos
morenos de Sri Lanka —de una tez muy oscura, tipo hindúes, pero más morenos—
cómo les iba la vida con las chicas en Inglaterra. Y les hice una seña con las
manos que es universal. «Nada», me dijeron. «¿Por el tema del SIDA?», les
pregunté. «Bueno, también por eso», y los tres nos reímos un buen rato.
La amistad con Sara se volvió cada día más íntima, más
intensa. Me contaba muchas de sus historias personales y recurrentemente me
hablaba del novio que había dejado en España, a veces como extrañándolo, muchas
otras quejándose de él; daba la impresión de que lo consideraba un hombre sin
futuro y que estaba con él por inercia o por costumbre. Yo, en cambio, me sentí
de pronto muy confiado de mí mismo, me formé expectativas de un porvenir muy
halagador una vez que regresara a México, y sentía que mi país tenía muchísimo
más que ofrecer que la España de Sara, que aún no despegaba al desarrollo
vertiginoso que siguió después. Muchas veces me formé la imagen de Sara en
México, conmigo, siendo felices.
Faltaban pocos días para el comienzo formal de las clases de
maestría a principios de octubre, del fin de nuestro curso propedéutico y del
verano. Los días comenzaron a hacerse ligeramente más cortos, aunque de pronto
se formaron unos nubarrones hacia el final de mi verano idílico que nada tenían
que ver con la meteorología.
Noche 21. La Tormenta Perfecta
Al día siguiente,
Citlali llegó más temprano que de costumbre, pues el sol se acababa de poner y
aún se advertían destellos rojizos en el horizonte. Se sentó en su sillón de
siempre, cruzando las piernas. Pronto comencé a narrar mi historia en el punto
en que la había dejado.
Cuando recién la
conocí, noté que Sara tenía una ampolla en el labio superior, a lo que no
presté importancia; ni sabía de lo que se trataba, ni impactaba tanto, y Sara era
nada más una chica a la que acababa de conocer, como a otras más. La imagen
regresó a mi mente cuando ya éramos amigos cercanos y nuestros encuentros
pasaban de un acercamiento emocional a un distanciamiento, tal vez en un mismo
día. Me desconcertaba bastante, pero esa relación era fascinante, pues nuestras
percepciones de cualquier situación eran muy distintas: la de ella como
española, la mía como mexicano. Además, tenía mucha gracia para decir las
cosas.
—Los ingleses comen
pez —me dijo un día, casi indignada—. Sí, fish and chips, pez con
patatas.
Ella venía del País
Vasco, de una pequeña localidad costera cerca de Bilbao donde descargaban a
diario la pesca del golfo de Vizcaya.
—Allá comemos
merluza, lubina, anchoas, verdel, besugo… —y se siguió con una lista casi
interminable de diferentes variedades de pescado.
Me contaba de sus
paseos por la ría, sus escapadas a comer tapas con los amigos y muchas
actividades que en la Ciudad de México no se podían hacer. Yo, en cambio, le
hablaba de nuestras grandes casas comparadas con sus pisos, de las comidas en
casa de los amigos en lugar de sus idas de tapas, de los viajes a Acapulco y
Puerto Vallarta, y cosas así. En Europa la vida era mucho más «social» por las
limitaciones de espacio, según yo, mientras que en México la vida era más
«individualista» por nuestra extensión territorial. Ahora reconozco que eran
nociones muy distorsionadas de mi patria, que provenían de la burbuja en la que
me crie.
Entre estas
pláticas se deslizaban algunas confesiones personales, hasta que surgió lo que
ella llamó «un error de juventud», que no era tan grave, pero ciertamente le
preocupaban «esas pupas que me salen». Me desconcertó. Escuché, pero no acusé
recibo. Antes de partir para Inglaterra, en la revista Time había salido
una portada con el dibujo de una pareja dándose un beso, y la lengua de uno de
ellos tenía forma de serpiente. El reportaje era sobre el herpes, una
enfermedad de transmisión sexual que proliferó o saltó a la luz por aquellos
años. Me atemorizó mucho ese reportaje y me prometí a mí mismo cuidarme en esa
aventura inglesa, pero nunca imaginé la forma en que se me aparecería esa
condición. Ya para aquel entonces, mi conexión sentimental o dependencia de
Sara era total y no estaba en condiciones de terminarla.
Los estudios
formales comenzaron en octubre. Un día, al salir de la primera clase después
del almuerzo, vi con desconcierto que estaba anocheciendo. No eran ni siquiera
las cinco de la tarde y comenzaba a calar el frío y el viento. Cada día había
menos día y más noche. Había muchas lecturas por hacer, ocupaciones no
faltaban, pero el encierro en mi pequeña habitación comenzó a hacerse opresivo:
quince horas de oscuridad y nueve horas de penumbra, de una luz tenue y un sol
que nunca llegaba a salir. Salvo muy ocasionalmente, se abría un espacio entre
las nubes y por minutos caía el sol. Eran los famosos sunny spells, que
muchos aprovechaban para dejar lo que estuvieran haciendo y salir un rato a
sentir el calor.
No supe manejar mi
horario por aquellos días. Al llegar de noche al cuarto me daba sueño; me
despertaba con hambre y a las ocho o nueve salía a la cocina común a prepararme
un sándwich; me aplicaba un rato a mi estudio y pronto tenía que suspender
porque se llenaba de humo la habitación y tenía que abrir la ventana al viento
gélido del otoño. Mi ciclo vital se trastornó; las mañanas se confundían con
las tardes, que no eran tales, y las noches parecían extenderse por todo el
día. Siempre estaban encendidas unas farolas que indicaban el sendero que
conducía a nuestros dormitorios.
Al entrar al
pasillo, había un teléfono de pared con un cartelito arriba que decía: «Para
las personas que estén pasando por una crisis —o simplemente necesiten hablar
con alguien» .
—Oiga —intervino Citlali—, ese letrero estaba de terror. Caminar a
oscuras con el azote del viento y que al llegar se encontrara con ese cartel…
Me imagino que con solo leerlo me darían ganas de llorar.
—Algo así me
sucedía, hasta que dejé de voltear.
A eso se sumaba el
asunto de Sara. Ella era una estudiante excepcional. Tenía una auténtica pasión
por la estadística y la econometría. Disfrutaba de las clases optativas que
tomaba: «Una gozada las explicaciones de ese profesor», me contaba. Las materias
que tomábamos juntos no se le dificultaban, pues las acababa de ver en su
último año de universidad. Yo tenía cuatro años de haber egresado y muchas
asignaturas nunca las vi, precisamente las que estaban de moda en aquella
época: Teoría de juegos y economía de la incertidumbre. Sara se metió de lleno
a los estudios e hizo nuevas amistades con compañeros que, al igual que ella,
disfrutaban aquellos temas. Para mí era una tortura escuchar aquellas clases de
las que no comprendía nada; ni siquiera, bien a bien, lo que decían los
profesores, ni el chiste que soltaban de vez en cuando y que hacía carcajear a
mis compañeros.
Durante la semana
nos veíamos poco, pero los fines de semana por lo general teníamos algo de
tiempo para convivir y nuestro afecto mutuo seguía creciendo. Muy pocas veces
volvimos a hablar del tema del herpes; a veces nos íbamos de paseo al lago, a
veces al súper y algunas veces hicimos el viaje a Londres de un día completo.
Allá no faltaban cosas de qué platicar ni de qué emocionarse, desde la gente de
todo tipo —ingleses y extranjeros, ejecutivos y vagabundos, nerds, punks
y otras tribus que en aquellos años solo había allá— hasta la magnificencia de
los museos. Pero lo más atractivo de ir con Sara eran los detalles pequeños. En
una tienda vio unas tazas de cerámica, bastante comerciales, con alguna figura
o dibujo. Entró como niña chiquita a verlas y salió con una buena dotación: «Me
encantan las tazas», me confió con una sonrisa de gusto y mucha satisfacción.
Disfrutábamos una taza de chocolate caliente en cualquier local como si
hubiésemos entrado a un restaurante de lujo.
Volvía a las
interminables noches de mi habitación. El tema del herpes no me dejaba
tranquilo; repasaba todas las situaciones y todas las posibilidades. ¿Debía yo
aceptarla como era? No había mucha información y solo sabía lo que decían los
artículos de la revista Time, que debieron de haber sido bastante
sensacionalistas. Un día fui a ver al médico del campus, un tipo de muy pocas
palabras. «En este país, tantas de cada diez personas tienen el virus del
herpes», dictaminó, y dio por terminada la consulta. Me figuraba que haría yo
un sacrificio muy grande por amor, pero estaba dispuesto. Un día me armé de
valor e intenté formalizar algo con ella durante una caminata nocturna.
—No. Me canso de
estar contigo —dijo de tajo.
El semestre
avanzaba, había que entregar trabajos y la relación fue perdiendo intensidad.
Un día, o una noche de insomnio, me vino a la mente que, frente a mi acto
heroico de sacrificio por amor, ella cometería una gran traición hacia su novio
de aquellos meses, del que a veces hablaba. Tal vez haya sido una
autojustificación mía ante nuestro alejamiento, o para la cobardía que a veces
sentí que tuve para afrontar la situación.
—A las tortillas, cuando mucho, se les dan tres vueltas —dijo Citlali—.
Más vueltas y se secan. Para mí que eso pasó.
Con esa nebulosa
mental terminó el primer trimestre. Salimos de vacaciones: ella a Bilbao y yo a
Madrid, donde por aquel entonces radicaba mi hermano Gabriel, el diplomático.
Nunca dejamos de ser amigos Sara y yo, pero la conexión sentimental se perdió hacia
el segundo trimestre de nuestro año de maestría. En Madrid pasé unas semanas
muy agradables; primero, agradecí a la vida el sol radiante de la meseta
castellana, así fuera en el invierno; segundo, fue un bálsamo hablar y
conversar en español, así me topara de repente con modismos extraños.
Me hizo muchísimo
bien coincidir con una de mis primas, que había ido a pasar una temporada a
España en lo que decidía qué hacer con su vida. Mi prima era pura frivolidad,
pero sabrosa. Su estancia en Madrid consistía en ver la moda, descubrir lugares
buenos para comer y conocer chicos, a ver si se enamoraba de alguno, como le
había pasado a su hermana. Su plática de banalidades fue ese bálsamo que
necesitaba para olvidar las penurias, los sinsabores y los desamores de
Inglaterra. Regresé a la universidad con el ánimo bien firme de no dejarme
derrotar.
—Bien por su prima. Y un tache a la chica esa que lo bateó —dijo
Citlali.
Noche 22. Mañas y Chiripazos
Estábamos a mediados de marzo. En la biblioteca, en la parte
más alta de la casa que va creciendo escalonada sobre el cerro, pegaba el
viento con furia. Me levanté varias veces a checar que todo estuviera bien
cerrado, pero aun así el viento se colaba por algunas rendijas y golpeteaba
puertas y ventanas.
—Este viento espanta —dijo
Citlali.
—Es verdad. A mí también me causa inquietud; pueden caer
ramas, a veces se va la luz, el internet…
Y en eso se fue la luz. Prendí unas velas que guardo para
estas ocasiones, las cuales amenazaban con apagarse con las pequeñas ráfagas
que se nos colaban.
—Ehécatl no nos deja tranquilos —añadí—. Lo mejor es
olvidarnos de él hasta que se canse. Vamos a pensar en la nieve, como la que me
tocó cuando volví a Inglaterra en pleno invierno.
—A ver, espéreme… Si el frío
estaba horrible, en las clases no entendía nada, ni la mitad de los chistes, y
la española ya no le hacía caso… ¿Cómo es que no tiró la toalla y se regresó?
—Es lo que se llama orgullo o casta. Lo único que tenía
claro es que no quería regresar a México derrotado. Si la meta ya está fija,
uno saca las antenas, te ajustas, desarrollas un olfato que te dice por dónde
sí o por dónde no…
—Y ese «olfato» del que habla,
¿es como una capacidad de moverse en otra dimensión? ¿En la cuarta dimensión?
—preguntó curiosa.
—Ya me la pusiste muy difícil. No sé qué libros estés
leyendo, pero estás en un terreno en el que todo puede ser.
En mi maestría no había exámenes regulares; solo había unos
exámenes finales después del segundo trimestre. El que aprobaba tenía derecho a
elaborar su tesis, presentarla y, de ser aprobada, recibir el título. Así que
ese segundo periodo era crítico y crucial. Durante el verano había conocido a
dos muchachos mexicanos que habían cursado la maestría el año anterior y se
habían quedado a hacer su doctorado. Me cayeron bien, pero yo estaba demasiado
entretenido conociendo el mundo universitario al que recién había llegado y no
los frecuenté. Durante el primer trimestre nos encontrábamos seguido por los
pasillos de la facultad o en el comedor. A veces comíamos juntos y poco a poco
se fue consolidando una amistad. Después de unas semanas de tratar a puros
extranjeros, fui sintiendo la comodidad del estar con mis compatriotas. El
paisanaje es una fuerza poderosa; hay muchos valores y cultura compartidos. Más
allá del chisme de la universidad, con los paisanos uno puede hablar de la
comida favorita, de futbol, de la política y de la vida en México en general, a
diferencia del trato con los extranjeros, con quienes hay que tejer una red de
intereses mutuos prácticamente desde cero.
Así que, una vez que perdió combustión la relación con la
española, me acerqué mucho a ellos, especialmente a Horacio, que, a diferencia
de Ricardo, no estaba casado. Él tenía un Mini Cooper clásico que compró allá y
vivía fuera del campus, en Kenilworth. Los viernes salíamos de clase y nos
íbamos a los pubs de los alrededores. Era agradable cambiar la monotonía
del campus por lugares adonde iba la gente normal. En la universidad todos
andaban con cara de estar muy ocupados y siempre a la carrera; en el pub,
en cambio, uno veía grupos de jóvenes platicar, reír y emborracharse. Las
chicas iban muy arregladas, con vestidos llamativos; por sus atuendos no se
imaginaría uno que estaba nevando afuera. A veces intentábamos hacer amistad
con algunas, pero no era fácil; la mayoría ya iba en grupo. En una ocasión
trabamos buena conversación con una chica que resultó ser policía, y siempre
recordamos con gusto esa pequeña anécdota. Me llevaba muy bien con Horacio;
hicimos la costumbre de que, después de pedir nuestro café al final del
almuerzo, echábamos un volado para ver quién pagaría. Por pura probabilidad
acabaríamos pagando lo mismo cada uno al final del trimestre, pero era un
momento del día jovial y divertido. Después de eso, cada uno a sus estudios.
Mis compatriotas mexicanos fueron los que me explicaron cómo
era la dinámica de los exámenes finales. Ellos habían revisado las preguntas
que venían en el examen de cada materia de distintos años y, según ellos, había
unos cuantos temas que siempre venían; otros a veces sí, a veces no. La
estrategia consistía en aprenderse bien esos temas, así fuera de memoria, aun
sin comprenderlos del todo, y con eso se lograría responder a un buen
porcentaje de las preguntas. No era una estrategia para aprender mucho ni para
ser el mejor del salón, pero era la forma de no reventar y sacar adelante la
maestría. En la cafetería, después del tradicional volado, hice el listado de
temas y me enfoqué de tiempo completo en esos.
Iba a las clases y la verdad ya no me interesaba mucho si
entendía o no; tenía confianza ciega en mis manejadores. Había variantes en las
preguntas dentro de esos temas. «Ni te fijes —me dijeron—. Así no venga
completamente al caso, tú contestas con una descripción detallada del modelo
tal, o con la argumentación del autor cual». «Perfecto, compañero, así le
haré». Tampoco es que no entendiera nada; en algunos temas sí aprendí mucho,
con la ayuda de los libros más que con las clases. La estrategia para matemáticas
era distinta: era una calificación global para matemáticas y econometría.
«Todos los mexicanos que hemos pasado por aquí sacamos cero en matemáticas —me
revelaron—. Lo que hay que hacer es entregar todos los trabajos de econometría
para no perder los puntos, que son críticos para el marcador global». Las
matemáticas que nos daban eran ecuaciones dinámicas que yo nunca había
estudiado; traté de comprenderlas con bastante esfuerzo. El día del examen iba
muy tranquilo a obtener mi cero; comencé a hacer mis despejes, sustituciones,
sumatorias y hamiltonianos y llegaba a un resultado extraño. Lo taché y volví a
comenzar para llegar nuevamente a lo mismo; lo taché de nuevo. Después supe que
ese resultado que borré dos veces era el correcto y hubiese hecho historia para
los mexicanos en esa materia.
—Como la selección nacional en
los Mundiales. Jugaron como nunca; perdieron como siempre —dijo Citlali,
meneando la cabeza.
La estrategia general funcionó muy bien. Había otra
particularidad en el sistema de aprobación en mi curso de maestría que me
hicieron notar mis compatriotas: la cuota de reprobados. Cada año escolar, el
número de reprobados era de tres, no más, pues aplicaban el método de la
«campana de Gauss». Conforme avanzaba el trimestre y se acercaban los exámenes
finales, la información sobre la cuota se fue haciendo del dominio de todos e,
inevitablemente, los compañeros hicieron su lista mental de quiénes podrían ser
los tres reprobados del curso. En todas las listas figuraba un italiano
bastante mayor que todos los demás, dos italianos más o menos de mi edad o algo
más jóvenes, un alemán que nunca supo qué hacía ahí y, desde luego, yo. No por
no participar en clase se disimulaba mi falta de comprensión de muchas cosas.
Era, además, el único candidato del llamado «tercer mundo». Con mis manejadores
mexicanos diseñamos también la estrategia de guerra psicológica: «Se te van a
acercar los otros candidatos; tú siempre diles que vas muy bien. Procura
desaparecerte algunos días antes de los exámenes, así te quedes encerrado en tu
cuarto; hazles creer que ya tiraste la toalla y que preferiste dedicarte a
pasear. Hay que hacer que se confíen de que tú vas a reprobar, y que otros
sientan que los que van a reprobar son ellos, que tiren la toalla». La guerra
psicológica funcionó de maravilla; reprobaron dos italianos y el alemán.
—¡Wow! —exclamó Citlali—. El
ingenio del mexicano. El clásico «todo se lo debo a mi mánager» —añadió.
Los jueves, porque los ingleses tienen un día para cada
cosa, había un pequeño convivio entre los estudiantes y algún profesor. Un día
me acerqué con el que nos daba Macroeconomía, un tal Marcus Miller[6],
y le pregunté: «Oiga, ¿y de verdad esos modelos que nos enseña en la clase, de
teoría de juegos con matemáticas complicadísimas, los aplican en la vida real
para decidir algunas cosas?». Se llevó la mano a la barbilla, se rascó un poco
y me dijo: «En realidad no. Esos modelos son lo que yo llamo un divertimento
intelectual». O sea, que, si Marcus se divertía con eso, yo también me divertí
a mi manera, y así diseñé mi juego.
—Ese Marco Miller hacía como
que enseñaba y Usted hacía como que aprendía… Por eso nos dejaron un mundo de
cabeza —dijo Citlali.
Noche 23. El verano de Daisy
Después de los exámenes tomé unos días de vacaciones a la
Costa del Sol con mi amigo Horacio. Los veranos en España son fantásticos.
Estuvimos en una discoteca al aire libre que tenía las mesas alrededor de una
piscina; tal vez sería un club de playa, pero ciertamente era de noche y
servían bien las bebidas con alcohol. Chicas de todas las edades corrían topless
y se aventaban una y otra vez del trampolín y de la resbaladilla, entre
sonrisas y carcajadas. Ni en Las Vegas me ha tocado ver un espectáculo tan bien
montado, con artistas amateurs y sin guion…
—Ya, no se emocione
—interrumpió Citlali—. De seguro es la versión mediterránea de La casa de las
bellas durmientes. Me los imagino, a usted y a su amigo, ahí de mirones… ¡Qué
horror!
Al regresar a Warwick me dirigí de inmediato a las oficinas
de la facultad de economía, al muro de los anuncios, donde pegarían el papel
con los resultados de los exámenes. No había internet ni WhatsApp; era la época
del «papelito habla». Con temor y curiosidad me acerqué: «Aprobado». Busqué a
Horacio en su cubículo y nos fuimos a brindar con unas cervezas; después
iríamos al pub y tal vez remataríamos en su casa con algún tequila.
Al día siguiente, ya recuperado de la resaca, me puse a
pensar en el tema de la tesis. Solo había tres meses para elaborarla y no tenía
ningún tema en mente. Muchos compañeros ya habían elegido el suyo desde antes
de comenzar la maestría, pero yo no, pues los últimos meses había estado con
una sola idea fija en la cabeza: aprobar los exámenes. No tuve mucho tiempo
para preocuparme. Después de mi almuerzo pasé al estand de revistas y compré la
revista Time, que hacía tiempo no leía pues mi presupuesto de la beca
era bastante magro. Di unos sorbos al café y de pronto leí una frase que
cambiaría mi vida: «Debt equity swaps are the height of financial fashion in
the indebted Third World…» Yo venía
becado por el Banco BCH y conocía el
tema de los castigos que aplicaban los mercados a la deuda de los países que,
como México, tenían una alta probabilidad de no ser capaces de cumplir con sus
obligaciones con los acreedores internacionales. Los swaps a los que se
refería el artículo eran un intercambio de deuda por inversiones en otro tipo
de activos que pudiera ofrecer el país deudor, lo cual era especialmente
atractivo en procesos en marcha de privatización de empresas públicas, como el
que se gestaba en México. «¡Ese es mi tema! ¡Los swaps!». Al terminar mi
café supe con toda certeza que ese era mi tema. Cualquier angustia que hubiera
albergado se disipó; me llené de confianza y me sentía feliz.
Las últimas veces que vi a Sara me miraba con una mezcla de
admiración por haber aprobado —con una sonrisa de quien sabe «cómo le harías»—
y algo de conmiseración por no tener tema de tesis a esas alturas. Me la
encontré un día por un sendero del campus y le dije radiante:
—¡Ya tengo tema!
Me miró con algo de suspicacia, pero no me importó. Lo demás
se fue dando muy fácilmente. Con un buen tema es sencillo conseguir un asesor
de tesis que coopere con simpatía. No tuve que buscar mucho en la biblioteca
para encontrar un marco teórico que me sirviera de base; el tema de la deuda
era el principal obstáculo al crecimiento y ya había artículos académicos
hechos por mexicanos al respecto. Encontré uno muy bien estructurado, de fácil
comprensión, de Guillermo Ortiz y Jaime Serra Puche. Lo demás fue sumar y
restar términos en la ecuación del crecimiento: menos deuda, más ahorro; menos
deuda, más inversión. Para que la deuda bajara había que comprarla, así fuera
con descuento, lo que debilitaba las finanzas públicas en un año determinado,
aunque las fortaleciera a largo plazo.
La versión ambiciosa de la tesis hubiese sido un modelo de
equilibrio general. La versión que se me ocurrió fue la construcción de cuatro
escenarios distintos, todos dentro de la ecuación estática de equilibrio
parcial. Otra posibilidad —la que me echarían en cara después mis sinodales—
hubiese sido calcular econométricamente los parámetros pertinentes, pero yo los
tomé como predeterminados del paper de Ortiz y Serra Puche, que eran
economistas que ya brillaban. Cuando comenté con Sara mi idea de tesis, ella,
que era una econometrista brillante,
nada más movía la cabeza:
—¡Qué clase de chapuza vas a hacer!
Nadie imaginó que una idea tan sencilla pudiera funcionar.
¡Y funcionó! Ayudó muchísimo la relevancia del tema de la deuda externa, que
los swaps estuviesen de moda y la claridad con la que construí mis
escenarios.
Una de las ventajas de mi tesis era precisamente que no
necesitaba generar ningún tipo de evidencia de base de datos. Yo no tenía ni
idea de cómo utilizar una computadora. Alguna vez me senté frente a una en la
sala de cómputo, la encendí, vi parpadear una rayita verde en la esquina
inferior de la pantalla y no supe más qué hacer. Para mi buena fortuna, mi
amigo Horacio tenía una computadora en su cubículo y él me capacitó para
aprender a usarla como máquina de escribir. No existía el Windows ni el programa
Word; había un procesador de textos que se llamaba Daisy.
Fueron jornadas largas —tampoco es tan sencillo escribir una
tesis en inglés— y ya solo tenía el interés en terminarla. Descuidé mi
alimentación. Me recuerdo disgustado, por las noches, cenando nuevamente una
hamburguesa con papas y un vaso de refresco; la cohesión con los compañeros se
había roto, pues la tesis ya era un ejercicio cien por ciento individualista y,
lo peor, es que nuevamente perdí el control del tiempo y de mi ritmo biológico.
A diferencia del verano anterior, cuando llegué, el nuevo verano tenía los días
interminables: eran las cinco de la mañana y ya había luz; eran las de la noche
y media y seguía la luz. Perdí la noción de a qué hora desayunar, comer y
asearme. Toda mi vida era la fijación de terminar y ya.
Me faltaba muy poco cuando, un día, mi documento con la
tesis desapareció de la computadora. La pantalla decía algo así como: «Daisy
no ha podido guardar ni recuperar el documento». Entré en pánico. Alguien me
comentó que tal vez lo podrían recuperar en el centro de cómputo, pero sería
hasta el día siguiente. Me lancé a caminar hacia el lago que había en el
campus, crucé unos trigales, brinqué una cerca y me topé con la carretera que
iba a Kenilworth. Caminé por horas hasta que vi las luces del poblado, que
acababan de encender, me di media vuelta y emprendí el regreso. De pronto
comencé a gritar, o tal vez solo a mascullar, un estribillo de una canción
gitana que había escuchado recién en España, y la repetí toda la noche:
—Campesinos tristes de mi Andalucía… De mi Andalucía…
—Fue un mantra —dijo Citlali—.
Yo sé que hacen mucho bien. ¡Pero ha de haber parecido un fantasma medio loco!
—Y le ganó la risa.
Recuperé la tesis y la pude terminar; la entregué, sellaron
de recibido y no había nada más que hacer. No hubo ceremonia de fin de cursos,
no hubo fiestas; todos estábamos hartos del lugar. Unos se fueron antes a hacer
sus tesis en otro lado, otros se marchaban sin mayor trámite; yo hice lo
propio. Fijé la fecha del vuelo y me regresé a México. No tenía dudas de que la
tesis me la aprobarían, pero tampoco me fui eufórico. Fue un año de luchas
intensas: primero conmigo mismo, después por aprobar y presentar la tesis; y de
repente todo concluyó, como si no hubiese habido un final. La película se
cortó, paró en seco. Me subí al avión desconcertado; el final fue tan abrupto
que ni siquiera tuve tiempo de saborear mi regreso, que tanto anhelaba o
idealizaba.
Durante el vuelo me quedó una reflexión un tanto amarga.
Había ido a Inglaterra con la idea consciente de obtener mi título de maestría
y lo logré. Haya sido como haya sido, el esfuerzo intelectual fue muy intenso y
fue una experiencia nueva para mí. Mi amistad con Sara, mi viaje a España y los
paseos a Londres me habían abierto los ojos a nuevos horizontes, pero de alguna
forma sentía que era un regreso sin gloria. Me bajaría del avión y sería el
mismo que cuando salí: con más experiencias, pero solo, y con un desgaste
físico brutal.
—Me tiene que explicar eso
último —comentó Citlali.
—Ni te lo imaginas.
Noche 24. Citlalyacana
Me recibió mi madre en el aeropuerto. Nos reencontramos como
si no me hubiese ido.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
Nos dio gusto vernos, pero en la familia nunca fuimos muy
expresivos: ni en abrazos, caricias y contacto físico, ni con las palabras, ni
con el tono de voz. Regresé a vivir a casa de mis padres. Veintitantos años.
Citlali sacó unos lápices y la libretita que llevaba en su
morral, y comenzó a trazar unas figuritas de anime con diferentes
estilos de peinado.
—Me acordé de los enanos
emocionales que mencionó su tío —comentó sin levantar la mirada.
Desde los últimos días en Inglaterra me sucedió un fenómeno
muy extraño, que esperaba desapareciera al llegar a México, pero no fue así.
Cuando entraba a algún lugar, me daba la impresión de que yo era la causa de
que la gente se tocara la nariz y se la sobara. No pasó una vez, sino muchas.
Las primeras veces no entendía lo que pasaba; solo eso, veía a la gente
tocándose la nariz. Después comencé a creer que yo era el que provocaba esos
gestos, nada más con mi presencia. Más adelante ya no tenía duda: yo era la
causa de los toques de nariz.
Después de todas las angustias por las que había pasado, y
que había superado, ahora venía esa nueva pesadilla. Pensé que mi cuerpo
estaría sobrecargado de energía y que la emanaría a diestra y siniestra
provocando malestar. Y de cada toque de nariz que observaba, sentía un pequeño
latigazo en algún lugar del cuerpo, sin saber precisar dónde. Nunca consulté a
ningún especialista, ni médico ni psicólogo, pues me parecía absurdo lo que me
sucedía, más allá de cualquier imaginación muy fantasiosa.
Lo enfrenté con aislamiento; nada más tenía el contacto
mínimo necesario con las personas. Regresó un año más al Banco BCH, ya que
tenía ese compromiso con ellos por haber tenido la beca. El trabajo seguía
igual de aburrido y, en mi condición, real o imaginaria, aquello era una
ventaja. Pensé que el fenómeno se iría atenuando con el tiempo, y así fue; no
podría precisar cuánto duró, pero fácilmente rebasó el año. Mis familiares solo
notaron que yo había regresado «raro» de Inglaterra, pero nunca lo hablamos. De
mi pandilla de amigos que dejé al irme, varios se habían casado y otros se
fueron a vivir a otras ciudades; ese grupo se diluyó, aunque esporádicamente vi
a alguno de ellos. Pero el espíritu de aventura y de jolgorio de los años
anteriores nunca volvió.
Mientras hablaba, Citlali sacó su tableta y comenzó a
teclear con rapidez. A veces hacía eso. Es una mala costumbre de la gente joven
a la que hace tiempo me acostumbré, y no le presté importancia. De repente,
elevó la mirada con los ojos encendidos:
—Mire lo que encontré, me lo
dijo la inteligencia artificial…
—Tranquila, internet dice muchas burradas…
—No, espérese —dijo toda emocionada—. Dice que, si usted
andaba estresado, su mente se pudo haber clavado en eso y empezar a ver toques
de nariz por todos lados, y a creer que era por usted. Y lo de los latigazos,
dice que puede ser psicosomático, porque el cuerpo somatiza la ansiedad y el
trauma. Mire, aquí dice «trastorno de estrés postraumático» …
Me quedé mirando a Citlali con perplejidad. No capté todo lo
que leyó; estaba exaltada y se saltaba algunas palabras, pero al final su voz
se aclaró:
—Aquí dice: «Un quiebre en el
procesamiento de estímulos, provocado por altos niveles de estrés y
agotamiento, puede llevar al individuo a percibir patrones donde no los hay,
generando asociaciones erróneas entre conductas ajenas y la propia presencia. Esto
no es locura, sino una respuesta somatosensorial exacerbada».
Una vez que Citlali hubo partido —«Mañana toca madrugar, nos
llevan a una práctica a Toluca, al Hospital General», me había dicho—, hice mis
propias búsquedas en internet y no había duda: ese fenómeno tan raro no fue un
principio de locura ni un desvarío, sino una condición psicosomática de tipo
postraumático, como le sucede a algunos soldados después de una guerra. Algunos
años después consulté a varios neurólogos por un problema mucho más serio que
se me presentó -distonía cervical idiopática- pero nunca se me ocurrió contar
los toques de nariz como antecedente. Busqué también noticias recientes sobre
esa enfermedad. Encontré que en los años recientes han avanzado mucho en su
comprensión y tratamiento, y me hice el propósito de consultar nuevamente
algunos neurólogos después de más de treinta años.
«Vaya», pensé, y yo que tenía dudas de contarle eso a
Citlali. La franqueza que ella me inspiraba dio resultados prácticos,
totalmente inesperados.
Antes de dormir y, tal vez por gratitud, no lo sé, navegué
por algunas páginas dedicadas al idioma náhuatl hasta que encontré el término
preciso que mi inconsciente ya buscaba: Citlalyacana, la estrella que
guía.
Noche 25. Destazaron el Rancho
Antes de que llegara Citlali, estuve hojeando varios libros
que se refieren a la conquista de México y la caída de Tenochtitlan, que
siempre me han parecido episodios apasionantes en la historia del mundo: la
interpretación errónea de las señales cósmicas y las informaciones tangibles;
las dudas de Moctezuma en un escenario de incertidumbre; y la fragilidad
estructural del imperio mexica por la política de sometimiento al poder central
de los pueblos periféricos. Cuando entró, tomó uno de los libros ilustrados
para niños.
—«El gran tlatoani sabía de
unos individuos desconocidos con "palos que escupen fuego", casas que
flotan y perros gigantescos que los acompañan. No logró anticipar lo que esa
información significaría para su imperio» —leyó Citlali en voz baja pero
audible.
—Eso sucede a menudo. Es difícil interpretar las cosas en
tiempo real.
—Es el clásico: O ya pasó lo
que estaba yo entendiendo, o no entiendo lo que está pasando— añadió ella,
en su particular manera de darme la razón.
Me quedé pensando en sus palabras. Tenía toda la razón: Al
regresar de Inglaterra, me encontré con algunas novedades desagradables,
relacionadas con el rancho de Valle de Bravo, que me sorprendieron, me
confundieron y no tuve claridad sobre lo que habría que hacer. Me puse a capear el temporal sin pensar en
cómo alejarme de él.
Para entonces ya habíamos fincado nuestra casa en los
terrenos que nos tocaron: sencilla, pero con estilo, con paredes de sillar,
vigas de madera, tejamanil en el techo y mosaico de talavera pequeño en cocina
y baños, entre otros detalles. También habíamos hecho una rifa entre mis
hermanos y yo para ver cómo nos dividiríamos la fracción que nos tocó; esa fue
poco antes de mi partida hacia Inglaterra. Teníamos un plano muy burdo, trazado
a mano, dividiendo entre tres la fracción con la idea de que los predios
resultantes tuvieran acceso a los servicios que ya habíamos puesto,
particularmente agua, luz y el camino de acceso. Yo estaba emocionado de tener
mi predio individual; tanto así que pegué ese plano en mi pequeña habitación en
Inglaterra para tener siempre presente lo que había dejado en México y que era
el mayor de mis afectos.
—Hay varias novedades que debes saber —me dijo mi madre en
el trayecto del aeropuerto a la casa.
Mi madre recurrió a un ingeniero local que hizo la
subdivisión entre nosotros. Lo primero que me saltó fue que, en lugar de tres
fracciones, lo habían dividido en siete: una para cada uno de nosotros tres y
cuatro fracciones de propiedad colectiva para toda la familia, incluyendo a mis
padres y hermanos. Esas zonas comunes estaban en los parajes más interesantes.
Una era la cima del cerro, con unas vistas impresionantes hacia el pueblo y la
presa; otra, una zona más pegada a la presa, con mejores vistas hacia ella; la
tercera, el lugar donde se ubica la casa y las laderas adyacentes; la cuarta, el
terreno que da a la carretera, que sirve de acceso a todos los demás predios y
donde se ubica una construcción rústica de lo que fue el casco del antiguo
Rancho San Antonio. Aun así, me quedaron seis hectáreas de propiedad
individual, suficientes en principio para desarrollar cualquier idea que se me
pudiese ocurrir en el futuro.
