lunes 21 de marzo de 2011

POEMA DE LOS ÁRBOLES

POEMA DE LOS
A R B O L E S

Amem silvas inglorius ……


ANGEL MARIA GARIBAY K.






Mexico, d.f.
1932

POEMA DE LOS
A R B O L E S

Amem silvas inglorius ……
VIRGILIO, GEÓRGICAS



ANGEL MARIA GARIBAY K.






Mexico, d.f.
1932














A Luis Humberto Navarrete D.
con el afecto de maestro de ayer
y amigo de la eternidad.







A QUIEN LEYERE

He separado del resto de un libro mío que estuvo en prensa en 1930 y no llegó a ver la luz pública por causas enteramente ajenas al gusto del autor, los siguientes Sonetos.
Mi edición tiene el carácter de enteramente privada: precisamente por serlo, nada tendrán que ver con la alta literatura, ni tampoco con la baja: ni con la antigua, ni con la novísima. Son pura y exclusivamente manifestación de mis aficiones muy personales. Por ello, igualmente, llevan la dedicatoria que en la proyectada edición se había suprimido.
Escritos bajo la paz sublimadora de las selvas de Huizquilucan, los doy a la prensa en la extática paz de Tenancingo.


Julio de 1932.
ANGEL MARIA GARIBAY K.



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I.- PRELUDIO

En la vega las sombras se agigantan,
el sol al tramontar, el hueco río
va murmurando en el boscaje umbrío,
los glaucos sauces en sus frondas cantan.

De Vésper rubescente se adelantan
los resplandores, gime el viento frío,
de cada hogar, lejano ya y sombrío,
nébulas de humo azules se levantan.

Vamos al bosque: la penumbra verde
la paz infunde y el amor destila
y su contacto al dolorido sana.

Allí el recuerdo del dolor se pierde
y una fuente de luz, casta y tranquila,
del alma dentro, deleitosa mana.







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II.- EL OCOTE


A la borrasca imperturbable asiste
tu fronda hirsuta que poemas teje,
en la alba niebla su verdor protege
y al rayo iridescente hostil resiste.

Traigo mi corazón, sediento y triste,
a que al abrigo de tu paz se queje:
haz que impregnado de tu olor se aleje,
henchido del vigor que te reviste.

Tú siempre lloras, rumoroso ocote,
mas en perlas tus lágrimas se mudan,
al resbalar del desgarrado brote,

y esas gotas lumínicas que sudan
de la cruel segur a cada azote,
¡quién lo creyera! fuego y arte escudan.









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III.- LA ENCINA


Ser fecundo y eterno, cual la encina
que con su negra ramazón descuella,
rotunda, altiva, rumorosa y bella,
y entre todos los árboles domina;

prodigar sus bellotas, ser vecina
del rayo y nunca conservar su huella;
en el hacha crüel dejar la mella
por cada golpe que le da la inquina.

Tal el resumen de mis sueños era
cuando en mi sangre ardía la primavera
y en mis entrañas ebullía la vida.

Hoy… me acurruco, pensativo y manso,
por el dolor deshecho, en el descanso
de su fronda, del aura estremecida.










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IV.- EL OYAMEL


GLAUCA en las cumbres tu ojival cabeza,
cual arpa al viento, sin cesar se mece;
mitos ocultos murmurar parece,
o que, piadosa, sin cansarse reza.

Del huracán se burla tu firmeza,
tu plumígera fronda se estremece,
y, ni al invierno, ni al ardor perece,
azul e inmóvil, muere como empieza.

Todo eres bello: por ti sube el alma
a otras alturas y en la paz reposa
que tu frondoso tremular destila.

Pero es más bella la profunda calma
de un ataúd, hecho de ti, en la fosa
que el dolor abre y el amor vigila.








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V.- EL ALAMO


No al reverbero del radioso día
fuiste forjado: de la noche santa
tú eres el árbol, tu follaje canta
con un tremer de azul melancolía.

