AÑORANZA
-Organicemos un falso debate, me dijo un colega en cierta ocasión, haciendo alusión a una junta a la que teníamos que asistir aunque claramente no convenía. -Los enganchamos en el falso debate hasta que se agote el tiempo, añadió muy convencido.
Sucedió en los tiempos en que ejercía yo como economista.
Hace relativamente poco tiempo comencé a hacer artesanías en guadua. Me permiten poner los pies sobre la tierra. Hacer algo concreto. Sentirme útil. Desanquilosar las manos. Manejar herramientas, que es lo que permitió evolucionar al homo sapiens. Hay que diseñar, planear, medir, trazar y ejecutar. Fijarse uno metas, eso es importante. Por eso mi primera pretensión al inaugurar los trabajos en mi taller fue aprender a hacer con rapidez el corte conocido como boca de pescado. Tres días de práctica con un tipo de corte; tres días más de práctica con otro tipo de corte y así sucesivamente hasta dominarlos todos. Leí, me documenté, me fui de compras a HomeDepot y puse manos a la obra, sin imaginar siquiera todos los obstáculos teóricos y empíricos a los que me habría de enfrentar como artesano.
Tomé el taladro eléctrico y le adapté una sierra circular, como las que se utilizan para hacer los hoyos en las puertas para instalar las chapas. El diámetro correspondía, salvo por unos milímetros, al diámetro exterior de la guadua. Así había visto en youtube que se hace el corte tipo boca de pescado. Apreté el interruptor y la sierra comenzó a girar sobre su eje, penetrando con facilidad hasta situar la sierra al borde de la guadua. A partir de ese momento comenzaría el corte circular. Pero no, la sierra se atascó y se detuvo abruptamente. Me torció con fuerza la muñeca. Días después me di cuenta que también el hombro quedó ligeramente dislocado pero en ese momento no me dolió nada, así que sin darle importancia al incidente procedí al segundo intento. Conseguí un contacto suave de la sierra circular contra la madera. Volaba el aserrín mientras el corte ganaba profundidad hasta que la sierra comenzó a girar en el vacío. Traspasó la guadua. Centré la sierra en el boquete recién abierto y comencé con el siguiente corte. La guadua quedó perforada por dos boquetes circulares. Si el diámetro de la sierra hubiese sido exactamente igual al diámetro exterior de la guadua, no se verían esos orificios. A consecuencia de esos milímetros que le faltaron a la sierra, la guadua no se partió en dos con un corte tipo boca de pescado.
Alguien tuvo la idea de hacer cuentas con manzanitas. Alguien más podría utilizar vasos y popotes si le hicieran falta.
No venden sierras circulares de todas las medidas. Cada guadua varía en diámetro con respecto a las demás por pequeñas diferencias así que una misma sierra no puede hacer el mismo corte en todas ellas. Con la tecnología disponible en ese momento en mi taller, la única forma para lograr los ansiados cortes con forma de boca de pescado era terminarlos a mano. Primero había que cortar las paredes que quedaron entre los dos círculos, y limar ese nuevo corte longitudinal hasta achatarlo y alinearlo con el corte hecho por la sierra.
Cualquier experto en construcción en guadua habría señalado desde el principio que los cortes tipo boca de pescado no se hacen para partir en dos una guadua, sino para lograr un embone perfecto entre una guadua colocada horizontalmente y otra colocada verticalmente. El corte tipo boca de pescado tiene que ajustarse perfectamente a la curvatura de la guadua que va a soportar, así que entran en consideración el diámetro de las dos guaduas y el grosor de la pared de la guadua que se va a cortar. A menos que exista un proveedor de guaduas que las surta con diámetros exteriores e interiores totalmente idénticos, y exista además una sierra que se ajuste perfectamente a ese diámetro exterior, el corte tipo boca de pescado tiene que concluirse artesanalmente; para lo cual hay que observar con cuidado cuáles bordes son los que impiden el ajuste para desbastarlos. Es decir, a puro ojo, como acaban haciendo los dentistas cuando colocan una corona en una muela. Paso uno, que la corona entre en la muela; paso dos, que la muela reparada coincida con la muela antagonista. Tan fácil que sería, le dije un día a mi dentista, que se tomaran bien los moldes y se hicieran bien las coronas. Tan fácil que sería, me dijo, que los materiales no se deformasen al salir de un entorno húmedo como una boca, y que los materiales no se expandiesen nunca con el calor ni se contrajesen nunca con el frío.
Dos muelas tienen que embonar para que la persona pueda mascar, pero nadie embona dos guaduas con un corte tipo boca de pescado si no define antes un diseño de lo que quiere hacer. Por pura necesidad empírica tuve que inventar un primer diseño artesanal. Una guadua partida longitudinalmente resulta en dos secciones curvas en forma de “u”; haciendo cortes transversales quedan una especie de chalupas muy útiles para colocar objetos varios, como llaves, monedas, galletas o botanas. Las guaduas con cortes tipo boca de pescado darían soporte a esas chalupas. El primer día de trabajo logré producir tres piezas, a las que llamaré chalupas botaneras; el segundo día, otras tres, y para el tercer día, me dio la impresión que ya había condiciones de sobre producción y que era imperativo comenzar la comercialización: Fijar precios y encontrar canales de distribución y venta. Analizadas con ojo clínico, mis piezas todavía se veían mal terminadas, aspecto que debía superarse antes de pretender un acercamiento a los mercados. Había que lijarlas y pulirlas para que tuvieran un acabado presentable. La cara exterior de la guadua lleva una costra protectora que si se remueve deja ver la veta de la madera; y otra costra interior impermeabilizada que permite que la guadua almacene agua sin que se le filtre. A los familiares, visitantes y amigos que se asomaron a mi taller para investigar lo que estaría yo haciendo, les pregunté cuánto estarían dispuestos a pagar por cada pieza. Unos hicieron comparaciones con recipientes similares a los que venden en el mercado, ya fuesen de plástico, de barro o de madera; otros hicieron un repaso de sus haberes y necesidades; otros más dijeron que de tener dinero mejor se comprarían una cerveza. Lijando en mi taller, comenzó a verse la veta de la madera pero la rentabilidad no se veía ni por asomo.
Lijando en mi taller, lijando por horas y por días, recordaba con añoranza creciente mi oficio de economista, aquel que de cuando en cuando me obligaba a organizar falsos debates.




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