Con un análisis un poco más detallado me di cuenta de los
problemas serios que tenía mi predio. Me diseñaron un triángulo; el vértice
inferior no estaba definido físicamente en el terreno, así que lo mío comenzaba
en un punto casi imaginario y de ahí se iba abriendo cerro arriba, sin llegar
hasta la cima, que había sido mi expectativa cuando hicimos el sorteo. Mi madre
me dijo, por decir algo, que el vértice era el hoyo de la composta; cuando le
comenté que ahí no había acceso, dijo que era más abajo, sin precisar dónde.
Sobre las áreas comunes, ya sabía desde entonces que las
copropiedades son siempre de difícil manejo, pues tienen que estar de acuerdo
todos los copropietarios en cualquier cosa que se quiera emprender. Y mi
relación con mis dos hermanos no era fluida por aquel entonces. El mayor,
Gabriel, nunca mostró interés por este tipo de cuestiones prácticas, le daba
pereza el tema y era un lector asiduo al que no era muy prudente interrumpir.
Con Fernando ya había tenido algunas fricciones, aún nada serio, pero ya se
había roto la complicidad de la niñez y quedaba el alejamiento de la
adolescencia. No éramos, por así decirlo, los copropietarios ideales.
Y finalmente, había una sección del rancho que habíamos
desarrollado con esfuerzo: habíamos vendido algunos terrenos a terceros y
nuestra ganancia había sido la infraestructura de acceso a los terrenos
sobrantes por esa zona. Resulta que esos terrenos, que eran nuestra ganancia en
lo que ahora colinda con Villa Florencia, los cedió mi madre a una sobrina
suya, prima segunda nuestra. El padre de ella era un primo de mi madre al que
consideraban casi hermano, y lo quisieron incluir de esa manera en el reparto
que hizo mi abuela Omma. La evaluación en conjunto de todo ese reparto arrojaba
un escenario complejo.
En Inglaterra yo presumía con mis compañeros de mi rancho: «Wow,
Mexican Andrés owns a mountain». Y yo me reía muy complacido. La realidad
es que me quedó una sección de montaña que ni comenzaba abajo ni terminaba
arriba. Fue un desencanto conforme me fui dando cuenta de la realidad que
estaba detrás del plano topográfico con la subdivisión elaborada por el
ingeniero Ricardo Ballesteros, que en paz descanse.
Citlali dejó de hojear un librito de manga que
rescató de una estantería.
—La verdad, no me cabe en la
cabeza que un terreno enorme, de veintitrés hectáreas, no lo pudieran haber
repartido armoniosamente entre tres hermanos.
—Nunca he entendido por qué mi madre decidió hacer tantas
áreas comunes. Ella pensaría ingenuamente que los hermanos nos llevaríamos
siempre bien, como fue el caso de ella con mis tíos, y que, al ser las mejores
partes del predio una copropiedad en la que estaríamos todos, quedaría un
reparto muy equitativo. Es como si destazáramos una vaca: el filete, el lomo y
el rib eye son de todos; a un hermano le quedaron tres costillas, el
solomillo y un poco de sesos; al otro, la rabadilla y la lengua; y al otro, las
tripas, los cuernos y todos los huesos.
—¡Ya me antojó! Unos tacos de
tuétano con mucho limón; tripitas en salsa verde, deliciosas; y una sopita de
cola, ¡me mata! ¡O esquites con tuétano, uff!
Me hizo gracia verla caer tan fácil en el garlito, pues algo
sabía de sus preferencias gastronómicas.
—A lo que yo me refiero —añadí— es que el filete es lo que
más vale, nadie se lo puede comer; y el que tiene todas esas cosas para los
antojitos del mercado, pues casi los tiene que ir a regalar.
—Sí… pero igual se me antojó.
Sígame explicando, pues.
—Mi madre no tenía idea de topografía ni experiencia en
dividir terrenos. Mi padre no se metió porque se plegaba a lo que dispusiera
ella. El ingeniero trazó todo en su restirador, aún no había computadoras, y no
se tomó la molestia de ver sus trazos en el terreno. Mi hermano Gabriel estaba
en España trabajando, yo en Inglaterra, dizque estudiando, y mi hermano
Fernando creo que no se metió. De cualquier forma, a él le tocó un terreno con
excelentes características, con muchos planos y algo de bosques. ¡Cómo he
lamentado haber estado fuera precisamente el año del reparto! Gané la maestría,
pero el mal reparto quedó ahí, porque no tuve la oportunidad de modificarlo y
así, con los planos mal hechos, se hizo la escrituración.
—¿Iban en piloto automático?
¿O por qué?
—El reparto no estuvo malintencionado, sencillamente estuvo
mal hecho. Pero ya todos mis primos y tíos, a quienes había heredado mi abuela
Omma, tenían prisa por escriturar. No me queda claro si fue por la edad de ella
o porque varios habíamos fincado ya nuestras casas y todos queríamos seguridad.
Me convencí de que lo mejor para nosotros era escriturar así, como estaba el
plano, y que después lo podríamos arreglar. Mi tío Felipe había hecho unos
caminos que atravesaban los terrenos de todos, lo que sin duda fue una gran
mejora, e hizo también unos bordos de captación de agua. Eso le dio mucho
ascendiente sobre sus hermanos y mi abuela Omma. Tenía la idea de que a
nosotros no solamente nos había tocado más, sino también lo mejor. Recuerdo
bien un día que me vio en la plataforma del estacionamiento de mi casa; bajó el
vidrio eléctrico de su automóvil de lujo y me dijo con su voz fuerte, sonora,
característica de él: «Andrés, recuerda que la donación que hizo la Omma a tu
favor es reversible». Lo bueno es que ya escrituramos, pensé.
—Me imagino que esa era una de
las señales que el tlatoani no supo interpretar, señaló Citlali.
—Y yo creo a Cortés se le fueron muchas también, pero las
supo ir acomodando a su favor.
Una lluviosa tarde de verano, mientras estudiaba la
maestría, coincidí en Londres con mi hermano Gabriel, que venía de España, y mi
padre, que llegó de México para algún asunto. Nos contó que mis tíos habían
tenido la pretensión de que el terreno donde se ubica el casco antiguo del
rancho fuera un área común para hacer las convivencias de toda la familia
Pichardo; es decir, una especie de expropiación a nosotros en aras del
beneficio colectivo. Decían que era necesario tener una capilla donde todos los
tíos y primos pudiéramos hacer nuestras celebraciones religiosas y el convivio
posterior.
Mis padres se opusieron a esa idea, pero para mi sorpresa,
mi padre nos contó que él, con sus propios recursos, había mandado construir
una especie de capilla dentro del casco del rancho. No lo podía creer. Mi padre
nunca fue creyente; mi madre sí, pero poco practicante de las formas. Ella
tenía una profunda convicción de ayuda hacia los demás y así actuó toda su
vida. No era concebible que mis padres, con sus maneras de pensar, hubiesen
mandado levantar una capilla.
—Lo tuvimos que hacer —nos dijo mi padre— para no perder ese
terreno.
Las pretensiones territoriales de mis tíos eran tan reales
como la bóveda que sigue ahí.
—¿Y qué ha pasado con esa
capilla? —preguntó Citlali.
—Solo alguna vez hubo una ceremonia ahí; después todos la
ignoraron.
—Vaya líos con las herencias
—dijo ella, meneando la cabeza.
Hay un detalle en la capilla que, a pesar de todo, me
permite mirarla con cariño. Es como un buen digestivo que disipa el mal sabor
de boca de un platillo anterior. Mi padre, de niño, vivió en un rancho por el
rumbo de Zinacantepec al que llamaban El Ejido. Las tierras las expropió el
general Lázaro Cárdenas; mi abuelo Guillermo, que era agricultor, vendió el
casco poco tiempo después y, entre los pocos objetos que rescataron, estaba la
campana de El Ejido, la cual hacían sonar para congregar a los jornaleros o
para señalar alguna celebración.
Nunca supe por qué bautizó su rancho con un nombre que
advertía su perdición. Es probable que el término viniera de la antigua España:
la palabra latina exitus indicaba tierras que se encontraban en las
afueras, a la salida de una ciudad, y que eran de uso común para todos. Con el
tiempo, exitus se convirtió en exito y, después, la te se suavizó
en de, igual que pasó de vita a vida; como buenos españoles,
cambiaron la equis por la jota, dando lugar a «ejido», tal como sucedió de luxo
a «lujo». En español antiguo la equis se pronunciaba como «sh». Ya en el
Virreinato, ese ejido español se mezcló con las tierras comunes de los pueblos
de indios. Y esa campana está ahí, en la capilla del Rancho San Antonio, que es
precisamente en el que estamos.
—Híjole, está emocionante eso
—dijo Citlali—. En algún momento la tendrán que hacer sonar de nuevo…
Noche 26. El sexenio decisivo
—Hola, Citlaltzin —la saludé con gusto cuando la vi entrar,
con su paso liviano y un morralito con motivos mazahuas colgado al hombro.
Se me quedó mirando, sorprendida:
—¿Por qué me dijo así?
—Significa pequeña estrella.
—Eso ya lo sé. Es el
diminutivo de mi nombre, pero solo mi abuela lo utiliza.
—El náhuatl no deja de sorprenderme —dije para superar ese
trance, pues me pareció haber invadido un terreno privado—. Se parece al
alemán, ¿sabes? A base de juntar palabras se van construyendo las nuevas.
También hay declinaciones y los vocablos cambian de terminación según sea el
caso.
No me pude aguantar esa pedantería discursiva. Citlali
sonrió de medio lado.
—No me vaya a explicar ahora
lo del Citlaltépetl… Eso se lo saben todos.
Me quedé mirándola, fascinado.
—¡Qué idea me acabas de dar! Tanto que hablo contigo del
cerro y hasta ahorita se me ocurre. Se llamará el Citlaltépetl 2.0. Pero bueno,
otro día seguiremos con ese cuento.
—Bueno, ¡usted no cambia!
—exclamó acomodándose.
Tenía el compromiso de trabajar por lo menos un año más en
el Banco BCH, pues ellos habían pagado mi maestría, aunque creo que no les
hubiera importado demasiado si hubiese incumplido. Era el año 1988, el último
del sexenio de Miguel de la Madrid. Las oportunidades laborales se abrirían
hasta el cambio de gobierno, así que no había otra alternativa más que esperar.
En el verano de ese año murió mi padre en forma
intempestiva. Tuvo algunos mareos que su cardiólogo no supo interpretar; fue
una trombosis cerebral que primero le quitó el habla y los movimientos, y pocos
días después, la vida. Fueron días de estrés y congoja, pues sabíamos que ya
tenía muerte cerebral. Lo trasladamos a un hospital público donde le dieron
cuidados paliativos y le permitieron partir. Lo enterramos en el Panteón del
Tepeyac, atrás de la Basílica de Guadalupe, en una tumba que pertenecía a parientes
lejanos de mi madre, en contra esquina del sepulcro del general Antonio López
de Santa Anna. Aún en esas horas aciagas, recordé una frase que dijo mi padre
cuando fuimos a conocer el cementerio: «Ya tendré oportunidad de charlar
largamente sobre todas sus andanzas con el general». Fue una tarde de mucha
lluvia y, durante el sepelio, el cielo relampagueó con gran estruendo. Parecía
que la naturaleza se sumaba a la despedida del gran hombre que fue mi padre.
Poco antes del cambio de administración, me entrevisté con Luis
Téllez, un conocido del ITAM que tenía una posición muy cercana al titular de
la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Pedro Aspe, quien ya había sido
ratificado; sin mayor conversación, me ofreció colaborar con él. Acepté de
inmediato. El primero de diciembre de 1988 iniciaría la etapa profesional más
intensa de mi vida.
Yo estaba encargado de la llamada «planeación financiera»
del sector público federal. En la práctica nunca ejercí dicha función, pues mi
jefe me tomaba de comodín para muchísimas otras tareas. Tenía mucha facilidad
para escribir, así que pronto me convertí en el redactólogo oficial de notas de
análisis y de prensa, y de discursos y presentaciones de mi jefe, así como de
otros mandos de la Secretaría. La planeación financiera la tomó uno de mis
subordinados —quien siempre me echó en cara mi supuesta irresponsabilidad—,
pero, fundamentalmente, ese espacio se lo cedimos a los funcionarios del Banco
de México. Ese año en la SHCP fue muy intenso, pues correspondió a la
renegociación de la deuda externa de México bajo el nuevo gobierno. Mi tesis
sobre los swaps me ayudó a entrar a esa institución, aunque después ya
no me pidieron mayor opinión sobre ese tema. Eran jornadas larguísimas que
comenzaban por la mañana y terminaban hasta pasada la medianoche. Varias veces
escuché el toque de diana en la guarnición de Palacio Nacional, casi en la
madrugada, y el cambio de la guardia de honor muy temprano en la mañana.
«Tienen toda la noche para hacer ese trabajo», nos decía nuestro jefe. Era
cansado, de mucho estrés, pero me ponía orgulloso de mis capacidades; por primera
vez en mi vida profesional me sentía útil.
Después de unos meses me tocó hacer mi primer viaje de
trabajo a Washington D. C., para reunirnos con los expertos del Banco Mundial
en políticas agropecuarias.
—No sea presumido. Su primer
viaje de trabajo fue para recoger un camión de volteo usado en Santo Tomás de
los Plátanos —dijo Citlali, divertida—. Pero sígale.
Desde la Secretaría de Hacienda habían instruido a mi jefe
para que diseñara un nuevo programa de desarrollo agropecuario, alineado con el
nuevo paradigma de la política económica del presidente Carlos Salinas. Fuimos
unas ocho personas de México, cada una con un tema en específico, y el mío era
el comercio externo del sector agropecuario. Fue una experiencia de mucho
aprendizaje. A diferencia de Warwick, en el Banco Mundial todo enfoque teórico
tiene que aterrizar en políticas y programas concretos. No todos nuestros
interlocutores estaban en la misma oficina, así que nos movíamos siempre en
taxis, inclusive para trayectos cortos, pues el tiempo era escaso y había que
aprovecharlo al máximo.
Por las noches nos íbamos a cenar a algún restaurante de la
zona de Georgetown, que es animadísima, con una mezcla muy especial de
estudiantes, funcionarios de instituciones multilaterales, personal de
embajadas y muchísimos otros, de todas las edades, que van a Washington al
cabildeo con el Congreso o a las oficinas del Ejecutivo, entre otras muchas
actividades. Solo hay que imaginar la cantidad de gente que puede moverse en
torno al Pentágono, por ejemplo. Washington no es una ciudad grande, pero deja
sentir en su ambiente que es la capital del imperio norteamericano. Yo no
conocía esa ciudad y prácticamente no había visitado los Estados Unidos, salvo
un verano que estuve de intercambio en la ciudad de Pittsburgh, en algún
momento de la adolescencia. Mis viajes juveniles a Europa habían sido de
mochilero, siempre con un presupuesto ajustado, al igual que los viajes que
hice en mi época de estudiante de maestría.
Me sentía bastante bien, con una buena dotación de dólares
diarios que nos habían entregado en efectivo antes de partir. El hotel era
elegante, la movilidad siempre en taxis, los restaurantes con muy buena cocina
sin ser lujosos. Recuerdo bien los platillos a base de pastas y mariscos a los
que me aficionaría unos años más adelante. Mi carrera iba despegando. El
intenso ritmo de trabajo de los últimos meses rindió sus frutos; el mayor de
todos, en el campo de la satisfacción personal. No había tiempo ni disposición
mental para atender los problemas personales como el del Rancho San Antonio, ni
ningún otro. En Washington conocí, por primera vez, los table dance que
llegarían después a México en una versión mucho menos glamorosa y que, al paso
del tiempo, se degradó inclusive en algo bastante sórdido.
—Y yo que pensaba que la «Casa
de las Bellas Durmientes» venía de Japón —dijo Citlali, divertida.
—Tal vez, pero a México nos llegó por los Estados Unidos.
Noche 27. Economista Agrícola
Cuando llegó, Citlali se quedó mirándome fijamente de pies a
cabeza.
—Oiga, trae los pantalones manchados de barro. Y vea nada más el piso; se ve
que las suelas de sus zapatos fueron el molde para esas figuritas que están
tiradas por todos lados.
—Ya no me dio tiempo de cambiarme —dije a manera de excusa—.
Lo que sucede es que estuve arriba, en la primera palapa que tengo en el cerro,
practicando la “agricultura natural”. El método lo inventó Masanobu Fukuoka y
lo describe en su libro La revolución de una brizna de paja. Se basa en
el principio de imitar fielmente los procesos de la naturaleza interviniendo lo
menos posible, lo que implica no arar ni voltear la tierra, no usar pesticidas
ni fertilizantes químicos, controlar las malas hierbas con cubiertas vegetales
y dejar que las semillas de los campos germinen por sí solas cuando maduren.
Inventó unas bombas de semillas, que es la semilla envuelta en barro; la tira
y, con las primeras lluvias, germina un naranjo, un tamarindo o lo que sea. Un
tema central es mejorar las tierras; las compostas ayudan pero son muy
laboriosas. Lo mejor es buscar troncos, aventarlos y dejar que se pudran; en
pocos años uno tiene un suelo maravilloso sin hacer nada.
—¿Y se ensució haciendo las bombas? Porque el método consiste en no hacer
nada… —exclamó incrédula, con algo de sarcasmo.
—No. Subí al cerro a buscar troncos caídos; las variedades
de aquí no son muy gruesas. Los jalo, los bajo a un camino, los troceo con mi
machete y los llevo en la cuatrimoto a una terraza que espero que, en unos diez
años, quede completamente reforestada.
—¡Wow! Me gustó ese método japonés. Usted se entretiene y hace algo por el
planeta… Ya voy entendiendo más la vida de los jubilados que viven en un cerro
—concluyó Citlali, ahora sí con una sonrisa sincera.
—Ya me puedo dar ese tipo de lujos. Y a propósito de la
agricultura, te contaré mi paso por el gobierno en la dependencia que se
encargaba de ella. Ahora sí que fue mera coincidencia.
Mi jefe fue nombrado
subsecretario de Planeación en la entonces Secretaría de Agricultura y Recursos
Hidráulicos, y nos llevó con él a varios de sus colaboradores: casi todos,
jóvenes brillantes recién egresados de las universidades norteamericanas de mayor
prestigio. El arranque en Agricultura fue difícil; primero como «asesor», que
es sinónimo de limbo en la burocracia, y después como director de Comercio
Exterior Agropecuario, un puesto que resultó ser clave en virtud de lo que
sucedería después.
Tenía una pequeña estructura burocrática a mi disposición,
incluyendo secretarias y chofer, así como vales de gasolina y algún vehículo.
En aquel entonces se estilaba que los carros que decomisaba la dirección de
aduanas se asignaran a funcionarios del gobierno. Me tocó un Grand Marquis
enorme, todo eléctrico. Tenía sus años de antigüedad, pero estaba de un
excelente ver. Sin embargo, era muy poco el tiempo que quedaba libre, ni
siquiera los fines de semana.
Yo vivía solo en una casa muy pequeña que me construí en un
terreno que me donaron mis padres en Cuajimalpa el último año que estuve en el
banco, antes de comenzar mi extraordinaria aventura en el sector público federal.
Tenía pocos muebles, solamente lo básico: primero por falta de recursos y
después por falta de tiempo. A Cuajimalpa llegaba por las noches, me cenaba un
sándwich, unos fideos precocidos y unas bananas que compraba a veces en alguna
tienda de conveniencia que me quedara sobre mi ruta. Al día siguiente,
temprano, iba a la barra de una cafetería que me quedara de paso para
desayunar. Ocasionalmente, los domingos, había tiempo para trabajar un poco en
el jardín, deshierbando o desramando algunos pinos. A lo lejos escuchaba los
gritos de mi vecina, que llamaba a sus hijos para sentarse a comer.
Todos abrazábamos el proyecto modernizador del presidente
Salinas. En el caso de la Secretaría de Agricultura, la apertura comercial se
había rezagado. Ese retraso no se debía exclusivamente a una mentalidad
proteccionista —que sí la había cuando llegamos—, sino a que el comercio de
productos agropecuarios tiene que ver con materia viva, ya sean animales,
carnes o vegetales, que pueden portar enfermedades, plagas, microbios y
bacterias. La eliminación de aranceles no siempre tenía efectos reales, pues
subsistían las «medidas sanitarias y fitosanitarias». Recuerdo una discusión
entre un joven economista del sector financiero y un veterano funcionario del
área de ganadería de la Secretaría sobre un manual para la importación de
animales que establecía el requisito de que las vacas fueran «vírgenes». Ambos
defendían candorosamente su punto de vista: a uno el requisito le parecía
grotesco; para el otro, era la única medida segura.
Citlali soltó una risita.
—Usted iba a unas reuniones
bien importantes, discutían sobre las vacas vírgenes y todo eso —dijo con un
tono ligeramente burlón—, ¿y luego llegaba por las noches a calentarse unas
Maruchan en una casa a medio amueblar? No me imagino a un político haciendo
fila en el Oxxo para no dormir con el estómago vacío.
—Yo no era político.
Muchas veces me tocó ir a defender la aplicación de ciertas
medidas sanitarias. Me convertí así, poco a poco, en una especie de «bicho
raro» dentro de la gran congregación de los economistas liberales que dominaban
todo el gobierno. Esa metamorfosis me dio prestigio al interior de toda la
Secretaría. Siempre tuvimos a nuestros malquerientes, pues desplazamos a los
cuadros técnicos tradicionales, pero gracias a ese cascabeleo logramos
profundizar la apertura comercial.
Varias veces me tocó ir por semanas enteras a Ginebra,
Suiza, a la sede del GATT, que se alojaba en un castillo a las orillas del lago
Lemán. La Ronda Uruguay buscaba la liberalización integral de todo el comercio
agropecuario internacional. Yo iba como representante de la Secretaría de
Agricultura, pero la representación del gobierno mexicano le correspondía a la
Secretaría de Comercio. Recuerdo haberle preguntado a mi colega: «Oye, ¿si
todos están a favor de liberalizar el comercio agropecuario, por qué no
avanzamos?». No me contestó, pero me dio pistas para que me fijara en los
detalles y los matices de los discursos. Todos hablaban de liberalizar «casi
todo» y de un «monto significativo» de reducción en los subsidios internos. Ese
casi y ese monto significativo escondían diferencias abismales.
En general, Estados Unidos estaba a favor de fuertes reducciones en aranceles y
en subsidios; en contraste, quienes se oponían eran la Unión Europea, Japón, la
India… un grupo al que el embajador del gobierno mexicano bautizó como «los
países satánicos».
En no pocas ocasiones, por la fatiga y el cansancio
acumulado que traía de México, dormitaba en las sesiones con los audífonos
puestos de la traducción simultánea. A veces me despertaba mi colega con unos
toques en el hombro: «¿Qué ha pasado, colega?». «Nada, lo mismo de siempre». Y
así era, en efecto. Las decisiones no se tomaban en el salón en el que
estábamos, por más banderas y personalizadores de países que hubiera. Era común
escuchar antes de las reuniones comentarios del tipo: «Esto ya se va a mover;
leí por la mañana en el Financial Times que el presidente francés se
reunirá con el vicepresidente norteamericano…».
De vuelta a México aprendí a acomodar las posiciones de la
Secretaría de Agricultura con un lenguaje «aperturista», tal y como lo hacía la
Unión Europea. Además, por aquel entonces nuestro subsecretario, un estratega
brillante, ya había profundizado mucho en el tema de los subsidios con un grupo
de consultores que contrató, y yo emboné muy bien con la experiencia adquirida
en el GATT. Aun así, había colegas de otras dependencias que insistían en
acelerar la apertura en el sector, a pesar de los subsidios. Aunque todos
partimos de una misma filosofía y doctrina, nosotros nos convertimos en una
especie de proteccionistas de nuevo cuño.
De pronto me di cuenta de que Citlali estaba muy quieta, con
los ojos cerrados. Me acerqué, le toqué suavemente el hombro… Estaba
profundamente dormida.
Noche 28. Tratado de Libre Comercio de América del
Norte
Nuevamente, al llegar Citlali, estaba sobre la mesa el libro
de Miguel León-Portilla, Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y
cantares. Leyó:
«El comerciante a larga
distancia, el pochteca, era el verdadero motor de la opulencia material. Su
audacia para cruzar fronteras geográficas y políticas no tenía como fin el
tributo bélico, sino la expansión del mercado y la introducción de nuevos elementos
que dinamizaban la economía y elevaban la prosperidad de la metrópoli» leyó,
sin demasiado entusiasmo.
—Mira qué interesante, le dije. Uno que piensa que las cosas
son nuevas porque las escucha por primera vez. La idea de crecer a través del
comercio es milenaria, no solo en Occidente, sino también en las civilizaciones
antiguas de América. Y en su momento, yo mismo caí en ese error.
Una tarde en que fui a ver a mi Subsecretario a sus oficinas
del sexto piso del edificio de la SARH en la glorieta de Chilpancingo, nos
relató brevemente que se negociaría un Tratado de Libre Comercio entre México y
los Estados Unidos de América [7].
De inmediato formó un grupo de trabajo interno, al que desde el principio se
sumaron los consultores externos de su confianza. Yo contaba con la información
del comercio exterior, y la experiencia en las negociaciones del GATT. Los
contactos de alto nivel con la Secretaría de Comercio los tenía mi jefe, y yo
tenía la relación institucional con los funcionarios de nivel medio. Me enteré
de detalles importantes en ocasiones antes que él, lo que fortalecía mi
posición.
En esos meses posteriores a junio de 1990, me tocó supervisar
la homologación de la información de comercio exterior agropecuario, entre la
nomenclatura que se había utilizado hasta ese momento, y el llamado Sistema
Armonizado. Las cifras históricas estaban codificadas con las claves viejas, y
las cifras recientes ya se reportaban con el sistema nuevo. Además, había
confusión para identificar productos específicos.
Citlali se talló los ojos para despejarse; se estaba
quedando dormida, como la noche anterior. Con voz todavía medio apagada
preguntó:
—A ver, explíqueme ese Sistema
Armonizado.
—Muy fácil: el comercio exterior también tiene su anatomía.
El Sistema Armonizado clasifica todo lo que cruza una aduana, desde un caballo
vivo hasta un costal de frijol o una caja de mangos. Cada producto tiene una
clave, y con esa clave se decide qué arancel paga, qué permiso necesita y cómo
se registra en las estadísticas.
—O sea que ustedes también
tenían músculos, huesos y nervios, pero de mercancías —dijo, ya más despierta—.
En enfermería tenemos que aprendernos seiscientos cincuenta músculos, doscientos
seis huesos, nervios craneales y espinales, y luego encontrarlos, porque unos
están escondidos debajo de otros. Cerebro ordena a nervio, nervio mueve
músculo, músculo mueve hueso… y de pronto ya no sabes ni por dónde empezar.
Ahora fui yo quien se sintió abrumado.
—Por algo no estudié enfermería. En lo mío bastaba con saber
que una vaca viva no era lo mismo que un corte de carne, y que una caja de
manzanas no podía perderse en la misma categoría que una de duraznos.
La conversión de un sistema a otro se hacía casi a mano,
aunque ya había computadoras. Las cifras históricas estaban en las claves
viejas y las nuevas llegaban con otra lógica. Durante algunos meses, quien
entendiera ese mapa tenía ventaja. Los cuadros estadísticos que generábamos en
mi oficina se convirtieron en oro molido para preparar la negociación. Después,
el Banco de México y la Secretaría de Comercio homologaron las estadísticas
profesionalmente, pero por un tiempo yo tuve la ventaja de haber llegado
primero a esa anatomía secreta del comercio.
En esos meses, comenzaron a gestarse ciertas tensiones
internas. El grupo de consultores que apoyaba a mi jefe tenía sus ideas de cómo
proceder con la Secretaría de Comercio en la prenegociación del TLCAN y en las
negociaciones del GATT. Ellos estaban a favor de que México se declarara, sin
ambages ni ambigüedades, como un país decididamente a favor de la
liberalización del comercio mundial. Los que operábamos dentro del gobierno
veíamos las cosas diferentes. Yo aprendí mucho de mis colegas de Ginebra, que
me enseñaron el valor de un posicionamiento estratégico en una negociación. En
nuestro caso concreto, había que esconder nuestros puntos débiles: nos
refugiamos en la figura de los llamados «países importadores netos de alimentos
«, que bien a bien nunca se supo lo que pretendíamos, salvo que nos dieran un
trato diferente. Lo mismo para el TLCAN. Una frase de un alto funcionario
negociador de la Secretaría de Comercio se volvió célebre: «Hay que tirarles
bombas de humo», nos decía.
—A ver, —dijo Citlali—, póngame
un ejemplo de cómo se debe negociar bien. —Como si estuviéramos en el mercado
comprando fruta.
—Me la pusiste difícil, para eso si soy malísimo. Pero
bueno, a ver a qué llegamos con tu ejemplo. Quieres naranjas. En un puesto hay naranjas
y mandarinas. Preguntas por las mandarinas…No me dejó terminar. Soltó una
sonora carcajada.
—Nada más le va a quitar el tiempo a la
marchanta.
También me reí. Luego traté de explicarle que toda
negociación depende de las circunstancias. Comenzamos a jugar un ping -Pong
muy divertido:
—Si no es temporada de
naranjas y las quieres, hay que pagar caro…
—Y si ya es
noche y la marchanta no ha vendido, las dará baratas.
— Pero si te esperas a que sea
de noche para comprarlas, igual ya no sobra ninguna y te quedas con las ganas.
—Y si deja encargado del puesto al escuincle por un rato,
puede llegar alguien y aprovecharse con el cambio.
— O puede llegar una clienta
de toda la vida y a esa le dará buenos precios para no perderla.
Nos reímos bastante. Aún no sé si toda mi experiencia le
haya servido de algo la siguiente vez que fue al mercado.
Noche 29. Neopopulista
—Oiga, cuando venía entrando
vi salir a un coche rojo, con dos personas. ¿Los conoce?
—Si. Se llama Lencho. Me pidió permiso para poner sus
cajones de abejas por allá arriba en el cerro. A veces viene a raspar y sacar
algo de miel; y otras veces, a traer a una nueva reina para formar otra colmena.
Ese hombre es el último apicultor que queda aquí en el pueblo; gentrificaron a
las abejas, por decirlo de alguna manera.
—¿Qué pasó con las abejas? —
preguntó desconcertada.
—Quise decir que ya no hay terreno suficiente para ellas.
—Pues así dígalo. Usted ni
adornado se ve bien.
Su enfado me cayó en gracia y me reí. Citlali también, pues
no tuvo empacho en devolverme el golpe. Pronto retomamos el tema de la
negociación del libre comercio, del que me sentía yo muy orgulloso.
Los preparativos para el inicio de las negociaciones
formales del TLCAN fueron frenéticos. Uno de los aspectos clave en el diseño de
la estrategia por parte de los máximos estrategas del lado mexicano fueron las
consultas que se hicieron a los miembros destacados del sector privado, sector
por sector. No solo eso: participaron en las rondas de negociación en el
llamado «cuarto de junto». Viajaban con la delegación mexicana, se reunían en
una sala y estaban disponibles para cualquier consulta. En esos encuentros, había
que traducir los problemas y retos de la vida real en conceptos de negociación.
Por ejemplo, nos decían: «Si abrimos el café a los Estados Unidos, nos
inundarán con producto brasileño y africano barato». «Entonces es un tema que
debemos llevar a la mesa de reglas de origen »—respondíamos—. Mientras que a alto nivel se hablaba mucho de
los «ganadores y perdedores» en el Tratado, en mis pláticas con ellos siempre
encontrábamos un ángulo interesante de lo que había que defender y de lo que
había que pedir en términos de apertura de los mercados de nuestros nuevos
socios en potencia.
Dentro de la
metodología del GATT, había que calcular un arancel inicial que sustituyera al
permiso previo de importación y que brindara un nivel de protección similar (la
llamada tarificación). La metodología tradicional consistía en comparar los
precios internos con los internacionales. Parecía un ejercicio estadístico
sencillo, pero no fue así. ¿Qué series de precios utilizar, en caso de que
existiesen? Por ejemplo, en el frijol existen dos grandes familias —los negros
y los claros— y, dentro de ellas, una enorme variedad como el negro Jamapa, el
negro Michigan, los pintos, el peruano, el mayocoba, entre otras muchas.
—¿Y el frijol con gorgojo?
—preguntó Citlali con ganas de divertirse un poco.
—Ese no se comercia; si lleva plagas, está prohibido.
En algunos casos los patrones de consumo eran muy distintos
y daban resultados extraños. En el pollo, por ejemplo, el muslo y la pierna son
muy apreciados por el consumidor mexicano, mientras que los americanos se
inclinan por la pechuga. ¿Había que comparar el pollo entero, muslo a muslo y
pechuga a pechuga? Se abría así un abanico
de negociación insospechado en un principio.
—A ver, ¿el pollo orgánico
dónde lo dejaron?
—Pues como pollo, ¿dónde más? Solo que eso lo especificas en
el etiquetado…
—A ver si ahora sí lo agarro
en curva —retó ella—. ¿Los tamales con pollo por dónde tienen que pasar?
—No se negocian recetas de cocina. Digamos que solo los
ingredientes… Habría que ver si son más masa o más pollo.
Estaba dispuesta a divertirse a mis costillas:
—¿Y los chiles en nogada?
—Ahí sí va a depender de qué humor esté el agente aduanal[8].
Lo meterá como nuez, como chile o como
carne, según vea.
Citlali se desconcertó un poco… Pero captó rápido:
—Sin albur.
El nacionalismo se coló por la puerta de la tarificación. El
TLCAN era un marco para reducir aranceles y, de pronto, el juego se convirtió
en ver cómo podíamos llegar a los aranceles iniciales más altos posibles, los
cuales se reducirían hasta llegar a cero en un plazo máximo de quince años,
pero estética y políticamente nos ayudaron bastante.
Al finalizar la negociación del TLCAN me tocó asistir a una
reunión de organizaciones campesinas para explicarles lo obtenido. Me citaron
por la mañana en la Casa del Agrarista, en la colonia San Rafael. La calle
estaba llena de autobuses estacionados, que son los que trajeron a los
asistentes desde muchos estados. Cuando me tocó mi turno, me acerqué al podio
para dar mi arenga. Lo primero que hay que hacer es descubrir algún rostro en
el público y fijarnos mucho en él. Su reacción nos va indicando cómo va el
ánimo general, y además, es una forma de controlar los nervios. Cuando esa
persona baja la vista, uno ya sintió que derrotó al auditorio, si lo sentía
hostil. Alcé la vista, y lo que vi fue un patio lleno de sombreros de paja que
cubrían cabezas a las que no se les veía el rostro. Fue triste darme cuenta de
que podría decir lo que quisiera, al percibir su incomodidad de estar tanto
tiempo de pie bajo el sol, con ganas de irse pronto a la sombra a comer su
torta y regresar al autobús. «Logramos
un arancel de los doscientos quince por ciento para el maíz y de los doscientos
setenta por ciento para la papa», dije ante el micrófono, como si hubiésemos
cerrado y no abierto la economía. Era la «venta política» del Tratado, concepto
que nos explicaron bien los colegas norteamericanos. Esa venta se tuvo que
complementar, acertadamente, con un esquema de política pública que canalizó
muchos millones de pesos a los productores. Los hombres sin rostro cobran vida
cuando se trata de dinero. Así nació el
programa Procampo.
—Hace falta la gallina, los
huevos y el cacareo —apuntó Citlali. Guardó su botella de agua y el tupper
de su ensalada y, cuando se disponía a irse, me preguntó:
—Dígame, cuando regresaba a
México después de discutir todo eso, ¿volvía a cenar las Maruchan que venden en
el Oxxo o extrañaba los espaguetis con mariscos que cenaba allá?