A tus hojas de plata se confía
de la luna el fulgor y en ti se encanta
del ruiseñor la trémula garganta
en tus brazos derrocha su armonía.

Ama el arroyo reflejar tu fronda
que, trepidante en plácido aleteo,
cual níveos copos, sin cesar se agita,

y en los temblores de la inquieta onda,
lucir, vibrar y esfumarse veo
tu belleza en la sombra que palpita.






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VI.- EL LAUREL


De Dafne aun en tu corteza treme
el casto corazón que se aprisiona,
y Febo te entreteje a su corona
y su aljaba y laúd tu amor no teme.

Aunque el invierno los follajes queme
de la undívaga selva, no abandona
jamás tu brillo el bosque, que blasona
gozar vida de un dios, sin que blasfeme.

El rojo tinte de tus frondas trémulas,
del rosicler y de las llamas émulas,
en mi frente ceñir jamás anhelo:

una gota de láudano quisiera,
—de esa tu sangre,— que el sopor trajera
a mi ansia inquieta y a mi estéril celo.





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VII.- EL OLIVO

TENGO una deuda con tu fruto, olivo,
olivo de la paz y la victoria;
quemé el placer y olvidé la gloria
y al olor de tus ungüentos vivo.

Tuya es la unción con que poder recibo,
tuyo el germen que guarda mi memoria:
al llegar a la vida transitoria,
o al partir, unjo al hombre fugitivo.

Hojas, espadas que besó la luna,
copia florida, que a la abeja mieles
das y al doliente, trepidante abrigo,

amo la suavidad de tu aceituna
más que palmas y mirtos y laureles,
árbol de Palas y de Cristo amigo.










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VIII.- EL FRESNO

TIENES silencio y paz, tienes frescura,
tienes modestia: juntos, raros dones;
con tu solemne majestad impones
y al corazón deleita tu figura.

Juegos y amores a tu sombra pura
mil veces viste, y oyes las canciones
del poeta que sueña, o amargos sones
del fúnebre tropel que se apresura.

Arbol de la provincia y los hogares
con su paz, su silencio, su apacible
vida serena que diluye suave:

a tus ramas, a veces seculares,
con infinita calma intraducible,
pasta el cordero y se adormece el ave.





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IX.- EL CIPRES

CIPRÉS doliente que la paz pregonas
de los sepulcros que amoroso escudas,
vibrar yo siento las plegarias mudas
del himno augusto que a la muerte entonas.

Ni epitafios, ni cirios, ni coronas
valen sobre las lápidas ceñudas
cual las que tú, de tus cortezas rudas,
lágrimas perfumadas desmoronas.

Ciprés, yo envidio la suprema calma
con que la muerte y el dolor protejes
mientras se agita rumorando el viento,

y, al contemplarte tan erguido, siento
ansias inmensas de que tú me dejes
entre tus frondas exhalar el alma.







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X.- EL MADROÑO

MADROÑO grácil de granate y seda,
émulo del laurel, en ti reposa
del sol gentil la clámide radiosa
y tu ramaje rojiglauco enreda.

Labios abiertos a besar remeda
de tus corimbos trémulos la rosa,
y es una móvil dulce mariposa
cada hoja sutil que de ti rueda.

Si un alma tiene cada sér, la tuya
es tan limpia, tan dúctil, tan discreta,
que al mal hechiza y al dolor arrulla.

En ti se agita, pávida e inquieta
y, ¿quién dirá si otro vivir no intuya?
Tu alma, madroño, es alma de poeta.





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XI.- EL SAUCE

ONDULA, ondula, sauce, junto al lago,
en él refleja tu gentil follaje
que se revuelve, movedizo y vago,
de las brisas en casto maridaje.

Viviente huella de guerrero estrago,
o amparador del recibido ultraje,
a tu sombra el poeta dio por pago
el arpegio mejor de su cordaje.