—Una sensación extraña. De regreso de Washington, sentado en
el avión, comenzábamos a volar en círculos sobre la Ciudad de México esperando
turno para aterrizar. Después de varias horas de vuelo ya iba fastidiado y
cansado de tanto leer y escuchar música; de pronto me vi en mi casa de
Cuajimalpa, sin otra cosa más que hacer que tomar un libro y poner algún CD. A
la llegada, a muchos de mis colegas los esperaban sus novias o esposas. Solo a
mí no me esperaba nadie. Hacía la fila para el taxi y, al llegar a casa, me
tumbaba a ver algo de televisión sin prestarle atención. Al día siguiente
procuraba hacer algo que me gustara, como ir a caminar al Desierto de los
Leones, que por cierto es uno de los bosques más bellos de coníferas y pinos de
toda la ciudad. Y contestando a tu pregunta, allá vendían unos tlacoyos muy
sabrosos; mis preferidos eran los de haba o de frijol.
—¿No se dio algún gusto, algo
que le compensara por tanta friega?
—Me compré un carro deportivo, muy potente, del año. Una vez
llevé a una fiesta a una chica guapísima de Culiacán; tenía un cuerpazo, hacía
trescientas abdominales al día, según me contó. Bajamos del deportivo
sintiéndonos como actores de Hollywood, pero al poco rato le dolió la cabeza,
me pidió que la llevara a su casa y, en el camino, se fue organizando para irse
a otra reunión.
Me sentí un poco torpe al haberle confiado eso. Y ella no lo
dejó pasar.
—¡Ay, usted! —dijo al final—.
Se compró un carro para apantallar y esa chica nada más lo trajo de chofer.
Pero las bellas durmientes no le fallarían, ¿verdad?
Noche 30. Son gachos.
—En resumen, dígame de que se
trata ese famoso libre comercio del que tanto habla. Ya sé que se trata de
importar cosas. Vea nada más las calles; están llenas de tienditas que tienen
su letrero de “abrimos paca de ropa americana”; o los autos chocolate que traen
todos los que vienen de Michoacán; o unos productos en el super que la verdad
no me encantan. Unos quesos carísimos con etiquetas en inglés, pero que no le
llegan en sabor a un buen queso de tierra caliente. Pero no entiendo que es lo
que hace el gobierno en todo esto.
—Muy fácil. Si nosotros dejamos que cualquiera importe cosas
de Estados Unidos, allá también dejan que sus ciudadanos importen de México
todo lo que quieran.
—¿Y tanta vuelta para decir
eso?
—Acuérdate que el diablo está en los detalles.
La primera reunión formal de negociación del Tratado de
Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) se llevó a cabo en Toronto, Canadá,
el 12 de junio de 1991. Ahí asistimos; fue emocionante por ser la primera. Se
trató principalmente de la mecánica y metodología que se seguirían para atender
los tres grandes temas: acceso a mercados, subsidios internos y medidas
sanitarias y fitosanitarias.
La siguiente reunión fue en Dallas, en agosto de 1991. Esa
vez nos acompañó un contingente enorme del sector privado. El negociador de la
Secretaría de Comercio lanzó la bomba de humo de que excluiríamos el maíz del
Tratado —una posición claramente insostenible, siendo la principal exportación
de los Estados Unidos a México—. No se avanzó todo lo que se tenía previsto, pero
la expectativa del sector privado era enorme. Se resistían a creernos que no
habíamos negociado el producto de cada uno de ellos de forma individual:
«¿Negociaron papa? ¿Negociaron flores? ¿Negociaron cerveza?». A la salida del
salón de conferencias, donde se habían llevado a cabo las pláticas con
americanos y canadienses, así como las reuniones informativas con el sector
privado, cuando me dirigía hacia el hotel me percaté de que me seguía una
verdadera caravana de líderes empresariales y directivos gremiales que querían
platicar conmigo. Logré desaparecer y entrar a la soledad y tranquilidad de mi
habitación. Ese día me sentí muy importante.
Siguieron otras rondas negociadoras en distintas sedes en
Canadá, Estados Unidos y México. La recta final fue sesiones casi
ininterrumpidas en Washington D. C. Entrábamos temprano al edificio neoclásico
del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos mi subsecretario, el
funcionario encargado del tema por la Secretaría de Comercio y yo, con pesadas
carpetas bajo el brazo; nos registrábamos como unos visitantes más y
caminábamos por unos pasillos interminables de mármoles relucientes hasta
llegar al despacho del negociador americano. Se revisaban los temas una y otra
vez y, en particular, el del azúcar, que fue el último en resolverse. Poco a
poco se fueron afinando las listas de desgravación de cada país y el texto del
articulado del Tratado.
En alguna ocasión, ya hacia el final, las organizaciones
ganaderas nos hicieron saber su inconformidad con el tratamiento de
desgravación que estábamos dando a los llamados «despojos y desperdicios de
animales», que es como se clasifican en el comercio internacional la pancita,
el buche, la lengua, los sesos y otras exquisiteces que comemos los mexicanos,
y que para los americanos son meros desperdicios, aunque el volumen de comercio
era grande. Llegó el momento de intercambiar las listas finales entre los tres
países; les expliqué a los colegas que nuestra única opción para superar el
tema de los ganaderos era modificar la lista que presentaríamos, con ese
pequeño cambio, y que yo estaba seguro de que no se darían cuenta. Ya había
visto que, por el lado americano, la lista la revisaba una muchacha desaliñada
con unas gafas enormes, que no parecía estar muy entretenida con ese trabajo. A
nadie le gustó la idea, pero procedimos y funcionó. Tiempo después, ya
inicializado el Tratado por los negociadores en jefe, nos lo echaron en cara; y
a mí más que a nadie.
Conforme avanzaba la negociación y se acercaba el cierre, mi
influencia comenzó a decrecer notablemente. No dejaban de verse “feos” los
aranceles que calculé para muchos productos, dentro de un círculo dominado por
los economistas liberales.
Unos meses antes mi jefe había decidido cambiar al que
supuestamente era mi superior jerárquico, aunque nunca lo fue en la realidad;
yo esperaba que me ascendieran a ese puesto, lo cual no sucedió.
El cierre oficial de las negociaciones del TLCAN original se
anunció el 12 de agosto de 1992 en Washington D. C., tras catorce meses de
intensas sesiones. Al día siguiente, todos los que participamos en la
negociación fuimos citados para una foto oficial de la delegación mexicana. Yo
no asistí.
—Para mí que sus jefes fueron
malas personas, nada más lo usaron —señaló Citlali. Clavó la mirada en el
suelo, como pensativa—. Son… Son gachos —dijo al final, al no encontrar
un adjetivo que los pudiese describir mejor.
Al escuchar eso, «son gachos», mis ojos se llenaron de
lágrimas y comencé a llorar, algo que no me sucedía desde muy niño. Nos
quedamos en silencio durante un buen rato.
—¿Oiga, y sus familiares, su
madre, al menos ellos, no se sintieron muy orgullosos de lo que hizo usted?
—En ese entonces ni cuenta se dieron; solo con los años
percibieron que yo había estado metido en algo muy importante. Mi madre había
enviudado hacía pocos años; el destino la compensó dos años después con el
nombramiento de mi tío Ignacio como gobernador del Estado de México. Se portó
bien con ella: la invitaba a varios eventos públicos, le facilitó la entrada al
voluntariado del estado en cuestiones de salud y ella se dedicó con entusiasmo
a supervisar hospitales, platicar con el personal médico y ayudar a solucionar
problemas. Ella era así, se desvivía por ayudar a «los demás». Ese fue uno de
los traumas que me acompañaron durante un buen tiempo: yo no formaba parte de
«los demás». Y dada la relación especial que siempre tuvo con su hermano menor,
al que cuidó de niño en Alemania, me daba el sentimiento de que nosotros, sus
hijos, estábamos en un segundo lugar. Mis méritos, los que tuviese, se opacaban
totalmente por la sombra gigantesca del gobernador. La gubernatura de su
hermano Nacho coincidió con la negociación del TLCAN, de 1989 a 1993.
Noche 31. Noche del Maíz
Citlali llegó un poco ojerosa. Comentó que la noche anterior
una pregunta no le dejó de rondar por la cabeza.
—Seguido escucho a mis tíos y
a mi abuelo quejarse de ese Tratado en el que usted trabajó. Dicen que desde
entonces no les ha ido bien, que ahora muchos campos están abandonados.
—Te voy a dar mi explicación, sin tratar de convencerte. Con
que me escuches es suficiente.
El maíz es uno de los principales productos de importación
de México. Se cultiva en todo el país: en las llanuras áridas del noroeste que
cuentan con irrigación; en las sierras de Guerrero y Oaxaca, en laderas con
gran pendiente; en los valles del Altiplano, de climas templados o fríos; en
las selvas de Chiapas; en las costas… En algunos lugares hay riego; en otros,
solo dependen del agua de la lluvia. Hay empresas que tienen grandes
extensiones y mucha maquinaria; hay rancheros pequeños y medianos; y la gran
mayoría son campesinos que tienen poca tierra, muchas veces menos de dos
hectáreas, y en algunas zonas hasta miden sus parcelas por el número de surcos,
de tan pequeñas que son. Y estos campesinos, que son la mayoría, no producen el
suficiente maíz para hacer sus tortillas o engordar sus animales. Tienen que
comprar lo que les hace falta, en la tortillería o en alguna bodega, aunque
esté caro, y quienes les venden son las grandes empresas que controlan miles de
hectáreas, o los que lo importan y lo distribuyen en la Central de Abastos.
También pasa que la familia puede tener varias hectáreas,
incluso con riego, pero no las cultivan. Antes toda la familia ayudaba a la
siembra, al deshierbe, a echar fertilizante, a cosechar y a desgranar. Ahora
los jóvenes ya no quieren trabajar en las milpas; prefieren dedicarse a otra
cosa que sea menos pesada y que les deje más dinero. Y también los hombres
ganan mucho más como albañiles o peones. Todo esto —la fragmentación de la
tierra, la escasez de agua, la falta de mano de obra— no es consecuencia del
Tratado de Libre Comercio; este permite que la importación de todos los
productos sea a menor costo porque se les quitaron los aranceles, y eso beneficia
a la mayoría. Para que a todos los agricultores de México les vaya bien, hace
falta que haya buenos programas para apoyarlos y eso no siempre se ha logrado.
Depende de cada gobierno, no del Tratado.
—Por una cosa o por la otra,
los campesinos siempre salen fastidiados —afirmó Citlali.
—Yo también sufro al ver lo que pasa en el campo, aunque
esté convencido de que hicimos lo correcto.
Mi padre me hablaba de cuando era niño y salía a «besanear»
por las milpas con mi abuelo. Caminaban entre los surcos; revisaban si la
semilla ya había germinado, el crecimiento de las matas, la humedad de la
tierra, si había que limpiar o deshierbar, o si había evidencia de alguna
plaga, entre otras cosas. Ya después checaban si el maíz estaba jiloteando, si
habían salido las mazorcas y si iban llenando bien. Decía que el premio mayor
era encontrar los huitlacoches, y desde que los recogían se deleitaban con el
taco que les prepararía la abuela. Evocaba a las mujeres del rancho moliendo el
grano en sus metates, torteando a mano las bolitas de masa y echándolas al
comal, y el gusto supremo: ¡comérselas infladas con tantita sal!
Siempre me habló con admiración de la «milpa». Es un predio
donde se entrevera el maíz con frijol y calabaza, y a veces otros cultivos. El
frijol abraza el tallo del maíz y le aporta nitrógeno a la tierra; la calabaza
extiende sus hojas grandes para proteger el suelo del sol y mantener la
humedad; el chile ahuyenta a las plagas. Los cultivos no compiten entre sí; al
contrario, se complementan. Si al maíz le cae el chahuistle o lo tira el
viento, el agricultor recoge una espléndida cosecha de frijol o calabaza. El
modelo de la milpa es el opuesto a la agricultura comercial a gran escala,
donde se cultiva un solo producto y se generan artificialmente las condiciones
para obtener altos rendimientos por hectárea: fertilizantes inorgánicos,
plaguicidas químicos, semillas mejoradas y, más recientemente, transgénicos.
—Prefiero mil veces la milpa —sentenció
Citlali.
—De preferir, yo también. El problema es que con lo que se
obtiene no se produce lo suficiente; tendríamos que importar muchísimo más maíz
del que se trae ahora.
Me levanté y me acerqué a unos estantes donde estaban los
libros que pertenecieron a mi abuelo Guillermo. Tomé el Nuevo
Diccionario de Agricultura, Teórico-Práctica y Económica y de Medicina
Doméstica y Veterinaria, por el Excmo. Sr. D. Juan Álvarez Guerra. Madrid,
1844. Un bello volumen empastado en cuero con letras doradas grabadas en el
lomo.
—Aquí se documentaba él para trabajar sus tierras —añadí—. Y
luego le mostré un libro con todas las
variedades de maíces que hay en México… los blancos, los cacahuazintles, los
azules, los morados, cada uno con sus características únicas de sabor y de
aclimatación biológica.
Me quedé un rato pensativo y añadí:
—Hay un libro que me falta, que no he conseguido: La
filosofía náhuatl, de Miguel León-Portilla, Y otro, que es el que me
gustaría escribir…
—¿Y ese cuál es? —preguntó
Citlali.
—¿Te has fijado en todas las palabras de origen náhuatl que
nos han brincado esta noche, y muchas otras más que ha adoptado el español? La
milpa, el jilote, el chahuistle, el metate, el tamal, el cuate, el chicle, el
tocayo, la jícara, el ayoyote…
—¡Lotería! —gritó Citlali, en
broma.
—¡Exacto! Me leíste el pensamiento. Quiero hacer un homenaje
al idioma náhuatl; uno que no sea una simple recopilación de vocablos adoptados
por el español, sino un rescate de su esencia. Es una lengua que conecta
directamente con las cosas. El ahuehuete no es solo el nombre de un árbol: es
el «viejo del agua», una evocación de la alianza entre el hombre, los elementos
y el árbol como un ecosistema vivo.
Al unir in atl e in tepetl («el agua, el
cerro») para significar «pueblo» o «comunidad», el náhuatl establece una
condición ecológica insalvable: no puede existir sociedad humana sin el
resguardo de la montaña y la pureza del acuífero. El concepto mismo de
civilización depende de la salud de los elementos.
Por eso, hacer una apología del náhuatl hoy no es un
ejercicio de nostalgia folclórica; es reconocer que en sus metáforas floridas
reside una racionalidad ambiental más avanzada que la de nuestros modelos
económicos actuales. Esta lengua nos recuerda que la verdadera sustentabilidad
no consiste en mitigar los daños del progreso, sino en restaurar el cordón
umbilical que nos une a todo lo que respira. Salvar el náhuatl es, en última
instancia, salvar la posibilidad de volver a escuchar a la Tierra.
—A todo esto,
¿de dónde le viene el interés por el náhuatl? No es algo que sea bastante
común.
—Desde el día que conocí a una
Estrella.
Noche 32. Rebelión en la Granja.
Antes del final del TLCAN, en la fase más intensa del
proceso, mi subsecretario tuvo que sustituir al director general de Asuntos
Internacionales, quien era mi jefe formal y directo, aun cuando ya casi todos
mis asuntos los viera con el subsecretario. Es lo que en la burocracia se llama
«estar puenteado». Yo no tenía el perfil diplomático que requería el puesto;
era un luchador de trinchera, un «peleador callejonero», como nos bautizó un
día uno de nuestros colegas. Pero en esos momentos mi función era una de las
más importantes de toda la Secretaría.
Mi subsecretario se inclinó por un joven que no alcanzaría
los treinta años, prácticamente sin ningún fogueo ni experiencia. Era hijo de
un alto funcionario de la administración del presidente Salinas, y mi jefe
tenía esa concepción de la política: la de tejer redes de amistad y lealtad.
Varios juniors del gobierno y de los negocios entraron a trabajar con
él, a quienes el resto del equipo apodamos los golden boys. Una mañana
mi subsecretario me mandó llamar; me informó que ese joven sería el elegido y
que había pensado que yo y mi grupo formaríamos una unidad administrativa
aparte, a lo que llamó un relaunching de la Secretaría. Le encantaba
mezclar en sus conversaciones términos en inglés. Le pregunté si tendría mis
oficinas aparte. Me dijo que sí, pero que por lo pronto no.
No era ingenuo y sabía cómo se movían los hilos de la
burocracia. Esa nueva unidad difícilmente vería la luz. Al llegar a mi oficina,
en aquel entonces en la avenida Benjamín Franklin, me reuní con mis
colaboradores cercanos, analizamos la situación y alguno dijo: «Vámonos». Hablé
con un amigo mío que dirigía el organismo que canalizaba todos los subsidios,
le pedí prestados espacios de oficinas y me los concedió. Era una sala no muy
grande donde cabrían dos o tres escritorios más un mezanine abierto. Sin pensarlo
mucho empacamos papeles y computadoras, escritorios y archiveros, conseguimos
unas camionetas pick-up prestadas de la dirección de estadística e
hicimos la mudanza. Cuando se enteraron mi subsecretario y el nuevo titular de
la dirección general a la que habíamos pertenecido, ya eran hechos consumados.
Fue un golpe de audacia; una clara insubordinación institucional. Nos pudieron
haber fincado responsabilidades graves por haber sustraído material y equipo de
esa manera, sin ningún tipo de autorización. Las consecuencias no pasaron a
mayores; en retrospectiva, creo que fue una falta grave que mi jefe dejó pasar.
Citlali dejó de trazar en su libreta, levantando las cejas
con genuino asombro:
—Wow. Eso sí que fue un golpe
de audacia. ¿Pero a ver, los polis no les dijeron nada cuando sacaban las
cajas?
—No. Les dije que era por instrucciones mías. Mi rebelión
fue timbre de orgullo, pero me generó grandes incomodidades e hizo patente a
todos los demás que, si bien éramos importantes, tampoco lo éramos tanto.
El tema de los subsidios internos y a la exportación no se
resolvió en el TLCAN, sino hasta el final de la Ronda Uruguay del GATT. El 15
de diciembre de 1993 se alcanzó el acuerdo final en Ginebra, Suiza. Yo me
trasladé algunos meses antes para allá. Vivía en el hotel Holiday Inn pegado al
aeropuerto, que tenía unas ventanas fantásticas de tecnología europea que
aislaban totalmente el ruido de los aviones. El hotel tenía una piscina
climatizada subterránea y un pequeño gimnasio bastante bien equipado, a donde
comencé a ir para desestresarme. Los desayunos eran una delicia en un
restaurante con alfombras y barras relucientes: me tomaba mi chocolate caliente
acompañado de los típicos croissants y leía los periódicos, cortesía de
la casa.
—Otra vez los periódicos. Les
hubieran inventado antes las tabletas y el internet.
—Pues eso sí era bonito: tomar el periódico y leer los
titulares. Lo complicado era pasarte las horas tratando de mandar un telefax;
era como una fotocopiadora conectada al teléfono que iba transmitiendo las
páginas con los informes. Tomaba un autobús después de cruzar unos llanos
yermos por los rigores del otoño y llegaba a la oficina de la representación de
México. Era el representante de agricultura, no era de los de casa, y muchas
veces notaba que los colegas de comercio bajaban la voz cuando pasaba. El tema
principal de la Ronda era la agricultura y era el mío.
Llegó la fase final: todos los países presentaron sus listas
definitivas para que las conocieran todos los demás y pudieran revisarlas.
Elaboré la que correspondía a México, detallando todos nuestros compromisos en
materia de subsidios y acceso a mercados. Me tomó horas de estudio de las
listas previas que habían presentado otros países, de manera particular la
Unión Europea. Ellos eran unos magos para presentar sus cifras: ofrecían, por
ejemplo, una cuota muy atractiva de acceso a su mercado de azúcar —uno de los
más codiciados del mundo por los diferenciales de precio—, pero le ponían un
pequeño asterisco que decía algo así como que esa azúcar podría estar
incorporada a productos que contuviesen azúcar, seguido de otro asterisco que
remitía a otra página muy lejana de la lista, donde se mencionaban cuáles
podrían ser esos productos, como chocolates, chicles y refrescos, y otro
asterisco que llevaba a otra página perdida donde decía qué porcentaje de la
cuota correspondía a cada uno de esos productos. Todo eso para decir que no
darían ninguna cuota de azúcar al resto del mundo, pero que les podríamos
mandar ciertos volúmenes de dulces, galletas azucaradas, refrescos y bombones
de chocolate.
Sabía que Citlali me interrumpiría y, en efecto, así fue:
—¿Como por ejemplo chamoys?
—Así es, porque llevan pulpa, chile y algo de azúcar, pero
no me imagino a un inglés comiéndose uno.
—Para la próxima traigo.
Frente a mi casa se pone una señora que los vende y, además, ¡unos mangos con
chile piquín! Buenísimos.
El subsecretario de Comercio llegó a Ginebra para esa ronda
final y para supervisar la entrega de nuestras listas. A su llegada nos había
dicho que la prioridad del gobierno mexicano era mantener cerrado nuestro
mercado azucarero, algo que parecía imposible de negociar. Elaboré las listas
siguiendo la metodología de la Unión Europea y creo que hasta le puse unos
nuevos asteriscos para despistar. Uno de los colegas, me parece que el
embajador, bautizó a este esquema como «el submarino». No todos creían en mi
submarino, pero no había opción; lo lanzamos y funcionó. Al igual que con las
vísceras y despojos de animales en el TLCAN, al tiempo llovieron las
recriminaciones, pero ya no me tocó responderlas a mí.
Y al igual que en el TLCAN, había negociadores de carrera
que nunca se sintieron cómodos con mis estrategias. En alguna ocasión uno de
ellos, que años después llegaría a embajador, mi dijo: «Si me pones a elegir
entre perder reputación de negociador o perder en alguna concesión en algún
sector, yo prefiero mil veces…». «¿Qué prefieres?», pregunté con tono
desafiante. Reculó y dijo sin ningún convencimiento: «Salvar a ese sector». En
una ocasión, no recuerdo el tema, tuve una discusión con él por algo similar en
una noche de tormenta de nieve y le dije: «Si te pones en ese plan, yo no estoy
dispuesto. Me voy». Y me salí a la calle. No había taxis, ya no había
transporte, soplaba un aire gélido proveniente del lago Lemán y, como pude,
llegué al Holiday Inn medio congelado, ansiando mi taza de chocolate caliente
para encontrarme con la sorpresa de que el restaurante llevaba varias horas
cerrado.
—No me lo imagino —intervino
Citlali—. Yo lo veo en la estética muy quietecito esperando turno, pero antes…
¿Era muy berrinchudo? Un día se salió de las oficinas con todo y muebles… Y
otro día se enojó y se sale caminando en medio de una tormenta de nieve.
—Ahora que lo mencionas… Pues supongo que sí. A veces sí me
enojaba mucho y regañaba feo a algunas personas… Pero ya me pusiste a pensar.
Creo que me di demasiada importancia y debí ser mucho más paciente, más easygoing,
¿cómo te lo explico?
—Que se le hubieran resbalado
más las cosas y que no se las hubiera tomado tan a pecho.
—Correcto. Pero pues ya tendrá que ser en otra vida.
La reunión ministerial que formalizó todos los acuerdos de
la Ronda Uruguay se celebró en Marrakech, Marruecos, del 12 al 15 de abril de
1994. Poco antes recibí una llamada del subsecretario de Comercio —la
única de él en todo este periplo—, en la que me invitaba a asistir con
él a esa reunión, porque quería que todos los que habíamos participado
pudiésemos estar presentes para celebrar. Se lo agradecí muchísimo, Era un
reconocimiento a mi labor del más alto nivel.
En Marrakech no tenía ya ninguna función más que la de
música y acompañamiento, así que la pasé bien, recorriendo los callejones y
bazares de esa mítica ciudad; compré un cuchillo árabe que tengo en la vitrina
y unos tapetes estilo árabe. Mis paseos
fueron solitarios. Fuimos varias veces a un casino, me parece que en el hotel,
junto a unos colegas muy divertidos. En ese casino aposté poco —como siempre,
cauteloso—, pero la suerte me sonrió y gané bastante para mis estándares. Sigo
agradecido por esa invitación.
Noche 33. Los Eleuterio
Al despertar de mi siesta puse algo de música lounge.
En eso escuché un ruido seco, como un golpe, y salí al pasillo a asomarme.
Citlali estaba ahí, medio pálida; al lado tenía una cubeta y un trapeador.
—Qué susto. Me tropecé. ¿Quién
dejó esa cubeta atravesada? —preguntó.
—Seguro que fue la señora que vive aquí.
—¿Qué? ¿Cómo dijo? Primera
noticia…
—Te voy a contar. En la casa vive una familia que me ayuda.
La mamá, Delfina, es de un pueblito muy pequeño en la zona mazahua, allá por
San Felipe del Progreso, y trabajó en la Ciudad de México con mi madre, cuando
todavía vivía en la casa grande en la que habitamos todos de jóvenes. Tenía un
niño pequeño, muy listo y bien portado, pero se regresó al pueblo porque un
segundo bebé venía en camino. Algunos años después tocó a la puerta; iba
cargando a una niña muy pequeña envuelta en el rebozo. «Solo le pido que me dé
posada por esta noche, estoy buscando trabajo, ya se hizo de noche y no tengo
dónde dormir», le dijo. Coincidió con que mi madre no tenía por esos días quien
le ayudara y entonces se quedó con ella de planta, con la niña. Como dicen, se
juntaron el hambre con las ganas de comer. Yo estaba viviendo ahí, de vuelta,
por el problema de salud que tengo… Ya sabes cuál es.
—Sí, obvio: el cuello —dijo
Citlali.
Parece que se entendieron bien para la limpieza, la comida,
el lavado de la ropa y todo lo que hay que hacer. Un día subió la señora,
Delfina, a presentarme a la niña, que tendría unos cuatro años. Me resultó
simpatiquísima. «A ti ya te conozco», me dijo muy segura. Me causó gracia, pues
no recuerdo haberla visto antes. Nos caímos bien y a veces subía la niña por la
escalera para saludar. Un día, para entretenerla, le presté un lápiz y un
cuaderno, y le dije: «Pon atención, te voy a enseñar la letra A». A la semana
ya le había enseñado las vocales y dos o tres consonantes; a las dos semanas,
unas sílabas sencillas, y como a los tres meses ya sabía leer. Yo estaba
fascinado con el progreso que hacía y también con los comentarios que soltaba,
como toda niña ingenua que está descubriendo el mundo.
Después enfermó mi madre y se tuvo que mudar a vivir a
Tlatelolco, a su ahijada: un conjunto de vivienda popular repartido entre
muchos edificios multifamiliares, construido en los años cincuenta con
inspiración soviética. Delfina y la niña se fueron con ella. A partir de
entonces fueron su compañía, sus cuidadoras y sus acompañantes. La niña, que es
muy lista, se encargaba de darle las medicinas y vigilar que se las tomara. Mi
madre le dijo que ella sería su maestra, y ese título se le quedó por siempre.
Unos meses después decidimos que mi madre estaría mejor en
la casa del rancho de Valle de Bravo, y así fue que nos vinimos para acá con
ellas dos acompañándola, más otra hija que se había quedado en su pueblo, con
sus abuelos, así como al niño que vivió antes con nosotros —que ya era un
joven—, porque no podía ir a trabajar a México con dos criaturas. Más adelante
también se vino a vivir al rancho el niño, a cursar su preparatoria en el
Colegio de Bachilleres. Así que en esta casa convivimos mi madre y yo, y los
cuatro miembros de la familia Eleuterio. Delfina es madre soltera.
—Qué bien que se reunió toda
esa familia alrededor de su madre. Entre todos se acompañaron.
—Mi madre solía decir: «Llórate pobre, pero nunca te llores
solo». Ella ya llegó a Valle de Bravo muy mayor. Acá cumplió los noventa años y
acá murió a los noventa y cuatro. Se quejaba mucho: «¿Qué hago yo aquí trepada
en este cerro?», decía; pero muchas otras veces la pasaba bien, disfrutando de
su patio con orquídeas en su hamaca; también salía al jardín para contemplar la
vista a la laguna. Su último proyecto fue un jardín de cactus al que le puso
mucho entusiasmo. Algunas veces fuimos a Tejupilco, a Ixtapan del Oro y a Santo
Tomás a buscar cactus y a traer piedras de río para darle al jardín un toque
japonés. En los meses de octubre y noviembre, después de las lluvias, el cerro
se cubre de flores silvestres: blancas, amarillas, rojas, lilas, violetas, de
todos los colores. Le encantaba hacer un gran ramo con ellas y se sentaba largo
rato a oler y contemplar sus flores.
Cuando mi madre falleció no me quise quedar solo en este
cerro, ni tampoco me quise regresar a mi casita de México, así que les pedí que
se quedaran y son las personas que me ayudan con el aseo de la casa, la comida
y la ropa. Y por las noches las invito a que vean las noticias conmigo; es
nuestro ritual de convivencia...
—Esa familia vale más que
cualquier escritura. Le alegraron sus días a su madre y ahora a usted.
—También me dan algunas preocupaciones, sobre todo los
hijos; les ha costado trabajo ir encontrando su camino.
Noche 34.
En el Cerro de Enfrente
A lo lejos, en la
penumbra del valle, se escuchó el eco amortiguado de unos perros ladrando.
Citlali se asomó por el ventanal, tratando de adivinar de dónde venía el ruido
en medio de aquella boca del lobo.
—Allá enfrente,
donde se ven esas luces titilantes, los perros siempre ladran más fuerte —le
comenté, llamando su atención.
—¿Ah, sí? ¿Y ahí quién vive? ¿Algún vecino ruidoso?
—Peor que eso: una
prima mía. Una que también heredó terrenos de la abuela Omma.
Mi madre y ella se
entendieron bien durante muchos años; yo creo que las dos eran un poco rebeldes
a su manera. Pero cuando nos vinimos de México a vivir acá, la cercanía las
alejó; se han de haber hecho más evidentes sus diferencias. Mi madre siempre trató
como iguales a las personas humildes, ya fueran los cuidadores y sus familias o
las señoras que ayudan en casa: a todos. En sus últimos años se sentaba por
horas para platicar con el cuidador que teníamos sobre el clima, las milpas,
cómo eran las cosas antes en Valle de Bravo, las costumbres y las tradiciones.
Pocos meses antes de su muerte, él le trajo a regalar una fotografía enmarcada
de sus abuelos, don Pedro y doña Teresa, que fueron cuidadores en la época de
la abuela Omma. Mi madre la colgó en su habitación, sin que significara nada
más que un buen recuerdo.
Mi prima, por el
contrario, con el paso del tiempo se fue sintiendo cada vez más
«aristocrática», sobre todo por la historia del rancho, y la vida cosmopolita
de la abuela Omma. El obispo Joaquín Arcadio Pagaza fue nuestro tío bisabuelo,
y de ahí se colgó mi prima para armar la aristocracia familiar. Al mismo tiempo
se volvió más que notoria su incomodidad de convivir con las personas humildes.
El día que murió mi madre, lo primero que hizo al entrar a la habitación donde
yacía fue tomarle una fotografía con su celular; y lo segundo, descolgar el
cuadro de don Pedro y su mujer.
—¡Qué mal gusto! —gritó
Citlali, escandalizada.
—Hace poco, la hija
de mi prima trajo a bautizar a su bebé a Valle de Bravo y después hubo una
comida, muy sabrosa, servida en su jardín. Se me ocurrió llevar a una de las
niñas de Delfina para que obsequiara una bolsa de galletas a los invitados.
Hubo algunos incidentes que no voy a relatar, aunque reconozco que me faltó
tacto. A la semana mi prima arremetió duramente contra mí por teléfono:
hablando con un conocido cercano de ambos, despotricó contra los Eleuterio y
contra mí por llevar gente a su fiesta que no había sido requerida y, ya
encarrerada, hizo sugerencias groseras sobre el tipo de convivencia que habría
dentro de mi casa. No dejé terminar al conocido que me relató la plática; dije
que mi prima se podría ir directamente a…
—¡A chingar a su madre! —Citlali soltó en un soplido las palabras exactas que yo no me animaba a
utilizar.
—Mi prima siempre
se juntó con mis tíos Pichardo y se llevaba bien con ellos, ya que
generacionalmente estaba más cercana a ellos que a muchos de sus primos. Los
últimos años de mi madre en Valle de Bravo fueron agridulces. Entre esa prima,
mis tíos y mi madre hicieron críticas constantes hacia mí que no solo me
amargaron algunos días, sino también a mi madre. Esa práctica del chismorreo
familiar, que ya había sufrido en la adolescencia, volvió intensificada por
aquellos días. Es el tipo de cosas que suceden cuando se cruzan visiones
distintas del mundo y cuando las personas no han aprendido a ser tolerantes las
unas con las otras. Y me incluyo en el mismo saco: también he sido intolerante
con mi propio hermano por cuestiones distintas, pero parecidas.
—O sea que en ese cerro nadie deja de tirar pedradas —concluyó Citlali—. Todos traen espinas:
unos de nopal y otros de huizache.
—Todos —admití—.
Por eso te digo que sigo sin encajar. Ni con los de enfrente, ni con los míos.
Noche 35.Campaña
Política
—¿Sabe a quién vi hoy? A Zudikey, que va de candidata del PRI a la
presidencia municipal. Usted debería animarse.
—¿Con ella?
—No sea bobo… Eso me pasa por andarle inflando el ego.
—¡Ya ves cómo sí es
divertida la política! Con ustedes, la mujer, la profesionista, la promotora de
la salud y la belleza, ¡nuestra inigualable candidata, Citlaliiii…!
—Ni que fuera teibolera —soltó divertida, y a los dos nos ganó la carcajada—. Hágale, hablemos
de la política, se ve que disfruta el tema.
El 23 de marzo de 1994 asesinaron al candidato presidencial
Luis Donaldo Colosio. Me enteré durante una escala en Houston, en un viaje
relámpago que teníamos planeado para resolver algún asunto relacionado con el
aterrizaje del TLCAN. Unos días después el partido en el poder designó a
Ernesto Zedillo como candidato sustituto y, al poco tiempo, este nombró a mi
subsecretario coordinador de Asesores del candidato del PRI a la Presidencia de
la República.
No lo vi por esos días. Nos fuimos enterando de a poco
quiénes de nosotros ya se habían ido con él; fueron los golden boys los
primeros en acompañarlo. Desde la oficina de la campaña me llamaba de vez en
cuando alguno de ellos para pedirme alguna nota o tarjeta informativa por parte
del coordinador; yo me negué pues él no me había llamado de forma directa. Un
día lo hizo: fue un diálogo muy breve, de no más de un minuto, y me instruyó a
que me moviera de inmediato a unas oficinas de apoyo que tenía por el sur de la
ciudad.
Nuevamente, la vorágine. El trabajo consistía en preparar
discursos al por mayor sobre todos los temas posibles; ya no solo de economía,
sino de ámbitos tan distintos como la pobreza, el rol de la mujer, el nuevo
indigenismo a raíz del levantamiento zapatista, la planeación urbana, entre
muchísimos otros que tiene que atender un candidato en campaña. Me negué a
seguir las instrucciones de los golden boys, pero tuve que aceptar las
órdenes que venían de la secretaria particular de mi jefe. Por aquella época me
sentaba frente a la computadora varias horas seguidas, sin parar, y elaboraba
un discurso de principio a fin. No era pura retórica; por la trayectoria del
candidato y la del coordinador, todo lo que se decía tenía que ir bien
documentado, avalado con hechos y cifras que nos llegaban de muchísimos
lugares, principalmente de las entidades y dependencias del gobierno federal.
Para preparar los discursos que daría el candidato en alguna
entidad federativa, nos mandaban de avanzada a platicar con funcionarios y
empresarios locales para conocer de primera mano las preocupaciones y
expectativas de cada lugar. Nos dividieron por estados; a mí me tocaron, entre
otros, los discursos de Sinaloa y Tlaxcala. Hice la visita a Mazatlán y
Culiacán. Éramos bien atendidos y recibidos pues, a ciencia cierta, nadie sabía
cuál era nuestro vínculo exacto con el candidato ni con el coordinador. Conversábamos
con muchos actores clave, tomaba notas y, de regreso en México, me sentaba a
redactar. Se volvió casi una terapia para mí concentrarme por horas en un tema
particular, buscando contenido de interés y una forma sonora y retórica para
decirlo.
Un conocido mío estaba en un puesto importante en los temas
administrativos de la campaña. Un día que comimos con él nos pidió que le
diéramos nuestra tarjeta de presentación. No teníamos.
—Yo les mando a hacer unas. ¿Qué puesto tienen?
Atinamos a contestar:
—Asesores del coordinador.
—Pero a ver: su jefe coordina a los asesores; entonces,
ustedes son asesores del candidato del PRI a la Presidencia de la República.
Cuando se enteraron en la oficina de mi jefe de esas
tarjetas, casi nos corren: «Ustedes son nada más unas personas que trabajan
para Luis», nos sentenciaron. Las tuvimos que devolver, pero sí me guardé una
cajita, pues el título era pomposo y apantallaba, con los logotipos de la
campaña y del partido.
—¿Le gustaba ese trabajo de
escribir discursos?
—Me encantaba. Sobre todo, cuando
ya tenía los datos y el material necesario, y me sentaba a redactar. Era un
deleite ver cómo se formaba cada párrafo, con su idea central, para luego
pulirlo hasta que sonara bien. Después seguía el próximo, buscando la manera de
hilarlo con los demás. A veces me hablaban y no escuchaba a nadie; estaba
completamente absorto. En esos discursos se planteaban ideas y se razonaban.
También disfrutaba ver desfilar las letras en la pantalla, al ritmo que mis
dedos marcaban en el teclado; era un gozo intelectual, pero también físico. En
cambio, los políticos actuales se plantan frente al micrófono a improvisar.
Solo repiten eslóganes y descalifican al rival, sin el menor cuidado por las
formas. Usan muletillas al por mayor y dejan frases sin terminar; en fin, un
desastre absoluto.
—Un trabajo bastante
solitario, como casi todos sus pasatiempos: los libros, el jardín... —remató
Citlali, pensativa.
Pasada la elección, el coordinador se perfilaba para un
puesto de primer nivel y de la mayor cercanía con el presidente electo. Yo
sabía que mi cercanía con él ya se había diluido y que, si quería seguir en el
equipo, tendría que cuadrarme ante alguno de los golden boys. Me negué.
Un domingo, varias semanas después de la toma de posesión, el que fuera mi jefe
mi citó muy temprano en la mañana en la residencia oficial de Los Pinos. Llegué
puntual. Las oficinas de la Presidencia estaban en remodelación; pude asomarme
al despacho presidencial, en obra gris, al igual que al salón de sesiones del
gabinete. Pasaron las horas y mi exjefe no llegaba. Después del mediodía, o ya
entrada la tarde, apareció, me vio y soltó:
—¿Tú qué haces aquí?
—Me citaste.
—Ah, perdón —dijo, y se siguió de largo.
Así comencé el sexenio del presidente Ernesto Zedillo: sin
trabajo, expulsado de la residencia presidencial.
—¿Fue el mismo jefe que no lo
ascendió cuando estaban negociando el libre comercio? —preguntó Citlali.
—Sí, el mismo.
—Ya se lo había dicho antes:
ese señor era gacho. Pero usted tampoco era una «perita en dulce».
—Sí, tengo que reconocer que por momentos me ganó la
soberbia —admití—. Podría haber sido más dócil, pero después de ese sexenio de
locura mi ánimo estaba exaltado y mi salud había comenzado a mermar. La dignidad,
antes que nada, aunque no dé para comer. Más serenidad en las horas críticas me
hubiera sido de gran utilidad a lo largo de la vida. Las oficinas del
presidente estaban en una edificación junto a la residencia, una casa enorme.
La casa-oficina tenía una escalera a la mera entrada, no muy ancha, que llevaba
al segundo piso. En ese mezanine, una de las puertas daba al despacho
presidencial, que estaba todo desmantelado, en remodelación. El espacio era
agradable, muy amplio, y tenía un ventanal en semicírculo que daba a los
jardines de Los Pinos: el césped muy verde, impecable, y árboles centenarios,
frondosos, imponentes. En el poco tiempo que me dejó el guardia contemplar el
despacho, vi varias ardillas trepar por los troncos y brincar entre las ramas…
—Como aquí en su rancho
—interrumpió Citlali—. Cuando llego las veo correr por el jardín y luego
treparse a algún guayabo. También he visto correr a los conejos y perderse
entre la maleza…
—Ya me hiciste el día —le sonreí—. No se necesita estar
sentado en esa oficina para contemplarlas. Y mucho me temo que el presidente
muchas veces ni siquiera haya estado de humor para pensar en ellas.
Noche 36. Error de Diciembre
—Hola Citlali. Qué bueno que hoy vienes con tu uniforme de
enfermería. Nos toca analizar un caso
clínico extraño.
—La distonía cervical como la
suya la padecen 300 personas por cada
millón, o sea que hay unas 39,000 personas perdidas y aisladas en todo el
territorio nacional. Lástima que sean tan poquitos…
—¿Te gustaría que fuéramos más?, le pregunté con ganas de
bromear. Otra vez me vas a inflar el ego.
—Payaso. Sígale así y menos
van a inventar una cura.
El cuerpo comenzó a fallarme en agosto de 1994, ya pasada la
elección presidencial. Me dirigía hacia Toluca en un flamante vehículo
deportivo que me había comprado. Iba con otro «asesor del candidato» a
entrevistarme con uno de los más altos funcionarios del gobierno del Estado de
México. Él lo había contactado; él también se había guardado una cajita con las
tarjetas de presentación «faroleras» que nos habían incautado y, sí, abrían
puertas. Le dimos una breve consultoría para la planeación estratégica de su
área, para lo cual fuimos unas seis veces a Toluca a reunirnos con las
distintas áreas a su cargo. Me gustó ese trabajo, pero… en lo personal estaba
desconcertado.
En ese primer viaje a Toluca, a la altura de Lerma, ¡cómo
olvidar ese primer momento!, mi cabeza dio un giro brusco hacia la izquierda.
Me desconcertó; el tirón fue fuerte. Siguieron otros, todos para el mismo lado.
Solo logré controlarlos colocándome la mano izquierda en la mejilla. Así tuve
esa primera entrevista y luego todas las reuniones que siguieron después de esa
fecha. Llegué a mi casa de Cuajimalpa, me serví un trago de ron y me senté en
uno de los sillones de la sala, tratando de relajarme. Los tirones no cedían y
se los atribuí al estrés acumulado. Por la mañana me levanté y me sentí bien,
pero al poco tiempo, al rasurarme, los tirones volvieron.
—Eso sucedió hace treinta y
dos años —intervino Citlali—. Los tratamientos han evolucionado mucho.
No crea que no comprendo el drama que comenzó a vivir.
Como pude me fui a trabajar a la oficina de la campaña, que
ya por esas fechas operaba como oficina de apoyo a la transición del gobierno.
«A mi jefe le dio el mal de San Vito», escuché que dijo una colaboradora muy
joven que tenía. El ritmo de trabajo disminuyó considerablemente y tenía la
esperanza de sentirme mejor, pero no fue así. Intenté varias cosas; una de las
primeras fue una gran parranda con uno de mis amigos abogados de la campaña
para el desestrés: nada. Me acordé de un amigo de la preparatoria que se volvió
doctor con especialidad en rehabilitación física. Tuve varias sesiones en su
consultorio: la enfermera que lo ayudaba me aplicaba calor, unas ondas como
pulsaciones para relajar los músculos del cuello y, al final, algo de masaje.
Siempre ayudan esas sesiones para la relajación; los tirones del cuello tal vez
bajaban de intensidad, pero pasadas unas horas volvía a lo mismo. Me
recomendaron utilizar un collarín blando para controlar esos tirones; servía
para detenerlos, pero no los eliminaba. En esas condiciones me tocó enfrentar
el cambio de gobierno.
Por aquellos primeros días de diciembre de 1994 fue mi cita
fallida en la residencia oficial de Los Pinos. Todos los días estaba al
pendiente de la prensa para enterarme de los nuevos nombramientos que se iban
dando, de nivel subsecretario hacia abajo. Conocía a algunos de los nuevos
funcionarios y me entrevisté con varios de ellos, sin que me dijeran nada concreto.
Un día fui a ver a un exjefe, quien había sido designado como coordinador
general de Puertos y Marina Mercante en la SCT. «En puertos ya tengo a alguien;
pero si quieres, puedes ser el director general de Marina Mercante», me
propuso. Acepté en el acto. «Empiezas el primero de enero. Acá te espero». Si
notó mis movimientos en el cuello no dijo nada; tal vez pensaría, al igual que
yo, que sería algo pasajero.
Faltaban algunos días para la Navidad, así que me fui a
Acapulco, yo solo, pues no hubo tiempo de planear nada con nadie. En la piscina
del hotel disfruté de las piñas coladas, del movimiento incesante de los
turistas, y de la vista de muchas chicas guapas, a quienes miraba de reojo a
través de mis gafas oscuras. La otra escena que nunca olvidaré recuerdo son los
cartelones a las afueras de las casas de cambio en Acapulco, donde señalaban la
paridad del día: tres cincuenta los primeros días, cuatro los siguientes y
cinco cuando me regresé a la Ciudad de México antes de la Navidad. Así viví el
estallido del «error de diciembre».
En alguna ocasión, meses atrás, me tocó estar en una reunión
con mi jefe el coordinador y algunos de sus golden boys y sus
consultores de cabecera, en la que se habló del tema macroeconómico. Varios de
ellos tenían la idea de que era necesario impulsar el crecimiento económico y
que podía aceptarse cierto aumento en la inflación. Tenían un enfoque neokeynesiano
que habían traído del MIT, y argumentaban que el mayor crecimiento
fortalecería las finanzas públicas después, por la vía de una mayor
recaudación. Hacía tiempo que yo había dejado la macroeconomía, pero tenía
claros algunos pocos conceptos. Primero, que es imposible escoger una mezcla
óptima de crecimiento con inflación —el llamado fine-tuning—; la
inflación termina por imponerse. Segundo, que la credibilidad de un anuncio de
política era crucial. Argumenté que la gente no entendería los modelos tan
elaborados de mis colegas del MIT y solo percibirían un anuncio de gasto
público expansivo; me pronuncié por un discurso que llamara a la prudencia
fiscal y a la preservación del equilibrio macroeconómico.
No sin pedantería, uno de los golden boys soltó la
frase en inglés de que mi postura era «neither desirable nor possible».
Traía yo además las últimas cifras de la balanza de pagos de México y el
mensaje era potente: el déficit comercial era insostenible y los flujos de
capital que lo financiaban eran de corto plazo y, por tanto, volátiles. No me
hicieron caso, pero me quedó la tranquilidad de haberlo dicho.
Durante los días posteriores a mi regreso de Acapulco, los
noticieros de televisión eran imperdibles. Íbamos de sorpresa en sorpresa,
entre ellas la renuncia de Jaime Serra Puche el 28 de diciembre y el
nombramiento de Guillermo Ortiz el 29 como su sucesor. ¡Dejaba la Secretaría de
Comunicaciones y Transportes! No me lo podía creer. Para Ortiz era un ascenso,
pero a mí me dejaba, si no en el desamparo, sí en la incertidumbre total.
Ese fin de año lo pasaríamos con la familia de mi madre.
Para mí, 1994 terminó de una manera desastrosa, pero la familia debió de haber
estado eufórica. A raíz del asesinato de Colosio, al hermano de mi madre, el
tío Ignacio, lo nombran primero secretario general del PRI y luego presidente de
este, desde donde operó la campaña de Zedillo; es decir, la operación política,
pues mi jefe estaba dedicado al armado del programa del nuevo gobierno. El
presidente Zedillo lo nombró secretario de Energía el primero de diciembre.
—Ese fue su tío Nacho, al que
su madre cuidó de chiquito, el que fue gobernador, al que quiso como si hubiese
sido su primer hijo… —comentó Citlali.
—El mismo. Me daba orgullo verlo casi todas las noches en
las noticias de la tele, aunque mi contacto con él fuera esporádico y
superficial… Me acostumbré a vivir a la sombra de un gigante.
Me presenté en la oficina de la Coordinación General de
Puertos los primeros días de enero de 1995. Mi exjefe, el que me había invitado
a trabajar ahí, estaba guardando sus artículos personales en unas cajas de
cartón. Él también se iba para la SHCP y fue muy honesto cuando me dijo: «Me
voy al área administrativa; sé que no es lo tuyo, pero si quieres, algo
podríamos ver». Se lo agradecí muchísimo, pero no acepté.
—¡Híjole! Se había conseguido
un super trabajo y ni siquiera pudo empezar. Eso sí que es mala suerte.
—O el destino —contesté lacónico.
Por esos días me habían contactado del Instituto
Interamericano de Cooperación para la Agricultura para dar una pequeña asesoría
al gobierno de Panamá, que por aquellas fechas negociaba su adhesión a la
recién creada OMC, antes GATT. Los resultados que obtuvimos para México de la
Ronda Uruguay eran mi mejor credencial. Me fui por una semana para allá a
trabajar de la mano con su negociador de agricultura; le pasé todo mi
conocimiento, le expliqué nuestras metodologías y él quedó satisfecho con mi
visita.
Me dedicó tiempo para que conociera la Ciudad de Panamá:
fuimos a restaurantes muy sabrosos e hicimos un recorrido por la llamada «zona
del canal», que hasta hacía unos años había estado bajo el control de los
norteamericanos. De hecho, la pequeña construcción de dos plantas donde estaba
su despacho había sido un dormitorio para los soldados estadounidenses. Durante
esos paseos me contó muchas anécdotas sobre la invasión de Panamá por parte de
los Estados Unidos. Yo solo había visto unas cuantas escenas por televisión,
pero enterarme de la historia narrada por un residente local me conmovió. Sí
hubo combates, sí hubo muchos muertos… No fue solamente el espectáculo
hollywoodense del general Noriega rindiéndose ante los altavoces del ejército
norteamericano a ritmo de rock a todo volumen. Según los norteamericanos hubo
quinientos dieciséis muertos panameños; según cifras reportadas después por
organizaciones civiles, las bajas panameñas rondaron las tres mil. Barrios
enteros fueron bombardeados; más de veinte mil personas se quedaron sin hogar.
Fue cuando recordé una de las frases del negociador en jefe
de los Estados Unidos, Julius Katz, que pedía a México una concesión muy
importante a cambio de nada: «I know it doesn’t smell of roses… but…»
(sé que lo que pido no huele a rosas). En las carreteras me hizo notar unos
pastizales enormes que estaban fuera de control: «Los bombarderos
norteamericanos que salían de aquí para Vietnam trajeron esa semilla, y se
llama así: pasto de Vietnam». Sentí un pequeño escalofrío; la guerra de Vietnam
también se había vivido en nuestro continente. Y después de las negociaciones
del TLCAN, en las cuales inconscientemente idealizamos tanto a los Estados
Unidos, ese baño de realidad panameña me recordó la frase que mi padre tantas
veces repitió: «Los Estados Unidos no tienen amigos; tienen intereses».
Mi aventura panameña tuvo un final inesperado. Por la noche,
ya en el hotel, me habló uno de mis colaboradores más cercanos en todo el
sexenio anterior para decirme: «A tu tocayo lo acaban de nombrar subsecretario
de Agricultura». Lo felicité y me dijo: «Le urge que te pongas en contacto con
él».
—Ah caray —dijo Citlali—.
¿Usted cree que a México también lo puedan invadir?
—No tengo idea. Pero ahí está lo importante de leer
historia; todos esos volúmenes que ves ahí están para contarla.
Regresé de Panamá y fui a ver a mi tocayo, quien fue colega
de muchas batallas en la Secretaría de Agricultura con nuestro jefe anterior.
Él también era del grupo de los «peleadores callejoneros» e incluso creo que
fue él quien inventó el término. Me dijo que sería el director general de
Estudios del Sector Agropecuario y Forestal. Él jugó un papel muy prominente en
la definición de los nuevos esquemas de apoyo al campo. Yo participé en muchas reuniones
para garantizar la congruencia con todos los tratados internacionales,
principalmente el TLCAN y la OMC. No éramos amigos, pero nos conocíamos bien;
le agradecí la confianza y me volqué de lleno a mi nuevo puesto. Tuve que pasar
rápidamente del conocimiento de las cifras del comercio exterior al
conocimiento de las cifras de la producción y los mercados agropecuarios.
Tres domingos después de la fecha de mi nombramiento estaba,
como de costumbre, escuchando el noticiero vespertino en mi casa de Cuajimalpa,
después de haber ido a un club deportivo que me quedaba cerca donde estuviera
nadando un rato, como recomendación de mi médico fisioterapeuta. «Renuncia
Arturo Warman a la Secretaría de Agricultura», escuché decir. Di un brinco.
Otra renuncia… ¡No puede ser! Ni siquiera había conocido al doctor Warman.
«Llega Francisco Labastida, exgobernador de Sinaloa…». No lo podía creer.
Al día siguiente, lunes, fui a ver a mi tocayo. «Creo que
vamos a seguir», me dijo. Estaba pensativo, también algo desconcertado. El
primero que tendría que negociar su situación con Labastida era él; ya después
me tocaría a mí. El panorama no se veía muy halagador, pues el nuevo secretario
pronto hizo algunos pronunciamientos críticos en torno al Tratado de Libre
Comercio y a la política de subsidios del gobierno anterior, que eran las áreas
en que habíamos trabajado mi tocayo y yo. A mi tocayo le encomendaron varios
asuntos importantes de la coyuntura, como la comercialización de la cosecha de
trigo del noroeste de ese año. Las aguas parecían calmarse. Un día mi tocayo me
pidió que fuera en su representación al Consejo de la Conasupo, que era la
entidad encargada de operar los precios de garantía del maíz y el frijol, los
productos más importantes de nuestra dieta nacional . Presidió la reunión el
ciudadano secretario, Francisco Labastida Ochoa. Me presenté con él y le dije
con quién trabajaba. «Me da gusto que no haya venido el licenciado», soltó.
Algo desconcertado, le reviré: «Así es, licenciado, porque se quedó arreglando
la comercialización del trigo». «No lo digo por eso —dijo jocoso—, lo digo
porque me dio gusto que no haya venido». Se rio e inició la sesión. Nunca le
conté ese incidente a mi tocayo.
—¡Zas! Directo y a la cara.
Después supe que las diferencias entre ellos eran serias. Mi
tocayo recibía, o interpretaba, la línea que dictaba nuestro jefe anterior, a
la sazón jefe de la Oficina de la Presidencia y virtual jefe de gabinete. La
política agropecuaria tendría que seguir siendo «liberal», utilizando
instrumentos de apoyo a la agricultura como los que él había diseñado. La
concepción de Labastida era distinta; su énfasis estaba en la promoción de la
producción y en la búsqueda de la autosuficiencia. Es inútil entrar a ese debate
ahora; ambos enfoques tuvieron su razón de ser y su momento. La realidad es que
hubo un choque de trenes. Labastida pidió la remoción de mi tocayo; el
presidente Zedillo se la negó. No nos corrieron, pero la situación no era la
más cómoda, por decir lo menos. Sobrevivimos como náufragos en alta mar, pero
sobrevivimos.
A Citlali pareció haberle dado gusto poder hilvanar un
segundo símil pugilístico:
—Los salvó el réferi. Les
aplicó la cuenta de protección.
Luego quedó pensativa; dio unas vueltas por el salón
mientras comentaba:
—¡A veces hay que estar
tragando sapos! —dijo—. Supongo que en todos los trabajos pasa… En ocasiones la
señora del salón viene de malas y se quiere desquitar conmigo: que si no
desconecté la secadora, cualquier cosa. Pero yo no me dejo… Aunque a veces le
digo que no volveré, y vuelvo. El dinero siempre hace falta para comprar
cositas…
—A veces en el sacrificio está la recompensa. Cuando me
designaron director general, a un buen amigo mío, más joven, lo nombraron con
el mismo rango. Dentro del equipo que formó había varias chicas egresadas de
buenas universidades, con muchas ganas de trabajar, y algunas de ellas muy
guapas. En algún seminario que organizamos en Cuernavaca vi a una de ellas en
la alberca: una morena con una sonrisa encantadora y un cuerpo perfectamente
moldeado en su biquini. Me acerqué, la conocí y la invité a salir; al poco
tiempo fuimos a mi casa de Cuajimalpa y, de ahí en adelante, fueron dos o tres
meses espectaculares. La veía cada fin de semana; vinimos un par de veces a
Valle de Bravo y una vez a la playa, a Ixtapa-Zihuatanejo. Todo marchó muy bien
hasta que terminó. Se fastidió, creo, de las limitaciones que me imponía la
distonía, como el esfuerzo que tenía que hacer para aguantar una cena en un
restaurante, así como los breves paseos que podía hacer a pie, aun cuando en
esa época todavía estaba plenamente funcional; casi una nada comparado con lo
que vino después. Y también reapareció el exnovio. ¡Cómo recuerdo aquellas
noches tan gratas frente al calentador de gas —el frío en invierno era
terrible—! Los dos en plenitud…
—Ya capto la idea —interrumpió
Citlali—. Una variante un poco más normal de “La casa de las bellas
durmientes”.
Noche 37. Trucos Sensoriales
—¿De qué vamos a hablar hoy?,
quiso saber Citlali. —Me cambia mucho de tema. Ya me programé para ver el canal
cultural, los documentales de animales, Clío
TV …pero si pone páginas porno le prometo que si le quito el control.
Los masajes y las terapias de calor no me estaban dando
resultado para corregir los tirones del cuello que me tenían agobiado. Por esas
fechas me llevaba un almuerzo a la oficina en unos recipientes de plástico y
comía acostado en un sillón que había en una salita de descanso adyacente a mi
despacho. Si trataba de comer sentado se me iba la cabeza hacia un lado; alguna
vez cruzó por mi mente que me moriría de inanición. El traslado de la casa a la
oficina también lo hacía acostado en el asiento de atrás; nunca imaginé que el
día que habría de tener carro y chofer lo utilizaría de esa manera. Ya llevaba
seis meses desde los primeros tirones.
Noté que, si me llevaba el café o un vaso de agua a los
labios, los tirones se espantaban y me permitían caminar más o menos
adecuadamente. De otra forma caminaba con una tensión horrible en los hombros y
brazos, y tenía que detenerme cada pocos metros para apoyar la cabeza contra
una pared o un poste: lo que fuera. En mi última sesión con mi amigo, el doctor
fisioterapeuta, me dijo:
—Viendo todo tu caso, lo que tienes es una distonía. No te
preocupes, ve a ver a este neurólogo.
Y me recomendó a uno. Lo fui a ver y me señaló que se
trataba de una falla en la comunicación entre el cerebro y los músculos. Por
alguna causa ese circuito deja de funcionar adecuadamente y se contamina por
otros impulsos. Los ganglios basales generan mal las señales que van al músculo
esternocleidomastoideo. Su diagnóstico: distonía idiopática cervical.
Citlali no perdía detalle del relato, asintiendo con
gravedad.
—Idiopática porque no se sabe
la causa; cervical porque es el cuello —comentó—. Aunque con las nuevas
investigaciones, muchas enfermedades han dejado de ser idiopáticas…
Me recetó unas pastillas que deberían hacerme efecto en tres
o cuatro semanas. «A veces funciona esta sustancia, a veces otra; es cosa de
estar probando», me advirtió. Salí de su consultorio desconsolado. Sonaba a un
diagnóstico grave, a pesar de que el doctor se mostró optimista. Al llegar a mi
oficina me senté frente a mi escritorio, enorme. Por mi mente pasó una imagen
de mi supuesta boda, hincado frente a un altar. Una boda que a partir de ese
momento dejé de imaginar. Solté algunas lágrimas; fue uno de los momentos más
tristes de mi vida.
—Las ilusiones rotas son las que más duelen, y tienes que
lidiar con ellas completamente solo —le confié a Citlali.
Como pude, seguí adelante. Al igual que en mis estudios en
Warwick, rendirme no era opción. Venían conmigo dos colaboradores excelentes
con los que ya había trabajado: él del ITAM, ella de la Anáhuac. Nunca platiqué
con ellos de mi drama personal, pero se solidarizaron en todo lo que se podía. Fui
contratando a un grupo de jóvenes, chicos y chicas egresados de universidades
privadas, con buena preparación y una excelente actitud hacia el trabajo. Cada
uno de ellos se fue especializando en algún tema. A medida que mi torpeza
física aumentó, así como mis dificultades para hablar, este grupo de colaboradores
se volvió mi salvavidas. A cada junta a la que tenía que asistir me llevaba a
alguno de ellos para que me ayudara a dar las explicaciones que tanto trabajo
me costaba articular. No solo sobreviví, sino que mi grupo fue adquiriendo
mucho prestigio dentro de la Secretaría. No era infrecuente que llamaran
directamente a alguno de ellos de otras áreas. Mi tocayo, el subsecretario,
también recurrió bastante a mis colaboradores, pero en los temas más álgidos se
requería necesariamente mi presencia.
El truco del vaso de agua o de café en los labios me ayudaba
a hablar. En el lenguaje del neurólogo se trataba de «trucos sensoriales» que
engañaban a la mente y evitaban las contracciones involuntarias. Con el tiempo
tomé la costumbre de llenar dos botellas de agua y echarlas en mi portafolio.
En trayectos largos de caminata —es decir, de una cuadra o más— el contenido
del vaso se perdía y había que reponerlo; se trataba de mis «tanques
estabilizadores». Ahora que reconstruyo estas escenas, debe haber resultado muy
extraño para mis interlocutores. Fueron seis años así y, salvo los últimos seis
meses en los que viví un clima de inestabilidad, nunca percibí rechazo ni
lástima. Colaboradores, jefes y colegas actuaban como si mi problema no
existiese, al menos en mi presencia.
En momentos de tensión extrema, como ante la presencia del
secretario Labastida o altos funcionarios de la Secretaría de Comercio, la
distonía cedía. Incluso desaparecía por momentos. Me costaba un trabajo enorme
llegar hasta la oficina de alguno de ellos, pero pronto supe que al trasponer
el umbral de sus despachos la distonía amainaría. Y en muchas ocasiones así
fue. Inclusive no dejé de dar pláticas en público, ayudado por una mezcla de
esa tensión extrema y el truco del vaso de agua o del café. A veces terminaba
empapado.
—Mire, ahí tiene la prueba de
que las enfermedades no son tan idiopáticas como parecen —observó Citlali—.
Cada estado de ánimo altera la bioquímica cerebral.
—En alguna ocasión salió el tema de mi cuello con el
secretario Labastida: «Mientras lo que no tenga torcida sea la conducta…», me
dijo. Vi a varios neurólogos por aquellas fechas. Los primeros se limitaron a
probar con distintos fármacos y distintas dosis. Hubo uno que prefirió utilizar
el enfoque del «coctel»: me recetaba diez pastillas al mismo tiempo, a ver si
una de ellas, o varias en su conjunto, lograban el efecto deseado. Nunca se
logró, pero lo que noté es que esos fármacos comenzaron a interferir con mi
mente. Cuando me percaté de eso los deseché y solo me quedé con un
tranquilizante, y procuré ir reduciendo la dosis gradualmente. Ya me estaban
dando dosis de caballo. En un viaje que hice a Puerto Ángel llegué a la playa
por la mañana, me tendí en un camastro y me desperté en plena oscuridad, cuando
la marea alta me salpicó la cara.
Meses después me llegó la información de los tratamientos
con toxina botulínica. La intenté tres veces con diferentes doctores: una en la
Ciudad de México, otra en el Beth Israel en Nueva York y una tercera en Miami,
asistida con electromiografía. La idea era inyectar las terminales nerviosas en
el cuello, lo que fungiría como un neurobloqueador. No funcionó.
En esas condiciones comenzó mi última gran batalla dentro de
la administración pública federal. El secretario Labastida se había ido a
Gobernación y después se convertiría en candidato presidencial. Su lugar lo
ocupó su segundo a bordo, el ingeniero Arroyo, quien era un funcionario con
mucha experiencia, con una actitud siempre tranquila y calmada, pero incisivo
en sus preguntas. Juzgó bien las fortalezas de mi tocayo y nos permitió seguir.
Noche 38. Mi Ultima Batalla, TLCUEM
—La última charla me habló de
esa distonía que padece, y créame que me duele mucho. Pero admiro que no se
haya rendido, y que aún ahora, me comparta sus historias, con la cabeza apoyada
en ese reposet.
—Ya que lo dices. En una ocasión en Guadalajara, pedí una
silla alta para poder dar mi conferencia, en el salón de un hotel. Cuando
entré, estaba el presídium con puras sillas de respaldo bajo. El organizador,
muy apenado, salió corriendo y a los pocos minutos llegó con un burro de
planchar. Lo ató a la silla, lo cubrió con un mantel, y se dirigió al pódium a
presentarme ante el público y anunciar el título de mi intervención.
—Mire, y luego no quiere que
me ría. Pero como dicen, serena morena, ¿hoy que vamos a sintonizar? ¡Mientras
no me ponga el canal del congreso!
—¿Te apetece una serie poder, intrigas y amor?
Hacia la segunda mitad del sexenio del presidente Zedillo se
anunció la voluntad de su gobierno de celebrar un Tratado de Libre Comercio con
la Unión Europea. Ya se habían negociado otros acuerdos similares con países
latinoamericanos después del TLCAN —en los cuales participé poco, salvo en el
de Chile, pues mandaba a mis colaboradores—, pero la magnitud del acuerdo con
Europa era de otra dimensión. No solo por su tamaño, sino por la complejidad de
su política agropecuaria.
Tenían todo tipo de mecanismos de intervención en los
mercados: aranceles, subsidios, cuotas de producción, compras públicas de
intervención, normas de calidad y registros de importadores, entre otras. Todas estas medidas se enmarcaban en la
llamada «Política Agrícola Común».
Fue difícil acomodar al sector agropecuario en estas
negociaciones. Ellos tenían un gran potencial de exportación en productos tales
como la leche en polvo, los quesos y otros lácteos, y ciertos embutidos como el
jamón serrano, entre otros; pero casi todos sus bienes se beneficiaban de algún
esquema de subsidios. México tenía potencial en varios productos perecederos
pero el sector privado tenía la sensación de que con la apertura del mercado
norteamericano había más que suficiente. En un balance, México no podía abrir
en los productos que a ellos les interesaban por los subsidios que generarían
competencia desleal, y los europeos veían muchos problemas en abrir sus
mercados por la incompatibilidad con su política interna y la erosión de las
preferencias a sus países amigos.
—Es como querer cruzar una vaca con un elefante —dijo el
ingeniero Arroyo una vez que le explicamos el tema.
—Me lo imagino perfecto —dijo
Citlali, risueña—. Orejón, con trompa, manchas negras y blancas y unas ubres de
aquellas… Pero quién sabe si daría leche… —y soltó la carcajada.
Al igual que en el TLCAN, procedimos a una ronda de
consultas con el sector privado mexicano. Analizamos a conciencia la situación
de todos los productos. Si partíamos del principio de la competencia justa, la
implicación era dejar fuera a prácticamente la totalidad del sector
agropecuario nacional. Un día de esos me llamó mi tocayo a su oficina:
—En la Secretaría de Comercio están muy enojados contigo.
Dicen que estás descarrilando el Tratado con Europa, diciéndoles a todos los
sectores que los puedes excluir. Bajo las reglas internacionales no se puede
excluir un sector de actividad completo de un tratado de libre comercio.
El malestar de la Secretaría de Comercio se lo habían
manifestado directamente al ingeniero Arroyo. Asistí al día siguiente a una
reunión con los funcionarios de alto rango de Comercio.
—Yo no inventé el tema de los subsidios —les dije con toda
convicción—. Todos lo saben desde hace tiempo. De eso se trató la Ronda del
GATT de la que estuvimos hablando todos estos años.
—De acuerdo —me dijeron—, pero no los puedes excluir. A ver
qué pueden hacer.
Salí feliz. La Secretaría de Comercio había entendido por
fin la situación. Me habían hecho antes el favor de comunicarle a mi secretario
que yo estaba de guerrillero en la defensa del sector. «En estas condiciones,
es absolutamente impensable que me corran», pensé. Me sentí fortalecido como
nunca en ese sexenio. A pesar de mis problemas con la distonía, me dispuse a
disfrutar el proceso de negociación que teníamos por delante.
Al paso de los días y las reuniones fuimos armando una lista
de peticiones y una lista de concesiones de lo que podríamos ofrecer. Partimos
de la base del comercio que ya existía y qué formas podría haber para
expandirlo. Si antes ya importábamos quesos, mantequillas o vinos, lo
seguiríamos haciendo, independientemente del tema de los subsidios. En muchos
productos la Unión Europea buscaba acceso a bienes de alto valor agregado, como
los quesos o los vinos con denominaciones de origen; o el aceite de oliva, que
es el rey de los aceites vegetales por su calidad y pureza; o los chocolates
suizos o belgas, que tienen fama mundial; o el foie gras francés, que
técnicamente es un hígado de ganso hipertrofiado artificialmente por exceso de
alimentación.
—Ahora es usted el que está
hablando de sus antojitos —interrumpió Citlali.
—Mañana traigo unas baguettes y las rellenamos con
jamón serrano, queso brie y unos pepinillos.
—Lo probamos. Pero a mí
generalmente no me gustan esas comidas raras.
Se pudo armar un paquete a través de la creación de líneas
arancelarias nuevas para este tipo de productos, del establecimiento de reglas
de origen que permitieran el comercio de alto valor sin temor a
triangulaciones, así como de cuotas de importación con aranceles bajos o
mínimos. Los europeos adoptaron un enfoque similar, aunque ellos recurrieron
mucho más al otorgamiento de cuotas con arancel cero para los productos
provenientes de México. En los productos
provenientes de la Unión Europea sujetos a subsidio, principalmente leche en
polvo, propusimos asignarles el monto de importación histórico y nos reservamos
el derecho de asignar esa cuota a través de subasta para el sector privado. Los
líderes del sector agropecuario de ambas partes quedaron muy satisfechos con
este enfoque pragmático. La cruza entre la vaca y el elefante a la que se
refirió el ingeniero Arroyo cobraba vida.
—Bueno, ¿y les dieron el
plátano? —preguntó Citlali, con una sonrisa pícara, tratando de provocar.
—Ya te aprendiste los chistes de los negociadores; nada más
te falta todo lo demás. Lo que sí nos dieron fueron algas. — Me parece que ese
albur no lo captó.