¡Tumbas y lagos! ¿Qué mejor pudiera
feudo escoger tu frente encanecida
para que a tus murmullos se adurmiera?

En ambos germen misterioso anida:
el lago es tumba de la linfa austera
y la tumba es un lago de la vida.






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XII.- EL PIRUL

Tú, del estéril páramo belleza
única, sólo plácido reposo
del tostado viajero, vagoroso
tu follaje sutil murmura o reza.

Eres nota solemne de tristeza
en la ruinas, tu manto rumoroso
verde clámide finge; silencioso
llora el lento vaivén de tu cabeza.

Al penetrante olor de tus resinas
quien te busca se queda embebecido,
y al trepidar tus bayas purpurinas,

sus congojas y amores da al olvido.
Tú en la infecunda soledad dominas
como la huella de un amor perdido.






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XIII.- EL AILE

Yo soy el árbol que a la orilla crece
del ondulante querelloso río;
yo, sin cesar, mi imagen le confío,
él, sin cesar, la copia y desparece.

Cuando el sol meridiano lo adormece,
bajo a besarlo y sufro su desvío,
cuanto más a mis pies atarlo ansío,
tanto mejor fugaz se desvanece.

¡Así la vida es! Eterna lucha
del amante al amado dura estalla:
cuanto más le persigue, más se aleja.

Cuando el ardor de su pasión escucha,
del amado en el fondo apenas halla
que ama su imagen que el amor refleja.






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XIV.- EL TEPOZAN

ENFELPADAS de nieve y de verdura
nigricante tus hojas, que trepidan
a cualquier viento, a reposar convidan
bajo la oliente paz de tu frescura.

Algo robas, tal vez, a la ternura
de los gorriones que en tu fronda anidan:
si el viejo nido en tu ramaje olvidan,
algo también te dejan de amargura.

Solitario, a la orilla del sendero,
o, en los eriales, lánguido y sombrío;
junto al arroyo, sin cesar parlero,

o, al borde de la mies, amable y pío,
siempre invitando estás al pasajero
y él te desprecia, como al canto mío.






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XV.- EL TEJOCOTE

Tu rígido ramaje se amortaja,
del gélido sopor a los rigores,
con mil nevadas trepidantes flores,
o de aurirrojas gemas mil se alhaja..

Tu leve poma a un mismo tiempo cuaja
acritud y dulzor, cual los amores
en el alma se alían con los dolores,
cuando el sueño su ideal trabaja.

Fruto y tristura por el campo riegas
cuando, muerto el otoño, se estremece
todo a una flava irradiación de oro.

Nunca del sol ante el fulgor doblegas
tu verde fronda que entre espinas crece
y es tu rudeza tu mejor tesoro.






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XVI.- EL CAPULIN

Si de frutos tu fronda se empurpura,
pámpanos finge de una vid extraña,
o en el almíbar de tu flor se baña
la abeja grácil que al libar murmura.

Es fama que envenena tu dulzura
y que tu sombra al que se acoje daña,
cual si guardara la indomable saña
del caudillo poeta tu frescura.

Nezahualcóyotl de tu fronda inquieta
en el refugio se acogió fiado
y tú le diste ritmos de poeta.

De su tristeza te cuajó: agobiado
al recuerdo pareces y en secreta
melancólica paz estás bañado.






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XVII.- EL AHUEHUETE

PATRIARCA de los árboles, tus frondas
sacudidas por vientos milenarios,
asemejan girones de sudarios,
o nupciales, deshechas, blancas blondas.

¿Quién dirá los recuerdos que tú escondas?
¿quién los archivos hallará en tus varios
enormes troncos? ¿quién en los santuarios
penetrará de tus raíces hondas?

Tú guardas el silencio de los siglos,
de mil razas repites el lenguaje
y, año tras año, inconmovible avanzas.

Fingen tus ramas lúgubres vestiglos,
mas tu florido trémulo follaje
es un pulmón cuajado de esperanzas.

1927







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