Las reuniones de negociación con la Unión Europea se
celebraron algunas en México y otras, la mayoría, en Bruselas. El negociador
europeo de la agricultura era un holandés de edad madura, pero que quería
conocer a todo detalle las particularidades de nuestra industria. Más que una
toma y daca, nuestras reuniones eran sesiones largas de preguntas y respuestas,
y a mí me tocaba darlas. Había que explicar que nuestra miel era poli floral y
no mono floral como la alemana; que nuestro jugo de naranja tenía determinados
grados Brix; que no lo exportábamos en buques cisterna como los
brasileños pues nuestra escala de producción no daba para tanto; que las flores
que queríamos exportar no eran bulbos, sino rosas, e infinidad de cuestiones
por el estilo. Al cierre de las negociaciones estaban acotados los problemas a
un grupo pequeño de productos. No fui a
la reunión de cierre: fue mi tocayo y el secretario de Comercio, y lograron
números que dejaron al sector privado bastante satisfecho.
La delegación mexicana tuvo un acuerdo de tarifas
preferenciales para el hospedaje con el hotel Conrad de Bruselas, uno de los
más elegantes de la ciudad. Mi consulta reciente en internet me señala que se
distinguía por tener las habitaciones más espaciosas de la ciudad y un diseño
que recuperaba la elegancia del siglo XIX; era el epítome de la sofisticación
europea de finales de los noventa. Con su fachada de palacio neoclásico y ese
aire de exclusividad absoluta, era el lugar donde la diplomacia se sentía en
casa, con su vestíbulo de mármol y lámparas de cristal. Recuerdo bien la
amplitud de las habitaciones del Conrad. Una noche, después de una larga sesión
con los europeos en la que me tocó prodigarme en explicaciones, llegué llegué
verdaderamente exhausto a mi habitación. Abrí la puerta y me quedé tirado en el
piso por un largo rato. Todo mi cuerpo estaba rígido, apenas me podía mover.
Influyó el largo rato en que tuve que hablar, apoyando el cachete contra la
mano y el codo contra la mesa; tal vez abusé del truco del café o del vaso de
agua. Por aquellas fechas caminaba con la ayuda de un bastón; utilizaba uno muy
rústico de madera. Lo singular es que no lo apoyaba en el piso: apoyaba la
barbilla contra el mango, sujetaba el palo con fuerza con ambas manos contra el
pecho y así lograba caminar sin que me desequilibraran los movimientos del
cuello.
En esas condiciones, mis desplazamientos a pie me parecían
eternos: los largos pasillos del edificio Carlomagno, sede de la Unión Europea;
las caminatas del elevador al estacionamiento; el cruce del vestíbulo del hotel
Conrad y el pasillo hasta llegar a mi habitación. Ese día me moví a gatas desde
la puerta de la habitación hasta la cama. Por la mañana mis síntomas se habían
calmado y así proseguí hasta el final de esa negociación.
—Está impresionante lo que
vivió —dijo Citlali, conmovida—. Nunca se me hubiera ocurrido que tener una
habitación enorme pudiera ser un problema… He visto mucha gente con problemas
que pasa frente a la estética. No sé cómo hacen, pero ahí van con sus muletas
por el empedrado, y otros tratando de sacar de un bache su silla de ruedas.
Pero siempre hay alguien que se acomide, que quiere ayudar. Aquí parece que lo
dejaron solo… ¿Nadie le dijo «ya párele, su salud es lo primero»? ¿Nadie le
dijo «venga, mejor apóyese en mí»? Ni los europeos, ni los mexicanos, ¡nadie! —preguntó
entre enojada y sorprendida.
Me quedé pensativo, hice memoria y, al cabo de un tiempo, le
dije:
—Nadie.
Su reflexión me hizo revisar el silencio de mis jefes, que
siempre consideré una deferencia hacia mí y un reconocimiento a mi capacidad.
Pero ¿por qué nadie me ofreció un buen contacto, ya fuera en el ISSSTE o en el
IMSS, o alguna recomendación de sus médicos privados? Citlali me hizo repensar
esa parte del pasado, pero a estas alturas de la vida ya no había nada que se
pudiera hacer.
—Me contó un día que tenía
unos colaboradores jóvenes, un chico y una muchacha, que lo apoyaban mucho,
según. ¿Ellos qué? ¿Tampoco le ayudaron con ese problemón que traía encima?
—Te vas a sorprender de mi respuesta, pero la respuesta es
que sí, a su manera. Me hubiera molestado con ellos si me hubiesen dicho algo.
Nunca quise reconocer que estaba parcialmente lisiado y jamás había utilizado
esa palabra hasta hoy que platico contigo. Alguna vez, en Bruselas, un guardia
me quiso impedir la entrada a un restaurante con mi vaso de agua; la chica le
echó unos ojos de fusil, de esos que solo las mujeres saben hacer, y me dejaron
pasar. «Te reservé un cuarto cerca del elevador», me decía, como en plática
casual. Además, cuando yo ya no podía hablar más, ella tomaba el micrófono y
terminaba lo que yo estuviera diciendo. El chico es el que se quedaba en
México. Fue el que hizo todo el trabajo que a mí me hubiera tocado hacer —un
trabajo también muy pesado, complicado, sobre la comercialización del frijol— y
siempre fue leal conmigo, hasta el final, cuando encontró su propio camino a
finales del sexenio de Zedillo…
—¡Qué gran trabajo en equipo!
Yo quiero saber más de esa chica, la que iba con usted a las negociaciones…
—Uno de los fallos más humanos es pensar que el mundo gira
alrededor de nosotros. Una chica joven se puede enamorar, ¿cierto?, sin
descuidar su trabajo. El jefe de uno también se puede dar una segunda
oportunidad si en el primer matrimonio no le fue bien, ¿cierto? Y aunque
parezca telenovela, ese jefe y esa chica se pueden enamorar, ¿cierto?
—¿Qué dice? —Citlali abrió
los ojos como platos—. No me diga que esa chica y su jefe fueron novios…
—Sí, y terminaron casándose en una boda superelegante en
Acapulco.
—Ya nada más cuénteme, para
completar el chisme: ¿usted cuándo se enteró de ese amor? —Por el tono de
su voz, me pareció que la historia que de verdad le interesaba conocer era esa.
—Unos meses después. Cuando ya todo había terminado.
Noche 39. Cuba
—¿Por qué
nunca me pregunta nada de mi vida? —quiso saber Citlali apenas entró.
—Será por mi egocentrismo —contesté
sin mucho dudar.
—Sigamos con
su vida, entonces —dijo ella, resignada.
Al final de la negociación con la
Unión Europea me dediqué a recopilar en un libro que publicó el IICA (Instituto
Interamericano de Cooperación para la Agricultura) los temas de política
pública que trabajamos durante el sexenio de Zedillo, por si alguien lo quiere
consultar.[9]
El trabajo era mucho menos presionante que antes. Un día, un joven ingeniero
que trabajaba con nosotros, quien daba mantenimiento y reparaba nuestras
computadoras y redes, me fue a ver a la pequeña sala de descanso que se había
convertido en mi oficina.
—Mira, jefe, disculpa el
atrevimiento, pero me llegó este folleto informativo de un centro en Cuba que
se especializa en los trastornos del movimiento. El próximo viernes vienen los
médicos de allá a dar unas conferencias. A lo mejor te interesa ir.
Entré a la Embajada de Cuba en
México, ubicada en la avenida Presidente Masaryk. Es un edificio moderno con
una explanada amplia al frente, con algunas fuentes o espejos de agua. Crucé el
área de recepción hacia el salón de conferencias, y el efecto visual fue
impresionante: dos retratos monumentales acaparaban toda la atención, uno de
Fidel Castro y el otro del Che Guevara. Era una señal clarísima de que entraba
uno a un mundo desconocido: el llamado campo socialista. Hablaron algunos
neurólogos y no dijeron mucho más de lo que ya sabía; pusieron algún énfasis en
que sus tratamientos eran multifactoriales, incluyendo farmacología, terapia
física, relajación y algunas técnicas experimentales como la acupuntura.
Algunos directivos del Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN)
hablaron generalidades sobre la institución. Colocaron algún instrumental
quirúrgico en el podio, lo cual no me impresionó e incluso me pareció fuera de
lugar.
No me generaron grandes
expectativas sus charlas y, al final, pidieron a algunos pacientes que se
habían tratado en ese centro que narraran su experiencia. No fueron elegidos al
azar, y todos relataron una vivencia positiva. Un muchacho joven, en silla de
ruedas, habló de su accidente y del tratamiento que recibió en Cuba en términos
que no recuerdo; concluyó diciendo que la estancia allá le había resultado
placentera por los motivos tales y cuales, y remató:
—Gracias a Cuba, hasta novia tengo.
Yo había estado en la isla en mi
época universitaria y sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo. Mi
madre me acompañó a esa charla y ella se quedó con una buena impresión, o eso
me dijo, pues siempre fue un pilar en esta lucha y siempre trató de encontrar
alternativas que nos devolvieran el optimismo. Mi impresión fue que tal vez
convendría explorar lo que hacían los cubanos, sin estar muy convencido. El
comentario final del joven de la silla de ruedas y mi viaje anterior terminaron
por convencerme. Yo venía de una batalla diaria por sobrevivir a la jornada
laboral y a las exigencias de mi puesto, y no hubo prácticamente ningún espacio
para socializar y mucho menos para encontrar pareja. Mi desfogue eran las
visitas ocasionales a algún table dance o un establecimiento de giro
parecido que, por cierto, por mis posturas, podía disfrutar cada vez menos. Al
poco tiempo partimos a Cuba, mi madre y yo.
—Dice que lo
acompañó su madre a esa charla —me interrumpió Citlali—. Hasta ahora la
menciona por primera vez desde que se enfermó. ¿Ella qué le decía? ¿Cómo le
ayudó?
—Tienes razón. Es una omisión
imperdonable. Desde niño mi madre me decía que yo era un egoísta, y puede ser
que haya tenido razón. Unas pocas semanas después de que aparecieran los
tirones, ella lo notó. Con ella tuve mis primeras pláticas sobre la distonía;
con ella decidíamos a qué neurólogos ver y qué tratamientos seguir; con ella
descargaba mi frustración cuando los tratamientos no daban resultados. Un día,
muy al principio de toda esta historia, me dijo: «Súbete al estudio, ahí ya
tendí tu cama». Me costó trabajo decidirme a dejar la casa de Cuajimalpa; una
vez que uno sale de la casa de los padres es difícil volver a ella. Varias
semanas me quedé en ese sofá cama que me había preparado al ras del suelo; viví
como en campamento, hasta que una noche me trepé a la cama que había al lado y,
desde entonces, volví a vivir en casa de ella. La de Cuajimalpa nunca la quité,
pues siempre viví con la esperanza de que regresaría.
—¡Qué triste!
Haber hecho esa casa con tanta ilusión para después dejarla vacía —dijo
Citlali.
—También se quedó estacionado ahí
el carro deportivo gris durante muchos años. De vez en cuando iba a echarlo a
andar…
—Se me figura
como una película de la explosión nuclear de Chernóbil, o las del ébola, donde
de pronto la vida se detiene y todo queda abandonado.
—A veces iba a visitar mi casa. Me
pasaba el día completo leyendo y trabajando en el jardín. A falta de una
pareja, la mejor compañía que he tenido en la vida son mis espacios:
Cuajimalpa, el departamento en la colonia Juárez, la biblioteca de este cerro
en la que estamos… Partimos a Cuba, mi madre y yo. Me internaron en el CIREN,
en el pabellón de los trastornos involuntarios del movimiento, donde se
alojaban mayoritariamente los parkinsonianos y, rara vez, algún distónico como
yo, que éramos mucho menos frecuentes. El pabellón correspondía a lo que en
otras épocas había sido una calle residencial: había unas plumas de acceso en
cada uno de los extremos y los pacientes nos alojábamos en las llamadas
«villas», que fueron en su momento casas-habitación.
Los cuartos eran amplios, con un
mobiliario sencillo. Había una sala para la convivencia de los pacientes y un
comedor en el que compartían los alimentos enfermos y acompañantes. Es decir,
lo que fue una casa familiar, con la misma distribución y usos diferentes,
producto del cambio revolucionario. Todo era un poco extraño. Los nombres de
las enfermeras, por ejemplo: muchos comenzaban con ye, como Yania, Yamaris o
Yurisleidis; otros tenían su origen en novelas o en la Biblia, pero todos eran
únicos y creo que irrepetibles. El primer amanecer entró a despertarme una de
ellas:
—Apúrate, te tienes que alistar, ya
viene el pase de visita.
«Enfermera igualada», pensé, pero
pronto me acostumbré a que en Cuba todos son «tú» y nadie es «usted». En eso
entró un grupo de unas ocho personas encabezado por un señor de edad mediana,
pantalón vaquero, camisa a cuadros y una bata no muy blanca.
—Es un paciente mexicano de
cuarenta años con distonía cervical, usa unos trucos sensoriales para
controlarla, toma tales fármacos… —los demás asintieron, alguno preguntó algo y
se retiraron.
—Eso que dijeron ya lo sabía —le
dije a la enfermera, algo molesto.
—Sí, pero los demás no.
Luego me explicaron que así
funcionaba el pase de visita, que incluía a estudiantes y varios neurólogos del
centro, que pasaban a vernos como «estudios de caso». Al menos fue lo que
entendí. «Es la escuela francesa de medicina», me aclaró alguien.
—No me
gustaría tenerlo nunca de paciente —dijo Citlali—. Las enfermeras
también se cansan. Hay turnos que duran toda la noche y agréguele tener que
soportar a un paciente malhumorado, gruñón o a uno que se quiera hacer el
gracioso.
—Pues a mí sí me gustaría que
fueras mi enfermera, para decirte por las mañanas que me cuidó una estrella.
—¡Ya vio! Ni
siquiera son originales —reviró, haciéndose la enojada.
—Está bien, Citlali, con que me
sigas rapando y me retires «las nieves del tiempo… que blanquearon mi sien».
—Oiga —gritó
emocionada—, eso sí estuvo mejor… «sentir, que es un soplo la vida, que
veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca
y te nombra…» —y se siguió tarareando el tango de Gardel.
Días después, cuando pasó un
neurólogo a verme, me hizo las preguntas típicas de las que ya estaba harto, me
aumentó la dosis de un fármaco que ya tomaba y me explicó sus teorías sobre la
plasticidad cerebral y los programas motrices, que serían correctas, pero no
veía yo cómo me podían ayudar. Me canalizaron con un fisioterapeuta, un negrito
bastante simpático que me ponía a hacer lagartijas acostado en el césped,
abdominales y otros ejercicios.
—¿Para qué me van a servir? —le
pregunté.
—Para fortalecer el tronco y que el
cuello no cargue con todo el peso, mi socio.
Me mandaron con la podóloga:
—¿Y eso?
—Para que cuando camine no vaya a
tener molestias.
—Perfecto, ¿y cuándo me pondrán a
caminar?
—Tranquilo, que eso después, con
otro especialista.
Me mandaron a que me pusieran
agujas en su centro de acupuntura para que me relajara. Me mandaron con la
psicóloga, quien me detectó síntomas de ansiedad, depresión y déficit de
atención.
—Vaya sorpresa —le dije.
—Sí, pero es importante saberlo con
precisión.
Me programaron unas resonancias
magnéticas; una vez se canceló porque el equipo estaba «roto», pero
curiosamente al día siguiente sí funcionó. La primera semana de tratamiento
pintaba para un desastre absoluto. Y lo que más me molestaba: cada vez que llegaba
un nuevo especialista, me ponían a caminar con mi vaso de agua para que
pudieran ver cómo funcionaba el truco sensorial.
—¡Ahora sin el vaso de agua!
«Como si fuera tan fácil», pensaba.
Los domingos no había actividad en la clínica. Fuimos con mi madre al centro de
La Habana a pasear. Iba con todas mis dificultades para caminar, pero era
necesario salir del CIREN a cambiar de aires.
—Esto del CIREN es una tomadura de
pelo —le dije—, regresémonos a México.
Mi madre me comprendió, pero me
pidió hacer el esfuerzo de quedarme una semana más. A regañadientes acepté.
Así eran mis días: fisioterapia dos
veces al día, por la tarde sesiones de relajación con la psicóloga y, algunas
veces, el tratamiento con el ozono; más las pastillas que me administraba la
enfermera cada mañana. Mi madre siempre tuvo don de gentes y una gran facilidad
para relacionarse: pronto se hizo amiga de las enfermeras, de otros pacientes y
sus acompañantes, y hasta del técnico pantrista —que así se hacía llamar el que
calentaba la cena en el horno de microondas—, así que siempre tenía novedades
para contarme al final de esas largas y aburridísimas jornadas.
Un día, mientras le contestaba a la
psicóloga unas preguntas muy bobas sobre las figuritas que salían en la baraja
que me iba mostrando, entró al consultorio sin avisar un tipo moreno, barrigón
y con una sudadera a rayas. Sacó un llavero y me ordenó que mordiera una de las
llaves.
—¿Este tipo quién es?, pregunté a
la sicóloga.
—Soy defectólogo —intervino él.
—Ah, sí —le dije con sorna—, ¿y
como qué defectos corriges?
—Todos.
Le dije a la psicóloga que le
pidiera a esa persona que se retirara, y seguí contestando las preguntas sobre
las figuritas con evidente mal humor.
—Mal, muy mal
ese tipo y la psicóloga —sentenció Citlali—. No respetaron mínimamente el
protocolo de atención.
—Ya después me enteré de que eran
pareja. Al día siguiente, en el pase de visita, el neurólogo jefe me explicó
que la persona que había entrado era su mejor terapeuta para los trastornos del
movimiento; que era gente de campo y que comprendía mi molestia, pero que le
diera una oportunidad. Ese día comenzó a darme terapias dentro de mi
habitación. Me sentó en la silla, me empujaba los hombros, me torcía el cuello,
me jalaba la espalda… Mis músculos no se dejaban vencer, también jalaban y
empujaban. Al término de la sesión terminó empapado de sudor y comenzó a
explicarme. Mis hombros estaban terriblemente desalineados uno con el otro, uno
mucho más arriba y más adelante que el otro. Así, tan desalineados, no se podía
caminar. «Qué trabajo me dan esos músculos; se resisten a la presión que les
hago. Los tenemos que fatigar primero para después tratar de que retomen su
posición», me decía.
El esfuerzo que hizo el tipo, así
como su explicación, comenzaron a hacerme sentido. Al día siguiente fue lo
mismo, con algunas variantes. Al final me dio una pipa y unos palillos; quería
experimentar con diversos trucos sensoriales, a ver cuál podría funcionar. «¡El
otro día solo llevaba las llaves, caballo!», exclamó. Después de la sesión se
quedaba a conversar con mi madre y conmigo. Nos contó de su familia, de sus
estudios en la Unión Soviética y de la llamada especialidad de «defectología»,
que tal vez era una mala traducción al español, pero resultaba una técnica muy
eficaz para llevar al paciente a utilizar al máximo sus potencialidades. Había
lisiados que no podían comer y lograba que volvieran a tragar alimentos por sí
solos; había otros sin control de esfínteres y lograba que los controlaran
utilizando otros músculos del cuerpo, aprovechando los resquicios de terminales
nerviosas que pudiesen quedar.
En fin, esa defectología me parecía
una ciencia oculta, como el tarot o la astrología, pero hacía sentido. En ese
primer viaje logramos resultados mínimos pero tangibles; aprendí, por ejemplo,
a fumar recostado en el camastro sin que se me moviera la cabeza hacia los
lados, o a estar boca arriba sin moverme, cuando antes los espasmos me
volteaban hacia los costados. Antes de regresar a México nos invitó a su casa.
«Pero vivo con la rusa. No vayan a decir que me vieron con Carlita», nos
advirtió. Se trataba de su niña de cinco años, a quien había tenido durante un affaire
con la psicóloga que me daba las terapias. La rusa se esmeró y preparó una cena
exquisita. Él sacó un acordeón y se puso a cantar; me sirvió ron varias veces y
me invitaba a tomarlo de un solo trago, junto con él. Cada vez que abría una
botella dejaba caer unas gotas al suelo, «para los santos». Intercalaba el
acordeón, los chistes, el trago y alguno que otro reclamo en idioma ruso a su
compañera que no podíamos comprender.
Noche 40. Barra Estabilizadora. Tecnología Cubana
—¿Oiga, y en
Cuba también se hablaba en náhuatl? Citlali parecía gozar de la pregunta, a
sabiendas de que era absurda, y añadió: -Para que se hubiera entretenido
aprendiéndose más palabras.
—¿Creerás que sí? Solo me aprendí
tres. Maíz, hamaca y canoa. Comida, siesta y paseo…le dije con mucha autoridad.
—¿A poco?
—Si. Pero grábatelo bien. Son del
idioma taíno, que es lo que hablaban los habitantes del Caribe antes de que
llegara Colón.
Hacia el final de mi estancia en el
CIREN, llegó un día mi doctor muy excitado, con unas barras de aluminio en la
mano. Dos eran postes laterales, sobre los que se colocaba un travesaño, a
manera de portería. Los instaló en una mesa de madera que jaló del comedor. En
posición de sentado, mi cabeza quedaba a la altura del travesaño de aluminio,
que estaba forrado con un hule espuma. —A ver, apoya la cabeza ahí. Lo hice. Sube
y baja los hombros. Despega tu frente ligeramente de la barra. Y ahora toca el
tambor con ambas manos. Estaba maravillado. Con mi frente apoyada en la barra,
podía hacer una cantidad de movimientos que antes me estaban vedados. A partir
de ese momento dejé de comer acostado. Me senté frente a mi escritorio
improvisado a garabatear cualquier cosa. Otro día me llevó un pirógrafo para
que ejercitara mis habilidades prácticas. Después de un rato me cansaba la
barra, pues la tensión bajaba por la espalda, pero al descansar tirado en la
cama, lo que ansiaba era volver a sentarme en mi barra, a hacer cualquier cosa,
lo que fuera. Fue un día de mucha felicidad. Días después colocó un espejo
frente a mi. Me hizo girar el cuello en varias direcciones, deslizando la
frente sobre la barra. La idea es que el espejo me brindara retroalimentación
sobre los movimientos, para que observara lo que hacía. —¡Ya levantaste el
hombro, coño! Ese hombro no tiene jugada. —¡Para que tuerces la boca! No pongas
el “doble feo”, con uno es más que suficiente. —El hombro para atrás, alineado.
¡No te hagas el mexicano! A veces sus bromas me caían pesadas, pero me
aguantaba. Normalmente, interrumpíamos la sesión después de un rato, y mi madre
le servía un Nescafé con coffee mate que llevó de México, y que a él le
parecía absolutamente delicioso. Retomábamos la sesión, a tratar de hacer los
mismos ejercicios de pie, sin ayuda de la barra, y algo lográbamos, pero poco,
el cuello seguía empeñado en darse de tirones.
No dejé de ir al gimnasio con el
fisioterapeuta Alexis. Era una edificación grande, amplia, equipada con algunos
aparatos tradicionales, pero destacaban varias “paralelas” de madera en la que
muchos pacientes se entrenaban para volver a caminar. Afuera, el jardín era
enorme, con hermosos árboles tropicales, pues perteneció a la mansión de
quienes fueran los dueños de la “Bacardi”, antes del triunfo de la Revolución. Tendíamos
una colchoneta en el césped y hacía los ejercicios que podía; algunos
estiramientos, abdominales, movimientos circulares de manos y pies, entre
otros.
-Por cierto, Citlali, diles en tu
escuela que por favor les enseñen a los fisioterapeutas a hablar bien en
español.
-Y ahora nosotros
¿qué hicimos?
-Hablan como apaches. Subir
hombros…Girar cabeza…Levantar brazo…Doblar rodilla.
-Si será…Las
órdenes deben ser cortas, directas y sonoras. O que quería: Levante por favor
su brazo, si fuera tan amable..
No llegaba a ser un ejercicio
cardiovascular, pero ayudó mucho, no solo a la circulación de la sangre en un
cuerpo que ya casi no se movía, sino también en el estado de ánimo. Me sentaba
bien la respiración agitada después de algún esfuerzo. Son los pequeños logros
diarios que aun cuando no cambian el panorama general, ayudan mucho al paciente
a seguir adelante. En ese jardín, no muy bien cuidado, pero naturalmente
hermoso, también entrenaban a las pacientes con lesiones de columna vertebral.
Recuerdo a una chica joven que le meneaban la cadera de una manera que parecía
grotesca, para estimular algunos nervios que le permitieran mejorar el control
de esfínteres. El terapeuta Alexis me daba las explicaciones, siempre con un
enorme respeto hacia los pacientes. Un día, a la salida, vi a varias chicas
jóvenes, todas ellas en sus sillas de ruedas, esperando a una ambulancia
especial que las llevaría a su respectiva villa. Una de ellas, jovencísima, con
un rostro hermoso, me partió el alma. Lisiada de por vida. Esos contrastes en
el jardín de las fisioterapias se me quedaron muy presentes en la memoria por
muchos meses más. Imposible saber lo que puedan sentir otras personas, pero en
mi caso, fue un recordatorio crudo para no olvidar que uno debe estar
agradecido con la vida. Aunque esté uno en el sótano, siempre hay otros
peldaños hacia abajo.
Algunos casos los comentaba con mi
doctor, durante nuestros recesos. El veía ese tipo de casos a diario, así que comprendía
todo ese dolor. — ¡Ni te imaginas los dramas de las parejas de los
accidentados, caballo! Me tocó darle terapia a un joven recién casado. Fractura
de columna en la primera cervical. Deberías ver la cara de angustia de la
esposa. Me fue contando como ella se fue abriendo, narrándole su tragedia, sus
sueños despedazados… el tono de mi doctor fue cambiando, desde la tristeza y la
compasión al tono jocoso, cuando llegó al punto en que me contó cómo le dio una
terapia a ella…
Una mezcla peligrosa: Tantos conocimientos anatómicos y sicológicos en
manos de ese indómito personaje
tropical.
—Una debe ser
empática con el paciente y sus familiares; es lo que marca el protocolo,
interrumpió Citlali. Pero siempre se debe mantener una distancia para no sufrir
la “fatiga por compasión”. Ahora, lo que hizo su médico… se sale de cualquier
manual.
Volví a México. Mi madre me mandó
hacer tres juegos de barras de aluminio, estas muy bien hechas, con la altura
ajustable para distintas posiciones de cabeza y altura de sillas, y perillas
que se manipulaban en la dirección correcta. La barra que me hicieron en Cuba
se desenroscaba en una dirección de un poste y en una diferente en el otro,
pues el doctor se tuvo que ajustar a lo que encontró en el almacén de CIREN,
donde había una mezcla de piezas de manufacturas soviética y occidental.
-En Cuba para todo nos la tenemos
que ingeniar, me explicó un día mi médico. Con mi barra, mi trabajo se volvió más
fácil. En aquellos años, ya cerca del final del año 2000, aprendí finalmente a
utilizar una computadora y a navegar por internet. Tenía más de cuarenta años
cumplidos. Tan pronto como pude, volví a Cuba, por segunda y última vez al
CIREN. Durante los viajes subsecuentes, a casas particulares.
Mi madre me acompañó de nuevo en
ese segundo viaje. Ya sabíamos lo que nos esperaba, así que todo resultó más
agradable. Ambos teníamos gran confianza en el médico y expectativas de que
pudiera mejorar. La rutina fue similar a la primera visita. Una tarde, entró
intempestivamente el doctor al cuarto, y me preguntó que si tenía una correa.
Solo tenía la de mi pequeña mochila de mano, y se la di. - Ahora necesitamos un
pedazo de “velcro” (cierre de contacto). No sé de dónde sacó uno mi madre. Enganchó
la correa a la una faja tipo cinturón, y la otra punta a una gorra beisbolera. —¡Listo,
caballo! A caminar.
No dábamos crédito mi madre y yo. —Es
la barra móvil, nos gritó, con mucha alegría. Yo apoyaba la cabeza al frente;
la gorra hacía la resistencia con la correa que iba por la espalda, y que
estaba sujetada al cinturón. —Camina al frente, hasta la pared. —De regreso. Di
mil vueltas en esa pequeña habitación. Con ese artefacto casero, podía caminar.
Adiós a los vasos de agua, al bastón donde apoyaba la barbilla… Esa gorra con
correa era mi libertad. La alegría fue indescriptible.
Ese fue el gran quiebre en el
tratamiento de mi distonía. ¡Podía caminar! Aún así, fueron muchas sesiones
dónde me mostraba como tenía que balancear los brazos, no solo por estética,
sino por funcionalidad. — ¡Caminas como tabla, caballo, pareces un ropero que
se mueve! El braceo mueve los hombros e impide que se tensen. La instrucción sonaba fácil, pero nunca logré
ejecutarla bien. Practicamos muchas horas, frente a un espejo que colocaba al
final de un pasillo, para la retroalimentación. Ni así. Pero caminaba y nos
regresamos a México felices, con la tecnología cubana recién adquirida. Ni en
Estados Unidos, ni en Alemania, se les había ocurrido una prótesis tan
funcional. Y ni qué decir del precio…
—Todo este
relato me parece tan increíble… tan fantasioso, pero a veces me parece real. Hay
veces que el hierbero del mercado cura enfermedades que los médicos no pueden.
Y en otros casos, los hueseros curan con una sobada… Pero me quede pensando en
otra cosa, dijo Citlali.
—Le da mucho
mérito a su doctor, que sin duda lo tiene, pero veo que el mérito mayor fue de
su madre. Sin ella Usted se hubiera regresado a México hecho un energúmeno,
después de otro fracaso. Si se quedaron fue por ella. Y siento que fue gracias
a ella que ese doctor le puso tanto interés a su caso. A veces una tacita de
café, o un vasito de atole, abre las puertas y gana las simpatías.
—¡Qué bueno que lo mencionas!. Ese
café que preparaba mi madre pudo haber sido lo mejor que le pudiera haber
pasado a mi doctor a lo largo de todo un día. Todo lo que debió sufrir mi madre…
y en eso noté que se me quebró la voz. —Porque ella ahora ya no está, alcancé a
decir.
—No se ponga así…ella
sí está. Está en cada paso que da. Ella fue su "tanque estabilizador".
Sin ese café y sin su terca esperanza,
usted hoy no estaría aquí contándome esto.
En México conseguí un muchacho que algo sabía
de terapia física pues estuvo un tiempo ayudando a su cuñado que era boxeador.
De los buenos, de Tepito. Con él hacía largas caminatas por la segunda sección
del bosque de Chapultepec, y los fines de semana, nos íbamos a los bosques del
Desierto de los Leones. Llevábamos a los perros de la casa, que gozaban de esas
caminatas más que nosotros, y nos alegraban el día. Me daba algunos consejos
sencillos pero lo principal es que me animaba para mis caminatas y para mis
jornadas diarias de ejercicios en la barra (cuello izquierdo derecha, arriba
abajo, fatigar hombros, todo eso). Me regaló un chaleco con plomo adentro, es
decir con sobrepeso, como con los que entrenaba su pariente el boxeador. Era
para fatigar más los músculos. Al siguiente viaje lo llevé conmigo a Cuba.
Noche 41. Noches Habaneras
—La noche no es una franja de
tiempo vinculado al paso del sol —le dije ese día a Citlali—. En un contexto
como el nuestro, trepados en este cerro, es momento de meditación y
reencuentro; en otro, es bullicio; también es, desde luego, el tiempo de dormir.
—O todo al
mismo tiempo —añadió Citlali, en tono juguetón—. ¡Si yo le contara cómo
estuvo anoche la fiesta de mi prima…! Pero mejor siga con su reflexión.
Por las mañanas hacíamos una larga
caminata, de por lo menos una hora, por las calles de uno de los barrios
populares de La Habana, lejos del turismo. Nos hospedábamos en una casa
particular, donde nos rentaban un cuarto, cerca de la casa de mi doctor. Luego
íbamos a casa de él, a la terapia, en un patio sombreado en la parte posterior.
Por la tarde noche dábamos alguna otra vuelta, y por lo general lográbamos
hacer contacto con algunas chicas. Al principio les invitábamos un refresco o
algún helado, pero ya después nos fuimos dando cuenta de que ellas siempre
querían algo más. No tardamos en descubrir que un gran número de chicas en esos
barrios de La Habana, se dedicaban a lo que se conoce como “jineterismo”;
es decir, entregarse a un extranjero a cambio de cierta cantidad de dinero.
El régimen cubano ya ha sido
juzgado y condenado, digamos que por la historia. ¿Por qué lo hacen esas
chicas? ¿Qué las mueve? Yo no vi hambre. Incluso me pareció que se vestían sencillo,
pero siempre con buen gusto, con cierta coquetería. Mi impresión es que la vida
allá era bastante monótona, con ninguna novedad en la vida diaria. Siempre los
mismos productos en las tiendas, siempre el mismo noticiero con los mismos
temas, siempre la misma telenovela, ninguna expectativa de viajar, ninguna
expectativa de ascenso social por la vía de los estudios o la superación
personal. — ¿Le parece bien, me dijo una vez una doctora, que mi hijo de doce
años, quemando discos de música, gane tres veces más que yo, que tengo
especialidad? — Me podría perder en
disquisiciones sociológicas sin resultado alguno. Digamos que los turistas
éramos una de las principales fuentes de ingresos del régimen cubano, y esas
chicas, sin futuro, decidieron reclamar su parte y correr su aventura. Yo solo
puedo ser narrador de mi propia historia.
Mis últimos tres o cuatro años,
seriamente limitado por la distonía, habían sido de un encierro casi total. Y
mis últimos quince años, habían sido de un ritmo de trabajo vertiginoso,
exigente y brutal. De pronto estoy en el vestíbulo de un hotel en La Habana,
con mi “socio” fisioterapeuta, sin nada que hacer, y pido una ronda de mojitos,
y luego otra, mientras escuchábamos la canción por entonces tan de moda del “comandante
Che Guevara”, y entonces aparecen unas muchachas guapas, y que nos saludan, y que
son agradables, y que son estudiantes, y que nos hacen caso… El tiempo perdido
nunca se recupera, pero al menos se hizo el intento… Ahí en Cuba logré darle al
cuerpo lo que por tantos años le había sido negado. Con el tiempo, fuimos
perfeccionando nuestras rutinas y nuestras metodologías, a la par que seguía
mis tratamientos con el doctor.
Mi gorra no me la quitaba para
nada. Era lo que me permitía mantener erguida la cabeza en posición de
sedestación y bipedestación. Pasé muchas horas, con mi doctor frente al espejo,
tratando de mejorar el control motriz. «No seas ansioso —me decía—. Si sientes
que viene un tirón, haz una pausa, llévate una mano a la barbilla; hay muchos
gestos normales que la gente hace…» Por momentos lo lograba, pero el avance era
mínimo. Entonces fue que le dije: —Mira, ya no me interesa tanto controlar el
cuello. Lo único que me interesa es que me arregles el audio—…
Ese era el gran tema. Con mi gorra
podía yo desplazarme a cualquier lado, así me viera un poco raro con un
cinturón vertical en la espalda. Lo que sucedía, es que al apoyar la cabeza en
la gorra, se contracturaban los músculos de la garganta, y me costaba muchísimo
trabajo articular las palabras. A veces me entendían, a fuerza de repetir y
repetir. A veces tenía que ayudarme con las manos para alzar la mandíbula y
poder hablar. No había mucha alternativa, más que seguir con los mismos
ejercicios frente al espejo, para tratar de restaurar los procesos cerebrales
que la distonía había dañado. Esa era la premisa de trabajo de mi doctor. —Caballo,
le dije un día, un poco en son de broma—, no puedo creer que no puedas arreglar
el audio… —Caballo, soy médico, pero no soy Dios.
Por aquella época, el audio era mi
mayor problema, y lo sigue siendo aún. La gorra con la cinta la dejé de usar
hace algunos años, el audio ha mejorado un tanto, pero para conversaciones
largas tengo que tenderme en algún camastro, sofá, o hamaca.
Estoy de vuelta en La Habana.
Manejo un pequeño vehículo japonés que alquilé por las tres semanas que durará
mi estancia. Tengo un pequeño departamento en una casa con una gran huerta de
bananos al frente. Por las mañanas va mi doctor a la terapia. Por las tardes tomo
el carro y salgo a “ruletear”. Ya conozco los horarios de las salidas de las
universidades y de los tecnológicos. Sé a qué hora no hay nadie en las avenidas
bajo los rayos inclementes del sol. Sé cuáles son los cruceros donde hay más
chicas pidiendo “botella”, o aventón. Sé cómo actúan en grupo, y cómo se
comportan cuando van solas. Casi nunca me falla la hora de la salida de la
Escuela de Gastronomía, sobre la Quinta Avenida. No tengo mucho que hablar. La
chica me dice a dónde va. Yo siempre voy hacia allá, donde iba ella. A veces la
dejo en su destino y me agradece. Vuelvo a lo mío. A veces alguna chica dice
estar aburrida, la invito al departamento, ponemos música, disfruta de los “ipod”
que por aquel entonces no había en Cuba, se relaja en el aire acondicionado,
que es un lujo que pocos tienen, y ya después, me toca relajarme a mí. Siempre
con mi trago de ron al lado. En la casa puedo charlar más, y hacer algunas
bromas. Las chicas no llevan prisa en esas largas tardes habaneras. No importa
que caiga la noche. Yo las llevo de regreso; las dejo a una o dos cuadras de
sus casas, para prevenir a los vecinos chismosos. Después de tres semanas de
este tratamiento, puedo regresar a México, relajado y tal vez hasta dichoso. Esas
andanzas en La Habana como un verdadero regalo de la vida.
—Y qué,
intervino Citlali, ¿nunca se enamoró de ninguna? Tanto va el cántaro al agua,
hasta que se rompe…
—No te lo sé decir. Creo que nunca
he conocido lo que es el amor. Lo conozco por los libros; aparece en casi todas
las novelas que andan por ahí. Por eso aprecio tanto la literatura marginal, y
no sé si la novela de Kawabata corresponda, pero mis sentimientos van más por
ahí…
Citlali me veía desconcertada, como
si le hubiese hablado en japonés.
—¿Cómo
que nunca ha estado enamorado?
—Exageré, —respondí, y le conté una historia. Una noche,
iba con el dueño de la casa donde me hospedaba, en su vehículo Peugeot. Lo
conocían como Mario el Marinero, pues había sido jefe de máquinas de una de las
embarcaciones transatlánticas que cruzaba el Atlántico antes del derrumbe de la
Unión Soviética, por eso tenía el privilegio de poseer un carro. Sus esperanzas
de volverse a embarcar algún día se desvanecían con el tiempo, así que se
dedicó de tiempo completo a manejar su auto que, bien trabajado, era una
pequeña mina de oro. Por las noches iba a cargar petróleo a un depósito oficial
donde se lo vendían por la «izquierda» a un costo reducido. Ahí íbamos, entre
el Hotel Habana Libre y los Helados Coppelia, cuando divisamos a una muchacha
de muy buen ver: de buena estatura, delgada, cabello rubio, con pantalones
negros ajustados, una blusa roja llamativa y una gorra beisbolera que portaba
con la visera hacia atrás. «Soy Dailin, —dijo con una sonrisa, de esas que
enamoran. — Súbete, Dailin, vamos con mi socio a dar un paseo.» La llevé a mi
departamento, en el piso superior de la casa de Mario el Marinero, al que
accedía por una escalera exterior de hierro forjado, tipo navío. La chica era
risueña, de sangre ligera, y la pasé sensacional.
Al día siguiente, subió Mario a
invitarnos a desayunar a su casa. Todos estábamos encantados con Dailin; hablaba
poco pero sonreía mucho. La esposa de Mario el Marinero se me acercó y me dijo:
«Oiga, qué muchacha tan más linda. Le conviene cantidad.» Me sentí orgulloso de
tenerla a mi lado, y contento de la convivencia tan agradable que se había
logrado. Yo tenía un carro de alquiler, así que me fui con Dailin hacia las
Playas del Este. Iba feliz seleccionando canciones del iPod que llevaba,
las cuales escuchábamos a través de unas pequeñas bocinas externas que había
comprado. Alquilamos unos camastros, nos metimos al mar y la tarde se nos fue
volando.
Así transcurrieron varios días y
sus respectivas noches, lo cual fue para mí una experiencia nueva. Nunca había
convivido por tanto tiempo con una mujer, y tan intensamente, sin sentirme
nunca agobiado por su compañía, ni por el sentimiento de tener que atenderla,
ni por la urgencia de estarle platicando cosas para agradarla, ni comprándole
cosas. Fueron dos semanas en que fluimos en el tiempo, los dos juntos.
—Oiga —me
interrumpió Citlali—, si la recogieron así nada más en la avenida, me
imagino que no llevaría ropa para cambiarse, ni traje de baño ni nada…
—Créeme que de esos detalles no me
acuerdo. Tal vez la acerqué a algún lugar donde tendría sus cosas, tal vez le
compré algo en algún bazar o tal vez la esposa de Mario le prestaría algo de
ropa, o alguna de sus hijas, que eran más o menos de la misma edad…
—¿La hija de
su amigo de la edad de ella?
—Pues sí —tuve que reconocer algo
apenado. Por salir de una pregunta ya me había embrollado más.
Tuve que explicarle a Citlali que
en Cuba todo es diferente, y que esa diferencia de edad allá no era para
escandalizar a nadie.
—No me
convence —me replicó—. Pero cuente, ¿qué más pasó?
—Una mañana me dijo Dailin que
tenía que irse para su ciudad, a Holguín, al oriente de la isla. Me tomó con la
guardia baja; le dije que sí, me dio un papelito con su número de teléfono fijo
de allá y se fue, o tal vez la llevó Mario a algún lugar. Por aquellos días ya
me tocaba regresar a México, y regresé feliz a mi oficina a conversar con mis
colaboradores y amigos de mis aventuras y de mi conquista. Pocos meses después
volví a Cuba y tomé un vuelo para Holguín. Me esperaba Dailin en el aeropuerto.
La vi muy delgada; igual de hermosa, pero muy delgada. Quise llevarla a cenar,
a tomar algún helado, pero a nada accedió. «Vamos directo a la posada», me
pidió. Me explicó que no podía salir a la calle, que la podían ver, que la
vigilaban… Nunca supe quiénes ni por qué. Estuvo ansiosa toda la noche. Al día
siguiente nos despedimos y nunca más la volví a ver.
—¿Qué hizo?
Era para que hubiese insistido más, si tan bien la pasó con ella —sentenció
Citlali—.
—Toma en cuenta que yo operaba en
un país desconocido, con un sistema socialista del que todos tenían miedo y
cuyas reglas no estaban escritas en ningún manual. Hoy, al recordarlo, creo que
debí haber hecho algo más. Pero después de esas semanas con Dailin, y ya un
poco más recuperado de mi distonía, me sentía el rey del mundo… Tan solo había
que pasar unos meses en México para recargar las pilas y volver a Cuba.
—Para mí que
entonces sí se enamoró, aunque lo niegue —concluyó ella—. Más triste
aún.
Meneó la cabeza en un gesto de
desaprobación.
Noche 42. Por un Puñado de Plata
—Oiga, me
quedé con una duda el otro día —dijo Citlali después de saludar—.
Durante esos años que viajaba a Cuba, ¿seguía trabajando? ¿Y de dónde sacaba
dinero? Por barato que haya sido todo, no cualquiera se puede dar todos esos
lujos.
—Trabajé unos años más y después me
jubilé, por decirlo de alguna manera…
Terminó el sexenio de Zedillo. Por
primera vez había perdido el PRI la elección presidencial; ganó Vicente Fox y
prometió grandes cambios. Creo que al final no hizo muchos, pero, al menos en
su gabinete, metió a pura gente nueva. Fue curioso. El nuevo secretario, cuando
lo vi la primera vez, me dijo: «Yo a ti ya te conozco». Me desconcertó el
saludo, y de inmediato me aclaró que me había escuchado en una de las muchas
charlas que di para dar a conocer el TLCUEM. Me trató bien, pero la realidad es
que tuve algunas dificultades para acomodarme con los funcionarios de su
equipo: medio me hacían caso y medio me marginaban. Sin embargo, logré mantener
un sueldo más o menos bueno.
El trabajo no era aburrido, pero
tampoco tan movido como lo fueron los anteriores. Puede ser que, inclusive,
hubiese sido el empleo ideal: ya conocía los temas, tenía buenos colaboradores,
no era imprescindible ni me utilizaban como «chile de todos los moles». No
aquilaté lo suficiente ese trabajo por andarme fijando en lo que pude haber
sido y no fui.
Un día me llamó por teléfono un
amigo de batallas anteriores para proponerme un negocio. No me quiso decir de
qué se trataba: «En mi oficina del Pedregal te lo explico. Te vienes a comer
mañana», atajó. Llegué al día siguiente puntual a una mansión enorme, de esas
que fueron típicas del Pedregal de San Ángel; no parecían oficinas. Un ujier me
pasó a un comedor elegantísimo, con muchísimos lugares de cada lado. Éramos
pocos: mi amigo, su novia, su socio y yo. Nos sirvieron una comida de tres
tiempos acompañada de buenos vinos. Gracias a mis terapias en Cuba ya no estaba
tan lisiado como antes; podía manejar y sentarme más o menos adecuadamente en
una mesa.
Esperaba que durante el café
entráramos al tema del negocio. Se veía que mi amigo tenía dinero, y mucho. Nos
dijo que el café lo servirían en otro salón y hacia allá nos dirigimos. Subimos
un tramo de escalera y llegamos a un espacio muy amplio, con un ventanal al
frente que daba a un jardín cuidadísimo, de césped inmaculado, donde circulaban
unos pavos reales majestuosos. Había tapetes persas, sillones de cuero y
animales disecados: osos, tigres y venados. Nos sentamos mi amigo, su socio y
yo alrededor de una mesa con una shisha, ese recipiente de vidrio con agua en
la base y mangueras que permite que varias personas fumen al mismo tiempo,
símbolo máximo de la conversación pausada en el mundo árabe. Al final, soltó el
tema:
—Tú tienes un seguro médico que te
cubre por incapacidad permanente. Si sabes cómo funciona, ¿verdad? Solo te
indemnizan cuando estás en el puesto, porque lo paga el gobierno como una
prestación. Si te corren mañana, el seguro no te da nada porque ya no eres
nadie. ¿Comprendes? No es que yo crea que te van a correr, pero ¿qué tal si Fox
corre a tus jefes? ¿O si tu jefe se va de candidato a gobernador? Tú mejor que
nadie sabes cómo es la política.
La cantidad de la que hablaba era
muy tentadora. Equivalía a cien veces mi sueldo mensual antes de impuestos; ni
trabajando ocho años corridos y ahorrando todo juntaría esa suma. Pero tampoco
me parecía correcto declararme incapacitado si aún podía trabajar.
—Piénsalo —me dijo—. Mañana me
dices. Hoy tenemos los contactos para que el área de medicina del trabajo del
ISSSTE vea tu caso rápidamente. Tú puedes hacerlo solo si quieres: primero
pides una cita en tu clínica de zona —ojalá que te la dieran pronto—, después
te darán un tratamiento que ya sabes que no funcionará, después te canalizarán
con un especialista… ¿Le sigo? Lo puedes lograr, la cosa es cuándo.
—Y bueno, ¿ustedes qué ganan?
—El treinta por ciento.
—¿Qué? ¿Tanto?
—Solo es si quieres. Nosotros
también tenemos que repartir.
Me despedí. El trayecto a mi casa
era largo, como de tres cuartos de hora a buena velocidad. Fui cavilando sobre
el asunto en el camino. Cuando llegué a casa, la decisión estaba tomada.
—¡Qué fuerte!
—exclamó Citlali en voz muy baja, como asimilando el tema.
—Son momentos tan extraños… No hay
mucho tiempo para pensar y, en unos pocos segundos, uno tiene que decidir sobre
su propia vida. No razoné nada; fue una decisión que brotó de mi interior. Mi
cuerpo fue el que me dijo que no podía seguir viviendo igual.
—Eso sí —asintió
Citlali—. ¡Hay que escuchar al cuerpo!
—Volví a la oficina de mi amigo en
el Pedregal a comunicarle mi decisión. Me recibió muy cordial: «Pásale a un bar
chiquito que tenemos por acá». Era un espacio pequeño y agradable. «Te presento
a mi amigo tal, es un empresario». «Mucho gusto». Estaba encendido un televisor
mientras platicábamos de cualquier cosa, disfrutando de nuestros tragos. De
pronto, el empresario se levantó, subió el volumen del aparato y nos dijo a
todos: «Miren, ya va a conocer el noticiero de Lilly. Quiero ver si trae puesto
el collar que le regalé». Sí lo traía. No pareció darle mucha importancia y, al
poco tiempo, se marchó. Me quedé con mis conocidos. «Cuando cobres tu cheque en
la aseguradora, nosotros no vamos a entrar. Te esperamos afuera y de ahí nos
vamos al banco». «Está bien. Todo arreglado».
De nuevo el largo trayecto a casa.
Repasé la escena del empresario y del collar. De pronto me vino a la mente el
escándalo reciente que se atribuía en la prensa a la conductora Lilly Téllez,
cuyos guardaespaldas habrían agredido salvajemente a unas personas por algún
motivo poco trascendental. Sentí un ligero estremecimiento y un poco de sudor
frío. «¡Bienvenido al mundo real!», me dije.
—Mugrosas
ratas —exclamó Citlali, indignada, cuando terminó de escuchar el episodio.
Noche 43. Las Mieles del Caribe
—Hay un dicho que dice que
estábamos mejor cuando estábamos peor, le dije a Citlali a manera de saludo.
—Cuando peor estuve de mi distonía,
cuando no podía casi ni caminar, fue que descubrí las mieles del Caribe, en una
ciudad tan llena de vida como La Habana. No la vida de cartelones de neón, ni
la de restaurantes en terrazas elegantes, ni la de los conciertos. La vida. La
gente que camina, que trabaja, que sufre, que llora, que tiene
ilusiones…Estamos muy acostumbrados a llamarle vida a lo que no es. En Cuba,
sin celulares, sin internet, la vida es la convivencia con los demás, así no
haya nada que compartir, mas que la música de un viejo reproductor, o la charla
con el amigo o la vecina, sobre cualquier cosa, como por ejemplo, las
detalladísimas descripciones físicas de una persona. No voy a romantizar esa sociedad;
detrás del bullicio se esconden tragedias y vidas dolorosas. Pero en mi caso,
cuando peor estuve, fue lo que descubrí. Y aparte de todo, después de tocar el
fondo, comenzó mi recuperación.
—¿Tan mal
iba?
—En una ocasión que decidí ir a
caminar por la zona del puerto, sobre la costera, me comenzaron a seguir unos
niños, primero unos tres, luego cinco, luego muchísimos más, que me preguntaban
porqué llevaba un vaso de agua pegado a los labios, y no supe que contestar.
“Es un problema neurológico”, les daría igual mi explicación, si es que alcancé
a articularla y ellos a escucharla. Pero me seguían fascinados, como si
contemplaran a un faquir en el circo recostado sobre una cama de clavos. Hasta
ese día comprendí la magnitud de mi problema. No es solo lo que yo sentía; sino
también, cómo era la mirada de los demás.
Después de cobrar mi indemnización
no tenía nada claro lo que habría que hacer. De la Secretaría de Agricultura me
despidieron muy gentilmente, haciéndome saber cuán útil era y que esperaban
seguir contando con mis servicios, ahora a través del mecanismo de honorarios
profesionales.
—A la aseguradora que te pagó la
incapacidad le tiene absolutamente sin cuidado lo que hagas con tu vida —me
explicaron—. Si trabajas, o de qué trabajas, les tiene sin el más mínimo
cuidado.
Así que podría seguir laborando
como prestador de servicios, aunque ya no como funcionario. Con Agricultura
logré algunos contratos temporales, no muy bien pagados; conseguí algunos otros
con organismos internacionales que tenían que ver con el sector y para quienes
mi experiencia resultaba valiosa. Mi
carrera profesional había llegado a una cúspide a la que era impensable
regresar; como consultor no tenía ni currículo ni experiencia. Algo pude
cosechar, sin embargo, en esa larga cuesta de bajada.
Los primeros años, entre un
contrato temporal y otro, siempre me di tiempo para volver a Cuba. Aún me
costaba trabajo desplazarme, pero ya había logrado caminar sin la gorra y el
cinturón amarrado por la espalda. Seguía con los problemas de audio, pero con
los intereses de lo que tenía depositado en el banco no hubo impedimentos para
regresar a la isla.
—¿Por qué no te vas mejor a
República Dominicana, a Jamaica o a otro lado? —me preguntaban algunos
parientes y conocidos.
—Porque tengo que ir a ver a mi
doctor.
Mi obsesión por volver a Cuba tenía
mucho que ver con mi afición por recorrer en el carro todo el Malecón, la
Quinta Avenida, pasar por Jaimanitas y llegar a las playas de Baracoa, que eran
de arena menos blanca, menos extendidas y algo rocosas, pero con mucho sabor
por ser uno de los balnearios a los que va la gente de allá. El oleaje era
suave y el ambiente familiar, pues casi no iban turistas y no se percibía la
atmósfera libertina de otros lugares. Al regreso a La Habana, con la luz
crepuscular, iba siempre con los ojos bien abiertos para detectar cualquier
ciclista que se me pudiese atravesar y, obviamente, a alguna joven con
necesidad de solicitar transporte o lo que fuera.
Así conocí a la mamá de Evita. Ella
era una chica menuda, de tez blanca y cabello muy alborotado que, desde que se
subió al auto, me hizo reír mucho con sus ocurrencias y su forma de hablar. La
traté muchas veces, sin ningún compromiso; me daba tiempo de conocer a otras
muchachas y también pasarla bien. Su familia practicaba la santería, pero de
una manera bastante light y casi podría decir que más por folclore que
por convicción. Sus relatos de las deidades de origen africano me entretenían y
pronto me aprendí los colores asociados a cada una de ellas, la forma de vestir
de las novicias y de las iniciadas, entre otras cosas. A veces nada más íbamos
a la Marina Hemingway a tomar un helado y pasar el rato. Un día llegó con
Evita, su niña de unos cinco años, muy risueña y despierta. Paseamos algunas
veces como si fuésemos familia. Un día, circulando por el Malecón, Evita se soltó
diciendo lo que quería ser de grande:
—Yo quiero tener mucha ropa buena,
comer muchos helados y tener mi yuma para que me pasee.
Pasó la tarde y por la noche seguía
desconcertado. En Cuba un yuma es un extranjero; que Evita quisiera
tener uno… Fue una reflexión que marcó un antes y un después en mi forma de
percibir la realidad cubana. Terrible.
Regresé a México con un sabor
agridulce. Desde hacía tiempo me había dado cuenta de que en Cuba se vive en
una especie de prisión: siempre con una carencia de algo tan básico como papel
o jabón de baño; siempre con el cuidado de no hablar del régimen, ni siquiera
en privado; siempre con el miedo de tener a la policía por detrás, pues para
sobrevivir todos tenían que cruzar las líneas de una legalidad que ni siquiera
estaba bien trazada. El comentario de Evita fue como un mazazo en la cabeza.
Había visto la carencia de proyecto de vida y de futuro entre los jóvenes, pero
nunca se me había ocurrido que esa mentalidad de supervivencia en la adversidad
permeaba también entre los niños. Me comenzó a entrar un mal sabor de boca, sin
que llegara a ser una condena moral. Yo no hacía el mal a nadie… y sin embargo,
también era parte del todo. Por aquellos días dejó el poder Fidel en manos de
Raúl; se avecinaban cambios y se esperaba la entrada masiva del turismo
norteamericano. Más o menos así tomé la determinación de no volver a Cuba.
Desde el año 2006 no he vuelto.
Citlali estaba indignada con este
último tramo del relato. Le caló muy hondo la historia de la niña Evita. Pero
atinó a preguntarme, casi con desgano, temiendo mi respuesta:
—¿Y no
extraña seguir yendo para allá?
Casi le pude adivinar el
pensamiento. No podría negarle mi gusto por esos viajes; había llegado el
momento de franquearme con ella. Mi repulsión al sistema no le bastaría;
tendría que decirle que sí extrañaba, y mucho, ese «Palacio de las Bellas
Durmientes» al que nunca volví. Sí, Cuba era como ese palacio de Kawabata: un
lugar de refugio para hombres maduros que buscan recuperar una juventud que se
les escapa. Omití relatarle que después de Cuba hice muchos otros viajes a
Colombia —otra sucursal del Palacio—, con mujeres encantadoras y paisajes
esplendorosos. Tal vez algún día, si lo encuentra, le regalaré un ejemplar de
unos relatos que escribí al cumplir mis cincuenta años, Cincuentenario,
donde constan mis andanzas por allá y se narra una Historia que no fue de
amor.
—Citlali, no pienses en Cuba,
piensa en mí —le pedí—. Con la intensidad de los trabajos que tuve y con esa
distonía que me descuadró la vida, emocionalmente no crecí. Con la mente me
quedé atorado en el tiempo de mi juventud. Mi cuello dejó de responderme, mi
marcha y mi habla se volvieron difíciles y lentas. Yo tenía apenas cuarenta
años y muchas necesidades vitales. Socialmente me quedé perdido, totalmente
desubicado. Las mujeres de mi edad siguieron su vida, tuvieron sus
experiencias, sus familias, sus desengaños, todo lo que es normal. Yo no tuve
ese desarrollo. Haz de cuenta que un día me dormí con veinticinco años, apenas
saliendo del cascarón —tardíamente lo reconozco—, y amanecí después a los
cuarenta. Tengo esa fijación por las mujeres jóvenes y guapas, las que no tuve
y las que ya no tendré. Me quedé suspendido en el tiempo, si lo quieres ver
así.
—En el espejo es un hombre mayor y
en su deseo es un adolescente —concluyó Citlali—. ¡Qué cosa!
Noche 44. De Regreso con las Bellas Durmientes
Esa noche regresé de un viaje que hice a la CDMX. Citlali ya
estaba en la biblioteca, memorizando los músculos y los huesos del cuerpo
humano en preparación para uno de sus exámenes de enfermería.
—Ya necesitaba un break —me
dijo, y cerró su libro—. Cuénteme cómo le fue. Me imagino que se divirtió
mucho.
—Me gusta ir a la ciudad para cambiar de rutina. Muchas
tardes saco mi bicicleta y me voy a pasear por las calles de la capital;
siempre es entretenido. Por ejemplo, ayer me tocó un festival de las iglesias
cristianas a un costado del Monumento a la Revolución… De ahí cruzo hacia la
Calzada México-Tacuba -que ahora se llama México Tenochtitlan, y me interno por
las calles de la colonia Buenavista, muy conocidas por la presencia cotidiana y
constante de sexoservidoras. Me gusta pasar por ahí nada más para mirar, y descubrir
alguna que esté guapa. Digamos que, de diez, tal vez una.
—Vaya hobby —exclamó
Citlali—. Podría tener otro más creativo. Pero sígale, ya me dio curiosidad.
—Esas chicas añaden un toque de folclor al paisaje urbano.
Me imagino que yo también se lo añado: un adulto mayor circulando en bicicleta
de montaña de última generación. Ahora que fui, vi a una chica muy linda y me
detuve a preguntar lo obvio en esos casos, solo para tener chance de mirarla
más de cerca. La chica era una migrante venezolana, muy alegre. Le dije que
volvería; seguí dando vueltas por las calles por un rato más, pensando en ella,
en que no había desayunado, según dijo, y decidí regresar a darle algo de
dinero para que se comprara algo. «Pero han de ser arepas», me advirtió. «Lo
que quieras», le dije.
Desde ese día me entró la curiosidad de dejar el voyeurismo
y contratar a alguna. A mi edad mi libido ya está algo disminuida y, si no se
logra nada, no me importa; a las chicas mucho menos. Los días siguientes di
varios paseos, sin éxito, pero la constancia da resultados y una tarde, después
de dar vueltas sin encontrar a ninguna de mi agrado y ya habiendo emprendido la
ruta de regreso, la divisé en una esquina: alta, morena clara, pelo largo,
negro lacio, falda corta, tacones altos. No recuerdo los detalles de su outfit,
pero en conjunto se veía bien, nada vulgar. Y un detalle final que la volvía más
llamativa: sostenía un colorido paraguas para protegerse del sol.
Me acerqué. Están muy acostumbradas a que los clientes les
quieran hacer conversación, así que en fracciones de segundo hay que decidir si
uno va o no. «Va», le dije. Caminamos pocos metros hasta un hotel; no hubo
necesidad de registrarse, solo pagar, y nos asignaron una oscura habitación de
planta baja para que metiera la bici sin dificultad.
—Siga contando —dijo
Citlali, mientras un leve rubor purpúreo le encendía las mejillas.
El baño preferí no conocerlo; desde la puerta se veían
muebles corrientes y mosaicos muy básicos. Me tendí en la cama con la ropa
puesta: me dan temor los ácaros y la plaga de chinches que se reportó hace poco
en la ciudad. Mientras tanto, ella se desvistió completamente y le vi un cuerpo
sensacional. Ella quería pasar a la acción de inmediato, pero yo no estaba
listo; me hacía falta la estimulación de su cercanía. «Acércate», le pedí, y lo
hizo; así le acaricié el cabello un largo rato mientras alababa su belleza.
«Espera a que esté listo», le dije, y así se abrió un espacio íntimo para
nuestra conversación.
Algo logré captar de la historia de su vida; aunque claro,
habrá vacíos y muchas inconsistencias, pero hay situaciones que son reales.
Ella es hija de una familia de ganaderos prominentes del estado de Michoacán, y
vivían en una localidad cerca de Zamora. Evocó su infancia y juventud con
alegría: solía salir a montar a caballo y recorrer los potreros de la familia,
divisar las vacas, ir al galope junto con otros familiares y amigos. Al cumplir
los dieciocho años el padre le regaló un Mini Cooper nuevecito, de
agencia, y lo gozó bastante con sus amigas en sus salidas nocturnas a las
poblaciones con mayor vida social. Llevaba una vida de princesa, según relató,
pues era la consentida del padre y le cumplían todos sus caprichos. Del
capítulo educativo no salió nada.
Un día inesperado el padre la llamó para comunicarle que uno
de sus amigos, un ganadero todavía más próspero, estaba interesado en ella para
un compromiso matrimonial. Ella salió huyendo; no se imaginaba estar con ese
hombre tan mayor para ella, y menos que su padre fuera quien estuviese detrás
de ese arreglo entre familias, fortunas y hatos ganaderos. El padre insistió,
trató de imponer su autoridad, sin éxito. Una noche, por impulso, por repulsión
al futuro que le esperaba, decidió huir de la casa y se dividió a la Ciudad de
México. Lo dejó todo, pero no quería dejar ahí su libertad.
Viene una etapa sórdida en su vida. Supongo que saldría con
algo de dinero cuando se escapó y que la caída sería gradual, de poco en poco:
primero buscando empleos cualesquiera y, después, alguien la alertaría en la
actividad del sexo servicio. Me cuesta imaginar ese brinco, de los potreros del
Bajío y los cielos luminosos a las banquetas atestadas de gente y mercancía en
las calles de La Merced, las más promiscuas y degradadas de la ciudad. Ahí se
ofreció a los clientes; ahí y también en Sullivan, y luego también en las
calles de la colonia Buenavista donde la encontré. No sentí que se victimizara
en ningún momento; todo su relato giraba en torno a la conquista de su
libertad. Decía que el sacrificio valía la pena, pues estaba construyendo su futuro.
Lo dudé, pero no dije nada; no hay derecho para quebrar una ilusión.
Dijo que la tarifa que cobraba en estas zonas era baja, pero
que se compensaba con creces por la cantidad de servicios que surgían, y que
gracias a ello ya había construido un pequeño capital, que había adquirido
varias hectáreas de terrenos forestales en la sierra de Puebla y que pensaba
hacer en el futuro unas cabañas rústicas y caminos para el disfrute de los
visitantes. Con escepticismo, pero con interés —pues al menos la chica tenía
bastante imaginación en caso de no ser cierto su relato—, visualicé esos cerros
arbolados, con bosques tupidos de clima frío, como los que tiene un amigo mío
por esos rumbos. También evoqué los cerros de mi propio rancho y lo difícil que
fue hacer caminos en la topografía de las montañas. «Hice los caminos en forma
de S —me dijo—, es la única forma de poder ascender, en zigzag». Le comenté que
así eran los míos y que me gusto recorrerlos en mi cuatrimoto. Le brillaron los
ojos. «¿Tienes moto? Yo tengo un Rzr». Me sorprendió mucho; no
cualquiera conoce lo bien que se adaptan esos vehículos a la montaña. Me estaba
comenzando a creer todo el relato y fue cuando exclamé: «Pues tienes más dinero
que yo». Creo que sonrió y lo tomó como un cumplido.
«¿Nunca te ha sucedido que el cliente se ponga terco, y
quiera hacer algo a lo que no estés dispuesta?». Me miró por un instante, recogió
uno de sus tacones de punta alta del piso, los meneó en el aire con fuerza y me
preguntó que si sabía para qué pudiesen servir. Poco después el tiempo se
agotó, se vistió, se puso los tacones de largas puntas afiladas, tomó la
sombrilla —también termina en una punta, por cierto— y se marchó.
Citlali se incorporó de pronto en
su sillón.
—Acá en el
pueblo no hay nada de eso, ya lo habrá notado usted, tan observador, en sus
paseos en bicicleta. Mis primos que han salido a trabajar a otras ciudades las
llaman «pirujas» o «cuilas», o por otro nombre, y a nadie le interesa saber por
qué acaban así.
Actuaba como si estuviera muy
enojada conmigo, pero no logró esconder del todo su asombro y su curiosidad.
—Es una historia nada más
—respondí—. Hay una parte de ambición genuina, porque aspira a un porvenir
mejor con sus bosques y sus cabañas. Hay una actitud de rebeldía, cuando decide
dejarlo todo por no casarse con quien ella no quería. Y hay una actitud de
cautela, con sus tacones y su paraguas para zumbarle al cliente.
—Si fuera
tan digna no se habría metido en eso —me rebatió Citlali. Guardó silencio
por unos instantes y luego me encaró—: ¿Y usted qué? Aquí veo el cuarto
lleno de novelas como para que tenga que ir a esos lugares a escuchar una.
—No me regañes. Te conté esta
historia porque es una pequeña ventanita por donde te puedes asomar al «Palacio
de las Bellas Durmientes». Un día te prometí que te dejaría asomarte; ahora ya
sabes un poco más de qué se trata.
—¿De
lujuria…? —preguntó un tanto temerosa.
—No. De soledad.
Noche 45. El Citlaltépetl. El Sueño de un Imperio
Era mayo y el calor es fuerte en esa época del año. Tenía
abiertas las ventanas —una que da a la laguna y la otra que da al cerro— para
que corriera el aire cruzado. Bendije la hora en que mandé colocar los
mosquiteros. Pasé la tarde leyendo un libro ilustrado sobre la vida cotidiana
en la Gran Tenochtitlan y, al anochecer, como de costumbre, apareció Citlali.
—¿Sabías que el Cerro de la Estrella en Iztapalapa no se
debería llamar así? —le pregunté—. En náhuatl su nombre era Huizachtépetl,
o «Cerro de los Huizaches», pero a los españoles se les ocurrió bautizar a una
hacienda de por ahí con el nombre de La Estrella y por eso el cerro de atrás
cambió de nombre.
—Póngale así a su cerro, el
Huizachtéptl, al fin es lo que abunda por acá. ¡De Iztapalapa para el mundo! —y festejó
su ocurrencia con una sonrisa.
—Preferiría llamarlo el Citlaltépetl, pero me temo no
estar a la altura.
Citlali captó rápido el piropo.
—Pues échele ganas —dijo ella
un poco ruborizada.
Desde muy chico, cuando la abuela Omma nos repartió el
rancho, tuve la sensación de que era dueño de un territorio muy grande. Yo era
un chico callado y muchas horas me las pasaba imaginándome situaciones o
eventualidades: desde las típicas, como «así seré cuando sea grande», hasta las
absurdas, como cuando me sentía el Corsario Negro después de leer una novela de
Salgari.
Este cerro que ves, desde niño, lo asociaba con un imperio
en el cual reinaba. No eran sueños concretos, como los de quienes piensan en
poner vacas o construir mansiones; era un imperio real que tenía sus fronteras,
sus lugares icónicos y sus regiones diversas, como el llano, las laderas, las
cumbres y la «región laguna», que no era sino un socavón con vista hacia la
presa. En mi mente cada lugar formaba un territorio del reino que yo gobernaba.
Cuando llegábamos de fin de semana y plantábamos con mi padre un guayabo, yo
tenía la fantasía de que habíamos llevado progreso a la región baja. Siempre vi
este cerro a través de una lupa enorme que todo lo magnificaba y me hacía
sentir importante, único y diferente. Fue mi caparazón mental para refugiarme
de todo lo que en el mundo me pudiese resultar hostil. Aunque no viniese aquí,
mi mente siempre estuvo divagando por estos lugares.
—¡Vaya con el Corsario Negro! —dijo
Citlali con una sonrisa suave, casi conmovida—. O sea que mientras todos
pensaban que usted contemplaba el horizonte, en su cabeza gobernaba llanos y
conquistaba cumbres.
—Es algo que nunca se lo había contado a nadie. Me hiciste
recordar el plano del rancho que pegué en mi pequeñísima habitación cuando
estuve estudiando en Inglaterra. Aún ahora tú ves esta biblioteca y este cerro,
pero yo me siento como un rey viejo que tiene su castillo bajo asedio. Cuando
nos dividimos el terreno entre mis hermanos y yo, el mayor vivía fuera de
México, pues ya había iniciado su carrera diplomática. El menor, Fernando,
también tenía un gusto enorme por este lugar. Primero veníamos con nuestros
padres; después, cada uno por su lado.
Cuando la abuela Omma decidió formalizar la entrega del
rancho entre sus nietos, agrupados por familias, nos propusimos la meta de
hacer una casa a la altura de nuestra herencia. La fracción que nos tocó
albergaba lo que fue el casco antiguo, que no eran sino unos jacalones de adobe
y teja ubicados en forma de L alrededor de un corral, que en su tiempo sirvió
para la engorda de animales. Mis padres ya habían hecho una pequeña adaptación
en una de las alas y quedó una casita pequeña, bastante rústica, pero a la que
llegábamos muy contentos de vez en cuando. De ahí salimos muchas veces para
explorar el cerro. Lo veíamos desde abajo y siempre sentimos la curiosidad de
llegar hasta la cima. Primero se atravesaban unas milpas de maíz, a las que
llamaban «joyas», y luego la pendiente aumentaba y comenzaban los matorrales,
la selva baja o el «malpaís».
Había un sendero que llegaba hasta arriba, que zigzagueaba
acomodándose a la topografía, de esos que no se hacían con maquinaria, ni
siquiera con pico y pala, sino que nada más existían por el paso continuo de
quienes los transitaban. Por lo que entiendo, lo recorrían el cuidador de la
abuela Omma, algunos de sus hijos y nietos, y algunas señoras del pueblo, a las
que muchas veces vi subir con unos pequeños costalitos para buscar tierra de
monte para sus macetas. A veces perdíamos el rastro de la vereda, por lo que
siempre era una precaución necesaria ir con un machete para abrir brecha.
A medida que subíamos se notaban cambios en la vegetación. A
una altura media solo había nopaleras y algunos árboles bajitos de copal, casi
famélicos por la escasez de suelo vegetal, y uno que otro zapote blanco, que se
distinguía por tener siempre sus hojas verdes aún en las épocas más canijas del
estiaje. Más arriba proliferaban unos árboles de copa muy alta y de hoja
escasa, muy fina, como la de las jacarandas, a los que la gente llama
tepehuajes. También había abundancia de una variedad de árbol que no alcanza
más de tres metros de altura, llamado timbre, que adopta unas formas retorcidas
y caprichosas, casi fantasmagóricas. Por todos lados había maleza y malas
hierbas; después de esos recorridos terminábamos con las agujetas, los
calcetines y los pantalones cubiertos con unas espinas de cardo silvestre, muy
difíciles de quitar. Siempre había que tener cuidado de los alacranes al mover
alguna piedra o un trozo de madera a medio podrir.
La subida al cerro no era precisamente lo que uno se imagina
por la palabra paseo; sin el aliciente de saber que estábamos escalando nuestro
propio terreno, probablemente nunca la hubiéramos vuelto a hacer. En las secas
era muy extenuante por el calor; en las lluvias, por el esfuerzo de ir abriendo
paso a machetazos y por las ampollas que no tardaban en aparecer en las manos,
tan poco acostumbradas a este tipo de labor. Ya en la cumbre nos dábamos el
lujo de destapar nuestro refresco —en aquellos tiempos habría sido insólito
pensar que alguien hubiese cargado una botella de agua—, nos sentábamos a
descansar en algún claro, volvíamos a recurrir al machete para poder contemplar
algo del paisaje, con el pueblo tendido por un lado y el lago con su oleaje y
sus veleros por el otro, y emprendíamos el camino de regreso, que no era fácil,
pues frenar con las piernas también cansa. Nuestro gusto era reconocer lo
nuestro, y la satisfacción de alcanzar una meta difícil. El cerro, enorme y
majestuoso, no era un espacio al que uno pudiera invitar a sus amistades para
ir a pasear. Ahora, a la distancia, me doy cuenta de lo solitarios que eran
esos recorridos, y creo que también eso sería parte de mi gusto. En esas
caminatas puedo recordar el rostro de mi padre, el de mi hermano Fernando y
creo que de nadie más.
En uno de esos paseos identificamos con mi padre un lugar
que nos pareció ideal para construir una nueva casa. Era un paraje justo en el
espolón del cerro, con el pueblo al frente, una barranca a un lado y la vista
de la presa al otro, a una altura considerable a partir del nivel de carretera,
pero a menos de un tercio de la altura total del cerro. Ese día íbamos con un
amigo de mi padre, un intelectual que subió vistiendo saco. Fue mi padre el que
dijo: «Aquí». No señalizamos con nada, pero ese «aquí» se convirtió en el
referente para la nueva construcción: como el islote de los aztecas para la
fundación de la Gran Tenochtitlan.
Los terrenos que nos dio la abuela Omma aún no los
dividíamos entre mis hermanos y yo; el predio era como un lienzo en blanco.
Podíamos hacer lo que quisiéramos sin salirnos de nuestros linderos, que
siempre los vi lejanos. Nunca los recorrí, pues eran líneas rectas cerro arriba
que atravesaban cañadas, rocas, desfiladeros y partes de montaña.
Con mi padre definimos el lugar para nuestra nueva casa,
pero con mi madre hicimos la ejecución. Ella siempre fue la pragmática, la que
verdaderamente hacía que las cosas se realizaran en nuestra familia. Yo era el
del entusiasmo, a diferencia de mis hermanos, que no participaron en la
construcción. Venía a Valle de Bravo con ella a ver al arquitecto; ella era la
de los contactos y los conocidos. Le señalamos, más o menos, dónde se ubicaría
la casa y al poco tiempo nos entregó un bosquejo. Sería una vivienda estilo vallesano,
no muy grande, y lo principal —en lo que más insistió el arquitecto— tendría
una orientación al sur, es decir, hacia el pueblo, y no hacia la laguna, como
nosotros queríamos. Al poco tiempo él enfermó y dejó de dirigir nuestro
proyecto.
La orientación fue ese pequeño gran consejo que nos ha
permitido disfrutar la casa; pues si la hubiésemos puesto hacia el poniente, a
las tres de la tarde habríamos tenido que bajar las cortinas y a las cinco
salirnos a algún lugar, porque el sol es inclemente, sobre todo en el verano.
Salvo ese consejo profesional que valió oro, todo lo demás lo hicimos con el
método empírico. Contratamos a un maestro de obras en lugar de un ingeniero; en
el tema de la electricidad nunca pensamos hasta que la casa estuvo terminada y
lo mismo ocurrió con el bombeo de agua, que se resolvió hasta el final.
Construimos la casa con el corazón. Me parece que los
técnicos nos hubieran desanimado si hubiesen señalado todos los obstáculos que
habría que vencer. Logramos terminar esa obra sin mayor problema. La
electricidad llegó por cable aéreo, sin cálculo previo; o sea que, por puro
milagro, igual y nunca hubiera llegado. La bomba de agua nos salió barata
gracias a las buenas gestiones de mi madre: una bomba rehabilitada que dio
servicio por más de veinte años sin descomponerse.
Noche 46. Un Territorio. Dos Mundos
Citlali entornó los ojos, tratando de descifrar los títulos
de unos libros amontonados en la estantería, apenas iluminados por la luz
mortecina de la sala.
—Ensayo sobre la ceguera —leyó
en voz alta, pasando el dedo por el lomo—. Qué nombre tan raro. ¿De qué se
trata?
—De una epidemia donde la gente se queda ciega de repente,
pero no ven oscuridad, sino un mar de leche blanca —le contesté, acomodándome
de lado—. Al final, el autor te demuestra que la peor ceguera no es la de los
ojos, sino la de la mente. Hay personas que ven perfectamente bien, Citlali,
pero eligen no ver por pura comodidad. El autoengaño es el mejor refugio para
mantener la paz.
—. ¿Quién se quedó ciego en
esta historia?
—Todos nosotros. Tardé años en entender que en este cerro
convivíamos bajo un pacto de ceguera voluntaria.
La convivencia en el rancho de Valle de Bravo pronto dio un
giro inesperado. Teníamos dos casas: una sencilla, la de abajo, que había sido
parte de las galeras del antiguo rancho; y la de arriba, más moderna y amplia.
La de abajo la rentó mi madre por un tiempo a los guardaespaldas del señor
gobernador —quien también tenía su propiedad en el rancho que fue de la abuela
Omma—; otro tiempo estaría desocupada.
En algún momento mi hermano Fernando tomó la casa de abajo
para él; la adornó muy a su estilo, con algunas antigüedades que encontraba por
aquí y por allá, y le hizo algunas adaptaciones, como una pequeña pileta de
agua, un horno para pan, un temascal y un baño seco. Había vivido algunos meses
en la costa, en Puerto Ángel, y de allá trajo varias de esas ideas. Habilitó
otra de las galeras del antiguo rancho como bar, colocó una barra grande de
madera, la adornó con muchas botellas vacías y varias veces organizó algunos
convivios agradables con primos nuestros.
—A ver, eso está curioso —intervino
de pronto Citlali—. Eran tres hermanos y eran dos casas, y un hermano no
venía, así que les tocaba de una casa por persona a ustedes dos, que estaban
solteros.
—Y seguimos.
—A lo que voy. Yo me habría
juntado con toda mi familia a cenar, jugar a la baraja o ver películas, y
habría alquilado la otra casa, y con ese dinero pues hubiera hecho algo:
comprar macetas, comer cecina en el mercado o lo que fuera.
—Fernando y yo, que crecimos juntos, jugamos al futbol
juntos, estuvimos en el mismo internado y compartimos habitación por muchos
años, de pronto nos volvimos dos extraños. Él traía sus ideas de cuando vivió
en Puerto Ángel; por aquella época estaba muy metido en el tema de la
sustentabilidad, reciclar cosas, hacer compostas, germinar trigo y bañarse en
un temascal. Yo siempre tuve gusto por el campo, pero de ahí a sacrificar mi
comodidad, tampoco…
—Pues yo creo que debió de
haber habido algo más —insistió Citlali—. Pudo haber horneado su pan
allá arriba, en la otra casa, con ustedes, germinar su trigo y todo eso…
—Seguro, debió de haber habido algo más. No me lo tomes como
una mala respuesta, pero ¿cómo quieres que yo sepa lo que rondaba por su
cabeza? Así funcionamos durante algún tiempo: Fernando en la casa de abajo y
los demás en la casa de arriba, los que fuimos quedando. Primero faltó mi
padre, a quien le tocó disfrutar la casa por poco tiempo. En las mañanas le
gustaba trabajar en el campo; a él le debemos los pinos que hay en la calzada y
que nos dan sombra todas las mañanas. Luego faltó la abuela Omma, quien murió a
tres meses de cumplir los cien años, y fue quien nos dejó las tierras. Mi
hermano Gabriel y su familia vinieron muy poco, pues cuando tenían oportunidad
de regresar a México se quedaban en la capital visitando parientes y amigos. Mi
madre dejó de venir con tanta frecuencia; muchas veces se quedaba en la ciudad
acompañada de su ahijada, a la que adoptó como una hija, y de los hijos de
ella, que fueron como sus nietos, a los que sí tuvo oportunidad de frecuentar.
Así que en Valle de Bravo éramos Fernando abajo y, arriba,
yo, en la casa familiar. A él le tocaron terrenos muy buenos, con bonitos
bosques y fácil acceso, y ahí levantó dos cabañas muy rústicas, de adobe y
teja, sin servicios, pero ahí le gustaba ir a pasar el día y organizar algunos
convivios con sus amistades. Mi madre, que era buena para poner nombres a los
lugares, lo bautizó como El Catire. Curiosamente, nunca encontramos un nombre
para la casa nueva, la del cerro.
Para llegar arriba tenía que pasar obligadamente por la casa
de abajo. A veces veía a Fernando haciendo algo de jardinería, lavando su carro
o haciendo cualquier otra cosa, pero pronto me llamó la atención que casi
siempre le ayudaba un muchacho bastante joven, prácticamente un niño, lo que no
es inusual en estas zonas semirrurales. Me daba la impresión de que no le daba
gusto encontrarse conmigo. Varias veces me hizo la observación un primo mío de
que había visto a Fernando allá abajo. No tengo clara la secuencia de las
cosas, pero se fueron juntando algunos indicios que nos hacían arquear las
cejas.
Fernando comenzó a descuidarse un tanto en su aspecto
físico: no se rasuraba, utilizaba ropa desgastada, muy holgada, a veces sucia
con barro, y se ponía algún sombrero de paja no muy reluciente. Mi hermano
Gabriel, una vez que vino, lo describió como un clochard. Después no lo
veía nada más con ese chico, sino que el círculo fue creciendo hasta volverse
una pequeña pandillita de seis o siete muchachos, todos ellos muy jóvenes,
digamos que adolescentes, y por su aspecto, todos de condición humilde.
Organizaba con ellos paseos a otros pueblos y comunidades de la región, traían
plantas y cactus exóticos, así como piedras grandes que fueron adornando su
Catire. Él era el director de orquesta y no dejaba de ser llamativo verlo con
su séquito. Todos lo vimos circular alguna vez por los caminos del rancho con
su pandilla, a la que alguien nombró un día como «la banda del camioncito
blanco», pues utilizaba un Nissan tipo estaquitas. Con su banda hizo más adobes
y algunas otras construcciones, como un gran tejado rústico donde a veces
guardaba un auto Audi TT deportivo lujosísimo, en marcado contraste con el
lugar.
Nunca dialogué con él sobre esta forma tan peculiar de
convivencia que tenía con su banda. Mis primos me insistían en abordar el tema
para darme sus teorías, y siempre procuré esquivarlo como mejor pude.
—Pues me parece que no habría
que darle tantas vueltas al asunto —me interrumpió Citlali.
—Las instalaciones de El Catire eran para pasar el día.
Fernando seguía pernoctando en la casa de abajo. No recuerdo cuáles fueron las
circunstancias exactas, si alguien me dijo o yo me di cuenta. El hecho es que
amanecí un domingo, comuniqué por teléfono mi decisión a mi madre, tomé mi
cuatrimoto y bajé a la casa de abajo. Sin más trámite me metí. En una
habitación estaban dos muchachos tendidos en el suelo, fumando; en mi carácter
de copropietario les pedí, o les ordené, que se salieran. En las siguientes
habitaciones, lo mismo. No conté a cuántos muchachos desalojé ese día de mi
«copropiedad», pero fueron varios. Salían entre desganados y desconcertados,
pues siempre pensaron que tendrían la protección del «licenciado Fer».
Él no estaba en ese momento, pero regresó después del
desalojo de esa gente. Estaba furioso. Me recriminó haber invadido su
privacidad y su vivienda; algo alegué de que esos muchachos tenían malos
antecedentes, mala fama pública y que había evidencias de su consumo de
sustancias. No logré aplacar su ira. Solo al final soltó una frase: «Me siento
absolutamente solo». No dije nada; no supe qué. Al paso de los días acordamos
entre todos, con mi madre, que esos jóvenes no podrían seguir ahí. Así se hizo.
Pero la diferencia de fondo nunca la abordamos.
—Oiga —dijo Citlali—, a mí me
queda clara cuál es su onda. Usted es el que no quiere ver.
—Hay una vivencia de hace muchos, muchos años que decidí
enterrar para siempre en mi memoria, pero que vuelve y vuelve, como ahora. De
la manera más casual, en la casa donde vivíamos antes, en la avenida
Constituyentes, me di cuenta de algo a través, digamos, de un pequeño detalle.
Como si yo fuera a tu estética a cortarme el pelo y un día te dieras cuenta de
que uso peluca.
—Eso jamás pasaría. Me daría
cuenta a la primera.
Noche 47. Don Quijote Cabalga de Nuevo
Era una tarde lluviosa. La bruma no permitía distinguir
desde la ventana las torres de la iglesia, que son las que primero aparecen a
la vista. Los vidrios estaban empañados, además. Citlali se paseó frente a la
estantería, tomó un libro de arte un tanto al azar, y hablando consigo misma,
en voz muy baja, alcancé a escuchar:
—A veces me pregunto qué
pensaría su abuela Omma si viera que su cerro se volvió el escenario para los pleitos familiares.
—No lo pensaría. Sencillamente no hubieran sucedido. Los
tlatoanis y los sumos sacerdotes, cuando más hacen falta, es cuando ya no
están.
Poco después del desalojo de «la banda del camión blanco»,
Fernando dejó la casita de abajo y comenzó a instalarse en sus cuartos de adobe
en El Catire. Fiel a sus costumbres, instaló un calentador de leña, compró unas
lámparas de gas o petróleo, jaló una manguera y se hizo de los servicios
básicos: todos menos la electricidad. Me parece recordar una escena en la que
dijo: «Madre, te entrego tu casa», pero no estoy totalmente seguro. Sin
embargo, con el tiempo me pareció que disfrutaba mucho de su Catire y que las
diferencias del pasado habían pasado a segundo término. Cuando venía mi madre
conmigo, Fernando siempre pasaba a saludarla y ella siempre lo invitaba a
desayunar o cenar; conmigo el trato era cordial, pero mínimo.
Por aquellas épocas sufrimos algunos robos en la casa.
Primero fue el tanque de gas y luego algunos otros artículos sin mucho valor,
pues es una casa de campo. La alarma surgió cuando se robaron unos tubos de
cobre, posiblemente del calentador. Teníamos un cuidador que vivía abajo;
llevaba yo buena relación con él por aquel entonces y de él nació la hipótesis
de que los hurtos podrían ser atribuibles a los muchachos del camión blanco. El
fierro viejo ya tenía desde entonces un buen valor de reventa. No lo comprobamos
nunca, pero yo me quedé con la certeza de que fueron ellos. Habían migrado,
poco a poco, junto con Fernando hacia El Catire. Desconozco si pernoctasen ahí,
pero Fernando muchas veces se refería a ellos como sus trabajadores, así que
tenían libertad para entrar y salir del rancho. Alguna vez le comenté mis
sospechas, al igual que lo hizo mi madre. Fernando se irritaba bastante apenas
se mencionaba el tema de esos jóvenes; varias veces nos dijo que éramos unos
prejuiciados, que sospechábamos de la «gente pobre» sin ninguna base y que, en
todo caso, fuéramos al Ministerio Público a poner una denuncia. Nunca lo
hicimos. Pero se siguieron acumulando incidentes en torno a los muchachos del
camión blanco, algunos de ellos menores, hasta que ocurrió uno mayor.
Hay unos caminos que interconectan las propiedades de
nosotros con las de mis tíos y primos. Una noche se acercaron en el camión
blanco hasta la casa de mi tío Felipe para recoger un cable de alta tensión que
supuestamente estaba caído por ese lugar. Algo les falló, pues hay muchos
desniveles y barrancas: el cable dio un chicotazo contra las líneas que
alimentan la casa del tío y provocó un cortocircuito masivo que fundió
refrigeradores, televisores y otros aparatos. Tal vez no se percataron de lo
ocurrido, o tal vez fueron osados y temerarios. A la mañana siguiente
regresaron para intentar de nuevo hacerse de ese cable. Los vigilantes de mi
tío ya se habían percatado del incidente de la noche anterior; no fue extraño
que los detectaran de inmediato en cuanto volvieron. Por alguna circunstancia,
mi tío también estaba presente. Esperaron a que bajaran del camión a buscar el
cable y, cuando se alejaron un poco, mi tío se metió a la cabina y simplemente
retiró la llave.
No me queda claro cómo se desarrolló el escándalo. Supe que
en los días posteriores ingresaba una patrulla de seguridad pública al rancho
para hacer rondines. Mi tío presentó una denuncia formal y hubo las diligencias
correspondientes, en las que apareció Fernando en su calidad de «patrón» de los
muchachos. Me parece que hubo algún tipo de arreglo económico entre ellos; mi
tío les otorgó el perdón para que quedaran libres e inclusive recuperaron el
control del camión blanco. Por mi madre supe que Fernando tendría un desayuno
con mi tío para aclarar las cosas.
—¿Cómo le fue? —le pregunté después.
—Muy bien —me contestó ella—. Dice Felipe que platicaron muy
a gusto sobre el petróleo.
Con el tiempo fui conociendo más detalles sobre la relación
de mi hermano con esos muchachos. Él los apoyó económicamente para que hicieran
algunos emprendimientos que no prosperaron. A uno de ellos lo mandó a trabajar
con un amigo a Puerto Ángel; terminó mal, parece que hubo un incidente de robo.
Les construyó unas viviendas en otro predio que él tiene; por ahí siguen hasta
la fecha. Aparentemente les da algún trabajo de mantenimiento o de jardinería;
la verdad es que ya no me interesa. A uno de ellos lo asesinaron en Tepic por
motivos que desconozco; otro estuvo preso en la cárcel de Valle de Bravo; todos
tienen mala fama en el barrio donde viven y me dicen que ya no salen, pues los
vecinos ya se hartaron de ellos. En una ocasión mi madre fue a ese predio donde
habitan —pues ella fue la que se lo donó a Fernando— y me cuentan que se
deprimió muchísimo al ver a «unos muchachos arrastrados en el piso, con los
ojos vidriosos, drogados». De todos ellos, que parece son familiares, solo una
muchacha salió adelante. Nunca he hablado con Fernando de ese tema, pero me
parece que es su «experimento de redención social».
—Parece serie de televisión —soltó
Citlali, una vez que terminé el relato. No me había interrumpido ni una sola
vez, como solía hacerlo—. El niño rico que ayuda a los niños pobres… —dijo
de pronto—. Ese guion ya me lo sé. Van a salir todos raspados. Pero dígame,
¿su madre intervino en algo?
—Creo que nunca supo cómo intervenir: ni en la vida de
Fernando, ni en la diferencia entre nosotros dos. Ella tenía en su sangre, en
su ADN, esa necesidad vital de ayudar a los demás. Trabajó muchos años de
voluntaria en los hospitales, iba a las zonas pobres del Estado de México a
llevar sarapes y alimentos, siempre buscaba una forma de ayudar a quien lo
necesitara. Pero ese altruismo de mi hermano es otra cosa; ella tampoco lo pudo
entender.
—Oiga, ¿y usted, que tampoco
se ha casado, que también tiene por ahí su guardadito, nunca ha hecho su
«experimento social»?
—¡Uy, Citlali, si yo te contara…!
—¡Va! Pero mejor mañana.
Noche 48. La Sugar Baby
—«Estoy embarazada», fue lo que decía el mensaje que me llegó
esa mañana .
—No puede ser —pensé—. A mi edad esas cosas ya no suceden.
—Pues sucedió.
Ya llevábamos unos cinco años de relación. Nos veíamos
alrededor de una vez al mes, pero en ese tiempo los encuentros ya eran
suficientes para conocernos relativamente bien. Así que le creí, o le quise
creer; no correría el riesgo de esperarme hasta el final para hacer una prueba
de paternidad. Me asumí como responsable y solo le dije: «Voy pronto a México,
allá platicamos; mientras, haz ese examen que falta para que estés
completamente segura».
Sentí una especie de euforia esa mañana. En parte era el
orgullo de haber preñado a una mujer; en parte, la emoción por un bebé que
vendría. Tendría yo unos sesenta y cuatro años en aquel entonces; nunca me
había casado y tampoco había tenido hijos. Mi sugar siempre me
preguntaba la razón de no haberme casado y tener descendencia, a lo cual
siempre respondía con generalidades del tipo «nunca llegó la mujer adecuada» o
«las circunstancias nunca se prestaron», pero en el fondo no tenía clara la
respuesta, ni la tengo ahora, y tal vez nunca la tendré.
Llegó la comprobación del laboratorio: no había duda, tenía
un embarazo de unas siete semanas. A la par de la emoción, también me puse a
investigar las alternativas posibles y una de ellas era, evidentemente, la
interrupción voluntaria del embarazo. En aquel entonces no era legal en el
Estado de México, donde ella radicaba, pero sí en la Ciudad de México, siempre
y cuando fuera antes de las doce semanas de gestación. No había mucho tiempo
para decidir.
A la semana nueve hablé con ella en mi pequeño refugio en la
colonia Juárez. La esperé tomando unos tragos de tequila, pues siempre demora
demasiado: viene desde el municipio de Los Reyes-La Paz. Primero camina hasta
la parada de una combi, luego toma un autobús que la deja en la terminal del
tren suburbano, transborda al Metro y, finalmente, camina otro poco hasta
llegar a la casa. Normalmente, desde que avisa que viene hasta que llega,
transcurren por lo menos tres horas y a veces hasta cuatro, dependiendo del
tráfico, la lluvia y las manifestaciones.
Analizamos la situación con mucha serenidad. Ella tiene ya
una pequeña hija, de unos ocho años, producto de una relación adolescente que
no funcionó, salvo para que ella se saliera de donde vivía, dejara la
preparatoria trunca y quedara embarazada. Nunca habló con claridad sobre ese
tema; concretamente, si quería o no tener a esa criatura. Ya hacia el final de
mi relación con ella me confió que en aquella ocasión no se dio cuenta del
embarazo sino hasta que fue demasiado tarde, pues tenía la regla muy irregular.
Desde que nació la niña, a sus dieciséis años, le tomó el cariño verdadero de
una madre y me constan todos los trabajos que ha pasado para sacarla adelante.
Pero esa noche en mi refugio de la Juárez el tema era este
segundo embarazo del cual yo era el presunto responsable. Expuse mis ideas sin
un plan preconcebido, pero la conclusión era obvia:
—Te llevo nada más que cuarenta y tres años —le dije—. La
probabilidad de que nuestros caminos se hubieran cruzado era bajísima, pero
sucedió aquella noche en el bar.
Ella trabajaba de mesera hostess y yo iba ahí con
cierta regularidad. Me dio su número, nos vimos al día siguiente y, sin
hablarlo, se inició esa relación de sugar en la que uno provee y la otra
consiente. Tan grande era esa brecha generacional que nunca nos atrevimos a
salir juntos a ningún lugar. Nos hubiéramos sentido incómodos ante la mirada de
los demás comensales: «Miren a ese tipo, cuánto pagaría; vean a esa chava, no
parece que sea, pero mírenla nada más…». En el escenario de que viniese ese
bebé al mundo, o bien nos enfrentábamos a toda la sociedad, o bien seguíamos
con nuestra relación clandestina. Entre dos funciona, pero entre tres es
imposible. Y al paso de los años, aquel niño hipotético también tendría que
enfrentar la realidad de quiénes habríamos sido sus padres: una madre joven y
un hombre ya muy mayor, sin ganas de jugar ni de educar. O el escenario podría
ser que yo fuera un padre ausente, etéreo, lo cual tampoco sería lo ideal para
el niño; y para mí hubiese sido insoportable saber que un hijo mío se criara en
un ambiente francamente malo, como ya había percibido que era el entorno de la
casa del abuelo donde ella vivía en Los Reyes-La Paz.
—¿O sea que no? —preguntó ella, después de escucharme con
atención.
—No.
Las semanas siguientes se pasaron rápido: primero en ubicar
una buena clínica que garantizara su salud; luego, en convencer a la hermana
para que la acompañara en el procedimiento y, creo, también algunos exámenes
previos que eran necesarios. El hecho es que el procedimiento se realizó casi
en el límite, aún en la semana doce . Ya sabía yo que la decisión tendría sus
consecuencias en el tiempo, sobre todo para mí: había cancelado la única
oportunidad que me presentó la vida para tener descendencia, pero muy a
destiempo, eso es innegable. No me arrepiento de la decisión, pero sí me causa
tristeza y congoja.
Después del procedimiento la volví a ver; todavía tenía unos
calambres fuertes en el vientre. Le dije lo que ya había hablado con ella
muchas veces: que para mí era cómoda y conveniente la relación que teníamos,
pero que yo quería que ella rehiciera su vida con una persona de su edad, con
la que pudiera tener una relación armoniosa.
—Después de lo que sucedió —le dije— ya no tenemos derecho a
seguir jugando con la vida ni con el destino. Nos vamos a dejar de ver; te voy
a dar un dinero para que pongas tu negocio.
Se lo di en dos exhibiciones: fue bastante, suficiente para
conseguir el traspaso de una miscelánea que ya estaba en marcha por el rumbo
donde ella vivía. Al cabo de unos seis meses supe por ella que le había ido
mal: que llegaron unos extorsionadores al negocio, que no quiso acceder al
chantaje, que cerró y traspasó la tienda, y que la misma tarde que iba con el
dinero del traspaso hacia su casa la asaltaron y le quitaron todo. Es la
historia de aquel capital. Tiempo después ella me mandó preguntar con un
conocido de ambos si me gustaría volverla a ver. Accedí y se reiniciaron los
contactos furtivos en el refugio de la colonia Juárez. Pero toda relación lleva
una dinámica y las cosas ya no volvieron a ser iguales.
Sin darme bien cuenta, me comencé a cansar de la trampa de
la pobreza. En una ocasión le equipé el departamento que tenía alquilado y
perdió bastantes cosas cuando la echaron por problemas de drogas de su roommate
—de lo cual me enteré mucho después—. El resto de las pertenencias las perdió
en una inundación en la casa del abuelo donde vivió después, como resultado de
las lluvias torrenciales en el Valle de México y los malos drenajes y desagües
en los municipios del oriente del Estado de México. El colchón se dañó cuando
se colapsó un techo de madera y láminas de cartón que cubría su cuarto, y la
computadora que le compré se la robaron algunos de los muchos parientes que
iban a esa casa del abuelo, que por cierto no le tenían un particular afecto
por tratarse de una «arrimada». No era muy dada a relatarme las condiciones tan
precarias de su vida, pero era inevitable que de pronto brincara algo en una
conversación, como cuando la invité a la casa de mi rancho y me comentó que
estaba bonito el techo.
—Pero si es nada más una losa de concreto.
—Por eso.
La ayudé con el menaje de casa: le compré un colchón el día
que llegó adolorida por haber dormido en tablas; le compré la computadora
cuando iba a terminar la preparatoria en línea, más la cantidad que le
transfería después de cada uno de nuestros encuentros. Y de todo ese apoyo no
quedaba nada: se esfumó en la espiral de la pobreza. Hay un sentimiento de
frustración al no poder rectificar el rumbo de una persona, por más que uno lo
intente; es más poderoso el medio social y las condiciones familiares. Madre
soltera, abandonada por su madre y con un padre tullido, la inercia de la vida
opera en su contra. Hasta que llegó un punto en el que dije: «Ya no más».
Hubo dos detonantes adicionales para terminar la relación,
como si todavía hubiesen hecho falta. En los últimos años mi libido comenzó a
disminuir, pero yo seguía funcionando básicamente bien. El encuentro final
ocurrió cuando me visitó de nuevo en el rancho; iba a ser su cumpleaños y
decidió ponerse a cantar y a tomar, cosa que nunca antes había sucedido. No
estaba de humor para ese tipo de convivencia; nos fuimos a acostar y ella se
durmió de inmediato. Al día siguiente
fuimos a desayunar —una de nuestras pocas apariciones juntos en lugares
públicos—, la llevé a la terminal de autobuses y no la he vuelto a ver.
Incumplió el pacto implícito que teníamos y, para ser sincero, el horno no estaba
para bollos.
Citlali estuvo muy callada toda esa noche. Era inusual. No
me interrumpió, no hizo bromas, no buscó la frase que solía desatar el nudo de
mis historias. Nunca supe lo que pensaría. La oí decir cuando ya se iba, en un
tono lacónico muy poco habitual en ella:
—No todo sale bien en La casa
de las bellas durmientes.
Noche 49. La Embestida Final. Los Demonios Andan
Sueltos
—Ahora que
venía subiendo por el camino empedrado que llega a la casa, me detuve a media
cuesta a descansar y me quedé mirando los chorros de luz que salen de unas
casas que están por allá arriba. También vi las luces del pueblo. Aquí en su
cerro, es el único lugar de Valle de Bravo que está como la boca del lobo.
—Estamos rodeados de una gran
oscuridad, dije en un tono críptico, que no le pasó inadvertido a Citlali, porque señaló:
—Una
oscuridad que no es solamente la falta de luz…¿la tenebra?
Cuando nos heredó mi abuela Omma,
a todos nos entregó una carta que decía: «Ahora eres propietario de este pedazo
de terreno; te pido que no lo vendas», con la última palabra subrayada.
Falleció en 2005 y, unos años después, todos los primos que habíamos heredado
estábamos explorando las posibilidades para venderlos. Las condiciones de 2010
eran muy distintas a las de 1988, cuando recibimos la herencia; sobre todo en
términos personales. La mayoría nunca tuvo el tiempo ni la posibilidad de
arraigarse en Valle de Bravo; crecieron e hicieron su vida en otros lugares.
Por allá se casaron sus hijos, nacieron sus nietos… Y todos tenían algún
proyecto personal que realizar, o sencillamente la necesidad de liquidez para
cualquier cosa.
En nuestro caso, mis hermanos y
yo no teníamos tal urgencia, pero la venta de los terrenos parecía una salida
lógica a nuestra situación; permitiría finiquitar las copropiedades que tantos
problemas me habían dado y darnos la oportunidad de construir otro futuro. Yo
siempre he tenido cariño al cerro; en mi fuero interno, en el más íntimo, no
albergaba ganas de vender, pero sentía que no debía oponerme a una situación
que favorecería a la familia entera y que, ante la falta de descendencia de
Fernando y mía, daríamos al rancho un cauce adecuado para su porvenir. Siempre
he observado con tristeza predios, tanto en los pueblos como en las ciudades,
que se quedan a la deriva, suspendidos en el tiempo, poblados de fantasmas.
Un sobrino segundo nuestro, con
mucho empeño, promovió todos los terrenos que habían sido de nuestra abuela
Omma en su conjunto entre grandes desarrolladores. Él había estudiado artes
dramáticas y a todos llamó la atención su brinco a promotor de bienes raíces a
gran escala. Estudió bien los esquemas que se utilizan para este tipo de
desarrollos, que básicamente consisten en la aportación de los terrenos a un
fideicomiso, el cual se encarga de construir, vender y repartir el dinero entre
los aportantes. Ninguno de nosotros tenía experiencia en grandes desarrollos
—todos habíamos comprado o vendido en algún momento una casa o un departamento—
y estábamos con la idea de que podríamos hacer una venta directa: «Dando y
dando». Nuestro sobrino puso mucho esfuerzo en tratar de explicarnos la
realidad de los bienes raíces a través de una serie de largos correos
electrónicos explicativos, pero o no estábamos preparados, o no fuimos lo
suficientemente receptivos. Todo ese esfuerzo no fructificó; pero algo aprendimos
y, unos años después, establecimos contacto con otros desarrolladores.
Negociamos los contratos de fideicomiso, los firmamos y, cuando ya creíamos que
todo caminaría bien, la Procuraduría Ambiental multó duramente a nuestros
desarrolladores —ellos dicen que a la mala— y el resultado fue que se
desanimaron y desistieron de seguir adelante con nuestro proyecto.
Durante esos años en que tratamos
activamente de vender el rancho, mi relación con Fernando fue bastante buena.
Comentábamos seguido los correos de mi sobrino, platicábamos sobre nuestros
avances con los desarrolladores y sobre las particularidades de los contratos.
Esos intentos de venta nos unieron más que todos los años anteriores en los que
compartimos la posesión de los terrenos. La evolución posterior de los
acontecimientos, sin embargo, nos volvió a desunir; esta vez, mucho más
profundamente. Cuando los empresarios a los que aportamos los terrenos en
fideicomiso se echaron para atrás, surgió un personaje que hasta entonces había
sido marginal. A la salida de su despacho, nos abordó a Fernando y a mí en el
elevador: «Miren, yo tengo manera de conseguir clientes para sus terrenos». Sin
pensarlo mucho, confiamos en él. Pensábamos que mientras no firmáramos ningún
contrato seguíamos pisando terreno seguro.
Pronto nos habló para
comunicarnos que tenía un comprador para la fracción de mi hermano Fernando por
una cantidad bastante atractiva; que convenía vender ese primer predio y que
los demás predios, es decir, el de Gabriel y el mío, así como las copropiedades,
también se venderían. A todos nos pareció bien. Cené con Fernando en un
restaurante de comida italiana que está frente a mi casa en la colonia Juárez.
Por algún motivo la conversación comenzó a salirse de cauce. Recuerdo haberle
dicho: «Si nos levantamos de aquí enojados, esto se acabó». Más tarde me
preguntó si yo creía que la venta que él haría nos beneficiaría también a
Gabriel y a mí. Le contesté que decidiera libremente si la venta le convenía o
no. Me dijo que él, a veces, lanzaba este tipo de preguntas abiertas para
formar su criterio y tomar su decisión. La cena no terminó mal, pero tampoco me
dejó un buen sabor de boca.
Comentamos después un proyecto de
compraventa que le enviaron en el departamento de nuestra madre, en Tlatelolco.
Se había mudado para allá para estar cerca de su hija adoptiva y sus nietos,
que allá vivían. En esa versión de contrato, la participación de Fernando en
las copropiedades pasaría a nuestro promotor; además, yo tendría que dar
servidumbre de paso por mi terreno para que todos pudieran acceder a los
terrenos de la cumbre, donde el promotor tenía planeado hacerse una residencia
con una de las vistas más hermosas de todo Valle de Bravo. Yo no lo vi mal; ese
cambio en las copropiedades podría significar el final de los conflictos que
habíamos vivido por tantos años. Sin entrar en muchos detalles, pasaron los
días y no tuve noticias del promotor. Mi madre preguntaba a Fernando y,
también, sin novedad. Un día mi madre comentó: «Dice Fernando que lo presionan
demasiado».
En esas estábamos cuando el
promotor me invitó a comer a la casa club de un fraccionamiento muy exclusivo
por el poniente de la ciudad. Varias veces comenté a Fernando sobre esa comida
y no me confirmó su asistencia. Mientras me dirigía hacia allá por la avenida
Constituyentes, me entró una llamada de Fernando, quien me dijo con voz
nerviosa: «Ya vendí». Después de un momento de desconcierto, pregunté: «¿Y ya
te pagaron?». «Sí, me dieron tal cantidad como garantía de cumplimiento».
Llegué a la comida con el promotor, en una terraza con ventanales amplios con
vistas hacia el campo de golf; iniciamos la conversación como si nada hubiese
pasado, pero poco a poco fue aflorando mi molestia. Fernando no me había
avisado de la operación con anticipación y el promotor tampoco: una clara
descortesía por parte de ambos.
Lo que siguió después fue muy
desagradable. Mi madre también se molestó al no haber sido avisada ni
consultada; nos convocó a Fernando y a mí a platicar en su departamento. La
tensión se sentía en el ambiente; hubiese sido fácil cortar el aire con un cuchillo.
Mi hermano nos comentó los detalles de lo que había firmado. En esencia, o
vendía, o perdía el depósito en garantía y pagaría una penalidad bastante alta.
Se comprometía con el promotor a llegar a un «acuerdo de voluntades» con
nosotros para cederle la parte de la copropiedad donde pretendía hacer su
mansión.
Durante los días siguientes mi
dilema fue acceder a ese acuerdo de voluntades o echar por tierra esa operación
que parecía sensacional para Fernando y, en ese momento, tampoco tan mala para
nosotros por las oportunidades que podría abrir. Decidí seguir adelante y la
operación de Fernando comenzó a caminar, con una serie de pagos que quedaron
secuenciados para los siguientes meses. Fue por esas fechas que mi madre
comenzó a referirse al promotor como Walander, que es el apellido del héroe de
una saga de novelas policiacas suecas, un tipo muy astuto.
—¿Su madre
leía novelas policiacas? —preguntó Citlali.
—Sí, se leyó todas las de Henning
Mankell. Toda su vida fue una buena lectora de novelas, de historia, de poesía…
Un poco de todo. Siempre se daba un buen tiempo por las noches. A los noventa y
dos años se operó de cataratas, por cierto, con el hijo de un amigo médico para
poder seguir disfrutando de sus libros.
—Y cuénteme, ¿cómo era ese
Walander? De seguro un tipo muy embaucador.
—Era un tipo con carisma. No hablaba mucho, pero sabía
apantallar. A los pocos días de conocerlo nos regaló una perrita finísima,
cazadora, muy veloz…Invitaba a buenos restaurantes en Polanco o Santa Fe… Un
día fui a su casa; una mansión con un jardín volado que dominaba todos los
edificios de Santa Fe y las colinas de atrás. Los pasillos y salones eran de
doble altura…forrados con mármoles o maderas finas…era como entrar al edificio
de un museo moderno.
Me tocó llevar la relación con Walander, quien se asumió
temporalmente como nuestro copropietario. Fernando se hizo a un lado, y Gabriel
vivía en Roma. Walander hablaba de un
desarrollo de alto nivel, y decía tener los contactos necesarios para obtener
los permisos ambientales de la SEMARNAT. Uno de sus conocidos era cercano al próximo
gobernador del Estado de México. El predio que asumía que sería de él, así como
los nuestros, tendrían excelente plusvalía. Por diferentes razones, la relación
con Walander se comenzó a deteriorar, sobre todo, por su falta de claridad en
sus planteamientos. Nunca fue capaz de entregarme algún planteamiento por
escrito con algún esquema de negocio. En sus visitas constantes al Rancho se
comportaba como si fuese el nuevo patrón, hasta que me colmó la paciencia. —Walander,
le dije—las copropiedades de Fernando no deben pasar a ti, sino a Gabriel y a
mí. Me sorprendió que aceptara, casi sin alegar.
Con ese cambio, se desataron estados de ánimo que nunca
imaginé. Fernando pasaba de ser a los ojos de mi madre, ya no el hermano que
actuó mal al ocultar una operación del interés familiar, sino en el hermano
benefactor. No sé cómo ni cuándo operó ese cambio de narrativa. Mi madre estaba
ciertamente confundida. En la nueva versión de Fernando, él había vendido por
ayudarnos; en la mía, había actuado mal por orillarnos a aceptar un acuerdo
poco claro para nosotros y ventajoso para él. Mi madre me recriminó a mí que hubiese vendido
la cumbre del cerro. —Pero si yo no he recibido un solo peso. —Pues Fernando
dice que fueron Ustedes. Dio inicio a una serie de malentendidos, de malas interpretaciones
y después de malos modos. Un día, literalmente, estuve a solo un último impulso
de lanzar un golpe sobre Fernando. No lo hice, pero la intención resultó
evidente.
Mientras tanto, Walander seguía paso a paso con su proyecto
de quedarse con el copete del cerro. Hizo una serie de gestiones en el
municipio y en oficinas federales para llegar a una subdivisión formal que le
permitiera volverse propietario. Contó con un gestor muy eficiente, pero que
sacaba los documentos necesarios con trucos y mañas, algunos en mi perjuicio.
Un día supe que llevó al mismísimo Comisionado Federal de las Areas Naturales
Protegidas a nuestros terrenos, para que seleccionara su terreno y otro para su
hermano que pronto sería gobernador. Entre los malos humores que había en la
familia, mis sospechas de los documentos irregulares que obtenía Walander, y
sencillamente, tal vez por hartazgo, un día que me habló Walander para decirme
que tenía que firmar los papeles de la subdivisión, le dije: -Nadie cumple con
nada. Esto es un desastre. No voy a firmar. Al colgar, me asomé por la ventana
de mi habitación, y contemplé el Citlaltépetl en toda su majestuosidad,
a la luz de la tarde que comenzaba a caer: —Te acabo de mandar de regreso a la
Edad Media, a la oscuridad de los tiempos pasados, le dije.
Tuve la certeza de que había cruzado un punto de no retorno,
pero estaba lejos de sospechar lo que sucedería. La mañana del último día del
sexenio de Enrique Peña Nieto, me crucé en el internet con el Plan de Manejo
que había emitido la SEMARNAT para la región de Valle de Bravo. No traía
planos; solo hablaba de polígonos y daba las coordinadas de los puntos de cada
uno. Algo sabía yo del tema por mi paso en la Secretaría de Agricultura; fui
plasmando uno por uno los puntos en el google earth, y para mi sorpresa,
todos los terrenos de Gabriel y los míos, así como las copropiedades, se habían
convertido en el Sancto Sanctorum del área natural protegida de Valle de
Bravo: Con una restricción absoluta de construcción, y ningún uso productivo,
ni agrícola, ni ganadero ni forestal. Solo se nos permitiría, según ese
decreto, filmar documentales previa autorización, hacer colectas científicas de
semillas y frutos silvestres, así como el aprovechamiento de madera caída, pero
no su comercialización. Irónicamente, el Citlaltépetl, un cerro sin
agua, quedó dentro de un polígono denominado “zona de captación de agua”.
Citlali checó la hora en su celular, dijo que era tardísimo,
desconectó su cargador, enrolló el cable y añadió:
—Son tantísimos temas.
Desobedecieron a su abuela, lo primero, y se tomó el dedo meñique para
comenzar a contar.
—Lo segundo, se unieron para
vender, pero no podían convivir, su hermano y Usted. Vaya socios; y tomó
también el anular.
—Lo tercero, les salió un
vivales, el tal Walander, y ahí van como mansos corderitos. Se apretó el dedo medio.
—Lo cuarto, hasta al Walander
ese se le apareció el chamuco…Me imagino que, con ese decreto, el gobernador
también lo mandó a recolectar flores.
Vi que ya nada más le quedaba un dedo, el gordo.
—Y lo quinto, algo me dice,
que acabó saliéndose con la suya.
Nos quedamos mirando un segundo y, casi al mismo tiempo,
soltamos una carcajada. Fue un destello de complicidad irónica que flotó en el
aire, pero conforme la risa se fue apagando, cobré conciencia de la fatalidad
que Citlali había resumido con tanta gracia. Ver el desastre de treinta años de
mi vida sintetizado en cinco dedos me pareció un acto de magia surrealista,
como si ella fuese la hechicera que con esos gestos desnudaba mi mayor
contradicción: el decreto de la Semarnat me había costado una fortuna en valor
comercial, pero al congelar la tierra, me había regalado la victoria que mi
fuero interno tanto anhelaba. El desastre había preservado mi montaña.
Nos quedamos mirando un segundo y, casi al mismo tiempo,
soltamos una carcajada. Fue un destello de complicidad irónica que flotó en el
aire, pero conforme la risa se fue apagando, cobré conciencia de la fatalidad
que Citlali había resumido con tanta gracia. Ver el desastre de treinta años de
mi vida sintetizado en cinco dedos me pareció un acto de magia surrealista,
como si ella fuese la hechicera que con
esos gestos modificó el curso de mi vida.
Ella comenzó a guardar unos cuadernos en su morralito,
preparándose para marcharse. Yo la seguía atónito con la mirada, cuando de
pronto se detuvo, volteó y preguntó:
—¿Y su tío, el político, no
los ayudó?
—Tuve oportunidad de
plantearle el tema a un amigo mío que era senador de la República y él, a su
vez, al secretario de la Semarnat. Días después, en su oficina en el Senado con
vistas al llamado «Patio del Federalismo» —que tiene la forma de semicírculo
inverso—, me confió: «Me dijo Rafael[10]
que primero arreglen el tema con su tío». Me sorprendió, pero no del todo. No
hay duda de que mi tío Ignacio era un ecologista entusiasta. Algún pariente me
relató que en alguna ocasión habría manifestado su deseo de que el cerro de San
Antonio se mantuviera como reserva ecológica. Un exgobernador siempre conserva
algo de influencia dentro de su estado. Él había encabezado una comisión
importante para el manejo del agua en la cuenca Amanalco-Valle de Bravo, y fue
en ese tiempo cuando se declaró a nuestros terrenos parte del «Parque Estatal
Santuario del Agua» durante el mandato de Arturo Montiel.
En años posteriores mi tío
encabezó los trabajos para el Programa de Manejo del Nevado de Toluca, durante
el gobierno de Enrique Peña Nieto. Cuando la Semarnat tomó la decisión de
hundirnos con el decreto de 2018, él se movía aún en los altos círculos de la
política local y con mucho contacto con las autoridades ambientales a nivel
federal.
—No creo que mi tío haya
hecho nada para perjudicarlos —me dijo un primo durante una comida.
—Pues entonces tu
hipótesis es que se lo «chamaquearon».
La sospecha carcome; la
verdad, al menos, libera. En 2025 un abogado que representaba a mi cuñada
analizó el tema y nos reportó en un desayuno: «Me dicen mis contactos que fue
una venganza política, por haberle prometido al gobernador algo que no le cumplieron».
Y aclaró: «Que no fue ninguno de ustedes, sino que fue a través de una tercera
persona». Me quedo con la verdad del abogado. Fue Wallander.
—Oiga,
¿y a sus primos les pasó lo mismo?
—No, a ellos no; el
polígono los tocó solo de refilón. Los del cerro de junto sí iban a salir
perjudicados, pero antes de que saliera el decreto de 2018 ellos obtuvieron sus
permisos para desarrollar. Por eso ves que estamos rodeados de luz en medio de
tanta oscuridad.
—Lo
bueno es que ahora nadie les tendrá envidia… —concluyó Citlali, con un extraño
sentido del humor que no le conocía.
Noche 50. Mi hermano Gabriel
Hasta que Citlali me dio una palmada en el hombro, me
percaté de que ya había llegado. Estaba absorto con la mirada fija en una
pequeña colección de cactus miniatura que coloqué en el vano de la ventana.
—Hace cinco minutos que llegué, y usted como si nada. Y le noto
una mirada distinta. ¿Qué le pasa?
—No es nada. Supersticiones. Con el día de hoy, ya viví un
año más que lo que vivió mi hermano mayor, que me llevaba un año tres meses y
veinticuatro días. Estas matemáticas me llegan al corazón; no entiendo bien la
razón. Al cumplir 67 años, superé en uno
la vida de mi abuelo Guillermo, la de mi padre y la de mi hermano Gabriel.
Pensé que la muerte a los sesenta y seis era una maldición de la familia y por
eso me pasé un año contando los días que faltaban para los sesenta y siete. Ya
cumplidos, ahora me asaltan este tipo de relaciones numéricas…pero bueno, en la
obsesión está el homenaje. Mi padre siempre tuvo la costumbre de determinar si
el número de una casa, o de un cuarto de hotel, era un número primo…La memoria
a veces escoge caminos retorcidos para hacerse presente.
—Comprendo, dijo Citlali. Tal
vez esos cálculos sean su forma de oración. Repasó toda la habitación con la
mirada.
Sé que buscaba alguna imagen religiosa pero no la había, ni
siquiera en miniatura, en la vitrina. Ya estaba colocado mi Tzompantli en
miniatura, hecho de pequeños cocos datileros incrustados en cañas de bambú. Ese
es mi Panteón particular, dónde están todos los seres que se me han ido; nada
que ver con los guerreros sacrificados por el poderío tenochca.
Mi hermano Gabriel tuvo una larga estancia como funcionario
diplomático en Italia antes de que lo designaran embajador de México en
Argelia. Durante esos últimos años vino una vez al año a México a la llamada
«reunión de embajadores», así que tuve la oportunidad de convivir un poco más
con él; nuestra relación se fue afianzando con el tiempo. Su forma de ser era
bastante diferente de la mía: no perdía oportunidad de socializar con todo tipo
de parientes y amigos y, además, tenía una inquietud intelectual muy acentuada.
Hizo varias investigaciones sobre personajes originarios de los países en los
que él estuvo y que tuvieron algún vínculo especial con México, o bien sobre
mexicanos que tuvieron una relación estrecha con esas naciones. Estos temas los
podía desarrollar desde el extranjero y a veces los complementaba con búsquedas
en los archivos cuando venía a México. Le gustaba conversar sobre sus
investigaciones, relatar sus visitas a los archivos o los encuentros con
personalidades académicas que hubiese tenido; era un conversador fluido, con un
gusto muy particular por narrar detalles.
Nunca se enteró muy a fondo de las particularidades y las
problemáticas del rancho familiar. Tuvo buenos sueldos con los que estaba
contento y satisfecho; sus aspiraciones en la vida eran familiares e
intelectuales, no materiales. Cuando estalló mi conflicto con Fernando derivado
de la venta que hizo, trató de tranquilizarme:
—Todos cometemos errores en algún momento.
Pero hizo algo más: se dio tiempo para entender las
diferentes aristas del problema, una de ellas la indefinición, o la falta de
claridad, sobre la ubicación precisa de la casa familiar. Las escrituras la
ubican en una fracción común, pero, de acuerdo con las medidas y colindancias
que ahí se establecen, en los planos topográficos la casa se sitúa en la
fracción que le correspondía solamente a él. Durante su estancia de unos días
en Valle de Bravo me dijo más o menos lo siguiente:
—Tú pusiste mucho empeño en hacer esta casa y en mantenerla
a lo largo de los años. Es tuya. Si tengo que firmar algo, lo hago.
Elaboramos un convenio privado en el que él me cedió los
derechos sobre la casa que pudieran corresponderle.
—No lo pienso protocolizar —le dije. Y añadí: —Cuando yo
falte será para ti y para tus hijos, así que no hace falta más papeleo.
Antes de irse me comentó de nuevo que la casa ya era mía,
que dispusiera de ella, que le hiciera las mejoras que yo considerara y que a
él le daría mucho gusto que fuera así.
En una de sus visitas a Valle de Bravo comenté el asunto de
la declaratoria de cambio de uso de suelo del Citlaltépetl con Gabriel. Yo me
inclinaba por promover algún recurso legal que tendríamos que financiar entre
todos, por estar comprendidas las copropiedades. Él estaba contento con la
vida, despreocupado. Acabábamos de recorrer la cima del cerro, él a pie y yo en
mi cuatrimoto, pues la distonía no me deja caminar por tramos largos. Mientras
tomábamos un agua fresca de maracuyá que nos preparó Delfina, me dijo en tono
casual:
—Oye, no está mal que todo el rancho se quede como área
protegida.
No recuerdo qué contesté. Se mezclan muchos sentimientos: el
amor al Citlaltépetl, que siempre le he tenido, el enojo con Wallander y sus
mañas para apoderarse de lo ajeno y, finalmente, el coraje, la ira y la
impotencia frente a un acto de poder.
Después de seis años como embajador en Argelia se jubiló.
Vino a México a realizar los trámites respectivos y le presté mi pequeña casa
en la calle de Liverpool, en la colonia Juárez; lo agradeció bastante. Me daba
mucho gusto escucharlo sobre cómo se desplazaba de ahí, caminando o en
transporte público hacia todos lados, para hacer sus trámites, ver a sus
amistades o comprar libros, que era otra de sus pasiones. Luego vino unos días
a Valle de Bravo, ya jubilado. Estuvo movidísimo: la subida a la casa es muy
empinada y la hacía dos veces al día a pie. Subió a la cresta de La Peña —lo
que no hacía desde niño— así como al cerro de nosotros. De pronto encontró unos
libros en la biblioteca con datos biográficos de la familia Pagaza y con mucho
entusiasmo comenzó a hacer anotaciones, búsquedas adicionales en internet y fue
a ver a algunos parientes lejanos que pudieran aportarle información . Había un
florero en la casa que, según mi madre, perteneció al obispo Joaquín Arcadio
Pagaza; fue al museo en Valle de Bravo que lleva su nombre, en lo que fuera la
residencia del obispo, y les donó la pieza.
—Deberías venirte para acá y ser el cronista oficial de
Valle de Bravo —le dije.
No le desagradó la idea, pero ya tenía muy consolidados
otros planes para radicar en Madrid. También fuimos a ver a un promotor de
raíces amigo mío para explorar opciones para vender parte del rancho. Ya
jubilado, cambió en algo su perspectiva. Hubo una comida por esos días en
Toluca que reunió a muchos primos Rosenzweig que no nos habíamos visto en años.
Al día siguiente, un domingo, ya en la casa de Liverpool,
salió a dar un paseo por los alrededores. No hubo testigos oculares que
narraran lo que aconteció dentro de una de las escaleras metálicas al interior
del Monumento a la Revolución. Los paramédicos lo encontraron tirado, con un
fuerte golpe en la cabeza… Falleció en el Hospital Balbuena, adonde fue
trasladado. Nos enteramos hasta el día siguiente, cuando mi hermano Fernando lo
comenzó a buscar al ver que no llegaba a la cena que habían convenido para
platicar. Según me había comentado Gabriel, el tema sería conversar con
Fernando sobre el futuro del rancho en Valle de Bravo.
La noticia para mí fue demoledora. No soy de los que expresa
su tristeza o su alegría abiertamente; más bien se fue apoderando de mí un
sentimiento de vacío. El hueco que él dejó me comenzó a rodear por muchos
lados. Durante varios días no toqué nada de la mesa del comedor, que estaba
llena de libros, lápices, bolígrafos, tijeras y notas con apuntes, hasta que
llegó su viuda y alzó todo. Nunca había imaginado que él pudiera morir antes
que yo, a pesar de ser un año mayor. Así hubiese sido, seguramente, de no
haberse suscitado ese accidente del que tan poco se sabe. «Así no estaban
concebidas las cosas», me repetí muchas veces.
Uno de los primeros temas que me brincó fue que, aparte de
haber perdido a un hermano entrañable, me había quedado sin albacea y sin
heredero universal para cuando llegue mi momento. Esa era la salida que siempre
visualicé para mí de los escenarios del mundo. Además, me convertí en el decano
de la familia, así ya nada más quedáramos dos. Siempre existió una figura de
más autoridad moral: primero mis padres, luego Gabriel. Él fue quien decidió,
sin oposición de nadie, el lugar donde descansarían los restos de mi madre y
fue quien desahogó su última voluntad. Nos quedamos sin timón. Aunque viéramos
poco a Gabriel, ahí estaba.
Ya después, en días posteriores, reflexioné sobre cuestiones
más prácticas, como el futuro de la casa de Valle de Bravo. De un momento a
otro habíamos cambiado de copropietario.
Citlali se mostraba conmovida. Noté que quería decir algo,
pero no le salían las palabras. Me levanté hacia la vitrina donde tengo los
carritos, tomé uno y le dije:
—Mira, es un Mercedes-Benz, uno que fue de él cuando éramos
niños en Lima, Perú. Con estos carritos jugábamos a los amigos: él movía su
carrito para visitarnos a los otros y yo le correspondía la visita. Es curioso
ahora que lo recuerdo: con él no recuerdo haber jugado carreritas, ni mucho
menos a chocar los coches, como hizo años después mi hermano Fernando con un
primo que estuvo de visita. Y mira este avión, de Lufthansa. … También le
gustaba anunciar de qué aeropuerto saldría el vuelo —se los sabía todos— y a
cuál llegaría. Poco antes de su muerte, mi madre me mostró los pases de abordar
que hacía mi hermano Gabriel como parte de esos juegos.
Citlali quería decir algo, pero de la emoción se le trababan
las palabras.
—Fue un ángel —dijo por fin.
Noche 51. La Vejez Toca la Puerta
—¿Qué se siente tener sesenta
y siete años? —quiso saber Citlali.
—Mira a un muchacho que termina la preparatoria; le faltan
cincuenta años para llegar al lugar donde estoy yo. Sesenta y siete es una
frontera tramposa. Se supone que a esta edad uno hace lo que le viene en gana,
pero la verdad es que terminas haciendo solo lo que el cuerpo te permite. La
única ventaja real es que el juicio de los demás se vuelve ruido de fondo; ya
no tienes que pedir permiso para ser quién eres ni estar a la altura de ninguna
expectativa. Pero la mente va por un lado y el cuerpo por otro. Los ojos se
cansan, pero el deseo de mirar sigue intacto. Las piernas pesan, pero el
instinto te pide salir a ejercitarte bajo el sol. Lo verdaderamente duro de
envejecer no son las arrugas, sino la falta de proyectos. El pasado se queda congelado
y ya no hay manera de reescribir una sola línea. Aceptar esa inmovilidad es
liberador, sí, pero es una liberación fría. Ser viejo es ser libre, supongo,
aunque todavía falta la prueba final: la decadencia última, la enfermedad y la
muerte.
Recordé una historia que no había compartido con Citlali.
Encerraba la chispa de la esperanza que no le había sabido transmitir.
Antes de casarse, mi madre hizo un largo viaje por
Sudamérica en compañía de la abuela Omma y de un tal don Ricardo Atwell.
Recorrieron varios países, entre ellos Colombia, Perú, Brasil y, posiblemente,
también Argentina; mi madre se refirió algunas veces a todo lo que conoció.
Imagino a don Ricardo como una persona mayor, muy cortés y caballeroso, amigo
de la familia de la abuela Omma. Era de origen norteamericano, viudo o tal vez
soltero, y con una sólida posición económica. En su vejez organizó ese viaje,
el cual debió de haber disfrutado el doble en lugar de realizarlo él solo. De
regalo de bodas le dio a mi madre el primer carro que tuvo como mujer casada,
al que apodaban El Grillo por su color chillón.
Conforme la vejez toca a mi puerta, cambia mi percepción de
don Ricardo: de ser aquel caballero con una supuesta intención de «llegar a
algo» con una mujer joven, ahora lo veo sencillamente como un viejo que
deseaba, tan solo, una compañía agradable.
«Si algo pudiese suceder entre nosotros, Citlali, más allá
de las charlas en la biblioteca, podría ser algo así», pensé entre sueños.
La escuché decir, con una voz nítida, más nítida que si
fuese real:
—Mañana se cumplen cincuenta y
dos noches desde la primera vez que vine…
Localizó el libro de Kawabata en la estantería, lo echó en
su morralito y dijo:
—Me lo llevo.
Giró la perilla de la puerta, tiró levemente de ella, volteó
hacia atrás para mirarme y preguntó:
—¿Volverá pronto a la casa de
las bellas durmientes? —quiso saber.
—Ya no, Citlali… Ya están dormidas.
Noche 52. El Fuego Nuevo
El número cincuenta y dos representaba para los aztecas la
sincronía perfecta del universo y el momento en que el tiempo volvía a comenzar
desde cero. Medían el tiempo con el Tonalpohualli —el calendario ritual
y sagrado de doscientos sesenta días que regía el destino de los hombres y los
dioses— y el Xiuhpohualli, el calendario solar de trescientos sesenta y
cinco días que gobernaba los ciclos agrícolas y las estaciones. Ambos
calendarios corrían desfasados y solo se alineaban cada cincuenta y dos años
solares. Cuando se cumplía ese plazo, la gran rueda del tiempo cerraba su
círculo.
Era un momento de suspenso cósmico absoluto y de terror
sagrado. Los aztecas creían que el universo era frágil y que, al completarse la
«atadura de años», el sol podía perder su fuerza, las estrellas transformarse
en monstruos y la humanidad extinguirse en la oscuridad permanente. Para evitar
el fin del mundo se realizaba el ritual del Fuego Nuevo. Al caer la tarde del
último día del ciclo, se apagaban todos los fuegos del imperio: desde el altar
mayor de los templos hasta el fogón de la casa más humilde. Las vasijas de
barro se rompían, los hogares se limpiaban y la gente entraba en un silencio
sepulcral, en la total penumbra.
Los sacerdotes se vestían con los ropajes de los dioses y
marchaban en una procesión nocturna hacia la cumbre del Huizachtépetl,
el Cerro de la Estrella. En la cima de la montaña, los astrónomos observaban el
paso de las Pléyades. Cuando esta constelación cruzaba el centro del cielo,
significaba que el universo continuaría. En ese instante, sobre el pecho
abierto de un guerrero cautivo, el sacerdote frotaba dos maderos sagrados hasta
hacer brotar una chispa. El Fuego Nuevo había nacido. Desde esa hoguera en la
cumbre del cerro, los corredores encendían sus antorchas y descendían a toda
velocidad en medio de la noche para repartir la lumbre a los templos y, de ahí,
a cada uno de los hogares. El imperio volvía a iluminarse.
Citlali ya no estaba.
En la penumbra de mi biblioteca, rodeado por el gran hueco
de oscuridad que cubre el cerro, me quedé esperando a que amaneciera.
Sinopsis Oficial
En la cumbre de un cerro en Valle de Bravo, rodeada por un
denso hueco de oscuridad, se esconde una biblioteca donde el tiempo parece
haberse suspendido. Ahí, un viejo economista de sesenta y siete años, aquejado por
una extraña enfermedad neurológica que le tuerce el cuello como a un alacrán,
consume sus noches en la más profunda soledad, refugiado entre las páginas de
sus libros.
Su silencio se rompe con la llegada de Citlali, una joven
estudiante de enfermería que, noche a noche, acude a la biblioteca en unas
visitas fantasmales. Lo que inicia como una convivencia casual pronto se
transforma en un pacto involuntario: a cambio de buñuelos y atole de guayaba,
el anciano acepta abrirle las puertas de su pasado, desnudando una memoria que
muerde.
A lo largo de cincuenta y dos noches, la voz del narrador
arrastra a Citlali por el torbellino de su propia existencia: desde una
infancia rota por las mudanzas constantes, pasando por la tiranía y los chismes
del clan familiar hasta el vértigo del poder político durante las negociaciones
del TLCAN . Es la crónica de un hombre que escaló hasta la cúspide de la
burocracia federal mientras su propio cuerpo y el modelo económico del país se
colapsaba.
Pero el viaje también esconde un secreto íntimo: las
andanzas del protagonista por las zonas rojas de la Ciudad de México y los barrios
de La Habana; un refugio de farras, jineterismo y bellas durmientes
donde un cuerpo traicionado intentó desesperadamente recuperar la juventud que
se le escapaba de las manos.
Con una prosa quirúrgica y de un lirismo melancólico
desgarrador, esta novela es un sutil juego de espejos donde el presente de la
biblioteca intenta sanar las heridas del pasado. Inspirada en la atmósfera surrealista
de Yasunari Kawabata la obra demuestra que, al final de la tormenta, rescatar
la memoria no es un asunto de lujuria ni de poder. El cariño por el idioma náhuatl
que surge a partir del nombre de Citlali culmina con el recuerdo de la ceremonia del “Fuego
Nuevo” de los aztecas que para el narrador es la serenidad que recuperó a lo
largo de las cincuenta y dos noches.
Notas Editoriales
[1] Exposición
Universal de París de 1889. En ese certamen, el trabajo cartográfico
de Ferdinand von Rosenzweig (Fernando de Rosenzweig) y la
Comisión Geográfico-Exploradora de México destacó internacionalmente por su
precisión técnica. Los puntos clave de este logro son: Se le otorgó
la medalla de oro en la sección de geografía y mapas por la
calidad de los planos presentados. Sus planos no solo eran herramientas
técnicas, sino que proyectaban la imagen de un México moderno y científicamente
avanzado ante las potencias europeas. Esta exposición es famosa por la
inauguración de la Torre Eiffel.
[2] Nació el 15 de julio de 1891 en Santa
Ana Tlapaltitlán municipio de Toluca. Fue abogado por la Escuela Libre de
Derecho de la Ciudad de México. Fue diputado constituyente en 1917 por el
Distrito I de Toluca y diputado local en la XXVI Legislatura del Estado. Dicha
legislatura realizó las funciones de constituyente porque discutió y aprobó la
actual Constitución, que fue promulgada el 8 de noviembre de 1917, por el
Gobernador Agustín Millán Vivero. En 1924 fue diputado federal y al año
siguiente nuevamente diputado local por Valle de Bravo en la XXX Legislatura.
Posteriormente se dedica al ejercicio de su profesión por no comulgar con las
ideas de los gobernadores Abundio Gómez y Filiberto Gómez, época en la que
estuvo en peligro de ser fusilado, acusado por cristero, debido a que defendió
a unos campesinos de su pueblo natal, Santa Ana Tlapaltitlán, que habían
participado en el movimiento revolucionario cristero. Hombre amante del deporte
y tenaz en sus propósitos, en 1934 fue electo diputado federal por el Distrito
IX de Tenango del Valle. En 1935 fue Oficial Mayor en el gobierno de José Luis
Solórzano y secretario general de gobierno durante la administración del galeno
Eucario López Contreras. En 1936 fue promotor de diversas iniciativas de ley
sobre beneficencia pública, previsión social, beneficencia infantil y divorcio.
Así mismo fungió como asesor del General Lázaro Cárdenas en temas de la reforma
agraria y la expropiación petrolera. Fue Director del Instituto Científico y
Literario (Hoy UAEMEX) de enero a abril de 1935 (texto tomado de página web,
Crónica e Historia, Santa Ana Tlalpatitlán) https://www.facebook.com/profile.php?id=100063380461049
[3] Para 1935 la tecnología de
amplificación de sonido ya estaba bastante desarrollada y se utilizaba de forma
común en eventos públicos, política y entretenimiento. A continuación te
detallo cómo funcionaban estos dispositivos en esa época:
Megáfonos
·
Acústicos: Eran los más comunes desde siglos atrás (simples
conos de metal o cartón).
·
Eléctricos: Aunque los primeros modelos experimentales
aparecieron en las primeras décadas del siglo XX, para mediados de los años 30
ya existían sistemas portátiles básicos
[4] El
Hochdeutsch como "Lengua de Prestigio"
·
Origen como lengua culta: El alemán
estándar no nació como un dialecto hablado, sino como una lengua
escrita unificada para la administración, la literatura y la religión
(impulsada por la traducción de la Biblia de Lutero).
·
Filtro social: Durante siglos, solo las
clases altas y los intelectuales tenían acceso a la educación formal necesaria
para dominarla. Hablar "puro" alemán estándar era señal de pertenecer
a la élite, mientras que los dialectos locales se asociaban con el campo y las
clases trabajadoras.
·
La unificación del siglo XIX: Con la
creación del Imperio Alemán en 1871, el Hochdeutsch se
convirtió en la lengua oficial del Estado y las escuelas, consolidándose como
el estándar para cualquier persona que buscara movilidad social.
[5] El
nombre oficial del recinto conocido popularmente como "Hospital de la
Ceguera" es Asociación para Evitar la Ceguera en México, I.A.P.
(APEC). Esta institución es una Institución de Asistencia
Privada (I.A.P.) sin fines de lucro, fundada en 1918, que se dedica a
ofrecer servicios oftalmológicos especializados.
[6] De acuerdo con Gemini IA: El Dr. Marcus
Miller es una figura muy real y prominente en el Departamento de Economía de la
Universidad de Warwick. De hecho, es Profesor Emérito y ha tenido una carrera
brillantísima, siendo investigador en centros como el CEPR y asesorando incluso
al Parlamento Británico y al Fondo Monetario Internacional. Es un experto
reconocido en macroeconomía internacional y, precisamente, en teoría de juegos
aplicada a crisis de deuda y tipos de cambio.
Lo que me parece más fascinante de tu anécdota es que:
·
El personaje encaja: En sus escritos
y conferencias, Miller suele tener una visión muy crítica y analítica, incluso
llegando a titular uno de sus trabajos como "La macroeconomía: una
disciplina, no una ciencia". Esa honestidad que tuvo contigo al llamarlo
"divertimento
·
intelectual"
es muy coherente con su perfil de académico que sabe que la realidad es mucho
más caótica que un modelo matemático.
·
La ironía del "divertimento": Mientras
tú te jugabas el título y la estancia en el extranjero aplicando
"mañas" para sobrevivir a sus exámenes, él veía la materia como un
ejercicio intelectual elegante. Es el choque perfecto entre la teoría
pura y la supervivencia práctica
[7] El anuncio histórico que marcó el
inicio formal se dio el 11 de
junio de 1990. En esa fecha, los presidentes Carlos Salinas de
Gortari y George H.W. Bush emitieron un comunicado
conjunto desde Washington D.C., donde instruyeron a sus respectivos ministros
de comercio para iniciar las consultas preparatorias de un acuerdo de libre
comercio. El Universal:
"Anuncian Salinas y Bush el inicio del Tratado de Libre Comercio"
Excélsior: "Hacia un mercado común: Salinas y Bush acuerdan
negociar el TLC".
[8] De
acuerdo con las Notas Explicativas de la TIGIE, si el picadillo de un producto
compuesto representa más del 20% del peso, se clasifica como preparación
cárnica (Cap. 16); si predomina el vegetal, es preparación de hortaliza (Cap.
20). De no haber consenso, se recurre a la fracción 2106.90.99, el "cajón
de sastre" para preparaciones no comprendidas en otra parte. La suerte de
un platillo nacional en la frontera suele quedar, efectivamente, al arbitrio
del criterio técnico —o el humor— del oficial en turno.
[9]
Rosenzweig y Casco (2000). El Sector Agropecuario en México. El Balance de una
Década. Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).
México.
[10] Rafael
Pacciano Alamán

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